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Retrato del nuevo líder la selección española de fútbol.
El Mundial de Rusia de 2018 supone para la selección española de fútbol dar la vuelta a la esquina después de las decepciones sufridas en la Copa del Mundo de Brasil en 2014 y en la Eurocopa de Francia de 2016. Tras ellas, Julen Lopetegui es el elegido para suceder a Vicente del Bosque y el nuevo seleccionador lidera un cambio tranquilo apoyado en los jugadores de su generación, en los campeones con los que triunfó años atrás en las categorías inferiores.
Una etapa vertiginosa, intachable sobre el terreno de juego, pero turbulenta fuera de él. Además de guiar con tacto la catarsis generacional, Julen Lopetegui ha sabido manejar despedidas históricas como la de Iker Casillas, restañar heridas como las de David Villa y liderar un equipo sin mando visible, con una Federación Española de Fútbol descabezada por los escándalos de corrupción y sin presidente durante más de un ejercicio.
Descubren el recorrido de la equipa española en Rusia, y el papel de su entrenador que, además de guiar con tacto la catarsis generacional, ha sabido manejar despedidas históricas, restañar heridas y liderar un equipo sin mando visible.
FRAGMENTO
La falta de minutos en Old Trafford le terminó devolviendo a España, cedido al Zaragoza, como paso previo a su última temporada en Manchester; un año inolvidable, pese a la falta de minutos, en el que consiguió su primera Copa de Europa, la primera orejona también para el líder de aquel Manchester, un portugués llamado Cristiano Ronaldo con el que Piqué hizo buenas migas.
No obstante, la decisión estaba tomada. Una llamada de Guardiola, nada más convertirse en entrenador del primer equipo, terminó por convencer a Piqué de que era el momento de regresar a casa. El técnico de Sant Pedor lo señaló como titular y lo colocó como dupla de la defensa junto a Carles Puyol, una pareja de centrales que dominaría las áreas durante varios años.
También Del Bosque advirtió el potencial de la pareja y trasladó su titularidad a la selección. Una de las convicciones del salmantino en aquellos tiempos era que el potencial y la explosividad de Sergio Ramos se perdían como central y resultaban más provechosos como lateral de largo recorrido con constante presencia ofensiva. El desempeño junto a Puyol en el Barcelona terminó de completar el puzle y Piqué debutó con la absoluta el 11 de febrero de 2009, en un amistoso triunfal frente a Inglaterra. Del Bosque alineó aquel día una defensa de cuatro formada por Sergio Ramos, Puyol, Piqué y Capdevila, el mismo cuarteto que, año y medio después, se enfrentaría a los Países Bajos en la final del Mundial.
LO QUE PIENSA LA CRITICA
Una lectura perfecta para conocer el ideario futbolístico del nuevo técnico blanco y el trabajo que ha llevado a la Selección a Rusia. -
José Manuel Martín, La Razón
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Seitenzahl: 195
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Comenzó en el periodismo en El Mundo y fue uno de los miembros fundadores de Diario de Sevilla antes de desembarcar en el Grupo Prisa, donde participó en el desarrollo de las plataformas digitales de El País, Cuatro, Canal+ y AS.
España en el Mundial de Rusia
Carlos Izquierdo
A Angelines, por estar siempre. Por todo.
A Ana, por su paciencia y su amor incondicional.
A Álex, al que le queda toda la vida y todo el fútbol.
A Carlos, María, José Luis, Angelines, Raúl, Luis, Pepe, Rebeca, Ana, Iria, Laia y Leo, porque sin ellos no sería lo que soy.
Y a Pepín, que nos vigila.
PRÓLOGO
Domingo García
El 7 de septiembre de 1985, el estadio olímpico Luzhnikí se llamaba todavía estadio Lenin, Rusia era parte de la Unión Soviética y Julen Lopetegui era un joven futbolista que acababa de cumplir los 19 años. Ha pasado el tiempo y han cambiado algunos nombres, pero el objetivo sigue siendo el mismo.
Aquel día Julen vivía desde el banquillo la primera hazaña de España en un Mundial de cualquier categoría. El equipo sub-20 que entrenaba Chus Pereda fue el primero en la historia de La Roja que alcanzó una final de la Copa del Mundo. Perdió contra Brasil, que necesitó la prórroga para superar a aquella selección que comenzaba con Unzué en la portería y terminaba con Losada en la delantera.
Después llegaría el éxito en el Mundial Sub-20 de Nigeria con Xavi Hernández en el campo e Iker Casillas en el banquillo, y el gol de Iniesta en Sudáfrica. Aunque entre medias Andrés también tuvo que pasar por una final perdida en categoría juvenil contra Brasil en 2003.
Volver al estadio Luzhnikí el 15 de julio es el objetivo para Lopetegui en la que será su quinta experiencia mundialista. Todas desde el banquillo, aunque las dos primeras de manera involuntaria. Fue el suplente de Unzué en el Mundial juvenil de la URSS en 1985 y el tercer portero en 1994 en el Mundial de Estados Unidos. Ni siquiera la sanción de Zubizarreta le dio la oportunidad de jugar el primer partido de aquel torneo. Clemente prefirió a Cañizares y España cayó en los cuartos de final contra Italia, sin prórrogas ni penaltis, pero con la imagen sangrante de Luis Enrique y su nariz rota por el codazo de Tassotti.
Julen profundizó en tragedias mundialistas cuando dirigió a la selección sub-20 en los Mundiales de 2011 y 2013. Siempre perdió en cuartos de final, una costumbre que parecía acabada y con el doloroso añadido de los penaltis contra Brasil en 2011 y la prórroga contra Uruguay en 2013. Como si hubiera recuperado maldiciones antiguas, que llevaban a España a pensar que un Mundial era un torneo que jugábamos siempre, pero ganaban otros; lo que en palabras de Míchel era “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Una cosa que resulta mucho más fácil de entender para alguien criado en los ochenta, que vivió su primer Mundial con Naranjito de mascota y que veía a España como favorita en cada campeonato en un alarde de optimismo o de inconsciencia, antes de enfrentarse con la dura realidad de los cuartos de final en el mejor de los casos.
En aquellos tiempos era difícil imaginar una España campeona. Siempre pasaba algo. Y en lugar de caer contra la Argentina de Maradona o el Brasil de Sócrates y Zico, en el Mundial de España-Honduras nos parecía un problema insuperable y Gerry Armstrong era Kempes. O nos encontrábamos con Bélgica, que necesitaba poco más que a Pfaff, Ceulemans y los penaltis para mandarnos a casa cuatro años después.
Eran tiempos de improvisación, en los que España se acababa jugando el futuro con Chendo y Gallego de centrales de urgencia, y de pequeños detalles que nos hacían felices. Los cuatro goles de Butragueño a Dinamarca provocaron que España se bañara en la Cibeles y pidiera al “Buitre” en La Moncloa. En casa, los gritos de mi padre y de mi hermano hicieron que me despertara para ver la segunda parte como si a la mañana siguiente no tuviera un examen de Naturales, que la falta de sueño no me impidió aprobar.
Eran tiempos de ilusiones breves y maldiciones eternas. Resultó inexplicable que el Mundial de Francia se redujera para España a los tres partidos de la primera fase con muchos de los jugadores que habían ganado el oro olímpico en el 92.
Igual que sucedió hace cuatro años en Brasil, con la diferencia de que el entrenador de entonces, Javier Clemente, y los jugadores no contaban con el agradecimiento eterno de habernos hecho, por fin, campeones del mundo. Porque cuando marcó Iniesta en Sudáfrica dejamos de quejarnos de que el profe nos tenía manía —es decir, de que Al Ghandour nos había robado dos goles— o de que nos perseguía la mala suerte que se hacía visible en los centímetros de más o de menos que hacían que nunca ganáramos en los penaltis.
Pero como somos de naturaleza quejica, empezó a molestarnos que alguien nos quitara el Balón de Oro. Como si sirviera de algo ese trofeo que los que nos acordamos de que lo ganó Belanov en lugar de Lineker o Butragueño aprendimos a valorar en su justa medida en 1986.
No fueron buenos tiempos en el fútbol para los niños de la transición. Pero habían sido peores para las generaciones anteriores. Entonces, la heroicidad era clasificarse para la fase final de un Mundial y los cuatro goles de Butragueño se reducían al golazo de Sanchis padre en el Mundial 66 o la parada de Miguel Ángel en el 78.
Pero La Roja ha aprendido que no siempre se pierde, que la derrota es parte del juego, como la victoria. Y que solo gana uno, pero a veces somos nosotros. A Lopetegui le ha tocado gestionar la transición definitiva que ya comenzó Del Bosque en la Eurocopa de Francia. Apenas quedan futbolistas de aquellos que nos enseñaron que España era capaz de ganar, que golear a Dinamarca en los octavos de final estaba muy bien, pero que también se podía hacer lo mismo en la final.
La Roja se quitó los complejos a base de victorias y, aunque siempre queda un “ya verás” en el fondo del cerebro que repasa los nombres del hondureño Zelaya, de los Baggio, de Al Ghandour, de Ribéry cuando era joven o del pobre Cardeñosa al llegar las fases decisivas, vuelve a ilusionarse como antes de cada campeonato.
Se puede confiar en las generaciones de futbolistas que aprendieron a ganar desde pequeñitos y en un técnico preparado como Julen, que aprende de los errores del pasado. Algunos porque los sufrió como jugador, otros porque los vivió como analista o como espectador. Han pasado casi 33 años desde aquella final del Mundial de la URSS. “Nada es más inhabitable que un lugar en el que se ha sido feliz”, escribió Cesare Pavese, pero aquel 7 de septiembre la felicidad no fue completa en el estadio Lenin. Ahora se trata de cerrar el círculo en Luzhnikí.
Hay lugares que marcan a una generación. El 9 de octubre de 2017 España cerró de forma brillante su pase al Mundial de Rusia de 2018. Aquel día, la selección se impuso a Israel por la mínima en el último partido de una fase de clasificación impoluta —nueve victorias, un empate y ninguna derrota—, de una eficacia demoledora y con la exuberancia de los mejores tiempos.
El día anterior a jugarse el intrascendente partido frente al combinado hebreo, en el entrenamiento previo sobre el césped del coqueto estadio de Teddy, siete de los convocados por Julen Lopetegui se acercan junto al seleccionador a la banda, al reclamo de la prensa desplazada a Jerusalén. David de Gea, Isco Alarcón, Marc Bartra, Koke, Nacho Fernández, Rodrigo Moreno y Asier Illarramendi se abrazan junto al técnico para ser inmortalizados en el lugar en el que todo empezó.
Cuatro años y medio antes, el 18 de junio de 2013, seis de los siete habían formado parte de la alineación titular con la que España se proclamó campeona de Europa sub-21 frente a Italia, en una final que despertó admiración en todo el continente. El séptimo de la foto, Nacho Fernández, también campeón, no jugó ni un minuto de aquel partido con el que Julen Lopetegui rubricó su brillantísima etapa como seleccionador de las categorías inferiores de la Real Federación Española de Fútbol. Su billete de ida y vuelta aún no estaba emitido —fichó por el Oporto en el verano de 2014—, pero ya estaba reservado.
El técnico vasco formó en aquella final con De Gea (2009, Atlético) en la portería; Montoya (2011, Barcelona), Bartra (2010, Barcelona), Íñigo Martínez (2011, Real Sociedad) y Alberto Moreno (2012, Sevilla) en la defensa; Illarramendi (2010, Real Sociedad), Thiago (2009, Barcelona), Koke (2009, Atlético) e Isco (2010, Valencia) en la medular; más Tello (2012, Barcelona) y Álvaro Morata (2010, Real Madrid) en la punta del ataque. Rodrigo Moreno (2010, Benfica), Camacho (2008, Atlético) y Muniain (2009, Athletic) completaron con los cambios el cuadro de gloria.
No solo todos habían debutado en Primera División, sino que algunos eran ya piezas insustituibles en sus equipos —De Gea en el Manchester United— o estaban a punto de protagonizar traspasos multimillonarios a los grandes clubes europeos. Fueron los casos de Illarramendi e Isco, a los que el título llevó hasta el Real Madrid, o el de Thiago Alcántara, que eligió marcharse al Bayern de Múnich junto a Pep Guardiola antes que renovar por el Barcelona.
Fue el futuro de todos el que quedó rubricado en aquella final frente a Italia que asombró al mundo. Tres goles de Thiago y un cuarto de Isco, así como el juego desplegado, desataron la admiración e implantaron en el planeta fútbol una sensación de dominante continuidad del modelo español. “Los niños perpetúan la hegemonía”, “España domina el fútbol europeo”, “La Rojita, como los mayores” o “España es demasiado fuerte” fueron algunos de los titulares que llenaron las portadas de los medios de comunicación internacionales.
Y mientras el mundo se deshacía en elogios, en España cundía la preocupación por el desempeño que podría llegar a tener la brillante generación en el equipo de los mayores. Con la selección absoluta en el mejor momento de su historia tras el trébol formado por las Eurocopas de 2018 y 2012 y el Mundial de 2010, existía el temor de que la obra modelada por Julen Lopetegui desde la sub-19 quedase estrangulada por el inmovilismo y la falta de renovación.
Una sospecha fundada que fue confirmada en las siguientes citas de España. Pese a que sus nombres se emparentan ahora con los de la Generación de Oro del fútbol español, de los 22 jugadores presentes en aquella Eurocopa Sub-21 de 2013, apenas dos fueron convocados por Vicente del Bosque para la Copa del Mundo de Brasil de 2014 —De Gea, que no jugó ni un minuto, y Koke (135’)— y solo cinco estuvieron presentes en la Eurocopa de Francia de 2016 —De Gea (360’), Morata (290’ y tres goles), Thiago (26’), Koke (19’) y Bartra—.
Ambos revolcones forzaron el cambio en un banquillo agotado y devolvieron a la Real Federación Española de Fútbol a Julen Lopetegui y a sus chicos de Israel. Hay lugares que marcan a una casta y Jerusalén es el sitio de la Generación Julen. La ciudad eterna en la que España selló una nueva clasificación para un Mundial fue la misma que alumbró cuatro años antes al entrenador y al grueso de jugadores que tendrían que devolver la ilusión a España en Rusia tras el fiasco del Mundial de Brasil en 2014, el último de la zigzagueante historia española.
La tradición y la afición futbolísticas en España nunca se vieron recompensadas en la Copa del Mundo hasta bien entrado el siglo XXI, un desajuste histórico provocado por múltiples cuestiones que casi nunca tuvieron que ver realmente con el fútbol.
Desde el arraigo del football en la península, la selección española tuvo predicamento internacional siempre que la dejaron y las circunstancias se lo permitieron. Ya en los años veinte del siglo pasado, antes de que Jules Rimet se inventara la Copa del Mundo de Fútbol, La Roja juntó a una generación exitosa que, entre miseria y guerras, terminó perdida y prácticamente olvidada del universo fútbol.
Fue la generación que conquistó la plata en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920; la que el día de San Isidro de 1929 causó un alboroto en el viejo estadio Metropolitano de Madrid y en media Europa al convertir a España en la primera selección no británica en ganar a Inglaterra, los orgullosos y arrogantes inventores del juego; la misma generación, ya con el escudo de la República en el pecho y la bandera tricolor en el mástil, a la que la Italia de Mussolini le impidió alcanzar la gloria en el Mundial de 1934; los mismos jugadores que murieron o que tuvieron que tomar el camino del exilio cuando la guerra arrasó el país de sur a norte; los únicos, sus últimos componentes, que alcanzaron, para su prurito personal y el de todo un país, un cuarto puesto en el Mundial de Brasil de 1950.
Fueron Ricardo Zamora, Samitier, Eizaguirre, Belauste, Sabino, Pichichi, Artola, Gamborena, Gorostiza, Ciriaco, Lángara, Quincoces, Luis Regueiro, Ventolrá, Campanal, Iriondo, Panizo, Zarra, Gaínza, César... Una generación perdida en un mundo que de repente se vino abajo.
España no tenía de nada, pero tenía fútbol cuando a Jules Rimet se le ocurrió la idea de crear una Copa del Mundo para rivalizar con unos Juegos Olímpicos que no permitían el profesionalismo. Y el fútbol comenzaba a ser profesional, de aquella manera, pero profesional. El problema es que en la España ardiente de principios de los años treinta del siglo pasado, azotada como el resto del mundo por el crack bursátil del 29 y convulsionada políticamente en el ámbito doméstico, lo que no había, sobre todo, era dinero.
La Real Federación Española de Fútbol fue invitada a tomar parte en la primera Copa del Mundo en Uruguay, un detalle que rechazó ante la escasez de fondos, tal y como lo hicieron la mayoría de países europeos. Solo viajaron Francia, país natal de Rimet, Bélgica y Rumanía, gracias a un maratoniano viaje en barco financiado por el rey rumano Carlos II.
El debut llegó cuatro años después, en la Italia de Benito Mussolini. España acudió con un gran conjunto confeccionado por García de Salazar y en el que destacaban Zamora, Ciriaco, Quincoces, Muguruza, Ventolrá, Luis Regueiro, Campanal, Gorostiza o Lángara. La selección llegó a su primera cita mundialista como gran favorita para los especialistas junto al Wunderteam, el equipo maravilla austriaco de Mathias Sindelar masacrado después por el nazismo.
Como representante de la República proclamada en 1931, España debutó en Génova frente a Brasil en los octavos de final, ya que el torneo no tenía fase de grupos. Iragorri marcó el único gol de un partido que envió confiada a la selección a unos cuartos de final infernales, un encuentro frente a Italia que terminó siendo conocido como “La batalla de Florencia”.
Los cronistas de la época dejaron constancia de la brutalidad de un choque en el que se adelantó España gracias a un tanto de Luis Regueiro, contrarrestado con otro de Ferrari y con medio equipo italiano arrollando a Ricardo Zamora. Hubo otro gol en la segunda parte, anulado a España por fuera de juego por el sospechoso árbitro belga Louis Baert —suspendido a perpetuidad por la FIFA tras el torneo—, que dejó el 1-1 en el marcador final.
Por el medio se quedaron siete jugadores españoles lesionados, incluido el portero, “el Divino” Zamora, y la sensación de que ni jugando con 15 se podría eliminar a Italia en el partido de desempate que se jugaría al día siguiente. En él, la Azzurra, convenientemente complementada con oriundi argentinos —los sudamericanos eran un gran potencia en aquellos tiempos—, y de nuevo aupada por el árbitro —el suizo Mercet anuló dos goles a Regueiro y a Quincoces—, se impuso por 1-0 gracias al tanto de Giuseppe Meazza.
Años después se supo que Mussolini, obsesionado por el gran escaparate que el Mundial representaba para la glorificación de su régimen fascista, no tuvo reparos en dirigir las operaciones para que Italia no tuviera impedimentos en su Mundial. “No sé cómo lo hará, pero Italia debe ganar este campeonato”, le espetó a Giorgio Vaccaro, presidente de la Federación Italiana de Fútbol. “Haremos todo lo posible…”, contestó el también miembro del Comité Olímpico Italiano. “No me ha comprendido bien, general. Italia debe ganar este Mundial, es una orden”, sentenció Il Ducce. El caso es que una de las mejores selecciones españolas de siempre terminó cayendo en cuartos de final, un lugar que se volvería familiar durante décadas.
La Guerra Civil Española, con la muerte en combate y la posterior diáspora de grandes talentos de la época, y la Segunda Guerra Mundial, que impidió la celebración de los Mundiales en 1942 y en 1946, certificaron el triste destino de la generación perdida del fútbol español, que apenas tuvo un último hurra en la Copa del Mundo de 1950, cuando el gol de Zarra frente a Inglaterra elevó levemente el ánimo de un país que aún seguía llorando.
El renacer que pareció el Mundial de Brasil con el histórico triunfo de Maracaná quedó en una mera anécdota, en una curiosidad histórica, cuando no en un dato infamante durante más de medio siglo. A día de hoy, el cuarto puesto conseguido en 1950 sigue siendo la mejor clasificación española en un Mundial, salvo el triunfo de 2010 en Sudáfrica.
El hundimiento internacional de la selección española durante décadas, que no del fútbol español, se asienta en dos acontecimientos puntuales y trascendentes separados por apenas un año: la eliminación del bambino y la creación de la Copa de Europa.
Impulsado por la inercia de la Copa del Mundo de Brasil, el fútbol comenzó a desarrollarse progresivamente en los primeros años de la década de los cincuenta y España mantuvo un bloque competitivo con los Carmelo, Biosca, Puchades, Campanal, Venancio, Pasieguito, Manchón y, desde 1953, con Laszy Kubala, un estupendo jugador húngaro expatriado y nacionalizado que con el tiempo haría historia con el Fútbol Club Barcelona.
Con el convencimiento de estar presente en el Mundial de 1954, la selección de Luis Iribarren no alteró el gesto cuando conoció su rival para la clasificación: Turquía. España ganó 4-1 en la ida, pero todo se torció en Estambul, donde cayó por la mínima y se condenó a un partido de desempate en terreno neutral, ya que la FIFA aún no consideraba el goal-average ni los penaltis para decidir eliminatorias.
El encuentro se jugó en Italia, en el estadio olímpico de Roma, tres días después de la derrota en Turquía y terminó con un agónico empate a dos gracias a un gol de Escudero a diez minutos del final. El reglamento de la FIFA no permitía por entonces más partidos de desempate y obligaba la celebración de un sorteo para decidir el equipo clasificado para el Mundial.
Así, en el mismo estadio romano se garabatearon los nombres de ambos países, se colocaron dentro de un trofeo y se buscó una mano inocente. El elegido fue Luigi Franco Gemma, un bambino de 14 años, hijo de un directivo italiano que, con los ojos tapados por un pañuelo, introdujo su mano en la copa y sacó el papel con el nombre de Turquía.
Un año después de la eliminación del bambino, el director del diario francés L’Équipe, Daniel Hanot, se reunió en un hotel de París con el presidente del Real Madrid, Santiago Bernabéu, y con su mano derecha, Raimundo Saporta. Con la UEFA aún en pañales y la indiferencia total de la FIFA, el objetivo era impulsar una competición transnacional con los mejores equipos de cada país que dirimiera anualmente al mejor equipo de Europa. Acababa de nacer la Coupe des Clubs Champions Européens.
El Real Madrid ganó las cinco primeras ediciones de la nueva competición con Di Stéfano, Rial, Puskas y Gento, proyectó su imagen internacional y la Copa de Europa se convirtió en objeto de deseo de los grandes clubes españoles y de todos los aficionados, lo que dejó a la selección en un segundo plano del que aún le cuesta salir.
En las décadas posteriores a la eliminación del bambino y hasta la celebración del Mundial en España en 1982, los clubes se apropiaron de la España futbolística. El Real Madrid ganó seis Copas de Europa y jugó ocho finales, a las que se unieron las disputadas por el Atlético de Madrid y el Barcelona. Al abrigo de la máxima competición internacional se creó la Copa de Ferias, más tarde Copa de la UEFA, que ganaron el Barcelona, en tres ocasiones, el Valencia, en dos, y el Zaragoza. La Recopa, ideada a principios de los setenta para premiar a los campeones de Copa de cada país, la alzaron el Barcelona (dos veces), el Atlético de Madrid y el Valencia.
En el mismo intervalo de tiempo, la selección española solo se clasificó para cuatro de los ocho Mundiales disputados, con participaciones que bordearon el ridículo. En ninguna comparecencia (Chile 1962, Inglaterra 1966, Argentina 1978 y España 1982) se pasó de la fase grupos. El colofón llegó en la Copa del Mundo celebrada en casa, donde la selección dirigida por José Emilio Santamaría firmó un duodécimo puesto que aún se mantiene como la peor clasificación de un país organizador de la Copa del Mundo.
La oscura mancha del Mundial celebrado en España fue el último capítulo de la peor época de la historia de la selección. El país se abría al mundo, al tiempo que se consolidaba la democracia y llegaban aires nuevos al fútbol, marcado aún por los estigmas de la furia, la maldición y la mala fortuna.
Uno de los grandes sucesos tras España 82 fue la clasificación épica para la Eurocopa de Francia de 1984 con el histórico 12-1 a Malta. Esto, unido al posterior subcampeonato, volvió a poner el foco sobre una selección dejada de la mano de Dios. Al tiempo, se gestaba en la vieja Ciudad Deportiva del Real Madrid una generación que cambiaría para siempre el fútbol español, la Quinta del Buitre.
Con un concepto más moderno, basado en la técnica y en la elaboración, la selección, de la mano de Miguel Muñoz, comenzó a ser asidua en los Mundiales. Como en la base de cualquier juego está también la derrota, las expectativas de triunfo que inspiraban esas nuevas generaciones de jugadores se fueron transformando en decepciones cada vez mayores, un síntoma, a su vez, de crecimiento y exigencia.
