Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El 4 de septiembre de 2022 fue beatificado en la plaza de San Pedro el Siervo de Dios Albino Luciani, quien fue papa con el nombre de Juan Pablo I del 26 de agosto al 28 de septiembre de 1978, siendo su pontificado uno de los más breves de la historia. Claudio Alberto Andreoli, que ha tenido la gracia de conocer personalmente al beato Luciani, muestra la luz de santidad y el compromiso en la búsqueda de la esencia del Evangelio de quien fue conocido como «la sonrisa de Dios». En esta obra el lector podrá descubrir, a partir de las palabras del beato y de la narración de su vida, que esta estuvo siempre marcada por la simplicidad evangélica que atraía a las personas como un carisma, un regalo. En él no había separación entre vida personal y pastoral, ni entre vida espiritual y ejercicio de la autoridad. Como recuerda en el prefacio el cardenal Pietro Parolin, su breve pontificado no fue «como el paso de un meteorito que se apaga después de un corto trayecto. Por el contrario, sigue siendo un signo luminoso y un ejemplo de la continuidad de las esperanzas que provienen de muy lejos y que están arraigadas en el tesoro nunca olvidado de una Iglesia, cerca de la enseñanza de los grandes Padres».
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 269
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Claudio Alberto Andreoli
Juan Pablo I
Un hombre de Dios, un papa santo
Prefacio del cardenal Pietro Parolin
Traducción de Fr. Alberto Gómez Barruso fsc
Título en idioma original: Albino Luciani. Giovanni Paolo I, un uomo di Dio un papa santo
© De la edición original: Dicastero per la Comunicazione - Liberia Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2017.
© Ediciones Encuentro S.A., Madrid, 2022.
© de la traducción: Fr. Alberto Gómez Barruso fsc
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
Colección 100XUNO, nº 108
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN: 978-84-1339-127-4
ISBN EPUB: 978-84-1339-460-2
Depósito Legal: M-26487-2022
Printed in Spain
Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa
y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:
Redacción de Ediciones Encuentro
Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607
www.edicionesencuentro.com
Índice
PREFACIO
Primera parte. LA SANTIDAD DEL HOMBRE
Segunda parte. LAS PALABRAS DEL VENERABLE
PALABRAS DE JUAN PABLO I
PALABRAS DE ALBINO LUCIANI
LA CATEQUESIS DE JUAN PABLO I
Ángelus del día siguiente a su elección
La gran virtud de la humildad
Ángelus
«Vivir la fe»
La esperanza
La caridad
A un grupo de Obispos americanos
Tercera parte. UNA VIDA DE COTIDIANA SANTIDAD
I. SU FAMILIA Y PRIMEROS AÑOS EN FORNO
II. SEMINARISTA
III. SACERDOTE, PROFESOR Y VICERRECTOR DEL SEMINARIO GREGORIANO
IV. OBISPO DE VITTORIO VÉNETO
V. PATRIARCA DE VENECIA
VI. JUAN PABLO I
VII. LOS TREINTA Y TRES DÍAS DEL PAPA LUCIANI
VIII. DIES NATALIS DEL SIERVO (DE LOS SIERVOS) DE DIOS
APÉNDICES
CRONOLOGÍA DE LA VIDA DE ALBINO LUCIANI
BIBLIOGRAFÍA
ÍNDICE DE NOMBRES
ABREVIATURAS
BS1 BassottoCamillo, Il mio cuore è a Venezia, Tipolitografia Adriatica, Musile di Piave-Venezia 1999.
BS2 BassottoCamillo, Io sono il ragazzo del mio Signore, Arti Grafiche Venete, Venecia 1998.
KR Kummel Regina, Albino Luciani. Papa Giovanni Paolo I. Una vita per la Chiesa, Messaggero, Padua 1988.
NG Nicolini Giulio, Trentatré giorni di pontificato, Velar, Bérgamo 1983.
OO Luciani Albino (Juan Pablo I), Opera Omnia, Messaggero, Padua 1988-1989.
RC Rendina Claudio, I Papi, storia e segreti, Newton Compton, Milano 1983.
RM RoncalliMarco, Giovanni Paolo I. Albino Luciani, San Paolo, Cinisello Balsamo 2012.
TZ TornielliAndrea - ZangrandoAlessandro, Papa Luciani, il sorriso del santo, Piemme, Casale Monferrato 2003.
¡El amor vence siempre! ¡El amor lo puede todo!
Juan Pablo I, ángelus del 24 de septiembre de 1978
PREFACIO
El 6 de octubre de 1978, el entonces arzobispo de Múnich y Freising, el cardenal Joseph Ratzinger, en la homilía pontifical en sufragio por Juan Pablo I, recordando a sus fieles las características sobresalientes de la figura y el trabajo del papa Luciani, no dejó de referirse a la consolación que despertó su testimonio ejemplar, y afirmaba:
El tiempo ya no es la red de la muerte, sino la mano tendida a la misericordia de Dios, que nos sostiene y nos busca. Y sus santos son los pilares de luz que nos muestran el camino, transformándolo ciertamente en el de salvación, mientras cruzamos la oscuridad de la tierra. A partir de ahora también él pertenecerá a estas luces. Y de lo que se nos concedió durante solo treinta y tres días emana una luz que ya nadie nos puede quitar. Por ello damos gracias al Señor ahora de todo corazón.
Este libro trata sobre la luz de santidad de Albino Luciani.
Su autor, Claudio Alberto Andreoli, que tuvo la gracia de conocer personalmente al Siervo de Dios, ha querido rendirle un homenaje con esta publicación para que la enseñanza de la vida sacerdotal y episcopal de quien fue «la sonrisa de Dios» permanezca para todos como un legado y un consuelo y para que su luminoso ejemplo siga dando buenos frutos en el Pueblo de Dios.
El 26 de agosto, en un cónclave que se desarrolló muy rápido con una mayoría «real», como la definió el cardenal belga Léon-Joseph Suenens, los cardenales de todo el mundo habían mirado hacia el pastor de la fe segura, que vive en el rebaño y para el rebaño de los fieles, que habla con sabiduría y atrae las almas con las palabras del Evangelio.
Ellos querían un padre, colmado de humana y serena sabiduría y de fuertes virtudes evangélicas, experto en los dolores del mundo, en los traumas del hombre contemporáneo y en las necesidades de la inmensa multitud de personas que viven marginadas.
Habían elegido un sacerdote que creía en la virtud de la oración, capaz de desafiar la indiferencia con el corazón y con el amor.
En su última audiencia del 27 de septiembre, dedicada a la caridad, Juan Pablo I indicó enfáticamente que los pueblos hambrientos interpelan a los opulentos, invitándonos a preguntarnos, y antes que nada a los hombres de Iglesia, si realmente hemos cumplido el mandamiento: «Ama a tu prójimo como a ti mismo».
En la vida sacerdotal de Albino Luciani no hay acontecimientos excepcionales, sino una vida diaria empleada fiel y continuamente en el servicio pastoral. En sus escritos no aparecen intenciones de labrarse una imagen determinada, ni asoma la perspectiva de la ambición ni la búsqueda de glorias efímeras.
Consagró todo su celo como sacerdote y obispo a la salus animarum, al mismo tiempo que cuidaba de su alma y su fe.
En los escritos que aquí se proponen se transparenta su relación con las lecturas y los autores que alimentaron su fe, y su contacto directo con la esencialidad y la riqueza de la Sagrada Escritura.
Él mantuvo este propósito de sencillez también en su alimento espiritual.
De hecho, ni siquiera enfatizaba la práctica de las virtudes; hablaba de ellas con sencillez, como de cosas normales para todos, fiel a la enseñanza del santo que admiró desde la adolescencia: san Francisco de Sales, el obispo y doctor de la Iglesia, referencia de la literatura espiritual moderna, con su Introducción a la vida devota (Filotea) y Tratado del amor de Dios.
Toda su vida —según destaca el autor de esta publicación— estuvo marcada por la sencillez evangélica, una sencillez que atraía a las personas, como un carisma, un regalo.
En él no había separación entre la vida personal y la vida pastoral, ni entre la vida espiritual y el ejercicio de la autoridad.
Escribió su testimonio de la vida cristiana en la absoluta coincidencia entre lo que él enseñó y lo que vivió, con fidelidad diaria a su vocación, a lo largo de su vida como joven sacerdote hasta la silla de Pedro.
Toda la vida de Albino Luciani, podemos decir, fue un compromiso a buscar la esencia del Evangelio como única y continua verdad, más allá de cualquier contingencia histórica.
Tan pronto como fue consagrado obispo, en la homilía pronunciada ante sus paisanos, dijo:
Trataré de tener siempre durante mi episcopado este lema: «Fe, esperanza y caridad». Si ponemos en práctica estas tres cosas, vamos bien; si tenemos fe, si tenemos esperanza, si tenemos caridad. Intentad vosotros hacer también lo mismo. Todos somos pobres pecadores (OO, vol. 2, 16).
Así durante su breve pontificado, después de la primera audiencia general programática sobre la humildad, Juan Pablo I dedicó las demás a las tres virtudes teologales.
Luciani también inscribió el ministerio pastoral petrino, que ejerció plenamente, en la sencillez, que en él nunca puede separarse de la atención al crecimiento personal de la fe, la esperanza y la caridad. En síntesis, de la santidad.
El fruto de este empeño fue una atención cada vez mayor a las dimensiones humanas, para servir al hombre como tal. Y esos hombres, tal como son, con los acontecimientos concretos de sus vidas, no fueron para el siervo de Dios solo los destinatarios de su magisterio, sino también hermanos de una vocación común, confiados a la misericordia, a aquello que nos une a todos.
Estas son las notas características de su espiritualidad: «El obispo pide al Señor no solo que sea capaz de enseñar esto (el amor a Dios y al prójimo) durante la misión que el Señor le permitirá desarrollar, sino también de ser capaz de precederles incluso con el ejemplo».
Solo aquel que puede decir con toda verdad: «Ya no soy yo el que vive en mí, sino Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20), puede encontrar los caminos del corazón de las personas, tocar este corazón, consolarlo, transformarlo, convertirlo, encendiendo en él un rayo de luz y dejando una huella indeleble.
Esto es lo que hizo el papa Juan Pablo I, con su enseñanza, con su ejemplo, con su humildad.
Una humildad que puede considerarse su testamento espiritual y que le permitió hablar a todos, especialmente a los pequeños y a los más lejanos.
La humilitas, que Albino Luciani recogió en su lema episcopal, sintetiza en sí misma lo esencial de la vida cristiana «e indica la virtud indispensable de quien, en la Iglesia, está llamado al servicio de la autoridad» (cfr. Benedicto XVI, ángelus, Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, 28 de septiembre de 2008).
El papa Luciani ya había asimilado en su formación sacerdotal esa visión, que los Padres del primer milenio de la Iglesia consideraban mysterium lunae: una Iglesia que no brilla con luz propia, sino con luz reflejada; que no es propiedad de los hombres de Iglesia, sino Christi lumens.
Una imagen de la naturaleza eclesial y de su propio saber hacer, que había calado ampliamente los documentos del Concilio y que se volvió decisiva y fecunda en el itinerario pastoral de Luciani.
Y haciéndose apóstol del Concilio, que fue «un signo de la misericordia del Señor para la Iglesia», él lo hizo carne sobre todo en la concepción de la proximidad de la Iglesia al pueblo de Dios, en ser propter homines.
Juan Pablo I recordó con inusitado vigor el amor que Dios tiene por nosotros, sus criaturas, parangonándolo, en línea con el profetismo veterotestamentario, no solo con el amor de un padre, sino con la ternura de una madre hacia sus hijos: lo hizo durante el ángelus del 10 de septiembre, con estas palabras que tanto llamaron la atención a la opinión pública: «Somos objeto de un amor eterno por parte de Dios. Sabemos que Él siempre tiene los ojos abiertos, incluso cuando parece que es de noche. Es Padre: aún más, es Madre» (Insegnamenti, 61). Y en la audiencia general del 10 de septiembre afirmó: «Dios siente gran ternura por nosotros, más ternura que la de una madre hacia sus hijos, como dice Isaías» (ib., 65, cfr. también la audiencia general del 27 de septiembre, 95).
Insistentemente repetía que el amor a Dios era inspirado por el amor que viene de Dios, que el amor de Dios siempre nos precede. Así, Juan Pablo I, firme en las decisiones que el ministerio episcopal le impuso asumir, pero siempre enfatizando en su magisterio el aspecto de la misericordia, se convierte en testigo de ello: «También la Iglesia es Madre, si es continuadora de Cristo; y si Cristo es bueno también la Iglesia ha de ser buena, debe ser una madre para todos. Nadie queda excluido»; «Todos somos pobres pecadores... pero ningún pecado es demasiado grande, ninguno queda fuera de la misericordia ilimitada del Señor» (OO, vol. 2, 26).
La proximidad, la humildad, la sencillez y la insistencia en la misericordia y la ternura de Dios son los rasgos sobresalientes de un magisterio petrino que hace cuarenta años despertó la atención del Pueblo de Dios y que hoy permanecen más actuales que nunca.
En la homilía que pronunció, siendo ya Patriarca de Venecia, en el 750° aniversario de la muerte de san Francisco de Asís, dijo:
En la Iglesia de su tiempo, que necesitaba mucha reforma, él adoptó el método correcto de reforma. Amor apasionado por Cristo: vivir como Él, de Él, aplicar el Evangelio, adherirse a Él como si estuviera presente fue su programa. Francisco no solo era un hombre que oraba a Cristo, sino que era un hombre hecho de oración. Para sí mismo eligió la pobreza y de la pobreza hizo una amplia difusión. Pero nunca la separó de la humildad; mostró que la pobreza es compañera de la alegría; afirmó que la pobreza es la virtud real porque derrota la avaricia de los bienes terrenos, cualesquiera que éstos sean: dinero, honores, prestigio, fama. Con vida y palabra él enseñó que debemos ser felices en las penas y que el dolor se extingue en el amor de Dios [...] Un mar de bien, sobre todo de bondad. Cuando Cristo quiso hacer visible su mansedumbre en la tierra, envió a Francisco (OO, vol. 7, 462).
Son palabras a la luz de las cuales podemos releer el testimonio de la figura y la obra del papa Luciani.
En la liturgia en sufragio del siervo de Dios, el entonces cardenal Joseph Ratzinger llegó a decir: «Fue enterrado el día de san Francisco de Asís, el adorado santo al que tanto se parecía» (Boletín de la Archidiócesis de Mónaco y Freising, vol. 3, 26, 1978).
Su breve pontificado no fue, por consiguiente, el paso de un meteoro que se apaga después de un corto trayecto.
Por el contrario, sigue siendo un signo luminoso y un ejemplo de la continuidad de las esperanzas que provienen de muy lejos y que están arraigadas en el tesoro nunca olvidado de una Iglesia cerca de la enseñanza de los grandes Padres.
Con su muerte no se interrumpió esta historia de la Iglesia, obligada a servir al mundo, que reza, que invoca la fe, la Palabra de Dios, la importancia de la caridad.
No se cerró con él un capítulo ni se comenzó desde el principio.
Si bien Juan Pablo I no pudo hacer un solo gesto importante en el gobierno de la Iglesia, no se puede negar que contribuyó en gran manera a fortalecer el diseño de una Iglesia conciliar cercana al dolor de la gente y a su sed de caridad. No es poco.
Esta es la historia de la gracia que entra en el mundo, lo impregna y lo envuelve, ayudando misteriosamente a vencer la terrible aridez de nuestra humanidad herida.
Cardenal Pietro Parolin
Secretario de Estado Vaticano
Primera parte. LA SANTIDAD DEL HOMBRE
Albino Luciani. Giovanni Paolo I, un uomo di Dio un papa santo (Libreria Editrice Vaticana, 2017) se publica mientras está en marcha el proceso de la beatificación, oficialmente iniciado en la catedral de Belluno el 23 de noviembre de 2003 por el obispo Vincenzo Savio, estando presente el prefecto de la congregación para las causas de los santos, cardenal José SaraivaMartins; unos meses después, Mons. Saviofallecía al final de una dolorosa e implacable enfermedad.
Juan Pablo I murió en 1978. Han sido necesarios veinticinco años para llegar a la presentación de la causa de canonización de un «hombre de Dios» como Albino Luciani, que transitó pacíficamente al cielo en el Palacio Apostólico, donde lo había traído la Providencia; había llegado pobre, con pocas prendas de vestir, el hábito talar episcopal y algunos libros, así como pobre había entrado en el seminario en 1923.
El 28 de septiembre de 1978, cuando cerró los ojos en la cama donde Juan XXIIIhabía muerto y cuyas funciones él había asumido, el mundo se mostró incrédulo ante la noticia: treinta y tres días de pontificado habían sido suficientes para darlo a conocer, apreciar y amar a todos los «ostensus magis quam datus» y parecía obvio para todos que Albino Luciani era un santo.
Quien esto escribe tuvo la oportunidad de tratarlo varias veces; en una primera reunión en el patriarcado de Venecia en 1973, apenas nombrado cardenal, y muchas veces más tarde, en el Instituto Filppin dePaderno del Grappa, donde el cardenal Luciani organizó varios encuentros y donde le encantaba hospedarse, en comunidad con los hermanos de las Escuelas cristianas que él tanto apreciaba y a cuyo fundador, san Juan Bautista de La Salle, definió como un «santo perfecto».
Entre los años 1973-1978, el cardenal Albino Luciani, que de buena gana visitaba a los pacientes en el hospital —él mismo había estado nueve veces ingresado en clínicas de reposo o en hospitales—, a menudo pasaba por el policlínico de Padua, donde trabajaba, entonces, como dirigente sanitario el autor de este libro, en la clínica de otorrinolaringología de la universidad. Los hospitales, ya se sabe, son lugares donde uno se pierde fácilmente y el cardenal llamaba a menudo a su amigo, el doctor Claudio, con quien había hablado amablemente varias veces, cuando quería visitar a un amigo o colaborador hospitalizado, para moverse rápidamente en el laberinto del hospital. Lo hizo, siempre, muy discretamente, como queriendo disculparse por las molestias causadas, y tan pronto como llegaba a la puerta del policlínico, al final de la visita, rápidamente se despedía para no molestar más y había que insistir en acompañarlo al coche o al autobús.
Se hacía tan evidente, en estas y otras ocasiones, que Albino Luciani era un santo, que uno se queda sorprendido de ver que hayan hecho falta veinticinco años para iniciar el proceso de su canonización.
Mons. Vincenzo Savio, obispo de Belluno-Feltre, con motivo de la apertura de la causa escribió:
En el paraíso, estoy convencido, cada uno de nosotros conservará los rasgos más hermosos de su persona; en qué consistiría si no, la profesión de fe en la resurrección de la carne, sino en que cada uno de nosotros llevamos ante Dios, por toda la eternidad, nuestra identidad purificada del mal y brillante por la gracia de la redención.
No me sorprende nada entonces que, para poner de manifiesto la santidad del papa Luciani, haya sido necesario que cientos de miles de creyentes, gente piadosa y humilde a los que él amaba y tanto buscaba, tuvieran casi que implorar que se derribara aquel muro de resistencia que impedía que el mundo le venerase.
Creo que ha sido él mismo y no la lentitud prudencial de los estamentos eclesiásticos lo que ha hecho que solo ahora se inicie la causa que podría, si está en los planes de Dios, proponer a Albino Luciani como testigo de santidad para la Iglesia y para el mundo.
Ya el 9 de junio de 1990, en verdad, el episcopado brasileño de la Región Oriental 2, con motivo de la visita ad limina al Vaticano, pidió al papa la introducción de la causa de beatificación, con una carta fechada el 15 de abril de 1990 y firmada por doscientos veintiséis obispos, cuatro de ellos cardenales.
El primer firmante fue el arzobispo de Belo Horizonte, Serafim Fernandesde Araújo, nombrado cardenal en el consistorio de febrero de 1998:
A Su Santidad Juan Pablo II,
beatísimo padre, los abajo firmantes obispos de la Iglesia en Brasil, admiran con alegría constante la memoria y la creciente veneración que nuestros fieles de todas las clases sociales manifiestan por la figura paternal de su predecesor inmediato Juan Pablo I. Aunque han pasado once años desde su ascenso al pontificado y su muerte prematura y repentina [...] todos presentimos que en aquellas semanas algo extraordinario tuvo lugar en la Iglesia, acelerando su camino [...] La grandeza de este papa es inversamente proporcional a la duración de su servicio en la Sede de Pedro [...] Por todo ello, con filial confianza, presentamos a su Santidad la solicitud de la introducción de la causa de su predecesor, Juan Pablo I, de santa y venerable memoria.
A lo largo de los años se han recogido más de trescientas mil firmas de fieles, promovidas por los obispos predecesores de Mons. Savio, Mons. Maffeo Ducoliy Mon. Pietro Brollo, que piden elevar a Albino Luciani al honor de los altares. El número de firmas sigue creciendo cada día.
«¿Cómo podría yo dejar de ver en esta avalancha de llamadas una señal precisa de adoptar con Roma una posición más decidida?», escribe Mons. Savioen el prefacio del libro Papa Luciani, il sorriso del santo y, después, continúa presentando al santo pontífice con estas palabras:
La Iglesia deberá verificar en profundidad si son ciertas las cosas que estamos oyendo.
La comunidad en la que Albino creció se forjó sobre una fe concreta, esencial, y sobre una vida laboriosa y marcada por una profunda honradez. De aquí proviene el sentimiento callado, casi familiar, de un Dios cercano a la vida de todos para guiar a todos hacia Su propia vida, que el seminarista, el sacerdote, y obispo Luciani constantemente reiterará.
El fluir de su vida de fe fue como el fluir de los riachuelos de esos espléndidos valles que, al pasar entre las piedras y abrirse camino, se ensanchan y distribuyen, a lo largo de su curso, todo lo que han ido acumulando gradualmente para después alimentar bosques y prados.
Sus tiempos de crecimiento espiritual y cultural fueron los tiempos normales de todos los niños. Con el paso tranquilo del hombre de la montaña, sin ansiedad, alcanzó las metas señaladas por Dios y, en Dios, amplió serenamente sus horizontes de sacerdote, de maestro y educador, de obispo.
Cuando la Providencia lo llamó a sentarse durante unas horas en la silla del apóstol Pedro, como Jesús en el templo, Albino Luciani nos escuchó y nos interrogó. Allí le vimos plenamente como el testigo y el guardián serio de los dones que Dios le había deparado, al servicio del bien de la Iglesia y del mundo.
Cuando proclamó sus intenciones, ya elegido papa, destacó una sola voluntad: participar personalmente y con todas sus fuerzas (pensemos en los hitos de su primer mensaje de radio a Roma y al mundo, el día después de su elección: servir a la implementación del Concilio; devolver la fuerza al legado tradicional de Fe, Caridad y estructuras de la Iglesia; apoyar con dedicación la evangelización; continuar el compromiso ecuménico y el diálogo con todo el mundo; ampliar la participación para la paz y sus frutos) para garantizar que la llamada universal a la salvación, que comenzó en el corazón de Cristo y se extendió al mundo entero. Esa fue la única razón real de su Ministerio petrino.
Él, el sacerdote, el obispo exigente, fiel sin reservas a su deber, el que había aprendido a poner sus manos en las manos de Dios, se pone a la total disposición de la Iglesia y de la sociedad civil, sin distinción de razas o ideologías, para asegurar al mundo la llegada de un día más sereno y más dulce (OO, vol. 9, 24).
Es significativo que fuera un obispo, considerado carismático en vida y después de su muerte, un santo como Vincenzo Savio, quien introdujera decididamente la causa de canonización de Albino Luciani, ante la que hubo resistencias que el obispo no tuvo miedo de contar, como ya se ha escrito. Es llamativo también que el servicio episcopal de Mons. Savioen Belluno-Feltre fuera breve, tres años y un par de meses, desde 2000 (nombrado el 9 de diciembre, con inicio el 18 de febrero de 2001) al 31 de marzo de 2004, el día de su tránsito al cielo. Los signos de la Providencia también se leen en esa brevedad de los ministerios, comenzando por el de Juan Pablo I, que en treinta y tres días, sin quererlo, fue dado a conocer en todo el mundo como un hombre de Dios.
Cuando un obispo ingresa en una diócesis, tiene mil reuniones e infinitos deberes. Mons. Saviocomienza inmediatamente, nada más llegar a Belluno, a promover la causa de Albino Luciani, como si tuviera miedo a no disponer del tiempo necesario; el 26 de agosto, seis meses después de su llegada, celebró misa en la iglesia de Canale d’Agordo, con ocasión de su elección al trono papal; el 28 de septiembre está en Roma para el sufragio de Juan Pablo I en la Capilla Papal.
El 26 de agosto de 2002, Mons. Savioanuncia, en Canale d’Agordo, la inminente apertura de la causa de beatificación de Juan Pablo I, tras múltiples reuniones con los colaboradores encargados de recoger testimonios y recuerdos del pontífice, desaparecido veinticuatro años antes; hace leer una declaración oficial del vicario general Giuseppe Andrich:
Desde 1978, año de la muerte de su santidad Juan Pablo I, hasta la fecha, se ha recopilado un considerable número de solicitudes de laicos, religiosos, sacerdotes y obispos para presentar la causa de canonización del papa Luciani. Atento a dichas solicitudes, el mismo Mons. Savio, había encargado un año antes a un comité de sacerdotes que realizara un análisis cuidadoso de la situación para poder dar una respuesta a los muchos fieles que pedían información sobre la causa.
Dado que las normas del Derecho Canónico relativas a las causas de los santos establecen que el obispo competente para instruir una causa es el de la diócesis donde murió el siervo de Dios, Mons. Saviomismo se puso en contacto con las oficinas del vicariato de Roma, competentes en esta tarea, con la Congregación para las Causas de los Santos y con la Secretaría de Estado del Vaticano. Mons. Savioescuchó también la opinión de los Obispos de la Conferencia Episcopal del Trivéneto y del Consejo Presbiteral Diocesano.
Todos dieron muestras de atención e interés en acoger las solicitudes hechas, como demostración de su afecto al papa Luciani y del compromiso común de tratar de responder a fieles de todo el mundo que solicitan su canonización.
Confortado por el seguro consenso, tanto de los obispos como del clero, el señor obispo comunica que la diócesis de Belluno-Feltre, diócesis en la que Albino Luciani nació, creció, fue ordenado sacerdote y pasó muchos años de su ministerio, ha decidido promover la investigación preliminar necesaria para recopilar información sobre la vida y obra del papa Luciani; premisa, esta, esencial para cualquier petición de instrucción de una causa de canonización. No se trata, por lo tanto, del comienzo de la causa, sino de establecer las condiciones necesarias para su eventual comienzo.
Para este propósito, Mons. Saviopronto designará a una persona competente para hacerse cargo de la Oficina de Postulador y solicitará la aprobación del cardenal Vicario de Roma.
El 19 de octubre, una ecografía y un TAC constatan la gravedad de la neoplasia que sufre Mons. Savio; la quimioterapia posterior no retrasa su trabajo pastoral y aún menos su atención a la causa de Albino Luciani.
El 8 de junio de 2003, fiesta de Pentecostés, Mons. Savioinforma que Juan Pablo IIha autorizado llevar a cabo el proceso canónico diocesano en Belluno y en Feltre para la beatificación y canonización de Juan Pablo I.
Con motivo de la fiesta de San Martín, patrón de Belluno, Mons. Savioacoge al cardenal Giovanni Battista Re, quien explica a los ciudadanos la continuidad del original servicio de los papas Juan Pablo I y Juan Pablo II.
El 23 de noviembre de 2003, Mons. Vincenzo Savio, en presencia del cardenal José SaraivaMartins, prefecto de la congregación para los santos, abre, en la catedral de Belluno, el proceso de canonización del papa Luciani: han pasado 25 años y algunas semanas desde su muerte.
En los meses siguientes, Mons. Savioprosiguió su trabajo pastoral con una dedicación extraordinaria a pesar de la enfermedad que avanza inexorablemente y que terminará con su vida el 31 de marzo de 2004; una cuarta parte del clero diocesano lo visita en su lecho de muerte; se disculpa con todos y de todos recibe bendiciones y signos de afecto.
El 10 de noviembre de 2006 se cerró la investigación diocesana del proceso de beatificación del «padre Albino».
El miércoles, 26 de agosto de 2015, treinta y siete años después de la elección de Juan Pablo I, el obispo de Belluno-Feltre, Giuseppe Andrich, anuncia que la causa de la beatificación ha entrado en la fase concluyente y añade: «también el papa emérito Benedicto XVIha querido incluir en los documentos un testimonio personal. Es la primera vez que sucede en la historia de la Iglesia».
Es significativo que Mons. Andrichhaya nacido en Canale d’Agordo, como Luciani. Aquí, donde mil habitantes mantienen hoy viva la historia de esta pequeña y alegre comunidad en los Dolomitas, acuden numerosos peregrinos de todas partes de Italia atraídos solo por el carisma de aquel pequeño y encantador hijo de la Iglesia y su papa que fue Albino Luciani (V. Savioen Tornielliy ZangrandoPapa Luciani, il sorriso del santo).
Un cuaderno nuevo y grande se coloca periódicamente junto a la estatua que está en la parroquia de San Juan Bautista y que muestra a Luciani entregando la mitra a un niño: tenía que haber sido colocada en el centro de la plaza principal del pueblo, en memoria de su hijo más ilustre, pero la familia de don Albino prefirió que se colocara en la iglesia, creyendo interpretar mejor, de esta manera, el pensamiento de su humilde y devoto paisano.
Siempre, en unos pocos días, el cuaderno se llena y allí se pueden leer pensamientos, saludos, peticiones de gracias, incluso tan simples como «protege a nuestra familia», de los muchos peregrinos que continúan fascinados por el papa de los treinta y tres días.
«Entre 30 y 50 mil devotos de Albino Luciani vienen a visitarnos cada año. Había varios miles el pasado 26 de agosto en la plaza», dice el alcalde de Canale d’Agordo, Rinaldo De Rocco, presidente de la Fundación Papa Luciani (Famiglia Cristiana, num. 39, 2015, 39-41).
En el mismo artículo de la revista Famiglia Cristiana, su sobrina favorita, Pía Luciani, de setenta años, con cuatro hijos y antigua maestra, explica que ya no sabe cómo complacer a los muchos fieles que le piden una pequeña reliquia de su tío: «Así que, a fuerza de cortar y distribuir pequeños fragmentos, casi me estoy quedando sin la tela de la vestimenta que Albino usó en el cónclave».
Pía recuerda, aún, la ocasión en que vio a su tío vivo por última vez, quince días antes de su muerte:
Yo estaba estudiando en Roma y me invitó a comer a su apartamento. Le recuerdo preocupado, pero no abrumado por la responsabilidad de su misión, como alguien, después, ha señalado. «Si el Espíritu Santo me ha puesto aquí, haré lo que tenga que hacer», me dijo. Ciertamente, no era un hombre intimidado por las dificultades. Incluso su proverbial sonrisa se ha malinterpretado bastante: la usaba sabiamente con respeto y empatía ante el que estaba frente a él. ¡Pero tomaba las decisiones con firmeza, hasta las impopulares!
Aún más:
Muchos creen que su sencillez era natural, quizás debida a una simpleza personal: nada más equivocado. Era una persona muy culta que hablaba cuatro idiomas y sabía partir el pan de la sabiduría en pedacitos para hacerse entender por todos, tal como le había enseñado su párroco.
Cuantos han conocido personalmente a Albino Luciani, incluso el autor, pueden confirmar la veracidad de estas afirmaciones. Albino Luciani, independientemente del color de su vestimenta, fue siempre y ante todo un hombre de Dios; tras la simplicidad evangélica de su presencia ocultaba una vasta cultura y una sólida experiencia pastoral.
Su actitud sencilla y franca era espontánea, pero la manera de acercarse a su prójimo era el resultado de una larga experiencia en el uso de palabras sencillas y comprensibles para todos, una experiencia que había madurado en los últimos años, ya en Canale d’Agordo, en su familia y con Filippo Carli, un primo sacerdote que le había acompañado en su vocación.
Nada de esto habría sucedido si él no hubiera sido tan felizmente receptivo como para recibir los buenos mensajes que desde muchos lados le llegaron y si no hubiera estado tan profundamente marcado por la humilitas, que eligió como lema para su escudo episcopal, y que fue el signo distintivo de toda su vida.
Mons. Girolamo Bortignon, el obispo de Belluno que nombró a Albino Luciani vicario general de la diócesis, tras haberle dado el título de camarero supernumerario de Su Santidad de parte de Pío XIIy que después, ya obispo de Padua, le propuso a Juan XXIIIpara el nombramiento episcopal, dijo de Luciani: «Lo más grande fue, en mi opinión, su santidad. Personalmente, cuando tengo dificultades, recurro a él. No sé en qué punto está el trabajo para una eventual introducción del proceso de beatificación. El Código de Derecho Canónico tiene sus requisitos en este sentido».
De nuevo, en junio de 1992 en la revista Scelte coraggiose dice:
Tengo crecientes sentimientos de admiración hacia él y un vacío imposible de llenar. Atribuyo al pontificado del papa Luciani la misión de haber abierto la puerta a un estilo sencillo de ser papa. Sé que en muchos lugares se habla de instruir el proceso canónico para el reconocimiento de su santidad. Ante todo, me gustaría decir que la iniciativa es muy justa y apropiada: considero a Luciani un santo.
