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Robbie Fontaine ha ido de manada en manada toda su vida, pero lo que siempre ha deseado es tener un lugar al que considerar su hogar. Cree haberlo encontrado en Caswell, donde vive tranquilo. Pero cuando una misión lo aleja de la manada, descubre que nada es lo que parece. Robbie empieza entonces a cuestionárselo todo. Hay susurros de traición entre los lobos, pero, ¿quién dice la verdad? ¿Quién está mintiendo? Y, ¿por qué cada noche tiene extraños sueños donde la luna le implora que vuelva a casa?
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Seitenzahl: 713
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Robbie Fontaine ha ido de manada en manada toda su vida, pero lo que siempre ha deseado es tener un lugar al que considerar su hogar.
Cree haberlo encontrado en Caswell, donde vive tranquilo. Pero cuando una misión lo aleja de la manada, descubre que nada es lo que parece. Robbie empieza entonces a cuestionárselo todo.
Hay susurros de traición entre los lobos, pero, ¿quién dice la verdad? ¿Quién está mintiendo?
Y, ¿por qué cada noche tiene extraños sueños donde la luna le implora que vuelva a casa?
EN TU CORAZÓN AÚLLA UNA CANCIÓN Y SOLO ELLA PODRÁ MOSTRARTE EL CAMINO
Empezó a escribir a los ocho años, aunque por aquel entonces no sabía que se convertiría en su trabajo dos décadas después.
Autor Best Seller del New York Times, sus obras de ficción LGTBIQ+ le han valido el premio Lambda Literary. En 2020, Amazon lo situó en la lista de mejores libros dentro de la categoría de ciencia ficción y fantasía.
Como miembro del colectivo, Klune cree que es importante, ahora más que nunca, tener una representación queer fidedigna y positiva en las historias.
Para quienes intentan encontrar el camino de vuelta a casa.
Es cierto, me reservo algunos trucos, me guardo algún as en la manga. Pero soy lo contrario de un mago de la escena. Él ofrece una ilusión con apariencia de verdad, yo os entregaré la verdad con el amable disfraz de la ilusión.
TENNESSEE WILLIAMS, El zoo de cristal
En mi sueño, los rayos de luz se filtraban entre los árboles de un bosque antiguo. Era seguro. No sabía cómo lo sabía. Simplemente lo hacía.
Quería correr lo más rápido posible. La enloquecedora necesidad de transformarme me ardía debajo de la piel.
No lo hice.
Las hojas crujían bajo mis pies.
Pasé la mano por la corteza de un viejo olmo. Estaba áspera. Y, luego, húmeda por un hilo de savia, pegajosa y tibia.
Los árboles susurraron.
Decían «aquí, aquí, aquí».
Decían «aquí es donde perteneces».
Decían «aquí es donde debes estar».
Decían «esto es MANADA y VIDA Y CANCIONES en el aire CANCIONES que se cantan porque esto es hogar hogar hogar».
Cerré los ojos y respiré.
La luz parecía más brillante en la oscuridad.
Se arremolinaban pequeñas motas de polvo.
Me llevé la resina a la lengua.
Era antigua.
Y tenía un sabor fuerte.
Y…
Un gruñido bajo a la derecha.
Abrí los ojos.
Había un lobo blanco erguido entre los árboles, a lo lejos. Tenía manchas negras en el pecho, las patas y el lomo.
No lo conocía
(él)
pero me resultaba
(él)
familiar. Lo tenía en la punta de la lengua, mezclado con la resina del olmo y…
Los ojos le empezaron a brillar de color rojo.
Un Alfa.
No me asusté.
El lobo —él— no estaba allí para herirme.
No sabía cómo lo sabía. Quizá eran los árboles. Quizá era este lugar. Quizá era la resina que me recubría la garganta.
—Hola —dije.
El Alfa bufó y sacudió la cabeza.
—No sé dónde estoy. Creo que estoy perdido.
Tocó el suelo con la pata y hurgó líneas irregulares en la tierra.
—¿Sabes dónde estoy?
Dijo «estás muy lejos».
Sonaba como la voz de los árboles.
Era la voz de los árboles.
El Alfa dijo «no me perteneces a mí no eres mío no eres MÍO pero podrías serlo por quien eres».
—No sé quién soy —admití, y era terrible decirlo en voz alta, pero después me sentí… más ligero.
Casi libre.
El Alfa dio un paso hacia mí.
«lo sé lo sé criatura pero lo sabrás te prometo lo sabrás eres importante eres especial eres…».
Estalló un relámpago y vi que estaba rodeado. Docenas de lobos merodeaban entre los árboles. Tenían los ojos rojos, naranjas y violetas…
Los árboles se movían de un lado a otro por la violencia del viento.
Pensé que saldría volando, que el viento me arrastraría hacia el cielo negro y que me perdería en la tormenta.
Los lobos se detuvieron.
Levantaron las cabezas al unísono.
Y aullaron.
Me atravesó, me estaba rompiendo, mis huesos se convertían en polvo. No podía moverme, no podía respirar, no sabía cómo detenerlo, ni tampoco quería. Eso fue lo que más me afectó, que no quería que acabara. Quería consumirme, sentir como se me desgarraba la carne y como sangraba sobre la tierra, que mi sacrificio importara, que significara algo para alguien.
El Alfa dijo «no no puedes esto no es eso esto es DIFERENTE esto es MÁS porque tú eres MÁS...».
Alguien me puso unas manos en los hombros.
Una voz me susurró al oído.
—Robbie. Robbie, ¿me oyes? Escucha mi voz. Escucha. Estás a salvo. Te tengo. ¿Me escuchas, querido? Por favor.
Las manos me apretaron los hombros, los dedos se me clavaron en la piel y sentí que me arrastraban hacia atrás al mismo tiempo que volaba entre los árboles. Los lobos gritaban, gritaban, gritaban sus canciones de furia y horror. Y mientras el mundo comenzaba a agrietarse a mi alrededor, mientras se rompía en pedazos, un lobo emergió de entre las sombras.
Era gris, con manchas negras y blancas en la cara y entre las orejas.
Y en la boca llevaba…
Me senté ahogando un grito, agitado. Durante un instante, no supe dónde estaba. Había lobos y árboles, y se estaban rompiendo y yo tenía que recomponerlos. Tenía que hacer que las piezas encajaran para que volvieran a estar completos y poder…
—Estás bien —dijo una voz amable—. Robbie. Estás bien. Solo ha sido un sueño. Estás a salvo.
Parpadeé e intenté recuperar el aliento.
El hombre que tenía al lado parecía preocupado, con las líneas de expresión bien marcadas. Estaba en pijama e iba descalzo. Hacía tiempo que se había quedado sin cabello y tenía manchas en la cabeza y en las manos. Iba encorvado, más por la edad que por la preocupación. Pero tenía una mirada limpia y cariñosa, y era real.
Ezra.
Me calmé de inmediato.
Sabía donde estaba.
Estaba en mi habitación.
Estaba en la casa que compartíamos.
Estaba en casa.
—Por Dios —musité, bajando la vista hacia las sábanas que me cubrían las piernas y la cintura. Estaba sudando y el corazón me iba a mil. Me pasé la mano por la cara e intenté borrar las imágenes residuales que me bailaban en los ojos.
—¿Los sueños otra vez? —me preguntó Ezra, negando con la cabeza.
—Sí —respondí, dejándome caer sobre la cama y tapándome los ojos con el brazo—. Otra vez. Creía que ya lo había superado.
La cama se hundió cuando se sentó. Aunque tenía calor, el aire de la habitación era fresco. La primavera estaba tardando en llegar y, aunque mayo ya había llegado, la nieve se negaba a irse, ya medio derretida y sucia. La luna seguía llamándome, como un gancho, en los confines de mi mente.
Ezra me apartó el brazo de la cara y me puso el reverso de la mano en la frente.
—No puedes forzarlo, Robbie. —Sentía el ceño fruncido en su voz—. Cuanto más lo intentes, peor será. —Titubeó—. ¿Ha pasado algo? Has estado callado toda la cena. Si quieres hablar, aquí me tienes.
Suspiré mientras movía la mano. Abrí los ojos y contemplé el cielorraso. Me estaba calmando y el sueño se desvanecía. Me sentía… más tranquilo. Podía pensar. Y sabía que era gracias a él. Me mantenía con los pies en la tierra. Era lo más parecido a un padre que tenía y su cercanía bastaba para devolverme a la realidad.
Giré la cabeza para mirarlo. Parecía preocupado. Me estiré y me cogió la mano. Sentí los huesos viejos debajo de la piel delgada como el papel.
—No es nada.
—Me cuesta creerlo —resopló—. Quizá puedas engañar a los demás, pero yo no soy como ellos. Y lo sabes. Vuelve a intentarlo.
Sí, lo sabía. Busqué las palabras adecuadas.
—Es… —Negué con la cabeza—. ¿Alguna vez has pensado que puede haber algo ahí afuera? ¿Algo más?
—¿Más que qué?
—Que esto.
No encontraba la manera de convertir mis pensamientos confundidos en palabras coherentes. Él asintió lentamente.
—Aún eres joven. No me extraña que pienses eso. —Bajó la vista hasta nuestras manos unidas—. De hecho, me parece bastante normal. Yo era igual cuando tenía tu edad.
Me sentí un poco mejor.
—¿Cuántos siglos hace de esto?
Su risa sonó oxidada y seca. Era un sonido que no oía tan a menudo como me hubiera gustado.
—Qué descarado. No soy tan viejo. Todavía no. —Su risa se apagó—. Me preocupo por ti. Y sé que me dirás que no lo haga, pero eso no me detendrá. No estaré aquí para siempre, Robbie, y…
—No empieces otra vez —gruñí—. No irás a ningún lado. No te dejaré.
—No sé si tienes control sobre esa decisión.
—¿No? Ya veremos.
La idea me incomodaba. Era tan frágil, tan quebradizo. Los humanos solían serlo, y no soportaba la idea de que le fuera a pasar algo. Era un brujo, sí, pero la magia tenía sus límites. Una vez le pregunté qué pasaría si se transformaba en lobo. Le dije que correríamos juntos bajo la luna llena; me abrazó y me frotó la espalda mientras me decía que los brujos no podían ser lobos. Su condición no lo permitía. Si alguna vez lo mordía un Alfa, ambas magias lo destrozarían. No volví a preguntárselo.
—Sé que harías mucho por mí… —Me apretó la mano.
—Cualquier cosa —lo corregí—. Haría cualquier cosa.
—… pero debes prepararte. No puedes estancarte, Robbie. Eso quiere decir que debes pensar en lo que te espera. Ese algo más que acabas de mencionar. Y, por más que me gustaría quedarme siempre contigo, no será así.
—Pero no será pronto, ¿verdad? —insistí.
Puso los ojos en blanco; lo quería tanto.
—Estoy bien. Todavía me guardo algunos ases en la manga. Nada por lo que debas preocuparte.
—Tiene gracia que tú digas eso.
—No creas que no me he dado cuenta de cómo le has dado la vuelta a la conversación para hablar de mí —me espetó con el ceño fruncido.
—No tengo ni idea de qué hablas.
—Espero, de verdad, que no esperes que me lo crea. ¿Qué ha pasado en el sueño esta vez?
Desvié la mirada. No podía mirarlo y hablar de esto. Me parecía una traición.
—Lo mismo.
—Ah. Los lobos entre los árboles.
—Sí. —Tragué—. Ellos.
—¿El Alfa blanco?
—Sí.
—¿Qué crees que significa?
—No lo sé —respondí, encogiéndome de hombros—. Podría significar cualquier cosa. O nada.
—¿Lo has reconocido?
Negué.
—Y había otros. Muchos. Y estaban aullando.
«Cantando», casi se me escapa, pero me contuve en el último segundo.
—Es como si me estuvieran llamando.
—Lo entiendo. ¿Había algo más? ¿Algo distinto?
Sí. El lobo gris con manchas negras en la cara que llevaba una piedra entre los dientes. Nunca lo había visto. Aparté la mano del brujo y me froté el espacio entre el cuello y los hombros.
—No —dije—. Nada más.
Me pareció que me creía. ¿Por qué no iba a hacerlo? Siempre había sido sincero con él. No tenía motivos para esperar otra cosa.
—Siempre te ha costado encontrar tu sitio. Quizá sea este deseo de pertenecer que se manifiesta en tus sueños.
—Este es mi sitio. Contigo.
Las palabras sabían a quemado. A humo y ceniza.
—Lo sé. Pero eres un lobo, Robbie. Necesitas más de lo que yo puedo darte. Los lazos que tienes con la manada… son temporales. Evitan que te conviertas en un Omega. Es estresante. Lo noto, aunque tú no puedas.
—Ya basta. —Me volví hacia él con una sonrisa tensa.
Me palmeó la rodilla por encima de las sábanas.
—Si es lo que quieres. —No parecía convencido.
—Lo es. Siento haberte despertado.
—Últimamente el sueño se me resiste. —Se rio—. Cosas de la edad. Lo entenderás algún día. Es tarde o temprano, según como lo mires. Intenta descansar un poco, querido. Te hace falta.
Se incorporó, gruñendo; las rodillas le crujieron. Se le alzaron las mangas del pijama y dejaron a la vista viejos tatuajes, apagados y desvanecidos.
Cuando llegó a la puerta, se detuvo y me miró por encima del hombro.
—Sabes que puedes contarme cualquier cosa, ¿verdad? Sea lo que sea.
—Lo sé.
Asintió. Me pareció que iba a decir algo más, pero no lo hizo. Cerró la puerta; el suelo crujía a medida que avanzaba por el pasillo de nuestro pequeño hogar rumbo a su dormitorio.
Busqué el latido de su corazón.
Sonaba lento y fuerte.
Me tumbé de lado, con los brazos debajo de la almohada y la barbilla apoyada en la muñeca. La única ventana de mi habitación daba a un sector solitario del bosque.
El sueño se desvanecía. Me había parecido vibrante y vivo, pero ahora era translúcido. Apenas podía recordar el sabor de la savia.
Escuchando el latido del corazón de Ezra, cerré los ojos.
Esa noche, no volví a soñar.
Cerca de la frontera canadiense y al lado de la Reserva Nacional de Vida Silvestre de Aroostook (un bosque que nunca se secaba del todo), había un pueblo olvidado por los humanos.
Aunque era lo mejor.
Desde fuera, Caswell, Maine, no era nada. No había ninguna carretera importante a kilómetros a la redonda. La única manera de conocer el nombre del pueblo era un cartel viejo sostenido por dos postes negros. En letras doradas se leía BIENVENIDOS A y en blanco CASWELL. Debajo, se leía FUNDADO EN 1879 junto a un dibujo pequeño de un árbol con una granja.
Si por casualidad llegaba alguien, se encontraría con granjas viejas y calles sin una sola señal de tráfico. Había un tienda, un restaurante con un letrero neón que decía BIENVENIDOS, una gasolinera y un cine que retransmitía películas de otros tiempos, sobre todo largometrajes de monstruos en blanco y negro.
Eso era todo.
Pero era mentira.
Nadie vivía en las granjas. Había personas que trabajaban en la tienda, en el restaurante y en la gasolinera, incluso en el cine.
Pero nadie se quedaba en Caswell.
Porque justo a las afueras del insignificante pueblo estaba el lago Butterfield.
Lo rodeaban muros altos; la piedra tenía al menos metro y medio de ancho y estaba reforzada con acero.
Detrás de esos muros había un complejo.
Y allí residía la manada más poderosa de Norteamérica, y quizá del mundo entero.
Yo no vivía en el complejo. Me hacía sentir electricidad en la piel. No me gustaba.
Junto al lago estaba Woodman Road, una calle de tierra y grava. Al final había un portón metálico. Y, al otro lado, en lo profundo del bosque, había una casita.
No era gran cosa. En el pasado, la habían usado los leñadores. Tenía dos dormitorios. Un baño pequeño. Un porche con dos sillas. Y una cocina diminuta.
Eso era todo.
Y era suficiente.
La mayor parte del tiempo.
Había días en los que necesitaba la tranquilidad. Estar lejos de todo el mundo. Días en los que me transformaba y corría sintiendo la tierra húmeda debajo de las patas. Seguía hasta que no daba más, hasta que los pulmones me ardían.
Me perdía en lo profundo de la reserva, lejos de los colores y sonidos del complejo. Lejos de los otros lobos. Lejos de los brujos. Incluido Ezra. Él lo entendía.
Me desplomaba a los pies de un árbol antiguo, de lado, con el pecho agitado. El instinto me llevaba a ese lugar, y me revolcaba en la hierba, de espalda, dejando que el sol me calentara la barriga. Los pájaros cantaban. Las ardillas correteaban y, aunque podía perseguirlas y comérmelas, solía dejarlas en paz.
Tenía una relación extraña con los árboles.
Mi madre me había dejado en uno segundos antes de que mi padre la asesinara.
Tenía seis años.
Los recuerdos son extraños.
No creo que fuera capaz de recordar todos los eventos del último año, salvo que alguien me ayudase.
Pero mi infancia se me quedó grabada a fuego.
Algunos días, al menos.
Destellos brillantes, instantes que me hacían hormiguear la piel.
Recuerdo una manada. Éramos seis. Había una Alfa, fuerte y amable. Me ponía la nariz contra el pelo y me olfateaba.
Estaba su compañera, una mujer mayor que, cuando se reía, echaba la cabeza hacia atrás.
Otra mujer, Denise. Era preciosa y silenciosa. Cuando se movía, apenas parecía tocar el suelo. Una vez, le pregunté si era un ángel. Me levantó y me hizo cosquillas.
Su compañera era una mujer negra con dientes blancos y brillantes y una sonrisa pícara. Tenía un huerto. Me dio tomates y nos los comimos como si fueran manzanas, con el zumo y las semillas chorreando por la barbilla.
La otra era mi madre. Se llamaba Beatrice. Y era la persona más maravillosa que había conocido. Dormíamos en la misma habitación. Me susurraba por las noches y me decía que estábamos a salvo, que no tendríamos que volver a escaparnos. Que podíamos tener un hogar. Que nunca dejaría que me pasara nada malo. La creí. Era mi madre.
No entendía por qué nos escapábamos o cuánto tiempo llevábamos haciéndolo. Había noches en las que dormíamos en un coche viejo al que le rezaba antes de encenderlo: «Vamos, por favor, Dios, dame solo esto».
Giraba la llave y el motor petardeaba antes de encenderse, y ella chillaba de placer, golpeando el volante con las manos, y me sonreía de oreja a oreja mientras decía: «¿Ves? Estamos bien. ¡Estamos bien!».
Denise nos encontró durmiendo en el coche junto a un camino de tierra, escondidos en un bosquecillo.
Mi madre me despertó al apretarme contra su pecho. A través del parabrisas vi a una mujer extraña sentada en el suelo, justo delante del coche.
Nos saludó con la mano.
—Loba —susurró madre.
El coche no arrancaba.
No soltaba ningún sonido.
La desconocida nos miró ladeando la cabeza. Habló en voz baja, pero tenía un oído muy agudo, así que la escuché.
—Está bien. No os haré daño —dijo.
Estábamos en el territorio de otro lobo.
La mujer nos llevó ante la Alfa, que vivía en una cabaña vieja que tenía dos chimeneas.
Mi madre me mantuvo cerca de ella.
Los ojos de la Alfa brillaron, rojos.
Mi madre tembló.
—¿Tenéis comida? Tenemos hambre —dije yo.
—Creo que sí. —Sonrió la Alfa—. ¿Quieres pastel de carne?
No sabía qué era el pastel de carne. Se lo dije.
La sonrisa se desvaneció.
—¿Por qué no probamos a ver si te gusta? Si no, podemos preparar otra cosa.
Me gustó muchísimo el pastel de carne. Nunca había comido algo tan rico. Comí hasta que me dolió el estómago.
La Alfa se alegró.
Nos quedamos.
La primera noche, mi madre durmió enroscada a mi alrededor.
—¿Qué te parece, cachorro? —susurró, dándome un beso en la cabeza.
Bostecé. Estaba cansado y dormir en una cama por primera vez en tanto tiempo me parecía un lujo.
—Sí —confirmó ella—. Pienso lo mismo.
Pasaron los días. Las semanas.
—¿El padre? —preguntó la Alfa.
Yo dibujaba en la mesa de la cocina. Me habían dado montones de lápices. También había rotuladores, pero estaban casi todos secos.
—Cazador —susurró mi madre con la voz estrangulada—. Pensé que era… Pensé que él era mi…
Levanté la vista y vi que lloraba. Lo sentí en la garganta. Había un olor amargo en el aire, como si algo se hubiese podrido.
No reconocí qué era.
Más adelante lo descubriría.
Era vergüenza.
Antes de que pudiera acercarme, la Alfa se levantó y la abrazó. La abrazó con fuerza y le dijo que lo entendía.
El olor amargo se desvaneció al rato.
Tuvimos meses. Meses en los que nos quedamos quietos y parecía que habíamos encontrado nuestro lugar. Éramos como un árbol, echando raíces y fortaleciéndolas con el paso de los días. Nuestra cama empezó a oler a nosotros. Daba gusto.
No duró.
Todo ardió.
Me despertó el olor, pero no era vergüenza.
Era fuego.
Los lobos aullaban.
Mi madre me levantó de la cama.
Tenía los ojos como platos, llenos de terror.
Hubo un estruendo en alguna parte de la cabaña y oí gritos de hombres. Hacía tiempo que no oía una voz masculina, porque la Alfa no permitía hombres en su manada. Decía que no le servían para nada; me guiñaba el ojo y me decía que yo iba a ser la excepción. Me hacía feliz, porque iba a ser un buen hombre. El mejor de todos. Mi madre me lo decía.
Nos acercamos a la ventana. Estaba oscuro cuando me dejó. Aterricé encima de una roca y me corté el pie.
Grité, aunque ya empezaba a sanar.
Madre me tapó la boca con la mano y me levantó en brazos.
Corrió. Nadie podría correr más rápido que mi madre. O es lo que siempre había creído.
Esa noche, no pudo correr lo suficientemente rápido.
El árbol al que me llevó era viejo. Antiquísimo. Denise me había dicho que era especial, que era la reina del bosque y que lo protegía todo.
En primavera, los zorros llegaban y tenían sus crías en el hueco de la base. Estaba vacío cuando mi madre me metió dentro. Había hierba y hojas muertas que creaban una cama mullida.
Mi madre se agachó, el pelo negro le enmarcó la cara. Estaba manchada de hollín. Llevaba gafas, aunque no las necesitaba. Decía que la hacían sentir mejor. Más inteligente. Creía que era una tontería, pero, en ese momento, me pareció la persona más hermosa que había visto.
—Quédate aquí —me dijo—. Hagas lo que hagas, oigas lo que oigas, no salgas hasta que yo venga a buscarte. Aunque escuches a alguien llamándote por tu nombre, no te muevas. Es un juego, lobito. Estás escondido y no puedes permitir que nadie te encuentre.
Asentí porque ya había jugado a ese juego antes.
—Silencioso como un ratón.
—Sí. Silencioso como un ratón. Ten, guárdame esto. —Se quitó las gafas y me las puso. Me quedaban demasiado grandes y se me caían. Estiró la mano y me tocó la mejilla—. Te quiero. Siempre.
Entonces, se transformó.
Su lobo era gris como las nubes de tormenta. Tenía rayas negras en el hocico y entre las grandes orejas. Me miró una vez más, con los ojos naranjas ardiendo.
Desapareció.
Me quedé en el árbol. Era un juego y no quería perder.
Incluso cuando oí lobos aullando de dolor, me quedé.
Incluso cuando oí hombres gritando, me quedé.
Incluso cuando oí disparos, me quedé, y me tapé los oídos.
Me quedé incluso cuando oí una voz llamándome por mi nombre, cuando el cielo empezaba a clarear.
Una voz masculina.
Y familiar, como si la hubiera oído antes.
—Robbie —decía—, ¿dónde estás, hijo? Sal, sal, sal. ¿No me reconoces? Robbie, por favor. Soy tu padre.
Silencioso como un ratón, me quedé.
Por fin, las voces se apagaron.
Pero me quedé de todas formas.
Luego me dirían que estuve tres días en ese hueco. No recuerdo mucho, solo momentos breves, como cuando encontré una bellota y me la comí porque tenía hambre. O cuando tenía que mear, así que lo hice en un rincón; el olor me daba ganas de vomitar, incluso después de horas.
Los lobos me encontraron, por fin.
Me taparon los ojos cuando me sacaron. Me preguntaron quién era. Qué había pasado. Quién lo había hecho.
—Soy silencioso como un ratón —les dije mientras me llevaban en brazos—. Tengo sed. ¿Tenéis agua? Mamá debe tener sed. Corre muy rápido. La encontraré. Se me da muy bien rastrear. No se esconderá de mí.
Vi lo que quedaba de la cabaña, aún humeante.
No volví a ver a Denise ni a su compañera.
Tampoco a la Alfa.
Pero sí a mi madre, una vez más.
Tenía sangre en el pelaje, y les grité a las moscas que revoloteaban alrededor de su cabeza, pero los lobos me llevaron.
Los recuerdos son extraños.
Los llevo como si fueran cicatrices.
Desde fuera, el complejo dentro de los muros que rodean el lago Butterfield parecía una postal. Las casas eran grandes. De la mayoría salían muelles que conducían al lago. Los niños corrían por los caminos de tierra y le gritaban y chillaban al gigantesco lobo que los perseguía. Iban de camino a la casa ubicada en la orilla este del lago, que se había transformado en una escuela. Yo había ido a una parecida, muy lejos, y había aprendido a escribir y a dividir y a rastrear y a analizar todos los olores deliciosos y a aullarle a la luna.
Algunos de los pequeños se chocaron conmigo y se me aferraron a las piernas, rogándome que los protegiera del lobo malo que los perseguía.
Un cachorrito (un niño llamado Tony) me trepó por las piernas y el pecho, y me abrazó. Me torció las gafas mientras me gritaba que no quería que se lo comieran: «¡Sálvame, Robbie, sálvame!».
Me reí y lo hice girar; los demás niños me rodearon y me pidieron que los alzara. Les gruñí juguetonamente, mostrándoles los dientes. Me imitaron.
—No sé si puedo salvarte —le expliqué a Tony—. Quizá tengas que salvarme tú a mí.
—¡Puedo hacerlo! —exclamó Tony—. ¡Lo he aprendido! ¡Mira!
Entrecerró los ojos y apretó los dientes hasta que la cara se le puso roja. Y entonces, por un breve instante, los ojos le ardieron de color naranja.
—Guau —me asombré—. Mírate. Lo estás haciendo genial. Algún día te convertirás en un lobo increíble.
Chilló de placer y se retorció tanto que casi me tira al suelo. Los otros niños también querían mostrarme sus ojos, y la mayoría lograba mostrar el destello naranja brillante. Los que no podían parecían decepcionados, pero les expliqué que llegaría cuando estuvieran preparados, y sonrieron.
La loba que los había estado persiguiendo, la maestra, gruñó por lo bajo y dejé a Tony en el suelo. Los niños se marcharon rumbo a la escuela.
—Vaya grupito, ¿eh? —le comenté a la loba.
Resopló y se apretó contra mí. Los lazos que nos unían se encendieron. Era como si una cuerda tensa punteara en la oscuridad y reverberara en mi cabeza. Cerré los ojos al sentir su peso y…
(«te veo»)
Retrocedí un paso al oír la voz en mi mente.
No sabía quién era. No la reconocía. No venía de nadie que conociera. Nadie en el complejo, al menos. Resonó en la oscuridad y desapareció.
La loba ladeó la cabeza para mirarme y sentí su pregunta sin necesidad de palabras.
—Estoy bien —dije con una sonrisa forzada—. No he dormido bien. Es un día importante. Ya sabes cómo me pongo.
La loba resopló y arañó el suelo. Se apretó contra mí una vez más; su aroma era dulce y tibio. Levantó la cabeza y me empujó las gafas por la nariz. Los lentes se empañaron; fruncí el ceño y ella resopló otra vez.
—Sí, sí. Tienes una clase que dar, Sonari. Date prisa.
El hilo que nos unía volvió a sonar y ella partió al trote tras los niños.
Me la quedé mirando. Sentí el comienzo de una migraña. Me froté el cuello y luché contra el deseo de transformarme y correr hacia los árboles. Era un ansia que no podía satisfacer. No aún. Tenía algo que hacer.
La gente (lobos y brujos por igual) me saludaba mientras caminaba por el complejo. Los saludé, pero no me paré a charlar. Tenía lugares a los que ir, personas a las que ver. No les gustaba que llegase tarde.
Algunos lobos me ignoraban, pero estaba acostumbrado. Creían que no merecía la posición que ostentaba, dado el poco tiempo que llevaba allí. Me importaba una mierda lo que pensaran. Contaba con la confianza de la Alfa de todos y de su brujo, y eso era todo lo que importaba.
Pero la mayoría eran amables. Pronunciaban mi nombre como si se alegraran de verme, como si importara. Respiré el aire del complejo y del bosque, oí como los lobos se movían a mi alrededor, el día apenas acababa de empezar. Era como siempre había sido desde mi llegada a Caswell. Animado, con todo el mundo trabajando codo con codo.
Había una casa apartada de todas las demás, entre los árboles. Los niños no se acercaban. La mayoría de los adultos tampoco. Era una casa normal, con persianas verdes y el revestimiento pintado de blanco. Pero estar cerca me hacía sentir como si estuviera debajo del agua y me hacía estornudar.
Había un lobo delante, apoyado contra la puerta y los brazos cruzados por delante del pecho. Me saludó con la cabeza.
—Robbie.
—Ey, Santos. ¿De guardia otra vez?
—Cuestión de suerte —afirmó, entrecerrando los ojos.
—Parece que siempre estás de suerte, entonces.
—Alguien tiene que hacerlo. —Se encogió de hombros e indicó con la cabeza en dirección a la puerta—. No es difícil. Apenas puede moverse. Siempre y cuando no lo tenga que lavar después de que se cague encima, no tengo problema. Hay trabajos peores.
Las protecciones alrededor de la casa me hacían hormiguear la piel y picar la nariz. No sé cómo Santos soportaba estar tan cerca de la barrera mágica. Un código, una especie de barrera metafísica de la cual solo algunos tenían la combinación. La mayoría no entraba sin Ezra, e incluso entonces, entraban y salían lo más rápido posible. No te quedabas a pasar tiempo con el prisionero. Los monstruos debían permanecer bajo llave por el bien de todos. A pesar de eso, sentía curiosidad por lo que había hecho. Muy pocas personas lo sabían. Yo no era una de ellas.
—¿Habla?
—Sabes que no. —Santos negó lentamente—. Totalmente vacío. Ni siquiera sabe quién es, mucho menos dónde está.
Santos tenía una expresión extraña. No era de maldad, pero sí desagradable.
—¿Por qué te interesa?
—No sé… No me interesa —respondí, frunciendo el ceño.
—Por supuesto que no —repitió con una mueca despectiva. Le caía mal—. ¿No tienes cosas que hacer? Ezra pasó hace un rato, lo que significa que llegas tarde.
Solté un improperio.
—No sé por qué no me ha esperado.
—Sabe cómo eres por la mañana.
—Ya, ya. Sigue así, Santos. Veremos cuán lejos llegas.
—Por supuesto, Robbie. —Se rio, burlón.
Me despedí con la mano. Eché otro vistazo a la casa por encima del hombro. Me pareció ver movimiento en una de las ventanas, pero me dije que solo era un juego de luces y sombras.
La casa más grande del complejo era una cabaña de dos plantas con un largo porche cubierto que daba al lago. Las ventanas estaban abiertas de par en par para dejar pasar el aire fresco. Subí las escaleras del porche; la madera crujía bajo mis botas. Dudé antes de abrir la puerta.
El interior de la cabaña era amplio. La chimenea estaba encendida y los lobos se movían con rapidez por la planta baja. Algunos me echaron una mirada, pero la mayoría me ignoró. Estaban ocupados, y la Alfa de todos prefería que fuera así.
Subí la escalera que conducía al primer piso; me aparté cuando una mujer bajó corriendo. Me sonrió al pasar, pero no se detuvo. La casa era ruidosa y siempre estaba en movimiento, con gente yendo y viniendo.
Llegué al final de la escalera. A mi izquierda, cinco puertas conducían a dormitorios y baños. A mi derecha, había un armario y una puerta que llevaban a la oficina. Algo me vibraba en el interior, me empujaba hacia la puerta.
Ella sabía que yo estaba allí, aunque la sala estuviera insonorizada.
Era parte de ser la Alfa de todos. Le pertenecía, y ella siempre podría encontrarme.
Llamé antes de abrir la puerta.
Ezra estaba sentado en una silla frente a un gran escritorio y tenía una silla vacía al lado. No se volvió para mirarme, pero sentí que su magia me envolvía.
Y allí, sentada detrás del escritorio, estaba la Alfa de todos.
Michelle Hughes juntó las manos.
—Llegas tarde, Robbie —dijo.
Durante nuestra huida, con los cazadores persiguiéndonos con una persistencia escalofriante, mi madre hizo todo lo posible para mantener la normalidad.
A veces nos podíamos permitir un motel barato. Siempre estaban sucios y olían mal, pero ella decía que debíamos dar las gracias por las cosas pequeñas.
Algunas noches se quedaba conmigo y me susurraba al oído.
Me hablaba de un lugar donde seríamos libres. Donde nos transformaríamos y sentiríamos la tierra bajo las patas sin temer que nos hicieran daño. Me contó que había un rumor sobre un sitio, lejos, muy lejos, en el oeste, donde lobos y humanos vivían en armonía. «Se quieren», me susurraba, «porque eso es lo que la manada debe hacer».
Y me contaba otras historias, cosas que dolían.
Acerca de su abuelo, que había sido dulce y cariñoso. Siempre le daba chuches cuando nadie miraba.
Acerca de la primera vez que se transformó y vio el mundo a través de los ojos de lobo.
Acerca de los errores que había cometido y que no podía enfadarse porque gracias a ellos me tenía a mí.
Me decía que, en un mundo perfecto, mi padre nos querría. No le importaría lo que éramos. Que no la habría usado y que, al nacer yo, las cosas habrían sido distintas.
—Es imposible saber cómo funciona la mente de los hombres. —Me decía con la voz tan amarga que podía saborearla—. Te dicen cosas y te las crees porque no tienes ni idea.
Me estiraba y le decía que no llorara.
A veces, hasta me hacía caso.
—Perdón —murmuré mientras cerraba la puerta—. Me ha atacado un grupo de cachorros.
—Parece que les caes bien. —Rio Ezra.
—Gracias por esperarme —le dije, parándome junto a su silla y dándole una palmada en el hombro.
—Te dije que te levantaras. No es culpa mía que seas un perezoso. —Alzó una ceja.
—Y no es culpa mía que tu idea de mañana implique levantarse antes de que salga el sol. No estás bien de la cabeza.
—Encantador —replicó Ezra—. Un ejemplo perfecto de discriminación por edad. —Miró a Michelle—. ¿Ves con lo que tengo que lidiar? —le dijo, sonriendo.
Ella no le devolvió la sonrisa.
Ezra llevaba años siendo su brujo. Cuando se convirtió en la Alfa de todos, él estuvo a su lado. Él era quien me había ido a buscar y me había traído de vuelta a Caswell. Su relación me resultaba confusa, ya que los brujos y sus alfas solían tener una relación simbiótica. Ezra y Michelle parecían llevarse bien, pero tenían un pasado que yo desconocía. Aunque quería indagar, nunca lo hacía. En parte porque no quería arruinar lo que me habían dado por sacar a la luz recuerdos de los que evidentemente no querían hablar.
—Ven aquí —dijo Michelle y, como si se hubiese acordado en el último momento, añadió—: Por favor.
Rodeé el escritorio y me detuve junto a una vieja estantería a rebosar de libros y tomos que contenían la historia de los lobos. No quería parecer nervioso. Aún estábamos conociéndonos, pero ya hacía tiempo. La primera vez que la vi, me había parecido fría y calculadora. Me llevó mucho tiempo ver más allá. No era una fachada, sino más bien la consecuencia de su posición. Cuando veías más allá de la fachada, era una buena Alfa.
Y confiaba en mí.
Me había dado un hogar.
Estaba en deuda con ella.
Se puso de pie y yo ladeé la cabeza para exponer el cuello. Los ojos le ardieron de color rojo mientras me pasaba un dedo por la garganta. Su aroma era intenso.
—Ezra me ha contado que has vuelto a soñar —dijo en voz baja.
Lo fulminé con la mirada antes de bajar la vista hacia ella. Era una mujer bajita, delgada y blanca de piel. Pero no me engañaba, ni siquiera la primera vez que la vi. Era más fuerte que cualquiera de los otros Alfas con los que me había cruzado. En parte porque era la Alfa de todos, pero también por su linaje. Si nos enfrentáramos, no sería una pelea justa. Podía dominarme sin esfuerzo.
—No… —Negué con la cabeza—. No ha sido nada. Solo un sueño.
—Pero es el mismo. —Sus dedos tamborilearon sobre el escritorio.
—Supongo que sí —admití a regañadientes.
—¿Y qué conclusión sacas?
—Nada. Es… algo de antes, quizá.
—No volverá a hacerte daño. —Su expresión se suavizó—. Lleva muerto mucho tiempo, Robbie. Los lobos que te encontraron se ocuparon de ello. Esos cazadores han dejado de existir.
—Lo sé —dije con sinceridad—. Por eso no debería preocuparse. Estoy bien.
Le sonreí para tranquilizarla. Ella no parecía convencida.
—Si vuelves a soñar, vendrás y me lo contarás.
—Por supuesto.
—Bien. Gracias, Robbie. Eres un buen lobo. Puedes sentarte.
Sentí el calor del elogio de mi Alfa. Volví al otro lado del escritorio y fulminé a Ezra con la mirada por abrir la boca cuando no debía. Ya hablaríamos al respecto. No podía permitir que Michelle dudara de mí.
Ezra me ignoró, como solía hacer.
Me dejé caer en la silla. Ezra me dio un golpecito en el pie; suspiré al enderezar la espalda y juntar las manos.
Michelle se sentó frente a nosotros. Cogió la tablet y empezó a escribir.
—Tengo un trabajo para ti. Fuera del pueblo. —Me echó una mirada fugaz—. Fuera del estado, de hecho.
Eso me llamó la atención. Cuando me enviaba a algún lado, solía ser a unas pocas horas en coche de Caswell. La manada ocupaba todo Maine, lobos trabajando por todo el estado, la mayoría en las ciudades más grandes, como Bangor y Portland. Vivían en grupos pequeños y trabajaban con humanos que no sabían qué eran. Al llegar, cometí el error de llamarlo «su programa político», me corrigió de inmediato. Según me explicó, su intención era expandir la influencia de los lobos. No entendía por qué, dado que nadie pretendía enfrentarse a ella. ¿Por qué lo harían? Por algo era la Alfa de todos. Y aunque su palabra era irrevocable, no era absoluta. Escuchaba a su manada, prestaba atención a sus preocupaciones y temores. Si podía ayudarlos, lo hacía.
Al principio, me parecía que los lobos le tenían miedo.
Al principio, yo le tenía miedo.
Pero existe una línea muy delgada entre el temor y la admiración.
—¿Lo dice en serio? —Intenté contener mi entusiasmo.
—Él cree que estás listo. —Asintió, inclinando la cabeza hacia Ezra.
—Lo estoy. —Quizá no tendría que gritarle, después de todo.
—Entonces, considéralo como una prueba. Veremos si tiene razón.
—Creo que suelo tenerla —dijo Ezra, suavemente.
La piel alrededor de los ojos de la Alfa se tensó. Me pregunté de qué habrían estado hablando antes de mi llegada.
—Ya lo veremos, ¿verdad? Hay una manada en Virginia. Es pequeña: una Alfa y tres Betas. Llevamos meses sin saber nada de ellos.
Fruncí el ceño.
—¿Cazadores?
Negó lentamente con la cabeza.
—No que yo sepa. Más bien un desacuerdo acerca de cómo deberían hacerse las cosas. Necesito que les recuerdes que la comunicación es esencial para la supervivencia de nuestra especie. Es imprescindible, en particular en estos tiempos difíciles, que nos apoyemos los unos a los otros todo lo posible. Te he enviado el archivo.
Saqué el móvil y me lo descargué. La primera página era una fotografía. La Alfa aparecía en medio. Sonreía. Era más joven de lo que esperaba. Pasaría perfectamente por estudiante de secundaria. Sostenía un letrero donde ponía VENDIDA en letras brillantes. A su espalda, una casa medio en ruinas.
La rodeaban tres hombres. Dos eran jóvenes. El otro podría haber sido su padre, pero no se parecían en nada. Él era negro; ella, blanca. Todos sonreían.
El resto del archivo contenía información acerca de la manada. Tenía razón. La Alfa era joven, acababa de cumplir veinte años. No me imaginaba como era tener un poder semejante a esa edad. Leí que su madre se lo había legado al morir el año anterior.
—¿No tiene brujo? —pregunté leyendo las notas.
—No —respondió Michelle—. Nunca lo han necesitado, son una manada pequeña. Su madre y yo éramos amigas. Amable. Paciente. Dispuesta a trabajar por el bien de la manada. Su hija es testaruda. Sé que se controlará con la motivación adecuada.
—¿Cómo murió la madre? —Quise saber, levantando la vista.
—Un accidente de coche. La hija iba con ella, pero no sufrió heridas graves. Le pasó el poder del Alfa. Ha sido… difícil desde entonces. Siendo tan joven, es normal que se le ocurran ideas acerca de cómo deben funcionar las cosas. Ha cortado cualquier contacto que pudiéramos tener.
—Quiere ser independiente —dije, volviendo a la fotografía. Parecían felices—. No puede culparla por eso.
—No lo hago —replicó cortante, y sentí la tensión en su voz, el trasfondo de Alfa—. Pero existe una diferencia entre la independencia y la rebeldía. Así es como se hacen las cosas, Robbie. Lo sabes. Tiene su propia manada, sí, pero todos los lobos están bajo mi mando.
Lo sabía. Había casos atípicos, por supuesto, lobos que intentaban esconderse del alcance de la Alfa de todos. Y, si no tenían un Alfa propio, corrían el riesgo de convertirse en Omegas, de perderse en el lobo y olvidar que alguna vez habían sido humanos.
Llegados a ese punto, solo se podía hacer una cosa.
Siempre era rápido. O eso me habían dicho. Nunca había visto matar a un Omega.
Y no quería hacerlo.
—Quizá solo se han olvidado de pasar el parte —dije—. Ya sabe cómo son estás cosas. Están distraídos viviendo sus vidas. Suele pasar.
No sabía por qué insistía tanto. Quizá porque entendía el deseo de ser libre, de no tener nada que te atara.
—Ya veremos —apuntó Ezra.
—¿Veremos?
—Por supuesto, querido —aclaró, mirándome—. No pensabas que te dejaría ir solo, ¿verdad?
Pensaba que sí. Y aunque una parte de mí sentía alivio ante la idea de tenerlo conmigo, otra parte deseaba un poco de libertad.
—¿La Alfa Hughes no te necesita? —pregunté con inocencia.
—Ah. —Sonrió de oreja a oreja—. Estoy seguro de que puede prescindir de mí un par de días. ¿No es cierto, Michelle?
—Sí —afirmó ella—. Supongo que sí.
—Y no tardaremos mucho —continuó Ezra—. Fredericksburg solo está a un día de distancia, si no nos detenemos. Habremos vuelto antes de que nos echen de menos.
Gruñí. Lo adoraba, pero la idea de pasarme un día entero con él encerrados en un coche me volvía loco. Tenía un gusto musical pésimo.
Se rio como si supiera lo que estaba pensando.
—No será terrible. Nos dará la oportunidad de tomarnos un descanso. Conocer otros lobos. —Le brillaban los ojos—. Quizá hasta encuentres a alguien especial.
Maldita sea. Y maldito él.
—No me entregarás a otra loba. No de nuevo.
—Por favor. No te entregué. No es culpa mía que la última fuese, bueno… exuberante.
—¿Exuberante? —exclamé, incrédulo—. ¡Mató a un jodido lobo y lo dejó en la puerta!
—Era un lobo pequeño —le explicó Ezra a Michelle—. Solo tenía un par de años. De todos modos, es impresionante, si lo piensas. Probó su valía, sin lugar a dudas. Cualquiera se alegraría de tener a Sonari como compañera.
—¡Se metió en casa y me lamió mientras dormía!
—Quería que olieras a ella. No tiene nada de malo.
Me crucé de brazos y me hundí en la silla.
—Tienes una visión totalmente distorsionada de lo bueno y lo malo. No se lame a la gente que no te lo ha pedido. Y es maestra. ¿Quién sabe qué les estará diciendo a todos esos niños acerca del cortejo?
—Lo tendré en cuenta para la próxima. Permite que el viejo se divierta, Robbie. ¿Tan malo es querer verte feliz?
Suspiré; sabía que había perdido. No podía lidiar con él cuando se ponía sentimental, y lo sabía.
—Si pasa, pasa, ¿entendido? Lo sabré cuando llegue. No quiero forzarlo.
—Sé que no. Ahora bien, si eso es todo, me voy. Tengo cosas que hacer antes de irnos.
—Está bien —asintió Michelle—. Quiero que sigáis en contacto mientras estéis allí, en caso de que necesitéis quedaros más de un par de días. Mantenedme informada.
—Por supuesto, Alfa. Robbie, ¿podrías…?
—Robbie se queda.
Eso lo pilló desprevenido. Nos miró.
—¿Perdón?
Michelle tenía una expresión severa.
—Necesito discutir algo con mi segundo.
Parpadeé, sorprendido. Nunca me había llamado de esa forma. No sabía que era una posibilidad, siquiera. Era cierto que no había ningún otro lobo que pudiera ser su segundo, al menos que yo conociera, pero escucharlo en voz alta me daba ganas de aullar de alegría.
—Por supuesto —asintió Ezra, haciendo una reverencia. Se incorporó y me dio un apretón en el hombro—. Tengo muchas cosas que hacer. Necesito hablar con un joven lobo llamado Gregory. Es inteligente, aunque un poco temerario, a pesar de hacer pregunta tras pregunta. Me recuerda a alguien que conozco. Te veo en casa, ¿de acuerdo? Partiremos a primera hora, así que no te quedes hasta muy tarde.
Asentí, apenas lo había escuchado. Seguía dándole vueltas a que era el segundo de la Alfa.
Cerró la puerta y nos dejó solos.
Intenté mostrar mi agradecimiento, casi vibraba en mi asiento, pero Michelle habló antes de que pudiera abrir la boca.
—¿Eres feliz aquí, Robbie?
—Sí —respondí de inmediato, y era verdad, en su mayor parte.
Me observó antes de asentir.
—Los sueños que estás teniendo…
—Todo el mundo sueña —dije, revolviéndome en la silla.
—Lo sé. Pero es diferente.
—Soy un lobo. Sueño con lobos. No sé de qué otra manera soñar. Siempre ha sido así. —Eso se acercaba mucho a una mentira, pero no tanto como para que ella se diese cuenta.
—Eres importante para mí —lo dijo fríamente, como si no estuviera acostumbrada a expresar sus sentimientos. Ah, Michelle se preocupaba por su manada, pero a veces su preocupación parecía… mecánica. Casi superficial.
—Gracias, Alfa Hughes. No la decepcionaré.
—Sé que no lo harás. —Miró por encima de mi hombro antes de posar la mirada en mí—. Necesito que no bajes la guardia.
—¿Por qué? —pregunté, confundido.
—Los lobos de Virginia. No… No sabemos qué harán. Qué dirán.
No estaba preocupado.
—Probablemente sea un simple malentendido. Enseguida lo solucionaremos.
—Tal vez —dijo. Comenzó a tamborilear los dedos sobre el escritorio con nerviosismo—. Pero si no lo es, haz lo que sea necesario para protegerte. Espero que vuelvas entero. Mantente cerca de Ezra. No te alejes de su campo visual.
—¿Hay algo que debería saber?
Negó con la cabeza.
—Estate atento, ¿entendido? Eso es todo.
Me puse de pie con ella. Me sorprendió al dar la vuelta al escritorio y cogerme las manos. Los ojos se le volvieron rojos y la tranquilidad se apoderó de mí. Una parte de mí se resistía, pero sabía cuál era mi lugar. Era un Beta. Necesitaba un Alfa.
La necesitaba a ella.
—No hace falta que se preocupe por mí. Sé cuidarme solo.
Sonrió, pero no con la mirada.
—Sé que lo sabes. Pero eres mío. Y no me tomo esa responsabilidad a la ligera.
La dejé de pie en medio de la oficina.
Cuando salí de la casa, el sol brillaba con fuerza. Esperaba que el invierno ya se estuviera acabando, por fin. El aire aún era frío, pero el sol calentaba.
Pensé en ir a casa, pero no estaba listo para encarar a Ezra. Seguía un poco enfadado con él por hablar con Michelle a mis espaldas. Sabía que lo había hecho porque se preocupaba, pero me molestaba de todos modos.
Y la idea de pasarme un día entero encerrado en un coche con él tampoco ayudaba.
En vez de ir a casa, dejé el complejo y me dirigí a la reserva.
Los árboles bloqueaban la mayoría de la luz solar. Aún quedaban claros de nieve en el suelo. Me detuve en el límite del bosque, ladeé la cabeza y escuché sus sonidos. Rebosaba vida. A lo lejos, pastaban unos ciervos. Las aves cantaban, cantaban y cantaban.
Fui a un viejo camino de tierra que casi nadie usaba.
Estaba solo.
Estiré las manos por encima de la cabeza y me crují la espalda.
Necesitaba correr.
Dejé la ropa y las gafas en unos arbustos. Hundí los dedos en la tierra, e inhalé y exhalé lentamente.
Comenzó en el pecho.
El lobo y yo éramos uno.
La primera vez que me transformé, sentí el dolor más grande que había sentido en la vida. Estaba al borde de la pubertad, y era como si me hubieran prendido fuego. Grité durante días. A pesar de que me quedé ronco, seguí gritando.
Los lobos con los que estaba en ese momento no eran una manada, pero lo parecían. Me cuidaron, aunque no formaba parte del grupo. El Alfa me sostuvo contra su pecho y me apartó el pelo empapado en sudor de la frente.
—Encuéntrala —me dijo en un gruñido—. Encuentra tu atadura, Robbie. Encuentra tu atadura y aférrate a ella con fuerza. Deja que te envuelva. Deja que te lleve a tu lobo.
—No puedo —le grité—. Por favor, que pare, haz que pare.
Me sostuvo con más fuerza y sus garras se hundieron suavemente en mi piel.
—Sé que duele. Sé que es así. Pero eres un lobo. Y te transformarás. Pero antes de que lo hagas, debes encontrar el camino de vuelta.
Se me arqueó la espalda y convulsioné, clavándole las manos en los muslos. Gruñó cuando me salieron las garras, cortándolo, haciéndolo sangrar. Se me hizo la boca agua al oler la sangre, intensa, con sabor a cobre. El animal que llevaba dentro quería destrozar y desgarrar hasta conseguir que me soltara, pero el Alfa era más fuerte que yo.
Y cuando pensé que no podría soportarlo más, que prefería morir antes de dejar que continuara, escuché su voz.
—Lobito, lobito, ¿no lo ves? —cantaba ella—. Eres el amo del bosque, el guardián de los árboles. —Se rio—. Siempre silencioso como un ratón. Ahora deja que te oigan.
Los recuerdos son extraños.
A veces llegan cuando menos te los esperas.
Y cuando más los necesitas.
Ella era simplemente eso. Un recuerdo.
Pero me aferré a él.
Esa primera transformación fue una niebla de instinto a la luz de una luna enorme. Casi no lo recuerdo, solo el deseo de perseguir, perseguir, perseguir. Los otros lobos me seguían, aullando tan fuerte que la tierra misma temblaba.
Luego, cuando no pude correr más, se tumbaron a mi alrededor y, con el estómago lleno de carne, dormí.
La primera transformación es siempre la más difícil.
¿Ahora?
Ahora era fácil.
La atadura estaba allí, como siempre.
Los músculos empezaron a temblar.
Los huesos empezaron a cambiar.
Había dolor, sí, pero era un dolor bueno, y dolía de una manera terriblemente maravillosa.
Caí de rodillas y fui
Soy lobo
soy lobo y fuerte y orgulloso y este bosque es mío este bosque es hogar aquí estoy
aquí estoy
esto es
ardilla maldita ardilla
te perseguiré
te comeré
corre corre corre
aúlla y canta y déjalos que oigan
hay
(robbie)
(robbie)
(ROBBIE)
???
qué es
qué es eso
otro lobo
es otro lobo
quién eres
no estás aquí
dónde estás
no te encuentro
PERO TE HUELO
TE HUELO
(robbie robbie robbie)
por qué estás aquí
por qué estás conmigo
(te veo)
(te veo)
qué es
quién es
quién soy
quién soy yo
soy
lobo
soy
soy
yo
Ahogué un grito cuando volví a mi forma humana y caí al suelo, resbalándome sobre las hojas y las agujas de pino. Aterricé de espaldas y me quedé contemplando el follaje. Veía destellos del cielo azul entre las hojas verdes.
Pero lo único que sentía era el azul.
—¿Qué demonios? —susurré.
Me levanté. Hice una mueca cuando el corte que me había hecho en el hombro comenzó a sanarse. Sacudí la cabeza e intenté aclarar las ideas.
Me levanté despacio, con la cabeza ladeada.
Escuchando.
Hubiera jurado que había otro lobo en la reserva.
Uno al que yo no conocía.
Me quedé inmóvil.
Esperando algo. Cualquier cosa.
No pasó nada.
Miré a mi alrededor.
Solo había árboles.
Estaba solo.
Sentí frío.
—Genial —murmuré—. Ahora escuchas cosas. Maldición.
Decidí volver a casa.
No le conté a Ezra lo que me había parecido escuchar.
Teníamos otras cosas de las que preocuparnos.
Santo cielo —gemí—. ¿A esto llamas música?
Ezra sonrió.
—Siéntete libre de sacar la cabeza por la ventana como un buen lobo si piensas que estarás mejor.
—Eso es especismo. Deberías sentirte mal y pedir disculpas.
Pero bajé la ventanilla de todos modos. Hacía más calor que en Maine. Me sentía rígido y dolorido, listo para largarme del coche, sobre todo porque llevábamos una hora escuchando a una mujer gritar en italiano. Ezra pensaba que escuchar ópera me haría ser más culto, pero era una tortura la mayor parte del tiempo. No ayudaba la cola que se había formado para entrar a Fredericksburg, una ciudad pequeña a las afueras de Washington D. C.
—Me siento mal y pido disculpas —recitó Ezra, obediente.
—No te creo.
—Ah. Bueno. Por lo menos lo he intentado. —Como no era un completo imbécil, le bajó el volumen a la mujer que chillaba sobre su amor perdido, tallarines o algo por el estilo—. Ya casi hemos llegado.
—Llevas diciendo eso dos horas.
—¿Por qué no sabía que eras así? —se preguntó, mirándome con el rabillo del ojo.
Dejé caer la mano fuera de la ventanilla y le di golpecitos al lateral del vehículo.
—Porque nunca habíamos tenido que viajar juntos.
—Podríamos haber cogido un avión.
Puse los ojos en blanco.
—Sí. Porque un hombre lobo en un cilindro de metal cerrado con un montón de desconocidos y niños que gritan es super buena idea.
—Nunca has ido en avión.
—Nunca ha hecho falta. —Me encogí de hombros—. Y no me gusta la idea de estar… tan arriba. Me gusta tener los pies en la tierra.
El coche avanzó milimétricamente.
—No es tan terrible como crees.
—Creo que es bastante terrible, así que… —Un letrero indicaba que quedaban pocos kilómetros para nuestra salida. Sentí alivio. Llegaríamos antes del anochecer—. ¿Saben que vamos?
—Se les ha notificado, sí. No han respondido, pero hemos cumplido con el protocolo.
—¿Y qué vamos a hacer si no están?
Sentí que me miraba.
—¿Dónde podrían estar?
—No lo sé. Pero si han cortado la comunicación con Michelle, ¿qué te hace pensar que querrán vernos?
—Porque no son estúpidos —explicó Ezra, pacientemente—. Saben que las reglas existen por una razón. Si no están, los esperaremos. En algún momento tendrán que volver. Es su hogar. No lo abandonarían. El territorio es importante para los lobos, y todavía más para un Alfa.
—¿Y si nos atacan?
—¿Por qué lo harían? —Parecía sorprendido.
—Quizá no quieren vernos. Quizá hay una razón por la que dejaron de comunicarse.
—Puede ser, pero sea cual sea, nuestro trabajo es asegurarnos de que entiendan las reglas y las sigan.
Nunca nos habíamos enfrentado a una manada que continuara suponiendo una amenaza después de explicarles su situación. Los desacuerdos eran inevitables, pero Michelle no era tan rígida como para ignorar los problemas de los lobos.
Éramos sus emisarios, una extensión de su mandato, y podíamos caerles mal por esta simple razón. Siempre les explicaba que entendía lo que estaban haciendo y que yo solo era un mediador. Un conciliador. Trasladaba sus preocupaciones a la Alfa de todos y, si ella consideraba que sus inquietudes eran válidas, concertaba una cita cara a cara. Así consideraban que se escuchaban sus peticiones. A veces se hacían cambios.
A veces, no.
Sea como sea. Esto era distinto.
—Si pasa algo raro, te quedas detrás de mí —le dije a Ezra.
Se rio.
—¿Me protegerás?
—Sí.
—Te creo.
—Bien.
—Aunque sabes que no lo necesito.
—Da igual. Déjame hacer esto, ¿vale? Me hará sentir mejor.
—Está bien, Robbie. Lo que necesites.
Avanzamos.
Nos estaban esperando.
Vivían a las afueras de Fredericksburg. La ciudad desaparecía entre las ondulantes tierras de cultivo a medida que nos alejábamos. Me desconcertaron las extensiones de campo donde debía haber árboles, pero para gustos, colores. Seguramente tenían donde correr cuando lo necesitaban.
El GPS nos llevó a una entrada de grava al final de un camino de un solo carril. El sol empezaba a ponerse y el cielo tenía el color de un moretón. Los truenos retumbaban a lo lejos, detrás de unas nubes oscuras.
El coche pasó por un bache y reboté en el asiento. Me giré para gritarle a Ezra que redujera la velocidad, pero frenó, las manos nudosas aferradas al volante, la mirada al frente.
La entrada de grava se abría delante de una casa vieja. Era distinta a la fotografía que Michelle me había enviado. Esa casa estaba en ruinas; parecía más sencillo demolerla que arreglarla. Pero, al parecer, la habían arreglado muy bien. El porche estaba recién pintado. Habían cambiado el techo y el revestimiento. La estructura de la casa era la misma, pero habían conseguido que pareciera casi nueva.
Y estaban de pie justo en frente.
La piel me hormigueó ante la inquietud de estar en el territorio de una Alfa desconocida sin permiso.
Un hombre negro mayor estaba de pie delante de los demás. De brazos cruzados, nos observaba a través del parabrisas. Su expresión no delataba emoción alguna, pero los ojos le brillaban de color naranja. Incluso con el ruido del motor podía oír su gruñido.
Había dos jóvenes detrás de él. Mellizos, una rareza entre los lobos. Ambos eran pálidos, con el pelo negro y rizado. Uno era más delgado que el otro, y parecía nervioso: su mirada iba de su hermano a nosotros.
El hermano tenía el ceño fruncido, los brazos y el pecho musculosos. Yo les sacaba unos cuantos años. Si el archivo era correcto, apenas tenían diecisiete años.
El hombre mayor giró levemente la cabeza. Parecía que iba a hablar, pero, en vez de eso, se apartó, dejando a la Alfa al descubierto.
Parecía tan cansada y pálida como los mellizos. Ojeras profundas le oscurecían la piel debajo de los ojos, y estaba más delgada que en la fotografía, aunque solo habían pasado unos pocos meses. Llevaba el pelo recogido en una coleta suelta y sus ojos carecían de brillo, hasta que se llenaron de rojo. Me inundó, de forma ajena e inmediata.
Estaba enfadada.
Resignada, pero enfadada.
Nos esperaban.
Ezra tenía el ceño fruncido y se aferraba al volante con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
—Apaga el motor —dije en voz baja—. Y quédate dentro. Prepárate para salir cuando te avise.
—Pero…
—Por favor.
Suspiró.
—¿Me prestas atención por un instante, antes de salir sin más?
—Sí. Siempre. —Los colmillos me escocían en las encías—. Pero nos escuchan.
—Lo sé. —Sonrió levemente—. Están asustados, aunque no deberían estarlo. No hemos venido a hacerles daño. Mantén la cabeza fría. Todos formamos parte del bien común. A veces es necesario que nos lo recuerden. Eres un buen chico, Robbie. Confío en ti. Ellos aún no. Pero lo harán.
Inspiré hondo y exhalé lentamente.
Estiré la mano para coger la manija. Estaba a punto de moverla cuando Ezra apretó el acelerador. Sonó fuerte y ahogó todos los demás sonidos. Los lobos hicieron una mueca de dolor. Se inclinó rápidamente hacia mí; sentí su aliento tibio en la oreja.
—Di poco y escucha mucho —susurró.
Levantó el pie del acelerador y el motor quedó al ralentí.
Lo miré y asentí.
Apagó el coche mientras yo abría la puerta y me acomodaba las gafas sobre la nariz.
Los lobos Beta gruñeron al unísono, pero se callaron cuando la Alfa levantó la mano.
La grava crujió bajo mis pies mientras caminaba. Mantuve la distancia. No era tan estúpido como para acercarme sin ser invitado. Ya les habíamos invadido bastante.
Me sudaban las palmas cuando cerré las manos en puños. No me habían salido las garras, pero no faltaba mucho. No había perdido el control de la transformación desde que era un cachorro. No sabía por qué ahora estaba cerca de hacerlo. Abrí la boca, hice crujir la mandíbula y mantuve los colmillos bajo control por pura fuerza de voluntad. Demostrar agresividad era lo peor que podía hacer en ese momento.
