La Biblia, libro sagrado - Carlos Junco Garza - E-Book

La Biblia, libro sagrado E-Book

Carlos Junco Garza

0,0

Beschreibung

La Biblia, libro sagrado nos acerca al misterio de la Palabra de Dios escrita en palabras humanas. Aborda los temas de una introducción general a la Sagrada Escritura: revelación, transmisión, nociones generales, canonicidad, inspiración, verdad y fuerza, interpretación, contenido y su papel en la vida de la Iglesia. Este libro ayuda a penetrar el misterio del Libro, expresión del amor de Dios, de su llamada a vivir en comunión. Las palabras del Libro invitan al encuentro con Dios y los hermanos y hermanas, en la libertad y la justicia, en la verdad y la transparencia, en la paz y el respeto, en la solidaridad y el amor.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 675

Veröffentlichungsjahr: 2011

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



CARLOS JUNCO GARZA

LA BIBLIA, LIBRO SAGRADO

Biblioteca Bíblica Básica 2

PRESENTACIÓN DE LA COLECCIÓN POR LOS DIRECTORES

La Biblia es el libro del pueblo de Dios, porque ha nacido y crecido con él, página a página, generación a generación. Ella es su memoria más viva y también su horizonte más seguro. En la Escritura el pueblo ha plasmado tanto su identidad profunda como su razón de regenerarse para cumplir cabalmente su pertenencia a Dios. En esas páginas tan queridas, habitan las generaciones pasadas, las de Noé y Rebeca, las de María y Samuel, las de Rut y Pablo, las de la Magdalena y Juan... Sí, sin duda; pero también en ellas nos encontramos tú y yo, con Doña Carmen y Don Socorro, con Alejandra y Lalo, con Citlali y Sergio... y tantos y tantos que conformamos el pueblo de Dios, el viejo y siempre nuevo. Por eso queremos tanto este libro, porque es la historia de nuestra propia familia, de Dios y sus hijos; por eso lo leemos con fe y con tanto gusto. 

El Concilio Vaticano II nos ha recordado que la entera vida del pueblo de Dios, en todas sus expresiones, ha de estar animada por la Escritura. Esto ha traído una multiplicación de traducciones de la Biblia, pero sobre todo un florecimiento de cursos y escuelas bíblicas, de encuentros parroquiales y diocesanos en torno a la Escritura, de jóvenes y adultos hambrientos del Pan de la Palabra y deseosos de compartirlo con todos. Nuestros medios se han distinguido por eso, porque hoy, más que ayer, el pueblo de Dios hace suya la Escritura, encuentra en ella su identidad y forja con ella su futuro; un futuro abierto a la fraternidad y la justicia del Reino anunciado por Jesús. 

En esa amplia perspectiva queremos situar esta serie de la Biblioteca Bíblica Básica (BBB). Destinada a quienes ya han asimilado los rudimentos de la iniciación bíblica y quieren seguir progresando en el conocimiento y amor a la Palabra de Dios. A ellos les ofrecemos los 21 volúmenes de que constará la obra. Aquí encontrarán no sólo informaciones sólidas y fundadas sobre cada libro bíblico, sino un instrumento para conjugar la Palabra con la experiencia cotidiana, porque hemos privilegiado los momentos para la interpelación personal y grupal. Por supuesto que agentes de pastoral, religiosas y religiosos, alumnas y alumnos de Institutos Bíblicos, sacerdotes y seminaristas hallarán aquí más elementos para vivir con gozo su compromiso cristiano. 

Este volumen, el 2 de la BBB, presenta una introducción a la Escritura de la mano de Carlos Junco Garza, uno de los directores de la colección. Desde el espíritu de la DeiVerbum se nos ofrece la revelación como palabra viva que el Dios vivo comunica a la Iglesia compuesta por miembros vivos. Todo orientado a caminar con el Vaticano II, que confesaba: «La Palabra de Dios la escucha con devoción y la proclama con valentía el Santo Concilio». 

Un estudio de la DeiVerbum es el pórtico que nos introduce al tema. Los pasos y forcejeos que dieron a luz a ese texto clave del Concilio dan fe de una exegesis renovadora y de una teología bíblica inspiradora y viva. 

Los siguientes cinco capítulos ofrecen un recorrido pormenorizado y completo de los temas clásicos de toda introducción a la Biblia: naturaleza de la revelación, su transmisión, canonicidad e inspiración. Se analizan los datos teológicos desde los diversos enfoques al mismo tiempo que se hace hincapié en la fenomenología del lenguaje, en el carácter interpersonal de la comunicación, en la acogida de la Palabra hoy, en las actitudes ante la Palabra. Predomina siempre una postura integradora y constructiva de lo mejor de la exegesis en su fecundo recorrido hasta nuestros días. 

La otra mitad del texto, cuatro capítulos, hace que esta introducción se convierta en manual inspirador, en ayuda eficaz, en compañera referente para la lectura y estudio vivos, para la oración compartida, para la proclamación sacramental, para el compromiso profético, para hacer de la Palabra el alimento de la esperanza y del amor. Aquí se concretan las consecuencias de la teología y de la tradición vistas en la primera parte: la verdad y la fuerza de la Escritura, la interpretación, la unidad y contenido, la Escritura en la vida de la Iglesia. 

Ofrecemos este texto como un paso más en la Biblioteca Bíblica Básica.

Los directores: Carlos Junco Garza Ricardo López Rosas Representante de la Editorial: Julián Fernández de Gaceo, SVD

SIGLAS Y ABREVIATURAS

a.C. antes de Cristo 

AG Ad gentes, decreto sobre la vida misionera, Vatica 

no II 

AT Antiguo Testamento 

B. Biblia 

c. capítulo 

ca. circa, al rededor de, hacia 

DAS Divino afflante Spiritu, encíclica de Pío XII, 1943 

d.C. después de Cristo 

DH Denzinger-Hünermann 

DV Dei Verbum, constitución sobre la revelación, Vati- 

cano II 

EB Enchiridion biblicum 

EN Evangelii nuntiandi, exhortación de Pablo VI, 1975 

GS Gaudium et spes, constitución sobre la Iglesia en el 

mundo moderno, Vaticano II 

IBILa interpretación de la Biblia en la Iglesia, documento 

de la PCB, 1993 

LG Lumen gentium, constitución sobre la Iglesia, Vati- 

cano II 

LXX Setenta. Versión griega del Antiguo Testamento 

NT Nuevo Testamento 

OT Optatam totius, decreto sobre la formación sacer- 

dotal, Vaticano II 

PC Perfectae caritatis, decreto sobre la vida religiosa, 

Vaticano II 

PCB Pontificia Comisión Bíblica 

PD Providentissimus Deus, encíclica de León XIII, 1893 

PG Patrología Griega 

PL Patrología Latina 

PO Presbyterorum ordinis, decreto sobre la vida de los 

presbíteros, Vaticano II 

s. siglo 

ss. siglos 

SC Sacrosanctum Concilium, constitución sobre la litur- 

gia, Vaticano II 

UR Unitatis redintegratio, decreto sobre el ecumenismo, 

Vaticano II 

v. versículo 

Vg Vulgata 

vv. versículos

INTRODUCCIÓN

La Biblia, en su unidad de Antiguo y Nuevo Testamento, es un libro sagrado para los cristianos. En él descubrimos la presencia del Padre que conversa con nosotros y nos llama a su compañía, la presencia de Jesús, el Hijo de Dios, que nos ha comunicado las palabras de su Padre, y la presencia del Espíritu que estuvo en la creación de este libro y que continúa iluminando su interpretación y animando su vivencia. 

La Biblia es un libro sagrado; sin embargo, los cristianos no constituimos una religión o Iglesia del libro. La Biblia es un libro sagrado que expresa, con limitaciones humanas, la revelación de Dios. Detrás de las palabras de la Escritura está la Palabra hecha carne, Jesús, el Hijo de Dios que compartió nuestra vida en todo, excepto en el pecado. La Biblia es obra literaria, basada en la historia, pero interpretada a la luz de la fe, por eso se convierte en testimonio de fe de sus autores y sus comunidades, y es llamado al encuentro con el Señor y con los hermanos en una vida de fidelidad a Dios y amor solidario con nuestro prójimo. 

En la Biblia, libro sagrado, encontramos la Palabra de Dios, fruto de su amor. Es la Palabra que nos guía e ilumina, nos alienta y apoya, nos critica y juzga, nos salva y da vida. Nuestra actitud ante la Palabra ha de ser de escucha fiel y proclamación valiente. María, en su sencillez de entrega a Dios y de preocupación por los hermanos, se nos presenta como la Virgen oyente (cf. Lc 2,19.51; 8,19-21; 11,27-28), figura de toda la Iglesia en esa actitud. 

Esta obra, Biblia, libro sagrado, sigue de cerca la estructura de la Dei Verbum (DV), la constitución dogmática sobre la divina revelación, del Concilio Vaticano II. Los dos primeros capítulos del libro, con sus temas sobre la revelación y su transmisión, se basan en los dos primeros de la constitución (ver el recuadro siguiente). A partir del tercer capítulo de este libro, «Nociones fundamentales sobre la Escritura», el centro es la realidad de la Biblia. Los cuatro siguientes capítulos de esta obra, del cuarto al séptimo, que tocan la canonicidad, inspiración, verdad y fuerza de las Escrituras, lo mismo que su interpretación, desglosan el tercer capítulo de la DV. El octavo capítulo de este libro, «Unidad y contenido de la Sagrada Escritura», reúne los elementos esenciales de los capítulos cuarto y quinto de la constitución. Por fin, el noveno capítulo de esta obra, «La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia», refleja el sexto y último de la DV.

Constitución dogmática sobre la divina revelación: Dei Verbum

Proemio (§1). 

Capítulo I: Naturaleza de la revelación (§ 2-6). 

Capítulo II: Transmisión de la revelación divina (§ 7-10).  

Capítulo III: Inspiración divina e interpretación de la Sagrada Escritura (§ 11-13). 

Capítulo IV: El Antiguo Testamento (§ 14-16). 

Capítulo V: El Nuevo Testamento (§ 17-20). 

Capítulo VI: La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia (§ 21-26).

No se trata de realizar un comentario al texto de la constitución, pero sí de tenerla en cuenta como guía en nuestro trabajo. Así lograremos conocer la letra y el espíritu de la DV, ahondar en su doctrina y en sus presupuestos, reflexionar en sus propuestas, enriquecerla con los avances de las ciencias bíblicas, expresados también en nuevos documentos del magisterio, en la reflexión de exégetas y teólogos, y en la vivencia de la comunidad eclesial, especialmente de los más débiles y desamparados. Un aliento singular significa el Sínodo próximo, de octubre de este año 2008, que será dedicado a: La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, y que nos coloca así en una actitud de escucha fecunda, proclamación valiente y vivencia comprometida de la Palabra. 

Para la elaboración de este libro, además de la bibliografía clásica y actualizada de la materia, me he apoyado en «Escucha, Israel...». Introducción a la Sagrada Escritura (Parroquial, México 21995), que escribí en 1990 y que en 1995 tuvo una segunda edición revisada y actualizada, que ha sido reimpresa en dos ocasiones más, la última en 2005. Quien desee indagar las fuentes que en esos años empleé, podrá encontrarlas allí. He tratado de corregirlo, cuando era necesario, de adaptarlo a las características de la colección Biblioteca Bíblica Básica y de enriquecerlo con nuevas aportaciones. Las citas de la Escritura, conforme a lo acordado en esta colección, están tomadas de la Biblia de Jerusalén, edición latinoamericana (Desclée, Bilbao 2001).

Carlos Junco Garza México, 26 de mayo de 2008

PRELIMINARES

LA CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA SOBRE LA DIVINA REVELACIÓN: DEI VERBUM

El Concilio Vaticano II (1962-1965) ha sido el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX. No sólo los 16 documentos emanados de él, sino también el espíritu que se respiró en él, marcaron una pauta y exigencia de auténtica renovación en la Iglesia. Cambios profundos de una Iglesia que, sobre todo en los cuatro siglos precedentes, había vivido un inmovilismo en muchos aspectos de su doctrina, de sus ritos, de sus costumbres. El Concilio constituía el encuentro de la Iglesia con el mundo moderno. Este mundo tan cambiante, como lo constatamos a poco más de cuarenta años de la celebración de ese acontecimiento eclesial. 

Basados en la analogía de las relaciones de Antiguo y Nuevo Testamento que se expresan en: continuidad, ruptura y superación, podemos aplicar algo similar al significado del Vaticano II. Baste pensar, con respecto a la Escritura, cómo ésta fue devuelta al pueblo, que estaba muy lejos de ella. En efecto, las Escrituras se proclamaban en la liturgia, pero en lengua latina, inaccesible para la inmensa mayoría de los cristianos. Además durante casi dos siglos (1559-1757) se pusieron restricciones a su lectura por el común del pueblo de Dios. Y aunque se levantaron esas restricciones, en muchos ambientes, como el nuestro, seguíamos alejados en la práctica de la Biblia. El Concilio declaró: «Todos los fieles han de tener fácil acceso a las Escrituras» (DV 22) y a la vez permitió la lengua propia en la liturgia (SC 36; 54; 63; 101), abriendo así los tesoros de la Palabra de Dios a todos nosotros. Sin lugar a dudas, en todo esto podemos aplicar la línea de la continuidad, ruptura y superación.

El Concilio y sus documentos

El Concilio Vaticano II, anunciado por Juan XXIII el 25 de enero de 1959, comenzó el 11 de octubre de 1962 y concluyó el 8 de diciembre del 1965, bajo Pablo VI. Se desarrolló en cuatro etapas que iban de los meses de septiembre u octubre a noviembre o diciembre de cada año, período durante el cual se reunían los obispos en la basílica de San Pedro en el Vaticano. 

Los 16 documentos aprobados se dividen, por su importancia, en tres categorías: 4 constituciones, 9 decretos y 3 declaraciones. Los documentos son identificados por las primeras palabras latinas con que empieza cada uno. Por ejemplo, la constitución dogmática sobre la divina revelación comienza en latín: Dei Verbum (La Palabra de Dios). Ése es el nombre de dicha constitución. Sus siglas son las iniciales de las dos palabras: DV Por regla general, esas palabras son significativas del contenido sustancial de los documentos. 

Para más información, acude a un libro que contenga los documentos del Concilio Vaticano II y podrás ver el nombre y el contenido sustancial de cada uno de ellos.

I. HISTORIA DE LA DEI VERBUM

La DeiVerbum constituyó el documento que más tardó en ser aprobado por el Concilio. El primer esquema o proyecto empezó a discutirse el 14 de noviembre de 1962, al mes de haber iniciado el Concilio. El quinto y definitivo esquema o texto fue aprobado el 18 de noviembre de 1965, a escasos 20 días de su clausura. 

Veamos un poco la historia que está detrás de estos datos.

1. Primer esquema: De fontíbus revelations

La Comisión doctrinal preparatoria había elaborado dos esquemas que tocaban muy de cerca lo referente a la Tradición y a la Escritura: De fontibus revelationis (acerca de las fuentes de la revelación) y De deposito fidei custodiendo (acerca del depósito de la fe que debe ser custodiado). Sólo el primero se presentó a discusión en el aula conciliar. 

Muchos obispos se sentían desilusionados porque el documento mencionado era de un tinte muy escolástico, conservador, apologético, cerrado a la dimensión pastoral y ecuménica propuesta para el Concilio por el papa Juan XXIII. De hecho, desde antes del comienzo de su discusión ya circulaban otros esquemas, con tonalidad muy diversa al propuesto, elaborados por algunos teólogos y por el Secretariado para la Unión de los Cristianos. 

En ese contexto se pueden entender tanto la presentación del documento, como la reacción de muchos padres conciliares en esos días. El 14 de noviembre de 1962 comenzó la discusión. El cardenal Ottaviani y monseñor Garofalo presentaron el esquema oficial, de manera defensiva y casi condenando los esquemas alternos que circulaban. Los cardenales Liénart y Frings, que al inicio del Concilio se habían opuesto con éxito a la premura para elegir a las comisiones conciliares, abrieron de nuevo el debate rechazando abiertamente el esquema, aun como objeto de estudio. Sus frases iniciales fueron: «El presente decreto doctrinal no me agrada, porque en todo su tenor me parece totalmente inadecuado a la materia que pretende tratar» (Liénart). «El esquema, si es lícito hablar claramente, no agrada» (Frings). De las 15 intervenciones conciliares en ese día, sólo 4 aceptaban el esquema como base de discusión; las restantes 11 lo rechazaban totalmente. Los días siguientes continuaron manifestándose las dos tendencias, prevaleciendo la que se oponía al esquema como base de discusión. 

Ante estas reacciones, donde se escuchaba más la oposición que la aceptación del esquema, el 19 de noviembre el Consejo de Presidencia decidió consultar a los obispos si convenía seguir o no discutiendo el esquema. Esta votación se realizó el 20 de noviembre con una formulación no muy feliz. Los votos que rechazaban el esquema llegaron casi al 62%, no alcanzando las dos terceras partes que se requerían para que se retirase el esquema. Por norma, la discusión debería continuar, aun cuando la oposición al esquema era fuerte. Sin embargo, al día siguiente, se leyó un comunicado de parte del papa Juan XXIII que retiraba el esquema y encomendaba la elaboración de un nuevo a una comisión mixta. En su composición entraban la Comisión doctrinal, con el cardenal Ottaviani a la cabeza, y el Secretariado para la Unión de los Cristianos, dirigido por el cardenal Bea, que representaban, en este campo, las dos tendencias del Concilio: la conservadora y la progresista. 

De esta forma Juan XXIII impidió una discusión vana en torno a un esquema que muchos rechazaban y evitó así que el Concilio abortara esta temática fundamental en la vida de la Iglesia.

2. Del segundo al cuarto esquema: De divina Revelatione

El segundo esquema, cuyo nombre cambió a De divina Revelatione (acerca de la revelación divina), fue fruto del compromiso entre los dos grupos, la Comisión doctrinal y el Secretariado para la Unión de los Cristianos, representantes de las dos tendencias. Se concluyó su redacción el 22 de abril de 1963, y en mayo se envió a los padres conciliares. No se discutió en el aula; sólo se recibieron alrededor de trescientas respuestas en nombre de uno o de varios obispos; todas ellas sumaban 2,481 enmiendas propuestas al esquema. En el fondo, el texto elaborado, aunque significaba un avance, no convencía plenamente. Requería de una revisión y enmienda profunda. Al finalizar la segunda etapa del Concilio, el nuevo papa, Pablo VI, elegido el 21 de junio de 1963, pidió que el Concilio tuviera en cuenta el tema de la revelación. 

A partir de las aportaciones hechas al segundo esquema y teniendo en cuenta la petición de Pablo VI, se elaboró el tercer esquema; ni en éste ni en las siguientes redacciones intervino ya directamente el Secretariado para la Unión de los Cristianos, aunque tenía derecho a hacerlo. No obstante esta ausencia, el fruto maduro del trabajo se logró gracias a una subcomisión interna a la Comisión doctrinal. Estaba compuesta por 7 padres y 19 peritos, y dividida en dos grupos; ella se encargó de elaborar el nuevo esquema. El texto del tercer esquema, enviado a los padres conciliares el 3 de julio de 1964, fue discutido en la tercera etapa, del 30 de septiembre al 6 de octubre del mismo año. 121 padres conciliares dieron su opinión: 69 intervinieron en el aula conciliar y 52 entregaron sus aportaciones por escrito. En general los juicios sobre el contenido eran muy positivos, aunque se sugerían aclaraciones a algunos puntos y se presentaban formulaciones diversas en otros. 

Tomando en cuenta las aportaciones señaladas en esos días, fue revisado en ese mismo período, teniéndose así la cuarta redacción distribuida el 20 de noviembre de 1964. Era un texto que no modificaba sustancialmente el anterior, pero sí se veía enriquecido en algunos aspectos. Un año después, en la cuarta etapa del Concilio, se votó, parte por parte y en su totalidad. Fueron veinte votaciones que se realizaron del 20 al 22 de septiembre de 1965. Los placet iuxta modum (votos positivos, pero con alguna propuesta de enmienda) a los diversos números fueron un total de 1,498.

3. El quinto y definitivo esquema: Dei Verbum

Para elaborar el quinto y definitivo esquema, los 1,498 modi o enmiendas propuestas se agruparon, en razón de los cambios sugeridos, en 212. Casi tres cuartas partes de esos 212 modi fueron rechazados por diversas razones válidas. Sólo se aceptó alrededor de una cuarta parte de esos 212 modi. El Papa, a nombre propio y tomando en cuenta a una minoría que no aceptaba algunos pasajes de la futura constitución, intervino directamente en tres puntos pidiendo se aclararan. Eran los temas que se referían al carácter constitutivo de la tradición, la verdad salvífica de la Escritura y el valor histórico de los evangelios. A partir de los modi aceptados y de las tres enmiendas propuestas por el papa y reelaboradas por la Comisión, se llegó al texto que sería el definitivo. Su nombre cambio a Dei Verbum (La Palabra de Dios). Éste se distribuyó el 25 de octubre de 1965 para que, antes de presentarse a la solemne votación pública, se votara el 29 de octubre de 1965, capítulo por capítulo y luego todo el esquema. En la votación general hubo 27 votos en contra. 

El 18 de noviembre de 1965, en la octava sesión pública del Concilio, se presentó el mismo texto a la votación definitiva: 2,344 votaron placet (a favor) y sólo 6 expresaron su non placet (voto en contra). Inmediatamente el Papa, en unión con los demás obispos, promulgó la Dei Verbum.

Dei Verbum

Constitución dogmática sobre la divina revelación. Inicia discusión el 14 de noviembre de 1962 bajo Juan XXIII. 

Primer esquema: 

De fontibus revelationis 

discutido en general y rechazado: 

14-20/21 de noviembre de 1962. 

(De deposito fidei custodiando. No discutido) 

Segundo esquema: 

De divina revelatione, enviado en mayo de 1963. 

Elaborado por la Comisión Mixta: 

Comisión Teológica y Secretariado 

para la Unión de los Cristianos. 

No discutido en el Concilio, 

sólo observaciones escritas 

(alrededor de trescientas con 2,481 enmiendas propuestas) 

Juan XXIII murió el 3 de junio de 1963.  

Pablo VI fue elegido el 21 de junio de 1963 

Tercer esquema: De divina revelatione, enviado en julio de 1964- 

Discutido en el Concilio 

del 30 de septiembre al 6 de octubre de 1964: 

69 intervenciones orales y 52 escritas. 

Cuarto esquema: De divina revelatione, 

entregado en noviembre de 1964· 

20 votaciones del 20 al 22 de septiembre de 1965, 

1,498 modi o enmiendas propuestas; agrupadas en 212; 

sólo 1/4 aceptadas. 

Quinto esquema, texto definitivo, 

Dei Verbum, entregado en octubre de 1965. 

Aprobación previa por capítulos y global: 29-10-1965, 

sólo 27 non placet (en contra). 

Aprobación definitiva y promulgación: 

18 de noviembre de 1965, 

2,344 placet (a favor); 6 non placet (en contra). 

Aprobación y promulgación el 18 de noviembre de 1965 bajo Pablo VI

II. SIGNIFICADO DE LA DEI VERBUM. SU PROEMIO (DV 1)

La importancia de la DV viene por diversas razones. Es el documento que atravesó las cuatro etapas del Concilio, recorriendo el camino más largo para su maduración y aprobación. Marcó un hito en la libertad que se dio en el aula conciliar al rechazar el primer esquema, con lo que esto significaba de un cambio de mentalidad, un proyecto nuevo, una apertura en la vida de la Iglesia. La DeiVerbum dejó a un lado las cuestiones discutibles, marcó un espíritu abierto y ecuménico, devolvió la Biblia al pueblo de Dios, reconociendo la centralidad de la Palabra en la vida eclesial. Ve en la Escritura, unida a la Tradición, la norma suprema de la fe de la Iglesia. Venera la Palabra, la escucha con devoción, la proclama con valentía, se alimenta de ella, la celebra en la liturgia, ora con esa Palabra viva y se esfuerza por llevarla a la práctica en la existencia diaria. 

Un pequeño recorrido por el proemio de la constitución dogmática sobre la divina revelación nos ayuda a comprender su sentido y alcance.

1. LÍNEA PROGRAMÁTICA

«La Palabra de Dios la escucha con devoción y la proclama con valentía el Santo Concilio.»

Este comienzo programático se añadió en el quinto y definitivo esquema: DeiVerbum –la Palabra de Dios–. El Dios viviente ha hablado y habla, quiere entablar un diálogo de amor con nosotros, desea compartir su palabra y su vida con nosotros, se nos ha entregado en el amor, dándonos a su Hijo. De allí surge en nosotros el llamado a escuchar con devoción la Palabra de Dios, asimilarla, hacerla vida y proclamarla con valentía y libertad. Ésa quiere ser la actitud fundamental de los padres conciliares, y por lo mismo del magisterio, pero también de todo el pueblo de Dios.

Opinión de los dos «Observadores» de Taizé

«La dos palabras que inician la constitución dogmática sobre la revelación muestran inmediatamente el espíritu de este texto capital del Concilio Vaticano II: “DeiVerbum... La Palabra de Dios...”. [...] La revelación va a ser considerada en todo este magnífico texto como la Palabra viva que el Dios vivo comunica a la Iglesia viva compuesta por miembros vivos. El Concilio desde el principio se pone en estado de escucha y proclamación.» 

Roger Schutz y Max Thurian, 

La Pahbra viva del Concilio, 

Studium, Madrid 1967, p. 57

2. La cita de Juan

«[...] obedeciendo a aquellas palabras de Juan: les anunciamos la vida eterna: que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Lo que hemos visto y oído se lo anunciamos, para que también ustedes vivan en esta unión nuestra que nos une con el Padre y con su hijo Jesucristo (ljn 1,2-3).»

La cita de san Juan nos ofrece ya lo esencial de la constitución, en especial lo que se refiere a la naturaleza y transmisión de la revelación: 

– Dios se nos ha revelado en su hijo Jesucristo: «les anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó». El Verbo hecho carne es la epifanía del Padre; la vida eterna que viene a comunicarnos es la misma vida divina. De esta forma, revelación y salvación se identifican. Además la revelación se presenta ya desde el principio en su dimensión personalista, salvífica, cristocéntrica y trinitaria (aunque aquí no se aluda de forma explícita al Espíritu Santo). 

– El apóstol está llamado a ser testigo, a transmitir esa revelación: «Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos». Existe la urgencia de comunicar y transmitir a los demás lo que se ha experimentado. Nuestra fe se apoya en la historia, ver las obras y oír las palabras, avalada por el testimonio apostólico. La revelación posee una dimensión histórica y real; no es una creación de la mente, o algo irreal. 

– El hombre está llamado a participar en la vida divina dentro de la comunión eclesial: «para que también ustedes vivan en esta unión nuestra que nos une con el Padre y con su hijo Jesucristo». La finalidad de la revelación está orientada a vivir en comunión con Dios. El proyecto de Dios se da en el nosotros comunitario y eclesial. No es asunto individual, sino comunitario.

3. MÉTODO Y FINALIDAD

«Y así, siguiendo las huellas de los Concilios Tridentino y Vaticano I, este Concilio quiere proponer la doctrina auténtica sobre la revelación divina y su transmisión: para que todo el mundo, con el anuncio de la salvación, oyendo crea, y creyendo espere, y esperando ame». 

El Concilio se sabe sucesor de los concilios anteriores, Trento y Vaticano I, que han abordado de alguna manera esta temática. Ahora, con nuevas luces, fuera del contexto polémico contra la Reforma protestante (Trento) y contra la corriente racionalista (Vaticano I), Vaticano II va a profundizar y exponer la doctrina sobre la revelación y su transmisión. 

El proemio se cierra con una frase de san Agustín que presenta la finalidad de toda esta exposición: suscitar una respuesta total de la persona humana ante el anuncio de la salvación.

Capítulo I  

NATURALEZA DE LA REVELACIÓN

Las Escrituras Sagradas no han caído del cielo. Han sido fruto de un largo proceso humano, en el que Dios, a través de su Espíritu, estuvo presente de una forma singular. Las Escrituras son el testimonio de hombres y mujeres de fe que han sabido contemplar la presencia salvadora de Dios en la historia diaria, han podido discernir la voz del Señor para el momento actual y han querido transmitirnos su experiencia de fe para que también nosotros creamos. Las Escrituras son la memoria privilegiada de las diversas revelaciones de Dios y de las múltiples y variadas tradiciones que se dieron en el pueblo judío y cristiano. Las Escrituras son historia interpretada con criterios de fe y reinterpretada o actualizada para el hoy de cada generación. 

Las Escrituras son Palabra de Dios expresada en palabras humanas; al ser Palabra de Dios conservan siempre un valor perenne que cada generación debe descubrir; al ser palabra humana, contienen condicionamientos históricos y culturales, que no siempre tendrán vigencia. Las Escrituras, sin añadirles ni quitarles elemento alguno, siguen siendo válidas para todos nosotros, sabiéndolas interpretar, discerniendo los elementos perennes de los caducos y transitorios, y esforzándonos por actualizarlas, oyendo en ellas la voz del Espíritu. 

Esto nos muestra que antes de los libros bíblicos está la revelación de Dios y su transmisión. La revelación es la manifestación del amor de Dios expresado de múltiples formas. Dios es amor, vida, comunión, palabra poderosa. Él ha salido de su silencio y nos ha invitado a recibir su amor, tener vida en abundancia, estar en comunión con Él y con los demás, dialogar con él escuchando su palabra y contemplando sus obras. Judíos y cristianos han testimoniado la acción de Dios en la historia y su palabra interpeladora. Es una revelación sin fronteras; sus semillas están esparcidas en la historia y cultura de todos los pueblos Es una revelación que tiene su culmen y plenitud en Cristo Jesús. En efecto, el Padre nos ha dado el regalo más grande en su hijo Jesucristo, quien, impulsado por el Espíritu, ofrece a los hombres y las mujeres de todas las épocas y culturas la salvación gratuita. Esa plenitud, con la ayuda del Espíritu, la vamos comprendiendo poco a poco y la vamos experimentando realmente, aunque no en su totalidad. 

Este primer capítulo nos acerca a la naturaleza de la revelación. Sobra decir que nuestro interés es limitado. No se pretende agotar ni tratar exhaustivamente el tema de la revelación. No es éste un tratado dogmático sobre la revelación. Es sólo una mirada a esta realidad y luego a su transmisión para ubicar y entender la Escritura. 

Comenzaremos hablando de la Palabra, pasaremos luego a abordar la naturaleza de la revelación y después presentaremos sus características fundamentales. Al final plantearemos algunas líneas de pensamiento que merecen una reflexión y profundización mayor. 

El objetivo de este capítulo se puede expresar así: Darnos cuenta de que, antes de la Escritura, está la revelación de Dios a través de sus obras y palabras, con las que nos muestra su amor.

I. PALABRA HUMANA Y PALABRA DIVINA

Dios dirige su palabra a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Su palabra ha sido expresada en la Escritura por medio de palabras humanas. Por eso iniciamos esta exposición presentando unas características de la Palabra divina y de la palabra humana.

1. Principio genérico

«Dios habla en la Escritura por medio de hombres y en lenguaje humano» (DV 12). 

«Creo en el Espíritu Santo [...] que habló por los profetas» (Credo). 

«Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2).

Dios habla por medio de hombres... La Palabra divina se hace palabra humana. Por eso, en orden a captar el verdadero sentido de la Palabra de Dios debemos comprender el significado de la palabra humana. 

Hablar es propio del ser humano. Palabras y lenguaje son elementos constitutivos de la existencia humana. La comunicación consigo mismo, con los demás y con Dios es parte vital del ser humano. La semejanza del hombre con Dios está en la capacidad de la palabra: capacidad de escucha, de silencio meditativo y de respuesta amorosa y comprometida.

Biografía de la palabra

«La biografía del hombre es, en el fondo, una biografía de la palabra. Somos seres vivientes porque respiramos y somos seres móviles porque caminamos, ejercitando nuestros músculos nos hacemos fuertes. Únicamente por la palabra, sobre todo por aquella que nos relaciona con el otro, el hombre se hace persona, es decir, hombre en el pleno sentido de la palabra.» 

Valerio Mannucci, 

La Biblia como Palabra de Dios. 

Desclée, Bilbao 1985, p. 15

Es cierto que en nuestra cultura occidental la palabra está devaluada. Decimos, pero no hacemos; prometemos, pero no cumplimos; hablamos, pero no actuamos. Por eso, para contrarrestar la palabrería hueca, en nuestro idioma existen los dichos populares: «obras son amores, y no buenas razones», o «del dicho al hecho hay mucho trecho». Por desgracia el valor jurídico no lo tienen las simples palabras pronunciadas, sino sólo los escritos. 

En cambio, para las culturas antiguas la palabra conserva siempre su eficacia y su validez. La palabra bendice o maldice. Para la mentalidad hebrea dabar (palabra) significa tanto una palabra pronunciada o escrita, como un suceso de la naturaleza o de la historia (cf. Gn 22,1; 1 Re 2,41). De allí que tanto dabar en hebreo, como logos en griego, puedan traducirse por «palabra» y por «acontecimiento». El sentido bíblico de palabra incluye la palabra y la obra, el decir y el hacer, la palabra que exige diálogo y que revela.

2. Triple función del lenguaje

La palabra humana tiene múltiples facetas. Por ella podemos penetrar en el mundo y captar su sentido y su ser. Además nos servimos de la palabra para expresar nuestra interioridad con un «yo» y para entrar en comunicación con el otro, al que nos dirigimos con un «tú». Así se crea mediante el lenguaje una relación. 

De allí que sean múltiples las funciones de la palabra: informa sobre acontecimientos, personas o cosas; expresa la interioridad de quien habla; interpela al oyente a dar una respuesta; hace que se actúe. Ninguna de estas funciones se da en estado puro; si se distinguen, es en orden a descubrir los diversos valores de la palabra.

Función informativa

Con la función informativa entramos en relación con la naturaleza, el mundo y la historia: informamos sobre hechos, cosas y sucesos. Solemos utilizar la tercera persona. Se trata de una función objetiva. Es la capacidad de llamar a la existencia, de nombrar, conocer, ordenar, distinguir, interpretar, profundizar. Adán es capaz de poner nombre a los animales, es decir, de distinguirlos, de dominarlos (cf. Gn 2,19-20). Esta función es típica de la ciencia, la didáctica y la historiografía.

Función expresiva o manifestativa

Por medio de la función expresiva o manifestativa el hombre entra en relación consigo mismo. Expresamos nuestra interioridad y sentimientos, nuestra participación en cosas y sucesos. Solemos usar la primera persona. Se trata de una función subjetiva, ya que mira al individuo. Es la capacidad de entrar en sí mismo, de apropiarse, de autocomprenderse. Es la interioridad que Adán nos comunica al contemplar a su mujer (cf. Gn 2,24). Función privilegiada que se da en la lírica y la poesía.

Función interpelativa

A través de la función interpelativa o vocacional somos capaces de ponernos en relación con los demás: apelamos al interlocutor, provocando su respuesta en acción, influyendo sobre él, impresionándole. Se trata aquí de una función intersubjetiva. Se suele usar la segunda persona. Es la capacidad de comunicarnos, de encontrarnos. Adán se comunica con Eva. El ser humano es relación. Esta función se expresa a través del llamado, la vocación y el mandato.

Unión íntima

Estas tres funciones no se dan en un estado puro, sino que están íntimamente unidas, aunque en un momento pueda sobresalir alguna de ellas. 

Por ejemplo, el maestro, al impartir su clase, está ejerciendo sobre todo la función informativa, penetrando en el sentido de las diversas realidades y distintos acontecimientos. A la vez está actualizando la función expresiva, pues él, de forma directa o indirecta, está manifestando sus juicios, sus valores, sus criterios, etc. Y además su palabra tiene una función interpelativa, pues espera de sus alumnos que le brinden atención, que lo cuestionen, que juzguen sus ideas, sus criterios, etc. 

Aplicando este análisis a la revelación, descubrimos que muchas veces se insistió en su función informativa: la revelación, como una serie de verdades, de misterios, de dogmas a creer; una mera transmisión imparcial de noticias. Hoy, sin descuidar este aspecto informativo, se subrayan, como más importantes, las funciones expresiva o manifestativa y la interpelativa: Dios, al revelarse, se nos abre, se nos entrega y se nos da, y al donársenos quiere entablar un diálogo con nosotros; espera nuestra respuesta en el mismo nivel. De allí que la Dei Verbum tenga una noción personalista de la revelación y de la fe. Concibe la revelación como comunicación de vida divina, identificada en la persona misma de Jesucristo. Esto no excluye que la revelación posea contenidos informativos, pero éstos no son su elemento principal.

Palabra divina y comunicación interpersonal

«A la Palabra de Dios se le deben reconocer todas las cualidades de una verdadera comunicación interpersonal, como, por ejemplo, una función informativa, en cuanto Dios comunica su verdad; una función expresiva, en cuanto Dios hace transparente su modo de pensar, de amar, de obrar; una función vocacional, en cuanto Dios interpela y llama a escuchar y a dar una respuesta de fe.» 

Sínodo de los Obispos, Lineamenta, 

La Palabra de Dios en la vida y enL· misión de la Iglesia, 

XII Asamblea general ordinaria del Sínodo. 

CEM, México si. [2007] § 9, p. 23

3. La Palabra de Dios en la revelación

Palabra, diálogo, encuentro

La revelación se entiende en categorías de palabra, de diálogo amable, de encuentro. Es el carácter interpersonal, existencial, dinámico y oblativo de la revelación. La revelación es un acontecimiento de comunicación interpersonal, de diálogo amigable.

«Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad [...] En esta revelación Dios invisible (cf. Col 1,15; 1 Tim 1,17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33,11; ]n 15,14-15), y trata con ellos (cf. Bar 3,38) para invitarlos y recibirlos en su compañía...» (DV 2; cf. 8.21).

Biblia: historia de la Palabra

De hecho la Biblia es la historia de la Palabra de Dios dirigida a los hombres. 

Palabra creadora, que llama a la existencia a las cosas (cf. Gn 1,3.6-7.9; etc.) y crea al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza para dialogar con ellos (Gn 1,26-27; 3,8-13). Palabra que llama a Abraham, a Moisés, a Samuel y a tantos otros para que lleven a cabo una misión (cf. Gn 12,1-3; Ex 3,10-15; 1 Sm 3,1-4,la). Palabra que es gracia y mandato, don y exigencia (cf. Ex 20,2-17). Palabra que cumple las promesas (cf. Jos 23,14-15) y por eso es eficaz y permanente (cf. Is 55,10-11; 40,8). Palabra que irrumpe en los profetas para anunciar y proclamar la voluntad salvífica de Dios en la historia, pero también para denunciar al pueblo su infidelidad y rebeldía (cf. Jr 1,4.11.13; Ez 2,1-3,11). Palabra que queda escrita como testimonio perenne (Is 30,8; cf. Jr 36). 

Palabra que, en la plenitud de los tiempos, se hace carne en Jesús (cf. Jn 1,14). Palabra encarnada que habla las palabras de Dios (Jn 3,34) y las explica (cf. Lc 24,25-27.32.44-49). Palabra que se difunde, crece y se robustece (cf. Hch 6,7; 12,24; 19,20), nunca está encadenada (cf. 2 Tim 2,9). Palabra que se identifica con el Jinete victorioso del caballo blanco, quien lleva a cabo el cumplimiento de la escatología (cf. Ap 19,11-16). Palabra que asegura la promesa del encuentro definitivo con él: «Sí, vengo pronto» (Ap 22,20).

II. NATURALEZA DE LA REVELACIÓN

1. Descripción

Revelar, en su etimología, es quitar el velo, descubrir lo oculto. Apocalipsis, palabra de origen griego, significa revelación, alejamiento de lo oculto. 

Bajo el punto de vista bíblico-teológico, revelación es la manifestación amorosa que Dios hace de sí mismo y de su misterio o plan en orden a nuestra salvación. Es la automanifestación de Dios en Cristo que nos ofrece la vida divina (DV 1-2). Es la comunicación gratuita y desinteresada del Señor con todos nosotros. Dios rompe su silencio. El Trascendente se hace cercano y nos comunica su vida. El texto de 1 Jn 1,2-3 citado por el proemio nos manifiesta de forma clara que la revelación es concebida como comunicación de vida divina, identificada en la persona misma de Jesucristo. Sin embargo, no debemos olvidar que el Dios revelado permanece, a la vez, como el Dios escondido, el inefable, el que no se puede expresar... Dios sigue siendo un misterio para nosotros.

Revelación y misterio

Hablando del diálogo entre Dios y el profeta, un judío conocedor del mundo profético expresa claramente que el diálogo se da en el silencio, la oscuridad y el misterio: 

«¿Será preciso indicar que este diálogo no es necesariamente sonoro? La voz de Dios es a veces el silencio. ¿Habrá que decir que este diálogo no es necesariamente luminoso? La aparición de Dios es a veces su oscuridad. Pero esto importa poco, con tal que este silencio y estas tinieblas sean reveladoras de Dios, aun cuando la revelación no haga más que sondear un misterio». 

André Neher, 

La Esencia del Profetismo. 

Sigúeme, Salamanca 1975, p. 10

2. Algunos elementos de la revelación

a) Iniciativa

Dios es amor, nos recuerda san Juan (1 Jn 4,8.16). Sólo a la luz de su amor misericordioso y gratuito podemos entender la revelación. Nuestro Dios de amor y bondad ha salido a nuestro encuentro. No somos nosotros quienes hemos buscado a Dios, sino que él nos busca. La revelación no es algo debido a nuestra naturaleza, es gracia y don (DV 1-2). Es la iniciativa del todo gratuita de Dios, fruto de su bondad: «Quiso Dios, con su bondad y sabiduría» (DV 2).

b) Objeto

En la persona de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, podemos descubrir el objeto central de la revelación. En Jesús se nos muestra quién es Dios, qué es el ser humano, y cuál es el proyecto divino de salvación para todos nosotros, hombres y mujeres del mundo (cf. DV 1.2.3.4.6). En Jesús, Hijo de Dios, podemos contemplar no sólo el rostro del Padre y del Espíritu, sino también el rostro del ser humano, con sus luchas y éxitos, sus dolores y sufrimientos, sus inquietudes e interrogantes, sus anhelos y esperanzas, su proyección individual y social. En Jesús se revela el Dios que por amor se entrega a nosotros totalmente y nos muestra, con su ejemplo de donación, que sólo en el amor y servicio mutuo nos realizamos como seres humanos.

«Por medio de la revelación, Dios quiso manifestarse a Sí mismo y sus planes de salvar al hombre...» (DV 6; cf. 2.4). 

«En realidad el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (GS 22; cf. 10.32.45).

c) Finalidad

La finalidad de la revelación es la salvación, la participación en la misma vida de Dios, la comunión con él y con todas las personas. De esta forma, revelación y salvación se identifican, pues la Palabra de Dios no sólo notifica o anuncia la salvación, sino que la realiza también. Por eso la finalidad de la revelación no queda limitada a un simple conocimiento o a la mera satisfacción de una curiosidad intelectual legítima. La revelación no trata de transmitir sólo conocimientos, sino ante todo vida y salvación (cf. DV 1-4.6).

d) Medios

– Obras y palabras. Razón fundamental

Obras y palabras intrínsecamente ligadas, son los medios por los que Dios se revela a los hombres. El Señor con sus palabras y acciones nos trata como amigos, como hijos y se nos revela como el único Dios, el padre amoroso, la madre tierna y compasiva, el esposo fiel. Así Dios entra en la historia humana a través de sus obras y, a la vez, anuncia y comenta su actuar por medio de sus palabras. 

Este modo de actuar de Dios respeta nuestro modo de entrar en contacto con los demás. Nosotros nos comunicamos con los demás a través del lenguaje que no se limita a las palabras, sino que abarca los gestos, las actitudes, las obras y acciones, la vida entera. 

En la teología anterior al Vaticano II se insistía en la revelación a través de palabras, pues se subrayaba mucho que Dios se había revelado para darnos a conocer una serie de verdades. Las obras –milagros, cumplimiento de las profecías– tenían sólo un valor apologético: servían para probar las verdades enunciadas. 

El Vaticano II da un giro, subrayando que Dios se revela también a través de las obras, acontecimientos que poseen un significado profundo, señales que remiten a una realidad más allá de la perceptible. El lenguaje latino empleado para designar las obras es gesta, palabra que posee un tinte más personal y tradicional.

«El plan de la revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio...» (DV 2 cf. 1.4.7.8.14.17.18).

–Trilogía: palabra, obra, palabra

A veces se puede dar la siguiente trilogía: palabra que anuncia y predice; obra que es reveladora y que cumple lo anunciado, y luego una nueva palabra que disipa la ambigüedad del acontecimiento, que lo interpreta y esclarece, que lo narra y lo recuerda. 

Por ejemplo, Dios se aparece a Moisés para anunciarle su proyecto de liberación para el pueblo esclavizado en Egipto (cf. Ex 3,7-10). Esa palabra tiene su cumplimiento cuando el pueblo sale de Egipto camino a la libertad (cf. Ex 13,17-14,31). El acontecimiento es en sí revelador, pero necesita de una palabra que explique su sentido, que disipe su posible ambigüedad: no salieron por casualidad; no salieron para morir en el desierto; fue el Señor quien los liberó para darles vida (cf. Ex 18,3-6; 20,2; 32,11-12; ver también, por ejemplo, Ex 16,2-8; 17,3). Además vendrá la palabra que se encargará de narrar el acontecimiento a las generaciones futuras para que se guarde como memorial (cf. Ex 12,26-27; 13,8-10.14-16; Dt 6,21-25; 26,5-10). 

Los ejemplos se podrían multiplicar. Baste pensar en la conquista, el exilio, el retorno a la patria y podremos constatar cómo se dan los tres elementos: el anuncio, la realización, la explicación y el recuerdo. 

Acercándonos al NT, nos damos cuenta de que los elementos son similares. Por ejemplo, hay una palabra de Jesús anunciando a sus discípulos su próxima muerte (cf. Mc 8,31; 9,30-31; 10,32-34). Viene luego el acontecimiento de su muerte en la cruz (cf. Mt 27; Mc 15; Lc 23; Jn 19). Este hecho, además de cumplir su palabra, es en sí revelador, nos muestra el amor de Dios y de su Hijo llevado al extremo, y, además, pone de manifiesto la injusticia humana que trata de eliminar y acallar al justo. Pero la muerte del Mesías puede interpretarse de manera ambigua, como lo hacían los discípulos de Emaús: «Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó» (Lc 24,21 cf. vv. 22-24) Se necesita la palabra del caminante forastero que viene a esclarecer el sentido de la cruz: no es fracaso, sino muerte por nuestra salvación, de acuerdo al designio de Dios en las Escrituras (cf. Lc 24,25-27.32, ver también vv. 44-48). Además, está la palabra de la resurrección, el sí de Dios que da pleno sentido a la vida de su Hijo. Y la palabra-confesión de fe: kerygma, catequesis, recuerdo y narración (cf. Hch 2,22-36; 3,12-26; 4,8-12; etc.).

– Esquema bipartito: obras y palabras

En otras ocasiones se nos presenta también la relación íntima que se establece entre obras y palabras, siguiendo un esquema bipartito: obras y palabras. 

Por ejemplo, Jesús anuncia y realiza el Reino de Dios: predica y hace señales curando a los enfermos y expulsando a los demonios (cf. Mt 4,23-25). Los apóstoles proclaman la Buena Nueva de la salvación en Cristo, y además comunican los dones de la salvación y realizan señales y prodigios en medio del pueblo (cf. Hch 2,14-41; 3,1-26; 5,12-16). El evangelio es una narración de lo que Jesús hizo y enseñó (cf. Hch 1,1). 

En el evangelio de Juan se ve también la íntima unión entre obras y palabras. Jesús multiplica los panes y a la vez declara: «Yo soy el pan vivo» (cf. c. 6). Jesús revela: «soy la luz del mundo» y cura al ciego de nacimiento (cf. c. 9). Jesús afirma de forma solemne: «Yo soy la resurrección y la vida» y resucita a Lázaro (cf. c. 11). 

La unión que se da entre obras y palabras no es necesariamente cronológica, sino de naturaleza. Mientras que en algunos momentos predominan las obras (cf. libros históricos o narrativos), en otros lo hacen las palabras (cf. libros proféticos y sapienciales). La unidad íntima sigue presente, pues, como ya se indicó, dabar y lógos, en hebreo y griego, implican a veces no sólo la palabra, sino también el acontecimiento.

e) Destinatarios

La revelación-salvación es para todos. Todos los hombres y mujeres, sin exclusión de nadie, somos los destinatarios de esta revelación (cf. Jn 1,1-18; Hch 10,34; 1 Tim 2,3-6). La vocación de todo ser humano es la divina; no existe una mera felicidad natural, ni por lo mismo un estado definitivo que consista en la simple felicidad natural. Dios eligió al pueblo de Israel para que fuera depositario de sus promesas y para que por medio de él toda la humanidad tuviera acceso a Dios. En Cristo Jesús y por medio de él se ofrece la salvación a todos los hombres.

«Deseando Dios con su gran amor preparar la salvación de toda la humanidad, escogió a un pueblo en particular a quien confiar sus promesas» (DV 14; cf. 1.3.4.17). 

«Esto vale (asociarse al misterio pascual) no solamente para los ristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual» (GS 22; cf. LG 16; AG 7).

¿Por muchos o por todos?

La Congregación para el Culto Divino pidió a los presidentes de las Conferencias Episcopales que corrigiesen la traducción de las palabras de la consagración al hablar de la sangre de Cristo: «será derramada por ustedes y por todos los hombres para el perdón de los pecados», donde así se tuviese, y se cambiase a: «por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados» (carta del 17 de octubre del 2006; cf. Phase 46 [2006] 633-635). 

Por una parte, las razones aducidas son múltiples: el empleo en griego de esa expresión, «por muchos», en los relatos de la institución (Mt 26,28; Mc 14,24); la correcta traducción, en esta línea, en la mayoría de las versiones modernas de la Biblia; el uso litúrgico latino antiquísimo de pro mutis (por muchos), al que se agregan liturgias orientales con el equivalente latino en sus lenguas; el hecho de que la expresión «por muchos», aunque abierta a toda persona, muestra que la salvación no se realiza mecánicamente, sino que requiere la aceptación de la persona. 

Por otra parte, la carta reconoce: «la fórmula “por todos” quiere, indudablemente, corresponder a la correcta interpretación de la intención del Señor, expresada en el texto. Es un dogma de fe que Cristo ha muerto en la Cruz por todos los hombres (cf. Jn 11,52; 2 Cor 5,14-15; Tit 2,11; 1 Jn 2,2)» (Phase 46 [2006] 634). 

¿Qué pensar de esto? 

1. Ciertamente, en el texto evangélico griego dice por «muchos» (perí I híper polón) y no por «todos» (perí I híper pontón); cf. Mt 26,28; Mc 14,24. Ver Mt 20,28; Mc 10,45. 

2. Sin embargo, la expresión parece aludir a Is 52,13-52,12, donde tres veces aparece en hebreo «por muchos» (53,11.12.12; cf. 52,14-15). Según un buen número de exégetas, «por muchos» puede entenderse por «todos», ya que la palabra hebrea rabbim expresa la totalidad de una multitud que no se puede contar. Su significado es incluyente, no excluyente. Cf. Max Zerwick, Análisis gramatical del griego del Nuevo Testamento (Verbo Divino, Estella 2008) 78; 103-104 [Mt 20,28; 26,28]. Joachim Jeremías, πολλοί, G. Kittel y G. Friedrich, Theological Dictionary of the New Testament (Eerdmans, Michigan, 1968; reimpr. 1983) VI, 536-545. 

3. Basándonos en eso, una traducción correcta del texto evangélico es «por todos». Traducir «por muchos» parece ser un literalismo que no refleja el sentido incluyente del texto. Ver a este respecto: Rom 5,12-19; Heb 2,9; 9,28, donde en griego se alternan: todos y muchos como sinónimos; lo mismo sucede en hebreo, por ejemplo, en Is 2,2-4; de forma que «muchos», al menos en estos casos, equivale a «todos».  

4. Esta traducción, «por todos», iría en consonancia con 2 Cor 5,14-15: «Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que si uno murió por todos (híper pánton), todos por tanto murieron, Y murió por todos (híper pánton), para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos». De igual forma concuerda con 1 Tim 2,3-6: «Esto es bueno a Dios nuestro Salvador, que quiere que todos (pántas) los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios y un solo mediador, Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo como rescate por todos (híper pánton)». 

5. Esto es acorde también con lo que la liturgia en el antiquísimo canon romano, Plegaria eucarística I, recita el jueves santo en el inicio del relato de la institución: «El cual, hoy, la víspera de padecer por nuestra salvación y la de todos los hombres (quam pro riostra omniumque salute pateretur), tomó el pan». 

6. La salvación de Dios en Cristo es para todos. Problema de otro orden es si aceptamos o rechazamos el don de la salvación, que, independiente de nuestra respuesta personal, sigue siendo oferta gratuita para todos los hombres y todas las mujeres del mundo entero.

f) Economía y etapas

Por economía de la revelación entendemos el plan de Dios llevado a cabo en la historia de la salvación. Dios desde los orígenes de la humanidad cuidó de todos los seres humanos. Queriendo ofrecer la salvación a todos los pueblos, eligió a Abraham para que en él se bendijeran todas las naciones de la tierra. Con sus acciones y promesas Dios guió el peregrinar de Abraham y de los demás patriarcas. Intervino en la historia tomando partido por el más débil y oprimido, llamando a Moisés a liberar a su pueblo. El Señor selló una alianza de amor con su pueblo y le dio su ley. Lo condujo a la tierra prometida y cuidó siempre de Israel. Por medio de los profetas comunicó su palabra de salvación. Cuando el pueblo pecó, no lo abandonó, sino que le perdonó y permitió que se preparara a la venida de Cristo en la plenitud de los tiempos. Jesús, Hijo del Padre, anunció el reinado de Dios en esta tierra y realizó la obra de salvación con sus palabras, obras, actitudes, y, sobre todo, con su pasión, muerte y resurrección. En Jesús está la salvación para todos, que podemos alcanzar con la fuerza del Espíritu. 

Ésta es, a grandes rasgos, la economía de salvación realizada fundamentalmente en sus dos grandes etapas: la anterior a Jesús, el Antiguo Testamento, y la realizada a partir de él, el Nuevo Testamento. Estas dos etapas fundamentales de la economía de salvación tienen sus líneas de continuidad y sus puntos de diferenciación y superación (cf. DV 3-4.14-16). Entre ella hay continuidad y unidad, pues es el mismo Dios que se revela, su misma palabra que se nos comunica, e idéntica la finalidad que es la salvación. Pero hay diferencias y superación, pues son diversas las épocas, los modos, las formas, los destinatarios y los mediadores. Hay diferencia y superación, pues nosotros confesamos a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, como el Mesías, el Salvador y Redentor de toda la humanidad, culmen y plenitud de la revelación. 

En el Antiguo Testamento, aunque se realiza ya una historia de la salvación, se da una economía parcial y progresiva, palabras intermitentes y fragmentarias, múltiples mediadores: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas» (Heb 1,1). Economía salvífica real, pero parcial y progresiva que tiende a la plenitud en Cristo.

«El fin principal de la economía antigua era preparar la venida de Cristo, redentor universal, y de su reino mesiánico... Estos libros (del AT), aunque contienen elementos imperfectos y pasajeros, nos enseñan la pedagogía de Dios...» (DV 15; cf. 3.14-16).

En el Nuevo Testamento está la economía nueva y definitiva en Cristo. En Jesús el Padre nos ha dicho y dado todo. Jesucristo es la palabra definitiva de la revelación. Palabra única y total, que sintetiza a todas las anteriores y que se despliega en la consecuente historia del mundo. «En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2). Palabra que vamos comprendiendo paulatinamente hasta que lleguemos a la plenitud de la verdad (cf. DV 8). Jesucristo es también el don supremo que Dios nos ha dado, aunque esa salvación aún no se manifiesta en plenitud: «Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, ¡pues lo somos!... ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado todavía lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3,1-3).

«La economía cristiana, por ser la alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor (cf. 1 Tim 6,14; Tit 2,13)» (DV4).

Palabra hecha historia

«Dios habla, y ¡a veces grita!, para que le escuchemos. Habla de mil maneras, pero, sobre todo, ha pronunciado su Palabra definitiva en Jesús. Él es la palabra encarnada. Palabra hecha historia y aventura humana. Palabra con sabor a sudor y lágrimas, llena de tierra y esperanzas humanas. Palabra que habló palabras nuestras; palabras que enseñaron, expresaron el cariño incondicional del Padre y palabras libres que provocaron conflictos; palabras que suenan a perdón, misericordia, justicia, a Utopía del Reino».

Daniel Landgrave Gándara,  

Rompiendo silencios y soledades. El juego salvífico de los sentidos.  

SF, Hermosillo 2003, p. 44

g) Mediador y plenitud

En el AT hubo diversos mediadores –Abraham, Moisés, los profetas, etc.–. En el Nuevo Testamento hay un solo y perfecto mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo el Señor. «Porque hay un solo Dios y también un solo mediador entre Dios y los hombres, un hombre, Cristo Jesús» (1 Tim 2,5). Como lo afirma el versículo anterior, la mediación de Cristo se extiende a la salvación y al conocimiento de la verdad.

«La verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre que transmite dicha revelación resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación» (DV 2; cf. 4-7).

Jesús como mediador es el Revelador, pero a la vez es la plenitud de la revelación, porque él mismo es el misterio revelado. Él es el autor y a la vez el objeto de la revelación, el predicador y el predicado, el mensajero y el contenido del mensaje, el revelador del misterio y el misterio en persona. Por eso, hay que creerle a Él, ya que es el Revelador, y hay que creer en él, pues es el Revelado. Creer a Cristo que es el Mediador de la revelación, creer en Cristo que se convierte en el objeto de la revelación, pues en él se esclarece quién es Dios y qué es el ser humano llamado a participar de la vida de Dios. Creer o caminar hacia Cristo, plenitud de la revelación, meta de nuestro peregrinar. 

Todo el NT nos presenta a Jesús como el Revelador y el Revelado. El evangelio primero es la Buena Noticia que proclamó Jesús como Revelador, y luego es la Buena Noticia que nos transmiten los discípulos y la comunidad sobre Jesús. Los dos aspectos son inseparables. Por ejemplo, en el evangelio de Lucas descubrimos a Jesús como el Revelador, y en los Hechos podemos contemplarlo como el Revelado. Quien subraya más el aspecto de Jesús como Revelador es, sin duda alguna, el evangelio de Juan (cf. Jn 1,18; 3,32.34; 6,46; 12,49). 

A Moisés, a Jeremías hay que creerles porque comunican las palabras de Dios, pero no hay que creer en ellos, pues ellos no son el objeto de la revelación. En cambio Jesús es el Revelador y el Revelado. Por eso hay que creer a él y en él y hay que creer o caminar hacia él.

DV2 

Comparación entre Vaticano I y Vaticano II 

1. El Vaticano I (Dei Fiüus, 24 de abril de 1870; cf. DH 3004) parte del conocimiento de Dios por la luz natural de la razón, y sólo después habla de la revelación sobrenatural. El nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (1992), de alguna forma, sigue ese orden: «El hombre es capaz de Dios» (27-49); «Dios sale al encuentro del hombre» (50-73). En cambio, el Vaticano II (Dei Verbum) comienza presentando la revelación sobrenatural, y sólo después menciona el conocimiento de Dios por la razón (DV 6). 

2. Al señalar los atributos divinos a los que se debe la revelación, el Vaticano I habla de la sabiduría y bondad, mientras que el Vaticano II invierte el orden: bondad y sabiduría, recalcando así la dimensión primordial del amor de Dios en la revelación. 

3. El objeto de la revelación divina para el Vaticano I es Dios mismo y los decretos de su voluntad. En el Vaticano II, con un lenguaje más bíblico, se señala a Dios mismo y el plan (en latín, sacramentum; en griego, mysterion) de su voluntad, con la referencia explícita a Ef 1,9. Indica la voluntad salvífica universal y eterna de Dios manifestada plenamente en Jesús. 

4. Además, el Vaticano II va a expresar que la revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas entre sí. 

5. En general, el lenguaje del Vaticano II es más bíblico y personalista.

3. Respuesta de fe