Jesús entre dioses seculares - Vince Vitale - E-Book

Jesús entre dioses seculares E-Book

Vince Vitale

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Beschreibung

Si alguien te pregunta "¿Qué da sentido a nuestra vida?", ¿qué le responderías? A lo largo de la historia, el ser humano ha intentado responder a esa pregunta fundamental de muchas maneras distintas. ¿Cuántas filosofías, creencias e -ismos podrías mencionar? Ravi y Vince hacen un viaje a través de muchos de los -ismos con los que convivimos, desgranando las implicaciones que cada uno de ellos tiene para nuestro día a día. ¿Qué nos aporta el ateísmo cuando nos preguntamos sobre el sentido de la vida? ¿Qué nos aporta el hedonismo cuando lo estamos pasando mal? ¿Qué nos aporta el humanismo cuando las noticias que vemos o leemos a diario nos hacen perder la confianza en el ser humano? ¿Qué nos aporta el relativismo cuando las naciones más democráticas están empezando a atentar contra los derechos fundamentales? En medio de todas esas filosofías, este libro —profundo y ameno a la vez— nos presenta a una persona, Jesús, que hizo las afirmaciones más contraculturales que jamás hayas escuchado. Y lo hace desgranando las implicaciones, la coherencia, la relevancia y el poder transformador de cada una de sus afirmaciones.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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JESÚS ENTRE DIOSES SECULARES

LAS AFIRMACIONES CONTRACULTURALES DE CRISTO

Ravi Zacharias y Vince Vitale

Ravi Zacharias

Para Chris y Raiko Blattner: fieles amigos y grandes ejemplos para mí, me han ayudado a perseguir la visión que Dios ha puesto en mi corazón. Os estaré eternamente agradecido.

Para Hayden Kho y Vicki Bello: fieles amigos que han experimentado el milagro de Dios en sus vidas y cuya amistad ha sido una inspiración indescriptible. Os estoy agradecido de corazón.

Para Philip Ng y Edmund Cha: vidas que inspiran y corazones que han tocado mi corazón de formas que las palabras no pueden expresar. Gracias Philip y Edmund. Dios os bendiga a vosotros y a vuestras familias.

Vince Vitale

Para Jo: mi amor y amante de la Verdad.

CONTENIDO

CAPÍTULO 1

ALTARES CONTRA DIOS

Ravi Zacharias

CAPÍTULO 2

ATEÍSMO “Dios no existe”

Ravi Zacharias

CAPÍTULO 3

CIENTIFICISMO “La ciencia ha enterrado a Dios”

Vince Vitale

CAPÍTULO 4

PLURALISMO “Todos los caminos son igualmente válidos”

Vince Vitale

CAPÍTULO 5

HUMANISMO “No necesitamos a Dios”

Ravi Zacharias

CAPÍTULO 6

RELATIVISMO “Es verdad para ti, pero no para mí”

Ravi Zacharias

CAPÍTULO 7

HEDONISMO “Haz lo que te haga feliz”

Vince Vitale

CAPÍTULO 8

AMA LA VERDAD

Vince Vitale

AGRADECIMIENTOS

CAPÍTULO 1

ALTARES CONTRA DIOS

Ravi Zacharias

Hace años, acababa de dar una conferencia en una institución abiertamente atea, y me sorprendió mucho la pregunta de un asistente. Quería saber a qué diantres me refería cuando usaba el término Dios. La institución en la que nos encontrábamos era la Academia Militar Lenin, en Moscú. La tensión era más que palpable. Nunca me habían pedido en una ponencia pública que definiera aquel término. Y dado que estaba en un país cuya historia estaba tan arraigada en el ateísmo, imaginé que se trataba de una pregunta hostil e intencional. Pregunté a mi interrogador si era ateo, y él respondió que sí. Le pregunté qué era lo que él rechazaba. Pero la conversación no llegó muy lejos, así que le expliqué a qué nos referimos cuando hablamos de Dios.

Es fascinante hablar con un ateo estridente e intentar llegar más allá de la ira y la hostilidad. Para algunos, la palabra Dios es como un detonante que abre las compuertas de toda la animosidad que tienen acumulada y la convierte en un proyectil de palabras. Pero a medida que afloran las distintas capas de su pensamiento y experiencias, el significado de su ateísmo se va volviendo más y más tenue, y sus términos se van volviendo más y más vacíos. A menudo, la descripción es más visceral y discuten con una ira contenida, en lugar de debatir de forma sensata y respetuosa. En más de una ocasión me ha sorprendido la rabia expresada por los grupos ateos de las universidades de élite estadounidenses en las que he dado conferencias; rabia porque me hubieran invitado y porque osara dirigirme a ellos.

En teoría, el ámbito académico siempre ha sido un lugar donde la discrepancia es bienvenida porque sirve para ayudar a los estudiantes a sopesar las diferentes ideas y escoger de forma inteligente. Me atrevería a decir que, si yo hubiera sido un ponente musulmán, no me habrían tratado con tanta hostilidad. Claro, cuanto más te teme la gente, más libertad de expresión te otorga. Pero por desgracia, para algunos, el debate respetuoso es imposible. No obstante, tengo que decir que al final de la conferencia, una líder de uno de los grupos se levantó a darme las gracias, a modo de disculpa velada por toda la resistencia que había habido antes de la ponencia. Agradecí sus palabras y actitud.

Personalmente, la rabia con la que algunos se expresan no deja de sorprenderme. Crecí en India, pero sin ser hindú y, de hecho, nunca presté demasiada atención al tema de la religión. Ni siquiera sé si creía en Dios. Era cristiano nominal, pero tampoco le presté demasiada atención al cristianismo. La mayoría de mis amigos eran hindús, musulmanes o sijs, y también tenía amigos de otras fes minoritarias. No recuerdo sentir rabia u hostilidad hacia los que tenían creencias distintas a la mía, por absurdas que estas me parecieran. Tampoco recuerdo que nadie me tratara con rabia u hostilidad por no tener la misma creencia que ellos.

Pero Richard Dawkins y sus seguidores son conocidos por acosar y burlarse de las posiciones opuestas a las suyas. Cuando uno ve a un académico con esa actitud, uno se pregunta qué habrá realmente detrás de esa forma de actuar. En una ponencia en Washington D. C., un asistente preguntó a Richard Dawkins cómo actuar con una persona que creía en Dios. “Búrlate”, contestó. “Ridiculízale”. Cuando después de una ponencia alguien me preguntó qué pensaba de aquella respuesta, contesté que si Dawkins aplicara ese mismo método en Arabia Saudí, lo más probable es que no llegara a usar su billete de vuelta. Una cosa está clara: al menos descubriría que no todas las creencias en Dios se parecen, y que no todos los imperativos son iguales.

Pero su postura no ha cambiado ni un ápice. En una entrevista que le hizo Maya Oppenheim para The Independent el 23 de mayo de 2016, hizo la siguiente declaración: “Estoy completamente a favor de ofender la religión de la gente. Deberíamos ofenderla a cada momento”.1 ¿En serio? ¿Es esa la forma en la que uno llega a saber si una creencia es o no es válida? También dijo lo siguiente: “En el caso de los inmigrantes de Siria e Irak, deberíamos dar preferencia a los apóstatas, a aquellos que han renegado del islam”.2 Si Donald Trump hubiera dicho lo mismo, el parlamento británico habría convocado una sesión para decidir si vetar la entrada de Trump en el país. Pero si Dawkins lo dice no pasa nada, porque los ateos que lo adoran y que adoran su estilo de ateísmo tienen sus propias verdades absolutas y sus propios prejuicios legitimados.

La intolerancia, el prejuicio, la falta de respeto, el odio y la ofensa son el fruto de la filosofía de Dawkins. A modo de credo, su filosofía es la siguiente: odia, discrimina, juzga, búrlate, castiga, elimina, detén... haz lo que sea para acabar con la creencia en Dios. Irónicamente, él condena a Dios por ser discriminatorio, egocéntrico, moralizante, y por odiar y menospreciar a aquellos que no están de acuerdo con Él. Dawkins se mofa de los atributos de Dios haciendo una caricatura de Él, pero justifica esos mismos atributos cuando le definen a él. Yo me fiaría más de la opinión de una persona buena y amable que de la de una persona que malgasta su tiempo y energía en burlarse de la gente y de sus creencias. Y no está solo. La característica principal de los llamados “nuevos ateos” es la ira y el ridículo que arrojan sobre la creencia en lo sagrado de cualquier persona.

Es necesario añadir que no todos los ateos tienen esa actitud. De hecho, a muchos de ellos, la hostilidad de los nuevos ateos les hace sentir vergüenza. Yo he conocido a muchos buenos conversadores que son ateos, con los que he mantenido conversaciones buenísimas. Muchos han comentado que empezaron a leer los escritos de Dawkins y sus seguidores, pero que fueron incapaces de terminarlos. Independientemente de la cosmovisión que abracemos, el diálogo y el debate deberían desarrollarse en un ambiente de civismo y de escucha cortés. Pero en los tiempos que corren eso parece un ideal casi inalcanzable. Sostener una creencia supuestamente noble y reducirla a formas innobles de propagación convierte a la persona que sostiene dicha creencia en sospechoso.

Reconozcamos también que son muchos los religiosos que han provocado esas respuestas estridentes. Tristemente, el púlpito de una iglesia puede ser un lugar de acusación para lograr que las personas sientan culpa, remordimiento y otro tipo de emociones que hacen que quieran escapar de esa voz que les martillea. Por no hablar del antiintelectualismo entre las filas del cristianismo que tacha de herético todo lo que provenga de la ciencia y la filosofía.

La historia nos ha enseñado a desconfiar de cualquier extremista que sacrifica la conversación cordial en el altar de la imposición demagógica. En nuestro mundo de Twitter e Instagram las opiniones y los puntos de vista abundan, pero el discurso civilizado escasea. Y escasea aún más la habilidad de defender las creencias propias de forma razonada y empírica. Espero que, a medida que Vince Vitale y un servidor analizamos las diferencias entre los sistemas de creencias seculares (que, de hecho, también son religiones), podamos demostrar dónde están realmente esas diferencias, y podamos demostrar también que la cosmovisión judeocristiana tiene las respuestas más coherentes a las preguntas existenciales que todos tenemos, independientemente de nuestras creencias.

Cuestionando la pregunta

Se cuenta que un día Albert Einstein viajaba en avión al lado de una persona originaria de la India. Para matar el tiempo, Einstein le propuso jugar a un juego. “Yo te hago una pregunta y, si no la puedes responder, me das cincuenta dólares. Luego tú me haces una pregunta y, si no la puedo responder, yo te pago a ti quinientos dólares”. El indio sabía que no podía igualar a Einstein, pero pensó que tenía suficiente conocimiento cultural y filosófico como para dejarle sin respuestas en algún momento y, haciendo cálculos, concluyó que se las podía arreglar para no salir mal parado.

Primero fue el turno de Einstein, y le preguntó al indio qué distancia había entre la Tierra y la Luna. El indio no estaba seguro de la distancia exacta así que se metió la mano en el bolsillo para darle a Einstein cincuenta dólares. Ahora era el turno del indio, que preguntó: “¿Qué sube la montaña con tres patas, y la baja con cuatro patas?”. Einstein se quedó callado, pensó, y después de un rato introdujo la mano en el bolsillo para sacar quinientos dólares. De nuevo era el turno de Einstein. Dijo: “Antes de hacerte la siguiente pregunta, ¿me puedes decir qué sube la montaña con tres patas, y la baja con cuatro patas?”. El indio se quedó callado, se llevó la mano al bolsillo y le dio a Einstein cincuenta dólares.

Al igual que el indio, a menudo hacemos preguntas que están pensadas para hacer tropezar a nuestro interlocutor, pero para las que nosotros mismos no tenemos respuestas. En su libro The New Atheism and the Erosion of Freedom (El nuevo ateísmo y la erosión de la libertad), Robert Morey habla de los siete saltos que los ateos tienen que explicar: ¿Cómo es que...

... todo vino de la nada?

... el orden vino del caos?

... la armonía vino de la discordancia?

... la vida vino de la no-vida?

... la razón vino de la irracionalidad?

... la personalidad vino de la no-personalidad?

... la moralidad vino de la amoralidad?3

Pero eso no es todo. Las preguntas existenciales no solo pertenecen al ámbito de las ciencias. No solo se miden de forma matemática y empírica. Imagina a dos personas que se sientan en un avión la una al lado de la otra. Puede que vayan hacia el mismo destino. Puede que ambas sepan las horas que dura el vuelo y los kilómetros que van a recorrer. Puede que una vaya a dar una conferencia sobre ciencia y la otra al entierro de su nieto. Pero piensa en lo siguiente. Puede que el científico, a pesar de conocer bien su materia, aún se siga haciendo preguntas sobre el sentido de la vida, y que la persona que está a su lado, aunque no conozca el valor de las constantes en la formación temprana del universo, sí sepa cuál es el sentido de la existencia. Puede que tenga la convicción profunda de que ese dolor presente no es más que un paréntesis porque le espera la eternidad. Una disciplina puede responder el “cómo” en una explicación material, pero la pregunta más importante responde el “porqué”. ¿Por qué estamos aquí, y quién nos va a ayudar a superar la ansiedad y el sufrimiento de esta vida? Estas preguntas son diferentes aunque igualmente relevantes, pero por razones distintas. Por un lado necesitamos entender la vida, pero también necesitamos encontrar una explicación a las dificultades por las que pasamos. Cuando confundimos estos dos temas y las razones por las que existen, eso deriva en ataques verbales y una hostilidad innecesaria.

Muchos ateos lanzan preguntas para las que o bien no tienen respuestas o creen que las respuestas hoy por hoy no se pueden conocer, pero cuando somos nosotros los que las lanzamos, nos exigen que justifiquemos toda nuestra cosmovisión. Cuando era joven, yo también era así: pensaba que, si humillaba a alguien, automáticamente eso justificaba lo que yo había dicho en respuesta a su posición. En este libro examinaremos los “dioses” que los pensadores seculares “idolatran” y la frecuencia con la que esos pensadores dejan sus propias preguntas sin responder.

Las tensiones en el seno de las cosmovisiones seculares no son algo secundario. Más bien son algo sistémico, algo que está en sus orígenes. En otras publicaciones ya he hablado de estas cuestiones desde la perspectiva filosófica. Aquí, mi deseo es analizar las respuestas que dan a preguntas sobre la vida y su significado, y contrastarlas con las respuestas que Jesús da a esas mismas preguntas. Ahí es donde la filosofía se encuentra con el camino de la vida. Pero por encima de todo, espero poder demostrar por qué las respuestas de Jesús han resistido las pruebas del tiempo, la verdad y la coherencia.

Recordemos aquello que decía G. K. Chesterton en su libro Ortodoxia: para el ateo, la tristeza es central y el gozo es secundario; mientras que para el seguidor de Jesús, el gozo es central y la tristeza es secundaria. La razón por la que esa afirmación es verdad es porque el ateo no tiene respuestas para las preguntas fundamentales, aunque sí las tiene para las preguntas secundarias; de ahí que la tristeza sea central y el gozo, secundario. Para el cristiano es todo lo contrario: las preguntas fundamentales ya tienen respuesta, y solo hay dudas en torno a las secundarias.4 Con todo lo expuesto en este libro, Vince y un servidor hemos procurado presentar razones para sostener esta afirmación.

La vida busca un equilibrio

Mi ensayista favorito, F. W. Boreham, tiene un ensayo titulado “A Baby’s Funeral” (El funeral de un bebé). Cualquiera que haya leído a Boreham conoce la belleza de su lenguaje y la profundidad de su estilo. Es autor de más de cincuenta libros de ensayos. En este (que ya he mencionado en dos de mis libros, pero vuelvo a mencionar ahora porque ilustra a la perfección que todos los aspectos de la vida necesitan estar fundamentados en la verdad), Boreham empieza describiendo a una mujer visiblemente desconsolada que está caminando de un lado al otro frente a su casa, deteniéndose cada dos por tres delante de la puerta como si fuera a llamar.

Finalmente, Boreham salió y la saludó. Ella le preguntó si él era el pastor de la iglesia cercana, y él, después de responderle afirmativamente, la invitó a entrar. Ella aceptó y, una vez dentro, acabó contándole su historia, no sin dificultad. Había tenido un bebé que nació terriblemente deformado y murió poco después del parto. Ella quería que el bebé tuviera un funeral en condiciones, y se preguntaba si él podía oficiarlo.

Boreham se apresuró a decirle que no había ningún problema. Sacó un cuaderno para anotar la información. ¿El bebé tenía nombre? ¿Quién era el padre? Y algunas preguntas más. Ella las respondió, y pusieron fecha para el funeral. La mujer se marchó y Boreham y su esposa continuaron preparando el picnic que tenían planeado para aquella mañana. Durante el día, Boreham no pudo dejar de pensar en aquella mujer, y le dijo a su esposa que había algo en aquella historia que no le acaba de encajar. No sabía lo que era, pero esperaba averiguarlo antes del día del funeral.

Cuando volvieron a casa, la mujer estaba en la puerta esperándoles y les preguntó si podía entrar. Una vez en el interior se sentó y, frotándose las manos nerviosamente, dijo: “No he sido sincera con vosotros. El bebé era ilegítimo, y me he inventado el nombre del padre”. Continuó con la historia, y Boreham la consoló lo mejor que supo.

Llegó el día del funeral. Llovía a cántaros y, para más inri, acababan de inaugurar el cementerio y aquel era el primer entierro. En el ensayo, Boreham describe la sensación de soledad total que acompañaba a aquella pobre mujer. Un bebé deformado e ilegítimo. Un día de lluvia intensa del que se protegían los tres bajo los paraguas mientras que el enterrador, listo para introducir el féretro en un suelo empapado, esperaba. El cuerpo de un bebé a punto de ser enterrado en un lugar donde aún no ha descansado ningún cuerpo. Solo estaban presentes la madre desconsolada y el pastor con su esposa, que no dejaban de ser dos extraños.

Repentinamente, Boreham cambia de escena y empieza a escribir sobre un viaje en tren que hizo años después con un líder de la denominación a la que pertenecía su iglesia. Era un viaje para hacer visitas relámpago. Aquel hombre se bajaba del tren en cada estación, donde le esperaban un grupo de pastores. Él les escuchaba, oraba por ellos, y luego se despedía diciendo “Estad ahí para vuestra gente. Estad con ellos en medio de sus necesidades, de su dolor, de sus luchas. Nunca olvidarán vuestra presencia y vuestra bondad”.

Boreham continúa diciendo que, mientras escuchaba el consejo que el líder daba a aquellos pastores más jóvenes, su mente voló al pasado, a aquel día en que una joven se presentó en su casa, una joven con un bebé muerto al que había enterrado en un cementerio solitario. Se dio cuenta de que, después de aquel día, lloviera o hiciera sol, aquella mujer no había dejado de ir a su iglesia un solo domingo, y vivía una vida marcada por la relación con su Salvador.

Y ella no es la única. Hace dos días fui testigo de una historia similar. Acababa de hablar ante una iglesia llena a rebosar en Yakarta, Indonesia. Cuando acabé de hablar, dejaron un momento de silencio mientras la música sonaba suave a modo de conclusión. Yo dejé el púlpito y me fui a sentar en una silla que había en la tarima cerca de los asientos de los asistentes, y mis ojos se detuvieron al ver a una joven madre con dos niños pequeños. Tenía uno a cada lado, aferrados a su falda, y ella tenía los brazos extendidos hacia delante, con las palmas extendidas hacia arriba, en señal de adoración. En cuanto terminó la reunión los pequeños vinieron corriendo a darme un abrazo, aunque era la primera vez que me veían. Y cuando se marcharon mi intérprete me dijo: “Su padre fue asesinado hace justo un año. El niño pequeño es igualito a su papá”.

Esas palabras lo cambiaron todo. Al principio pensaba que estaba viendo a una joven familia que estaba adorando en la iglesia, y que el padre no estaba aquel día, pero me di cuenta de que delante de mí había tenido a una joven viuda que estaba comunicándose con su padre celestial y educando a sus dos niños sin amargura ni enfado. Hablé con ella después, y aún recuerdo sus palabras: “Sí, estoy sola, pero mi Dios está conmigo”.

Sí, es cierto que la vida tiene una dimensión intelectual, pero también es verdad que está llena de necesidades reales. Creemos que una dimensión tiene que ver con la verdad, y la otra con la fantasía. Pero nos equivocamos. Ambas precisan de la verdad, y un mundo donde una dimensión elimina a la otra no es el mundo en el que Dios quiere que vivamos. Burlarse de lo sagrado revela una animosidad que no solo asombra sino que muestra la debilidad de carácter de la persona que así actúa. Las palabras de Blake encajan aquí a la perfección:

Burlaos, burlaos, Voltaire, Rousseau;

Burlaos, burlaos, ¡todo es en vano!

Lanzáis arena contra el viento,

Y este os la devuelve de nuevo.5

Espero que el lector lea hasta el final con una mente abierta para juzgar justamente el mensaje de Jesús. ¿Es único? ¿Realmente responde a los anhelos más profundos del corazón, a las preguntas más incisivas de la mente? Obviamente, yo no malgastaría ni un segundo en este tema si no estuviera convencido de que, en este mundo fuera de control desde un punto de vista político, social, económico y racial, las respuestas de Jesús son verdaderas y únicas, y nos ofrecen la única cosmovisión coherente combinando verdad con relevancia para darnos esperanza y significado.

Todos los días las noticias vienen cargadas de tragedias y atrocidades. Y toda esa información se adentra en nuestra mente, queramos o no. Detrás de muchas acciones y detrás de todas las reacciones hay una cosmovisión que filtra la realidad. El seguidor de Jesús ve lo que ocurre a su alrededor a través de la descripción que Jesús hace de la condición del ser humano y la solución que Él da. El contraste con los dioses seculares de esta época es enorme. Una persona sin prejuicios debe al menos escuchar por qué es así y, si realmente las respuestas de Jesús le ayudan a ver cosas de sí misma que antes no había visto, debe empezar a ver el mundo a través de unas nuevas lentes. Con ese objetivo en mente, me adentro en este viaje por el pensamiento.

Tu cosmovisión importa

Grandes libros del mundo occidental, serie publicada en la década de 1950, dedica el espacio más extenso al tema de “Dios”, abordado por los pensadores occidentales más notables de aquel entonces. Cuando le preguntaron a Mortimer Adler, editor de la serie, por qué ese tema ocupaba tanto espacio, a diferencia de muchos otros temas también importantes a los que se les dedicaba menos espacio, dijo sin vacilar: “Porque la afirmación o la negación de Dios tiene muchísimas más consecuencias para la vida y la conducta que cualquier otra cuestión básica”.6

El entrevistador quedó callado y asintió.

Sí, es cierto que la creencia genuina en Dios o la negación convencida de su existencia tiene más consecuencias sobre cualquier cuestión de valor y sobre cualquier relación que ningún otro tema. Este hecho debería recordarnos que lo que pensamos de Dios afecta profundamente a cómo vivimos. El seguidor de Jesucristo debe tomar buena nota de ello. Esa creencia importa y debe marcar una diferencia.

Nunca olvidaré la imagen que me mostró un exmusulmán que se había convertido al cristianismo. Dibujó dos círculos y, dentro de cada uno, un pequeño punto. Apuntó al primero y me dijo: “Como musulmán, yo creía que el círculo era mi fe, y que el punto era mi vida”. A continuación, apuntó al otro círculo y me dijo: “Ahora, como seguidor de Jesús, veo que hay una tensión cultural. Para muchos occidentales, el círculo es su vida, y el punto, su fe”.

Dicho de otro modo, un musulmán creía que la vida era prescindible, y que su fe era suprema. El occidental, según aquel hombre, cree que su vida es más importante que su creencia. “Esa es la razón”, añadió, “por la que Occidente se hundirá. En Occidente, la fe es un interés meramente extracurricular, un aspecto más de la vida supeditado a la paz interior. La fe rara vez entra en la conciencia como una convicción”.

Esa conversación fue reveladora, pues me ayudó a entender cómo ve la fe la mayoría de occidentales, por no hablar de la pluralidad de fes que existen. De hecho, la palabra “fe” ahora se usa en sentido bastante peyorativo. Se cree que el mundo real es riguroso desde el punto de vista intelectual, y que el mundo de la realidad última, es decir el mundo de la fe, es fantasioso y alejado de los hechos. Fascinante. Así que los valores por los que vivimos están basados en esas arenas movedizas que el escéptico llama “fe”, mientras que el mundo de la comprensión pragmática y real está basado en el sólido fundamento de las ciencias llamado “razón”.

¿Tiene razón mi amigo?

Si tiene razón, me atrevo a decir que Occidente está a punto de derrumbarse a manos de sus intelectuales seculares. Solo es cuestión de tiempo. La fe cristiana trae consigo convicciones sobre las que sostenerse y construir un marco moral. El pensador secular, con sus implícitos supuestos amorales, cree que el conocimiento sin una base moral tiene suficiente fuerza sustentadora. Pero no es así.

Mira cómo Europa se encoge bajo la presión de los isla- mistas, que no han olvidado que hace trece siglos fueron derrotados por Carlos Martel y no pudieron conquistar Europa. Ahora, con paciencia, un control demográfico astuto y unos medios de comunicación naíf, ahí están, preparados para tomar el control de las estructuras y las edificaciones construidas por una ética diferente y un sistema de creencias diferente. Solo es cuestión de tiempo, y no tienen prisa. Trece siglos atrás, Europa pudo frenar la ola islámica teocrática porque tenía una fe que defender. La cultura sin valores de hoy no será capaz de resistir el ataque.

Hace años, mientras Hitler hacía planes para invadir el mundo y algunos intentaban aplacarle para librarse de tener que justificar la guerra moralmente, Winston Churchill dio un discurso revelador en el Parlamento el 5 de octubre de 1938. (Los acuerdos de Múnich también se conocen por el título “Una derrota total y absoluta”, haciendo referencia al tratado conciliador de Neville Chamberlain). Citando las Escrituras, Churchill dijo: “Has sido puesto en la balanza, y no pesas lo que deberías pesar” (Daniel 5:27). A continuación, acabó su discurso diciendo: “Y no creáis que esto es el final. Esto es solo el principio del ajuste de cuentas. Esto es solo el primer sorbo, el primer anticipo de una copa amarga que nos tenderán año tras año a menos que, mediante una recuperación suprema de nuestra salud moral y nuestra fuerza militar, nos volvamos a levantar para defender la libertad como hicimos en otros tiempos”.7

Después de que Hitler visitara París en 1940, André Boulloche, un valiente miembro de la resistencia francesa, escribió una carta a su padre diciendo: “Para que el país se salve es necesaria una resurrección moral, algo que requerirá el trabajo de todos los hombres de buena fe... Creo que yo puedo contribuir mucho. Y si nos esperan más problemas, ¿no es urgente cumplir con mi deber?”.8

Ciertamente, el sistema de valores de una nación siempre está en riesgo. Eso es especialmente cierto en una nación como los Estados Unidos, cuyos valores buscaban desde el principio equilibrar la libertad con la ley. Pero es más fácil decirlo que hacerlo. John Adams lo explicó bien: “Nuestra constitución solo se hizo para gente moral y religiosa. Es totalmente inadecuada para un gobierno formado por gente que no lo sea”.9

Así que yo pregunto: ¿debería ser más importante nuestra creencia en Dios y el destino que la vida misma?

En realidad, la respuesta depende de qué es exactamente esa creencia y de si es verdad. La ironía es que, para el ateo, la respuesta solo puede venir de su teoría política o, por defecto, de su trasfondo cultural, y no puede venir de una cosmovisión que persigue la verdad como un hecho objetivo por encima de todo lo demás. Todas las demás disciplinas quedan fuera del ámbito de la verdad, reflejando simplemente las aspiraciones de una cultura. En eso consiste la vida. Los naturalistas controlan la verdad y luego dan permiso a otras disciplinas para vivir sin absolutos. Ese es el error fatal.

En un anuncio que vi recientemente, dos bandidos entran en un banco y amenazan a los trabajadores a punta de pistola, diciéndoles que les den el dinero. Les gritan a los clientes que se tiren al suelo. Un hombre le susurra a un guarda de seguridad: “¡Haz algo! ¡Tú vas armado!”. El guarda de seguridad responde: “Mi deber no es hacer algo, sino únicamente determinar si se está produciendo un robo o no”. Después de unos segundos, vuelve a mirar al cliente y le dice: “Sí, claramente esto es un robo”.

El naturalista es algo así. Incapaz de avanzar hacia donde apunta la verdad, no puede ayudar a la persona que anhela ser rescatada, que anhela encontrar seguridad. Se limita a decir lo que hay, y no hace nada para llegar a lo que debería ser.

¿Por qué establezco esta conexión entre una nación, un pueblo y una cultura? Hoy, la política está plagada de un lenguaje y unas opiniones que asustan y confunden. Por un lado, al electorado le da igual que le suelten una sarta de mentiras, lo que demuestra que el valor más preciado del discurso humano, la verdad, es un valor prescindible si eso sirve para lograr el poder. Por otro lado, el lenguaje peyorativo está totalmente aceptado, y la dignidad de los políticos queda, de nuevo, relegada por las ansias de poder.

Los candidatos que se presentan proponen ideas que generan odio y protestas, así que el futuro es bastante aterrador. Uno acusa al otro de “deshonesto”. El otro acusa al uno de “irrespetuoso” y de “estar lleno de prejuicios”. Si esas afirmaciones son legítimas o no es menos importante que el supuesto de que la moralidad importa.

Irónicamente, los manifestantes que protestan en contra de los candidatos se vuelven agresivos. Pero lo que es obvio es que la política se ha convertido en algo espiritual, y una nación que desea negar a Dios se vuelve sedienta de poder y se ve sumida en una mezcla letal de cosmovisiones en conflicto y palabras cargadas de odio. ¿Qué ha ocurrido? La respuesta es clara. En la esfera pública el debate se ha reducido a la derecha y la izquierda, olvidando que hay un “arriba” y un “abajo”.

Todo esto nos recuerda la necesidad de entender esta filosofía llamada ateísmo y por qué tiene las consecuencias que tiene. Es curioso que los ateos en Occidente quieran redefinir el término “matrimonio” mientras que sus homólogos en Rusia y China no quieran saber nada de dicha redefinición. Ambos tienen sus razones, y lo que no tienen es un punto de referencia común. Ese es el edificio levantado sobre el fundamento del naturalismo. Cada uno es su propia ley.

¿Recuerdas en el Antiguo Testamento, cuando el pueblo quería un rey y Dios dijo que Él quería ser su gobernante? El pueblo rechistó y dijo que querían ser como las demás naciones y, de hecho, tener a alguien a quien enviar a la guerra mientras ellos seguían con sus vidas. Tuvieron lo que querían y descubrieron que las verdaderas batallas tenían que ver con quién gobernaba su corazón. Cuando el corazón se vuelve autónomo, la cultura y la política se vuelven anárquicas. Y cuando esas batallas se pierden, la guerra que se avecina es de proporciones gigantescas. Esta es, en el mejor de los casos, la consecuencia no deseada del ateísmo.

Tan antiguo como el mundo

Pensamos que el ateísmo es una filosofía moderna, que la ciencia y su legado han dado lugar a la autonomía y a nuestra soledad en el universo. No es así. Puede que haya tardado en formalizarse y en obtener cierto respeto intelectual, pero la pregunta se remonta al principio de los tiempos. Desde los inicios, la pregunta no giró en torno al origen de las especies sino en torno a la autonomía de las especies. Somos más dados a citar el debate entre Wilberforce y Huxley o el conflicto entre Galileo y la Iglesia que a mirar hacia atrás y ver dónde empezó la verdadera tensión.

Pensamos que Darwin enterró a Dios pero, de hecho, en Génesis 3, el primer hombre creado también quiso enterrar a Dios. El primer intento de asesinato fue matar a Dios. Ese intento estuvo seguido del asesinato de Abel por parte de su hermano Caín. La Biblia aborda este conflicto desde la era premosaica. Después de todo, la batalla del Génesis está basada en dos preguntas. La batalla entre el teísmo y el ateísmo es el debate filosófico más antiguo. No nació con los filósofos franceses o los empiristas británicos.

¿Cuáles son las dos preguntas que existen desde el principio de los tiempos? El primer disparo contra Dios en el Edén fue “¿Es verdad que Dios dijo...?”. En el Evangelio, cuando Jesús es tentando aparece la misma pregunta, ya sea cuestionando un pasaje bíblico o sacándolo de contexto. El examen al que Jesús se enfrentó en el desierto, que es el mismo al que el ser humano se enfrentó en el Edén, fue “¿Dios ha dicho...?” y “¿Lo que ha dicho es verdad?”. De forma implícita, esas preguntas planteaban si tenemos a alguien por encima. ¿Existe un marco prescriptivo? ¿No puedo ser yo quien defina lo que está bien y lo que está mal para mí? ¿Estoy sujeto a algún tipo de autoridad superior e intangible?

En su artículo sobre “Religión”, Thomas Paine recoge esta tensión como si se tratara de algo nuevo y hace unas afirmaciones sorprendentes cuestionando la posibilidad de creer que Dios se revela y habla. A continuación puedes leer lo que dice:

En cuanto a la biblia (sic.), sea verdad o fábula, es historia, y la historia no es revelación. Si Salomón tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas, y si Sansón durmió recostado sobre la falda de Dalila y ella le cortó el cabello, el relato que tenemos de esos hechos es mera historia, una historia que para ser narrada no precisa de revelación divina. Del mismo modo que tampoco precisa de revelación divina para decirnos que Sansón era un necio y culpable de sus males, y Salomón también.

En cuanto a las expresiones tan usadas en la biblia, que la palabra del Señor vino a fulano y a mengano (sic.) [...] era una forma de hablar de aquellos tiempos. [...] Pero aún si aceptamos que Dios podría condescender y revelarse a través de palabras, no creamos que lo haría a través de las historias inmorales y mundanas que aparecen en la biblia. [...] Los deístas niegan que el libro llamado “biblia” sea la palabra de Dios o religión revelada.10

Este fragmento es una fascinante mezcla de prejuicio y perversión. A uno le entran ganas de preguntarle a Paine si estaba presente en el Edén desde el principio. A los relatos sobre Salomón y Sansón les otorga la categoría de “historia”. ¿Haría lo mismo con la crucifixión y la resurrección, o a esos relatos les otorga otra categoría?

Lo que ocurre es que él no concibe siquiera que Dios pudiera revelarse a sí mismo por medio de verdades proposicionales. Paine no inventó ese dilema. Existía desde el principio. La revelación no se dio en una ausencia de creencias. La revelación vino acompañada de evidencias y fue aceptada porque una y otra vez era posible comprobar su veracidad. El medio que nos sirve para establecer la verdad no es meramente una voz interior sino la lógica de por qué estamos aquí.

Realmente, la pregunta que deberíamos hacernos es por qué pensamos en un ser supremo. ¿Por qué nos preguntamos si existe un poder soberano sobre el universo? ¿Es porque nos engañamos a nosotros mismos haciéndonos creer que debería existir, o es porque la razón demanda una causa y un propósito? ¿Es posible que detrás de nuestros anhelos más profundos esté ese deseo por saber por qué estamos aquí, y que la displicencia con la que el naturalista rechaza esa pregunta recaiga sobre las almas inquietas que buscan una razón tal como el cuerpo ansía encontrar agua?

En la creación original no había profesores de ciencia para cuestionar la revelación. El desafío de la autonomía, el deseo de traspasar los límites establecidos, surgió de dentro del alma humana. Así que dejemos atrás dos memeces: la que dice que lo que ocurre es que el hombre moderno se está sublevando, y la que dice que los intelectuales no creen en Dios y solo los ingenuos o los estúpidos continúan creyendo en Dios. Yo he conocido a intelectuales en ambos lados del debate, así que no es meramente una lucha intelectual. Es una lucha por construir puentes, por intentar vincular estructuras teóricas a realidades profundas y de búsqueda genuina.

Tan real como el ahora

La segunda pregunta que surgió en el Génesis vino en forma de desafío: “¡No, no moriréis! Seréis como Dios, vosotros definiréis el bien y el mal”. Para Darwin, al igual que para nuestros educados correctos pensadores modernos, el infierno es anatema. ¿Por qué un ser humano digno se inventaría el infierno? Curiosamente, los que cuestionan la existencia de Dios son los que castigan a los demás por sus creencias. “¡Destruyamos los medios de sustento de aquellos que creen en la santidad del matrimonio!”. “¡Si realmente creen que Dios existe, no les demos lugar en el mundo académico!”. Esa es la venganza de los que se adoran a sí mismos, impuesta por los que dicen que Dios es vengativo, un “monstruo aguafiestas” y un “tirano que restringe tu libertad” si no le cedes el lugar que Él merece. Es fascinante cómo usamos el poder cuando lo tenemos, y cómo luego criticamos a otros por caer en la misma tentación.

El enemigo de nuestras almas ataca las afirmaciones de Dios no solo cuestionándolas, sino asegurándonos que al desobedecer las órdenes de Dios llegaremos a ocupar su lugar. De nuevo, vemos que detrás de toda tentación está el ansia de autonomía y poder. La humanidad ha estado inmersa en la lucha por la autonomía y el poder desde el principio. ¿Ha hablado Dios? ¿Es verdad lo que Él dice sobre el bien y el mal? ¿Vamos a creer la verdad, o estamos cómodos con la mentira porque promete darnos poder?

Parece que lo que más ansiamos, entonces y ahora, es tener el poder para controlar la cultura y el destino.

Recientemente, un magnate ruso dio cien millones de dólares a Stephen Hawking para su búsqueda de inteligencia extraterrestre. Hawking dijo que era crucial encontrarlos antes de que ellos nos encontraran a nosotros, porque si no lo hacemos podrían exterminarnos. Después de las masacres de San Bernardino, Bélgica, París, la maratón de Boston, Turquía, Bagdad, Orlando, Dallas y una lista interminable, ¿queremos ir a otros planetas antes de arreglar el nuestro? ¿También les destruiremos a ellos?

Cuando escuché esas declaraciones, no daba crédito. Primero reaccioné con cinismo. “Claro”, pensé, “ya que hoy en día no queda mucha inteligencia en este planeta, vamos a buscarla a otro lugar”. Pero de repente me vino otro pensamiento. Es fascinante que la “mente más brillante del mundo” piense que ahí afuera existe una inteligencia que podría destruirnos pero no crea que existe una inteligencia creadora.

Y de nuevo me vino otro pensamiento. Si el propio profesor Hawking hubiera caído en manos de los que defienden que la vida en el útero no es humana y que si se detecta una enfermedad degenerativa lo mejor es abortar, habría sido destruido y nunca habríamos conocido su genialidad. La pérdida habría sido enorme. ¿Ves cómo los valores que adoptamos inevitablemente marcan las decisiones que tomamos? La visión científica por sí sola no nos da valores; solo nos da lo que es y no puede darnos lo que debería ser. Por tanto, no es de extrañar que en este escenario en el que la ciencia es nuestra única visión, la existencia sea el círculo y lo que creemos, es decir, nuestros valores, tan solo un punto. Así lo describe un amigo mío.

Otra reflexión personal, a raíz del tiempo que pasé en Cambridge a principios de los 90: la primera esposa de Hawking, Jane, era y es una cristiana convencida, y también una intelectual. Hawking mismo la ha elogiado públicamente. En el caso de Jane, vivir junto a una de las mentes más brillantes del mundo no acabó con su creencia en Jesucristo y en el orden creado. Ya solo eso debería hacernos pensar que la fe no es simplemente una cuestión intelectual. Va mucho más allá.

Así que, desde el principio, ante la posibilidad de escoger, dos preguntas determinaron el futuro: 1) ¿Dios ha dicho? 2) ¿De verdad crees que vas a morir, o quieres ser como Dios y decidir lo que está bien y lo que está mal?

El trasfondo teológico

¿Qué significa ser ateo? ¿Qué sostiene el ateísmo? ¿Es monolítico? ¿Dicen lo mismo todos los sistemas ateos en cuanto a la teoría política? ¿Cómo llegó esta filosofía a convertirse en un sistema formal, y cómo podemos responder a sus postulados?

Remontémonos a las raíces categóricas y filosóficas de esta creencia, a su punto de vista cultural y filosófico. El término ateísmo procede de una palabra griega que simplemente une la negación con lo divino. Esta palabra está compuesta por el prefijo de negación (la letra alfa) y el vocablo que hace referencia a lo divino (theos). Por tanto, desde la propia estructura de la palabra, la filosofía del ateísmo significa que la realidad no tiene una primera causa inteligente, autónoma y existente por sí misma.

Irónicamente, el contexto cultural puede diluir el significado de la palabra. Por ejemplo, en los inicios de la iglesia, a los cristianos se les llamaba ateos porque negaban la existencia de los dioses griegos y romanos. En el siglo VII, los musulmanes tachaban a los cristianos de politeístas debido a la doctrina cristiana de la trinidad. Podemos ver la importancia de conocer las creencias desde un punto de vista ortodoxo, y el peligro de interpretarlas desde un contexto cultural concreto.

En dos de mis libros ya he mencionado cuáles son los libros y las definiciones básicas para este debate. Me gustaría volver a mencionarlos antes de avanzar. Francamente, ante un tema como este, no hay nada nuevo bajo el sol. Personas como Dawkins, Hitchens, Harris, Krauss y otros que promueven el lado agresivo de esta creencia no han presentado ni un solo argumento nuevo para defender su posición. Esa es la razón por la que otros prominentes ateos y agnósticos los consideran una vergüenza. De hecho, el comentario que Dawkins hace sobre la explicación de Harris en The Moral Maze (El laberinto moral) —en el que Harris ofrece el argumento definitivo contra el teísmo— es embarazoso para otros ateos, por no decir otra cosa. Dudo mucho que Dawkins crea eso.

La respetada Encyclopedia of Philosophy (Enciclopedia de Filosofía) editada por Paul Edwards define el ateísmo así: “Un ateo es una persona que sostiene que Dios no existe, es decir, que la frase ‘Dios existe’ es una proposición falsa [...], una persona que rechaza la creencia en Dios”.11 En su libro sobre ateísmo, Étienne Borne dice: “Ateísmo: la negación deliberada, definitiva y dogmática de la existencia de Dios”.12 Aunque la conclusión de esta visión es una negación de la existencia de Dios, en realidad se encuentra dentro del espectro del agnosticismo que va desde un agnosticismo blando en el que uno no sabe si Dios existe hasta un agnosticismo duro que argumenta que uno simplemente no puede saber. El siguiente paso es una negación rigurosa de la existencia de ese Ser al que llamamos Dios. Es la idea, cerrada en banda, de que Dios no está dentro del ámbito de las afirmaciones serias, y que, si Él/Ella/Ello realmente existe, la obligación de los teístas es demostrarlo.

Ahora bien, este último supuesto es fruto claramente de los prejuicios de nuestra cultura y, me atrevo a añadir, es contrario a la descripción que el filósofo Alvin Plantinga, profesor en la Universidad de Notre Dame, hace de la creencia en Dios: una “creencia básica “ tan común y evidente para las masas de la humanidad que no hay necesidad de defenderla. Obviamente, otros filósofos discrepan y arguyen que esa descripción no sería aceptada en ningún debate. Plantinga contesta que las masas no pertenecen a la esfera del debate académico; creen intuitivamente que hay un poder más grande que ellas y buscan cómo conectar con ese ser supremo. Crecí en la India, y he visto esto de primera mano. Aunque yo no creía en ello, estaba presente en todos los ámbitos de la vida, tanto de los analfabetos como de los más cultos.

Es importante reconocer que los griegos, que realmente son los precursores del pensamiento filosófico sistemático de la filosofía clásica (de donde, por extensión, surgió el gobierno democrático), intentaron definir la realidad última en términos abstractos. A la luz de sus reflexiones y cavilaciones sobre la realidad última, algunos han llegado a decir que Platón probablemente se estaba acercando al monoteísmo. Independientemente de si eso es cierto o no, lo que quiero destacar es que para los filósofos griegos la realidad última era inseparable de la virtud y las normas éticas.

Para muchos de los pensadores griegos, el poder de la razón era supremo, y liberar a la filosofía y a la ciencia de cualquier elemento místico era una disciplina deliberada e importante. Pero, repito, para los pensadores griegos, aunque no proponían ningún Dios, una cosa era cierta: la virtud y la armonía eran implicaciones lógicas para la vida.

Hay una similitud sorprendente entre nuestra llamada doctrina de la tolerancia y los antiguos griegos. Por ejemplo, el discurso pronunciado en el funeral de Pericles nos permite adentrarnos en la visión que los griegos tenían de la vida y el destino. Conservamos esa elegía gracias al trabajo de Tucídides. Aquí está:

Así como nuestra vida política es libre y abierta, también lo son las relaciones de los unos con los otros en nuestra vida cotidiana. No nos entrometemos en la vida de nuestro vecino si vive de un modo distinto al nuestro. [...] Somos libres y tolerantes en nuestras vidas privadas; pero en cuestiones de vida pública, nos sometemos a la ley. [...]

Cuando acabamos nuestro trabajo, podemos disfrutar de cualquier tipo de recreación para nuestro espíritu. [...] en nuestros hogares encontramos una belleza y un buen gusto que nos deleitan cada día y que hacen que nuestras preocupaciones se esfumen. [...]

Nuestro amor por lo que es bello no nos lleva a la extravagancia; nuestro amor por las cuestiones de la mente no nos hace blandos. [...] En cuanto a la pobreza, nadie tiene por qué avergonzarse: la verdadera vergüenza está en no tomar medidas prácticas para escapar de ella.

Labramos amistades haciendo el bien a los demás, no esperando el bien de ellos. Eso hace que la amistad sea más fiable. [...] Cada uno de nuestros ciudadanos, en todos los aspectos de la vida, puede presentarse como señor y dueño de su propia persona, y hacerlo, además, con una gentileza y una versatilidad excepcionales.13

Tolerancia: la nueva virtud