La cancha de los deseos - Juan Villoro - E-Book

La cancha de los deseos E-Book

Juan Villoro

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Beschreibung

Las pasiones se desbordan en el estadio. La gente alienta con fervor a la selección nacional. Sin embargo, el equipo no da resultados y su clasificación al mundial corre peligro. Arturo y su padre pondrán manos a la obra para que los jugadores estén a la altura de su público. No puedes dejar de leerlo.

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Edición digitalCoordinación LIJ Ana Amelia Arenzana GaliciaGerente de LIJ de Ediciones SMGestión digital Cecilia Eugenia Espinosa BonillaGerente de Servicios educativos digitales de Ediciones SMCoordinación editorial Federico Ponce de León TurijánCoordinación digital Julio Arnoldo Prado SaavedraOptimización de contenidos digitales Felipe G. Sierra BeamonteLa cancha de los deseos / Juan Villoro Ilustraciones: Juan Carlos Palomino

Primera edición digital, 2014 D. R. © SM de Ediciones, S. A. de C. V., 2010 Magdalena 211, Colonia del Valle, 03100, México, D. F.Tel.: (55) 1087 8400 www.ediciones-sm.com.mx Librería en línea (www.libreriasm.com)

ISBN 978-607-24-1035-0 ISBN 978-968-779-176-0 de la colección El Barco de Vapor Miembro de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana Registro número 2830

Prohibida la reproducción total o parcial de este libro, su tratamiento informático, o la transmisión por cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

La marca El Barco de Vapor® es propiedad de Fundación Santa María.

1. Un estadio formidable

EN EL CUARTO de Arturo había un globo terráqueo. Antes de dormirse lo acariciaba y lo hacía girar. El globo le gustaba porque parecía un balón de futbol.

Cuando comía, cuando se bañaba y cuando dormía, Arturo imaginaba goles posibles e imposibles. Su piyama tenía el número 9 y los colores del Atlántida, su equipo favorito.

Le fascinaba ir con su padre al Estadio Atlántida, el más grande y moderno de la ciudad, donde también jugaba la selección nacional.

Las tribunas se llenaban de gente alocada y contenta que se pintaba la cara y tocaba con tremendo alboroto tambores, trompetas y trompetillas. Cien mil gargantas gritaban cuando caía un gol y cien mil narices dejaban de respirar cuando se marcaba un pénalti.

El Estadio Atlántida tenía un techo plateado donde anidaban cuatro halcones. Las aves de presa se llamaban Pelé,Maradona, Di Stéfano y Pancho. Las tres primeras tenían nombres de futbolistas históricos; la cuarta se llamaba como un delantero al que todo mundo quería, pero que nunca había ganado un campeonato.

Pancho era el número 9 del Atlántida y de la selección nacional. En el patio del colegio, Arturo trataba de imitar su célebre jugada de caballitodormido, que consistía en quedarse quieto como un caballo que duerme de pie y rematar de un taconazo, con la fuerza de un corcel que da una patada.

Pancho le había hecho un túnel al alemán Peter Kaspa, conocido como el NéctardeArsénico; había burlado con gracia a Ivo Tundaz, defensa húngaro al que apodaban Gulash el Terrible, y le había metido un gol de palomita a Tito Granola, portero argentino de hermosa melena a quien llamaban Cabellos deÁngel. Por desgracia, la selección necesitaba algo más que eso para ganar partidos.

El querido Pancho firmaba más autógrafos que nadie y en todos hacía el dibujo de un caballito con los ojos cerrados. Era desconocido en el mundo, pero adorado en el Estadio Atlántida. Esto explicaba que un halcón se llamara como él.

El trabajo de las aves de presa consistía en alejar a los intrusos. La cancha del Atlántida tenía hierba de calidad y semillas sabrosas. Por lo tanto, a los pájaros les gustaba picotear el césped, y en ocasiones se atravesaban justo cuando el balón se dirigía a la portería. Para evitar estos choques, los halcones vigilaban el aire en días de partido, asustando a los pájaros glotones y antojadizos.

Era fácil distinguir a los halcones: Peléera negro; Maradona, gordo; DiStéfano, calvo, y Pancho, bromista (era el único que sabía volar en reversa).

Arturo soñaba con ser un gran delantero. Era bueno para rematar de cabeza, chutaba bien con la pierna derecha y estaba mejorando su toque con la zurda. Estas habilidades lo habían convertido en el goleador de su escuela. Sin embargo, su padre le decía:

—El futbol también se juega con la mente.

El padre de Arturo era el doctor Jerónimo Gómez, científico especializado en magnetismo. Había fabricado famosos imanes y además era consejero de la selección nacional.

Antes de los partidos, bajaba al vestidor y les decía a los jugadores:

—Muchachos gloriosos, el futbol es un deporte magnético: ¡el balón llega a quien más lo desea!

Los jugadores lo veían con los ojos abiertos. Luego rascaban sus melenas y se frotaban los tatuajes, sin entender muy bien lo que el sabio decía.

No siempre era fácil captar las ideas del doctor Gómez. Su hijo Arturo había logrado entender lo siguiente: la Tierra tiene imanes que atraen a los metales, pero el magnetismo más fuerte está en el interior de las personas.

—Si te concentras a fondo, las cosas llegan a ti —decía su papá—. ¿Cómo crees que conquisté a tu mamá?

A Arturo le gustaba una chica llamada Sofía. Cuando ella atravesaba el patio del colegio, podía sentir su presencia, aunque él estuviera de espaldas o concentrado en dominar un balón.

—Hay presencias que se perciben sin necesidad de verlas —comentaba el doctor Gómez.

Emocionado con sus teorías, se pasaba las manos por su cabellera y se despeinaba al asegurar:

—En Japón los mejores arqueros tiran al blanco con los ojos cerrados. La meta es algo que se siente. La puntería está dentro de ti. Si quieres algo con fuerza, llegas ahí. El magnetismo es la ciencia de las atracciones.

¿Sería cierto lo que decía el doctor Jerónimo Gómez?

En las noches, Arturo soñaba que estaba en un campo. Al fondo veía un balón. “Te quiero mucho”, pensaba, y el balón rodaba hasta sus pies, como un cachorro que regresa a su dueño.

2. ¿Por qué somos tan malos?

EL FUTBOL era la máxima afición de Arturo. Le gustaba jugarlo y le gustaba verlo. Pero había un terrible problema: el Club Atlántida nunca ganaba el campeonato y la selección nacional era pésima; se trataba del conjunto más inseguro que jamás hubiera pisado el césped.

En los entrenamientos, los seleccionados chutaban de maravilla. Orlando Narrín, conocido como NerviosdeAzúcar, era tan presumido que sacaba un espejito para ver su rostro en el momento de hacer una gran jugada. Lo malo es que solo metía golazos en las prácticas. En el estadio temblaba como un conejo.

En una ocasión Nervios de Azúcar fue designado para tirar un pénalti, pero se puso tan nervioso que se hizo pipí en los pantalones y tuvo que pedirle a Cuco Ferriz, el BatmandeMazapán, que chutara por él. El Batman disparó con pésima puntería (el balón fue a dar a la fila 17), pero no se preocupó en lo más mínimo. Su máxima habilidad era fallar goles sin perder el ánimo ni el apetito.

El portero nacional era Pipiolo Torreja. Usaba guantes extragrandes con hule pegajoso para atrapar mejor los balones. Aunque había hecho algunas atajadas importantes, a veces la pelota se le escurría. Por eso había conquistado el apodo de DedosdeMantequilla.

Los grandes porteros tienen mirada de lince y no se lanzan cuando el balón va fuera de su portería. Pipiolo Torreja tenía mirada de mosca. Esta habilidad es útil para ver lo que ocurre a tu espalda. Detrás de las redes se colocan los fotógrafos. Pipiolo podía verlos de maravilla. Por desgracia, esto no le ayudaba a concentrarse en lo que sucedía frente a él, que era donde estaba el balón.

La selección jugaba tan mal que recibía el mote de los Putrefactos.

El futbol es un deporte tan significativo que algunos presidentes dejan de gobernar cuando hay partidos importantes. Si la selección es un desastre, ocurre una catástrofe nacional. Sin embargo, por algún extraño misterio, a pesar de los malos resultados la gente no dejaba de apoyar a sus Putrefactos. Llenaba el estadio con enorme entusiasmo. ¡En ese país la ilusión no se moría nunca! Bajo el sol o la lluvia, con frío o calor, la selección perdía, pero la afición, siempre esperanzada, exclamaba: “Algún día serán buenos. Hay que confiar en ellos. ¡Sí se puede!”.

—Merecemos un equipo mejor —decía el padre de Arturo—. La pasión de la gente es enorme. Adoramos a la selección y al osito de peluche que el portero usa de mascota. La ciencia debe hacer algo para convertir la pasión en estrategia.

Los locutores, que todo lo saben, repetían en la televisión una información espantosa:

—¡¡¡¡Los Putrefactos tienen el récord mundial de pénaltis fallados!!!! ¡¡¡¡Tan solo el Batman de Mazapán ha fallado 45!!!!

Y pese a todo, el público iba al estadio con pasos alegres. En sus sonrisas y en sus mirad as brillaba la esperanza. ¡Qué afición tan soñadora! ¡Qué ilusos tan ilusionados! La triste realidad de su selección no les impedía imaginar que pronto todo sería distinto.

—¡Sí se puede! —gritaban con la felicidad de un país que prefiere las ensoñaciones a los hechos.

En el Estadio Atlántida la multitud coreaba con sumo cariño:

Putrefactos de mi vida, Putrefactos de mi amor, aunque pierdan yo los quiero. ¡La derrota es un honor!