Iglesia y palabras - Rivas Barroso - E-Book

Iglesia y palabras E-Book

Rivas Barroso

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Beschreibung

Iglesia y palabras desafía la asunción acrítica de las palabras, explorando cómo el uso del lenguaje en la Iglesia, lejos de ser necesario o real, refleja una comunidad ansiosa y hiperidealista. A través de un análisis crítico, el autor aboga por cuestionar la influencia de las palabras y, en última instancia, destaca que el elemento central del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, trasciende el lenguaje, centrándose en el amor bíblico que va más allá de las expresiones verbales hacia el padecimiento y el sufrimiento. Este ensayo tiene, al menos, una clara motivación: las palabras puestas en escena dentro de la Iglesia. Así, propone una toma de conciencia sobre el uso de las palabras desde el marco de la Biblia. En su búsqueda por separar la realidad de la ilusión lingüística, el texto invita a repensar el papel del cuerpo en la experiencia religiosa y espiritual. Al cuestionar el protagonismo excesivo de las palabras en la comunidad cristiana actual, el autor lleva adelante un análisis crítico del uso del lenguaje como un medio para la toma de conciencia y la reconsideración de los valores esenciales que van más allá de las expresiones verbales, enfocándose en la verdadera esencia del amor y el cuerpo en la experiencia de la fe. Las ideas que han abandonado la caverna (la mente del autor) para materializarse en estas pocas hojas anhelan que el lector se sienta interpelado, cuestionado y, si se lo permite, hasta desvestido. Después de todo, al usar la lengua, esto ya lo involucra.

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Seitenzahl: 76

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Rivas, Alexis Julian

Iglesia y palabras / Alexis Julian Rivas. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

86 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-963-6

1. Reflexiones. 2. Cristianismo. I. Título.

CDD 230.01

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Rivas, Alexis Julian

© 2024. Tinta Libre Ediciones

A mamá, a papá,

a mi abuelo,

y a la Comunidad

a la que soy parte.

Índice

Prefacio 11

Idea 1

Houston, we have a problem 15

Idea 2

La Palabra depende de que alguien se la crea 19

Idea 3

La fe es experiencia, no neurosis 25

Idea 4

El Cuerpo solo lengüetea 29

Idea 5

Detrás de las denominaciones están los cuerpos 35

Idea 6

Mentir es profetizar hacia adelante 41

Idea 7

La Escritura precede a la Iglesia 47

Idea 8

Leer la Biblia segrega 51

Idea 9

Creer es comer 55

Idea 10

El amor está más allá de la lengua 57

Idea 11

Hace falta un lenguaje más sordo 65

Idea 12

¿Por qué siempre podemos volver a las Escrituras? 67

Idea 13

La comunión sin diálogo es un hueso 73

Idea 14

Murmurar es un exceso de la lengua 79

Iglesia y palabras

Prefacio

El siglo XX presenció, a nivel filosófico, varias alarmas respecto del lenguaje. Del uso del lenguaje. Sin embargo, mucho tiempo atrás, ya se podían observar a distintos pensadores, dando señales de que el lenguaje estaba cruzando fronteras que lo excedían y que, sobre todo, afectaba al conocimiento real de las cosas. La Ilustración, tanto alemana como inglesa, ya mostraba disconformidades, sobre todo con algunos conceptos de la metafísica o la teología medieval. Inmanuel Kant dedicó grandes esfuerzos para limitar la mente de ir más allá de lo posible.

Si bien estos pensadores no insinuaron estar hablando específicamente de lenguaje, hoy sabemos que, cuando hablamos de mente, razón, pensamiento, estamos hablando de algo que no puede suceder si no hay palabras, si no hay lenguaje. Una posible lectura es que todos aquellos ilustrados de la Modernidad, cuando se obsesionaban con los límites del conocimiento, estaban peleando, también, y, en otras palabras, con los excesos del lenguaje.

Trasladado a la Iglesia de Cristo, es un poco inevitable no hablar de palabras, ya que el mismo Evangelio supone su uso. El Evangelio se «predica». La palabra de Dios se habla, se escribe, se piensa; prácticas imposibles sin palabras. Lo que nos posibilitan las palabras no está en discusión. Con ellas oramos con Dios, leemos la Biblia, nos comunicamos... Pero lo que no está en discusión y sí me preocupa son aquellos usos de las palabras que cruzan los límites de lo posible, ya sea discursos éticos, utópicos, que quitan «la llave del Reino de los cielos» dado que quien los predica tampoco los puede alcanzar; ya sea creer en el hablar en lenguas, que no solo no sabemos cómo operó en el primer siglo, sino que es inútil ejercerlo porque no hay amor allí; ya sea en declarar palabras que son puramente motivadas por estados emocionales que rozan con el éxtasis; ya sea creer tontamente que, entre más estudiemos la Biblia, más parecida será a Cristo la iglesia.

Las ideas que vienen las escribí sin pretender abarcar el vasto mundo de la filosofía del lenguaje. Sólo robé pragmáticamente algunos conceptos, sentidos y abordajes que me permitieron poner en palabras mucho de lo que veía y veo en los distintos engranajes en los que las palabras se mueven dentro de la iglesia. Disculpe usted, hermano, hermana, si encuentra referencia a bibliografía no cristiana —como también mucha directamente de la Escritura—, pero, la verdad, me sucede que, por un lado, los escasos pensadores cristianos no han intervenido en cuestiones de lenguaje a nivel filosófico —al menos, no relacionándolo con lo espiritual—, y, por otro, los pensadores de la lengua han hecho grandes avances que pueden ser de gran aporte para pensar.

Son, estas ideas, resultado de muchas horas de reflexión, pero, sobre todo, de muchas charlas con estudiantes de distintas disciplinas, amigos que mamaron la Iglesia desde la cuna, sermones variados homiléticamente, o con personas que no tienen nada que ver con algo llamado «academia» y, también, como me suele ser muy útil, aprender de algo viéndolo no desde dentro, sino desde fuera, pero, siempre, en cooperación con la conversación, con el diálogo, con la perspectiva del otro.

Tampoco es un ensayo sobre la palabra en sí, solo sobre cómo se mueve dentro de nuestra esfera. Con que tomes conciencia de tu uso de ellas en tu existencia cristiana, me alcanza. Más que ideas, son espacios, son momentos donde las palabras, al ser lo más popular que tenemos, rozan los límites éticos. La popularidad del lenguaje permite que las ideas se adopten, que las teorías se saquen de contexto, que los sermones no sirvan para nada, que las letras juzguen y maten, que el neurótico sea neurótico, que la evangelización no tenga espalda moral, que se pueda comerle el cuero al hermano sin que se entere, que nuestros adolescentes se frustren en las utopías de los adultos, que la teología se haya academizado, y más.

Soy un estudiante al que todavía le falta la tesis para recibirse. Por el momento, el bagaje es simple y carente. También, me pregunto qué tanta especialización necesitamos aquellos cuyo sentido más grande en la vida es seguir a Cristo y cuánto hay de cultural en esta especialización profesional de la Iglesia. Si caigo en reduccionismos, es porque la intención no es el detalle. Será imposible abarcar cada concepto de una manera rigurosa en tan pocas páginas, más aún, habiendo nacido en la época de PedidosYa, de Mercado Libre y de la ética indolora. Sí me entusiasma saber que, cuando le encuentres el pelo al huevo o cuando una oración te pique, puedas encontrarte sorpresivamente sumergido en la reflexión, en el debate, en el diálogo y, por qué no, en la aceptación.

Vienen tiempos de incógnita para las palabras. Lo mejor que podemos hacer con ellas es edificar tangiblemente al otro. Después y antes de todo, aunque creas que el «antes» deba estar antes y el «después», después, de lo que se trata es de esa gran brújula que Pablo le colocó a la voluntad humana: todo acto es «...para la edificación del cuerpo de Cristo».

Idea 1

Houston, we have a problem

Contaba David Hume, un filósofo escocés del siglo XVIII, que la fuerza de la percepción sobre algo o alguien está totalmente ligada a la cercanía que tenga con ese otro. A medida que alguien se nos aleja, que su cuerpo se nos vuelve extraño, la memoria comienza a sostener y rellenar una imagen de lo que se distancia. El problema fundamental, aquí, es que necesita imaginar. Es decir, solo cuenta con imágenes. ¿Nada es sin imaginación? Si se aleja, pasan dos cosas: embellecemos o dramatizamos la imagen, o la olvidamos. Luego, quien mejor imagine, más «sabe» sobre lo imaginado.

Esto basta para entender un poco lo que nos pasa con Jesús. Cristo, aún, no ha querido venir, y lo que nos queda de él son imágenes, sí. Pero también y, sobre todo, de Jesús nos quedan relatos. Sobre todo, hoy, ¿no?, que ha pasado tanto tiempo desde su ascenso, que ya no contamos, siquiera, con personas contemporáneas a él, o que tengan testimonios directos. Lo que sí hay —y lo único— es texto, que no sería posible sin palabras. Quizá, es normal que, a tanto tiempo de no tenerlo cerca, pasemos más tiempo en nuestra cabeza que en la realidad de afuera para explicar qué quiere él de nosotros. El cristianismo parece condenado a ser idealista.

A diferencia de alguien que quiere recordar a una persona mediante una foto, una situación imaginaria o un video, el cristianismo recuerda a Jesús mediante el lenguaje. Lenguaje, claro, en el sentido de toda comunicación mediada por el uso de palabras. Sea que estén dentro de la mente, sea que estén graficadas, sea que hayan sido vocalizadas. Básicamente, lo único que tenemos para recordar y evocar a Cristo son palabras.

¿Qué es una palabra? Un signo. Citando a Derrida, «...la palabra es ya unidad del sentido y del sonido, del concepto y de la voz (…), del significado y del significante»1. Un algo con el que aconsejo, grito, canto, susurro, escribo, razono, pienso, medito, juzgo, oro, reto, chismeo, insulto, chamuyo, hablo, etc. Corriéndonos un poco, a su vez, es un algo con el que expreso un deseo previo. Este punto me parece interesante ya que, hoy por hoy, creo que las palabras tienen una trascendencia que las excede. Digo, si entendemos las palabras como un signo, como un algo que sirve de síntoma para comunicar algo previo, entonces ya no deberían tener tanta trascendencia como la tienen en nuestra cultura cristiana hiperidealista. ¿Por qué? Porque, vistas desde acá, en el fondo, las palabras se vuelven un medio, no un fin.