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Esta obra es una sencilla aproximación a Jesús, su vida y su doctrina, escrita con una narración asequible a cualquier persona. Después de situar a Jesús en el contexto social, geográfico, político e histórico en el que nació, la obra relata su vida, desde su nacimiento hasta su pasión, muerte y resurrección, estudiando también su actividad –palabras, enseñanzas, acciones y estilo de vida–, centrada siempre en el anuncio del reino de Dios. A lo largo del texto, el autor hace hincapié en dos valores de Jesús –la libertad y el servicio– que se estiman mucho en la actualidad y que pueden ayudar a los hombres y a las mujeres de hoy día a buscar la felicidad, como está inscrita en el corazón y en la mente de Dios, y a tomar conciencia de las exigencias fundamentales de los olvidados y marginados de la historia.
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Seitenzahl: 416
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Introducción
Todos los años se editan biografías de Jesús en diversos recursos literarios y con perspectivas muy diferentes. Sin embargo, las que llegan al gran público son las biografías noveladas en las que se resaltan aspectos de la vida de Jesús que silencian las fuentes críticas y, por lo general, contradicen la imagen que nace de estas fuentes.
Esta y otras razones de más calado me han llevado a relatar lo que puede saberse de la vida y doctrina de Jesús, habida cuenta de las investigaciones de la exégesis bíblica y la historiografía actual. El libro hace hincapié en los dichos y hechos de Jesús; con ellos podemos dibujar una silueta de su persona, de su vida, resaltando sus valores de la libertad y del servicio provenientes de su cultura judía y su novedosa experiencia divina.
Los pensadores cristianos han buscado con ahínco a lo largo de los siglos hacer comprensible el mensaje de Jesús. En la actualidad, con la aplicación progresiva de los métodos histórico-críticos, la arqueología, la sociología, la historia de las religiones, etc., se descubren momentos y espacios esenciales de Jesús, no bien iluminados con anterioridad, y se incide con tenacidad en el punto de donde parte la fe cristiana: la historia de una vida concreta y la interpretación y adaptación a su contexto vital que realizan las primeras comunidades cristianas. Sabemos que la proclamación del reinado de Dios constituye para Jesús el núcleo fundamental de los evangelios; en ellos se recoge su misión en Palestina, que transmite a sus primeros seguidores y, a la vez, se profundiza en el significado que tiene su vida para la salvación de todos los hombres y para fundamentar el cristianismo.
Seguimos las investigaciones de la exégesis actual en la medida de lo posible. Observamos que no es tan fácil dividir las fases de las tradiciones sobre las que se fundan las redacciones evangélicas, porque la historia de Jesús ha ido pareja a la interpretación y a la creencia. Pero también es cierto que se ha logrado descubrir una serie de expresiones y hechos de Jesús que relatan las fuentes y que nos dan una imagen aproximada sobre el Jesús que vivió en Galilea en tiempos de los emperadores romanos Augusto y Tiberio.
Las palabras y los acontecimientos de Jesús se orientan y afectan a su existencia humana contemplada en su individualidad, en su constitución fraterna, en su relación con Dios Creador y Providente. Y aquí es donde estas páginas, escritas con la mejor voluntad, tropiezan con su mayor dificultad. La vida y el mensaje de Jesús se envuelven en una atmósfera que respira a Dios por doquier. Él es la referencia absoluta, no solo de su vida personal, sino también del marco donde se desarrolla y desenvuelve. Jesús vive, por consiguiente, en una sociedad profundamente teocrática, y pertenece a un pueblo que es propiedad de Dios, que está en todas partes y lo decide todo. Si ojeamos los intereses de nuestra sociedad occidental, comprobamos que se pueden establecer muy pocos puntos de contacto entre ambas culturas. De marginar a Dios para situar al hombre en el centro de la realidad, que defendía la Modernidad, se ha pasado a la «inteligencia artificial» actual, que coloca a la persona muy lejos de sus raíces antropológicas y teológicas.
Sin embargo, no es nuevo este fenómeno. Con anterioridad, los movimientos gnósticos arrancan a Jesús de sus cimientos históricos y humanos, lo reducen a la interioridad y a la alegoría, y puentean la radicalidad de sus exigencias, como se manifiesta en la literalidad de los escritos evangélicos. Por consiguiente, estas páginas que hablan de Jesús, de sus proyectos y esperanzas, invitan de nuevo a que busquemos la felicidad como está inscrita en el corazón y en la mente de Dios, a que cotejemos nuestros proyectos con los suyos y a que evitemos, en todo caso, seguir huyendo hacia el vacío y ocupando la existencia con lo efímero.
Por eso, a lo largo del texto, hacemos hincapié en dos valores de Jesús que se estiman mucho en la actualidad: la libertad y el servicio; ambos valores se dan en toda clase de culturas, sobre todo, en la Occidental, muy relacionada, por otra parte, con el judeocristianismo. Para Jesús, la libertad se respira desde su mismo nacimiento como el valor máximo de su pueblo (cf Dt 5,6; 25,5-8), entendida como la libertad de decidir entre el bien y el mal: «Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal» (Dt 30,15). Jesús mantiene la defensa de la libertad ante las leyes religiosas, políticas y económicas opresoras, ofreciendo su vida como servicio a los marginados de todo tipo para darles o devolverles su dignidad humana: «Jesús dijo a sus discípulos: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos”» (Mc 10,42-45; Jn 13,1-15). Con todo, la lenta y progresiva experiencia de fe y reflexión del cristianismo concreta que Dios es amor (cf 1Jn 4,8.16); que dicho amor es el que le lleva a enviar a su Hijo al mundo para salvarlo (cf Jn 3,16) y que el amor de Jesús a todos le ha conducido a entregar su vida (cf Jn 15,13-17). Esta relación de amor se funda en la libertad, que no en la necesidad; de ahí su gratuidad, y el servicio como su verdadero sacramento. Al final, serán intercambiables las tres experiencias: amor, libertad y servicio: «Ama y haz lo que quieras», dirá san Agustín[1].
La obra comienza con el anuncio, nacimiento y acontecimientos de la infancia de Jesús que relatan los dos primeros capítulos de los evangelios de Mateo y Lucas. A continuación, se exponen los inicios del ministerio con el preámbulo de Juan Bautista como elemento esencial para el anuncio del reino de Dios. Este es el centro de su actividad, la obsesión de su vida, el eje de sus palabras, dichos y parábolas, y de sus hechos más significativos, como son los milagros. Tratar qué dice de Dios y cómo lo experimenta es una tarea poco menos que imposible. Sin embargo, hay indicios en su mensaje que traslucen una experiencia única, experiencia de la que hace partícipe a los discípulos que elige o le siguen con unas exigencias nada fáciles de cumplir, porque provocan una ruptura con la familia, la religión y la sociedad. Pero las enseñanzas que se derivan de la proclamación del Reino se muestran en un estilo de vida que Jesús quiere compartir desde el principio de su ministerio y, a la postre, dicho estilo de vida simboliza los principios de la presencia del Reino en la historia. Por último, exponemos la Pasión, muerte y Resurrección. Es un bloque muy difícil de deslindar, porque la narración de los discípulos de la vida Jesús después de haberlo experimentado resucitado es la razón última de que se continúe pensando en él y su vida componga el mejor aval de la esperanza de las mujeres y hombres de la cultura occidental, y la vía de acceso a Dios. Porque Jesús ha servido y sirve en la historia de los pueblos como un factor de integración social, de potenciación de la existencia y de una existencia racional, de valoración de las relaciones personales e interhumanas con evidentes formas religiosas, de dador de sentidos de vida y creación de estructuras sociales capaces de integrar a las personas y orientarlas en la historia individual y colectiva.
El libro está escrito en forma de relato para que cualquiera pueda entenderlo, evitando los tecnicismos propios de la ciencia exegética y teológica y los juicios provenientes de las creencias cristianas. El texto expone los valores que fundamentan la felicidad humana, en cierta medida patrimonio de la cultura occidental, de clara influencia griega y judeocristiana. En fin, estas páginas procuran traer, a la conciencia de todos, las exigencias fundamentales de los olvidados y marginados de la historia.
Doy las gracias a los profesores Dña. Caridad Hernández Martínez y D. Juan Diego Ortín García por la lectura, revisión y corrección del manuscrito.
[1]Agustín de Hipona, Epístola de san Juan a los partos, VII, 8.
1
Los orígenes de Jesús
Palestina
Palestina linda al norte con el Líbano, al este con el desierto de Siria, al oeste con el mar Mediterráneo y al sur con la península del Sinaí. En línea recta de norte a sur tiene unos 240 km y una anchura media de 65 km. La superficie total suma 15.640 km2 –como la provincia de Toledo–. Palestina se compone de cinco regiones: Judea, Samaria, Galilea, Perea e Idumea. En el ámbito geomorfológico son tres: la llanura del litoral mediterráneo, la cordillera central y el valle del Jordán. Este lo recorre el río Jordán, que significa «el que desciende». Nace de Huleh el «pequeño» Jordán, se alimenta de los manantiales que provienen del monte Hermón, con 2814 m de altitud, y discurre 20 km hasta llegar al lago de Genesaret, que mide 21 km de norte a sur; su anchura es de 12 km y su superficie de 144 km2; 210 m bajo el nivel del mar Mediterráneo. El río Jordán continúa después 120 km en línea recta hasta su desembocadura en el mar Muerto, con una superficie de 940 km2, 80 km de norte a sur y una anchura de 17,7 km; está a 392 m bajo el nivel del mar y su profundidad mayor es de 390 metros.
Al este del Jordán se sitúa la Transjordania; la conforman: al norte Basán, en el centro Amón y en el sur la meseta de Moab. Tiene cuatro ríos: Yarmuc, Yaboc, Zareky y Arnón, que desembocan en el río Jordán y el mar Muerto. Al sur del mar Muerto está el desierto de la península del Sinaí, que separa Palestina de Egipto. Es el desierto del Négueb según el Antiguo Testamento. Jesús vive en Galilea y su actuación gira alrededor de Cafarnaún; cuando visita Judea la actividad se centra en Jerusalén.
El clima de Palestina ha sufrido pocos cambios a lo largo de los siglos. Es un clima subtropical, con verano e invierno, que se diferencian por la frecuencia de las lluvias. En Galilea varía el tiempo de las dos estaciones entre 15 y 30 grados aproximadamente. La costa es más estable, gira alrededor de 25 grados. El valle del Jordán, con clima tropical, está entre 30 y 35 grados, y 25 en el macizo central. En Judea, con un clima más continental y desértico, hay una variabilidad de 0 a 45 grados entre el verano e invierno. La lluvia viene del oeste, y riega toda la costa mediterránea y la parte occidental del macizo central. El valle del Jordán y Judea quedan aislados de esta bendición celeste. Con las precipitaciones y el suelo calcáreo, se originan gran cantidad de fuentes y pozos que, en Judea, sobre todo, dan lugar a fértiles oasis.
En esta tierra se ha fraguado gran parte de la historia de la salvación de las tres religiones monoteístas, en especial la judía y la cristiana. Por eso se llama Tierra «Santa» (Zac 2,16), o «santuario», porque es la tierra de «Dios» y la «heredad de Yavé» (Is 14,2). Los israelitas, por consiguiente, se sienten huéspedes al ser una propiedad de Dios, que pone al servicio del hombre, sin explotarla. Por esto, la tierra también descansa, se redistribuye en el año del jubileo y ofrece sus primicias a su Dueño y a sus seres más indefensos, como las viudas, los huérfanos o los extranjeros: «Cuando seguéis la mies de vuestras tierras, no desorillarás el campo, ni espigarás los restos de tu mies. Tampoco harás rebusco de tu viña ni recogerás las uvas caídas. Se lo dejarás al pobre y al emigrante. Yo soy el Señor vuestro Dios» (Lev 19,9-10).
Con esta lectura teológica de la tierra, el creyente judío encuentra en todos sus elementos continuos símbolos que remiten al Dios de la vida y la libertad. El Señor vive en el cielo, donde tiene su trono, y se le da culto. El sol es símbolo de Dios que ilumina la ciudad, o las estrellas, símbolos de lo inconmensurable, o de las tribus israelitas, siendo la luna y el sol los padres. Además, la luna tiene relación con la fecundidad, usada como adorno o colgada en el cuello de los animales. El Señor aparece en la nube, que indica el camino a los israelitas y los acompaña por el desierto para alcanzar la libertad en Palestina. El rayo es el fuego de Dios que purifica. En la tierra, la montaña es donde se revela Dios y se le da culto. La peña, la roca o la piedra muestran la seguridad del que confía en Dios. En la caverna se resguarda el hombre de la majestad de Dios y el desierto es el lugar donde salen Dios y el diablo al encuentro del hombre para apropiárselo. El agua de los ríos y de las fuentes es signo de vida y bendición divinas, del mismo Dios. Y el vino simboliza la prosperidad, el gozo y la salvación. La leche y la miel resumen la bondad de la tierra y la sabiduría. El olivo es imagen del justo y el aceite un don de Dios con el que se unge al rey y al sacerdote. La sal es la inmutabilidad de la alianza. El pan, el maná del desierto, es símbolo de la palabra de Dios, es el «trigo de los cielos», el «pan de los fuertes» (Sal 78,24-25) y «comida de los ángeles» (Sab 16,20), incluso la misma sabiduría (cf Si 15,3). Todo, por consiguiente, hace referencia a Dios, o también al mal, cuando aparta al hombre de Dios o hiere la existencia en la creación.
La vida social
Palestina, como las poblaciones del Imperio, entraña diversas clases sociales delimitadas por el rango, el honor y la riqueza. Estas categorías agrupan a la población, sobre todo en una sociedad agraria, en ricos, que son los propietarios de extensos territorios; en campesinos y artesanos y en marginados que viven a expensas de los anteriores. A la clase alta o aristocrática pertenecen los gobernantes, cuyas familias ocupan los puestos más relevantes en el ámbito político y militar. Constituyen una parte mínima de la población, como las sagas de los sumos sacerdotes y los grandes mercaderes en Judea y los terratenientes en Galilea. Ellos dan lugar a un subgrupo de gente que ejerce las funciones de jueces, mandos militares, recaudadores, mercaderes, administradores de fincas, propietarios de granjas, etc.
La mayoría de la población la forman los campesinos y artesanos, a los que se unen los soldados, los sacerdotes que sirven al Templo, los funcionarios y recaudadores pertenecientes a los niveles más bajos, etc. Los trabajadores del campo lo hacen en tierras propias o arrendadas o como jornaleros en las grandes fincas. Por lo general, ganan para comer o perciben salarios de subsistencia. Por último, los marginados son los enfermos o impedidos para trabajar por cualquier causa física y psíquica, como los endemoniados, y los temporeros que dependen para todo de los que disponen de los bienes tanto familiares como sociales. El equilibrio social en el ámbito económico es tan inestable que, por ejemplo, una sequía prolongada o una guerra generalizada integra en este grupo a buena parte del conjunto de la sociedad.
La economía se basa, fundamentalmente, en la agricultura, la ganadería, la pesca y el comercio. El trabajo en la agricultura abarca todo el año. Se comienza con la labranza y siembra de los cereales en otoño. Si no llueve, se siembra a final del invierno. Se labra con bueyes o asnos. Las recolecciones se inician con la del lino y le siguen las de la cebada, el trigo y la espelta. Para finales de la primavera y comienzos del verano se recogen los frutos, como los higos, y se vendimia, y en otoño se hace la recogida de la oliva. La tierra se usa de forma diversa. Hay pequeñas parcelas, donde se cultivan verduras y cereales, y grandes extensiones, que se parcelan y arriendan a granjeros con un contrato de arrendamiento, bien sobre la producción de la cosecha, bien por la cantidad de terreno. Otras grandes extensiones de terreno las mantienen obreros contratados y dirigidos por un administrador.
La ganadería comprende el ganado mayor, como el buey, el asno y, en menor grado, el bisonte y el cebú, y también se crían el caballo y el camello. Todos ellos son animales que se emplean para el trabajo, la carga y la carne. Más importante es el ganado menor, o los rebaños de ovejas y de cabras, que dan leche, lana y carne, además de la piel, que se emplea para cobertores, tiendas y odres. La figura del pastor aparece bastante en los evangelios. El cerdo, como animal impuro, se cría en territorio no judío. En la avicultura prevalece la paloma, que se utiliza, además, como ave que sirve para dar culto a Dios. Las gallinas y toda clase de aves y pájaros se usan para la alimentación.
La pesca es importante en Israel. El pescado y el pan son un alimento cotidiano para los pueblos costeros del Mediterráneo y del lago de Genesaret. Se pesca normalmente con una red de arrastre de 150 a 250 m de larga y 5 m de ancha, que llevan entre varios barcos. Después, el pescado se pone en salazón, se vende o come, y se limpian o remiendan las redes. La bilis, el corazón y el hígado de los peces se usan como medicación, y muchas veces se le añade miel al pescado. Los ciento cincuenta y tres peces que pescan los discípulos a la señal de Jesús, una vez que ha resucitado, pueden significar las clases de peces conocidas en este tiempo (cf Jn 21,11).
En lo comercial, Israel exporta trigo, aceite y vino, y también cera, miel y bálsamo. Importa piedras preciosas, madera, hierro, etc. El comercio local es el más corriente. La fabricación, distribución y servicio se hace a pequeña escala para satisfacer las necesidades de la gente sencilla. Este comercio se realiza en la puerta de cada ciudad o pueblo, donde se intercambian toda clase de productos, además de existir profesionales de ciertos artículos artesanales trabajados con piel, hierro, madera, lana, etc. Hay alfareros, bataneros, tejedores, curtidores de piel, herreros, etc. Todas estas actividades provenientes de la agricultura, ganadería, pesca y artesanía exigen una formación específica, que se transmite de padres a hijos. Jesús es un especialista de la madera, de la piedra y del hierro: «carpintero» o «artesano» e «hijo del carpintero [o del artesano]» (Mc 6,3; Mt 13,55).
Para el comercio se utiliza la moneda romana. Se cita en los evangelios la dracma (cf Lc 15,8-10), moneda griega que equivale a tres cuartas partes de un denario, que es de plata y la moneda más corriente del Imperio. Existen otras monedas inferiores de cobre, sobre todo el as, con las que se hacen las transacciones comerciales ordinarias. Un denario vale de 16 a 24 ases, según sean los honorarios de los cambistas. Los evangelios refieren el talento y la mina (cf Lc 19,11-27), que no son nombres de una moneda, sino valores globales económicos, que descansan en monedas corrientes, como en este caso se apoyan sobre la dracma, generalmente de plata (6000 dracmas para el talento y 100 dracmas para la mina). Para hacernos idea del coste de la vida, habida cuenta de sus fluctuaciones, con dos ases se pueden comprar cinco pajarillos (cf Lc 12,6), o con un as dos pajarillos (cf Mt 10,29). Para comer cinco mil hombres, según el relato de la multiplicación de los panes, el coste es de 200 denarios, lo que da a entender que una porción de comida cuesta menos de un as. Dos denarios bastan para el alojamiento y el sustento de varios días en una posada de campo, como sucede con la ayuda que da el buen samaritano al hombre apaleado en el camino (cf Lc 10,35). En la parábola de los obreros, estos son contratados por un denario al día (cf Mt 20,1-15).
Palestina debe pagar los impuestos a los romanos. Estos son de dos clases. El impuesto que recae sobre la propiedad (tierras, casas, barcos, etc.) que es, más o menos, el 10% de la producción. Los impuestos directos los recauda un procurador de finanzas a las órdenes del gobernador. También existen los impuestos indirectos, como los de las aduanas por pasar las mercancías por el país o por venderlas en sus mercados y tiendas; de manumisión de esclavos, etc. El impuesto del Templo era de dos dracmas. Sobre este impuesto no hay problema para que la gente lo pague, incluso cobrarlo es fácil. Sin embargo, los impuestos directos o indirectos que recaban las instituciones políticas, especialmente las romanas, son muy impopulares. Estos últimos los recaudan los llamados «publicanos», personas dedicadas a los negocios públicos. Ellos pagan a las autoridades, y después son libres de cobrar lo que estimen necesario para resarcirse. En este sentido, hay subcontratas para la recaudación de impuestos dadas a personas de baja condición social para las pequeñas ciudades, pueblos o aldeas. Ellos son los que aparecen en los evangelios como gente despreciada por el pueblo, y se les une a los pecadores, como ladrones que son (cf Lc 19,1-10).
Los impuestos, por lo general, se pagan a través de tasas fijas, lo que favorece a los que poseen mucho. Tal hecho abre más el foso en la población entre los ricos y los pobres. La riqueza se basa en la posesión de tierras heredadas, o adquiridas por insolvencia de los dueños, o compradas por comerciantes venidos a más, o tomadas como botín de guerra, o por el cambio que se hizo en tiempos de Herodes Antipas con el paso de una economía basada en el intercambio de bienes a otra economía fundada en la redistribución, en la que el intermediario adquiere una función importante, ya que fijaba los precios de los productos en razón de la producción y la demanda. En menor escala aparecen en los evangelios ricos de otra clase, como el mercader que encuentra una perla preciosa (cf Mt 13,45-46), Zaqueo (cf Lc 19,1-10) o los propietarios de las ganaderías, sobre todo las que abastecen a los mercados y los sacrificios del Templo. En cualquier caso, es difícil que la riqueza pase a manos nuevas. En la otra orilla de la vida, están los obreros eventuales, que trabajan en el campo, o en la pesca. Más desahogados viven los comerciantes y artesanos, como los propietarios de pequeñas parcelas de terreno, o granjas, etc., aunque condicionados por los imponderables de entonces, como las guerras, los saqueos, la irregularidad del tiempo, las enfermedades, etc. Casi sin estatuto de existencia están los esclavos, bien judíos, bien paganos, llamados siervos muchas veces, que son propiedad de otra persona, como los animales. Esta condición ínfima de la existencia es la que inspirará más tarde a la teología del Nuevo Testamento para comprender la Encarnación. Jesús asumió la forma de esclavo para liberar al mundo de las ataduras del pecado y dar a todos los humanos la dignidad de hijos de Dios (cf Flp 2,7).
La casa suele ser de una habitación, que forma un rectángulo de 6 x 4 m. Cuando son muchos de familia se construye con un perímetro más grande. Casi todas tienen un patio común en el que se participa de la educación religiosa y social de los hijos, y se comparten bienes de todo tipo. La edificación tiene dos espacios, en uno de los lados o al fondo. El superior se utiliza para dormir. El inferior es donde se guardan los utensilios de trabajo y la comida, con tinajas para el aceite, el agua, etc. En un ángulo se tiene el horno, porque la mayoría de las veces, en el campo, se cuece el pan fuera de la vivienda. También en la parte baja de la casa es donde pernoctan los animales, sobre todo en caso de lluvia. El muro que la rodea se alza sobre piedra de mampostería y está hecho con adobes o ladrillos. Cuando hay ventanas, estas son pequeñas, de unos 50 x 50 cm; de lo contrario, la puerta es la que ilumina la casa. La mujer que pierde la dracma debe recurrir a encender una luz por la poca visibilidad (cf Lc 15,8). La casa se utiliza casi solo para dormir. La vida se hace en el atrio de la vivienda, en el patio común. También hay casas con dos o tres habitaciones y un patio interior, al que se entra directamente desde fuera. La casa noble tiene varias habitaciones, alrededor de un patio con un aljibe o una cisterna. Hay columnas y los techos son abovedados. La familia se reúne al atardecer, muchas veces en las azoteas, hechas de troncos de madera cubiertas con barro. A la azotea se accede por una escalera exterior, en las casas pobres, o interior, en las ricas. La casa se cierra con una puerta de madera, que evita el peligro de noche y mantiene alejados los malos espíritus. El cerrojo consiste en una barra de madera o hierro o una llave, hecha de metal o también madera. Quien tiene la llave es el amo de la vivienda o posee los derechos del dueño. Dentro de casa solo se cierra con una puerta la despensa, que es un cuarto oscuro sin ventanas. Es la estancia a la que se refiere Jesús cuando una persona ora sola ante Dios (cf Mt 6,6).
La familia se forma con un pacto entre los padres de los contrayentes, o de los clanes o tribus. La mujer es propiedad del marido (cf Gén 39,7-9), que aporta unos bienes a la familia de la novia. Este pago constituye los esponsales. Después de un tiempo, la mujer pasa a casa de su marido. Desde este momento el hombre provee y protege a la mujer. En caso de repudio, el hombre queda libre, bien antes de llevarla a casa, bien después. La mujer contrae matrimonio a los trece o catorce años, y se la conduce solemnemente a casa del marido. El adulterio es un pecado grave, porque la mujer es el eslabón entre las familias y propiedad del marido. Se castiga con la lapidación o estrangulamiento. Probar un adulterio es difícil, porque debe aducirse la prueba de dos testigos que hubieran visto el hecho. Lo más rápido es sorprender a la pareja en la relación adulterina.
La educación corresponde al padre. La Ley solo la aprenden los varones. Las mujeres se dedican a las labores de casa, y esa es su formación, además de ayudar, a veces, al trabajo del marido. La madre instruye a los niños en los primeros años. Más tarde se le deja al padre la educación religiosa y profesional. A los ancianos se les respeta, ya que la longevidad se ve como una vida agradable a Dios. Es el don que le concede Dios a Simeón y Ana, para que puedan conocer al mesías Jesús cuando María y José llevan al niño al Templo para ofrecérselo al Señor. La familia, pues, descansa sobre el padre, con el que se forma la unidad social fundamental de Israel. El clan actúa como institución que protege a las diversas familias que constituye el padre. A él pertenecen la mujer, los hijos, los esclavos, la casa, los enseres y medios de existencia. La cohesión y unidad de la familia se muestra con las genealogías, donde consta el parentesco. Mateo une a Jesús a Israel como depositario de las promesas mesiánicas. Parte, por tanto, desde Abrahán (cf Mt 1,1-17). Lucas, en cambio, entronca a Jesús con Adán, cabeza de la humanidad (cf Lc 3,23-38) o de la «nueva» humanidad (cf Rom 5,12). Jesús pertenece a la familia humana y a la familia de Israel.
Casa y familia, por consiguiente, ejercen una función social fundamental en la configuración de la población judía. Cuando los Estados no tienen más responsabilidad que el dominio de la población por la fuerza militar y la imposición de impuestos, con una red administrativa débil, los restantes deberes sociales recaen sobre la familia. La educación, el trabajo y la economía, la justicia y la religión se practican con la dirección del pater familias, que a la postre es el último responsable del funcionamiento de la familia, sobre todo en la sociedad judía. Los tribunales funcionan para dirimir causas entre los jefes de las familias, pero dentro de estas es el pater familias el que actúa como juez para las mujeres, los hijos, los parientes y los esclavos. Lo mismo podemos afirmar de la protección y cuidado de los miembros más débiles, como los huérfanos y las viudas, y de la defensa de los bienes y personas pertenecientes al clan frente a cualquier agresión externa. Deben rescatar a hermanos, tíos, sobrinos, bienes, o vengar ultrajes y muertes.
Por lo general, la gente se viste con un ceñidor que va desde la cintura hasta las rodillas, que puede ser de piel, de lino o algodón. También se usa una túnica semilarga, de lana o algodón, que, a modo de camisa, puede ir con mangas largas, o hasta el codo, o simplemente sin mangas. Es una vestidura amplia, que se sujeta con un cinturón y cae hasta las rodillas. En el trabajo se remanga y los bordes se sujetan al cinto. Llevar dos túnicas, una como camisa sin mangas, y otra con mangas y larga es para gente distinguida. Expresamente lo prohíbe Jesús para sus discípulos, o «el que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene» (Lc 3,11). Formando parte de la túnica está el cinto, hecho con lino, que se enrolla al cuerpo formando pliegues, y que a veces se usa de alforja para llevar el dinero. El vestido exterior es el manto, confeccionado con tejido de lana más grueso, se echa sobre los hombros con aberturas para las manos. El manto se utiliza para montar en el asno, como alfombra, para transportar productos, o para dormir. Cuando el manto o la túnica se tiñen de púrpura es signo de poder y riqueza, de poseer un reino, además de expresar el espíritu de la persona y a la misma persona. La forma de vestir de las mujeres es como la de los hombres, si bien la túnica interior es más larga y, quizás, llevan diversos colores. A veces se ponen un chal que les cae sobre los hombros y espalda y les sirve para transportar cosas (cf Rut 3,15).
Para los viajes calzan sandalias, de piel o madera, atadas con una cordonera. En casa no se llevan como cuando se trabaja. Quitar las sandalias al entrar en casa y llevarlas en la mano es signo de esclavitud, pero los esclavos judíos están exentos de esta tarea. El Bautista no se cree digno ni siquiera de hacer esta tarea de esclavos para Jesús (cf Jn 1,27), aunque también puede simbolizar entregar el papel de esposo a otro hombre, cuando se muere sin descendencia; en este caso, Juan admite que el verdadero esposo de Israel es Jesús (cf Mc 1,7). Calzar al viajero que llega descalzo es, por el contrario, signo de acogida. Es lo que hace el padre del hijo pródigo (cf Lc 15,22). Para los viajes se lleva otro par, que también prohíbe Jesús, pero no quiere decir que los discípulos viajen descalzos, según expresión de Marcos (cf 6,9). Ir desnudos es signo de prisioneros o fugitivos; el mal vestido es el signo de los pobres (cf Mt 25,36-37).
Se hacen dos comidas al día, al mediodía y al anochecer. La familia reunida come en el suelo (los ricos lo hacen sentados, con mesas), y de una fuente común, donde también se moja el pan, que se cuece en las casas. El trigo se muele en el molino, sea a mano, sea movido por un asno. Se suele hacer para un día, por eso cuando se presenta un huésped de improviso hay que solicitarlo a los amigos o a los vecinos. El pan de cebada es el de los pobres; el de los ricos, de trigo. El pan es el alimento básico y signo de toda la vida, de la comunión y unión de la familia, del pueblo y de estos con Dios. Las comidas se acompañan con agua, o vino en las fiestas, aunque se usa, además, para ciertas enfermedades. En sentido figurado, la vid y los sarmientos remiten a la unión con Cristo (cf Jn 15,1-8), y, como el perfume, el vino es símbolo de amor (Cant 1,2; 7,10). Las comidas se hacen con los productos que nombramos en la agricultura, ganadería y pesca, y se aderezan con aceite, que además sirve para curar heridas, y sal. Proverbios invita a la moderación cuando se come, naturalmente cuando hay para ello (Prov 23,2-3). Y el Deuteronomio recomienda que la comida se termine con una bendición (Dt 8,10).
La historia
El emperador Marco Antonio hace tetrarca a Herodes (73-4 a.C.), que gobierna Palestina con el apoyo romano y el odio judío, ya que anula sistemáticamente toda sombra del fundamentalismo religioso judío que luchó por la independencia en tiempos del dominio griego (199-116 a.C.). Asesina a su esposa Mariamme y a su madre Alejandra, pertenecientes a este movimiento piadoso y político judío. Reprime a los fariseos –observantes de la Ley en la vida cotidiana– y a los esenios –observantes de la Ley en lugares apartados de la población–, aunque a estos no los considera políticamente peligrosos. Los saduceos –solo creen en los cinco primeros libros de la Biblia; no admiten el más allá– apenas tienen influencia social en este tiempo, por lo que no siente preocupación alguna por ellos. También persigue con mano de hierro a las bandas de bandoleros que pululan por todo el territorio. A los sumos sacerdotes, con tradicional poder religioso y político, les recorta al máximo sus atribuciones y les suprime, incluso, su carácter vitalicio y hereditario. Todo esto es simplemente un pequeño ejemplo del estilo de mando de Herodes. Sumiso a Roma, que lleva toda la política exterior del Imperio, posee, sin embargo, amplios poderes en el gobierno interno de Palestina, tanto militar, como económico y judicial, si bien son concesiones de Roma a título personal, por lo que no podrá, sin más, transferir dichos poderes a sus herederos.
Pese a esto, Herodes levanta un muro en torno al santuario de Mambré para honrar la tumba de los patriarcas en Hebrón. Acomete una amplia remodelación del Templo en el 20 a.C. y edifica un palacio cuya torre domina toda la explanada del Templo. A esto se une la construcción de un hipódromo, un teatro y un anfiteatro en Jerusalén. Fuera de la Ciudad Santa, hace de Samaria, llamada después Sebaste, una ciudad romana, incluido un templo donde se rinde culto a Augusto. Transforma el puerto fenicio de la Torre de Estratón en una ciudad, que llama Cesarea, con planificación y estructura por entero romanas. Lo mismo hace con la ciudad de Cipros, cercana a Jericó. También construye las fortalezas de Masada, Maqueronte, Herodion, Hircanion, Cipros y Alexandrion, con las que domina toda Judea. Además, con las fronteras seguras, desarrolla la agricultura y el comercio, que se potencian con el puerto de Cesarea. Por todo ello, y más, se le llama Herodes «el Grande».
Herodes introduce de nuevo la cultura helenística, que han asumido los romanos para todo el Imperio, aunque su penetración en la población es escasa. Sabiendo las características religiosas del pueblo que tiene sometido, traslada el mesianismo judío a su propia acción política, que tiñe con ciertos aires religiosos: una religiosidad al servicio del fortalecimiento y su permanencia en el poder. Un poder bien alejado de las pretensiones que están inscritas en la revelación judía. De ahí, la distancia y el menosprecio mutuo que reinan entre el rey y el pueblo en estos años. Muere el 11 de abril del año 4 a.C.
El emperador Augusto reparte el reino entre los hijos de Herodes de la siguiente manera: nombra a Arquelao etnarca de Judea, Idumea y Samaría; a Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y de Perea (cf Lc 3,1), y a Herodes Filipo, tetrarca de Gaulanítida, Batanea, Traconítida y Auranítida (cf Lc 3,1). A Salomé le da las ciudades de Azoto y Jamnia y el palacio de Ascalón. Gaza se incorpora a la provincia romana de Siria y se devuelve a la Decápolis las ciudades de Hippos y Gádara. Los intentos de los judíos de restituir el poder al sumo sacerdote y al Sanedrín resultan vanos. De hecho, Augusto envía a Sabino a Palestina antes de repartir los territorios de Herodes el Grande. Sabino provoca la sublevación del pastor Astronges y el esclavo Simón en Perea, y de Judas de Galilea, hijo del también rebelde Ezequías. A todos los vence Varo, que, a su paso por Séforis, a 4 km de Nazaret, donde vive Jesús con su familia, la saquea y destruye. Esto no apacigua la aspiración de Judas al poder. El mesianismo judío se deja ver una vez más en estos intentos por alcanzar una comprensible y ansiada libertad.
La suerte de los hijos de Herodes es diversa. Herodes Filipo gobierna hasta el 34 d.C. A Paneas la convierte en capital, con nombre de Cesarea, en honor del Emperador y de Roma. Aquí es donde Jesús pregunta a sus discípulos sobre la opinión de la gente acerca de su persona y Pedro confiesa su mesianismo (cf Mc 8,27-30). A Betsaida la llama Julia en honor de la hija de Augusto y la eleva a la categoría de ciudad. De Betsaida proceden Pedro, Andrés y Felipe, y cuenta con varias visitas de Jesús. A esta ciudad le dirige palabras de reprobación y la compara con Tiro y Sidón, ciudades símbolo de la impiedad e infidelidad (cf Lc 10,13). Betsaida acuña monedas con las efigies de Augusto y Tiberio, sin provocar reacciones de la población formada de etnias mezcladas de procedencia siria y helénica y, en menor cuantía, judía. Josefo presenta a Filipo como un hombre justo y pacífico, con claras inclinaciones a la clemencia: «Filipo murió por aquel entonces, en el año vigésimo de la subida de Tiberio al trono [...] después de dar a las gentes sobre las que gobernaba un trato comedido y suave. En efecto, residía permanentemente en las tierras de sus súbditos. Y viajaba con un pequeño séquito. Y ocupando el trono destinado a que Filipo, sentado en él, juzgara los casos que se le presentaban, y que lo acompañaba en sus viajes, cada vez que alguien, yendo a su encuentro, necesitaba que lo socorriera [...] escuchaba sus quejas, circunstancia en que imponía castigos a los condenados y dejaba en libertad a los que habían sido objeto de injustas imputaciones»[2]. Muere en Cesarea sin descendencia y allí es enterrado. Sus territorios pasan a la provincia de Siria.
Herodes Antipas reina hasta el año 39. Edifica de nuevo Séforis, donde reside, y construye un anfiteatro y fuertes murallas. Aunque no consta, es posible que trabaje en Séforis la familia de Jesús, al distar solo 5 km de Nazaret. Siguiendo a su padre, le da un aire romano con la cultura helena de fondo. De hecho, reedifica la ciudad de Betramta, en Perea, y le impone sucesivamente los nombres de Livias y Julias por la esposa y la hija del Emperador. En honor del emperador Tiberio edifica Tiberíades junto al lago de Genesaret. Asentada en parte sobre un cementerio, los judíos no quieren vivir en ella, al resultarles un lugar impuro. Por esto, Herodes Antipas se ve obligado a forzar a la gente a residir en ella. Es probable que Jesús trabaje también allí. Tiberíades se nombra tres veces en el evangelio de Juan (21,1; 6,1.23). Herodes Antipas es quien encarcela y manda decapitar a Juan Bautista en Maqueronte. Siega la vida de uno de los personajes más importantes del entorno de Jesús. Herodías es la que provoca la caída de Antipas, su posterior destierro y su muerte en Lyon en el año 39, al solicitar al emperador Calígula la realeza para su territorio, como consigue Agripa II, hijo de Herodes Agripa I, el año 37.
Arquelao, déspota y cruel, es el que menos años gobierna en la parcela de territorio que hereda de su padre y que le autoriza Augusto. Este le obliga a ir a Roma, lo depone, lo desposee de todos los bienes y lo destierra, en el año 6, a Viena en la Galia, después de sembrar el terror entre los judíos. Entonces, Judea e Idumea pasan a ser una provincia independiente dirigida por un prefecto con sede en Cesarea, que, con Sebaste, mantiene las tropas romanas. Por aquel tiempo, el legado de Siria, Quirino, realiza un censo el mismo año de la salida de Arquelao, a sabiendas de que el gobernador de esta provincia romana solo puede intervenir en Judea en caso de necesidad.
Judea, pues, se mantiene como un territorio no fácil de administrar, debido a las cuatro etnias que la componen: judíos, samaritanos, idumeos prosélitos del judaísmo y paganos, situados, sobre todo, en las nombradas Cesarea y Sebaste, y a los numerosos impuestos que recaen sobre la población: personal (censo), cosechas y tasas especiales –como el tráfico de mercancías– o con ocasión de las grandes obras. Con razón los judíos odian tales acciones, en las cuales sienten el peso del poder. De hecho, Coponio, el primer prefecto, provoca la sublevación de Judas el Galileo cuando manda el cobro del impuesto. A esto se une que los soldados que integran las fuerzas de ocupación ni siquiera son romanos, sino gente de acentuados sentimientos antijudíos seleccionados de otras etnias. Jerusalén es la ciudad santa por antonomasia. Allí está el Templo, que, con la Ley, configura el carácter religioso y étnico del pueblo elegido. Ningún pagano puede acceder al Templo; sin embargo, los judíos tienen que ofrecer todos los días en él un sacrificio por el emperador y el pueblo romanos. Además, es vigilado por los soldados desde la Torre Antonia, en donde se guardan las vestiduras del sumo sacerdote. Los prefectos que tienen que ver con esta delicada situación y gobiernan Judea en la época de Jesús son el nombrado Coponio (6-9), Marco Antípulo (9-12), Annio Rufo (12-15), Valerio Grato (15-26) y Poncio Pilato (26-36).
Poncio Pilato es el que crucifica a Jesús. De la orden ecuestre romana, vive en Cesarea con su mujer Claudia. Nombrado por Tiberio, ejerce su función con fidelidad a Roma. A veces, no respeta la sensibilidad que los judíos tienen con sus elementos sagrados: imagen del emperador en Jerusalén, prohibición de sacrificios, uso del tesoro del Templo para la construcción de un acueducto, etc. Y pierde su cargo por matar a un grupo de samaritanos de Tirazana cuando intentan subir a su monte santo, Garizín, para buscar utensilios sagrados depositados por Moisés, según una leyenda. A pesar de esto, los evangelios suavizan la conducta de Pilato, según la intencionalidad de sus redactores, cuando un grupo de sanedritas le llevan a Jesús para que confirme y ejecute la condena a muerte previamente dictada (cf Mc 15,1-5). Vitelio, gobernador de Siria, lo depone y lo envía a Roma para ser juzgado. En el año 37 llega a la Urbe, seguramente tras la muerte Tiberio. Se ignora cómo y dónde termina su vida.
La religión
En la época de la dominación romana en la que le toca vivir a Jesús, Israel está fragmentado en varias corrientes religiosas que se sustentan en grupos o partidos –saduceos, fariseos y escribas, esenios y celotas–, cuya presencia en la vida social va más allá de la estrictamente creyente. Con todo, existen unas realidades unificadoras que el pueblo experimenta a lo largo de la historia y que, con sus comprensibles variaciones, permanecen durante siglos, identificando a Israel ante las demás culturas y religiones.
Sea cual fuere el origen y formación inicial de Israel, las tradiciones recogidas o elaboradas después del destierro en Babilonia señalan a una tribu en Egipto, que es liberada por Dios y liderada por Moisés, que es el mediador de la alianza del Sinaí (cf Éx 3,13-16.20-31). La creencia en Él se erige en el fundamento del agrupamiento de ciertas tribus procedentes del desierto, y va ganando terreno conforme se asientan en Palestina. Las tribus forman una comunidad de destino histórico, al margen de cualquier estatalismo basado en una cultura previa, y su estructura interna llega a una formalización por la tríada Dios, pueblo y tierra. Abrahán es el padre de la raza, Moisés es el de la nación y de la religión judía. Para el cristianismo, Moisés será el profeta que ha anunciado a Jesús e imagen de él, además del modelo del creyente.
Esta constante histórica, que se institucionaliza con más fuerza después del destierro de Babilonia en el año 538 a.C. hasta la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70 d.C., arranca de la experiencia y percepción del Señor como único soberano del pueblo, el cual los ha elegido y ha realizado una alianza con ellos, y, mediante ella, entran en comunión con Él. La consecuencia de la alianza la experimentan en la cohesión interna, especificada socialmente como una federación en la que van asumiendo más tribus, además de la posesión progresiva de la tierra. «Hoy has elegido al Señor para que Él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos. Él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y serás el pueblo santo del Señor, tu Dios, como prometió» (Dt 26,17-19). Y dos veces al día rezan los judíos esta profesión de fe al Dios único y verdadero. Es el shema: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4-5). Este amor es respuesta a la elección y amor previos del Señor y Jesús lo presenta como el primer mandamiento (cf Mc 12,29-30).
La alianza del Sinaí (cf Éx 19-24), que renueva la alianza de Abrahán y determina las posteriores, abarca a todo el pueblo y comprende el Decálogo (cf Éx 20,2-17; Dt 5,6-21) y el Código de la alianza (cf Éx 20,22–23,33), es decir, la Ley, que constituye la carta magna del judaísmo para que este jamás se aparte de la alianza. El pueblo, que es una comunidad elegida por Dios, se entiende como un pueblo exclusivo del Señor. De ahí la severa prohibición de las imágenes y del culto a otros dioses, para que siempre se mantenga en su fe monoteísta. De esta manera, la elección del Señor, la relación establecida entre la liberación de Egipto y la alianza, entre la subsiguiente confianza y obediencia mutuas, entre la historia, el derecho y la ética, entre el culto y la vida, estructuran los fundamentos básicos de la fe de Israel en tiempos de Jesús.
Los lugares del culto para el judío son el Templo y las sinagogas. Al principio, tiene Israel el Arca de la alianza (cf Éx 25,10-22), el signo de la presencia de Dios en medio del pueblo. Se conserva en una tienda cubierta con pieles de carneros. Allí se consulta al Señor. El Arca recuerda, en la época primera de Israel, las obligaciones de la alianza y, sobre todo, el auxilio constante del Señor en las diversas vicisitudes que el pueblo experimenta, sobre todo en las guerras con los pueblos vecinos. Después se deposita, según deseo de David, en el Templo, que construye su hijo Salomón en Jerusalén. Es entonces cuando la tienda sagrada se sustituye por un edificio. El Templo pasa a cobijar al Señor. Este Templo lo destruyen las tropas de Babilonia al mando de Nabucodonosor en el 587 a.C. A la vuelta del destierro de Babilonia, cuando se inicia la etapa de reconstrucción del judaísmo en todas las instituciones sociales y religiosas, se comienza también la edificación del segundo Templo en el 537 a.C. con Sesbasar, y lo continúa Zorobabel del 520 al 515 a.C. No se menciona ya el Arca de la alianza. La remodelación de este Templo se hace en la época de Herodes el Grande. El Templo siempre recuerda la larga historia de la presencia amorosa de Dios para Israel.
El Templo está en Jerusalén. La ciudad de los jebuseos la conquista David hacia el año 1000 a.C. y a ella traslada el Arca, erigiéndola también como capital religiosa del pueblo. Situada entre los reinos de Israel y Judá, Jerusalén es la ciudad predilecta del Señor. Aquí habita eternamente el Señor (cf 2Re 21,4). El rey Josías convierte a Jerusalén en la Ciudad Santa por antonomasia en la que habla Dios. De la ciudad y linaje de David saldrá el que vendrá a liberar al pueblo de todos sus enemigos, y en ella Dios lo nombrará hijo suyo. Jerusalén se constituye, pues, en el eje del mundo.
Junto al Templo, sede del Dios altísimo y dominado por los sacerdotes, donde todo judío mira, se orienta y adora al único y verdadero Dios, están las sinagogas. En ellas se lee, comenta y medita la palabra de Dios, la Escritura Santa. Si en el Templo dominan los sacerdotes, en las sinagogas están los escribas, los maestros de la Ley. Si en el Templo se realizan los sacrificios, en las sinagogas se canta, se medita la Palabra y se rezan las oraciones que expresan la fe de Israel. Es un culto a Dios más espiritual, aunque no es la sinagoga ni un rival ni un sustituto del Templo. Incluso se enseñan y explican la Ley y los profetas en las escuelas adosadas a las sinagogas.
Las fiestas en Israel se determinan por el ciclo natural de las estaciones. La fiesta principal es la Pascua, o la de los Panes ácimos o, simplemente, Ázimos. Al principio son dos fiestas diferentes. Se celebra en primavera. El rito de la Pascua se asocia a una fiesta de pastores para la fecundidad del rebaño. Se hace en la primera luna llena de primavera, cuando el ganado pare y se prepara para ir a los pastos de verano. Con el fin de evitar el peligro del enemigo, se untan las estacas, después las puertas, con la sangre de los animales sacrificados. Esto se relaciona con la salida de Egipto como hecho salvífico del Señor. La sangre con la que se manchan las casas se entiende como protección de sus inquilinos, y las costumbres de los pastores determinan las prisas de la comida para huir de Egipto.
Por el contrario, el ritual de los Ázimos es una fiesta que señala el momento en que Israel trabaja en la agricultura, pues se hace referencia a la siega y a la cosecha. También se relaciona con la liberación de Egipto. Tal vez se unen las dos fiestas, al menos se encauza su fusión, cuando se fija la celebración de la Pascua en Jerusalén convirtiéndose en una fiesta nacional oficiada en el Templo, pues antes solo se hacía en familia: «Moisés llamó a todos los ancianos de los hijos de Israel y les dijo: “Escogeos una res por familia e inmolad la Pascua”» (Éx 12,21).
A los cincuenta días o siete semanas de la Pascua, se celebra la fiesta de las Semanas, o de Pentecostés, llamada algún tiempo de la Siega. Esta fiesta de la siega del trigo supone que Israel está ya asentado en Canaán y probablemente tal costumbre procede de los cananeos. Se ofrecen en esta fiesta las primicias de la cosecha y más tarde se le unen la ofrenda de dos panes y el sacrificio de algunos animales. Con el tiempo se hace memoria en ella de la alianza del Sinaí, pues los hebreos tardan tres meses en recorrer el espacio que media entre Egipto y el monte santo, aunque también se invoca el tiempo de esclavitud: «Recuerda que fuiste esclavo en Egipto» (Dt 16,12) y, por tanto, es el cierre del horizonte de la fiesta pascual.
En el Templo se celebran también otras fiestas significativas en Israel. A los diez días del año nuevo se conmemora el día de la Expiación (Yôn kippur), fiesta de la reconciliación. El sumo sacerdote expía con sangre de animales los pecados del pueblo. Además, se hace el ritual del macho cabrío de Azazel que concentra el pecado de todos, enviándolo al desierto y despeñándolo desde una roca para que todos queden purificados de sus pecados (cf Lev 16,10).
Una de las señales características del pueblo hebreo es la celebración del sábado.
