Francisco J. Múgica - Anna Ribera Carbó - E-Book

Francisco J. Múgica E-Book

Anna Ribera Carbó

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Francisco J. Múgica. El presidente que no tuvimos recuenta la vida de un político y militar mexicano que participó en la historia desde la Revolución mexicana hasta el auge de Lázaro Cárdenas, y que se opuso al nuevo régimen del PRI, al lado del general Miguel Henríquez.

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Seitenzahl: 394

Veröffentlichungsjahr: 2019

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ANNA RIBERA CARBÓ es doctora en historia por la UNAM. Es investigadora en la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y profesora de asignatura en el Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Editora de Francisco J. Múgica. Estos mis apuntes (1997) y autora, entre otras obras, de La Casa del Obrero Mundial. Anarcosindicalismo y revolución en México (2010) y Francisco Ferrer Guardia. Principios de moral científica y otros textos (sel. y pról.) (2016).

SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA

FRANCISCO J. MÚGICA

ANNA RIBERA CARBÓ

Francisco J. Múgica

EL PRESIDENTE QUE NO TUVIMOS

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

Primera edición, INAH, 1999 Primera edición, FCE, 2019 [Primera edición el libro electrónico, 2020]

Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar

D. R. © 2019, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios: [email protected] Tel. 55-5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-6626-0 (ePub)ISBN 978-607-16-6496-9 (rústico)

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE

Agradecimientos

Introducción

      I. La cuna de la libertad

     II. El viento rudo de la Revolución

    III. La Revolución al Congreso

     IV. La patria ha podido ser flor

      V. Selva y petróleo

    VI. El exilio en el mar

   VII. El ejercicio del poder

  VIII. La sucesión presidencial

    IX. Otra vez el Pacífico

     X. Las últimas batallas

Epílogo

Bibliografía

A mis padres

AGRADECIMIENTOS

La recopilación de los apuntes personales de Francisco J. Múgica me llevó hace algunos años al Centro de Estudios de la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas, A. C. (CERMLC), en Jiquilpan, Michoacán. Allí tuve la oportunidad de sumergirme en el Fondo Francisco J. Múgica de su archivo, actualmente bajo resguardo de la Unidad Académica de Estudios Regionales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y de empezar a reunir los materiales que dieron origen a este libro. El licenciado Luis Prieto Reyes, director del centro, me dio todo su apoyo y me transmitió su entusiasmo por un proyecto que rescatara al olvidado general Múgica. Guadalupe Ramos, secretaria general del centro, me acogió siempre con la hospitalidad que la caracteriza, y Arturo Ayala, encargado del archivo, asistido por Angélica Herrera, facilitó enormemente la tarea de revisión de los documentos.

En el proceso de elaboración de la investigación, mis compañeras del Seminario de México Revolucionario de la Dirección de Estudios Históricos (DEH) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Ruth Arboleyda, Beatriz Cano, Laura Espejel y María Eugenia Fuentes, leyeron los avances y aportaron ideas y nuevos enfoques que enriquecieron el texto.

La Dirección General de Asuntos del Personal Académico (DGAPA), a través del Centro Coordinador y Difusor de Estudios Latinoamericanos de la UNAM, me otorgó una beca de 1995 a 1996 que me permitió dar forma final al trabajo.

Margarita Carbó siguió paso a paso el desarrollo de la investigación y leyó y comentó cada capítulo, lo mismo que Alicia Olivera de Bonfil. Antonio Saborit y Salvador Rueda, cada uno en su momento, directores de la DEH, mi casa, ofrecieron facilidades de todo tipo para que este proyecto pudiera llegar a buen puerto.

Veinte años más tarde se publica esta nueva edición, corregida y aumentada, de Francisco J. Múgica. El presidente que no tuvimos, ahora en el Fondo de Cultura Económica y con un nuevo título. Mi agradecimiento para Diego Prieto, Francisco Pérez Arce y Paco Ignacio Taibo II que la hicieron posible.

INTRODUCCIÓN

En 1942, durante un viaje de Mazatlán a Guadalajara en ferrocarril, los generales Lázaro Cárdenas y Francisco J. Múgica conversaban como tantas veces cuando el primero, entonces comandante del Pacífico, comentó a su amigo, en esos años gobernador del Territorio Sur de la Baja California, que en muchas ocasiones se había preguntado qué hubiera sido de ellos sin la Revolución. Múgica respondió al instante: “Usted, tejedor de rebozos y yo, profesor de escuela rural”. Cuenta Abel Camacho, secretario de Múgica, que Cárdenas sonrió.1

La rápida y simple respuesta de Múgica encerraba un tratado de teoría de la historia: el debate acerca del papel de los individuos, de las personalidades, en los procesos de transformación social. ¿Es la acción de ciertos personajes destacados la responsable del devenir histórico o son las condiciones existentes, los momentos y procesos globales del acontecer humano los que permiten que surjan, que aparezcan, que destaquen determinadas individualidades? Evidentemente, Múgica se inclinaba por la segunda opción. La Revolución les había permitido ser lo que eran y los había alejado de la repetición, tan probable, de los modelos y formas de vida locales y familiares. La lucha armada y el proceso de creación de un nuevo Estado les habían abierto oportunidades, posibilidades de participación política y militar que, por otro lado, tuvieron la habilidad y la inquietud de aprovechar. La Revolución les permitió eludir ese destino anunciado de tejedor de rebozos y de maestro rural, es cierto, pero también es indudable que ellos, Cárdenas y Múgica, como tantos otros, impusieron, imprimieron ciertas características específicas al acontecer colectivo, se convirtieron en portavoces o en agentes de la voluntad de miles y dieron el empujón definitivo, con gestos de audacia política en el momento oportuno, para consolidar en la ley o en la acción política los anhelos de muchos mexicanos.

Por ello, este intento por construir una biografía política de Francisco J. Múgica que recree su participación en la historia del país desde la revolución maderista hasta su muerte en 1954, que revele la huella decisiva de esa actuación en ciertos rasgos del país que se construyó en esos años, y que, además, refleje la manera en que los procesos políticos y sociales fueron moldeando, definiendo y creando al personaje. Una biografía que procure mostrar “la tensión entre las capacidades inventivas de los individuos o de las comunidades y las coacciones, las normas, las convenciones que limitan —más o menos según su posición en las relaciones de dominación— aquello que les es posible pensar, enunciar y hacer”.2 Todo esto a partir de sus papeles, de los documentos oficiales y personales que constituyen el Fondo Francisco J. Múgica del Centro de Estudios de la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas, A. C., con sede en Jiquilpan, Michoacán.

La vida de este hombre es reflejo del ascenso de las luchas sociales que rebasaron las propuestas democratizadoras originales de la Revolución, que ocuparon el poder en la década de los treinta y que sucumbieron ante las posiciones conservadoras que dominaron el mundo tras la segunda Guerra Mundial. Múgica también se fue radicalizando al calor de la vieja lucha contra el régimen porfiriano y habiendo llegado a la cima del poder durante el sexenio cardenista fue luego desplazado por los grupos más conservadores de la llamada “familia revolucionaria”. Tal vez por eso, porque vivió para ver traicionado, poco a poco, su proyecto de nación, porque pudo ser el candidato de la continuidad revolucionaria en 1940 y no lo fue, porque en sus últimos días militó en la oposición sosteniendo lo mismo que había defendido al inicio de su vida política y porque fue de esos pocos que nunca han creído que el radicalismo es un padecimiento de la juventud, es por lo que Francisco J. Múgica resulta un personaje tan atractivo, tan heroico y, en ocasiones, tan novelesco. Pero además tan revelador de su época, representativo de una generación que se propuso hacer de México un país mejor con hombres mejores y que, paradójicamente, ha sido muy poco requerido para llenar las páginas en que escriben los historiadores.

Hace ya algún tiempo se hicieron llamados de atención sobre este asunto que sostenían que, si bien los dirigentes más importantes del proceso revolucionario han recibido una gran atención, “muy poco hincapié en cambio se ha hecho con relación a sus lugartenientes y los pequeños líderes provincianos que aún esperan a sus biógrafos”.3 Tampoco los actores de segunda fila, quienes participaron del poder al lado de las primeras figuras, suelen protagonizar los trabajos de investigación histórica. Éste es un modesto intento por explorar esa veta y sería injusto decir que el primero. Existen dos biografías de Francisco J. Múgica: Múgica. Crónica biográfica, escrita por su amigo el periodista Armando de Maria y Campos, y Cuando la Revolución se cortó las alas, de su amiga la periodista Magdalena Mondragón. La primera, “ni biografía novelada, ni ambicioso ensayo biográfico, simple y sencillamente una crónica, un reporte biográfico” según su propio autor, fue publicada en 1939 cuando Múgica acababa de desistir de sus afanes presidenciales. Seguramente preparada para exaltar al nuevo presidente, terminó resaltando las virtudes revolucionarias del frustrado candidato. La segunda, escrita con afán reivindicador del viejo luchador marginado de las marquesinas políticas, fue publicada en 1966, 12 años después de su muerte, con la aclaración de la autora de que “no soy historiadora; pero en vista de que desde la muerte del general Múgica nadie se atreve a tocar los hechos sobresalientes de su vida, hoy lo hago con la impericia de persona ajena a la disciplina que se requiere para esta magna empresa”. Hace unos años, su secretario de los últimos tiempos, Abel Camacho, publicó un par de volúmenes: Francisco J. Múgica. Combatiente incorruptible y Francisco J. Múgica en el Constituyente,4 en el cual resaltó la labor de éste en el constitucionalismo y en el Congreso Constituyente. Los tres autores conocieron personalmente a Múgica y tuvieron acceso a documentos de su archivo personal, por lo que sus obras aportan datos, anécdotas y reflexiones interesantes, a pesar de haber sido escritas con fines esencialmente políticos.

El novelista inglés Julian Barnes dice que una red puede describirse como una colección de agujeros amarrados con una cuerda, y que lo mismo puede decirse de una biografía: se podrán aportar todos los datos y todas las hipótesis, sin embargo, siempre será más lo que se escape con la última exhalación del biografiado.5 Sabemos que es verdad, pero no podemos desistir de la tentación de amarrar esos vacíos con la cuerda de letras que nos proporciona el Fondo Múgica: todas esas cartas enviadas y recibidas, esos documentos oficiales, esos informes de labores, esos apuntes personales. Es un intento de que Múgica mismo, a través de los papeles que guardó, nos cuente su vida y nos exponga sus ideas. Los agujeros de la red procuraremos llenarlos o compensarlos con la extensa y rica bibliografía acerca de la época —o tal vez sería más correcto decir las épocas— en que Francisco J. Múgica vivió y pensó.

Los testimonios de Lázaro Cárdenas, sobre todo los que provienen de sus Apuntes y de sus cartas, así como la bibliografía en torno a su persona y su gestión política, han ayudado a construir este trabajo. De hecho, Cárdenas ocupa una parte importante del texto. Era inevitable; Cárdenas llena el siglo XX mexicano y es el exponente más destacado de un proyecto de país que era también el de Múgica. Además, Múgica y Cárdenas fueron amigos y correligionarios, por ello la presencia de don Lázaro en estas páginas y la necesaria vinculación de los personajes.

Arlette Farge dice que “a veces una historia de la persona obstaculiza las certezas adquiridas sobre el conjunto de los fenómenos denominados colectivos, al mismo tiempo, no puede ser concebida más que en interacción con los grupos sociales”.6En el caso de Múgica, la historia personal no obstaculiza la visión de los fenómenos sociales, tal vez por su estrecha, indisoluble interacción con la historia colectiva, con los procesos generales, con la Revolución mexicana. Por el contrario, acercarse a Múgica ayuda a comprender ese proyecto de nación que quedó escrito en la Constitución queretana de 1917, desde la perspectiva de quienes la redactaron y se empeñaron después en verla funcionar, así como a entender el desconcierto, la desazón, la amargura posterior cuando México y ellos dejaron de caminar por el mismo sendero.

Múgica parecía encaminado a ser maestro rural como su padre, y nunca llegó a serlo. Ésta pretende ser una historia de lo que sí fue, aunque, finalmente, se trate sólo de una red llena de agujeros.

ANNA RIBERA CARBÓ

I. LA CUNA DE LA LIBERTAD

EN 1884 MANUEL GONZÁLEZ dejó la presidencia de México, que había asumido cuatro años antes, al recibir la banda presidencial de manos de su amigo, el general Porfirio Díaz. El gobierno de González, que marchó con buen viento durante casi todo el camino, culminó con gran descrédito. La opinión pública consideró que el arreglo de la deuda inglesa no beneficiaba a la República sino a los amigos del presidente, y la introducción de la moneda de níquel, que causó verdadera irritación, y un motín en la capital acabaron con su popularidad.

Por ello, los habitantes del país vieron con buenos ojos el regreso de Porfirio Díaz para ocupar, por segunda ocasión, la presidencia de la República. En ese mismo año nació en el modesto hogar de Francisco Múgica Pérez, el maestro de Tingüindín, Michoacán, y de su esposa, Agapita Velázquez, Francisco José Múgica, quien habría de crecer al mismo tiempo que la dictadura del héroe oaxaqueño de la guerra contra los franceses.

El profesor Múgica, que según las órdenes de movilización que recibía de las autoridades escolares del estado debía trasladarse de uno a otro pueblo, fue enviado a Tingüindín. Allí, el 3 de septiembre, nació su primer hijo, el cual habría de llevar su nombre. Sus funciones de mentor lo llevaron por numerosos poblados en los que sus dos hijos, Francisco y Carlos, cursarían los primeros estudios. Cuando obtuvo un empleo en la Oficina Recaudadora de Rentas de Zamora, la familia de Múgica, una de esas familias provincianas liberales, pudo abandonar la vida itinerante.

Uno de los más emocionados recuerdos de infancia que el maestro contaba a sus hijos era el de la celebración y la verbena del 15 de septiembre de 1867 en Morelia, a la que asistió con su padre y en la que se gritaban vivas lo mismo a los héroes de la Independencia que a los caudillos de la causa republicana recién triunfante.

Para proporcionar una buena educación a sus hijos, los inscribió en el Seminario de Zamora como alumnos externos. Francisco José Múgica, además de los programas oficiales de la preparatoria, tomaba cursos especiales de latín por la admiración que sentía por Ovidio y Horacio, y su interés apasionado por los discursos de Cicerón.1

Sin embargo, se rebeló contra las enseñanzas dogmáticas, negándose a estudiar teología, ya que no comprendía que dos materias como teología y física pudieran ser compatibles. En la escuela se le amenazó con la expulsión definitiva si no se disciplinaba. Múgica, aunque asistía a las clases, cada vez que el profesor le preguntaba algo contestaba, en señal de rebeldía, “no sé la lección”. El propio obispo de Zamora intervino permitiéndole continuar sus estudios sin tener que asistir a la clase de teología, seguramente para evitar que “contagiara” a sus compañeros.2

Ésta fue la primera “lucha” que Múgica emprendió impulsado por sus posiciones jacobinas que no habría de abandonar jamás. Hacia el final de su vida diría:

no he cambiado; y ojalá nunca cambie. No hay nada peor que un hombre idealista a los veinte, burgués a los cuarenta, avaro a los cincuenta y con locura senil a los setenta…

Desgraciado del hombre cuando se vuelve prosaico y ha perdido fe en los ideales. Es entonces cuando se es verdaderamente viejo. Viejo y amargado. Infeliz.3

En 1906, a los 22 años de edad, obtuvo su primer empleo como receptor de rentas en Chavinda. Fue en esa misma época cuando se convirtió en un ávido lector de la prensa revolucionaria: del histórico El Hijo del Ahuizote, El Diario del Hogar, de Filomeno Mata, y, fundamentalmente, de Regeneración. De este último manifestaba: “Lo leí con avidez […] y desde ese instante estuve con el futuro Partido Liberal Mexicano […] Guardé el periódico en el interior de la camisa y lo volví a leer en casa”.4

Decidió entonces convertirse en periodista. Escribió un artículo y lo envió a San Luis, Missouri, a Regeneración; al recibir el siguiente número tuvo la satisfacción de ver sus palabras impresas en la primera plana. Esto lo animó a seguir escribiendo hasta que fue nombrado corresponsal de la publicación en Michoacán.

Pronto publicaría su propio periódico, El Rayo, semanario de seis páginas y con un tiraje de 800 ejemplares. El Rayo desapareció, pero le siguieron El Faro, La Voz, La Luz, La Prensa Libre y El Demócrata Zamorano, editados en las imprentas de Ramón Padilla y José Moro. En 1907, con compañeros suyos de los años estudiantiles, inició una campaña contra el gobernador de Michoacán, Aristeo Mercado, desde las páginas de El Ideal, que se imprimía en Guadalajara porque las imprentas de Zamora se negaban a hacerlo, dada la fama de radical que Múgica empezaba a crearse.

De la actividad periodística pasó pronto a la labor política. En Zamora se pronunció por Bernardo Reyes para la vicepresidencia de la República, impidiendo, con un zafarrancho en el que vidrios y sillas quedaron destrozados, la realización de un mitin a favor de Ramón Corral que debía tener lugar en el Hotel García. Como se consideró, con razón, que el detonador había sido la oratoria del joven periodista, éste fue encarcelado. Desde la prisión siguió escribiendo para El Ideal y desde allí, también, vivió la reelección de Porfirio Díaz.

Consideraba entonces que las elecciones eran el camino para acabar con la dictadura de Díaz. Por ello afirmó:

Mas ese silencio, esa paz que humilla, ese reposo que envilece, deben sustituirse por la lucha legal, no por el motín que produce trastornos y perturba hondamente a las sociedades, sino por esa emulación honrada, ese combate digno en que todos procuran sobrepujar en patriotismo, poniendo en relieve grandes virtudes cívicas.

Sí, esa lucha del civismo dentro de la ley debe provocarse constantemente en los pueblos, porque es la vida de la democracia, la muerte del despotismo y el antídoto del abuso.

En medio de la paz que imponen los tiranos, se producen los más grandes crímenes.

¡Luchemos para que surja el civismo en la República!

¡Luchemos para que nuestra democracia viva y los derechos del hombre sean respetados!

Nunca olvides que los votos se cuentan por números y que la mayoría siempre gana.

Tú eres, ¡oh pueblo!, el mayor número en todas las democracias. Manifiesta tu fuerza dentro del derecho que reconoce la Ley.5

Al salir de la prisión fundó el último periódico que publicó en Michoacán y que llevó el nombre, que resultaría simbólico, de 1910. Costaba dos centavos el ejemplar y se editaba en la imprenta La Suiza de Zamora. Su primer número apareció el 3 de julio de 1910.

Mientras tanto, Gildardo Magaña, Antonio Navarrete —quien más tarde sería diputado suplente de Múgica en el Congreso Constituyente—, Eugenio Méndez y los dos hermanos Múgica organizaron reuniones privadas para tratar asuntos políticos.

Francisco I. Madero, durante la campaña en contra de la reelección de Porfirio Díaz, manifestó su fe en la libertad, en la Constitución, en los derechos del pueblo. Con estas sencillas y profundas propuestas obtuvo un enorme poder de convocatoria. Durante el primer trimestre de 1910, al pasar por pueblos y ciudades, se formaron clubes antirreeleccionistas que después fueron fundamentales en el desarrollo de acciones locales.6 Sin embargo, Michoacán permaneció al margen. Sus habitantes, aunque simpatizaron con Madero, no fueron aún movilizados por su política.7 Pero el que Michoacán no participara activamente en el llamado maderista no quiere decir que algunos de ellos no se incorporaron de manera individual o en pequeños núcleos, como Francisco J. Múgica y sus contertulios.

Múgica, al igual que Madero, estaba convencido de que la democracia era la única vía para el cambio político y social. La asistencia popular y masiva en las urnas permitiría la transformación del país. Las elecciones de 1910 fueron un fracaso para las fuerzas antirreeleccionistas, ya que los políticos porfiristas lograron imponerse una vez más. Pero Madero había creado unas bases que le permitieron intentar un nuevo camino: la Revolución.

Ser lector ávido e interesado en su juventud fue determinante en el gusto que Múgica tuvo por la palabra escrita a través de toda su vida. Escritor de artículos periodísticos en esta etapa de formación, con el tiempo se convirtió en cronista de su propia vida y en escribano de sus ideas y pensamientos.

El ambiente conservador, en apariencia inmóvil, de la provincia asfixiaba a la familia Múgica, sobre todo a sus miembros más jóvenes. Por esto decidieron establecerse en la Ciudad de México, a donde llegaron el 27 de septiembre de 1910. Habitando ya en la capital del país con su familia, Francisco J. Múgica trabajó como ensuelador en una fábrica de calzado y más tarde como ayudante facturista en la droguería El Coliseo, ubicada frente al Teatro Principal.

Cancelada la vía electoral como instrumento de cambio, Madero recurrió a la violencia; unió en un solo movimiento a las muy diversas tendencias ideológicas que lo habían apoyado por su común rechazo al continuismo político, para establecer un régimen democrático. Múgica no se quedó fuera de la convocatoria revolucionaria. En la Ciudad de México se formó un grupo que integraban la escritora Dolores Jiménez Muro, Francisco Sánchez Correa, Joaquín Miranda —padre e hijo—, Alfonso Miranda, Gabriel Hernández Pinelo, Francisco y Felipe Hierro, Francisco Maya, Miguel Frías, Felipe Sánchez, los hermanos Melchor, Rodolfo y Gildardo Magaña, Antonio Navarrete, y Carlos y Francisco J. Múgica. La esposa de uno de los miembros del grupo confeccionó los distintivos que usarían los sublevados, mientras que Alfredo B. Cuéllar y José Hernández fabricaban bombas en el corral de Gabriel Hernández, en la colonia Guerrero. En la imprenta de Antonio Navarrete se imprimieron 5 000 ejemplares del plan que fue ampliamente repartido.8

Este grupo se reunía en el pueblo de Tacubaya y el plan fue llamado “Plan Político Social proclamado por los estados de Guerrero, Michoacán, Tlaxcala, Puebla y el Distrito Federal” contra la dictadura. Aunque la traición acabó con el complot de Tacubaya el 27 de marzo, fecha que se había acordado para iniciar la rebelión y en que fueron aprehendidos algunos de los “conspiradores”, el plan había llegado ya clandestinamente a Zamora y a manos de los futuros cabecillas revolucionarios: Marcos Méndez, de Peribán, Sabás Valladares, de Los Reyes, y José Rentería Luviano, de Huetamo.9

A finales de marzo, Francisco J. Múgica, junto con Melchor Magaña, se encontraba ya en San Antonio, Texas, para recibir indicaciones de la Junta Maderista.

El sur de los Estados Unidos se había convertido en el “santuario” de la Revolución. Era la sede de centros de dirección y propaganda, campo de reclutamiento y refugio en caso de derrota. Las filas maderistas se engrosaron con la llegada de oleadas de refugiados y voluntarios que se fueron trasladando a territorio estadunidense y que desde un principio se dedicaron a organizar actividades rebeldes.

Fue entonces cuando Múgica escribió su primer diario, en marzo y abril de 1911, según él mismo “para que estos mis apuntes sirvan de algo en la historia del actual momento político por que atraviesa México”,10 consciente ya del futuro valor de su testimonio.

Había salido de la Ciudad de México el 20 de febrero. Los rebeldes de la insurrección maderista michoacana lo habían nombrado su delegado para que se pusiera en contacto con la Junta Revolucionaria de San Antonio. Múgica le planteó a Roque Estrada, secretario particular de Madero, el proyecto para incorporar Zamora a la lucha. Más adelante se entrevistó con Alfonso Madero y con Federico González Garza con la intención de obtener auxilios monetarios para llevar a cabo la empresa, así como facultades para ejercer la autoridad que la situación requería. Ya afiliado al movimiento, trabajó en la administración del periódico México Nuevo, que sostenían Emilio Vázquez Gómez y Alfonso Madero.

Pronto recibió una carta de su hermano Carlos en la que, con envidia de la buena y juvenil entusiasmo, le decía:

¡Cuántos son mis deseos de encontrarme a tu lado aun cuando fuera de empacador de México Nuevo!

Mucho te agradeceré me ayudes para que se me mande México Nuevo y aun cuando sean unos cuantos números pues tu sabes bien mis convicciones y mis ideas independientes.

Espero me escribirás largo para que me cuentes la verdad de los hechos porque no creo ninguna de las mentiras de los periódicos metropolitanos.

Que seas muy feliz y que pronto la victoria sea la corona que ciña sus frentes.11

A pesar de su gran entusiasmo revolucionario, Múgica conservó su espíritu crítico ante los acontecimientos que vivía y presenciaba. Cuestionó el manejo de los fondos de la Revolución y la forma en que se negociaba con el gobierno de Porfirio Díaz. No quiso ser catalogado como seguidor de un dirigente político, sino como un revolucionario cabal. Por ello, en su diario afirma: “Nosotros los maderistas nos llamamos así por antonomasia, puesto que somos libertarios antes que todo, demócratas y patriotas antes que personalistas y convenencieros”.12

Mientras esperaba sin resultado recursos para el levantamiento de su estado natal, Francisco J. Múgica recibió la propuesta para incorporarse a una expedición militar que entraría a Coahuila. Desde luego, aceptó, no sin dejar constancia en su diario de las emociones que esto le provocaba, afirmando contundentemente:

ya estoy, pues, en momentos de partir; pronto los vientos mexicanos acariciarán mi rostro de patriota y mis ojos verán aquel cielo tan amado que verá escapar mi vida, tal vez, en un supremo gesto de indignación; mi familia ¿qué son esos caros seres junto a la familia mexicana, qué sus méritos ante la libertad y qué su amor tan puro junto al amor inmenso de la patria? Ahogaré fuertes mis afectos íntimos y procuraré vencer con valor o morir heroicamente.13

Se enlistó por el rumbo de Ojinaga, Chihuahua. Madero le reconoció el grado de teniente con antigüedad al 20 de noviembre de 1910 por su activa colaboración en la campaña y por haber combatido, a través de la prensa independiente, al régimen de Díaz desde tiempo atrás. Estuvo en los combates de la Sierra de El Burro y en Cuchillo Parado. Bajo el mando directo de Madero estuvo en la acción de Casas Grandes contra las fuerzas de García Cuéllar. Tras valerosa actuación en la batalla en la estación Bauchún, en Chihuahua, fue ascendido al grado de capitán segundo.14

La insurrección maderista salió triunfante por el momento. Años más tarde dijo en el Congreso Constituyente acerca de ese momento de la historia mexicana:

¿Qué restaba entonces? La lucha armada; la guerra santa que lleva la justicia por norma; el incendio que purifica; la devastación que aniquila, la muerte que ennoblece […] y la revolución, señores, la revolución que había tenido que dejar regueros de sangre generosa en su ruta y cubierto de cadáveres, de mártires su camino, oyó clemente los ruegos del tirano, y le perdonó la vida, y le dejó libre, y le dejó potentado, para hacerse más grande y más sublime.15

Múgica, al igual que Madero, había sido un convencido de que la vía legal y pacífica era el camino para transformar a la nación, y consideró que, una vez fracasado éste, era necesario buscar uno distinto, la vía armada.

Tras la renuncia de Porfirio Díaz en mayo de 1911, fue notificado por Roque Estrada de que iría como delegado de paz maderista a Michoacán para poner fin a los problemas que existían entre algunos revolucionarios del estado, como Sabás Valladares y Marcos Méndez, tomando medidas para evitar posibles abusos de las fuerzas rebeldes. Era necesario garantizar la moralidad y el orden para restablecer la paz. El cargo lo ocupó de junio a octubre. Además, allí hizo campaña en pro del Partido Constitucional Progresista de Camilo Arriaga, que postulaba a Francisco I. Madero y a José María Pino Suárez. El comité del partido, dados su patriotismo y méritos, le solicitó que iniciara trabajos electorales, formara clubes y nombrara subdelegados.16 Por si esto fuera poco, también publicó artículos en El Demócrata Zamorano.

Le preocupaba mucho que el movimiento se estancara sin cumplir con lo ofrecido; en consecuencia, no estuvo muy de acuerdo con la orden de Francisco I. Madero para licenciar a las tropas insurrectas. En una carta escrita a su amigo Juan Sánchez Azcona, desde Zamora, el 14 de septiembre de 1911, le decía:

Muy estimado y fino Juanito:

yo por mi parte he sentido muy mal el procedimiento porque amo a las fuerzas que libertaron a la Patria y quisiera que ya que nada ha hecho la revolución por nosotros, se nos respetara y guardara alguna consideración. Nuestros gobernantes son los mismos, los antiguos y odiosos favoritismos están en su apogeo y el estado económico de esta Entidad es desastroso hasta llegar a la bancarrota […] Con mucho sentimiento vemos los que luchamos de verdad, que todos los provechos han sido para los mismos de antes, los honores para los federales, las pensiones para sus viudas y huérfanos y el premio para los defensores y sostenedores del viejo Dictador.17

A su “hermano del corazón”, José Rentería Luviano, le escribió a Huetamo, desde Zamora, afirmando en un tono todavía más crítico:

Estás en lo justo cuando me dices que si Madero nos engaña correrá de nuevo la sangre y que entonces las represalias serán terribles […] además creo que quizá tendremos que levantar el pendón de la rebelión si la política sigue como va, pues es un desastre […] Pero esperemos; el Sr. Madero sube al primer puesto de la nación el día 16 del entrante [noviembre] y todos los desesperados porque vemos en peligro y burladas las conquistas de la revolución sabremos entonces a qué atenernos.18

Cuando el 21 de octubre rindió cuentas de misión cumplida en un informe a Madero, solicitó además su renuncia al cargo de capitán del ejército libertador, puesto que la Revolución había terminado, para dedicarse a asuntos personales habiendo “cumplido con el deber de buen revolucionario, primero como agitador y después como pacificador”.19

Múgica escribió paralelamente otro informe en el que protestaba alarmado porque en Michoacán la Revolución no había traído cambios consigo. Manifestaba:

Es un hecho que muchos empleados nada gratos al pueblo michoacano han sido sostenidos en sus puestos […] Esto significa a mi entender un movimiento contrarrevolucionario que las fuerzas insurgentes ven con malos ojos y que muy posiblemente será causa de trastornos lamentables y altere la paz que ya se deja sentir en los diferentes grupos sociales.20

El gobierno maderista, según Múgica, no cumplió sus promesas. ¿Por qué no lo hizo? La Revolución mexicana fue una insurrección múltiple y heterogénea, fue un levantamiento agrario tanto como una revuelta de la clase media y una reacción de la burguesía nacional en distintas regiones y en distintos momentos. A pesar de que esta participación fue diversa al igual que sus demandas, el proyecto de la dirigencia era claro. “El pueblo [insistía Madero] no quiere leyes nuevas, desea únicamente que se lleven a cabo las antiguas.” Según Francisco Vázquez Gómez, Madero se había rebelado por un cambio de hombres y no de principios. Éstos ya estaban asentados en la Constitución de 1857 y lo que hacía falta era un grupo decidido a llevarlos realmente a la práctica. La transformación se iría dando de manera legal y progresiva, logrando libertades y garantías para todos los grupos sociales.21

El propio Múgica se convirtió en portavoz de los descontentos y en El Despertador del Pueblo publicó severas críticas al orden maderista y al resurgimiento del partido conservador. Se desesperó ante la lentitud de los cambios que un hombre como Madero imponía. Consideraba que la práctica de la democracia debía acompañarse con una activa movilización estatal para resolver los añejos problemas nacionales y librar al país de las trabas ideológicas y los materiales del régimen porfiriano. Si esto no se hacía, la Revolución estaba condenada al fracaso. Tal vez sea por ello que, a pesar de tener algunas buenas relaciones y cartas de recomendación, no obtuvo empleo en el gobierno de Madero, quien mantuvo en sus cargos a numerosos funcionarios porfiristas.

José Vasconcelos le dio, en diciembre de 1911, una carta para el licenciado Miguel Díaz Lombardo, ministro de Instrucción Pública, en la que decía de Múgica: “Es un revolucionario de los más ameritados, a quien conocí y traté en San Antonio, Texas. Constantemente ha estado prestando servicios a la causa y como es persona ilustrada creo que será muy útil en la administración pública”.22 La recomendación no sirvió de nada, por falta de vacantes. Múgica y Vasconcelos mantuvieron una buena y larga amistad. Años después, en el despacho que el general Múgica tuvo en el Parque España, y tras una conversación que giró en torno a temas de filosofía e historia que apasionaban a ambos, Vasconcelos abrazaría a su amigo para despedirse, diciendo: “General, me llaman maestro. El maestro es usted”.23

Otro de sus amigos, Juan Sánchez Azcona, secretario particular de Madero, intentó colocarlo en el diario de la Revolución, México Nuevo, donde ya había trabajado en San Antonio. Tampoco hubo lugar para él. Por último, recurrió al general Vito Alessio Robles, inspector general de policía, quien le ofreció nombrarlo subcomisario en cuanto hubiera una oportunidad. Sin embargo, en un mitin que celebraron los obreros de la fábrica La Hormiga en el Hemiciclo a Juárez, Múgica tomó la palabra y arremetió contra el gobierno de Madero, diciendo que se cerraba a los revolucionarios de verdad. Compareció entonces Vito Alessio Robles, quien, al término del mitin, le reclamó el tono de su discurso. “Pues voy a pronunciar otros más enérgicos que el que usted acaba de escuchar”, contestó el joven capitán.24 Por supuesto, tampoco fue subcomisario de la policía.

Ante la falta de empleo, Múgica se decidió a aceptar la oferta de Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila, de convertirse en director general de Estadística del estado, con un sueldo de 175 pesos mensuales. En esa misma época empezó a organizar su boda con la joven zamorana Ángela Alcaraz, a la que siempre llamaría Blanca, “mi Blanca”. El 27 de octubre escribió desde Piedras Negras a su futura suegra:

El asunto principal de mi carta es el siguiente. Cada día me parece más horrible la ausencia en que vivimos Angelita y yo y ya no puedo soportar con calma esta separación que me aniquila […] Yo quisiera que entre mi madre, usted y mi padre, señalaran un día del mes de enero para que la ceremonia tuviera efecto y así se evitarían los chismes de esa gente tan metiche en lo que no le importa.

Contésteme pronto lo que resuelva pues creo que me cambiaré de un momento a otro más cerca y estoy ansioso y esperando la felicidad.

Consérvese buena y reciba un abrazo con el amor sincero de su hijo que la quiere.25

Desde Coahuila siguió insistiendo ante el presidente Francisco I. Madero acerca del hecho de que muchos “enemigos nuestros” tenían cargos en su gobierno. Y efectivamente así era; sólo tres miembros del gabinete de Madero representaban a los hombres que se habían enfrentado al “antiguo régimen”. Con excepción de Abraham González en Gobernación y simultáneamente en el gobierno de Chihuahua, Miguel Díaz Lombardo en Instrucción Pública y Manuel Bonilla en Comunicaciones, los demás ministros eran “o bien personas ajenas al sentimiento popular o bien enemigos irreconciliables de la Revolución”.26

Madero gobernó básicamente con los antiguos políticos del régimen porfirista y con hombres moderados de su generación. Algunos jóvenes, como Luis Cabrera, Querido Moheno, Luis Manuel Rojas, Alfonso Cravioto, Isidro Fabela, Eduardo Hay, Félix Palavicini, Aquiles Elorduy, Heriberto Jara, José Manuel Puig Casauranc, Roque González Garza, Pascual Ortiz Rubio y Luis Castillo Ledón, entraron en 1912 al Congreso. Pero la mayoría de los más entusiastas tuvo pocas oportunidades en el nuevo gobierno.27

Madero, con su prudente política, había alejado a muchos de sus partidarios que deseaban actitudes más enérgicas. La política de licenciamiento creó un gran malestar entre muchos combatientes, jefes y políticos, que habían participado en la insurrección. El ejército porfirista fue el eje de la campaña de pacificación que se libró fundamentalmente contra grupos que habían luchado a favor del maderismo. Por si esto fuera poco, tampoco realizó alguna reforma social profunda y, a pesar de toda esta prudencia y moderación, no logró aparecer como un político confiable para los intereses extranjeros ni para los grupos de empresarios, altos burócratas y financieros, para quienes no era más que “un usurpador, un soñador loco, inescrupuloso promotor de los intereses de su familia, al que tarde o temprano habría que cobrarle la cuenta”.28 Para febrero de 1913, todas las condiciones del país hicieron crisis y el gobierno de Madero entró en su fase final. La sublevación del ejército, orquestada por Victoriano Huerta, llevó a la violencia de los días de la Decena Trágica. Carranza llamó al joven michoacano para decirle “quiero que vaya usted a decir al señor Madero que si necesita fuerzas para combatir a los sublevados de la Ciudadela, pues que cuente con todo el estado de Coahuila para sostenerlo”.29

Múgica, quien se había casado hacía apenas unos días, tuvo que salir rumbo a la capital de la República. El 11 de febrero abordó el tren en Saltillo rumbo a la Ciudad de México, a donde llegó dos días después. Se entrevistó con algunos miembros del gabinete; de hecho, hizo el viaje con el ministro Manuel Bonilla, y se incorporó a uno de los cuerpos militares que defendían al gobierno. Por las noches, desde la estación de Lechería, telegrafiaba a Venustiano Carranza para mantenerlo informado de los acontecimientos. Un día antes del asesinato de Francisco I. Madero, salió de regreso a Saltillo, pasando por San Luis Potosí, Tampico y Monterrey, en donde se enteró del funesto atentado contra el presidente y la legalidad. Ya en Coahuila, se unió a la nueva aventura que fue la causa constitucionalista.

II. EL VIENTO RUDO DE LA REVOLUCIÓN

CUANDO Francisco J. Múgica llegó a Saltillo, el gobernador Venustiano Carranza ya se encontraba en rebelión, concentrando las fuerzas de que podía disponer en su estado y que estaban bajo el mando de su hermano Jesús, Francisco Coss y Pablo González. Se reunió con Venustiano Carranza en Arteaga, donde le rindió parte de su comisión en México. El gobernador lo nombró capitán primero, ayudante de su Estado Mayor “en premio a sus servicios prestados en la Revolución de 1910 a 1911”.1

El ascenso de Victoriano Huerta a la presidencia de la República significó el quebrantamiento del orden constitucional. Por ello, al ser Venustiano Carranza una autoridad legítimamente constituida y al haber roto con Huerta, se erigía como el depositario de la legalidad burlada. Mientras fuera el único en desconocer al usurpador sería el representante de la legalidad en el país.2 El Congreso local resolvió desconocer al gobierno de Huerta a instancias suyas y entonces, el 1º de marzo de 1913, dejó Saltillo, ya que al carecer de hombres y pertrechos se hacía imposible resistir un ataque militar. Seis días después tuvo su primer enfrentamiento en Anhelo, sorprendido por el general Fernando Trucy Aubert, quien contaba con 800 hombres. Más adelante procuró, sin lograrlo, recuperar Saltillo. Francisco J. Múgica consignó en su diario estas acciones y afirmó:

Creo que no es posible dar batallas campales ni asaltos con la tropa que tenemos, pues algunos jefes […] no obedecen lo que se les ordena […] Así terminó el memorable asalto a Saltillo y aquí estamos rumbo a la frontera para proveernos de parque que escasea y saber qué vamos a hacer en lo futuro.3

Lo que habrían de hacer se decidió un par de días después en la Hacienda de Guadalupe.

El gobernador de Coahuila presentó allí un proyecto de plan revolucionario. Algunos oficiales jóvenes que apoyaban a Carranza, entre ellos el capitán Múgica, indicaron que era necesario incluir en el proyecto demandas obreras, repartos de tierras y la abolición de tiendas de raya, entre otras reivindicaciones sociales.4

En su momento, y en su diario, Múgica dejó constancia de que el miércoles 26 de marzo de 1913

[…] a las 10 a.m. se llamó a los jefes y oficiales para discutir un plan revolucionario que redactó don Venustiano y firmamos todos. Se leyó por mí […] No se aprueba lo redactado por don Venustiano […] Se redacta de otra forma (en lo cual tomé parte) y se firma por la tarde para imprimirse. Me causó muy mala impresión que don Venustiano intentara imponernos una cosa hecha por él y oí que alguien dijo “este hombre sería un dictador si llega a la Presidencia”.5

Múgica contaba, muchos años después, que “en esta constante pugna ideológica del sostenedor de la ley [Carranza] y de las aspiraciones juveniles que no eran otra cosa que las necesidades del pueblo, la lucha continuaba siempre y cada día más difícil”.

Decía el michoacano que

Don Venustiano se presentó en el recinto de la asamblea pidiendo informes de nuestra actitud. Fueron amplias las explicaciones; claros los conceptos, dignas las actitudes. Deseábamos hablarle al pueblo no sólo con la razón legal de la guerra sino de la oportunidad, de la necesidad, de vindicar todas las usurpaciones desde la tierra hasta la del poder; desde la económica hasta la política.

Ya sereno el caudillo de la legalidad contestó así a nuestro entusiasmo: ¿quieren ustedes que la guerra dure dos o cinco años? La guerra será breve mientras menos resistencias haya que vencer. Los terratenientes, el clero y los industriales son más vigorosos que el gobierno usurpador; hay que acabar primero con éste y atacar después los problemas que con justicia entusiasman a todos ustedes.

Y concluía diciendo que “prevaleció la opinión del jefe y, con agregado de los considerandos ya escritos y la promesa de formular el programa social al triunfo de la lucha, se suscribió el documento histórico”.6

El Plan de Guadalupe desconoció los poderes de la Federación, así como los gobiernos de los estados que no rechazaran el gobierno de Huerta en los 30 días posteriores a su promulgación, y nombró a Venustiano Carranza Primer Jefe de la Revolución constitucionalista.

Poco tiempo después de firmado el moderadísimo Plan de Guadalupe,7 el ahora Primer Jefe de la Revolución constitucionalista decidió dividir el ejército revolucionario poniendo al mando de cada fracción a un jefe que levantara por su cuenta y a sus órdenes directas los estados del norte, en especial Nuevo León y Tamaulipas. Uno de ellos fue Lucio Blanco, quien le solicitó al Primer Jefe que le permitiera el ingreso de Múgica a sus fuerzas “porque sé lo que vale en la lucha que vamos a emprender un hombre que tiene la cultura y las convicciones del capitán”.8

Lucio Blanco provenía de una destacada familia norteña; originario de Nadadores, había ido a la escuela de su natal Coahuila y en Texas. Un antepasado suyo, Miguel Blanco, fue secretario de Guerra del gobierno de Benito Juárez; su padrino, Atilano Barrera, fue el presidente maderista de la Cámara de Diputados del estado. Antes de la Revolución, Blanco se había dedicado a administrar las propiedades de su familia. Su carrera militar comenzó bajo las órdenes de Jesús Carranza en contra de los orozquistas alzados contra Madero en el estado de Coahuila; más tarde se unió a Venustiano Carranza siendo signatario del Plan de Guadalupe.

Designó a Múgica como encargado del Estado Mayor de la columna, con amplias facultades. Cuando Matamoros cayó en manos del general Blanco, fue el responsable de organizar todos los servicios administrativos de la plaza.

Junto con Manuel Urquidi, “joya del radicalismo revolucionario, muy trabajador y ardentísimo paladín de la repartición de tierras”, según el diario de Múgica, y Guillermo Castillo Tapia, estudió la manera de dividir la hacienda Los Borregos de Félix Díaz, sobrino de don Porfirio, entre los campesinos de Matamoros. El trascendental y famoso reparto se hizo en una ceremonia que tuvo lugar el 29 de agosto de 1913 a las cuatro de la tarde en las mismas tierras a distribuir y muy cerca de la casa principal. Se convocó a todos los que habían trabajado como agricultores, peones y medieros, así como a los campesinos de las tierras vecinas para que recibieran sus títulos de propiedad. Se instaló una mesa cubierta por un sarape de Saltillo y encima plumas, papel y tinta; enfrente, hileras de sillas y bancas para los asistentes.

El reparto de la hacienda Los Borregos se realizó conforme a un programa que incluía “La Marsellesa” y las marchas “Viva Madero” y “Constitucionalista”, así como la lectura de un manifiesto acerca de las cuestiones agrarias del general Lucio Blanco, un discurso del jefe del Estado Mayor, capitán Francisco J. Múgica, y el himno nacional.

Francisco J. Múgica ocupó la tribuna para pronunciar un discurso agrarista, tal vez el primero de la Revolución del norte, encendido y fogoso, en que “condenó el régimen feudal de la propiedad, lanzando sus anatemas contra la servidumbre y el despotismo de las oligarquías criollas”;9 y que fue aplaudido con entusiasmo por los campesinos. En el acto, Lucio Blanco firmó, uno a uno, los títulos que entregaba el ingeniero Urquidi, mientras Múgica anotaba en su registro los nombres de los favorecidos.

Cuando Carranza se enteró del reparto, no estuvo muy contento. Castigó a Lucio Blanco trasladándolo a Sonora y poniéndolo bajo las órdenes de Álvaro Obregón. Carranza consideraba que las reformas sociales “no eran sino el resultado del propósito fundamental que era la toma del poder, y además, como un capítulo que él no acepta como principal de un proyecto más amplio que es el de la igualdad, la justicia”.10

En cambio, el que sí mostró satisfacción por el reparto de la hacienda Los Borregos fue Emiliano Zapata. Un año después, desde el cuartel general del Ejército Libertador, en Yautepec, le escribió a Múgica una carta en la que le decía:

Muy estimado coronel y amigo:

Por informes honorables tengo conocimiento de los trabajos que ha llevado a cabo en favor de la causa que se sostiene y que es usted ardiente partidario del problema agrario bien definido en el Plan de Ayala, que es la bandera del pueblo pobre y a la que tanto ha defendido con abnegación y sacrificio, por lo que sinceramente felicito a usted y ojalá que siempre vea en usted un buen partidario que se preocupe por el bien del pueblo y que jamás defienda causas personales…

Espero que usted sabrá secundar mis ideas en bien del pueblo mexicano y que pronto nos veamos.

Soy de ud. afmo. atto. amigo y seguro servidor,

El general EMILIANO ZAPATA.11

Del otro lado del mundo, en la Francia de la víspera de la Gran Guerra, Jean Jaurès, la personalidad más ilustrada del socialismo francés de principios del siglo XX,12 cuando se enteró del reparto de la hacienda de Félix Díaz, escribió en su periódico L’Humanité: “Ahora ya sé por qué se pelea en México”.13

Después del reparto de la hacienda Los Borregos, los caminos de Lucio Blanco y de Múgica se separaron. Blanco, que quedó bajo las órdenes de Álvaro Obregón como jefe de la caballería del ejército del noroeste, participó en la ocupación de la capital de la República tras la derrota del ejército federal, sostenedor de la dictadura, y la firma de los tratados de Teoloyucan, instalándose en la casa de la pomadosa familia porfiriana de Joaquín Casasús, ubicada en la calle de los Héroes.14Martín Luis Guzmán, en El águila y la serpiente, describe una comida en esa mansión: