Historia de los animales. Libros I-VIII - Claudio Eliano - E-Book

Historia de los animales. Libros I-VIII E-Book

Claudio Eliano

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Beschreibung

Por su gracia y amenidad, estas anécdotas desenfadadas y a menudo extravagantes sobre la vida y las costumbres de los animales fueron una de las fuentes de los bestiarios medievales. Claudio Eliano vivió en un tiempo (siglos II-III d.C.) que en literatura valoraba el entretenimiento y la distracción, lo curioso y lo sorprendente, más que lo solemne y lo esencial. Por eso las obras misceláneas y anecdóticas de este profesor de retórica griego instalado en Roma gozaron de un público interesado. La Historia de los animales, escrita en griego y concebida para el solaz de lectores cultos, se enmarca en el género de la literatura paradoxográfica, que procuraba diversiones evasivas e intrascendentes mediante la colección de anécdotas exóticas. El autor se basa en Plinio el Viejo y otros autores más que en una observación directa de campo, lo que pone de manifiesto que el suyo es un enfoque libresco y erudito, no naturalista, y desde luego escasamente científico. De él se conservan también las Historias curiosas y las Cartas rústicas (ambas en Biblioteca Clásica Gredos).

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Seitenzahl: 500

Veröffentlichungsjahr: 2016

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 66

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisadas por CARLOS GARCÍA GUAL .

© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008

López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO188

ISBN: 9788424930868.

INTRODUCCION GENERAL

I. DATOS BIOGRÁFICOS

Dos son las fuentes principales utilizables para trazar la biografía de Eliano: Vidas de los sofistas de Filóstrato y las parcas noticias de la Suda. He aquí lo que nos dice Filóstrato (II 31):

Eliano fue romano, pero escribía el griego como un ateniense de pura cepa. Paréceme digno de elogio este varón, en primer lugar, porque, a pesar de vivir en una ciudad de distinta lengua, consiguió con su esfuerzo hablar el griego con pureza; en segundo lugar, porque, aun siendo proclamado sofista por aquellos que suelen otorgar este título, él no se prestó a que se le tuviese por tal, ni se envaneció por un apelativo tan pretencioso, sino que, considerando después de maduro examen que no estaba capacitado para achaques de retórica, se dedicó a escribir historia, y en esta actividad se granjeó general admiración. La simplicidad fue la característica del estilo de este hombre, una simplicidad que recuerda la gracia de Nicóstrato, pero en ocasiones recuerda también el estilo elevado de Dión.

Filostrato de Lemnos le encontró una vez con un libro en la mano. Lo estaba leyendo con colérico y levantado tono de voz y aquél le preguntó qué estaba estudiando, y Eliano le contestó: «Yo he compuesto un alegato contra Gymnis [el mariquita, apodo aplicado a Heliogábalo que fue ajusticiado en 222]. Así llamo yo al tirano ejecutado recientemente, el cual, con toda suerte de desenfreno, causó la oprobiosa perdición del Imperio.» Filóstrato repuso: «Contarías con mi admiración si le hubieras acusado cuando vivía.» Pues decía que era de hombres cabales frenar a un tirano en vida, pero arremeter contra uno muerto, lo hace cualquier pelafustán.

Este hombre solía decir que jamás había salido de su tierra y viajado fuera de Italia, ni se había embarcado ni conocía el mar, de modo que gozaba de gran estimación en Roma por el alto aprecio que hacía de su género de vida. Fue discípulo de Pausanias, peo veía con admiración en Herodes Ático al más variado de los oradores. Sobrepasó los sesenta años y murió sin hijos, porque con no casarse evitaba procrearlos. Mas no es ocasión de especular ahora sobre si esto acarrea felicidad o infortunio.

A estas parvas noticias de Filóstrato podrían añadirse otras todavía más pobres de la Suda; pero nos ahorramos este trabajo porque nada nuevo añaden a la semblanza trazada por Filóstrato, el cual tenía buenas razones para conocerlo íntimamente, pues perteneció lo mismo que Eliano al círculo literario que, patrocinado por la emperatriz Julia Domna, esposa de Septimio Severo, estaba integrado por Opiano, Sereno Sammónico, Galeno, Diógenes Laercio, los juristas Papiniano y Ulpiano, y otros. A él tomamos, por lo tanto, como nuestra fuente principal.

En los párrafos transcritos encontramos suficientes datos definidores de la personalidad de nuestro autor: dedicación al estudio, amor exclusivo y exclusivista de Roma, vida recoleta alternada con el cultivo de amistades selectas. Sólo nos falta añadir que nació en Preneste (actual Palestrina), en donde llegó a ser sumo sacerdote (archiereús o pontifex, según la Suda). Pasó luego a Roma, donde, como acabamos de ver por el testimonio de Filóstrato, se dedicó al aprendizaje de la retórica, que abandonó para dedicarse a escribir historia. La Suda le llama meliglossus seu meliphthongus a linguae et vocis suavitate en la traducción de Wolf (Basilea, 1581).

II. OBRAS

Las obras de Eliano, de que conservamos memoria, son:

1. Un tratado De Providentia.

2. Un tratado De divinae potentiae argumentis.

3. Epigramas.

4. Diatriba contra Heliogábalo titulada Contra Gymnis.

5. De natura animalium.

6. Epistulae.

7. Varia historia.

A juzgar por los fragmentos transmitidos por la Suda, los dos primeros tratados son de inspiración estoica y formaban parte de una antología de relatos destinados a inculcar en los lectores la idea de que los incrédulos reciben el castigo de su incredulidad. En ellos se condena también el escepticismo de los epicúreos, cuyo jefe, según Eliano, experimenta en su propia carne las iras de los dioses negados por él.

Los números 1084-5 de los Epigrammata graeca ex lapidibus conlecta de G. Kaibel (Berlín, 1878) son dos epigramas de Eliano que estaban inscritos en estatuas de Homero y Menandro erigidas en la casa que Eliano tenía en Roma, a la entrada de su biblioteca.

Filóstrato en la «Vida de Eliano», ya reseñada, nos dice que un día lo encontró su colombroño de Lemnos leyendo en voz alta y en tono indignado una diatriba contra Gymnis. Con este mote, que significa algo así como «afeminado», se refería Eliano, según propia confesión, a Heliogábalo, ejecutado en el año 222. Por supuesto esta diatriba, que nos hubiera dado la medida del aprovechamiento del prenestino en la escuela de Pausanias de Cirene, se ha perdido.

De la obra principal de Eliano, que ha pasado a la historia de la literatura con el título latino de De natura animalium, hablaremos luego más detenidamente.

La Varia historia es una obra en 14 libros, cuya primera parte se ocupa, como la anterior, de cosas de la Naturaleza. La obra es un compendio, como prueba el hecho de que algunas partes se encuentran tratadas más extensamente en Estobeo y en la Suda. El carácter marcadamente erótico de algunas de estas historias, como la 32 y la 34 del libro I y la 4 del libro II , enlaza esta obra con las «Historias Milesias».

También en De natura animalium se observa esta afinidad con el erotismo de la novela jónica, como tendremos ocasión de demostrar. Finalmente y para terminar hagamos mención de las Epistulae (Epístolas campesinas), que son veinticuatro cartas, en las que se nos ofrecen estampas del ambiente campesino, sin que falte, como es norma en la obra de Eliano y en composiciones de este tipo, el motivo erótico. Por la forma y por el contenido estas Epístolas son aticistas también.

En cuanto a la Historia animalium1 , que es como una especie de cajón de sastre en donde se recogen de manera desordenada y caótica las observaciones propias y ajenas —más ajenas que propias— sobre el mundo animal, ofrece poco interés desde el punto de vista científico, sobre todo si se mira con criterio moderno, pero no carece de interés literario, porque las disparatadas, pintorescas, extraordinarias y estrambóticas historias que en ella se narran, se cuentan con gracia ática, estilo llano y sugestivo. Toda esta sarta de disparatadas amenidades, de las que, sin embargo, pueden entresacarse algunas provechosas enseñanzas, van encaminadas a demostrar que existen unos dioses providentes que cuidan de todas sus criaturas, que la Naturaleza que es un principio inmanente (por eso nosotros escribimos siempre esta palabra con mayúscula), es sabia y benéfica. Ella guía a los animales, que carecen de razón, en el camino que deben seguir para alcanzar todo aquello que les es provechoso y rechazar todo aquello que les es perjudicial. Una de las preocupaciones principales de Eliano es demostrar que los animales, guiados por un instinto natural, son capaces de sentimientos elevados, más elevados que los del hombre mismo: generosidad, espíritu de sacrificio, amor a la prole, veneración hacia los padres, castidad, etc. Pero no adelantemos la exposición de ideas que implican una valoración de la obra, punto al que hemos de consagrar algunos parágrafos.

III. FUENTES

La investigación sobre las fuentes de la Historia de los animales no adelantó gran cosa, hasta que la crítica literaria no se decidió a analizar la obra desde el principio hasta el fin, señalando los pasajes de Eliano que encontraban paralelo en otros autores de la antigüedad. Tal estudio analítico lo realizaron los filólogos Max Wellmann y Rudolf Keydell en los artículos publicados en la revista Hermes2 entre los años 1891 y 1937.

En un principio Wellmann creyó que la fuente de Eliano para casi todo el material referido a la ciencia de la Naturaleza era Alejandro de Mindos, pero posteriormente llegó a la conclusión de que Eliano es independiente de Plutarco y Ateneo, de que el material acumulado por el prenestino deriva de una obra compilatoria, pero que no puede hablarse de una utilización directa de Alejandro a través de alguno de los autores mencionados.

Algunos errores reproducidos por Eliano revelan que éste no utilizó directamente a Alejandro de Mindos (recuérdese la lección kṓpes, que el autor quiere avalar con el testimonio de Homero y que en aquél se leía skṓpes, como en el escoliasta de Teócrito, I 136, que reproduce la del autor asiático).

Aunque Eliano y Alejandro, cuando mencionan el katōblépōn, se están refiriendo al mismo animal, es decir, al ñu, difieren en su descripción.

La fuente de Eliano utilizó las Egipcíacas del gramático Apión de Alejandría que vivió en tiempos de Tiberio-Calígula. En consecuencia el modelo de Eliano pertenecía, lo mas pronto, a la época de Claudio-Nerón, que no es la época de Alejandro, el cual vivió, si hemos de creer a Plutarco (Vida de Mario 17), en tiempos de éste. Plutarco, para distinguirle del otro Alejandro contemporáneo y acompañante de Craso, lo llama mindio.

Surge a mediados del siglo I la gran compilación utilizada por Plutarco, Ateneo y Eliano.

El mindio debió de vivir, como decimos, en tiempos de Tiberio y él debió de proporcionar a Eliano y Plutarco las excerptas de Apión.

El modelo de Eliano no debió de ser un escritor naturalista, sino más bien un gramático porque «la obra sólo en una pequeñísima parte es descriptiva y las partes descriptivas no se derivan, como era de esperar, de Aristóteles, sino del Epítome que hizo Aristófanes de Bizancio de la Historia Natural aristotélica».

La obra que utilizó Eliano fue, sin duda, una compilación de excerptas ordenadas por animales o por nombres de autores, entre los cuales figuraban: Heródoto, Ctesias, Teofrasto, Eudemo, Clearco de Solos, Clitarco, Megástenes, Agatárquidas de Cnido, Amintas, Filarco, Arquelao, Bolo, Polemón, Filón, Sóstrato, Leónidas de Bizancio, Demóstrato, Juba, Alejandro de Mindos, Apión. Pero Eliano no se atuvo estrictamente a este Epítome o miscelánea, sino que lo amplió tomando datos de la obra de Télefo de Pérgamo, autor que vivió a mediados del siglo II .

Hay que admitir también que ciertos capítulos de Eliano encuentran paralelos en escritores como Clemente de Alejandría, Ateneo y Pólux, que han tomado sus datos de los escolios a la literatura gramatical. Estos datos se refieren a nombres de peces, a sus hábitos y a su naturaleza, a los nombres de ciertos insectos como las cigarras, a los diversos tipos de mántica, a las diferentes clases de cernícalos, etc.

Afirma Wellmann que «otra característica del modelo utilizado por Eliano es la aspiración a buscar y encontrar en Homero los inicios de la zoología». Homero gozaba, a la sazón, de un prestigio sin mengua; era como la Biblia del pueblo griego, el libro que sirvió de texto a la juventud, libro en el que los jóvenes aprendían a leer y en el que encontraban respuesta a todos los enigmas de la religión, de la moral, de la geografía, de la botánica, de la zoología, etc. Lo afirmado por Homero era artículo de fe. Si la vulgata homérica, que era el texto manejado por Eliano, llamaba a ciertos halcones marinos kṓpes, sin sigma inicial, era necio contradecirle, aunque el testimonio unánime de los demás escritores afirmara que había que leer skṓpes. Hasta hombres de criterio tan independiente como Aristóteles y Teofrasto acuden (cf., respectivamente, III 78; VI 145 y IX 79, 112, 225) al testimonio de Homero en apoyo de sus aserciones. Este prestigio sube de punto por influjo del estoicismo y de la filología de Pérgamo, cuyo máximo representante fue Crates, y se continúa en los escritores cristianos.

Pero hay que tener presente que muchas veces las noticias que Eliano transmite no están tomadas de Homero, sino de los escoliastas del poeta. Podríamos corroborar este aserto con muchos pasajes de Eliano, pero baste a nuestro propósito el de V 45, en donde, comentando la expresión sŷs lēibóteira de Homero (Od. XVIII 29), dice que en Salamina de Chipre, a los jabalíes que entran en los sembrados a comer la mies, les quebrantan, de acuerdo con la ley, los dientes. Pues bien, el escolio a este pasaje (obra, quizás, de Dídimo) dice lo mismo.

Es evidente que tanto Eliano como Plutarco, Pólux y otros se benefician de las noticias que traen los escoliastas en sus comentarios. Eliano resuelve la cuestión relativa a si las ciervas tienen cuernos en contra del parecer de Aristóteles (Hist. Animal. IV 128) y Juba, citado por Plinio (Hist. nat. VIII 115), recurriendo a los poetas Sófocles, Eurípides y a los líricos Píndaro y Anacreonte, y al citar a éste trae una conjetura de Zenódoto con apelación a Aristófanes de Bizancio. Pero toda esta apabullante erudición descansa, en último término, en Dídimo-Pánfilo. Y Pánfilo en su léxico sacó a plaza, en lo referente a noticias zoológicas, a los mismos escritores, cuyos datos pormenorizados podemos leer en Eliano, Pólux y Ateneo.

Se trata, según Wellmann, de los siguientes escritores: Alejandro de Mindos, Leónidas de Bizancio, Clitarco, Crisipo de Solos, Clearco, Pitágoras (en su escrito Sobre el Mar Rojo), Heródoto, Ctesias, Teofrasto (en su obra Sobre los animales mordedores y heridores), Sóstrato, Demócrito.

Hay que anotar, finalmente, el hecho importante de que las colecciones de noticias y excerptas de Pánfilo no se concretaron a ser las fuentes en donde bebieron los autores que figuran en la Historia de los animales de Eliano y Eliano mismo, sino que influyeron en la literatura científica de épocas posteriores.

Dos tendencias se advierten en los seguidores de Pánfilo: la tendencia glosográfica representada por Calímaco en su Perì órneōn y la puramente científica representada por Aristófanes de Bizancio, el cual sistematizó en su Epítome las obras zoológicas de Aristóteles empleando un método de ordenación que luego siguieron otros escritores.

Concluiremos este apartado diciendo que, prescindiendo de valores intrínsecos que pueda tener la obra de Eliano, el principal intéres que ofrece es el de presentarnos el pensamiento de muchos autores, cuyas obras podemos considerar definitivamente perdidas.

IV. VALORACIÓN DE LA «HISTORIA DE LOS ANIMALES»

1. ERRORES

Casi todo es anecdótico en la obra de Eliano, pero en la época del escritor, la gente, ávida de evasión, admitía de buen grado todo lo que aparecía adobado con anécdotas absurdas, maravillosas, exóticas, increíbles. Florece en esta época toda una literatura paradoxográfica que hace las delicias del público. Una de ellas es la Historia de los animales de Eliano que ofrecía la singularidad de que estaba escrita en griego en una época en la que los hombres cultos, como todos los que integraban el círculo de Julia Domna, podían expresarse en griego. Ello quiere decir que los difusores de la obra de Eliano no fueron precisamente los desheredados de la fortuna ni las gentes del campo que apenas podían leer su propia lengua, sino los intelectuales.

Cuesta trabajo pensar que hombres de la talla intelectual de Galeno, Ateneo y los jurisconsultos Papiniano y Ulpiano, por no citar más que a unos cuantos representativos, creyesen las fantásticas historias que nos cuenta Eliano y de las que ofrecemos a continuación una selección extraída de los cinco primeros libros:

Se cuentan historias de animales capaces de enamorarse, hasta el frenesí, de seres humanos. Un perro se enamora de la citarista Glauce; otro, de un muchacho de Solos de Cilicia llamado Jenofonte. Una grajilla se enamora hasta enfermar de un lindo muchacho de Esparta (I 6). Un elefante (I 38) se deja avasallar por la belleza de una mujer, y su cólera se aplaca ante la contemplación del ser amado. En el libro VI 54 y 56 se describen, respectivamente, los amores de un áspid con un ansarero y de una foca con un buceador tan feo como ella, que se dedicaba a extraer esponjas del fondo del mar. Los ánsares (V 29) son especialmente enamoradizos; y en I 50 se nos habla del monstruoso ayuntamiento de una murena con una víbora.

La naturalidad con que Eliano cuenta todas estas uniones contra natura, a las que hay que añadir casos de bestialismo, creo que refleja el estado moral de una sociedad sumida en profundos abismos de abyección y que las aludidas repugnantes escenas no debían de ser tan infrecuentes como pudiera parecer a la sensibilidad moral del hombre actual.

Es verdad que entre animales inferiores se dan escenas de canibalismo: está comprobado que la mantis religiosa hembra devora al macho en el momento de la cópula, que la salamanquesa devora a las crías de otra salamanquesa si le aprieta el hambre, pero lo que cuenta Eliano (I 24), aun a sabiendas de que es mentira (mentira para nosotros), produce un repeluzno de horror: la víbora hembra devora al macho en el momento de la cópula, y los viboreznos vengan al padre royendo el vientre de la madre al nacer.

Parece como si Eliano quisiera inculcarnos la creencia de que la corrupción fisiológica puede ser fuente de seres malignos productores de maldad. Y así (I 51) las serpientes nacen del tuétano corrompido del espinazo de un hombre malvado muerto. Los cuerpos de los hombres honrados, después de muertos, descansan en la sepultura mientras «el alma de los tales recibe los cantos y los himnos de los sabios; mas el espinazo de los malvados cría estas bestias, aun después de muertos sus dueños». En cambio (I 28), del tuétano del animal más veloz, que es el caballo, nace también un animal velocísimo: la avispa.

Eliano se convierte en pregonero convencido de seres fabulosos, que en la Edad Media habían de convertirse en objeto predilecto de la fantasía literaria y popular: el unicornio y los grifos. Del primero qué maravillas nos cuenta (III 41): el cuerno del unicornio (que puede ser asno o caballo) tiene la propiedad maravillosa de preservar de la muerte a todo el que bebe de él la ponzoña que algún truhán echó. Los grifos son cuadrúpedos que Eliano, basándose en la vox populi y en algún historiador como Ctesias, describe con morosa delectación de manera que parece como si creyera en la existencia de estos seres fantásticos, guardadores del oro de Bactria.

El apartado de las creencias supersticiosas es muy abultado. Eliano cree que los pájaros saben protegerse, mediante el empleo de ciertas hierbas, contra la hechicería (I 35); la víbora cerastes no daña a los libios de la región de Psilos, pero sí a los de otros pueblos (I 57); el lagarto tiene una vitalidad tan grande que no muere si se le parte en dos: cada parte seguirá viviendo y arrastrándose con sus dos patas. «Luego, cuando se encuentran las dos mitades (este encuentro se realiza a menudo) se juntan y se acoplan después de haber estado separadas» (II 23). El ratón es para Eliano una criatura maravillosa porque su hígado crece y decrece según crece y mengua la luna (II 56). Creta (V 2) es tierra hostil a las lechuzas y a las serpientes, a pesar del testimonio en contra de Eurípides en su Poliido respecto a las primeras. A veces quiere comunicar al lector su misma convicción de la realidad de un hecho a todas luces imaginario o irreal haciendo protestas de haberlo visto. «No necesitaré en este punto acogerme al testimonio de la Antigüedad, sino que diré lo que he visto.» Y lo que ha visto es el inefable suceso del lagarto que recuperó la vista de que le privó un hombre quebrantándole las pupilas con un punzón de bronce, por la intervención de un anillo prodigioso (V 47).

A la esfera de la superstición pertenece también el recuento que hace (IV 18) de los objetos venenosos para ciertos animales. Muy seriamente dice que «se mata a un escarabajo echándole encima rosas».

En IV 48 se nos dice que para aplacar a un buey irritado «sólo un hombre puede sujetarlo y hacerle desistir de su ímpetu atando una venda a su propia rodilla derecha y poniéndose frente a él». Es la consabida magia simpatética, en la que, por lo visto, no sólo el vulgo, sino también Eliano creía.

Superstición es también la creencia de que se hace eco Eliano en V 9, según la cual las cigarras de Regio y de Lócride son mudas en el territorio contrario, es decir, en el territorio que no es su residencia.

A veces los asertos son tan extravagantes que rayan con lo cómico, como cuando se afirma con toda seriedad que el gallo provoca un sentimiento de miedo en el león y en el basilisco. Claro que Eliano no hacía más que pregonar algo que era doctrina communis.

Abundan también los relatos divertidos en los que el lector perdona su inverosimilitud en gracia al esparcimiento del ánimo que acarrean. Me refiero, por ejemplo, al pasaje (III 6) en que se cuenta la manera de atravesar un río los lobos: «Se muerden la cola unos a otros y se tiran a la corriente, la cual atraviesan a nado sin apuros y sin peligro.»

Todavía más entretenido y hasta jocoso es el relato (IV 39) en que Eliano describe la astucia empleada por la zorra para matar a las avispas y apoderarse, luego, de la miel fabricada por ellas.

Dijo Cervantes que no hay libro malo que no contenga algo bueno. Dos cosas buenas tiene la obra, cuya valoración estamos haciendo: alguna consideración de índole científica que puede ser aceptada por la ciencia moderna y una idea filosófica matriz que domina toda la obra y que es quizás la más valiosa aportación. Sobre esto último ya hablaremos oportunamente. En cuanto a lo primero hay que hacer resaltar lo siguiente:

2. ACIERTOS

a) Eliano admite (I 11) que las aptitudes para fabricar la miel otorgadas por la Naturaleza a las abejas han ido perfeccionándose a través del tiempo.

Así parece deducirse de la siguiente frase: «el tiempo las ha instruido en el arte de fabricar miel». Esto equivale a admitir en la abeja la misma evolución que la ciencia moderna admite desde Lamarck y Darwin. Claro que en este caso la evolución afecta sólo a las facultades psíquicas del insecto y no a su organización anatómica.

b) Eliano reproduce una exacta definición (V 43) de Aristóteles del insecto que los entomólogos modernos llaman como el estagirita y el prenestino. En efecto dice éste: «Aristóteles dice que a orillas del río Hípanis hay un insecto que recibe el nombre de “efémera”, el cual nace con el crepúsculo matutino y muere cuando el sol empieza a ocultarse.» Claro que el término, en Eliano, tiene mucha mayor extensión que en la ciencia moderna y puede referirse a los Efeméridos propiamente dichos, como esos minúsculos insectos alados que revolotean sobre la superficie de las aguas y que no son lepidópteros, ya que sus alas carecen de escamas, o puede referirse incluso a insectos del género Drosophila, la mosca del vinagre, tan empleada en la investigación genética. De ellas se dice (II 4) que «nacen en el vino y, al abrir el recipiente, salen volando, ven la luz y mueren». Sería mucho pedir a Eliano lo que ni siquiera a Linneo podría pedirse: adscribir a su familia verdadera a estos diminutos insectos, pero mérito grande supone el aplicar sus dotes de observación a unos insectos tan pequeños y llegar a conclusiones verdaderas relativas a su ecología.

c) Cualquiera medianamente instruido en ictiología conoce los recursos empleados por ciertos peces para la protección de sus crías. Sabe que hay unos tiburones pequeños llamados cazones que protegen a sus crías, cuando se asustan, metiéndolas en la boca y «vomitándolas» cuando se aleja el peligro. Lo mismo refiere Eliano (IX 65) en un capítulo, en el que, arrimándose al parecer de «algunos» que contradecían la absurda opinión de que el cazón (Mustelus laevis) desova por la boca, manifiesta: «Mas dicen algunos que no es esto lo que hacen, sino que, cuando las crías temen el ataque de algún enemigo, la madre las esconde tragándoselas y, cuando ya ha pasado el peligro, las vomita vivas.»

d) Ignoro si responde a la realidad lo que Eliano cuenta (I 27) del pulpo, cuya voracidad es tan grande que cuando no encuentra alimento devora sus propios tentáculos. Pero sí puede ser cierto lo que dice a continuación, la posibilidad que tienen ciertos animales inferiores, como las lagartijas, el cangrejo, etc., de regenerar miembros, perdidos por azar o intencionadamente. El pulpo es, según Eliano, uno de ellos: «después —dice— regenera los miembros perdidos».

e) Aunque es una verdad que se impone por su evidencia, no está de más decir que ya Eliano consigna el principio físico de la impenetrabilidad de los cuerpos, según el cual dos cuerpos no pueden ocupar el mismo lugar en el espacio. Eliano dice textualmente (II 48), refiriéndose a los cuervos libios, que «cuando los hombres, por miedo a la sed, transportan agua y llenan sus vasijas y las colocan en los techos de las casas para que el aire preserve al agua de la corrupción, se aprovechan y beben, metiendo los picos tan hondo como pueden. Cuando no llegan con el pico al nivel del agua, llevan guijarros en la boca y en las garras y los echan en las vasijas de barro. Y beben los cuervos con este ingenioso ardid, pues saben por un misterioso instinto dado por la Naturaleza que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo lugar»3 .

f) El acónito, planta ranunculácea que la gente del campo llama «napelo», de color morado, amarillo o jaspeado, cultivada también como planta de jardín, es sumamente tóxica y ya lo sabía Eliano cuando nos la presenta como mortífera (IV 49) para el leopardo. En el capítulo 58 del libro I se habla también de los efectos mortíferos del heléboro macho, que fue antes para Hipócrates remedio eficaz contra la locura.

g) Eliano se hace eco (IX 37) de la explicación de Teofrasto de un fenómeno muy corriente: el parasitismo vegetal, por el que algunas plantas como el muérdago (viscum) crecen en los troncos y ramas de otros árboles y se nutren de su savia. Oigamos al escritor: «En el tronco de un árbol suele crecer la rama de otro con el que a menudo no tiene ninguna afinidad. La razón la trae Teofrasto, el cual ha averiguado de una manera muy científica que las avecillas se alimentan de la flor de los árboles y después depositan los excrementos sobre las plantas en que se posan. De modo que la semilla cae en oquedades, grietas y cavidades de aquellas que reciben el riego de la lluvia del cielo, y produce la misma planta de la que procede. De esta manera verás crecer en el tronco del olivo una higuera y, en otros troncos, otras plantas.» Nos parece oír hablar al Linneo del muérdago parásito nacido de la semilla depositada por el tordo y que ha de servir para su propia captura: turdus mortem suam cacat.

h) Prescindiendo de datos erróneos, como es el de considerar al escarabajo pelotero insecto partenogenético, es indudable que el tal Scarabaeus pilularius deposita no el semen sino los huevos en la pelota de estiércol donde encontrarán el calor necesario para su eclosión.

i) No sabemos qué quiere expresar Eliano cuando dice (VI 19) que el arrendajo (Garrulus glandarius) imita otros sonidos. ¿Se refiere a sonidos procedentes de objetos inertes como el que produce el cuervo imitando el sonido de la lluvia al caer? ¿O más bien se refiere a la facultad que tienen algunas aves, como el alcaudón, para imitar el canto de otras aves con objeto de atraerlas a su presencia para capturarlas?

j) Nos hemos referido antes al hecho de que Eliano tenía idea clara del parasitismo vegetal. Podemos decir otro tanto del parasitismo animal, por lo menos del parasitismo del cangrejo ermitaño (Pagurus bernhardus). Véase la sencilla descripción (VII 31) del fenómeno: «Los cangrejos ermitaños nacen desnudos y eligen el caparazón que les parece más conveniente para utilizarlo como vivienda. Incluso penetran en la concha de una púrpura, si la encuentran vacía, y en la de un buccino y, en la medida en que pueda alojarse en ella, se alegra de su alojamiento. Pero si sobresale su carne, se muda a otra casa, y encuentra muchas de estas casas.» Está demostrado, por otro lado, que hay peces parásitos. Para Eliano (IX 7) y para nosotros es la rémora (Echeneis remora), con la diferencia de que para él es un mero comensal que se convida con el consentimiento de los delfines al banquete que estos preparan, y para nosotros es un pez que se incrusta en el cuerpo de otro mayor, que de esta manera lo traslada de un lado a otro.

k) Aunque yerra en la interpretación de la existencia, en la cabeza de la lubina (Lupus labrax) y otros peces, de otolitos (IX 7), la ciencia moderna ha reconocido la existencia de estos corpúsculos, que regulan en los peces el equilibrio.

l) Eliano nos da curiosas noticias que ilustran algunos pormenores interesantes del arte de la pesca. Scholfield, traductor para la «Loeb Classical Library» de la Historia de los animales, en nota al capítulo l.° del libro XV hace notar que en él se hace «la primera clara mención de la pesca con mosca artificial». En efecto, dice Eliano, aludiendo a la pesca en el hipotético río Astreo de Macedonia, que los pescadores renuncian a emplear como cebo los tábanos que pasan rozando la superficie líquida porque, tocados por los hombres, se deterioran, y en su lugar apelan a la siguiente astucia: «cubren el anzuelo con lana purpúrea, encajan en la lana dos plumas que le nacen al gallo bajo las barbas y tienen un color céreo; la caña mide seis pies de larga y otro tanto el sedal. Sueltan los pescadores el engaño, y el pez, atraído y excitado por el color, se dirige a su encuentro … abre la boca ampliamente y queda enganchado en el anzuelo…».

ll) Eliano nos da pormenorizada noticia (XVII 31) de la fabricación de harina de pescado, industria de tanta importancia en los tiempos presentes para la obtención de piensos compuestos. En ella se aprovechan hoy día los pescados de baja calidad, poco gratos al paladar de los consumidores. En la noticia que nos trasmite Eliano, los peces no sólo no son gratos, sino que su carne es venenosa. He aquí cómo proceden los armenios con estos peces: «por ser su tierra abundante en animales salvajes, los armenios recogen estos peces y los secan al sol, luego los desmenuzan, tapándose la nariz y la boca para no morir por aspirar los olores que despiden los peces al ser majados. Luego, reduciendo a harina los peces, la diseminan por las zonas más pobladas de bestias salvajes, y tienen la costumbre de mezclar la harina de pescado con higos; de esta manera destruyen los cerdos salvajes, las gacelas, los ciervos, los osos, los onagros y las cabras que también son salvajes».

m) En el capítulo siguiente del mismo libro se vuelve a hablar de la harina de pescado que obtienen los caspios de un pez llamado oxirhynchus y que Thompson identifica con el esturión, es decir, un pez comestible ahora y en la Antigüedad. Los caspios los pescan, los salan, los ponen en conserva, los secan, los cargan en camellos y los exportan a Ecbatana. «Y con la manteca que extraen de estos peces hacen harina. » Esta vez, no hace falta decirlo, se trata de harina no venenosa.

n) Estas gentes, según Eliano, conocían también la fabricación de la cola de pescado, obtenida igualmente del esturión del mar Caspio. Nos lo dice en el mismo capítulo (XVII 32): «extraen y cuecen las entrañas y fabrican con ellas una cola (kóllaǹ) que puede ser de gran utilidad, pues pega toda clase de objetos con firmeza, se fija a todo objeto que se le acerque y es muy brillante. Así también retiene todo lo que suelda y une con tanta fuerza que, aunque se meta en agua durante diez días, no se suelta ni se separa. También los que trabajan el marfil hacen uso de ella y ejecutan trabajos bellísimos». Si hemos de hacer caso a Eliano, esta cola sería tan excelente como la actual cola de pescado que usan y usaban los carpinteros.

ñ) Hay una suerte de parasitismo en el que hospedante y huésped se prestan mutua ayuda: la garza buevera (Ardea bubulcus) libra al ganado vacuno de los molestos parásitos que atormentan su lomo y, a su vez, el ganado la invita al festín. De la misma manera, nos dice Eliano (XII 15), el pluvial (Pluvialis aegyptius) libra de sanguijuelas la boca del cocodrilo y, a cambio, le permite darse un cómodo y fácil atracón. «Sólo —dice— con el llamado pluvial mantiene relaciones de compañero y amigo. Pues este pájaro tiene la habilidad de extraerle las sanguijuelas sin hacerle daño.» La observación, añadimos nosotros, no es enteramente atinada. Quitan al cocodrilo parásitos externos, no sanguijuelas, que no hay en el Nilo.

o) En XIII 8 se nos notifica la existencia de un vino que se hace de arroz y otro que se hace de la caña de azúcar de la India. ¿Hay que pensar que los indios conocían ya la fabricación del ron y del sake o de parecidos licores?

3. ESTOICISMO DE ELIANO

A) Generalidades

Pero creemos que lo más valioso de la obra de Eliano es la constancia con que se mantiene a lo largo de la obra la idea de que la Razón universal, principio inmanente del estoicismo que Eliano profesaba, informa todo el cosmos y, por consiguiente, también, la conducta de los animales. Ésta es la idea matriz que da unidad a una obra que, considerada en sus partes aisladas, desconcierta por su desorden, por el cúmulo de ingenuas, paradójicas, estrambóticas y descomunales historietas. Idea o propósito que aparece en su Prólogo con estas textuales palabras: «Quizás no haya nada de extraordinario en que el hombre sea sabio y justo, que ponga extremado interés en la crianza de sus propios hijos, que dispense la debida atención a sus progenitores, que se procure el propio mantenimiento, que tome precauciones contra las asechanzas y que posea todos los demás dones de la Naturaleza que le son propios, pues el hombre posee también el habla, don el más estimable de todos, y ha sido favorecido con la razón, que es de suma ayuda y utilidad.» Implícitamente se reconoce —y ello está conforme con la más pura doctrina estoica— que el animal carece de razón, pero paladinamente se dice también que la Naturaleza le dotó, en compensación, de algunas estimables cualidades, y tienen muchas y maravillosas excelencias que comparten con el hombre. Como que en el Epílogo dispensa su admiración a los que se dedican al estudio de estas cualidades con las siguientes palabras: «Mas si alguien declara y saca a la luz pública las facultades de tantos animales: sus hábitos, sus formas, la sagacidad, la justicia, la templanza, la valentía, el afecto, la piedad filial, ¿cómo no va ser digno de admiración?»

Y constituye para Eliano un tópico que campea en toda su obra la comparación entre las cualidades y la conducta del hombre y la de los animales, comparación en la que salen ganando siempre los animales. En el mismo Epílogo se nos dice: «En llegando a este punto de mi discurso estoy profundamente disgustado de que, al paso que alabamos la piedad de los animales irracionales, tenemos que reprochar a los hombres su impiedad.»

Los fragmentos que conservamos, de las ya citadas obras De Providentia y De divinae potentiae argumentis, revelan que Eliano profesaba la filosofía estoica. Los títulos de estas obras se refieren a problemas que constituyen puntos centrales de la doctrina tradicional: la prónoia y la existencia de los dioses. La primera, que yo recuerde, no se menciona en la obra que traducimos, pero su concepto está presente en innumerables pasajes. La prónoia se manifiesta en la amorosa atención que los dioses (ya veremos el alcance conceptual de esta palabra para un estoico) prestan a los animales. En XIII 1 se dice taxativamente: «Una característica de los animales es que son amados de los dioses.» Y por eso éstos los utilizan como colaboradores suyos. Es el caso del halcón que en Delfos descubrió al culpable de un sacrilegio, colaborando así con Apolo, al caer sobre él y picotearle su cabeza (II 43). Las aves son también por voluntad expresa de los dioses intérpretes de sus mensajes. Así se dice en el libro II 51: «si se pone a enunciar las respuestas de los dioses, su voz (la del cuervo) asume un tono sagrado y profético». Hay animales como el perro que gozan de la prerrogativa de guiar y proteger nada menos que a los dioses. Tal, por ejemplo, el perro, del que cuenta Eliano (X 45) que guió y protegió a Isis durante su búsqueda de Osiris.

Los dioses se preocupan de los animales, pero los animales corresponden a esta solicitud tributándoles adoración como en VII 44: un elefante eleva su trompa al cielo para tributar homenaje de adoración al Sol. Es el mismo dios que ha concedido la victoria a Tolomeo Filópator contra Antíoco. Para tener propicio al dios sacrifica cuatro elefantes, sacrificio por el cual en sueños el Sol demuestra su desagrado. Lleno de temor, y para aplacarlo, le ofrece cuatro elefantes de bronce.

Los dioses emplean a los animales como ministros de su justicia (XI 19). Los perros despedazan a Pantacles de Lacedemonia por impedir, a algunos de los comediantes de Dioniso que se dirigían a Citera, que atraviesen Esparta.

Quizás la más categórica afirmación del cuidado que los dioses dispensan a los animales está contenida en el capítulo 31 del libro XI. Aquí si que aparece la palabra prónoia, pero no en el sentido de providencia divina o principio creador, sino en el de «cuidado» prestado a alguien. «Los dioses —dice Eliano— se cuidan de ellos, no los miran con desprecio ni los tienen en poca consideración. Porque si es verdad que carecen de raciocinio, ciertamente no están faltos de comprensión y de conocimiento proporcionados a su Naturaleza.»

B) Los dioses

El hombre no necesita recurrir a ninguna fuerza exterior a él, ni siquiera a los dioses, para alcanzar su perfección moral, porque en su interior reside la fuerza suficiente para lograr aquel objetivo por sí mismo. Éste es el sentir del estoicismo. Sin embargo, esta doctrina reconoce que la verdadera sabiduría consiste en el conocimiento de las cosas divinas y humanas, lo cual equivale a admitir la existencia de la divinidad.

Contrariamente a los epicúreos, que creían que la casualidad es la creadora y conservadora del Universo, los estoicos deducen de la contemplación de la grandeza, finalidad y hermosura del cosmos, que éste tiene que ser obra de una divinidad racional y creadora, cuya existencia no es para el estoico una ciencia sino una realidad, que hay que demostrar, sin embargo, para salir al paso de doctrinas, como la epicúrea, que la niegan. La divinidad no puede ser otra cosa que el Logos, portador de los gérmenes racionales de cada desarrollo futuro y representa el aspecto creador de la Sustancia universal. Al igual que el mundo la divinidad es una, pero es susceptible de manifestarse en representaciones múltiples, a las cuales el estoico da el nombre de dioses, pero todas ellas dimanan, en última instancia, de una única divinidad increada y eterna. Admitiendo esta pluralidad de manifestaciones pudo el estoicismo establecer un compromiso aparente, pero suficiente, con la religión popular y oficial. El pueblo seguía creyendo en la existencia individual de Zeus, Hera, Apolo, etc., pero el estoico veía en estos nombres la plasmación concreta de la actividad de una única divinidad.

La Historia de los animales no es un tratado de teología y no tiene por qué explicar a sus lectores el alcance ideológico de los teónimos que en él aparecen. Pero quizás sea posible inferir de algún pasaje las ideas estoicas del autor en este aspecto.

Creo que los siguientes sucesos que resumimos (XI 19) explican de manera un poco sibilina el pensamiento de Eliano sobre la divinidad. Son dos casos de impiedad. En el primero, los habitantes de Hélice sacrifican en el altar a unos jonios que se habían acogido a su hospitalidad, y «los dioses —dice citando a Homero— mostraron prodigios entre ellos». Los prodigios que ellos no entienden al principio: huida de ratas, comadrejas, etc., culminan en un espantoso terremoto que destruye la ciudad. En el segundo suceso, la Justicia (con mayúscula) toma, como instrumentos para castigar la impiedad que ha cometido el ya mentado éforo Pantacles al prohibir el paso por Esparta a unos cómicos y músicos que van camino de Citera, a unos perros que lo despedazan en su trono. Los ejecutores del castigo en el caso de Hélice son los dioses, pero téngase en cuenta que su mención está en una cita de Homero y, por lo tanto, tiene un cierto énfasis retórico, como lo tienen todas las citas homéricas que aparecen en un escritor como éste que abandonó la retórica para escribir historia. Hubiera podido atribuir el castigo como hace en el segundo caso a la Justicia, es decir, no a este o al otro dios, a Dioniso, protector de comediantes, por ejemplo, sino a Dios, encargado de ejercer en este caso su misión específica de restaurar el orden moral y religioso castigando, en el primer caso, a asesinos que matan en nombre de la religión, puesto que inmolan a los jonios en un altar sagrado, y en el segundo, a un tirano que abusa de su autoridad negando protectora acogida a unos extranjeros.

Hercher, en su edición de la Historia animalium, introdujo al final del capítulo 32 del libro XII la glosa prónoia toû theíou, que contribuye a incrementar el colorido estoico que de por sí tiene el párrafo. Anteriormente ha dicho Eliano que en la India hay unas serpientes muy venenosas contra las cuales el país produce drogas muy eficaces. «Pero la serpiente que mata a un hombre, como dicen los indios…, ya no puede descender y entrar reptando en su propio hogar, porque la tierra ya no la admite, sino que la rechaza de su propio seno, como si fuera un desterrado. Desde entonces irá de aquí para allá vagabunda y errante, viviendo penosamente al raso lo mismo en verano que en invierno, y ya no se acercará a ella ninguna compañera ni aquellas que ha engendrado reconocerán su paternidad. Éste es el castigo que la Naturaleza inflige incluso a los irracionales por el asesinato de hombres [y es por obra de la Providencia divina], según se me acuerda. Y esto se trae a colación para instrucción de personas inteligentes.» Estas personas inteligentes son los sabios, cuya sabiduría consiste en el conocimiento de las cosas divinas y humanas. Ahora bien, un profano, un ignorante no llegará nunca a comprender por qué la Naturaleza, que aquí equivale a la theía prónoia, castiga la muerte de un hombre perpetrada por un irracional como es una serpiente. Pero hay que pensar que para un estoico el universo es un gigantesco organismo animal, cuyas partes todas, al igual que ocurre en el microcosmos que es el hombre, están relacionadas entre sí y con el todo. A cada una de estas partes la Naturaleza la ha dotado de una inclinación que le facilita la tarea de cumplir su cometido específico. En el hombre la inclinación está gobernada por la razón, en el animal está gobernada por un instinto que le dice lo que le es provechoso y lo que no. La serpiente está dotada del instinto de morder e inocular el veneno a sus víctimas. La serpiente de la India tiene sus víctimas apropiadas que son otros animales, pero «lo increíble» (ápiston, según la lección de Gow) es que muerda a los hombres. Haciéndolo así conculca una ley de la Naturaleza —y la Naturaleza para el estoico es Dios— y, por lo tanto, merece castigo. Un secreto instinto, que no la razón porque carece de ella, le dice a la serpiente que ha quebrantado el orden establecido, y ella misma se impone el castigo.

Para Eliano la Naturaleza (o Dios) es la ley inmutable. Bien claramente se expresa esta idea en IX 1, donde se dice textualmente: «Y no fue Solón el que ordenó este comportamiento (el cuidar a sus padres) a los leones jóvenes, sino que lo aprendieron de la Naturaleza, a la que ‘nada le importan las leyes de los hombres’; pues ella es una ley inmutable.» Se contrapone aquí la ley positiva de los hombres y la ley natural, contingente aquélla, inmutable ésta, ley a la que deben someterse todos, racionales e irracionales; éstos siguiendo su instinto la acatan, aquéllos, siguiendo los dictados de su razón, pero desgraciadamente «los hombres libertinos no sienten escrúpulos en quebrantarla» (I 13). Mejor que él se comporta el halcón que «cuando ve un hombre muerto… cubre totalmente de tierra el cadáver insepulto, aunque Solón no se lo ordene» (II 42).

C) El suicidio

Para mí hay en Eliano, IV 41, una clara alusión al suicidio, que, como es sabido, es para el estoicismo un medio lícito de escapar a las calamidades de esta vida y sumergirse para siempre en la nada. En el mentado capítulo del libro IV se nos habla de dos drogas, una india que libera al hombre matándolo, pero su muerte «se asemeja a un sueño muy grato e indoloro»; mejor dicho, es un sueño o muerte pasajera, mientras que la droga egipcia, de la que se habla a continuación, produce un olvido eterno de los infortunios, es decir, una dulce muerte eterna. La Naturaleza, dice luego Eliano, «libera a los hombres de unas cadenas verdaderamente insufribles por medio del susodicho agente (o droga)». No es que aquí se recomiende el suicidio, pero se pinta tan a lo vivo cierto tipo de suicidio como placentero, que un lector de la época podía sentir la tentación de experimentarlo.

Pero la más clara alusión al suicidio como expeditivo medio de liberarse de los males presentes está expresada en III 47, donde se dice: «En circunstancias parecidas [cópula inconsciente y vetanda de un camello con su madre, seguida del ‘suicidio’ de aquél al conocer su ‘delito’] obró mal Edipo evitando el suicidio y limitándose a cegar sus pupilas, y no supo cómo escapar de sus desgracias, siéndole posible quitarse de en medio en vez de maldecir a su casa y a su familia; y, finalmente, obró mal al tratar de remediar calamidades ya pasadas recurriendo a una irremediable calamidad.»

D) Los astros

Sabido es que Platón estaba convencido de que los astros eran seres vivientes, animados y divinos, y Cleantes decía que «si en la tierra el fuego purísimo, en cuanto alma, da vida al cuerpo, sería absurdo creer que los astros, compuestos de fuego purísimo, son inanimados». También los astros son seres animados y divinos (SVF I 154). Entre estos astros ocupa el lugar central el sol (para Cleantes, Helios-Apolo). El sol es, para él, el órgano central espiritual del mundo, o si se quiere, manifestaciones visibles de la divinidad, la cual es eterna a diferencia de los astros-dioses, que son perecederos y desaparecerán en el momento de la ekpýrosis.

No es extraño que el estoico Eliano declare su fe en la divinidad de los astros, singularmente del sol. He aquí cómo se expresa en VII 44 refiriéndose a los elefantes de la India: «Los elefantes se prosternan ante al Sol naciente y elevan sus trompas, a manera de manos, hacia sus rayos, por lo cual son amados del dios», al que no se pueden, por tanto, sacrificar como hizo Tolomeo Filópator, creyendo agradecer así al Sol la victoria conseguida contra Antíoco. Termina Eliano comparando la piadosa conducta de los elefantes adoradores del Sol con la de los hombres que «dudan de la existencia de los dioses y, en el caso de que existan, de que se preocupen de nosotros».

Explícito es también en V 39 donde dice: «el león es superior al Sueño y está siempre despierto. Por este motivo creo yo que ellos [los egipcios] se lo dedican al Sol, porque ciertamente el Sol es el más laborioso de los dioses».

Un dios de poderoso influjo sobre los seres del cosmos es también la luna. En IX 6 se dice que los crustáceos y otros animales menguan o crecen, según las fases de la luna: «los entendidos en estas cosas [de animales] aconsejan no criar a los animales en esta fase lunar [cuando la luna mengua], porque no son diligentes». Entre los seres del cosmos se dan atracciones y repulsiones (son manifestaciones de la sympátheia): entre la luna y el sol, de un lado, y el cerdo, de otro, existe una repulsión natural de forma que «los egipcios creen que la cerda es el ser más abominable para el sol y para la luna. Y así, cuando celebran sus fiestas en honor a la luna, le sacrifican cerdos una sola vez al año, pero en ninguna otra ocasión se avienen a sacrificarlos ni a ella ni a ningún otro de los dioses» (X 16). El crecer o el menguar de la luna influye también en algunos peces, y esta influencia se trasmite a las plantas puestas en contacto con ellos. En efecto, en XV 4 se dice: «si se coge a este pez [el pez-luna] en noche de luna llena, él también se hace más grande, y hace que los árboles se ensanchen si uno lo lleva y lo ata a ellos. Pero cuando la luna decrece, él languidece y muere, y si se aplica a las plantas, éstas se secan». Pero la influencia de la luna se hace sentir también sobre otros seres inertes, como el agua. El mismo capítulo continúa con estas palabras: «Si se cava un pozo cuando la luna está en cuarto creciente y se echa este pez dentro del agua encontrada, el agua manará sin parar y jamás faltará; pero si se hace esto con luna menguante, el líquido dejará de manar. Y si echas este mismo pez en una fuente borbollante, la encontrarás en adelante o llena de agua o encontrarás el lugar seco.»

E) Los dos tipos de «lógoi»

Sabido es que para el estoicismo hay dos lógoi: uno interno llamado endiáthetos y otro que se manifiesta al exterior, y que se llama prophorikós. Es la misma distinción que, sin duda fundado en los académicos y no en los estoicos, había de hacer Santo Tomás de Aquino en sus Quaestiones disputatae de veritate al reconocer la existencia de una palabra interior y de una palabra que es proferida o llevada al exterior (profertur): «La pimera —prosigue Santo Tomás— es la palabra del corazón que es pronunciada sin sonido; es el modelo de la palabra externa y a ésta se la llama la palabra interior porque posee en sí misma una imagen de la palabra fónica; y finalmente, la palabra expresada exteriormente, la llamada palabra fónica (verbum vocis)». Esta misma distinción estoica y tomista se encuentra claramente expresada en la Historia de los animales (X 29). En Eliano llámase al lógos exterior casi de la misma manera: lógos propherómenos (en vez de prophorikós ) y al lógos interior lógos sigṓmenos kaì éndon epistrephómenos, que nosotros traducimos por «discurso silencioso e interior» en vez de endiáthetos, palabra menos comprensible que la expresión anterior. La alusión a ambos discursos se encuentra en el mentado capítulo del libro X, en el que se habla del ibis sagrado. Dice así: «Y cuando la luna se eclipsa, cierra sus ojos hasta que la diosa brilla de nuevo. Y dicen que es amado de Hermes, padre de la elocuencia, porque su figura remeda la naturaleza del habla: así las negras plumas volanderas pueden compararse al discurso silencioso e interior y las plumas blancas al discurso exteriorizado que se hace audible, siervo y nuncio de la vida interior, por así decirlo.»

F) La muerte estoica

Sabido es que para el sabio el único bien es la virtud que consiste en arreglar su vida de conformidad con la Naturaleza. Todo lo demás, la salud, la riqueza, el bienestar, la fama, es decir, todo aquello que no depende de nosotros mismos, son bienes adiáphora, o sea, indiferentes. También lo serán los males que no son obra del sabio, como los que se oponen a los bienes mencionados, a saber, la enfermedad, la pobreza, la infamia, la misma muerte. Por eso el sabio mira la llegada de la muerte con absoluta entereza de ánimo, como el que está convencido de que es un suceso más que no depende de él. En la Historia de los animales se nos ofrecen dos ejemplos de personas que se enfrentaron a la muerte con la entereza y dignidad del sabio: Belerofonte y Sócrates. De Sócrates dice: «Sócrates testifica … que canta movido, no por la tristeza, sino más bien de alegría, porque el hombre que tiene el corazón atormentado y triste no tiene vagar para el canto y la melodía» (V 34). El párrafo anterior de este mismo capítulo dedicado a la muerte del cisne, ave consagrada a Apolo, a cuyo servicio está en el país de los hiperbóreos, situado más allá de los míticos montes ripeos, nos pone como ejemplo imitable al cisne, de quien dice: «En las circunstancias más serias el cisne tiene sobre los hombres ciertas ventajas, pues sabe cuándo le llega el término de su vida y sin embargo sobrelleva con buen ánimo la cercanía de la muerte, pues ha recibido de la Naturaleza el más bello don. Porque tiene fe en que en la muerte no hay nada de triste ni doloroso. Los hombres sienten miedo de lo que ignoran y consideran a la muerte como el mayor de los males. En cambio, tan grande es el buen ánimo del cisne que, hasta en el momento final de su vida, canta y rompe en un canto fúnebre, que es, por así decirlo, un homenaje a sí mismo.»

Contrapone Eliano aquí la conducta de unos seres racionales, que son los hombres, a la de unos seres irracionales que son los cisnes, los cuales han aprendido de la sapientísima Naturaleza, que es una ley inmutable, a considerar la muerte como un suceso inesquivable. Es fácil observar a lo largo de toda la obra que, en la comparación de la conducta de los hombres y de los irracionales, siempre o casi siempre resultan gananciosos estos últimos. Los animales son más solidarios entre sí, más generosos, más fieles defensores de los lazos familiares y, en definitiva, más valientes, como los cisnes, para afrontar el paso decisivo y final.

V. LA LENGUA

No parece pertinente extenderse aquí en consideraciones sobre la lengua y el estilo de Eliano en la obra que traducimos. Pero si algún lector desea o necesita noticia circunstanciada sobre esta cuestión, consultará con provecho la ya clásica obra de Wilhelm Schmid, Der Atticismus4 . En ella se trata de la lengua de Eliano considerada en todas sus vertientes: morfología, sintaxis, selección de palabras y locuciones, tropos y figuras de dicción y estructura de la frase.

Es fácil comprobar que, en lo que se refiere al estilo, Eliano, que renunció al lógos rhetorikós para cultivar el lógos historikós, sigue la manera de Heródoto. Por eso en la Historia de los animales, como en las Historias, predomina la estructura coordinada unas veces, yuxtapuesta otras, de la cláusula sobre la estructura periódica de larga tradición en la literatura griega. Y no es que Eliano no supiese componer largos períodos a la manera tradicional, porque para demostrar lo contrario podríamos aducir algunos ejemplos, como el Epílogo entero de la obra. Cinco líneas en las que se suceden las oraciones subordinadas preceden a la oración principal, cuyo verbo a su vez rige otra serie de oraciones subordinadas que preceden a la que cierra el largo período. Pero este estilo no es el suyo más que ocasionalmente. Quizás sea un resabio de su época de rétor. El suyo es un estilo en el que campea la aphéleia (simplicidad) y la glykýtēs (dulzura) conseguidas con la imitación de Heródoto y Jenofonte. Si quisieramos presentar un espécimen de este estilo podríamos recurrir a cualquier capítulo. Todos serían más o menos como el siguiente: «El escaro se alimenta de hierbas marinas y de algas, y es de todos los peces el mas lujurioso, y su insaciable apetito de hembra es causa de su captura. Esto lo saben bien los pescadores expertos y le atacan de la siguiente manera: cuando capturan una hembra, atan una fina cuerda de esparto a sus labios y arrastran el pez vivo por el mar …» (I 2). La simplicidad y la dulzura son las notas dominantes del jonio. En Eliano se advierte el propósito de hacer resaltar aquellas dos cualidades mediante la mezcla de elementos áticos y jónicos. Estos dos ingredientes, ya antes de Eliano, en la mitad del siglo II , se habían combinado para dar lugar a una nueva expresión lingüística o estilo, testimoniado por los rétores Demetrio, Aristides y Hermógenes; expresión o estilo del que fueron también precursores Luciano, Nicóstrato y Alcifrón. La lengua de Eliano es aticista, pero es lengua que no desdeña el elemento popular como no lo desdeña la novelística por la que está influenciada, ni los autores clásicos que a veces toma como modelos: Heródoto, Jenofonte y, en parte, Platón.

Como hemos dicho, se advierte en Eliano la influencia de las «Historias milesias», que estaban en germen ya en las Historias de Heródoto. Los motivos eróticos predominan y llegan a dar carácter a esta narrativa, nacida en territorio jonio, en Mileto, y que nunca perdió su espíritu jonio. Hacia el año 100 a. C., Aristides hizo una selección de novelas breves que intituló Historias milesias. Pronto adquirió gran difusión, como lo prueba el hecho de que fuera traducida al latín por Lucio Cornelio Sisena y como atestigua Plutarco, que afirma (Craso 32) que los oficiales romanos lo llevaban en su petate. De historias noveladas como la relativa a la matrona de Éfeso, incorporada por Petronio a su novela, en la que, como en todas, el tema erótico se trata con frivolidad, se puede calificar el carácter de estas Milesias. Esta palabra se convirtió en un término genérico que llegó a designar a toda novela breve que participara del carácter erótico de la colección de Aristides.

En la Historia de los animales se advierte la presencia de estos relatos, que tienen el carácter de la novela breve milesia. Verdaderas ficciones de este tipo se encuentran en esta obra, tales como VI 15, VII 48, VIII 22, X 48; estas las señala Schmid en la obra ya citada. Podemos añadir por nuestra parte XIV 20 y XV 29.

La de V 15 que nosotros resumimos con el título «El delfín y el muchacho de Jaso» es una novela corta, en la que se exalta el amor apasionado entre un delfín y un muchacho que muere por involuntario descuido del primero. El erotismo es el mismo que se describe en escenas amorosas entre otros animales y hombres.

En VII 48 se encuentra la tan conocida historia de «Androcles y el león» a la que nos referimos con más detalle en otro apartado. Con esta historia el autor se propone demostrar que «la memoria es una facultad que poseen también los animales; y la poseen como algo innato y no por obra de ejercitación o aprendizaje». Como se ve una tesis muy estoica. La historia posee todos los elementos de la novela milesia: fuga, encuentro inesperado con el león, reencuentro de ambos (león y Androcles) en el circo y veredicto absolutorio del público.

La de VIII 22, que nosotros intitulamos «La mujer de Tarento y la cigüeña» trata de hacer ver que «los animales son buenos en cuanto que no olvidan los beneficios recibidos». Es una historia emotiva sin la emotividad enfermiza de otras narraciones y cuya lectura en las escuelas podrían recomendar los ecologistas modernos, si verdaderamente propician la defensa de lo más estimable de la Naturaleza que es la vida animal.

En X 48 es la «Historia de Pindo y la serpiente», una dramática aventura, en la que el cadáver de Pindo, asesinado por sus hermanos, es guardado por una serpiente hasta que van a rescatarlo, para darle honrosa sepultura, sus parientes. Esta historia cumple el mismo propósito que las anteriores, propósito esta vez expresado al final de la narración: «es propio de los animales corresponder a los favores de sus benefactores, como ya he dejado dicho y como se constata especialmente en esta ocasión».

En XIV 20 tenemos una ingenua historieta, en la que un padre, pescador cretense, cura a sus hijos de la rabia, aplicándoles a las heridas inferidas por una perra rabiosa, el hígado machacado de un hipocampo o caballito de mar. Aquí no aparece el elemento erótico que distingue a la novela milesia, pero por extensión puede aplicarse dicho apelativo a toda narración de carácter popular incrustada en un conjunto, alguna de cuyas partes tiene aquel carácter.

Tampoco es una novela milesia en sentido estricto, pero sí en sentido amplio el relato de XV 29, que yo he resumido en el título «Los pigmeos y su reina». Propiamente es una historia mítica, en la que una mujer obligada a ser reina de los pigmeos por haberse extinguido la línea de sucesión masculina, recibe el castigo de su petulante soberbia al ser convertida por los dioses en una grulla.

En conclusión, es la novela milesia en sentido estricto y en sentido lato un elemento más caracterizador de esta obra abigarrada de Eliano, tan abigarrada como la novela breve que tuvo su origen en Mileto.

Finalmente hay otro ingrediente que da carácter popular a la Historia de los animales: es la inserción de alguna fábula, género, desde sus oscuros orígenes, eminentemente popular y oriental que, a través de los jonios asiáticos, se difunde enseguida por toda Grecia, y de la que ya en la época arcaica encontramos ejemplos en Hesíodo, Arquíloco y Simónides en fábulas intercaladas en sus obras con propósito moralizador, que es el que siempre tuvo. Pero esto merece capítulo aparte.

VI. LA FÁBULA EN ELIANO

Siendo uno de los propósitos de Eliano, visible en casi todos los capítulos de la obra, inculcar en el lector la idea de que los seres irracionales son para el hombre en muchas ocasiones, modelos de virtudes morales, y en otras, criaturas que cumplen, mejor que el rey de la creación, el ideal estoico de vivir de conformidad con la naturaleza y con su naturaleza peculiar, extrañaría en grado sumo que no utilizase el acervo fabulístico que tenía a mano y que le brindaba la ocasión de ofrecer, de manera epigramática y amena, ejemplos dignos de imitarse o rechazarse. Algunos de estos ejemplos no son propiamente fábulas, sino más bien historietas o fábulas noveladas de antigua tradición. Tal, por ejemplo, el relato de «Androcles y el león», cuya génesis podemos adivinar. En Eliano encontramos un relato dramático, minucioso, no menos dramático y minucioso que el de Aulo Gelio en sus Noches áticas