La amistad - Egied Van Broeckhoven - E-Book

La amistad E-Book

Egied Van Broeckhoven

0,0

Beschreibung

En la mañana del 28 de diciembre de 1967, en una fábrica metalúrgica de Anderlecht, barrio de Bruselas cercano a la Gare du Midi, saltó la alarma por uno de los frecuentes accidentes laborales. Murió un joven trabajador, el jesuita Egied Van Broeckhoven. Este libro contiene una amplia antología de extractos editados e inéditos del diario al que Van Broeckhoven confió sus reflexiones. En él se disciernen elementos profundamente enraizados en la tradición de la Iglesia católica y, al mismo tiempo, perfectamente adaptados a las necesidades e interrogantes de los hombres de nuestro tiempo. Jesuita, trabajador y místico, Egied Van Broeckhoven permaneció fiel a la vocación que le llevó a los barrios más pobres de Bruselas, donde compartió su vida con los trabajadores y los marginados y donde descubrió el profundo valor de la amistad cristiana.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 258

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Egied Van Broeckhoven

La amistad

Diario de un jesuita en la fábrica (1958-1967)

Prólogo de Luis Argüello

Edición de Emanuele Colombo

Traducción de Valeska Cabañas

Título en idioma original: L’amicizia. Diario di un gesuita in fabrica (1958-1967)

© Sint-Jan Berchmans Seminarie, herederos de la obra de Egied Van Broeckhoven

© de la edición italiana: Marietti, 2018

© Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2023

© imágenes del apéndice: KADOC-KU Leuven

Edición e introducción de Emanuele Colombo

Traducción del italiano de Valeska Cabañas

Prólogo de Luis Argüello

Revisión de Ricardo Rey

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección 100XUNO, nº 116

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-1339-151-9

ISBN EPUB: 978-84-1339-484-8

Depósito Legal: M-10553-2023

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa

y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

Índice

Prólogo

Egied Van Broeckhoven: Fotografía de una vida (1933-1967)

«Llevar los hombres a Dios»: la Compañía de Jesús

«Oración vespertina en los bosques de Schilde»: vida contemplativa

«La zarza ardiente de Bruselas»: en la fábrica

«Mis experiencias de Dios»: el diario de Egied Van Broeckhoven

«Un pequeño Teilhard»: la amistad

Bibliografía

Nota editorial

I. La audacia apasionada de la juventud (1958-1959)

II. La profundidad mística de la amistad (1960-1965)

Las relaciones personales como medio para acercar a los no creyentes

III. «Dios todo en todos» (1965-1967)

Consideraciones sobre nuestro apostolado de barrio

Mirada retrospectiva al primer año pasado en Bruselas

Por qué fui a trabajar a la fábrica

Apéndice

Prólogo

El Concilio Vaticano II, verdadero paso del Señor para disponer a su Iglesia para este tiempo nuevo, nos da en Lumen gentium y Gaudium et spes las claves sobre la forma de estar presente hoy la Iglesia en medio de la sociedad. La grandes cuestiones de la evangelización, la transmisión de una presencia que ya está, pero aún no en plenitud, y el sentido de la actividad humana en el tiempo, se comunican en forma de revelación.

La Iglesia no se halla en el mundo para crear otro mundo al lado del primero creado por Dios, sino para ayudar al mundo real a dar con su vocación y alcanzar su plenitud. El Reino de Dios no es un trasplante extraño al ser de este mundo, sino revelación de su oculta profundidad espiritual velada por el pecado, desobediencia del hombre al proyecto amoroso de Dios que genera divisiones, enfrentamiento y muerte. Cristo se hace presente para preparar los cielos nuevos y la tierra nueva, lo cual exige que pase «la figura de este mundo» y llegar así a la plenitud querida por Dios desde el principio.

Frente a concepciones anteriores de la Iglesia como «sociedad perfecta» que se sitúa al lado o en frente de la sociedad civil, el Concilio recrea la categoría «sacramento» para expresar lo que la Iglesia es en medio y a favor de todos: un signo de unidad y de salvación. La sacramentalidad es clave para entender lo que es la Iglesia («misterio» de comunión para la misión) y lo que en ella somos y significamos bautizados y ordenados. Es una categoría que nos une a las fuentes de la vida cristiana y nos abre a la plenitud en la que se cumplen todas las promesas. La Iglesia-Sacramento y los sacramentos de la Iglesia expresan y realizan el dinamismo de la Historia santa como coloquio de la gracia y la libertad, de la eternidad y el tiempo.

Lo sacramental nos habla de un don que se recibe como gracia y encargo que compromete la existencia, signo e instrumento, diseño y germen, paradigma y primicia en expresiones tan queridas para los Padres de la Iglesia y recuperadas en los documentos del Concilio Vaticano II. Nos hablan de una realidad que ya se nos ofrece en signo, diseño y paradigma, todavía no en plenitud. Pero esa misma gracia que se nos da es ofrecida como proyecto y tarea que se convierte en instrumento, germen y primicia de la plenitud que se manifestará.

En diálogo con esta sociedad de la que forma parte, la Iglesia, en sus miembros, debe ser y ofrecer «sacramentos», palabras y acciones, «signo e instrumento» de la buena noticia de salvación que quiere anunciar. Formada por miembros de la misma sociedad con la que quiere hablar y compartir sabe que «hacer Iglesia» es ya una manera estupenda de hacer sociedad, pero que además todos los creyentes están convocados a proponer a sus conciudadanos la luz y el calor que han recibido y que comparten según la vocación a la que han sido llamados.

El libro de Egied Van Broeckhoven sobre la amistad hace un elogio desde la experiencia personal de unos de estos sacramentales, la relación entre dos personas que comparten y abrazan su intimidad, su alma.

Todos anhelamos un amigo. Incluso en una sociedad tan individualista como la nuestra se reconoce el valor de la amistad y sus beneficios. Pero la amistad, como toda forma de amor, está degradada. Hay falsos amigos virtuales, a veces miles en las redes sociales, que no hacen desaparecer la soledad, al contrario, la intensifican. El papa Francisco, en Fratelli tutti, hace elogios de la amistad social o cívica que contribuye a la convivencia social y facilita las relaciones políticas, incluidas las internacionales.

La amistad puede remediar la soledad, esta pandemia de nuestros días, para lo cual hay que cultivar su verdadero significado no tanto en el mundo de las ideas sino en el de la experiencia. Esta es la perspectiva que adopta el Padre Egied Van Broeckhoven en su bellísimo texto sobre la amistad. En estas páginas, como en la mejor tradición, se unen la contemplación y la acción. El espíritu contemplativo que destila la vida de este jesuita es imprescindible para poder asentarse en la bella intimidad que encierra el otro y engendrar así la amistad. Pero la belleza descubierta llama a proclamar y cultivar el invisible vínculo descubierto con obras y palabras. Lo que se pudiera denominar via amicitia para el encuentro con el otro y con el Otro. Dios nos ha creado para la amistad: «ya no os llamo siervos, sino amigos» (Jn 15,15).

Por ello, la pasión misionera que se despertó en Francia y Bélgica en muchos sacerdotes y que dio lugar al movimiento de curas obreros es para nuestro autor la oportunidad de iniciar y cultivar la amistad concreta con alguien. Más allá de la importancia institucional o sindical de esta presencia en ambientes concretos, es la oportunidad de la amistad el rasgo más misionero de esa experiencia.

No cabe duda de que en esta hora de nuevo inicio evangelizador y de llamada a ser Iglesia en salida, la «vía de la amistad» es una propuesta entusiasta para hacer Iglesia y sociedad, como experiencia integral que nos lleva de la mano a caer en la cuenta de que somos personas, relacionales, amables y amantes, más que individuos autónomos que creen poder salvarse a sí mismos. Como dice Egied Van Broeckhoven, la amistad es vía de acceso al corazón mismo de la realidad: el amor Trinitario.

La amistad ayuda a desvelar no solo la intimidad del otro, sino la Fuente de la vida y del amor. Así, el cultivo de la amistad cívica que ayude a caer en la cuenta de que la humanidad es familia de hijos y hermanos se convierte en sacramento, signo e instrumento del don recibido y de la misión a realizar. Y no como un valor solamente, sino también desde el acontecimiento experimentado de reconocer un Padre común que nos ha «tocado» e insuflado el alma, hondón de la intimidad que la amistad descubre.

Luis Argüello

Egied Van Broeckhoven: Fotografía de una vida (1933-1967)

Si hoy Cristo todavía tiene algo que decir a los hombres,

su palabra será una respuesta a sus deseos más profundos,

no un mensaje extraño a sus pensamientos y a sus corazones.

Esta amistad concreta y total es,

según yo y para mí, el único camino auténtico, a veces doloroso,

pero siempre muy consolador, a través del cual

el Reino de Dios crece ahora en este mundo.

En la mañana del 28 de diciembre de 1967, en una fábrica metalúrgica en Anderlecht, un distrito de Bruselas cerca de la Gare du Midi, se dio la alarma por uno de los frecuentes accidentes laborales que involucró a un joven trabajador.

Egied estaba encargado junto con Georges, un compañero de trabajo de los últimos meses, de ordenar unas placas de metal de seis metros por metro y medio, transportadas por una rampa móvil, y de abrir las tenazas de la grúa. Las placas de metal se colocaban verticalmente entre los pilares de soporte de hierro. En un momento dado, una de las tenazas que sostenía una placa se bloqueó y Egied fue detrás de la pila para aflojarla. En ese instante uno de los pilares de apoyo se rompió, los demás cedieron y toda la masa de las placas, que pesaba varias toneladas, se balanceó. Bajo el peso, Egied fue arrojado hacia atrás violentamente contra una placa que quedó colocada en vertical detrás de él. El golpe le rompió la espalda; murió instantáneamente, con los brazos extendidos sobre las placas. Tenía solo treinta y cuatro años1.

La muerte del joven jesuita Egied Van Broeckhoven no pasó desapercibida. Los muchos que lo conocieron y que abarrotaron el cementerio de Grand-Bigard en su funeral, sabían que su trabajo en la fábrica y su muerte repentina fueron la culminación de un viaje apasionado en la búsqueda de Dios y que la fidelidad a su vocación lo había conducido al corazón ardiente de una gran ciudad como Bruselas, en un barrio habitado por inmigrantes y obreros.

Egied nació en Amberes el 22 de diciembre de 1933; su madre murió unos días después debido a las dificultades que surgieron durante el parto. Según el testimonio del jesuita Hugo Carmeliet, que convivió con Egied en los últimos años de su vida, esta pérdida le causó «un dolor profundo, nunca expresado, que quizás estaba en el origen de esa mirada melancólica que a veces marcaba los rasgos de su rostro y, ciertamente, de esa simpatía instintiva hacia el sufrimiento humano»2.

Egied fue educado por sus tíos, los Van Daalhoffs, que, al no tener hijos, vivían solos en Schilde, en la provincia de Amberes. Tamie, la hermana mayor de su padre, y su esposo Frans, a quien Egied llamaba «Mononcle», se mencionan en varias ocasiones en el diario del jesuita, que mostraba un profundo agradecimiento hacia ellos, apreciando su discreción y afecto3.

La vocación de Egied se manifestó ya en los primeros años de sus estudios superiores; el 7 de septiembre de 1950, a los dieciséis años, ingresa en el noviciado de la Compañía de Jesús en Drongen, cerca de Gante.

«Llevar los hombres a Dios»: la Compañía de Jesús

Egied siguió el largo plan de estudios de la formación jesuita; después de cinco años en Gante, comenzó sus estudios de Filosofía en Lovaina (1955-1958), seguidos por dos años de estudios clásicos en la Universidad Católica de la misma ciudad, hasta obtener la licenciatura en Filología Clásica en julio de 1959.

Los amigos de aquellos años apreciaban su jovialidad, el gusto por la amistad y un cierto anti-conformismo. Egied también era consciente, sin ostentación, de su propia sensibilidad mística cuando, a los veinticuatro años, comenzó a anotar intuiciones, deseos y el emerger de la experiencia de Dios en la oración y en los encuentros con las personas; luego de su muerte, se encontraron veintiséis cuadernos de notas y pensamientos.

Durante sus estudios, Egied comenzó a sentir el deseo de la misión, como a menudo les sucedía a muchos jóvenes jesuitas inspirados por los grandes misioneros de su historia4. Trató de aprender ruso para llevar el cristianismo más allá del Telón de acero y, convencido de que el estudio científico lo ayudaría en la obra de la evangelización, solicitó y obtuvo la oportunidad de inscribirse en la prueba de admisión de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Lovaina. Escribió el 7 de julio de 1958: «Estudio matemáticas para acercar a los hombres a Dios con este medio; nunca perderé de vista que este es el propósito último»5. Por varias razones, incluida la muerte de su padre, no pudo aprobar el examen. El 19 de diciembre de 1958 escribió:

Es una gran suerte que todavía me encuentre pendiente entre Filología Clásica y Matemáticas; esto me obliga a aclarar más las razones de mi decisión. En particular, por el momento, entiendo claramente que un especialista en ciencias exactas que viva una vida religiosa podría dar testimonio mucho mejor de esta vida religiosa entre los hombres de ciencia. No porque la vida religiosa sea necesaria para resolver problemas científicos; sino porque toda nuestra vida impregnada de la mentalidad científica puede acercarnos al estado de ánimo de los hombres de ciencia6.

Pasó con éxito la prueba en el segundo intento, pero nunca logró completar sus estudios científicos debido a otras responsabilidades que se le confiaron en la Compañía de Jesús. Entre 1960 y 1961 fue llamado a enseñar latín a los alumnos de cuarto curso de la escuela secundaria San Berchmans en Bruselas y, al año siguiente, comenzó a asistir al curso de teología de cuatro años (1961-1965) en la casa de formación de los jesuitas en Heverlee (Lovaina).

En los años dedicados al estudio, durante las vacaciones de verano, Egied estableció los primeros contactos con familias pobres de trabajadores e inmigrantes en el distrito de Dam, cerca del puerto de Amberes, donde nació una pequeña comunidad de jesuitas bajo el liderazgo de Ferdinand Bellens (1915-2003), con quien Egied había entablado una profunda amistad7.

El 8 de agosto de 1964, Egied fue ordenado sacerdote8; al año siguiente completó sus estudios teológicos y decidió seguir el deseo de servir a «los pobres más cercanos», es decir, aquellos que vivían, invisibles para la mayoría, en las grandes ciudades; se estableció con dos hermanos en el distrito de Anderlecht, al sur de Bruselas, cerca del conocido suburbio de Molenbeek-Saint-Jean, habitado principalmente por inmigrantes. Unos meses más tarde, Egied se unió a la misión en las periferias de las ciudades, el llamado «apostolado de barrio»; al trabajo a tiempo completo en la fábrica, al que dedicó los dos últimos años de su vida.

«Oración vespertina en los bosques de Schilde»: vida contemplativa

Durante mucho tiempo, incluso después de los primeros votos y la ordenación sacerdotal, Egied siguió preguntándose acerca de la forma de su propia vocación. De hecho, desde su temprana juventud se había sentido atraído por la vida contemplativa y a menudo recordaba que cuando era pequeño la «oración vespertina en los bosques de Schilde», donde vivía con sus padres adoptivos, era uno de los momentos que más deseaba. Cómo le había ocurrido también a Ignacio de Loyola, Egied se preguntaba si Dios lo estaba invitando a convertirse en cartujo o trapense9. El ejemplo de Ignacio lo guio en esos años, junto al «abandono total» que este había vivido «gracias a la profundidad de su encuentro amoroso con el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo»10. «Al meditar sobre mi vocación —escribió Egied— me sentí conmovido hasta las lágrimas. [...] Es Cristo quien me conduce a donde debo ir, y esto me ha llenado de gran serenidad y esperanza»11. En los últimos años de su vida Egied percibió, como le había sucedido al fundador de la Compañía de Jesús, que estaba llamado a la contemplación en el mundo: el mundo sería su claustro y él viviría como un «contemplativo en acción», según una expresión querida por los jesuitas.

No creo que pueda ser un misionero que lleva también una vida de oración; no puedo ser otra cosa que un hombre de oración, un contemplativo, llevado por la propia contemplación hacia un apostolado más profundo12.

En 1964 le comunicaba esta intuición al provincial:

Dios me ha hecho comprender que mi deseo de vivir enteramente para Él no debe realizarse en la soledad y en el desapego de la Cartuja, sino en la decisión de ir hacia los hombres más alejados de Él. Parece que este es el lugar de vida contemplativa que Dios me quiere asignar13.

Este pensamiento vuelve a menudo en su diario: «Debo vivir mi vocación de cartujo aquí, ahora; el abandono total a Dios trascendente que me atrae hacia sí»14. Pocas semanas antes de su muerte, describía el trabajo en la fábrica de la siguiente manera:

En este ambiente tan concreto, descristianizado, duro hasta agotarte y aturdirte, encuentro mi clima para la vida contemplativa (cartujo, trapense...). Sumergirse en este ambiente es para mí lo mismo que sumergirse en la vida de la Cartuja o la Trapa; abandonar todo, arriesgar todo, vender todo por Dios15.

«La zarza ardiente de Bruselas»: en la fábrica

A mediados de la década de 1960, cuando Egied comenzó a trabajar en la fábrica, el movimiento de sacerdotes obreros involucraba a miles de sacerdotes en Francia, Bélgica e Italia, miembros de órdenes religiosos y del clero diocesano, y recientemente había reanudado su actividad después una larga interrupción16.

El movimiento de sacerdotes obreros había nacido veinte años antes, en Francia, en la década de 1940, para evangelizar el mundo obrero, descristianizado y secularizado. Entre los primeros que quisieron compartir la vida de los trabajadores, el dominicano francés Jacques Loew (1901-1999) se hizo contratar como portero en el puerto de Marsella y, a través de una serie de publicaciones, llamó la atención sobre las duras condiciones de vida de los estibadores portuarios y sobre la necesidad de que la Iglesia los apoyara y los acompañara17. Otro hecho que contribuyó al desarrollo del movimiento de sacerdotes obreros se remonta a la Segunda Guerra Mundial. Cuando las tropas de ocupación alemanas reclutaron en Francia más de 800.000 trabajadores para la industria bélica y prohibieron a la Iglesia proporcionar cualquier tipo de apoyo espiritual, los obispos franceses constituyeron un servicio de asistencia religiosa clandestino y enviaron veinticinco sacerdotes a Alemania que, haciéndose pasar por obreros, entraron en las fábricas alemanas como trabajadores ordinarios. Entre ellos, los jesuitas Henri Perrin (1914-1954) y Victor Dillard (1897-1945) se hicieron muy conocidos: el primero por un diario-autobiografía de gran éxito, el segundo por el testimonio dramático del campo de concentración de Dachau, donde murió18. En los mismos años nació en Lisieux el seminario de la Mission de France, que ofrecía cursos y pasantías en fábricas para preparar a los futuros sacerdotes para la misión obrera, pero destaca sobre todo la Misión de París, un grupo de sacerdotes de la diócesis de París que se dedicaron al trabajo obrero a tiempo completo19. La idea había nacido de dos asistentes a la Jeunesse Ouvrière Chrétienne (JOC), Henri Godin (1906-1944) y Yvan Daniel (1909-1986), quienes se dieron cuenta de la insuficiencia de la propuesta de la Iglesia hacia el mundo obrero. En 1943, apoyados por el obispo de París Emmanuel Suhard (1874-1949), Godin y Daniel habían publicado los resultados de una investigación realizada en los suburbios parisinos, que mostraba la extrañeza del mundo obrero al cristianismo y a la Iglesia. En su texto La France, pays de mission? [Francia: ¿tierra de la misión? (1943)] sostenían la necesidad de que los sacerdotes y los religiosos se acercaran a los trabajadores, en las fábricas, en las obras, en los muelles y en los barcos. La fábricano se sentía como un «obstáculo para la oración y la contemplación, sino que ofrecía la oportunidad de una inmersión profunda en la vidaespiritual, tocando los vértices de una experiencia religiosa difícil de alcanzar en otras condiciones. La encarnación y la pasión deCristo fueron contemplados no sólo como verdades de fe, sino que eran consideradas como experiencias muy actuales que, como signos grabados en lacarne de los sacerdotes obreros, revelaban la presencia de lo divino en la historia de los hombres»20. Tras estos primeros intentos, la actividad de la Misión de París se extendió a otras ciudades industriales francesas, conmás de cien sacerdotes obreros activos en varias comunidades. Algunos obisposfranceses se habían hecho garantes de estas iniciativas y el cardenal Suhard llamó a los sacerdotes obreros a la fidelidad al breviario,a laoración, y a la constante obediencia a la jerarquía, y apreciaba lasexperiencias más auténticas de esta forma de apostolado21.

Sin embargo, en unos años el experimento alcanzó una etapa crítica. La participación activa de muchos sacerdotes en los sindicatos de orientación comunista y la militancia de algunos de ellos en los ambientes marxistas desataron las preocupaciones de la Curia romana, que desde hace algún tiempo había expresado serias dudas sobre el movimiento, temiendo su excesiva proximidad al comunismo, y albergaba dudas sobre la compatibilidad del trabajo en fábrica con la vida eclesiástica.

Tras la detención de dos sacerdotes obreros durante una manifestación marxista en París (1953), los cardenales franceses Maurice Feltin, Pierre-Marie Gerlier y Achille Liénart fueron convocados en Roma. Una nota del Santo Oficio dictaminó que, después de diez años, el experimento de los curas obreros no podría continuar en su forma actual. Las autoridades eclesiásticas pusieron como condición que los sacerdotes obreros fueran elegidos por el obispo y recibieran una sólida formación doctrinal y espiritual, que no asumieran responsabilidades sindicales y no vivieran aislados, sino siempre en una comunidad en la que contribuyeran activamente a la vida parroquial. Por tanto, la jornada laboral no podría superar las tres horas diarias, condición que era difícilmente compatible con cualquier actividad laboral. En respuesta a este decreto, algunos sacerdotes abandonaron las fábricas, otros desobedecieron las indicaciones de Roma, otros, especialmente en Francia, continuaron trabajando en las fábricas durante tres horas al día, llamándose a sí mismo, «sacerdotes en el trabajo» para distinguirse de los «sacerdotes obreros»22.

La posición de Roma fue confirmada en 1959, cuando el arzobispo de París pidió a Juan XXIII que la Iglesia afrontara la situación dramática del mundo obrero. La respuesta, a través de una carta del secretario del Santo Oficio, cardenal Giuseppe Pizzardo, reiteró la incompatibilidad del sacerdocio con la vida obrera y marcó el declive del experimento de los sacerdotes obreros23.

El movimiento retomó consistencia unos años más tarde, durante el Concilio Vaticano II. El 23 de octubre de 1965, tras varias consultas y con la aprobación de Roma, el episcopado francés anunció la decisión de permitir que los sacerdotes trabajaran en fábricas y en obras de construcción, sin embargo se les prohibía ocupar puestos de responsabilidad en el sindicato. Para marcar una discontinuidad con experiencias precedentes, se recordaba que la misión de los curas obreros era principalmente sacerdotal y que, por tanto, los sacerdotes en la fábrica debían dedicarse a anunciar el Evangelio. La decisión anticipaba algunos pasajes del decreto del Concilio sobre el Ministerio y sobre la Vida de los Presbíteros (Presbyterorum ordinis, 7 de diciembre de 1965), que preveía la posibilidad de que los sacerdotes ejercitaran «un oficio manual, compartiendo la condición de los obreros»24.

En los años siguientes, grupos de curas obreros fueron activos en Francia, Bélgica, Italia, Alemania, España e Inglaterra. Algunos de los sacerdotes entendieron el decreto del Concilio como la posibilidad de volver a la experiencia iniciada veinte años antes; otros se mostraron más atentos a posibles derivas ideológicas.

En realidad, el Concilio también relanzó otro aspecto de la misión de los cristianos que ya estaba presente en la Iglesia de la primera mitad del siglo XX: llamando la atención sobre la importancia de los laicos bautizados, se redimensionó el papel exclusivo atribuido a los sacerdotes como testigos de Cristo en el ambiente del trabajo25. Los laicos bautizados, desde siempre presentes en las fábricas, ahora estaban llamados con mayor fuerza a una misión evangelizadora26.

La cuestión de los sacerdotes obreros había atravesado, con modalidades y diferentes consecuencias, la historia de las distintas órdenes religiosas implicadas, entre ellas la Compañía de Jesús. En 1944 había nacido en Francia la Misión Obrera de la Compañía de Jesús (MOSJ)27; después de la interrupción de los años cincuenta, que sobre todo en Francia creó fuertes tensiones con las jerarquías eclesiásticas, en 1962 se reanudaron las iniciativas del MOSJ bajo la dirección del jesuita francés Jacques Sommet (1912-2012), que explicaba los motivos de su compromiso de la siguiente manera:

Está en la naturaleza de la Compañía [...] enviar a sus miembros a todas partes del mundo, en las situaciones más difíciles, allí donde las necesidades espirituales son más urgentes y donde los medios ordinarios son escasos o inexistentes [...]. La evangelización del mundo obrero francés [...] representa hoy un campo misionero difícil y urgente, donde la Compañía llevará su propia contribución28.

Desde Francia, el MOSJ se difundió por toda Europa y en 1965 ya estaba también presente en Bélgica, donde provocó la resistencia de muchos jesuitas, a menudo cautelosos y desconfiados de una forma de apostolado que no pertenecía a la tradición de la orden. Egied, que precisamente en 1965 comenzó a trabajar en la fábrica, registró estas dificultades en su diario: «A menudo escuchamos —y a veces la percibimos en nosotros mismos— la siguiente objeción: ‘¿Por qué desperdiciar una larga formación en el desarrollo de un trabajo tan simple?’»29. Y en otra ocasión, observaba:

Peca contra el amor el que cree que el apostolado intelectual es el apostolado específico de la Compañía [de Jesús]. De hecho, el apostolado de la Compañía también puede ejercerse siendo un obrero que se dedica a los trabajos de construcción de las carreteras, profesor o enfermero. Lo que tiene de específico es ser místico; llevar a Cristo a los hombres buscando, a partir de la intimidad de nuestra persona, la intimidad profunda de los demás, y hacerlo de manera activa (es decir, de un modo que no sea meramente contemplativo)30.

Entre agosto de 1965 y diciembre de 1967, Egied trabajó en cuatro fábricas en dos barrios de Bruselas, Anderlecht y Molenbeek-Saint-Jean, como encargado de la fundición de hierro y la fabricación de moldes de arena. Vivía allí en una casa con dos hermanos sacerdotes, celebraba la misa cerca del barrio Bon Air, compartía las comidas con los obreros provenientes de diferentes contextos culturales y religiosos y visitaba a sus familias. «Esos eran años —recuerda Hugo Carmeliet— en los que la economía estaba en plena expansión, había mucho trabajo y la mano de obra extranjera era particularmente demandada. Después de italianos, españoles, griegos y otros inmigrantes europeos, ahora era el turno de los marroquíes, que se aventuraban en Bélgica y se asentaban en barrios antes habitados principalmente por judíos. Egied deseaba vivir y trabajar con ellos y entre ellos»31. Como muchos obreros, Egied fue sometido a los agotadores ritmos de la fábrica, en los que el capataz siempre estaba dispuesto a «¡exprimir a los hombres hasta la última gota, como limones!»; él también fue despedido más de una vez «por nada», feliz de ser tratado como los demás y «no ser una excepción»32. «Deseo seguir siendo un obrero, y durante algún tiempo seguir en el anonimato, para poder testimoniar de una manera más profunda un amor más humilde, más acogedor, totalmente discreto y sin pretensiones»33. Los suburbios de Bruselas se convirtieron para Egied en la «zarza ardiente», el lugar donde Moisés se encontró con Dios:

la vida aquí es hermosa, muy real y hermosa; en comunión total con este mundo, el mundo concreto de hoy que es la creación de Dios ahora. Cuando pensamos en la creación divina, siempre pensamos en un pasado mítico o un futuro sagrado, pero es una fuente de alegría descubrir que esta creación mítica y santa es el mundo concreto de hoy; aquí, ahora, Bruselas, estos hombres concretos, en esta fundición sucia, nuestros amigos, todo esto constituye la realidad, y esta realidad es santa porque es el único lugar donde Dios puede venir a nuestro encuentro y, por tanto, el único lugar donde nos alcanza. Si tuviera que elegir entre la zarza ardiente y Bruselas, elegiría Bruselas34.

En los apuntes de Egied, que describen su compromiso con el mundo obrero, surgen a menudo tres temas. El primero es la necesidad de la vida comunitaria, de la celebración de la Eucaristía y de la oración, sin las cuales la presencia en la fábrica se vaciaría de significado. «Gran consuelo al celebrar la misa; el Señor nos atrae a su intimidad de manera sencilla y verdadera. Después de la consagración: lágrimas»35. La oración y la acción, el silencio y la palabra no eran dos universos separados; el silencio era la posibilidad de dialogar con Dios, y no un aislamiento del mundo:

[...] necesitamos momentos de silencio, pero de un silencio cargado de la plenitud de todas las palabras, capaz de llenar todas las palabras presentes y futuras. Las palabras son verdaderas, existenciales, tan solo si no rompen el silencio (de lo contrario, son pura charlatanería) y el silencio es tal solo si no interrumpe el encuentro36.

Un segundo tema recurrente es la obediencia a la Iglesia. No faltan las críticas hacia algunos eclesiásticos, que a juicio de Egied, habrían debido «correr el riesgo de comprometerse en el servicio de las clases sociales de los más débiles»37. Sin embargo el diálogo con los superiores, el intento de explicar a sus hermanos las razones del apostolado en los barrios pobres, la necesidad de estar en comunión con la Compañía de Jesús y con la Iglesia, a menudo reaparecen en el diario. El apostolado no es «una iniciativa individual»:

la Iglesia misma, en nuestra persona, se adentra cada vez más en el desierto para encontrar, llenos del amor del Señor, a los que se han extraviado. Y para ello debemos sentirnos enviados por la Iglesia, en su cabeza y sus miembros38.

Finalmente, en el diario emerge una reflexión constante sobre el método y sobre la naturaleza de la misión, que lleva a Egied a admitir los errores y a buscar nuevas soluciones.

El apostolado a través del amor nunca encontrará su expresión adecuada en una estructura; se sitúa, dado su propio centro, más allá de cualquier principio y de cualquier método de acción. Se trata del encuentro, aquí y ahora, de mí tal como soy contigo tal como eres; y al mismo tiempo rebosa el «aquí y ahora»39.

Por esto, aunque definiéndose a veces «cura obrero» y admirando a los que le precedieron, él no aceptaba la identificación con el modelo de sacerdotes obreros entonces difundido. Algunos pasajes del diario de Egied muestran de hecho cómo los proyectos sociales, la participación activa en los sindicatos y la defensa de los derechos de los trabajadores no constituían su preocupación principal.

Debemos evitar pasar por curas obreros, sin por ello criticar a los que lo son y sin desvincularnos de ellos. No nos especializamos en solucionar los problemas del mundo obrero, sino que somos curas en medio de la gente; curas que viven como todos (condiciones de trabajo, vivienda) y buscan crear una nueva forma de comunidad eclesial (ya sea autónoma, parroquial o de otra naturaleza); en cualquier caso centrados en la Eucaristía, partiendo de una preferencia hacia todos los que están más alejados de la Iglesia oficial (lo que de ninguna manera implica que sean menos sensibles a las necesidades del Amor, ¡todo lo contrario!)40.

Pocos meses antes de morir, Egied escribía: «He comprendido y he vuelto a descubrir que lo más importante en nuestra vida es compartir su vida totalmente. No es una acción sindical; puede aparecer junto a lo demás, pero no es lo esencial»41.

«Mis experiencias de Dios»: el diario de Egied Van Broeckhoven