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La periodista Casey Cep cuenta las historias del libro inacabado de Harper Lee...
El 11 de julio de 1960, Harper Lee publicó su primera novela:
Matar a un ruiseñor. El éxito fue instantáneo. Durante su primer año, vendió medio millón de ejemplares. A los dos años, se estrenó la adaptación cinematográfica, que obtuvo tres Óscar. La excelente acogida de la obra desató las expectativas de los lectores y de la crítica por el siguiente libro de la autora. Pero pasaban los años y ese libro no llegaba. Y no se debía a que Harper Lee no lo intentara.
En 1977, Harper Lee viajó a su Alabama natal para contar la increíble historia del reverendo Willie Maxwell. Seis personas de su entorno habían muerto en circunstancias más que sospechosas, pero los investigadores fueron incapaces de probar su culpabilidad.
La presencia de Maxwell sembró de miedo y de rumores los alrededores del lago Martin: sus habitantes temían los supuestos poderes sobrenaturales del Reverendo relacionados con el vudú.
Hasta que uno de sus vecinos decidió tomarse la justicia por su mano y lo mató en un funeral delante de trescientas personas.
Harper Lee entrevistó a muchos protagonistas y emprendió un fatigoso proceso de escritura cuyo resultado nunca llegó a conocerse.
En febrero de 2015, un año antes de que muriera la escritora, se anunció el lanzamiento de un nuevo libro suyo. Pero aquella obra, titulada Ve y pon un centinela, correspondía a un manuscrito entregado a su agente hacía cincuenta y ocho años, antes incluso de que redactara Matar a un ruiseñor. En Horas cruentas, la periodista Casey Cep trenza las historias del Reverendo y del libro inconcluso de Harper Lee. Pero no solo eso. Este libro nos ofrece un viaje fascinante por el sur de Estados Unidos, un magnífico retrato del clima intelectual y político de aquella época, un excelente ejemplo de cómo construir un relato cargado de suspense y un viaje exhaustivo a la mente atenazada de una de las autoras más importantes del siglo XX.
Sumérjase en un fascinante viaje por el sur de los Estados Unidos del siglo XX !
CE QU'EN PENSE LA CRITIQUE
À PROPOS DE L'AUTEUR
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Seitenzahl: 613
Veröffentlichungsjahr: 2020
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horas cruentas
La historia del libro inconcluso de Harper Lee
Casey Cep
primera edición: octubre de 2020
© Casey Cep, 2019
© de la traducción, María Alonso Seisdedos, 2020
© Libros del K.O., S.L.L., 2020
Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511
28020 - Madrid
isbn: 978-84-17678-43-2
código ibic: BGL, BTC, DNJ
iustración de cubierta: María Castelló Solbes
mapa: Mapping Specialist, Ltd
maquetación: María OʼShea
corrección: Pablo Uroz y María Campos
Para mi padre y mi madre, que me regalaron un reloj de bolsillo
y me enseñaron la hora y todo lo demás
«Nos une una misma angustia».
Harper Lee
El reverendo Willie Maxwell, a la vuelta del servicio militar, cuando ya ejercía de predicador en la zona del lago Martin. The Alexander City Outlook.
Una pequeña muestra de los seguros de vida que firmó el reverendo Maxwell a nombre de sus familiares, entre ellos, sus mujeres, hermanos, tías, sobrinas, sobrinos e hijos.
Periódicos y revistas de todo el país publicaron artículos y noticias de agencia sobre la extraña vida y el impactante asesinato del reverendo Willie Maxwell.
Shirley Ann Ellington, hija adoptiva de los Maxwell, que vivía con ellos en el momento en que fue asesinada. The Alexander City Outlook.
Unos porteadores cargan con el ataúd del reverendo Maxwell, envuelto en una bandera estadounidense, a las puertas del templo baptista de la Paz y la Buena Voluntad. The Alexander City Outlook.
Un grupo de asistentes al funeral de Shirley Ann Ellington se reúne a las puertas del tanatorio Hutchinson después de huir del tiroteo en el que murió el reverendo Willie Maxwell. The Alexander City Outlook.
Ophelia Maxwell, a la salida del funeral de su marido. The Alexander City Outlook.
Un joven Tom Radney, en su despacho de abogados. Familia Radney.
Los Radney posan delante del Capitolio estatal para uno de sus retratos oficiales durante la campaña a vicegobernador en 1970. Familia Radney.
Folleto de la campaña de Daniel el Canijo para el Senado estatal en 1966, con el que intentó movilizar a su electorado antiafroamericano contra Tom Radney. Familia Radney.
Retrato del jurado en el juicio contra Burns. The Alexander City Outlook.
Tom Radney sale de los juzgados junto a Robert y Vera Burns. The Alexander City Outlook.
Robert Burns y su familia en la zona habilitada para la defensa durante el primer día del juicio. The Alexander City Outlook.
Robert y Vera Burns, a la espera de que el jurado lea su veredicto. The Alexander City Outlook.
Los Radney —Madolyn, Ellen, Big Tom, Hollis, Fran y Thomas— en torno a la fecha del juicio contra Burns. Family Radney.
Big Tom y Madolyn Radney con todos sus nietos. En la fila de en medio, y de izquierda a derecha: Margaret Harvey, con William Lovett en el regazo; Madolyn Price Kirby, con Cecilia Radney; Anna Lee Price, con Radney Lovett; Elizabeth Harvey, y Finlay Radney. En la fila más próxima al fotógrafo, y de izquierda a derecha: Thomas Lovett, Anderson Radney y Luke Harvey. Familia Radney.
Harper Lee y Truman Capote recorren Second Avenue, en Nueva York, en 1976. Harry Benson.
El cheque de Harper Lee para la taquígrafa Mary Ann Karr, que incluye el concepto de la transacción.
El motel Horseshoe Bend, en Alexander City, donde Harper Lee se alojó mientras trabajaba y donde se aisló al jurado durante las deliberaciones del juicio contra Burns. Tichnor Brothers Inc.
Harper, Alice y Louise: las tres hermanas Lee, juntas en el Festival de Historia y Patrimonio de Alabama, en Eufaula, en 1983. The Eufaula Tribune.
Quienes visitan el número 433 de la calle East Eighty-Second quizás no hayan reparado nunca en que en el telefonillo, al lado del «1E», se lee «Lee-H», pese a que el nombre de la escritora ha estado ahí durante décadas.
Harper Lee, en su habitación de la residencia The Meadows, en Monroeville. Penny Weaver.
Prólogo
Pasaba desapercibida. A Harper Lee la conocía todo el mundo, pero no de vista, así que, si ella no se presentaba, es improbable que en la sala del juicio alguien fuera a adivinar quién era. Cientos de personas se apiñaban en la galería, abarrotando los bancos de madera, que crujían al menor movimiento, o apoyándose contra la pared del fondo si no habían llegado a tiempo de coger asiento. En Alabama, el final de septiembre no significa el fin del calor. Como el aire acondicionado de los juzgados no funcionaba, las mujeres meneaban los abanicos mientras los hombres notaban la humedad extendiéndose por las axilas y el cuello del traje. De cuando en cuando los espectadores murmuraban y alguna que otra vez se reían, risas flojas que se evaporaban cada vez que el juez ordenaba silencio en la sala.
El reo era negro, pero tanto los letrados como el juez y los integrantes del jurado eran blancos. Se le acusaba de asesinato. Tres meses antes, en el entierro de una chica de dieciséis años, el hombre que aguardaba tras la mesa de la defensa, paciente y con las piernas cruzadas, sacó una pistola del bolsillo interior de su chaqueta y le pegó tres tiros en la cabeza al reverendo Willie Maxwell. Trescientas personas vieron cómo lo mataba. Muchas de ellas estaban ahora en el juicio, no para descubrir por qué lo había matado (eso lo sabía todo el mundo en tres condados y había incluso quien se extrañaba de que nadie lo hubiera matado antes), sino para comprender la inquietante serie de muertes que precedieron a esa.
Durante un período de siete años, una a una, seis personas del entorno del Reverendo murieron en circunstancias que para casi todo el mundo eran sospechosas y, para algunos, sobrenaturales. A lo largo de las investigaciones subsiguientes, al Reverendo lo representó un abogado llamado Tom Radney, cuya presencia en la sala ese día no habría tenido nada de extraordinario si no fuera porque estaba allí para defender al hombre que había matado a su antiguo cliente. Radney, liberal y partidario de Kennedy en el sur de George C. Wallace1, estaba habituado a salir en primera plana, pero en esta ocasión no se quedaría en la del diario local, el Alexander City Outlook. Reporteros de la Associated Press y de otras agencias de noticias, junto a los de revistas y periódicos nacionales, como Newsweek y The New York Times, habían acudido en tropel a Alexander City para cubrir lo que ya se llamaba «la historia del sacerdote vudú asesino y del justiciero que lo mató».
Entre todos esos periodistas, había una que no se veía obligada a cumplir plazos de entrega diarios. Harper Lee, que vivía en Manhattan, seguía pasando parte del año en Monroeville, el pueblo en el que nació y se crio, a unos doscientos cincuenta kilómetros de Alex City. Habían transcurrido diecisiete años desde la publicación de To Kill a Mockingbird2 y doce desde que colaboró con su amigo Truman Capote en la recogida de información sobre los crímenes de Kansas en los que se basó A sangre fría3. Ahora, por fin, estaba lista para intentarlo de nuevo. Uno de los mejores abogados del estado iba a participar en uno de los casos más curiosos del estado y la autora más famosa del estado estaba allí para ponerlo por escrito. Dedicaría un año a investigar la historia en el pueblo y muchos más a transformarla en prosa. Ese día, en la sala del juicio, la incógnita era qué ocurriría con el hombre que había matado al reverendo Willie Maxwell. Pero tras el veredicto y durante décadas, la incógnita fue qué ocurrió con el libro de Harper Lee.
1Wallace, que al principio de su carrera defendió los derechos civiles para más adelante convertirse en partidario acérrimo de la segregación racial, cobró notoriedad en todo el país cuando en 1963 se plantó ante la puerta de la Universidad de Alabama para impedir el acceso de dos alumnos negros, Vivian Malone y James Hood. (Todas las notas son de la traductora).
2Aunque la novela y la película se conocieron en España como Matar a un ruiseñor, dejo el título original en todo el libro. Para quienes estén interesados, en internet es fácil encontrar debates al respecto de la elección de «ruiseñor», cuando el ave al que se refiere el título pertenece a la familia de los córvidos y tiene en castellano, entre otros nombres, el de «sinsonte». La denominación inglesa significa literalmente «pájaro burlón», pues, como tantos córvidos, imita con su voz el canto de otras aves y sonidos diversos.
3A sangre fría. Anagrama (1987, 2006 y 2019), traducción de Jesús Zulaika Goicoechea.
Primera parte
El reverendo
1 Y separe las aguas de las aguas
El agua, como el tiempo, puede hacer que desaparezca cualquier cosa. Hace cien años, en el lugar que en la actualidad ocupa el mayor lago de Alabama, había una región de lomas, vaguadas y comunidades paupérrimas surcada por un pequeño y precioso río. El Tallapoosa se forma en la confluencia de un arroyo llamado McClendon con otro llamado Mud, después de que cada uno de ellos haya bajado serpenteando desde las estribaciones de los Apalaches. Antes de que lo sojuzgaran mediante presas, el Tallapoosa continuaba su curso mansamente, descendiendo indolente hasta alcanzar a su hermano más impetuoso, el Coosa, en las cercanías del pueblo de Wetumpka, donde juntos se convertían en el Alabama, río que proseguía entre meandros hacia el oeste y hacia el sur hasta desembocar en la bahía de Mobile y de ahí en el golfo de México. El Tallapoosa estuvo así, arrastrándose sereno, durante 426 kilómetros y millones de años, en dirección al mar.
Lo que acabó con esto fue el poder, o lo que es lo mismo, la energía. Tal vez al hombre se le diera el dominio sobre la tierra en el Génesis, pero fue en el siglo xix cuando empezó a ejercerlo de verdad. Los motores de vapor, el acero y la combustión de todo tipo le proporcionaron los medios; la doctrina del destino manifiesto, el motivo. En cuestión de escasas décadas, la humanidad pasó a entender la naturaleza como un enemigo, en lo que el filósofo William James denominó, sancionándolo, «el equivalente moral de la guerra». Esto era cierto en especial en el sur de Estados Unidos, donde una guerra muy real dejó atrás una gran devastación física y financiera, y liberó a los hombres y mujeres esclavizados que habían sido el motor económico de la zona. Los sureños blancos y ricos, como ya no podían seguir sometiendo legalmente a otras personas, pasaron a prestarle atención a la naturaleza. Consideraban el mundo indómito, en el peor de los casos, un peligro mortal, un hervidero de enfermedades y una amenaza de catástrofes constante, y en el mejor, un desperdicio espantoso. Los árboles incontables se podían transformar en madera; los bosques, en granjas; los pantanos, con su paludismo, se podían desecar y convertir en terreno firme; de los lobos, osos y demás temibles depredadores se podían sacar alfombras, decorativas piezas disecadas y opíparas cenas. En cuanto a los ríos, ¿por qué habían de jugar ellos mientras la gente tenía que trabajar? En palabras del presidente de la Alabama Power Company, Thomas Martin: «Todo riachuelo que zascandilea lo hace a costa de los contribuyentes».
A finales de siglo, la energía hidroeléctrica se convirtió en la esperanza del sur, pues las fábricas se habían quedado sin mano de obra, las máquinas de hilar se mecanizaron y las bombillas parpadeaban en hogares que hasta entonces no habían conocido más luz que la de las velas y el queroseno. De pronto, cualquier río por debajo de la línea Mason-Dixon4 se contemplaba en forma de metros cúbicos y kilovatios por hora. En 1912, unos exploradores de la Alabama Power Company le pidieron prestado un automóvil Winton Six a una mujer de la zona y recorrieron junto a ella la cuenca del Tallapoosa, en busca de un lugar que pudiera albergar una presa de gran tamaño. Se decidieron por los Cherokee Bluffs, un desfiladero flanqueado por paredes de sesenta metros de gneis y granito, con el mismo tipo de roca sólida a lo largo del lecho del río. El emplazamiento era tan perfecto que ya en dos ocasiones otras compañías eléctricas habían tratado de construir allí una presa. La primera tentativa, en 1896, se frustró por un brote de malaria, que retrajo a los inversores de visitar el lugar; la segunda, en 1898, por el estallido de la guerra hispano-estadounidense5, que los disuadió de arriesgar dinero en un proyecto de infraestructuras en el quinto infierno. Pero Alabama Power llegó a los Cherokee Bluffs durante la época de bonanza de principios del siglo xx, cuando por fin había respaldo económico para empezar a comprar los terrenos que los circundaban.
Hubo personas de la zona que vendieron sus tierras de buen grado. Convencidas de que el pantano se haría sí o sí y preocupadas por las enfermedades que podrían prosperar en él, aceptaron encantadas los doce dólares por acre (4046 m2) que la compañía ofrecía y emprendieron una vida nueva en los pueblos cercanos. Sin embargo, hubo otras, entre estas algunas que tenían negocios río abajo, que lucharon contra la presa y en 1916 llevaron su batalla al Tribunal Supremo de Estados Unidos. En el juicio «Mt. Vernon y Woodberry Cotton Duck Co. contra Alabama Interstate Power Co.» se dictaminó a favor del derecho del estado a incautarse de propiedades privadas para uso público mediante expropiación forzosa, incluso para traspasárselas a compañías eléctricas. «Embalsar los cursos de agua para evitar su desperdicio y extraer de ellos energía, mano de obra sin cerebro, y librar así a la humanidad de un esfuerzo que se le puede ahorrar —escribió el aclamado juez Oliver Wendell Holmes en el parecer unánime del tribunal— es proveer de aquello que, junto a la inteligencia, conforma la base misma de todos nuestros logros y todo nuestro bienestar».
Para la compañía eléctrica era una buena resolución en un mal momento. Poco después del veredicto, Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial, y el proyecto de los Cherokee Bluffs, con la salida de hombres y dinero al extranjero, quedó postergado una vez más. Alabama Power no retomó el proyecto de la presa hasta que se firmó el armisticio y las obras no se iniciaron hasta 1923. Ese año un centenar de carpinteros se desplazaron hasta el lugar para construir el campamento en el que habrían de vivir los incendiarios, cocineros, ingenieros, taladores, albañiles, mecánicos, aserradores, acarreadores de troncos y supervisores mientras se preparaba la cuenca y se construía la presa. Cuando estos terminaron, casi tres mil empleados se instalaron con sus familias, transformando temporalmente los Cherokee Bluffs en uno de los mayores asentamientos de la región. Además de viviendas segregadas para trabajadores negros y blancos, había una panadería, una barbería, un café, una fábrica de hielo, una escuela, un salón recreativo para películas y servicios religiosos y un hospital donde los dentistas extraían dientes, los médicos realizaban radiografías y nacían los bebés.
Era un pueblo grande para Alabama, pero el dique era enorme desde cualquier punto de vista. Una vez finalizadas las obras y cerradas las compuertas, las aguas que se acumulasen por detrás de él cubrirían unos ciento setenta y ocho kilómetros cuadrados: el mayor lago artificial del mundo en la época. La legislación federal impuso que en todos y cada uno de esos metros cuadrados se eliminara cuanto árbol pudiera emerger de la lámina de agua en la cota máxima, y las normas de la compañía obligaron a que se retirara también todo lo demás, hasta el último bloque o palitroque que hubiera llegado hasta allí por la fuerza de la naturaleza o la acción del hombre antes de que se instalara la empresa eléctrica. Los tres mil trabajadores se dispusieron a hacer mudanzas de casas, a echar abajo cobertizos, a trasladar molinos, a exhumar cientos de cuerpos de unos cuantos cementerios para inhumarlos en otra parte. Pero, sobre todo, se dedicaron a talar árboles: pinos de hoja corta, pinos de hoja larga, pinos taeda, hicorias y robles. Los que no podían talar, los quemaban.
A continuación llegaron las yuntas de mulas, las excavadoras de vapor y una línea de ferrocarril. En diciembre de 1923, el personal había levantado la primera ataguía y las bombas empezaron a drenar el agua de la garganta para que los albañiles construyeran los cimientos del dique. Cuando casi dos años más tarde se colocó la última piedra, en una ceremonia a la que asistieron miles de personas, el dique medía cincuenta y un metros de altura y seiscientos de largo, un ave rapaz de hormigón con una envergadura equivalente a la anchura de los Cherokee Bluffs. Lo bautizaron como dique Martin, en honor al hombre que dijo que los ríos debían dejar de zascandilear y ponerse a trabajar.
Al año siguiente, el 9 de junio de 1926, los mismos hombres y mujeres que acudieron en tropel a aquella ceremonia inicial regresaron para contemplar cómo se cerraban las compuertas del dique y el río empezaba a anegar las tierras que quedaban a sus espaldas, formando el embalse que más adelante se conocería como lago Martin. El agua penetró en las roderas de las carretas y en las huellas de los neumáticos, en las dolinas y en los huecos de los tocones, en las zanjas y en las torrenteras; se elevó por encima de las hojas de hierba, las puntas de los matorrales, las cañas de maíz, los travesaños de las vallas y sus postes y, por último, sobre las copas de los pocos árboles que quedaron en pie, destinados a quedar tan sumergidos en las profundidades del lago que no habría jamás un casco de embarcación que pudiese ni tan solo rozarlos.
Todo esto sucedió despacio, no fue tanto inundación como goteo, miles de millones de litros de agua fueron cubriendo miles y miles de metros cuadrados durante todo el día y toda la noche a lo largo de semanas. Los destiladores ilegales tuvieron tiempo de trasladar sus alambiques desde las vaguadas a lugares más altos, y las familias que decidieron aferrarse a sus tierras caminaban con la vida a rastras siempre por delante del nivel del agua. La gente empezó a pescar así el embalse tuvo profundidad suficiente para que se pudiera poblar de percas y carpas, y los niños nadaban en él y emergían recubiertos del barro rojo que se desprendía de sus flancos al subir las aguas. Los campesinos veían cómo sus sandías se alejaban flotando; los que salían a pasar el día de excursión en bote por el nuevo lago ya no encontraban el lugar donde habían embarcado, pues la línea de costa cambiaba sin cesar. A todo aquel que se acercaba a un kilómetro de la presa se le facilitaban mosquiteras y pastillas de quinina, y veinte barcos recorrían los nuevos entrantes y calas pulverizando insecticida. Pasaron meses así. Hasta que un día, donde antes había cabañas y dogtrots6, campos y granjas, iglesias y escuelas, tiendas y tumbas, no quedó nada más que agua.
Ya antes de esta inundación concreta había maldad en el mundo, y seguiría habiéndola después, pero el futuro reverendo Willie Maxwell nació exactamente entre medias, en el mes de mayo del año en el que Alabama Power puso la piedra angular del dique Martin. Ada, su madre, era ama de casa; su padre, Will, aparcero, cultivaba un terreno en lo que, cuando Willie nació, se estaba convirtiendo a gran velocidad en el margen oeste del lago Martin. Fue el sexto de nueve hijos, el segundo de los cinco varones. Nacido en una época de agitación política y ambiental, no llegó a ver los meandros del Tallapoosa, no conoció su cuenca antes de que la energía eléctrica la transformara ni su cultura antes de que la transformaran las leyes de segregación racial de Jim Crow. Los años de su infancia fueron malos para el estado. El gorgojo, originario de México, subió hacia el norte, destruyendo la cosecha de algodón; el Partido Comunista bajó hacia el sur para organizar a los aparceros, y se desató una violencia horrorosa a su paso. La Gran Depresión vino de Wall Street y se instaló en Alabama durante mucho mucho tiempo, bastante más del que pasaron los chicos en el campamento local del Cuerpo Civil de Conservación7 antes de regresar a Nueva Jersey o a Nueva York.
Muchos de esos muchachos no sabían ni a dónde iban; tuvieron que transcurrir cerca de cuarenta años antes de que el reverendo Martin Luther King Jr. y el gobernador George Wallace situaran Alabama en el mapa para la mayoría de sus compatriotas. El estado se asienta como una lápida entre los de Misisipi y Georgia, por la parte superior linda con Tennessee y su base descansa en gran parte sobre el llamado «mango» de Florida, si bien alcanza por una esquina el golfo de México. En cuanto al lago Martin, queda demasiado al este y demasiado al sur para que se pueda considerar justo el centro de Alabama, y lo que es su centro tampoco es fácil de localizar, puesto que sus bordes arteriales le dan un aspecto, más que de embalse, de mancha de Rorschach que se derrama por los incontables pliegues, barrancos y valles de tres condados: Coosa, Tallapoosa y Elmore. El pueblo más grande de la región es Alexander City, situado justo al norte del lago; Wetumpka, que ocupa el segundo lugar, queda al sur. La mayoría de los demás pueblos que rodean el lago Martin son mucho más pequeños y apenas dan para albergar una estafeta de correos y una gasolinera.
Willie Maxwell y sus hermanos nacieron en Kellyton, uno de esos pueblos perdidos en el mapa al oeste de Alex City, y se crio en Crewsville, una comunidad desestructurada, demasiado minúscula para que se la considere aldea: unas cuantas casas, un par de tiendas y, al menos, otras tantas iglesias, dado que creyentes blancos y negros requerían templos separados, así como metodistas y bautistas tampoco estaban dispuestos a rendir culto juntos. Había tráfico, pero no hacía sino pasar de largo. En esos tiempos, consistía principalmente en caballos y yuntas de mulas, además de unos pocos Ford T procedentes de la Walker Ford Company, situada en el condado vecino, que sobresaltaban con sus bocinas a algunas personas y a la mayor parte del ganado. Cuando empezaron a pasar los trenes, los niños aprendían a reconocer las distintas locomotoras por el sonido de sus silbidos. Salvo por eso, era tal el silencio en esos parajes de Alabama que se oía cantar a los pájaros toda la mañana y croar a las ranas toro la noche entera. En esa época, en el conjunto del condado de Coosa había apenas doce mil habitantes, y tantos pinos que un chico que quisiera jugar a Tarzán podría desplazarse de rama en rama de un extremo a otro sin tocar el suelo. Los pocos delitos que se producían se limitaban a la bigamia, la bastardía, el vagabundaje, el no guardar el sabbat y el uso de palabras soeces delante de las mujeres.
Había delitos, no obstante, tan profundamente infiltrados en las venas del sur que quienes estaban en el poder no los reconocían como tales. Muchos de los habitantes blancos del condado de Coosa y la práctica totalidad de los negros eran campesinos arrendatarios, víctimas de un sistema brutal que hacía que cuantos estaban atrapados en él se ganaran la vida a duras penas. Se decía que los aparceros, al tener que comprar la semilla y el abono en primavera, se comían la cosecha antes de plantarla, y gran parte de lo que le pudieran arrancar a la tierra iba directo al propietario. Las condiciones de los préstamos que se les concedían a los aparceros no solían favorecerlos, la producción no alcanzaba para alimentar y vestir a una familia y el trabajo en sí era agotador: de sol a sol, seis días a la semana. De cualquier niño que naciera en esas circunstancias se esperaba que ayudase en cuanto empezaba a caminar.
En 1936, cuando Walker Evans y James Agee documentaron los rostros demacrados y la vida cargada de preocupaciones de los aparceros blancos del oeste de Alabama para lo que más tarde sería Let Us Now Praise Famous Men8, Willie Maxwell tenía once años, vivía al otro lado del estado y al otro lado de la línea de color. Aunque de su existencia posterior quedó constancia en los juzgados de Alabama y en las primeras planas de toda la nación, poco se sabe de sus primeros años, dado el silencio característico de los censos históricos de afroamericanos de esa época y lugar. Maxwell iba a la escuela, salvo en la temporada de la cosecha, pues la vida en el condado de Coosa se organizaba en función del ritmo de lo que iba a la tierra y lo que salía de ella. Allí los aparceros cultivaban maíz, algodón, trigo y avena en rotación y, si podían, cacahuete, melocotones y sandías. Había bautizos y limpieza de cementerios por primavera, se tejían colchas y se descascarillaba el maíz en otoño. Los chicos como Willie plantaban, cavaban y recogían fruta y verdura, espantaban a los cuervos de los maizales y a los conejos de las lechugas, mientras aprendían a disparar y pescaban lo que podían en el Beau, el Hatchet, el Socapatoy y el Jacks, los arroyos que rodeaban Crewsville.
Al margen de todo eso, Willie recibió siete años de formación académica. Al acabar la escuela, en el verano de 1943, se alistó junto a otros dos millones de afroamericanos para cumplir el servicio militar. Tenía dieciocho cuando se presentó para hacer la instrucción básica en Fort Benning (que tomaba su nombre de un general de la Confederación), emplazado a horcajadas en el límite con el estado de Georgia. Se le entregó un uniforme y le raparon la cabeza, corte estricto que mantendría ya de por vida. Aunque pasó por la instrucción de combate, el ejército lo destinó a un batallón de aviación en el campo de Keesler en Misisipi, y luego al campo de Kearns en Utah.
Antes de la guerra, el campo de Kearns lo formaban dos mil hectáreas de trigales. Barridos los cultivos, en su versión bélica era un lugar arenoso e inmundo. Los vehículos militares llevaban los faros encendidos durante el día para poder ver a través de las nubes de polvo, y los soldados se despertaban casi a diario bajo una capa de tierra que se había filtrado entre los paneles de contrachapado y por las ventanas tapadas con papel alquitranado. Los hombres se hacinaban en barracones en tal cantidad que entre ellos los llamaban gallineros; las infecciones respiratorias se propagaban como los rumores de despliegue. Así vivió Maxwell dos años, hasta noviembre de 1945, cuando lo licenciaron con 413,80 dólares y, al igual que a millones de reclutas más, una medalla de la Victoria que conmemoraba el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en vez de regresar a Alabama, decidió reengancharse y lo mandaron a California para que se uniera al 811o Batallón de Ingenieros Aeronáuticos, una de las cuarenta y ocho unidades negras que se encargaban de la construcción y el mantenimiento de los aeródromos estadounidenses por todo el mundo. De ahí fue al centro de operaciones del Pacífico, donde condujo camiones para el Cuerpo de Ingenieros del Ejército.
Por entonces, entre los militares había tanta segregación como en el sur profundo que Willie Maxwell había dejado atrás, una injusticia que se hizo aún más patente una vez que su país se unió a la lucha contra los nazis. «Nuestros propios nórdicos también padecen una psicosis en masa —escribió Langston Hughes—. Tal como tratan los hitlerianos a los judíos, así tratan ellos a los negros, con diferentes grados de brutalidad». El mismo prejuicio que mantenía la segregación de civiles por raza en escuelas, iglesias y cafeterías mantenía la de soldados en dormitorios, comedores y en las líneas del frente. El ejército iniciaría la integración por fin en 1948, pero para el sargento Maxwell ya era tarde. En enero de 1947, tras regresar a Estados Unidos con una medalla de Buena Conducta, se licenció de forma voluntaria. A principios de mayo, emprendió el regreso a casa.
De vuelta en el condado de Coosa, Maxwell se asentó en Kellyton, el pueblo en el que nació. Tenía veintiún años, medía un metro ochenta y ocho y pesaba 81 kilos, era lo bastante alto para ver por encima de casi cualquier hombre y lo bastante enjuto para colarse entre dos. Sus ojos marrones estaban siempre alerta y tenía un rostro apuesto y delgado; sobre los labios se le asentaba un bigote fino como un galón de oficial. Tenía una forma de hablar elegante, casi formal, y el encanto que la mayoría de los jóvenes reservan solo para la novia, él se lo brindaba a todos aquellos con los que se cruzaba, repartiendo tantos saludos corteses como huellas dactilares por donde quiera que fuera. «No había en el mundo nadie que te hablara con más amabilidad», decía de él la gente. «Era tan meloso que cualquiera diría que había venido de los cielos».
No mucho después, Maxwell cambió el uniforme por un empleo en una empresa de éxito: Russell Manufacturing, la mayor fábrica de confección de Alexander City. Además, el apuesto veterano del ejército conoció a una discreta joven de la zona que se llamaba Mary Lou Edwards. Mary Lou nació y se crio en Cottage Grove, otro de los pueblecitos del condado de Coosa. Tenía dos años menos que Willie y aún vivía con sus padres cuando él le ofreció el anillo de compromiso. En la última semana de marzo recibieron el certificado médico y se casaron ante el tribunal de sucesiones de Rockford, la capital del condado, el 2 de abril de 1949. Ese fue el primero, pero no el último matrimonio del futuro reverendo Willie Maxwell. Y se podrá decir lo que se quiera, pero una cosa es cierta: duró, tal como él prometió en su día, hasta que la muerte los separó.
4La línea Mason-Dixon es un límite simbólico que separa el sur del norte de Estados Unidos, trazado en el siglo xviii para resolver unas disputas territoriales entre los estados de Virginia Occidental, Maryland, Pensilvania y Delaware, que además marcaba el límite entre los estados esclavistas y los abolicionistas hasta la Guerra de Secesión.
5Comúnmente conocida en España como guerra de Cuba.
6Casa típica del sur de Estados Unidos durante el siglo xix y principios del xx, con un pasillo central que permite la circulación de aire.
7El Cuerpo Civil de Conservación se creó durante la presidencia de Franklin D. Roosevelt y funcionó de 1933 a 1942, durante la Gran Depresión, para ayudar a jóvenes urbanos de diecisiete a veintiocho años, ofreciéndoles empleos de conservación y desarrollo de los recursos naturales en el medio rural. Tres millones de jóvenes participaron en ese programa.
8«Hagamos ya el elogio de los hombres ilustres». El título se toma de un pasaje del Libro del Eclesiástico. Elogiemos ahora a hombres famosos. Planeta de los Libros (2017), traducción de Pilar Giralt Gorina.
2 Predicador del evangelio
Mary Lou Maxwell estaba desgranando guisantes. Era la primera semana de agosto, después de que las tormentas estivales hubieran azotado nidos de aves y flores silvestres, cuando las cigarras cantan en los árboles y las garrapatas se desmadran entre la hierba. Mientras las mazorcas engordaban en la caña y las demás hortalizas aguardaban orondas y serenas en las enredaderas, ya se podían arrancar de la planta por el sombrerillo las vainas de guisante y desgranarlas a cientos de una en una. Mujeres y niños presionaban con el pulgar contra la vaina, reventándola por la línea y dejando caer los guisantes tintineando en un colador. A lo largo de las lentas horas de verano, los capazos repletos de vainas verdes se iban reduciendo a cuencos de guisantes, listos para lavar, blanquear y guardar en el congelador.
Mary Lou llevaba desgranando desde que terminó su turno en la fábrica Russell, su segundo trabajo, pues además lavaba y cosía en casa para los vecinos. Desgranar era una tarea relajada, mecánica, que permitía cotillear si se tenía compañía o meditar en caso contrario. Pero esa tarde, cuando una de las hermanas de Mary se acercó a visitarla, se la encontró sudando y angustiada. Habían despedido a Willie Maxwell de la fábrica. No era la primera vez que lo despedían y desde el punto de vista económico no era una noticia grata para la pareja, pero Mary Lou no había podido hablar de ello todavía con su marido, porque él también tenía otro empleo al que se había tenido que ir directamente: al reverendo Maxwell, como todo el mundo lo conocía ya entonces, le tocaba predicar en una reunión de avivamiento cerca de Auburn.
En esa época, igual que hoy, estos actos de avivamiento sureños, en los que se apelaba a las llamas del infierno, podían prolongarse horas en el interior de carpas levantadas para la ocasión. El calor era tan tremendo bajo la lona, incluso al atardecer, que a los asistentes se les podía perdonar el pensamiento de que ese escenario se había diseñado adrede para recordarles lo que les esperaba si no se arrepentían. Aun así, una marabunta de gente acudía a esos encuentros, millares de personas a veces, y las iglesias seguían organizándolos por la sencilla razón de que daban resultado: gracias en parte a la vigorosa cultura de reavivamientos en el estado, uno de cada cuatro habitantes de Alabama era baptista en 1970. En ocasiones las iglesias se unían para organizar un reavivamiento colectivo, pero por lo general los escalonaban, de modo que el verano era una larga temporada de perfeccionamiento espiritual, con la salvación siempre a pocos minutos en coche.
El reverendo Reese y su esposa, de la Iglesia Baptista de Macedonia, fueron quienes invitaron a Maxwell a este reavivamiento concreto, pero su mujer no quiso acompañarlo. En un pueblo, la esposa de un predicador se enfrenta a un escrutinio mayor que nadie. A dónde va y cómo se viste, cómo y con quién habla y qué dice: nada de lo que hace pasa inadvertido, todo se apunta, se sopesa y se juzga. La caridad empieza por uno mismo, pero también la humildad, la modestia, la paciencia, la piedad y la respetabilidad; en ocasiones, a la esposa de un predicador se la presiona para que las encarne más aún que al propio predicador. Es comprensible que una mujer, en esa situación, rehúya a la gente siempre que pueda, y esa noche del 3 de agosto de 1970, Maxwell accedió a ir a predicar sin ella, pero le pidió que dejase desocupada la línea telefónica para llamarla por el camino después del reavivamiento.
El Reverendo salió hacia el reavivamiento unos minutos antes de las seis. La hermana de Mary Lou se marchó poco después de esa hora, y algo más tarde Mary Lou cogió el coche y se fue a ver a otra hermana, Lena Martin. Cuando regresó a casa, se paró a hablar con la vecina de al lado, Dorcas Anderson. Mary Lou le comentó que su marido había ido a un reavivamiento y le había pedido que no usara el teléfono por si la llamaba en cualquier momento. Charlaron unos minutos y luego Mary Lou entró en casa para pasar lo que quedaba de lo que supuso sería una larga velada en soledad; por entonces ya tenía suficiente experiencia en reavivamientos para saber que el de Auburn se prolongaría hasta bien entrado el anochecer, y suficiente experiencia con su marido para haberse habituado a pasar las veladas a solas.
Tal como él lo contaba, horas más tarde y durante lo que le quedó de vida, cualquiera diría que esa fue la noche en la que el reverendo Willie Maxwell se convirtió en Job. A su regreso del reavivamiento, paró en una gasolinera de Camp Hill para comprar una Coca-Cola y llamar a su mujer. A partir de ahí siempre insistiría en que ella no le cogió el teléfono y que cuando llegó a Nixburg, justo antes de las once, no la encontró en casa. Juraba que, rendido tras un día largo y complicado, se durmió de inmediato. Y solo cuando se despertó hacia las dos de la madrugada y se dio cuenta de que su mujer aún no había vuelto, llamó a su suegra, quien le dijo que ese día no había visto a su hija; a la vecina, que la había visto pero mucho antes; y a una de las hermanas de Mary Lou, que dijo que había estado de visita en su casa pero se había marchado hacía horas. Solo entonces llamó Maxwell a la policía.
Los agentes que fueron a Nixburg para hablar con Maxwell se pasaron después por la casa de al lado a charlar con Dorcas Anderson. La llamada del Reverendo la había despertado de madrugada y se había acercado a hablar con él sobre la desaparición de su mujer. Pero cuando la policía llamó a su puerta, les contó algo que a él no le había dicho: la señora Maxwell había estado en su casa no una, sino dos veces. La primera, al volver de visitar a su hermana Lena, cuando Mary Lou le comentó algo curioso: que su marido le había pedido que dejase el teléfono libre; la segunda vez, poco después de las diez, venía nerviosa y preocupada. «El Reverendo ha tenido un accidente y tengo que ir a recogerlo», le contó a Dorcas, explicándole que la había llamado para decirle que había destrozado el coche cerca de New Site.
Eso fue lo último que le contó Mary Lou a la señora Anderson. En cuanto a la afirmación de Maxwell de que había vuelto sobre las once, Anderson les explicó a las autoridades que, que ella supiera, el Reverendo había pasado toda la noche fuera. Si volvió antes y se acostó, ella ni lo vio ni lo oyó. Como muy pronto, ella podía asegurar que el Reverendo estaba en casa cuando la llamó, ya bien pasadas las dos de la madrugada, para preguntarle si sabía a dónde había ido Mary Lou. Justo después, dijo la señora Anderson, se acercó a la puerta trasera para echar un vistazo al garaje del Reverendo, donde vio su coche. «Me volví al dormitorio —contó— y le dije a mi marido que allí pasaba algo raro, porque el coche no estaba escacharrado».
El Reverendo insistió en que ahí había un malentendido. Él no había sufrido ningún accidente y cuando llamó a casa desde Camp Hill, Mary Lou no le cogió el teléfono. Estaba convencido de que tenía que ser su mujer quien había tenido un accidente y apremió a la policía a que buscara su coche en la Highway 22, la autovía que debía coger para volver de casa de su hermana Lena, la misma que él para volver desde New Site.
De autovía, la 22 solo tiene el nombre. Es una carretera tranquila de dos carriles que atraviesa el arroyo Hillabee. Por la noche, cuando el aire se vuelve más frío que el agua, una lengua de niebla sale del arroyo y queda suspendida sobre la calzada como el aliento en invierno. Cuando la policía encontró por fin el Ford Fairlane de 1968 de Mary Lou en la Highway 22, este se encontraba fuera del arcén, a tres metros y medio del asfalto junto a una hilera de árboles, sin que hubiera chocado con ninguno de ellos. Tenía pocos desperfectos, nada grave; en total, la reparación ascendería a un par de cientos de dólares. El coche, más que accidentado, parecía que estuviera aparcado. Tenía el motor en marcha y los faros apuntaban inexpresivos a la oscuridad. La señora Maxwell se hallaba en el interior, muerta.
Durante los cinco primeros años de matrimonio, los Maxwell trabajaron como aparceros para un hombre llamado Mac Allen Thomas, por entonces miembro de la comisión del condado y más tarde juez de sucesiones, que tenía una plantación en las afueras de Rockford. Como miembro de la comisión, Mac era de esa clase de individuos campechanos que tienden la mano y aprietan el cuello, que sabía cómo conseguir que se hicieran puentes y se mejoraran las carreteras y al que no le importaba que la gente bromease diciendo que en el condado había asfaltado hasta los senderos de los cerdos. Como juez, no era un maníaco de los detalles, y complacía de buen grado a los agentes de la policía firmándoles órdenes judiciales de antemano para que las llevaran en el coche por si se cruzaban con algún contrabandista de alcohol. A Mac le cayó en gracia el recién casado zalamero de voz aterciopelada que cultivaba sus tierras y mantuvo una relación cordial con él hasta mucho después de que cualquier otro defensor de la ley en tres condados a la redonda se hubiera formado distinta opinión.
Maxwell, cuando quería, podía ser encantador y persuasivo, pero no siempre quería, y su capacidad de dominarse tenía límites. En la fábrica Russell, por ejemplo, un historial de absentismo echó a perder su fama de trabajador. En 1954, a los dos años de la detención de Hank Williams9 por embriaguez y alteración del orden público y de la célebre fotografía, descamisado y tambaleándose, a su salida de los calabozos de Alexander City, a Maxwell lo despidieron por faltar al trabajo. En esa misma época, los Maxwell dejaron de ser aparceros de Mac Thomas, así que andaban mal de dinero. Pero Maxwell, como más tarde quedó sobradamente demostrado, era un hombre emprendedor y pasó enseguida a trabajar en los diversos oficios que desempeñó, por turnos, durante lo que le quedó de vida: dinamitero, talador de árboles para pasta de papel y predicador.
Ejerció de dinamitero en una cantera de Fishpond, un pueblucho situado cerca del límite del condado. Era una tarea difícil y peligrosa, y Maxwell despuntaba en ella. «Fue uno de los empleados más sobresalientes y formales, en todos los sentidos, que he tenido», recordaba su supervisor, Jack Bush, quien más tarde resultaría elegido el primer alcalde de Alexander City con dedicación exclusiva. El trabajo implicaba realizar perforaciones de varios pies de profundidad en la roca, de modo que los detonadores o los barrenos de nitrato amónico la reventasen en fragmentos más pequeños que pudiera desmenuzar una trituradora. Cada voladura cubría de polvillo de piedra tanto la cantera como a quienes estaban en ella. Por eso al terminar la jornada parecía que a los operarios los hubieran espolvoreado de harina de la cabeza a los pies.
Sin embargo, a diferencia de sus compañeros, Maxwell no permanecía mucho tiempo con esa capa de polvo. En la cantera y en todas partes, destacaba a la hora de borrar todo indicio de lo que hubiera hecho. «A la hora de limpiar —dijo Bush—, era impecable». Maxwell no se limitaba a cepillarse el polvo y enjugarse el sudor. Y tampoco andaba más de lo necesario en ropa de faena; al contrario, era uno de los hombres más pulcros en el vestir del este de Alabama. Llevaba los zapatos siempre lustrados, vestía siempre de traje negro y casi siempre una corbata le resaltaba el blanco de la camisa almidonada. Más tarde, a la gente le dio por decir que era el mismo diablo quien le hacía la ropa, y cuantos lo vieron transportar cargamentos de los aserraderos en traje y chaleco aún hoy en día lo comentan.
Talar árboles para pulpa de papel era una tarea más limpia que la de triturar piedra, pero por poco, y solo porque el reverendo Maxwell no trabajaba en la cuadrilla, sino que la dirigía. La industria de la pasta de papel en Estados Unidos se desplazó hacia el sur en las primeras décadas del siglo xx, después de que se hubieran arrasado los bosques de Nueva Inglaterra y un químico de Georgia descubriera cómo hacer papel prensa a partir del pino austral, a pesar de su elevado contenido en resina. En poco tiempo, las fábricas de pasta de celulosa sustituyeron a los molinos de harina y las serrerías que salpicaban los condados rurales del sur, y muchas de las cuadrillas que habían talado y escuadrado traviesas para el sector del ferrocarril y cepillado madera de construcción volcaban ahora sus energías en reducir los árboles a pasta. Se entabló una guerra por la oferta, con los madereros enfrentándose a los de la pasta de celulosa por cientos de miles de hectáreas de bosques (la versión sureña de las batallas de granjeros contra rancheros del oeste). En Alabama, la International Paper estableció su sede en Mobile, mientras que la Gulf States Paper Corporation se instaló en Tuscaloosa; esas corporaciones gigantes y muchas otras empresas de menor tamaño dependían de los contratos de arrendamiento con los terratenientes particulares y de acuerdos con las cuadrillas que abastecían sus fábricas.
Como encargado de una de esas cuadrillas, Maxwell trabajaba del mismo modo que la mayoría de los que se dedicaban a la pasta de celulosa: con un camión de un eje, motosierras, hachas y un grupo de entre dos y seis hombres. Cuando disponía de una cuadrilla completa, uno o dos se encargaban de las motosierras, otro los seguía desramando, otro tronzaba los troncos, otro cargaba las trozas en el camión y el chófer las transportaba a la fábrica. Una cuadrilla de esas podía llegar a recolectar algo más de mil metros cúbicos de trozas al día. En las fábricas, la madera se introducía en trituradoras, las astillas se cocían hasta obtener pasta y la pasta se prensaba y se secaba para convertirla en papel. Las fábricas apestaban a amoníaco y sulfitos y los residuos de esos productos químicos se vertían en cualquier parte, pero fueron una de las industrias más florecientes de Alabama y proporcionaron al país innumerables bienes, tanto esenciales como no esenciales: periódicos, cuadernos, servilletas, bolsas para el almuerzo, bolsas para licores, tarjetas de cumpleaños, pañuelos, cartones de leche, novelas.
Para Maxwell, talar árboles para pasta de papel era una forma de abrirse un hueco en el lucrativo negocio de la madera. No requería demasiados gastos generales: unos cientos de dólares para adquirir sierras, cadenas, neumáticos para el camión y combustible para todo lo que funcionara con motor. Las empresas que contrataban a hombres como él para que les llevaran madera solían ocuparse de los contratos de arrendamiento y enviar a un maderista al frente de una cuadrilla de marcado de árboles, pero Maxwell no necesitaba mucha ayuda. Tan formal en el bosque como en la cantera, ni se le despistaba un árbol marcado ni talaba jamás uno que el cliente quisiera dejar en pie. «Yo me ocupaba de todo —dijo un encargado de la empresa Bama Wood con sede en Montgomery—. Solo que, con Maxwell, me limitaba a marcar una pequeña zona. Él talaba lo que yo le había dicho. Yo iba al bosque, marcaba una media hectárea y le decía, “A ver, predicador, lo quiero así y asá”, y él lo hacía tal cual».
Para Maxwell, sin embargo, sus trabajos en los pinares y en las canteras eran secundarios. Tal como declaró más tarde bajo juramento, siempre consideró que su verdadera vocación era ser «predicador del evangelio». Se ordenó en Keno en 1962, en el templo baptista de Filipos, que fue la iglesia metodista de Filipos hasta que todos sus fieles blancos se murieron o se marcharon a vivir a otra parte. La iglesia llevaba el nombre de la ciudad romana de Macedonia que visitó san Pablo durante su segundo viaje de misiones; años después, Pablo escribió desde la prisión la epístola a los filipenses advirtiéndoles que se guardasen de los falsos predicadores. Dado lo mucho que sus feligreses admiraban el dominio riguroso que tenía Maxwell de las escrituras, no hay duda de que conocía ese pasaje del Nuevo Testamento. «Rezando una plegaria era capaz de hacer que esta casa se conmoviese —dijo uno de ellos—. Sabía cantar y orar, y a la hora de debatir sobre la Biblia, la conocía bien».
Una vez ordenado, a Maxwell se le daba el título de reverendo estuviera o no en el púlpito. Legalmente, era Willie Junior Maxwell; menos legalmente, firmaba los papeles oficiales como W. J. Maxwell, W. M. Maxwell, Will Maxwell, Willie Maxwell y William sin inicial entremedias Maxwell. Pero la mayoría de las personas lo llamaban Predicador o Reverendo. Sus excesos en el vestir, fuera de lugar en una cantera o en el depósito de madera, quedaban bien en un templo, y su extraña e inconfundible forma de hablar, demasiado anticuada y elegante para la vida diaria, le granjeó notoriedad en muchos púlpitos de Alabama: en la iglesia baptista del oeste «Monte Sion» de Our Town, en la iglesia baptista «Unión número 2» de Eclectic, en el templo baptista «Monte Galaad» de Newell, en el templo baptista «Reeltown» de Notasulga y en la iglesia baptista «Holly Springs» de Springhill.
Ante el aumento de la demanda de sus sermones, Maxwell decidió asistir a clases en un centro dependiente de la Universidad de Selma. En el colegio bíblico para negros, que se fundó en 1878, Selma formaba a miles de predicadores para la Convención Baptista Misionera del estado de Alabama, mientras que la escuela de formación permanente ofrecía cursos para aquellos que, como Maxwell, ya prestaban ese servicio. Las clases tenían lugar ochenta kilómetros al sudoeste de Alex City, en Montgomery, en el sótano del templo baptista de Holt Street, el mismo donde, quince años antes, inspirado por Rosa Parks, el reverendo Martin Luther King Jr. hizo un llamamiento a boicotear el sistema de segregación en los autobuses urbanos.
En 1970, el reverendo Willie Maxwell recibió un certificado de estudios en Teología por la Universidad de Selma que, por mucho que mejorara sus sermones, no mejoró su situación económica. Los baptistas se convirtieron en la mayor confesión de Alabama en parte gracias a predicadores como Maxwell, dispuestos a desempeñar otros trabajos durante la semana en las parroquias rurales que no podían mantener a un predicador a tiempo completo. Pero ni siquiera en combinación con esos otros oficios le alcanzaba al Reverendo para costearse ese estilo de vida suyo, cuyos excesos no se limitaban únicamente a los trajes elegantes. El Reverendo y Mary Lou Maxwell se habían trasladado a una casa de ladrillo de Nixburg, un pueblo al sudoeste de Alex City, junto a la Highway 9, y le debía muchos miles de dólares al Banco de Dadeville, otros tantos miles al Citibanc de Alabama y unos cuantos miles más al Security Mutual Finance. Estaba hipotecado hasta las cejas, con atrasos en las letras del coche y cuentas pendientes en los pequeños negocios de los alrededores del lago Martin.
Para ayudar a aliviar esas deudas, Mary Lou entró a trabajar con su marido en la fábrica Russell. Ese dinero extra era bienvenido, pero no solucionaba las tensiones que había en el hogar. Por entonces, la pareja llevaba dos décadas casada y acusaba el cansancio de esos años. Mary Lou se había vuelto más tosca, en todos los sentidos; los más allegados percibían su infelicidad, y aun no habiendo señal de maltrato físico, era evidente que su marido había encontrado otras formas de hacerle daño. No era de las que se quejan, pero lo poco que les confiaba a otras personas era suficiente. «Me hablaba a menudo de las llamadas que él recibía de diferentes señoras —dijo Dorcas Anderson—. Llamaban preguntando por el reverendo Maxwell. Querían hablar con él y si ella les decía que no estaba, creían que lo que pretendía era impedirles hablar con él».
Los hombres del clero tal vez tengan más motivos que los demás para evitar las indiscreciones, pero también disponen de más oportunidades para cometerlas. Las parroquias del Reverendo estaban lo suficientemente alejadas como para justificar que pasase largos períodos lejos de su mujer, y el respeto que proporcionaba la relación entre predicador y feligrés implicaba que, a diferencia de los demás hombres, él pudiera verse a solas con cualquier mujer en casa de esta. Tampoco eran excepcionales las llamadas telefónicas a cualquier hora del día o de la noche para un miembro del clero que pastoreaba a su rebaño. Maxwell no fue el primer predicador que se aprovechó de su cargo o que lo usó como tapadera, pero a Mary Lou aquello la consumía, y fuera lo que fuera lo que sabía o sospechaba de las aventuras de su marido antes de 1970, a principios de ese año llegó la prueba irrefutable. El 21 de enero, el reverendo Maxwell acudió al tribunal de sucesiones del condado de Tallapoosa con el propósito de legitimar a una niña de seis semanas, para «reconocer a la dicha criatura como mía, capaz de heredar mis bienes, ya fueren inmuebles o personales, como si hubiere nacido en el seno del matrimonio» y darle su apellido.
Por muy desdichada que Mary Lou se sintiera ante este acontecimiento, por muy desdichada que se sintiera en general, era improbable que hubiera hecho nada al respecto. «Cuando se casó, se casó», dijo una de sus hermanas. Ni el adulterio ni la insolvencia harían que Mary Lou se planteara dejar a su marido; si alguien iba a poner fin a su matrimonio, no sería ella.
Esa noche de agosto, cuando la policía abrió las puertas del Ford Fairlane, se encontró una escena horripilante. Los lunares rojos del vestido de algodón blanco de Mary Lou apenas se distinguían entre tanta sangre, que le cubría manos, brazos, cabeza y pecho e incluso le corría por la parte posterior de las piernas. Estaba hinchada y magullada, con la cara llena de cortes, la mandíbula astillada, dislocada la nariz; le faltaba parte de la oreja izquierda, que la policía acabó localizando en el suelo de los asientos de atrás. También había sangre por fuera del coche: en la puerta del acompañante, en el parabrisas, en la luna trasera. Por lo que la policía pudo determinar, a Mary Lou la habían matado a golpes, probablemente poco antes de que hubieran aparcado el coche a un lado de la Highway 22.
En sentido estricto, la policía de Alexander City estaba fuera de su jurisdicción, así que derivó el caso al departamento del sheriff del condado de Tallapoosa y a la policía del estado de Alabama. Algunos de los agentes se acercaron a hablar con el reverendo Maxwell, mientras otros se quedaban investigando. Registraron el coche en busca de indicios de un agresor, recogieron fibras del interior y retiraron una caja de Kleenex vacía y un martillo de carpintero de los asientos traseros. Recorrieron el arcén en busca de pisadas o rastros de forcejeo. En el acceso para automóviles de una iglesia no muy distante del lugar donde se halló el coche encontraron gotas de sangre, de las que también tomaron muestras. Entre tanto, otros agentes llevaron el cuerpo de Mary Lou Maxwell al tanatorio de Armour.
La violencia es capaz de destruirlo todo salvo a sí misma. El nombre de una persona asesinada amenaza siempre con convertirse en sinónimo de su asesinato; la muerte de una persona asesinada siempre amenaza con eclipsar su vida. Esto era aún más cierto para las mujeres negras de Alabama marginadas económicamente. Sus seres queridos recordarían a Mary Lou por su talento para la costura, por la entrega a su marido, por su paciencia, su fe y su fortaleza, pero, aparte de los certificados de nacimiento, matrimonio y defunción, el único documento oficial que se conserva de su existencia es una descripción perturbadora, de tan minuciosa, sobre el estado de su cuerpo en el momento de su muerte.
Además de los cortes y tumefacciones que la policía ya había observado, los médicos forenses encontraron un hematoma de algo más de un centímetro de anchura alrededor del cuello de Mary Lou, acompañado de marcas de ligaduras, así como granos de arena y fragmentos de hojas en la boca. Había más arena y hojas pegadas en las manchas de sangre del vestido, que tenía lamparones de grasa en el medio y por el dobladillo. Los forenses concluyeron que a la señora Maxwell la mataron a golpes, tras tratar de estrangularla sin éxito con algo enroscado como una cuerda, y que forcejeó con su agresor antes de caer al suelo. Una vez finalizada la autopsia, los investigadores enviaron los resultados, junto con las pruebas recogidas en el escenario del crimen, al Departamento de Toxicología e Investigación Criminal de Alabama de la Universidad de Auburn.
El Departamento de Toxicología fue durante treinta y cinco años el principal laboratorio de medicina legal de Alabama. Se creó a partir de un suceso ocurrido en el estado que enseguida se convirtió en uno de los casos de error judicial más tristemente célebres en la historia del país. En marzo de 1931, a nueve chicos negros (ninguno de ellos superaba los diecinueve años y el más joven tenía apenas trece) se los acusó falsamente de haber violado a dos mujeres blancas en un tren. En tres juicios precipitados que se celebraron en Scottsboro, Alabama, a los nueve se los declaró culpables y a ocho se los condenó a muerte, a pesar de la ausencia de cualquier prueba creíble contra ellos y del hecho de que una de las denunciantes se hubiera retractado de su declaración más adelante. Durante seis años, mientras los chicos aguardaban en prisión (casi todos ellos en el corredor de la muerte), el proceso discurrió serpenteando por el sistema judicial, a través de una serie de jurados en desacuerdo, juicios nulos, nuevos juicios y dos apelaciones al Tribunal Supremo de Estados Unidos. En 1937, se retiraron los cargos contra algunos de los acusados; al final, todos los «chicos de Scottsboro» fueron excarcelados, y décadas más tarde los tres últimos recibieron el indulto póstumo.
En medio de esta debacle, Thomas Knight, el fiscal general del estado, contactó con algunos toxicólogos de lo que entonces era el Instituto Politécnico de Alabama y después se convirtió en la Universidad de Auburn. Knight creía que el mal manejo del caso de los «chicos de Scottsboro» se podría haber evitado si las autoridades hubieran reunido y evaluado las pruebas de un modo científico. A modo de contraejemplo, destacó los métodos escrupulosos que se emplearon en otro de los casos penales más sonados de la época: la condena en 1935 de Bruno Hauptmann por el secuestro y asesinato del hijo de Charles y Anne Morrow Lindbergh. En opinión de Knight, este último caso impuso un nivel al cual debería aspirar el estado y exhortó a fiscales y agentes de la ley de Alabama a enviar pruebas al doctor Hubert Nixon, profesor del laboratorio de agricultura, y al doctor Carl Rehling, profesor de química. En cuestión de unos años, la asamblea legislativa de Alabama asignó fondos, de forma oficial, para un laboratorio especializado en medicina legal. «Nuestro objetivo no es demostrar culpabilidad o inocencia —explicó el doctor Rehling—, sino exponer los hechos».
En la década de 1970, el Departamento de Toxicología e Investigación Penal recibía consultas sobre casi seis mil casos anuales, ofrecía asistencia con autopsias, balística, huellas dactilares, análisis grafológicos, microscopía y fotografía. Al departamento se le podían remitir pruebas de cualquier delito cometido en el estado de Alabama, para que las estudiara su equipo de químicos, médicos forenses, criminólogos, microbiólogos, técnicos y toxicólogos. Rehling se llamó a sí mismo «médico policía», y a sus colegas, «equipo policía». Sus informes les ahorraban condenas de cárcel o de pena capital a los inocentes, y les permitía pasar página a los familiares de quienes hubiesen muerto en circunstancias que solo los análisis forenses podían esclarecer.
Pero el médico policía y su equipo fracasaron en el caso de Mary Lou Maxwell. Cuando los científicos de Auburn empezaron a examinar las pruebas del caso, coincidieron con las conclusiones del forense local y de los investigadores que acudieron al escenario del crimen: la habían estrangulado y golpeado fuera del coche, probablemente en el acceso para vehículos de la iglesia, dado que la sangre allí encontrada coincidía con la de su tipo. Pero ni la policía local ni los agentes del sheriff o de la policía estatal llegaron a encontrar la cuerda que el equipo forense estaba seguro de que se había empleado para tratar de estrangularla. Y cuando los investigadores volvieron a registrar la casa del reverendo Maxwell, descubrieron que había quemado la basura poco antes. Los técnicos que analizaron el contenido del barril donde la quemó no identificaron más que un paño de algodón con una costura y los restos de algo con un patrón de cestería, quizá un sombrero o un bolso de paja. Se sospechó que pudiera tratarse de alguna prenda de la señora Maxwell o incluso de la ropa que llevaba el Reverendo el día del asesinato, pero era imposible saberlo con certeza.
Ante la escasez de pruebas físicas, los investigadores del estado empezaron a indagar en el entorno del reverendo Willie Maxwell. El testimonio de la vecina lo convertía en el principal sospechoso, y el comentario sobre las mujeres que llamaban a todas horas a casa de los Maxwell ganó credibilidad cuando se identificó a varias de las «amigas» del Reverendo, incluida una de Old Kellyton Rd., que conducía un coche nuevecito cuyas letras pagaba él (o dejaba de pagar, puesto que la policía también destapó las considerables deudas de Maxwell). Averiguaron, asimismo, que, como más de unos cuantos predicadores, su vida privada poca semejanza tenía con la que sus feligreses creían que llevaba y ninguna en absoluto con la que ensalzaba en sus sermones.
