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Cuando los reinos chocan, se producen terremotos de amor y muerte en la vida de las personas.LIMEROSUn país de paisaje tan frío y cruel como su rey Gaius, un hombre implacable con sus enemigos y aún más con aquellos a quienes dice amar, como van a descubrir los príncipes Magnus y Lucía.PAELSIAUna tierra miserable y empobrecida, habitada por campesinos que se resignan a su destino... salvo algunos como Jonas, lleno de rabia hacia los auranios que han asesinado a su hermano. AURANOSUn reino próspero y envidiado por muchos, que se aproxima a un abismo de destrucción en el que caerá la alegre princesa Cleo. La guerra está a punto de estallar. ¿De qué lado estás?
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Seitenzahl: 496
Veröffentlichungsjahr: 2013
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REINO DEL SUR
CLEIONA BELLOS (CLEO)princesa aurania, hermana menor
EMILIA BELLOSprincesa aurania, hermana mayor
THEON RANUSguardia personal de Cleo
SIMON RANUSpadre de Theon
ARON LAGARISnoble de la corte, pretendiente de Cleo
CORVIN BELLOSrey de Auranos
ELENA BELLOSreina de Auranos, fallecida
NICOLO CASSIAN (NIC)escudero del rey
MIRA CASSIANhermana de Nic y dama de honor de Emilia
ROGERUS CASSIANdifunto padre de Nic y Mira
DARIUS LARIDESexprometido de Emilia
SEBASTIEN LAGARISpadre de Aron
CLEIONAdiosa del fuego y del viento
REINO MEDIO
JONAS AGALLONhijo menor del vinatero Silas
TOMAS AGALLONhermano mayor de Jonas
SILAS AGALLONvinatero, padre de Jonas, Tomas y Felicia
FELICIA AGALLONhermana mayor de Jonas
PAULOesposo de Felicia
BRION RADENOSmejor amigo de Jonas
EIRENEaldeana
SERAnieta de Eirene
HUGO BASILIUSlíder de los paelsianos, caudillo
LAELIA BASILIUShija de Hugo Basilius
EVAhechicera primigenia, vigía
REINO DEL NORTE
MAGNUS DAMORApríncipe de Limeros
LUCÍA DAMORAprincesa de Limeros
GAIUS DAMORArey de Limeros
ALTHEA DAMORAreina de Limeros
SABINA MALLIUSamante del rey
JANAhermana de Sabina
MICHOL TRICHASpretendiente de Lucía
TOBÍAS ARGYNOShijo ilegítimo de Gaius
ANDREAS PSELLOSpretendiente de Lucía, rival de Magnus
AMIAcriada de las cocinas
VALORIAdiosa de la tierra y el agua
VIGÍAS
ALEXIUSvigía joven
TIMOTHEUSvigía anciano
PHAEDRAvigía joven
DANAUSvigía anciano
Nunca había matado hasta aquella noche.
–Hazte a un lado –susurró su hermana, y Jana se pegó al muro de piedra del caserón. Escudriñó las sombras que las rodeaban y echó un vistazo rápido a las estrellas, que relucían como diamantes contra el cielo negro.
Cerró los ojos con fuerza y elevó una oración a la hechicera primigenia. Eva, concédeme la magia que necesito para encontrarla esta noche.
Cuando volvió a abrirlos, se quedó paralizada por el pánico: a diez pasos de distancia había un halcón dorado posado en la rama de un árbol.
–Nos vigilan –musitó–. Saben lo que hemos hecho.
–Tenemos que irnos ahora mismo –repuso Sabina sin apartar la vista del ave–. No hay tiempo que perder.
Jana se despegó del muro, ocultando la cara para que el halcón no la reconociera, y siguió a su hermana hasta la puerta de roble macizo de la casa. Sabina apoyó en ella las manos y canalizó su magia, reforzada por la sangre que había derramado antes. Todavía le quedaban restos rojizos bajo las uñas, y Jana se estremeció al recordar la escena. Las manos de Sabina brillaron con una luz ambarina y, un instante después, la puerta se desintegró hasta convertirse en serrín.
La madera no era rival para la magia de la tierra.
Sabina miró a su hermana con una sonrisa victoriosa, pero se puso seria enseguida al ver que Jana soltaba un respingo y la señalaba: de su nariz caía un hilo de sangre.
–No es nada –Sabina se limpió la sangre y entró en el caserón.
Pero sí que lo era. La magia podía hacerles daño si abusaban de ella. Podía incluso matarlas, si no tenían cuidado.
Sabina Mallius no tenía fama de ser demasiado prudente. No había dudado en utilizar su belleza la noche anterior para conducir a su destino a aquel desconocido que encontró en la taberna. Jana, en cambio, había vacilado antes de clavarle la hoja afilada en el corazón.
Sabina era fuerte y apasionada, y no conocía el miedo. Jana, que seguía a su hermana con el corazón en un puño, hubiera deseado parecerse más a ella, pero siempre había sido la más prudente, la que trazaba los planes. La que había visto la señal en las estrellas porque llevaba estudiando el cielo toda su vida.
La niña de la profecía había nacido y se encontraba allí, en aquella casa de piedra y madera que contrastaba con las cabañas de adobe de la aldea cercana.
Jana estaba segura de que habían llegado al lugar adecuado.
Ella encarnaba la sabiduría; Sabina, la acción. Las dos juntas eran imparables.
Sabina dio un grito al girar por un recodo del pasillo y Jana apretó el paso, con el corazón desbocado. En el oscuro corredor, iluminado tan solo por antorchas parpadeantes clavadas en las paredes de piedra, un guardia aferraba a su hermana por el cuello.
Jana no pensó; actuó.
Extendió las manos e invocó la magia del viento. El guardia soltó a Sabina y salió despedido contra la pared, con tanta violencia que cayó derrumbado con un crujido de huesos rotos.
Jana sintió un dolor agudo y punzante en la cabeza, y tuvo que contener el grito que pugnaba por salir de su garganta. Se limpió la sangre espesa que le salía de la nariz con manos temblorosas.
–Gracias, hermana –articuló Sabina acariciándose la garganta.
La magia, alimentada por la sangre fresca, las ayudó a caminar más rápido y les aclaró la vista. Ahora distinguían con claridad los pasillos desconocidos y las estrechas escaleras de piedra. Pero debían darse prisa: los efectos de la magia no durarían demasiado.
–¿Dónde está? –preguntó Sabina.
–Cerca.
–Espero que tengas razón.
–La niña se encuentra aquí, estoy segura –avanzaron unos pasos más por el corredor en penumbra y Jana se detuvo–. Aquí.
La puerta no estaba cerrada con llave. Jana la empujó y las dos hermanas se aproximaron a una cuna de madera tallada. Contemplaron al bebé, envuelto en una suave colcha de piel de conejo: era una niña de piel blanca, con un brillo sonrosado de salud en las mejillas regordetas. A Jana se le iluminó el rostro con una sonrisa, la primera desde hacía muchos días.
–Es preciosa –susurró mientras extendía los brazos para levantar con cuidado a la criatura.
–¿Estás segura de que es ella?
–Sí.
No había estado tan segura de nada en sus diecisiete años de vida. La niña que sostenía en brazos, aquel diminuto bebé de ojos azules como el cielo y pelusilla que algún día se convertiría en una cabellera negra como ala de cuervo, era la que mencionaba la profecía. En el futuro contaría con la magia necesaria para localizar a los vástagos, los cuatro objetos que contenían la fuente de toda la elementia, la magia elemental: tierra y agua, fuego y viento.
Aquella niña poseería la magia de una auténtica hechicera, no la de una bruja común como Jana y Sabina. Sería la primera desde hacía mil años, desde que Eva caminara sobre la tierra. No habría necesidad de sangre ni de muerte para alimentar su magia.
Jana había visto su nacimiento en las estrellas, y sabía que su destino era encontrarla.
–Deja a mi hija donde estaba –gruñó alguien en la oscuridad–. No le hagas daño.
Jana se dio media vuelta, apretando al bebé contra su pecho, y vio una mujer que sostenía una daga cuya hoja brillaba a la luz de las velas. El corazón de la bruja dio un vuelco: ese era el momento que tanto había temido.
–¿Hacerle daño? –los ojos de Sabina relampaguearon–. No tenemos ninguna intención de hacerle daño. Ni siquiera sabes quién es, ¿verdad?
La mujer frunció el ceño por un instante, confusa, pero su mirada se endureció al momento.
–No os la vais a llevar. Si tratáis de hacerlo, os mataré.
–No –Sabina alzó las manos–. No lo harás.
La madre abrió los ojos como platos y boqueó. No podía respirar: Sabina impedía que el aire entrara en sus pulmones. Jana se dio la vuelta con el rostro desencajado, pero todo terminó en un instante: el cuerpo de la mujer cayó al suelo, todavía estremeciéndose pero ya sin vida. Las dos hermanas lo esquivaron y salieron de la habitación.
Jana cubrió a la niña con su capa mientras salían de la casa y huían por el bosque. A Sabina le sangraba mucho la nariz; había abusado de la magia. Las gotas rojas marcaban su rastro sobre el suelo cubierto de nieve.
–Ha habido demasiada muerte esta noche –murmuró Jana cuando redujeron el paso–. Demasiada. Lo detesto.
–No nos habría permitido llevárnosla. Deja que la vea...
Jana titubeó antes de destapar a la niña. Cuando finalmente se la tendió a su hermana, Sabina la tomó en brazos y estudió su rostro en la oscuridad antes de dedicarle a su hermana una sonrisa maliciosa.
–Lo hemos conseguido.
Jana sintió una repentina oleada de entusiasmo, a pesar de todo.
–Sí.
–Eres increíble. Ojalá yo pudiera tener visiones como tú.
–Me exigen grandes esfuerzos y sacrificios.
–Todo conlleva grandes esfuerzos y sacrificios –replicó Sabina, con la voz rota de pronto en un deje de desdén–. Demasiados. Pero esta niña... Para ella la magia será sencilla. La verdad es que la envidio.
–La criaremos juntas; seremos sus maestras y la guiaremos cuando llegue el momento de cumplir su destino. Estaremos a su lado en cada paso que dé.
Sabina negó con la cabeza.
–No. Yo me encargaré de ella.
–¿Qué? –Jana frunció el ceño–. Sabina, creía que estábamos de acuerdo en tomar juntas todas las decisiones.
–Esta no. Tengo otros planes para esta niña –su expresión se endureció–, y me temo que no estás incluida en ellos. Lo siento, hermana.
Jana contempló los fríos ojos de Sabina y, de pronto, un dolor agudo traspasó su pecho. La muchacha gritó de dolor según se clavaba la daga.
Habían compartido todos sus días, todos sus sueños, todos sus secretos...
Al parecer, no todos. Jana nunca hubiera podido prever aquello.
–¿Por qué me traicionas? –consiguió decir–. Eres mi hermana.
Sabina se limpió la sangre de la nariz.
–Por amor.
Cuando la daga salió de su cuerpo, Jana se derrumbó de rodillas en el suelo helado. Sabina se alejó con la niña en brazos hasta que las dos desaparecieron en el bosque oscuro. No volvió la vista atrás ni siquiera una vez.
La visión de Jana comenzó a desdibujarse. El corazón le latía cada vez más despacio.
El halcón que había visto antes levantó el vuelo para dejarla morir sola.
CAPÍTULO 1
DIECISÉIS AÑOS DESPUÉS
–Sin vino ni belleza, la vida no merecería la pena, ¿no crees, princesa? –Aron rodeó los hombros de Cleo con un brazo mientras los cuatro caminaban por el camino empedrado.
Habían atracado en el puerto hacía menos de dos horas y ya estaba completamente borracho. La verdad es que no era raro, tratándose de Aron.
Cleo miró de reojo al guardia de palacio que los acompañaba; sus ojos refulgían de disgusto al ver a Aron tan pegado a la princesa de Auranos, pero no tenía por qué preocuparse. A pesar de que Aron siempre llevaba una elegante daga enjoyada al cinto, era tan peligroso como una mariposa. Como una mariposa borracha.
–Completamente de acuerdo –mintió Cleo.
–¿Falta mucho? –preguntó Mira.
Aquella bonita muchacha de melena cobriza y cutis perfecto era amiga de Cleo y doncella de honor de su hermana, la princesa Emilia; y aunque esta había decidido quedarse en casa por una repentina jaqueca, había insistido en que Mira acompañara a Cleo en aquel viaje de placer. Cuando el barco llegó a puerto, el resto de componentes de la expedición decidieron quedarse a bordo mientras Cleo y Mira acompañaban a Aron a visitar una aldea cercana para encontrar «la botella de vino perfecta». Las bodegas de palacio estaban abarrotadas de vino, tanto de Auranos como de Paelsia, pero Aron había oído hablar de un viñedo en particular que producía un caldo supuestamente incomparable. A petición suya, Cleo reservó uno de los barcos de su padre e invitó a un montón de amigos a viajar a Paelsia en busca de la botella ideal.
–Pregúntale a Aron. Él es nuestro guía en esta empresa.
Cleo se arrebujó en su capa de terciopelo para resguardarse del frío. La nieve no había cuajado, pero aún caían copos menudos sobre el camino. Aunque Paelsia estaba más al norte que Auranos, a Cleo le había sorprendido el frío; Auranos era cálido y luminoso incluso en los meses más crudos del invierno. Su paisaje era una sucesión de colinas verdes, robustos olivos y acres y más acres de tierra fértil de labranza. Paelsia, por el contrario, era gris y polvorienta hasta donde alcanzaba la vista.
–¿Que si falta mucho? –exclamó Aron–. ¿Mucho? Mira, corazón, lo bueno se hace esperar. Recuérdalo.
–Señor mío, yo soy una persona muy paciente –sonrió para suavizar su protesta–, pero me están empezando a doler los pies.
–Hace un día precioso y tengo la suerte de viajar en compañía de dos bellas mujeres. Debemos dar gracias a la diosa por los dones que nos concede.
El guardia puso los ojos en blanco. Cuando se dio cuenta de que Cleo había visto el gesto, no apartó la vista de inmediato como habría hecho cualquier otro, sino que le sostuvo la mirada con una altivez que la sorprendió. Era la primera vez que veía a ese guardia o, al menos, era la primera vez que se fijaba en él.
–¿Cómo te llamas? –le preguntó.
–Theon Ranus, alteza.
–Bueno, Theon, ¿tienes algo que aportar a la discusión sobre lo mucho que hemos andado esta tarde?
–No, princesa.
Aron se rio y bebió de su petaca.
–Me sorprende, ya que tendrás que ocuparte de llevar las cajas de vino hasta el barco.
–Es mi deber y constituye un honor serviros.
Cleo le contempló por unos instantes. Tenía el pelo del color del bronce oscurecido y la piel morena. Si no hubiera sabido que se trataba de uno de los soldados que su padre se había empeñado en que llevara consigo, lo habría tomado por un joven noble de los que esperaban en la nave.
Aron debía de estar pensando justo lo mismo.
–Pareces muy joven para ser guardia de palacio –declaró, arrastrando las palabras y contemplándole con la mirada desenfocada–. No puedes ser mucho mayor que yo.
–Tengo dieciocho años, mi señor.
–Entonces retiro lo dicho –resopló–. Eres mucho mayor que yo. Muchísimo.
–Un año –le recordó Cleo.
–Un año puede ser una deliciosa eternidad –sonrio Aron–. Tengo intención de disfrutar al máximo mi juventud y esquivar todas las responsabilidades durante el año que me queda.
Cleo le ignoró; el apellido del guardia le sonaba de algo. Había oído a su padre comentar algo acerca de la familia Ranus cuando salía de una reunión del consejo. De pronto lo recordó: el padre de Theon había muerto hacía una semana al caerse de un caballo. Se había roto el cuello y había fallecido al instante.
–Siento la pérdida que acabas de sufrir –declaró con sinceridad–. Simon Ranus era el guardia personal de mi padre, y sé que lo quería y lo respetaba.
Theon frunció las cejas como si le sorprendiera oírle hablar de aquello.
–Ostentaba su cargo con orgullo, y espero que el rey Corvin me haga el honor de tenerme en cuenta cuando busque un reemplazo –repuso con frialdad, aunque sus ojos oscuros se habían nublado por la pena–. Os agradezco vuestra amabilidad, alteza.
Aron soltó un bufido y Cleo le fulminó con la mirada.
–¿Era un buen padre? –preguntó.
–El mejor. Me enseñó todo lo que sabía desde el instante en que fui capaz de sostener una espada.
Cleo asintió amablemente.
–Entonces, sus conocimientos no morirán con él.
Ahora que el apuesto guardia había captado su atención, le resultaba cada vez más difícil hacer caso a Aron. La vida de palacio había hecho al joven débil y pálido. Theon, en cambio, tenía los hombros anchos y los brazos musculosos, y llenaba de manera sorprendente la librea azul de los guardias reales.
–Aron –comenzó Cleo sintiéndose vagamente culpable por haber dejado abandonados a sus amigos–, media hora más y regresamos al barco. Los demás nos aguardan desde hace horas.
Los auranios eran más conocidos por su afición a las fiestas que por su paciencia. Sin embargo, como todos habían viajado hasta Paelsia en el barco del padre de Cleo, a sus amigos no les quedaba más remedio que esperarlos para volver a casa.
–¡Al fin! Ese es el mercado –señaló Aron, y Cleo y Mira distinguieron a lo lejos un grupo de gente que pululaba entre casetas de madera y carpas de colores. Eran los primeros habitantes que se encontraban desde hacía más de una hora, cuando adelantaron a un grupo de niños harapientos que se calentaban en torno a una fogata–. Ya verás cómo ha merecido la pena venir hasta aquí.
El vino de Paelsia era digno de la diosa; delicioso y suave, no tenía parangón en ninguna otra tierra. No dejaba resaca al día siguiente por mucho que se bebiera. Circulaba la leyenda de que había magia de la tierra en los suelos de Paelsia y en las propias uvas, y que por ese motivo el vino era perfecto en aquella tierra llena de defectos.
Cleo no tenía ninguna intención de catarlo. No pensaba volver a probar el vino en su vida; de hecho, llevaba meses sin hacerlo. Antes de dejarlo, había frecuentado más de lo aconsejable tanto el delicioso vino paelsio como el vino auranio, que no sabía mucho mejor que el vinagre. Pero la gente –Cleo, al menos– no bebía por el sabor del vino, sino por sus resultados: la embriaguez, la sensación de no tener ninguna preocupación en el mundo... Esa sensación, cuando no había nada que te anclara a la tierra, podía hacerte derivar hasta aguas muy peligrosas, y Cleo estaba decidida a no probar nada más fuerte que el agua o el zumo de melocotón en el futuro.
Aron vació la petaca de un trago. Él bebía por los dos, y jamás se disculpaba de nada que hubiera hecho estando borracho. A pesar de todos sus defectos, muchos en la corte lo veían como el futuro esposo de Cleo. A ella la idea le provocaba escalofríos, pero procuraba no perder de vista a Aron porque él conocía su secreto; aunque no lo había mencionado en varios meses, Cleo estaba segura de que no lo había olvidado. No lo olvidaría jamás.
Si ese secreto salía a la luz, la destruiría.
Y por ese motivo toleraba a Aron en público con una sonrisa en los labios. Nadie podría adivinar lo mucho que lo odiaba.
–Ya estamos –anunció él cuando entraron en el mercado de la aldea.
Más allá de los puestos, a la derecha, Cleo divisó algunas edificaciones. Aunque parecían menos prósperas que las granjas de Auranos, observó sorprendida que las granjas de adobe, con sus techos de paja y sus ventanucos, estaban limpias y cuidadas, lo cual no concordaba con la visión que tenía de Paelsia: una tierra repleta de campesinos miserables, gobernada por un caudillo –ni siquiera un rey– del que se decía que era un poderoso hechicero. A pesar de la proximidad de Paelsia, Cleo jamás dedicaba mucho tiempo a sus vecinos; apenas mostraba un vago interés de cuando en cuando por las leyendas y cuentos de los bárbaros paelsianos.
Aron se detuvo ante un puesto cubierto por un toldo púrpura que lamía el suelo polvoriento, y Mira suspiró de alivio.
–Por fin...
Cleo miró hacia la izquierda y se encontró con dos ojos negros que brillaban en un rostro curtido. Retrocedió, sobresaltada, y sintió la presencia reconfortante de Theon, firme y seguro a su espalda. El dueño del puesto tenía un aspecto rudo, incluso peligroso, igual que la mayoría de la gente con la que se habían topado desde su llegada a Paelsia. Sus dientes, algo mellados pero muy blancos, relucían a la clara luz del día. Vestía un sencillo jubón de lino, una pelliza de oveja y una capa de lana, y Cleo se sintió de pronto muy consciente de su capa forrada de marta cibelina y su vestido de seda azul pálido con bordados en oro.
Aron miró al hombre con expresión interesada.
–¿Silas Agallon?
–Ese soy yo.
–Bien. Es tu día de suerte, Silas. Me han dicho que tu vino es el mejor de Paelsia.
–Os han informado bien.
Una chica encantadora de cabello oscuro apareció tras la caseta.
–Mi padre es un gran vinatero –comentó.
–Esta es Felicia, mi hija –dijo Silas–, que debería estar preparándose para su boda ahora mismo.
Ella se echó a reír.
–¿Y dejarte aquí para que cargues barriles todo el día? No, he venido a pedirte que cierres temprano.
–Tal vez –el brillo satisfecho de los ojos del vinatero desapareció al contemplar los elegantes ropajes de Aron–. ¿Quién sois?
–Tú y tu encantadora hija tenéis el privilegio de hallaros en presencia de su alteza real Cleiona Bellos, princesa de Auranos –señaló Aron–. Esta es la dama Mira Cassian. Y yo soy Aron Lagaris, hijo del señor de Pasoviejo, en la costa sur de Auranos.
La hija del vinatero miró a Cleo con sorpresa y luego inclinó la cabeza respetuosamente.
–Es un honor, alteza.
–Sí, todo un honor –asintió Silas sin que Cleo notara sarcasmo en sus palabras–. Es raro que la realeza de Auranos o de Limeros venga a visitar nuestra humilde aldea. La verdad es que no recuerdo la última vez que ocurrió... Será un honor daros a probar mis productos mientras decidís qué queréis comprar, alteza.
Cleo negó, sonriente.
–Es Aron el que está interesado; yo me limito a acompañarle.
El vinatero pareció desilusionado, incluso algo dolido.
–Aun así, ¿me concederíais el honor de brindar por la boda de mi hija?
¿Cómo iba a rechazarlo?
–Por supuesto –asintió, intentando que no se le notara lo poco que le apetecía–. Será un placer.
Cuanto antes lo hiciera, antes se marcharían del mercado. Sí, estaba lleno de gente y era de lo más colorido, pero no olía demasiado bien. La verdad es que atufaba, como si hubiera una letrina cerca y nadie se hubiera molestado en plantar hierbas aromáticas o flores que atenuaran el hedor. Aunque Felicia parecía feliz ante su inminente boda, la pobreza de aquella gente resultaba asfixiante, y Cleo se arrepintió de no haberse quedado en el barco con sus amigos mientras Aron iba a comprar vino.
Lo único que sabía de aquella tierra tan miserable era que Paelsia poseía una riqueza de la que no gozaba ninguno de los otros dos reinos: en las comarcas cercanas al mar crecían unos viñedos que dejaban en ridículo a todos los demás. Cleo había oído historias de gente que robaba vides paelsianas para plantarlas en otro lugar, y luego descubrían que se secaban y morían en cuanto cruzaban las fronteras.
–Seréis mis últimos clientes –dijo Silas–. Voy a hacer caso a mi hija: en cuanto os atienda, cerraré la tienda y la ayudaré con los preparativos. Se casa al atardecer...
–Enhorabuena –masculló Aron con desinterés, revisando las botellas con los labios fruncidos–. ¿Dispones de vasos adecuados para la degustación?
–Por supuesto –Silas abrió una caja de madera desvencijada, sacó tres copas que refulgieron a la luz y descorchó una botella. Vertió en las copas un líquido ambarino y le tendió la primera a Cleo.
Antes de que pudiera tocarla, Theon apareció a su lado y se la arrebató. La expresión oscura del guardia hizo que Silas diera un paso atrás, tembloroso, e intercambiara una mirada con su hija.
–Pero ¿qué haces? –exclamó Cleo, asombrada.
–¿Pensáis probar sin más algo que os ofrece un extraño? –dijo Theon con brusquedad.
–No está envenenado.
–¿Estáis segura de eso? –replicó examinando el fondo de la copa.
Cleo comenzaba a impacientarse. ¿Cómo podía pensar que quisieran envenenarla? ¿Para qué? La paz reinaba desde hacía más de un siglo; no existía ninguna amenaza. Si había llevado escolta a aquella excursión era para que su padre se quedara tranquilo, no porque hubiera necesidad de ello.
–De acuerdo –Cleo se encogió de hombros–. ¿Quieres servirme de catador? Allá tú. Si caes muerto en el acto, me aseguraré de no probarlo.
–Menuda estupidez –dijo Aron arrastrando las palabras y, sin pensárselo dos veces, vació su copa de un trago.
–¿Y bien? –Cleo lo observó–. ¿Te estás muriendo?
–Sí, pero de sed –respondió él tras saborear el vino con los ojos cerrados.
Cleo se volvió hacia Theon y lo miró con sorna.
–¿Tendrías la bondad de devolverme la copa? ¿O piensas que este hombre se ha dedicado a envenenar algunas copas en concreto?
–Por supuesto que no. Tened, os lo ruego.
Cleo tomó la copa que Theon le ofrecía. Miró de reojo al vinatero: sus ojos oscuros mostraban más vergüenza que enfado ante el espectáculo que había provocado el guardia.
–Estoy convencida de que será una delicia –comentó, tratando de olvidar la dudosa limpieza del cristal.
El vinatero asintió, agradecido, y Theon se apartó de ellos para quedarse plantado junto al puesto. Aunque estaba en posición de descanso, se notaba que seguía alerta. Y ella que creía que su padre era demasiado protector...
Aron vació una segunda copa.
–Qué maravilla. Es absolutamente increíble, justo como me dijeron.
Mira dio un elegante sorbito y enarcó las cejas, sorprendida.
–¡Excelente!
Bien, era su turno. Cleo se llevó la copa a los labios y, en el instante en que el líquido le rozó la lengua, una expresión de pesar inundó su rostro. Y no porque estuviera rancio, sino porque era delicioso, dulce y suave; no tenía ni punto de comparación con nada que hubiera probado jamás. Sintió el deseo de beber más y el corazón se le aceleró. Vació la copa de un par de sorbos y contempló a sus amigos: de pronto el mundo parecía dorado, como si todos estuvieran rodeados de una aureola que los hacía mucho más hermosos de lo que eran. Para empezar, Aron le resultaba un poco menos repulsivo, y también encontraba atractivo a Theon a pesar de su actitud arrogante. Aquel vino era peligroso, no había duda. Valía todo lo que el vinatero quisiera cobrarles, y Cleo supo que debía mantenerse alejada de él tanto ahora como en el futuro.
–El vino es extraordinario –comentó, esforzándose por no delatar su inquietud. Le hubiera gustado pedir otra copa, pero se tragó las palabras.
Silas parecía radiante.
–Me alegra oír eso.
–Siempre lo digo –asintió Felicia–: mi padre es un genio.
–Sí, creo que merece la pena comprar este vino –dijo Aron con voz pastosa; teniendo en cuenta lo mucho que había bebido en la última hora, era sorprendente que pudiera mantenerse en pie sin ayuda–. Me llevaré ahora cuatro cajas, y quiero que me envíen una docena más a casa.
A Silas se le iluminaron los ojos.
–Podemos arreglarlo.
–Te daré quince florines auranios por caja.
–Pero... –la piel bronceada del vinatero perdió el color–. Valen al menos cuarenta cada una. Me han pagado incluso cincuenta.
–¿Cuándo? –los labios de Aron se afinaron hasta convertirse en una línea–. ¿Hace cinco años? Me temo que la clientela ya no es la misma que entonces. No es que Limeros compre demasiado, ¿verdad? Teniendo en cuenta las penurias por las que atraviesa el reino, dudo que la importación de vino esté en su lista de prioridades. Así que no queda más que Auranos, porque todo el mundo sabe que la gente de este país dejado de la mano de la diosa no tiene ni para comer. Quince por caja es mi última oferta; puesto que quiero dieciséis cajas, y quizá más en el futuro, diría que has hecho un negocio redondo. ¿No es una buena cantidad de dinero para la boda de tu hija? Se llama Felicia, ¿verdad? Felicia, ¿no crees que mi oferta es mejor que cerrar sin vender nada?
Felicia se mordió el labio inferior y frunció el entrecejo.
–Sí, tal vez sea mejor que nada... Sé que la boda va a costar mucho dinero, pero... No lo sé. ¿Padre?
Silas abrió la boca para decir algo, pero se contuvo. Cleo no estaba prestando demasiada atención; intentaba resistir la tentación de beberse la copa que Silas había vuelto a llenarle. A Aron le encantaba regatear, le servía de pasatiempo. Siempre intentaba conseguirlo todo al precio más bajo, fuera lo que fuera.
–No quisiera enemistarme con vos –dijo al fin Silas retorciéndose las manos–, pero ¿estaríais dispuesto a pagar veinticinco florines la caja?
–No –Aron se revisó las uñas–. Por bueno que sea el vino, hay otros vendedores en el mercado y en el camino hacia el puerto que estarían encantados de aceptar mi oferta. Siempre puedo acudir a ellos, si prefieres perder la venta. ¿Es eso lo que quieres?
–No, yo... –Silas tragó saliva. Su frente estaba surcada de arrugas–. Quiero vender mi vino; por eso estoy aquí. Sin embargo, a quince florines...
–Tengo una idea mejor. ¿Qué tal catorce florines la caja? –un destello de maldad brilló en los ojos verdes de Aron–. Si no aceptas mi oferta a la cuenta de diez, bajaré un florín más.
Mira apartó la vista, avergonzada. Cleo abrió la boca para protestar, pero recordó de pronto que Aron conocía su secreto y podía utilizarlo contra ella, así que volvió a cerrarla. Estaba decidido a conseguir el precio más bajo posible, y no porque le faltara el dinero; era lo bastante rico para comprar todas las cajas que le apetecieran al precio más alto.
–De acuerdo –gruñó Silas finalmente apretando los dientes, como si aquello le doliera en lo más hondo. Cruzó una mirada con su hija antes de volver la vista hacia Aron–. Catorce florines la caja, dieciséis cajas. Mi hija disfrutará de la boda que se merece.
–Excelente. Como decimos los auranios, siempre habrá uvas en Paelsia para alimentar a los paelsianos.
Con una sonrisita de satisfacción, Aron se metió la mano en el bolsillo, sacó un fajo de billetes y se puso a contarlos tranquilamente. Era evidente que tenía dinero de sobra para pagar diez veces más por el vino, y los ojos de Silas se encendieron con una mirada de indignación.
Dos personas se acercaron por la izquierda.
–Felicia –preguntó una voz profunda–, ¿qué haces aún aquí? ¿No deberías estar vistiéndote con tus amigas?
–Ahora mismo, Tomas –murmuró ella–. Estamos a punto de acabar.
Cleo se volvió para mirar a los dos muchachos que se acercaban. Tenían el pelo casi negro, cejas oscuras y ojos de un castaño intenso. Eran altos, de hombros anchos y piel cetrina. Tomas, el mayor, aparentaba poco más de veinte años.
–¿Pasa algo? –les preguntó a su padre y a su hermana.
–Nada, nada –masculló Silas–. Estoy cerrando una venta, nada más.
–No es cierto. Juraría que estás molesto.
–En absoluto, hijo.
El otro chico clavó sus ojos oscuros en Aron antes de girarse para contemplar a Cleo y a Mira.
–Padre, ¿esta gente está intentando timarte?
–Jonas –le apaciguó Silas con voz fatigada–, no es asunto tuyo.
–Sí es asunto mío, padre. ¿Cuánto te ha ofrecido este hombre? –Jonas examinó a Aron sin disimular su desagrado.
–Catorce florines por caja –contestó Aron con satisfacción–. Un precio justo que tu padre está muy contento de aceptar.
–¿Catorce? –escupió Jonas–. ¡Es un insulto!
Tomas agarró a su hermano de la camisa y le empujó hacia atrás.
–Tranquilízate.
–¿Que me tranquilice? ¡Este bastardo cubierto de seda y adornos intenta estafar a nuestro padre!
–¿Bastardo? –la voz de Aron era ahora gélida–. ¿A quién llamas bastardo, sucio campesino?
Tomas se volvió lentamente, con los ojos llameantes de cólera.
–A ti. Mi hermano te ha llamado bastardo a ti, bastardo.
Aquello era lo peor que le podían llamar, pensó Cleo con un suspiro. Aunque casi nadie lo sabía a ciencia cierta, Aron era hijo ilegítimo de una hermosa criada rubia a la que su padre había tomado aprecio. Puesto que la esposa de Sebastien Lagaris era estéril, había acogido al bebé para criarlo como si fuera suyo; la auténtica madre de Aron había muerto poco después en circunstancias misteriosas sobre las que nadie se atrevió a indagar.
Sin embargo, la gente murmuraba, y los rumores habían llegado a oídos de Aron en cuanto fue lo bastante mayor para entenderlos.
–Princesa... –murmuró Theon esperando una orden para intervenir.
Cleo le posó la mano en el brazo para evitarlo: no quería montar una escena todavía más escandalosa.
–Vámonos, Aron –dijo echando un vistazo a Mira, que había dejado en el puesto su segunda copa de vino y parecía nerviosa.
Pero Aron seguía con los ojos clavados en Tomas.
–¿Cómo te atreves a insultarme?
–Más vale que le hagas caso a tu amiguita y te largues de aquí –le advirtió Tomas–. Cuanto antes, mejor.
–En cuanto tu padre me entregue las cajas de vino, me iré encantado.
–Olvídate del vino; lárgate y considérate afortunado de que no tenga en cuenta la grosería con la que has tratado a mi padre. Es un hombre confiado, y siempre está dispuesto a malvender su mercancía. Yo no.
Aron se encrespó. La calma de la que había hecho gala anteriormente se había desvanecido por culpa de la borrachera, y se sentía lo bastante fuerte como para enfrentarse a dos mocetones.
–¿Sabes quién soy yo?
Jonas y su hermano cruzaron una mirada.
–¿Te crees que nos importa?
–Soy lord Aron Lagaris, hijo de Sebastien Lagaris, señor de Pasoviejo. He venido a este mercado acompañado de Cleiona Bellos, princesa de Auranos. Muéstranos la consideración que nos merecemos, paelsiano.
–Esto es ridículo, Aron –masculló Cleo; no le hacía ninguna gracia que se diera aquellos aires.
Mira le agarró la mano y se la apretó. «Vámonos», parecía decir.
–Ah, alteza –dijo Jonas con sarcasmo mientras se inclinaba en una reverencia burlona–. Mis tres altezas, es un honor encontrarme ante vuestra deslumbrante presencia.
–Podría hacer que te decapitaran por esa falta de respeto –gruñó Aron–. A vosotros dos, a vuestro padre y a vuestra hermana también.
–¡No mezcles a mi hermana en esto! –rugió Tomas.
–Déjame adivinar... Si se casa hoy, supongo que ya estará embarazada, ¿me equivoco? He oído que las mujeres paelsianas no esperan al matrimonio para disfrutar de los placeres de la vida, si tienes con qué pagarlas –Aron miró de arriba abajo a Felicia, que lo observaba con una mezcla de vergüenza e indignación–. Tengo dinero, así que tal vez me puedas conceder media hora de tu tiempo antes de que atardezca...
–¡Aron! –gritó horrorizada Cleo.
Él la ignoró; Jonas, en cambio, la miró con tanta furia que Cleo sintió como si sus ojos la quemaran. Tomas, que parecía algo menos impetuoso que su hermano, le lanzó a Aron la mirada más oscura y venenosa que Cleo había visto en su vida.
–Podría matarte por decir eso de mi hermana.
Cleo se volvió hacia Theon, que parecía a punto de estallar. Prácticamente le había ordenado que no interviniera, pero la situación estaba fuera de control; lo único que quería era regresar al barco y dejar atrás aquella desagradable escena.
Sin embargo, ya era demasiado tarde: Tomas, encendido por el insulto hacia su hermana, se había lanzado contra Aron con los puños cerrados.
Mira dio un respingo y se tapó los ojos. Estaba claro que Tomas llevaba todas las de ganar, y por un momento Cleo imaginó al enclenque Aron convertido en un guiñapo sanguinolento. Pero Aron iba armado: llevaba su elegante daga prendida al cinto.
Y ahora la tenía en las manos.
Tomas no la vio. Cuando se acercó para agarrar a Aron de la ropa, este le hundió la hoja en la garganta, y el paelsiano se llevó las manos a la herida con los ojos muy abiertos por el dolor y la sorpresa. Un instante después, cayó de rodillas y se desplomó aferrándose el cuello, con el puñal todavía clavado. La sangre se extendió rápidamente hasta formar un charco alrededor de su cabeza.
Todo había sucedido tan rápido...
Cleo se llevó la mano a la boca para no gritar. Un ruido estridente le heló la sangre: era el chillido horrorizado de Felicia. Todo el mercado parecía haber visto lo ocurrido, y se sucedían los gritos. Una súbita marea de personas la zarandeó; Cleo chilló, y Theon la agarró de un brazo y tiró de ella hacia atrás. Sin soltarla, el guarda empujó a Mira para ponerla en marcha y echó a andar a grandes zancadas mientras Aron los seguía de cerca. Los cuatro escaparon del mercado perseguidos por la voz furiosa de Jonas:
–¡Estás muerto! ¿Me oyes? ¡Te mataré por esto! ¡Os mataré a los dos!
–Se lo merecía –murmuró Aron–. Él intentó matarme y yo me defendí.
–Daos prisa, mi señor –gruñó Theon.
Se abrieron paso entre la multitud y tomaron el camino de regreso al puerto. Tomas no viviría para ver la boda de su hermana; Felicia jamás volvería a ver a su hermano mayor. Había presenciado su asesinato el mismo día de su boda. Cleo sintió que el vino se revolvía en su estómago, se liberó del brazo de Theon y vomitó en la cuneta.
Podía haberle ordenado a Theon que detuviera todo aquello antes de que la situación se desbocara. Pero no lo había hecho.
Nadie parecía perseguirlos. Al cabo de un rato, cuando resultó evidente que los paelsianos los habían dejado marchar, dejaron de trotar y adoptaron un paso rápido. Cleo se apoyaba en Mira, con la cabeza gacha. Los cuatro recorrieron el árido paisaje en un silencio absoluto.
Jamás podría olvidar la mirada horrorizada de aquel chico.
CAPÍTULO 2
Jonas se desplomó y contempló espantado la empuñadura enjoyada que sobresalía de la garganta de su hermano, quien intentaba quitársela sin conseguirlo. Temblando, Jonas la agarró y tiró con fuerza; le costó bastante sacarla. Apretó la herida con las dos manos y la sangre tibia y roja corrió entre sus dedos.
–¡Tomas, no! ¡Por favor, no! –gritó Felicia a su espalda.
Los ojos de Tomas se apagaban; la vida se le escapaba latido a latido. Jonas no podía pensar con claridad. Era como si el momento de la muerte de su hermano se hubiera congelado en el tiempo.
Una boda. Aquel día había una boda. Era la boda de Felicia. Había decidido casarse con un amigo suyo, Paulo, al que se lo habían hecho pasar un poco mal; le habían gastado un montón de bromas cuando Felicia y él anunciaron su compromiso hacía un mes, antes de acogerle en su familia con los brazos abiertos.
Habían preparado una gran fiesta, algo que aquella pobre aldea no volvería a ver en mucho tiempo. Comida, bebida... y un montón de chicas guapas, amigas de Felicia, para que los hermanos Agallon se olvidaran de sus problemas cotidianos y de las dificultades de vivir en una tierra agonizante como Paelsia. Tomas y Jonas eran uña y carne, dos compañeros inseparables que siempre conseguían lo que se proponían.
Hasta ahora.
Enloquecido por el pánico, Jonas recorrió la multitud con la mirada en busca de ayuda.
–¿Alguien puede hacer algo? ¿Hay algún curandero por aquí?
Tenía las manos pringosas de sangre. Su hermano se retorció y emitió un desagradable gorgoteo. La sangre le salía a borbotones por la boca.
–No lo entiendo –murmuró con la voz rota, y Felicia le apretó el brazo entre gemidos de dolor–. Todo ha sido tan rápido... ¿Por qué? ¿Por qué ha tenido que pasar esto?
Su padre estaba al lado, impotente, con el rostro desconsolado pero estoico.
–Es el destino, hijo.
–¿El destino? –escupió Jonas, ciego de ira–. ¡Esto no es el destino! ¡No es esto lo que tenía que pasar! Esto... esto lo hizo un maldito noble auranio que cree que valemos menos que el barro de sus zapatos.
Paelsia agonizaba desde hacía generaciones. La tierra se agotaba poco a poco mientras sus vecinos disfrutaban de lujos y excesos, se negaban a ayudarlos y les impedían cazar en sus bosques, a pesar de que eran responsables de que Paelsia careciera de recursos para alimentar a su pueblo. Aquel había sido el invierno más duro de su historia; los días eran tolerables, pero por las noches helaba y el viento gélido se colaba por las finas paredes de las casas. Docenas de personas habían muerto de hambre o congeladas en sus cabañas.
Nadie moría de hambre o frío en Auranos, y aquella injusticia siempre había sacado de quicio a Jonas y Tomas. Odiaban a los auranios, especialmente a los nobles. Sin embargo, hasta aquel momento su odio era algo vago e inconcreto, una aversión general hacia personas que no conocían.
Ahora su odio tenía un objetivo. Ahora tenía nombre.
Se quedó mirando el rostro de su hermano mayor. La sangre cubría la piel atezada y los labios de Tomas. A Jonas le escocían los ojos, pero contuvo las lágrimas; Tomas no podía verlo llorar. Siempre le decía que lo más importante era ser fuerte. Aunque solo se llevaban cuatro años, se había ocupado de él desde la muerte de su madre, hacía ya diez inviernos.
Tomas le había enseñado todo lo que sabía: cómo cazar, cómo soltar juramentos, cómo comportarse con las chicas... Los dos se habían hecho cargo de la familia. Habían robado, habían cazado como furtivos, habían hecho todo lo necesario para sobrevivir mientras el resto del pueblo se consumía en la miseria.
«Si quieres algo debes cogerlo, porque nadie te lo va a regalar», le decía siempre. «Recuérdalo, hermanito».
Jonas lo recordaba. Jamás lo olvidaría.
Tomas había dejado de retorcerse. De su garganta ya no manaba la sangre.
En sus ojos inmóviles había algo que iba más allá del dolor. Era indignación.
Y no solo por la injusticia de haber muerto a manos de un traicionero noble auranio. No: también era rabia por haber tenido que luchar cada día para comer, para respirar, para sobrevivir. ¿Y quiénes eran los culpables?
Hacía medio siglo, el caudillo de Paelsia había visitado a los soberanos de Limeros y de Auranos, en las fronteras norte y sur, para pedirles ayuda. El monarca de Limeros se negó, argumentando que no tenía suficiente para alimentar a su propio pueblo después de la guerra contra Auranos. Los prósperos auranios, en cambio, llegaron al acuerdo de pagar a los paelsianos para que plantaran viñedos en todas las tierras fértiles de su país. Aquellos campos se podrían haber empleado para cultivar cereales con los que alimentar a la gente y al ganado, pero los paelsianos aceptaron exportar su vino a precios ventajosos e importar el cereal auranio que necesitaban. Aquello beneficiaría a los dos países, afirmó el rey de Auranos, y el ingenuo caudillo de Paelsia cerró el trato.
Sin embargo, aquel tratado tenía un límite temporal: al cabo de cinco décadas, los precios fijados para el comercio entre ambos países expirarían. Los cincuenta años acababan de cumplirse, y ahora los paelsianos no podían permitirse importar alimentos: el precio del vino había caído en picado, ya que Auranos –el único cliente que tenían– establecía unas tarifas cada vez más miserables. Paelsia carecía de embarcaciones con las que exportar su vino a otros reinos, y los austeros limerianos del norte eran devotos de una diosa que no veía con buenos ojos la embriaguez. La tierra de Paelsia agonizaba lentamente, como llevaba haciendo décadas, y los paelsianos no podían hacer más que verla morir.
Jonas escuchó los sollozos de su hermana. Aquel tendría que haber sido un día feliz.
–Lucha –susurró Jonas–. Lucha, Tomas. Lucha por mí. Lucha para vivir.
No, pareció decir el brillo que se extinguía en sus ojos. No podía hablar; la daga aurania le había atravesado la laringe. Lucha tú; lucha por Paelsia, por todos nosotros. No permitas que acabe todo. No dejes que triunfen.
A pesar de sus esfuerzos, Jonas ya no podía contener el llanto que crecía en su pecho. Lanzó un gemido roto, un sollozo que le resultaba desconocido. Y la rabia, oscura e infinita como un pozo sin fondo, colmó rápidamente el vacío que había abierto el dolor.
Lord Aron Lagaris pagaría por aquello.
Y también aquella chica rubia, la princesa Cleiona, que había contemplado cómo su amigo mataba a Tomas con una mueca irónica en su precioso rostro.
–Juro que te vengaré, Tomas –masculló–. Esto es solo el principio.
Se tensó cuando su padre le tocó el hombro.
–Se ha ido, hijo.
Jonas retiró finalmente las manos temblorosas y ensangrentadas de la garganta de su hermano. Le había hecho una promesa a un muerto; el espíritu ya había abandonado aquel cuerpo. No quedaba más que la cáscara de Tomas.
Elevó la vista al cielo despejado y dejó que un áspero grito de dolor escapara de su garganta. Un halcón dorado que estaba posado en el puesto de su padre levantó el vuelo.
CAPÍTULO 3
Le habían hecho una pregunta, pero Magnus no estaba atento. Cada vez que asistía a uno de aquellos banquetes, los comensales le recordaban a un enjambre de moscas tan molestas como imposibles de espantar.
Curvó los labios en lo que pretendía ser una sonrisa agradable y se volvió a la izquierda para hacer frente a la mosca más ruidosa de todas. Llenó la cuchara de kaana y la engulló sin masticar, intentando no saborearla. Echó un vistazo al trozo de buey salado que había también en el plato de peltre; estaba perdiendo el apetito.
–Disculpadme, mi señora. No os he oído bien.
–Decía que vuestra hermana Lucía ha crecido mucho –repitió lady Sofía, limpiándose las comisuras con una servilleta profusamente bordada–. Se ha convertido en una jovencita encantadora.
Magnus pestañeó; detestaba aquella cháchara trivial.
–En efecto.
–Decidme, ¿cuántos años cumple hoy?
–Dieciséis.
–Es una muchacha encantadora, y tan amable...
–Está bien educada.
–Por supuesto. ¿Se ha comprometido ya con alguien?
–Todavía no.
–Ah... Mi hijo Bernardo es un chico muy esforzado y bastante atractivo; lo que le falta de altura lo compensa con la inteligencia. Creo que harían buena pareja.
–Mi señora, creo que eso deberíais discutirlo con mi padre, no conmigo.
¿Por qué le había tocado sentarse al lado de aquella mujer? Además de ser aburrida, olía a moho y, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, a algas. Tal vez hubiera salido de las aguas del mar de Plata y hubiera sobrevolado los acantilados hasta llegar al frío castillo de Limeros, en lugar de cruzar la llanura helada como todo el mundo.
Su marido, lord Lenardo, se echó hacia delante en su asiento de respaldo alto.
–Ya basta de hacer de casamentera, esposa mía. Tengo curiosidad por saber qué opina nuestro príncipe acerca de los problemas en Paelsia.
–¿Problemas? –preguntó Magnus.
–Han estallado algunos disturbios provocados por el asesinato del hijo de un vinatero... Ocurrió hace una semana en un mercado, a la vista de todo el mundo.
–El asesinato del hijo de un vinatero –Magnus acarició el borde de su copa con el índice–. Perdonad mi desinterés, pero no me parece digno de atención. Los paelsianos son gente salvaje y proclive a la violencia. He oído decir que comen sin problemas la carne cruda si el fuego tarda demasiado en encenderse.
–En efecto –lord Lenardo sonrió con malicia–. Lo singular del asunto es que el asesino es un miembro de la alta nobleza de Auranos.
Aquello era algo más interesante.
–¿Ah, sí? ¿Quién?
–No se sabe, pero hay rumores de que la propia princesa Cleiona estuvo envuelta en el altercado.
–Ya. Me temo que los rumores son como las plumas: tanto los unos como las otras carecen de peso.
A no ser, por supuesto, que fueran ciertos.
Magnus conocía a la hija menor del rey de Auranos, una muchacha de la misma edad que su hermana. La había visto en una ocasión, cuando eran niños, durante una visita de su familia al palacio real de Auranos. No tenía ningún interés en volver a visitar aquel país; su padre detestaba al rey auranio y, hasta donde él sabía, el sentimiento era mutuo.
Abarcó la sala con la mirada y sus ojos se cruzaron con los de su padre, que le observaba con fría desaprobación. Al rey le molestaba la actitud displicente de Magnus en los actos públicos como aquel; le parecía una falta de respeto. Magnus, por su parte, era incapaz de disimular, aunque tenía que admitir que tal vez no se esforzara lo suficiente.
Levantó su copa de agua y brindó por Gaius Damora, rey de Limeros: su padre.
Los labios de este se afinaron.
Irrelevante, pensó Magnus.
No era asunto suyo que la fiesta tuviera éxito o no; al fin y al cabo, no era más que una farsa. Su padre era un tirano que obligaba al pueblo a obedecer sus órdenes usando sus armas favoritas: el miedo y la violencia. Disponía de una auténtica horda de caballeros y soldados que mantenían a sus súbditos bajo control. Aunque se esforzaba mucho por mantener las apariencias y dar imagen de hombre capaz, señor de un reino floreciente y próspero, la vida en Limeros era difícil desde hacía doce años, cuando Gaius –el Rey Sangriento, el soberano del puño de hierro– heredara el trono a la muerte de su padre, el muy querido rey Davidus. Los problemas económicos aún no afectaban visiblemente a nadie que viviera en palacio –al fin y al cabo, la religión limeriana prohibía el lujo y la ostentación–, pero las estrecheces que pasaba el pueblo eran difíciles de ignorar. A Magnus le molestaba que el rey no lo hubiera admitido nunca en público.
Sin embargo, los miembros de la corte recibían con cada comida una porción de kaana, un puré de alubias amarillentas que sabía a lodo. Se esperaba que la comieran para dar ejemplo, ya que aquel alimento era lo único que tenían muchos limerianos para llenar el estómago durante su interminable invierno. Además, el rey había mandado retirar de las salas del castillo los tapices más llamativos, dejando las paredes frías y deslucidas. En la corte estaban prohibidos la música, el canto y el baile. La biblioteca del castillo solo guardaba libros formativos; no quedaba nada que sirviera de puro y simple entretenimiento. Al rey Gaius solo le importaban los ideales limerianos de fuerza, fe y sabiduría; no le interesaban el arte, la belleza ni el placer.
Circulaban rumores de que Limeros empezaba a languidecer, como ocurría en Paelsia desde hacía varias generaciones, debido al final de la elementia. La magia esencial que daba vida al mundo se estaba secando igual que un cuenco de agua en el desierto.
Según aquellos que creían en la magia, después de que las diosas rivales Cleiona y Valoria se destruyeran entre sí cientos de años atrás, en la tierra solo habían quedado trazas de elementia que ya empezaban a desvanecerse. La tierra de Limeros se helaba todos los inviernos, y la primavera y el verano solo duraban un par de breves meses. Paelsia agonizaba, su tierra cada vez más seca, árida y fría. Solo el país de los auranios, al sur, parecía librarse de aquella decadencia.
Limeros era un país profundamente religioso, cuyos habitantes se aferraban a su fe en la diosa Valoria durante aquellos tiempos difíciles. Sin embargo, Magnus consideraba que la fe en lo sobrenatural, se manifestara como se manifestara, era indicio de debilidad de carácter... con algunas excepciones. Contempló a su hermana, sentada dócilmente a la derecha de su padre como invitada de honor en aquel banquete que celebraba su cumpleaños.
Llevaba un vestido de un tono naranja con matices rosados que recordaba a una puesta de sol. Era nuevo –Magnus jamás se lo había visto puesto– y estaba muy bien confeccionado. Mostraba la imagen de pujanza y perfección que su padre exigía a la familia real, aunque resultaba sorprendente aquel colorido, ya que el rey prefería los grises y negros.
La princesa tenía la tez pálida y una larga cabellera negra que, cuando no la recogía en un moño, le caía hasta la cintura en ondas suaves. Sus ojos eran azules, del color del cielo despejado, y sus labios carnosos tenían un color rosado natural. Lucía Eva Damora era la chica más hermosa de todo Limeros, sin excepción alguna.
De pronto, la copa que Magnus apretaba en la mano estalló y los cristales le cortaron la palma. Soltó una maldición y agarró una servilleta para restañar la sangre mientras lady Sofía y su esposo Lenardo le miraban con expresión de alarma, como si aquel repentino estallido hubiera sido provocado por su cháchara de pretendientes y asesinatos.
No era así.
Estúpido...
Ese era el pensamiento que reflejaba el rostro de su padre, a quien la escena no había pasado inadvertida. Su madre, la reina Althea, sentada a la izquierda del rey, también se había dado cuenta y lo observaba con ojos gélidos. Magnus apartó de inmediato la vista y continuó hablando con la mujer que tenía al lado.
Su padre, en cambio, no despegó la mirada de él. Parecía avergonzarse de estar en la misma sala que el torpe e insolente príncipe Magnus, heredero del trono. Heredero... demomento, pensó con amargura tras echarle un vistazo a Tobías, la mano derecha del rey. Magnus se preguntaba a menudo si su padre le mostraría su aprobación alguna vez. Habría debido mostrarse agradecido porque le hubiera invitado a aquella celebración, pero no había sido por aprecio: Gaius quería aparentar que la familia real de Limeros estaba muy unida, ahora y siempre.
Era tan gracioso...
Magnus podría haber abandonado las frías y grises tierras de Limeros para explorar los reinos exóticos que había más allá del mar de Plata. Sin embargo, había algo que le retenía allí a pesar de que estaba a punto de cumplir dieciocho años.
–¡Magnus! –Lucía se acercó corriendo y se arrodilló a su lado, inquieta–. ¡Estás herido!
–No es nada –replicó, tenso–. Solo ha sido un rasguño.
Su hermana frunció el ceño al ver la sangre que había empapado el vendaje improvisado.
–A mí no me lo parece. Ven –le agarró de la muñeca–, te lo vendaré como es debido.
–Id con ella –aconsejó lady Sofía–. No querréis que se infecte, ¿verdad?
–No, claro está –farfulló él de mala gana; lo que le dolía no era la herida, sino el orgullo–. Está bien, hermana; cúramelo.
Ella le dedicó una amable sonrisa que hizo que algo culebreara en su interior. Desvió la mirada, esforzándose por ignorar el cosquilleo.
Siguió a Lucía hasta la sala contigua, sin dedicarles una sola mirada a sus padres al salir. Hacía frío: allí no había gente cuyo calor corporal caldeara el ambiente, como en la sala de banquetes. Los tapices descoloridos que pendían de las paredes no ayudaban a templar los helados muros de piedra. Un busto de bronce del rey Gaius le miraba desde su pedestal entre los pilares de granito, juzgándole con severidad incluso ahora que no se hallaba ante su presencia.
Lucía ordenó a una doncella que trajera vendas y un recipiente de agua, obligó a Magnus a sentarse a su lado y le desató la servilleta sin que él opusiera resistencia.
–Estas copas de cristal son tan frágiles... –se excusó él.
–Ya –Lucía enarcó una ceja–. Así que se rompió sin motivo alguno.
–Exactamente.
Ella suspiró, humedeció un paño y comenzó a limpiar la herida con tanta suavidad que Magnus apenas notó el escozor.
–Sé por qué lo has hecho.
–¿De veras? –respondió él envarándose.
–Por nuestro padre –sus ojos azules buscaron los de Magnus–. Estás enfadado con él.
–¿Piensas que imaginaba que la copa era su cuello, como muchos de sus súbditos?
–¿Era eso lo que hacías?
Lucía apretó con firmeza la herida para detener la hemorragia.
–No. No estoy enfadado con él; más bien al contrario. Es él quien me odia.
–No te odia. Te quiere.
–Será el único, entonces.
–Ay, Magnus –a Lucía se le iluminó la cara–. No seas tonto. Yo te quiero. Te quiero más que a nada en el mundo. Lo sabes, ¿verdad?
Magnus sintió como si alguien le abriera el pecho y le estrujara el corazón. Carraspeó sin despegar los ojos de su mano herida.
–Claro. Yo también te quiero.
Las palabras se le atragantaron. No le costaba faltar a la verdad; las mentiras se deslizaban por su boca con la suavidad de la seda. Pero decir la verdad no era tan sencillo.
Lo que sentía por Lucía no era más que amor fraternal.
Aquella mentira le resultaba fácil. Incluso cuando se la repetía a sí mismo.
–Ya está –declaró ella acariciando el vendaje–. Mucho mejor.
–Deberías hacerte curandera.
–No creo que nuestros padres lo consideraran una ocupación digna de una princesa.
–Tienes toda la razón.
La mano de Lucía seguía posada en la suya.
–Gracias a la diosa que no te hiciste más daño...
–Sí, gracias a la diosa –murmuró él secamente antes de curvar los labios en una sonrisa sin alegría–. Tu fe en Valoria supera a la mía, como siempre.
Ella le dirigió una mirada penetrante pero afable.
–Sé que piensas que la fe en lo sobrenatural es una estupidez.
–No creo haber usado nunca la palabra «estupidez».
–A veces hace falta creer en algo mayor que uno, Magnus, algo que no se puede ver ni tocar. Hay que conservar la fe porque es lo único que nos da fuerzas en los tiempos oscuros.
–Si tú lo dices...
Lucía esbozó una sonrisa. El pesimismo de Magnus siempre le había hecho gracia; no era la primera vez que mantenían aquella conversación.
–Algún día creerás, estoy segura.
–Creo en ti. ¿No basta con eso?
–Entonces, tendré que servir de ejemplo para mi querido hermano –se inclinó para darle un beso en la mejilla y Magnus se quedó sin aliento por un instante–. Debo volver al banquete; al fin y al cabo, se supone que es en mi honor. Nuestra madre se enfadará si desaparezco sin dejar rastro.
Magnus asintió.
–Gracias –se rozó la venda–. Me has salvado la vida.
–Lo dudo mucho, pero intenta controlar tu genio cuando estés cerca de objetos frágiles.
–Procuraré recordarlo.
Lucía le dedicó una última sonrisa y se apresuró a regresar al gran salón. Magnus se quedó sentado unos minutos, escuchando el murmullo de los nobles. No lograba reunir fuerzas para regresar; no tenía ningún interés en asistir a aquel banquete. Si alguien le preguntaba al día siguiente, siempre podía decir que se había encontrado indispuesto por la pérdida de sangre.
De hecho, se sentía enfermo. Sus sentimientos hacia Lucía estaban mal. Eran antinaturales, pero aumentaban día a día por más que tratara de ignorarlos. Desde hacía un año era incapaz hasta de mirar a cualquier otra muchacha de la nobleza, justo cuando su padre empezaba a presionarle para que eligiera a su futura esposa.
Pronto el rey empezaría a dudar de su inclinación por las mujeres. En realidad, le importaba poco lo que pensase; fueran cuales fueran sus preferencias, su padre le obligaría a casarse con quien él mismo eligiera cuando se le agotara la paciencia.
Y desde luego, no sería con Lucía; Magnus no se atrevía a acariciar aquella idea ni siquiera en sus sueños más disparatados. Los matrimonios incestuosos estaban prohibidos por la ley y la religión, incluso entre la realeza. Si Lucía se enterara de sus sentimientos, se sentiría asqueada, y Magnus no quería que dejara de mirarle con los ojos brillantes por el afecto. Esa luz era lo único que le alegraba en el mundo.
Todo lo demás le hacía sentirse desgraciado.
Una sirvienta joven entró en la estancia en penumbra y se detuvo al verlo. Tenía los ojos grises y el pelo castaño recogido en un moño prieto. Su vestido de lana estaba raído, pero limpio.
–Príncipe Magnus, ¿puedo ayudaros en algo?
Por más que le torturara pensar en su bella hermana, Magnus se permitía algunas distracciones sin importancia, y Amia le resultaba muy útil en más de un aspecto.
–Esta noche no.
–El rey ha abandonado el banquete para reunirse con la dama Mallius en el balcón –repuso ella con una sonrisa cómplice–. Están cuchicheando. Interesante, ¿verdad?
–Tal vez.
