Los seis finalistas - Alejandra Monir - E-Book

Los seis finalistas E-Book

Alejandra Monir

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Beschreibung

Después de que el cambio climático ha convertido a la Tierra en un lugar peligroso para vivir, el destino de la población descansa sobre los hombros de los últimos seis que explorarán un nuevo planeta. El entrenamiento intenso, el escrutinio global y los adversarios asesinos son solo algunos de los obstáculos que los competidores deberán afrontar. Para Leo, la posibilidad de viajar a Europa, la luna de Júpiter, para ayudar a restablecer a la humanidad es el propósito que ha estado anhelando desde que perdió a su familia en las inundaciones de Roma. Naomi, después de enterarse de una misión espacial similar que fracasó misteriosamente, sospecha que no se está explicando todo lo que está en riesgo. En la carrera hacia las últimas seis vacantes, las pruebas se vuelven más desafiantes, incluso mortales.

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Seitenzahl: 410

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Los Seis Finalistas

Los Seis Finalistas

Alejandra Monir

Índice de contenido
Portadilla
Legales
Los Seis Finalistas

Monir, Alexandra

Los seis finalistas / Alexandra Monir. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2020.

Archivo Digital: descargaTraducción de: Karina Benitez. ISBN 978-987-609-766-6

1. Narrativa Infantil y Juvenil Estadounidense. I. Benitez, Karina, trad. II. Título.

CDD 813.9282

© 2018 by Alexandra Monir

© 2019, Editorial Del Nuevo Extremo S.A.

Charlone 1351 - CABA

Tel / Fax (54 11) 4552-4115 / 4551-9445

e-mail: [email protected]

www.delnuevoextremo.com

Imagen editorial: Marta Cánovas

Traducción: Karina Benítez

Corrección: Mónica Piacentini

Diseño de cubierta: WOLFCODE

Diseño interior: Dumas Bookmakers

Primera edición: marzo de 2019

Primera edición: agosto de 2019

Primera edición en formato digital: noviembre de 2019

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

Inscripción ley 11.723 en trámite

ISBN edición digital (ePub): 978-987-609-766-6

Para el verdadero Leo:

Mi hijo,

Mi corazón,

Mi amor

1

LEORoma, Italia

ALGO RARO PASA CUANDO no te queda nada por qué vivir. Tu existencia pierde todas las curvas intensas. Ya no hay bajadas empinadas, ni colinas para subir. Los colores se desdibujan y se confunden entre sí hasta que tu entorno se transforma en un manojo de formas y figuras sin sentido, pintadas en el mismo tono de gris. No hay nada que, de pronto, pudiera sorprenderte o revivir aquellas viejas sensaciones de alegría o temor. Ningún humano podría ser tan insensible ni estar tan adormecido como tú. Y entonces, justo cuando estás adentrándote en la aburrida rutina, algo se quiebra. Nunca más.

Espero que no me juzguen duramente por lo que estoy por hacer. La verdad es que no estoy seguro de haber podido elegir alguna vez. Este día me está llamando hace un año desde que el agua subió y se tragó a nuestra ciudad. Se supone que yo soy uno de los “afortunados”, porque sobreviví, pero eso no podría estar más alejado de la realidad. No tiene nada de afortunado oír los gritos de los que murieron cada vez que cierras los ojos o despertarte solo cada mañana y verte obligado a recordarlo todo otra vez. El horror nunca se relaja. Te sigue adonde sea que vayas, respirándote en la nuca, susurrándote en el oído.

Levanto la vista hacia el reloj, los números parpadean las 4:35 a.m. Es hora de que emprenda la salida, antes de que los vecinos despierten y me vean. Pero primero, me permito echar un último vistazo a la casa... o a lo que queda de ella.

El cuarto piso de nuestra pensione, alguna vez conocido como la Suite Michelangelo, es todo lo que sobrevivió a la inundación. La marea alta y las oleadas de la tormenta destruyeron los primeros tres pisos ese día, sentenciando a todos los que estaban en esas habitaciones al peor tipo de muerte. Yo debería haberme ido con ellos. Me habría ido si no hubiese sido por la pareja que estaba en la Suite Michelangelo y solicitó servicio a la habitación, lo que me hizo ir al último piso con una bandeja de desayuno en el momento en que las olas atravesaron las ventanas de abajo. Se podría decir que esos huéspedes hambrientos y esta habitación me salvaron... pero ¿por qué? ¿Por qué yo debía sobrevivir con una pareja de extraños cuando mi familia se estaba ahogando?

Mis ojos permanecieron en los restos que rescaté del piso tapado por el mar. Las pantuflas deshilachadas de Papá sobre la otomana, junto a la novela de Elena Ferrante de Mamá, con la punta de la página 152 doblada para marcar donde ella había quedado. La tinta está corrida, las palabras se resbalan juntas como lágrimas, pero aun así puedo ver que la página termina en una oración incompleta. Una cosa más que Mamá no llegó a terminar.

Angélica me sonríe desde su última foto escolar, y yo levanto del estante el marco de plata roto. Observo los ojos resplandecientes y la sonrisa con hoyuelos de mi hermana pequeña por última vez, y memorizo sus rasgos. Luego, tomo aire y empujo hacia atrás la pesada chapa que cubre la puerta y evita que entre la marea.

Esta habitación solía abrirse a un pasillo luminoso lleno de pinturas a los costados que rodeaba una escalera de piedra... pero eso era antes de La Gran Inundación, la inundación más tremenda que haya sufrido Roma. Ahora, el mar Tirreno baña el umbral de la puerta y, cuando me animo a salir, solo una pequeña plataforma de madera me separa del agua.

En esta nueva Roma, el único lugar adonde ir es hacia arriba. Cada estructura que queda tiene una plataforma o un muelle improvisado como el mío que se conecta con la passerelle: pasarelas elevadas bastante por encima del suelo que nos llevan, como un mapa, a los lugares a los que más necesitamos ir. Los pisos superiores de la basílica, del hospital, de la municipalidad, el café Wi-Fi, e incluso las aulas que quedan de la escuela pública son accesibles desde aquí. Claro que la mayoría de nosotros dejó de ir a clases después de la inundación. El café Wi-Fi es el lugar de encuentro más común para los sobrevivientes y hacia donde, por lo general, yo mismo estaría dirigiéndome en un par de horas para mirar las noticias con mis vecinos y escuchar los recuentos de catástrofes similares que están causando estragos en otras partes del mundo. Es el recordatorio diario que tenemos de que la Tierra no nos odia solo a nosotros.

Todos hemos visto las fotos estremecedoras del Times Square de Nueva York, con su avenida principal llena de luz trasformada en un río profundo, demarcado por los techos de los teatros hundidos de Broadway. Hemos seguido los informes interminables de los medios de comunicación sobre el curioso caso de la desaparición de nuestras playas, desde América hasta Australia y más allá. El cambio del mar afecta a todos, ricos y pobres por igual.

Para aquellos que quieren viajar por el Tirreno, cada uno de nuestros muelles alberga un pequeño bote de madera a motor. Suena como si fuera fácil salir, ¿no? Saltas al bote y conduces al norte hacia Toscana, dejando atrás esta ciudad que se hunde... Solo que no es tan simple. La marea en aumento y las olas violentas hacen que el viaje de horas sea peligroso, y aquellos que efectivamente llegan a la región de la Toscana se encuentran con que es un caos por la cantidad de gente. Tampoco es precisamente fácil deslizarse desde aquí hasta la estación de tren o el aeropuerto. Hay una lista de espera de meses para escapar, y solo aquellos forrados en dinero pueden darse ese lujo. Incluso si llegas a arreglártelas para salir, ¿quién puede asegurar que la nueva ciudad o país de refugio no será el próximo lugar arrasado por la barrida destructiva del clima?

No siempre me rendí fácilmente. En los primeros meses después de la inundación, yo estaba, como cualquier otro sobreviviente, peleando para mantenerme con vida. Algunos de mis vecinos tenían una red de seguridad: parientes en las regiones secas que podían recogerlos, o cuentas bancarias llenas de ahorros que los ayudarían a recuperarse. Yo no. No podía hacer nada más que esperar a que los fondos de ayuda para los afectados por catástrofes de la UE siguieran su curso hacia mí, si realmente llegaban. Así que encontré mi propio camino.

Sabía que había tesoros en el fondo del mar, recuerdos por los que mis vecinos pagarían una fortuna, pero ninguno de ellos se metería en el agua donde tantos murieron. Solo que yo estaba lo suficientemente hambriento, lo suficientemente desesperado y podía sobrevivir si me zambullía en lo profundo. Lo había hecho antes sin ningún equipo de respiración, en los días en que competía en nado, solo que entonces simplemente alardeaba frente a mis compañeros de equipo. Ahora, mi habilidad podría mantenerme vivo. Así que me convertí en un buscador de tesoros.

En mi primera semana, desenterré la Madona de Foligno,de Rafael de entre los escombros del Vaticano. Estaba tan dañada por el agua que apenas se podía distinguir a la Virgen María y al Niño en primer plano, pero yo sabía que alguien vería el valor que tenía. Y tenía razón. La pintura me pagó las comidas por un mes. En mi segunda semana, encontré una bolsa de monedas conmemorativas de 2004, cuyo símbolo hacía referencia al centenario de la Madama Butterfly,de Puccini. Valían solo cinco euros cada una, pero al ser artículos de colección, logré venderlas por el doble.

Así continué, buscando y vendiendo mientras cada día se fundía con el siguiente, hasta que encontré las verdaderas riquezas, apoltronadas juntas sobre un lecho de algas. Las pantuflas de Papá, el libro de Mamá, y la fotografía de Angélica estaban justo ahí, esperándome. Tenía que ser más que una coincidencia que estas tres pequeñas reliquias se las ingeniaran para permanecer entrelazadas. Era una señal. Y en ese momento, con el rostro de mi hermana mirándome fijo, me di cuenta de lo que había estado haciendo: saqueando y beneficiándome de los muertos. La culpa reemplazó al hambre en mi estómago, y me prometí a mí mismo que nunca más lo haría.

Desde entonces, todo lo que he querido hacer es unirme a ellos.

Sujeto con una correa la pesada mochila sobre mis hombros y abro la puerta, y salgo a la plataforma de la pensione. El agua fría se lanza contra mis pies, el cielo oscuro se va cerrando alrededor de mí. Y entonces salto.

El agua turbia me llega al cuello. Simplemente podría dejarme ir, justo aquí... pero no puedo hacerlo frente a mi hogar. Comienzo a nadar, y persisto contra el peso de la mochila al dirigirme hacia el centro más profundo, donde se encuentra el Coliseo a medio hundir, entre las olas. Las palabras de un poema de Lord Byron que aprendí en la escuela resuenan en mi mente mientras nado, haciendo que el camino a las ruinas sea cada vez más corto.

Mientras exista el Coliseo, Roma existirá;

Cuando el Coliseo caiga, Roma caerá;

Y cuando caiga Roma… el Mundo.

Me sujeto de uno de los arcos del Coliseo y apoyo la frente contra la piedra en un adiós silencioso. Y luego me dejo ir, deslizando la cabeza bajo el agua, relajando el cuerpo como un trapo. Me dejo caer.

El gusto desagradable del agua de mar me llena la boca, y amenaza con sofocarme si no me sumerjo primero. Puedo oír las olas estrellándose por encima, sentir que la marea comienza a hacer su labor, y me empuja hacia abajo, más y más.

La adrenalina que siento alcanza su máximo brevemente y yo podría jurar que oigo la voz de Angélica gritándome al oído: —¡Nada, idiota! ¡Nada! —Pero yo mantengo los ojos bien cerrados e ignoro cualquier instinto físico que me ruegue moverme, y, en cambio, dejo que el agua se apodere de mí.

Si me vieran ahora, no creerían lo buen nadador y atleta que solía ser. La verdad es que podría impulsarme hacia la superficie en cuestión de segundos si quisiera. Pero ese es el problema. No quiero.

Mis pensamientos se desdibujan ahora, proyectando una película extraña y desordenada solo para mí. El sueño está llegando; lo puedo sentir. Y entonces...

Un motor ruje. Olas pequeñas se forman por encima.

Conozco ese sonido. Es un... un bote.

Solo debo mantener los ojos cerrados y dejar que la niebla del adormecimiento me empuje más hacia el abismo. Pero aún tengo la mente medio despierta advirtiéndome que la presencia de un bote significa que algo va mal. Ningún vehículo está autorizado a cruzar el agua fuera de las horas del día, una de las tantas reglas nuevas impuestas desde La Gran Inundación. Claro que la guardia costera siempre tiene la opción de evadir esta regla, si divisan que alguien está en peligro.

Y así de simple, la niebla frente a mis ojos desaparece. La conciencia regresa, el deseo de muerte es reemplazado por algo más... Vergüenza. Sé que no puedo dejar que este guardacostas inocente salte al mar profundo y luche con la marea solo para salvarme. Ese no puede ser mi acto final.

Escupo el agua de la boca y contengo la respiración, me libero de la mochila y empujo el cuerpo hacia arriba. Mis brazos y piernas débiles comienzan a moverse volviendo a la vida cuando finalmente escucho a mi hermana pequeña decir: Nada.

Mi cabeza toca la superficie. El aire, ¡dulce y hermoso aire!, me llena los pulmones, y yo respiro con dificultad, aferrándome a él.

El zumbido del motor se acerca, y yo me elevo agitando los brazos.

—¡Aquí estoy! —trato de gritar, aunque tengo la voz cansada y apenas sale un sonido—. ¡No saltes!

Pero cuando el bote se hace visible, me quedo boquiabierto. No es un bote guardacostas. Es un elegante catamarán, con letras pintadas en azul a un costado que revelan un logo conocido: European Space Agency (ESA)(1).

De todos los lugares que hay, ¿qué hace aquí la ESA? ¿Por qué ahora?

Un hombre y una mujer están en la proa de la embarcación con expresiones similares de extrema concentración mientras examinan los alrededores. La mujer tiene puesto el uniforme azul oscuro de las fuerzas armadas de Italia, el hombre tiene un traje con una camisa de la ESA debajo del blazer. Por suerte, ninguno de ellos parece verme.

Creí que ya nada podía sorprenderme, pero estaba equivocado. En lugar de hundirme hacia el fondo del mar, ahora estoy nadando en la estela del bote. Lo que sea que la ESA está haciendo aquí, en las ruinas de nuestra ciudad, debe ser algo grande y no quiero perdérmelo.

Sigo el ritmo del bote; nado de pecho a través del último tramo de agua agitada, hasta que llegamos a los muelles improvisados. Ahora puedo ver mi casa deteriorada; el cartel de Pensione Danieli aún cuelga con optimismo del techo. Y entonces, cuando los primeros rayos de luz de la mañana se filtran a través del cielo, el bote gira hacia el Palazzo Senatorio, nuestra municipalidad. En la escalera de entrada del frente, que sobresale sobre el agua, se encuentra esperando el Primer Ministro Vincenti con su esposa Francesca, y su hija Elena, la mejor amiga de mi hermana.

Vuelvo a zambullirme bajo el agua y contengo la respiración mientras amarran el bote. No puedo dejar que ninguno de ellos me vea. Ni Dios sabe cómo respondería sus preguntas.

Luego de lo que parece una eternidad, vuelvo a salir a la superficie. El primer ministro y su esposa ingresaron junto con los dos de la ESA, pero Elena sigue allí, inclinando una cámara frente al bote de la agencia espacial. Cuando levanto la cabeza sobre el agua, un destello de luz se dispara frente a mis ojos. Parpadeo rápidamente y miro, mientras Elena hace una doble toma. Mierda. He salido en la foto.

—¿Leo? —Ella se apresura hacia el borde del muelle. —¿Qué estás haciendo?

Podría inventar una historia: le podría decir que simplemente me dieron ganas de nadar al amanecer. Pero nadie lo creería en estas aguas traicioneras, y, de todos modos, nunca fui muy bueno para mentir. Se me notaría la vergüenza que siento en toda la cara.

—Ciao, Elena —respondo, tratando de que mi voz suene lo más normal posible—. Es... una larga historia. Nada importante.

Ella me mira de costado, y yo sé que ahora no hay manera de librarme de ella. Mejor tengo esta conversación inevitable en tierra firme.

Nado hacia delante, acortando la distancia entre nosotros, y luego me tomo de la parte de abajo del muelle de madera y reúno fuerzas para empujarme hacia arriba sobre el borde. Me pongo de pie sobre piernas temblorosas, la ropa empapada forma un charco alrededor de mí. Elena levanta una ceja.

—Al menos te acordaste de sacarte los zapatos antes de saltar. ¿Por qué no te sacaste la ropa también? —Dos manchas rosas aparecen en sus mejillas. —Eso sonó mal, quiero decir… mmm, déjame buscar algo para que te seques. Espera aquí.

—Gracias. —Evito mirarla a los ojos, pero no por vergüenza. No puedo mirar a Elena sin ver el espacio vacío donde debería estar mi hermana. Y ahora desearía no haber seguido nunca a ese estúpido bote, y no habría terminado aquí.

De pronto, un estruendo de pasos desciende a la pasarela elevada, acompañado del sonido de voces. Estiro el cuello para mirar. Mis vecinos están despiertos mucho más temprano de lo que deberían, y se están dirigiendo hacia la entrada del piso superior del Palazzo Senatorio.

Este día no deja de ser cada vez más extraño.

Elena regresa con un sobretodo enorme, y yo lo acomodo sobre mi ropa empapada. Puedo oír el comienzo de una pregunta que se forma en sus labios, pero la interrumpo.

—¿Qué está pasando? ¿Quiénes son esas personas del bote de la ESA y qué están haciendo en Roma?

Elena me mira fijamente.

—¿De verdad no lo sabes?

—Por lo visto, no.

—Es la convocatoria del reclutamiento. ¡Hoy van a anunciar quiénes son los Veinticuatro!

—¿Los Veinticuatro? —repito. Las palabras me resultan familiares, como un sabor olvidado en la lengua. Ense-guida mi mente vuelve hacia atrás en el tiempo, antes del hundimiento de Roma, antes de que yo lo perdiera todo. Y entonces…

—Europa.

Elena asiente con una leve sonrisa que ilumina sus rasgos.

Los recuerdos se sienten como fragmentos de otra vida. Puedo recordar estar sentado frente al televisor con Angélica y nuestros padres, los cuatro pendientes de la conferencia de prensa en vivo de las Naciones Unidas, en la que los líderes del mundo declararon un estado de guerra entre la humanidad y nuestro medio ambiente. Recuerdo al funcionario del gobierno que se presentó en nuestra puerta con folletos sobre la Misión y el Reclutamiento Europa, con una descripción del plan para movilizar astronautas jóvenes, para construir un nuevo hogar en la luna más prometedora de Júpiter, Europa. Luego llegaron los forasteros, que se infiltraron en nuestra escuela durante la semana siguiente: los llamaban “exploradores”, y nos examinaron en busca de los candidatos adolescentes perfectos para el Reclutamiento Europa. Porque, como dijeron los científicos por televisión: “Solo los jóvenes pueden tolerar las bacterias inmunes a la radiación que permitirán a los humanos desarrollarse en las condiciones actuales de la luna de Júpiter. Solo los jóvenes seguirán siendo fértiles y capaces de procrear en Europa para cuando esté terraformada y lista para un asentamiento humano completo”.

Esos días emocionantes se esfumaron, como un sueño arrebatado por la inundación. Creo que nunca pensé que de verdad seguirían adelante con toda la extravagante idea.

Vuelvo a mirar a Elena.

—Entonces, ¿estás diciendo que ellos ya eligieron a los finalistas? Pero, ¿por qué la ESA y la NASA no anuncian los nombres online y listo? ¿Para qué hacer todo este viaje…?

Me freno en seco; el darme cuenta prácticamente me deja sin aliento.

—¿Uno de los finalistas es de Roma?

—¡Sí! Apasionante, ¿no? A menos que sea yo... entonces me dará un paro cardíaco. —Elena se estremece. —Van a anunciar quién es en una conferencia de prensa transmitida en vivo a las cinco y media.

—¿Es en serio? ¡Tenemos que entrar!

Me largo a correr, ignorando las protestas de Elena acerca de que no puedo ingresar al Palazzo descalzo y chorreando agua. No hay manera de que me pierda esto, no cuando uno de mis amigos o vecinos está por ser nombrado finalista para ir a la luna de Júpiter. Puedo ver a mi padre abriendo y cerrando los puños de orgullo porque un romano fue elegido, mientras que mi madre se llevaría la mano a la boca de manera dramática como siempre, dividida entre la emoción por todo lo que está pasando y el dolor por los padres que quedan atrás.

La entrada del pórtico de la municipalidad se hundió en la Gran Inundación junto con los pisos inferiores, así que corrí directamente desde el muelle hasta la galería cubierta que lleva al piano nobile, el nuevo piso principal. En el interior, los viejos Maestros sobre las paredes están cubiertos con una lámina de plástico que los protege del daño del agua, mientras que los techos pintados de forma tan elaborada están estropeados por las rajaduras. Pero se mantiene el antiguo bullicio de la actividad, y yo sigo el sonido de las voces dentro del Salón Neogótico, un gran vestíbulo que aún se encuentra de pie, gracias al soporte de sus columnas de mármol. Una araña de vidrio se balancea débilmente desde el techo, un vestigio precario de los días anteriores a la inundación.

En casi cada centímetro cuadrado de la habitación hay compañeros sobrevivientes: “los Últimos Romanos”, como nos llaman en los medios de comunicación. Todos observan, embelesados, mientras la oficial de las fuerzas armadas de Italia y su acompañante del bote de la ESA se acercan al estrado en el frente del salón, flanqueados por el primer ministro y su esposa. Un grupo de tres camarógrafos se encuentra cerca y en posición, con los equipos listos. Mi pulso se acelera.

—Debo ir con mis padres, pero hablemos más tarde, ¿está bien? Aún tienes que decirme qué estabas haciendo cuando te encontré. —La voz de Elena sobre mi hombro me toma por sorpresa. Casi había olvidado que ella seguía allí, mirándome mientras el agua gotea de mi ropa hacia el piso.

—Está bien —respondo con un movimiento de cabeza, aunque cuento con que el anuncio de la ESA desvíe la atención. —Gracias, Elena.

—Buongiorno. —El Primer Ministro Vincenti se acerca al micrófono, su voz retumba en el salón. —Gracias por acompañarnos esta mañana, en este día que, sin dudas, hará que Roma vuelva a sentirse orgullosa. Puedo ver que todos ustedes están tan ansiosos como yo por oír las noticias, así que no los haré esperar. Por favor, démosle la bienvenida a la sargento Clea Rossi, de las Fuerzas Armadas de Italia, y al doctor Hans Schroder, de la Agencia Espacial Europea.

Mientras la multitud aplaude, me meto a los apretones en un espacio bien en el fondo del salón.

El doctor Schroder da un paso adelante.

—Gracias, Primer Ministro, y a todos ustedes hoy aquí presentes. Me complace enormemente estar en Roma. Pensé que tal vez nunca volvería a transitar esta ciudad en mi vida.

La multitud se queda en silencio. Todos sabemos a qué se refiere. Nuestra tierra natal está en creciente extinción, siguiendo los pasos de Bayas, la primera ciudad italiana que quedó bajo el agua.

—Como saben, la Misión Europa es el tema más urgente en nuestra agenda para el planeta —continúa él—. No vemos la hora de tener la oportunidad de terraformar y colonizar la luna de Júpiter. Así que, dicho esto, luego de más de un año de explorar y revisar innumerables informes médicos y académicos, me alegra poder anunciar que hemos seleccionado a nuestros veinticuatro finalistas. Estos adolescentes pasarán los próximos cuatro meses en el Campamento Internacional de Entrenamiento Espacial en Estados Unidos, y a su término, se elegirá un equipo final de seis que será enviado a Europa. —El doctor Schroder hace una pausa. —Y sí, entre los Veinticuatro hay uno de ustedes.

El salón se llena de una mezcla de ups, ovaciones y risas nerviosas. Doy un vistazo a mis vecinos a la izquierda y derecha, preguntándome sobre cada uno de ellos: ¿Serás tú?

—Sargento Rossi, ¿le gustaría hacer los honores?

El doctor Schroder da un paso hacia atrás, y deja el estrado a la sargento Rossi.

Ella se aclara la garganta, luego levanta la mirada hacia el público.

—El finalista de Roma, que partirá el lunes hacia el Campamento de Entrenamiento Espacial, fue elegido por sus extraordinarias habilidades de supervivencia, así como también una capacidad singular que podría resultar esencial para la Misión Europa.

Contengo la respiración, intentando asimilar la idea de que uno de mis propios amigos o vecinos se irá a Estados Unidos en solo dos días... y, probablemente, dejará el planeta por completo. Mantengo los ojos en la multitud, ansioso por capturar la primera reacción de quien sea el elegido.

—El finalista de Roma es...

La energía del salón se condensa y nos inclinamos todos hacia delante a la espera del nombre.

—Leonardo Danieli.

Esperen.

No... debe haber un error.

Ese es mi nombre.

—¡Él está por allá! —grita una voz.

Más de cien cabezas giran hacia mi dirección. Los camarógrafos vienen corriendo desde el frente del salón, sus lentes apuntan hacia mí. Elena, que se encuentra en el medio de sus padres, deja salir un sonido similar a un gemido y un alarido.

Me eligieron... a mí.

Uno de los camarógrafos mete un micrófono debajo de mi nariz.

—Leonardo Danieli, ¿qué pasa por tu mente en este momento? ¿Conmoción, miedo, emoción?

Se suponía que iba a morir hoy. Pero no lo hice. Si lo hubiese hecho, si no hubiese oído el bote y despertado...

—Yo... nunca imaginé que iba a pasar esto. —Mis palabras salieron a presión, resonando en el silencio del salón. Y estoy feliz, tan feliz, de no habérmelo perdido.

1- NT: Agencia Espacial Europea.

2

NAOMILos Ángeles, California

—ES UNA BROMA, ¿NO?

Miro fijamente a cada uno de los adultos que ocupan la oficina de la directora, a la espera de que alguno de ellos hable. ¿Qué se consigue cuando se junta a un adolescente del secundario, dos padres desconcertados, una ingeniera aeroespacial de la NASA, un oficial armado del ejército de Estados Unidos, y a la directora del colegio?

—Naomi —comienza la mujer de la NASA, pronunciando mi nombre con delicadeza, como si fuera a romperse—. No es una broma. De hecho, deberías sentirte muy orgullosa. Cada miembro de los Veinticuatro fue elegido por ciertas habilidades o un atributo que necesitamos para la misión. Tú fuiste elegida por tu mente brillante y la capacidad que tienes para las ciencias. Si llegas a formar parte de los Seis Finalistas, jugarás un papel fundamental.

Mis padres se agarran de las manos. Mamá suelta un sollozo, y un puño me aprieta el corazón. No puede ser, no puede ser que esté pasando esto... pero los rostros serios alrededor de mí confirman lo peor.

—¿Me está diciendo que fui seleccionada? —Mi voz es débil como un susurro.

El oficial del ejército, el mayor Lewis, asiente.

—Sí, aunque actualmente tu único deber es con el Campamento Internacional de Entrenamiento Espacial. El reclutamiento para Europa no se decidirá hasta que se complete el entrenamiento en el campo, momento en el cual serás dada de baja y enviada de vuelta a tu hogar o...

—O seré enviada a Europa —termino yo la oración—. Para siempre.

La oficina queda en silencio, salvo por el sonido del llanto de mi madre. Me levanto del asiento y me acerco a ella; la envuelvo con mis brazos mientras me pregunto cuántas veces más podré hacer esto. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que olvide cómo se siente abrazar a mi mamá y a mi papá, antes de que olvide el sonido de la voz de mi hermano?

—No pueden hacer esto. —Levanto la vista de manera suplicante hacia las figuras que se alzan frente a nosotros. —Si saben tanto sobre mí como dicen, entonces saben que tengo un hermano pequeño que me necesita. ¡No pueden separar a mi familia como si nada y enviarme lejos!

—Cariño —murmura mi padre, con la voz quebrada—. Es un reclutamiento. Eso significa que pueden hacer exactamente eso.

—La realidad aquí es que estamos en guerra —dice el mayor Lewis y me mira con el ceño fruncido—. Estamos en guerra con nuestro propio medio ambiente, y el hecho de que tú estés entre los pocos con una oportunidad de escapar te convierte en una de las afortunadas.

Ahhh, bueno. No me di cuenta de que ser sacada de la Tierra era algo por lo que tenía que estar agradecida.

Pero antes de que pueda responder, mi madre habla y me toma la mano entre las de ella.

—Por favor, no malinterpretes mis lágrimas, Naomi. Sí, se me parte el corazón ante la idea de separarme de ti, pero... agradezco que tengas otra oportunidad. —Ella me mira a los ojos. —Honestamente, no sé cuánto tiempo más podemos seguir así. Ya fuimos evacuados de tres hogares diferentes en menos de dos años... ¿quién sabe dónde estaremos mañana? Y tú sabes lo preocupada que he estado por todo el peso que perdiste por el racionamiento. Estamos viviendo en arenas movedizas, y si alguien puede salvarse de este destino... bueno, quiero que seas tú.

Ella cree en esto. Me quedo con la boca abierta al darme cuenta de que mi madre realmente cree en el despliegue publicitario, en que los Seis Finalistas pueden tal vez sobrevivir este sueño dorado de una misión. E incluso si ellos, ¿nosotros?, se las arreglan para lograr lo increíble, yo elegiría morir con mi familia cualquier día, antes que vivir con cinco extraños en la luna de Júpiter.

Pero cuando veo la esperanza escrita en el rostro de mis padres, dejo que las protestas que tengo mueran en mis labios. En cambio, me dirijo a la científica de la NASA, la doctora Anderson.

—Dice que el viaje incluye una excursión de reconocimiento a Marte para recoger las provisiones no utilizadas de la misión Athena y conseguir asistencia de gravedad para Júpiter, ¿correcto? Bueno, ¿cómo sabemos que esta misión no tendrá los mismos resultados que la de Athena? ¿Cómo sabe que no terminaremos todos...?

No me molesto en terminar la oración. Ellos saben cuál es la palabra que estoy buscando. Muertos.

—Es simple: Marte siempre fue un riesgo; la tripulación de Athena sabía que había grandes posibilidades de que el planeta resultara ser inhabitable. Pero la tragedia nos llevó a darle una mirada más de cerca a Europa, que en nuestras misiones robóticas demostró tener los principales componentes necesarios para construir una nueva Tierra —explica la doctora Anderson—. Mientras Marte carecía de una fuente viable de agua y oxígeno, la gran cantidad de océanos en Europa nos permite acceder a ambas cosas a través de la electrólisis del agua. Y, a diferencia de la misión Athena, los Seis Finalistas no pasarán ni un segundo sobre superficie marciana. La nave espacial rescatará mecánicamente las provisiones almacenadas de la tripulación de Athena y luego usará un inyector para catapultarlas desde la órbita de Marte hasta Júpiter. Ninguno de ustedes quedará expuesto a la atmósfera de Marte.

Puedo afirmar, por la manera en que mis padres miran boquiabiertos a la doctora Anderson, que están tratando de asimilar la idea de que su hija pase volando de un planeta a otro. Pero yo no he terminado con mis preguntas.

—Y... ¿qué pasa con la supuesta vida inteligente en Europa?

La doctora Anderson y el mayor Lewis intercambian una sonrisa de satisfacción.

—Eso se debe al Conspirador del Espacio y otros sitios web dudosos que fomentan las noticias sensacionalistas. No hemos encontrado pruebas de ningún tipo de que haya vida en Europa. No tienes nada de qué preocuparte.

Yo asiento con la cabeza, aunque no estoy muy tranquila. Algo en su respuesta suena fingido, de la manera en que sonaría una actriz luego de repetir las mismas líneas veinte veces en una discusión. Pero yo he aprendido a no presionar.

La directora Hamilton ha permanecido en silencio desde que hicieron el anuncio, pero ahora se suma a la conversación, haciendo un gesto hacia la ventana.

—Se está juntando una multitud allí afuera, parece que son de la prensa. ¿Es por esto que me pidieron que convoque una reunión? ¿Vamos a hacer pública la noticia sobre Naomi?

No. Aún no. Me encojo hacia atrás contra el sofá, deseando poder mimetizarme con el tapizado y desaparecer. Pero, ante las palabras de la directora, el mayor Lewis y la doctora Anderson se pusieron en acción.

—Primero llevemos a Naomi al auditorio antes de dejar que alguien entre. Los dos permaneceremos a su lado durante toda la conferencia de prensa y...

Me meto e interrumpo al comandante.

—¿Por qué? ¿Por qué todas estas personas tienen que saberlo ahora?

Si existe alguna posibilidad de que evite este reclutamiento, sin duda no ocurrirá con mi nombre y mi cara en primera plana en todos los medios. En el instante en que el mundo me conozca como una de los Veinticuatro, pasaré a ser propiedad de ellos… para que experimenten conmigo, me conviertan en un soldado, me envíen a otro planeta.

—No tenemos opción —responde la doctora Ander-son—. Como agencia gubernamental, la NASA debe informar todas las novedades al público dentro de las veinticuatro horas, y el hecho de que el reclutamiento sea una orden en tiempos de guerra requiere un nivel de transparencia mucho más estricto. Pudimos ocultar tu nombre solo el tiempo suficiente como para comunicártelo a ti primero. —Ella gira hacia la directora—. ¿Sabe si las pantallas de videoconferencia del auditorio ya están configuradas y conectadas con Houston?

Cuando la directora Hamilton corre a toda velocidad detrás de la computadora y comienza a golpetear las teclas, me siento tan frustrada que tengo ganas de tirarle todo lo que hay en su escritorio, y estrellarle la computadora contra el piso.

—Parece que podemos proceder —dice ella.

El terror bulle en mi pecho. Miro desde la puerta hacia la ventana y viceversa, pero no hay posibilidad de escapar. Aunque lograra evadir a todos los adultos en esta habitación y huir, ni por asomo podría recuperar mi antigua vida no como una prófuga. No tengo más opción que obedecer y decir adiós a todos y a todo lo que he conocido.

Me pongo de pie, como un prisionero resignado y con sus días contados.

—Entonces, ¿qué pasa ahora?

El mayor Lewis esboza una sonrisa.

—Estás por convertirte en uno de los veinticuatro adolescentes más famosos de la Tierra.

Espero detrás de la cortina del escenario cubierto de polvo del Colegio Secundario Burbank, custodiada por el guardia de seguridad que juró “nunca separarse de mí” hasta que me trasladen sin riesgos al Campamento de Entrenamiento Espacial. Los latidos en el pecho y la transpiración que me humedece la frente me recuerdan la última vez que estuve aquí tras bambalinas, antes de la producción del club del drama de la obra El Violinista en el Tejado, en la que actué durante mi primer año. Yo decía solo dos líneas como solista (“¡Tradición, tradición!”), pero estaba más aterrada que los protagonistas. Esa fue la primera prueba de que, en la clase, yo encajo bien en el laboratorio de ciencias, detrás de un telescopio, pero nunca jamás en un escenario.

Y fue la última vez que la mayoría de nosotros puso un pie en este auditorio. Luego de otra temporada de grandes tormentas de El Niño que arrasó LA, haciendo pedazos las ciudades de playa y obligando a todos los angelenos sobrevivientes a salir corriendo hacia el valle, la escuela prácticamente abandonó todas las actividades extracurriculares. Tenían cosas más importantes por las que preocuparse que el club del drama y los deportes, como nuestra supervivencia y cómo acomodar el influjo de estudiantes desplazados, a los que conocíamos como los Exiliados del Oeste.

Doy un paso adelante y miro a través de una abertura en las cortinas. Puedo ver a mis compañeros y profesores ocupando las filas de asientos mientras se despliegan enormes pantallas de proyección sobre las cuatro paredes.

—Te advierto que tal vez vomite —murmuro al guardia que está a mi lado—. De todos modos, ¿por qué tienen que hacer un espectáculo por este anuncio?

No espero una respuesta, pero el guardia, Thompson, me responde.

—Imagino que es porque la Misión Europa es la única fuente de distracción y emoción para el público en este momento. Y cuanto más grande sea el interés público, más poder de negociación tendrán las agencias espaciales para presionar al Congreso por fondos adicionales para enviarte allá a salvo.

Me hace un guiño con la finalidad de tranquilizarme, pero en cambio se me hace un nudo en el estómago. Este es el problema de ser una nerd de la ciencia; no puedo compartir la fe que la gente tiene en esta misión. Sé demasiado. Conozco la lista interminable de cosas que pueden, e indefectiblemente, van a salir mal.

Justo entonces, a través de una rajadura en las cortinas, diviso el rostro que más amo. Mi hermano pequeño Sam está ubicándose en un asiento junto a nuestros padres en la fila de adelante. Da un vistazo desde el escenario hasta las pantallas de los costados con expresión perturbada. Se me encoje el corazón al verlo.

Aunque tiene dos años menos que yo, cuando miro a Sam suelo sentir que me estoy mirando en el espejo. Tenemos el mismo cabello oscuro, la misma piel morena y los mismos ojos persas; los mismos pómulos sobresalientes y la misma sonrisa con hoyuelos. Por supuesto, ninguno de nosotros está sonriendo ahora. Desde que él nació, estuvimos unidos como carne y uña y ahora... ahora nos están separando. Las lágrimas me punzan los ojos, pero antes de que pueda sucumbir a ellas, oigo el sonido de unos tacos que retumban al pie del escenario, y un silencio cubre todo el salón.

—Probablemente ya saben el motivo por el que se convocó la reunión de hoy —resuena la voz de la doctora Anderson—. Bueno, lo que se comenta es verdad. Nos complace presentarles a la gran finalista para los Veinticuatro del Colegio Burbank, una de los dos estadounidenses elegidos: ¡la señorita Naomi Ardalan!

La cortina se levanta y me deja al descubierto, aturdida, parpadeando bajo el resplandor de la luz del reflector. Mientras la sala explota con el flash de las cámaras, gritos de conmoción y algunos aplausos, yo busco los ojos de mi hermano, en un intento de transmitirle un mensaje en silencio. Lo lamento, Sam. Se suponía que mi cerebro encontraría una cura para sanarte... no que me alejarían de ti. Lamento que las cosas se hayan vuelto un completo desastre. Pero esto aún no termina.

—¡Eso no es todo! —La voz de la doctora Anderson se eleva una octava más alto de tanto entusiasmo. —Hoy, otros veintitrés adolescentes alrededor del mundo recibieron la misma noticia extraordinaria que Naomi. Gracias a la supercomputadora de la NASA, Pleidas, podemos tener una videoconferencia con los veinticuatro finalistas para que se conozcan entre ellos, y los conozcan ustedes, en este mismo instante.

Levanto la cabeza rápidamente. El sonido de la interferencia retumba en la sala, y luego todo el ruido desaparece cuando las pantallas negras de proyección que nos rodean se llenan de color... de caras.

Apenas puedo respirar al dar un vistazo a los veintitrés extraños que se convertirán en mi nueva familia obligatoria. La doctora Anderson y el mayor Lewis se turnan para recitar el nombre y el país de cada uno, como si se tratara de los Juegos Olímpicos en lugar de un reclutamiento para el espacio.

Todos los finalistas parecen tener mi edad, pero esa es la única característica que compartimos. Tenemos diferente color de ojos y piel, una mezcla de texturas de cabello y tipos de cuerpo. Mientras paso de una cara a la otra, veo que algunos están conteniendo las lágrimas o tragando saliva en pánico como yo... pero luego están los otros, que son la mayoría, que sonríen ampliamente y saludan con entusiasmo. ¿Quiénes estaremos en lo cierto?

—Por último, y no por ello menos importante, desde Roma, Italia, tenemos a Leonardo Danieli.

Me doy vuelta; clavo los ojos en la pantalla detrás de mí. Un muchacho con cabello castaño dorado y ojos azules radiantes está sonriendo con asombro. Por alguna razón, ver su sonrisa optimista hace que algo se quiebre en mi interior. Tú no sabes... no sabes en lo que estamos metidos. No somos triunfadores; estamos perdidos.

De espalda hacia la multitud, hundo la cara entre las manos y dejo escapar las lágrimas sobre las mejillas. Solo necesito veinte segundos para llorar, un truco que aprendí cuando Sam se enfermó. Siempre fui su animadora, su fuerza, y nunca quise que viera mi miedo. Pero, a veces, cuando veía a mi hermano conectado a máquinas, cuando oía el sonido débil de los latidos irregulares de su corazón a través de los monitores de la habitación del hospital, no podía evitarlo. Tenía que irme, para rendirme al sentimiento de destrozo en mis entrañas. Pero solo por veinte segundos. Ese era el tiempo que podía bajar la guardia sin que Sam lo notara. Una habilidad que me viene bien ahora, con tantos ojos puestos en mí.

Cuando recupero la compostura y levanto la vista, me quedo pasmada. El finalista italiano, Leonardo, me está mirando con una expresión cálida. Presiona la mano contra la pantalla, su boca forma una palabra. “Hola”.

Me acerco a la pantalla con un paso y levanto la mano, devolviéndole el saludo. Sus ojos se entrelazan con los míos y, por un momento, olvido dónde estoy, y qué es esto... hasta que la doctora Anderson retoma su discurso.

—Todos ustedes, los veinticuatro, van a pasar este fin de semana con sus familias, en la privacidad de sus hogares. El lunes a la mañana comienzan sus deberes oficialmente. Serán enviados en un vuelo privado al Centro Espacial Johnson en Houston, Texas; durante cuatro meses tendrán entrenamiento de campo, y luego de ese tiempo, seis de ustedes continuarán.

Me alejo del finalista italiano, vuelvo a mirar hacia el público, a mi hermano. Tiene la cabeza inclinada, el puño contra su pecho, como si alguien hubiese muerto.

Pero no estoy muerta aún. Y no puedo dejar a mi hermano solo para que llore mi muerte de verdad.

Algo en mí se libera. Mientras la doctora Anderson sigue hablando por el micrófono, yo retrocedo lentamente hasta quedar casi detrás del escenario. Y entonces, me largo a correr.

El guardia me tiene entre sus garras antes de poder alejarme unos pocos pasos del escenario, pero no me importa. Ese milisegundo de libertad me recordó algo.

Tal vez no pueda evitar el reclutamiento, pero si hago la jugada correcta, puedo hacer que me den de baja antes de que los Seis Finalistas sean enviados a Europa. Todo lo que tengo que hacer es mantenerme concentrada y no dejar que nada ni nadie me distraiga del objetivo.

Los otros pueden ser los héroes, los colonizadores del espacio. Yo tengo algo más importante.

Mi hogar.

3

LEO

SALGO DE UN SUEÑO cuando las pantallas de video montadas en las paredes de la sala audiovisual se vuelven negras. Veinticuatro personas que nunca supe que existían, cuyos caminos nunca deberían haberse cruzado con el mío, están a punto de convertirse en mi mundo entero. Y si tengo suerte, si llego al reclutamiento final, estaré ligado a cinco de estos extraños de por vida. El solo pensarlo me pone la piel de gallina, y estoy ansioso por saber todo lo que hay para conocer sobre estos veintitrés. Trato de recordar sus caras, pero incluso ahora, minutos después de que se apagaron las pantallas, solo puedo recordar a dos: la chica con los ojos marrón oscuro que se veía tan triste en nuestro momento de gloria, y el chico de cabello claro que dio un salto en el aire ante la noticia, gritando con orgullo. Fue el tipo de reacción desenfrenada que hubiera tenido yo si no estuviera aún en estado de shock.

El Primer Ministro Vincenti abre la puerta y entra al salón donde estuve aislado con el doctor Schroder desde el momento en que dieron la noticia.

—Leo, la seguridad sigue intentando contener a la multitud, pero el público exige volver a verte. ¿Te importaría volver a salir y simplemente sonreír a las cámaras por unos minutos?

—¿Qué? —Me quedo mirando al primer ministro, preguntándome si oí bien lo que dijo. —Pero la mayoría de esas personas ya me conocen. Probablemente me han visto cruzar la passerelle cientos de veces. ¿Por qué…?

—Eso era antes —me interrumpe—. Tal vez te veas y te sientas igual, pero eres alguien diferente ahora. Después de hoy, ya no eres solo un vecino o un sobreviviente más, eres una leyenda en desarrollo.

Y mientras él habla, yo puedo oír sus voces, cada vez más fuerte a medida que los cantos se acercan a nuestra puerta cerrada.

—¡Leo, Leo, forza, Leo! ¡L’italia é fiera di te!

La emoción aumenta en mi pecho. Parece impensable que estén aclamando por mí, entre todas las personas… por mí, que estuve tan cerca de terminar con mi vida en el mar.

Pero no lo hice, me recuerdo a mí mismo. Sigo aquí y, por alguna razón, me gané un lugar entre los Veinticuatro. Y no dejaré pasar esta segunda oportunidad. Estaré a la altura de esto; haré que mi país se sienta orgulloso.

—Está bien —digo al primer ministro—. Quiero verlos.

Un guardia de seguridad apostado en la puerta se pone en acción cuando salimos de la sala audiovisual. Nos lleva a los tres al pasillo de mármol y hacia el ruido; sus ojos se dirigen hacia mí a cada rato, como si yo fuera el personaje importante que debe proteger en lugar de al primer ministro.

Regresamos al Salón Neogótico y la multitud casi se ha duplicado. La gente desborda el salón, con apenas un centímetro de espacio para respirar entre ellos. Cuando nos ven, las aclamaciones aumentan a un tono frenético.

—¡Leo, Leo, forza, Leo!

Me miran como si yo fuera otra persona por completo, como si me hubiese arrancado la piel y debajo se hubiese revelado un superhéroe. Quiero reír, mover las manos frente a sus caras y traerlos de vuelta a la realidad, recordarles que solo soy Leo de la derrumbada Pensione Danieli. Pero entonces me doy cuenta: si llego al espacio, si tengo éxito en la misión... seré un héroe realmente.

Ese pensamiento genera una explosión de adrenalina en todo mi cuerpo, y me muevo con un nuevo propósito. Sonrío a la multitud de mis vecinos, y me dejo impregnar por su ardiente aprobación mientras el guardia de seguridad nos guía al primer ministro, al doctor Schroder, y a mí al frente del salón abarrotado. La sargento Rossi aún está allí, junto a la esposa del primer ministro y Elena; las tres intentan calmar al público fervoroso. Pero ahora no hay manera de frenarlos. Una voz dice de repente “L´Italiano”, nuestro himno no oficial, y enseguida todos se suman, cantando a pleno pulmón, aplaudiendo y balanceándose al ritmo de la canción.

No puedo parar de sonreír, incluso con el nudo que se me forma en la garganta. Esta es la primera vez que veo a mis compañeros sobrevivientes salir de la sombra de nuestro dolor y celebrar la vida como solíamos hacerlo. Al mirar los rostros frente a mí, queda claro que yo no era el único que había perdido la esperanza, que buscaba algo de que aferrarse. De alguna manera, hoy cambié eso para todos. Yo.

La sargento Rossi me pasa el micrófono.

—Gracias. —Mi voz suena temblorosa y yo carraspeo. —Gracias por el cariño, por el apoyo. No los decepcionaré. Voy a representar a nuestro país, no solo frente al mundo... sino frente al cosmos.

El salón se llena de exclamaciones y silbidos. Las voces me tapan, lo que me da un momento para decir algo al único espacio vacío que encuentro en la sala, el lugar donde deberían estar mis padres y mi hermana.

—Esto es para ustedes.

Mi transformación continúa con un ofrecimiento de pasar mi último fin de semana en Italia en el Palazzo Senatorio como invitado de honor de los Vincenti. Sé que el verdadero motivo de la invitación es que así los guardias del primer ministro pueden mantenerme bajo la mira hasta que vuele hacia el Campamento Internacional de Entrenamiento Espacial; pero, igualmente, es un regalo. No puedo imaginarme regresando a la pensione... ahora el vacío me absorbería, haría que lo de hoy pareciera que nunca sucedió. Así que no dejo pasar la oportunidad de quedarme en el Palazzo y le digo al primer ministro que ni siquiera necesito ir a casa a empacar. La única pertenencia que llevo está a salvo en mi dedo: el anillo grabado de la familia Danieli.

En lugar del colchón desinflado y la colcha llena de moho que tengo en casa, ahora estoy acostado en una lujosa cama de dos plazas debajo de un suave edredón, con el estómago lleno por primera vez en meses. Estoy a punto de quedarme dormido cuando oigo que golpean la puerta. Me tapo la cabeza con la sábana con un quejido. Tal vez si lo ignoro, quienquiera que sea que esté golpeando ¿captará la indirecta? Pero luego oigo una voz.

—Leo, soy yo, Elena. ¿Me dejas pasar?

Mmm. No es quien yo esperaba.