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¿Qué pasó el 4 de septiembre de 2005?
El 4 de septiembre de 2005, cuando se celebraba el Día del Padre, el coche que conducía Robert Farquharon, un limpiador de cristales con una vida ordinaria, se salió de la carretera y se hundió en una balsa con sus tres hijos dentro. Él logró alcanzar la orilla y salvarse; sus hijos, de diez, siete y dos años, no lo consiguieron. El proceso judicial trató de determinar si, como creía la conmocionada sociedad australiana, Farquharson lo había hecho como venganza contra su mujer, de quien se había separado poco antes, o si, como defendía el propio Farquharson, todo había sido resultado de un trágico accidente, provocado por un desmayo al volante. Este caso real se convirtió en una obsesión para la escritora Helen Garner, lo contó tras acudir diariamente a los tribunales.
Descubre las crónicas del juicio de un padre acusado de asesinato.
EXTRACTO
Las ruedas dejan distintos rastros al pasar por una superficie. La marca de derrape se produce cuando las cuatro ruedas se bloquean y se arrastran por el suelo debido al impulso del vehículo. La marca de bandazo ocurre normalmente cuando un vehículo circula demasiado rápido y las ruedas delanteras y las traseras no marchan alineadas, lo que produce cuatro huellas en lugar de dos. Y la impronta es simplemente la impresión que deja una rueda que gira libremente: el molde en relieve de la huella sobre la grava o la tierra, o la hierba aplastada en la dirección del movimiento del vehículo. El coche de Farquharson había dejado improntas en el terreno que había entre la carretera y la balsa. Este hecho indiscutible era algo a lo que tanto nosotras como el jurado, por desgracia, debimos aferrarnos durante el despiadado interrogatorio de Morrissey a los policías.
SOBRE EL AUTOR
Hasta la fecha, solo se había publicado un libro de
Helen Garner en España:
La habitación de invitados (Salamandra, 2012). En él, la protagonista, llamada también Helen, acoge en su casa a una vieja amiga enferma de cáncer que viaja a Melbourne para seguir una terapia alternativa. Helen, que no tiene ninguna confianza en el tratamiento, se debate entre apoyar a su amiga a decirle lo que de verdad piensa.
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Seitenzahl: 426
Veröffentlichungsjahr: 2018
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la casa de los lamentos
Crónica de un juicio por asesinato
Helen Garner
Traducción de Alba Ballesta
primera edición: octubre de 2018
título original: This House of Grief
© Helen Garner, 2014
© de la traducción, Alba Ballesta
© Libros del K.O., S.L.L., 2018
Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511
28020 - Madrid
isbn: 978-84-17678-00-5
código ibic: DNJ, LNFJ, BTC, 1MBF
ilustración de cubierta: Victoria Chezner (detalle de la obra Roads)
maquetación y artes finales: María OʼShea
corrección: Andrés Molina
A la Corte Suprema de Victoria:
«Esa atmósfera sórdida, esa casa de fuerza y lamentos».
Dezső Kosztolányi, Kornél Esti
¿Vas a ir a la audiencia de Farquharson? Tengo sentimientos encontrados. Resulta imposible que lo haya hecho él, pero no hay ninguna otra explicación.
Un abogado en la Corte Suprema de Victoria,16 de noviembre de 2007
*
No hay explicación alguna de la muerte de niños que sea aceptable.
Leon Wieseltier, Kaddish
*
… la vida se vive en dos niveles de pensamiento y acción: uno en nuestra consciencia, y el otro solo se puede inferir de los sueños, de la punta de la lengua y de un comportamiento inexplicable.
Janet Malcolm, The Purloined Clinic
I
En una pequeña ciudad del estado de Victoria, Australia, vivía un hombre junto con su mujer y sus tres hijos pequeños. Luchaban por salir adelante con el sueldo de limpiador de él, mientras se construían poco a poco una casa más grande. Un día, de repente, su mujer le soltó que ya no estaba enamorada. No quería seguir adelante con el matrimonio. Le pidió que se mudara. Los niños se quedarían con ella, y él podría verlos siempre que lo deseara. Le instó a que se llevase de la casa todo lo que él quisiera. Lo único que le reclamó, y que consiguió, fue el más nuevo de los dos coches que tenían.
El desdichado marido agarró su almohada y se fue a vivir a casa de su padre viudo, a un par de calles de distancia. Poco después, a su mujer se la empezó a ver en compañía del albañil que habían contratado para enlosar la casa nueva. El obrero era un cristiano renacido con varios hijos y su propio matrimonio roto. La mujer recién separada comenzó a acudir con él a la iglesia, y más adelante el marido lo identificó conduciendo por la ciudad al volante del coche que él mismo había comprado con el sudor de su frente.
Llegados a este punto, el relato evoca una canción country, una historia triste de amores traicionados, una melodía lacerante y dulce a la vez.
Sin embargo, diez meses más tarde, una noche de septiembre de 2005, justo después de que oscureciese, mientras el marido rechazado, tras una excursión por el Día del Padre, llevaba a sus hijos en coche de vuelta a casa de su madre, el viejo Holden Commodore de color blanco se salió de la carretera, apenas cinco minutos antes de llegar, y se precipitó a una balsa. Él consiguió salir del coche y nadó hasta la orilla. El vehículo se hundió hasta el fondo, y los niños se ahogaron.
*
Lo vi en las noticias. De noche. Matorrales. Agua turbia y oscura. En la penumbra, un helicóptero. Hombres con chalecos y cascos. Algo terrible. Algo estremecedor.
Ay, Dios, que sea un accidente.
*
Cualquiera puede acceder al lugar en que murieron los niños. Saliendo de Melbourne por el suroeste, hay que tomar la autopista Princes, la carretera que rodea el continente. Dejar Geelong a un lado, resistir la llamada de la salida a la Surf Coast y seguir adentrándose en dirección a Colac, en el majestuoso valle volcánico que se extiende por el suroeste de Victoria.
En agosto de 2006, después de que en una audiencia en Geelong un juez enviase a juicio a Robert Farquharson por tres cargos de asesinato, me dirigí hacia allí un domingo por la mañana, acompañada por una vieja amiga. Hacía poco que su marido la había dejado. Su pelo estaba teñido de un rojo desafiante, pero su mirada, huera y triste, estaba llena de desconsuelo. Ambas pasábamos de los sesenta. Cada una de nosotras había encontrado la manera de superar —pero también de infligir— el dolor y la humillación de un divorcio.
Era un día primaveral. Dejamos Geelong atrás y enseguida atravesamos praderas amarillas con margaritas, delimitadas por oscuros cipreses que hacían de cortavientos. Nubes planas y de un blanco luminoso danzaban en el cielo. Mi amiga y yo nos habíamos criado en esa región. Conocíamos bien esa belleza melancólica, esas vastas y apacibles superficies. Mientras avanzábamos por la carretera de doble sentido, abrimos las ventanillas para que entrara el aire.
Unos cuatro o cinco kilómetros antes de llegar a Winchelsea se presentó ante nosotras la larga y suave pendiente del paso elevado. ¿Sería ese el lugar? Dejamos de hablar. Cruzamos aquella colina artificial. Desde arriba miramos hacia abajo y descubrimos, delante y a la derecha de la carretera, una balsa en mitad del campo. No tenía ese aspecto funcional cuadrado propio de una balsa de granja, sino una forma más ovalada y femenina, como una lágrima alargada rodeada de unos cuantos arbolitos. La orilla sur corría en paralelo al extremo norte de la carretera, a unos veinte o treinta metros del asfalto. Me había imaginado la trayectoria del coche de Farquharson como una simple salida de la carretera por el lado izquierdo, pero para hundirse en aquella balsa desde el otro lado el coche tendría que haber girado bruscamente a la derecha para cruzar la línea blanca del centro e invadir el carril contrario, esquivando a todos los coches que fueran en dirección opuesta.1 Mientras reducíamos la velocidad al circular por el paso elevado en dirección a Winchelsea, obligándonos a seguir con la mirada fija hacia la derecha, vimos algunas cruces blancas, tres de ellas bien clavadas en la hierba entre la carretera y la valla. Avanzamos, como si no nos estuviese permitido detenernos.
Calculábamos, de forma algo vaga, que Winchelsea tendría cerca de seis mil habitantes, pero en la entrada al municipio una señal rezaba que la población era de 1.180, y una vez que habíamos bajado la cuesta hasta el paso elevado de color azul que cruzaba el río y lo habíamos subido por el otro lado, y que habíamos pasado una hilera de tiendas y colegios, ya divisábamos los límites de la ciudad. En un lugar tan pequeño, todo el mundo estaría al corriente de lo que hicieras.
A menos de dos kilómetros de la ciudad, doblamos por una carretera secundaria y dimos con una zona verde donde podríamos comer nuestros bocadillos. Nos sentíamos torpes, casi culpables. ¿Por qué habíamos ido? Hablábamos en voz baja, evitando el contacto visual, con la mirada fija en los campos soleados.
¿Crees que la historia que le contó a la policía podría ser cierta, que un ataque de tos hizo que se desmayara al volante? Eso existe. Se conoce como síncope tusígeno. La exmujer juró en la audiencia preliminar que él amaba a sus hijos. ¿Y eso qué tendrá que ver? ¿Desde cuándo amar a alguien significa que no quieras matarlo en algún momento? Dijo que fue un accidente trágico, que él nunca les habría hecho el más mínimo daño. Cuenta con el apoyo de toda su familia. En el juzgado tenía a una hermana a cada lado y un pañuelo bien planchado en la mano. Incluso la familia de la exmujer afirmó que no era culpa suya. Pero ¿acaso no había pruebas policiales controvertidas? ¿Qué hay de las huellas que había dejado el coche? ¿Y qué decir de la huida? Sí. Dejó a los niños dentro del coche que estaba hundiéndose y se fue a dedo hasta la casa de su exmujer. En las fotos se le veía enorme. ¿Es un tipo alto? Para nada, era achaparrado, los ojos hinchados. ¿Lo viste de cerca en la audiencia preliminar? Sí, me aguantó la puerta. ¿Te sonrió? Lo intentó. Tal vez sea un psicópata. ¿No es así como consiguen atraerte, siendo encantadores? Su aspecto no era encantador. Era terrible. Penoso. ¿Qué pasa? ¿Sientes pena por él? Bueno, no sé si me da pena. No sé lo que esperaba, pero era un tipo corriente. Un hombre como cualquier otro.
El cementerio, a las afueras de Winchelsea, debía de ocupar más o menos una hectárea de terreno inclinado, a cielo abierto. No había nadie por allí. Estuvimos un rato deambulando arriba y abajo. Ni rastro de los Farquharson. Tal vez la familia fuese originaria de otra ciudad. Pero mientras avanzábamos despacio hacia el coche vislumbré un grupo de arbustos, y entre ellos descubrí una lápida muy alta de granito pulido, con un apellido largo grabado en ella y tres fotografías ovaladas. Nos aproximamos con cierta reticencia.
Algunos forofos de la liga australiana de fútbol2 habían clavado en el barro junto a la tumba uno de esos molinillos de viento con el símbolo del Essendon. Las sinuosas aspas de plástico se agitaban con ligereza. En las esquinas superiores de la lápida se habían grabado, en dorado, el escudo del Club de Fútbol de Essendon y un dibujo de Bob el Constructor. Los niños miraban al frente con sincera alegría, el pelo rubio bien cortado, los ojos brillantes. Jai, Tyler, Bailey. «Queridos y amados hijos de Robert y Cindy, en manos de Dios hasta que nos volvamos a encontrar». Examiné el conjunto con una sensación parecida al terror. Con frecuencia, durante los siete años siguientes, me arrepentiría de no haberles rezado aquel día y haber seguido mi camino. Del césped bien segado brotaban florecillas rosas. Arrancamos algunas y las dejamos sobre la tumba, pero el viento siempre terminaba llevándoselas. Las ramas y piedras con las que intentamos sujetarlas resultaron demasiado ligeras para resistir los incesantes embates del viento primaveral.
*
Entre la audiencia preliminar y el juicio transcurrió un año. Cuando el nombre de Farquharson se mencionaba en una conversación, la gente se estremecía. Los ojos de las mujeres se llenaban de lágrimas. Todo el mundo tenía una opinión. La historia del ataque de tos generaba incredulidad y desprecio. El sentir general era que un hombre como Farquharson no podía tolerar la pérdida del control experimentada cuando su mujer rompió con el matrimonio. La gente volvía siempre a esa explicación. Sí, debía de ser eso: no podía soportar perder el control de su familia. O se trataba de eso, o era alguien malvado. Diabólico. No entiendo a esos tipos, decía una abogada feminista. Es la mujer quien los deja, de acuerdo, pero los hombres no tienen un reloj biológico. ¿Por qué no se buscan una novia nueva y tienen más hijos? ¿Por qué tienen que matar a todo el mundo? Lo hiciera a propósito o no, soltó una mujer mayor, ¿cómo va a expiar esa culpa un cristiano? Una infinidad de hombres declararon, angustiados y llenos de rabia, que aquello no podía haber sido un accidente, que un padre que quiere a sus hijos nunca saldría del coche y se alejaría nadando. Haría todo lo posible por salvarlos, y si no lo conseguía se hundiría con ellos. Muy pocos eran los que, tras ese tipo de declaraciones, hacían una pausa y añadían en voz baja: «Por lo menos, así es como confío en que actuaría yo».
Cuando yo decía que quería escribir sobre el juicio, los demás me miraban en silencio, con una expresión que no alcanzaba a interpretar.
*
El 20 de agosto de 2007, dos años después de que el coche se hundiera en la balsa, se abrió el juicio de Robert Farquharson en la Corte Suprema de Victoria. Como periodista autónoma y ciudadana curiosa, había pasado muchos días, ensimismada y sola, en las salas de aquel edificio decimonónico situado en el centro de Melbourne, con su cúpula y sus patios adoquinados y su hermosa fachada en mitad de las calles Lonsdale y William. Sabía cómo manejarme y comportarme dentro de aquellos espacios, pero no podía acercarme a la entrada principal sin un subidón de adrenalina y un secreto sentimiento de pasmo.
En aquella ocasión había llevado conmigo a la hija de una amiga íntima, una adolescente de dieciséis años pálida, callada, con pelo rubio platino y ortodoncia, enfundada en unos vaqueros y una sudadera azul claro. Se llamaba Louise. Estaba de año sabático. Me sentía agradecida por su compañía y por su inteligencia precoz. Nos instalamos en los asientos para la prensa de la sala tres, al lado de un grupo de alegres periodistas. Por lo que se podía escuchar, para ellos Farquharson ya estaba juzgado y condenado.
La sala era preciosa. Tenía un techo alto, paredes de yeso y accesorios de madera oscura y maciza, pero, como ocurría en todas las salas de aquel edificio antiguo y majestuoso, resultaba complicado e incómodo desplazarse en ella. El banquillo de los acusados ocupaba toda la pared del fondo, y en él, tras un cordón de terciopelo rojo, estaba sentado Robert Farquharson con una deslumbrante camisa blanca de cuello rígido y corbata. Había entrado como un hombre libre, aunque el período de fianza había acabado y ya estaba detenido. Pese a que la estancia estaba llena de personas que lo apoyaban, se le veía asustado, diminuto y terriblemente solo.
Jeremy Rapke, consejero de la reina, fiscal jefe y pronto también director de la Fiscalía Pública, había representado a la corona en la audiencia preliminar de Farquharson. Era un señor esbelto y de aspecto sereno, con una barba grisácea bien recortada y unos labios que se presentaban en su rostro en forma de mueca brusca, la de alguien que debía de pasar horas y horas escuchando tonterías.
—Vaya —dijo Louise en voz baja—. Parece un halcón.
Los abogados que yo conocía coincidían en que era magnífico en los juicios, y en la audiencia preliminar había resultado fascinante verlo en acción. Parecía no costarle demasiado esfuerzo y medía muy bien lo que decía, en un tono bajo y educado, como si sus palabras fuesen solo la capa más superficial de un entramado más grande que tenía lugar dentro de su cabeza. Pero aquel día el discurso final, pronunciado con la misma delicadeza, había brotado de él como un torrente imparable, elegante y rotundo. Ahora, al lado de su joven abogada asociada, Amanda Forrester, de pelo castaño y expresión jovial, que había entrado en la sala haciendo sonar sus tacones de aguja, Rapke permanecía en una silla giratoria con la espalda un tanto encorvada, la peluca inclinada hacia delante y la mejilla apoyada sobre la palma estrecha de una mano.
Las estrechas puertas acristaladas del fondo se abrieron de golpe y entró con tosquedad Peter Morrissey, condecorado con la Medalla al Valor, con la toga colgándole de un hombro y la peluca echada hacia atrás, dejando al descubierto una frente brillante. Alto, pálido y campechano, tenía cierto aire irlandés y la corpulencia y el porte de un jugador de rugby. Conforme avanzaba a zancadas hacia el final de la mesa de la defensa, eclipsando a su abogado asociado, Con Mylonas, silbaba con labios demasiado apretados el provocador himno del equipo de fútbol de Collingwood. Se giró para acercarse al banquillo de los acusados y exclamó con tono de camaradería: «¡A por todas, Rob!». Si Farquharson contestó, yo no pude escucharlo. Según decían, Morrissey acababa de volver de la Corte Penal Internacional en La Haya, donde había ganado un caso. Su valor estaba en alza. Se le veía un hombre espontáneo y carismático. La familia de Farquharson parecía compartir esa opinión. Fuera, en la entrada, todos ellos se apiñaban en torno a su corpulenta figura togada, alzando la vista hacia él con sonrisas esperanzadas que me sacaban de quicio.
A continuación entró el juez, Philip Cummins, un hombre de unos sesenta años de pelo plateado y rostro amable y apacible. Vestía una toga de color rojo intenso, pero no llevaba peluca. En el lóbulo de su oreja izquierda, un diminuto diamante lanzaba destellos de luz. Cummins era conocido en la ciudad. Los periodistas no tenían que explicarme por qué lo apodaban Phil el Fabuloso. En cualquier caso, transmitía tranquilidad, no resultaba altivo ni amenazante; sobre la tarima, detrás de la mesa, se inclinaba hacia delante con los codos apoyados y se dirigía al tribunal con una cordialidad encomiable.
Había un jurado convocado, diez mujeres y cinco hombres, las doce personas requeridas más tres de reserva. Aquel no sería un juicio corto. A la mañana siguiente ya se había aceptado la renuncia de una de las mujeres. Los miembros del jurado accedieron al palco y se sentaron con las manos cruzadas, mirando a su alrededor con nerviosismo. Permanecían sentados con los hombros inclinados hacia delante, como si su nueva tarea ejerciera presión sobre ellos. En adelante, hasta el final del juicio, cada vez que entraban en la sala, Farquharson se levantaba de un brinco del banquillo y permanecía de pie hasta que todos se sentaban, un protocolo que parecía querer decir: mi destino está en vuestras manos.
*
La tarde del domingo 4 de septiembre de 2005, Día del Padre, dos jóvenes de Winchelsea, Shane Atkinson y Tony McClelland, dejaron a sus perros en casa de una mujer que conocían para que los cuidara durante la noche y se fueron en el Commodore de Atkinson a una barbacoa en Geelong para celebrar el nacimiento del niño que la novia de Atkinson había traído aquel día a casa desde el hospital.
Como Atkinson, primer testigo del fiscal, negoció quedarse en el estrecho pasillo por delante de los asientos de los familiares, dos mujeres que, por la forma de sus ojos, solo podían ser hermanas de Farquharson lo examinaban con una mirada fría. De pelo oscuro, alto y delgado, iba vestido de negro de la cabeza a los pies. Se instaló en el estrado, de cara a la señora Forrester, con la postura desgarbada y pacífica de un niño que espera una reprimenda. Hablar era una ardua tarea para él. Arrastraba las palabras y titubeaba. Cada vez que se le escapaba una palabra malsonante bajaba la cabeza y se le dibujaba una tímida sonrisa bobalicona y tierna.
Según él, debían de ser las siete y media y ya estaría oscuro cuando se acercó con su amigo Tony a aquel paso elevado, cuatro o cinco kilómetros al este de Winchelsea. Vieron que algunos coches delante de ellos daban un volantazo de repente y luego seguían como si tratasen de esquivar algo. Justo entonces un hombre apareció delante de los faros, agitando los brazos enérgicamente. Shane tenía los nervios a flor de piel: su hermano se había quitado la vida apenas un par de meses antes. Dio un frenazo y salió disparado. El hombre fue corriendo hasta él.
—Le dije: «¿Qué coño haces ahí parado en medio de la carretera? ¿Pretendes matarte, tío?». No entendíamos qué le pasaba. No paraba de maldecirse: «Ay, joder, ¿qué he hecho? ¿Qué ha pasado?».
El hombre masculló que había metido su coche en la balsa; que había matado a sus hijos, que había revisado los rodamientos, o había tenido un ataque de tos. De repente se había encontrado a sí mismo con el agua a la altura del pecho. No paraba de decir que lo único que quería era que lo llevasen de vuelta a casa de su señora, para poder decirle que había matado a sus hijos.
El hombre era bajo y robusto, jadeaba y estaba calado hasta los huesos, cubierto de cieno y barro. Pero ¿de qué iba esa historia inverosímil? ¿Estaba en sus cabales? Shane pensó que podría tener algún tipo de retraso. De vez en cuando se topaban con tipos raros por el camino. Tony era relativamente nuevo en la zona. Hasta ese momento apenas se había dado cuenta de que allí había una balsa a la orilla del paso elevado. Shane se había criado en Winchelsea y había pasado junto a esa balsa en incontables ocasiones, aunque ni siquiera él sabía que fuera lo bastante profunda como para que un coche desapareciera en ella sin dejar más rastro que unas cuantas burbujas. Se irguió sin llegar a salir del coche y se inclinó para ver mejor el agua. Tony y él se alejaron de la carretera hasta llegar a la valla. Era una noche cerrada, pero seca y despejada. Cada vez que pasaba un camión por el paso elevado seguían la estela de sus focos para examinar la superficie de la balsa. El agua parecía cristal. Seguro que ahí no había pasado nada.
A Shane le quedaba saldo en el móvil. Intentó dárselo al hombre para que pudiese llamar a una ambulancia, a la policía. Se negó. No dejaba de suplicarles que lo llevasen a casa de Cindy.
—¡No pienso ir a ningún lado si es que acabas de matar a tus hijos! —decía Shane—. Somos dos tirillas, pero podemos meternos en el agua e intentar bucear.
Sin embargo, el hombre seguía insistiendo, y quizá lo repitió cien veces:
—No, no vayáis ahí. Es demasiado tarde. Ya se han ido. Solo tengo que volver y decírselo a Cindy.
Farquharson, que había estado llorando desconsolado durante las terribles acusaciones del fiscal en el discurso de apertura —había sido, según él, «un perturbador acto vil y cruel»—, escuchó todo aquello desde el banquillo con la cabeza inclinada y los ojos entornados, con una expresión de escepticismo.
—Entonces, ¿lo llevó a casa de Cindy? —dijo la señora Forrester con tono amable.
En la primera fila de los asientos para el público, en compañía de sus silenciosos maridos, las hermanas de Farquharson permanecían inmóviles, los labios fruncidos.
Shane Atkinson bajó la cabeza.
—Sí —musitó sin mucho ánimo, en voz baja—. Eso hice. Fue lo más tonto que he hecho en toda mi vida.
Shane hizo que aquel hombre calado hasta los huesos se sentase junto a él en el asiento del copiloto. Tony se sentó detrás, «para que pudiese darle un golpe en la cabeza si se volvía loco». Giró y se dirigió de vuelta a Winchelsea. En cuanto llegaron a las afueras de la ciudad, Shane encendió la luz del interior y miró más detenidamente a aquel pasajero. En ese momento cayó en la cuenta. Era Robbie Farquharson. Desde que era un muchacho, había visto a Robbie segar el césped de los demás y conducir el mismo modelo de Commodore que él manejaba en ese momento, aunque el de Shane tenía llantas de aleación. De repente se percató de quién era esa Cindy a la que aludía sin descanso, esa esposa que tanto ansiaba ver: Cindy Farquharson, su ex, que, como todo el mundo sabía, se veía con otro, Stephen Moules.
Aparcaron cerca de la casa de Cindy, los tres muertos de miedo, vociferando. Farquharson y Shane se apresuraron hasta la puerta de atrás y llamaron a la mujer a gritos. Uno de los hijos de Stephen Moules se acercó hasta la mirilla. Cindy lo siguió. ¿Dónde estaba el coche de Rob? ¿Dónde estaban sus hijos?
Farquharson se lo soltó de golpe. Había tenido un accidente. Había matado a los niños. Los había ahogado. Había intentado sacarlos, pero no lo había conseguido. Cindy empezó a chillar. Lo llamó «maldito cabrón». Se abalanzó sobre él para pegarle. Shane se interpuso entre ella y Farquharson y trató de detenerla con los brazos. Luego se metió de un brinco en el coche, y condujo tan rápido hasta la comisaría que cuando frenó hizo un trompo.
La comisaría estaba cerrada, de modo que se precipitó a la casa del sargento, justo al lado. No había nadie.
En ese momento había mucha gente en la calle. Alguien llamó a emergencias, y Shane les indicó a los de la ambulancia en qué zona se había hundido el coche. Un tipo llamado Speedy, de los servicios de emergencias, se fue corriendo a por su vehículo. Shane se metió en su coche con Tony y un par de desconocidos que habían entrado corriendo. Volvieron a casa de Cindy, pero su coche ya no estaba allí, ni tampoco ella, ni Farquharson, ni el niño que se había acercado a la mirilla, de modo que Shane arrancó hacia la carretera.
Se detuvo cerca del paso elevado. Farquharson estaba detrás de la valla, dando tumbos y resollando. Encadenaba «un cigarrillo tras otro», y ansiaba el siguiente antes de terminar el anterior. Tony McClelland le lanzó un paquete entero, saltó la valla y llegó corriendo a trompicones hasta la balsa. Shane retrocedió.
—No quería acercarme al agua —explicó al tribunal con la cabeza gacha, como si se avergonzase de su miedo.
Cindy había contactado con emergencias y no paraba de acercarse a la orilla y alejarse de ella en la oscuridad, dándole al operador instrucciones entre sollozos y gritos, pero no dejaba de llamar a la carretera Calder, en lugar de Princes. Debía de haber llamado a Stephen Moules antes. Ya estaba ahí, desvistiéndose para zambullirse en la balsa. El agua estaba oscura y congelada. Moules se aproximó al borde y la tierra se hundió bajo sus pies. Tony tuvo que agarrarlo de un brazo para salvarlo. En ese momento todos se dieron cuenta de lo profunda que era la balsa.
Sin embargo, no fue hasta que la policía mostró las pruebas en el juicio cuando las verdaderas dimensiones se hicieron patentes. No era una balsa corriente, inclinada en los lados. Era la hondonada que había quedado cuando los obreros excavaron el terreno para construir el paso elevado, y tenía siete metros de profundidad.
*
Mientras se dirigía al estrado, Tony McClelland mantuvo la mirada fija en la familia Farquharson con una vehemencia cercana a la ira. Él también iba vestido de negro. Era flaco y desaliñado y tenía los pómulos marcados y los ojos semiabiertos, un rostro de una belleza singular. No recordaba que Shane le hubiese ofrecido su móvil a Farquharson, pero sí se acordaba de que, en el ajetreado camino a Winchelsea, Farquharson había mascullado: «Mi mujer me va a matar». Cuando Farquharson le contó a su mujer que los niños estaban en el agua, ella lloró.
—¿Por qué no te quedaste ahí?
—Ya están muertos —respondió él.
En ese momento, Farquharson se inclinó hacia delante con torpeza en el banquillo y se cubrió todo el rostro con un pañuelo.
En la balsa, McClelland envolvió en un abrazo a Cindy, que no dejaba de gritar, y le quitó el teléfono de las manos. Le proporcionó al operador de emergencias las indicaciones adecuadas. Pareció que la ambulancia llegaba tan solo unos pocos minutos después. Shane movió su coche para dejarle paso. Tony y él le facilitaron los detalles a la policía.
Luego se sentaron en el coche durante un rato, Tony McClelland, veintitrés años, aprendiz de carpintero; y Shane Atkinson, veintidós años, padre reciente, en paro. Fumaron e intentaron hablar. Se decían que deberían haber buscado el coche. Estaban angustiados porque los niños habían muerto y porque eran ellos quienes se habían llevado a Farquharson.
*
Había una gran pantalla de plasma frente al jurado, en el estrecho espacio entre los asientos de la prensa y los bancos de las familias. En ella se mostraban fotografías de la carretera, el campo y la balsa. Morrissey, en su interrogatorio, les pidió a Atkinson y a McClelland que señalasen las imágenes con un bolígrafo especial, para mostrar las posibles posiciones de varios vehículos durante la noche del accidente. La familia de Farquharson seguía observando con admiración a Morrissey, pero el propósito de aquella compleja maniobra era un misterio para mí.
Ambos parecían perplejos, pero se esforzaban por cooperar. Para esbozar coches, camiones y ambulancias con esos bolígrafos, tuvieron que abandonar el estrado, bordear el pasillo y levantar el brazo en dirección a la pantalla por encima de las cabezas de los periodistas. Pudimos ver con detalle la gomina con la que se habían peinado y los piercings de McClelland. En el estrado, al expresarse con dificultad y torpeza, se podría pensar que no habían preparado nada. De cerca, en cambio, irradiaban una solemnidad afligida, una tristeza y una culpa perceptibles en su manera de forzar la mandíbula. Cuando Atkinson pudo abandonar la sala, cuando salió del juzgado arrastrando los pies, seguido por la mirada de las hermanas de Farquharson, Louise, la joven de año sabático, me dijo en susurros:
—Sientes que, por lo menos, deberías poder darle un abrazo.
A la mañana siguiente abrí el Herald Sun y vi una foto de esos dos hombres cruzando la calle al salir de la Corte Suprema. Tony iba delante, con el ceño fruncido y una botella de agua en la mano, las rodillas flexionadas, el torso inclinado hacia delante como si estuviese a punto de echar a correr. Detrás de él aparece Shane, más alto, con un gorro de lana cubriéndole la frente, los hombros hacia atrás, los brazos a los lados, con una expresión ruda y severa. Están flacos, van vestidos con tonos oscuros y tienen una mirada vacía: dos almas que huyen antes de la explosión.
*
Puede que Farquharson no se sumergiese en el agua para buscar a sus hijos, pero otros hombres sí lo hicieron.
Un miembro del Servicio Estatal de Emergencias que se dirigió a la balsa en cuanto Shane Atkinson dio la voz de alarma salió disparado, con camiseta y pantalón de chándal. Su precavida mujer lo había seguido en su coche con unas cuantas prendas secas y toallas. Dijo ante el tribunal que frenó cerca de la balsa y vio a Farquharson solo, completamente calado, cubriéndose con una manta.
—Robbie —dijo ella—. ¿Eres tú?
Se acercó para abrazarlo y él empezó a llorar. Luego dio un paso atrás y la miró a los ojos. Le dijo:
—Estaba con gripe. Tuve un ataque de tos y me desmayé. Después de eso, me encuentro de repente con que el coche se estaba llenando de agua.
Le dijo que había intentado sacar a los niños, sin éxito.
—¿Cómo puedo vivir con esto? Tendría que haber sido yo —añadió después.
Dos bomberos voluntarios del Servicio Regional Contraincendios, uno de ellos un estudiante de dieciséis años, subieron al estrado. Llegaron a la balsa sobre las ocho de la tarde y oyeron en la oscuridad los sollozos de una mujer, que gritaba entre llantos que no iba a poder enterrar a sus hijos. Estuvieron deambulando con las linternas, siguiendo las huellas de las ruedas del coche en el césped, buscando el punto exacto por el que el coche se había adentrado. ¿Era allí, donde había un trozo de árbol quebrado y un montón de cristales desparramados? En ese momento, un helicóptero sobrevolaba la zona, iluminando la superficie con un foco. No había rastro del coche. Alguien tendría que meterse en el agua.
Atados con cuerdas a otros bomberos, los dos voluntarios y el dueño de la propiedad se adentraron en la balsa. No muy lejos de la orilla dejaron de tocar fondo. Empezaron a nadar. El agua estaba congelada. Sumergieron la cabeza, y la oscuridad los cegó. No hacían pie. ¿Había flotado el coche antes de hundirse? ¿Había derrapado por la orilla? Sin equipamiento, bucear en la superficie era lo único que podían hacer. Estuvieron en el agua cerca de quince minutos, tiritando de frío y respirando a duras penas, hasta que los paramédicos les dijeron a voces que salieran. Del coche no encontraron vestigio alguno.
*
Cuando los paramédicos se detuvieron en el arcén, se encontraron a Farquharson de pie cerca de la valla, empapado, con una manta por los hombros. Tenía la piel fría y no dejaba de temblar. La frecuencia cardíaca era alta, y la presión sanguínea estaba a un nivel normal. No había pitos ni estertores en ninguno de los pulmones. Le pidieron que tosiera. No expulsó ninguna flema. Dio negativo en el control de alcoholemia. Dijo que no tenía antecedentes de episodios de desmayo, pero que había tenido tos seca durante los últimos días.
Les contó a los paramédicos que su hijo mayor había abierto la puerta, y que eso había provocado que el coche se llenase de agua y se hundiese; que él había salido, había parado un vehículo y había ido a Winchelsea para explicarles a la policía y a su exmujer lo sucedido.
De camino al Hospital de Geelong, los paramédicos consideraron que su paciente, más que en estado de shock, se encontraba aturdido. Escucharon su tos seca. Mientras la ambulancia aceleraba por aquella carretera oscura, Farquharson, desde la camilla del fondo, le preguntó a uno de los paramédicos:
—¿He hecho lo correcto? ¿Cómo voy a seguir viviendo después de todo lo que ha pasado?
Tal vez esas preguntas fueran meramente filosóficas. Tal vez Farquharson las murmurase solo para sí. Sea como sea, el paramédico, desde el estrado, con su uniforme azul oscuro con hombreras y distintivos, no aclaró si le había respondido o había intentado consolarlo. Se limitó a contar ante el tribunal que luego Farquharson se quedó callado y permaneció tumbado en la ambulancia sacudiendo la cabeza.
*
Caminando por Lonsdale Street desde la Corte Suprema, frente a la fachada acristalada del Tribunal del Condado, hay un remolque metalizado que alberga una máquina de café y a un par de camareros. Todos aquellos que se dedican al mundo de la ley parecen frecuentarlo: el abogado más altivo con su peluca y sus condecoraciones, los inspectores de Homicidios con sus siniestras carpetas negras, la policía de tráfico enfundada en cazadoras bomber, los agentes con gorra y uniforme, los ujieres irritables que fuman por todo el césped; todos ellos se extienden calle abajo, hasta donde se congregan los vagabundos del Tribunal de Magistrados en William Street, tatuados con telarañas en el cuello y con bisagras en la cara interna del codo. Incluso al juez de turno se le ha visto tomando un expreso en esa barra tan concurrida.
La mañana del lunes de la segunda semana del juicio, una pareja que guardaba cola para el café entabló una conversación conmigo y con la estudiante de año sabático. ¿Acaso nos habían visto en el juzgado con nuestros cuadernos? Se presentaron: Bob y Bev Gambino, los padres de Cindy, la exmujer de Farquharson, los abuelos de los niños ahogados. Los miramos con estupor, pero ellos siguieron hablando con espontaneidad y campechanía, bebiendo café, observando a los abogados entrar y salir. Bob era bajito, robusto, con la cara redonda; Bev, delgada, con gafas de montura fina y pelo liso y grisáceo. Nos contaron que vivían cerca de Winchelsea, en el pueblo de Birregurra. Puesto que Bob colaboraba como voluntario con el Servicio Regional Contraincendios y uno de sus tres hijos era bombero a tiempo completo, el sindicato de bomberos les había propuesto que se alojasen gratuitamente en un apartamento situado encima del Museo de Bomberos mientras durara el juicio. Hasta el más mínimo detalle de la ciudad parecía gustarles: los hospitales, los tranvías, los alimentos frescos que se podían comprar en el Victoria Market. Bob no paraba de hablar con naturalidad y con esa forma suya de arrastrar las palabras.
—Los del tribunal no dejan de preguntarnos de qué lado estamos. Al principio yo no entendía a qué se referían. Luego me di cuenta de que no querían que nos sintiésemos obligados a sentarnos al lado de la familia de Rob si no nos apetecía. Entonces les dije: «Aquí no hay dos lados».
»Rob y yo trabajábamos juntos para el municipio —continuó, girando la cabeza hacia la Corte Suprema—. Era un perezoso. Si no tenía ganas de hacer algo…, bueno, pues no lo hacía. No estaba motivado. En fin, ya me entiende, era un cobarde.
Hizo todos esos comentarios poco halagadores con una sonrisa benévola, como si se estuviese burlando de alguien por quien sentía afecto o a quien al menos había aprendido a aguantar. Su esposa apenas aportó nada a la conversación, más allá de su actitud amable.
Eran casi las diez de la mañana. En la acera de enfrente atisbé a las hermanas de Farquharson y a sus maridos, que se dirigían a la entrada de la Corte Suprema en formación: personas anodinas y trabajadoras de apariencia discreta. La mujer a quien consideré la hermana mayor, identificada por los Gambino como Carmen Ross, tenía unas facciones dulces que denotaban inteligencia y una expresión seria. Kerri Huntington, la menor, más llamativa, lucía una media melena de color rubio platino con permanente que caía por encima de sus hombros. En la puerta de mi frigorífico tenía un recorte de periódico del día de verano en que Farquharson, acompañado por la del pelo rubio rizado, salía del tribunal después de haber depositado la fianza tras su detención. Lo que me llevó a conservar y colocar ahí la foto fue la manera en que ella tira de él para que avance. Él camina a duras penas a su lado mientras ella le agarra la muñeca izquierda con ambas manos por delante de sus caderas y lo arrastra como si fuera un niño. Como la mayor de seis hermanos, reconozco ese gesto: el agarrón de una hermana mayor mandona. Ahora la observaba mientras ella subía los escalones del tribunal, su pelo tan brillante como un cartel publicitario en medio de una calle gris.
—Hoy —dijo Bob tras apurar su vaso y arrojarlo a la papelera— les toca a los policías.
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La policía de Victoria cuenta con un equipo muy respetado que se conoce como la Unidad de Accidentes Graves. Los agentes que la componen se desplazan constantemente desde sus respectivas bases en Brunswick y Glen Waverley para asistir en accidentes de tráfico donde ha habido muertos o heridos graves. Son esos policías que aparecen en las noticias, pensativos, en el arcén de una carretera, junto a un amasijo de metal destrozado y humeante.
El sargento Geoffrey Exton fue el primer agente de esa unidad que intentó controlar el caos de la noche del accidente. Era un hombre fornido de unos cincuenta años, con un bigote poblado y un pelo gris muy corto y erizado que parecía un casco.
—Otro tipo con la cabeza rapada —murmuró Louise—. Deben de tener a un barbero ahí trabajando las veinticuatro horas del día.
Prestó juramento con su voz ronca de fumador, sosteniendo la biblia en una postura rígida.
Cuando Exton llegó a la balsa, sobre las diez de la noche, y vio que un buzo de la Brigada de Búsqueda y Rescate ya se preparaba para sumergirse en el agua y que el forense estaba en camino, se dispuso a examinar la zona junto con el agente Jason Kok.
Los dos policías avanzaron por el lado derecho en dirección a Winchelsea, agachándose e iluminando el camino con linternas. En un punto de la cuesta encontraron unas huellas sobre el asfalto que, según creyeron, debían de proceder de los neumáticos de un coche que giraba en dirección a la balsa en un ángulo de unos treinta grados. Luego, en la hierba junto a la carretera, vislumbraron un rastro de neumáticos que parecía la prolongación natural de las huellas en el asfalto y que se dirigía hacia el oeste y giraba ligeramente hacia la derecha. Sin señales de frenazos o derrapes, el rastro continuaba por la hierba y atravesaba una valla rota, hecha con postes y alambres, hasta llegar a la balsa, donde unos fragmentos de retrovisor sugerían que el vehículo había impactado contra un arbolito en la orilla antes de sumergirse en el agua. Desde el borde de la carretera hasta la orilla, el coche parecía haber recorrido unos cuarenta y cuatro metros.
Desde ese lugar, los hombres se giraron y volvieron sobre sus pasos, siguiendo en dirección contraria las marcas largas y lineales sobre la hierba, hasta donde habían encontrado la primera huella sobre el asfalto.
El sargento Exton señaló esas marcas con un espray de pintura amarilla.
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A simple vista, aquello era un elocuente y rotundo testimonio de la trayectoria del coche. El trabajo de Morrissey consistía en hacer que no pareciese tan claro. En realidad, si quería defender a Farquharson de las acusaciones de que para haber seguido esa trayectoria hasta la balsa tendría que haber hecho tres maniobras y, por tanto, resultaba imposible que hubiese estado inconsciente al volante, Morrissey debía llenar las pruebas policiales de sombras. Tendría que sembrar dudas en el jurado sobre la fiabilidad e incluso la integridad del trabajo de la Unidad de Accidentes Graves. Empezó decidido su ardua tarea, animado por algunos errores y malentendidos de la policía aquella noche y más adelante.
Había unos cuantos.
Por ejemplo, incluso antes de que el lunes saliese el sol y continuase la investigación, ya se veía que las marcas amarillas del sargento Exton no eran paralelas. Tampoco seguían las huellas de las ruedas en la hierba, y cuando llegaron al lugar, los miembros del equipo de reconstrucción de la Unidad de Accidentes Graves, al parecer, habían reconstruido toda la escena del accidente basándose en una de esas rayas imperfectas. Además, las veintinueve fotografías que el sargento Bradford Peters, uno de los inspectores de policía, sacó en la balsa el lunes y el martes —algunas desde un helicóptero, algunas a ras de suelo— se habían llevado a la sede de la Unidad de Accidentes Graves en una tarjeta de memoria, se habían descargado en una carpeta y habían permanecido olvidadas durante dos años. No fue hasta ese momento, dos semanas después de que empezara el juicio, cuando la Fiscalía, y también la defensa, tuvieron noticia de su existencia.
Morrissey sacó todos esos errores a la luz muy satisfecho. Durante los días siguientes retó a los testigos de la policía a que siguiesen defendiendo sus métodos y a que se pronunciasen sobre la desconcertante selección de fotografías, tanto aéreas como terrestres. En la pantalla interactiva proyectó imágenes llenas de puntos, líneas y flechas que pretendían representar la supuesta localización de los coches y vehículos de emergencias, de las marcas visibles sobre el asfalto y las huellas latentes en la frondosa hierba. La policía se veía confrontada con cuadernillos de fotos, con sus propios diagramas y escalas, con maquetas en tres dimensiones de la escena. Se les preguntaba sobre los peraltes, los giros del coche, el terreno, los arbustos. Y siempre, en todas y cada una de las ocasiones, Morrissey volvía a la misma cantinela: las rayas amarillas que había pintado Exton aquella noche con un ángulo equivocado a la orilla de la carretera.
El trabajo de Morrissey era asombroso. Sin embargo, enseguida empecé a pensar que también podría ser contraproducente. Por mucho que me esforzase en entenderlo, su interrogatorio se me antojaba turbio e insustancial. El material en sí resultaba intrincado. Era complejo, detallado hasta lo obsesivo y catastróficamente inconexo. Me hizo sentir —y, por su aspecto, también al jurado— nerviosa y tonta. Al final de la semana, el juez Cummins se referiría a aquello, con desesperada simpatía, como «los tres días hablando sobre hierba». Aún peor era la forma en que Morrissey interrogaba sobre estas pruebas, errática y muy digresiva. No dejaba de reformular sus ideas, de retroceder en su discurso, de añadir nuevos datos, de disculparse, de cambiar de dirección. Era incapaz de soltar las frases y enlazarlas con claridad. Aun poniendo toda mi buena voluntad, no podía seguirlo ni entender qué pretendía. A todo eso se añadía otro problema, y era que había desarrollado una tos seca y sonora que competía con aquella que, según decía, había provocado que el coche de su cliente se hundiera en la balsa.
Conforme pasaban las horas y los días, la atmósfera de la sala se iba transformando en una amalgama de confusión y aburrimiento. El juez se quitaba las gafas y se frotaba los ojos con violencia. Los periodistas chupaban piruletas para mantenerse despiertos. Las bocas de los miembros del jurado esbozaban muecas extrañas para controlar los bostezos. Los cuellos se inclinaban ligeramente hacia los lados, se precipitaban a la cabezada. Sin embargo, Morrissey, ignorando que había perdido a su público, seguía luchando con vehemencia, con la frente brillante y la toga arrastrándole cada vez más por el suelo. En una ocasión, cuando le sugirió a un testigo que algún otro coche, además del de Farquharson, podía haber dejado aquellas polémicas huellas en la carretera, cuando parecía que iba a torturarnos por enésima vez con lo que él llamaba «las marcas de Exton», vi a la abogada asociada de Rapke, Amanda Forrester, cerrar los ojos, cruzar sus largas piernas y golpearse con los nudillos en la frente una y otra vez.
¿Sería algún tipo de estrategia típica de abogados inundar la sala de gas soporífero? Un día, durante la comida, le consulté a un viejo amigo, un abogado jubilado. Su mujer había fallecido y pasaba sus largos días en casa, en un barrio residencial cerca de la costa. Me lo imaginaba en la ventana de su salón con unos prismáticos, examinando con cuidado todos los barcos que pasaban. Su única concesión al mundo moderno era un teléfono móvil. Le encantaba que le pidieran consejo.
«El abogado de Farquharson nos está matando de aburrimiento», le escribí en un mensaje. Me contestó enseguida: «Un método atávico para cuando ya no tienes ninguna otra carta que jugar. Aun así, dicen que el miedo a aburrirse a uno mismo o a aburrir a su interlocutor es un gran enemigo de la verdad».
*
Lo único que despertó al jurado de su sopor fue el homérico enfrentamiento entre Morrissey y el sargento Exton. El agente fulminó al abogado con una mirada firme y violenta. Ambos bajaron la cabeza y se acercaron como dos pesos pesados. Exton parecía poseído por una ira que solo su sarcasmo podría controlar. Hablaba con una formalidad irrisoria, adornaba cada frase con la palabra «señor». Cuando una mujer bonita enfundada en un abrigo blanco con cinturón ajustado salió subrepticiamente de la sala, guardó silencio en mitad de una frase para contemplarla en su camino hasta la puerta. Su presencia resultaba tan poderosamente agitada, tan visiblemente compleja, tan inundada de una energía oscura que me costaba no estallar en un ataque de risa. Louise, la adolescente, lo contemplaba alarmada. Me pasó una nota: «Imagina tenerlo como padre». No le respondí, pero pensé que un tipo así podría morir por su hija.
Cuando Morrissey se le echó encima con preguntas sobre las rayas amarillas, insinuando que eran una chapuza, una imprecisión deliberada o incluso una conspiración —y eso que hasta hace un momento el abogado parecía tener contra las cuerdas al viejo policía—, el rostro de Exton enrojeció de furia. Morrissey ya estaba listo para escucharle admitir que había dibujado las líneas amarillas en un ángulo equivocado, pero Exton, con una firmeza contra la que Morrissey no podía hacer nada, declaró que los errores eran irrelevantes, que las señales no pretendían establecer el ángulo concreto, sino simplemente mostrar a los encargados de la reconstrucción el lugar por el que creían que el vehículo había dejado la carretera. Cuando le preguntaron por la misteriosa pérdida y el posterior hallazgo de las veintinueve fotografías adicionales de la escena por parte de la Unidad de Accidentes Graves, Exton se la jugó y felicitó a su compañero por la calidad de las imágenes.
Morrissey, cansado, dio un respingo.
—Entonces —dijo, cruzándose de brazos— cree usted que el sargento Peters es un buen fotógrafo, ¿no es así?
—A juzgar por estas fotos, excelente —declaró.
El resentimiento que teñía su rostro se transformó en una amplia y blanca sonrisa. Toda la sala estalló en una gran carcajada. No solo el jurado y los periodistas, sino también Morrissey, Rapke, el juez y las dos familias, incluso el propio Farquharson.
Después del numerito de Morrissey, Rapke arrojó por fin algo de luz sobre el asunto. En aquel terreno pantanoso entre la carretera y la balsa, Exton habría esperado que un coche sin control se hubiese desviado de forma muy abrupta mientras tomaba la curva: claramente en la zanja, con firmeza en la valla y luego, de manera más moderada, entre la valla y la balsa. Sin embargo, no había señal alguna en el asfalto, ni en el arcén, ni en la hierba, que corroborase que Farquharson hubiese perdido el control del coche en algún momento.
*
El sargento Bradford Peters, un hombre de aspecto sereno de unos cuarenta años, permaneció un buen rato en el estrado. Morrissey asestaba en vano toda su artillería contra esa pared que era la apostura del sargento. Peters hacía que las insinuaciones de que la policía hubiese contaminado las polémicas huellas con las rayas amarillas pareciesen absurdas. ¿Por qué iba a hacer algo así —preguntó—, si ya las habían fotografiado? En un tramo del recorrido, siguiendo las huellas, el espray de pintura se había acabado. Cuando Morrissey le presionó para saber por qué había colocado un plástico en algún tramo del camino en lugar de haber vuelto al coche a por otro bote, Peters dijo en un tono desenfadado y alegre:
—No me acuerdo. Quizá me daba demasiada pereza volver para buscar otro.
Pareció granjearse la simpatía del público. Los miembros del jurado, desde su posición inclinada, sonrieron y se recolocaron ligeramente en el asiento, como si esa actitud despreocupada los hubiera liberado de una carga.
Un día, a finales de esa semana, Louise y yo regresamos pronto del almuerzo y encontramos la sala vacía. Una de las imágenes cenitales tomadas por el sargento Peters aún estaba proyectada en la pantalla, que desde los asientos de la prensa tan solo podíamos ver de refilón. Pasamos a hurtadillas junto a la mesa desierta y nos colocamos justo delante de la imagen. Día. Hierba frondosa. Huellas de neumáticos, un escenario sencillo, delineado por las marcas de la policía en forma de arco entre la carretera y la balsa. Lo contemplamos en silencio. Luego, con su voz seca y amable, la muchacha soltó:
—Un ataque de tos… Y una mierda.
1Conviene recordar que en Australia los vehículos circulan por la izquierda. El volante, por norma general, se sitúa a la derecha. (N. de la T.)
2Todas las menciones a este deporte hacen referencia al fútbol australiano, en el que dos equipos formados por dieciocho jugadores cada uno juegan con un balón oval como el que se emplea en el rugby. (N. de la T.)
II
El lunes de la tercera semana del juicio, mientras esperaba y cotilleaba con los periodistas fuera del juzgado bajo una suave luz primaveral, calculamos que al día siguiente se cumpliría el segundo aniversario de la muerte de los niños. Al imaginarme la angustia de Farquharson conforme se aproximaba la fecha, me permití el lujo de utilizar la palabra «pena». Una de las periodistas, veterana en los tribunales cuyo trabajo yo admiraba desde hacía tiempo, se giró y se encaró conmigo.
—¿Pena? —me soltó—. ¿Cómo puedes decir que te da pena cuando ha hecho lo peor, lo más atroz? Matar a sus propios hijos, que confiaban en él y lo querían. ¡A los tres! Con premeditación. Y vengarse de su mujer. La más terrible de todas las traiciones. ¿Cómo que pena?
Me ruboricé y guardé silencio. Pero aquella mañana, cuando trajeron a Farquharson desde la cárcel y él mantuvo las manos en alto frente a la puerta, aguardando a que le quitasen las esposas, parecía aún más desgraciado y paralizado que de costumbre. El siguiente testigo de la Fiscalía sería su exmujer.
