Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
¿Qué estarías dispuesto a pagar por desvelar los secretos que esconden tus seres queridos? La esposa y la viuda es un thriller ambientado en una inquietante localidad isleña en pleno invierno, narrado desde una doble perspectiva: la de Kate, una viuda cuyo dolor se complica con lo que averigua sobre la vida secreta de su difunto esposo, y la de Abby, una habitante de la isla cuyo mundo se vuelve del revés al verse obligada a hacer frente al hecho irrefutable de que su marido es un asesino. Pero, en la isla nada es lo que parece, y solo cuando esas dos mujeres aúnen esfuerzos podrán descubrir la historia completa de los hombres de su vida. Esta novela, brillante y cautivadora, lleva al lector al borde del precipicio y le hace preguntarse si de verdad conoce a sus seres queridos.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 361
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Para Sum
John despertó sobresaltado y pensó: «Hay alguien en casa». Acababa de oír un ruido abajo, un sonido como de labios secos y cortados al separarse, y luego unos pasos sigilosos por las escaleras.
Escudriñó la oscuridad que envolvía la cama y aguzó el oído, pero, salvo por el suave murmullo de la calefacción central, la casa estaba de nuevo en silencio. Se volvió de lado y miró a su esposa, que, a la tenue luz de luna que se colaba por la ventana, presentaba un aspecto fantasmal.
«Habrá sido otra pesadilla», se dijo.
¡Crac!
El ruido venía del descansillo de la primera planta: alguien había pisado la tablilla suelta del último peldaño de la escalera. No eran imaginaciones suyas. Estaba convencido.
Incorporándose, escudriñó una vez más la oscuridad. A medida que sus ojos se adaptaban a la escasa luz, fueron apareciendo las siluetas de los objetos que poblaban el dormitorio, como en una imagen que se enfocara poco a poco. Distinguió el contorno del armario enorme sobre un fondo negro; el aparador en el que se amontonaban las joyas de su mujer, que refulgían muy levemente a la luz de la luna como decenas de ojos diminutos… Un haz finísimo de luz se derramaba, titilante, por debajo de la puerta cerrada.
Se levantó con cuidado de la cama, abrió la puerta y salió. En el pasillo había una luz nocturna de Harry Potter. La habían puesto por su hija, Mia, para que no tuviera miedo cuando iba al baño por la noche. Una polilla gorda de color marrón revoloteaba a ciegas junto a ella, rebotando en la superficie una y otra vez. John la observó un instante, hipnotizado. ¿Sería eso lo que oía?
Entonces, de entre las sombras del fondo del pasillo, salió un hombre. John quiso hablar, pero el miedo le paralizó la mandíbula. El hombre avanzó un paso más. Era alto, corpulento y llevaba la cabeza afeitada. Vestía unas zapatillas de lona blanca y una recia cazadora negra que John conocía.
—Hola, John —le susurró el hombre—. ¿Te acuerdas de mí?
—Sí… —consiguió contestar con un hilo de voz.
—¿Sabes a qué he venido?
—Sí —respondió John en voz baja—. Creo que sí.
Kate Keddie ensayaba la sonrisa delante del espejo del baño del aeropuerto. Detestaba su boca. Le sobraban varios dientes para el tamaño de su cabeza, con lo que, cuando sonreía, parecía una psicópata peligrosa. Probó a curvar suavemente las comisuras de los labios. Pretendía dar una imagen de recato y seguridad en sí misma. El resultado fue Shelley Duvall sumergida en sales de baño.
—¿Qué haces con la cara? —le preguntó Mia.
Su hija de diez años acababa de salir de uno de los cubículos e iba a lavarse las manos. Se había atado a la muñeca el cordel de un globo en forma de corazón donde ponía «BIENVENIDO A CASA» y le botaba por encima como una boya.
—Nada —contestó Kate.
—¿Cuánto falta para que llegue papá?
—Diez minutos para que aterrice. Luego el avión tiene que abandonar la pista de aterrizaje, iniciar el rodaje hasta la terminal y, cuando tu padre desembarque, tendrá que recoger el equipaje, pasar el control de aduanas… Total, unas dieciséis horas.
—¡Venga ya, mamá! —dijo Mia pisoteando el suelo de hormigón pulido con esa especie de nerviosismo que suele reservarse para el día de Navidad. Nunca había estado tanto tiempo sin su padre.
John había estado dos semanas en Londres, asistiendo a un simposio sobre investigación de cuidados paliativos, y Kate había pasado casi todo ese tiempo tachando los días en el calendario con un rotulador rojo de trazo grueso, anhelando su regreso. Confiaba en que el viejo tópico de que la ausencia aumenta el cariño se aplicara en el caso de John, pero, en su fuero interno, temía que funcionara también al revés. Había leído en algún lado que bastaban dos semanas para perder una costumbre, ¿y qué era el matrimonio sino una costumbre?
Kate cogió a su hija de la mano y salió con ella a la terminal. La sala de llegadas del aeropuerto internacional de Melbourne estaba abarrotada de gente. Las familias se reunían bajo pancartas caseras, observando atentamente las grandes puertas de cristal esmerilado que las separaban del control de aduanas. A su espalda, los chóferes con traje negro garabateaban nombres en pizarritas blancas. Aquella multitud desprendía una suerte de energía colectiva por la que, en vez de un centenar de pequeñas individualidades, parecían un todo grande cuyas partes se movían en pulsátil sincronía, como las patas de un ciempiés.
En cualquier momento, John asomaría por la puerta, tirando de su American Tourister azul, ojeroso y cansado del largo vuelo. Las vería y sonreiría feliz. No las esperaba. Se había empeñado en volver a casa en taxi y Kate le había hecho creer que le parecía estupendo, a sabiendas de que Mia y ella irían a buscarlo en coche al aeropuerto para darle una sorpresa.
Aunque estaba deseando ver a su marido, lo que ansiaba de verdad era devolverle las riendas. Se consideraba una buena madre, pero una madre nerviosa. Nunca había ejercido su papel con la aparente naturalidad de otras mujeres, del grupo de amigas de su madre, por ejemplo, o todas esas mamás tan capaces y atareadas que veía a la puerta del colegio. Kate se sentía mucho más cómoda con el respaldo de John.
—¿Crees que papá se habrá acordado de mis libras? —preguntó Mia mientras miraba fijamente la pantalla exterior de una oficina de cambio de moneda. Últimamente le había dado por coleccionar dinero de otros países.
—Se lo has recordado veinte mil veces —contestó Kate—. Dudo que tenga la desvergüenza de volver sin ellas.
—¿Cuánto queda ahora? —gruñó la niña.
—Cinco minutos. Mira el panel de llegadas. ¿Lo ves?
El vuelo QF31 de Qantas, procedente de Heathrow (vía Singapur) aterrizó en hora y sin incidencias. Se hizo entre la multitud expectante un silencio que, en cuanto salieron los primeros pasajeros, no tardó en dar paso a los gritos, las lágrimas y las risas. Algunos se arrojaban a los brazos de sus seres queridos, mientras que otros se abrían paso entre la multitud hasta los chóferes que los aguardaban o la parada de taxis situada un poco más allá.
Una mujer hermosa, con el pelo de color maíz recogido en una coleta, se derrumbó en los brazos del hombre que la esperaba; luego, olvidando por un instante dónde estaba y quién pudiera verla, lo besó apasionadamente en la boca. Muy cerca, una pareja de ancianos asiáticos agitaba la mano con frenesí para llamar la atención de un hombre que se dirigía a ellos empujando un carrito gemelar con dos niños dormidos en su interior. Kate los observó, aguardando su turno.
Le sorprendió un poco que John no hubiera sido de los primeros en salir. Siempre volaba en business y tenía acceso a colas rápidas y atención prioritaria.
Mia se puso de puntillas para explorar la multitud.
—¿Tú lo ves? —le preguntó a su madre.
—Aún no, bichito —contestó Kate.
Las dos tenían la vista clavada en las puertas de cristal, que volvieron a abrirse. Esa vez fue saliendo un grupo más reducido de pasajeros.
—¡Ya lo veo, ya lo veo! —chilló Mia, bajando el globo para orientar el mensaje hacia la puerta—. No…, espera… No es él —dijo desinflada.
La segunda oleada de pasajeros se dispersó y John seguía sin aparecer. Se cerraron las puertas de cristal, volvieron a abrirse. Salió renqueando un señor mayor, con un bastón en la mano izquierda y una Samsonite vieja y polvorienta en la derecha. El pasillo que dejaba a su espalda estaba desierto.
Kate comprobó el panel de llegadas, se aseguró de que estaban en el sitio correcto a la hora correcta y volvió a comprobarlo una vez más. La extrañeza dio paso a la preocupación.
—¿Mamá…? —dijo Mia.
—Tú sigue mirando, bichito. Habrán tardado en sacar su equipaje o le habrá tocado uno de esos agentes de aduana quisquillosos. Enseguida viene, ya verás.
Esperaron. Al final, para que no se le notara la angustia en la cara, Kate sacó el móvil y llamó a John. Le saltó directamente el buzón de voz. Volvió a intentarlo. El buzón de voz otra vez. «Se le habrá olvidado desactivar el modo avión», se dijo. Eso o se había dejado el cargador enchufado en la suite del hotel y había llegado a Australia sin batería.
Empezó a morderse las uñas.
Se abrieron las puertas de cristal. Kate inspiró agobiada. Salieron tres rezagados: una pareja de mediana edad que parecía ir discutiendo y un joven mochilero, sucio y con una maraña de rastas cayéndole por un hombro. No los esperaba nadie. Se cerraron las puertas, volvieron a abrirse. Esa vez salió despacio la tripulación, charlando con desenfado, felices de haber terminado el turno.
«¿Dónde estás, John?», pensó Kate.
Si hubiera perdido el vuelo, habría llamado, le habría mandado un mensaje de texto o un correo electrónico, ¿no? Aunque no supiera que iba a ir a recogerlo al aeropuerto, sabía que lo estaría esperando. Probó a llamarlo otra vez. Nada. Echó un vistazo a su alrededor. Se había ido casi todo el mundo, salvo un puñado de viajeros que estaban en las oficinas de alquiler de coches y un hombre con un mono gris que pasaba el aspirador por la franja de moqueta que había junto a las puertas de la terminal.
—Mamá, ¿dónde está? —preguntó Mia.
—No lo sé, bichito. Pero ya vendrá. No te preocupes, que no pasa nada.
Sin apartar la vista de las puertas de cristal, Kate cogió a Mia de la mano y se la apretó fuerte. Siguieron esperando. Pasaron cinco minutos, luego quince más.
La última vez que habían hablado había sido por Skype, la mañana en que John tenía que coger el vuelo de vuelta de Londres. Kate y Mia compartían un sillón en el salón, inclinadas sobre la pantalla del MacBook. John estaba sentado en la cama de su habitación de hotel, a diecisiete mil kilómetros de distancia. Era la típica suite, empapelada de un verde claro y con el minibar a la izquierda y la carta del servicio de habitaciones a la derecha. El pasaporte, la cartera y el móvil estaban perfectamente apilados encima de la maleta, junto a la puerta.
—¿Ya estás preparado para salir? —preguntó Kate.
—Llevo las tres cosas que todo viajero veterano debe llevar —contestó él—: tapones para los oídos, diazepam y una novela de Haruki Murakami.
—¿El diazepam es una droga? —preguntó Mia.
—Sí, cielo —contestó él—, pero de las buenas —añadió riendo. Como tenía poca cobertura y la imagen llegaba con retardo, se congeló y saltó, y la risa sonó como salida de una pesadilla.
John tenía tres años más que Kate, pero parecía cinco años más joven. Conservaba una buena mata de pelo y sus rasgos eran limpios y simétricos. Era de natural esbelto y atlético. En la pantalla, su rostro parecía tener mejor color de lo normal. A fin de cuentas, era verano en Londres.
Mia se inclinó hacia delante, poniéndose de rodillas, hasta dejar la cara a escasos centímetros de la pantalla.
—Cuando subas al avión, siéntate detrás del ala —le dijo—. Ahí estarás más seguro si se estrella.
—La clase business está al principio del todo —respondió él.
—Ajá. Pues en casi todos los accidentes aéreos las primeras once filas quedan pulverizadas.
—Mia, a tu padre le sobran esas estadísticas —comentó Kate—. Además, ¿tú cómo sabes lo que significa «pulverizadas»?
—Internet —dijo la niña encogiéndose de hombros.
—Ha vuelto a desactivar el control parental —dijo Kate—. Nuestra hija, la jáquer.
John se recostó sobre los codos y miró a su izquierda, por encima de la pantalla del portátil. Kate tuvo la sensación extraña y del todo injustificada de que no estaba solo. Lo achacó a sus paranoias.
—Quítale la búsqueda segura —contestó John al cabo de un rato y sin mucho entusiasmo. A Kate no le quedó claro si bromeaba o no—. La vida no tiene filtros, ¿por qué ponérselos a internet?
—Estupendo —dijo ella—. Esta noche podemos ver El exorcista y mañana todas las películas de Rambo.
John no rio.
—Nos empeñamos en proteger a nuestros seres queridos de determinadas verdades —dijo—, pero no sé si eso siempre es acertado, o justo. Si no hablamos de los monstruos de este mundo, no estaremos preparados para hacerles frente cuando nos salgan de debajo de la cama.
A Kate le habían dado muchísimas ganas de atravesar la pantalla con la mano y acariciarle la cara. ¿De qué monstruos hablaba?
—¿Estás bien, John? —le preguntó.
—Creo que sí —contestó él—. Creo que ya estoy preparado para volver a casa.
—¿Kate?
—Sí —contestó ella—. Kate Keddie.
—Aaah, Kate, la mujer de John. ¡Madre mía, cuánto tiempo! ¿Cómo estás?
Chatveer Sandhu era el administrativo del Trinity Health Center for Palliative Care, donde John trabajaba como médico de cabecera.
—Perdona que te moleste —le dijo Kate—, pero me está costando un poco localizar a John y he pensado que igual tú me podías echar una mano. Entiendo que ha habido cambios en su vuelo de vuelta de Londres o en su agenda y se os ha olvidado avisarme…
Se hizo un silencio incómodo y Kate tuvo que contenerse para no llenarlo. Miró a Mia, que estaba sentada en una silla de plástico junto a la cabina de información, desesperada, mohína y con los ojos empañados.
—¿Sigues ahí, Chat? —preguntó Kate.
—Sí, perdona, es que… No tengo claro lo que me estás preguntando…
—Estoy en el aeropuerto y mi marido no.
Le pareció que había sido lo bastante directa, pero, después de otro breve silencio, Chatveer dijo:
—Te paso con Holly. No cuelgues.
—¿Que me pasas…? No, Chat, solo quiero…
Demasiado tarde; ya estaba en espera. Mientras aguardaba, siguió mordiéndose las uñas. Se las mordió demasiado, hasta que le dolió.
De fondo sonaba música clásica: la inquietante Sinfonía núm. 3, de Henryk Górecki, una de las piezas favoritas de John. Una obra maestra apenas reconocida, según él. Antes de casarse, Kate pensaba que la música clásica era cosa de intelectuales pretenciosos. Ella se sentía más a gusto en compañía de Mariah Carey que de Claude Debussy. Pero, después de que John se pasara buena parte de su primera cita que si Wolfgang Amadeus esto y Ludwig lo otro, al día siguiente ella había ido a comprarse un CD doble recopilatorio con lo mejor de la música clásica y se había obligado a escucharlo. Ahora le gustaba…, o al menos eso creía.
—¿En qué puedo ayudarte, Kate? —le preguntó de pronto Holly Cutter al oído, muy seca e impaciente.
Holly Cutter era una de esas triunfadoras que dan asco. Además de la directora médica del Trinity, era enfermera, asesora espiritual, formadora médica, investigadora clínica, catedrática honoraria de la Universidad de Melbourne y consejera de la junta de la Sociedad Internacional de Cuidados Paliativos. La típica mujer de éxito.
—Hola, Holly —contestó Kate—. No sé por qué Chatveer me ha pasado contigo, pero estoy en el aeropuerto con Mia y, aunque el vuelo de John ha aterrizado, él no ha llegado. ¿Es posible que siga en el simposio o que su vuelta se haya pospuesto o demorado o…?
—No tengo ni idea, Kate —respondió Holly.
A Kate le dieron ganas de tirar el móvil bien lejos.
—En ese caso, ¿te importa volver a ponerme con Chatveer?
—Chatveer tampoco tiene ni idea.
Kate se sintió sofocada y estúpida, cabreada y pegajosa. Y Mia seguía llorando.
—No sé bien qué está pasando —dijo—, pero creo que ha habido algún problema de comunicación. John ha estado en Londres las dos últimas semanas, en un simposio sobre investigación de cuidados paliativos. Se supone que volvía a casa hoy…
—Escucha —terció Holly—, ignoro lo que sabes y lo que no, y tengo demasiado jaleo para involucrarme en este asunto, pero, si John ha asistido al simposio de investigación este año, a nosotros no nos lo ha comunicado.
—No entiendo —contestó Kate—. ¿Por qué no?
—Porque hace tres meses que no trabaja aquí.
—¡Cabrones! —dijo Abby Gilpin lo bastante alto como para espantar a los cuervos.
Se estaban dando un banquete con la basura de una semana esparcida por la calle. El cubo que su hijo adolescente había sacado a la puerta de su casa para la recogida de esa mañana, después de que ella se lo recordara unas cincuenta y siete veces, había volcado con el viento y estaba tirado de canto, con la tapa ligeramente levantada, como una boca abierta.
Algunas bolsas seguían intactas, pero los cuervos las habían reventado casi todas y dejado al descubierto un revoltillo de restos de comida, envoltorios de plástico, cáscaras de huevo, posos de café y clínex usados. Preparándose para el hedor que iba a tener que soportar, Abby enderezó el cubo y empezó a recogerlo todo. Plantó la mano sin querer en un bulto blando y húmedo que soltó de inmediato, pero ya le chorreaba por la pernera izquierda de las mallas algo fétido e imposible de identificar.
Por lo general, le importaba poco su aspecto (solía llevar mallas negras y suéteres grandes), pero recoger basura de la calle a cuatro patas le parecía indigno hasta de ella. El suelo estaba mojado. Esa mañana había azotado la isla la tormenta más fuerte de la temporada y apenas había dejado de llover desde entonces, con lo que, aunque hubiera escampado un momento, no tardaría en llover otra vez.
Dándose prisa, consiguió meter en el cubo todas las bolsas menos una. Estaba a punto de cerrar de golpe la tapa cuando reparó en algo. A través del plástico traslúcido de la bolsa, vio un par de botas de trabajo de color tostado. Con el dedo índice, agujereó el lateral de la bolsa y miró dentro.
Las botas eran de su marido, Ray, y salvo por la suela algo embarrada y algún que otro raspón estaban como nuevas. A lo mejor se había equivocado de número al comprarlas, pero le pareció raro que las tirara en vez de guardarlas para donarlas al Ejército de Salvación. Junto con las botas, hechos un higo, había un pantalón militar de Ray y una de sus camisas grises de trabajo, con «ISLAND CARE» impreso en el bolsillo de la pechera. Aún olían al detergente con perfume de limón que estaba siempre de oferta en el Buy & Bye.
Una ráfaga de viento gélido la hizo enfilar a toda velocidad el caminito de acceso a su casa y meterse en el garaje, con la ropa de su marido bajo el brazo. A oscuras, tiró fuerte del interruptor de cadena y, tras un reconfortante clic, parpadeó en el techo una hilera de fluorescentes. En aquel garaje de dos plazas tendrían que haber cabido por lo menos dos coches, pero, como casi todos los garajes, lo tenían convertido en una especie de trastero. Había torres inmensas e inestables de cajas de mudanza, contenedores de plástico, tiestos vacíos, bandas de resistencia que habían perdido su elasticidad, una máquina de musculación cubierta de telarañas, un tractor cortacésped que Ray había conseguido barato en un rastrillo hacía tres años para luego descubrir que, sorpresa sorpresa, no funcionaba…
Entre todo aquello habían hecho un amplio hueco rectangular para el vehículo de trabajo de Ray, una camioneta de cuatro puertas salpicada de barro. El único otro espacio abierto en medio de tanto trasto era el que ocupaba la mesa de trabajo de Abby, un armatoste manchado de pintura que habían encontrado en una tienda de antigüedades del continente. Por allí al fondo debía de estar la caja de la ropa usada que llevaban meses queriendo donar al Ejército de Salvación.
Camino del fondo del garaje, Abby acarició con los dedos su mesa de trabajo. Debía buscar tiempo para volver a sentarse allí cuanto antes, quizá alguna noche tranquila o durante el fin de semana, cuando los críos salían y Ray veía el fútbol. Había sido en aquella mesa donde, a base de ensayo y error y muchas escapadas a la biblioteca de Belport en busca de manuales, se había convertido en una taxidermista medio decente. Bien dobladitos sobre la mesa o en el panel portaherramientas de detrás había un delantal verde oscuro, cuchillas de escalpelo, guantes quirúrgicos, alfileres para insectos, sedal, gomas elásticas, naipes (para «acartonar» orejas), jabón de bórax (para curtir las pieles), pasta para modelar, herramientas para modelar, depresores linguales, pinzas, adhesivo instantáneo, una grapadora y una veintena de pares de ojos de cristal de diversos tamaños.
Debajo zumbaba una mininevera que contenía unas botellas de agua, un pack de seis botellines de cerveza y el siguiente espécimen de Abby: una zarigüeya que Susi Lenten había encontrado muerta al pie de los cables de alta tensión de delante de su casa. Junto a la nevera había un recipiente grande de plástico que contenía diversos productos químicos, soluciones para el curtido de pieles, agentes de decapado, luminol y bactericida.
De momento, solo había disecado ratones, ratas y aves. Los tenía en distintas estanterías de la casa, con hoyuelos y protuberancias donde no tocaba, aunque sus imperfecciones los hacían casi humanos. Por norma, solo usaba animales muertos de forma natural, con lo que no era raro que sus convecinos la llamaran cada vez que encontraban alguna criatura muerta en la carretera, en su jardín o en la playa. «Tengo una urraca en el balcón. La pobre se ha estampado contra la mosquitera. No lleva mucho muerta, pero date prisa porque no tardará en llenarse de moscas», le decían, o «Llévate esta rata de monte de mi congelador antes de que Shivaun me pida el divorcio; necesita el espacio y a mí ni se me ocurre discutir con una mujer tan embarazadísima»…
Abby no sabía por qué le gustaba la taxidermia ni se lo planteaba demasiado. Era una actividad tan desagradable como relajante que no le producía ningún beneficio económico. Los pocos animales que no se quedaba los regalaba, normalmente a personas que los aceptaban con los dientes apretados y cara de espanto. Pero aquel oficio tenía algo siniestro a la vez que maravilloso que seguía atrayéndola. «La muerte imitando la vida», se decía, y le gustaba cómo sonaba.
En una estantería polvorienta encontró por fin la caja de la ropa para donar, embutida entre una vieja manta de pícnic manchada de arena que olía a perro mojado (raro, porque no tenían perro) y una caja apilable de plástico llena de piezas de coche antiguas. Guardó el pantalón, la camisa y las botas de Ray con el resto de la ropa, apagó la luz y entró en casa.
Su hogar era una casita costera revestida de tablillas solapadas y repleta de cosas que no funcionaban: ventanas que no cerraban bien, tuberías escandalosas y tomas de corriente que chisporroteaban peligrosamente cada vez que enchufaban algo. Estaban ahorrando para hacer reformas, pero no tendrían suficiente hasta la próxima temporada, o quizá la siguiente.
Abby no tenía prisa por arreglarlo. Le encantaban todos y cada uno de los chasquidos y chirridos de aquella casa: el lamento del suelo de madera, el constante crepitar de la madera al dilatarse o contraerse, la mosquitera suelta que no paraba de portear en plena noche… No era una mujer quisquillosa, ni de esas que viven en silencio su desesperación y su temor a la vejez. No, Abby no era así. Estaba satisfecha. Era feliz.
Supo que su hijo de quince años estaba en la cocina antes de entrar siquiera; el fuerte olor a desodorante en espray Lynx lo delataba. Eddie estaba plantado delante de la encimera, con un delantal azul, picando ajo. Sería un hombre guapo algún día, en un futuro muy lejano, pero de momento pasaba con torpeza por la fase Ichabod Crane de la pubertad: era delgaducho y un archipiélago de virulento acné le forraba la frente.
No levantó la vista cuando entró Abby.
—¿Qué cenamos hoy? —preguntó ella.
—Pizza gourmet vegetariana —contestó él con seriedad, la misma que podría haber empleado para dar una charla sobre la historia de la escalera.
—Suena exquisito.
Él se encogió de hombros y limpió con pericia la hoja del cuchillo en el delantal. Frunció los ojos y empezó a rebanar champiñones con rabia, como si los castigara por algo.
—Tranquilo —le dijo Abby—. No será vegetariana si te dejas un dedo ahí dentro, ¿sabes?
Eddie no dijo nada. Estaba de mal humor, dedujo Abby, que se cogió una cerveza de la nevera mientras su marido entraba en la cocina, recién salido del baño, oliendo a limpio y con el pelo mojado tras su ducha de después del trabajo.
—¿Cerveza? —le ofreció Abby.
—Con agua me vale.
—Agua en vez de cerveza —dijo ella frunciendo los labios—. Estás desconocido.
Abby corría, pero compensaba todo ese ejercicio con una cantidad poco saludable de grasas, azúcares y alcohol. Ray, en cambio, estaba en plan sano. No, eso era quedarse corto. Ray llevaba un régimen superestricto de alimentación y ejercicio rayano en la autolesión.
Nunca había tenido sobrepeso. Como mucho había estado fuerte, pero lo llevaba bien. En cambio, últimamente su pecho tenía contornos y relieves. La piel del cuello se le adhería a una mandíbula que ella jamás le había visto tan cuadrada y un montón de músculos nuevos le rellenaban las mangas de la camiseta. Aquel endurecimiento y fortalecimiento de su cuerpo le recordaba a Abby a una excavación arqueológica. Se imaginaba apartando con una brocha la arena, la tierra y la grasa hasta que solo quedara el esqueleto.
—A mí me suena a crisis de los cuarenta —le dijo Abby. Le llenó un vaso de agua del grifo y se lo dio—. Dentro de nada te veo metiéndote las camisas por dentro de los pantalones.
Ray suspiró y ella pensó que quizá se estaba excediendo, así que lo rodeó despacio con los brazos. Al hacerlo, sintió a Ray, pero también al anti-Ray, al Ray sin corteza. Recordó de pronto que llevaban un tiempo sin tener relaciones y más aún sin que ella lo viera completamente desnudo. Las últimas veces que lo habían hecho había sido a oscuras, con las luces apagadas, después de beberse una caja entera de tinto.
Notó que Ray le rozaba los michelines con los dedos y se apartaba después. Otras mujeres menos seguras de sí mismas se habrían inquietado si sus parejas hubieran empezado a cambiar sistemáticamente su aspecto físico, pero Abby, aunque saberlo la hacía sentirse cruel y culpable, tenía claro que toda aquella obsesión con el bienestar físico no era más que una fase. El año anterior Ray había empezado a ir a clases nocturnas en el continente y se había declarado emprendedor. El anterior le dio por las franquicias. El mes siguiente probablemente empezaría a escribir aquella novela superventas de la que llevaba hablando desde que se conocían, quizá después de unas clases de piano.
Ella no tenía más que esperar a que se le pasara. Le fastidiaba pensarlo, pero no por ello era menos verdad. Lo que Ray no veía, o no quería ver, era que iba a necesitar algo más que unas horas en la cinta de correr o un semestre de clases de empresa para escapar de aquel peñasco. La isla sabía cómo atraerte, retenerte y susurrarte «Jamás te abandonaré, cariño». Abby había aprendido hacía tiempo que era más fácil entregarse que resistirse.
—¿Qué tiene de malo querer mejorar tu vida? —se oyó una voz procedente del pasillo en un tono que era como un pastelito de fresas espolvoreado de matarratas. Entró Lori haciendo sonar sus Doc Martens, vestida con una camiseta enorme de Nirvana y con una cara más larga que un día sin pan—. Por cierto, a Eddie se le ha olvidado guardar la leña y se ha empapado.
—¿Tienes los brazos de adorno o qué? —le replicó Eddie.
Lori puso los ojos en blanco. Era una chica guapa, de pelo moreno liso y rasgos que parecían expresamente seleccionados por un equipo de especialistas para que encajaran a la perfección en la forma de su cara. En torno a su decimotercer cumpleaños se había vuelto calculadora y reservada. Ya tenía dieciséis y aquello no parecía que fuese a cambiar. Aun así, Abby sabía que la pubertad era como las olas: tan pronto iban como venían. Y, si no, Lori al menos podía ser una empresaria de éxito algún día. Eso o una asesina en serie muy prolífica.
—Me parece bien que no te conformes, papá —le dijo.
—Gracias, cielo —contestó Ray.
—Me ha mirado a mí al decir «conformes» —terció Abby—. No son imaginaciones mías, ¿verdad?
Lori cruzó los brazos y dijo:
—Es que no entiendo por qué te empeñas en hacerlo sentir idiota.
—Y yo no entiendo por qué tú te empeñas en ser una borde —replicó Abby.
—No le supone esfuerzo —terció Eddie.
—Din, din, din —dijo Ray—. Fin del primer asalto. ¡A vuestros rincones!
Lori arrancó una nota adhesiva de la nevera y se la dio a su padre.
—Te ha llamado Eileen Betchkie. No me ha dicho para qué, pero se ha tirado un buen rato sin decirlo. No había forma de colgar.
—¿Eileen? —preguntó Abby—. ¿No has estado en su finca hoy?
Ray asintió con la cabeza.
—Me habré dejado alguna brizna de hierba sin cortar y querrá que vaya a arreglarlo. La llamo mañana.
Island Care era fundamentalmente un negocio de conservación centrado en el mantenimiento de las casas de veraneo desocupadas de la isla, pero, aunque Ray siempre estaba ocupado en temporada baja, no ganaba lo suficiente para salir adelante cuando volvían los turistas y, para llegar a fin de mes, aceptaba labores de mantenimiento de jardines y cortar el césped cuando podía. Odiaba trabajar para los del pueblo. A Abby le habría parecido más fácil relacionarse con conocidos, pero a Ray le resultaba un tanto humillante. Aun así, no estaban en condiciones de rechazarlo.
—Será que se siente sola —dijo Abby.
—O que le mola papá —insinuó Lori.
—Me temo que tenéis razón las dos —terció Ray.
Se sentó a la mesa y miró fijamente un taco tremendo de facturas, como si por mirarlas mucho fueran a cambiar las fechas de vencimiento.
—¿Tú podrías pillar algún turno más en el Buy & Bye? —le preguntó a Abby.
—En esta época del año, lo dudo —contestó ella. Luego, al verle la preocupación en los ojos, añadió—: Pero puedo preguntar. Saldremos adelante, ya verás.
—Siempre —dijo él—. Si hay algo que esta familia sabe hacer es sobrevivir.
—John Paul Getty III era nieto de un magnate del petróleo estadounidense —dijo Fisher Keddie, yendo de un lado a otro de la sala de interrogatorios bien iluminada de la segunda planta de la comisaría de Brighton—. Lo secuestraron en 1973 y, cuando su abuelo se negó a pagar la recompensa, los secuestradores le enviaron por correo la oreja de John Paul. ¡La oreja! —El padre de John se había empeñado en quedar con Kate en comisaría. Era un hombre bajito y corpulento, con entradas y unas gafas que parecían demasiado pequeñas para su cara. Su mirada, por lo general profunda y sesuda, parecía la de un demente—. Luego están Walter Kwok —prosiguió—, Frank Sinatra Jr… La lista es interminable. Todos hijos de hombres ricos, capturados con la intención de obtener por la fuerza la riqueza de sus familias. Eso es lo que está pasando. No puede ser otra cosa.
El policía que les estaba tomando declaración esperó pacientemente a que Fisher dejara de despotricar. Era un hombre grande que, por lo visto, se había dejado sin afeitar unos pelillos negros esa mañana. Le brotaban solitarios a modo de penacho en el carrillo izquierdo y Kate no podía dejar de mirárselos. Aunque les había dicho su nombre, ella no lo recordaba, y la chapa que llevaba en el bolsillo de la pechera estaba demasiado descolorida para leerlo.
—¿John tiene alguna cicatriz o tatuaje identificables? —preguntó el agente en cuanto pudo meter baza.
—Me parece que no me está escuchando —espetó Fisher—. Esta familia vale mucho dinero. Tendríamos que estar…, no sé…, pinchando teléfonos, preparándonos para la llamada en la que nos pidan la recompensa. Y, sí, tiene una cicatriz irregular en el antebrazo izquierdo, de cuando se cayó de un columpio a los nueve años.
—Eso no es así —intervino Kate—. Se la quitó un cirujano plástico antes de nuestra boda. Odiaba aquella cicatriz. A mí me gustaba, pero él la odiaba. Decía que parecía una alubia cocida.
El policía tecleó la respuesta con dos dedos en el ordenador y leyó la siguiente pregunta.
—¿Alguna enfermedad que pudiera hacerlo vulnerable?
—No —contestó Kate.
—¿Toma John algún medicamento por prescripción facultativa?
—¿Se imagina que fuera una mujer la que hubiera desaparecido? —preguntó Fisher sentándose con ellos a la mesa—. Ya habrían sacado los helicópteros y a los perros policía e irían de casa en casa.
—¿Tiene antecedentes de drogodependencia o alcoholismo?
—No —contestó Kate.
—¿Su marido ha manifestado alguna vez pensamientos suicidas? —preguntó el policía, más seco que una tostada sin mantequilla.
—¡Cielo santo! —exclamó Fisher—. No, por supuesto que no. John es un tío normal. Es feliz.
«¿Lo es?», se dijo Kate. La sensación de que no hablaban de su marido, sino de un desconocido, iba en aumento. Empezaba a darse cuenta de que presentar una denuncia de desaparición era muy similar a pedir un préstamo o acudir a una entrevista de trabajo: te hacían montones de preguntas y con cada una te ibas sintiendo más bobo y más ingenuo.
—¿A qué se dedica usted, señora Keddie? —preguntó el policía.
A Kate le fastidiaba aquella pregunta.
—Soy ama de casa.
—¿Tiene hijos?
—Una niña, Mia, de diez años. No me parecía bien mandarla al colegio, así que está con su abuela.
El policía vio una motita de porquería en la barra espaciadora y la limpió con un dedo bien humedecido en saliva.
—¿A su marido le gusta ser médico?
—No es médico; es especialista —lo corrigió Fisher—. Y, sí, le gusta. Lo disfruta muchísimo.
—Aun así, trabajar en cuidados paliativos debe quemar mucho. Mi mujer y yo tuvimos que meter a mi suegro en un sitio de esos el año pasado. No podíamos permitirnos el Trinity, pero supongo que serán todos más o menos igual. Se mastica la muerte, lo impregna todo. Tiene que ser muy deprimente pasar tu jornada laboral ahí metido. ¿Por eso lo dejó John?
—No lo sé —reconoció Kate, procurando que la resignación no se le notara en la voz—. No me lo dijo.
—¿No le dijo por qué se había ido?
—¡No le dijo que se había ido! —terció Fisher—. No nos lo dijo a ninguno, vamos. Nos enteramos ayer.
—¿Se lo ocultó a los dos? —preguntó el policía—. ¿Por qué cree que haría algo así?
—Ni idea —contestó Kate—. Ojalá lo supiera.
El policía se recostó en la silla.
—Hábleme de ese congreso médico.
—Es un simposio de diez días sobre investigación de cuidados paliativos. El Trinity envía a alguien todos los años. Va cambiando de sede. El año pasado fue en San Francisco; el anterior fue en Suecia, creo. John no quería ir, pero falló alguien a última hora y no le quedó otro remedio.
—¿A última hora?
—Se enteró unos días antes de irse.
—Pero usted tiene motivos para creer que no ha ido a ese congreso.
—He llamado al hotel donde se celebraba. En teoría, John se alojaba allí, pero no había rastro de él en los registros. Me he puesto en contacto con la compañía aérea. Los datos que me dio sobre el vuelo eran correctos, pero él no subió a ningún avión. Por lo visto, ni siquiera compró un billete.
—¿Tiene idea de dónde ha podido estar su marido las dos últimas semanas?
—No —contestó ella.
La pregunta verdaderamente importante era dónde había estado John los últimos tres meses. La inundaron las náuseas. Se sintió descompensada: tenía unas partes del cuerpo entumecidas y otras doloridas. Se notaba una opresión en el pecho. Oscilaba sin control entre el temor por su marido y la rabia que le daba, entre preguntarse dónde estaba y dónde había estado. Si no iba a trabajar todos los días con las camisas limpias que Kate le planchaba y le dejaba preparadas, ¿adónde iba? ¿A qué dedicaba el día? ¿Con quién estaba?
—¿Ha contactado con su marido desde que se fue?
—Hemos hablado por Skype cada dos días.
—¿Y le parecía que llamaba desde Londres?
—Daba la impresión de que llamaba desde una habitación de hotel. No se veía el Big Ben al fondo, pero yo no tenía motivos para dudar de que estuviera en Londres.
—Al hablar con él, ¿tuvo en algún momento la sensación de que algo iba mal?
«Si no hablamos de los monstruos de este mundo, no estaremos preparados para hacerles frente cuando nos salgan de debajo de la cama», le susurró la voz de John.
—Lo vi nostálgico, como si nos echara de menos —contestó Kate—. Me dijo que estaba deseando que acabara su viaje.
—¿Algo más?
—¿Como qué?
El policía se encogió de hombros con excesivo desenfado.
—¿Lo notó raro? ¿Ausente? ¿Detectó algo inusual en su conducta? Esas cosas que una esposa siempre percibe… —Fisher resopló con desdén y, levantándose, suspiró exageradamente. Se acercó a la ventana. Cerró fuerte los ojos para protegerse de un haz de sol polvoriento y meneó la cabeza. El policía lo observó un instante—. ¿Tiene algo que añadir, señor Keddie?
—Kate no es de las que… —No terminó la frase—. Olvídelo, no es nada —dijo con un manotazo al aire.
—¿De las que qué? —quiso saber ella.
La miró y luego agachó la cabeza.
—No eres de las que «perciben» esas cosas, Kate. Si lo hubieran estado coaccionando o amenazando de algún modo, él te habría hecho…, no sé…, alguna seña cómplice o algo así.
—No hubo nada de eso.
—Pero ¿estás segura? Porque… no te ofendas, Kate, pero tú puedes ser ambigua de cojones. Pasiva hasta rozar la invisibilidad. Joder, necesito un cigarrillo. Me revienta que no se pueda fumar aquí.
Kate apretó mucho los labios y procuró ignorarlo. Estaba preocupado por su hijo y proyectaba su angustia en ella. Pero sus palabras se le quedaron grabadas: «Pasiva hasta rozar la invisibilidad». ¿No era así como le gustaba a John?
El policía carraspeó impaciente y preguntó:
—¿Su marido o usted tienen alguna autocaravana, cabaña, casa de veraneo, inmueble de alquiler desocupado o algo por el estilo?
—Tenemos una casa de veraneo en Belport Island —contestó ella, notándose los ojos de Fisher en la nuca—, pero John no iría allí. No le gusta la isla.
—¿Y por qué compraron una casa allí si a su marido no le gusta la isla?
—No la compramos —contestó ella—. La casa fue un regalo de boda de los padres de John.
—Pasábamos los veranos allí cuando John era un crío —espetó Fisher.
El policía se recostó de nuevo en la maltrecha silla de oficina y silbó.
—¡Caray! A mí por mi boda solo me regalaron una fuente de loza y un par de tostadoras.
Ni a Kate ni a Fisher les hizo mucha gracia el comentario; al menos en eso estaban de acuerdo.
—¿Sospecha que alguien haya podido secuestrar o hacer daño a su marido?
—La verdad es que no… —contestó ella.
—¿Se le ocurre alguien que pudiera querer hacerle daño? ¿Tiene enemigos? ¿Alguien con quien no se lleve bien?
Fisher inspiró hondo, dispuesto a despotricar otra vez, pero el policía levantó una mano para silenciarlo.
—Se lo pregunto a la señora Keddie —dijo y, volviéndose hacia Kate, aguardó su respuesta.
—No —respondió ella—. Todo el mundo adora a John. Es muy cariñoso, encantador. Es esa persona con la que todos se quieren sentar en una cena.
—Entonces, ¿piensa que es más probable que se fuera por su cuenta?
—Mi hijo no se iría sin decírselo a nadie —espetó Fisher—. No le haría eso a Mia.
—¡Ni a mí! —repuso Kate.
Fisher no dijo nada. El resplandor azul del monitor se reflejó en los ojos del policía.
—¿Cómo calificaría su matrimonio? —le preguntó a Kate.
—¿Cómo lo calificaría?
—¿Lo considera satisfactorio? —la orientó.
Ella fue a decir algo, pero de pronto se le secó la garganta. Antes, cuando pensaba en su matrimonio, veía una casa imponente y una finca inmensa en lo alto de un acantilado. Ahora veía la misma casa, sujeta con tocones huecos, medio podrida e infestada de termitas, cada vez más inclinada sobre el borde del acantilado.
—Feliz —contestó—. Calificaría nuestro matrimonio de feliz.
«Otra vez esa palabra», se dijo y echó mano de la bolsa de gimnasio que tenía entre los pies. La subió a la mesa y abrió la cremallera. El policía enarcó una ceja.
—¿Qué hay en esa bolsa?
—He leído en internet que querrían confiscar los equipos electrónicos de John y extraer muestras de su ADN. He traído su iPad, su cepillo de dientes, su peine y un par de cuchillas de afeitar viejas que he encontrado en el armarito del lavabo. No sé cómo funciona el ADN, pero igual pueden sacar algo de aquí. Me he puesto guantes para guardarlo todo en la bolsa.
El policía ladeó la cabeza y juntó los labios como si fuera a decir «¡Ay, qué detalle!».
—Si esos objetos fueran necesarios, ya se lo comunicarán. De momento, quédeselos usted.
Kate volvió a cerrar la cremallera, sintiéndose estúpida. Escondió las manos debajo de la mesa y se clavó las uñas en las rodillas.
—¿Y ahora qué? —preguntó Fisher—. ¿Van a activar una alerta de desaparición?
—Ese tipo de alertas solo se usan con niños desaparecidos —contestó el policía—. Este informe se introducirá en el sistema, se distribuirá y se cotejará con los de ambulancias y hospitales.
—¿Y ya está?
—Por lo que me ha contado, no hay indicio de dolo. En términos generales, un cónyuge ausente que no haya cometido un delito o un adulto que simplemente no da señales de vida durante un tiempo suele considerarse de bajo riesgo.
—¿De bajo riesgo? —espetó Fisher—. ¿De bajo riesgo? ¡Es mi hijo!
—Fisher, por favor —le dijo Kate—. Perder los nervios no ayuda.
—Quedarse sentado esperando tampoco.
—Miren —dijo el policía—, en la mayoría de los casos de este tipo, la persona desaparecida aparece por su cuenta al cabo de uno o dos días. Entretanto, hablen con amigos y familiares, averigüen si alguien ha tenido noticias suyas, pregunten en los sitios donde solía refugiarse, como el gimnasio o la taberna del barrio… Pero yo, en su lugar, empezaría por investigar por qué dejó su trabajo.
El Trinity Health Centre for Palliative Care era un edificio extenso con fachada de cristal, rodeado de jardines autóctonos y tapiado por un seto alto y bien cuidado que lo aislaba del ruido de la ciudad. Era un sitio tranquilo, solía decir John, a pesar de toda la gente que iba allí a morir, o precisamente por eso. A Kate no le parecía tan tranquilo. En el mejor de los casos, le producía escalofríos; en el peor, como ese día, le resultaba perturbador.
No le había dicho a Fisher que iba a ir allí. Se habría empeñado en acompañarla y Kate no sabía cuánto más podía estar con él sin volarse la tapa de los sesos.
Dejó el Lexus al fondo del aparcamiento, junto a una pequeña yurta de madera sobre cuya puerta se había impreso «SALA DE ORACIÓN». La yurta se comunicaba con el edificio principal mediante un túnel de cristal. Kate lo enfiló hasta una amplia zona de recepción pintada en azules y verdes pastel y decorada con elementos inofensivos e introspectivos. En medio del vestíbulo había una fuente de agua burbujeante de estilo japonés. A veces se preguntaba adónde iban a morir los pobres, porque seguro que no podían permitirse un sitio así.
