La ciudad sitiada - Clarice Lispector - E-Book

La ciudad sitiada E-Book

Clarice Lispector

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Beschreibung

Sobre el telón de fondo de unos nebulosos años veinte, La ciudad sitiada pone en paralelo magistralmente la crónica de la transformación de São Geraldo, ciudad del interior inmersa en una inexorable etapa de crecimiento, con el proceso de liberación de Lucrécia Neves, una mujer sitiada, asfixiada por la urbe y sus habitantes. En la inquietante y subterránea evolución de su metamorfosis, la protagonista intentará formar parte de una asociación de jóvenes, será novia del agresivo Felipe y del bello Perseu, pero acabará casándose con un próspero comerciante. Fogosa como un caballo e inalcanzable como una estatua del parque, siempre entre el equilibrio y el desequilibrio, enderezándose sin moverse para no desmoronarse, Lucrécia Neves es sin lugar a dudas una de las más memorables protagonistas de la narrativa de Clarice Lispector.

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Edición en formato digital: septiembre de 2016

 

Título original: A cidade sitiada

En cubierta: fotografía de © Paolo Gurgel Valente y contraportada: fotografía de Clarice Lispector, de Paolo Gurgel Valente

Diseño gráfico: Ediciones Siruela

© Clarice Lispector y Herederos de Clarice Lispector, 1949

© De la traducción, Elena Losada

© Ediciones Siruela, S. A., 2006, 2016

 

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

 

Ediciones Siruela, S. A.

c/ Almagro 25, ppal. dcha.

www.siruela.com

 

ISBN: 978-84-16854-55-4

 

Conversión a formato digital: María Belloso

Índice

1. La colina del pasto

2. El ciudadano

3. La cacería

4. La estatua pública

5. En el jardín

6. Esbozo de la ciudad

7. La alianza con el forastero

8. La traición

9. El tesoro expuesto

10. El maíz en el campo

11. Los primeros desertores

12. Fin de la construcción: el viaducto

 

En el cielo aprender es ver;

En la tierra es acordarse.

 

PÍNDARO

1La colina del pasto

—Las once —dijo el teniente Felipe.

Apenas terminó de hablar cuando el reloj de la iglesia tocó la primera campanada, dorada, solemne. El pueblo pareció oír por un instante el espacio... el estandarte en la mano de un ángel se inmovilizó, estremeciéndose. Pero de repente los fuegos artificiales subieron y estallaron entre las campanadas. La multitud, espabilada del sueño rápido al que había sucumbido, se movió bruscamente y de nuevo reventaron los gritos en el carrusel.

Sobre las cabezas las linternas se empañaban haciendo temblar la visión; los bazares se arqueaban goteando. Cuando Felipe y Lucrécia alcanzaron la noria, la campana sacudió la noche llenando de emoción la fiesta religiosa; el movimiento de la multitud se volvió más ansioso y más libre. La población había acudido para celebrar el santo del barrio y, en la oscuridad, el atrio de la iglesia resplandecía. Mezclándose con la pólvora quemada la grosella hacía levantar los rostros con náusea y ofuscación. Las caras aparecían y desaparecían. Lucrécia se encontró tan cerca de una que esta le sonrió. Era difícil percibir que sonreía a alguien perdido en la sombra. También la joven fingió hablar con Felipe mirando, sin embargo, a un desconocido a los ojos que la claridad de una farola llenaba: ¡Qué noche!, dijo ella al extraño, y las dos caras vacilaron; el carrusel iluminaba el aire en remolinos, las luces caían trémulas... Si sucediese algo extraordinario por fin en el barrio, eso irrumpiría en el ámbito del quiosco de música donde los niños se perdían y gritar sería un grito más. El atrio de la iglesia era frágil. Y crepitaba como las castañas en la hoguera. Soñolientas, obstinadas, las personas se empujaban a codazos hasta formar parte del círculo silencioso que se había formado en torno a las llamas.

Una vez junto al fuego, se paraban y espiaban acaloradas.

Las llamas destacaban los gestos, las enormes cabezas se movían mecánicas, suaves. Algunos componentes de la procesión de la tarde, todavía con los ajustados hábitos de seda, se mezclaban con los espectadores. Coronada de papel, una niña insomne sacudía sus tirabuzones; era sábado por la noche. Bajo el sombrero el rostro mal iluminado de Lucrécia tan pronto parecía delicado como monstruoso. Ella espiaba. La cara tenía una atención dulce, sin malicia, los ojos oscuros espiando las mutaciones del fuego, el sombrero con la flor.

Fue de nuevo arrastrada por Felipe, ambos seguían ahora una dirección desconocida a través de la gente, empujando, a tientas. Lucrécia sonreía con satisfacción. Su rostro quería avanzar pero su cuerpo casi no podía moverse porque la fiesta se había comprimido de repente, traspasada por una contracción inicial lejana. Intentó liberar al menos una de las manos y enderezarse el sombrero que, torcido hasta el ojo, daba a la cara alegre una expresión de desastre. Pero Felipe la sujetaba por el codo protegiéndola y riendo...

El teniente había levantado su cabeza sobre las otras y reía al cielo.

La joven soportaba mal esa risa libre que era un desprecio del forastero hacia la pobre fiesta de S. Geraldo. Aunque ella misma no consiguiese sentirse en el centro del regocijo que tan pronto parecía estallar en el silencio del fuego como proyectarse en los giros de los caballitos, aunque buscase con el rostro el lugar de donde brotaba el placer. ¿Dónde estaría el centro de un pueblo? Felipe llevaba uniforme. Con el pretexto de apoyarse, la muchacha pasaba los dedos por los gruesos botones, ciega, atenta. De repente se encontraron fuera de la fiesta.

Estaban en el vacío casi oscuro, porque la gente se comprimía en la zona del kiosco como dentro de un círculo demarcado. Desde fuera era realmente extraño espiar a los habitantes empujándose: aquellos cuyas espaldas ya daban al vacío luchaban sonámbulos para entrar. El joven y la muchacha miraban sacudiéndose el polvo de las ropas. En ese momento el reloj de la torre sonó lejos, tranquilo... El reloj de la iglesia se lanzó más potente, mezclándose con la delicadeza de las otras horas. Lucrécia se inquietó. Poco después el teniente apenas podía seguirla, la joven iba delante casi corriendo. El principal acontecimiento de la noche de S. Geraldo no había sido ni siquiera anunciado, la pequeña ciudad estaba todavía milagrosamente entera. Felipe se reía irritado: ¡No corras, chica!, doblaron la esquina y se encontraron en la plaza de piedra. La torre del reloj aún vibraba.

La plaza estaba desnuda. Tan irreconocible bajo la luz de la luna que la joven no se reconocía. También Felipe se paró aliviado: ¡Malditos!, exclamó, empujando el quepis hacia atrás. El sábado era la noche de varios mundos; el teniente tosió transmitiéndoles sucesivamente la voz sin palabras. Las ventanas se estremecieron con el relincho. No soplaba ningún viento. A pesar de la luz, la estatua del caballo en tinieblas. Se veía, un poco más nítida, la punta de la espada del caballero suspendiendo un fulgor parado. El resplandor de la luna imprimía mil puertas mudas en las puertas y la plaza se había quedado pasmada en la postura torcida en que había sido sorprendida. Era el mismo frío reconocimiento de cuando se oía el clarinete de un ciego... Las losas casi reveladas, apenas se las podía tocar con los botines. La joven dio incluso dos palmadas... que se dividieron inmediatamente en una salva sorda; toda la plaza aplaudía. En menos de un segundo los aplausos se dispersaron y uno u otro fueron a extinguirse en los recodos indeterminados por la oscuridad. La joven escuchó un poco hostil, sus dos manos calaron con decisión el sombrero en la cabeza. Se despidió de Felipe diciéndole que no convenía que los viesen juntos.

Apenas había comenzado a caminar sola y ya se arrepentía, porque eso era lo que S. Geraldo quería. Andaba contenida, mecánica, intentando incluso una cierta ironía. Pero los pasos se multiplicaban y la plaza de piedra marchaba. Se interrumpió sin avisar, se ató los cordones del botín... Cuando levantó la cabeza decidió no dejar de mirar el edificio más estrecho, la menor sombra. Las tiendas cerradas con las persianas de hierro. Estaba siendo delicada con todos. Incluso toco esta farola, pensó más confiada. La farola estaba helada.

En unos instantes la música de la banda llegaba por el aire; el quiosco refulgía bajo las luces amarillas. Pero el sonido se retenía al margen de las calles desiertas. Lucrécia miró hacia arriba también, con alguna insolencia. Pero en cada ventana de la ciudad desierta un hombre se balanceaba en la sombra de las persianas venecianas; las venecianas oscilaban. La muchacha se estremecía de miedo de estar viva. Ciertas cosas daban la misma señal, la falta de viento, un ciego tocando, la luna sobre la piedra... Se persignó rápidamente mientras un ratón gordo se doraba bajo la farola. Sonaron pasos secos. El soldado, disminuido por la distancia, apareció en una esquina y desapareció por otra... El sábado era la noche de los borrachos. Un papel temblaba en el suelo. Entonces ella empezó a correr antes de que todo empezase hasta alcanzar la puerta de la casa. Tocó el timbre largamente...

La estridencia inesperada del sonido atravesaba el espacio oscuro. La joven parecía haber tocado el timbre de otra ciudad. Esperó un momento. Pero después de haberse manifestado a través del timbre no se atrevía ya a estar de espaldas; empezó a golpear con los puños cerrados, el ratón corría tranquilo cerca de la carreta dormida; ella golpeaba y miraba al cielo. Las nubes transportadas parecían inmóviles y la luna pasaba... Ella golpeaba, golpeaba con los puños cerrados mirando al cielo, sus cabellos crecían de ingenuidad y de horror, cada vez era más peligroso, las casas en pie... Al final, desde lo alto de la escalera, tiraron de la cuerda de la cerradura. Con un crujido la puerta se entreabrió.

Entonces, de repente, las campanas se sacudieron como cristal, desde el quiosco de música se esparcieron sobre la ciudad, estallaron los fuegos artificiales. Las cosas se rompían por accidente casi antes de que ella se protegiera. Cerró fuertemente la puerta.

Poco a poco, en la oscuridad tranquilizadora, se abandonó. Todavía estaba erizada, cada punta recubierta de algo que no podría ser tocado, las columnas de la barandilla torcidas. También el tamaño de S. Geraldo se había ampliado y ella miró de abajo arriba la inmensa escalera que subía. Las campanas tocaban. Din, don, din, don, escuchó con atención. Imaginó que las calles se habían iluminado con el tañer de las campanas... Ahora, la noche era de oro. Lucrécia Neves había escapado.

La buhardilla donde vivía estaba atravesada por cañerías de agua y por ventanas, lo que la hacía muy frágil; la joven subía los escalones que se estremecían con las últimas vibraciones de las campanas.

 

El pueblo de S. Geraldo, en 192..., ya mezclaba con el olor a establo algún progreso. Cuantas más fábricas se abrían en los alrededores, más se levantaba el pueblo con vida propia sin que sus habitantes pudiesen decir que la transformación les alcanzaba. Los movimientos ya se habían congestionado y no se podía atravesar una calle sin tener que sortear una carreta tirada por lentos caballos mientras un automóvil impaciente tocaba la bocina detrás lanzando una humareda. Hasta los crepúsculos eran ahora desvaídos y sanguinolentos. Por la mañana, entre los camiones que pedían paso para la nueva fábrica, transportando madera y hierro, las cestas de pescado, traídas por la noche de centros mayores, se esparcían por la calzada. De las buhardillas bajaban mujeres despeinadas con cazuelas, los peces eran pesados casi en la mano mientras los vendedores en mangas de camisa voceaban el precio. Y cuando sobre el alegre movimiento de la mañana soplaba el viento fresco y perturbador, se diría que la población entera se preparaba para embarcar.

Al ponerse el sol los gallos invisibles aún cantaban. Y, mezclándose todavía con el polvo metálico de las fábricas, el olor de las vacas nutría el atardecer. Pero de noche, con las calles repentinamente desiertas, ya se respiraba el silencio como desasosiego, como en una ciudad; y en la luz temblorosa de las casas todos parecían estar sentados. Las noches olían a estiércol y eran frescas. A veces llovía.

La tumultuosa vida de la calle del Mercado estaba fuera de lugar en aquel ambiente donde un gusto rancio reinaba en los balcones de hierro forjado, en las fachadas lisas de las buhardillas y en la iglesia cuya arquitectura modesta se levantaba en el antiguo silencio. Lentamente, sin embargo, la plaza de piedra se perdió entre los gritos con que los carreteros imitaban a los animales para hablar con ellos. Por la necesidad cada vez más urgente de transporte, grupos de caballos habían invadido el barrio, y en los niños aún agrestes nacía el secreto deseo de galopar. Incluso un bayo joven había dado una coz mortal a un niño. Y el lugar donde el niño audaz había muerto era mirado por la gente con una censura que en realidad no sabían a quién dirigir.

Con las cestas en los brazos ellas se paraban a observar.

Hasta que un periódico se enteró del caso y se leyó con cierto orgullo una nota —donde no faltaba ironía sobre la lentitud con que una serie de pueblos se civilizaban— con el título de «El crimen del caballo en un pueblo».

Este era el primer nombre claro en S. Geraldo y, una vez que por fin había sido llamado, los moradores miraban con rencor y admiración a los grandes animales que invadían al trote la ciudad llana. Y que de repente se detenían con un largo relincho, las patas sobre las ruinas, aspirando con las narinas salvajes, como si hubiesen conocido otra época en la sangre.

Pero a las dos de la tarde las calles estaban secas y casi desiertas, el sol en vez de revelar las cosas las ocultaba en luz; las calles se prolongaban indefinidamente y S. Geraldo se convertía en una gran ciudad. Tres mujeres de piedra aguantaban la fachada de un edificio moderno que unos andamios todavía obstruían; era el único lugar en sombra. Un hombre se había apostado debajo. ¡Ah!, decía un ave cortando oblicuamente la intensa luz. En respuesta, las tres mujeres aguantaban el edificio. ¡Ah!, gritaba el pájaro distanciándose sobre los tejados. Un perro olisqueaba las alcantarillas iluminadas. Hombres espaciados, jugadores de sombrero de paja y palillo en la boca, espiaban. De la carbonería Coroa de Ferro salió una cara negra de ojos blancos. Lucrécia Neves metió la cabeza en la frescura de la carbonería; espió un poco. Cuando la retiró allí estaba la calzada... Qué realidad veía la joven. Cada cosa. Pero de repente, en el silencio del sol, una pareja de caballos salió de una esquina. Durante un momento se inmovilizó con las patas en alto. Las bocas fulgurando.

Todos miraron desde sus lugares, duros, separados.

Pasada la ofuscación de su llegada los caballos curvaron el pescuezo, bajaron las patas. Los vagabundos con sus sombreros de paja se movieron rápidamente, una ventana golpeó. Reactivada, Lucrécia entró en el almacén.

Cuando salió con los paquetes las calles ya se habían transformado. En vez del vacío del sol, cada cosa se movía buscando sus propias formas utilizando las menores sombras. El barrio era ahora insignificante y minucioso; se había iniciado la tarde. Donde había agua, la brisa la ondulaba. Una persiana metálica subió con una primera estridencia y se reveló la casa de quincallería, la tienda de las cosas. Cuanto más viejo un objeto más se desvanecía. La forma olvidada durante su uso se erguía ahora en el escaparate para incomprensión de los ojos; y así espiaba la muchacha, codiciando la cajita de cerámica rosada.

Había dos flores pintadas sobre la tapa.

Hasta que la sombra de la manguera se alargó sobre la calzada. Llegada a este punto la tarde fue inmutable. Algunas personas pensaron en un picnic. Pero no lo hicieron: una se quedó de pie en una esquina, otra miraba a través del visillo de una ventana, otra volvía a contar los puntos de la labor de ganchillo.

Ese mismo día, cuando el sol ya se ponía, el oro se esparció por las nubes y por las piedras. Los rostros de los habitantes se doraron como armaduras y así brillaban los cabellos sueltos. Las fábricas polvorientas pitaban continuamente, la rueda de una carreta tenía aureola. En ese oro pálido entre la brisa había una ascensión de espada desenvainada; así se erguía la estatua de la plaza. Pasando por las calles más leves los hombres bajo la luz parecían venir del horizonte y no del trabajo. El barrio de carbón y hierro se transportaba a lo alto de una colina, las ramas de los almendros se balanceaban. Caballos, la tierra negra y el estanque seco de la plaza habían prestado cierta arrogancia a los moradores de S. Geraldo. Y una audacia que recordaba a la cólera sin ira. Los hombres se decían mucho unos a otros: ¿Qué pasa? ¿No me has visto nunca? Era normal que tuvieran los ojos grises y brillantes como monedas de plata.

El domingo por la mañana el aire olía a acero y los perros ladraban a los que salían de misa. Y por la tarde, en las primeras angustias de un domingo de ciudad, la gente, muy lavada en la calle, espiaba hacia arriba: en un ático alguien practicaba con el saxofón. Escuchaban. Como en una ciudad ya no sabían adónde ir.

A pesar del progreso el pueblo conservaba lugares casi desiertos, ya en la frontera con el campo. Esos lugares rápidamente tomaron el nombre de «paseos». Y también había personas que, invisibles en la vida pasada, adquirían ahora cierta importancia solo por negarse a los nuevos tiempos. La vieja Efigênia vivía a una hora de la Cancela. Cuando murió su marido continuó manteniendo el pequeño corral, sin querer mezclarse con el pecado naciente. Y aunque solo iba a la calle del Mercado para dejar las cántaras de leche, se había convertido un poco en la dueña de S. Geraldo. Se paraba junto a una tienda, con la mirada seca que parecía que no necesitase ver, le preguntaban riendo tímidamente cómo iban las cosas, como si ella pudiese saber más que los demás. Porque de la propia modernización de S. Geraldo había nacido un tímido deseo de espiritualidad, del cual la A. J. F. S. G. era uno de los resultados. Cuando Efigênia decía que se había despertado de madrugada lanzaba una gran inquietud sobre los comerciantes que, en su calidad de jefes, ya empezaban a decir: S. Geraldo necesita una dirección. Aunque la vida espiritual que vagamente atribuían a Efigênia se resumiese después de todo en el hecho de que ella no afirmaba ni negaba, en que no participaba ni siquiera de sí misma, hasta tal punto llegaba su austeridad. A ser callada y dura como les sucedía a las personas que nunca habían necesitado pensar. Mientras en S. Geraldo se empezaba a hablar mucho.

En esa época de brisa e indecisión, en ese momento de la ciudad apenas erguida, cuando el viento es presagio y la luz de la luna horroriza porque es una señal, en el descampado de esta nueva era nació y murió la Asociación de la Juventud Femenina de S. Geraldo. Desde su inicio dedicado a la caridad, el grupo, fustigado por los motores de los talleres, interrumpido por el tráfico de los caballos y por el repentino silbato de las fábricas, pasó inesperadamente a tener su propio himno y, en un giro que asustó incluso a las socias, su fin era ahora el de ennoblecer las cosas bellas. La Asociación se habría limitado tal vez a la organización de tómbolas y recreos si no hubiera sido por Cristina, que encendió un fuego vacío y destinado al vacío, donde se consumirían las socias en nombre del alma que debe progresar. Poco a poco las jóvenes se reunían con un ardor en realidad ya sin causa. Por la tarde se veía entrar en la casa de reunión grupos apresurados de muchachas bajitas, de caderas bajas y cabello largo, un tipo femenino de aquella zona. En nombre de una esperanza que asustaba se incitaban y se manifestaban en el himno que hablaba con violencia apenas contenida de la alegría de las flores, del domingo y del bien. Ellas tenían miedo de la ciudad que nacía. En el domingo cantado cosían, se interrumpían al mediodía, sofocadas, pasándose la mano por los labios que el bozo oscurecía; se acostaban pronto. Y en la gran noche de S. Geraldo sucedía por fin algo cuyo sentido confuso y polvoriento intentaban en vano cantar de día con la boca abierta. Escuchando en el sueño, revolviéndose, llamadas sin poder ir, perturbadas por la importancia insustituible que tiene cada cosa y cada ser en una ciudad que nace. Pero Cristina las instigaría en la reunión siguiente. Bastaba su presencia para agitar al grupo y, poco después, entre proyectos de pureza y amor al alma, sin que en la sombría sala de reunión una palabra más clara pudiese ser pronunciada, todas estaban excitadas por el camino del bien: Cristina es nuestra vanguardista, decían sonrientes. Era un disimulado intento del espíritu por el lado por donde este menos lo esperaba. Mientras, Cristina establecía con la facilidad de la inteligencia nuevos principios: La vida que se lleva por dentro no es la vida terrena, decía, el sacrificio de la carne es realizarse como carne, decía. Las fábricas silbaban anunciando el fin del trabajo. Poco después también se oyó bajar las persianas de hierro de las tiendas, pero a las muchachas les costaba separarse y en la sala ya oscura se movían sin saber qué hacer.

Cristina era una muchacha baja como tenía que ser una mujer, un poco gorda como tendría que ser una mujer. Era la muchacha más avanzada del barrio, lo que no impedía que llamase poco la atención de los hombres. Estos, más inocentes y leales que las mujeres de S. Geraldo, se acercaban a ella por curiosidad: ella olía a leche, a sudor, a ropa; ellos olfateaban y se iban.

Cuando Lucrécia entró en la A. J. F. S. G. encontró a las socias dándose tanta libertad espiritual que ya no sabían qué más ser. De tanto exteriorizarse habían acabado como las flores cantadas, tomando un sentido que sobrepasaba la existencia de cada una, agitándose como las calles ya inquietas de S. Geraldo. En definitiva: se había formado el tipo de persona adecuada para vivir en aquel tiempo en un pueblo.

Lucrécia se había acercado atraída por la idea de los bailes, pero Cristina y ella se miraron desde la primera vez como enemigas. Sin embargo, Lucrécia no era inteligente y fue vencida. Además todo allí parecía extraño a la joven, y la palabra «ideal», que las otras tanto usaban, le sonaba desconocida. «¡El ideal, el ideal!» Pero ¿qué querían decir con el ideal?, les preguntó obstinada, incluso altiva. Las chicas, confusas, la miraron rencorosas. Lucrécia no tardó en retirarse mientras Cristina ganaba fuerza, cada vez más cruel y feliz. Y poco después la perturbación causada por Lucrécia fue olvidada. Igual que la población ya había dejado de acusar a los caballos.

Estos, ahora desapercibidos por la costumbre, eran sin embargo la fuerza oculta sobre S. Geraldo. Y también Lucrécia, ignorada por la Asociación.

La joven y un caballo representaban las dos razas de constructores que iniciaron la tradición de la futura metrópolis, ambos podrían servir como emblemas para su escudo. La ínfima función de la muchacha en su época era una función arcaica que renace cada vez que se funda un pueblo, su historia formó con esfuerzo el espíritu de una ciudad. No se podría saber qué reinado representaba en la nueva colonia porque su trabajo era demasiado corto y casi inexplorable; todo lo que ella veía era «algo». En ella y en un caballo la impresión era la expresión. En realidad una función bien tosca: ella indicaba el nombre íntimo de las cosas, ella, los caballos y algunos otros; y más tarde las cosas serían miradas con ese nombre. La realidad necesitaba de la muchacha para tener una forma. «Lo que se ve» era su única vida interior; y lo que veía se convirtió en su vaga historia. Que si le fuese revelada solo le daría el recuerdo de un pensamiento antes de quedarse dormida. A pesar de no poderse reconocer en la revelación de su vida secreta, ella la guiaba; la conocía indirectamente como la planta se sentiría tocada si hiriesen su raíz. Estaba en su pequeño destino insustituible pasar por la grandeza de espíritu como por un peligro y después decaer en la riqueza de una edad de oro y oscuridad, y después perderse de vista; fue lo que sucedió con S. Geraldo.

La idea que la Asociación tenía de «progresar» había encontrado a Lucrécia con la atención ya despierta, queriendo salir de la dificultad e incluso usarla, porque la dificultad era su único instrumento. Hasta alcanzar la extrema docilidad de visión. Pasaban carretas. La iglesia tocaba las campanas. Los caballos esclavizados trotaban. La torre de la fábrica al sol. Todo eso se podía ver desde una ventana, olfateando el aire nuevo. Y la ciudad iba tomando la forma que su mirada revelaba.

En ese momento propicio en que las personas vivían, cada vez que mirase nuevas extensiones emergerían, y un sentido más se crearía; esta era la poco útil vida íntima de Lucrécia Neves. Y eso era S. Geraldo, cuya historia futura, como el recuerdo de una ciudad sepultada, sería solo la historia de lo que se hubiese visto.

Hasta centros espiritistas empezaban a formarse tímidamente en el barrio católico y la misma Lucrécia inventó que a veces oía una voz. Pero en realidad le sería más fácil ver lo sobrenatural; tocar la realidad es lo que estremecería sus dedos. Ella nunca había oído ninguna voz, ni siquiera deseaba oírla; ella era menos importante, y estaba mucho más ocupada.

Y así era S. Geraldo, repleto de carretas chirriantes, de buhardillas y mercados, con planes de construir un puente. Apenas se podía adivinar su humedad radiante y tranquila que en ciertas madrugadas venía de la niebla y salía de las ventas de los caballos; la humedad radiante era una de las realidades más difíciles de vislumbrar. Desde la ventana más alta del Convento, los domingos, después de atravesar la Cancela y la zona ferroviaria, la gente se asomaba y la adivinaban a través del crepúsculo: allí, allí estaba el barrio extendido. Y lo que veían era el pensamiento que nunca podrían pensar. «Es el paseo más bonito de S. Geraldo», decían entonces balanceando la cabeza. Y no había otra manera de conocer el barrio. S. Geraldo solo se podía explorar con la mirada. También Lucrécia Neves, de pie, espiaba la ciudad que desde dentro era invisible y que la distancia convertía otra vez en un sueño. Ella se asomaba sin ninguna individualidad, buscando solo mirar directamente las cosas.

Terminada la romería dominical al Convento, las casas se iluminaban una a una, cuanto más entra uno en el centro menos sabe cómo es una ciudad.

Ah, si yo pudiese ir hoy mismo a un baile, pensaba la chica el domingo por la noche, tocando la mesita de la sala de estar con delicadeza. Le gustaba mucho divertirse. Contenta, de pie junto a la mesita, riendo ante la idea de un baile, sus dientes amarillos aparecían con inocencia.

Pero por lo menos ella paseaba cuanto podía, entre las cosas del Mercado, con sombrero, con una bolsa, alguna carrera en las medias. Salía y entraba en casa, o se ocupaba durante horas de la ropa, transformando, corrigiendo; tenía algunos pretendientes y se cansaba mucho; con sombrero y guantes viejos atravesaba el Mercado del Pescado.

Y paseaba. Incluso con el doctor Lucas cuando se encontraban por casualidad, sus relaciones casi de paciente y médico, la mujer de él enferma en el Sanatorio de S. Geraldo, y Lucrécia Neves orgullosa de ir con un hombre licenciado; bajaban seis escalones de cemento hacia el parque que se extendía bajo el nivel del pueblo. Hojas húmedas yacían en el suelo y de las plantas venía un nuevo olor de algo que se estaba construyendo y solo el futuro vería.

El parque de S. Geraldo era amarillo y gris con los largos tallos ennegrecidos y las mariposas. Y aquella era su amistad con un hombre joven y austero. Aunque Lucrécia Neves no era sensual, la diferencia de sexos le causaba una cierta alegría. En el parque había juegos para niños, farolas negras, soldados con sus novias; era uno de los paseos de S. Geraldo. El doctor Lucas le había prestado una vez un libro, pero a ella le costaba asimilarlo, como por tozudez y excesiva paciencia. Además nunca había necesitado inteligencia. Se sentaron en un desnivel y, como él escribía para la Revista Médico-Social, la joven dijo que ¡tal vez un día escribiría la novela de su vida!, y miró el aire con altivez. Todo era mentira y hacía frío, el médico le aconsejaba; y ella en el fondo sentía aquel malestar feliz que era desconfianza por lo que podía venir de un hombre; la chica era muy desconfiada. Y lenta. Porque hablaba y hablaba con el médico y no conseguía transmitirle nada. Pero, por lo menos, lo espiaba todo con claridad: veía soldados y niños. Su forma de expresarse se reducía a mirar bien, ¡le gustaba tanto pasear! Y así eran también los habitantes de S. Geraldo, tal vez inspirados por la finura del aire de toda aquella zona, propensa a fuertes lluvias y a cálidos veranos. Ya de pequeña Lucrécia mantenía durante horas los ojos abiertos en la cama escuchando el ruido de alguna que otra carreta que, al pasar parecía marcar su destino terrestre. Mientras, en otros lugares, niños más felices, hijos de pescadores, se hacían a la mar. Después, más mayores, los niños a primera hora de la mañana ya no estaban en casa, volvían sucios, rasgados, con algo en la mano.

Tal vez llamada por el inicio de visión que había tenido el domingo desde la ventana del Convento, el lunes la chica buscó el otro paseo de S. Geraldo: el arroyo. Atravesaba la Cancela y los raíles, bajaba deprisa el declive espiándose los pies. Por un momento inmovilizada parecía reflexionar profundamente. Aunque no pensase en nada. Y de repente, irreprimible, seguía el rumbo contrario; subía a la colina del pasto, cansada de su propia insistencia. A medida que subía se divisaban a la izquierda un trozo adivinado del pueblo, las casas renegridas... Nada se veía delante excepto la línea ascendente que se establecería por fin en la colina.

Donde se quedaría de pie, espiando. Todavía jadeante por la subida. Seria, obediente. Encontrando solo las nubes que pasaban y la gran claridad. Pero ella no parecía desilusionada.

A pesar del cielo alto el aire en la colina era tormentoso y, a veces incontenible, arrastraba con violencia un papel o una hoja. Las latas y las moscas no llegaban a poblar el descampado. A esa hora del día se pisaban hierbas ardientes y no se subyugaría con la mirada la aridez y el viento del altiplano; una ola de polvo levantándose bajo el galope de un caballo imaginario. La joven esperaba paciente. ¿Qué especie de verosimilitud había ido a buscar a la colina? Ella espiaba. Hasta que al caer la tarde iba despertando la intermitente humedad que al atardecer levita en el campo. Y la posibilidad de rumor que la oscuridad favorece.

Pero por la noche los caballos, liberados de las cargas y conducidos al pasto, galopaban finos y sueltos en la oscuridad. Potros, rocines, alazanes, delgadas yeguas, cascos duros, una cabeza fría y oscura de caballo, los cascos golpeando, hocicos espumantes irguiéndose hacia el aire en ira y murmullo. Y a veces un suspiro que enfriaba las hierbas con un temblor. Entonces el bayo se adelantaba. Andaba de lado, con la cabeza curvada sobre el pecho, cadencioso. Los otros asistían sin mirar.

Medio sentada en la cama Lucrécia Neves adivinaba los cascos secos avanzando hasta detenerse en el punto más alto de la colina. Y la cabeza que domina el barrio lanzando un largo relincho. El miedo la poseía en las tinieblas de su cuarto, el terror de un rey, la joven desearía poder responder enseñando las encías. En la envidia del deseo su rostro adquiría la nobleza inquieta de una cabeza de caballo. Cansada, jubilosa, escuchando el trote sonámbulo. En cuanto saliese del cuarto su forma adquiriría volumen y límites, y cuando llegase a la calle ya estaría galopando con patas sensibles, los cascos resbalaban en los últimos escalones. Desde la calzada desierta miraría: a un lado y a otro. Y vería las cosas como un caballo. Porque no había tiempo que perder, incluso de noche la ciudad trabajaba fortificándose y por la mañana nuevas trincheras estarían en pie. Desde su cama intentaba al menos escuchar la colina del pasto donde en las tinieblas caballos sin nombre galopaban devueltos al estado de caza y de guerra. Hasta que se dormía.

Pero los animales no abandonaban el pueblo. Y si en medio de la ronda salvaje aparecía un potro blanco, era una maravilla en la oscuridad. Todos se detenían. El caballo prodigioso aparecía. Se empinaba un instante. Inmóviles, los animales esperaban sin mirarse. Pero uno de ellos golpeaba con los cascos. Y el leve retumbar rompía la vigilia; fustigados, se movían repentinamente alegres, entrecruzándose sin tocarse y entre ellos se perdía el caballo blanco. Hasta que un relincho de súbita cólera los avisaba, por un momento atentos, se desperdigaban en una nueva composición de trote, el dorso sin caballero, baja la cerviz hasta que la boca tocaba el pecho. Las crines erizadas; regulares, incultos.

En la profundidad de la noche los encontraba inmóviles en las tinieblas. Estables y sin peso. Allí estaban ellos, invisibles, respirando. Esperando con la inteligencia corta. Abajo, en el barrio adormecido, un gallo volaba y se encaramaba al alféizar de una ventana. Las gallinas espiaban. Más allá de las vías del tren un ratón a punto de huir.