Incrédulo - Héctor Horacio Gerván - E-Book

Incrédulo E-Book

Héctor Horacio Gerván

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Beschreibung

Fraile atanasiano, sacerdote, hombre sin fe... Envuelto en una vida que nunca quiso, que nunca aceptó, fray Adeodato Berger O.San.A. intentará rebelarse contra lo que considera su propia prisión personal. Entonces el pasado retornará, más vivo que nunca, haciendo que sus vivencias pretéritas y presentes se encuentren y fusionen en un ajetreado porvenir que terminará arrojándolo en un final inesperado. Incrédulo es una historia que transcurre entre un convento masculino y su vecina villa rival, ambas en la jurisdicción de la diócesis de Sainmèrevie. Sucede durante los albores del siglo XVI, cuando el latín aún dominaba las ceremonias litúrgicas. Su protagonista, Adeodato, luchará internamente con sus creencias e increencias, siendo no solo testigo de impactantes combates entre intereses temporales y religiosos, sino también del inesperado emerger de un enemigo mucho más poderoso de los que tenía en el convento. Incrédulo es la primera entrega de la bilogía histórica sobre la vida de Adeodato, el hombre que por un amor perdido se negó a creer en su fe. ¿Logrará olvidarla para, así, resignarse a la vida que le tocó? ¿Volverá a verla algún día? El destino del fraile incrédulo dependerá de las respuestas a estas cruciales preguntas.

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Seitenzahl: 832

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. Celina González Beltramone.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Gerván, Héctor Horacio

Incrédulo : un hombre atormentado, en una vida que no quiso, se revelará contra su fe / Héctor Horacio Gerván. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2019.

552 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-372-9

1. Novela. 2. Comportamiento Religioso. 3. Novelas Históricas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está tam-

bién totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet

o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2018. Gerván, Héctor Horacio

© 2018. Tinta Libre Ediciones

Para Laura y Eduardo.

La Historia se ha encargado de unirnos.

«La amistad es un alma que habita en dos cuerpos;

un corazón que habita en dos almas.»

Aristóteles

Οἶδά σου τὰ ἔργα, ὅτι οὔτε ψυχρὸς εἶ οὔτε ζεστός. 

Ὄφελον ψυχρὸς ἦς ἢ ζεστός. 

Οὕτως, ὅτι χλιαρὸς εἶ καὶ οὔτεζεστὸς οὔτε ψυχρός, 

μέλλω σε ἐμέσαι ἐκ τοῦ στόματός μου. 

Scio opera tua, quia neque frigidus es neque calidus.

Utinam frigidus esses aut calidus!

Sic quia tepidus es et nec calidus nec frigidus,

incipiam te evomere ex ore meo.

Conozco tus obras: no eres frío ni caliente.

¡Ojalá fueras frío o caliente!

Por eso, porque eres tibio,

te vomitaré de mi boca.

(Ap 3, 15-16)

Nota de Autor

Si bien la presente es una obra de ficción, he intentado, en lo que respecta a las oraciones, cánticos y fórmulas litúrgicas y bíblicas propias del catolicismo, permanecer fiel al uso del latín, tan típico de los tiempos en que está ambientada esta historia. Para ello, salvando ciertos anacronismos, me he remitido a las siguientes obras: Missale Romanum (1570, 1908), Breviarium Romanum (1961), Rituale Romanum (1614), Pontificale Romanum (1752), Liber Usualis (1961), Graduale Sacrosanctæ Romanæ Ecclesiæ de Tempore et de Sanctis (1908) y Nova Vulgata Bibliorum Sacrorum Editio (1979). Las traducciones a nuestro idioma se han hecho en el cuerpo del texto o bien, la mayoría de las veces, en nota al pie de página. El hincapié puesto en la reconstrucción de varias ceremonias litúrgicas, incluidas las partituras neumáticas musicales de varios cantos gregorianos, tienen el objetivo de intentar inmiscuir al lector dentro de aquella vida religiosa en la que Adeodato, protagonista de esta historia, se ha visto arrojado contra su propia voluntad. La empatía ‒o no‒ con tales reconstrucciones por parte de quien se aventure entre estas páginas, seguramente lo llevará a esperar para nuestro fraile incrédulo un posible retorno a los senderos de quien llena sus días con la fe, o por el contrario a comprender su resistencia y su negativa.

Las ilustraciones de los personajes que acompañan el relato son de mi propia autoría. Mientras que varios de ellos han surgido de mi imaginación, muchos de los rostros representados corresponden a personas reales, que en algún momento u otro han accedido en buen grado a que los retratara. Se trata, por un lado, de mis sobrinas María y Evelin; por otro lado, de mis amigos Victoria, Eduardo y Ariel. Mi más sincero agradecimiento a todos ellos.

La historia se ambienta en un marco cronológico un tanto inexacto pero ciertamente bastante alejado en el tiempo, alrededor de los comienzos del siglo XVI. Esta elección responde a mi deseo de expresar por escrito la espiritualidad católica tradicional, exclusiva hasta los tiempos inmediatamente anteriores al Concilio Vaticano II (1962-1965), bajo la cual me siento cautivo. Ante los ajetreos de este mundo secularizado, tal espiritualidad ha despertado en mí mis más profundos sentimientos religiosos. En este sentido, cabe destacar que todo error cometido, ya sea teológico o de cualquier otra índole, incluso anacrónico, es de mi completa responsabilidad.

El propósito que me ha llevado a escribir estas páginas es el de ilustrar, mediante la vida de mi personaje Adeodato, las luchas internas que se suscitan en muchas personas alrededor del sistema de creencias que, alguna vez, pensamos eran inherentes a nuestro ser. Yo mismo, muchas veces, he tenido que afrontarlas. Adeodato, definitivamente, emprenderá un camino tortuoso, plagado de enfrentamientos por intereses espirituales, eclesiásticos, civiles y seculares, que pondrá en tensión su autopercibida falta de fe.

Incrédulo no es sólo mi primera novela, sino también el primer volumen de la bilogía histórica sobre la narración de la vida del fraile atanasiano Adeodato. Someto ahora al escrutinio del lector a este mi hijo literario primogénito, deseándole que le resulte apasionante leerlo, tal como a mí me resultó apasionante escribirlo e ilustrarlo.

«Hoc opus, hic lábor est»

Virgilio (Æn., VI, 129)

Héctor Horacio Gerván

Córdoba, sábado 22 de septiembre de 2018

Primera parte - “Nuestra vida es breve, pero se hace más larga por las desgracias”.

Capítulo 1 - “Errar es humano, pero perseverar (en el error) es diabólico”

El cirio pascual, que llevaba una semana siendo encendido junto al lado del altar correspondiente al Evangelio, parecía alejar cualquier espíritu maligno con su sacra luz. Ella anunciaba el desarrollo litúrgico de la Dominica in Albis, del primer domingo después de la Pascua. La feligresía esperaba expectante el comienzo del Santo Sacrificio de la Misa, de pie en la nave central del templo. Las mujeres más ancianas cabeceaban repetidamente, como si sus cuellos no tuviesen huesos, lanzando atentas miradas a la puerta cerrada de la sacristía. Bien sabían que apenas el turiferario y el cruciferario salieran por ella, debían hacer lo imposible para que sus inquietos nietos no rompieran la correcta armonía y solemnidad de la liturgia. Un grupo de hombres jóvenes, de aspecto desgarbado, señalaba hacia el coro alto y reía por lo bajo, burlándose de los varones consagrados que, por alguna razón que ellos desconocían, habían abandonado los placeres de las faldas y las comidas abundantes. De repente, la luz del interior de la sacristía alumbró la nave y un muchacho hizo sonar una campanilla. Cuatro frailes, encargados de fungir como acólitos, comenzaron la procesión de entrada. El primero de ellos sujetaba en su pecho la pequeña naveta de plata y con la mano derecha hacía mecer el antiquísimo turíbulo, que llenaba el aire con el humo sacrosanto del incienso. El segundo, cuya sobrepelliz estaba algo deshilachada, llevaba con manos temblorosas la cruz procesional, manteniéndola bien alta como para que todos se percatasen de su inmersión en el tiempo sagrado de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Detrás de él, dos más cargaban sendos cirios amarillos. El sacerdote celebrante caminaba detrás de ellos con manos juntas a la altura del pecho y semblante serio pero calmado, vistiendo un alba con mangas y parte inferior de bello encaje que asomaba por debajo de una casulla romana pesada y acartonada. Al verlo, los frailes del coro alto comenzaron a cantar el introito prescripto para la Misa de ese día:

Quasi modo génitis infántes, allelúia:

rationábiles, sine dólo lac concupíscite,

allelúia, allelúia, allelúia.

Exsultáte Deo adjutóri nostro:

jubiláte Deo Jacob.

Glória Patri, et Fílio, et Spíritui Sancto:

sicut erat in principio et nunc et semper,

et in sæcula sæculórum. Amen.

Como niños recién nacidos, aleluya:

apetezcan sinceramente la leche pura del espíritu,

aleluya, aleluya, aleluya.

Regocíjense en Dios, nuestro protector:

canten alegres al Dios de Jacob.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo:

como era en un principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

La feligresía se irguió erecta con la mirada fija hacia adelante, mientras que en el lugar de los canónigos varios hombres de Dios cabeceaban presa del sueño. Bajo una atmósfera soñolienta y cargada de olor a incienso, el presbítero Adeodato celebraba, como todos los domingos desde hace veinticinco años, la Santa Misa.

Adeodato era un hombre alto, delgado, de pésimo semblante y con el paso de los años reflejado en sus apesadumbrados ojos negros. Según rumoreaban las numerosas almas de la aldea, era un sujeto que disfrutaba de la soledad y la compañía de un buen libro en las tardes, además de unos cuantos vasos de hidromiel en las noches. No era muy ducho a escuchar las confesiones de su gente que, sin embargo, debía soportar por la obligatoriedad inherente a su cargo. Cuando no realizaba las sagradas liturgias, vestía un simple hábito blanco con capucha puntiaguda sobre el que llevaba un escapulario negro. La tonsura de estilo romano que coronaba su cabeza le recordaba todos los días que, en sus años de juventud, había tenido que tomar la decisión de renunciar a los placeres mundanos y al cariño de una familia terrenal. Con paso lento llegó a las gradas del altar, situándose un acólito a cada uno de sus lados. Estando allí parado, de espaldas a la asamblea de fieles y mirando solamente a la puertecilla del sagrario, recordaba las palabras que su tío le había dicho al recibirlo en las sagradas órdenes menores: ex umbris et imaginibus in Veritatem, «pasó de las sombras y las imágenes a la Verdad.»

Se santiguó y extendió la mano derecha hacia un acólito. Éste, sin percatarse de aquel gesto, continuó inmóvil y de rodillas. Adeodato carraspeó pero no obtuvo respuesta.

—Apresúrate —susurró.

El acólito salió de su ensimismamiento y del bolsillo del hábito talar extrajo una pequeña tarjeta. El sacerdote se apresuró a tomarla, aliviado de que su ayudante no la hubiera olvidado en la sacristía. A pesar de los años transcurridos, su selectiva memoria y su falta de preocupación no le permitieron grabarse a fuego las oraciones iniciales al pie del altar. Carraspeó y leyó en voz alta:

—Introíbo ad altáre Dei.1

—Ad Deum qui lætíficat juventútem meam2 —fue la respuesta que obtuvo de los dos acólitos.

Tras ese inicial y casi imperceptible descuido, la Santa Misa continuó con absoluta normalidad. Después de dar un sermón monótono en el que condenaba la infidelidad casi continua cometida por los hombres en los límites del bosque y luego de recitar el Credo Niceno-Constantinopolitano, al que, por cierto, casi nadie en el pueblo recordaba por completo, llegó el momento del ofertorio, del recitado en susurros del canon romano y de la consagración del pan y del vino. En el instante oportuno, y de modo tal que nadie más que él pudiera oírse, recitó con voz ronca pero firme:

—Hoc est enim Corpus meum.3

Un acólito hizo sonar la campanilla tres veces mientras un compañero suyo, de rodillas atrás de Adeodato, mecía el incensario. El sacerdote levantó sus cansados brazos por sobre el rostro, exhibiendo la hostia consagrada para admiración de todos. Quiso hacer lo mismo con el cáliz, pero el sueño y el cansancio pudieron más e involuntariamente sus dedos se aflojaron, haciendo que la sagrada copa cayera por el altar y rebotara en el suelo con un ruido metálico que reverberó en las paredes. Las atentas ancianas fueron las primeras en ahogar un grito y murmurar de forma muy poco disimulada. Un fraile se levantó de su silla de respaldo alto y corrió a levantar el cáliz, atónito ante la vista de un inexpresivo Adeodato que permanecía en su lugar, refregándose los ojos.

—¿Qué estás haciendo? —inquirió en voz baja— ¡No puedo creer que te estés durmiendo!

—¡Claro que me estoy durmiendo! —gritó Adeodato, girando sobre sus talones y dirigiéndose al gentío— Duermo cuatro horas por noche porque tengo que levantarme temprano a cantar las mismas oraciones y, después, a escuchar las iniquidades que cometen estas condenadas personas. ¿No crees que tenga razones suficientes para estar cansado?

Se quitó trabajosamente la casulla, la estola y el manípulo, depositándolos sobre el altar, y atravesó la nave central dando zancadas, sintiendo cómo se clavaban en su cuerpo decenas de atentos ojos y cómo se dirigían hacia él los dedos acusadores de gente que actuaban como si nunca hubieran hecho algo malo. «¡Qué fácil es juzgar a los demás!», se dijo a sí mismo antes de desaparecer tras cruzar la puerta principal.

El prior del convento se puso lentamente de pie y, con las manos juntas a la altura del pecho en fingida oración, se detuvo ante el altar.

—Como han visto todos —habló en voz alta y potente—, el mal asecha hasta en los lugares más sagrados. Recemos juntos, en señal de desagravio, para que el Padre Celestial nos libre de toda amenaza del Enemigo. Pater Noster...

Hizo silencio y fijó su atención en ver que todos estuvieran recitando la antiquísima oración que, según las Escrituras, había sido instituida por el mismísimo Jesucristo. Nunca antes había visto semejante sacrilegio y no iba a permitir que las cosas quedaran así. Según su opinión todo buen cristiano debía regirse por una férrea disciplina, incluso si eso legitimaba el uso del dolor para adquirirla; después de todo, el suplicio de la carne era el mejor de los caminos para remover y limpiar el pecado. Al finalizar el rezo cerró el misal, apagó las velas del altar y resopló en clara señal de reprobación.

—Debido a que la sacralidad de este templo ha sido seriamente dañada, sin olvidar que ha sido la presencia real de Cristo lo que el impío preste ha dejado caer, los demás frailes y yo deberemos rezar en privado para pedir perdón a Dios. Me apena mucho decirles que, hasta dentro de dos horas, se suspenderá la celebración del Santo Sacrificio del Calvario. —Tomó aire e infló los pulmones, para luego gritar: —¡Hay de aquel que, en lo que queda hasta volver a celebrar la Santa Misa, abra la boca para comentar sobre lo sucedido aquí! ¡Si alguien lo hiciese, el ejército de los Ángeles descenderá de los cielos para tomar venganza!

Escudriñó los asustados rostros de los campesinos, sonrió con satisfacción y caminó, con toda su ancha humanidad, hasta volver a su asiento.

—Váyanse —ordenó lo más calmo que pudo.

No tuvo que volver a repetir esa palabra para lograr quedar a solas con sus frailes, lo cual sucedió apenas pasados unos pocos minutos.

El prior era un hombre no muy alto y con varios kilos de más. Enmarcados en un rostro lampiño y redondo, sus dos fríos ojos negros eran lo que más inspiraba temor en la aldea. Absolutamente nadie se atrevía a enfrentarlo puesto que su poder iba más allá de lo espiritual, al estar la aldea levantada en tierras que eran propiedad del convento. Llevaba ya quince años al mando y durante todo ese tiempo había visto pasar numerosos hombres que no lograron adaptarse al ritmo de vida por él impuesto, de modo que no le resultó muy extraña la reacción de Adeodato.

Pasaron unos instantes de absoluto silencio antes que Landón, uno de los frailes más jóvenes, se levantara y carraspeara como para llamar la atención. Era un hombre petiso, no tan delgado y, a pesar de sus veintiocho años de vida, aparentaba tener menos edad. Un tic nervioso que lo acompañaba desde la adolescencia lo hacía parpadear rápidamente y sacudir levemente la cabeza hacia los costados. No dudó dos veces en arrodillarse a los pies de su prior, con la cabeza gacha.

—Padre Benedicto —dijo con total sumisión—, le ruego tenga en cuenta las palabras de fray Crisóstomo cuando dejó al hermano Adeodato al abrigo de este convento: «su alma es buena, pero...»

—«... su carne es débil» —continuó el prior, blanqueando los ojos—. Sí, sí... ya sé que debo tener paciencia con Adeodato, ¡pero no puedo permitir que esto ocurra en la iglesia! ¡Lo que derramó no fue vino, sino la Preciosísima Sangre de Cristo! ¿Entiendes la gravedad de lo que hizo?

Landón afirmó levemente con la cabeza. Haciendo la señal de la Cruz sobre su frente, hombros y pecho, recitó casi en murmullos:

—Kyrie eléison. Christe eléison. Kyrie eléison.4

Un fraile anciano, frágil y de movilidad reducida resopló y protestó a viva voz, enseñando los cinco dientes que aún conservaba.

—¡Esto no puede quedar así! —sus ojos casi ciegos se dirigieron a Benedicto— Adeodato se quejó de nuestra vida conventual y de entrega al Altísimo. ¡La Justicia Divina tiene que intervenir!

El prior se puso de pie y, sin mencionar palabra alguna, se encaminó en dirección a la nave central. A juzgar por su expresión ceñuda, estaba meditando sobre el castigo que le correspondía al fraile rebelde. Las yemas de sus dedos pulgares se mecían y rozaban entre las manos juntas y sus pisadas eran el único sonido audible dentro del edificio sagrado. Abrió lentamente la pesada puerta que, tras un corto pasillo, conectaba con el refectorio.

—¡Esto no va a quedar así! —exclamó antes de salir— ¡Ustedes a rezar y después a celebrar devotamente la Santa Misa! El Enemigo siempre intenta hacer estragos cuando Cristo aparece elevado entre nuestras manos sobre el altar.

Los ronquidos de los religiosos quebraban el silencio del corredor de las habitaciones. Un gran ventanal en una de las paredes permitía que la luz de la luna llena se colara al interior y, al pasar por allí, la sombra de Adeodato se dibujó en el muro opuesto. El atribulado hombre caminaba a puntas de pie y descalzo, procurando pasar desapercibido. En sus manos llevaba un rosario de madera, reliquia de su abuela Cecilia, al que sujetaba con más pasión que nunca. Sus sucios pies lo condujeron al atrio de la iglesia, un espacio rectangular cubierto de sendos adoquines y rodeado por una doble fila de columnas que culminaban en la entrada principal del templo. Apresuró sus largos pasos hasta atravesar la puerta. Una vez adentro, sus pulmones se llenaron con el olor sacro que despedía, a su izquierda, un incensario encendido e inmediatamente hizo una genuflexión, santiguándose. Miró desesperadamente en dirección al techo, como creyendo ingenuamente que su Creador se iba a encontrar allí, flotando cerca del borde de la cúpula.

La iglesia del convento era un viejo edificio de estilo románico de grandes dimensiones, con cinco naves y el crucero, sobre el cual se alzaba una cúpula de base octogonal decorada con íconos, al estilo oriental, de los llamados Padres de la Iglesia Latina: Ambrosio de Milán, Agustín de Hipona, Jerónimo de Estridón y Gregorio Magno. Los capiteles de las gruesas columnas que separaban las naves formaban grotescas figuras de demonios y ángeles en su eterna lucha, totalmente alejadas de la belleza de los íconos que colgaban en cada una de ellas. Del techo, consistente en una bóveda de medio cañón, colgaba sujetado por gruesas cadenas un crucifijo de aproximadamente dos metros de alto, mostrando a un Jesús fallecido y a María y a Juan a sus pies, uno a cada lado del madero. Iluminado por bellas lámparas de bronce, se alzaba imponente el ábside, de planta semicircular y con un vetusto mosaico del Cristo Pantocrátor, que parecía mirar desde arriba, con benevolencia, al altar de mármol. Éste, revestido con tres níveos manteles de lino blanco, estaba adornado con seis candelabros altísimos, tres a cada lado de un crucifijo de oro; en su centro, y debajo de esa Cruz, el sagrario, cubiertas sus puertecillas doradas con una cortina de seda blanca, custodiaba el tesoro más valioso y sagrado del convento: el Cuerpo del Redentor, realmente presente en las hostias consagradas. Adeodato avanzó sin apartar los ojos de ese bello tabernáculo y se dejó caer con torpeza sobre el escalón del comulgatorio, haciéndose daño en las rodillas. Su cuerpo temblaba ligeramente, pero eso no le impidió quitarse la parte superior del hábito hasta quedar con el torso desnudo. En la piel del pecho y espalda se dibujaban delgadas cicatrices casi borradas, como recuerdo cotidiano de la única forma que encontraba para recuperar su fe: el dolor.

—¡Aquí me tienes! —gritó con voz quebrada— ¿Qué quieres de mi? Te he dado mi vida y aun así lo único que recibo de tu parte es un perpetuo silencio. ¿Existes realmente, o no eres más que un cuento de viejas para asustar a las personas? ¡Mira mi cuerpo! Muchas veces lo he castigado para apartar de mi cabeza estos malos pensamientos... pero siempre vuelven... ¿Cómo puedo celebrar Misa, si no siento nada por ella? Y ahora Benedicto me castigará públicamente. ¡Parece que te regodeas en mi sufrimiento!

En ese momento un joven y alto fraile apareció atrás del altar. Sus ojos celestes no se apartaban del sufriente Adeodato.

—¿Qué estás diciendo? —inquirió con tono grave— Jamás escuché tantas blasfemias juntas. ¿Acaso no temes por tu vida?

—¡Oh, por favor Pío! —protestó Adeodato, al borde de las lágrimas— Mi vida ya está arruinada. Soy el último varón vivo de mi familia. Fray Crisóstomo, mi primo, me entregó a este lugar cuando mi abuela así se lo ordenó. Y yo me vi obligado a quedarme aquí, rezando a un Dios por el que nada siento y lamentando no haber podido asistir al momento de la muerte de mi abuela...

—Entonces, ¿por qué hiciste tus votos perpetuos? ¿Por qué no te fuiste cuando ella partió a la casa del Padre? —Pío intentaba mostrarse calmo, sereno y falsamente comprensivo con su interlocutor.

Adeodato se limitó a encogerse de hombros y menear la cabeza. Sus recuerdos del pasado eran realmente vagos, incluso confusos. Se inclinó profundamente y hundió el rostro entre las palmas de las manos, a pocos milímetros del suelo; el sonido de su lastimoso llanto se apoderó del templo. Pío miró para todos lados, como si temiera que el prior irrumpiera en el lugar. Se le acercó e intentó levantarlo, pero éste se rehusaba a ser ayudado.

—¡Muy bien! —espetó de mala gana, soltándolo de forma brusca— Quédate aquí si es lo que quieres.

Meneó la cabeza en señal de reprobación y caminó hasta desaparecer tras la puerta de la sacristía, no sin antes mirar de reojo a su sufriente compañero y esbozar una sonrisa maliciosa. Adeodato volvió a acomodarse el hábito y se acurrucó en el frío suelo, en posición fetal, mirando detenidamente el rosario que se había llevado hasta la altura del rostro. Comenzó a rezarlo casi en susurros, esperando que para el día siguiente la misericordia divina ablandara el corazón de su prior.

Un baldazo de agua fría lo despertó abruptamente. Al abrir sus ojos lo primero que vio fue a Pío, arrodillado a su lado y sosteniendo el cepillo con el que usualmente limpiaba el piso. Un poco detrás de él alcanzó a ver los pies que, sin ninguna duda, eran de Benedicto. El sueño aún seguía apoderado de él y su visión no lograba adaptarse rápidamente a la luz del día.

—Veo que todavía sigues con ganas de atentar contra el Altísimo —lo reprimió el prior con gesto reprobador.

Tras escuchar esa voz Adeodato se incorporó de golpe, bien despierto, como si al sueño no le quedase otra opción más que desaparecer por el extremo miedo que le inspiraba el gordo fraile. Lamentándose en silencio, se percató de que había permanecido toda la noche durmiendo en el suelo de la iglesia. El rosario todavía estaba enredado entre sus temblorosos dedos. Benedicto lo sujetó del cabello y, con fuerza, lo hizo arrodillar al borde del comulgatorio, de cara al altar.

—Pide perdón —le ordenó sin soltarlo.

Adeodato estaba pálido y temblaba tanto por el miedo como por los efectos del baldazo de agua fría. Se santiguó rápidamente, recitando:

—Deus meus, ex toto corde pœnitet me ómnium meórum peccatórum...5

Aquel acto de forzada contrición, aunque corto, le pareció durar una eternidad. A pesar que con sus labios pedía perdón por los pecados cometidos, el sentimiento de culpa estaba totalmente ausente de su ser, más todavía sintiendo cómo los dedos del prior le jalonaban el cabello. Una vez hubo terminado de rezar, dos frailes lo ayudaron a ponerse de pie y lo condujeron hacia el atrio de la iglesia. Aquellos hombres, Froilán y Ponciano, eran unos hermanos gemelos, altos y delgados, de aspecto casi enfermizo que rondaban las cuatro décadas, estando dos de ellas dedicadas a la vida dentro del que, para ellos, era su querido y muy estimado convento de San Atanasio de Alejandría. Ambos eran los únicos amigos que Adeodato había hecho, tan íntimos que no dudaba en confiarles sus secretos. Apenas se internaron en el atrio, giraron hacia la izquierda y cruzaron la reja que conducía al convento propiamente dicho. Se detuvieron por un momento en el centro de la galería, ante la enorme estatua de granito de Santa María Magdalena que, con mirada piadosa, parecía custodiar desde hacía incontables años la vieja puerta de madera del lavatorium.

—¿Qué va a hacer él conmigo? —preguntó Adeodato, sentándose en la base de la escultura.

—Por lo pronto, tenemos que esperarlo aquí —le contestó Froilán—. Lo único que nos dijo es que quiere hacerte recapacitar.

–—Ustedes dos aguardarán aquí —intervino Ponciano, dando un suspiro de desgano—. A mí me ordenó ir a la hospedería. Hay una pareja de jóvenes que solicitaron el sacramento del matrimonio y, para ver si son aptos, el prior les aconsejó que se quedaran allí una semana, sin verse y cada uno en una habitación distinta, para probar sus paciencias. Mi tarea será ver de vez en cuando que todo esté bien con ellos y que los nuevos siervos les preparen las comidas.

—¿Nuevos siervos? —preguntó Froilán— ¿No será que, como acto de penitencia, el prior mandará allí a Adeodato? Sólo los penitentes del poblado ejercen transitoriamente como siervos del convento.

—No, no... —lo corrigió su gemelo— Los nuevos son dos muchachos muy indiscretos. Sus vecinos los encontraron en el bosque y los trajeron aquí a la fuerza. Como reprimenda, el prior los instaló en la casa de los siervos por tres meses pero sin otorgarles el privilegio de servir en el convento, sino únicamente en la hospedería.

Ponciano se sobresaltó al escuchar que la puerta de la iglesia se abría.

—Mejor me voy —murmuró y se encaminó por la galería, rumbo a la puerta que conducía al sector de las celdas de los frailes, no sin antes darle una amistosa palmada de hombros a Adeodato.

Éste se incorporó justo en el momento en que Benedicto aparecía escoltado por Pío. En su mano derecha sostenía una larga y gruesa llave negra, una llave que los más antiguos de los treinta y tres frailes del convento sólo habían visto en una ocasión, durante la sepultura del prior anterior. Sin decir nada, hizo señas para que Pío, Froilán y Adeodato lo siguieran.

En absoluto silencio pasaron frente al refectorio y la cocina y giraron hacia la derecha, para dirigirse al patio exterior. Aquél era un amplio espacio verde, algo descuidado en algunos sectores, y era el lugar de ubicación de la huerta, el gallinero, el corral de las vacas y cerdos y los establos; al fondo, el extenso muro de piedra que comunicaba con la casa de los siervos se había vuelto propiedad de una gran enredadera que dejaba casi oculto un vetusto mosaico del santo patrono del convento. Apenas a unos metros de distancia de la puerta, y en medio del patio, se alzaba imponente una capilla de techo puntiagudo y diminutas ventanillas rectangulares; su aspecto descuidado, y el hecho de que le faltasen algunas tejas, indicaban que hacía mucho tiempo había dejado de utilizarse con fines litúrgicos. Benedicto fue el primero en entrar en ella tras emplear la negra llave que sujetaba tan esmeradamente como si de un tesoro se tratase. El interior era igual de desastroso que el exterior. Las baldosas negras del piso estaban cubiertas por una gruesa capa de tierra y hojas secas, en tanto que las estatuas de ángeles y santos que decoraban las cuatro paredes habían servido como hogar de peludas arañas. Una rata saltó desde el desnudo altar que, sin manteles ni candelabros, sólo lucía un crucifijo dorado que necesitaba urgentemente una lustrada. Bajo él, el sagrario había perdido su puertecilla y ya no contenía el Cuerpo de Cristo, sino sólo excrementos de roedores. El prior y fray Pío hicieron una reverencia profunda al crucifijo y se volvieron para mirar a sus dos acompañantes.

—¿Recuerdas cuándo fue la última vez que entraste aquí? —le preguntó Benedicto a Adeodato.

—Cuando el prior Cipriano, tío mío y predecesor suyo, partió a la Patria Celestial —respondió éste con una expresión de abatimiento en los ojos.

Fue precisamente Cipriano quien lo recibió en el convento, no porque lo considerase un hombre apto para la vida comunitaria con los frailes, sino porque fray Crisóstomo, que era su pariente, se lo había pedido insistentemente. Por aquel entonces Adeodato era un joven de veinte años tan inexperto en los asuntos religiosos que el único rezo que recitaba con asiduidad era el avemaría. Fray Cipriano había muerto inesperadamente de un ataque al corazón, alcanzando a duras penas a dejar expresamente indicado en su testamento que quería que fray Benedicto, el bibliotecario, lo sucediera como prior, algo que resultó sorpresivo para todos los hermanos.

—¿Qué recuerdas de aquella vez? —volvió a preguntarle Benedicto.

—Su Excelentísima Reverencia, nuestro señor obispo, vino a celebrar la Santa Misa de cuerpo presente en esta misma capilla —contestó Adeodato con voz apagada, como si se negara a querer recordar lo dificultoso que fue para él despedirse de su amado tío—. Yo mismo fungí como turiferario. Acabada la Eucaristía se me ordenó retirarme a mi celda, en silencio, sin poder presenciar el momento del entierro.

El prior esbozó una sonrisa de satisfacción. A Adeodato eso le dolió mucho pero, extrañamente, no notaba una actitud maliciosa en aquel gesto.

—Hoy, después de tantos años, podrás ver su tumba —le dijo el prior—. Rezarás frente a sus restos para que interceda por ti ante Dios nuestro Señor, para que te otorgue el don de la fe y de la desinteresada entrega en tu servicio sacerdotal.

Adeodato sintió un alivio reconfortante. Por un momento temió terminar encerrado allí, solo, con la única compañía de roedores e insectos. Pero, sorprendentemente, su castigo no era para nada grave sino que sólo tenía que rezar para luego marcharse; más aún, iba a tener la oportunidad de ver por vez primera la tumba de su tío. Sin pensarlo dos veces siguió al prior a través de la trampilla que perforaba el suelo, por detrás del altar, y descendió los escalones. Antes de que su vista quedara por debajo del nivel del piso, vio cómo Pío y Froilán se retiraban apresurados. Tras el último peldaño pudo contemplar la belleza de la cripta subterránea, aproximadamente de la mitad del tamaño de la iglesia conventual e iluminada por lámparas de aceite que Benedicto se encargaba todos los días de mantener encendidas. Las oscuras paredes, al igual que la capilla de arriba, estaban custodiadas por estatuas de ángeles y santos y en ellas habían sido perforados cinco niveles de nichos, estando la mitad de ellos ocupados por sendas urnas funerarias blancas. Aquella cripta era el lugar de descanso de los restos mortales de todos los priores que el convento había tenido desde su fundación, hace más de trescientos años atrás. La urna más reluciente, colocada en el único nicho de la pared del fondo, debajo de un altar, era la de fray Cipriano.

Benedicto lo miró por unos instantes y subió la escalera, dejándolo completamente solo.

—¡Oh tío, cuánto lo siento! —se lamentó Adeodato, profundamente dolido, mientras se tumbaba en el suelo.

Unas tímidas lágrimas se asomaron por sus ojos y corrieron por sus mejillas. Aquellos iris negros, casi siempre desanimados, se abatían ahora entre una fe que no sentía y los recuerdos cálidos de un tío siempre atento, siempre cordial.

—Tu apreciada madre, Cecilia, se equivocó conmigo —resolló, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. ¡Yo no nací para esta vida! Si Dios existe, es un Dios mudo, porque jamás me ha hablado, jamás ha respondido mis súplicas. ¿Cómo pudiste servir hasta el fin de tus días a Alguien que parece haber salido de un cuento de fantasía? Yo no siento...

Una extraña sensación en su interior le hizo tener miedo, por lo que se calló de golpe. De pronto, lo único que escuchaba era su temblorosa respiración. Levantó los ojos. Arriba del altar, sin ningún cirio que lo custodiase, un crucifijo de bronce de un metro de alto lucía una representación de Cristo; el pequeño rostro del Dios hecho Hombre miraba hacia arriba, con una mueca de dolor. Adeodato imaginó que la sangre manaba a borbotones de sus extremidades y caía por la cruz metálica. Por un instante, imaginó también a una Virgen María de rodillas, mirando a su Hijo muerto, para luego voltearse y mirarlo a él. Pero la Virgen ya no era ella, sino que lucía el rostro de su abuela Cecilia, una anciana de piel cetrina y ojos casi ciegos. Con una mano extendida, le entregaba un viejo rosario de madera.

—¡No me persigas más! —vociferó Adeodato— ¿No te das cuenta de lo indigno que soy? Planificaste la vida de mi tío, la de mi padre y la mía... ¡y aun después de muerta sigues consiguiendo todo lo que quieres!

La furia parecía empujar su piel desde dentro, dispuesta a salir al exterior. Si a duras penas logró calmarse fue porque no estaba tan loco como para faltarle el respeto a la última morada de su tío. Entonces el llanto se hizo más fuerte, más desconsolado, como si quisiera que la vida se le escapara entre las copiosas lágrimas. Estuvo un largo rato así, llorando a más no poder, hasta sentir que los ojos se le habían quedado secos. Se levantó trabajosamente con las piernas adormecidas y se sujetó en la fría piedra del ara del altar. No sabía con certeza por qué, pero le costaba apartar la mirada del crucifijo.

—Una vez más —dijo con voz trémula— me tienes de rehén. Algún día lograré salir de aquí... seré libre... Ese día, el recuerdo de Cecilia desaparecerá.

Con mucho dolor en el pecho, tan oprimente y pesado como una gran roca, se dispuso a salir de la cripta. Subió los escalones que conducían a la capilla, esperando no tener que visitar ese lugar otra vez. Durante años había esperado venerar la tumba de su tío, pero la circunstancia en que lo hizo le generó una repugnante aversión hacia aquella urna nívea.

Todos los frailes del convento lo esperaban dispuestos en sendas filas y de frente a una de las paredes laterales del patio exterior, con Benedicto a la cabeza.

—¿Qué tienes para decirnos? —le preguntó éste, sonriendo tediosamente mientras se le inflaban las prominentes mejillas.

Sin dudarlo, Adeodato buscó con los ojos a Froilán y Ponciano y se quedó mirándolos fijo por unos segundos. Los gemelos tenían la cabeza gacha, mostrándose preocupados.

—¿Has pedido perdón de forma sincera? —volvió a inquirir el prior— ¿Has vuelto a los brazos del Señor?

Adeodato no demoró en comprender que si contestaba algo fuera de lugar sus dos amigos serían quienes pagarían por su rebeldía.

—Como Padre misericordioso, el Dios Tres-Veces-Santo, el Señor de los Ejércitos, me ha recibido en Su gracia —contestó, fingiendo una expresión de gozo—. Ahora, padre prior, necesito que escuche mi confesión.

Benedicto afirmó con la cabeza, con campante satisfacción y aire de superioridad.

—Como siempre, la Santa Madre Iglesia perdona a los que se acercan a Él con corazón contrito —sentenció. Sus ojos negros, siempre opacos y fríos, destellaban ahora un inusitado brillo—. Antes de dirigirnos al confesionario elevemos todos juntos, como comunidad, nuestras preces al Todopoderoso.

Carraspeó y entonó desafinadamente una antiquísima melodía gregoriana:

—Deus in adjutórium meum inténde.6

—Domine, ad adjuvándum me festína7 —contestaron los frailes cantando a una sola voz.

Benedicto inició la marcha hacia la iglesia, con Pío pisándole los talones. Adeodato sujetó las mangas de los hábitos de Froilán y Ponciano y con una mueca les indicó que mermaran la celeridad de los pasos. Una vez que quedaron al final de la larga fila, siempre con andar lento y percatándose que nadie los escuchase, comenzaron a hablar por lo bajo.

—Anoche, mientras todos estaban en la cama, fue Pío quien me vio en el templo —comentó Adeodato con el ceño fruncido— y también fue él quien me despertó. Siempre anda junto al prior, oliéndole los calzones... Para mí que algo se trae entre manos, y les aseguro que no es nada bueno.

—Tienes razón —agregó Ponciano—. Mientras tú estabas en la cripta, Benedicto fue a verme en la hospedería. Me advirtió que si no lográbamos algo para corregirte, mi hermano y yo seríamos castigados.

—¡Así es! —concordó un preocupado Froilán— Y tú ya conoces los castigos de Benedicto. Ese viejo gordo no tiene nada de santo. ¡Por favor, contrólate! —suplicó, juntando las manos— Ahora tememos tanto por ti como por nosotros mismos.

—¡Está bien! —exclamó Adeodato, con un dejo de molestia en el tono de voz— Trataré de fingir todo lo que sea, para que el viejo gordo no les haga daño. Y, para colmo de males, ahora tengo que confesarme con él. Ya me imagino su expresión desde el otro lado de la rejilla del confesionario... Esbozará una sonrisa como de sapo y con sus dedos de salchicha hará la señal de la Cruz para absolverme de mis supuestos pecados.

—¡¿Supuestos?! —se escandalizó Ponciano— ¿Cómo que «supuestos»? —con el rostro hizo una expresión de fastidio, aunque más bien parecía como si estuviera chupando un limón— No puedo creer que todavía sigas blasfemando.

—¡Oh, por todos los cielos! —protestó Adeodato, esforzándose por no levantar la voz más de lo necesario— No sé si conmoverme o tenerles lástima... Esa supuesta fe que tienen en un Dios que no existe, ¡me resulta difícil de soportar!

Los gemelos se detuvieron en seco y, distanciándose de su amigo, le dirigieron una fría mirada de reprobación.

—No nos trates como tontos crédulos —le espetó Ponciano—. Sabes muy bien que detestamos eso de ti.

Froilán, que fue el que se sintió más ofendido, escupió en el suelo muy cerca de los pies de Adeodato y giró rápidamente sobre sus talones; dando zancadas, no tardó en unirse a los otros frailes para entrar en la iglesia. Ponciano meneó la cabeza e imitó a su hermano. Al incrédulo fraile, cuyo orgullo era casi tan grande como su falta de fe y de vocación religiosa, no le importó en lo más mínimo verse de repente solo en esa complicada situación. Mientras caminaba lentamente, se imaginaba que estaba celebrando la Misa del día anterior y que con el misal golpeaba la cabeza de los monaguillos, que resultaban ser sus dos amigos. Rió entre dientes ante esa evanescente imagen mental, sin una pizca de remordimiento.

Entró en la iglesia, aún sonriendo. Los frailes estaban en sus lugares en el coro, rezando en silencio con la cabeza gacha. Una vela encendida al costado del confesionario le indicaba que Benedicto ya estaba allí dispuesto a escucharlo. Se arrodilló ante la rejilla, en el lugar de los penitentes. Se santiguó y dijo con voz cansina:

—Perdóneme padre, porque he pecado.

La voz del prior surgió desde el otro lado de la rejilla:

—Ave Maria Puríssima.

—Sine labe originále concépta8 —contestó Adeodato.

—Dime tus pecados.

—Todas mis faltas ante Dios se pueden resumir en un solo y grave pecado —dijo Adeodato con voz monótona. Lo que su boca confesaba su corazón no lo percibía como un sentimiento pecaminoso—: la falta de fe. Hasta ahora, nunca he sentido la presencia del Altísimo.

Benedicto lanzó un penoso suspiro y meneó lentamente la cabeza hacia los costados.

—¿Y qué me dices de la Santa Misa? —inquirió.

—Reconozco que en ella se renueva, en beneficio de los hombres de todos los tiempos, el Santo Sacrificio del Calvario —volvió a responder Adeodato, recitando de memoria lo que había aprendido hace años en sus primeras clases de teología—, sólo que ahora Cristo se ofrece, en la Misa, de forma incruenta a través de las manos del sacerdote. Por ello...

—Sí, sí —lo interrumpió Benedicto de forma impaciente—. Es de mi completo conocimiento lo que sucede en la Santa Misa. No te estoy pidiendo que me digas lo que sabes de ella, sino lo que sientes por ella.

—Eso no lo sé —dijo Adeodato, encogiéndose de hombros—. La celebro desde hace años pero, de forma rutinaria.

—Esa será tu penitencia —sentenció el gordo prior—. Celebrarás la Santa Misa diariamente y te esmerarás en amarla, en celebrarla con tanto ahínco como si tu vida dependiera de ello. Si no cumples con esto, el dolor físico será la forma en que deberás pagar por toda actitud pecaminosa presente en tu ser.

Sin esperar ninguna respuesta del penitente, acercó la estola morada a la rejilla y extendió la mano derecha, con lo que pronunció la fórmula de la absolución sacramental:

—Dóminus noster Iesus Christus te absólvat; et ego auctoritáte ipsíus te absólvo ab omni vínculo suspensiónis seu excommunicatiónis et interdicti in quantum possum et tu indiges. Deinde, ego te absólvo a peccatis tuis in nómine Patris, et Fílii —hizo la señal de la Cruz— et Spíritus Sancti. Amen.9

Adeodato se santiguó y se alejó del confesionario. Al escuchar sus lentos pasos, los frailes gemelos se voltearon para verlo salir del templo. Aunque ambos estaban ofendidos por las palabras que minutos antes les había dirigido, no podían dejar de sentir por él una profunda preocupación. Según ellos, la vida de Adeodato carecía de sentido, estaba sumergida en la tempestad del error y la posibilidad de la condenación eterna, y eso era condición propicia para que el fantasma de la desolación hiciera su aparición.

––– ◊ –––

La tarde estaba ya bien entrada. Los últimos destellos del sol se colaban entre los dos campanarios de la iglesia conventual e ingresaban en ella por las pequeñas ventanas. En el interior del recinto sagrado los frailes se encontraban sentados en dos sendas filas, una frente a la otra, delante del altar. El prior, a un costado de éste y en su silla de respaldo alto, contemplaba a los religiosos que, con los ojos fijos en sus breviarios, rezaban el oficio de las vísperas. Las dulces melodías gregorianas retumbaban en las paredes y envolvían los sentidos, siendo su fin pregustar la tan ansiada visión beatífica. Adeodato tenía los ojos fijos en el breviario, aunque sin mirar las oraciones escritas en él. Sus labios murmuraban sonidos bajos, más cercanos a un balbuceo ininteligible que a los rezos prescriptos. Tras el canto del Magníficat y del Pater Noster todos se pusieron de pie y siguieron las preces por la Iglesia y por el Romano Pontífice. Finalmente, Benedicto se dispuso a cantar la bendición conclusiva:

—Dómine, exáudi oratiónem meam.10 —Tantos años conventuales y tantas clases de canto gregoriano jamás hicieron efecto en él. Su entonación era pésima e, incluso, rozaba lo ridículo. Bien hubiera preferido decir las oraciones leyéndolas, pero las rúbricas a las que debía someterse no se lo permitían.

—Et clamor meus ad te véniat11 —entonaron los frailes al unísono.

—Benedicámus Dómino.12

—Deo grátias.13

—Fidélium ánimæ per misericórdiam Dei requiéscant in pace.14

—Amen.

Todos cerraron sus breviarios e hicieron una profunda inclinación en dirección al altar. Para ese entonces, la luz del sol era tan tenue que parecía más débil que aquella despedida por las seis largas velas dispuestas de forma simétrica en torno al sagrario.

En ese momento las pesadas puertas de la iglesia se abrieron. Un muchacho andrajoso vestido con un sayal de penitente irrumpió en el templo, completamente agitado. Aquel joven era un habitante de la aldea cercana al convento que, para cumplir su penitencia por los pecados confesados, debió quedarse unas semanas para servir en la hospedería. Dio varias bocanadas de aire antes de poder hablar.

—¡Padre prior! —vociferó. Sus ojos estaban abiertos a más no poder; el miedo y la desesperación se reflejaban claramente en ellos.

Benedicto salió del presbiterio con hastío. Estaba harto de las faltas de respeto de los jóvenes aldeanos que, en su opinión, eran unas condenadas almas irreparables.

—¿Qué sucede? —le preguntó. Al llegar a él lo tomó de los hombros en fingida señal de preocupación— Cálmate, Abelardo, y dime qué te asusta.

El joven sollozó y no consiguió contener las lágrimas. El prior lo vio así y no pudo evitar conmoverse. Aunque era una persona sumamente odiosa y se creía mejor que los demás, las angustias ajenas le dolían y lograban sacar de él el atisbo de humanidad que llevaba dentro, aunque muy escondido. Entonces lo abrazó ante los atentos ojos de los frailes que se habían acercado.

—Mi abuelo… —habló Abelardo al fin, con la voz quebrada— Está muriendo. La fiebre no desaparece y está muy pálido. Necesito que le den los últimos sacramentos… sino, ¡la idea de verlo quemándose en el infierno, hasta el fin de los tiempos, me aterrará!

Benedicto le dio unas palmadas suaves en el hombro y lo abrazó con fuerza.

—Todo estará bien —intentó reconfortarlo al oído.

Giró sobre sus talones.

—¡Adeodato! —gritó con fuerza— Ve a la hospedería. ¡Froilán, Ponciano! Ustedes dos lo ayudarán.

Pío, que aún permanecía sentado en su lugar frente al altar, se levantó de un salto y no tardó en correr hasta quedar al frente del prior; se mordía los labios nerviosamente, como si quisiera sujetar alguna palabrota.

—¡Pero, padre prior! —protestó al fin— ¿En verdad cree que es prudente que Adeodato asista al moribundo? ¿Y si comete algún error otra vez?

Adeodato se le acercó y lo fulminó con la mirada. Él, en realidad, hubiera preferido no ir a la hospedería, pero no soportaba los constantes ataques e intromisiones de Pío. Más de una vez quiso golpearlo hasta dejarlo inconsciente. Puso la mano derecha en su hombro y lo apartó violentamente de un tirón.

—¡Claro que soy apto para asistir al moribundo! —exclamó con fuerza. Su rostro estaba tan tenso que sus dos amigos temían que le propinase a Pío una fuerte bofetada.

Benedicto, sin soltar a Abelardo, asintió lentamente con la cabeza.

—Por supuesto, Adeodato —afirmó—. Necesitas demostrar ante Dios tu probidad. Pero ten cuidado. El alma del anciano está en juego.

Adeodato meneó la cabeza afirmativamente. Con una sola seña suya Froilán y Ponciano lo acompañaron hasta la sacristía, dispuestos a preparar todo para la liturgia correspondiente.

Una puertecilla al costado del presbiterio indicaba la entrada a la sacristía. Ésta era una pequeña habitación circular que sobresalía de la planta de la iglesia en forma de cruz latina. Sus paredes blancas estaban cubiertas por sendos muebles de grandes puertas; en su interior, los ornamentos y vasos sagrados esperaban a ser usados. Una mesa circular ubicada en el centro servía de soporte para todos los libros litúrgicos. Ponciano buscó entre ellos hasta encontrar uno grande, con la tapa de cuero gastada y las primeras hojas sueltas. Con la otra mano libre abrió la puerta de uno de los muebles y sacó un pequeño cuenco dorado con seis copos de algodón. Froilán, entretanto, tomó de la mesa del fondo una cruz de madera de casi cincuenta centímetros de largo; la escultura de Cristo que en él había tenía una impactante expresión de dolor y grandes gotas de pintura roja le recorrían el cuerpo, como si de sangre se tratase.

Adeodato se puso una sobrepelliz simple y sin encajes por sobre el hábito. Abrió un cajón y revolvió hasta encontrar lo que buscaba: una estola de seda morada, con dos bellas cruces bordadas y flecos dorados en sus extremos. Se dirigió al cofre que reposaba sobre la mesa del fondo, lo abrió y sacó una botellita de vidrio. La miró por unos instantes; su contenido era el sagrado óleo de los enfermos.

—¿Estás seguro de lo que vas a hacer? —le preguntó Froilán, mientras se acomodaba el crucifijo en el brazo izquierdo y con la mano derecha tomaba un candelabro de bronce con la vela encendida— Sabes muy bien que no nos gusta el modo en que actúas.

—Gracias a Dios que el prior nos pidió a nosotros dos que te ayudásemos —intervino Ponciano, parándose al lado de su hermano—. Nos aseguraremos de que todo salga bien. Imagínate que Pío hubiese ido contigo… sería una catástrofe.

—Haré todo lo que se me pide —sentenció Adeodato, sujetando con fuerza la botellita—. El ritual se hará a la perfección.

El camino hasta la hospedería era bastante largo. Una vez en el atrio de la iglesia, debieron doblar hacia la izquierda y cruzar la reja que conducía a la galería custodiada por la estatua de Santa María Magdalena. Al fondo, una puerta de madera de dos hojas los llevó a otra galería, más angosta y corta que la anterior, custodiada por la estatua de San Pablo; por las paredes de ambos lados se podía ir a la sala capitular, el capítulo de las culpas, la biblioteca, la celda del prior y la celda de esparcimiento. Una puerta más y entraron en el espacio dedicado a cada una de las celdas individuales de los frailes. Siendo en total cuarenta, algunas deshabitadas, se disponían en forma de rectángulo alrededor del claustro regular, un amplio espacio al aire libre de verde césped cuidadosamente cortado y con varias plantas florales que se usaban para adornar las estatuas de la Virgen María; en el centro, una vieja fuente de agua. Hacia el sur un muro separaba al otro claustro, éste en desuso, cubierto de enredaderas y árboles secos, que servía como depósito de las estatuas viejas que, por estar rotas o dañadas, ya no se empleaban en el convento para la devoción religiosa; además, los trozos de madera provenientes de antiguos muebles indicaban que ese claustro, desde tiempos muy remotos, se había convertido en el basurero conventual. Unos cuantos gatos negros se agazapaban en el alto césped, como temiendo ser vistos por los tres frailes que se abrían paso entre los desperdicios. Nuevamente en la pared sur, siete puertas dispuestas en hilera daban paso a la hospedería, el espacio conventual destinado tanto a los aldeanos penitentes como a aquellos que, alejándose unos días de sus familias y sus labores en los campos, debían o necesitaban sentirse más cerca de Dios.

La hospedería estaba compuesta por una larga galería de techo abovedado que daba paso, en dirección este-oeste, a las cocinas, el comedor común, veinte celdas pequeñas, la enfermería y una capilla de escuetas dimensiones. En la pared oeste, una puerta de dos hojas daba paso al patio en cuyo centro se alzaba una especie de cabaña con paredes de piedra y madera, que cumplía la función de servir como la casa de los siervos. Este patio, rodeado por un alto muro con almenas, estaba separado del patio externo del convento y sólo se podía acceder a él a través de dos puertecillas con rejas metálicas cuyas llaves las escondía siempre el padre prior.

En la celda contigua a la enfermería, Abelardo esperaba de pie junto a la puerta. Usaba un pañuelo bastante sucio para limpiarse las lágrimas que, con dolor, le surcaban las mejillas. Sin mirarlo, Adeodato entró diciendo:

—Pax huic domui.15

—Et ómnibus habitántibus in ea16 —contestaron Froilán y Ponciano al unísono, colocándose uno a cada lado de la cama del moribundo.

Abelardo, compungido, permaneció en el umbral de la puerta, dispuesto a contemplar desde allí cómo los religiosos salvaban el alma de su abuelo de la condenación eterna.

—Adjutórium nostrum in nómine Dómini17 —recitó Adeodato.

—Qui fecit cælum et terram18 —respondieron los otros dos frailes, sin despegar los atentos ojos de su amigo. Muy a su pesar, estaban casi seguros de que cometería algún error merecedor de castigo.

—Dóminus vobíscum.19

—Et cum spíritu tuo.20

Adeodato se aclaró la garganta y cantó una oración. Su entrenada voz hacía que aquella melodía gregoriana pareciera entonada por algún mismísimo integrante de los coros celestiales.

—Exáudi nos, Dómine sancte, Pater omnipotens, ætérne Deus: et míttere dignéris sanctum Angelum tuum de cœlis, qui custódiat, fóveat, prótegat, vísitet atque deféndat omnes habitántes in hoc habitáculo. Per Christum Dóminum nostrum.21

—Amen.

En la cama de sábanas sucias y repletas de heces, un anciano yacía pálido y con los ojos bañados en lágrimas. Una pierna salía a través de las telas otrora blancas y presentaba una herida mal cicatrizada e infectada; unas cuantas moscas revoloteaban el aire y se apoyaban en ella. La frente del moribundo estaba empapada de sudor. Sus manos, con uñas bastante largas, estaban juntas a la altura del pecho y sujetaban, temblorosas, un rosario. Su mirada, trémula de dolor, se fijó de inmediato en Adeodato. Pareciera como si le provocara un reconfortante alivio verlo allí, revestido como alter Christus, «otro Cristo», pues esbozó una tímida sonrisa.

—Eres tú —susurró a duras penas. Su voz era frágil y apagada.

Adeodato hizo una mueca, como creyendo que aquel hombre ya no se encontraba en su sano juicio. Por unos segundos pensó que era inútil administrarle los últimos sacramentos pero recordó que de todas formas debía hacerlo, pues si el enfermo ya no podía arrepentirse conscientemente de sus pecados, la extremaunción debía serle dada bajo la cláusula in extremis.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó bruscamente.

—Sauveur —contestó Abelardo, aún desde el umbral de la puerta. El dolor por ver en ese estado a su abuelo era tan fuerte que parecía como si se le hubiera convertido en una fiera en su interior, desgarrándole el corazón por dentro.

Adeodato se volvió hacia el anciano y se paró a un costado de la cama.

—Sauveur, escucharé tu confesión —le dijo.

El viejo abrió la boca pero no hizo más que ruidos sin sentidos, como si se estuviese ahogando con su propia saliva. Al terminar esbozó una sonrisa débil y cómplice. Adeodato comprendió al instante que él no quería confesarse, pero en ningún momento dudó de su arrepentimiento. Inclinándose pronunciadamente y acercándosele al rostro, con la mano derecha hizo la señal de la Cruz. Empleando una voz clara y potente, pronunció la fórmula de la absolución sacramental:

—Misereátur tui omnípotens Deus, et dímissis peccátis tuis, perdúcat te ad vitam ætérnam. Indulgéntiam, absolutiónem —volvió a hacer la señal de la Cruz— et remissiónem peccatórum tuórum, tríbuat tibi omnípotens, et miséricors Dóminus.22

—Amén —contestó Sauveur trabajosamente.

Adeodato continuó las oraciones, leyéndolas del libro que Ponciano sostenía. Entretanto, Froilán le entregó el crucifijo al anciano, quien lo tomó y lo abrazó con fuerza.

—In nómine Patris —otra vez la señal de la Cruz— et Fílli —volvió a hacerla— et Spíritus Sancti —la hizo una vez más—, exstinguátur in te omnis virtus diáboli per impositiónem mánuun nostrárum —extendió las manos sobre el enfermo, muy cerca de su rostro aunque sin tocarlo—, et per invocatiónem ómnium Sactórum Angelórum, Archangelórum, Patriarchárum, Prophetárum, Apostolórum, Mártyrum, Confessórum, Vírginum, atque ómnium simul Sanctórum. Amen.23

Luego de espantar la mosca que se le había parado en la nariz, Adeodato mojó el dedo pulgar de su mano derecha con el sagrado óleo de los enfermos. Luego de que Sauveur cerrase los ojos, le ungió ambos párpados con una pequeña señal de la Cruz, diciendo:

—Per istam sanctam unctiónem, et suam piísimam misericórdiam, indúlgeat tibi Dóminus quidquid per visum deliquísti.24

—Amén —contestó Abelardo, al ver que su abuelo no decía nada.

Adeodato tomó un copo de algodón del cuenco que Ponciano había llevado y le limpió al moribundo los párpados. Luego volvió a mojarse el dedo pulgar con el óleo y le ungió los lóbulos de las orejas, diciendo:

—Per istam sanctam unctiónem, et suam piísimam misericórdiam, indúlgeat tibi Dóminus quidquid per auditum deliquísti.25

En ese momento Sauveur le sujetó el brazo y le hizo señas para que se le acercara, lo que Adeodato hizo. Entonces, el anciano le dijo al oído con un hilo de voz:

—Te vi en aquella Misa, cuando tiraste el cáliz. Fue valiente lo que hiciste, marcharte sin importarte nada. Yo tampoco creo en Dios.

Adeodato se incorporó de golpe, como asustado, y lo miró fijamente.

—¿Qué fue lo que te dijo? —inquirió Froilán claramente preocupado, aunque no tanto por lo que el viejo pudo haberle dicho, sino más bien por lo que su amigo pudiese llegar a hacer.

Adeodato se tomó unos instantes para responder ensimismadamente:

—Siente que sus fuerzas lo están dejando. Debemos hacer esto lo más rápido posible antes que muera. Juntaré todas las unciones en una sola.

Mojó nuevamente el dedo pulgar en el óleo y le hizo a Sauveur una sola señal de la Cruz en la frente. Mientras, volvió a leer del libro:

—Per istam sanctam unctiónem et suam piísimam misericórdiam, indúlgeat tibi Dóminus quidquid deliquísti per visum, audítum, gustum et locutiónem, tactum et gressum.26

Apresurado por salir de allí, leyó rápidamente la penúltima oración y omitió deliberadamente la última de ellas. Permaneció quieto, con los ojos bien abiertos, mirando cómo Sauveur abandonaba este mundo con una expresión de preocupación en el rosto. Abelardo, totalmente abatido, profirió un grito de dolor y no demoró en tirarse junto a la cama, abrazando a su abuelo e intentando resignarse entre las lágrimas. Ponciano y Froilán dejaron el cuenco y el candelabro en el suelo; el primero de ellos cerró el libro y el segundo tomó el crucifijo de entre las gélidas manos del fallecido. Entretanto, Adeodato se guardó el sagrado óleo en un bolsillo del hábito, por debajo de la sobrepelliz, y se acomodó la estola.

—Nuestra labor aquí ha terminado —le dijo a Abelardo. Su voz estaba tan fría, tan distante, que parecía no haberse inmutado por la reciente muerte—. Cuando hayas desahogado tu dolor, avisa al fraile encargado de la enfermería que prepare el cuerpo. Algún otro hermano mío se encargará de la ceremonia del entierro; yo no puedo. Que Dios consuele tu alma.

Tras una leve inclinación de cabeza en señal de respeto, salió rápidamente de la celda escoltado por los dos gemelos. Apenas se dispusieron a cruzar el patio del claustro en desuso, Froilán se paró en seco y preguntó casi a los gritos:

—¿Me puedes explicar qué pasó allí adentro?

Adeodato lo miró con el entrecejo fruncido.

—No pasó nada fuera de lo común —respondió tajante.

—¡Ah, no! —Froilán parecía cada vez más enfurecido— Primero te dice algo, luego apresuras las unciones y omites la última oración del ritual. ¿No habías dicho, acaso, que le administrarías los últimos sacramentos a la perfección?

Ponciano permanecía en silencio, viendo a los dos interlocutores como si fuese un completo extraño. Bien sabía del mal carácter de su hermano, tan inestable como un volcán a punto de entrar en erupción, y también conocía muy bien la falta de fe de su amigo. A pesar de darle la razón a Froilán, prefirió no intervenir.

—Ese viejo dijo algo que hizo mella en ti —insistió Froilán—. No olvido que él se hizo el tonto cuando le pediste la confesión, ¿y aún así lo absolviste? Dudo mucho que esta extremaunción sea válida. ¡Acabas de condenar a esa alma a las llamas del infierno!

—¡Esa alma, como dices, se condenó sola incluso antes de que llegásemos a la hospedería! —vociferó Adeodato, sin más.

Froilán endureció aún más su expresión.

—Explícate —le ordenó.

—Cuando me habló, me dijo que me vio derramar el cáliz durante la Dominica in Albis —respondió Adeodato, fijando los ojos en el suelo—. Eso lo animó a revelarme su creencia en la inexistencia de Dios.

—¿Ves lo que provocas? —la acusadora voz de Froilán estaba más fría y distante que nunca— Vas a terminar metiéndote en graves problemas.

—Claro que sí —afirmó un voz a sus espaldas.

Parado al borde de la galería del claustro, esbozando una amplia sonrisa de satisfacción, Pío observaba la escena. Detrás de él, el padre prior no tardó en mostrarse con su ancha humanidad.

—Te di una oportunidad para que remendaras tus malas acciones, pero parece que llevas la marca del pecado en la carne y en el alma —dijo Benedicto. Caminó hacia Adeodato lo más rápido que pudo y lo sujetó con brío por el cuello del escapulario—. Vas a arrepentirte por esto.

Sin soltarlo, lo condujo al claustro contiguo. Detrás de ellos caminaban unos boquiabiertos y asustados Froilán y Ponciano. Pío, con pasos más lentos, se mostraba satisfecho y orgulloso de ser el chupamedias del prior del convento.

Apenas hubieron llegado al otro claustro Pío corrió a buscar a los restantes frailes, quienes por miedo a Benedicto no se hicieron esperar mucho. Todos formaron un círculo, entre ellos los gemelos y Pío mismo, dejando en el centro al prior y a Adeodato.

—Entre nosotros hay un pecador, un apóstata —sentenció Benedicto casi a los gritos—. Adeodato —señaló al fraile acusado con un dedo, que estaba de rodillas a su lado— ha renunciado a su fe en Dios, a la salvación de su alma. ¿Qué debemos hacer con una persona así? ¿Permitirle seguir viviendo entre estos sagrados muros?

—¡Que se largue! —chillaron al unísono los frailes más ancianos.

—¡Los apóstatas no pueden vivir en la casa del Altísimo! —exclamó Pío con una llamativa tranquilidad.

—¡No se puede ir de este convento! —intervino Landón, encolerizado— Fray Crisóstomo y fray Cipriano lo dejaron aquí con la intención de que nunca se fuera. ¡Usted mismo hizo la promesa de retenerlo! Y también usted sabía a la perfección su falta de fe.

Benedicto le lanzó una mirada asesina. Landón se percató de ello y, para evitar enfurecerlo más, se escabulló rápidamente entre los otros religiosos, no sin antes hacer una tosca inclinación de cabeza. Adeodato rió sonoramente, disfrutando la derrota del gordo prior.

—No te vas a deshacer tan fácil de mí —le dijo entre dientes, sin mirarlo—. Este convento será mi hogar hasta que muera, crea o no en Dios.

Benedicto le propinó una fuerte bofetada, gritando:

—¡Creas o no, estás obligado a obedecerme! ¡Y jamás aceptaré que despotriques tu diabólico veneno contra la Santísima Trinidad! No sé qué demonios te ha pasado antes de venir al convento como para que actúes así, como para que Crisóstomo, Cipriano y tu abuela se hayan empecinado a retenerte aquí a toda costa. Pero, te juro que vas a pagar muy caro por todo esto.

Se volvió hacia los atónitos frailes.

—¡Este asqueroso ser tiene la marca del pecado en el alma! Y ahora la tendrá en la carne, como advertencia para todos aquellos que se comporten como él. ¡Pío!

El fraile se le acercó con pasos torpes y, sacando un filoso cuchillo del bolsillo de su hábito, se lo entregó. Benedicto lo tomó al instante y de un tirón hizo que Adeodato quedara tendido en el pasto. Tras arrodillarse junto a él le extendió el brazo derecho. Con la mano izquierda tomó su dedo índice; con la otra, blandió el cuchillo.

—Por atreverte a bendecir y a administrar falsamente los santos sacramentos con este dedo, ya no lo volverás a ver… y se lo daré de comer a los gatos del otro claustro.