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En esta oportunidad, la psicóloga social Marina Aguirre se adentra en el mundo mágico y reparador de la escritura, plasmando en emotivas palabras la historia de su infancia, cargada de dramatismo y dolor, marcada por el abandono y la pobreza. El eco de un adiós, sin lugar a dudas, nos sumerge en un relato conmovedor y revelador a través de los ojos de una pequeña niña que, con su inocencia, comprende mejor que nadie el mundo que la rodea, pero no deja de soñar que es posible construir una realidad distinta. ¿Qué recuerdos esconden sus ojos? ¿Cómo se reconstruye el corazón después de tanto sufrimiento? Su lectura atrapante y profunda nos invita a reflexionar y nos enseña sobre la capacidad del ser humano de resurgir frente a situaciones más difíciles y adversas.
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Seitenzahl: 79
Veröffentlichungsjahr: 2025
Producción editorial Tinta Libre Ediciones
Coordinación editorial Gastón Barrionuevo
Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Aguirre, Marina
El eco de un adiós : te fuiste pero no del todo / Marina Aguirre. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2025. 100 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-631-306-672-8
1. Biografías. 2. Autobiografías. I. Título. CDD 808.8035
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2025. Aguirre, Marina© 2025. Tinta Libre Ediciones
Desde niña, mis ojos han sido testigos de un mundo que muchos prefieren ignorar, y yo quiero contarte mi experiencia. Recuerdo las calles polvorientas, hogares humildes y muchos lotes baldíos. Te llevaré a mi mundo, 28 años atrás.
Con mi libro, quiero trasladarte a ese lugar: un espacio donde la pobreza y el abandono se convierten en relatos de resiliencia y esperanza.
Cada día era una lucha. En el entorno en el que viví nunca sobraba nada, sino que era lo contrario. Tampoco teníamos vacaciones, cumpleaños o regalitos de Papá Noel ni Reyes. Vivíamos con poco. No existía internet, ni mucho menos redes sociales. No se conseguía trabajo y la comida era escasa. Nunca nos pudieron comprar ropa. Se vivía con poco y nada. Las peleas de mis padres eran moneda corriente.
Siempre quise encontrarle un sentido en medio de tanto caos; tenía la fe de que esa vida de miseria terminaría. No quería pasar mi vida sobreviviendo.
A medida que avances en este libro, te invito a abrir tu mente y corazón, para que reflexionemos juntos sobre las realidades que tal vez pasamos por alto y que están tan cerca de nosotros.
El libro está hecho desde lo profundo de mi corazón. En él relato situaciones que me tocaron atravesar en la vida en carne propia. No me lo contaron, yo lo viví, y acá lo puedo expresar.
No a todos los que vivieron lo mismo les toca de la misma forma. Digo esto porque la historia que voy a contar trata de mi familia, compuesta por cinco hijos y dos padres. Ninguno lo sintió de la misma manera, aunque todos atravesamos las crisis juntos.
Lo que les cuento es pura y exclusivamente mi percepción.
No sirve de nada tapar o esconder mi historia, porque es lo que me tocó vivir, y eso me transformó en la mujer que soy hoy.
No tengo ánimo de juzgar a nadie; la vida a veces nos lleva a tomar decisiones apresuradas, y tal vez no son las mejores, pero no soy quién para decir qué está bien o mal.
Antes de hablar, quiero contarles que muchos años de mi vida fui una niña silenciosa, tímida y que no hablaba por miedo a que me retaran. No quería pasar vergüenza, así que prefería pasar desapercibida con mi silencio.
Esto me ayudó a entender más a la gente, a leer las miradas, a ver qué esconden los ojos tristes, a comprender que detrás de un grito existen personas que no la están pasando bien.
Me siento una mujer indescifrable; muy pocos pueden entenderme. De tantas caídas que tuve, por dentro me siento quebrada, pero de a poco me quiero ir reconstruyendo.
Me costó 33 años escribir mi primer libro y contar mi vida. Siempre quise expresar mis sentimientos, pero los reprimía. Ahora es tiempo de hablar. La verdad nos hará libres.
Me llamo Marina Aguirre. Tengo varios apodos: mis hermanos me llaman Maru; mis amigos de la infancia, Marucha; mis compañeros de trabajo, Mari; mi papá me decía Tinita del corazón; mi pareja, amor, y mis hijos, ma.
Soy argentina, vivo en Luján, provincia de Buenos Aires.
Tengo 33 años. Terminé la secundaria en la escuela comercial a los 17 años, trabajando y estudiando al mismo tiempo. Me habían becado. Llevé la bandera bonaerense por dos años consecutivos.
Mi pareja de hace 14 años es Jonathan y tenemos dos hermosos hijos: Renata, de 4 años, y Valentino, de 2 años, que llenan nuestros días de alegría y felicidad. Desde que mis hijos nacieron, mi vida tomó color. Todo gira alrededor de ellos.
Soy psicóloga social en salud mental y estoy en la mitad de la carrera de Martillero Público y Corredor, que será mi segundo título. Por el momento, soy empleada de comercio.
Me gusta comer asado argentino y tomo mates dulces a cada rato.
Creo mucho en Dios; solo en él tengo fe.
Mis hermanos son Mariana, Fernanda, Mario y Camila y mi mamá se llama Inés, a quien sus nietos apodaron Tita.
Me gusta el color rosa, la playa. Me gusta escribir y mi hobby es hacer manualidades.
Desde la pandemia, empecé a disfrazarme de Papá Noel y de los Reyes Magos. Con mi marido y familia salimos a repartir regalos casa por casa en mi barrio. A los nenes de Luján también les festejamos el Día del Niño en una plaza pública y les preparamos una rica merienda con juegos y al final les entregamos un presente hecho con donaciones que la gente me va dando. Quienes saben que preparamos estos eventos para los niños nos acercan las donaciones. No hace falta que les pida, ellos solos me las traen, y eso me pone muy contenta.
Me siento apoyada, confían en mí; es gratificante. Por eso, cada evento que realizamos es hecho con el corazón y es muy especial, por lo que le pongo mucho empeño. Luego muestro las fotos de lo lindo que la pasamos en esos días.
Marina Aguirre
Las palabras que dan título al primer capítulo están relacionadas con una frase que escuchaba recurrentemente durante mi infancia y adolescencia.
Me cansé; estoy harta de que me digan “no digas nada” por secretos familiares, por hechos cometidos contra mí, por revelaciones ocultas, por enterarme de situaciones desagradables. Siempre me decían: “no digas nada”.
Hoy digo basta; basta de callar, basta de guardar para mí, porque esto me hace mal. Me hicieron reprimir muchas cosas, y eso se proyectó en mi mirada triste, en mis amistades, en mis pocas salidas. Guardé tantos secretos, que estoy cansada, y hoy me voy a dar el permiso de hablar. Quiero salir de ese círculo vicioso que me hace callar.
Esto le va a molestar a muchas personas. Varias dejarán de hablarme, soy consciente de eso. Pero no quiero guardarme nada. Estoy dispuesta a afrontar las consecuencias. Al que le moleste, que se tape los ojos.
La vida es una sola, y no sé hasta cuándo he de vivir, así que prefiero desahogarme. Y encontré la forma de hacerlo: escribiendo.
Tengo baja autoestima y depresión, y te aseguro que no te dan ganas de reírte de nada; solo querés dormir. Me cuesta ser feliz. Hay veces en las que siento que todo va mal y vuelvo a ese lugar oscuro de la depresión. Es como estar en un pozo profundo.
Este fue uno de mis apodos en la niñez.
Mi vecino, el Pato Vallejo, me bautizó como “la niña pobre”. Siempre que me veía, me llamaba así y yo no entendía por qué lo hacía, pero me fui acostumbrando. Hasta que crecí y un día me animé a preguntarle por qué me decía la niña pobre. Me hizo pasar a su comedor y me mostró la razón de mi apodo.
Él me dijo: “Por esto te digo así”, y señaló un cuadro gigante. “Vos tenés la mirada de este niño”. Al mirar ese cuadro, sentí pena por el niño. Era el retrato de un nene con lágrimas en su rostro.
Yo le dije que no me parecía, y él repuso que su mirada era la mía. Que él me notaba triste; siempre en un rincón solita, sin molestar a nadie, sin jugar, y que ese niño le recordaba a mí.
Creo que fue la primera vez que me sentí mirada; una de las primeras veces que sentí que alguien vio mi dolor, mi angustia y pudo leer en mis ojos que las cosas no estaban bien, que yo era una niña triste.
Muchas veces escuché que el silencio habla, y esta es la prueba de mi silencio. Desde muy chiquita empecé a notar que mi familia estaba en crisis, y no quería ser una carga para mis padres, por eso pasé mi niñez como en stand-by. Eran silencios abrumadores. Pensaba que ayudaba, que le daba menos trabajo a mi mamá, o eso creía. Así que traté de ser una nena ausente, ya que no quería ocasionar problemas.
No podía meterme en conversaciones de grandes, no salía mucho de casa, no peleaba con mis hermanos y permanecía quieta durante varias horas. En varias ocasiones me escondía y no notaban mi ausencia.
Recuerdo que me hacía la dormida para no molestar. Pensaba que, durmiéndome, mis padres y mis hermanos me prestarían atención. Eran minutos en los cuales me alzaban a upa y, con cuidado, me llevaban a la cama y me sacaban las zapatillas para que me acostara a descansar.