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Más de cuatro décadas después de la publicación original de La chispa y la llama, aparece esta nueva entrega del mismo título con más relatos, historias, notas explicativas y datos para comprender la trayectoria del ministerio de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos en América Latina desde sus inicios hasta la época contemporánea. Más que una segunda edición, este libro es un segundo volumen, que, de alguna manera, continúa ahí donde quedó la primera edición, y cubre el desarrollo de la obra estudiantil en las décadas de transición entre los siglos XX y XXI, relatando la historia de un período particularmente desafiante para los movimientos estudiantiles evangélicos en América Latina. La celebración del Segundo Congreso de Cochabamba (1998) fue un momento trascendental de la historia que este libro atestigua. A la trascendencia de ese congreso se suman algunos otros factores que explican el dinamismo de estas décadas de ministerio. Los medios electrónicos de comunicación multiplicaron exponencialmente la capacidad organizativa de los estudiantes a lo largo y ancho de la región y las nuevas generaciones de este período de la historia demostraron tener un compromiso inquebrantable con la misión estudiantil. Por sobre todo, en este libro se percibe que, por la presencia y la obra del Espíritu Santo en medio de su pueblo en las universidades de América Latina, la chispa se ha tornado en llama, y la llama sigue encendida, generando más y más ejemplos del poder transformador del evangelio en nuestra tierra latinoamericana.
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Seitenzahl: 374
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Sinposis
Más de cuatro décadas después de la publicación original de La chispa y la llama, aparece esta nueva entrega del mismo título con más relatos, historias, notas explicativas y datos para comprender la trayectoria del ministerio de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos en América Latina desde sus inicios hasta la época contemporánea. Más que una segunda edición, este libro es un segundo volumen, que, de alguna manera, continúa ahí donde quedó la primera edición, y cubre el desarrollo de la obra estudiantil en las décadas de transición entre los siglos xx y xxi, relatando la historia de un período particularmente desafiante para los movimientos estudiantiles evangélicos en América Latina.
La celebración del Segundo Congreso de Cochabamba (1998) fue un momento trascendental de la historia que este libro atestigua. A la trascendencia de ese congreso se suman algunos otros factores que explican el dinamismo de estas décadas de ministerio. Los medios electrónicos de comunicación multiplicaron exponencialmente la capacidad organizativa de los estudiantes a lo largo y ancho de la región y las nuevas generaciones de este período de la historia demostraron tener un compromiso inquebrantable con la misión estudiantil. Por sobre todo, en este libro se percibe que, por la presencia y la obra del Espíritu Santo en medio de su pueblo en las universidades de América Latina, la chispa se ha tornado en llama, y la llama sigue encendida, generando más y más ejemplos del poder transformador del evangelio en nuestra tierra latinoamericana.
Samuel Escobar
La chispa y la llama - Volumen ii - 1.a edición digital – Certeza Unida, noviembre 2022
ISBN 978-612-5026-24-8 | Edición digital
ISBN 978-612-5026-21-7 | Edición impresa
Categoría: Religión - Cristianismo
Volumen i, 1.a edición, Ediciones Certeza, Buenos Aires 1978
© 2022 Ediciones Certeza Unida
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor.
Edición: Joel Sierra
Diseño de carátula: Eliezer D. Castillo P.
Diagramación y ePub: Hansel J. Huaynate Ventocilla
Ediciones Certeza Unida es la casa editorial de ifes en los países de habla hispana. ifes (International Fellowship of Evangelical Students), también conocida en América Latina como la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos (ciee), agrupa a movimientos estudiantiles nacionales que procuran formar comunidades de discípulos quienes, transformados por el evangelio, impacten la universidad, la iglesia y la sociedad para la gloria de Cristo.
Editoriales miembro de Certeza Unida:
Certeza Argentina, Bernardo de Irigoyen 678, 5° I, (1072) caba, Argentina.
[email protected] | www.certezaonline.com
Ediciones Puma, Av. 28 de Julio 314, Oficina G, Jesús María, Lima, Perú.
Apartado Postal 11-168.
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Andamio Editorial, Alts Forns 68, Sótano 1, 08038, Barcelona, España.
[email protected] | www.andamioeditorial.com
ISBN 978-612-5026-24-8
Presentación
Más de cuarenta años después de la primera edición de La chispa y la llama celebramos la aparición de este libro, que es mucho más que una segunda edición. En la transición entre los siglos xx y xxi hemos visto cómo ha cambiado el mundo en cierto sentido, y cómo en el fondo sigue siendo el mismo misterio fascinante, enfermo necesitado, objeto del inmenso amor de Dios. Estas crónicas de Samuel Escobar nos muestran cómo los movimientos estudiantiles vinculados a la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos llegaron al cambio de siglo acompañados por la providencia de Cristo y la dirección del Espíritu.
El autor, conocedor de la obra estudiantil evangélica en América Latina, nos relata una historia invaluable. Es la historia de la fidelidad divina que nos ha fortalecido de generación en generación. Es una manera de obedecer el mandato del salmo que dice: No olvides ninguno de sus beneficios. Y es que en el recuerdo de la bendición de Dios está la renovación necesaria que nos impulsa hacia el futuro. Es el efecto que tiene la «gran nube de testigos que nos mira»; estos relatos de hombres y mujeres valientes, héroes de la fe, son aliento que nos inspira a continuar sirviendo a Cristo, a seguir corriendo esta carrera con los ojos puestos en el Señor Jesús, autor y consumador de la fe.
Con el fin de actualizar el panorama de este ministerio en las primeras décadas del siglo xxi, el autor invitó a David Bahena a escribir los capítulos finales. David vertió en ellos parte de su experiencia cuando fue secretario general del movimiento mexicano y secretario regional para América Latina. No solamente nos ofrece un relato del pasado; también nos comparte un diagnóstico de la desafiante situación actual del campo misionero universitario en nuestras tierras. Al paso de las generaciones, hoy en día sigue estando vigente el deseo y la oración con que Samuel Escobar terminó su prólogo a la primera edición:
«Quiera el Señor tomar la chispa y hacerla llama».
El editor
Monterrey, 25 de junio de 2022
Prólogo
Viñetas de un recorrido vital
Desde su oficina en el centro de Buenos Aires, Beatriz Buono dirigió el Departamento Editorial de Certeza Unida, un consorcio editorial que se extiende por España y América Latina. Se especializa en libros para «gente que piensa», herramientas útiles para el estudio y comprensión de la Biblia, y traducciones excelentes de tratados teológicos. Además, publica libros dedicados a la gente joven, en un estilo ágil y de intención pastoral y educativa. Con una capacidad envidiable, Beatriz trabajó con un equipo dedicado a seleccionar textos, administrar los presupuestos de cada libro por publicar; negociar con sus socios de La Paz, Lima y Barcelona, y vigilar las ventas y distribución atravesando fronteras nacionales y continentales. Cuantos sabemos algo acerca de la literatura evangélica en castellano estamos agradecidos a Dios por los talentos y la dedicación de este equipo.
Darío López es pastor de una iglesia pentecostal en Villa María del Triunfo, la periferia sur de Lima, uno de esos barrios donde la vida diaria está hecha de peligros y aventuras, y donde miles de peruanos pobres se esfuerzan por sobrevivir con dignidad. Cuando sus menesteres pastorales se lo permiten, Darío se dedica a escribir con entusiasmo. Ha publicado ya una docena de libros sobre temas bíblicos y misiológicos, uno de los cuales ha sido traducido al inglés, lo mismo que su tesis doctoral. Se doctoró en la Universidad Abierta de la Gran Bretaña y residió por un tiempo en Oxford, donde tomó cursos en el St. Anthony College y completó una tesis sobre los evangélicos y los derechos humanos en el Perú. Es obispo de la Iglesia de Dios en el Perú y ha sido presidente del Concilio Nacional Evangélico del Perú (conep). Su pluma y su docencia recorren el Perú sirviendo a todas las iglesias evangélicas.
Cuando el papa Juan Pablo ii visitó República Dominicana en 1992, en uno de sus discursos tuvo palabras condenatorias contra las iglesias evangélicas acusando a sus pastores de ser «lobos rapaces». Por entonces yo vivía en Estados Unidos, en la ciudad de Filadelfia, y el corresponsal del diario New York Times me llamó por teléfono desde Santo Domingo para preguntarme por alguna persona evangélica que pudiera responder a los ataques del papa. Lo puse en contacto con Bienvenido Álvarez Vega, que por entonces dirigía el principal diario de la ciudad. Dos días más tarde, en la primera página del New York Times apareció un artículo en el que Bienvenido explicó la presencia y obra de las iglesias evangélicas. El periodista se mostraba sorprendido de lo moderno de su oficina, de la lógica y abundante información de sus explicaciones y de la amabilidad de este «lobo rapaz».
Cuando Carlos Mondragón y Lourdes de Ita, historiadores mexicanos especializados en historia del protestantismo se decidieron a organizar un coloquio internacional sobre el tema «Historia, protestantismo e identidad en el continente», nunca soñaron que el evento iba a atraer a tantos estudiosos y especialistas de toda América Latina. Carlos y Lourdes llevan varias décadas de estudio e investigación paciente —además de ser militantes de iglesias evangélicas— y han ido acumulando un acervo de obras publicadas por diversas editoriales especializadas. El coloquio demostró que los historiadores han llegado a una etapa de madurez en el tratamiento de la historia de una minoría siempre discriminada por el mundo académico.
Antonia Leonora van der Meer nació en el Brasil y es brasileña de corazón, aunque su apellido delate el origen holandés de su familia. Fue hasta hace poco la decana del Centro de Estudios Misioneros (cem) de Viçosa en el corazón del Brasil central. Durante un congreso misionero, en la ciudad de Curitiba en 1976, se confirmó para Tonica (como la llaman sus amigos latinoamericanos y africanos), la vocación de ir a servir como misionera en África, para apoyar a los grupos bíblicos universitarios que habían empezado a surgir en Angola. Pese a lo precario de su salud, Tonica pasó diez años en África capacitando líderes universitarios, preparando materiales de estudio y creando conciencia en el Brasil respecto al desafío misionero que África representa. Sus libros y sus clases de Misiología en el cem son una verdadera «reflexión sobre la práctica a la luz de la Palabra de Dios», que es lo que debe ser toda verdadera teología.
Desde la ciudad de Bogotá, Jorge Atiencia recorre América Latina sembrando «escuelitas» para predicadores. Su esfuerzo por contribuir a mejorar la calidad de la predicación popular evangélica y darle un firme fundamento bíblico es un modelo de educación teológica no formal, adecuada a las características del protestantismo latinoamericano. A su formación juvenil por los jesuitas, y universitaria en publicidad y mercadotecnia, Jorge agregó una experiencia de conversión a Cristo Jesús, seguida por un itinerario de predicación, discipulado y consejería en el mundo universitario en varios países latinoamericanos. Ese proceso siguió con una rigurosa formación bíblica y teológica en el Regent College de Vancouver, Canadá. Vuelca en sus escuelitas todo el bagaje de saber acumulado, su pasión disciplinada por la Biblia y una gran creatividad en la exposición bíblica.
Lo que tienen en común estos protagonistas de historias singulares: Beatriz, Darío, Bienvenido, Carlos, Lourdes, Tonica y Jorge es que su vocación en la vida se fue alimentando y tomó forma definitiva en los grupos bíblicos universitarios de sus respectivos países. Todos ellos fueron militantes, asistieron a campamentos, retiros y encuentros auspiciados de una u otra forma por movimientos estudiantiles vinculados a la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos en América Latina, cuya historia se relata en este libro.1
1 Utilizaremos la palabra «Comunidad» para referirnos a la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos, traducción de International Fellowship of Evangelical Students (ifes).
1
Orígenes del movimiento estudiantil evangélico
En la segunda década del siglo xxi nos encontramos con un mundo en el cual el evangelio ha cruzado casi todas las fronteras geográficas y en que la creencia y práctica de la fe en Cristo Jesús está presente en los más remotos rincones de la tierra. Durante los siglos xix y xx las iglesias protestantes desempeñaron una tarea clave en la extensión del evangelio a partir de sus bases en Europa y Norteamérica. En ese movimiento misionero los estudiantes universitarios evangélicos jugaron un papel notable. El regreso a la fe bíblica que proclamó la Reforma del siglo xvi se extendió por Europa y Norteamérica en los siglos siguientes. A mediados del siglo xviii es cuando los protestantes empezaron a participar en la tarea de llevar la Palabra de Dios a quienes todavía no la conocían en otras regiones del mundo. El avance de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos (ciee) en América Latina y el mundo ha sido parte de este movimiento mundial y aquí queremos conocer y comprender su desarrollo histórico.
Las raíces evangélicas
En América Latina estamos acostumbrados a utilizar el término «evangélico» como sinónimo de «protestante». En el idioma alemán también se usan ambos términos como sinónimos. En el inglés la palabra evangelical quiere decir algo más que protestante. Se refiere a un tipo especial de protestantismo en el cual se enfatiza la doctrina de la Reforma, la entrega personal a Cristo, el estilo pietista de culto y disciplina personal, el entusiasmo por la evangelización y la práctica del servicio a los necesitados. Ese tipo especial de protestantismo es el que, por su vocación misionera, se extendió en América Latina y el llamado Tercer Mundo. De ahí que, en estas tierras, «evangélico» y «protestante» sean sinónimos. A él pertenecían los fundadores del Movimiento Estudiantil Cristiano (mec), de orientación ecuménica, que dio lugar a la Federación Mundial de Estudiantes Cristianos, que John R. Mott y otros fundaron en 1895. Varios años más tarde la Federación y el movimiento ecuménico abandonaron esa raíz evangélica inicial. Es entonces cuando aparecen nuevos movimientos estudiantiles que surgen porque buscan precisamente un regreso a sus raíces. La evolución de los mec y de la Federación en América Latina siguió ese mismo camino. Por ello, el surgimiento de los movimientos evangélicos afiliados a la Comunidad Internacional resultó necesario y pertinente.
El historiador Justo L. González nos ofrece una descripción muy precisa de lo que podemos llamar el movimiento evangélico moderno. Lo citamos por extenso, resaltando algunas frases:
A fines del siglo xvii y a través de todo el xviii aparece en la historia del protestantismo un despertar de la religiosidad individual que va aparejado a un nuevo interés en las misiones. Los dirigentes de este nuevo despertar protestaban contra la rigidez de la vieja ortodoxia protestante, y aunque ellos mismos eran por lo general teólogos debidamente adiestrados, tendían a subrayar por encima de las fórmulas teológicas la importancia de la vida cristiana práctica. Esta vida cristiana se entendía por lo general en términos individualistas, de modo que se subrayaba la experiencia personal del cristiano y su obediencia como individuo ante los mandatos divinos. En términos generales estos movimientos no pretendían constituirse en nuevas sectas o iglesias, sino que su propósito era más bien servir de levadura dentro de las iglesias ya existentes. Si en algunas ocasiones este no fue el resultado de tales movimientos, ello no se debió tanto al espíritu cismático de sus fundadores como a la rigidez de las iglesias dentro de las cuales surgieron.2
En los elementos que hemos subrayado en esta descripción reconocemos de inmediato algunas de las características más destacadas de los evangélicos latinoamericanos. El autor que citamos está especialmente interesado en la historia misionera. Así nos dice más adelante:
Es notable cómo la influencia del pietismo alemán y especialmente de Spener y Francke puede seguirse a través de Zinzendorf, Wesley y el Gran Despertar en América del Norte. Puesto que es a través de estos movimientos que comenzó la gran expansión misionera protestante del siglo xix, no ha de sorprendernos el que esa expansión haya tenido algunas de las características del pietismo y los demás movimientos que de él surgieron. Así, por ejemplo, los misioneros protestantes del siglo xix tendían a subrayar la necesidad de una decisión individual por parte de los conversos mucho más de lo que antes lo habían hecho los misioneros católicos y aun los primeros misioneros protestantes […]. Por otra parte, es necesario señalar que, a pesar de lo mucho que se ha dicho acerca de la tendencia del pietismo a apartarse de las realidades del mundo, fue este movimiento el que dio origen al interés de la iglesia en la totalidad geográfica del mundo.3
Una observación más sobre esta corriente nos ayuda a aclarar mejor el panorama del cual surge la Comunidad. Citamos esta vez a otro de los más respetados historiadores de la iglesia en el siglo xx: Kenneth Scott Latourette. En sus Conferencias Carnahan en Buenos Aires, en el año 1956, Latourette trazó un cuadro magistral del protestantismo contemporáneo y de los desafíos que en ese momento lo confrontaban. Dijo acerca del tema que nos ocupa:
Las minorías vitales de protestantes en Europa son en gran parte de tradición puritano-pietístico-evangélica. A la misma corriente obedece más aun el crecimiento en números e influencia fuera de Europa. Esto significa que el protestantismo mundial tiene más y más una complexión puritano-pietístico-evangélica. No todos los que tienen una herencia protestante ni todos los movimientos vigorosos dentro del protestantismo pertenecen a esta corriente. Sin embargo, a través de ella, el protestantismo en la práctica acentúa más que antes la justificación por la fe, el sacerdocio de todos los creyentes y el derecho y deber del juicio individual. Y al hacer esto se acerca más que nunca en su testimonio al corazón del evangelio.4
Nótese en particular lo que hemos resaltado de esta afirmación. Al énfasis en la experiencia individual y visión misionera que González describió, Latourette le añade esta toma de conciencia doctrinal, y quizás por ello agrega otros dos términos a su descripción, hablándonos de la tradición «puritano-pietístico-evangélica». Este aspecto doctrinal es clave para entender el curso de nuestra historia.
Las raíces europeas
Varias corrientes históricas convergen en la formación de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos.5 Se puede seguir una de ellas hasta la Universidad de Cambridge en 1516. En medio del fermento de renovación espiritual que daría lugar a la Reforma protestante, Erasmo había publicado en Basilea su edición del Nuevo Testamento en griego. Tomás Bilney, quien era miembro del Trinity Hall de dicha universidad, tuvo una experiencia de conversión como resultado de la lectura de ese Nuevo Testamento. Entusiasmado con su nueva experiencia de fe, convocó a un pequeño grupo de estudiantes formado por Tomás Cranmer, Hugo Latimer y Nicolás Ridley. Se reunían secretamente, en un mesón hoy famoso, para estudiar el Nuevo Testamento y las obras de Lutero. Todos ellos llegaron a ser prominentes en el movimiento de Reforma de la iglesia de Inglaterra, y por la reacción negativa de ésta todos murieron como mártires por su fe evangélica.
El espíritu evangélico de estos mártires, más apegado a la herencia de la Reforma protestante, contrastaba con la tendencia más bien formalista y ritualista del sector procatólico dentro de las instituciones religiosas inglesas. La disposición renovadora se mantuvo viva en los siglos siguientes en varias sociedades voluntarias de universitarios. Existe un registro escrito de la existencia de estos grupos en universidades como las de Saint Andrews y Edimburgo en Escocia, y sobre todo en la de Cambridge en Inglaterra. Era el espíritu que representaba, por ejemplo, Charles Simeon (1759–1836), pastor de una iglesia universitaria y uno de los evangélicos más influyentes de esa época por su mente lúcida y su habilidad para el debate teológico. Los documentos de la época muestran que los estudiantes se asociaban voluntariamente no sólo para mantener la herencia evangélica y cultivar la oración y la lectura de la Biblia, sino también para vivir el compromiso en tareas de servicio a los pobres. Una visita del misionero David Livingstone fue decisiva para darle existencia formal en Cambridge a un grupo evangélico en 1858, la Unión Cristiana de Cambridge (Cambridge Inter Collegiate Christian Union o ciccu). Veinte años después, más del diez por ciento del cuerpo estudiantil formaba parte de esta entidad misionera, que continúa siendo hoy un movimiento vigoroso e influyente y que, como veremos, jugó un papel decisivo en la formación de la Comunidad Internacional.
Si remontamos otra corriente, nos lleva hasta universidades como las de Halle y Tubinga en Alemania, y las de Basilea y Lausana en Suiza, donde florecieron agrupaciones estudiantiles evangélicas fuertemente influenciadas por el pietismo. El líder pietista alemán Augusto Herman Francke (1663–1727) fue responsable del surgimiento de un movimiento de oración, estudio bíblico y promoción misionera en la Universidad de Halle. Ésa fue la cuna del movimiento misionero moravo impulsado por el conde Nicolás Zinzendorf (1700–1760), del cual ya se ha hecho referencia. Las iglesias moravas, fruto de esa misión, han continuado, por ejemplo, en la costa de Nicaragua y en el este de Estados Unidos.
El pietismo repercutió en Noruega por medio de un predicador poderoso: Hans Nielsen Hauge (1771–1824), quien pagó con prisión el atrevimiento de exponer la Palabra de Dios sin tener una licencia oficial de la Iglesia Luterana. Hauge tuvo influencia en más de una generación de evangélicos noruegos, hombres como Ole Hallesby, cuyos viajes, labor docente y entusiasmo lo hicieron persona clave en la obra estudiantil evangélica entre las dos guerras mundiales. Fue Hallesby quien a partir de 1934 propició las conferencias internacionales que primero afectaron a Europa solamente, pero que fueron creciendo en influencia con la participación de los movimientos que iban surgiendo en otras partes del mundo, hasta culminar en la reunión de Harvard donde nació la Comunidad Internacional.
La visión misionera de John R. Mott
Otra corriente vincula a la Comunidad con un vasto movimiento juvenil y misionero que, en un entrecruzamiento de influencias e instituciones, fue instrumento para el avance misionero de la iglesia a fines del siglo xix y en las primeras décadas del xx. Es la convergencia de fuerzas como las Asociaciones Cristianas de Jóvenes (varones, ymca, y mujeres, ywca), los Movimientos Estudiantiles Cristianos (scm) y el Movimiento Estudiantil de Voluntarios para las Misiones (Student Volunteer Movement, svm). Es también la convergencia de personas como Dwight L. Moody, el famoso evangelista estadounidense; John R. Mott (tal vez la figura cristiana más influyente de ese período); y Robert Wilder, un apasionado de la obra misionera. Estos movimientos están en la raíz de algunas de las fuerzas más importantes del protestantismo en los siglos xx y xxi, y todos ellos giran alrededor de momentos decisivos de la vida universitaria de sus protagonistas.6
John R. Mott (1865–1955), el fundador de la Federación Mundial de Estudiantes Cristianos, fue el hombre clave de la famosa Conferencia Misionera de Edimburgo de 1910 y uno de los artífices del moderno movimiento ecuménico. Fue un predicador que recorrió los cinco continentes llamando a la juventud a la fe en Cristo y al servicio cristiano. Mott conoció a Cristo en la universidad. Una cadena de circunstancias nos permite seguir el curso del designio de Dios para esta vida excepcional e ilustra el contexto en el que surgen los movimientos estudiantiles evangélicos.
En 1873, el famoso evangelista norteamericano Dwight L. Moody visitó la Universidad de Edimburgo, donde su persona y su mensaje causaron un impacto inesperado. Hasta entonces Moody en su propia patria no había tocado los sectores estudiantiles, tal vez porque él mismo era un autodidacta que no había pisado nunca las aulas de la universidad. Pero en Edimburgo ganó para Cristo —entre otros— a Henry Drummond, quien más tarde llegó a ser un profesor notable y un cristiano influyente por medio de la cátedra y la pluma. En 1882, Moody visitó Cambridge y Oxford, en lo que hoy calificaríamos como una «misión» a estas universidades. Su celo y vigor espiritual atrajeron a muchos, entre ellos a C. T. Studd y Stanley Smith, deportistas de fama mundial, que conocieron a Jesucristo y se entregaron allí mismo para servirle como misioneros. Con otros cinco estudiantes que se les unieron, formaron el grupo conocido como «los siete de Cambridge», quienes, por su decisión de dejar fama y gloria e ir como misioneros a tierras lejanas, causaron un impacto notable en la juventud de su tiempo. Moody regresó a Inglaterra en 1885 y esta vez invitó al hermano de C. T. Studd, J. Kynaston Studd, a acompañarlo a Norteamérica, a fin de que pudiera animar a los estudiantes estadounidenses a testificar directamente a sus colegas en las universidades, tal como los estudiantes ingleses habían aprendido a hacerlo.
J. K. Studd, quien acababa de tener su luna de miel, aceptó el reto de Moody. Atravesó el Atlántico y empezó visitando la Universidad de Cornell. Fue allí donde el posteriormente célebre John R. Mott se entregó a Jesucristo. Leamos la historia de la pluma del propio Mott:
Vacilé mucho antes de decidirme a ir a escuchar a este famoso atleta. Cuando llegué ya la reunión había empezado. Al sentarme le escuché a Studd pronunciar tres frases: «¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques […]. Mas busca primeramente el reino de Dios» (Jeremías 45.5; Mateo 6.33). Estas palabras calaron hondo en mí; llegaron a las raíces mismas de mis motivaciones. No recuerdo nada más de lo que Studd dijo. Me fui a mi cuarto, no a estudiar sino a luchar. A la mañana siguiente me fui a la soledad de una de las quebradas cercanas a la catarata. A las 2:30 me armé de coraje suficiente como para pedir una entrevista con Studd. Lo encontré en su atuendo deportivo, inclinado sobre su Biblia. De manera muy perspicaz me hizo ver lo razonable que era el que yo consultara por mí mismo el libro que es la fuente del cristianismo, el Nuevo Testamento, y la sabiduría de usar mi voluntad para seguir el rayo de luz que conducía a Cristo Jesús. Mi rendición a Jesucristo como Señor siguió después.7
A partir de aquel encuentro con Cristo, esta personalidad poderosa puso sus indomables energías al servicio del reino de Dios, primero en los Estados Unidos y luego en todo el mundo. El historiador Stephen Neill ha dicho:
Cualquier cosa que Mott hiciese, la tenía que hacer completa y bien. Una vez que se entregó a Cristo, el traer a otros a una entrega similar vino a ser la máxima tarea de su vida. Lo primero que hay que recordar en cuanto a Mott es que a lo largo de toda su vida tuvo el corazón de un evangelista. Lo que quería por encima de todo era proclamar a hombres y mujeres las buenas noticias de la nueva vida en Jesucristo.8
Meses después de su conversión ya lo encontramos participando en la conferencia misionera de Monte Hermón (julio de 1886), donde con Robert Wilder sentaron las bases de lo que había de ser luego el Movimiento Estudiantil Voluntario para las Misiones. La chispa de la vocación misionera había prendido en cientos de universidades y escuelas. El movimiento adoptó como su lema la famosa frase «La evangelización del mundo en esta generación». Alguna vez Mott dijo:
Sin ninguna duda, y en honor a la verdad, puedo afirmar que, junto con la decisión de tomar a Cristo como mi líder y el Señor de mi vida, este lema ha tenido más influencia que la suma de todo otro ideal u objetivo para ampliar mis horizontes y ensanchar mi concepto del reino de Dios.9
En 1897, Mott realizó un viaje alrededor del mundo cubriendo noventa mil kilómetros, visitando ciento cuarenta y cuatro universidades y colegios en cuarenta y dos países. Se sorprendió con la apertura y el interés que los estudiantes manifestaban hacia el evangelio de Jesucristo, así como con el espíritu misionero que los animaba. Al término del viaje, Mott escribió un libro sobre «la importancia estratégica de las universidades para la conquista espiritual del mundo». Estaba convencido de que los centros de estudio iban a ser «baluartes de la fe cristiana y centros para su propagación». Daba cuenta en su libro de que había visto a más de trescientos estudiantes dedicarse a Cristo para ser misioneros, y que más de doscientos cincuenta de ellos eran jóvenes de países donde el cristianismo había llegado hacía muy poco. Treinta y cinco años más tarde, hablando a los líderes del Movimiento Estudiantil Voluntario en Buffalo, Mott todavía sostenía la firme convicción de que el futuro de las misiones cristianas estaba en manos de los delegados a dicha convención y de los universitarios de todo el mundo.
Una de las obras destacadas de Mott fue la formación de la Federación Mundial de Estudiantes Cristianos, que tuvo su reunión inicial en el Castillo de Vadstena, en Suecia, en 1895. Los líderes de los movimientos estudiantiles cristianos que se habían venido forjando en las décadas inmediatamente anteriores expresaron así su deseo de unirse en un organismo de alcance global. Sólo seis personas participaron en aquella fundación. Mott acababa de cumplir treinta años y los otros eran más o menos de la misma edad. La Federación fue un semillero de líderes ecuménicos y uno de los grupos que abrieron brecha en los esfuerzos por conseguir que los cristianos diesen un testimonio unido de su fe, en un mundo dividido, a fin de cumplir mejor su misión. La influencia de la Federación creció por todo el mundo y preparó el camino para las conferencias misioneras y eclesiásticas del movimiento ecuménico que vendrían más tarde, y que culminaron en la formación del Consejo Mundial de Iglesias en 1948.
Ruptura en busca de una raíz evangélica
Mott y los otros cinco fundadores de la Federación Mundial representaban —por su experiencia personal y sus convicciones— lo que Latourette llamaba «tradición puritano-pietístico-evangélica». Ruth Rouse, la historiadora de la Federación, nos dice que cuatro de ellos eran candidatos a misioneros y que en el caso de todos «su motivación central y el deseo ardiente de su corazón era ganar estudiantes para Cristo y su servicio a través de todo el mundo».10 Sin embargo, menos de veinticinco años más tarde (1919), en Inglaterra, que era el centro y foco de la actividad estudiantil internacional, algunos de los grupos estudiantiles evangélicos de más larga tradición se separaron del Movimiento Estudiantil Cristiano y, en consecuencia, de la Federación. Estos grupos, que en 1928 formaron la InterVarsity Fellowship of Evangelical Unions (ivf), fueron, con otros que pasaron por una experiencia semejante en otras partes del mundo, el origen de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos.
¿Qué había pasado para que se produjera esta separación? La pregunta es válida si se tiene en cuenta que cualquier líder de la Comunidad hoy en día se sentiría hermanado totalmente con un hombre como Mott y la generación que lo acompañó en esa etapa inicial de la Federación. Esta pregunta fue de vital importancia para quienes empezaron una obra estudiantil asociada a la Comunidad en lugares del mundo donde la Federación ya estaba presente de un modo u otro.
El alejamiento gradual fue un proceso que empezó en la misma Inglaterra y en una época temprana. Las convicciones evangélicas del Movimiento Estudiantil Cristiano eran claras en sus comienzos. Sin embargo, al crecer el movimiento, la iniciativa fue pasando a quienes por entonces empezaban a tomar también la iniciativa en las universidades mismas: en lo eclesiástico, los grupos procatólicos en la Iglesia Anglicana, y en lo intelectual, los adeptos de una teología liberal. La resistencia a estos cambios se dio en particular en el grupo evangélico de Cambridge (ciccu), que era numeroso y de gran entusiasmo evangélico. Desde 1904 este grupo había empezado a cuestionar las tendencias hacia el liberalismo, que el mec abrazaba en nombre de un espíritu de amplitud. El ciccu protestaba porque esa «amplitud» excluía a los evangélicos conservadores. Cuestionaba también el hecho de que la centralidad de la Biblia hubiese cedido paso frente al puro debate teológico sistemático y que se abandonara la oración para sustituirla por una liturgia mucho más formalista y menos viva. Las negociaciones con el ciccu para que se alinease con la marcha del mec nacional no progresaron, ni tampoco los esfuerzos para transformarlo desde dentro usando medios constitucionales. Finalmente, el grupo de Cambridge se separó del mec británico en 1910.11
Al regreso de los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, hubo nuevos intentos de negociación que también fracasaron. El ciccu optó por seguir su propio camino. Probablemente la firme convicción evangélica de sus miembros, su dependencia de una vida devocional consistente, tanto personal como comunitaria, y su tradición de iniciativa estudiantil local lo mantuvieron en la posición tomada.
La decisión del ciccu no fue fácil. La ola de actividades y la popularidad de aquellos años inmediatos de posguerra favorecían mucho al Movimiento Estudiantil Cristiano. Hombres de convicción profunda, sin embargo, mantuvieron una causa que parecía perdida. Uno de ellos, Norman Grubb, narra el encuentro crucial en una tarde de 1919. En él se llegó a la decisión de no cooperar de nuevo con el mec, que para entonces había adoptado el liberalismo teológico poniendo énfasis en el llamado evangelio social, y modificando el lenguaje de su base doctrinal para dar cabida a un mayor número de opiniones. Dice Grubb:
Después de una hora de conversación que no nos condujo a ninguna parte, presentamos una pregunta vital y directa: «¿Considera el mec que la sangre de Jesucristo es el punto central de nuestro mensaje?». La respuesta fue: «No, no es central, si bien le damos un lugar en nuestra enseñanza». Esa respuesta definió el asunto, porque les explicamos allí mismo que para nosotros la sangre expiatoria de Cristo Jesús era el corazón mismo de nuestro mensaje, y que nunca podríamos unirnos a un movimiento que le diese un lugar inferior.12
Por supuesto que no era sólo esa diferencia doctrinal específica la que jugaba un papel básico en las razones del alejamiento. En cierto modo, toda una nueva actitud, en la cual estaba ausente el énfasis en la oración diaria, la conversión personal y aun el espíritu misionero, había empezado a caracterizar al mec en Inglaterra y a la Federación en otras partes del mundo. De allí que la intransigencia de Cambridge fue poco a poco encontrando eco en otras universidades inglesas, proceso que culminó nueve años después, en 1928, con la formación de un nuevo movimiento nacional paralelo al mec, que se denominó precisamente Inter-Varsity Fellowship of Evangelical Unions (ivf).
Es muy posible que la firmeza del ciccu en los momentos críticos de 1910 y 1919 les pareciera a muchos alarmismo o falta de visión en cuanto al futuro. El tiempo, sin embargo, dio la razón a los estudiantes de Cambridge. No son únicamente las voces hostiles a la Federación las que lo dicen, ni tampoco las que vienen necesariamente de los círculos allegados a la Comunidad. La valerosa autocrítica que transcribimos a continuación fue publicada por el órgano de los mec de América Latina, Testimonium, y tomada del órgano oficial de la Federación, The Student World.
Desde 1895 a 1914 la Federación creció y progresó y el siglo diecinueve se cerró con una nota de confianza. Fue entonces cuando estalló la Primera Guerra Mundial y henos aquí viviendo aun «entre los tiempos». No hemos superado aun el choque, pero estamos comenzando a revivir. De 1914 a 1930 el mec pasó por un período de terrible confusión. En muchos países se vivió esta experiencia. Perdimos el derrotero. No estábamos seguros de Cristo. Estudiábamos libros de ética y libros acerca de la Biblia, pero no estudiábamos la Biblia. Olvidamos cómo orar. Llamábamos a los estudiantes «a la aventura cristiana». Íbamos a liberar al mundo de la pobreza, la enfermedad y la guerra en una generación. Creamos lemas que tenían muy poco que ver con la verdadera tragedia de nuestro tiempo. Pero el día se va aclarando nuevamente. Hay señales. Una vez más el llamado a la evangelización debe significar mucho para nosotros.13
Esto fue escrito en 1955 por un hombre que durante cuarenta años trabajó cerca de Mott, Speer y los forjadores de la Federación. Desde entonces hasta aquí, los que hemos seguido con interés la historia de la Federación no hemos visto que ella haya regresado al fundamento teológico y al celo evangelizador a los cuales se la llamaba de vuelta. Y no se trata aquí de levantar un dedo acusador contra un movimiento paralelo al nuestro, sino de entender el curso de los acontecimientos y captar —desde nuestra propia perspectiva— la validez de la preocupación que llevó a formar la Comunidad.
Un punto más de suma importancia, que se deduce tanto del estudio de este proceso como de la autocrítica que hemos citado, es el relativo a la obligación social del cristiano. Ni el grupo de Cambridge ni los críticos internos de la Federación señalan como una desviación de ésta el que se ocupara de cuestiones sociales. La cuestión central era el fundamento teológico del cual deriva la vida de los grupos y aun su acción social. Cuando la Comunidad Internacional empezó a crecer en el denominado Tercer Mundo, sus líderes traerían de nuevo al estudio y la acción esa combinación de pietismo, solidez doctrinal y acción social que había caracterizado al movimiento evangélico desde la Reforma. En ese aspecto, como veremos más adelante, la Comunidad se distingue de los movimientos fundamentalistas reacios a aceptar las implicaciones sociales del evangelio.14
2 Justo L. González y Carlos F. Cardoza Orlandi, Historia general de las misiones, clie, Barcelona, 2008, p. 138.
3Ibid., p. 141.
4 Kenneth Scott Latourette, Desafío a los protestantes, La Aurora, Buenos Aires, 1957, p. 58.
5 Datos históricos sobre la Comunidad, en Lindsay Brown, Brillando como estrellas. El poder del evangelio en las universidades del mundo, Andamio, Barcelona, 2018; y en Douglas Johnson, A Brief History of the International Fellowship of Evangelical Students, ifes, Lausanne, 1964.
6 La biografía más completa de Mott es C. Howard Hopkins, John R. Mott 1865–1955 A Biography, Eerdmans, Grand Rapids, 1979.
7 Ruth Rouse, The World’s Student Christian Federation, scm Press, London, 1948, p. 48.
8 Stephen Neill, Men of Unity, scm Press, London, 1960, p. 16.
9 David M. Howard, Student Power in World Evangelism, Inter Varsity Press, Downers Grove, 1973, p. 87.
10 Rouse, op. cit., p. 62.
11 J. C. Pollock, A Cambridge Movement, John Murray, London, 1953. Esta es la historia más completa del ciccu y ofrece una crónica detallada de este proceso de separación.
12Ibid., pp. 194–195.
13 E. Fay Campbell, «El empuje evangelizador», en Testimonium Vol. iii, N.° 4, p. 188.
14 René Padilla es quien mejor ha articulado la perspectiva de una misión integral que une celo evangelizador y misionero con sensibilidad social. Ver su libro Misión integral. Reflexiones sobre el reino de Dios y la iglesia, Kairós-Misión Alianza, Buenos Aires, 2012. Ver también los caps. 1, 3 y 9 de mi libro Cómo comprender la misión, Certeza Unida, 2008.
2
Un movimiento se extiende
Cuando queremos comprender un movimiento cristiano y su historia, no podemos olvidar que la fe cristiana es una fe viajera por excelencia, una fe hecha para viajar. En el curso de más de veinte siglos de historia cristiana hay seres humanos comunes y corrientes que cruzan las fronteras de su propio mundo y se aventuran a entrar en el mundo del «otro». Durante casi veinte siglos el evangelio de Jesucristo ha venido cruzando todo tipo de fronteras, pasando de un país a otro, de una cultura a otra, de una clase social a otra. En casi todos los idiomas y dialectos del mundo hoy en día se invoca al Señor Jesús y se lee su palabra. El mensaje de Cristo ha alcanzado una universalidad mayor que la de cualquier otra persona que haya vivido en la historia.
A historiadores, antropólogos y sociólogos les resulta muy difícil explicar el dinamismo que mueve a los creyentes a compartir su fe, especialmente cuando con ello no obtienen ventaja alguna y a veces tienen que aguantar persecución. Lo que creemos los cristianos es que, en este constante cruce de fronteras, el Espíritu Santo impulsa a la iglesia a cumplir la misión para la cual Dios la formó, y ella realiza así el propósito de amor redentor, revelado y realizado por Jesucristo. Cuando la iglesia toma plena conciencia de que ha sido formada y enviada al mundo con un propósito, se ve impulsada a cumplir su misión.
Precisamente la palabra misión deriva de la raíz latina mittere, que significa ‘enviar’. En tiempos recientes se ha redescubierto el sentido de presencia y servicio en el mundo, que ha de caracterizar a la misión cristiana, y se ha redescubierto también el particular sentido de anuncio del evangelio, que es componente ineludible de la misión. El historiador y teólogo Justo González lo dijo con elocuencia y claridad:
La historia de la Iglesia es la historia de su Misión. Esto se debe a que la Iglesia es su misión. La iglesia nace, no cuando el Señor llama a unos pescadores, sino cuando los llama para hacerlos «pescadores de hombres» (Mt 4.18–22; Lc 5.1–11); no cuando un grupo de cristianos se encierra en un aposento «por miedo de los judíos», sino cuando Jesucristo dice a esos cristianos «como el Padre me envió, yo os envío» (Jn 20.19–23); no cuando los discípulos tienen la experiencia mística de ver lenguas de fuego sobre sus cabezas, sino cuando esa experiencia se traduce en un testimonio que traspasa todas las barreras del idioma (Hch 2.1–11).15
Siglo tras siglo el Espíritu hace surgir en medio del pueblo de Dios mujeres y hombres que, poseídos de pasión evangelizadora, se lanzan a cruzar todo tipo de fronteras para llevar la historia de Jesús de Nazaret, el evangelio de salvación, a otros seres humanos que todavía lo desconocen. La iglesia que cumple su misión es siempre una comunidad peregrina, un pueblo en marcha, lanzado a los cuatro vientos en trance de obediencia.
Las fronteras geográficas que tendrán que cruzar los apóstoles en la misión inicial están explícitas en el mandato misionero del Maestro, como círculos concéntricos de alcance universal: Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra (Hch 1.8). Ya en la segunda generación misionera que representa el apóstol Pablo, las fronteras toman además una dimensión cultural específica. Habiendo predicado en toda la región oriental del Imperio, «comenzando en Jerusalén […] hasta la región de Iliria» (Ro 15.19), Pablo se propone llegar hasta la región occidental, «lo último de la tierra», en ese momento la distante España, donde —para los habitantes del Imperio romano de ese entonces— la tierra se acababa. Además, el apóstol afirma la universalidad de su llamado con referencia a la multiplicidad de culturas de su mundo, cuyas fronteras atraviesa: es deudor a cultos e incultos, instruidos e ignorantes, judíos y gentiles (Ro 1.13–15).16
La razón de este constante movimiento es que la naturaleza misma de la fe cristiana la hace misionera. Pablo dice que «la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo» (Ro 10.17). La verdad que salva y da sentido a la vida no es una verdad que cada ser humano trae al mundo como una chispa que puede avivarse por la práctica religiosa o por conocimiento filosófico. La verdad que salva es siempre una palabra que otro ser humano, un testigo, nos transmite. No es algo que se descubre por la introspección, sino un testimonio que se recibe. Y quien alcanza salvación al recibir el testimonio está en la obligación de encarnar esa palabra, de reflejar la luz recibida y llegar también a ser luz.
La historia de la misión cristiana no es sólo la historia de las peripecias de viaje en el cruce de fronteras geográficas. Es también la historia de la aventura de cruzar de una cultura a otra luchando contra el etnocentrismo y el racismo innatos en el corazón humano. Es la historia del continuo y asombrado descubrimiento del «otro». El judío descubre al «gentil» más allá de Jerusalén, el griego bien educado al «bárbaro» más allá de la frontera del Imperio romano, el español al «moro» más allá de la frontera de la cristiandad medieval, el europeo al «indio» y al «asiático» más allá del océano. En sus mejores momentos la misión cristiana parte de esa nueva experiencia de un pueblo nuevo en el cual las fronteras se acaban, porque ya «no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús».17 Los que pertenecen a ese pueblo pueden decir auténticamente que «de ahora en adelante no consideramos a nadie según criterios meramente humanos».18
La encarnación del Verbo,19 hecho fundamental de la obra salvadora de Dios, nos dice que la Palabra se traduce en realidad tangible que nuestros ojos pueden ver. El mensaje de esta palabra encarnada puede traducirse a todas las lenguas humanas. De hecho, los documentos básicos que son los evangelios ya vienen a ser una traducción, puesto que no los tenemos en la lengua aramea que habló el Señor Jesús, sino en el griego popular más difundido en el primer siglo. Esta «traductibilidad» del evangelio muestra que se trata de un mensaje capaz de alcanzar un grado máximo de universalidad, es decir: se trata de un mensaje hecho para ser traducido y compartido. No es de extrañar, por lo tanto, que en esta historia del testimonio evangélico en las universidades latinoamericanas nos encontremos con personas que viajan, con encuentros internacionales y multiculturales y con un flujo constante de personas y de ideas.
Formación de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos
Cuando en Inglaterra se formó la ivf
