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La vida de Nick es prácticamente perfecta: está a punto de graduarse, protege Ciudad Nova junto a su sexy novio superhéroe, y cuenta con el apoyo de su madre, quien siempre estuvo allí. ¿Verdad? ¡Es todo lo que alguna vez soñó! Pero algo no cuadra, y no es solo que el candidato a alcalde busque "curar" a los Extraordinarios ni los rumores de que el ex casi algo de Nick ha escapado. Hay algo más, y necesitará a todos sus amigos y seres queridos juntos para descubrirlo antes de que la ciudad caiga presa de los Burke. Un traidor está a punto de revelarse y una verdad quemará todo hasta los cimientos. ¡ES HORA DE ARDER!
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Seitenzahl: 635
Veröffentlichungsjahr: 2025
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La vida de Nick es prácticamente perfecta: está a punto de graduarse, protege Ciudad Nova junto a su sexy novio superhéroe, y cuenta con el apoyo de su madre, quien siempre estuvo allí. ¿Verdad?
¡Es todo lo que alguna vez soñó!
Pero algo no cuadra, y no es solo que el candidato a alcalde busque “curar” a los Extraordinarios ni los rumores de que el ex casi algo de Nick ha escapado.
Hay algo más, y necesitará a todos sus amigos y seres queridos juntos para descubrirlo antes de que la ciudad caiga presa de los Burke. Un traidor está a punto de revelarse y una verdad quemará todo hasta los cimientos.
¡ES HORA DE ARDER!
TJ KLUNE es autor best seller de The New York Times. Comenzó a escribir a los ocho años, sin saber que más de dos décadas después ese sería su trabajo a tiempo completo y se convertiría en una de las voces más influyentes de la fantasía queer.
Ganador del Lambda Literary Award al mejor romance gay y nombrado por Amazon como uno de los mejores autores LGTBQ+ del 2011, TJ cree que es importante, ahora más que nunca, tener una representación queer precisa y positiva en las historias.
Para los chicos y chicas queer de todo el mundo.
Me maravilla todo lo que son porque son los verdaderos superhéroes.
Título: Un placer para quemar
Autor: PyroStormPrecioso
Capítulo 37 de ?
137.632 palabras
Pareja: Pyro Storm/Personaje masculino original
Clasificación: R (¡la clasificación finalmente subirá!)
Etiquetas: amor verdadero, anhelo, Pyro Storm suave, final feliz, primer beso, más que primer beso, suave como una nube, mucha violencia, Shadow Star malvado, pastelería AU, investigador privado, anti-Rebecca Firestone, manos debajo de la ropa, !!!, fiesta nudista y todos están invitados
Capítulo 37: No es un capítulo
Nota del autor: Ey, ¡holi y hola! Perdón por ilusionarlos con la notificación. Nunca quiero dejar olvidados a mis lectores y sé que los fánfics abandonados son la peor desgracia de la humanidad. O sea, ¿hay algo peor que encontrar una historia que te encanta solo para descubrir que no la actualizan desde hace seis años? Odio tanto eso. Así que, bueno, les recuerdo: ¡¡¡¡NO VOY A ABANDONAR ESTA HISTORIA!!!! Pasaron muchas cosas en los últimos meses y no tuve muchas ganas de escribir. Puede ser bastante difícil concentrarse en un fánfic sobre resolver asesinatos en serie y enamorarse de un Extraordinario cuando… bueno. Cuando las cosas se vuelven bastante reales.
No tengo mucho tiempo para sentarme a escribir. Ya sé que no voy a la escuela durante el verano, pero estoy más ocupado que nunca. Con suerte volveré pronto a esto, así que dejen las notificaciones activadas para este fánfic. Les prometo que volveré, habrá explosiones de fuego y sexuales, ¡así que estén atentos!
PyroStormPrecioso
Comentarios:
FireStoner 09:25: ¿¿¿VISTE A REBECCA FIRESTONE EN LAS NOTICIAS??? ¿NO ES LO MÁS MARAVILLOSO QUE LE PASÓ A LA HUMANIDAD? Y ANTES DE QUE DIGAS QUE NO, ¡¡VETE AL DIABLO!! ELLA VA A SER LA MEJOR SECRETARIA DE PRENSA DE TODAS LAS SECRETARIAS DE PRENSA. ¡¡NO VOY A RESPONDERLE A NADIE QUE INTENTE DISCUTIR CONMIGO!! ¡¡¡VUÉLVANSE LOCOS CON ESO!!!
SueñosPerdidos 09:27: ¿¿¿Eres Nick Bell de Ciudad Nova??? ¿¿El que escribió ese fánfic sobre Shadow Star que nunca terminó?? ¡Por favor, saluda a Seth/Pyro Storm por mí!
ExtraExtra 09:29: Este tiene que ser Nick Bell. Habla exactamente como Nash. Si hubiera sabido que era un fánfic autorreferencial, habría leído otra cosa y no estaría perdiendo el tiempo con la fantasía hormonal de un adolescente.
PyroStarAmor 09:30: ¿Vas a abandonarlo justo antes de que tengan sexo? La única razón por la que leí cientos de miles de palabras es porque prometiste sexo por atrás. ¡No puedes ofrecer anal y no cumplir! Y otra cosa, ¿de verdad eres Nick Bell? ¿Qué pasó la noche del baile de graduación? ¿Quiénes eran esos otros Extraordinarios que estaban contigo?
WTF6969 09:31: Si eres Nick Bell como todos creen, ¿entonces por qué rayos estás en contra de la policía ahora? ¡Tu papá es policía! ¿Odias a tu propio padre?
Anonimanso 09:32: ¿Recibiste mi mensaje? ¡Nos vemos pronto!
LosTacosSonDivertidos 09:39: Estoy harta de WTF6969. CONSÍGUETE UNA VIDA, PERDEDOR. ¡Aaron Bell renunció a la fuerza! Estuvo por todo Twitter. PyroStormPrecioso, escribe lo que quieras. No me importa si eres Nick Bell o alguien más, haz lo que quieras.
LasNotasDeJazz 09:42: Estos comentarios se están volviendo cada vez más tenebrosos. Avísame si quieres que me encargue. Tengo unas Louboutin nuevas que reemplazaron mis otros zapatos y, ¿adivina qué? Las suelas son rojas como la SANGRE DE NUESTROS ENEMIGOS. ¡Qué divertido! Gibby dice hola. También dice otras cosas, pero necesitamos más positividad en nuestras vidas. ¡¡Adiós!!
FanDeJazz12345678 09:49: No dije hola. Jazz me obligó a crearme esta cuenta. Tus seguidores son raros y me ponen incómoda.
Cerca del anochecer, las sombras se estiraban como si estuvieran alcanzando a la oscuridad y el calor del día de verano era como unas garras de hierro fundido que se clavaban en el pecho, directo en el corazón palpitante de una ciudad asediada. Nubes de vapor (y agua sucia) brotaban de las alcantarillas, creando una neblina húmeda que olía a desesperación y una total falta de comprensión de infraestructura.
La gente avanzaba apresurada sobre las aceras, el sudor se deslizaba por sus caras como ríos de lágrimas, mientras pedían a gritos en silencio por alguien que los salvara de ellos mismos. Los cláxones sonaban en los embotellamientos eternos, los puños se sacudían furiosos por las ventanillas de los coches. Los edificios oscurecidos se elevaban hacia lo alto, torres de ricos y poderosos, sosteniendo a la población en la palma de sus diabólicas y malévolas manos. Las luces de neón chasqueaban y crujían, quemaban la creciente oscuridad, iluminando los rostros de los perdidos y los olvidados. El aire caliente brotaba del asfalto agrietado, un recuerdo de las temperaturas extremas que habían azotado a una ciudad de acero y cristal.
–¿Quién nos protegerá? –gritaba la gente mientras disparaban sus miradas aterradas hacia el cielo oscuro–. ¿Quién será el defensor que tan desesperadamente necesitamos? ¡Si tan solo hubiera alguien ahí afuera que pudiera ser el héroe que merecemos! No, el héroe que requerimos.
Esta era una ciudad plagada de enfermedades, tumores que crecían en sus huesos y en sus tejidos conectivos, propagándose sin esperanza alguna de una cura. Esta era una ciudad atrapada en una guerra por su alma, un pequeño rayo de luz que las sombras del mal amenazaban con asfixiar, mientras la balanza de la verdad y la justicia se inclinaba peligrosamente hacia el caos.
Pero la ciudad no estaba sola. Tenía a alguien que la amaba, alguien que sacrificaría su propia vida para asegurar su supervivencia.
Arriba de un pequeño edificio que solía ser una tienda de yogures, pero ahora era una cafetería hípster con troncos en lugar de sillas porque qué carajos, una figura esperaba sentada al borde de la cornisa como una gárgola de piedra que observaba cientos de años de historia pasar en un abrir y cerrar de ojos. Esta figura se movió levemente y los lentes blancos en su casco se iluminaron cuando la boca expuesta esbozó una sonrisa furiosa.
–Esta es mi ciudad –gruñó peligrosamente–. Y haré todo lo posible para proteger a su gente. –Levantó la cabeza al escuchar un grito en la distancia–: ¡Atención! Hay un delito en proceso. –La figura miró hacia la distancia, la luz roja de una antena titilaba, como si estuviera diciendo, Yo soy el latido de Ciudad Nova, débil y frágil. Si tan solo mi luz pudiera arder por siempre.
»Sí –exhaló la asombrosa figura–. Te escucho. Te veo. –Se levantó lentamente y los fuertes músculos de su cuerpo se tensaron sensualmente debajo de su traje, un símbolo de libertad, esperanza y justicia. Inhaló profundo–. Y puedo olerte… pero también… ¿saborearte? Ah, por Dios, ¿qué rayos es eso? Mierda, está por todas partes. –Tuvo arcadas–. Me quema la garganta. ¿Alguien se murió y su cuerpo cayó en el agua y ahora es un desastre hinchado lleno de gases y órganos inflamados que pronto estallará en una explosión de…? No. Concéntrate. La oscuridad encontró su camino hacia…
–En serio –dijo otra voz–. Te amo, pero llevas quince minutos narrando todo eso y, si bien aprecio tu creatividad, creo que es mejor que nos movamos antes de que los ladrones escapen con las joyas.
El Extraordinario conocido como Guardián soltó un chillido justo cuando perdió el equilibrio y cayó de la saliente hacia la azotea detrás. Cayó sobre su espalda y se quedó mirando al cielo nocturno. Un momento más tarde, el cielo desapareció y un rostro familiar se ubicó por encima del suyo, unos rizos oscuros colgaban alrededor de su cara. Tenía un traje reluciente, negro con unas líneas rojas que cubrían toda la longitud de sus piernas y torso. Sobre su pecho, un símbolo de fuego, la marca de un héroe.
–Pyro Storm –dijo Guardián con una voz altamente modulada a través de su casco azul cerúleo. Se levantó del suelo, ignorando la mano que le había tendido para ayudarlo–. Sabía que vendrías.
Seth parpadeó.
–Eso espero. Vinimos juntos. Sería raro si no estuviera aquí.
–¿Lo sería? –preguntó Guardián con una voz rasposa–. ¿O sería parte de tu plan hacerme venir solo para que pudieras tenerme a tu merced? –dio un paso hacia atrás, alejándose del Extraordinario. Y otro. Y otro más. Luego la parte de atrás de sus piernas se chocó con la pequeña pared del borde de la azotea. Giró y apoyó las manos sobre esta mientras miraba sobre su hombro–. Me atrapaste, Pyro Storm. Respondí a un llamado creyendo que era un ciudadano en peligro, pero en cambio, eras tú. Tú, con tu honradez y tu cara que se ve así. Mi cuerpo está tenso por el placer y una excitación palpitante.
–No –advirtió Seth, su casco negro y rojo colgaba de los dedos de su mano izquierda, los lentes apagados bajo la tenue luz–. Pareces sacudir demasiado el culo para ser alguien que no está seguro.
–¡Villano! –gritó Guardián. Quejándose con intensidad, arqueando la espalda–. ¡¿Cómo te atreves a hablarme como si tuvieras el derecho de hacerlo?! –Tomó una bocanada de aire de un modo dramático, mientras el modulador de voz lo hacía sonar como si fumara cincuenta cigarrillos por día–. No te atrevas a usar tus poderes de fuego para quemar mi traje, dejarme desnudo y desamparado, aunque muy dispuesto porque el consentimiento es importante, incluso durante un juego de roles, y no quiero que creas que no quiero esto cuando en realidad sí. Además, mi palabra clave es charcutería y, no, no puedes preguntar por qué.
–¿Porque te gusta que te sirvan una gran variedad de carnes y quesos en una tabla?
–Exacto.
–Nick, no puedes…
Tosió.
–Nicky, necesitas…
Tosió otra vez, esta vez más fuerte para dejar bien en claro su punto. Esperaba que Seth lo entendiera a tiempo porque le estaba haciendo doler la garganta.
Seth puso los ojos en blanco.
–Guardián.
¡Éxito!
–Mucho mejor. Gracias. Recuerda, ya hablamos sobre esto. Cuando tengo el traje y el casco, dejo de ser Nick y soy Guardián. Pero si tengo el traje y no tengo el casco, soy Nick porque puedes verme la cara. O, si no estoy usando el traje ni el casco y estoy muy, muy desnudo, puedes llamarme como quieras.
Guiñó un ojo mirando sobre su hombro.
Y luego recordó que Seth no podía ver sus ojos porque estaba usando el casco.
–Acabo de guiñarte el ojo. Por si te lo estás preguntando.
–Ah –dijo Seth–. No me lo estaba preguntando, pero gracias por aclararlo. Eso cambia todo.
Guardián se quitó el casco y la nitidez del mundo a su alrededor se desvaneció. Los lentes de su casco eran potentes y le permitían ver más lejos y con mayor nitidez que sin ellos. No quería quitárselo nunca, pero aparentemente no tenía permitido usarlo cuando quisiera, lo que le parecía pura mierda. Dejando el casco sobre la cornisa, Nicholas Bell volteó y enfrentó a su novio.
–No fueron quince minutos.
–Tienes razón –cedió Seth Gray, con una sonrisa en sus labios–. De hecho, estuvo más cerca de veinte. No estoy seguro de si un héroe debería pasar tanto tiempo narrando sus planes en voz alta. ¿Qué tal si alguien lo está escuchando?
Nick hizo una mueca de dolor. No lo había pensado. Como era costumbre, había estado tan envuelto en ser Guardián que se le había subido un poco a la cabeza. Bueno, quizás un poco bastante.
Solo había pasado un mes desde que había llegado a su casa después de la graduación de Gibby y encontró un paquete sobre la mesa de la cocina. Adentro había una nota de Miss Conduct, la drag queen Extraordinaria que hacía comentarios sagaces capaces de freír a cualquier hombre tanto como sus poderes de electricidad. Usaba brazaletes y tenía unas piernas increíbles. Nick nunca podría usar brazaletes y sus propias piernas eran pálidas y escuálidas, con rodillas nudosas y ese único pelo raro en el lado izquierdo de su rodilla izquierda que se estaba volviendo obscenamente largo, lo cual era pura mierda, considerando que no podía hacer que le creciera pelo en el pecho.
La nota, si bien había sido dulce y maravillosa, no había sido lo mejor. No, lo mejor había sido el traje que había creado para él con la ayuda de las amigas de Nick. Un traje azul y blanco con un casco que combinaba.
Y aquí estaba con ese traje en toda su gloria, aunque gloria quizás no era la palabra adecuada. Verás, cuando decides convertirte en un Extraordinario de verdad, tienes que usar un traje apretado al cuerpo para que te tomen en serio. Sin embargo, el problema con eso era que Nick había descubierto que su cuerpo tenía una forma extraña y las cosas que deberían abultarse (los músculos del brazo, del pecho y, sí, de la entrepierna) no se abultaban para nada.
(La segunda vez que Nick se probó el traje, metió un par de medias en la parte de delante de sus muslos y asintió mientras se miraba en el espejo. “Ah, ¿esto?”, le había dicho a su reflejo, señalando su entrepierna con la cabeza. “No te preocupes por eso. Es solo mi pene. Sí, es grande”. Pero entonces, su padre entró sin golpear y el silencio que siguió fue absoluto, hasta que su padre salió lentamente de la habitación. Nunca hablaron sobre eso y Nick no intentó volver a meter una media en sus pelotas).
Entonces: había una razón por la que a Nick no le gustaba usar un leotardo de lycra. No dejaba nada librado a la imaginación.
–Inclínate –le exigió Nick.
Seth entrecerró la vista.
–¿Qué?
–Quiero mostrarte algo. No es nada sexual. Confía en mí.
–Sí, sabes –dijo Seth–, la última vez que me dijiste que me inclinara y dijiste que no era nada sexual, dijiste, y te cito, “Veo que alguien pidió un pan dulce de la pastelería sexy”.
Nick rio.
–Soy divertido. Y erótico.
Seth suspiró.
–Hubiera sido más divertido y, quizás, más erótico si no lo hubieras dicho mientras mi tía y mi tío estaban parados a solo un metro de nosotros.
Nick frunció el ceño, agradecido por que la oscuridad invasora ocultara el rubor intenso de sus mejillas.
–¿Cómo se suponía que supiera que iban a estar en la sala de su propia casa? Y no hacía falta que Martha fuera a buscar esas bolsas y empezara a hacer barreras de látex en ese mismo momento. Eso estuvo de más. La culpo a ella. Y a papá. –Aunque en mayor medida a su papá, porque él había sido quien les mostró a los Gray las maravillas de la protección sexual hecha en casa.
Seth sacudió la cabeza.
–Solo agradece que no empezó a tejer el arnés que quería hacer por alguna razón horrorosa. Desde que fue a ese sex shop por motivos de aprendizaje, no volvió a ser la misma.
Nick se quejó.
–Ah, por Dios, odio todo. Ahora deja de distraerme e inclínate.
Seth llevó los hombros hacia adelante y su pecho y su estómago formaron una medialuna.
–¿Así?
Nick asintió.
–Ahora frótate el pecho y el estómago con una mano.
Seth entrecerró la vista.
–Suena a algo sexual.
Era verdad, pero no iba a renunciar.
–Deja de pensar cochinadas, Gray. Lo sabrías si fuera algo sexual.
–O…key –dijo Seth, pasando su mano sobre su esternón, su panza y deteniéndose justo por encima de su entrepierna antes de subir nuevamente hacia su pecho–. ¿Ahora qué?
Nick, siempre y por siempre Nick, entró un poco en corto circuito al ver a su novio Extraordinario tocándose a sí mismo, cómo la punta de sus dedos enguantados se detenía sobre su pecho fornido. Todo el porno que Nick había consumido en su vida era mediocre en comparación con lo que tenía ante sus ojos: Seth con su cabello rizado oscuro y una mandíbula capaz de cortar cristal. Nick sabía que la cosificación era un tema bastante problemático, pero ¡vamos! Mírenlo.
–Sí –murmuró Nick–. Así.
–Nick –dijo Seth con brusquedad.
–¡No estoy pensando nada sexual! Yo solo… ¡estoy admirando la escena que tengo delante de mí! –Frunció el ceño y se inclinó de la misma manera que Seth y pasó una mano por su pecho y su estómago–. ¿Ves? ¡Qué carajos!
–Eh, ¿qué se supone que tengo que mirar?
–¡Esto! –dijo Nick, furioso mientras estaba con el cuerpo encorvado–. Cuando tú te inclinas con tu traje de Extraordinario, tu vientre se ve plano porque estás todo musculoso. Cuando yo lo hago, ni siquiera se me ven los abdominales que probablemente estén ahí, aunque no estuvieran esta mañana. ¡Creí que ser un Extraordinario me daría unos abdominales increíbles!
–Ay, amigo –soltó Seth–. No funciona así.
–Mira quién lo dice –respondió Nick, mirando la leve hinchazón en su panza como si lo hubiera traicionado–. Tú te convertiste en un Extraordinario y te volviste un dios sexual. Yo me convertí un Extraordinario y empecé a tener complejos con mi cuerpo. Sí, cené nachos anoche, y sí, no tenían suficiente queso así que les agregué más, ¡pero igual! Corrí la semana pasada, Seth. Cuatrocientos metros. Y solo me detuve dos veces para recuperar el aliento.
–Lo sé –dijo Seth–. Yo estaba ahí, ¿recuerdas? Te quejaste todo el tiempo.
Nick resopló.
–Sí, bueno, correr no tiene sentido y deberías sentirte mal por obligarme a hacerlo. –Se tocó la panza una última vez antes de pararse derecho–. Puede que tenga que considerar rediseñar mi traje. ¿Qué te parece agregarle capas? Hice un test en Cosmopolitan y el resultado decía que tengo un cuerpo hecho para tener varias capas. –Frunció el ceño–. También decía que era una mujer de espíritu libre que no se dejaría encerrar por la sociedad, pero igual. Capas.
Seth rio y caminó hacia Nick con un extraño calor en sus ojos. Apoyó su casco junto al de Nick en la cornisa antes de acercarse a él. El corazón de Nick se aceleró un poco. Siempre le pasaba eso cuando Seth estaba cerca, pero ¿cuando estaba tan cerca que Nick podía contar las pecas sobre su nariz y mejillas? Vaya que Nick lo disfrutaba mucho.
Seth lo besó lentamente, sus labios levemente agrietados. Nick aceptó el gesto y su lengua se deslizó sobre la de Seth, mientras el sudor se deslizaba por su cuello. La ola de calor que se había asentado sobre Ciudad Nova hacía solo unas semanas no había mermado. Después de un invierno gélido con tormentas de nieve, seguido de una primavera húmeda, el verano había llegado a la ciudad con una venganza: un calor sofocante, una humedad casi intolerable. Si Nick no estuviera destinado a convertirse en un Extraordinario, se habría quedado adentro de su casa con el aire acondicionado encendido hasta que empezara su último año de clases en otoño.
El último año de clases, pensó a lo lejos mientras los labios de Seth se movían sobre los suyos. El final de una era y el comienzo de otra completamente distinta. En sus mejores días, Nick no era fan de los cambios. Su TDAH, si bien estaba bastante controlado con la nueva medicación que estaba tomando, necesitaba de la rutina en su vida, orden para evitar que las cosas se salieran de control. Sí, el caos a menudo tomaba el control de su cabeza y echaba por la borda todos sus planes, pero lo estaba intentando, algo que había decidido que tenía que hacer para llevar a cabo una doble vida como un estudiante respetable que por las noches era un Extraordinario.
O algo así. En lo que iba del mes desde que le regalaron el traje y se convirtió en Guardián, no hizo mucho al respecto. Su papá decía que no estaba listo para salvar el día solo. Sin importar cuánto le rogara salir como Guardián, su papá se mantenía firme, diciéndole que tenía que tranquilizarse y tomárselo con calma.
–Además –decía su papá–, sigues siendo el líder del Faro. Eso es igual de importante.
Ser un héroe era mucho más complicado de lo que había anticipado. No solo tenía que preocuparse por la mierda de salvar el día, sino que también tenía que concentrarse en ser Nick Bell. No entendía cómo las historietas hacían que se viera tan sencillo. ¿Se suponía que tenía que usar un traje ajustado mientras se preocupaba por entrar a la universidad? Tenía que preocuparse por el hecho de que Seth quizás no volviera a Centennial High (hogar de ¡los increíbles wómbats luchadores!) porque había revelado ser Pyro Storm, mientras a la vez descifraba ¿cómo rayos se suponía que rendiría el examen de Historia y sobreviviría? Gibby iría a la UCN en otoño, así que ya tenían una persona menos. ¿Solo serían él y Jazz en la escuela durante meses interminables, mientras circulaban rumores sobre lo que había pasado la noche del baile de graduación?
No sabía cómo iba a hacerlo. Todo se sentía demasiado grande. Si bien agradecía que fuera junio, sabía que eventualmente tendría que afrontar el hecho de que las cosas estaban cambiando, fragmentándose, y no había mucho que pudiera hacer para evitarlo.
–Estás pensando demasiado –murmuró Seth sobre sus labios.
Nick suspiró cuando se apartó.
–Sí, lo sé. Lo siento. Ya sabes cómo es. Pienso algo y luego ese algo piensa en otro algo.
Seth sonrió.
–Lo sé, Nicky. ¿Hay algo de lo que quieras hablar?
–Solo la misma porquería de siempre. Todo y nada a la vez.
–Ya lo resolveremos –dijo Seth, acercándose y sujetando con fuerza las manos enguantadas de Nick–. Pero podemos hablar sobre eso más tarde. Esta noche, nos concentraremos, ¿está bien?
Nick asintió mientras se relajaba.
–Cierto. Concentrados. Estoy contigo. –Tenía algo que probar esta noche, mostrar que era capaz.
Seth pasó por detrás de él y se acercó al borde del edificio para mirar al callejón abajo.
–Bien. Ahora, dime qué crees que deberíamos hacer.
Nick volteó y se paró junto a Seth, sus manos descansando sobre su casco. Siguió la mirada de Seth hacia el callejón. Al otro lado había otro edificio, un poco más bajo que en el que estaban parados. Un aire acondicionado viejo traqueteaba y chirriaba junto a una puerta de metal en la azotea.
–Puedo usar la puerta de la azotea. Evitar cualquier ventana que nos pueda delatar.
–La puerta está cerrada con un pestillo –dijo Seth– ¿Cómo entras si quieres hacer el menor daño posible a la propiedad?
Se tomó su tiempo, mirando la unidad de aire acondicionado. Su mirada recorrió la longitud de la azotea hacia la parte del edificio que estaba más cerca de ellos. Justo sobre la parte de arriba había un conducto de ventilación tapado por una rejilla de metal.
–Ahí. –Señaló en esa dirección–. Podría meterme por ese conducto.
Seth asintió.
–¿Crees caber?
–Ey, cuidado.
Seth puso los ojos en blanco.
–Sabes que no me refería a eso. –Chocó su hombro contra el de Nick–. No quieres intentar algo como eso y terminar atascado. Piensa, Nick. ¿Qué deberías hacer cuando tienes que entrar a un edificio al que nunca entraste antes?
–Poderes –dijo Nick automáticamente–. Hacer mi propia puerta. –Un montón de imágenes inundaron su cerebro, imágenes de estar parado ante una pared de ladrillos, sacudir la mano y hacer que los ladrillos se hicieran a un lado y se partieran, creando una puerta.
Pero Seth cortó eso de raíz, sacudiendo su cabeza y diciendo:
–Sin poderes. No siempre puedes contar con ellos. Puede que haya ocasiones en las que tus poderes funcionen en tu contra –hizo una pausa, considerando–. O cuando no tienes todo el control sobre ellos.
Nick lo miró furioso.
–Tengo el control total de mis poderes. Mira. –Miró a su alrededor, intentando encontrar algo que pudiera usar. Cerca del rincón más alejado, había una cubeta de plástico que estaba ahí olvidada, el mango oxidado y un lado agrietado. Respirando profundo, Nick levantó la mano y, en su cabeza, una luz se encendió, cálida y dulce. Se aferró a ella con toda la fuerza que pudo y empujó, un temblor de no-tanto-dolor cubrió todo su cuerpo.
La cubeta se movió de lado a lado hasta que se levantó lentamente de la azotea, elevándose un metro y medio en el aire.
–¿Ves? –dijo Nick, mientras una gota de sudor se deslizaba por su frente–. Fácil. Lo tengo. Soy tan bueno para…
La chispa latió en su cabeza y la cubeta salió disparada por el aire, elevándose alto antes de aterrizar a tres azoteas de distancia con un ruido metálico lejano.
Nick suspiró, bajando la mano.
–Está bien, puede que tenga que resolver algunas cositas, ¡pero igual! ¿Qué sentido tiene ser un Extraordinario si no puedo ser extraordinario?
–Hay más que solo poderes –le recordó Seth y no era la primera vez que le había dicho esto a Nick, ni la décima–. Si bien tener poderes está bueno y es útil, no puedes confiar solo en tus poderes. También tienes que pensar, Nicky. Y como nadie piensa como tú, puedes hacerlo. Vamos. No puedes entrar por la puerta del frente ni por la azotea. Las puertas están cerradas. ¿Cómo procedes?
Nick se iluminó.
–El Faro.
–Exacto –dijo Seth, señalando su casco con la cabeza–. Póntelo.
Nick levantó su casco de la cornisa y se lo puso. Ni bien lo deslizó sobre su cabeza, unas luces brillantes se encendieron en su interior y su visión se volvió más nítida. Líneas de código pararon como una cascada de agua antes de desaparecer y ser reemplazadas por dos palabras, que parpadeaban con un tono azul cerúleo.
BIENVENIDO, GUARDIÁN.
No pudo evitar sonreír. Eso jamás dejaría de ser la cosa más genial que había visto en su vida. Gibby era un maldito genio cuando se trataba de la tecnología y con esto se había superado.
–Faro –dijo Guardián, su voz una vez más modulada–. ¿Me copias?
Nada.
Guardián frunció el ceño, golpeando con un dedo un lado del casco.
–Faro, aquí Guardián. ¿Me copias?
Silencio.
–¿Qué carajos? –murmuró–. Se supone que tienen…
–Aquí Faro –respondió Jasmine Kensington en su oído, su voz algo rasposa–. Te escuchamos fuerte y claro. Perdón por eso. Gibby estaba golpeando la bolsa que Seth tiene colgada en el sótano y luego empezó a sudar y ya sabes cómo me pone eso.
–Están teniendo sexo en la guarida secreta –le contó Guardián a Seth.
Seth levantó las manos.
–Claro que no –lo corrigió Gibby con brusquedad–. Solo estábamos jugando. Confía en mí, Jazz apenas podría hablar si estuviéramos teniendo sexo, porque yo puedo hacer esta cosa con mis dedos que…
–¿Qué diablos, Gibby? –gruñó Guardián–. ¡Dejen de fornicar cuando se supone que tenemos que estar deteniendo un robo de joyas! Necesito los planos del edificio.
–Estoy en ello –dijo Jazz, sonando profesional–. ¿Cuál es…? Gibby, nos vas a meter en problemas. Ah. Ah. Eso… guau. ¡Hazlo otra vez!
–¡Los planos! –gritó Guardián.
Seth suspiró.
–Adiós al elemento sorpresa.
–Los planos –dijo Gibby y Nick podía escuchar la sonrisa de “vete al demonio” en su voz–. Los conseguiremos para ti. ¿Cuál es la dirección?
Guardián miró a Seth, quien se encogió de hombros y preguntó:
–¿Cuál es? Tienes que prestar atención a estas cosas, cada pequeño detalle. Nunca sabrás cuando necesites pedir refuerzos y no deberías confiar siempre en el rastreador en tu traje. ¿Qué tal si algo lo interrumpe? ¿Un Extraordinario que provoca un apagón y deja inutilizable tu localizador y la comunicación? ¿Qué haces entonces?
–Cierto –murmuró Guardián. Se acercó a la cornisa a su derecha y miró a la calle abajo. La gente caminaba por la acera, sin saber que un Extraordinario los observaba desde arriba. Había varios coches en la calle, el tráfico estaba atascado y los cláxones sonaban sin parar. No había ningún lugar como este en el mundo y, si bien Ciudad Nova le había dado una bofetada varias veces, siempre haría lo que pudiera para mantenerla a salvo–. Estamos en la esquina de la Décima y calle Mercado. –Miró hacia los números en los edificios al otro lado de la calle. Todos pares. La numeración subía hacia la izquierda y bajaba hacia la derecha. Pensó en su llegada. Había visto el número de calle del edificio, ¿verdad? Lo había mirado. ¿Cuál era? Piensa, piensa, piensa… ¡Ah! Sonrió–. Calle Mercado 1757. No, espera, ese es el edificio en el que estamos. Calle Mercado 1759.
Seth le presionó el hombro.
–Bien. Bien hecho, Guardián.
–Calle Mercado 1759 –repitió Jazz en su oído, a través de los parlantes en su casco, podía escuchar sus dedos que volaban sobre las teclas en el sótano de la casa de los Gray–. Y… aquí… vamos…
Guardián parpadeó cuando aumentó el brillo de la pantalla en su casco. La luz se desvaneció levemente y, cuando podía ver con claridad otra vez, un plano tridimensional del edificio al que necesitaban infiltrarse apareció ante sus ojos, girando lentamente.
–¿Alguna entrada que no involucre puertas? –preguntó Guardián–. ¿Y que evite activar alguna alarma?
–Gibby, ¿tienes algo? –preguntó Jazz.
–Allí –señaló–. ¿Ves ese conducto de ventilación que está sobre el edificio?
–Sí –respondió Guardián, su corazón palpitando con entusiasmo–. ¿Es lo suficientemente grande para que pueda entrar?
–Debería –dijo Jazz y el plano se agrandó para focalizar el sistema de ventilación–. Puede que sea algo apretado, pero los dos deberían poder entrar. Aguarda. Gibby, haz esa cosa de la línea.
–Esa cosa de la línea –repitió Gibby riendo–. Te amo tanto. Sí, ahora hago esa cosa de la línea. –Un momento más tarde, un punto rojo apareció al inicio del ducto de ventilación y se extendió en una línea a través del sistema de ventilación. Dobló hacia la derecha, a la izquierda, dos veces más a la derecha y se detuvo en el centro del edificio–. Listo, eso debería llevarte a una rejilla en el techo. Podrás escuchar a cualquiera adentro.
–¿Sistema de seguridad? –preguntó Guardián, mirando el acceso del conducto.
–Viejo –señaló Jazz–. Parece un sistema sencillo que solo registra las veces que se abre la puerta del frente después de las horas laborales. No lo actualizan desde 2004.
Guardián asintió.
–Bien. La ciudad me llama. Escucho sus gritos y haré lo que sea para salvarla. –Silencio. Guardián se golpeó el lado del casco otra vez–. ¿Me escucharon?
–Sí –dijo Jazz–. No sabíamos si ibas a seguir. ¿No sueles decir algo sobre corazones enfermos y una retorcida montaña de…
–¡No hay tiempo! Llegó la hora –gritó Guardián–. Es hora de sacar la… Ah, no, no puedo usar eso, ya usé la palabra hora. Maldición. Está bien, aguarden. Ya… casi… lo… tengo. Solo… un… segundo… más y… ¡Ah! –Infló el pecho–. ¿Quieres intentar llevarte esas joyas que no te pertenecen? ¡Veamos qué te parece que te patee tus joyas!
Esperó un aplauso estruendoso.
No llegó.
Guardián se desinfló levemente.
–Ah, vamos, ¿en serio? Fue increíble.
–¿Eso es lo que consideramos increíble ahora? –preguntó Gibby–. Mala mía. ¡Grito gay! Eres tan bueno con todo esto de ser un superhéroe. Nunca vi algo tan…
–Las odio –balbuceó Guardián.
Seth se puso su propio casco y sus lentes se iluminaron de un rojo ominoso cuando entró en línea.
–Faro, aquí Pyro Storm. Vamos a entrar. Estén listas. Es hora de arder.
–¿Qué caraj…? Yo escribí esa frase. ¿Por qué suena más buena onda que la mía? ¡Te exijo que me la devuelvas y me hagas cumplidos sobre patear ladrones en sus joyas!
***
Aparentemente, algunos ductos de ventilación no son lo suficientemente grandes como para que quepa una persona con facilidad. Después de que salvaran el día otra vez, Guardián decidió que el siguiente proyecto de los Extraordinarios sería proponer un proyecto de ley para toda la ciudad que estableciera que todos los ductos de ventilación fueran más grandes para que determinadas situaciones (como la que Guardián estaba atravesando en ese momento) pudieran evitarse en el futuro.
–Empuja mi trasero con más fuerza –dijo, la presión sobre sus hombros y pecho por el ducto a su alrededor lo hacía respirar con dificultad. Sus piernas colgaban sobre la nada, pateando al aire vacío. Había querido meterse en el ducto solo, pero además de la vez que había flotado después de caer de un edificio (larga historia), todavía no dominaba eso de volar. O flotar. O siquiera saltar muy alto.
Guardián metió panza, deseando no tener costillas. Pyro Storm lo empujó y, justo cuando Guardián creía que iba a quedarse atascado para siempre, salió disparado hacia adelante, la parte superior del ducto se elevó levemente para darle más espacio. Pudo meter sus piernas adentro y apoyarse sobre las manos y rodillas, mientras su espalda se golpeaba contra el metal arriba.
–Estoy adentro –avisó, respirando con dificultad–. Faro, ¿podrían…? Ah, mierda, lo siento. Lo siento.
–¿Qué pasó? –preguntó Jazz.
Pyro Storm se quejó.
–Me pateó la cara.
Guardián avanzó un poco más por el ducto para darle lugar a Pyro Storm para que se subiera detrás de él.
–Fue un accidente. No es mi culpa que tenga las piernas largas como un bailarín.
–Sí, no –dijo Jazz–. Te vi bailar. Para ser un hombre queer, bailas como si tus articulaciones estuvieran atrofiadas.
–Mentira –se defendió Guardián con brusquedad, mientras el sudor se deslizaba por un lado de su cabeza hacia su oreja–. ¿Cómo te atreves a perpetuar estereotipos dañinos sobre la gente queer y su capacidad o falta de capacidad de sacudir sus traseros de una manera que sugiere sensualidad? ¿Qué sigue? ¿Vas a decirme algo sobre lo bien que me visto?
–¿Viste tu ropa? –preguntó Gibby.
–¡Gibby!
–Sí, sí. Tienes que doblar a la derecha… ahí.
El ducto se abría a su derecha y Guardián se arrastró en esa dirección, mientras Pyro Storm lo seguía de cerca por detrás. Guardián se detuvo, respirando con pesadez, deseando poder usar sus poderes para hacer que el ducto fuera más grande. Solo un poco más para poder caminar agachado en lugar de estar gateando sobre sus manos y piernas. Pero eso también haría mucho ruido y delataría su posición. No podía arriesgarse. No con los villanos que estaban en algún lugar debajo de ellos.
–Izquierda –indicó Gibby al oído cuando llegó a otra abertura.
–Estoy en eso –dijo, doblando hacia la izquierda y arrastrándose, intentando hacer el menor ruido posible. Esto, obviamente, significaba que sus rodillas sobre el metal sonaran como si un rebaño de vacas estuviera corriendo por una feria que no vendía nada más que estatuillas de cristal súper frágiles.
Mientras seguía avanzando, Pyro Storm habló detrás de él, susurrando, aunque su voz sonaba con claridad en los parlantes del casco de Guardián.
–Contamos cuatro. Armados. ¿Qué deberías hacer para evitar que te disparen?
–No atacarlos de frente –respondió Guardián con otro susurro–. Si podemos aparecer por arriba, o por detrás, nos dará una oportunidad de deshacernos de ellos sin que se dispare una sola bala.
–Correcto. Incluso si toma más tiempo, siempre vale la pena evitar alguna herida potencial o perder la vida. ¿Qué tal si hay inocentes? Digamos, un guardia de seguridad que tomaron de rehén. ¿Qué haces entonces?
–Lo protejo cueste lo que cueste –contestó Guardián, su entusiasmo subiendo una vez más–. Son la prioridad principal. Las joyas probablemente estén aseguradas y es mejor salvar gente que un montón de rocas a las que unos tipos raros le ponen un valor solo porque son brillantes.
–Así es. La gente siempre está primero, la propiedad, segundo; aunque tenemos que recordar que si hay algún daño, alguien tiene que limpiarlo y no queremos darle más trabajo a otros si podemos evitarlo.
Guardián hizo una mueca de dolor mientras se golpeaba el codo contra la pared del ducto.
–Ser altruista es tan difícil. Sería más fácil que no nos importara nadie ni nada.
Pyro Storm rio.
–Así es ser un héroe.
–Lo sé. Pero ¿qué tal si…?
El metal debajo de ellos crujió peligrosamente. Guardián miró hacia abajo lentamente, horrorizado a medida que el ducto empezaba a mecerse de lado a lado.
–Ehm –dijo–. ¿Debería estar haciendo eso o…?
Guardián, o más bien, Nick, era excepcional para las caídas. Ya fuera de un puente, de una azotea. Cielos, de la cama. Así que no debería haber sido una sorpresa cuando el ducto debajo de él colapsó con un chillido metálico estruendoso, haciéndolo caer de cara hacia el suelo que estaba a tres metros debajo de él.
–Ay, mierda, ay, mierda, ay, ¡mierda!
Levantó las manos a medida que el cemento se acercaba a toda velocidad y, en su cabeza, esa chispa como una estrella explotó. Cerró los ojos, con la esperanza de estar lo suficientemente intacto para tener un funeral a cajón abierto en el que todos lloraran y gritaran desesperados que se lo habían llevado demasiado pronto, que era el mejor de todos, ¿cómo podemos seguir adelante sin Nicholas Bell?
Durante un momento, todo se desvaneció a su alrededor. El edificio, el metal que caía con él, el hecho de que quisiera probarse esta noche, todo. Lo único en la existencia eran Nick y la luz que explotaba, esa luz que nunca hacía lo que él quería. Extendió una mano para sujetarla.
Por favor, dijo, ya sea en voz alta o en su cabeza, no lo sabía. Llevó la luz hacia su pecho, acurrucándose a su alrededor, sujetándola con fuerza. Por favor.
Cuando no terminó como una pila de huesos y materia gris expuesta, abrió los ojos y se encontró flotando a unos palmos del suelo agrietado de cemento, mientras los restos de metal del ducto flotaban a su alrededor. Miró maravillado y extendió una mano y presionó un dedo contra una de las piezas de metal, observándola girar lentamente. Escuchó voces en su cabeza, sus amigos exigiéndoles saber si estaba muerto.
–Lo estoy haciendo –susurró maravillado–. ¡Rayos, sí! Chúpense eso, estúpidos…
Guardián cayó al suelo con fuerza, mientras el metal retumbaba contra el cemento y rebotaba en todas direcciones.
–Auch –se quejó con la cara contra el suelo–. Ah, por Dios, duele. Todo duele. Faro, Guardián ha caído. Repito, Guardián ha caído y está gravemente herido. ¡Envíen un médico y potencialmente un sacerdote para hacer las últimas ceremonias!
Giró sobre su espalda, haciendo una mueca por el dolor que sentía en el pecho y las rodillas. Por encima de él, Pyro Storm se asomó por el borde del ducto colapsado. Guardián lo saludó débilmente.
A pesar de su dolor, todavía podía apreciar a Pyro Storm saliendo del ducto, haciendo una voltereta en medio del aire y flotando suavemente hacia el suelo, aterrizando de pie.
Pyro Storm se arrodilló a su lado y sujetó su rostro.
–Estás bien. Solo fue un metro.
–Contra una superficie dura –señaló Guardián–. Mira. Mira lo duro que es el suelo.
–Sí, lo sé –dijo Pyro Storm–. Probablemente sea el suelo más duro jamás hecho.
Guardián apartó la mano de Pyro Storm.
–Sí, sí. Sabes contar chistes. Qué gracioso. –Se levantó del suelo, haciendo una mueca de dolor. Pero luego olvidó todo cuando recordó lo que acababa de hacer–. Amigo, floté. ¿Lo viste? Y sí, sé que solo parece funcionar cuando me caigo, pero igual.
–Probablemente deberías cambiarte el nombre a Flotador –dijo Gibby en su oído–. Eso de seguro va a asustar hasta los huesos a tus enemigos.
–¿Estás bien para seguir? –preguntó Pyro Storm, mirando de pies a cabeza a Guardián–. ¿O quieres que lo dejemos acá?
Guardián sacudió la cabeza.
–Estoy bien. Sigamos.
Miró a su alrededor y vio que estaban en una habitación grande que parecía usarse como depósito. Había varios estantes sobre las paredes a cada lado de él, llenos de latas de pintura y suministros de limpieza, su olor era pesado y abrasivo. Detrás de ellos, había una puerta que llevaba hacia la planta baja del edificio. Avanzó corriendo hacia ella, planeando atravesarla y decir enseguida una frase magnífica que haría que los matones armados temblaran del miedo. Pero se detuvo, deslizándose antes de que pudiera pensar una, recordando lo que Seth le había enseñado.
Guardián apoyó una oreja contra la puerta, intentando determinar si alguien al otro lado lo había escuchado. Apenas se estremeció cuando Pyro Storm apareció a su lado, sus labios curvados en una pequeña sonrisa.
–Bien –dijo Pyro Storm, apoyándose contra la puerta y Guardián se sonrojó por el halago–. Estás pensando por adelantado. En lugar de abrir la puerta de golpe y asustar a alguien, lo estás tomando lento. No siempre será así, pero cuando tienes la oportunidad de tomarte tu tiempo, te hará las cosas más fáciles a largo plazo. ¿Qué escuchas?
–Nada. Ninguna voz. Ningún movimiento.
–¿Qué puede significar eso?
Guardián se alejó de la puerta.
–O están lejos en el edificio y no nos escucharon, o están esperando para tendernos una trampa.
–Exacto –dijo Pyro Storm–. Gibby, los planos otra vez, por favor. Solo del interior. Muéstranos dónde estamos. Parece que es un depósito.
Dentro del casco de Guardián, el edificio se formó una vez más. La imagen se agrandó y mostró dos puntos titilantes en la esquina oeste del edificio.
–Los encontré. Están un poco fuera de curso, pero… aguarden. –A través de los parlantes se escuchó el sonido de sus dedos escribiendo en el teclado. La imagen giró ciento ochenta grados y un punto blanco empezó a titilar en el extremo sur del edificio–. Ahí es donde tienen que ir. Es donde se supone que están las joyas. Los ladrones también, si no los escucharon.
La imagen colapsó.
–Abrimos la puerta –dijo Guardián–. Vamos al final del corredor. La última puerta a la derecha hacia la sala de muestras. –Tomó el picaporte y empezó a girarlo, pero entonces Pyro Storm apoyó su mano sobre la suya, impidiéndole abrir la puerta.
–Cuidado –advirtió Pyro Storm mientras Guardián lo miraba–. Ya sabes cómo es esto. Lento.
Guardián asintió mientras Pyro Storm retrocedía.
–Sería mucho más fácil si tuviéramos granadas de aturdimiento. Solo arrojamos uno de esos bebés y ¡bam! Todos quedan ciegos.
–Ya hablamos sobre esto –le recordó Pyro Storm con paciencia–. Y acordamos que la idea de que tú estés con una granada de cualquier tipo era extremadamente aterradora.
–Probablemente termines haciendo que te explote en la cara –dijo Jazz–. Y la verdad me gusta tu cara, así que…
–Sí, sí. –Giró el picaporte lo más despacio que pudo. Una vez que escuchó el chasquido de la cerradura, abrió la puerta apenas y se asomó hacia la oscuridad al otro lado.
El pasillo parecía vacío. Puertas cerradas, tres a la izquierda, dos a la derecha. Las luces apagadas. Ningún movimiento, ningún sonido. Miró a Pyro Storm y sonrió.
–¿Es malo que casi quiera que los ladrones nos estén esperando? ¿Qué grandioso sería tener una escena de pelea en un pasillo?
Gibby rio.
–Te cuesta pelear en espacios abiertos, así que creo que una pelea en un pasillo va a hacer que te terminen pateando el trasero.
Guardián resopló.
–A mí nadie me patea el trasero. A veces, finjo perder para que se vea como si no tuviera idea de lo que estoy haciendo para luego tener la ventaja.
–Ah –dijo Gibby–. Bueno, si ese es el caso, eres muy bueno.
–Gracias… espera, qué.
Pyro Storm se aclaró la garganta.
–Cierto –dijo Guardián–. Estamos en medio de algo. En eso.
Abrió la puerta y salió lentamente hacia el pasillo. Mantuvo los ojos en las puertas cerradas, Pyro Storm lo siguió, mirando cada uno de sus movimientos. Si bien sabía que su novio estaba ahí para ayudarlo, Guardián quería hacerlo sentir orgulloso, mostrarle a Pyro Storm que podía confiar en él para cubrirle la espalda.
Intentó con la primera puerta. Cerrada. Lo mismo con la segunda. Y la tercera. Apenas giró el picaporte de la cuarta, sabiendo que probablemente también estaba cerrada.
Se detuvo frente a la última puerta a la derecha. Tenía una ventana rectangular y se presionó contra la pared a un lado de la puerta, desde donde estiró el cuello para mirar a través del vidrio.
Se quedó sin aliento.
Al otro lado había tres figuras vestidas de negro de pies a cabeza con pasamontañas sobre la cara. Todas tenían armas y linternas, cuya luz se movían de un lado a otro mientras inspeccionaban la habitación a su alrededor. Dos de las figuras estaban paradas una al lado de la otra, sus cabezas juntas como si estuvieran en medio de una conversación, de espaldas a la puerta. Quizás todavía tenían el elemento sorpresa.
Fue entonces que la tercera figura se hizo a un lado, dejando a la vista lo que habían venido a buscar.
Ahí, dentro de una caja de cristal, había un enorme diamante, reluciente sobre una pequeña superficie cubierta por un terciopelo rojo. Un único haz de luz caía sobre la joya, que hacía que la luz se refractara en un arcoíris. La tercera figura estaba inclinada, una mano sobre su rodilla, y la pistola apuntando hacia abajo mientras miraba el diamante.
Tres ladrones de joyas. Cuando se suponía que debía haber cuatro.
Guardián miró a Pyro Storm, quien inclinó la cabeza con una pregunta.
–¿Dónde está el cuarto?
Pyro Storm asintió, sonando aliviado cuando dijo:
–Perfecto. A veces, tienes que tomar decisiones en la marcha y las repercusiones que sigan corren por tu cuenta. Sabes que hay un cuarto, pero solo puedes ver tres. ¿Qué haces?
Guardián miró nuevamente por la ventana. Los tres matones ahora estaban parados alrededor del diamante. Parecían estar esperando algo. Guardián estaba a punto de decirle a Pyro Storm que deberían arriesgarse de que el cuarto tipo estaba en algún otro lugar cuando, por el rabillo de sus ojos, vio una sombra pararse a su lado. El pánico asomó su horrible cabeza y le aplastó la garganta, dificultándole respirar.
Owen, pensó, la palabra apareció en su cabeza como una estrella negra en su cabeza, haciendo que su visión se oscureciera. Ah, por Dios, es…
No era Owen.
Se había equivocado.
La última puerta a la izquierda estaba abierta, la que apenas había revisado. Y ahí, con una pistola apuntada directo a la cabeza de Pyro Storm, los ojos entrecerrados detrás del pasamontaña, estaba el cuarto hombre, su boca retorcida en una horrible sonrisa.
–Vaya, vaya, vaya –dijo, su voz ronca y grave–. ¿Qué tenemos aquí?
–Mierda –soltó Guardián.
***
Cruzó la puerta bruscamente cuando el hombre lo empujó. Logró mantenerse parado mientras los otros tres que estaban alrededor del diamante voltearon hacia ellos.
–Miren lo que encontré, muchachos –dijo su captor, presionando la pistola contra la cabeza de Pyro Storm, mientras el matón lo obligaba a entrar a la habitación–. Parece que tenemos un par de metomentodos.
–¿Metomentodos? –preguntó Guardián–. Ni siquiera sé qué significa eso.
–No ayudas –murmuró Pyro Storm mientras el hombre los hacía pararse lado a lado, rodeándolos lentamente con la pistola apuntada en su dirección. Los otros se unieron a él, todos con las pistolas apuntadas a Guardián y Pyro Storm.
El cuarto hombre rio maníacamente.
–Cayeron en nuestra trampa.
Guardián lo miró furioso.
–¿De qué rayos estás hablando?
El hombre del frente rio.
–No nos importa el diamante. Ustedes dos son más estúpidos que esa estúpida roca. Confía en mí cuando digo que nuestro jefe no puede esperar a ponerles sus manos encima.
El hombre detrás de ellos asomó su cabeza junto a la de Guardián, la pistola en la base de su columna.
–Déjenmelo a mí –susurró–. Vamos, ¿qué dicen? Quiero despellejarlo y ver qué clase de sonido hace.
–Guau –dijo Guardián–. Es fue bastante turbio, incluso para mí. ¿Quizás podrías bajar un poco la intensidad? Pareces un psicópata.
–Así es. Soy un psicópata. De hecho, así es como me llaman todos. Psicópata. Espera. Caníbal Psicópata.
–Suficiente –dijo el hombre del frente–. Es hora de terminar con esto. –Levantó su pistola otra vez, esta vez apuntándole a la cabeza a Pyro Storm.
–Inténtalo –gruñó Guardián–. Será lo último que hagas.
El hombre lo miró antes de encogerse de hombros.
–Está bien.
Jaló el gatillo.
El tiempo se detuvo alrededor de Guardián. La sangre fluyó hacia sus oídos a medida que los colores del mundo se derretían como cera. El aire entre los héroes y los matones se sacudió como la superficie de un lago. Guardián sacudió la cabeza y Caníbal Psicópata salió volando contra la pared, cayendo derrotado en el suelo. Guardián no le prestó atención, ya que toda su atención estaba en la sentencia de muerte firmada para Pyro Storm.
La chispa en su cabeza aumentó su intensidad, mientras cerraba su mente a su alrededor una vez más, familiar, segura, suya. La bala se ralentizó, giró, y apuntó al hombre que había hecho el disparo, el hombre que había intentado quitarle todo a Guardián.
–Chúpate esto –gruñó Guardián y la bala avanzó hacia el hombre, dando justo entre sus ojos.
El hombre parpadeó a medida que la bala, en realidad un dardo de espuma verde con una sopapa en la punta, rebotó sobre su cabeza y cayó al suelo.
–¿Me asesinaste? –preguntó el hombre, sin poder creerlo–. ¿Qué rayos, Nicky? –dijo Aaron Bell mientras se quitaba el pasamontañas, su cabello oscuro cubierto de sudor, totalmente despeinado–. Ya hablamos sobre esto. Muchas, muchas veces. No puedo creer que tenga que repetirlo, pero lo haré: Nosotros. No. Matamos.
Detrás de él, un hombre se quejó mientras se levantaba de la pared.
–Ah, cielo santo, mis huesos. Mis huesos de verdad –dijo y Guardián volteó sobre su hombro para ver a Miles Kensington quitarse su propio pasamontañas con una mueca de dolor–. Cuando Jasmine me pidió en nuestra salida de padre e hija si podía ayudar con el entrenamiento de Nick, no mencionó que me lanzarían contra una pared.
Guardián puso los ojos en blanco.
–Sí, quizás deberías haberlo pensado antes de hacerte llamar Caníbal Psicópata.
–Está bien –declaró Trey Gibson, levantando su pasamontañas para dejar al descubierto su cara, dejándolo sobre su cabeza–. Descubrí algo: sostener la pistola de lado es inútil. No puedes apuntarle a nada. Las películas mintieron y deberían estar avergonzados. Gibster, ¿tú sabías esto?
–¿Si sabía que las películas no eran la vida real? –preguntó Gibby a través del comunicador–. Sí, papá.
–¡Ajá! –gritó el último hombre, apuntando su propia pistola de dardos de espuma a los demás, sacudiéndola salvajemente–. Ahora, los traicionaré a todos y…
–¿Seth? –llamó una voz a través del comunicador–. Soy Martha. Lamento interrumpir, cariño. Parece que te estás divirtiendo, pero ¿podrías pedirle a tu tío que compre papel higiénico cuando termine su traición? Me olvidé de comprar cuando fui a la tienda. Y dile que, si vuelve a casa con los de hoja simple porque son más baratos, vamos a tener una larga charla.
Bob Gray se quitó el pasamontañas y dijo:
–Maldición. Mi traición estaba yendo tan bien.
–Guau –soltó Miles, saltando sin parar–. Creo… Creo que curé mi dolor de espalda. ¿Quién iba a saber que lo único que necesitaba era que me arrojaran contra la pared usando telekinesis? ¡Toma eso, quiropráctico estafador!
Guardián levantó las manos, disgustado.
–Son los peores pseudovillanos que alguna vez hicieron pseudovillaneadas. Se termina el entrenamiento. Guardián fuera. –Se quitó el casco, mirando furioso a su papá, quien arrojaba el dardo de espuma de arriba abajo.
–Tu hijo te mató –le recordó Trey al papá de Nick–. Hay algo bastante shakespeariano ahí.
El papá de Nick suspiró.
–Sí, tenemos que seguir trabajando en eso, supongo. Creería que no matar a nadie era algo que se daba por hecho, pero aquí estamos.
Antes de que Nick pudiera lanzarse en una diatriba devastadora de que su padre probablemente terminaría teniendo que contarle a su terapeuta, Seth se quitó el casco y intervino:
–Nick, ¿te das cuenta qué fue lo que salió mal?
Gruñendo por lo bajo, Nick asintió.
–La última puerta. No la revisé.
–Estaba escondido adentro –dijo Miles, sonando bastante contento–. Sabes que se suponía que debías mantenerte en silencio, ¿verdad?
Nick se quejó.
–Es porque todavía no tengo abdominales. Y no, no puedes preguntar cómo eso explicaría algo. Solo lo explica.
–Deberías considerar ir a correr al estadio –sugirió su papá–. Subir las escaleras te pondrá en forma. Solo no me pidas que yo lo haga porque mis rodillas están en la miseria y porque no quiero.
Nick miró a su padre horrorizado.
–Papá, no.
–Papá…
–Aaron –dijo Miles–. Yo me encargo. –Caminó alrededor de Nick y Seth, mirándolos de arriba abajo antes de detenerse frente a los demás, cruzando los brazos sobre su pecho. El resto pareció tomar eso como una señal para posar, Trey apoyó las manos sobre su cintura, Bob golpeteó la pistola Nerf contra un lado de su cabeza, su papá arrojó el dardo de arriba abajo sin siquiera mirarlo.
Miles asintió, infló el pecho y dijo:
–Papá, sí.
–Escuadrón Papá –anunció Trey, chocando un puño con Bob sin siquiera mirar, que qué.
Nick se quejó.
–Estoy de acuerdo con que los viejos intenten cosas nuevas, pero ¿de verdad tenían que hacer camisetas?
–Las llevamos puestas ahora mismo –dijo su papá con entusiasmo y, obviamente, todos se desabrocharon sus chaquetas para dejar al descubierto camisetas idénticas que tenían la misma letra estilizada: ESCUADRÓN PAPÁ.
–La mía tiene letras brillantes –dijo Trey, acariciando los brillitos sobre su pecho con entusiasmo–. Aysha dice que resaltan mis ojos. Pero creo que la usaría aun si no lo hicieran. No creemos en la masculinidad tóxica en nuestra casa. La brillantina es para todos.
Incluso aunque estaba un poco nervioso, Bob dijo:
–Espero que no te moleste que yo también tenga una camiseta del Escuadrón Papá, Seth. Ya sé que no soy… ya sabes. –Frunció el ceño mirando su camiseta–. Pensé en hacerme una que dijera Escuadrón Tío, pero…
Seth se acercó a él y Bob sonrió cuando su sobrino lo abrazó con fuerza.
–Está perfecto –lo interrumpió Seth en voz baja–. Más que eso, incluso.
–¿En serio? –dijo Bob, su rostro sobre el cabello de Seth–. Esperaba que sí.
Nick los dejó solos y se acercó al diamante que descansaba sobre la caja de cristal.
–¿Dónde consiguieron esto? No es real, ¿verdad? Aah, es tan brillante. –Presionó su cara contra el cristal, haciendo que se empañara–. Lo quiero.
–Miss Conduct –respondió su papá, parándose junto a Nick–. Mateo lo usa como parte de su espectáculo drag. Algo sobre que un diamante es el mejor amigo de una chica.
Nick suspiró.
–Creo que está enamorado de ti.
Su papá asintió con solemnidad.
–No lo culpo. Soy muy atractivo.
Haciendo arcadas, Nick soltó:
–¡Qué asco!
–Gracias, muchacho.
–No puedes salir con Miss Conduct –dijo Nick, empezando a entrar en pánico–. Yo soy el único queer en esta familia. ¿Cómo te atreves a intentar usurpar mi trono?
–O –dijo su papá–, puedo amar a quien quiera y, si resulta que es Mateo, entonces…
–Como si pudieras con una drag queen. Te masticaría y te escupiría vivo. –Miró furioso a su papá–. Y no me digas que eso es algo que disfrutarías. Ya estoy bastante marcado así como son las cosas.
Molesto, Nick miró al resto. Miles estaba haciendo saltos de tijeras mientras exclamaba que su quiropráctico no iba a creer esto, Trey estaba, por alguna razón, todavía tocando las letras brillantes en su pecho, y Bob tenía un brazo sobre los hombros de Seth, manteniéndolo cerca suyo.
Olvidándose por un momento de los crímenes de lesa humanidad de su padre, Nick se sintió conmovido, no por primera vez, pero quizás con mayor claridad que antes, por lo afortunado que era. Desde que les habían contado la verdad sobre sus hijas a Miles y Trey, no hubo un momento en el que Nick no se sintiera querido y validado. Incluso si eso significaba pasar la noche del viernes en un edificio vacío que Bob había conseguido usando sus contactos como portero.
Su irritación por la ridiculez de su padre se desvaneció tan rápido como llegó. Porque aquí estaba su papá con el resto del tonto Escuadrón Papá, trabajando para que Nick pudiera convertirse en el mejor héroe posible. No tenía que estar aquí. Ninguno de ellos tenía que hacerlo. Pero aquí estaban y Nick se sentía absurdamente conmovido por su fe en él. Si su mamá hubiera estado aquí, también habría hecho que todo se sintiera mejor.
Su papá lo estaba intentando. De verdad lo estaba haciendo. Desde que renunció a la fuerza y empezó terapia, parecía… más ligero, de algún modo. Era el momento perfecto para garantizar el deseo más profundo de su hijo. Y de verdad había intentado dispararle a Seth, con un dardo de espuma, pero el punto era el mismo, así que su papá le debía una.
–¿Qué dices, pa? ¿Crees que soy lo suficientemente bueno para salir solo?
Todos se quedaron en silencio mientras su papá fruncía el ceño antes de suavizarlo. Apoyó una mano sobre los hombros de Nick, vacilando por un momento.
–Sé que crees que estás listo. Y vi lo mucho que estuviste trabajando estas últimas semanas.
–Pero –dijo Nick, sabiendo lo que venía.
–Pero –continuó su papá–, tenemos que tener cuidado, muchacho. Viste lo que pasó desde que Seth reveló su identidad. ¿Estás listo para arriesgarte a que eso mismo te pase a ti?
–Mejoró un poco –contó Bob–. Ya no llegan tantas amenazas de muerte ahora que cambiamos el número de teléfono a uno que no aparece en las guías telefónicas. Y no vandalizan nuestra casa desde hace semanas, así que lo cuento como una victoria. Las cámaras de seguridad ayudan.
–No se trata de eso –aclaró Trey, asintiéndole al papá de Nick mientras se acercaba a ellos. Su papá retrocedió, bajando sus brazos–. No hablaré por tu papá, Nick, pero sabes tan bien como nosotros que no estamos enfrentándonos solo a vándalos.
–Burke –espetó Nick, sintiendo esa vieja ira familiar que crecía en su interior.
–Burke –repitió Trey–. Desde que anunció su candidatura para alcalde y que podía curar a los Extraordinarios… –sacudió la cabeza–. No, curar no, porque eso implica que hay algo malo contigo y Seth y los otros como ustedes.
–Lo sé. Pero eso no significa que me pueda esconder para siempre.
–Lo entiendo, muchacho –dijo su papá–. Te prometo que sí. Pero ¿estás listo para el momento en el que todo se vuelva más real? ¿Cuándo se disparen balas de verdad en lugar de dardos de espuma? Olvídate del puente. Olvídate del baile de graduación. Esto es diferente. ¿Puedes pararte ahí y decirme que esto es algo para lo que de verdad estás listo?
Nick estaba a punto de abrir la boca y responder sí enfáticamente, pero se contuvo. Su telekinesis era un poco quisquillosa y todavía estaba intentando agarrarle el ritmo. Había derrotado a villanos como Humo y Hielo cuando atacaron Centennial High en el baile de graduación, pero ¿cómo podía estar seguro de que podría hacer lo mismo otra vez?
Nick suspiró, dejando caer sus hombros.
–No lo sé. –Frotó su bota contra el suelo.
Su padre pasó un brazo sobre sus hombros.
–No te presiones mucho, ¿está bien? Lo resolveremos. Hagamos un trato: pasemos el verano y luego podemos volver a hablar antes de que regreses a la escuela.
