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El momento de la verdad ha llegado. Los seis finalistas han sido designados y Leo no está entre ellos. Naomi debe emprender el viaje junto a compañeros que casi no conoce, el sobrino del presidente de quien desconfía sobre su capacidad y elección, y una IA con demasiado poder. Le duele separarse de su familia y de Leo, pero sabe que la misión no podría continuar sin ella y los descubrimientos que realizó durante el entrenamiento: el peligro que les espera bajo el hielo de Europa, el satélite de Júpiter que deben terraformar para que la humanidad sobreviviente del planeta pueda tener un futuro. Por otra parte, la Dra. Greta Wagner ha seguido sus investigaciones y le propone a Leo hacer el viaje en una mononave que ella ha construido. La necesidad de volver a encontrarse con Naomi y de llevar toda la información que le suministra la doctora, lo hace aceptar, no sin descubrir secretos que lo harán dudar del éxito de su misión. ¿Podrán los finalistas llegar a Europa? ¿Podrá Leo hacer la conexión con la nave Pontus y seguir viaje? ¿Cuáles son los secretos que guarda la ISTC con los propios finalistas? ¿Qué encontrarán finalmente en el satélite? ¿Cuál es el verdadero motivo de este viaje?
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Seitenzahl: 345
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Para Chris y Leo,
mi mundo y mis estrellas.
BLOG EN DIRECTO DE PONTUS A TIERRA
DÍA 43
ASTRONAUTA: ARDALAN, NAOMI
[ESTADO DEL MENSAJE: ERROR EN LA DESCARGA]
Algunas catástrofes comienzan con una advertencia, un iceberg que puedes divisar a kilómetros de distancia. Otras llegan de repente, tan rápidas como violentas, como los terremotos y huracanes que destrozan nuestros hogares. Pero, aquí arriba, es más difícil darse cuenta de cuál es el desencadenante, en general. Un cable no hace ruido cuando se rompe. No sabes lo que ha ocurrido hasta después, cuando la creciente sensación de temor se mueve más allá de tu cuerpo y toma la forma de un barco que se hunde.
Creo que nunca me he sentido tan desamparada como ahora, escribiendo para toda una población que nunca verá estas palabras. Nos estamos hundiendo en las tiniebras y aunque no sepas por qué o qué significa, supones lo peor. Eso es lo que me mantiene alerta y empapada en sudor en plena noche, consciente de que, si abro la boca, empezaré a gritar y no seré capaz de parar.
No puedo vivir si ellos creen que estoy muerta. El simple hecho de imaginarme a mis padres y a Sam abrazándose, en duelo, en un funeral, observando mi foto mientras los deudos recitan frases de Rumi, me duele más que cualquier otro dolor físico. Y Leo… ¿qué hará cuando oiga las noticias? Cuando mis correos y mensajes de video se detengan repentinamente, ¿cómo reaccionará? ¿Cómo voy a superar yo el hecho de perderlos a los cuatro? Solía pensar que comunicarse a través de la pantalla de una computadora nunca sería suficiente, pero ahora parece ser el privilegio máximo. Daría cualquier cosa por volverlo a tener.
Tal vez por eso ahora estoy escribiendo, aunque la lógica me diga que es inútil. Tengo que seguir intentandólo, contar lo que nos pasó, ante la remota posibilidad de presionar la tecla Enviar y que, esta vez, pueda oír el zumbido de entrega. El sonido de que todo ha vuelto a la normalidad. O, al menos, lo más parecido a «normalidad» posible aquí arriba...
...Hemos estado viajando a través del espacio durante cuarenta y dos días, tres horas, y doce minutos cuando sucede. Son las siete de la mañana, Hora Universal Coordinada, y lo primero que noto cuando me despierto es el sonido del silencio. Normalmente, el Centro de Control de la NASA nos hace las veces de alarma y nos despierta a la misma hora todas las mañanas, con el sonido de una canción sonando por los altavoces de la cabina. Siempre eligen algo apropiado y temático referido al espacio, como la clásica canción de Coldplay «A Sky Full of Stars» que pusieron ayer. Pero hoy no hay ninguna canción. Quien estaba a cargo de esto ha debido quedarse dormido. Aun así, me despierto a la hora justa.
Tenemos media hora para prepararnos antes de presentarnos en el comedor para el desayuno y, durante los últimos días, he conseguido arreglármelas para estar lista en diez minutos o menos. Así, puedo comenzar el día en mi lugar favorito de la nave, el único donde nunca siento claustrofobia o desesperación por salir arañando las paredes.
Bajo de mi litera y me quito mi pijama de franela favorito, que de alguna manera aún conserva un vago olor a casa. Luego, entro en la pequeña ducha pegada a mi cabina, que se ilumina con una luz verde apenas mis pies tocan el suelo. Un cronómetro comienza a correr, recordándome que el agua se cortará en tres minutos. Toda nuestra existencia aquí en el Pontus parece estar dominada por la cuenta atrás de un reloj.
Después de ponerme un poco de champú sobre la cabeza y enjuagarme tan frenéticamente como si tuviera pediculosis, la ducha se termina. Me seco con la toalla y me pongo un pantalón deportivo gris y una sudadera con capucha color naranja pálido, y dezlizo la puerta de mi cabina que da a la sala común. Por lo general, al menos uno o dos de nosotros solemos encontrarnos aquí antes del desayuno, leyendo o mirando la televisión, pero esta mañana está vacío.
Corro por el largo módulo que conforman los cuartos de la tripulación y bajo en la cápsula del ascensor hasta la compuerta principal, dejando atrás la gravedad artificial. Desde allí, floto hasta un lugar que me intimida tanto como me consuela.
El Observatorio es una cámara circular hecha de ventanas de vidrio de cuarzo indestructible, que van de pared a pared dando la impresión de que se está volando sin ataduras por el universo. Es como un paseo espacial, sin el peligro. La oscuridad te rodea por todos lados, y hay repentinos destellos de belleza cada vez que la nave se mueve en espiral, cuando se ve la Tierra. Esta es una de esas mañanas en las que llego a ver el resplandor de color, la canica azul de nuestro hogar.
Presiono las palmas contra el vidrio y observo asombrada. En alguna parte de ese planeta, en una zona horaria ocho horas anterior a la nuestra, mis padres y mi hermano están quedándose dormidos, mientras que, a nueve mil quinientos kilómetros de ellos, Leo debe estar despertándose y comenzando el día. Cierro los ojos e imagino lo que lo rodeaba y cómo será su día. Es entonces cuando el dolor me golpea en el estómago. Ya no existimos en el mismo mundo.
Respiro hondo un par de veces para mantener la compostura, frenando las lágrimas antes de que tengan oportunidad de comenzar a salir. Aparto los ojos de la mancha azul y mantengo la vista fija en la oscuridad mientras intento localizar las estrellas a mi alrededor, hasta que al fin es la hora de unirme a los demás. Cuando vuelvo a pasar gateando por la compuerta, me encuentro con uno de mis compañeros esperándome del otro lado.
Jian Soo, el copiloto de nuestra misión, levanta la vista bruscamente cuando caigo en la zona de gravedad.
—Buen día —lo saludo—. ¿Estás bien?
Mueve la cabeza, tiene aspecto agitado.
—Las comunicaciones han caído. Nuestro software de navegación de vuelo aún funciona bien, pero no puedo recibir ninguna respuesta de Houston. Y Sydney me ha dicho que ha intentado conectarse por email y solo recibe un mensaje de error que dice que no se encuentra ninguna conexión —me mira fijamente—. Tú puedes arreglarlo, ¿no?
Lo primero que pienso es que se trata de una broma. Que solo me está molestando (probablemente ha sido idea de Beckett Wolfe) para ver cuánto tardan en provocarme un ataque de pánico. Pero entonces recuerdo con quién estoy hablando: Jian es honesto y fiel, es el más bueno de nosotros. Y cuando pienso en el silencio de esta mañana, la alarma olvidada del Control de la Misión, se me retuerce el estómago.
—Tiene que ser solo un traspiés —digo, obligándome a mantenerme tranquila—. Déjame ir a echarle un vistazo.
Ese es mi trabajo: hacer que funcione toda la tecnología y todas las comunicaciones de la nave. Hasta hoy, ha sido bastante fácil, pero esto es territorio inexplorado. Se supone que el Pontus no debe perder la conexión ni por un milisegundo. Es algo tan vital para la nave como el oxígeno.
Paso corriendo al lado de Jian hacia el Área de Comunicaciones, con su gran variedad de computadoras, y me encuentro con que cada monitor proyecta el mismo mensaje, con grandes letras rojas:
SIN SEÑAL DE COMUNICACIÓN
NO SE ENCUENTRA CONEXIÓN
—Houston —digo. La voz me sale como un susurro, pero no importa. Nadie puede oírme—. Houston, estamos teniendo un error de comunicación. Estoy reiniciando los sistemas y ejecutando programas de diagnóstico. Quedaré a la espera de más instrucciones del Centro de Control.
Cuando las computadoras vuelven a encenderse, mi ansiedad se ha convertido en pánico total. Las temidas palabras vuelven a aparecer en pantalla: NO SE ENCUENTRA CONEXIÓN. Los dedos me tiemblan al ejecutar el escaneo de diagnóstico, rezando por que la respuesta se proyecte frente a mí con una solución simple. En cuestión de minutos, tengo el problema frente a mis ojos, pero es lo opuesto a algo simple.
Es nuestra antena de banda X... La única pieza del equipamiento de la nave que permite nuestra comunicación con la Tierra no aparece siquiera en el escaneo de los equipos. Es como si la antena nunca hubiera existido.
Algo burbujea en mi estómago, un miedo que me provoca náuseas, pero me obligo a mantenerme concentrada y seguir moviéndome. Salgo corriendo del Área de Comunicaciones y vuelvo a la compuerta, donde Jian se encuentra ahora con Sydney y Dev. Los tres parecen casi tan nerviosos como yo. Se giran hacia mí expectantes, pero todo lo que puedo hacer es mover la cabeza.
—Voy a ir a la bodega de carga. Algo pasa con la antena.
—¿Te acompañamos? —se ofrece Dev.
—Tal vez uno de vosotros. No hay sitio para muchos más. Pero tenemos que darnos prisa.
Abro la compuerta de un tirón y entro con Dev detrás de mí. Gateamos y luego flotamos a través de dos pasajes de túnel diferentes, llamados nodos, hasta que llegamos al centro de la nave. La bodega de carga requiere una contraseña para ingresar, lo que siempre me ha parecido muy extraño: ¿realmente corremos el riesgo de que nos roben cuando somos los únicos seres humanos en cientos de millones de kilómetros a la redonda? Nos lleva diez minutos a Dev y a mí devanarnos los sesos y buscar entre las notas de los monitores que tenemos en la muñeca hasta que, finalmente, la encontramos.
La puerta de la escotilla se abre para dejar a la vista el sector más grande de nuestra nave: una torre de cuatro pisos de altura, llena desde el suelo hasta el techo de hileras e hileras de cargamento, todas selladas en compartimientos blancos empotrados en la pared. Sujeta a una de esas paredes tendría que haber una antena de dos metros de altura con forma de plato. El punto central de la sala, la base de nuestro sistema de comunicaciones.
Pero no está.
Mi corazón triplica la velocidad y los golpes en mi pecho son lo suficientemente fuertes como para que pueda oír los frenéticos latidos a través de los auriculares. Observo el enorme espacio vacío que llena la habitación, convencida a medias de que estoy alucinando. No sería la primera vez que un astronauta pierde el sentido de la realidad.
—Puedes explicarme cómo hace la antena más grande y poderosa que hay para soltarse y desaparecer.
—No lo hace —dice Dev, lívido—. Alguien ha hecho que desaparezca.
Sigo su mirada y es entonces cuando veo el tornillo suelto, circulando a la deriva hacia nosotros desde atrás del módulo. Un tornillo igual que los usados para asegurar la antena, solo que este flota libre y es lo suficientemente pesado como para matarnos de un golpe.
—¡Muévete! —grito, agarrando a Dev del brazo y alejándolo justo antes de que el tornillo se dispare en nuestra dirección. Nos sujetamos de uno de los pasamanos ubicados a lo largo de la extensión de la pared y nos colgamos como escaladores amateurs en gravedad cero. Mi cabeza roza el techo cuando llegamos al piso superior, a salvo del arma, que aún está flotando. Miro hacia abajo con incredulidad, la bodega de carga está dañada.
—Alguien nos ha hecho esto. Alguien entró aquí a escondidas, aflojó los tornillos, desmanteló la antena, y…
Mis ojos captan la puerta de la bodega, fundida en la pared opuesta. Se suponía que no la abriríamos en meses, hasta el aterrizaje en Europa. Pero, claramente, alguien la ha abierto y empujado la antena a través de ella, para que desaparezca en el espacio.
—Alguien quiso dejarnos desconectados y aislados del mundo —susurro conteniendo la bilis que me sube por la garganta—. ¿Por qué?
—No ha sido simplemente alguien —dice Dev mientras traga con dificultad—. Es uno de nosotros.
Es como si cada estrella del universo desapareciera al mismo tiempo, lanzándonos a vacío oscuro.
Estamos perdidos para la Tierra. Y estamos atrapados, yendo a toda velocidad por el espacio, a casi cincuenta mil kilómetros por hora, con un enemigo mucho más peligroso de lo que imaginabámos.
Cuando ella se marchó, fue como si el sol se hubiera escapado del universo. Pude ver cómo la Tierra se volvía oscura, fría y desoladora, justo frente a mí, en directo por televisión.
Pensaba que sabía cómo sobrellevar la soledad, cómo soportar el dolor, dejar de lado los recuerdos, ignorar el silencio. Pero nada te prepara para esto: observar una nave lanzarse al espacio con la persona que amas dentro.
La retransmisión en vivo me mantiene cautivo de la pantalla, mientras se muestra a los Seis Finalistas con los cinturones de seguridad puestos, en los asientos de lanzamiento y con los cuerpos temblorosos al encenderse el segundo motor. Naomi extiende la mano cubierta por un guante y, aunque Sydney Pearle es quien se la toma, yo sé a quién quería dársela realmente.
Fuera de las ventanas de la nave, puedo ver que los colores comienzan a cambiar. El cielo azul pálido se va esfumando, como una última reverencia. Y entonces, tan rápido como un suspiro, el azul se vuelve negro. La mariquita de peluche que cuelga del techo, el amuleto de la suerte de la NASA, comienza a flotar.
Los Seis Finalistas están oficialmente en el espacio.
Los presentadores de televisión, que narran cada paso del viaje, estallan en aplausos, olvidándo el tono de voz serio que suelen usar para gritar y vitorear. Desearía poder compartir su alegría, pero lo más cercano que siento es alivio, seguido de otra ola de profundo anhelo. Es el mismo llamado desesperado que me ha traído aquí, a Viena, donde ahora me encuentro junto a una magnate de la tecnología de cabello entrecano que, antes de regresar a su escritorio, me dice con calma:
—Me alegra ver que han despegado sin ningún contratiempo —la voz de la doctora Wagner me devuelve al presente: es la razón por la que estoy aquí. Mi segunda oportunidad.
—¿Cuándo podremos hacer el lanzamiento? —contesto en voz alta, con los ojos aún pegados al televisor.
—La semana que viene a más tardar. Tenemos que asegurarnos de que despegues mientras Marte esté orbitando a cuarenta y cuatro grados por delante de la rotación de la Tierra, de forma que nuestra nave llegue a la hora correcta y se posicione para acoplarse con el Pontus. Como ya estamos en la mitad de esta oportunidad de alineamiento, me temo que no hay mucho margen de tiempo si queremos alcanzar a los Seis Finalistas.
Me giro para mirar a la doctora Greta Wagner, la científica, inventora y multimillonaria que me está ofreciendo una última esperanza. Estamos en el medio de una sala de conferencias en el recinto de Wagner Enterprises, un moderno palacio de pizarra y acero con paredes exteriores altas para evitar las miradas curiosas. Mientras Greta pasa las hojas de una enorme carpeta de misión que se encuentra desplegada sobre la mesa de conferencias, un asistente se inclina sobre su hombro dando golpecitos a una tablet que titila. Mientras tanto, el robot humanoide que ella me presentó como su mayordomo, Corion, entra y sale entregando mensajes y reponiendo las interminables tazas de café negro que toma la doctora Wagner. Ya hace dos días que estoy aquí y aún así nada de esto me parece real.
—Ya sé que esperar que estés listo tan pronto es demasiado pedir —continúa Greta—, pero una vez que alcances la órbita, la nave volará por sí misma en piloto automático hasta que te acomples con el Pontus en Marte. Yo misma he diseñado el WagnerOne y también tu misión, para que sean lo más infalible y fácil de manejar posible. Además, he buscado algunos refuerzos para que colaboren con tu entrenamiento. Puede que estemos juntos solo una semana, pero será una semana de crecimiento y preparación monumentales. —Hace una pausa—. Tiene que serlo.
—Claro —asiento con la cabeza, tratando de bloquear los insidiosos pensamientos acerca de lo completamente solo que estaré allí arriba. Caminaré sobre una cuerda floja, entre la vida y la muerte, todo el tiempo. Pero, por más desalentador que parezca, esto es lo que quería. Es lo que quiero.
—Antes de que empieces —dice y desliza hacia mí un manojo de papeles a través de la mesa—, necesito que firmes esto. Tómate tu tiempo para leerlo. Lo tengo impreso en inglés y en italiano.
Bajo la mirada hacia la primera página, donde las palabras parecen saltar del papel en tinta negra y gruesa.
Yo, Leonardo Danieli, en pleno uso de mis facultades mentales, por voluntad propia y mayor de edad, declaro, por la presente, que acepto voluntariamente el puesto de Único Astronauta y Comandante en la Misión WagnerOne a Europa, una empresa privada. Entiendo que todo viaje espacial privado no autorizado por el gobierno va en contra de las leyes del Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre y, como tal, no tengo derecho a protección ni recursos por parte de ninguna agencia espacial. Acepto que este es un viaje sin retorno y que, si falla la misión, el resultado podría ser la muerte. He sido informado de todos los hechos arriba mencionados y continúo comprometido, como siempre, con la misión y el privilegio de colonizar Europa. Libero a la doctora Greta Wagner y a Wagner Enterprises en su totalidad de cualquier demanda futura o responsabilidad en ello.
—Usted sabe que no tengo a nadie, ¿verdad? Nadie a quien le importe lo suficiente como para demandarla si muero. —Trato de bromear por encima de mi pulso, que se acelera.
Greta no esboza ni una sonrisa.
—Siempre hay alguien que se presenta cuando se da cuenta de que puede ganar dinero. Y una vez que el mundo se entere de dónde estás, el ISTC1 y la NASA tratarán de dar vuelta la historia para que parezca que yo te obligué a obedecer mis órdenes. Este documento firmado y nuestro testigo —señala con la cabeza a su asistente— nos protegerá a ambos.
No estoy seguro de qué parte de este documento me protege, pero no me molesto en preguntar. Vuelvo a centrar mi atención en la pantalla, donde los Seis Finalistas están desabrochándose los cinturones. Los primeros momentos de ingravidez les provocan soplidos y risas nerviosas, y enseguida están flotando en grupo hacia la cámara de descompresión. Pero Naomi se desvía del resto y se detiene en una de las ventanas donde presiona las manos contra el vidrio y mira la Tierra. El dolor se extiende desde mi pecho, algo se rompe en mi interior.
En la escotilla, Dev Khanna gira la manija y la compuerta se abre lentamente. La pantalla se congela y tras la tortura de un momento estático, la transmisión cambia a las recámaras de la tripulación, el nuevo hogar de los Seis Finalistas, desde ahora hasta llegar a Europa.
Cuando los seis vuelven a aparecer en pantalla, se ve que se han cambiado los trajes de vuelo espacial por otros plateados correspondientes a la Misión: chaquetas de Europa sobre camisetas polo con el logo de la agencia espacial del país de cada uno. Solo dos comparten el mismo logo: Naomi y Beckett Wolfe. Observo que Beckett roza el hombro de Naomi mientras flotan por el módulo, y siento como un puñetazo en el estómago.
Me alejo y tomo un lápiz de la mesa de conferencia. No necesito leer ni una palabra más de este contrato, voy a firmar. Pero Greta apoya la mano en mi brazo justo antes de que garabatee mi nombre.
—Necesito saber que entiendes lo que vas a firmar.
Algo en su expresión hace que me detenga.
—¿A qué se refiere? ¿Por qué cambiaría de idea?
—Porque una misión al espacio, solo, es uno de los desafíos más grandes que puede enfrentar un ser humano. Vas a pasar por momentos de profunda soledad y miedo. ¿Estás preparado para eso?
—También estaría solo en la Tierra —le recuerdo—. Sin mi familia y, ahora, sin Naomi, ¿cuál es la diferencia entre estar solo aquí abajo o allá arriba?
—Hay una diferencia clave —dice ella—. Al enviarte al espacio sin la aprobación del gobierno, estarás cometiendo un delito; ambos lo estaremos. A la larga, después de que ayudes a los Seis Finalistas a sobrevivir, como sé que harás, que haremos, todos te verán como un héroe. Pero, a corto plazo, las personas que dejas atrás en la Tierra nos verán a ti y a mí, a ambos, como unos delincuentes imprudentes. Tal vez hasta como saboteadores —duda—. Además, puede que no te encuentres precisamente con una recepción de bienvenida de los Seis Finalistas cuando llegues.
La idea me deja helado. Hacer todo ese viaje por el espacio solo para descubrir que, desde el principio, ella nunca me quiso allí.
—Y, mientras tanto, haré todo lo que esté a mi alcance para mantenerte a salvo allá arriba —continúa ella—. No puedo prometer que el doctor Takumi y la general Sokolov no intentarán tomar represalias por sus propios medios cuando estés en el espacio.
Trago con dificultad, siento la garganta como una lija. No puedo negar que se las ha ingeniado para hacerme dudar.
—Tengo la sensación de que está tratando de convencerme de que no lo haga. ¿Por qué?
—No. Solo me estoy asegurando de mi decisión —dice ella, observándome con cautela—. Es mi responsabilidad discutir el peor de los casos contigo, ya que ambos tenemos que saber hasta dónde estás dispuesto a llegar por los Seis Finalistas, y por el futuro de la humanidad.
Vuelvo a mirar la pantalla, y veo cómo ellos salen flotando de otra compuerta e ingresan al Módulo de Residencia, una zona de gravedad artificial que contiene las cabinas para dormir y las áreas comunes. En un minuto están rozando el techo y en el siguiente sus pies tocan el suelo. Otra maravilla más de la nave Pontus.
—Antes de responder a eso, hay algo que yo también necesito saber —Intercambio miradas con Greta—. ¿Qué quiso decir cuando mencionó que solo usted y yo podemos brindar la ayuda que los Seis Finalistas necesitan? ¿Cuál es su plan para Europa?
Casi puedo ver los engranajes girando en la mente de Greta mientras reflexiona sobre lo que va a decirme.
—Te lo mostraré.
ORIGEN DEL MENSAJE: TIERRA — ESTADOS UNIDOS — SUROESTE DE TEXAS
DESTINATARIO DEL MENSAJE: NAVE ESPACIAL Pontus — ÓRBITA DE LA TIERRA
ATT: ARDALAN, NAOMI
[ESTADO DEL MENSAJE: RECIBIDO – CODIFICADO]
Hola, hermanita:
He intentado escribir este correo unas tres veces y no me salen las palabras justas. Primero pensé en comenzar con algunas bromas para hacerte reír, pero debo reconocer que la comedia no es mi fuerte, así que las borré y empecé a escribir otra vez sobre cómo ha sido realmente dejar la plataforma de lanzamiento después de que nos despidiéramos. Ese correo era tan alentador como la literatura clásica rusa, así que hice clic en el botón de «Eliminar», de nuevo. Y aquí estoy ahora, tratando de parecer normal, mientras nuestras vidas se apartan de eso.
Pensé que podrían pasarnos muchas cosas (pensé que yo no viviría lo suficiente como para verlas), pero nunca imaginé esto. Perder a mi hermana. Y ya lo sé: en realidad no te estoy perdiendo, ya lo sé. No del todo. Pero cuando nos quedamos solos, nuestros padres y yo, y llegamos a casa y tu habitación estaba vacía… bueno, me dio esa sensación.
En fin. La verdad es que, a pesar de lo difícil que es esto, estoy muy orgulloso de ti. Todos los estamos. Mamá sigue quemando esfand en la habitación del hotel para evitar el mal de ojo, ya que allí adonde vamos la gente habla maravillas de ti: de cómo tu valentía e inteligencia harán de esta misión un verdadero éxito y nos salvareis a todos de morir en esta Tierra hostil. (¡Sin presiones ni nada de eso!)
Mañana, el avión del ISTC nos llevará de vuelta a Los Ángeles, donde nos han dicho que las cosas serán un poco diferentes. A modo de compensación por tus «servicios a la causa mundial», el gobierno de Estados Unidos y las Naciones Unidas van a cubrir algunos de nuestros gastos, como las facturas de mi cardiólogo y los remedios para el corazón (estoy seguro de que te aliviará saber esto), ¡además de un envío mensual de provisiones sin racionar! Hasta nos han ofrecido mudarnos a una casa a salvo de las inundaciones para vivir sin pagar alquiler, pero Mamá y Papá se negaron inmediatamente. Ninguno de nosotros quiere abandonar el último lugar donde tú viviste. Así que llegaron a un acuerdo por el cual el gobierno cubrirá un tercio del alquiler, lo que supondrá una diferencia enorme. No tendrán que trabajar tantas horas y yo no me sentiré una carga tan costosa. A nosotros ya nos has ayudado, hermanita.
Así que ahora es el turno de que te ayude yo. Me ha ido bastante bien en Python desde que te fuiste, y he programado una web donde podemos transmitirnos datos codificados de un lado para otro. Si puedes enviar los datos que encuentres en Europa a la dirección de dominio que se encuentra enlazada aquí, entonces yo podré ponerlos en el buscador (lo que imagino que tú no podrás hacer con toda la supervisión de la nave). Y entonces, con suerte, podré completar algunos de los espacios en blanco.
Para mayor seguridad, la web reconoce un solo idioma: el farsi (¡desearía poder contárselo a Mamá y a Papá! ¿Recuerdas cómo nos arrastraban literalmente para que fuéramos a la escuela farsi?). También he programado la página de inicio para que redireccione a un blog de teoría sobre el agujero espacio-temporal, así cualquiera de la NASA que esté siguiendo tus movimientos on-line simplemente pensará que se trata de otra obsesión nerd. ;)
Bueno, alguien llama a la puerta. Creo que es la hora de la cena de despedida que se organiza para las familias de los Seis Finalistas. Lo que me recuerda que ayer pregunté a algunos empleados del ISTC cómo podría contactarme con tu amigo Leo y no me dijeron nada. Aunque el doctor Takumi me dijo más tarde que me pasara por su oficina antes de irme, así que tal vez esté planeando darme los datos de contacto de Leo ahí. Te mantendré al tanto.
Cuídate allá arriba.
Te amamos.
S.
La vista es lo que lo hace real. Durante el despegue, aún podía fingir que estaba dando una vuelta en la montaña rusa más terrorífica de mi vida, si apretaba los párpados con fuerza y congelaba mis emociones durante esos ocho minutos y medio. Pero ahora estamos aquí, muy por encima de la estratósfera, y los sonidos de celebración que emergen de mi auricular no me dejan otra alternativa que no sea abrir los ojos.
Me desabrocho el cinturón de seguridad y mi cuerpo comienza a elevarse. La sensación de ingravidez es emocionante, como nadar sin agua. Floto hacia la ventana de la cúpula de la cabina, golpeando y empujando levemente a mis compañeros de tripulación en el camino. Los seis nos movemos con torpeza durante los primeros minutos de gravedad cero. No importa que hayamos practicado esto más de una docena de veces en el Cometa del Vómito, en el campamento espacial: todo se vuelve más difícil ahora que es real.
Miro por la ventana y la vista me pone la piel de gallina. Parece como si hubiera despertado dentro de uno de los pósters que pegaba en la pared cuando era una niña, con la oscuridad envolviéndolo todo y las estrellas como manchas plateadas asomándose entre el negro. Y entonces, justo debajo de nuestra nave, veo la enorme curva de azul y blanco, protegida tan solo por el estrecho aro brillante de la atmósfera. La Tierra se ve tan frágil, tan indefensa, desde aquí arriba. De pronto, todo lo que he estado reprimiendo en mi interior hasta ahora sale a la superficie. Un sollozo se me clava en la garganta, una ola de tristeza tan intensa que, por un segundo, soy incapaz de respirar. Hasta que una voz conocida me saca de mis pensamientos.
—¡Bien hecho tripulación! Felicidades por el éxito del lanzamiento.
Es la general Sokolov, nuestra comandante en Tierra, que nos habla desde el Centro de Control de Houston.
—Vuestros seres queridos y el público en la Tierra están muy emocionados por haberos visto lograr este primer paso fundamental para la misión —continúa inusualmente contenta—. Cuando habéis alacanzado los 330.000 pies2 de altura, el Módulo de Residencia de Pontus adjunto a la cabina se ha inflado automáticamente hasta alcanzar su tamaño completo. Vuestro hogar en el espacio ya está abierto y podéis acceder a él por la cámara de descompresión. Con excepción de Jian Soo y Cyb, por supuesto, el resto de vosotros no volverá a ver esta cápsula hasta llegar a Marte.
Recorro la habitación con la mirada, miro a cada uno de mis compañeros de tripulación y me pregunto si alguno estará sintiendo lo mismo que yo, esta sensación de pánico que aumenta a medida que cortamos lazos con la Tierra, o si simplemente están emocionados de alejarse, de escaparse de nuestro planeta agónico antes de que nos mate a nosotros también. Es imposible adivinar lo que están pensando ya que apenas los conozco, con excepción de uno: el único que desearía no haber conocido nunca. Beckett Wolfe merodea a mi alrededor hasta que toma uno de los pasamanos para estabilizarse y yo me alejo de él lentamente, sujetándome al respaldo de uno de los asientos para evitar que mi cuerpo vaya a la deriva. Yo sé de lo que es capaz, sé que no dudaría en sabotear a cualquiera de nosotros de la misma manera que lo hizo con Leo. Cuando lo miro vuelvo a sentir náuseas. En su rostro simplemente descansa una expresión de autosatisfacción, como la de alguien cuya vida consiste en salirse siempre con la suya. Supongo que es la ventaja de ser rico y, por lo tanto, poderoso. El privilegiado sobrino del Señor Presidente.
—Ahora podéis dejar los trajes espaciales para que se recarguen en la cámara de descompresión. Luego, id directos al Área de Comunicaciones, donde encontraréis otro mensaje de mi parte y del doctor Takumi —nos indica la general—. ¿Copiado?
—Copiado —responde Dev, nuestro comandante abordo. Nos hace una seña para que avancemos y todos lo seguimos a la cámara de descompresión, menos Cyb que se queda a cargo de la cabina de control. Antes de desaparecer por la compuerta de metal, me doy vuelta para mirar la cápsula una vez más, es el último lugar en el que todavía he podido sentir que la Tierra estaba debajo de mí.
Los seis nos paramos en los receptáculos de carga de los trajes espaciales, que se encuentran en fila dentro de la cámara de descompresión. Estos receptáculos utilizan unas pinzas mecánicas para quitarnos las pesadas estructuras de tela de encima. Puedo oír los cargadores gorgotear y zumbar mientras salimos de la cámara por la compuerta, hasta el cuerpo de la nave.
Flotamos a través de la escotilla, igual que en un túnel, hasta llegar al Módulo de Residencia, donde nuestros pies aterrizan con un paf sobre el suelo blanco. Este momento me arranca la primera sonrisa de verdad en el espacio. El diseño es una genialidad: una estancia con gravedad artificial creada transformando el módulo en una centrifugadora en permanente movimiento. Es el trabajo de mi heroína, la doctora Greta Wagner y, por enésima vez, me pregunto qué pudo haber pasado para que retiraran de nuestra misión a una figura tan esencial.
De camino hacia los cuartos principales de la tripulación, dejamos atrás aún más magia tecnológica: desde un refugio con triple sellado para tormentas solares, hasta un invernadero artificial donde las hojas de lechuga y otras plantas crecen como bebés prematuros en una incubadora. Y, por fin, llegamos a la Residencia de los Astronautas.
Me quedo boquiabierta cuando llegamos al primer piso, miro hacia arriba y veo un atrio que se eleva rodeado de seis niveles de espacio habitable. En el centro del atrio hay una cápsula transparente con destellos plateados para que nos movamos de arriba y abajo entre cada piso y, en el techo, una ventana nos brinda una vista constante de las estrellas.
—Guau —murmura Sydney, haciéndose eco de mis pensamientos.
—Definitivamente, esto supera las réplicas del campamento espacial —dice Jian.
Miro a nuestro alrededor, queda claro que nos encontramos en el Área de Comunicaciones. Hay tres escritorios con pantallas táctiles que parpadean, sujetados al suelo junto con unas sillas giratorias blancas a juego. Una pantalla 5K-HD cubre prácticamente toda la pared y muestra una presentación de imágenes con los buenos deseos de personas de todo el mundo que nos alientan. Al poco de haber entrado en la sala, una luz roja empieza a parpadear encima de nosotros, seguida por un audible clic. Levanto la vista y veo una cámara incrustada en la pared, a pocos centímetros de mi cabeza. La lente apunta fija hacia mí.
—Ya están observándonos —digo con esa conocida punzada de incomodidad que conozco bien desde el campamento espacial. Hay algo tan… tan en el límite de lo aterrador en el hecho de estar frente a una cámara las 24 horas, los 7 días de la semana. Es el reality show en el que nunca tuve intención de participar, transmitido para toda la Tierra.
—No las habrán puesto en nuestras habitaciones y baños, ¿no? —pregunta Minka Palladin, nuestra compañera de tripulación de Ucrania, mientras cruza los brazos sobre el pecho y mira a la cámara con recelo.
—Por supuesto que no.
Nos damos vuelta de un salto cuando un rostro que conocemos bien llena la pantalla. Vistos en primer plano, sus rasgos parecen exagerados: los feroces ojos negros remarcados por las gruesas cejas y las profundas grietas de la piel, donde los años han ido dejando su huella. La diferencia entre la imagen del doctor Takumi y la presentación que estábamos viendo hasta entonces es abismal. Él fija su mirada penetrante en nosotros a través de la pantalla y luego esboza una sonrisa que lo hace parecer otra persona: alguien con corazón. Pero yo lo conozco bien.
—¡Bienvenidos al espacio, nuestros seis elegidos! —El doctor Takumi prolonga las palabras para darles un mayor efecto. —Contadme, ¿qué os parece todo?
Respondemos con algunos balbuceos: «increíble», «extraño», «emocionante», «psicodélico», mientras Beckett Wolfe grita:
—¡Jodidamente fantástico! —pongo los ojos en blanco. Tiene que ser el pelota del jefe incluso aquí arriba.
—Bien —el doctor Takumi asiente con la cabeza y la cámara se aleja para mostrarlo en su escritorio, que parece un trono, en el campus de ISTC. La general Sokolov está de pie, a su lado. Van vestidos con sus respectivos uniformes de negro y rojo, dos colores que ahora asocio con ellos: el negro para el traje del doctor Takumi, con el logo del ISTC resplandeciente en el pecho, y el rojo de la chaqueta de piloto del Roscosmos y el pantalón militar de la general.
—A partir de ahora, tenéis tiempo hasta la primera parada en la órbita de Marte y vuestro destino final, Europa. Pero estos meses en ruta no serán de ocio para vosotros —continúa el doctor Takumi—. Tenéis una nave que proteger, un cultivo artificial que cuidar y más entrenamientos que seguir para vuestra nueva vida en una nueva luna. Y, por supuesto, el primer tramo del viaje requerirá de la mayor precisión y concentración, con correcciones de rumbo constantes durante el vuelo, mientras nosotros monitoreamos la fuga de combustible de la nave de abastecimiento que se encuentra en Marte.
Se me encoge el estómago ante el recordatorio de esta traba en el plan. La única manera de que tengamos suficiente comida y sistemas de soporte para la vida en Europa es recoger los materiales de la nave de abastecimiento, que actualmente se encuentra en un bucle infinito alrededor de Marte, donde se ha quedado estancada desde la frustrada misión Athena, hace ya cinco años. Cuando SatCon descubrió la fuga de combustible, justo antes de que llegáramos al Campamento de Entrenamiento Espacial, nos enteramos de que esa caja de suministros con la que habíamos estado contando para sobrevivir estaba en peligro: cada día que pasa perdiendo combustible hace que la nave se desplace un más y más de su alineamiento inicial. Si se desliza fuera de la trayectoria del Pontus, podríamos perderla completamente, y si se aleja de la órbita antes de que lleguemos allí… bueno, ambos escenarios acaban con nosotros muriendo de hambre. Así que todo depende de que lleguemos a tiempo para el encuentro en Marte y el acoplamiento con la nave de abastecimiento, antes de que la perdamos para siempre. No es una tarea fácil.
—El doctor Takumi y yo participaremos activamente en cada paso del camino, observando y monitoreando el progreso y llevando a cabo el entrenamiento desde la Tierra —interviene la general Sokolov—. Así que, si habéis sentido miedo de quedaros los seis solos allá arriba, con todo lo que está en juego, solo recordad que continuaremos siendo vuestros líderes durante cada día de este proceso.
Oigo que Minka exhala y veo a Dev sonriendo de alivio a la pantalla, pero, a diferencia de mis compañeros de tripulación, lo último que quiero es que las dos cabezas del ISTC se mantengan omnipresentes. El hecho de verlos detrás de la cámara, controlando nuestros sistemas, me recuerda que estamos a merced de esta pareja hermética y poderosa.
—Pero —agrega la general— nuestra participación solo puede llegar hasta cierto punto —se me hiela la sangre con el cambio de tono—. Cuanto más os alejéis de la Tierra, mayor será el tiempo de decalaje que habrá en nuestra comunicación. A medida que os acerquéis a Marte, podéis esperar un intervalo de entre cuatro y diez minutos entre que enviáis y recibís mensajes del Pontus a la Tierra, y viceversa. Cuanto más cerca estéis de Júpiter, la demora aumentará aproximadamente hasta cuarenta minutos de cada lado.
Asiento con la cabeza, impaciente. No me están diciendo nada que no sepa. El tiempo de demora siempre ha sido una de las principales dudas que he tenido sobre esta misión. Quiero decir, ¿de cuánto podría servir una señal de SOS si tenemos que esperar al menos unos ochenta minutos para obtener una respuesta? Podríamos estar todos muertos en mucho menos tiempo. Se supone que por eso el ISTC incluyó dos robots en nuestra misión, Inteligencias Artificales (IAs) superiores y programadas para resolver casi cualquier crisis. Y de pronto, en un instante, recuerdo la conversación en el Air Force One y las palabras que no pude soportar oír. El anuncio de la general tiene que ver con… ¿eso?
—Como pueden pasar muchas cosas en ese período de tiempo, sobre todo durante la maniobra en Marte que ya mencionamos, uno de vostros asumirá el rol de líder en nuestro lugar, siempre que no nos podáis localizar ni al doctor Takumi ni a mí —revela—. Durante esas horas, da igual cuanto duren, cinco de ustedes seguirán las órdenes del líder de facto, una persona en la que confiamos y que tomara las mejores decisiones para todos.
Allá va. Me preparo para lo inevitable.
—Espere un segundo —interrumpe Sydney—, ¿no es el trabajo de Cyb ser nuestro capitán?
—Desde el punto de vista del pilotaje y la navegación, sí. Pero en lo que se refiere a vosotros seis, cuando haya que tomar decisiones humanas, la palabra final la tiene…
Trago con dificultad, mirando con furia hacia el suelo.
—Beckett Wolfe.
—¿Qué? — sueltan Dev y Sydney al unísono, mientras Jian se queda atónito. Los ojos de Beckett recorren al resto de nosotros de prisa, con una media sonrisa asomándo en su rostro. Aprieto los labios, es todo lo que puedo hacer para no lanzarme sobre él y borrarle esa expresión de un golpe.
—Discúlpeme —dice Dev mientras tose—, solo me pregunto si se trata de… quiero decir que esto es un error, ¿verdad? Porque usted y el doctor Takumi me nombraron comandante en jefe antes de partir y eso supera a Beckett como especialista submarino.
—También está el copiloto —añade Jian apretando los puños. Ahora que estamos a un mundo de distancia, parece que ya nadie tiene miedo de enfrentarse a nuestros líderes.
La general frunce el ceño en señal de desaprobación.
—Definitivamente, no tendría que explicaros esto. El copiloto se ocupa principalmente de asistir a Cyb en la cubierta de vuelo, mientras que el comandante en jefe funciona como la mano derecha de quien sea que nosotros elijamos como líder —dice con sequedad—. Y, en nuestra ausencia, será Beckett.
Dev parece indignado y a mí me consuela un poco ver que no soy la única que se siente así con respecto a mi compañero estadounidense. La idea de que tenga algún tipo de poder sobre mí me repugna, pero, sobre todo, no tiene sentido. ¿Qué influencia tiene Beckett sobre Takumi y Sokolov, y por qué?
