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Zawadi odia trabajar como camarera: las jornadas laborales son interminables y su jefe es horrible. Pero un día aparece Max Connor, que había desaparecido sin dejar rastro al acabar el instituto, y que era el chico del que tanto Zawadi como su mejor amiga Maddie estaban perdidamente enamorados. Zawadi vuelve a sentir mariposas en su estómago, y la pasión y el deseo pronto se apoderan de ambos. Pero Max tiene un secreto; un secreto que cambiará el mundo de Zawadi para siempre.
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Seitenzahl: 63
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Vanessa Salt
Traductora: Marta Cisa Muñoz
Saga
La camarera
Translated by Marta Cisa Muñoz
Original title: Servitrisen
Original language: Swedish
Cover image: Shutterstock
Copyright © 2019, 2022 Vanessa Salt and LUST
All rights reserved
ISBN: 9788726405552
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
Si hubiese sabido que hoy iba a ser el día en que ocurriese, tal vez hubiese hecho algo distinto. Quizás me habría escondido, escapado o dicho que estaba enferma; lo que fuese con tal de poder quedarme en casa.
Fruncí el ceño a raíz del fuerte olor a café. Nunca me había gustado ese olor, lo cual suponía un problema teniendo en cuenta que trabajaba en una cafetería. El corazón me palpitaba con fuerza mientras intentaba acordarme de dónde estaba. La falta de sueño me afectaba: lo veía todo borroso a mi alrededor y me sentía como si tuviese una especie de neblina en el cerebro. Parpadeé un par de veces e intenté centrarme: ¿Estaba en el trabajo? Sí... Tenía la mano de un tono rojizo comparada con la mesa marrón llena de astillas de la sala de descanso. Oía el lento tic-tac de un reloj en la pared. No cabía duda: estaba en el trabajo.
Alguien carraspeó detrás de mí y di tal salto que la silla de la que me levanté se movió un par de centímetros. Alcé la mirada e intenté parecer normal y aparentar que estaba totalmente despierta. Me puse las gafas y me pasé una mano por el pelo. Debía de haberme quedado dormida. Mierda. ¿Se notaba? ¿Era muy obvio? A juzgar por el modo en que mi jefa Christie me miraba, mi descanso debía de haber terminado hacía bastante rato. Echaba fuego por los ojos de color negro y apretaba los labios con tanta fuerza que temía que le fuesen a sangrar. Tenía el estómago vacío y frío: ni siquiera había tenido tiempo de almorzar.
—¡Zawadi! — exclamó Christie apretando los dientes y dejó la taza de café en la mesa con un golpe que hizo que vibrase entera. Me cayeron un par de gotas del café caliente en los brazos. Casi era peor cuando hablaba mientras apretaba los dientes que cuando gritaba. ¿Cuánto tiempo había dormido? No tenía ni idea y, si se lo preguntase, solo la enfadaría incluso más.
Me puse en pie, me guardé el teléfono en el bolsillo y me limpié los brazos con la camiseta rosa que decía «Butter Heaven».
—Lo siento, Christie, no volverá a pasar.
—¡Deberías alegrarte de seguir trabajando aquí! —susurró de un modo parecido a Gollum de El Señor de los Anillos—. Si vuelvo a pillarte durmiendo en el trabajo otra vez...
—No volverá a ocurrir.
Tras cerrar la puerta de un golpe, salí de la sala de descanso deprisa y subí la escalera de caracol hacia el pasillo. Me recogí el pelo, esa indomable melena rizada de color negro, y me hice un moño. Había estado estudiando tanto para un examen que no había dormido mucho últimamente, pero Christie nunca lo entendería. Seguramente hacía sesenta años que no estudiaba para nada, de haber estudiado alguna vez.
—¿Dónde te habías metido? —me preguntó Carl cuando volví del descanso. Llevaba una bandeja llena de vasos en la mano, intentando mantener el equilibrio de todo, y le caía el sudor por el rostro. De fondo oí el sonido de los vasos y cubiertos mezclados con risas que provenía del café.
Me armé con una libreta y un bolígrafo y me abrí camino entre mis compañeros. Pasé por delante de Sara, que estaba de pie tras la caja registradora y siempre era algo grosera con los clientes indecisos, y, luego, pasé al lado de Felipe, que estaba tras la máquina de café expreso y se esmeraba en crear pequeñas obras de arte con la espuma de los capuchinos y cafés con leche.
—Me había tomado el descanso para comer —le respondí a Carl cuando pasó a mí lado, asegurándome de no tocarle para que no se me cayera encima la torre de vasos que llevaba.
—¿Y has estado cuarenta y cinco minutos?
—Sí...
Desvié la mirada hacia los clientes de la cafetería. El sitio entero olía a café polaco, bollos de canela rancios y magdalenas mantecosas. Todo llevaba tanta manteca que la mayoría de la ropa que tenía en casa tenía manchas de manteca porque se me colaba incluso debajo del delantal. Seguramente se me metía dentro de la piel y me resultaba imposible de limpiar. A estas alturas, la sangre que me corría por las venas debía de estar llena de manteca.
No cabía duda de que la cafetería hacía honor a su nombre: Butter Heaven, es decir, «el paraíso de la mantequilla». Ahora pesaba tres paquetes de harina más que cuando había empezado a trabajar aquí hacía un año. Una creería que el nombre absurdo junto con el decorado rosa y la señal de advertencia irónica «peligro: muchas calorías» espantaría a la gente, pero no era así.
Me sorprendía constantemente el hecho de que este lugar siguiese teniendo clientes. El aire del café era caliente y pegajoso y apenas estaba ventilado. Las paredes estaban cubiertas de empapelado amarillo y lleno de manchas que contrastaba con el resto de la decoración de un rosa unicornio. Las cortinas de azul claro que enmarcaban las ventanas eran la guinda del pastel. Nunca abríamos las ventanas de la cafetería porque Christie era «alérgica» a algo indefinido. La cafetería estaba llena de gente que hablaba a voces en las mesas. Algunas personas sonreían, otras se reían y también había alguna que otra que lloraba. Era un día normal y corriente para el lugar, que nunca había gozado de un ambiente de paz y tranquilidad.
Todos los días, había alguien que venía con el corazón roto, alguien que estaba tan feliz que tenía que gritar y alguien que olía mal y se sentaba en una mesa en silencio. Todos los días nos encontrábamos con señoras mayores con pintalabios seco, niños con demasiada gomina y pequeñines enfadados que se ponían a correr por todo el lugar mientras gritaban que querían un bollo, un bizcocho y un refresco.
Solté un suspiro y miré hacia una mesa de la esquina que estaba vacía. De camino allí, agarré un paño limpio para limpiarla. Si hubiese podido cambiar de trabajo, lo habría hecho, pero mis otras opciones habrían sido limpiar baños en el parque temático de la zona o sudar la gota gorda tras una freidora en un McDonald's, lo que hubiese hecho que terminase incluso más grasienta que en este lugar.
Tenía que aguantar un poquito más, porque el préstamo estudiantil que se me colaba en la cuenta del banco cada mes no era gran cosa. En cuanto terminase los estudios...
Pasé el paño por la mesa y, entonces, ocurrió. Me detuve en medio de mis pensamientos, el suelo dejó de parecerme estable y me sentí como si el mundo entero se hubiese detenido al sonar la campana cuando se abrió la puerta.
Resonó dentro de mí y me quedé mirando a la puerta.
