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En Canillejas hay un edificio de renta antigua sobre el que pone los ojos un fondo de inversión para comprarlo y echar a los vecinos. El bloque de pisos alberga a veinte familias y el bar del Julito. En él vive el Botas, protagonista de la novela Yonqui, que, junto a personajes de otras novelas del autor como Zip, el Tijeras o el Pirri empiezan a organizarse para intentar salvar el edificio. Esas acciones legales llevadas a cabo junto a diversas organizaciones parecen no ir a ningún lado, por lo que deciden diseñar un plan para que el fondo de inversión se eche atrás, y quien lo diseña es el Banderines, cerebro del atraco a un almacén de jamones que se describe en la novela 5 Jotas. ¿Conseguirán entre acciones legales e ilegales que el fondo de inversión deje de interesarse por el edificio? Paco Gómez Escribano vuelve con una historia de denuncia social y de lucha por los derechos de las clases más desfavorecidas. Además, ha querido homenajear a los lectores, reuniendo a los personajes que quedan vivos de sus once novelas anteriores.
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Seitenzahl: 389
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Paco Gómez Escribano es autor de doce novelas, la diez últimas de género negro. Desde la localidad de su barrio, Canillejas, aborda temas universales, como la marginalidad, la delincuencia, las adicciones, la falta de expectativas o la especulación urbanística. Con Manguis gana el Premio Novelpol de 2016. Dos años más tarde gana el Precio Ciudad de Santa Cruz del Festival Tenerife Noir con la novela Cuando gritan los muertos. Ha ganado también el Premio Estandarte, el Premio Negra y Mortal y ha sido tres veces finalista al Premio Dashiel Hammett de la Semana Negra de Gijón. También ha sido finalista del premio Pata Negra de la Universidad de Salamanca y finalista del premio Cartagena Negra. Ahora vuelve con la novela Fondo buitre, en la que denuncia la actividad de los fondos de inversión que compran edificios con los vecinos dentro.
Además de sus novelas, ha escrito dos poemarios y ha participado en numerosas antologías colectivas de relatos y poemas, siendo ponente en diversos foros e institutos públicos y centros de profesores y es profesor en Cursiva, en donde imparte cursos de cómo escribir novelas de ficción criminal. Actualmente trabaja dando clases en un instituto público.
X: @gomezescribano / IG: @paco_gomez_escribano / BK: @pacogomezescribano.bsky.social
En Canillejas hay un edificio de renta antigua sobre el que pone los ojos un fondo de inversión para comprarlo y echar a los vecinos. El bloque de pisos alberga a veinte familias y el bar del Julito. En él vive el Botas, protagonista de la novela Yonqui, que, junto a personajes de otras novelas del autor como Zip, el Tijeras o el Pirri empiezan a organizarse para intentar salvar el edificio. Esas acciones legales llevadas a cabo junto a diversas organizaciones parecen no ir a ningún lado, por lo que deciden diseñar un plan para que el fondo de inversión se eche atrás, y quien lo diseña es el Banderines, cerebro del atraco a un almacén de jamones que se describe en la novela 5 Jotas. ¿Conseguirán entre acciones legales e ilegales que el fondo de inversión deje de interesarse por el edificio?
Paco Gómez Escribano vuelve con una historia de denuncia social y de lucha por los derechos de las clases más desfavorecidas. Además, ha querido homenajear a los lectores, reuniendo a los personajes que quedan vivos de sus once novelas anteriores.
Para Josep Forment, siempre con nosotros
Publicado por:
EDITORIAL ALREVÉS, S.L.
C/ de la Perla, 22
08012 Barcelona
www.alreveseditorial.com
© 2025, Paco Gómez Escribano
© de la presente edición, 2025, Editorial Alrevés, S.L.
ISBN: 978-84-10455-34-4
Producción del ePub: booqlab
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización por escrito de los titulares del «Copyright», la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro, comprendiendo la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.
Si te digo que la palmó delante de mí, tronco, es porque la palmó delante de mí, con la chuta colgando, los ojos vueltos y la boca llena de espuma, ¿qué coño de metáfora? ¿Eso qué es lo que es? Lo que pasa es que eran otros tiempos, unos tiempos en que los maderos no bebían Red Bull ni iban al gimnasio. Que si le hicieron autopsia —dice—. Vamos, es que me descojono. La autopsia se la hicieron las ratas en el descampao donde lo dejaron. El informe quedó escrito con su sangre en el barrio: ajuste de cuentas. Y aquí paz y después gloria. No te jodes…
– El Perla –
La Nati era como un puto quiste en el cuerpo de Lola, como si estuviera unido a ella por un extraño lazo invisible. Yo miraba a Lola, que me ignoraba como si yo fuera un reptil o un gusano. Y la Nati me miraba a mí. Creo que fue por entonces cuando descubrí que eso de la telepatía era posible porque en mi cerebro resonaban frases como «Si te atreves a acercarte a ella, si te atreves solo a mirarla, te arranco la cabeza, yonqui de mierda». Yo ignoraba si era portador del don. Aun así, me esforzaba en transmitirle lo que pensaba de ella: puta foca albina, zorra asquerosa, a ver si te atropella el metro o un autobús.
– El Botas –
En esta vida siempre te tropezarás con algún hijo de puta en cualquiera de sus variantes: hijoputa, hijo de la gran puta, hijo de su puta madre, hijo de mala madre o hijo de puta vulgar y corriente. Hay tantos que se hace imposible evitarlos y, finalmente, cuando tropiezas con alguno, por mimetismo, empatía o imitación, acabas por convertirte en uno de ellos, temporalmente, el tiempo necesario para reventarlo, apartándolo así de tu camino, no hay otra forma.
– El Tijeras –
La noticia está en la sección de sucesos. Es escueta. No hace falta más. ¿A quién le importa que un atracador haya muerto tiroteado por la Policía? Al parecer, localizaron al Nico por el chivatazo de alguien, seguramente algún compinche. Y el capullo del Nico, en vez de entregarse, recibió a los maderos a tiros, hiriendo gravemente a dos de ellos. El resto ya es historia. El Nico es historia. La Marga es historia. El Chule es historia. Pero historia de la que no sale ni saldrá nunca en los libros de historia.
– Zip –
Hacerse viejo es un martirio, una jodida tortura. Y lo que más jode, por lo menos a mí, es que no puedes hacer nada. Te vas viendo cada día en el espejo y es un desastre, a pesar de que cualquier gilipollas te diga cosas como «qué bien te veo» o «para tu edad estás muy bien». Qué bien te veo… ¡Y unos cojones!
Hacerse viejo debería estar prohibido. Deberían llevarnos a algún sitio, a un hospital o a un matadero, y darnos matarile de un chute o algo así, como en aquel libro de Huxley, ¿o era de Orwell? Joder, últimamente se me olvidan los nombres. Seguro que el capullo del Pirri lo sabe, se lo preguntaré después. Aunque sé que no lo haré porque se me olvidará, porque mis neuronas desgastadas no dan para más. Cuando empiezan a olvidársete los nombres de calles, grupos musicales o directores de cine, date por jodido.
Hacerse viejo ya es chungo si has llevado una vida de pureta, pero si eres un tipo como yo, que se ha metido de todo, la vejez es un calvario de la hostia. Te salen patologías de esas que te enteras de que existen por primera vez en la consulta del médico, y más te vale que sea una enfermedad leve porque, si no, te mueres mientras tu nombre y apellidos cogen polvo en una lista de espera. Ah, y que no se te ocurra hacerte dependiente. Ahí ya la cagas hasta que te den lo del grado. Y olvídate de residencias a no ser que tengas pasta.
Mi colega el Roberto no es que haya sido un pureta, pero tampoco ha sido un bandarra de los de mi estilo. Tiene tantos problemas de salud como yo o más. Siempre me dice que yo tengo mejores genes.
Aquella mañana habíamos salido a andar. Nos venía bien para la hipertensión, el colesterol, la diabetes, el corazón y tropecientas cosas más. Teníamos un acuerdo tácito. Evitar las rutas en las que había bares o tiendas de chinos, por motivos obvios. Pero se nos cansaba la cabeza de ir por el parque de San Blas todos los días. Teníamos poca voluntad. Así que habíamos torcido por la avenida de Hellín y ya nos habíamos metido dos copazos de chinchón en un bareto que está nada más cruzar la calle Hinojal. Doblamos por Alberique y a la altura de la comisaría nos quedamos como alelados mirando un edificio que tenía muchos recuerdos para nosotros. Era el edificio del mercado de San Blas. La fachada había sido derruida y el edificio era un esqueleto por el que transitaban obreros de todas las especialidades. Algunos de ellos estaban de lunes a jueves alojados en mi hostal y me habían comentado lo que estaba pasando. Pero una cosa era que te lo contaran y otra verlo.
El edificio no solo había albergado el mercado, que era el único que había por los alrededores décadas atrás. Las mujeres de San Blas y Canillejas habían comprado ahí toda la vida, en un tiempo en que todavía no existían los carritos con ruedas y los autobuses urbanos todavía no llegaban al barrio. Algunas se desplazaban andando y volvían cargadas como mulas varios kilómetros de distancia hasta llegar a sus casas. El mercado estaba en la planta de abajo. Y arriba había un almacén en donde vendían ropa de saldo, cortinas, manteles y todas esas vainas. También estaba el cine Argentina, al que íbamos cuando éramos chavales. Sesión continua y programa doble: una de Esteso y Pajares con tías en bolas y otra de Bruce Lee. Por la noche, pajote reglamentario pensando en cualquiera de las actrices, y por la mañana, a serrar el palo de la escoba de nuestras madres para hacernos unos nunchakus. Ah, y la sala Argentina, más abajo, donde bailábamos tocando guitarras imaginarias al ritmo de Black Sabbath o Iron Maiden.
Nos quedamos allí unos segundos, con cara de gilipollas. Es verdad que la vida cambia, que todo evoluciona, que vas al bar no sé qué, que ponían unos pinchos morunos de la hostia de ricos, y ahora han puesto un chino o un kebab. Vale. Pero ver aquello era simbólico. Nuestro mundo se venía abajo. Los chavales ya no escuchaban a Pink Floyd, ni siquiera a los Stones. Escuchaban a peña como Bad Bunny o Don Omar, que había que joderse, se volvían locos. En mis tiempos los habrían apedreado. Ahora los llevaban por los estadios de todo el mundo. Está claro que soy un dinosaurio y que debería palmarla, qué coño. Pero la vida es tan bromista que lo mismo me quedan varias décadas, ¿quién podía saberlo?
Ver ese esqueleto de edificio, como si hubiera sido bombardeado, se convirtió en mi cerebro de borracho en una jodida alegoría y para mí que fue un aviso, una premonición de lo que estaba por venir, un jodido jari en el que nos meteríamos hasta las trancas. Le hice una foto con el teléfono móvil a lo que quedaba de edificio. Después, el Roberto y yo nos miramos y, sin decir nada, seguimos caminando por Alberique. Tendríamos que haber seguido recto, pero torcimos por Amposta. Y en esa jodida calle hay bares, muchos bares. Los conocíamos todos y decidimos saludar a los camareros de todos ellos. Cuando llegamos a la parada del 48, llevábamos un moco considerable que nos imposibilitaba volver andando, dando tumbos.
Comimos en La Despensa, un bareto de toda la vida del barrio que ponían menús apañados. Un sitio en el que también podías comer a la carta en tu mesa reservada. Si ibas a menús, no te dejaban reservar, y si no pillabas mesa, pues te jodías. Como era martes había cocido, así que nos pedimos los garbanzos y un par de riberas. También dos revueltos de ajetes con gambas y bacalao, pero eso para llevar, para la cena, porque no había cojones de comerse todo de una sentada. Y así teníamos la cena asegurada. Eso si nos acordábamos por la noche. Y otras veces nos dejábamos la bolsa en la barra de cualquier bar en donde fuéramos a tomar una copa.
Me llamo Cipriano Rodríguez, tengo más años de los que me gustaría y soy, he sido y siempre seré un capullo. Mi nombre es demasiado antiguo, demasiado prehistórico, así que siempre me han llamado Zip. Un nombre de mierda y un apelativo abreviado de mi nombre que suena a archivo comprimido. Cuando salió aquello de los «archivos zip» me puse tan contento porque pensé que algo importante llevaba mi apodo. Estaba borracho. Obviamente, ni Bill Gates ni Mark Zuckerberg ni ninguno de todos esos capullos cabrones saben de mi existencia. Estudié Periodismo. Aprobé el BUP, el COU y la facultad estando todo el día puesto de algo, el puto flipe. Mis colegas del barrio la fueron palmando casi todos por el caballo, que yo no llegué a probar porque sabía que me iba a gustar, que soy muy vicioso, y por aquel tiempo ya había visto suficientes zombis por las calles. Yo me conformaba con el alcohol, los porros, la farla… Con aquello controlaba, y es verdad que se controla. Un tiempo. Desde luego, no toda la vida de mierda que nos tocó vivir a los de mi generación.
Hasta llegué a engañarme pensando que yo era distinto a mis colegas, a mis vecinos, y que era inteligente y que con la carrera prosperaría: un montón de basura. Mi suerte fue que tras la desgracia de la muerte de mis padres en un accidente de tráfico me criaron mis tíos que, al morir, como no tenían hijos, me legaron el hostal, que es de lo que vivo. Fue gracias a mi mentor, un profe de la facultad (muerto de infarto fulminante), que, tras recomendarme en las redacciones de bastantes periódicos de los que me echaron por farlopero y borracho, me aconsejó poner en marcha el hostal; y lo hice gracias a la Pili, que es una chica del barrio, un ángel. Es ella la que lleva todo, las cuentas, el mantenimiento, la limpieza, en fin… Yo no podría llevar ni un quiosco de chucherías.
En La Despensa paraba toda la gentuza del barrio y los alrededores. Básicamente eran tipos autónomos que tenían cuadrillas de albañiles rumanos o panchis. La cosa les daba para un Mercedes de segunda mano al que sacaban brillo todos los días. La mayoría no curraban, vivían de sus esclavos, a los que amenazaban con denunciar por no tener papeles a la mínima. Algunos venían al bar en el coche, a pesar de que vivían dos calles más abajo. Aparcaban en doble fila, para que el buga se viera bien. Y cuando el bareto se iba llenando, si uno pedía unas gambas, el otro pedía unas cigalas para quedar por encima. Las conversaciones eran el puto flipe. Cuando el Roberto y yo estábamos en los postres, uno dijo que había leído (mentira, ese no lee ni el As) que los paneles solares eran mucho más peligrosos que las centrales nucleares. Ese era el nivel. Pero la comida era cojonuda. Más cara que en el bar Soria, el de los padres de la Pili, pero era otra calidad.
Terminamos en donde el Julito, un bareto de lo más mísero. Tenía una barra y algunos taburetes cuyo tapizado había perdido el brillo por el roce con culos inquietos. También algunas mesas de madera con quemaduras de cigarrillo y con chicles secos pegados por debajo a los que si les hiciéramos la prueba del carbono catorce seguramente nos llevaríamos más de una sorpresa. Por lo demás, era como si hubieran tirado una granada de mano y el Julito se hubiera limitado a barrer y a pasar el plumero. El Julito era tan simpático como un grupo electrógeno. El nota acojonaba. Era un pavo de uno noventa, con la cabeza pelada y llena de cicatrices, con la columna vertebral encorvada y algo patizambo, dos aros en la oreja izquierda y un bigote a lo Bill The Butcher en aquella peli de Gangs of New York. Todo un personaje salido de El Víbora, aquel cómic ochentero. Nunca había jugado al béisbol, pero su bate, que escondía debajo de la barra como arma, era legendario. El nota daría miedo si te lo encontraras en un callejón oscuro, pero también si te cruzaras con él en un parque a plena luz del día con traje y corbata, porque ya se sabe: aunque un mangui se ponga traje y corbata parece un macarra, eso es un hecho.
Pedimos dos copas de Dyc. Alcé el mentón para saludar al Pirri, que me devolvió el saludo desde su mesa. Hacía un crucigrama, a esas horas la mente no estaba para leer la novela que tenía sobre la mesa. No alcancé a ver el título. La puta vejez. Y los excesos, claro. También saludé al Tijeras, un tipo muy leído también. Miraba las noticias en la televisión. Todo eran guerras o elecciones en las que los tipos de ultraderecha estaban al alza. Deberíamos extinguirnos como raza. Levantó el mentón y siguió a lo suyo.
—Las veces que me contó el Chule que iba a bailar al Argentina —dijo el Roberto cuando pedimos la segunda copa.
—Sí… Todos íbamos al Argentina.
—Yo no.
—Pero porque eras pureta.
—Era pureta, sí…
El Chule fue un tipo del barrio que estaba tan enganchado al caballo desde la adolescencia que empezó atracando estancos, farmacias y gasolineras para terminar atracando bancos. Tenía que quitarse su mono y el de la Marga, su piba de toda la vida. Le dejaron salir de la cárcel después de muchos años de condena para morir de una enfermedad terminal. Su hijo, el Nico, dio su último palo en un banco del barrio. Fue un palo con rehenes. Yo fui rehén y fui el que negoció con la Policía porque el Nico y sus colegas estaban con el mono. El Nico escapó. Un tiempo después murió a manos de los maderos. Y la Marga se suicidó después de una vida de yonqui desde la azotea de mi hostal. Roberto Sendín fue el abogado del Chule. También perdió a una hija por la heroína. No lo superó y la mujer le dejó. Duerme en el parque de San Blas, menos en invierno, que se trae el colchón a un cuartucho del hostal. Rechaza la habitación que le ofrezco. Se quedó pa’llá, pero terminamos por hacernos colegas. Cosas de la vida. Y cosas del imán que siempre he tenido yo para los flipaos. Pero claro, algunos dirán que para flipao yo. Y no seré yo el que les quite la razón.
Al tercer copazo, más o menos por la mitad de la copa, el Roberto se desparramó. No me dio tiempo a agarrarlo y se metió un guarrazo contra el suelo. Se hizo una brecha.
—¡Me cago en la hostia puta! —dijo el Julito, que saltó la barra, pero no con el bate de béisbol como otras veces, sino con algodón, agua oxigenada y Betadine. No entiendo de dónde pilló todo eso tan rápido. ¿Lo tenía en las manos? Se agachó para intentar curarlo mientras el Pirri le sujetaba la cabeza—. ¡Estoy hasta los huevos de putos borrachos, joder!
El Tijeras y el Zosi se sumaron al equipo médico y yo llamé al 112. Me empezaron a hacer preguntas. Que si el paciente había convulsionado, que si respiraba, que si la abuela fuma…
—¡Oiga! —le grité—. ¿Y si se pasan por aquí y lo ven ustedes?
Colgué.
—A ver si le ha dao un infarto —dijo el Tijeras.
—No creo —dije—. Ya le ha pasao otras veces, tronco. Son bajadas de tensión, o eso dice él. De la priva.
—¿Habéis privao mucho? —preguntó el Pirri.
—Nos hemos ido a andar y nos hemos recorrido todos los baretos de Amposta. Pero nos hemos metido un cocido en La Despensa. No tiene el estómago vacío —contesté sin tener ni puta idea de si tener el estómago vacío o lleno importaba un carajo. Era lo que solía decirse.
El Julito aplicó el agua oxigenada y limpió la herida con algodón. Mientras le limpiaba la piel de sangre, se podía ver que se había hecho un buen boquete. Iba a necesitar puntos. El resto de los clientes, cuatro mataos, permanecieron acodados a la barra, temerosos de perder sus copas si se movían de su sitio. En ese momento, llegó la Carmen, una adivina que echaba las cartas o leía la buenaventura, que para el caso… Era una piba mayor entrada en carnes, pero bastante proporcionada, con unas tetas y un culo despampanantes, una sonrisa que daba algo de luz al local, tan lóbrego como un páramo inglés en una noche sin luna, y un pesimismo disfrazado de certidumbre difícil de entender, como no fuera desde el punto de vista comercial de su negocio. Siempre llevaba en la cabeza pañuelos de colores enrollados como si fueran turbantes y escotes escalofriantes. Allí iban desde señoras deseosas de tener un futuro tranquilo a chavalas jóvenes que querían escuchar que la vida les iba a ir de puta madre. Tíos también iban, pero menos, sobre todo viejos que se quedaban hipnotizados por los dos bultos de sus tetas. Ella lo sabía y sacaba su partido con la pasta que les cobraba, que tampoco era mucha y que seguramente repartía con el Julito, eso era de cajón.
—Pero ¿qué ha pasado? Por Dios… —preguntó.
—Na, a este, que le ha dao un amarillo —dijo el Pirri.
—¡Válgame el señor!
—Ya viene la ambulancia —comenté.
El Zosi casi se desmaya al ver cómo brotaba la sangre de la brecha cuando el Julito apretaba con el algodón, así que se retiró a la barra y empezó a hacer girar su copa de whisky barato. Se llamaba Zósimo Trósimo Soprano. Y me quejo yo de mi nombre. En el colegio lo machacaron. Temblaba cuando el profe de turno pasaba lista y pronunciaba su nombre y apellidos ante las carcajadas del resto de los niños. Éramos muy crueles. Pero la crueldad era una defensa sin la que no habríamos durado ni dos asaltos en el barrio. El Zosi tiene muy pocas luces. No terminó la educación primaria. Su padre tenía locales, garajes y pisos y era también el dueño del edificio del bar del Julito. Sus pocas luces y su afición al juego, así como la costumbre que tenían todos los cabrones de tangarle, hicieron que actualmente solo le quedara el edificio. El tipo era un desastre. Aún recuerdo un día que vino tan contento. Había visto unos episodios de la serie Los Soprano y nos dijo que a partir de ahora le llamáramos Tony, como el patriarca mafioso. Nos descojonamos vivos. Seguimos siendo crueles.
Justo en ese momento se empezaba a escuchar la sirena de la ambulancia. Al cabo de unos minutos lo reanimaron, le curaron la herida y le pusieron unos puntos provisionales, pero nos dijeron que lo tenían que llevar al hospital para hacerle pruebas. A falta de familiar, fui yo, Zip, abogado de causas pobres y amigo de colgaos y exyonquis, quien se fue con él. Los revueltos de ajetes con gambas y bacalao se quedaron sobre la barra. El Julito sabía que no nos importaba que lo que nos dejáramos allí lo pusiera de aperitivo. Claro que también me di cuenta de que tampoco le habíamos pagado los copazos.
Borja María Aguado se levantó a las seis de la mañana. Lo hacía así cada día. Desayunaba en batín. Un par de criadas le traían todo a la mesa. Solía tomar café y zumo de naranja natural, tostada de pan integral con aguacate, salmón y aceite de oliva virgen extra y variaciones que iban desde el lomo ibérico al jamón ibérico, todo de bellota, con huevo cocido y pieza de fruta. Mientras desayunaba, leía en la tablet un par de periódicos a los que estaba suscrito. Después, se lavaba los dientes, se vestía y ya con el traje y sus zapatos italianos daba un beso protocolario a su mujer, que no solía despertarse hasta las nueve o las diez.
Acudía a trabajar a su empresa en su propio coche, un Lexus LS híbrido autorecargable negro con todos los extras, escuchando música clásica o cantos gregorianos. Aparcaba el coche en el parking de la empresa y después subía hasta su despacho, un espacio luminoso debido a que el tabique exterior era de cristal, amplio y amueblado al estilo antiguo, maderas nobles que conjugaban bien con otros elementos más modernos, pero no muy alejados de ese estilo en el aspecto estético.
Borja María Aguado era un tipo importante, miembro de una de las familias más poderosas cuyos miembros eran banqueros, empresarios, políticos y descendientes de nobles, un hombre que tomaba varias decisiones importantes al día y cuyas ejecuciones podían llevar apareadas varios millones de euros. Todos reconocían al hombre relevante, al tipo de persona de la que no se puede prescindir. Tenía una imagen convincente, alto, rubio, de mediana edad, delgado y atlético, con músculos esculpidos en aparatos de gimnasio, y no era raro verlo aparecer en televisión, prensa o radio, un hombre serio con madera de dirigente, de líder. Era uno de esos tipos que mandan más que los que mandan, toda una autoridad que sabe bien lo que dice y sabe cuándo tiene que callar, amable, pero hermético. Sabía bien cuándo dar palmaditas en la espalda o cómo y a quién apuñalar por la misma. Dirigía Feldix, un fondo de inversión de los más importantes de España, con mano de hierro, sin concesiones, con la ayuda de Ramiro Vadillo, el gerente, compañero suyo desde el colegio y hasta la universidad. Precisamente, esa mañana había quedado con él en el despacho para tomar algunas decisiones estratégicas y establecer las directrices en algunos proyectos ya iniciados.
El gerente entró sin llamar. Ramiro era el tipo de la sonrisa permanente. No era una sonrisa exagerada, era más bien un gesto que pintaba sobre la cara una línea recta entre los labios con las mejillas un tanto elevadas, como si le resultara agradable ver al tipo que tenía enfrente, fuera este un alcalde o un pordiosero.
—Buenos días —dijo como si fuera un agregado cultural de alguna embajada—. ¿Todo bien?
—Buenos días. Evita los formulismos, Ramiro, que soy yo. ¿Cuánto tiempo hace que estamos juntos?
—Puedo mirarlo si te hace falta el dato exacto, pero yo diría… ¿cincuenta años?
—Anda, siéntate, que no tenemos toda la mañana. ¿Quieres un café?
—Llevo ya tres hoy, así que puedo pasar sin un cuarto.
—Bien. Lo que más nos interesa ahora es una campaña de lavado de cara. Lo que te dije ayer va en serio. No nos beneficia en nada eso de que nos llamen fondo buitre, ese término tan desagradable que se han inventado los comunistas. Somos una empresa que compra inmuebles y los rehabilitamos. Es decir, y hablando en plata, transformamos cuevas que parecen cochiqueras en pisos modernos con calidades altas, con domótica, eficiencia energética, infraestructuras comunes de telecomunicación y seguridad, sobre todo seguridad. La gente normal no quiere que unos okupas muertos de hambre entren en sus casas. Tenemos periodistas en nómina.
—Y tenemos medios de comunicación con alta participación en acciones.
—Lo sé. Pero tenemos que hacer campaña también en medios de izquierda, que no parezca que esta campaña es un bulo de los medios de derecha. Quiero que la gente crea que somos benefactores, que llevamos la prosperidad a los barrios.
—Tomo nota. Pero ya sabes, dicen que echamos a los vecinos de siempre y que cierran los comercios tradicionales de proximidad y que los sustituyen por franquicias, que es lo que los nuevos vecinos jóvenes demandan.
—Eso es el signo de los tiempos, Ramiro. Los jóvenes prefieren una hamburguesa o un kebab a unas lentejas o un pulpo a la gallega, yo qué quieres que te diga. Prefieren que haya una tienda de móviles a una mercería cuyos productos no saben ni lo que son. Hay que convencer a la gente de que proveemos a los jóvenes de aquellos productos que demandan, facilitando su integración social y laboral. Y, sobre todo, hay que convencer a la sociedad de que esos vecinos nuevos, jóvenes, son gente decente que trabajan en empresas informáticas, en la universidad o empresas nuevas que proporcionan trabajo a un montón de gente. Eso es lo que quiero que piensen. Y que, además, con este tipo de vecinos y la transformación del barrio, habrá más seguridad. Porque, digo yo, no será tan difícil hacerles creer que es mejor para ellos convivir con esta gente que con inmigrantes ilegales o con parados borrachos.
—Pues no es tan fácil porque las asociaciones de vecinos, los sindicatos y los partidos estos nuevos de ideología comunista hablan de gentrificación, de invasión de los barrios tradicionales por gente que no son del barrio y de la cancelación de sus derechos en el momento en que desaparecen las tiendas de toda la vida. No quieren un Corte Inglés en el barrio, lo que quieren son centros de atención primaria, centros de ayuda a la dependencia y hospitales.
—Claro, claro, pero los Reyes Magos no existen, son los padres. Escucha, lo importante no es la realidad. A estas alturas ya deberías saberlo. Quiero que te trabajes a los medios de comunicación y que se te meta en la cabeza que lo que realmente importa es el relato. ¿Y quién es capaz de escribir un buen relato? Pues un escritor o un guionista. Contrata a varios si crees que nos pueden ayudar. Y a publicistas. Esos tipos saben mucho de meter una idea en la cabeza a la gente. Y otra cosa.
—Tú dirás.
—Hay mucho dinero en juego. Las estrategias empresariales, si no funcionan, tienen que evolucionar, reinventarse. Lo digo porque hasta ahora hemos ido amenazando a los vecinos. Y eso no funciona bien, todo son problemas. A los vecinos hay que convencerlos con buenas palabras. Y con dinero. Estoy pensando que los inquilinos de los inmuebles que hemos comprado hasta ahora no han visto tres mil euros juntos en sus miserables vidas. Si los convencemos de que se vayan, hablando de forma sensata, y de que nosotros les ayudamos a encontrar otra vivienda, incluso dándoles una ayuda económica, estoy seguro de que la mayoría cogerán el dinero y se irán. Ese dinero, para nosotros, no es nada. Sin embargo, para ellos…
—Sí, posiblemente lleves razón. Voy a poner todo en marcha y a ver qué pasa.
—¿Cómo van las gestiones para comprar los tres últimos inmuebles?
—Están en diversas fases. Lo de Lavapiés está casi hecho, solo falta firmar, y lo de Tetuán todavía va un poco lento porque el propietario quiere más dinero.
—Resuélvelo. Y el otro al que le echamos el ojo en ese barrio…, ¿cómo se llama?
—Canillejas, ese barrio del este al lado del aeropuerto y el IFEMA.
—Eso, Canillejas.
—Estamos negociando, pero lo de este edificio está hecho. El dueño es un desgraciado que tiene deudas de juego. Con nosotros.
—¿De alguno de nuestros casinos?
—No, a ese tipo lo echarían a patadas de cualquiera de nuestros locales. Pero también organizamos timbas ilegales.
—¿Todavía sigues con esas reuniones? Eres un romántico. Espero que al menos tengas cuidado con la Policía.
—Hay policías que van a jugar a esas timbas.
—Bueno, bueno, no quiero saber nada.
Las timbas eran una de las fuentes de ingresos más significativas de Ramiro Vadillo, aunque no las únicas.
—Aceléralo. Me sorprende que todavía sigan allí los vecinos de siempre. Es cierto que antiguamente el barrio era una cloaca, pero ahora, con el campo del Atleti, la playa artificial que tienen programada construir y, como tú bien dices, el IFEMA y el aeropuerto, es un barrio con muchas posibilidades. Lo dicho, acelera las gestiones.
—Bien. ¿Alguna cosa más?
—De momento, no. Mantenme informado, eso sí.
—Siempre lo hago.
—Lo sé, lo sé.
Lo del Roberto no fue nada. Le había dado un jamacuco. Posiblemente había sido una bajada de tensión o de glucosa. Los médicos tampoco nos dieron demasiadas explicaciones. La verdad era que daba igual. Lo importante era descartar un coágulo interno en la cabeza que más tarde le pudiera taponar una vena y provocarle una embolia y no sé cuántas cosas más. Le hicieron un TAC. Una señora me dijo que habíamos tenido suerte, ya que lo normal era tirarte allí todo el día. Nada más salir de Urgencias, tres horas después, lo primero que me dijo el Roberto es que fuéramos a tomar algo. Yo empatizaba muy rápido con este tipo de proposiciones. Lo más cerca que teníamos del Ramón y Cajal era un chino y… ¡bingo! Tenían 1906. Pensé rápido, porque la idea era coger un taxi, pero seguro que el puto peseto no nos dejaba privar en el teki. Así que se lo comenté al Roberto y le propuse dar un rulo hasta el metro de Begoña para pillar el tubo. Ahora fue él el que empatizó conmigo. Su sonrisa era prueba de ello. Pillamos cuatro birras, dos para pimplárnoslas hasta el metro y otras dos para el camino hasta el barrio. El jodido chino cobró un euro noventa por lata. En el barrio se conseguían por un pavo. Pero era lo que tenía el ansia del alcohólico: era eso o nada.
Al cabo de una hora estábamos en lo del Julito. La primera en venir a preguntar fue la Carmen, que se estaba pintando las uñas en su chiringuito esotérico. Que si qué tal estás, que si qué te han dicho, bla, bla, bla… Luego fueron los sobrinos del Araña, que en paz descanse, los que agobiaron al Roberto con sus bros, hermanos y toda esa parafernalia que han aprendido viendo a youtubers mexicanos que lo mismo te enseñan a instalar un programa de ordenador que a tocar con la guitarra una canción de George Harrison. Ellos no estaban en el bar en el momento de la caída, pero a esas alturas todo el barrio debía de saber que el amigo borracho del borracho del Zip se metió un guarrazo en el bar del Julito, ese antro de perdición que los maderos deberían clausurar de una vez.
El Roberto flipó. No estaba acostumbrado a que se preocuparan tanto por él. Hasta el matao del Zosi se interesó. Por eso, cuando el Pirri, primero, y después el Tijeras, vinieron a interesarse, él ya no contestó. Se limitó a asentir y a elevar y bajar los hombros, nervioso. El Julito es menos expresivo. Nos puso unas birras a todos y levantó el mentón a la vez que enarcó las cejas. El Roberto volvió a asentir y el dueño del antro se retiró y se refugió detrás de la barra. Fin del juego de preguntas y respuestas.
El Tijeras también nos dejó a nuestra bola. Se acercó a la barra, pidió una copa y se acodó a ella mirando hacia el televisor. Las noticias eran un catálogo de desgracias. Tipos como Trump, Musk, Putin, Netanyahu o Milei amenazaban al mundo con guerras y hasta con plagas bíblicas. También habían desarticulado varios narcopisos. El Pirri y el Tijeras entendían mucho de eso. Por último, antes de la media hora de deportes, estaban cubriendo una manifestación en Lavapiés. Por lo visto, había un fondo buitre que había comprado un edificio para hacer apartamentos de alto standing. El problema eran los vecinos. Algunos vivían ahí desde hacía cuarenta años o más. Al parecer, los cabrones habían comprado la finca con los vecinos dentro y ahora querían echarlos. Se habían enterado por la prensa y habían empezado las movilizaciones antes de que comenzaran las presiones. El fondo buitre, por lo visto, iba a comprar otros dos edificios. Uno en Tetuán y otro en Canillejas. Había que joderse, solo salíamos en la tele cuando había desgracias.
Saqué el móvil y, sin saber muy bien por qué, miré la fotografía del esqueleto del edificio del mercado de San Blas. A lo mejor, otro fondo buitre lo había comprado para hacer, no sé, un súper chino o un aparcamiento o quizás un Starbucks o un Lidl. De lo que estaba seguro era de que no iban a hacer un colegio público, si acaso uno privado al que luego otorgarían el concierto por la puta cara. Un clásico ya en Madrid que, paradójicamente, seguía votando a quienes perpetraban estas prácticas o la de abrir hospitales privados con dinero público. Debía molarles que les robasen la pasta, pues, si no, esto no lo explicaba ni un filósofo griego. Porque a ver cómo se entendía que muchos de los desgraciados del barrio que cobraban pagas del Gobierno votaran a quienes querían quitarlas.
Ahora sí, el Pirri leía una novela. Ahora sí, podía ver el título. Era Golpe de gracia y el escritor se llamaba…, ah, sí, Dennis Lehane. No me sonó el libro, debía de ser nuevo. Era bueno el nota. Me leí la trilogía Coughlin y flipé. Aquí éramos unos desgraciaos, pero leídos éramos un rato. Normal, cuando éramos críos no había internet ni redes sociales, así que leíamos. Lo que había era heroína y tripis, pero esa es otra historia.
El Roberto estaba dando cabezadas. Le pregunté si tenía hambre y me contestó que no mucha, pero que algo de cenar no estaría mal. Antes de que me dijera que no tenía ni un pavo le dije que le invitaba a algo en el bar Soria. Pagué al Julito y nos fuimos después de despedirnos de la peña. Por el camino intenté recordar si habíamos pillado algo en La Despensa para cenar, pero estaba pedo. Al final, haciendo un esfuerzo, logré recordar. Qué cabrón el Julito, anda que nos había dicho algo de los revueltos con ajetes.
—Qué chungo lo del mercado de San Blas —le dije al Roberto al terminar de cenar, con la copa en una mano y el móvil en la otra, mientras miraba la foto del edificio. Durante la cena habíamos hablado de trivialidades.
—Todo se acaba. Nada permanece.
—Joder, tronco, pareces el oráculo de Delfos.
—El oráculo de Delfos solía ser una sacerdotisa buenorra. Yo soy un tipejo alcohólico, un sintecho, eso sí, con una cierta cultura.
—Eres un sintecho porque quieres.
—Ya hemos hablado de eso.
El Roberto ahora estaba en el hostal, en su cuartucho, con su colchón y sus peluches, que había que joderse. Y en marzo o abril, dependiendo del clima, se iría a dormir al parque de San Blas, pese a mi permanente invitación de quedarse en el hostal, donde me sobra sitio. El roce cuando lo del Chule hizo que nos hiciéramos colegas. Lo que me molaba de estar con él era que podíamos hablar como periodista y abogado, es decir, como unos jodidos estirados que han estudiado dos carreras de letras, o como dos notas del barrio que, en definitiva, era de donde habíamos salido los dos para nuestra suerte o para nuestra desgracia, aunque cada vez tenía más claro que era lo segundo.
—¿Tú sabes lo que pasa? —dijo mirando el fondo de su copa, como si buscara una pastilla que se le hubiera caído.
—Cuéntamelo.
—Que somos unas jodidas antiguallas.
—…
—Sí, tú y yo. Últimamente siempre andamos con lo mismo, engañándonos.
—¿En qué sentido?
—Pues que despreciamos los tiempos que vivimos y nos pasamos todo el rato diciendo que los tiempos pasados eran mejores. Y no es verdad.
—Para mí sí.
—Y una mierda. Yo te he visto hecho un mojón, tío, cuando yo estaba bien y era un respetado abogado y tú estabas hecho una jodida ruina por la farlopa y la priva.
—Bueno, sí…
—Lo que pasa es que eras joven. Y no tenías la enfermedad que tú y yo tenemos ahora.
—¿Cuál?
—La nostalgia, tío, la nostalgia.
—Joooder, tronco. Lo que yo digo, eres el jodido oráculo.
—No. Lo que pasa es que las dos neuronas que me quedan a veces no se pelean. No, tío, en serio. Somos lo que somos en cada momento. Y lo cierto es que ahora somos dos jodidos alcohólicos tarras. No muy tarras, no somos ancianos, pero llegará si llega, que no creo. Vale que no nos hemos puesto de caballo como el Tijeras o el Pirri, pero para el caso es lo mismo.
La charla continuó mientras nos pimplábamos otra botella. No sé cómo media hora más tarde pude meter la llave en la cerradura de la puerta del hostal, pero lo hice.
A la mañana siguiente, después de soltar las tripas, desayuné en la terraza de mi habitación una cerveza y un cigarro. Según los datos, habíamos tenido el febrero más caluroso desde que había mediciones. A este paso, el Roberto se iba a ir al parque de San Blas en cualquier momento. El termómetro de mercurio de la pared incrustado en una talla de madera «Recuerdo de Cuenca» marcaba quince grados. Del dibujo de las Casas Colgadas no quedaba nada. Un día de principios de marzo a las diez de la mañana el termómetro no debía marcar esa temperatura. Pero era lo que había. Y los cabrones que nos gobernaban, en vez de poner remedio, estaban masacrando Ucrania, Gaza, Libia, Siria o Yemen, por citar solo unos cuantos conflictos. Solo quedaba rezar para que no tocara una guerra en España como en su día tocó en Yugoslavia, o una guerra mundial, como ya anunciaban los más agoreros, o los más realistas, quién podía saberlo. El problema era mi ateísmo.
Por lo demás, el día era como cualquier día. La empresa privada del Ayuntamiento regaba las calles, el camión del gas butano hacía sonar las bombonas que ya no compraba casi nadie porque tenían gas natural, el bus 48 parloteaba en plan HAL 9000 «abriendo puertas»-«cerrando puertas», la furgoneta del pescado repartiendo y… el figura del Pirri vigilando, sin duda uno de los mejores descuideros del barrio. El nota estaba en la esquina, al acecho. En el momento en que el transportista pasó a la pescadería, corrió agachado (¡qué habilidad!), abrió la parte trasera del vehículo, enganchó unas piezas que metió en una bolsa y salió najando. Me dieron ganas de aplaudir. Si no lo hice, fue por no descubrirle. El transportista salió tan tranquilo y se abrió. El puto flipe.
—¿Nos vamos a andar? —preguntó el Roberto desde el pasillo.
Después de unos minutos nos fuimos.
—Id por donde no haya bares —dijo la cachonda de la Pili.
Ya estaba coordinando la limpieza de las habitaciones, el tema de las sábanas y toallas sucias… Lo que yo decía, un ángel. El Roberto y yo nos piramos con el fuerte propósito, bueno, no tan fuerte, de evitar los bares, de no beber y de no bombardear a nadie (ese propósito lo cumplimos siempre). El único al que bombardeábamos a diario era a nuestro hígado. La avenida de los diabéticos, que es como llamamos a nuestra ruta por Canillejas-San Blas, nos esperaba.
Yo no soy tonto. Vale que la he cagado muchas veces, como toda la peña, ¿no? Como aquel día en que salí del bar y un policía municipal empujó a un colega y lo tiró al suelo. Mi colega se había salido a fumar, no estaba haciendo nada. Pues sin pensármelo me acerqué al guindilla y le aplaudí en las orejas con todas mis fuerzas, y el nota cayó al suelo mareado y le empezó a salir sangre de los oídos. Más de dos años me tuvieron entre juicios hasta que me pusieron una multa y una indemnización al cabrón aquel. Vale, lo mismo me pasé mazo porque me dijeron que al tipo le quedó minusvalía, algo de sordera, vamos.
O como aquella vez que unos cabrones de San Blas me echaron un cuarto de tripi en una birra. Me empecé a sentir mal y me fui para casa. Pero por el camino me encontré con un tendedero repleto de ropa, bro, pfiiiiuuuuu…, no veas. La ropa empezó a atacarme, tío, y cuanto más me revolvía más liado estaba y empecé a golpearme el cráneo con los hierros de las cuerdas, haciéndome heridas por toda la cabeza. Y yo dando gritos hasta que me caí al suelo y salí a gatas, bro, pero la calle no era la calle, había caballos con guerreros chinos. Sí, eran putos guerreros chinos, ¡te lo juro! Y venían a matarme, así que tuve que escaquearme como pude, bro, chorreando sangre por la parcela hache hasta que me caí por unas escaleras y ahí ya no recuerdo más, solo que me desperté unas horas después hecho una pena, meado y con la cabeza como si estuvieran desfilando una peña tocando tambores.
Pero no soy tonto. Sé que tampoco me van a dar el Premio Nobel, pero en el barrio hay peña más torpe que yo. Me llamo Jero y siempre tuve problemas para relacionarme. Bueno, en realidad me llamo Juan, pero un día cuando era chinorri echaron una película del jefe indio Jerónimo y los demás niños dijeron que se parecía a mí, así que me cayó el mote. Tampoco me molestó mucho porque me gusta más Jero que Juan.
Mis padres me llevaron al médico, por eso, por mis problemas para relacionarme con otros niños y con los profesores. Y después de muchas pruebas dijeron que yo tenía un cierto grado de Asperger, que tendría dificultades para siempre con un montón de movidas que yo no entendía, como la comunicación no verbal o que me mostraría siempre distante o que sería un tipo rutinario y repetitivo en comportamientos. A mí me parecía que yo era normal, que los raros eran los otros, y me lo sigue pareciendo, qué quieres que te diga, bro. Así que, después de asistir a terapias en las que querían enseñarme a hablar cuando yo ya sabía hablar y gilipolleces por el estilo, decidí no ir nunca más a esos sitios. Y dejé de tomar una pastilla roja que me dejaba aplanao, bro, y no me dejaba concentrarme y además no me empalmaba, ¡menuda mierda!
