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El homenaje de Salomón de la Selva a Pedro Henríquez Ureña, publicado en El Universal en 1946, es una emotiva remembranza de la amistad entre estos dos intelectuales latinoamericanos. A través de once piezas, De la Selva retrata su relación con Henríquez Ureña, marcada por el amor al conocimiento y las diferencias de temperamento entre el poeta y el crítico. Asimismo, revela la visión del erudito sobre la literatura y su escepticismo ante la bohemia poética. El conjunto de notas aquí reunidas ofrece una vívida descripción de la efervescencia cultural en Nueva York y México en las primeras décadas del siglo XX. Además, destaca la destreza ensayística de De la Selva, quien combina referencias clásicas, reflexiones sobre la guerra y un dominio magistral del lenguaje. Su homenaje también humaniza la figura de Henríquez Ureña al rescatar sus relaciones personales, sus pasiones intelectuales y su legado en la cultura latinoamericana.
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Seitenzahl: 122
Veröffentlichungsjahr: 2025
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La Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM ha creado, para el disfrute del lector universitario y del público en general, la colección Pequeños Grandes Ensayos, la cual difundirá, en breves volúmenes como el que tienes en tus manos, el fruto de la aguda reflexión, el análisis o la crítica de célebres autores de diferentes épocas, lugares y orígenes. Ensayos, unos, sólo accesibles hasta ahora en costosas antologías, otros traducidos al español por primera vez y algunos más prácticamente desconocidos, todos los cuales conformarán este acervo que, sin duda, ampliará la perspectiva cultural de sus lectores.
COLECCIÓN
PEQUEñOS GRANDES ENSAYOS
Universidad Nacional Autónoma de México
Coordinación de Difusión Cultural
Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial
SALOMÓN DE LA SELVA
Prólogo dePETER HULMETraducción del prólogoALBERTO LARA CASTILLO
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
2025
AVISO LEGAL In memoriam P. H. U., de Salomón de la Selva. Prólogo de Peter Hulme. Traducción del prólogo de Alberto Lara Castillo. La obra In memoriam P. H. U., de Salomón de la Selva, reúne una serie de artículos publicados en el periódico El Universal, entre junio y octubre de 1946. En 2025 fue publicado, de manera impresa, por la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM, bajo su colección Pequeños Grandes Ensayos. Directora general de Publicaciones y Fomento Editorial: Socorro Venegas. Subdirectora editorial: Elsa Botello López. Coordinadora de la colección: Tedi López Mills. Formación: Inés P. Barrera. Lecturas: Ileana Arias Leal. Cuidado editorial: Angélica Antonio Monroy. Fundador de la colección: Hernán Lara Zavala †. Director de la colección de 2005 a 2022: Álvaro Uribe †. Esta edición de un ejemplar (1.2 Mb) fue preparada por la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM. La coordinación editorial estuvo a cargo de Camilo Ayala Ochoa. La producción y formación fueron realizadas por Hipertexto – Netizen Digital Solutions. Primera edición electrónica en formato epub: 25 de junio de 2025. D. R. © 2025 UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO Ciudad Universitaria, 04510, Ciudad de México, México. Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial www.libros.unam.mx ISBN: 978-607-587-555-2 Prohibida su reproducción parcial o total por cualquier medio sin autorización escrita de su legítimo titular de derechos. Esta edición y sus características son propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de México. Hecho en México.
Este brillante homenaje de Salomón de la Selva a su amigo Pedro Henríquez Ureña, uno de los mayores intelectuales latinoamericanos del siglo XX, está conformado por once piezas que De la Selva escribió para el periódico mexicano El Universal entre junio y octubre de 1946, cuya entrega comenzó a menos de un mes de la repentina muerte de Henríquez Ureña, sucedida el 11 de mayo en Argentina, donde trabajaba como docente. El homenaje tiene varias características que merecen destacarse. Primero que nada, y sobre todo, es el testimonio de una amistad, profunda pero “nada serena”, entre dos hombres muy distintos, poeta y crítico, unidos por el amor al aprendizaje. También hace un vívido retrato de dos lugares: la ciudad de Nueva York y la ciudad de México, ambas en momentos de agitación cultural. Y, finalmente, brinda un estupendo ejemplo de las habilidades de De la Selva como ensayista: un dominio de la sintaxis, que sostiene voluminosas oraciones bajo un control rítmico perfecto; una variedad de referencias, particularmente clásicas, y su urdimbre de temas íntimos y universales, en particular la sombra que lanzó la guerra sobre la primera mitad del siglo XX.
Tanto Pedro Henríquez Ureña como Salomón de la Selva tuvieron fuertes vínculos con México. Henríquez Ureña, nacido en República Dominicana en 1884, pasó siete años en la ciudad de México, entre 1906 y 1913, afinando sus habilidades como crítico literario y estableciendo relaciones con varios de los escritores e intelectuales mexicanos más destacados de la época, como Alfonso Reyes, Antonio Caso y José Vasconcelos. Por su parte, Salomón de la Selva, nacido en Nicaragua en 1894, pasó su juventud en la ciudad de Nueva York, donde Henríquez Ureña se le unió en 1914 durante tres años, época que De la Selva recuerda de manera espléndida en este homenaje. Luego, los dos hombres –primero Henríquez Ureña y más tarde De la Selva– se mudaron a la ciudad de México, arrastrados a la órbita de José Vasconcelos después de que éste fue nombrado secretario de Educación Pública en 1921, bajo la presidencia de Álvaro Obregón. Más tarde, ambos dejaron el país tras desacuerdos con Vasconcelos, pero De la Selva regresaría en la década de 1940.
***
La amistad se forjó después de que Henríquez Ureña llegó a Nueva York para trabajar en el diario Las Novedades. Una vez que fueron presentados –probablemente por el periodista y poeta dominicano Manuel Cestero–, De la Selva y Henríquez Ureña se volvieron pronto muy buenos amigos: Salomón, el “amigo predilecto” de Pedro, como Arturo Torres Rioseco lo llamaba, y Pedro, diez años mayor y con libros publicados en su haber, el mentor de Salomón. La influencia de Henríquez Ureña en el joven nicaragüense fue inmensa, como siempre lo reconoció De la Selva.
Henríquez Ureña había vivido tres años en Nueva York durante su juventud, de modo que sabía cómo moverse por la ciudad y también el idioma, pero en 1914 De la Selva estaba en proceso de abrirse un lugar en el mundo literario de Nueva York. Pronto, Henríquez Ureña le escribió a Alfonso Reyes que De la Selva se erigía como la historia de éxito de la poesía estadounidense, admirado por su fluido dominio de las formas del verso en inglés por grandes personalidades del momento, como Edwin Markham y Edna St. Vincent Millay. En 1918, De la Selva publicaría Tropical Town and Other Poems, el primer libro de poesía escrito en inglés por un escritor hispano en Estados Unidos. Al menos como lo cuenta De la Selva, Henríquez Ureña prefería la poesía en la página (“una tortura que lo agitaba como el amor, como la música, como la llama”) a la desaseada realidad de los poetas de carne y hueso: siempre desaprobó las tendencias bohemias de De la Selva. Sin embargo, al ser un ávido lector, era también inquebrantable en el análisis de los textos de los poetas. Tan persistente como el viejo marinero de Coleridge, para disgusto de sus receptores: “Los poetas le huían para alumbrar en paz”.
En dicha narrativa, De la Selva era Catulo –emocional, ardiente, divertido (o, en opinión de Henríquez Ureña, “impróvido, irresponsable, abandonado a una pasión”)–, mientras que Henríquez Ureña era Horacio –docto, idealista, distante–. Sin duda, habría apreciado la manera en que De la Selva inicia su elegía en voz de Catulo, quien llora la muerte de su hermano, mediante la traducción de versos de Battiades, el seudónimo del poeta griego Calímaco. Ambos hombres sabrían de memoria los versos en latín, y Henríquez Ureña conocería también el original de Calímaco en griego. Poco después de la muerte de Henríquez Ureña, De la Selva ganó un premio por su poema “Evocación de Horacio”, que es claramente un homenaje a su amigo, como lo sugieren las pasiones que yacen bajo la tranquila superficie:
Horacio no era sentimental. Horacio
ardía y esplendía en intelecto:
A flor de labio el rictus de ironía,
donaire contenido en el instante
de convertirse en burla
o de soltarse en llanto [...]
De manera similar, el homenaje de De la Selva humaniza al erudito Henríquez Ureña, particularmente al referir su disfrute en el Orden de la Amistad Ideal, club que el cubano Rufino González, amigo íntimo de De la Selva, había fundado para sus vecinos jóvenes en Harlem (“en aquella atmósfera de muchachería se volvía él mismo adolescente”), y al detallar el coup de foudre que condujo al casamiento de Henríquez Ureña.
A lo largo de la evocación que De la Selva hace de su amigo, se percibe la sorpresa que le causaba la aparente falta de interés de Henríquez Ureña por las mujeres, a pesar de la admiración abierta que éstas tenían por su intelecto y su apariencia atractiva. “Prim and sweet, / You are a taper still unkissed of fire”, escribió De la Selva en un poema sobre el retrato de un joven pintado por Giorgione, versos que dedicó a Henríquez Ureña. Esto en un momento en que el propio poeta estaba por lo general enamorado de al menos seis mujeres al mismo tiempo. En Nueva York los dos amigos socializaron con la familia Alfau en su casa de la calle 136 oeste. De la Selva cuenta que Henríquez Ureña ya los conocía, pues la señora Alfau provenía de Santo Domingo, aunque no menciona el vínculo literario: Eugenia Galván Velázquez de Alfau era la hija de Manuel Jesús de Galván, autor de la novela Enriquillo, prácticamente la epopeya nacional de República Dominicana. Su marido era un diplomático, político y periodista español que editaba Las Novedades. De la Selva recuerda a cinco hijos –tres hermanos y dos hermanas–: Alfonso, Felipe, Jesusa, Monna y otro cuyo nombre olvida (Rafael). Jesusa era hermosa pero decorosa e inteligente; más joven, Monna tenía grandes ojos oscuros y “parecía capaz de todas las diabluras como Jesusa de todas las bondades imaginables”. Felipe, aunque tan sólo era un adolescente, le dio la impresión a De la Selva de ser un muchacho vivaz: más tarde escribiría novelas y poesía en inglés. Pero Jesusa ya había escrito y publicado una novela en España, Los débiles (1912), y obviamente a De la Selva le pareció una pareja ideal para su amigo, pero él sólo estaba interesado en su conversación. Esto quizá fue sólo una cuestión de personalidad, aunque uno se pregunta si no sería acaso que Henríquez Ureña más bien decidió mantenerse al margen por sentir que su mezcla racial, visible en su fisonomía y tono de piel, provocaría el rechazo de sus tentativas de acercamiento en una familia castiza como la de los Alfau Galván. Difícilmente Henríquez Ureña hablaba sobre su color de piel: sólo existe una referencia de pasada en una carta de 1908 respecto a la antipatía que había en las calles de Nueva York hacia “quienes, como yo, llevan en su tipo físico la declaración de pertenecer a pueblos y razas extraños”. Sin embargo, en uno de los momentos más conmovedores del homenaje, De la Selva hace la consideración de cuánto habría deseado ver al Henríquez Ureña hombre de familia con sus dos hijas en Argentina, y se consuela con el recuerdo de haber atestiguado el primer encuentro de Henríquez Ureña y su futura esposa, Isabel Lombardo Toledano, de 17 años, en México.
Aunque no eran criaturas políticas en sentido estricto –Henríquez Ureña llegó incluso a decir que los intelectuales no deberían “mezclarse en las luchas políticas latinoamericanas”–, ambos hombres provenían de familias involucradas intrincadamente en la política de sus respectivos países, dominada en esos años por la interferencia imperial de Estados Unidos. Poco después de que De la Selva partió de Nicaragua hacia Nueva York, dos mercenarios estadounidenses, Leonard Groce y Lee Roy Cannon, participaron en una revuelta, instigada por Estados Unidos, contra el presidente José Santos Zelaya. Los sujetos fueron capturados y ejecutados en noviembre de 1909; el procurador que llevó el caso contra estos hombres fue el fiscal general de Zelaya, Salomón Selva Glenton, padre del poeta. Después de que Zelaya huyó del país, hubo informes ampliamente difundidos en los periódicos estadounidenses de que se tomaría una “acción inmediata” contra Selva Glenton por su papel en lo que llamaron un “error judicial” que había conducido al fusilamiento de Groce y Cannon. De hecho, fue acusado por el nuevo régimen nicaragüense de violar el procedimiento legal, pero fue exonerado el 28 de enero de 1910 con base en que había recibido instrucciones escritas de Zelaya. Sin embargo, la atmósfera en Managua estaba en ebullición y, sin duda, afectado por la controversia, Glenton murió de un ataque cardiaco el 2 de febrero, con tan sólo 50 años de edad.
La familia de Henríquez Ureña era incluso más ilustre: “vástago de la nobleza más noble que podemos concebir en nuestra América”, según palabras de De la Selva. Su madre fue la eminente poeta y feminista Salomé Ureña Díaz, y su tío Federico Henríquez y Carvajal, escritor, político y amigo cercano de José Martí. Poco después de que Henríquez Ureña se mudara a Nueva York, su padre, Francisco Henríquez y Carvajal, fue electo presidente de República Dominicana, cargo que el Departamento de Estado de Estados Unidos le impidió ocupar cuando se negó a aceptar las demandas de control sobre los fondos públicos del país. Después de que el presidente estadounidense Woodrow Wilson impuso un gobierno militar en el país, Henríquez y Carvajal pasó varios años deambulando por el Caribe y América Latina en busca de apoyo. Se le llegó a conocer como el presidente errante.
***
Sería difícil sobrestimar la efervescencia política y cultural en Nueva York durante los años que vivieron ahí Henríquez Ureña y De la Selva. Una brillante generación de escritores y artistas hacía su debut: Man Ray, William Carlos Williams, Eugene O’Neill, Mina Loy, Wallace Stevens, mientras la guerra en Europa volvía a la ciudad un destino deseable para artistas europeos como Marcel Duchamp y Francis Picabia, y políticos importantes como León Trotsky. El arte mexicano, también, dejó su primera marca cuando la Modern Gallery de Marius de Zayas montó una exposición de pinturas de Diego Rivera. El poeta español más destacado en ese momento, Juan Ramón Jiménez, llegó a Nueva York en 1916 para casarse. Ambos hombres se reunían con él, Henríquez Ureña de manera frecuente.
Los círculos específicos en que De la Selva se movió en un inicio –Greenwich Village y el Lower East Side, la Rand School of Social Science, el Liberal Club y los nuevos teatros– eran jóvenes y bohemios y socialistas y literarios y políglotas, pero en su mayoría blancos y con una presencia hispana muy poco identificable. Sin embargo, cuando Henríquez Ureña propuso que él y De la Selva deberían alquilar un departamento juntos, rentaron dos pisos de una magnífica casa antigua de estilo brownstone1 (“una residencia burguesa muy siglo XIX”) en el número 115 de la calle 97 oeste, no lejos del Central Park, cuyas habitaciones se llenaron pronto no sólo con libros de la Biblioteca Pública de Nueva York, sino con amigos de Henríquez Ureña provenientes de México, como Manuel Gamio, Luis Castillo Ledón, José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Balbino Dávalos y Javier Icaza: “Nueva York se nos llenaba de voces y rostros y urgencias de México”.
De la Selva hace la comparación de su amigo con un personaje en apariencia muy diferente a éste, el economista británico John Maynard Keynes, según parece a partir de la coincidencia de que Keynes había muerto el 21 de abril de 1946, sólo tres semanas antes que Henríquez Ureña. El argumento de De la Selva es que se
