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En estos tiempos, cuando lo valioso es lo inmediato, instantáneo, fulminante, puntual, el autor nos demuestra que, por lo contrario, la conversión es un proceso. ¿Qué es la conversión? ¿Cómo es su dinámica en la persona? ¿Por qué hablar de proceso? A través de Las Confesiones, donde Agustín describe de qué se convierte, en qué situación se encuentra, qué es esa realidad del pecado de la que pretende salir y cuál es la acción de Dios con el hombre, Jesús Burgaleta Clemos intenta responder a esas preguntas y demostrar el delicado y difícil proceso en el que se pone en juego la dimensión más honda de la persona, cuando esta se acerca a Dios. Este libro, adaptado para una lectura ágil y amena, se ofrece como una ayuda para comprender el camino espiritual de quien busca responder radicalmente al Señor y también como instrumento de formación para los agentes pastorales que acompañan procesos de conversión en una comunidad creyente.
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Seitenzahl: 201
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Burgaleta Clemos, Jesús
La conversión es un proceso : en las confesiones de San Agustín . - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : De la Palabra de Dios, 2014.
E-Book.
ISBN 978-950-9473-66-9
1.Espiritualidad Cristiana. I. Título
CDD 248.5
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Diseño de tapa e interior: Cristian Chaives
© Editorial de la Palabra de Dios
24 de Noviembre 1212 - C1242AAB – Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Tel/Fax: (5411) – 49318388 / Email: [email protected]
www.cristovive.org.ar
Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723. Todos los derechos reservados. Editado en Argentina en Marzo de 2015.
PRESENTACIÓN
Este libro es el fruto del trabajo de investigación del Padre Jesús Burgaleta Clemos al escribir su tesis en Teología Pastoral en la Universidad Pontificia de Salamanca de Madrid.
El tema fue elegido por considerar que entender bien, no solamente qué es la conversión sino también cómo es su dinámica en la persona, es fundamental para realizar una acción pastoral adecuada que favorezca a que las opciones de la fe se arraiguen responsablemente en el individuo y a que se respete la estructura y el desarrollo de la personalidad. Esto ayudará a no confundir la conversión inicial con su realización, lo repentino con lo logrado, si se toma conciencia de que la “conversión radical” tiene un proceso, es decir, un inicio, un desarrollo y un final.
Cuando hablamos de “conversión” nos referimos a la conversión “radical”, que corresponde al estado del hombre pecador, en el que su “yo” tiene que rehacerse desde la raíz y cambiar toda la orientación de la vida porque nunca se ha transformado, según el modelo de Jesucristo –como es el caso del bautismo–, o porque la orientación bautismal ha sido rota por el pecado –como acontece en el proceso de la reconciliación penitencial–. Por el contrario, la conversión llamada “común”, “cotidiana”, “continua” o “ininterrumpida” se refiere al esfuerzo que ha de realizar todo creyente, ya bautizado, para perfeccionarse y superar los estados de pecado que aún perviven en él.
Comprender que la conversión radical es un proceso supone desterrar esa tendencia pastoral –nacida del deseo de acogerse a lo más fácil– a confiar desmesuradamente en lo repentino, a buscar lo espectacular, a provocar con métodos sospechosos conversiones rápidas, a acentuar la acción de Dios y a olvidar la necesaria e ineludible colaboración del hombre. La pastoral de la conversión ha de mantener una constante sospecha sobre las prisas, el nerviosismo, la superficialidad, la ligereza, la rapidez y la impaciencia...
Si la pastoral respeta el proceso de la conversión, se habrá puesto en el camino de ayudar al pecador a llegar al fondo de sí mismo y a ofrecerle un cauce auténtico de recuperación, a fin de que no reciba en vano la gracia del perdón en el sacramento de la reconciliación.
El P. Jesús Burgaleta Clemos se propuso demostrar que, según el libro de Las Confesiones y, al menos, en el caso de Agustín, la conversión es un proceso, entendiendo por “proceso” lo contrario de “instantáneo”, “súbito”, “rápido”, “fulminante”, “repentino” y “puntual”. Se opone a lo que se inicia, se realiza y se consuma en un solo acto y sugiere las imágenes de lo paulatino, lo gradual y lo pausado; nos evoca las categorías de progreso, crecimiento, cambio y maduración. En el proceso se incluyen los conceptos de dinámica, intensidad y tendencia. Y, sobre todo, pertenece al proceso el formar una unidad entre las diversas fases que lo componen. El proceso, referido a lo personal, es un período de la vida con una especial significación dinámica, con nombre y características propias; es un intervalo, no un paréntesis en el que se fragua el paso entre dos situaciones distintas.
Este período de la persona comprende un comienzo, un desarrollo y un final. De tal manera que, una vez vivido, por medio de la introspección, se puede considerar como un solo bloque vital. Así se habla del período de la formación, del de la adaptación a un medio y también del período de la conversión.
El proceso, entonces, es un período de la vida de la persona extenso, tanto en el espacio como en el tiempo, tanto físico como psicológico; un período abierto hacia el futuro, dinámico, progresivo, creciente y que busca su término o final en la consecución del objetivo y que forma un todo, un bloque, una unidad, con cada uno de los estadios, fases o pasos, que constituyen la dinámica de ese mismo proceso.
¿Y por qué trabajar sobre el libro Las Confesiones de san Agustín? Porque en su narración Agustín nos muestra que su conversión se realizó procesualmente y nos permite comprender el proceso de la conversión en la persona. La actualidad y simpleza con que Agustín describe su conversión nos resulta muy cercana, gracias a su capacidad de introspección y a la facilidad para poder comunicar el camino y los resultados de su conocimiento interior.
En LasConfesiones se describe la agonía del hombre enfrentado al drama de las contradicciones interiores, la capacidad humana de autoanálisis, el estremecimiento del descubrimiento personal, el gozo y el horror del reencuentro consigo mismo, el reto de toda persona para asumir la propia miseria y cargar con el fardo de un pasado inalterable; la gravedad del pecado, la destrucción personal y el sentimiento trágico y angustioso de la culpa; el desgarramiento profundo, abismal, que produce la decisión de cambiar la orientación de la vida; las esperanzas, temores, deseos, fuerzas, impulsos y vacilaciones del camino hacia el logro del nuevo ser; la confianza en el poder que hay en el hombre para llegar a realizar el cambio y se subraya lo que para un creyente es la búsqueda de Dios y la experiencia amorosa de entrar en íntima relación con él.
Las Confesiones es una autobiografía o memoria de Agustín que recoge aquellos recuerdos de la infancia y la juventud que se relacionan con su estado de pecado y con el esfuerzo para cambiar radicalmente de vida. Dado el género literario en que se inscribe el libro, la confesión se centra primordialmente en el reconocimiento y análisis de su pecado y en la alabanza por los dones de Dios.
Su libro y el proceso de la conversión se inscriben así, dentro de la cronología de la vida de Agustín:
Nace el 13 noviembre del 354 en Tagaste (Argelia).
En el 371 hace estudios de retórica en Cartago.
En el 373 lee el Hortensio y se hace maniqueo.
En el 374-375 termina los estudios y se vuelve profesor en Tagaste.
Del 375 al 383 es profesor en Cartago.
En el 383 va a Roma como profesor.
En el 384 es profesor de retórica en Milán.
Comienzo de la conversión.
En el 386 lee a los platónicos y a San Pablo. Se entrevista con Simpliciano. Realiza la decisión radical. Renuncia a la cátedra. Se retira a Casiciaco.
En el 387 vuelve a Milán. “Da el nombre”. Se bautiza (en la Pascua del 387). Muere su madre, Mónica, quien había tenido mucho que ver en su conversión.
En el 388, en el otoño en África, funda el primer monasterio.
Hacia el 391 es elegido sacerdote con 35 años.
En el 396 es obispo auxiliar de Hipona, África.
En el 397 muere Valerio y le sucede como obispo titular.
Del 397 al 400 escribe Las Confesiones.
Muere el 28 de agosto del 430.
El libro se denomina LasConfesiones porque en él Agustín reconoce sus pecados ante Dios y ante los demás y la misericordia que Dios ha tenido con el pecador, aun antes de que él confiese o reconozca su pecado. Por medio del ejercicio de la confesión de los pecados, el hombre intenta acercarse a Dios. Cuanto más se humilla el hombre, más se eleva; en la medida en que se reconoce creatura, se une a su Creador.
También confesar es profesar la fe ya que la fe hace “hablar confesando el pecado”; por la fe, que nos da el conocimiento de Dios, podemos llegar a bendecirlo. La fe nos da el conocimiento de Dios para que podamos invocarlo y alabarlo. La fe empuja a la alabanza y remueve del pecado.
Para Agustín la alabanza, fruto de la confesión de la fe y del pecado, es expresión del amor, que no solamente expresa el amor a Dios, sino que también es un ejercicio de amor al prójimo. Alabar a Dios ante los demás crea una corriente de confianza mutua, es un ejercicio del amor fraternal y sirve para la edificación de la vida de los que escuchan. Estas son las razones que mueven a Agustín a escribir su libro de confesiones.
Por eso podemos decir que Las Confesiones es una larga e ininterrumpida oración en la que su autor, por medio de la memoria y el autoexamen, confiesa ante Dios sus pecados y lo bendice por las obras de su misericordia. Es quizá la oración más larga de la historia, de una belleza incomparable, con una pasión arrebatada y un continuo tono de enamorado.
Dado que la obra original es una tesis1, ha sido adaptada para una lectura ágil y amena. Este libro se propone como una ayuda para el proceso de conversión de quién se acerca a la fe buscando responder radicalmente al Señor. También, se ofrece como instrumento y formación pastoral para todos los agentes pastorales que acompañan los procesos de conversión en aquellos que se acercan sedientos de Dios a la comunidad creyente.
P. Juan Bautista Duhau, MPD
Sacerdote nazareno
Mayo de 2014
1 -N del E.: La referencia de la obra original es: Burgaleta Clemos, Jesús, La conversión es un proceso (En las Confesiones de San Agustín), Salamanca, Madrid, Instituto Superior de Pastoral de la Universidad Pontificia de Salamanca, 1981. El P. José Luis Segovia, director del Instituto, escribe sobre el autor: “navarro de nacimiento y formado en el Instituto Católico de París y en la Universidad Pontificia Comillas, fue profesor del Instituto de Salamanca desde 1967-68 hasta su fallecimiento. Impartió enseñanzas siempre relacionadas con la Liturgia, la Sacramentología y los Ministerios eclesiales. Aunaba en sus clases el rigor y la pasión. Profundamente creyente, estuvo lleno de fe y de vitalidad hasta que la leucemia pudo con sus defensas. Siempre fue claro, directo y sin doblez. Ha publicado más de una veintena de libros y un sinfín de colaboraciones y artículos. Para él, la liturgia no era una serie de fórmulas sino la expresión y celebración de lo que se cree y se vive, expresión cuidada de sensibilidad y poesía y, a la vez, plena de hondura teológica y compromiso. Solía decir que la liturgia no tiene autor y es la única posibilidad plena que tienen los creyentes de expresar y vivir la fe. Apoyó la reforma litúrgica con infinidad de subsidios. Solía decir que hacía teología predicando, teología desde la comunidad, en la comunidad y para la comunidad. Escribió seis libros de homilías “celebradas·, en sus propias palabras. Nos dejó un 17 de septiembre de 2007 a los 68 años de edad. Fue un “maestro en el arte de explicar a Dios en palabras humanas” y, como señaló un obituario de un diario de tirada española, “el que enseñó a los curas a decir misa de cara al pueblo”. De algún modo vivió en su propia carne el tema que anunciaba en su tesis doctoral al hilo del proceso de maduración en la fe de san Agustín.”
1
PRIMERA PARTE
AGUSTÍN PECADOR
AGUSTÍN PECADOR
(Enraizamiento del pecado en el pecador)
La conversión es la contrapartida del pecado. Para comprender rectamente el proceso de la conversión es necesario entender qué es el pecado. Desde él todo pecador deberá emprender el camino de vuelta.
Agustín, en su libro de Las Confesiones, donde nos narra su conversión, tiene buen cuidado de confesar de qué se convierte, en qué situación se encuentra, qué es esa realidad del pecado de la que pretende salir.
El pecado es una de las situaciones humanas más complejas que puedan analizarse. En qué consiste su arraigo, sus causas, sus efectos, sus expresiones, son otros tantos aspectos que intentamos abordar a lo largo de esta parte, a fin de que podamos vislumbrar cómo la conversión no es efecto de un instante, sino un proceso delicado y difícil en el que se pone en juego la dimensión más honda de la persona.
En esta primera parte vamos a tratar el pecado desde la misma situación en que se encuentra Agustín. En lugar de analizar el pecado en abstracto, sus imágenes, las causas y los efectos, voy a partir del estado en que nos dice que se encuentra Agustín para seguir profundizando en las causas, efectos, imágenes y naturaleza del pecado. De esta manera, personalizando, encarnando el pecado en la vida de Agustín, nos adentraremos mejor en lo que supone dentro de la estructura de la persona, mostraremos su arraigo y tendremos una más clara perspectiva para poder conocer el proceso de la conversión.
I
SITUACIÓN DE PECADO DE AGUSTÍN
El libro de Las Confesiones tiene como fin reconocer ante Dios y ante los demás la realidad de pecado en que ha vivido su autor. Reconocimiento que supone un acto de fe y de amor y es, por lo tanto, una alabanza a ese Dios cuya misericordia le ha hecho reconocer el pecado y lo ha liberado de sus garras.
El estudio de los pecados de Agustín no debe cifrarse en el análisis de sus pecados concretos –que sería una simple curiosidad–, sino en el descubrimiento de su actitud de pecado, en la orientación que llevaba su vida, en sus opciones, sus motivaciones, en la raíz misma del pecado.
Si logramos descubrir esto llegaremos a penetrar en el esfuerzo que tiene que hacer para superar esta situación. De esta manera apoyaremos la tesis de que la conversión es un proceso, al menos en el caso de Agustín.
1. PECADOR EN LA INFANCIA Y LA NIÑEZ
Agustín comienza la historia de su vida pecadora con una pregunta retórica: “¿Quién me podrá recordar el pecado de mi infancia?” (L. I, c. VII).
Su pregunta no le parece inútil, ya que nadie está limpio de pecado ante Dios, porque ha sido concebido en pecado, porque los otros niños demuestran lo que cada uno es de niño y ha descubierto niños envidiosos o porque deseaba, llorando, el pecho de su madre.
Agustín se detiene en los pecados de la ‘niñez’, pues ya de esa época tiene recuerdos.
Los pecados concretos que nos narra eran pequeños, casi sin importancia: no estudiar, desobedecer los mandatos de los padres o los maestros, jugar desatendiendo los deberes, mentir, robar cosas de la alacena o la mesa, discutir, envidiar. En todos estos actos, tan veniales, descubre, sin embargo, una cierta intencionalidad muy peligrosa que luego se iría intensificando en las actitudes vitales (Cf. L. I, c. XIX).
Así reconoce que durante la niñez no se guiaba por elegir lo mejor y más conveniente, sino aquello que le resultaba más agradable; se apasionaba a las fábulas, hasta tal punto de descuidar las letras y dedicarse a la gramática y poder así leer las falsas historias.
El niño Agustín se dejaba llevar por un incontrolado viento de triunfo, de sobresalir entre sus compañeros; por una afición desmedida a los espectáculos y juegos de los mayores; ardía en deseos de ser alabado; la alabanza de los demás era el único criterio que tenía para discernir si vivía honestamente. También lo arrastraba la gula.
El punto clave del pecado, en aquel tiempo, lo pone Agustín en esto: “Mas en lo que yo ciertamente pecaba era en buscar no en Él, sino en sus criaturas, en mí mismo y en los demás los deleites, las honras, las verdades. De esta manera caía en dolores, confusiones, errores” (L. I, c. XX). De tal manera que hace este juicio final de su infancia: “De niño, yacía, miserable, en el umbral de tales costumbres..., temía más cometer un barbarismo que cuidaba de no envidiar, si lo cometía, a aquellos que lo habían evitado” (L. I, c. XIX).
2. PECADOR DURANTE LA ADOLESCENCIA
Este período que transcurre entre los catorce y los veintiocho años, es la época en que Agustín vive intensamente una vida de pecado. Durante este tiempo se arraigan los criterios falsos, se habitúa a los caminos errados, da rienda suelta a sus afectos, anda metido en la vorágine de la sexualidad, se ciega por la verdad engañosa, se entrega a la vanidad y el orgullo...
“Quiero ahora recordar las fealdades de mi vida pasada, las corrupciones carnales de mi alma (…) recordando en la amargura de una revivida memoria mis perversos caminos y malas andanzas. (…) Durante algún tiempo de mi adolescencia ardía en el deseo de saciar los más bajos apetitos y me hice como una selva de sombríos amores. Se marchitó mi hermosura y aparecí ante tus ojos como un ser podrido y sólo atento a complacerse a sí mismo y agradar a los demás (L. II, c. I).
Este es el gran período en que Agustín se hunde, encuentra el hambre de la verdad, se afilia al maniqueísmo2, se desilusiona de él, accede al escepticismo3, descubre a Platón y al fin da con la fe católica. Es una etapa apasionante, rica en matices, inabarcable, digna no sólo de la inteligencia de Agustín, sino de su calidad humana. Agustín es mucho más grande por persona que por inteligente.
Este capítulo lo dividiré en partes, según los diversos períodos de esta época.
2.1. Primera etapa de su adolescencia (de los 14 a los 18 años)
El punto culminante de esta época coincide con el despertar de la sexualidad, que acontece a los 16 años.
2.1.1. El torbellino de los afectos
Agustín describe de un modo brillante, con toda su fuerza retórica, la confusión que vivió a lo largo de esta época. Los deseos, afectos, las pasiones lo empujaban y llevaban a la deriva. Lo vemos apasionado, tanto para lo malo como para lo bueno. El despertar de su sexualidad coincide con un año que no va a clases. Esta circunstancia no ayudó a sobrellevar el fuego de sus pasiones (Cf. L. II, c. III).
Tampoco encuentra un clima propicio para serenarse en la ciudad de Cartago, a la que pasaría a estudiar un año después. Allí Agustín se encuentra con el ambiente propicio para desarrollar sus tendencias. Son muchas las imágenes que usa para descubrir el estado de ánimo que vivía en aquellos años. Sentía como un fuego. Un fuego de pasión que lo hacía arder en deseos, abrasarse, hervir, ser azotado por varas de hierro candente. Se describe a sí mismo con una imagen, cual si se hubiera pervertido, convertido en salvaje o en fiera en medio de la selva: “me hice como una selva de sombríos amores”.
Sus afectos lo sumen en la confusión, como si estuviera rodeado de niebla, o sumergido en un abismo de vapor, o sumido en la oscuridad. El símbolo del mar le sirve también para reflejar la tormenta de su vida. Como enormes olas se suceden sus afectos sin acantilados que las contengan.
Empujado por el ímpetu de las pasiones, se derrumbó. Encadenado, embotado el corazón, arrebatado y, en fin, dominado por las pasiones a las que se entregó y tienen la dirección de su vida y lo rodean, adheridas a él como una enredadera o zarza o como un nudo que lo sujeta, difícil de desatar.
2.1.2. Desbordado por el deseo de amar y ser amado
Agustín se siente fuertemente impulsado por la noble pasión del amor. “Todavía no amaba, pero amaba el amar... Buscaba qué amar, buscando el amar... Amar y ser amado era la cosa más dulce para mí” (L. III, c. I).
Este impulso impresionante de su amor no se vería libre de la tormenta que anidaba en sí mismo. Así lo reconoce cuando escribe: “Del fango de la concupiscencia carnal... se levantaban nieblas que, oscurecían y ofuscaban mi corazón, hasta no discernir la serenidad del amor del vicio de la sensualidad” (L. II, c. II).
De tal manera que, según su narración, la nota característica de vivir durante este tiempo el amor es la ‘extralimitación’: “No guardábamos compostura” (L. II, c. II). Lo cual se manifiesta en una praxis muy concreta de relación sexual fuera del matrimonio, de la que narra un caso concreto y un deseo fuertísimo de una mujer tenido durante la celebración de la comunidad cristiana.
El modo cómo Agustín vive su amor se nos revela en los criterios que lo regía a lo largo de esta etapa: dejar de adulterar y fornicar le parecían comportamientos ‘femeninos’; no concibe el amor sin la relación corporal y el amor está indisolublemente unido al ejercicio de la sexualidad. Tanto él como sus padres tenían un comportamiento que se podría resumir en esta expresión: “No podía conseguir la plena serenidad” (L. II, c. II).
2.1.3. La afición a los espectáculos teatrales
Agustín tiene una afición enorme a ellos hasta sentirse ‘arrebatado’. Una vez convertido los rechaza porque eran un incentivo para las pasiones, pues sentía complacencia en las torpezas de los amantes representadas por los actores y se gozaba con sus pecados. Además eran una locura, había que gozarse en el dolor que se fingía o representaba, y tanto mejor era la obra cuanto más llegaba al espectador y le provocaba las lágrimas. Junto a la afición del teatro también nos recuerda su entusiasmo por los juego, afición que ya tenía desde niño.
2.1.4. Falsa finalidad de sus estudios
Durante este tiempo comienza en serio su carrera de retórica y elocuencia. Lo que él nos cuenta sobre la finalidad y los estímulos para estudiar son una clara muestra de la desorientación y desviación de su vida.
La finalidad de sus estudios era adquirir elocuencia para poder engañar en el foro (Cf. L. III, c. III). A lo largo de estos estudios Agustín descubre sus actitudes: le movía el deseo de sobresalir por encima de los demás a causa de la soberbia y vanidad.
2.1.5. Sus motivaciones
Así, durante esta época, sigue la inclinación de agradarse a sí mismo. Otra de sus fuerzas motrices es el deseo de agradar a los demás. Este deseo lo lleva a jactarse ante sus amigos, hasta de actos que no había hecho o a exagerar los cometidos. El quedar bien, equipararse a otros aun en lo malo, el no ser menos, el miedo a lo que pudieran decir de él lo lleva a un determinado comportamiento. Todo esto nacía de su afán por sobresalir apoyado en la vanidad y el orgullo.
Además de estas motivaciones es necesario destacar la atracción que el mal, en cuanto mal, ejerce sobre Agustín. Hay un hecho significativo: Agustín, aun reconociendo la insignificancia del acto; le da una gran importancia por su significado, por los motivos que lo llevaron a realizar un robo, por ejemplo. Así la maldad del hurto no está en la materialidad de lo que robó, sino en el pecar por pecar, en el amor al mal, a la misma iniquidad. En esta acción no buscó el atractivo que las cosas tienen en sí mismas y por lo que se pueden apetecer, ya que él no necesitaba unas peras robadas.4
El pecado para Agustín no está sólo en pecar, contra un objeto más o menos grave, sino en la maldad del corazón que aparece en las obras por muy insignificantes que éstas sean. Por eso exclama lleno de amargura: “He aquí mi corazón, Señor,... del que tuviste misericordia cuando estaba en lo profundo del abismo. Que te diga ahora mi corazón, qué era lo que allí buscaba, para ser malo de balde... Era feo y lo amé; amé perecer, amé mi defecto” (L. II, c. IV). Cuando Agustín vislumbra este abismo de maldad que anida en el corazón humano, y en el suyo en concreto, se vuelve a Dios para alabarlo no sólo por los pecados perdonados, sino por los que pudo llegar a cometer y Dios lo libró.
2.1.6. Juicio crítico de este período
Agustín se autocritica implacablemente y hace de esta etapa un juicio muy duro que merece la pena destacar a fin de que penetremos mejor la situación en que se encuentra un verdadero pecador que quiera convertirse.
Piensa que estuvo totalmente desviado, desorientado, del camino: “Me aparté de ti y anduve errado (…) Dios mío, en mi adolescencia, descaminado en demasía de tu firmeza y convertido en tierra estéril” (Cf. L II y III). Esta desviación fue tan grande que tiene que confesar que pecó mucho. El fruto de todo este comportamiento fue la nada.
Con un acento lleno de pena y humildad testimonia esta etapa de su vida con esta expresión:
