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Los maestros anhelamos que todo cristiano crezca para ser en todo como Cristo. Y confiamos que la formación en la Iglesia sirva para ese fin. Sin embargo, la formación que ofrecemos a menudo se reduce a una enseñanza meramente informativa, individualista, irrelevante para la realidad diaria del creyente e impartida solamente en ocasiones y actividades puntuales. En general, parece difícil conseguir que nuestros ministerios de enseñanza produzcan vidas profundamente transformadas. El propósito de este libro es presentar algunos elementos pedagógicos importantes que la Iglesia no suele tener en cuenta y que nos permitirán colaborar con el Espíritu Santo en el proceso de transformación del creyente. En cada capítulo se incluyen ejercicios prácticos que nos ayudarán a analizar y renovar nuestro ministerio de enseñanza. Asimismo, este libro pretende animar a los maestros a que nosotros mismos desarrollemos una relación con Dios transformadora, que sin duda tendrá un impacto en las personas a las que servimos.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
Formar para
transformar
Edith Vilamajó Sanchis
Propuesta para renovar el ministerio de enseñanza en la Iglesia
A Papá y Maman:
Vi pasión por la enseñanza primero en vosotros.
Además, nutristeis mi vocación.
A mi hijo Alexandre Martin Guy:
Eres mi mejor estudiante, pero, sobre todo,
mi mejor maestro.
Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.
2 Corintios 3:18 RVR1960
“Me es motivo de gran satisfacción ver la publicación de Formar para transformar por Edith Vilamajó, ya que necesitamos una profunda reflexión sobre nuestros modelos de formación y enseñanza. Como dice la autora: ‘El hecho de que un maestro haya enseñado no quiere decir que el estudiante haya aprendido’. El libro parte de una consideración seria de las bases bíblicas de la transformación, pero es muy práctico también. La continua inserción de preguntas para la reflexión lo convierten en un manual que nos puede acompañar en un proceso de transformación, no ya de nuestros estudiantes solamente sino también de nosotros como maestros. Como dice Edith misma: ‘¡[Dios] tiene mucho más para nosotros!’”.
Andrés Reid, Director Escuela Evangélica de Teología.
“El libro que tienes en tus manos es el resultado de la vida apasionada de una maestra que cree en el poder activo y efectivo de la educación. Una obra que va mucho más allá de la investigación empírica, Formar para transformar nos cambia, nos provoca y nos motiva a ser mejores enseñantes.
Vilamajó escribe desde el corazón con un lenguaje sencillo y sin tapujos que cautiva. Con delicadeza, humildad y en una combinación magistral de ciencia y experiencia, su lectura nos conduce hacia un viaje introspectivo, redescubriéndonos e identificándonos, en tanto que maestros, con sus mismos miedos, debilidades y frustraciones, para finalmente, tomados de su mano, experimentar el anhelo de emerger, de tomar esa vital bocanada de aire fresco y superarnos, conduciéndonos hacia el proceso de acercarnos y parecernos más al Maestro de maestros.
Un libro intencional, provocativo, desafiante e imprescindible para todos los que nos dedicamos en especial a la formación bíblica y teológica”.
Jesús Caramés, Rector Facultad de Teología de las Asambleas de Dios.
“Este es un libro que la autora estaba destinada a escribir. Después de un largo período de su vida dedicada a la formación de estudiantes universitarios y del equipo de obreros de GBU e IFES Europa, ha elevado su mirada para hacer pensar a la Iglesia, a seminarios teológicos, etc. cómo es la clase de formación que transforma las vidas de las personas a la imagen de Jesús. Es un libro dirigido a estimular nuestra imaginación y a provocar un cambio en la forma en la que enseñamos las Escrituras. Su propio planteamiento es ya un cambio en la forma de interiorizar, con muchas preguntas de reflexión que hacen al lector protagonista de su propia formación”.
Jaume Llenas, Asesor GBU España y Coordinador del Movimiento de Lausana en España.
“No cabe duda de que la enseñanza está en crisis, y no solamente en el mundo evangélico. Edith Vilamajó trata el tema partiendo de un análisis muy cuidadoso, para llegar a unas conclusiones muy prácticas y manejables. No es solamente un libro. Es una mina de oro, un manual muy didáctico que tiene el potencial de cambiar un ministerio por completo y para mejor. Más que leerlo, es recomendable estudiar este libro, que debería estar en manos de cualquier persona que está en el ministerio”.
José Hutter, Presidente del grupo de trabajo de teología de la Alianza Evangélica Española.
“El título de este libro de Edith Vilamajó, Formar para transformar, nos plantea lo que debiera ser el ideal de todo educador. El tema tiene importancia especial para quienes colaboran en la tarea educativa en las iglesias evangélicas, en las que bien o mal siempre hay un proceso educativo en marcha. Quienes ministran en esas iglesias hoy en día, muchas veces se preparan para ello mediante un proceso de educación teológica. Con una reflexión crítica, y a partir de su propia experiencia como educadora cristiana, la autora de este libro aplica su formación pedagógica para evaluar tanto la educación teológica evangélica como la tarea educativa de las iglesias en España. Vilamajó ofrece un valioso resumen de un proceso de reflexión pedagógica. Su propuesta en este libro será de gran ayuda a quienes además de enseñar se esfuerzan en evaluar y mejorar esa enseñanza”.
Samuel Escobar, Doctorado en Filosofía y Ciencias de la Educación, Universidad Complutense de Madrid, y reconocido teólogo, misionólogo y autor.
“El panorama global actual —con millares de personas desplazadas por violencia, hambre y cambio climático, con crisis político-sociales donde uno mire— exige respuesta por parte de quienes se identifican como seguidores de Jesucristo. Por ello, la pregunta que da raíz a este profundo y generador libro se torna urgente: ¿Qué tipo de formación transformará a ese pueblo en agente responsable del plan restaurador de Dios para su mundo? La autora ofrece valiosas pistas teológicas y herramientas prácticas para la construcción de procesos integrales de aprendizaje comunitario marcados por el encuentro con Dios en su Palabra, la apertura al accionar del Espíritu Santo y la búsqueda de una forma transformada de vivir en el mundo. ¡Un recurso imperdible!”.
Ruth Padilla De Borst, Rectora de la Comunidad de Estudios Teológicos Interdisciplinarios (CETI).
“He aquí una obra que nos permitirá una revisión tan seria como necesaria de nuestro sistema de formación espiritual. Edith explora los elementos básicos que todo cristiano apasionado por enseñar debe considerar, desafiando la práctica generalizada de nuestros días de reducir la formación a la mera transmisión de información, y animándonos a colocarnos en el lugar donde Su sola gracia nos transforma”.
Rubén Gómez Cuenca, Asesor en plantación de comunidades cristianas y en formación espiritual desde un paradigma orgánico-misional.
ÍNDICE
Agradecimientos
Introducción
Capítulo 1
La importancia de la formación en el ministerio
Capítulo 2
La formación que transforma
Capítulo 3
El Espíritu Santo como agente transformador
Capítulo 4
La Palabra que moldea
Capítulo 5
La formación integral
Capítulo 6
El aprendizaje responsable
Capítulo 7
La comunidad de aprendizaje
Capítulo 8
La formación sostenible
Capítulo 9
El desarrollo del maestro
Conclusión
Bibliografía
Agradecimientos
He tenido, y tengo, el privilegio de estar rodeada de muchas personas que han sido una gran bendición. Este libro no habría visto la luz si no fuese sobre todo por la multitud de personas que, de una forma u otra, han sido y son parte de mi propio proceso de transformación para ser más como Jesús.
Este libro es, en parte, producto de la tesis doctoral que presenté en 2016 en el Ashland Theological Seminary. Mi tiempo en Ashland (enero 2013-noviembre 2014) y la elaboración de mi tesis doctoral marcó uno de los puntos de inflexión más importantes de mi vida. Ese tiempo de investigación no solamente me dio la oportunidad de articular algunas de las cosas que llevaba pensando mucho tiempo, sino también de experimentar la obra de sanidad que Dios realizó en mí. Quiero reiterar mi agradecimiento a Norman Bowman, que, amorosa pero firmemente, me animó a considerar un tiempo sabático y facilitó todos los trámites prácticos para poder ir a Ashland. Quiero dar gracias también a IFES (International Fellowship of Evangelical Students) y GBU (Grupos Bíblicos Unidos), que me proporcionaron no solamente el privilegio de servir con ellos por dos décadas, sino que además me dieron el tiempo sabático para descansar y ser renovada. Son muchas las personas con las que tuve el privilegio de vivir en mis dos años en Ashland: personal, profesores, estudiantes y amigos. He sido muy bendecida y enriquecida por todos ellos. Doy gracias a Dios por Terry Wardle, quien ha sido uno de mis mejores y más inspiradores profesores, un poderoso agente en las manos de Dios en mi camino hacia la sanidad y mi asesor académico de tesis. También doy gracias por Matt Lewis, quien me enseñó muchísimo no solamente por su arte de ser un buen profesor académico a la vez que cercano y vulnerable con los estudiantes, sino porque me ofreció la oportunidad de “probar” la enseñanza en el mundo académico haciéndome su asistente. Recibí mucho de nuestras conversaciones sobre educación. Cuando sea mayor quiero ser como ellos. Reiteradas gracias también al Belfast Bible College por dejar inmiscuirme y trabajar con ellos para mi proyecto de tesis.
Mis primeras conversaciones con Andamio editorial fueron con Francisco Mira. Pronto quedó claro que publicar una tesis doctoral no sería una buena idea y, sin embargo, estuvo dispuesto a trabajar sobre ello. Francisco no solo era el director de la editorial, sino que lo considero mi padre espiritual. A veces me pregunto si seguiría en los caminos del Señor si no fuese por Su gracia y por la presencia de Francisco en mi vida. Además, Francisco creyó en este proyecto, dándole lugar dentro de una editorial cuya larga trayectoria se distingue por la publicación de libros de calidad que vienen a nutrir y edificar nuestras vidas como creyentes y nuestras iglesias. Espero que mi contribución sume. Gracias también a Sarai Lagos por acompañarme siempre tan entusiasta y de tan buen humor a través de todas las etapas de la publicación de un libro. A Miguel Llop por su concienzuda relectura y pertinentes correcciones. A Samuel López y Raquel Arlándiz, Sr. y Sra. Wilson, por el fabuloso diseño del libro. La portada recoge un símbolo que ha sido muy significativo desde mis años de infancia.
No me considero una persona que escriba bien. Sabía que, si iba a escribir un libro, iba a necesitar un editor. Escogí a la mejor: Dorcas González Bataller. Desde un principio me dijo: “No te preocupes. Tú haz tu trabajo: escribir; y yo haré el mío: editar”. Su rigurosidad profesional, junto a una amistad que ya viene de largo, ha hecho que trabajar con ella no solamente sea una delicia sino un regalo.
Virginia Wolf abogó por que las mujeres tuviesen dinero y un lugar físico para escribir. Dios me dio ambos. Fraser y Rosie Hutchinson proveyeron de su hogar durante meses para que yo pudiera tener un lugar tranquilo donde escribir. Cuando nació su bebé pude disfrutar de un espacio en St. James Church, la iglesia anglicana del barrio de Cowley, donde vivimos. Además de recibir dos subvenciones importantes de Langham Writers Grants y de Urco Foundation, he tenido muchos donantes a lo largo de este tiempo. Nunca nos ha faltado de nada.
Son muchas las personas que han estado orando por mí y por nosotros en este tiempo y que han ido preguntando de tanto en tanto. Sé que Dios ha escuchado cada una de esas oraciones.
Son cientos los estudiantes y obreros que he tenido el privilegio de ver transformados, principalmente en el contexto de los GBU e IFES, pero también iglesias locales y otros ministerios. Ellos han sido increíbles maestros.
Mientras escribía este libro he preparado una asignatura con la misma temática para la Escuela Evangélica de Teología (EET). Andrés Reid, director de la escuela, y Ricard Bardés, decano académico, siempre se mostraron muy entusiasmados con mi aportación. Mis estudiantes en esta nueva etapa con la EET, Isaac Arbalat, Juan Parras, Joaquín Castro, África Ruíz, Samuel Pérez, Luis Aristimuño, Ana María Portillo y Eva Méndez, son los primeros que han leído el contenido de este libro y lo han hecho con entusiasmo, dedicación, ojo crítico y comprometidos conmigo a buscar mejores caminos para una enseñanza-aprendizaje que lleve a la transformación. Ha sido un gozo y un privilegio ser su profesora. Con ellos, siento que hay ventanas de esperanza para el cambio.
Peter, mi querido esposo, el regalo que Dios me ha dado, ha caminado y camina conmigo. En esta etapa de nuestra vida ha ajustado su situación laboral para que juntos podamos seguir cuidando de nuestro hijo Alex y yo, además, pueda dedicarme a lo que Dios me llama. El ministerio lo hacemos juntos, como familia. Hace unos días, Alex se me adelantó regalándome su primer libro, escrito y diseñado por él. No entiende todavía que siempre quise dedicarle este libro. Mi mayor anhelo es verlo amar a Jesús, Aquel que tiene el poder de llamarlo y transformarlo.
Es mi deseo que este libro sea como una ofrenda de olor fragante a mi Señor, mi Dios, mi Salvador y mi Sanador. “Soli Deo Gloria”.
Introducción
Nací para y fui llamada a aprender y a enseñar. Sin embargo, la educación formal me costó mucho, especialmente la escuela secundaria y la universidad. Cuando empecé a enseñar, en el contexto informal del ministerio con estudiantes universitarios en el que estaba involucrada, repetí de forma inevitable lo que mayormente había visto y experimentado: el método de clase magistral. Investigaba y me preparaba de forma concienzuda, pero conforme pasaba el tiempo mi inquietud crecía. Empecé a preguntarme: ¿Cómo sé que los estudiantes me siguen cuando enseño? ¿Cómo evalúo si los estudiantes realmente están aprendiendo y aplicando lo que aprenden? ¿Cuáles son mis objetivos y motivaciones cuando enseño? Hice una reflexión sobre las razones que me ayudaban a superar los desafíos académicos para, a continuación, ver cómo podía transferir esto a mi práctica educativa.
En primer lugar, yo prosperaba cuando mis maestros mostraban interés por mí y me animaban en mis dificultades concretas; cuando sacaban lo mejor de mí y creían en mí, y reconocían mis esfuerzos, mi potencial y mis dones.
En segundo lugar, cuando me instruían personas que estaban apasionadas por sus temas y me transmitían esa pasión, llamando mi atención, incentivando mi participación y mis preguntas sin amenazas ni peligro de quedar en ridículo, sino con respeto. Cuando no solo impartían información, sino que se daban a sí mismos, tanto dentro como, en ocasiones, fuera de la clase. Cuando no solamente mostraban su conocimiento intelectual, sino también su integridad, compromiso y humildad.
En tercer lugar, cuando se me dieron oportunidades de participar en actividades que iban más allá de lo puramente académico. Por ejemplo, cuando serví como delegada de la clase tanto en la escuela secundaria como en el seminario, y tuve la oportunidad de contribuir al bienestar de la comunidad estudiantil con gran éxito. Estas oportunidades fueron muy satisfactorias, porque podía llevar a cabo proyectos que me entusiasmaban y apasionaban, y desarrollar mis habilidades de liderazgo. Estas ocasiones me permitían mostrar que yo era mucho más que un perfil académico y, además, ¡pude aprender mucho!
En cuarto lugar, cuando participé en una asociación estudiantil cristiana durante mi tiempo en la universidad, organización en la que luego serviría por casi veinte años. Las relaciones que allí pude entablar sostuvieron mi vida espiritual y me ayudaron a conectar mi parte académica con mi fe de una forma holística.
En quinto lugar, cuando entendí que las asignaturas no existían de forma aislada y que era importante ver cómo se conectaban entre sí.
En sexto lugar, cuando tuve oportunidades de explorar lo académico de maneras diversas, a través de proyectos de investigación tanto individuales como en grupo, grupos de discusión, fórums online, viajes de estudios y lecturas. Me abrieron la ventana a ver las múltiples formas en las que podemos aprender.
Toda esta reflexión me llevó a enfocarme en cuestiones metodológicas y a hacerme vulnerable, no solamente al enseñar, sino también en mi interacción con los estudiantes en situaciones informales. Quería explorar diferentes maneras de enseñar porque me di cuenta de que la enseñanza eficaz no tenía que ver simplemente con contenidos brillantes, sino sobre todo con el aprendizaje real de los estudiantes. Además, no quería ser vista como la profesora inalcanzable; quería encarnar lo que estaba enseñando y también ser accesible y compartir la vida.
En años más recientes han surgido otras preguntas: cuando enseño, ¿cómo toco tanto las mentes como los corazones? ¿Cómo ayudo a los estudiantes a posicionarse para que se dé una verdadera transformación y cómo lo evalúo? ¿Cuál es el rol del Espíritu Santo y cómo le dejo espacio para moverse?
Estas preguntas me han llevado a la convicción de que la parte académica, tanto en la educación teológica como en la educación cristiana en general, ha tenido un lugar más prioritario que la formación espiritual y la formación práctica. Como maestra vocacional, si quiero mantener mi integridad no puedo caer en el mismo error de polarización, no puedo enseñar de esa forma descompensada. Todos los que enseñamos dentro del contexto de la educación teológica, tanto en entornos formales como no formales, o que somos maestros cristianos enseñando en diversos tipos de contextos, deberíamos anhelar la integración de la formación académica, la formación espiritual y la formación práctica. Este es el trasfondo de mi pasión y lo que me llevó a seguir investigando sobre estas cuestiones en mi tesis doctoral, y a posteriori escribir este libro.
Además de la realidad de mi trasfondo educativo, está mi etapa ministerial. Hay momentos en la vida en los que uno se levanta y piensa “Si pudiese volver a empezar…”. Este era mi sentimiento profundo después de una etapa ministerial larga: “Si hubiese tenido más paciencia; si hubiese explicado esto mejor; si hubiese comunicado con más gracia; si hubiese sido más humilde y considerado al otro como mayor que yo; si hubiese creído más firmemente en el valor de la comunidad y hubiese sido más mansa en mi colaboración con los otros; si hubiese confiado más; si hubiese alzado los ojos hacia arriba más”. Y la lista continúa. Estas afirmaciones tienen la capacidad de llevar nuestras vidas a enquistarse, anclarse en el pasado y ser privadas de poder. Bíblicamente hablando, todos esos “si…” no tienen cabida porque las viejas cosas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas (2 Corintios 5:17), las misericordias de Dios son nuevas cada mañana porque Su fidelidad es grande (Lamentaciones 3:23), y Él nunca más se acordará de nuestros pecados y transgresiones (Hebreos 10:16-17). La vida en Cristo es una vida de segundas oportunidades para los que, a la luz del mundo, somos “don nadies”, “ceros a la izquierda”. (Dicho sea de paso, al reconocer que eso es lo que somos, ¡satisfacemos los requisitos de Dios!).
En este sentido considero que el libro que tienes en tus manos representa mi “segunda oportunidad”, por varias razones. En primer lugar, porque espero haber podido plasmar mejor lo que intenté antes. En segundo lugar, porque también pretende reflejar una realidad del evangelio que no había llegado a comprender todavía: un evangelio más completo, más libre, más profundo, más verdadero. Quiero que este libro sea como una ofrenda al Señor y deseo que le sea agradable. Y lo considero un regalo para ti, lector, para que sea una ventana de esperanza en tu caminar con el Señor y en tu ministerio. Quiero incluir aquí un inciso sobre cuál es el perfil del lector que tengo en mente. Si bien este libro parte de la investigación sobre la relevancia de la educación teológica formal, tiene por objetivo invitar a la reflexión crítica en cuanto a la forma en la que ejercemos la educación no solamente en esos contextos más formales sino, y especialmente, en los contextos del día a día de nuestros múltiples ministerios y de la iglesia local en general. Es decir, este libro no está exclusivamente reservado para que lo lean estudiantes de seminario y profesores de teología, sino que también pretende ser un instrumento útil en las manos de los pastores, obreros y líderes de diversos ministerios. Por tanto, cuando uso el término maestro, profesor o docente, me estoy refiriendo a todos aquellos que, en una medida u otra, enseñamos. Puede ser en el contexto de la iglesia local o el de un ministerio concreto; en un grupo amplio o en un grupo pequeño; a personas adultas o a niños; en contextos más formales o más informales, etc. Mi deseo es que todo lector que quiera mejorar su enseñanza se pueda sentir identificado.
Acabado el inciso, quiero reconocer que a lo largo de los años me he nutrido de muchas voces de maestros de los que he aprendido por sus escritos y/o por sus palabras; de muchos colegas con los que he tenido el privilegio de trabajar, pero sobre todo de las voces de muchos a los que he tenido el privilegio de servir a lo largo de muchos años, quienes habéis sido mis mayores maestros. Que lo que viene sea un reflejo fidedigno de vosotros.
El trabajo que estás a punto de leer, una pequeña parte extraída de mi tesis doctoral y otra parte más extensa añadida para hacerlo más completo y relevante, asume varios riesgos y presenta ciertos inconvenientes que tienen el potencial de debilitar mi voz. Por un lado, no tengo experiencia como maestra en la enseñanza superior formal (de hecho, me acabo de estrenar como profesora “formal” en la Escuela Evangélica de Teología de la FIEIDE). Por otro lado, mucha de la investigación en la que me he basado proviene de otros contextos geográficos y culturales, mayormente el estadounidense, y en menor medida, el británico.
Sin embargo, pienso que mi contribución es creíble y útil por tres razones principales. En primer lugar, porque al ser observadora externa vengo menos influenciada por el sistema y, por lo tanto, a priori sin tantos prejuicios. Algunas veces necesitamos voces externas; estas incluso en ocasiones son más influyentes que las voces internas. En segundo lugar, vengo como alguien que ha recibido formación teológica formal y ha estado en el ministerio más de veinte años. Esto me permite ser una voz para apuntar a las deficiencias de la educación teológica formal no solo como testigo, sino como alguien que entiende el campo y la necesidad del campo. En tercer lugar, vengo como educadora y pedagoga, y traigo ese punto de vista a un campo que está básicamente dominado por teólogos. Se necesita la colaboración de ambas disciplinas urgentemente y esa combinación tiene el potencial de ser un instrumento importante en las manos de Dios para la renovación de la educación teológica, que a su vez afectará a cómo Su pueblo madura y es verdaderamente transformado para la extensión de Su Reino.
Capítulo 1
La importancia de la formación en el ministerio
Aprender es enfrentarse a una transformación.(Palmer 1993, 40)
En mayo de 2017 realicé una encuesta1 a los participantes —en su gran mayoría pastores o responsables de iglesia— del Seminario de Teología y Psicología Pastoral organizado por la Alianza Evangélica Española. Esta encuesta buscaba explorar tres objetivos: (1) evaluar el estado actual del obrero, (2) evaluar las necesidades más importantes de apoyo y (3) evaluar el interés en tiempos sabáticos y de descanso en un lugar geográfico en particular.
El objetivo que alcanzó mayor puntuación fue el Objetivo 2. A pesar de que estos resultados no tomaban en cuenta si los participantes habían recibido formación en el pasado o la estaban recibiendo en el momento presente, sí señalaban que, para estos obreros, la formación espiritual no solamente es importante para su ministerio, sino que es la formación más importante; que prefieren hacer esta inversión acompañados más que solos; que valoran prácticamente por igual todos los aspectos de la formación ministerial (algunos especificaron las necesidades en torno a la formación concreta en consejería, idiomas, bíblico-teológica, pastoral), y en concreto herramientas como el mentoreo y el Coaching; que la formación y el acompañamiento no son solo importantes ni están limitados a un momento puntual, sino que han de ser algo continuo e intrínseco del caminar ministerial. Los participantes mencionaron también el mentoreo, el cuidado de la relación con Dios y la comunidad de obreros para apoyo mutuo como los recursos más necesarios.
El objetivo que alcanzó la segunda mayor puntuación fue el Objetivo 3. Los participantes convinieron, en su gran mayoría, que el descanso es básico para su salud integral y que retirarse físicamente de forma intencional es importante. Estos resultados parecen alinearse con los resultados generales del Objetivo 2: una formación que parece apelar a ser integral lógicamente apelará a un descanso igualmente integral. No obstante, estos resultados no se correlacionan necesariamente con la realidad: si bien los participantes entienden la importancia del descanso, no se toman el tiempo necesario para ello. Quizás los participantes no pueden descansar por las presiones no solamente ministeriales, sino familiares, personales, etc. que se anteponen relegando el descanso. Quizás no saben descansar porque siguen el ejemplo de un liderazgo que no ha sido un buen modelo en esta área: el ministerio se convierte en la base de la identidad del obrero, disfrazada de entrega sacrificada al Señor, y el descanso es considerado como holgazanería, pasotismo o falta de compromiso. Quizás no saben descansar porque no reciben el apoyo que necesitan de sus iglesias/organizaciones cristianas a fin de poder llevar a cabo sus descansos y tiempos sabáticos.
Finalmente, el objetivo que alcanzó menor puntuación, aunque esta sigue siendo significativa, fue el Objetivo 1. Los participantes respondieron con una buena dosis de realismo a la pregunta en torno a la exigencia del ministerio pastoral/cristiano: si bien parte de la exigencia era conocida, también hay una parte de desconcierto. ¡Esta paradoja es quizás la que permite que los obreros se mantengan firmemente en pie a pesar de las demandas ministeriales! Los participantes parecen ser conscientes de sus propias limitaciones, en algunos casos negativas —como la falta de confianza y de habilidades para ejercer el ministerio—, pero, de manera positiva, ser conscientes de las limitaciones permite buscar las formas y los recursos necesarios. El reflejo de los resultados en cuanto a la formación y al descanso, como vimos antes, son el mejor ejemplo de ello. Estos resultados parecen confirmar que Dios va a usar a los obreros con los dones que les ha otorgado en las circunstancias en las que les ha puesto, pero también a través de sus debilidades porque Dios pone su “tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” (2 Corintios 4:7 RVR1960). En este contexto, los participantes también apuntan a la falta de cuidado pastoral por parte de su iglesia/organización.
Si bien esta encuesta fue realizada en un evento concreto y, por lo tanto, la muestra no responde a una aleatorización objetiva, pienso que los resultados no solamente son válidos, sino que sacan a la luz una realidad ministerial. Los participantes encuestados son conscientes de su estado actual y también de sus necesidades: una formación integral continua, un acompañamiento real en forma de mentoreo y de comunidad, así como un ministerio que incluya el descanso renovador. Estos resultados no pueden dejarnos indiferentes y nos invitan a la acción. Deben llevarnos a preguntarnos seriamente: ¿cómo está respondiendo la educación teológica a estos desafíos? ¿Y cómo lo está haciendo la Iglesia?
Una vista de pájaro a la crisis de la educación teológica contemporánea
El aprendizaje para la vocación religiosa no empieza con dominar varios conjuntos de habilidades o adquirir información técnica religiosa. Empieza con aprender a ser cristiano: verdaderamente, profundamente, razonadamente, inteligentemente, amorosamente cristiano. Este es un objetivo curricular totalmente apropiado y una tarea educativa increíblemente difícil. (Aleshire 2008, 31)
Si bien mucho de lo que vamos a tratar en las siguientes páginas y, en este libro en general, tiene una relación directa con las instituciones de educación teológica, también guarda mucha relación con la Iglesia. Quiero invitarte a prestar atención porque la educación teológica es relevante para ambos contextos puesto que los dos se necesitan y deben nutrirse mutuamente: la Iglesia necesita la educación teológica y la educación teológica no tiene razón de ser aparte de la Iglesia. Pero entonces, ¿cuál es el propósito de la educación teológica?
Este debate es reciente, pero no es nuevo. Hay un malestar generalizado que argumenta que la educación teológica se ha vuelto irrelevante, con una clara falta de propósito y dirección, y que es árida y está desconectada de la realidad del ministerio. Grainger, en su artículo “La misión de Dios como el centro de la educación teológica”, resume algunas de las críticas a la educación teológica/ministerial retomadas de otras voces: alto grado de compartimentación en teología, y por lo tanto, poca integración con otras disciplinas; desconexión entre la teoría y la práctica; y profesionalización de la teología, restringiéndola a una élite en lugar de acercarla a todo el pueblo de Dios (Grainger, 69-71). Otros que se hacen eco de Grainger añaden las siguientes cuestiones: definición del contexto (la educación teológica se hace de acuerdo con el lugar y la historia); uso de la Biblia (cuál es el mejor método y la exégesis correcta); contenidos (asignaturas tradicionales en el currículo frente a asignaturas especializadas que responden a las diferentes necesidades en el ministerio y cómo enseñarlas); lugar de la misión en el currículo; asuntos de metodología (centrada en el estudiante, centrada en el maestro, centrada en la asignatura o el currículo); cuestiones de acceso (quién debería tener derecho a recibir educación teológica y cuáles son los prerrequisitos de admisión); modos de formación (tradicional académico o seminario); y la educación teológica como un proceso de vida (Aleshire 2008, 49-53; Wingate 2005, 239-244).
