La buena y la mala educación - Inger Enkvist - E-Book

La buena y la mala educación E-Book

Inger Enkvist

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Beschreibung

En esta nueva edición de La buena y la mala educación, Inger Enkvist revisa, corrige, actualiza y aumenta su libro estrella. Sus páginas recorren los distintos sistemas educativos imperantes principalmente en Occidente (sin dejar de mirar otras latitudes), y hacen un balance tanto de los aciertos como de los desaciertos del modelo de enseñanza predominante en países como Francia, Finlandia, Estados Unidos, Japón, China, entre otros. Enkvist ha introducido un capítulo en el que hace un acercamiento a las nuevas tecnologías, la Inteligencia Artificial, la hiperactividad de los alumnos, la dislexia, el TDAH, las diferencias entre los alumnos y las alumnas, sin perder de vista el punto neurálgico de su trabajo: que la lengua y la lectura es lo central en la educación, que el esfuerzo del alumno es fundamental y que la familia tiene un papel clave en el proceso de aprendizaje de los niños y jóvenes. Dicen los lectores: «Desmonta el tinglado sectario y pseudocientífico de la neopedagogía» «Es una buena perspectiva del desastre que hemos creado» «Esta señora da en el clavo en todo. En todo»

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Seitenzahl: 440

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Inger Enkvist

La buena y la mala educación

o El dominio del lenguaje

Nueva edición revisada y aumentada

Prólogo de Catherine L'Ecuyer

© La autora y Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2025

Prólogo de Catherine L'Ecuyer

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección Nuevo Ensayo, nº 162

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-1339-223-3

ISBN EPUB: 978-84-1339-556-2

Depósito Legal: M-5345-2025

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa

y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com - [email protected]

Índice

Prólogo

Introducción

La influencia de la política y la economía en la educación

Los alumnos no lectores. Ejemplos de Francia

La autoridad del profesor. Ejemplos de Finlandia y Estonia

La importancia del hogar. Ejemplos de los Estados Unidos

La importancia del esfuerzo. Ejemplos asiáticos

Todas las materias son lenguas

El debate educativo actual enfoca más a los alumnos que a su aprendizaje

Hay que cambiar la política educativa

Bibliografía

Prólogo

«Es necesario organizar la vida familiar dando prioridad a la educación de los hijos», advierte la Dra. Inger Enkvist en la introducción de su obra.

¿Cómo hacerlo?, preguntarán lógicamente los padres. Todos los pedagogos desde Comenio y a lo largo de la historia de la educación buscaron como si fuese la piedra filosofal «el» método y «el» modo definitivo de educar adecuadamente a los alumnos y a los hijos.

No hay receta. El «cómo» se hace ameno y evidente a medida que las respuestas al «por qué» y al «para qué» de la educación se hacen inteligibles, deseables y bellas. Pues bien, el lector tiene ahora mismo en sus manos una obra que le permitirá comprender mejor el «por qué» y el «para qué» de una buena educación. La Dra. Enkvist pone al servicio de sus lectores su experiencia de asesoramiento de numerosos gobiernos, su estudio meticuloso de varios sistemas educativos, sus miles de horas de investigación académica, en un lenguaje comprensible y entendible para padres y maestros.

En su obra, la Dra. Enkvist aborda temas tan controvertidos como de rabiosa actualidad. ¿Por qué el esfuerzo es importante? ¿Por qué algunos Gobiernos prefieren aligerar contenidos y bajar el nivel curricular? ¿Cuáles es el rol de la familia y del hogar en la educación de los hijos? ¿En qué consiste la «nueva pedagogía», y a qué resultados nos lleva? ¿Por qué los ideales de igualitarismo y de antintelectualismo han hecho tanto daño a la educación? ¿Por qué es importante la lectura, y cómo fomentarla? ¿Tienen sentido los programas de bilingüismo? ¿Puede la inteligencia artificial revolucionar la educación? No se contenta con darnos su opinión autorizada, cita estudios y ejemplos concretos de fracasos y de éxitos. Esos datos ayudan al lector a salir de los lugares comunes de las mantras o ideas mainstreams en la educación, como, por ejemplo: «la escuela tiene que ser como el mundo» o «para qué sirven los conocimientos». La autora nos ayuda a alejarnos de las ocurrencias pedagógicas y nos devuelve al plano de las evidencias.

La Dra. Enkvist no solo es autora e investigadora. Quien la conoce en un plano más personal sabe que es una mujer valiente, honesta y auténtica. Igual corro el riesgo de sonar un poco cursi, pero Inger es de las personas que buscan asiduamente la verdad. No le importa ser incómoda o políticamente incorrecta y ese rasgo se refleja en todo lo que escribe. Esta obra no es ninguna excepción. Inger habla con claridad, en un mundo posmoderno en el que la verdad se considera una mera construcción, una mera representación subjetiva que hace cada persona de su propia realidad. Me atrevo incluso a pensar que la honestidad intelectual casi «salvaje» que la caracteriza, es una de las razones por la que Inger, una catedrática de Literatura Española decide, hace unos años, declararle la guerra al constructivismo y «liarla» convirtiéndose en una voz autorizada en defensa del conocimiento.

Querido lector, disfrutarás muchísimo con esa obra.

Querida Inger, gracias de corazón por escribirla.

Catherine L’Ecuyer

Doctora en educación y psicología y autora de Conversaciones con mi maestra

Introducción

El presente libro tiene el propósito de explicar en qué consiste la buena calidad educativa. Con este objetivo nos adentraremos en el estudio de sistemas escolares de muy diversa índole: tanto de aquellos que dan buenos resultados como de aquellos que los dan malos. A través de ese recorrido comparativo intentaremos mostrar cuáles son las razones por las que el modelo educativo prevaleciente en muchos países occidentales no funciona. Se trata de un itinerario de comprensión que entendemos fundamental para los diferentes agentes educativos.

A los políticos les querríamos decir que muchas veces conciben la educación como un tema exclusivamente de presupuestos, mientras que el problema no es sólo lo que se invierte en educación, sino el tipo de educación en el que se invierte. Las propuestas educativas que relativizan la presencia del educador y se sostienen exclusivamente sobre conceptos como el juego creativo y la motivación, muestran sus carencias en sus resultados, y parecen negar la importancia de la exigencia académica y de la pedagogía del esfuerzo.

A los profesores querríamos dejarles bien clara la responsabilidad que tienen ya desde el momento de su formación como profesionales, así como a la hora de preparar sus clases, de mantenerse al día e interesados en las materias que explican y de concentrarse a la hora de desempeñar su trabajo. Pero no toda la responsabilidad es suya. A la vez, se hablará la necesidad de ciertos cambios legales para modificar la situación dramática en la que muchos maestros y profesores se encuentran en las aulas: ampliamente limitados en su autoridad y en su modo de impartir la docencia por unas nuevas pedagogías que impregnan las leyes y los reglamentos educativos.

A los padres se les recordará que la educación de sus hijos no es cosa baladí, y que esta no se va a producir de un modo espontáneo. Es necesario prestarle atención al lento y esforzado proceso educativo y acompañarlo suficientemente. Por eso, se les enviará a las familias el urgente mensaje de que no deben delegar algo tan ligado al futuro de sus hijos como su formación. Es necesario organizar la vida familiar dando prioridad a la educación de los hijos. El mensaje que se le quiere enviar a los alumnos es el de que la educación de uno mismo implica esfuerzo, sin el cual los resultados no superarían la mediocridad.

Para explicar cómo se ha llegado a la crisis de la educación actual hablaremos de unas ideas pedagógicas que se han ido introduciendo poco a poco en la educación occidental durante el último medio siglo. A mediados del siglo XX, la pedagogía occidental se proponía como meta conseguir una educación democrática, pero no estaba claro el método para conseguirla. Los gobiernos se vieron abocados a elegir entre dos opciones. Por un lado, podían optar por mantener unos sistemas educativos de calidad y de alta exigencia, abriéndolos a los alumnos que hasta ese momento no tenían acceso a él. Pero también tenían la opción de unificar el sistema al máximo hasta ofrecer solo uno e igual para todos, con el necesario peaje a pagar consistente en la bajada de nivel y el aligeramiento de contenidos. La opción más generalizada en los países occidentales fue la segunda, y la consecuencia ha sido que las aulas se han ido liberando de la transmisión de contenidos, rellenándose los espacios dejados por estos con didácticas revestidas de aspectos creativos y lúdicos. Así, en lugar de adquirir contenidos en las diferentes materias, el objetivo de la educación pasó a ser el conocido «aprender a aprender» a través de un método basado en el constante «fomento de la autonomía» del alumno. La nueva pedagogía preconizaba, y lo sigue haciendo, la abolición de los exámenes y el continuo fomento de la expresión de la personalidad del alumno, en lugar de poner el acento en los contenidos correspondientes a cada una de las materias del currículum, que sólo darían acceso a conocimientos «formales» y que sólo enseñarían el pensamiento autoritario de algunos «hombres blancos muertos». Esta nueva pedagogía, como veremos en la ejemplificación de sus efectos detallados a lo largo de este libro, buscó legitimarse mediante métodos capaces de facilitar la convivencia en el aula de alumnos muy diferentes en todos los aspectos, influyendo en todo ello la naciente sociedad del bienestar, el estallido de la revolución del mayo del 68 y la difusión generalizada de sus ideales, con su «prohibido prohibir» y su idea de que era posible construir un «hombre nuevo» a través de la ingeniería social.

Al mismo tiempo, después de un tiempo de vacilación, los países comunistas eligieron mantener las exigencias de su sistema educativo. La única gran excepción fue la China del periodo de la Revolución Cultural de Mao, que dejó el sistema de ese país entregado a la anarquía, con el resultado de que los mandatarios de la China actual, observando los resultados de aquellos métodos, hayan optado por una vía educativa completamente opuesta, volviendo a la tradición educativa china anterior. Podríamos decir que, en cierto modo, los países occidentales también han vivido sus propias revoluciones culturales. En ellos, diferentes grupos de políticos y pedagogos han afirmado y a veces siguen afirmando que es más importante la «inclusión» que el aprendizaje, que los profesores tienen demasiado poder y que los exámenes resultan inútiles. La curiosa consecuencia de la aplicación de estos nuevos principios en los últimos años ha sido que ha bajado notablemente el nivel de conocimientos de los alumnos y ha aumentado el número de actos de vandalismo en las aulas y en las escuelas, así como el trato irrespetuoso a los profesores. De hecho, esta dramática nueva situación ha llegado a ser tan habitual que ha dejado de ser noticia. En este problemático contexto educativo es donde han irrumpido las estadísticas del informe PISA con fuerza, despertando las conciencias. Debido a sus mediocres resultados, muchos gobiernos se han convencido de la necesidad de repensar sus políticas educativas.

Si se quiere entender lo que ha sucedido en la educación de Occidente en los últimos años, es esencial estudiar los contenidos y métodos de todo un conglomerado de pedagogías que podríamos tildar de «libertarias» o «progresistas», y que llamaremos sintéticamente, de ahora en adelante, «nueva pedagogía». Este haz de propuestas educativas se caracteriza por enfatizar al máximo la libertad del alumno, lo cual se complementa con un conjunto de propuestas asociadas al mundo de la tecnología y de la empresa que a todos nos sonarán. Según esta pedagogía, el uso de ordenadores y de internet, así como el trabajo tanto individual como en equipo, serían las grandes claves educativas para preparar al alumno de hoy a un futuro brillante en el mercado laboral. La denuncia de este tipo de pedagogía profundamente contraria a la calidad educativa va a ser uno de los más significativos leitmotivs del presente libro.

Pero la tesis principal de la presente publicación es la de poner el acento en uno de los elementos más importantes en toda educación, como es el aprendizaje de la lengua. A lo largo de estas páginas veremos ejemplos positivos y negativos al respecto, intentando vislumbrar en cada caso qué tipo de prácticas son más recomendables y cómo, curiosamente, muchas de ellas resultan coincidir con lo que en Occidente ha sido la educación tradicional. La tesis fundamental que vamos a defender es, pues, que el aprendizaje de la lengua funciona mucho mejor siguiendo la educación conocida como «tradicional» que guiándose por aquella fundamentada en las nuevas pedagogías. Y esto resultará evidente después de hacer una revisión de distintos estudios realizados desde diferentes disciplinas académicas, que nos permitirán aprender de las prácticas que funcionan mejor.

Como veremos, la educación tradicional funciona mejor que la nueva porque desarrolla la lengua de un modo sistemático y continuo. Queremos señalarlo porque, inexplicablemente, es un dato que suele pasar desapercibido en el debate educativo. Con la intención de hacerlo evidente para todo lector libre de prejuicios, en las siguientes páginas intentaremos seguir un itinerario explicativo que muestre el completo desarrollo del lenguaje, desde la más tierna infancia hasta el final de la formación universitaria. A este respecto nos fijaremos en muy diversos aspectos del mismo tema, como por ejemplo la importancia de la lectura, la relación entre las diferentes asignaturas y la lengua, la amplitud y la precisión del vocabulario, la flexibilidad y la corrección del lenguaje, o las mejores vías para estudiar y aprender una segunda lengua.

Creemos que este marco general ayudará al lector a entender el debate sobre aspectos candentes de nuestra actualidad, como pueden ser la misteriosa dificultad que tenemos para aprender idiomas, el conocido y controvertido método de la inmersión lingüística, o el aprendizaje de las lenguas occidentales por parte de los inmigrantes, tema necesariamente presente en nuestras agendas políticas por motivos demográficos. A lo largo de este libro subrayaremos también la contradicción que supone darle tanta libertad al alumno en un contexto educativo en el que son muchos los alumnos que precisan de una enseñanza sistemática y estructurada de la lengua, por motivos tan dispares como el ser disléxicos, tener dificultades de concentración o simplemente por ser inmigrante.

Por último, este libro tiene la ambición de mostrar y debatir los problemas mencionados desde una perspectiva plurinacional, aportando datos sobre Francia, Estados Unidos, Finlandia, Suecia, Japón, China, España, etc. Como veremos a lo largo de la explicación, se aportarán muchos datos acerca de la situación en Suecia. La razón no es que la autora de este libro sea sueca, sino que Suecia es un ejemplo arquetípico para conseguir entender la crisis educativa actual. Se trata de un país sin demasiados problemas sociales y económicos, que tenía una buena tradición educativa nacional hasta que a inicios de los años setenta «se convirtió» a la nueva pedagogía, y entonces empezaron, casi desde el principio, los problemas educativos. Del ejemplo sueco pueden aprender especialmente los países de habla hispana, ya que a ellos les llegó más tardíamente la nueva pedagogía, y quizás, observando lo que ha sucedido en uno de los países considerados como modélicos por los políticos, podrían salir antes de ella.

La responsabilidad de la familia

¿Qué es lo que es bueno para el ser humano? Una posibilidad de respuesta a esta pregunta la encontramos en Antonovsky, un psicólogo más volcado en el ámbito de la salud que en el de la educación. Sin embargo, su perspectiva tiene una relevancia directa para el mundo que aquí estamos estudiando1. El autor introduce el adjetivo «salutógeno», como contrario a «patógeno», para referirse a los factores que directamente generan la salud del individuo. Es decir, en vez de estudiar las enfermedades, el autor quiere descubrir lo que contribuye al bienestar del ser humano. Los factores salutógenos, según él, son los que nos permiten ver el mundo como coherente, comprensible y manejable. Necesitamos conocer nuestro mundo y poder prever lo que va a suceder. Solo así, podemos responder adecuadamente. Lo salutógeno es vivir una estructura familiar con fuertes lazos de amor y dependencia mutua, una red familiar que nos permita juntar todos los recursos personales y económicos de la familia en caso de necesidad. En la escuela, lo previsible significa moverse dentro de un marco de reglas conocidas y aceptadas. Necesitamos exigencias y retos adecuados a nuestras capacidades, y hacer lo que debemos hacer nos suele llenar de satisfacción. Para todos los aspectos de la vida, es importante aceptar el posponer la satisfacción de nuestros diferentes anhelos, desarrollando paso a paso una autodisciplina. La educación es importante porque no todos los jóvenes saben elegir, de manera realista y positiva, lo que es bueno para ellos, sino que algunos optan por el mundo desestructurado y confuso de las drogas. La descripción de Antonovsky nos recuerda que necesitamos escuchar relatos positivos que adoptan una actitud benevolente hacia los demás. Lo esencial es entender que la familia es central en lo que es bueno para el hombre2.

A propósito de la educación, Antonovsky sostiene que negarse a aprender es un infantilismo. Es significativo que los jóvenes inmaduros no se guíen por el ejemplo de los adultos, sino que se dejen influir por personas de su misma edad, también inmaduras. Elegir el camino fácil es un signo de inmadurez, como lo es el no aceptar la realidad y no buscar la verdad. El resultado de tal elección suele ser que estas personas no logren adecuar su propia vida a sus deseos y que rechacen las exigencias de la edad adulta, como el trabajo y el orden, no queriéndose dar por enteradas de los límites y las exigencias asociados a la madurez. Es llamativo que el negarse a aprender pueda combinarse con pedir respeto por su persona. Es de adolescente, y no de persona madura, centrarse en cuidar del propio cuerpo, querer imponerse por la fuerza y no reflexionar demasiado.

El autor interpreta la aceptación de este infantilismo como un culto al niño, al hombre primitivo, al artista y al no intelectual. Los antintelectuales veneran la infancia como símbolo de pureza, inocencia y autenticidad. Bastantes padres creen que ya no se necesita educar a los hijos sino solo mostrarles bondad. Quizá solo tienen un hijo y, si además se convierten en padres relativamente tarde, es posible que caigan en la tentación de adorar a su propio hijo. Quieren darle todo y no exigirle nada. Sin embargo, cuanto más reciben los hijos, menos lo agradecen y los padres no suelen tener un plan B. Además, muchos adultos quieren parecer jóvenes con lo cual ya no es automático el reparto de funciones dentro de la familia, porque los hijos se atribuyen algunos de los papeles de los adultos y algunos adultos se comportan como niños. Tradicionalmente solía haber un reparto de papeles en las familias, pero esto ya no es así. Cada vez más son los hijos los que toman las decisiones que antes correspondían a los adultos.

Precisamente porque los hijos son inmaduros, es fácil que abusen de su poder sobre los adultos. La confusión de papeles lleva a que muchos niños hoy en día no tengan miedo a nada y no respeten a los mayores. No sienten nunca vergüenza. En esa confusión de papeles, si tenemos que creer a Antonovsky, los más perjudicados son los varones, como se puede observar en el mayor número de chicos entre los que necesitan apoyo psicológico.

Ante esta difícil situación, lo más importante de la educación se decide antes de los siete años de edad. El niño necesita reglas concretas y positivas sobre cómo ha de comportarse. Se debe escuchar al niño o al alumno antes de reaccionar ante cualquier infracción de las normas formuladas, pero si contraviene las reglas, el adulto debe dejar claro que la conducta mostrada no es aceptable. Una buena costumbre es contar de antemano a los hijos o a los alumnos lo que va a suceder, si no respetan las reglas.

Los seres humanos tienen facilidad para aprender por el ejemplo, pero maduran lentamente en su capacidad de planificar, evaluar, razonar y tomar buenas decisiones. La mejor manera de ayudarlos a este respecto es la de enseñarles buenas costumbres. Por eso, los padres y los profesores son educadores no sólo de los niños pequeños sino también de los adolescentes, y eso no sólo lo dice el sentido común sino también la neurobiología. Alejar al joven de ambientes destructivos es otra manera de protegerlo hasta que haya madurado.

Tres sociólogos españoles han llegado a una conclusión similar, diciendo que las instituciones más importantes en la educación de los jóvenes son, por este orden, la familia, el profesor y el Estado3. Influyen positivamente las aspiraciones de los padres respecto al rendimiento escolar de sus hijos, el que los padres lean en casa, y la cantidad y calidad de conversación en la casa y también con los abuelos.

El fracaso escolar suele venir explicado en primer lugar por el poco esfuerzo del alumno y en segundo lugar por la poca colaboración de la familia con la escuela. También se suele señalar como esencial el nivel socioeconómico de la familia. Se ha pensado que, con más educación, los padres pueden ayudar más a sus hijos. Sin embargo, no todos los padres que pueden hacerlo ayudan realmente a sus hijos. Algunos trabajan demasiado. A veces no entienden lo importante que es ayudar al hijo y a veces el matrimonio se ha roto. Si fuera sólo por el nivel socioeconómico de los padres, todos los hijos de una familia tendrían los mismos resultados y los hijos adoptivos tendrían siempre los mismos resultados que los biológicos, pero no es así. Los resultados de los hermanos suelen acercarse, pero no ser iguales, es decir, no hay un determinismo socioeconómico.

Por otro lado, en nuestros días no es infrecuente que los hijos de familias de clase media o alta no logren hacerse con tanto capital cultural como sus padres. La escuela ya no transmite capital cultural como antes, sino que se concentra en los métodos de trabajo, Si la escuela no comunica un saber cultural al alumno y el alumno tiene una familia disfuncional que tampoco trasmite capital cultural, los jóvenes se encuentran en tierra de nadie. A este respecto, da que pensar que muchos profesores consigan dar una educación esmerada a los propios hijos. Los profesores saben cómo formar a un joven. La política educativa no les permite organizar la enseñanza de manera óptima y, por eso, canalizan su amor por los conocimientos y por la educación en sus propios hijos. Los hogares modernos pueden resultar negativos para la educación de los niños también por otro motivo: ya no se realiza tanto trabajo práctico en el hogar. La asunción de responsabilidades de los niños en los quehaceres del hogar solía servir al propósito de su maduración4. Hoy, en demasiados hogares, los padres están ausentes durante la mayor parte del día y, al volver, están cansados y apenas se conversa realmente. Así, la vida familiar no siempre contribuye a la maduración de los hijos. Si a esto se añaden unos programas televisivos en los que los adultos se comportan como niños, saltando y gritando, se podría hablar de una aceptación y hasta una idealización de la inmadurez.

En esas circunstancias, estudiar se ha convertido en la principal tarea a través de la cual se puede lograr la maduración, ya que ocupa casi todo el tiempo del joven y reemplaza otras experiencias de aprendizaje. Es curioso que se hable tan poco de que las personas maduran cuando se esfuerzan y cuando entran en contacto con el conocimiento. El desarrollo del joven en cuanto al rigor, la sensibilidad y la responsabilidad es un proceso largo y no automático. Confrontarse continuamente con nuevas ideas y nuevas exigencias es lo que hace que se produzca el desarrollo cognitivo. Incluso se dan casos en los que unos padres inmaduros obstaculizan el desarrollo de sus hijos, diciendo a sus hijos que no necesitan aceptar la autoridad del profesor en el aula.

Para reflexionar sobre la relación entre la educación en la familia y en la escuela, podemos revisar tres estudios distintos que nos hablan al respecto desde distintas perspectivas. El primero es un conocido estudio etnográfico que se interesa por las diferencias en la educación de dos grupos de niños en los Estados Unidos. La investigadora, Shirley Brice Heath, vivió un largo tiempo en un pueblo en el que habían cerrado las fábricas textiles, pero se conservaba una población obrera. La investigadora estudió, durante los años setenta y ochenta, cómo las familias, blancas y afroamericanas, educaron a sus hijos5. La iglesia constituía el centro social para los dos grupos. Ninguna de las comunidades era pobre, pero cada una utilizaba su tiempo y su dinero de manera diferente. Las familias blancas preparaban una habitación especial para preparar el nacimiento del bebé. Hablaban mucho del nombre que le iban a dar. Cuando nacía, le hablaban en un lenguaje adaptado para los bebés. Dirigían la palabra al niño, le formulaban preguntas, y cuando tenía unos cuantos años, le pedían que contara lo que le había sucedido de una manera verídica. Se consideraba importante leer con el niño. Las familias establecían una rutina para comer y para dormir y enseñaban al niño que cada cosa debía guardarse en su lugar.

En contraste, las familias afroamericanas hacían pocas preparaciones para el nacimiento del bebé, aunque, cuando este nacía, había mucha alegría. Se jugaba con el bebé y se le consideraba desde el principio como incluido en la comunidad. Muchas veces, los adultos le ponían un sobrenombre. Era frecuente hablar sobre el bebé o el niño sin dirigirse a él. En estas familias se leía poco y se hacía difícil hacerlo con un trasiego constante de personas en la casa. Otro rasgo importante era que los adultos no tenían rutinas a la hora de comer y dormir, sino que la hora importaba muy poco y todo dependía de cada ocasión. Así, los niños aprendían a guiarse por el buen o mal humor de los adultos. Recibían regalos cuando al adulto se le ocurría. Se quería mucho a los niños, pero como seres divertidos que entretenían a los adultos. Y cuando los niños contaban historias, se valoraba la exageración y lo humorístico más que la veracidad.

Hecho este resumen comparativo, vayamos a la reflexión de la investigadora: ella piensa que la igualdad en la escuela se ha malinterpretado, ya que se ha creído que esta consiste en tratar a todos los alumnos del mismo modo. ¿Pero qué sucede si los alumnos han sido educados de diferentes maneras, como en los casos que ella ha estudiado? Para los niños afroamericanos de la investigación, la escuela era un «país extranjero» en el que se espera de ellos conductas diferentes de las que han aprendido en sus casas. Este dilema no se ha resuelto, sino que ha sido agudizado debido a las migraciones internacionales, combinadas con el deseo político de llegar a la igualdad social a través de la educación y por la creciente presión en las escuelas por obtener buenos resultados en las comparaciones nacionales e internacionales. Los países con mucha inmigración están en una nueva situación y tendrán que repensar sus políticas de educación. Lo que parece obvio es que la nueva pedagogía no es la respuesta.

En segundo lugar, tenemos un estudio francés. Se trata de una reflexión sobre los cambios recientes en la educación en el interior de un mismo grupo social. Compara la educación en las familias obreras de los años setenta con la de una generación más tarde6. Se grabó primero a unos padres en los años setenta para ver cómo educaban a sus hijos y después se ha vuelto a hacer lo mismo, pero los padres de ahora son los hijos de entonces. Las diferencias son llamativas. En la segunda generación, la relación entre padres e hijos se basa en la emoción. Se busca la emancipación por lo relacional y no por el conocimiento y priman lo sociocultural y lo subjetivo. El pensamiento actual ya no busca el progreso sino el placer, es decir, es hedonista. La educación se aleja de lo universal y se aproxima a lo individual, lo cual resulta un contraste con la modernidad del comienzo del siglo XX que quería hacer a las personas socializadas y razonables. Dicho de otro modo, la primera generación quería que los hijos aprendieran y la segunda generación quiere que los hijos entren en relación con otras personas y encuentren así el placer y la emoción. Esta diferencia se resume a través de una serie de contrastes entre ambas generaciones. En la primera dominan los padres y en la segunda los hijos. En la primera los hijos debían aprender a conducirse de manera racional y en la segunda deben aprender lo relacional. En la primera la pedagogía estaba centrada en lo que se debía hacer y en la segunda en lo emocional. En la primera los padres cumplían el papel de guías y en la segunda los padres son un apoyo. En la primera había una relación de poder y en la segunda de persuasión. En la primera se veía como objetiva la relación con el mundo y en la segunda como subjetiva. Todo esto influye en la escuela, porque si las familias se comportan como la «segunda generación», podrían obstaculizar que la escuela intente transmitir conocimiento.

Las dudas acerca del reparto de la responsabilidad educativa entre familia y escuela se ilustran de manera clara cuando se observa la situación de los alumnos que hablan otro idioma en su casa. ¿De quién es la responsabilidad de preparar al alumno para los estudios? Ciertas corrientes políticas adjudican toda esta responsabilidad al Estado, mientras que los países occidentales actualmente están vacilando y no saben cómo enfrentar la situación. Resultan esclarecedoras a este respecto leer las reflexiones de una estadounidense casada con un sueco. He aquí el tercer estudio mencionado. La autora, madre de familia, subraya la responsabilidad de la familia, porque las decisiones tienen que ver con los planes de futuro de esta7. La autora destaca por su ecuanimidad y porque quiere el bien del hijo y respeta la voluntad y las aptitudes del hijo y también quiere tanto a su nuevo país como al país en el que ella misma creció. Por eso enfatiza la importancia de preparar al hijo antes de escolarizarlo, para que sus estudios sean un éxito. Lo fundamental es que el hijo sepa lo suficientemente bien la lengua en la que se enseña en el colegio. Además, si la familia piensa quedarse en el nuevo país, es crucial que el niño no se sienta extranjero en ese nuevo país. Para la autora, decidir si el hijo se va a convertir en bilingüe y bicultural es una decisión familiar. Para que se logre, los dos padres tienen que dar prioridad a esa meta. La autora subraya que es difícil explorar el tema del bilingüismo por varias razones: no se pueden hacer experimentos con niños, cada situación familiar es diferente y, además, depende de la personalidad del niño qué decisión es la mejor. Hay familias que se interesan por las lenguas y otras que no. Hay niños que aprenden fácilmente y otros que no. Tener que manejar dos lenguas cansa a los hijos, y los padres deben tener la suficiente madurez como para anteponer el bien del hijo a sus propias necesidades emocionales de conservar los lazos con el país que la familia ha dejado atrás. Este texto tranquilo y razonable hace ver al lector que no todos los textos sobre el bilingüismo tienen el bien del alumno individual como su meta principal.

Los tabúes en torno a la política familiar

Desde la política radical de la década de 1960, ha sido tabú mencionar la importancia de la familia para la adaptación social de los niños y para los resultados escolares. Los radicales miraban a la familia con recelo y creían que era una fuente de desigualdad y tal vez también de opresión. Querían transferir al Estado gran parte de la responsabilidad de la educación de los jóvenes a través de guarderías, la escolarización obligatoria ampliada hasta los dieciséis años, las prestaciones por hijos y expertos en forma de psicólogos, trabajadores sociales, orientadores y maestros de educación especial. Esta transferencia de responsabilidad se vio como parte del «estado de bienestar».

Sin embargo, ya en la década de 1980 y cada vez más estaba claro que, para que los niños se desarrollen bien, los niños necesitan una familia con ambos padres y que los padres deben poder ejercer cierta autoridad. Algunos de los que se atrevieron a desafiar el tabú desde el principio fueron un estadounidense, el psicólogo social Christopher Lasch, y un británico, el sociólogo Frank Furedi. Ambos se interesaron en la familia como objeto de investigación después de convertirse en padres y ver cómo el Estado socavaba la autoridad de los padres.

Lasch anotó que el consejo de los psicólogos a los padres era dar amor incondicional durante los primeros años y luego mantenerse alejados para que los niños se volvieran independientes8. No fue un buen consejo, constató Lasch. Los niños necesitan la seguridad que transmiten unos padres seguros. Los padres deben proporcionar una combinación de amor y disciplina.

Furedi escribió sobre cómo los reformadores sociales radicales querían utilizar a los jóvenes como un medio para cambiar la sociedad, sustituyendo la religión, la moral y la tradición como vínculos entre las generaciones por la psicología9. Furedi sugirió que los adultos deberían confiar más en su propia experiencia, enseñar a los niños lo que está bien y lo que está mal, y luego animarlos a creer en sí mismos.

Sin embargo, algunos investigadores se han atrevido a ir más lejos todavía en el reconocimiento de la importancia de la familia. Incluso se atreven a decir que los niños que crecen con sus dos padres biológicos están mejor tanto en salud física y psíquica como en adaptación social y resultados escolares. Ha sido tabú decir esto, porque se asumía que era una crítica a las madres solteras que hacían lo mejor que podían por los hijos. La economista estadounidense Melissa Kerney defiende la familia y la importancia del matrimonio para el bien de los hijos y, aunque basa sus observaciones en estadísticas económicas, ha sido duramente criticada por las feministas10. No les gusta que ella demuestre que son buenas para los niños las normas sociales que dicen que debes casarte antes de tener hijos. Kerney se atreve también a decir que los padres asumen una responsabilidad cuando tienen hijos y que tienen el deber de anteponer el interés de los hijos al suyo propio.

La autora describe varias tendencias que también están afectando la situación de la familia en los Estados Unidos. El número de adolescentes que dan a luz ha disminuido, pero sigue aumentando el número de niños nacidos fuera del matrimonio y que crecen sin que su padre viva en el hogar. Sin embargo, los padres altamente educados tienden a tener hijos dentro del matrimonio y a mantener unida a la familia. En los Estados Unidos se añade también un factor étnico. Los cónyuges de origen asiático y europeo se divorcian menos que los afroamericanos y los hispánicos.

Todo esto significa que los hijos de personas con un alto nivel educativo probablemente vivan con ambos padres, que los dos padres aporten buenos ingresos para la familia y que los dos se preocupen por la escolarización de los hijos. Lo contrario es una madre soltera de bajo nivel educativo, con ingresos modestos y que no entiende la importancia de la educación del hijo. La conclusión basada en la evidencia de Kerney es que se debe apoyar el matrimonio como norma social, algo que va en contra de las políticas introducidas por los políticos radicales.

Al mismo tiempo, hay una disminución general de las tasas de natalidad en todos los grupos en todos los países desarrollados. Esto conducirá a importantes cambios sociales, lo que significa que no podemos permitirnos tabúes en el debate público, ya que será aún más importante que los niños sean bien educados para ser miembros productivos de la sociedad.

La influencia de la política y la economía en la educación

Desde el final de la segunda guerra mundial, casi todos los países del mundo han invertido en la educación de sus jóvenes ciudadanos. Han prolongado la educación obligatoria, en general hasta los dieciséis años, para obtener a la vez más igualdad entre los ciudadanos y una mano de obra más cualificada. Ya que la educación se ha convertido en uno de los sectores en los que la sociedad más invierte, los políticos y los economistas consideran que deben tener una influencia decisiva sobre cómo se utiliza el dinero público en este particular.

En países como los Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, España y Suecia, los políticos han creído ser progresistas al apoyar propuestas pedagógicas que promueven la igualdad y una supuesta modernización con respecto a los conocimientos escolares «de siempre» y los métodos comprobados. No se ha escuchado a los docentes, que dicen que es imposible educar sin exigir esfuerzos al alumno. La respuesta de las autoridades y de los nuevos pedagogos ha sido cambiar la formación docente, para exigir a los futuros profesores que organicen la actividad tomando en cuenta la voluntad y el interés del alumno. Es decir, se ha insistido en la obligación del docente de crear un interés en el alumno por el aprendizaje más que en exigir un esfuerzo por parte del alumno. En particular, en los países donde predomina el bienestar material, los adultos no han querido, o no han osado, exigirles esfuerzos a sus jóvenes ni tampoco un buen comportamiento

Esta nueva pedagogía se ha impuesto a través de los departamentos de pedagogía y de formación docente. Durante mucho tiempo se ha negado que fuese un problema basar la educación fundamentalmente en la motivación del alumno y la igualdad, y cuando han empezado a bajar los resultados y han aparecido cada vez más casos de conducta irrespetuosa dentro de las escuelas, la respuesta de los pedagogos y de las autoridades ha sido la de afirmar que ha cambiado la sociedad y que, por un simple reflejo, también lo ha hecho la escuela.

Se hubiera podido decir que, si hay cambios en las familias, la respuesta adecuada sería la de cambiar la escuela de tal modo que se minimicen los efectos negativos producidos por los cambios en las familias. Sin embargo, esto no se ha hecho, y la nueva pedagogía no se ha cuestionado. Las consecuencias de esta negación y del no afrontamiento de los problemas han sido dramáticas. En esa discusión, cualquiera que diga que antes las cosas eran mejores, se ve automáticamente calificado de retrógrado, porque los nuevos pedagogos afirman que la orientación es correcta y que los problemas dependen de los cambios ocurridos en la sociedad.

Es en este contexto en el que aparecieron las comparaciones internacionales, que atraen cada vez más atención de la opinión pública. Los más conocidos son los informes PISA11, elaborados por la OCDE, que ofrecen una profusión de datos acerca de los alumnos y los distintos sistemas educativos. En la clasificación elaborada por este informe suelen aparecer, en los primeros puestos, países como Singapur, Corea del Sur y Japón países angloparlantes como Canadá también tienen buenos resultados, no van mal países como Finlandia e Irlanda, pero en Europa la nueva estrella es Estonia, de la que se hablará más adelante.

La nueva pedagogía

¿En qué consiste esta pedagogía que aparece como menos exitosa en las comparaciones internacionales? En dos palabras, consiste en la idea de que sería posible dar una educación a alguien sin que el receptor tuviera que esforzarse. Esta idea se combina con otra que pretende que el contenido de la educación no es lo que importa, sino aprender una serie de métodos. Estas nociones han seducido a padres y a gobiernos en muchos países occidentales. Otra manera de explicar esta nueva pedagogía es describirla a través de un ejemplo12. Suecia fue un país pionero en la introducción de la nueva pedagogía y un ejemplo bastante puro, en el sentido de que tenía un buen nivel económico y educativo y había gozado de muchos años de paz social cuando los políticos decidieron utilizar la educación para hacer al país más igualitario todavía. En los años sesenta, se introdujo la escuela comprensiva obligatoria hasta la edad de los dieciséis años, una reforma acompañada con la introducción paso a paso de una nueva pedagogía progresista. La meta principal de la educación pasó a ser la convivencia y no el aprendizaje. El nuevo ideario estaba compuesto de varios factores de los que el fundamental era una cierta idea de la igualdad:

—La igualdad debe obtenerse mediante la organización del aula y a través de métodos activos. La idea incluye aceptar en el aula a alumnos con serios problemas de conducta y de aprendizaje, con lo cual se perturba la necesaria tranquilidad para poder estudiar.

—Se enfoca más el método de estudio que el contenido. Supuestamente, aprender métodos resulta un atajo para los alumnos. En vez de llenar el cerebro con detalles innecesarios, los alumnos van a centrarse en métodos de trabajo que van a permitirles resolver nuevas situaciones en el futuro. Anteponer los métodos a los contenidos se considera una modernización y una manera más eficaz de usar el tiempo de los alumnos y el dinero del Estado. Esta idea tiene consecuencias para la formación docente, porque significa que ya no es tan importante estudiar las materias como la manera de enseñar, la didáctica.

—Una nueva teoría psicológica y filosófica está en el origen de estos cambios, y en educación suele recibir el nombre de constructivismo. Se trata de una teoría que afirma que el conocimiento del ser humano consiste en una construcción de ideas y estructuras en el cerebro. Todos estamos de acuerdo para decir que lo que sabemos está guardado en el cerebro, pero algunos pedagogos constructivistas van más lejos. Cuestionan o niegan la existencia de una realidad independiente de la percepción y la voluntad humana. Creen que todo conocimiento es un invento, una creación, sin una relación con una realidad objetiva. De ahí la conexión con lo políticamente correcto, porque se considera que lo que se dice es lo que existe y que cambiar una denominación es cambiar la realidad. En vez de aprender lo más posible, el enfoque se pone en que el alumno esté en contacto con ciertas ideas. Se trata más de cambiar el futuro que de estudiar el presente y el pasado.

—A la vez, aprender se redefine como que el alumno debe estar activo y libre, construyendo sus propios conocimientos. Se cuestiona la relación entre enseñanza y aprendizaje. Educación debe ser autoeducación, y se introduce una separación entre aprendizaje y enseñanza, privilegiando el primer término. Además, con el argumento de que el cambio cultural es rápido, tampoco se da mucho énfasis al aprendizaje de ciertos conocimientos, sino que el centro de la nueva pedagogía pasa a ser la expresión de la propia personalidad del alumno. Se piensa que trabajar con proyectos permite al alumno desarrollar su creatividad y su personalidad.

—Es difícil organizar un aula en la que se juntan alumnos muy diferentes y en la que cada uno debe crear su propio conocimiento y expresarse. La nueva tarea del profesor es proponer ejercicios que puedan atraer y ocupar a los alumnos. Resulta contradictorio tener un marco curricular con contenidos si al mismo tiempo se invita a los alumnos a expresarse y a elegir lo que quieran estudiar. Esto explica que los currículos hablen cada vez más de métodos y de valores que de contenidos.

—Aumenta, además, el énfasis en el derecho del alumno a ser diferente y en el respeto que le debe la escuela. No se habla del deber del alumno de estudiar y de comportarse bien, sino de la obligación de la escuela de adecuarse a la voluntad y a las necesidades especiales del alumno, aunque este no se haya esforzado en estudiar.

—Los reformadores siguen un pensamiento que podría llamarse la «teoría del entorno», que consiste en que, para aprender más y mejor, los alumnos con problemas deben mezclarse entre los alumnos con más facilidad. En otras palabras, la escuela debe servir en primer lugar a los alumnos con problemas, y los buenos estudiantes deben servir como entorno favorable para el desarrollo de estos otros alumnos. Se enfoca la «adquisición» en vez del «aprendizaje», es decir, el aprender por el mero hecho de estar en un ambiente.

Lo más importante ya no es que el alumno logre hacerse con el máximo de conocimientos, sino que el resultado de todos los alumnos sea lo más similar posible. Debe desaparecer lo que diferenciaba a un alumno de otro. El camino elegido es disminuir o quitar los deberes y en parte las notas y los exámenes. Todos los alumnos deben estudiar al mismo ritmo y el resultado debe ser más o menos igual. Como veremos más adelante, otros países tienen otras maneras de definir la igualdad, maneras que resultan más efectivas en cuanto a los resultados educativos.

Las escuelas fueron creadas con el objetivo de que los alumnos aprendieran lo que la sociedad había decidido que era útil aprender; pero ¿cuál es el propósito de la escuela, si el alumno decide lo que quiere hacer? ¿Llegaremos a tener tantas aulas como alumnos? El derecho del alumno a desarrollar su «diferencia» socava por completo la idea de la escuela y el papel del profesor, porque es imposible que sepa todo lo que el alumno pueda decidir en cada momento que quiere conocer. Este es uno de los principales motivos del malestar existente entre el profesorado. En la pedagogía tradicional, el profesor presenta y explica un contenido al alumno, pero el constructivismo convierte al profesor en mero «facilitador». El alumno se convierte en el «centro del proceso pedagógico» y, en vez de aprender una materia, «aprende a aprender». El profesor debe despertar la motivación del alumno, pero supuestamente el alumno aprende por sí solo.

Ante esto surge la pregunta de cómo se combina esta supuesta «liberación» del alumno con el omnipresente ideal del igualitarismo. ¿No serán necesariamente diferentes los resultados de los alumnos si se procede así? Sí, sin duda, serán diferentes, pero el problema se resuelve adjudicando a todos los resultados un valor similar. Por eso, se puede deducir en esta pedagogía un desprecio latente por la cultura, porque, si se considera que cualquier alumno puede elegir libremente qué rescatar de esta, quiere decir que no se la estima demasiado. Así, por lo visto, según dicha pedagogía, todos los alumnos son capaces de desarrollar por sí solos el saber que les ha llevado siglos descubrir a los genios de la humanidad en las diferentes disciplinas.

Esta nueva pedagogía sedujo en primer lugar a los pedagogos de los países con más recursos y con habitantes acostumbrados al bienestar y a la libertad. Por eso, pese a la apariencia peregrina de la propuesta, países con tanta tradición educativa como Francia, Gran Bretaña o Suecia se acabaron echando en brazos de estas nuevas consignas educativas. A pesar de que no todas las reformas educativas se realizaron de igual modo en cada uno de estos países son omnipresentes estos nuevos principios pedagógicos en la legislación estatal, la formación docente, la formación continua del profesorado, las publicaciones de las diferentes editoriales y en la inspección escolar.

Los profesores son la clave

Muchas veces la primera reacción de los políticos ante unos resultados decepcionantes en las comparaciones PISA ha sido la de aumentar las inversiones. Sin embargo, no hay una relación directa entre la inversión en educación y el resultado. Lo demuestra un informe publicado por la consultoría McKinsey en un estudio de benchmarking que identifica los factores clave en los países con buenos resultados educativos y en los países que están mejorando rápidamente13.

El informe apunta a los profesores como al factor clave en educación. Lo importante no es tanto la inversión en edificios ni en materiales, sino la inteligencia y la preparación del profesor. Los países más exitosos suelen hacer lo siguiente: 1. Eligen a sus futuros profesores entre los mejores alumnos que salen del bachillerato. 2. Para poder hacerlo, les pagan tanto como se paga a otros profesionales de alto nivel. 3. Los educan con los mejores profesores universitarios. 4. Les garantizan un puesto de trabajo después de la formación. 5. Les dan un seguimiento durante los primeros años de ejercicio de la profesión. Países como Singapur y Finlandia hacen esto.

El informe McKinsey también demuestra que son menos exitosas medidas como pueden ser: 1. Invertir más dinero en la educación de manera general. 2. Dar más autonomía a los centros escolares sin cambiar otra cosa. 3. Disminuir el número de alumnos por grupo. 4. Aumentar los salarios de los profesores sin cambiar nada más. La novedad del informe es que subraya que hay que ocuparse en primer lugar de lo esencial y que lo esencial es la calidad del profesor. Como dice uno de los entrevistados en el informe: un profesor no puede dar lo que no tiene.

Disminuir el número de estudiantes por grupo es actualmente la medida más reclamada por los sindicatos docentes. Sin embargo, el informe señala que esta medida es muy cara y menos eficaz que otras. Hasta podría tener un efecto perverso, porque, si hay menos alumnos por grupo, se necesita a más profesores y, si se necesita a más profesores, no es posible mantener una exigencia muy alta, porque simplemente no hay suficientes personas de excelente calidad que quieran ser profesores. Además, si hay que reclutar a muchos más profesores y la masa salarial es la misma, el salario de cada uno no va a ser muy alto, y esto va a disuadir de la carrera docente a los estudiantes brillantes. Al revés, lo que hay que hacer es atraer a las personas más capaces, ofrecerles un buen salario y mostrarles mucho aprecio, de modo que quieran quedarse en la profesión y que muchos alumnos puedan gozar del privilegio de aprender con ellos. Sin embargo, si un país quiere aplicar los resultados de estas experiencias, es probable que tenga que introducir algunos cambios:

—Si se acepta que lo más importante para el alumno es tener un buen profesor, los sindicatos se ven frente a un gran reto. Van a tener que anteponer el bien de los alumnos y del país a su propia tradición colectivista. Es probable que tenga que cambiar la legislación laboral.

—Para atraer a buenos candidatos habrá que cambiar la formación docente, lo cual quiere decir librar una batalla con los departamentos de pedagogía para quitar lo que no es realmente útil.

Dinero y pedagogía

Por las razones ya esgrimidas, Suecia es un buen ejemplo para comprobar los resultados de esta nueva pedagogía más lúdica y libre. Ahora aparecen cada vez más informes que señalan los peligros que conlleva esa pedagogía como el informe de Fölster et al, particularmente contundente14. Está basado en primer lugar en cifras correspondientes al periodo 1999-2009 y desmiente unas cuantas afirmaciones comúnmente aceptadas como verdades. Los autores son economistas y describen la escuela como una organización con una meta (producir conocimiento) y con ciertos recursos (en primer lugar, los profesores). Los autores empiezan diciendo que, si una empresa hiciera lo que hace la escuela pública, no sólo quebraría, sino que antes tendría que soportar la ira de los accionistas por la falta de transparencia económica. Con la ayuda de las estadísticas oficiales, el informe presenta una serie de «verdades desmontadas».

Bajan los resultados, aunque no se han recortado los recursos. Los recursos de la escuela sueca han aumentado y, al mismo tiempo, el número de alumnos que después de los años obligatorios no tienen aprobadas las materias centrales ha aumentado en un treinta por ciento en diez años. Se ha incrementado también el número de alumnos que suspenden más de una materia y el número de municipios con más de un veinticinco por ciento de alumnos suspendidos, lo cual corresponde a una duplicación del número de municipios en esa situación. ¿Cómo es posible que no todos los ciudadanos pongan el grito en el cielo?, se preguntan los autores.

No hay una clara relación positiva entre la inversión del municipio y los resultados de los alumnos. En la Dirección General de Escuelas se calcula un índice especial sobre el resultado previsible de un colegio en cierta área según el nivel de educación de los padres, el nivel de desempleo y otros indicadores socioeconómicos. Ni siquiera tomando en cuenta este índice se puede mostrar una clara relación entre la inversión del municipio y los resultados.

Lo importante no es el nivel socioeconómico de la familia. La prueba más contundente de esta afirmación es la comparación entre los resultados de los chicos y las chicas. Ya que proceden de las mismas familias, los alumnos deberían tener los mismos resultados y eso está lejos de ser así. Las chicas aventajan a los chicos en todo, y eso es particularmente notable entre los alumnos inmigrantes.

Lo decisivo para la calidad de la enseñanza no es la presencia en el aula de alumnos inmigrantes. Hay inmigrantes tanto en los colegios que han mejorado su rendimiento como en los colegios que lo han bajado, y hay grupos sin inmigrantes tanto entre los que han mejorado su rendimiento como entre los que lo han bajado.

Lo importante no son las características socioeconómicas o la situación geográfica del municipio, sino el ethos escolar, que también se podría llamar el «ambiente escolar». Los colegios exitosos se encuentran en todo tipo de municipio: pequeño, grande, rural y urbano. En un mismo municipio puede variar la calidad de los colegios públicos, como también puede variar la calidad de las escuelas independientes.

No se debe fomentar la autonomía administrativa municipal sin una legislación adecuada y sin evaluaciones. La combinación de una fuerte ideología igualitarista con una ausencia de leyes que permitan tomar medidas para asegurar la paz y la tranquilidad en las aulas ha llevado a que nadie se atreva a tomar decisiones. Esta ausencia de liderazgo se nota en tres niveles: en la Dirección General de las Escuelas, entre los directores de los colegios y entre los profesores en el aula.