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Gravedad cero, colección de relatos de Woody Allen, reúne diecinueve narraciones inéditas escritas con una prosa desternillante, un humor a prueba de escépticos y una inimitable habilidad para mezclar la cultura popular con su habitual pedantería. Con la ciudad de Nueva York como escenario de sus enredos, ya escriba sobre caballos que pintan, autos que piensan, la vida sexual de las celebridades, los inconvenientes de asistir con tu pareja a una orgía o la injusticia de reencarnarse en langosta, el humor de Woody Allen siempre es original y transgresor, popular y sofisticado al mismo tiempo, políticamente incorrecto, agudamente observador y, lo más importante, implacablemente divertido. Con este nuevo volumen de relatos, en el que nunca queda claro si se está burlando de sí mismo o más bien de toda la humanidad, Woody Allen se confirma como el último gran humorista de la tradición iniciada por Groucho Marx, S. J. Perelman y Lenny Bruce. En el breve prólogo que introduce el libro, la escritora y periodista Daphne Merkin repasa la trayectoria narrativa de Woody Allen y las claves de su efectivo sentido del humor.
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Seitenzahl: 264
Veröffentlichungsjahr: 2022
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A Manzie y Bechet, nuestras dos hijas adorables,que han crecido ante nuestros ojosy han utilizado nuestras tarjetas de crédito a nuestras espaldas.
Y, por supuesto, a Soon-Yi; si Bram Stoker te hubiera conocido,habría escrito la secuela.
Prólogo de Daphne Merkin
Créditos
No puedes volver a casa… y he aquí el motivo
El mal de la vaca loca
Park Avenue, piso alto, urge vender… o nos tiramos
Polluelas, ¿no salís esta noche?
Que el verdadero avatar se levante, por favor
Un poco de cirugía facial nunca le hizo daño a nadie
Apéndices de Manhattan
Despertadme cuando acabe
Bueno, ¿dónde dejé el tanque de oxígeno?
Embrollo en la dinastía
Ni una criatura se movía
Esfuérzate; lo recordarás
No se permiten mascotas
El dinero puede comprar felicidad; ¡no me digas!
Cuando el adorno de tu capó es Nietzsche
Por encima, alrededor y a través, su alteza
No hay nada como un cerebro
Rembrandt por una cabeza
Crecer en Manhattan
Nota a la traducción
Créditos
NO ES FÁCIL SER gracioso. Como sabe cualquiera que haya estado en un cóctel escuchando los chistes malos de alguien y haya tenido que reírse sin ganas pero cortésmente, el deseo de ser gracioso está muy difundido, pero rara vez se cumple. Tener gracia en la página escrita, donde no se puede recurrir al ritmo, a los gestos o a las expresiones faciales para puntuar o añadir énfasis a un chiste, tal vez sea todavía más difícil. Una vez, en una época que parece muy lejana, el arte de ser gracioso, de escribir esa clase de piezas cómicas que en el New Yorker se publicaban bajo la cabecera de «casual» [informal, ocasional], estaba a cargo de grandes columnistas de dedos raudos como Robert Benchley, Dorothy Parker, George S. Kaufman y S. J. Perelman. Hoy en día, ser gracioso, en especial en los medios gráficos, parece requerir, en la mayoría de los casos, un esfuerzo mucho más laborioso, y todo para alcanzar un resultado que tal vez genere sonrisas de reconocimiento, pero casi ninguna risita, y mucho menos carcajadas.
Y luego está Woody Allen. Muchas de sus ocurrencias, que han aparecido en sus escritos o en sus películas, ya están arraigadas en nuestra cultura: «Si resulta que Dios existe… lo peor que puede decirse de él es que su rendimiento deja mucho que desear» [La última noche de Boris Grushenko]. Otras son menos conocidas pero igualmente memorables y su efecto se basa en una conexión inesperada de alusiones intelectuales y humor popular: «Trabajé con Freud en Viena. Nos peleamos por el concepto de la envidia del pene. Freud pensaba que debía limitarse a las mujeres» [Zelig]. Una de mis favoritas es una sátira a esa especie de solemnes autobiógrafos que suponen que todos estamos interesados en sus revelaciones y, por lo tanto, intentan, de manera irritante, cubrir sus huellas: «¿Debo casarme con W.? No, si no me revela las restantes letras de su nombre». La cita pertenece a «Selecciones de los memorándums de Allen», el primer texto de Without Feathers [Sin plumas], su segundo libro de relatos, publicado originalmente en 1975. El primero, Getting Even [Cómo acabar de una vez por todas con la cultura], se publicó en 1971. En 1980 apareció la tercera compilación, Side Effects [Efectos secundarios] y la cuarta, Mere Anarchy [Pura anarquía], fue publicada en 2007.
Y no olvidemos la burla de la refinada observación de Emily Dickinson, que hace las veces de epígrafe de Sin plumas («La esperanza es esa cosa con plumas»), corregida por Allen de manera minuciosa y desternillante: «¡Qué equivocada estaba Emily Dickinson! La esperanza no es “esa cosa con plumas”. La cosa con plumas ha resultado ser mi sobrino. Tengo que llevarle a un especialista en Zúrich». Tampoco debemos pasar por alto en Sin plumas el comienzo de «Una aproximación a los fenómenos psíquicos»: «No hay duda de que existe un mundo invisible. El problema es ¿queda muy lejos del centro? ¿Y hasta qué hora está abierto?». Quizá el texto más divertido de aquel libro es «La puta de Mensa», sobre una chica de dieciocho años, estudiante en Vassar, que también hace las veces de prostituta. La madame para la que trabaja tiene un máster en literatura comparada y la especialidad de la protagonista de dieciocho años consiste en sostener discusiones intelectuales con los clientes. Es capaz de extenderse sobre Moby Dick («el simbolismo se cobra aparte») y sobre la ausencia de «la subestructura de pesimismo» en El paraíso perdido. Es un cuento lleno de ingenio… y para partirse de risa.
Pero se podría seguir y seguir. Aunque cueste creerlo, Sin plumas se publicó hace casi medio siglo y pasó cuatro meses en la lista de best sellers del New York Times. Consolidó la reputación de Allen como un humorista cerebral, una extensión de ese personaje desventurado y manso que aparecía en sus películas, pero dejando a un lado, de manera casi imperceptible, esa actitud retraída, entre pusilánime y tímida, para acercarse a una figura poseedora de un poco (apenas un poco) más de autoridad para reflexionar acerca del mundo ridículo que lo rodeaba. Sí que persistían su característico trasfondo de melancolía —al que el propio Allen se ha referido como anhedonia (la incapacidad de disfrutar de las cosas)— y el punto de vista urbanita, así como esa perspectiva pesimista que utiliza lo absurdo y colorea todo aquello en lo que posa la vista, desde el amor, el sexo y la muerte hasta las instituciones culturales. En una sección llamada «Pronosticación», que también forma parte de «Una aproximación a los fenómenos psíquicos», cita las aparentemente sabias máximas de un conde del siglo XVI llamado Aristonidis. «Veo a un gran personaje —declama ese sabio— que un día inventará en bien de la humanidad una prenda que se llevará encima de los pantalones para protegerlos mientras se guisa. Se la llamará “devantal” o “delantalo” (Aristonidis se refiere al delantal, naturalmente)».
Si a algunos comediantes, al igual que los pianistas asiáticos de trece años, podría calificárselos de prodigios, desde luego que Allen sería considerado uno de ellos. Empezó a vender chistes a los quince años y lo expulsaron de la Universidad de Nueva York debido a que hacía novillos con mucha frecuencia y no trabajaba ni prestaba atención. Apenas unos años más tarde, escribía guiones para números de Sid Caesar, creando chistes a una velocidad vertiginosa. Trabajó con Mel Brooks, Larry Gelbart, Carl Reiner y Neil Simon y, según la leyenda, se sentaba delante de su máquina de escribir durante quince horas seguidas, arrancándole toda clase de bromas y ocurrencias. (Nada de bloqueo de escritor.) Durante los sesenta, actuó como monologuista en la zona del Greenwich Village, en The Bitter End y el Cafe Au Go Go. También escribió y dirigió comedias alocadas, tales como Toma el dinero y corre (1969), Bananas (1971), El dormilón (1973) y La última noche de Boris Grushenko (1975). Todavía me acuerdo de cuando, siendo una adolescente rebelde que desafiaba a cualquiera a que intentara hacerme reír, vi Toma el dinero y corre y estallé en fuertes carcajadas en el momento en que Allen, encarnando a un frustrado ladrón de bancos, levanta un cartel que dice «Tengo un devólver» [«I have a gub»].
Y ahora, damas y caballeros y miembros no binarios del público lector, su paciencia ha sido recompensada. Más de quince años después de su último libro de relatos, el auteur de ojos tristes ha regresado con un nuevo volumen titulado Gravedad cero. Algunos de estos textos aparecieron en The New Yorker y otros se han escrito expresamente para este libro. Entre los últimos se incluye un conmovedor y extenso relato titulado «Crecer en Manhattan», que es intrínsecamente woodyallenesco en su mezcla de añoranza romántica y su postura de cejas levantadas e incredulidad ante las crecientes contradicciones de «un mundo especialmente diseñado para que él jamás pudiera entenderlo».
El alter ego de Allen se llama Jerry Sachs y es un hombre de veintidós años que se ha criado en Flatbush, en un «edificio de apartamentos de diez pisos y ladrillo visto bautizado con el nombre de un patriota. El Ethan Allen. Él pensaba que, dada su mugrienta fachada, la nula elegancia del lobby y el portero borracho, habría sido más adecuado que le hubieran puesto el nombre de Benedict Arnold», en referencia a ese general estadounidense que se pasó al bando británico durante la Guerra de la Independencia. Sachs trabaja en el departamento de mensajería de una agencia teatral, a pesar del deseo de su madre, «una mujer totalmente desprovista de encanto», de que se convierta en farmacéutico. El miembro más venerado de la familia es un primo que «pronunciaba como Abba Eban». Sachs vive en «un estrecho y abarrotado piso de una sola habitación sin ascensor de la calle Thompson» e irrita con un «surtido de quejas psicosomáticas» a su esposa Gladys (un nombre perfecto para una primera esposa), que trabaja en una agencia inmobiliaria y asiste de noche al City College para ser profesora. Él está prendado de Manhattan en su faceta más glamurosa, la época de El Morocco y Gino’s, cuando «personas atractivas» intercambiaban «frases ingeniosas» y bebían cócteles «en un decorado de Cedric Gibbons».
Un día de primavera, cuando está sentado en su banco favorito al oeste del estanque de los veleros, una adorable joven llamada Lulu, con ojos violeta que «transmitían una sofisticada inteligencia urbana», se sienta en el otro extremo del mismo banco. Cuando él le cuenta que está escribiendo una obra sobre «una mujer judía obligada a tomar decisiones existenciales», Lulu responde que ella hizo una tesis sobre filosofía alemana. «El concepto de la libertad en la poesía de Rilke.» Lulu se muestra fascinada con la idea de que Sachs pueda darle un tratamiento cómico a esos temas y él reacciona en consecuencia: «Su aprobación hizo que a él se le desprendiera la parte superior de la cabeza, que saliera por el aire como un platillo volante y que recorriera todo el sistema solar antes de volver». Y, a partir de ahí, y al menos por un tiempo, comparten el destino… hasta que la relación se deteriora a causa de una invitación a una orgía a la que Lulu está deseando asistir y a la que Sachs pone objeciones: «Yo no me calificaría de neurótico», declara él con irritación, «porque no me interese tener sexo con el Coro del Tabernáculo Mormón». De todas maneras, tratándose de una creación de Woody Allen, no se puede esperar que la felicidad fuera a durar mucho, ¿verdad?
Hay otros dieciocho textos más breves que abordan los más variados temas, desde inútiles aspirantes a actores que tienen agentes como Toby Munt de Parásitos Asociados, pasando por el origen del nombre del Pollo del General Tso o la segunda residencia y al mismo tiempo «mansión enorme de Belgravia» del duque y la duquesa de Windsor, con el duque preocupado sobre cómo crear un pasable nudo Windsor y la mejor manera de hacer una pajarita, mientras la duquesa, «tratando de mantenerse ocupada, practica el baile watusi a partir de un diagrama de pasos desplegado en el suelo». Uno de los textos, titulado «Park Avenue, piso alto, urge vender… o nos tiramos», retrata la avaricia y los tejemanejes del mercado inmobiliario, mientras que otro describe a un caballo que incursiona en la pintura y se convierte en un codiciado artista. En «Apéndices de Manhattan» nos presenta a Abe Moscowitz, quien «murió de un infarto y se reencarnó en langosta», después de lo cual la narración se desliza a una caricatura del ultraestafador Bernie Madoff, quien casi termina convirtiéndose en langosta. Uno de los relatos, «Con dinero se puede comprar felicidad; ¡no me digas!», transforma el Monopoly en un juego de la vida real, en el que exsocios de Lehman Brothers hacen grandes apuestas. En uno se enfrenta a una panda de gallinas recalcitrantes, mientras que en otro se debaten las virtudes de distintas almohadas en una conversación que tiene lugar en el Club de Exploradores de Londres. Tampoco falta una veloz y taimada estocada a la cultura woke y, por supuesto, también Hollywood, con sus falsos oropeles y sus seudojerarquías, recibe unas cuantas palizas.
He aquí el quid de la cuestión: Allen no ha perdido ni un ápice de su capacidad de entretener y deleitar, ya sea a través de la intencionada rimbombancia de su estilo, que incluye una desconcertante utilización del barroco, el doble sentido y las palabras crípticas —bibelots, aflato, síncope, calipigias, crepuscular—, o inventando nombres exagerados pero extrañamente adecuados para sus personajes, como Hal Roachpaste, Ambrosia Wheelbase, Hugh Forcemeat, Panufnik, Morey Angleworm, Grossnose… y la lista sigue. También encontramos las habituales y generosas salpicaduras de referencias cultas, desde Scriabin, Reinhold Niebuhr y La Rochefoucauld hasta Strindberg y Turgénev. Y, para no ser demasiado rebuscado al respecto, Miley Cyrus. Tal vez lo más impresionante para una académica no practicante como yo son las alusiones a frases como «una exaltación de alondras» o «Ese mar que un gong atormenta», esta última de W. B. Yeats. Si uno presta mucha atención, se alcanza a oír la característica enunciación oral de Allen detrás de esas palabras: las consonantes dentalizadas, el tono neutral pero adusto, el salto repentino de la más normal y plebeya de las observaciones a los comentarios más salvajes y desquiciados.
En estos tiempos cada vez más oscuros, en los que un matón ruso bajito de ojos rasgados parece dispuesto a desencadenar el caos y la destrucción en el mundo, una de las pocas maneras en que todavía podemos confiar para aliviarnos levemente del pesimismo y la desesperación es la que nos ofrecen el toque de humor ligero y sensible y las ocurrencias de obscenidad descarnada, que nos recuerdan que hay facetas de la vida que quedan por encima de lo espantoso. Si en algún momento fue importante recurrir a los payasos, ese momento es ahora. Woody Allen entra en escena.
Los siguientes relatos aparecieron originalmente en The New Yorker:
«El mal de la vaca loca» («Udder Madness», 18 de enero, 2010)
«Que el verdadero avatar se levante, por favor» («Will the Real Avatar Please Stand Up», 10 de mayo, 2010)
«Apéndices de Manhattan» («Tails of Manhattan», 30 de marzo, 2009)
«Bueno, ¿dónde dejé el tanque de oxígeno?» («Now Where Did I Leave That Oxygen Tank?», 5 de agosto, 2013; la versión que aquí se incluye ha sido revisada por el autor)
«Ni una criatura se movía» («Not a Creature Was Stirring», 28 de mayo, 2012)
«Esfuérzate; lo recordarás» («Think Hard, It’ll Come Back to You», 10 de noviembre, 2008)
«Con dinero se puede comprar felicidad; ¡no me digas!» («Money Can Buy Happiness—As If», 24 de enero, 2011)
«Por encima, alrededor y a través, su alteza» («Over, Around, and Through, Your Highness», 26 de mayo, 2008)
Los relatos reunidos en este libro contienen abundantes juegos de palabras, significados ocultos, alusiones y referencias culturales, paráfrasis de citas y expresiones en yidis. En la traducción se ha optado por limitar todo lo posible las notas a pie de página, con el objeto de facilitar la fluidez de la lectura. Sin embargo, para arrojar un poco de luz, al final del libro se han añadido algunas aclaraciones relacionadas con las alusiones y las referencias, un glosario de palabras en yidis y una lista de los nombres propios que significan o parecen significar algo.
CUALQUIERA QUE ALGUNA VEZ haya arrojado una cerilla encendida a la bodega de un buque cargado de municiones confirmará que el gesto más pequeño puede provocar una gran cantidad de decibelios. De hecho, una vorágine de proporciones bastante sísmicas tuvo lugar en mi propia vida hace tan solo unas semanas, precipitada por un sucinto memorando deslizado bajo la puerta de nuestra mansión. El letal folleto anunciaba que una productora hollywoodense que estaba rodando en Manhattan había decidido que el exterior de nuestro hogar cumplía al pie de la letra con los requisitos de la bubba meisha de celuloide que daba la casualidad que estaban cocinando en ese mismo momento y, en caso de que el interior superara la inspección, les gustaría utilizarla como localización. Absorto como estaba en ese entonces por ciertas fusiones financieras en Wall Street que afectaban a mis sustanciosas inversiones en pirita, conferí a la proclama la misma urgencia reservada a los menús de comida para llevar de los restaurantes chinos y envié el garabato al cubo de reciclaje. Todo aquel episodio había sido demasiado trivial para merecer siquiera un premio de consolación entre las neuronas que competían por mi memoria, pero esto cambió varios días más tarde, cuando mi esposa y yo estábamos raspando el carbón que cubría la cena incinerada por nuestra cocinera hasta quedar irreconocible.
—Olvidé mencionarle —declaró la pirómana nacida en Dublín, al tiempo que limpiaba el hollín del mantel— que, mientras a usted le masajeaba el cuerpo ese curandero al que suele visitar, vinieron los de la película.
—¿Los quiénes? —inquirí con frialdad.
—Dijeron que le mandaron una notificación. Vinieron a revisar la casa. Quedaron todos encantados, salvo por la foto en que aparece usted junto a Albert Einstein, porque descubrieron de inmediato que era un montaje.
—¿Has dejado entrar a desconocidos? —la regañé—. ¿Sin mi aprobación? ¿Y si eran ladrones o un asesino en serie?
—¿Está bromeando? ¿Con esos jerséis de cachemira en tonos pastel? —contraatacó—. Además, reconocí al director del show de Charlie Rose. Era Hal Roachpaste, el último niño prodigio de Hollywood.
—Suena excitante, ¿no? —metió la cuchara mi media naranja—. Imagínate nuestra humilde morada inmortalizada en un exitazo oscarizado. ¿Han dicho quiénes actúan?
—Pues Brad Paunch y Ambrosia Wheelbase, nada menos —chilló la cuisinière, evidentemente deslumbrada.
—Lo siento, mis dos trufillas —decreté con olímpica irrevocabilidad—, no pienso permitir el ingreso de semejante congregación. ¿Habéis perdido ambas la chaveta? Lo único que nos falta es una banda de mandriles vivaqueando sobre nuestra impagable Tabriz. Este es nuestro templo, nuestro santuario, resplandeciente de gemas obtenidas en las grandes casas de subastas de Europa: nuestros jarrones chinos, mis primeras ediciones, la porcelana de Delft, las monedas Luis XVI, las bagatelas y los bibelots acumulados a lo largo de toda una vida de coleccionista. Por no mencionar que necesito una atmósfera de tranquilidad absoluta para terminar mi monografía sobre el cangrejo ermitaño.
—Pero, Brad Paunch… —suspiró la dueña de la casa—. Estaba tan divino como Liszt en Hernia otoñal.
En el momento en que levantaba la palma para reprimir más súplicas, sonó el teléfono y una voz muy adecuada para promocionar cuchillos de acero inoxidable que pelan y cortan en cubitos me ladró en el oído:
—Ah… me alegro de encontrarte en tu casa. Soy Murray Inchcape, el productor cinematográfico de Rema, mutante, rema. Vosotros sí que debéis de tener un ángel de la guarda, porque os ha tocado la lotería. Hal Roachpaste ha decidido que quiere usar vuestra casa…
—Ya lo sé —lo interrumpí—. Para rodar una escena. ¿De dónde ha sacado mi número privado?
—Calma, peregrino —continuó el timbre nasal—, no hice más que hojear algunos papeles de tu cajón hace un rato, cuando estuvimos reconociendo el terreno. Y, por cierto, no es solo una escena, es la escena. Nada menos que el momento clave sobre el que se sostiene todo el tinglado.
—Lo siento, señor Inchworm…
—Inchcape, pero no importa. Todos se burlan de mi apellido. Yo siempre hago caso omiso, dando muestras de mi gran afabilidad.
—Yo ya sé lo que hacen los equipos de rodaje en los lugares que invaden —repuse firmemente.
—La mayoría son unos paletos, es cierto —admitió Inchcape—. Pero nosotros, en cambio, pasamos de puntillas por el terreno como monjes trapenses. Si no te dijéramos que estamos rodando una película en tu casa, no te darías cuenta ni en sueños. Y no estoy sugiriendo que lo hagas gratis. Me percato de que tendré que desembarazarme de una pila de dracmas.
—Es inútil —insistí—. No hay lucro que valga para dejaros entrar en el templo de este muchacho. Gracias por pensar en nosotros y arrivederci.
—Un momento, viejo —dijo Inchcape, tapando el micrófono con la mano mientras a mí me parecía que podía distinguir unas voces amortiguadas discutiendo superficialmente sobre lo que parecía un plan para secuestrar a Bobby Franks.
Justo cuando estaba por desenchufar el aparato de la toma de la pared, él reapareció.
—Oye, estaba aquí intercambiando ideas con Hal Roachpaste, quien da la casualidad que se encuentra justo a mi lado, y él se preguntaba si a ti te gustaría estar en la película. No puedo prometerte el papel protagonista, pero sí algo divertido y con chicha que va a plantar tu jeta en la pantalla como legado para tus descendientes. Tal vez también tu parienta, con un buen lifting facial, si es la de la foto que vi sobre tu piano.
—¿Actuar en la película? —tragué saliva, al tiempo que experimentaba una sacudida en el corazón como la que habitualmente administran los enfermeros para revivir a los difuntos—. Mi esposa es tan tímida que da pena, pero la verdad es que yo hice un poco de teatro universitario y regional. Patiné encarnando a Parson Manders en Ibsen sobre hielo y todavía se habla de mi participación en Doblegada para vencer. Decidí representar a Tony Lumpkin con una serie de tics faciales que hicieron delirar de regocijo al público de Yuma. Por supuesto que me doy cuenta de que no es lo mismo el escenario que una película y que uno tiene que modular la gestualidad, permitir que los primeros planos hagan su trabajo, por así decirlo.
—Claro, claro —dijo el productor cinematográfico—. Roachpaste tiene mucha fe en ti.
—Pero si jamás me ha visto —protesté, al tiempo que un ligero olor a podrido comenzaba a flotar en el aire.
—Por eso es el John Cassavetes de esta generación —me aseguró Inchcape—. Roachpaste actúa por puro instinto. Le gustó lo que vio cuando revisó tu vestidor. Alguien que tiene ese arte para las telas sería perfecto para el papel del pastor Grimalkin.
—¿Quién? ¿Grimalkin? —chisporroteé—. ¿Qué clase de personaje es Grimalkin? ¿Puede hacerme una minisinopsis de la trama? Me basta el esqueleto.
—Para eso tendrás que hablar con el director. Solo puedo decirte que la esencia de la historia es una combinación de Tiburón y Persona. Un momento. Hal Roachpaste se va a poner. —Alcancé a distinguir débilmente lo que parecía ser una cierta reticencia de Roachpaste para tratar el asunto y me pareció oír a Inchworm utilizar la frase «como un cordero al matadero». Luego apareció una voz nueva.
—Soy Hal Roachpaste —pregonó—. Entiendo que Murray te ha explicado que queremos que estés en la escena más importante del filme.
—¿Puede contarme algo sobre Grimalkin? Su pasado, sus ambiciones, así puedo desarrollar el arco narrativo del personaje. Ya el nombre sugiere un alma profunda.
—Profunda a punta pala —concedió Roachpaste—. Grimalkin es perceptivo; un filósofo, pero con humor, que jamás se queda sin palabras, pero a la vez es hábil con los puños. No hace falta mencionar que es como hierba gatera para las damas, un Beau Brummel cuya ética médica y habilidad para pilotar aviones le han granjeado el respeto del profesor Dildarian, el maestro del crimen. Además…
En ese punto, al parecer le arrancaron el teléfono de las manos a Roachpaste y un entusiasta Murray Inchcape volvió a ponerse.
—¿Qué me dices, podemos registrar tu piso como domicilio del protagonista?
—¿El protagonista? —borboteé, sin poder creer el deslumbrante giro de los acontecimientos—. ¿Cuándo recibiré mis líneas, así puedo empezar a memorizarlas?
Hubo un silencio al otro lado de la línea, lejanamente sepulcral, y luego:
—Roachpaste no trabaja con un guion —explicó Inchcape—. Su sello característico es la espontaneidad. El chaval se inspira en el momento, como Fellini.
—No soy un completo neófito para la improvisación —señalé—. En el papel de Polonio, durante una programación de verano… unos mapaches me habían birlado la nariz postiza. No sé por qué harían algo así…
—La cosa va bien —interrumpió Inchcape, al tiempo que yo oía a un tercero decir en el fondo: «Murray, llegó el pollo tandoori que pediste; ¿qué propina le doy al tío?».
—Hasta el martes, granujilla. ¿Han traído los papadam? —fue la última frase audible del productor antes de un clic y el tono de llamada.
Como en el fondo soy un histrión frustrado, durante toda la semana me sumergí en las películas de Marlon Brando y en los libros de Stanislavski. No pude evitar hundirme en atribuladas cavilaciones sobre lo distinta que habría sido mi vida si años atrás hubiera escuchado a mi corazón y me hubiera incorporado al Actors Studio en lugar de correr a inscribirme en el curso de embalsamador.
Sin saber lo pronto que empiezan a trabajar los equipos de filmación, el día de la cita me vi arrancado antes del alba de las garras de seis benzodiazepinas por esa clase de golpes en la puerta principal que uno relaciona con el descubrimiento del escondite de Anna Frank. Temiendo que se hubiera producido un terremoto o un ataque de gas sarín, salté de la cama, me resbalé, bajé la escalera rebotando de espaldas y me encontré con la calle cubierta de remolques y conos de tráfico.
—Venga, abuelo, que el tiempo corre —me informó un frenético asistente de dirección y, de repente, una hegemonía de maquinistas, eléctricos, carpinteros y trabajadores no cualificados invadieron la casa y desenfundaron su panoplia de herramientas de demolición. A paso acelerado, unos hoscos bueyes sindicalizados descargaron seis camiones de equipos de rodaje, dedicándose con gran cuidado profesional a rayar, fracturar o mutilar cualquier objeto doméstico con valor superior a tres dólares. A las órdenes del escenógrafo, un barbado europeo del Este llamado Fiendish Menzies, insertaron clavos en el revestimiento de caoba de las paredes e instalaron unos grandes focos, aunque de inmediato los arrancaron bruscamente y en cambio los atornillaron a las molduras de corona originales. Tras salir gradualmente de mi estupor, me quejé a Murray Inchcape, que había entrado mordisqueando un schnecken con crema de queso mientras su taza de Starbucks chorreaba capuchino jamaicano directamente sobre el medallón del centro de nuestra Aubusson.
—Me prometió que no dañarían nada —grazné, viendo cómo desprendían la escayola a martillazos y deconstruían una lámpara Tiffany en coloridos fragmentos.
—Saluda a Hal Roachpaste, tu director —dijo Inchcape, sin prestar atención a mi queja, al tiempo que varios cromañones que acarreaban soportes de luz hacían un rasgón en el empapelado de seda de principios de siglo del mismo tamaño que había hecho zozobrar al Titanic.
Reprimiendo un creciente síncope en aras del arte, arrinconé a Roachpaste y le presenté mis ideas de actuación.
—Me tomé la libertad de crear un breve relato biográfico —entoné—; una vida previa, por así decirlo, para desarrollar el personaje de Grimalkin. Empieza en su infancia como el hijo de un vendedor itinerante de panecillos de Pascua. Luego…
—Sí, sí, cuidado con las vías del trávelin —dijo Roachpaste mientras un operario que trasladaba unos rieles arrasaba un jarrón—. Qué mala pata —suspiró como disculpándose—. Dime, ese pequeño artículo que acaban de crucificar hasta dejarlo irreconocible, ¿era Tang o Sung?
Para las diez de la mañana, gracias a los inspirados arranques de creatividad de Roachpaste y del claramente demente escenógrafo, la casa había dejado de ser un palacete del Upper East Side para convertirse en un burdel moro. Nuestros muebles estaban apilados y esparcidos al azar en la calle, junto al bordillo de la acera, a pesar de que había empezado a llover con bastante fuerza. En la sala de mi casa unas extras disfrazadas de huríes descansaban lujuriosamente sobre cojines. Ambrosía Wheelbase, por lo que pude colegir, encarnaba a una heredera secuestrada y obligada a satisfacer los caprichos de un sultán depravado que resultaba ser su nutricionista disfrazado y con quien se casaba a bordo de una nave espacial. Solo a un genio como Roachpaste podía habérsele ocurrido el aflato de que nuestro domicilio fuera esencial para la incipiente pesadilla que estaban rodando. Para mi esposa, aquella carnicería generalizada era un precio bajo a cambio de conocer a Brad Paunch, quien le susurró algo al oído, a lo que ella respondió:
—No, son de verdad.
A las tres de la tarde aún no se había rodado mi escena y, más allá de un pequeño incendio en la biblioteca organizado por el equipo de efectos especiales que consumió el Grillparzer dedicado y el cuadro a tiza de Redon, todos parecían encantados con las secuencias que habían acumulado. Cuando oí de casualidad que la compañía iba a acabar a las seis para no pagar horas extra, empecé a impacientarme por mi participación. Le manifesté mi inquietud al asistente de dirección, pero él me aseguró que se trataba de un rol demasiado fundamental para que se olvidaran de él, y, en efecto, unos instantes antes de las seis me convocaron al sótano, al que me había prohibido la entrada Ambrosia Wheelbase, quien insistía, en un arrebato temperamental, que mi peluquín la distraía.
—Ahora que vamos a rodar, necesito conocer algunos detalles para delinear adecuadamente a Grimalkin —le dije a la asistente de rodaje—. De esa manera, todas las improvisaciones que se me ocurran serán geniales.
Yo estaba a punto de entrar en detalles cuando unos bruscos subalternos me agarraron del cuello de la camisa y de los fondillos de los pantalones, me pusieron en posición paralela a tierra y, haciendo caso omiso de mis chillidos, me situaron boca abajo en el suelo mientras una mujer me untaba la sien derecha con gotitas de un líquido carmesí. A continuación, colocaron un revólver barato un poco más allá de las yemas de mis dedos, como si se me hubiera deslizado de la mano. Me dijeron que cuando gritaran «¡acción!» debía quedarme inmóvil y sin respirar, lo que me resultó más difícil de lo que pensaba dado el repentino desencadenamiento de unos violentos hipos. Al principio supuse que estaban rodando fuera de secuencia, empezando con el descubrimiento de mi cadáver para luego desarrollar la trama en flashback, pero con la palabra «corten» se apagaron las luces, la puerta se abrió de golpe y el equipo salió en estampida a cargar el material.
—Tú y la criada podéis volver a ordenar las habitaciones —dijo Inchcape mientras se encasquetaba una gorra de tweed—. Me da la impresión de que eres un perfeccionista al que las cosas le gustan de una sola manera.
—P-pero mi personaje… Grimalkin… el eje de la historia… —farfullé.
—Y lo es, de hecho —terció Roachpaste, haciéndoles gestos a los operarios de que no perdieran su valioso tiempo volviendo a entrar los muebles del exterior—. Todos quedan estupefactos cuando se topan con su cuerpo. ¿Por qué un carismático erudito como el pastor Grimalkin se quitaría la vida? ¿Por qué, en efecto? Se pasan el resto de la película tratando de averiguarlo.
Mientras el escolta creativo y su director se desmaterializaban, dejándome hundido hasta la coronilla en coleccionables fracturados, me pregunté por qué un hombre sensato se suicidaría sin ningún motivo aparente, pero debo decir que se me ocurrió uno.
