Jesús - José Juan Becerro - E-Book

Jesús E-Book

José Juan Becerro

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Beschreibung

Casi todos los grandes artistas han tratado de mostrar la fisonomía de Jesús de Nazaret, han compuesto sinfonías, poemas o relatos. Probablemente, es el personaje sobre el que más se ha escrito en toda la historia. Muchos han dado su vida por él. Otros lo odian, o lo temen. Sin embargo, no tantos han leído alguna de sus cuatro breves biografías, escritas poco después de su muerte.El autor presenta una explicación sencilla de la vida de Jesús, al hilo de esos relatos, los cuatro evangelios. Se dirige a creyentes y a todo aquel que muestre curiosidad por un personaje cuya vida y mensaje resultan indispensables para entender la historia de la humanidad hasta nuestros días.

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Seitenzahl: 207

Veröffentlichungsjahr: 2022

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JOSÉ JUAN BECERRO

JESÚS

El hombre que era Dios y que dicen que está vivo

EDICIONES RIALP

MADRID

© 2022 by JOSÉ JUAN BECERRO

© 2022 byEdiciones Rialp, S. A.,

Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Preimpresión y realización eBook: produccioneditorial.com

ISBN (versión impresa): 978-84-321-6186-5

ISBN (versión digital): 978-84-321-6187-2

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

PRESENTACIÓN

I. LA VIDA DE JESÚS DE NAZARET

LA HISTORIA SÍ INTERESA

COORDENADAS DE ESPACIO Y TIEMPO

Palestina en el siglo i

Cronología más segura

SU INFANCIA Y SU JUVENTUD

El anuncio a una Virgen

Jesús nació en Belén

El origen de Jesús

Una vida tranquila en Nazaret

La profesión de san José y de Jesús

Era consciente desde niño de que era Dios

LOS TRES AÑOS DE PREDICACIÓN

Bautizado en el Jordán

Los primeros discípulos

Un rabino con estilo propio

«El Reino de los cielos es…

Jesús se enfrentó a la Ley de Moisés

LOS MILAGROS DE JESÚS

¿Los hizo de verdad?

JESÚS MURIÓ EN UNA CRUZ

El enfrentamiento con “los judíos”

La última Pascua en Jerusalén

Jesús comparece ante Anás y Caifás

La crucifixión en el Gólgota

¿Murió realmente?

El sentido que Jesús dio a su propia muerte

Pero ¿Dios puede sufrir?

LA RESURRECCIÓN AL TERCER DÍA

Para entender la Resurrección

El testimonio de los apóstoles

El sepulcro vacío y las apariciones

La Resurrección no es un mito

Y subió a los cielos

II. CRISTO ES LA REVELACIÓN PERFECTA DE DIOS

La Revelación última y definitiva

¿CÓMO SE TRANSMITIÓ LA REVELACIÓN?

LO QUE DIOS HA REVELADO

Para interpretar las Sagradas Escrituras

Dios nos revela misterios

EL ANTIGUO TESTAMENTO

Abraham, padre de los creyentes

Moisés, legislador y profeta de Israel

Los demás libros históricos

Los Profetas

Libros poéticos y sapienciales de la Biblia

EL NUEVO TESTAMENTO

Los tres primeros evangelios

El evangelio de san Juan

Los Hechos de los Apóstoles

Las cartas de los apóstoles

El Apocalipsis

RELACIÓN ENTRE LOS DOS TESTAMENTOS

III. JESUCRISTO NOS HA SALVADO

El plan divino de la salvación

El motivo de la encarnación

DIOS SIEMPRE HA QUERIDO DIVINIZARNOS

La filiación divina

La unión con Cristo

JESUCRISTO, REY, PROFETA Y SACERDOTE

LA GLORIA DE CRISTO

IV. ¿QUIÉN ES JESÚS?

EL MISTERIO PERSONAL DE CRISTO

La confesión de Simón-Pedro

JESÚS ES DIOS

UN MISTERIO QUE SE VA COMPRENDIENDO

Los tres primeros siglos

Hacia una fórmula dogmática definitiva

Dos escuelas teológicas

El Concilio de Éfeso

El Concilio de Calcedonia

Las discusiones posteriores

La única persona de Cristo

Los no calcedonianos

LA PSICOLOGÍA DE CRISTO

Jesús conoce como hombre

Cristo es perfectamente libre y santo

El único “yo” de Cristo

AUTOR

PRESENTACIÓN

LA FIGURA DE JESÚS DE NAZARET ha resultado fascinante para millones de personas. Casi todos los grandes artistas han tratado de plasmar su fisonomía en un lienzo o en piedra, o componer magníficas sinfonías para glorificar los hechos principales de su vida. Probablemente, es el personaje sobre el que más se ha escrito en toda la historia. Desde que pasó por este mundo, muchos han dado su vida por él, o la han entregado desde jóvenes para extender su mensaje. Otros lo odian, o lo temen, sus palabras suenan demasiado exigentes, comprometen más allá de lo imaginable. Sin embargo, no tantos han leído entera alguna de sus cuatro breves biografías, los evangelios, que apenas ocupan unos pocos folios, escritas pocos años después de su muerte, que recogen el testimonio directo de quienes lo conocieron.

Presento aquí al lector una explicación sencilla de la vida terrena de Jesús, desde la anunciación a María hasta la Resurrección, al hilo de los evangelios (capítulo I), de su función de transmisor del misterio de Dios y de su amor (capítulo II), de la misión salvadora encomendada por el Padre (capítulo III) y, por último, de su identidad como Dios-Hombre (capítulo IV).

Las citas de la Biblia provienen de la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 2015. Son las únicas que aparecen en cursiva, sin referencias numéricas. Lo hago así para que el texto no pierda unidad y pueda ser leído sin interrupciones. Las demás citas van simplemente entrecomilladas, y no son muchas, por el mismo motivo.

Confío en que la lectura de estas páginas sea de provecho para que muchos puedan conocer mejor al verdadero Jesús, y entiendan por qué ha cambiado la vida de tantos, también la mía.

Alcalá de Henares

Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a cuantos por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo les ha tocado en suerte una fe tan preciosa como la nuestra.

(2.ª Carta de san Pedro 1, 1)

I. LA VIDA DE JESÚS DE NAZARET

LA HISTORIA SÍ INTERESA

«No se comienza a ser cristiano—escribió Benedicto XVI— por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». La fe cristiana, más que un conjunto de verdades, consiste en encontrar personalmente a Jesucristo, escucharle y aceptarle; reconocer que lleva la Revelación divina a su plenitud, y confirma que Dios está siempre con nosotros y quiere salvarnos.

Por eso, para el cristiano la historia tiene una importancia capital. No da lo mismo que los hechos narrados en los evangelios hayan ocurrido realmente, o se trate de una hermosa ficción. Ningún creyente en Jesús podría continuar siéndolo si se demostrase que esos relatos son simplemente mitológicos, fruto de la credulidad de los primeros cristianos, o peor aún, de la creatividad fantasiosa de personas entusiasmadas con determinadas ideas.

Jesús de Nazaret existió de verdad, como atestiguan numerosos documentos históricos que ahora no es el momento de mencionar. Su vida quedó retratada, sobre todo, en el testimonio de quienes convivieron con Él. Un testimonio al principio oral, pero que no muy tarde quedó fijado en escritos que nacieron de la pluma de sus discípulos o fueron aprobados por ellos en el siglo I: los evangelios y demás libros del Nuevo Testamento.

En las últimas décadas, se han llevado a cabo muchas investigaciones sobre esos textos, y hoy tenemos una completa seguridad de que son auténticos y no han sufrido modificaciones desde entonces. La abundancia de manuscritos y la proximidad temporal a la redacción original son inmensamente superiores a las de cualquier otro libro antiguo.

Los cuatro evangelios —san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan— son reflejos de un único “Evangelio” (del griego euangelion, buena noticia), que es el anuncio de la vida y las palabras de Jesús, difundido por sus discípulos. Una “noticia” que sigue siendo actual.

Jesús (Yeshua) es un nombre arameo que quiere decir “Dios salva”. Así lo llamó el ángel cuando anunció a santa María su llegada: Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Era un nombre común entre los judíos, que llevaron varios personajes de la Biblia. En este caso, aunque quizá la Virgen no lo comprendiese del todo, significaba literalmente que sería el mismo Dios, que venía a salvarnos.

San Gabriel dijo además: Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. Es decir, si tú consientes —le estaba diciendo a María—, ese hijo será el Hijo de Dios, el Mesías que tu pueblo espera desde hace siglos. Esto último sí lo entendió bien la Virgen.

En Israel, en esa época, había una fuerte expectación mesiánica. La figura del Mesías-Salvador había surgido de las promesas hechas por Yahwéh al rey David. Estaba presente en varios salmos compuestos para las ceremonias de coronación de los reyes y describía un rey ideal, con cualidades tan excepcionales que no era posible que se dieran en ningún ser humano.

Durante el destierro de Babilonia (siglo VII a. C.), la esperanza mesiánica se centró en el Reinado de Yahwéh sobre su pueblo, teniendo como únicos intermediarios a los profetas. El nuevo Mesías pasó entonces a ser considerado profeta.

Tiempo después, con Isaías, la figura se identificó con el Siervo de Yahwéh, un determinado personaje que restauraría al pueblo elegido y estaría destinado a un fin trágico, para redimir a muchos. Con la vuelta del destierro, la reconstrucción del Templo y la restauración del culto, el Mesías volvió a ser considerado rey.

En tiempos de Jesús, las tres figuras (Rey, Profeta y Sacerdote) no tenían el mismo peso. Entre el pueblo en general, prevalecía la espera de un Mesías-Rey, restaurador de Israel y liberador de la dominación extranjera. En algunas personas piadosas pervivía una esperanza más religiosa de un constructor de paz y justicia. La figura del Mesías sufriente se había llegado a excluir.

Jesús tuvo conciencia de ser el Mesías anunciado, pero evitó usar ese título, e impuso silencio a quienes pretendían denominarle públicamente así. No quiso desvelar esta condición hasta haber anunciado su futura muerte en la Cruz, para que no la interpretasen en sentido político.

Después de su Resurrección, la denominación de Mesías (en griego Cristo) pasó a ser parte del nombre de Jesús, como confesión de fe: Jesucristo, “Jesús es el Cristo”.

El título elegido por Él mismo para designarse fue el de “Hijo del hombre”, que aparece muchísimas veces en los evangelios. Es traducción literal del hebreo “hijo de Adán”, simplemente sinónimo de “hombre”, pero que el profeta Daniel usó para referirse al Mesías. Jesús lo prefirió porque no era corriente, no había tanto peligro de que se interpretara mal, expresaba bien la doble dimensión divino-humana de su vida y hacía referencia al misterio de la Salvación. Resultaba tan ininteligible al principio que prácticamente desapareció en la primitiva comunidad cristiana.

“Jesús de Nazaret” fue como la gente llamó habitualmente a aquel Rabbí (rabino) que recorrió Palestina predicando, hizo milagros y murió en la Cruz. Actualmente se prefiere para indicar al Jesús histórico. Cristo es el nombre que recibe como Salvador.

COORDENADAS DE ESPACIO Y TIEMPO

Palestina en el siglo I

La vida terrena de Jesús se desarrolló dentro de unos límites geográficos bien determinados: Palestina. Esa tierra tiene una extensión de unos 200 x 80 km, y se extiende entre el Mar Mediterráneo y el río Jordán. Estaba limitada al norte por Sirio-Fenicia y al sur por Idumea. De las regiones que la formaban entonces, solo Galilea y Judea tienen verdadera importancia en la vida de Jesús.

En Galilea, al norte, discurrió la mayor parte de su existencia. Era una región rica y abundantemente poblada, que tenía como centro el lago de Tiberíades. En las ciudades, había mucha influencia griega, pero en el campo, repoblado por judíos hacía 200 años, no. Poco montañosa y verde, con su altura máxima en el monte Hermón (2760 m), se dividía en dos partes: el norte, colindante con Siria, y el sur, del lago de Tiberíades al monte Carmelo, que incluía la fértil llanura del Esdrelón. Desde el año 4 a. C. estaba gobernada por Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande. Las ciudades principales eran Cesarea de Filipo, Tiberíades, Séforis, Cafarnaúm, Magdala y Betsaida.

Judea, en cambio, era una región desértica y montañosa, con capital en Jerusalén (600 m), que colindaba con un desierto delimitado al este por el Mar Muerto (400 m bajo el nivel del Mediterráneo) y la fosa del río Jordán, donde se encuentra Jericó. Heredada por Arquelao, hijo también de Herodes el Grande, junto a Samaria e Idumea, pasó a ser provincia romana en el año 6 d. C., después de que las familias influyentes consiguiesen la destitución del rey. Era administrada por un procurador que residía en Cesarea marítima. Pilato ocupó ese cargo del 26 al 36 d. C.

Con excepción de las ciudades helenizadas de Galilea y Jerusalén, la economía de Palestina se basaba casi exclusivamente en la agricultura (grano, aceite, frutas y hortalizas), la ganadería (ovejas, cabras, vacas, pero no cerdos) y la pesca en el mar de Tiberíades. La artesanía se concentraba alrededor del Templo de Jerusalén. El trabajo manual era muy apreciado. Sobre los trabajadores gravaba un triple impuesto: uno civil, recaudado por publicanos en nombre de Roma, y dos religiosos: contribución anual al Templo, y diezmos y primicias de todos los productos.

En tiempos de Jesús, dominaba la sociedad una minoría de latifundistas, grandes comerciantes, altos funcionarios y la aristocracia sacerdotal y política, que habitaban en las ciudades. Había también una clase media de artesanos, pequeños propietarios, sacerdotes, funcionarios, etc. Los más pobres eran los jornaleros.

Había también diferentes grupos religiosos. El más numerosos lo formaban los fariseos (“segregados”) y sus seguidores, que observaban innumerables tradiciones para cumplir la Torah o Ley de Moisés —a las que concedían el mismo valor que a la ley escrita— y los “pueblos de la tierra”, despreciados por los demás por considerarlos incapaces de cumplir la Ley, que los evangelios llaman genéricamente “publicanos y pecadores”.

Las mujeres carecían de relevancia social. No iban a la escuela ni aprendían la Ley, su testimonio no tenía valor en los juicios. Eran apreciadas por la maternidad, pues en la familia hebrea, tener hijos, sobre todo varones, era estimado como una bendición de Dios. Estaba permitido el divorcio por repudio de la mujer.

Los varones entraban a formar parte de la comunidad de Israel por el rito de la circuncisión, ocho días después del nacimiento. Por el primogénito, el padre tenía obligación de pagar un rescate en el Templo de Jerusalén. Empezaban a estar obligados por la Ley a los 13 años.

La vida religiosa estaba centrada en la sinagoga y en el Templo de Jerusalén. En todo pueblo de cierta importancia, solía haber una sinagoga, donde los niños aprendían a leer y memorizaban la Torah. Había también escuelas rabínicas superiores en el Templo, llevadas por maestros famosos. Todos los sábados se acudía a la sinagoga, donde tenía lugar la lectura y comentario u homilía de la Ley. Ese día se guardaba reposo absoluto.

Diariamente, los varones recitaban, por la mañana y por la tarde, la Shemá, oración que incluía principalmente un fragmento del Deuteronomio: Escucha (shemá), Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas…

Cada año, los hebreos tenían obligación de peregrinar al Templo de Jerusalén en las tres fiestas principales: Pascua (en primavera), Pentecostés (50 días más tarde, en mayo) y Tabernáculos (a primeros de octubre).

El órgano jurídico-religioso principal de la vida de Israel era el Sanedrín (synedrion, asamblea), competente para todas las cuestiones de derecho religioso y civil. Compuesto por 70 miembros bajo la presidencia del Sumo Sacerdote, estaba integrado por los sacerdotes superiores, los ancianos (cabezas de las familias aristocráticas) y los escribas (teólogos y juristas), mayoritariamente fariseos.

Cronología más segura

Las fechas que enmarcan la vida de Jesús no se pueden fijar con absoluta precisión, pero son normalmente aceptados los años 6 a. C. y 30 d. C. (748 y 784 del calendario romano) como los de su inicio y su fin.

La fecha del nacimiento de Jesús fue fijada erróneamente por Dionisio el Exiguo (siglo V) en el 753 de la fundación de Roma. Pero, si así fuera, habría nacido después de la muerte de Herodes (750). Así que hay que adelantarla al menos 5 años.

La datación más precisa que ofrecen los evangelios es la que san Lucas da para el inicio de la predicación del Bautista:

En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Esa fecha corresponde, como pronto, al año 26 de nuestra era, cuando Pilato comenzó a ser Procurador de Judea, más probablemente al 27. Jesús empezó a predicar unos meses después, a finales ese año, cuando tenía 32 años (unos treinta años). Su muerte hay que situarla, según san Juan, en la tercera Pascua desde entonces, el año 30.

SU INFANCIA Y SU JUVENTUD

El anuncio a una Virgen

La anunciación del ángel Gabriel a María —solo narrada por san Lucas— pertenece al género literario bíblico de las anunciaciones, que se desarrolla siempre con el mismo esquema: presentación del personaje, aparición de ángeles (“mensajeros” de Dios) o voz divina, turbación, objeción del protagonista, signo que confirma el anuncio, y su realización. Es lógico que el evangelista empleara este género, si quería mostrar la continuidad de la historia de la salvación.

El anuncio de Jesús se desarrolla en evidente paralelismo con el de su primo Juan el Bautista, lo mismo que los dos cánticos (el de Zacarías, padre de Juan, y el de María) y los dos nacimientos. Toda la infancia de Jesús está relatada en paralelismo con el Bautista, para subrayar la superioridad sobre este, y atraer al cristianismo a los discípulos del Bautista que todavía existían entonces.

San Lucas elige cuidadosamente las palabras. El anuncio del ángel fue a una virgen desposadacon José y antes de vivir juntos. Es decir, a una muchacha “prometida” con un hombre de la casa de David. El desposorio era un compromiso fuerte, del que eran capaces un hombre de 18 años y una mujer de 12. María era de la estirpe de Judá, y tendría unos 14 o 15 años en ese momento. San Gabriel emplea el saludo xaire (alégrate), en vez del shalom judío (la paz sea contigo), que sin embargo conocía, por el sentido mesiánico de invitación al gozo por la llegada del salvador.

Llama seguidamente a santa María la llena de gracia, como nombre propio, en el sentido de una perfección perdurable. El Señor está contigo era el saludo habitual que se dirigía, en las Escrituras judías, al elegido para cumplir una misión difícil con la ayuda divina. Concebirás y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús alude a la profecía de Isaías: mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo. En los dos casos se trata de una virgen, y en ninguno se menciona al padre.

Del nombre de Jesús (Yahwéh salva), no se deduce necesariamente la divinidad del niño. Pero será, en palabras del ángel, descendiente de David, título indudablemente mesiánico: El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. A la objeción de santa María (¿cómo será eso, pues no conozco varón?), se le suele dar la interpretación de su propósito de virginidad perpetua: no conozco ni quiero conocer varón.

El Espíritu Santo vendrá sobre ti tiene un paralelismo evidente con el relato de la creación: el Espíritu, que fecundó la masa informe de la creación, hace que en el seno de María sea concebido un niño sin concurso de varón. La expresión el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra alude a la nube del Antiguo Testamento, símbolo de la presencia divina. María se convierte así en el nuevo Tabernáculo de la Alianza. Por eso lo que nacerá será santo, Hijo de Dios. San Lucas solo aplica el adjetivo santo a Dios, con lo que estaría atribuyendo a Jesús la divinidad, que solo se puede entender en el sentido de filiación divina natural.

Los relatos totalmente independientes de san Mateo y san Lucas coinciden en la concepción virginal. San Marcos ignora completamente a san José, hablando de Jesús como hijo de María. Y san Juan afirma en las primeras líneas de su evangelio que la Palabra… no nació de la sangre.

Se siguen presentando objeciones a la virginidad de María, aunque ya casi nadie alude a la antigua acerca de los “hermanos” de Jesús. Las más recientes se fundan en rechazar cualquier intervención divina en la historia y consideran estos relatos como mitológicos —en relación con uniones maritales de dioses con mujeres—, con el objeto de presentar a Jesús como un Mesías sobrehumano. Pero no tienen fundamento alguno.

Un israelita era incapaz de imaginar siquiera una unión mítica entre Dios y una mujer, por su fuerte sentido de la trascendencia divina y su acendrado monoteísmo. En los casos del Antiguo Testamento en que se produjeron nacimientos extraordinarios, por ejemplo el de Samuel, los medios fueron siempre naturales. Además, la virginidad no se entendía en Israel, y no parece adecuado siquiera presentar a Jesús como hijo de una mujer, si se quiere resaltar su divinidad. Que no tuviera padre terreno manifiesta mejor su procedencia de Dios; y que tenga Madre expresa la igualdad con nosotros. La acción del Espíritu Santo manifiesta que estamos ante una nueva creación: la del nuevo Adán.

Después de la anunciación, la Virgen pasó tres meses con Isabel en la montaña de Judea. A la vuelta a Nazaret, san José se dio cuenta de su embarazo, pero actuó como hombre de bien. Como era justo (santo, cumplidor de la ley) y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado, es decir, no unirse en matrimonio con ella, ni tampoco entregarla a la justicia. No dudó seguramente de su prometida, pero la situación le resultó incomprensible y decidió quitarse prudentemente de en medio. Su angustia la resolvió un ángel, que le mandó tomarla como esposa, para introducir al niño en la dinastía de David mediante la paternidad legal. El relato concluye así:

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta: «Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».

San Lucas recurre al texto griego de los Setenta (una versión de la Biblia que utilizaban los judíos fuera de Palestina) para interpretar esa profecía a la luz de Cristo. Afirma así que Jesús es Hijo de Dios, después de haberlo presentado como hijo de Abraham y de David, y da una explicación convincente acerca de su identidad.

Jesús nació en Belén

El nacimiento de Jesús solo lo relatan dos evangelistas, con gran sobriedad. San Mateo lo hace casi de pasada: Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén… El suceso le sirve para situar el contexto histórico. Estos personajes que buscan a Jesús, como no eran judíos, fueron los primeros gentiles que recibieron la llamada de salvación. Luego Jesús es el Mesías, un rey a la manera de un nuevo y más grande David, en el que se cumplían las profecías: la estrella que anuncia su nacimiento, y la sumisión a Dios de los reyes de la tierra, que ofrecen sus dones y lo adoran.

San Lucas ofrece algunos detalles más. Mientras estaban en Belén, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada. A continuación narra la adoración de los pastores.

Situar el nacimiento de Jesús el día 25 de diciembre es considerado a menudo puro convencionalismo, pero es posible que tenga un fundamento histórico. La fecha es cercana el solsticio de invierno en el hemisferio norte, pero no tiene relación con la fiesta pagana del “Sol invicto”, instituida mucho después (274 d. C.), sino con la fiesta judía de la dedicación del Templo, que comenzaba la víspera del día 25 del mes de Kislev y duraba ocho días. Esta celebración, denominada Hanukkah o Fiesta de las luces, fue instituida por Judas Macabeo (164 a. C.). San Lucas deja entrever, de diversas formas, que el nacimiento de Jesús simboliza la dedicación del verdadero Templo de Dios —el cuerpo de Jesús—, pues ese día tuvo lugar, efectivamente, la llegada de Dios a esta tierra. La celebración de la Navidad el 25 de diciembre podría tener su origen, por tanto, en una tradición judeocristiana, cuya documentación más antigua se remonta a san Hipólito de Roma (año 204).

En la más antigua tradición cristiana de la Navidad, hay efectivamente continuas referencias a la luz. El papa Sixto III (siglo V) introdujo en Roma la costumbre de celebrar en Navidad una vigilia nocturna en un pequeño oratorio, llamado “ante el pesebre”, detrás del altar de la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, encima de donde se conservan, según la tradición, algunas tablas del pesebre original.

El lugar del nacimiento de Jesús fue Belén de Judea, patria del rey David, conforme a la profecía de Miqueas:

Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel; sus orígenes son de antaño, de tiempos inmemoriales. Por eso, los entregará hasta que dé a luz la que debe dar a luz, el resto de sus hermanos volverá junto con los hijos de Israel.

Jesús fue circuncidado al octavo día, y presentado en el Templo de Jerusalén cuarenta días después, de acuerdo con la Ley de Moisés: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. Cumplieron también ese mismo día con la obligación ritual de purificación de la Madre, que consistía en la ofrenda de un par de tórtolas o dos pichones. Allí fueron hallados por Simeón y Ana, que lo reconocieron como el Mesías esperado.