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En una pequeña villa del estado de Oregón, una joven es secuestrada por un grupo de asesinos. Estos la llevan a un casoplón abandonado en una finca donde la someterán a innumerables torturas. Esa misma noche, el sufrimiento de la víctima se convierte en una puerta para una extraña criatura. Gracias a ello, se hace con el control del cuerpo de la joven para llevar a cabo una serie de actos con el mero objetivo de impedir que la investigación avance. Ante tales acontecimientos, una lucha entre la fe y la razón tiene lugar en las páginas de esta historia.
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Seitenzahl: 74
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Criado en una pequeña villa de Extremadura, Javier Costillo Palacios dedicó parte de su juventud a inventar historias y personajes. Tras varios años de escribiendo en las sombras, se dispone a dar el primer paso en el mundo de la literatura sacando a la luz una historia de terror que, durante mucho tiempo, estuvo archivada dentro de una carpeta de su ordenador. Mención especial para todos aquellos que apoyaron al autor en los momentos difíciles, pues para ellos va dedicado el fruto de varios años de trabajo clandestino.
PRÓLOGO
CAPÍTULO 1: LA DESAPARICIÓN
CAPÍTULO 2: EL DEMONIO DE LA FINCA
CAPÍTULO 3: INMORTAL
CAPÍTULO 4: LA HUIDA
CAPÍTULO 5: INVESTIGACIÓN DEL CASO
CAPÍTULO 6: LA LEYENDA DE CUOS
CAPÍTULO 7: DOS LUCES ENTRE LA SOMBRA
CAPÍTULO 8: EN BUSCA Y CAPTURA
EPÍLOGO
Juzgado de Portland, noviembre de dos mil dieciocho, el caso de una de las una de las matanzas más atroces estaba a punto de darse por concluido.
–Margot Hagrain, ¡tiene usted la palabra! – indicaba, con su imponente presencia, la jueza de la sala.
Entonces, la acusada, una joven morena, de ojos azules, alta, delgada y paliducha se puso de pie, dispuesta a confesar los hechos desde su perspectiva:
–Señoría, mis más sinceras palabras, no recuerdo nada de lo que pasó –decía de forma tranquila, sin mostrar signo alguno de culpabilidad.
–¡Llévensela! El caso ya está listo para sentencia –ordenó justo después la jueza al tiempo que golpeaba la mesa con su mazo.
Acto seguido dos policías se acercaron dispuestos a llevarse a la chica. Su madre, que se encontraba junto a ella, no podía evitar contener las lágrimas de tristeza. Tan pronto como la joven se dirigía a los agentes, su madre la agarró de la mano.
–Hija… –trataba de decir.
–Mamá, no pasa nada, el tiempo pronto desvelará los hechos –contestó.
–¡Hija!
Pero la chica, sin responder siquiera a su madre, se soltó de ella y se marchó junto a los guardias de aquella sala. La jueza, de forma fría y descortés, se levantó de su mesa dispuesta a marcharse de la sala. La madre de Margot, sin pensarlo dos veces, se situó delante de ella.
–¡Por favor! ¡No me deje sin mi hija! ¡Es lo único que me queda! –trataba de rogarle–. Se lo juro, ¡ella dice la verdad…!
–¡Suficiente! –exclamó esta mientras pasaba por su lado, ignorando por completo a aquella señora.
Entonces se marchó de la sala al tiempo que la madre de la joven se abrazaba a su abogado para descargar sus penas.
Pero cuando la jueza quiso llegar a la cafetería, un hombre vestido con una túnica marrón, sesentón y algo regordete la invitó a sentarse con él. Se trataba de alguien muy conocido en la villa de Canterbury, el lugar donde sucedieron los hechos, y, posiblemente, el testigo que más pruebas pudiera aportar al caso.
–¿Padre Paul? ¿Qué hace usted aquí? –preguntó al tiempo en que se sentaba.
–Mi querida Hillary, tengo que hablar con usted sobre un asunto a tratar –le informó.
–Que no dure demasiado, tengo un caso pendiente.
–Eso mismo quería mencionarte, debe declarar inocente a Margot. Créeme si te digo que ella no tuvo nada que ver con los hechos acontecidos.
–Padre, ¡qué ha matado a más de una veintena de personas! ¿Se está riendo usted de mí?
–Su cuerpo físico tal vez, pero nada tuvo que ver con su alma. Déjame contarte toda la historia desde el principio.
–¿Y no pudo venir usted a declarar de testigo?
–Es mejor que quede entre los dos.
Lunes, dieciséis de noviembre, una y cuarto de la tarde, villa de Canterbury, Portland. El autobús se detenía en la parada donde la joven Margot solía bajar todos los días después de terminar las clases en la universidad. Una vez allí, la muchacha continuaba a pie el resto del camino hasta llegar a su casa, ubicada no muy lejos de la zona.
Por ese trayecto, ella solía pasar por la cafetería McKinsey, la más famosa de la villa, donde solía trabajar uno de sus mejores amigos de toda la vida. Se trataba del hijo del dueño del local, Anderson, un chico agraciado, majo y que siempre la solía hacer reír cuando se encontraba con él.
Después, continuaba la marcha hasta llegar a la casa de su inseparable amiga Chloe, a la que siempre solía saludar con un abrazo. Y, a dos manzanas de allí, se encontraba por fin su vivienda. Normalmente, solía llegar a tiempo para la hora de comer.
Mara, una compañera de su carrera, que vivía a unas pocas casas más allá de la suya, solía acompañarla durante todo el trayecto. Pero aquel día, según se pudo saber, ella no había podido asistir a clase. Además, Chloe continuaba en el trabajo mientras que Anderson había cerrado algo antes la cafetería. Todos estos acontecimientos coincidieron también con el día en que los hermanos Benson se encontraban en la villa.
Conocidos por muchos como “Los Hombres del Infierno”, según varias investigaciones, habían estado implicados en la desaparición de tres mujeres durante los últimos diez años. No obstante, debido a la falta de pruebas fiables que les incriminasen, los tres hermanos aún permanecían en libertad.
El mayor de ellos se llamaba Gray, de unos cuarenta y cinco años de edad; líder la banda y el único de los tres que había estado en la cárcel. Según se sabía de él, en su juventud, había sido responsable de múltiples delitos de robo con violencia a lo largo de varias villas del estado de Oregón. También, en otra ocasión, había sido detenido por tráfico de drogas.
Después de él, le seguía Matt, de cuarenta y un años, que solía trabajar de policía hasta que fue dado de baja por el asesinato de un afroamericano. Pero debido a su estatus de policía, nunca llegó a ser condenado por su crimen, simplemente fue incapacitado para su trabajo.
Y el menor de todos ellos se llamaba Ed, de tan solo veintinueve años, que, a diferencia de sus hermanos mayores, no tenía antecedentes penales y carecía de experiencia en el mundo del crimen.
Ese lunes la joven Margot permanecería sola durante todo el trayecto hasta su casa sin saber del peligro que acechaba por la zona. Como cualquier otro día, se despidió del conductor del bus y, al ver que la cafetería de Anderson estaba cerrada, simplemente, continuó hacia adelante.
Fue cuestión unos metros más allá cuando entonces, desde un coche azul, uno de los hermanos le apuntó con una pistola.
–¡Sube al coche! –le gritó.
Pronto la joven se quedó en shock. No dijo nada, estaba tan asustada que ni siquiera podía hablar. Hasta aquel entonces, nunca antes le había pasado nada similar. ¿Y quien podría pensar que sucedería algo así en una villa tan pequeña?
–¡¿Estás sorda o qué?! ¡Que te subas al coche de una vez te he dicho! –continuó insistiendo aquel tipo–. ¡No me hagas tener que disparar!
–S… S… Sí, señor –decía entonces sin tener apenas fuerzas para hablar.
Y temiendo por su vida, sin oponer resistencia alguna, obedeció las órdenes de semejante patán. Tras ello, los tres hermanos salieron de la villa y condujeron por una carretera vieja, en mal estado, por la que apenas se podían observar vehículos pasar. El recorrido duró unos siete kilómetros hasta llegar al cruce con un camino de tierra. Una vez allí, subieron una enorme cuesta empinada.
Margot, durante todo ese recorrido, no hizo otra cosa que observar por la ventanilla como se la iban llevando cada vez más lejos de su hogar. Después de aquel entonces, supo que nunca más volvería a ser la misma.
El camino terminó en una finca apartada de la sociedad, bastante inaccesible, la cual, según se decía, los hermanos Benson habían heredado tras la muerte de sus padres. De allí, la población más cercana se ubicaba a más de media hora en coche. Parecía el lugar idóneo para cometer un crimen.
En medio de esta se hallaba un casoplón viejo y sin reformar desde hacía más de cincuenta años. Se trataba del lugar donde el abuelo de los tres hermanos solía pasar las vacaciones de verano. Pero desde que este murió, sus padres habían intentado, sin éxito, de vender la finca. Y, al igual que los padres, los hermanos tampoco fueron capaces de deshacerse de ella. Pero si algo era bien seguro, es que nunca se preocuparon por el estado de la vivienda.
Nada más llegar, aparcaron enfrente de la casa y llevaron a Margot, sin que opusiera resistencia alguna, hasta una de las habitaciones. Acto seguido la golpearon con fuerza contra el colchón de la cama, le destrozaron la ropa y se turnaron para ver quién la violaba primero. Ante tal situación la pobre chica no tenía nada que hacer, salvo mantener la calma y esperar a que todo pasara.
