Hoy honramos a los vivos - Marina Aguirre - E-Book

Hoy honramos a los vivos E-Book

Marina Aguirre

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Beschreibung

Lesya, diecisiete años. Vive en una residencia universitaria. Sus padres huyeron del país tras la invasión. Sus amigos tampoco están. Come comida precocinada, está enganchada al móvil y pasa mucho tiempo encerrada en su habitación. Tiene un perfil de instagram: #Hoyhonramosanuestrosmuertos. Un día recibió un mensaje, fue a la playa y empezó a nadar...

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Seitenzahl: 156

Veröffentlichungsjahr: 2025

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A los jóvenes que toman decisiones, aunque las teman.

I was in the lifeboat, but you wouldn’t get in

I threw you a lifeline, but you wanted to swim

Oh, you wanted to swim

I was in a lifeboat, you were lost in the waves

Hard to understand why you don’t wanna be saved

No, you don’t wanna be saved.

Saving a life

James Blunt

Lesya, 17 años

«Como casi todos nosotros, no pensaba demasiado en el futuro. Daba por hecho que estaba ahí para hacer con él lo que quisiera», declara su amiga Eva.

Desde muy pequeñita, Lesya demostró ser una niña cuidadosa y muy sensible. Ya con siete años hizo de la natación su afición principal, aunque no le gustaba participar en competiciones.

«Era tan perfeccionista que no habría querido sobrevivir con algún tipo de minusvalía», declara su madre desde Madrid.

No tuvo suerte con sus hogares: su casa familiar y el internado donde residía durante el curso escolar fueron destruidos con pocas semanas de diferencia. No llegó a terminar el primer curso de bachillerato. Sus antiguos compañeros dicen que no tenía nada claro qué grado universitario escoger.

En los últimos meses, vivía en una residencia para estudiantes universitarios.

La bomba que la mató cayó a las ______del día _____________.

Hoy la honramos a ella.

#honramosanuestrosmuertos

Tiempo de uso: siete horas y veintiocho minutos.

No le deseo mi cerebro ni a mi peor enemigo.

Si hubiera podido, habría vivido en bañador.

Tenía una adicción al teléfono.

Su madre, que no la conocía para nada, declaró a la prensa: «De pequeña, Lesya era una niña encantadora, muy cariñosa. No vamos a saber qué hacer sin ella».

«No imaginábamos que vivía en un sitio así», comenta su padre.

Ni a mi peor enemigo.

Borro las últimas líneas de prueba y dejo mi panegírico deslavazado, mostrando a esa chica que se supone que soy yo. Esto será lo que se publique el día que por fin me caiga una bomba encima. Con toda probabilidad, no tardará mucho. El suelo acaba de vibrar. Alguien que no viva en Liuv, un habitante de París, Nueva York o Tokio, podría creer que solo es el metro que pasa bajo los edificios. Pero aquí no hay trenes subterráneos. Esto es una ciudad pequeña. Aquí los pies saben reconocer cuando, lejos, ha caído una bomba.

Al levantarme de la cama, lo haré con delicadeza, como si estuviera pasando por encima de los cuerpos que han quedado sin vida.

Mi cerebro no permitiría otra cosa.

Con lo que les gustaba a mis profesores el contenido de mi cabeza y la de veces que me lo dijeron. Recuerdo el tono de admiración con el que me felicitaban. Por la facilidad con que se me quedaban las poesías de rima fácil, las fórmulas de Matemáticas, las melodías insulsas de clase de Música. Por mi incapacidad para cometer una falta de ortografía, un error en el cálculo.

No sabían que me aterraba más lo que mi cerebro pudiera hacerme que cualquiera de los castigos con los que ellos amenazaban a mis compañeros menos dotados. «Dote», como la de una novia, como si fuera algo bueno. Medidas poco educativas, como copiar cien veces una frase.

Ja, prueba a pasarte una noche entera cerrando los ojos y viendo proyectada contra la pantalla del interior de los párpados esa cagada que hiciste. Sesión de cine gratuito y en bucle. No cien veces, sino mil o más. Eso sí es un castigo.

Porque mi cerebro no olvida nada: ni las poesías ni las fórmulas ni las melodías. Ni, sobre todo, los errores.

Tampoco otras cosas: pensamientos indómitos, indeseables, y tan nítidos como la fórmula de la ecuación de segundo grado. Apareciendo cuando les da la gana.

Algunos ejemplos de cosas que a mi cerebro le gusta recordarme (edición actualizada de los últimos meses):

La foto mostrando lo que quedaba de nuestra casa después del bombardeo. Se congela la imagen, se desenfoca, y entonces solo veo las palabras del wasap de mi madre debajo. «Mira lo que ha pasado. Te llamamos cuando podamos, recuerda que no tenemos roaming».

Roaming, roaming, roaming.

En mi cabeza, la bomba que destruyó nuestra casa suena como la que destruyó el internado. La primera no la oí, ni la sentí. Nuestra urbanización quedaba demasiado lejos, en las afueras de la ciudad.

La segunda, la que nos dejó sin colegio, la viví más de cerca. Fue entonces cuando mis pies aprendieron a reconocer la vibración del suelo. Hasta ese momento, todo había sido sonido: las sirenas de las alarmas, los gritos de pánico, los pasos atronadores que hacían eco en el refugio antiaéreo, y las voces distorsionadas por las emociones y la distancia.

Cuando al fin cayeron las bombas, no sonaron tanto.

El sordo rumor de una caracola en tu oído. De un trueno lejano.

Pero mis pies lo supieron.

Y mi cerebro también. Y lo archivó.

Solo el móvil me calma.

Cuando el ruido en mi cabeza atruena, la pantalla me ofrece un escape. Es como dejar salir el aire del interior de un globo por un pequeño agujero, del tamaño justo para aliviar la presión en su interior sin que explote. Conforme hago scroll pantalla abajo, un nudo se afloja en mí. Me deslizo por el tobogán de las publicaciones. TikTok, Instagram, todo me vale. BeReal si tengo el feed al día en las otras. Tampoco me importa pasar sobre lo mismo una y otra vez. El desgastado chiste reinterpretado por diferentes creadores de contenido que se sienten originales. Eternos vídeos de perritos rescatados y felices. I’m going home sonando sobre imágenes a cámara lenta de militares americanos que regresan a casa tras meses de misión. Anuncios aleatorios que se cuelan entre medias, intentando hacerte creer que son lo que quieres ver.

Internet está vacía.

A veces, cuando en la residencia se ponen de acuerdo para ver una película en la pequeña sala de cine compartido, me doy cuenta de que no soy la única que se siente así. Parece que en el momento en que los habitantes de la resi deciden abandonar sus habitaciones, lo que buscan es sentir el calor de compartir una historia. Eso persigo yo, al menos, hasta que me encuentro mirando el teléfono desde no sé cuándo. He perdido el hilo del argumento y, al levantar la mirada para tratar de retomarlo, en la sala en penumbra distingo otras muchas espaldas encorvadas y caras iluminadas en azul.

Internet está tan vacía que es capaz de expandir su hueco hasta tu cabeza.

Quiero pensar que al menos yo estoy contribuyendo a llenarla, aunque solo sea un poco.

Piotr, 20 años.

Piotr estudiaba Comunicación Audiovisual en la universidad.

Su madre nos cuenta que tenía mucha ilusión puesta en un trabajo a tiempo parcial en la cadena de televisión local con el que esperaba poder pagarse un año viajando por Europa. Empezaba en septiembre.

Piotr hacía amigos con facilidad. En el instituto formaba parte del equipo de natación, con el que había ganado varios trofeos. En verano trabajaba como socorrista en las piscinas locales. Para él era muy importante sentir que con una de sus pasiones podía ayudar a los demás.

Huérfano de padre desde los siete años, tenía una hermana mayor por parte de madre.

Hoy, como todos los días, #honramosanuestrosmuertos

Tiempo de uso: ocho horas y cincuenta y tres minutos.

He elegido a Piotr porque lo conocía. Coincidí con él en el campeonato nacional de natación de hace dos años, cuando yo acababa de entrar en mi categoría. Participé por primera y última vez, obligada por mi entrenadora. Él era uno de los mayores, cursaba su último año de instituto, un tritón con un aura dorada que no se apagaba dentro del agua. Si cabe, brillaba aún más cuando trepaba por las escalerillas de la piscina y las gotas resplandecían sobre su cabello rubio.

Era de un insti modesto, no demasiado alejado de nuestra casa, pero ubicado en un barrio muy distinto. Yo disfrutaba de una piscina privada en la urbanización, y otra olímpica en el internado. El equipo de Piotr entrenaba en un polideportivo antiguo, donde dos calles separadas por corcheras amarillas estaban siempre reservadas para los jubilados.

Eso no impidió que se impusiera en todas las carreras que disputó durante aquel campeonato: cuatrocientos metros libres, mariposa, relevos. Por la noche, con su sonrisa deslumbrante reflejando el brillo de las medallas que colgaban de su pecho, estrechó la mano de todos los demás participantes.

Eva dijo que no pensaba volver a lavársela.

Por un instante me planteo enviarle la necrológica. ¿Le importará todavía?

Podría compartir con ella las noticias que leí sobre la muerte de Piotr en los periódicos locales, cuando había tenido tiempo de hacerme a la idea. Porque ya había escuchado los tres audios que me envió su madre. En el último, lloraba.

Habría tardado mucho más en escucharlos si no hubiera adjuntado una foto de su hijo. Odio que me envíen mensajes de voz: la muerte de pronto se hace demasiado cercana, el sonido del llanto anega mi teléfono cuando lo reproduce. Casi temo que lo pueda estropear, que, de alguna forma, las lágrimas se abran camino entre los circuitos y los colapsen.

Cuando empecé en esto, era yo la que buscaba las historias, los muertos.

Inauguré el perfil de Instagram el día que bombardearon el internado, hace tres meses. Encerrada con otros noventa adolescentes en uno de los refugios antiaéreos habilitados por el centro escolar, que no era otra cosa que las salas de calderas donde hasta poco antes nos estaba vedado el paso. Mi clase coincidió en el polideportivo con un grupo del último curso y otro de los más pequeños. A todos nos juntaron allí abajo. Muchos lloraban.

Yo no. Convencida de que iba a morir en breve, mi cerebro se aferró a una obsesión: que los muertos que aquel día hubiera, de los que conocería nombres y apellidos, darían la vuelta al mundo en un titular anónimo –«89 víctimas en Liuv», por ejemplo–, que se sumarían a las noticias internacionales: «Más de 3.000 civiles fallecidos desde el inicio del conflicto». «Y ahora, demos paso a los deportes».

Y entonces creé el perfil.

Aquel día hubo solo tres muertos. Tuvimos suerte: la bomba cayó sobre el edificio de dormitorios en plena hora de clase. Las necrológicas oficiales no se publicaron hasta el día siguiente, pero yo hice mi primer post por la noche.

Anton Kovalenko tenía catorce años y esa mañana se encontraba mal. Decidió quedarse en su habitación y le costó la vida.

Los dos siguientes los publiqué esa misma semana. Ganna, la conserje, y Sara, una de las señoras de la limpieza.

Y después ya no pude parar. Uno de los vecinos de casa, militar, cayó a los pocos días en el frente oriental. Aquel hombre me regalaba manzanas de su huerta cuando era pequeña. El obituario que publiqué sobre él, que no sé cómo llegó a su viuda, recibió más de cien visitas en pocas horas. Sus hijos lo compartieron.

Me hicieron una entrevista en el periódico local. Respondí a sus preguntas, pero les pedí que no revelaran mis datos ni publicaran una foto mía.

Y la gente me comenzó a escribir: mensajes tímidos, prudentes, pidiéndome que por favor honrara a la familia de tal o cual persona que acababa de morir. Porque los humanos somos tan estúpidos como para matarnos los unos a los otros. Como si no tuviéramos bastante con el cáncer y los accidentes de tráfico. A veces, me llegaban historias largas cuyo dolor traspasaba la pantalla: madres, hermanos o hijos que no sabían cómo conjurar la pena y la rabia al mismo tiempo. Otras, eran mensajes más comedidos: los que pedían que arrojara algo de luz sobre conocidos que habían dejado una huella en ellos, esos cuya ausencia se nota, aunque no nos arrase la vida. Un profesor del año anterior, el médico que te trató bien, el cajero que te sonreía a diario.

Publico cuatro veces a la semana, a veces cinco. Historias no me faltan. Cada día recibo tres o cuatro candidatos. Además, también hay quien me escribe sobre los maltrechos supervivientes. Estos los descarto, por terribles que sean las consecuencias de sus heridas, y leo los demás con detalle. Redacto todos los obituarios que me piden, todos y cada uno de ellos, y los voy guardando en un grupo de wasap en el que solo estoy yo. Los dosifico en mi feed, uno tras otro, dejando el tiempo suficiente entre medias para que sus historias calen. Para que importen. Que su nombre se oiga. Y lo seguiré haciendo hasta que se publique el mío.

Escribo la historia de una niña de siete años que me está costando mucho más que el resto. Poco tiempo le ha dado a vivir y, sin embargo, su madre me ha escrito cuatro largos párrafos tan terribles que me planteo si no copiarlos directamente en la próxima publicación. No es habitual tanta claridad y sentimiento. La he buscado en Google y he visto que es maestra en un colegio. Acostumbrada a hablar a los niños, y ahora, sin niña a la que hablar.

Plin. Las notificaciones que me avisan de que tengo un correo electrónico suenan distintas de las demás. El globo aparece en la pantalla; es de mi padre, su correo semanal. Deslizo el dedo por la pantalla. Eliminado. ¿Nunca se cansará?

El estómago me ruge y me recuerda que hace demasiadas horas que estoy sentada delante del móvil, releyendo las mismas líneas una y otra vez. Decido hacerme algo de cena.

Cada planta de la residencia tiene su propia cocina, una instalación enorme pensada para cuando el aforo esté completo, con veintiocho habitantes por piso. En el mío, ahora mismo solo nos alojamos nueve. La cocina se antoja desproporcionada cuando estamos todos, y todavía más en una tarde de viernes como hoy, en que seguro que estaré sola: el resto de estudiantes, todos mayores que yo, suelen salir por ahí los fines de semana. Un vano intento de mantener la normalidad.

Recorro el pasillo enmoquetado y sé que me he equivocado antes de entrar: del interior de la cocina sale ruido de cacharros.

–Buenas noches –saludo desde la puerta. Mi voz suena pastosa, culpa de no usarla.

–¡Lesya! ¿Cómo estás, niña?

La última palabra me molestaría si no saliera de labios de Iryna.

«Iryna, 24 años. Recién acabados sus estudios de veterinaria, trabajaba como camarera mientras buscaba una oportunidad en su campo. Su mayor deseo era abandonar la residencia de estudiantes donde vivía mientras cursó la carrera para instalarse en una casa con jardín y llenarla de perros».

Así sería su obituario, más o menos. A veces no puedo evitar ir redactándolos en mi cabeza. Por si acaso.

Pero por ahora, Iryna está viva, y mucho.

–¡Marchando el doble de fideos! –anuncia. Me quejaría si no fuera porque ya los ha echado en la olla y, además, sus recetas están siempre deliciosas. O porque, si tengo que buscar yo una, igual tardo tres cuartos de hora en comparar las diez distintas que aparecen en internet. Nunca tengo claro si es mejor echar tres o cuatro huevos para medio kilo de harina en el bizcocho. O si el guiso lleva cebolla o cebolleta. Cosas así que me dejan de nuevo anclada en la pantalla.

De los nueve estudiantes con los que comparto el piso, ella es la más maternal de todos, y la mejor cocinera. Los demás oscilan entre la simpatía y la completa indiferencia.

–¿No trabajabas hoy? –le pregunto. Me sirvo un vaso de agua, a ver si me aclaro la boca, y me siento en la mesa de comedor que tenemos al fondo mientras ella cocina.

–Sí, pero pedí un cambio de turno –Iryna no desvía la vista de la olla mientras me contesta. El vapor le está rizando el pelo oscuro alrededor de la cara–... porque esta tarde tenía una entrevista.

«Cuando estaba emocionada, la voz le temblaba y sonaba algo más aguda de lo normal».

–¿Y qué tal ha ido?

Sé que sonríe por cómo se mueve el borde de sus pómulos, que levantan sus orejas.

–Bastante bien, la verdad. Las preguntas más técnicas me las sabía todas. Creo que buscan alguien para poner vacunas y dar pastillas. Y solo es una baja de maternidad, pero estaría bien tener ya algo en el currículo.

–A ver si tienes suerte.

Eso, en estos días, quiere decir muchas cosas.

«Consigue el trabajo y que no te maten entretanto. Por favor».

Iryna sirve los fideos y me coloca el plato delante. Huelen a soja y a sal. Busco un par de cubiertos en un cajón en el que no todo parece limpio, y me pongo de pie.

–Gracias.

Ella se sienta en un taburete libre.

–Ni se te ocurra volverte a tu habitación a pasarte otras tres horas mirando el teléfono. Hoy cenas conmigo y me cuentas tu día, o yo te cuento el mío. Había un loro ingresado muy mal hablado.

«Cuando decidía algo, nadie podía llevarle la contraria».

Vuelvo a ocupar mi sitio, y no me arrepiento. La charla con Iryna también me desconecta bastante el cerebro. Ojalá tener alguien con quien hablar en cualquier momento.

En mi bolsillo, el móvil no deja de vibrar. Ya lo leeré luego.

Zoya, 7 años

Ojalá no hubieras sido tan maravillosa

que me hiciste querer otros hijos.

Tus hermanos, que siempre lo serán

aunque no te conozcan, ni te recuerden.

Tus hermanos, por los que ahora temeré

porque sé lo que puedo perder.

Zoya quería ser bailarina.

Hoy la honramos a ella y a la vida que no tendrá.

#honramosanuestrosmuertos

Tiempo de uso: siete horas y treinta y dos minutos.

El sábado por la mañana toca colada. Desmonto mi cama y, como todos los días, pienso en qué diría mi madre si viera que mi colchón actual es la mitad que el que tenía en casa. De ancho y de grueso.

Por suerte, mi cerebro considera que hacer la colada es un proceso relajante. El tacto acogedor de las sábanas ablandadas por el uso, la sensación crujiente de las limpias.

En el internado, un batallón de limpiadoras nos cambiaba las sábanas para que no tuviéramos que preocuparnos de nada. En la lujosa residencia universitaria que mi padre ya tenía localizada desde que empecé el bachillerato, más de lo mismo.

Pero aquí te tienes que buscar la vida. Y eso incluye que alguien te enseñe cómo usar lavadoras industriales (Iryna, cuando yo estaba recién llegada) y que, de vez en cuando, te salga la ropa con un enganchón. O que una prenda destiña y estropee todo lo demás.

Una prenda, o un peluche como el que voy a lavar ahora.