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«Hace años desapareció una niña llamada Sammy Went. Esa niña eres tú.» Kim Leamy es profesora de fotografía en Melbourne. Durante una pausa entre clase y clase se le acerca un desconocido que está buscando a una niña pequeña desaparecida de su casa veintiocho años atrás. Cree que Kim es esa niña. Al principio Kim no da importancia al encuentro, pero, cuando empieza a rascar la superficie de su historia familiar en Australia, se encuentra con preguntas sin respuesta. Para descubrir la verdad deberá viajar a la ciudad natal de Sammy, Manson, en Kentucky, y bucear en un oscuro pasado. A medida que se va despejando el misterio de la desaparición de Sammy y los secretos de Manson salen a la luz, esta soberbia novela avanza hacia un final electrizante. Con el talento para el suspense de Gillian Flynn y la imaginación de Stephen King, «La niña de ninguna parte» es una novela explosiva sobre traumas, sectas, conspiraciones y las trampas de la memoria.
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Seitenzahl: 435
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Melbourne, Australia
Manson, Kentucky
Melbourne, Australia
Manson, Kentucky
Melbourne, Australia
Manson, Kentucky
Melbourne, Australia
Manson, Kentucky
Hartford County, Connecticut
Manson, Kentucky
En algún lugar de Pensilvania
Manson, Kentucky
Martha, Virginia Occidental
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Redwater, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
Manson, Kentucky
En algún lugar sobre el océano Pacífico
Nota del autor
Agradecimientos
Créditos
A mis padres, Ivan y Keera White
—¿Te importa si me siento? —preguntó el desconocido.
Tenía cuarenta y tantos años, era atractivo, de aspecto tímido y hablaba con acento americano. Llevaba un anorak brillante por el agua y deportivas amarillo chillón. Debían de ser nuevas, porque chirriaban cuando movía los pies. Se sentó a mi mesa sin esperar contestación y dijo:
—Eres Kimberly Leamy, ¿verdad?
Yo estaba en un descanso entre clase y clase en la escuela Northampton Community TAFE, donde enseñaba Diseño y Fotografía tres noches a la semana. Por lo general la cafetería estaba a rebosar de alumnos, pero aquella noche se había quedado desierta y tenía un aire fantasmal, posapocalíptico. Llevaba casi seis días lloviendo sin parar, pero los dobles cristales aislaban el ruido.
—Kim a secas —dije, un poco irritada.
Faltaba poco para que se me terminara el descanso y había estado disfrutando de la soledad. A principios de semana había visto un ejemplar muy gastado de Cementerio de animales, de Stephen King, calzando la pata de una mesa de la sala de profesores y desde entonces me había dedicado a leerlo casi sin interrupción.
Siempre he sido una gran lectora y el terror es mi género favorito. Mi hermana pequeña, Amy, a menudo me miraba exasperada terminar tres libros en el mismo tiempo que le llevaba a ella leer uno.
La clave de leer rápido es tener una vida aburrida, le dije en una ocasión. Amy tenía novio y una hija de tres años. Yo tenía a Stephen King.
—Me llamo James Finn —dijo el hombre.
Dejó una carpeta marrón en la mesa, entre los dos, y cerró los ojos un momento, como un nadador olímpico que se prepara mentalmente para tirarse al agua.
—¿Eres alumno o profesor? —le pregunté.
—En realidad ninguna de las dos cosas.
Abrió la carpeta, sacó una fotografía de veinte por veinticinco y la deslizó por la mesa hacia mí. Había algo mecánico en su forma de moverse. Cada gesto era calculado y seguro.
La fotografía era de una niña pequeña sentada en un césped verde y tupido. Tenía dos o tres años, ojos azul intenso y pelo oscuro enmarañado. Sonreía, pero con desgana, como si estuviera harta de que la fotografiaran.
—¿Te suena de algo? —preguntó el hombre.
—No, me parece que no. ¿Debería?
—¿Te importaría mirar otra vez?
Se reclinó en el respaldo de la silla y entrecerró los ojos, evaluando atento mi reacción. Para complacerle, volví a mirar la foto. Los ojos azules, la cara desdibujada por el exceso de luz, la sonrisa que no era en realidad una sonrisa. Quizá ahora sí me sonaba.
—No sé, lo siento. ¿Quién es?
—Se llama Sammy Went. Esta fotografía es de cuando cumplió dos años. Tres días después desapareció.
—¿Qué quieres decir?
—Se la llevaron de su casa en Manson, Kentucky. De su dormitorio de la segunda planta. La policía no encontró indicios de allanamiento. No hubo testigos, ni una carta pidiendo rescate. Desapareció sin más.
—Ah, me parece que a quien buscas es a Edna Olson. Es profesora de Criminología. Yo soy del departamento de Arte, pero a Edna le vuelve loca todo eso de los crímenes de la vida real.
—He venido a verte a ti —dijo, y carraspeó antes de seguir—. Hay quien piensa que se adentró en el bosque y se la llevó un coyote o un puma, pero ¿cuánto puede adentrarse en un bosque una niña de dos años? Lo más probable es que a Sammy la raptaran.
—… Vale. Así que eres investigador.
—En realidad soy contable. —Exhaló despacio y olí hierbabuena en su aliento—. Pero crecí en Manson y conocí bastante bien a la familia Went.
Faltaban cinco minutos para que empezara mi clase, así que consulté mi reloj sin disimulo.
—Siento mucho lo de esta niña, pero me temo que tengo clase. Por supuesto me encantará ayudar. ¿Qué donativo tenías pensado?
—¿Donativo?
—¿No estás recaudando dinero para la familia? ¿No es lo que buscas?
—No necesito tu dinero —dijo con frialdad. Me miró con curiosidad, arrugando la cara—. Estoy aquí porque creo… que estás relacionada con todo esto.
—¿Relacionada con el rapto de una niña de dos años? —reí—. No me digas que has venido desde Estados Unidos para acusarme de secuestro.
—No me estás entendiendo —dijo—. Esta niñita desapareció el 3 de abril de 1990. Lleva desaparecida veintiocho años. No creo que secuestraras a Sammy Went. Creo que eres Sammy Went.
En mi clase de Fotografía había diecisiete alumnos, una mezcla de edades, razas y géneros. En un extremo del espectro estaba Lucy Cho; tan recién salida del instituto que todavía se ponía una sudadera de capucha con las palabras Instituto Mornington estampadas en la espalda. En el extremo opuesto se encontraba Murray Palfrey, un jubilado de setenta y cuatro años con mucho tiempo libre que tenía la costumbre de hacer crujir los nudillos cada vez que levantaba la mano.
Era noche de presentación de porfolios, cuando los alumnos salían al frente de la clase para enseñar y comentar las fotografías que habían hecho durante el semestre. La mayoría de las presentaciones eran anodinas. La mayoría eran técnicamente correctas, lo que significaba que algo estaba haciendo bien yo, pero el tema elegido era en gran medida el mismo que el de las presentaciones del año anterior y del anterior a ese. Vi el mismo grafiti en la misma pared cuarteada de ladrillo que el semestre pasado; la misma cabaña ahogada en enredaderas en los jardines Carlton; la misma tormenta oscura y tétrica vertiendo agua marrón en el río Egan.
Pasé casi toda la clase con el piloto automático puesto.
Mi encuentro con el contable estadounidense me había dejado inquieta. No porque creyera lo que había dicho, sino porque no me lo creía en absoluto. Vamos a dejar una cosa clara. Mi madre, Carol Leamy, era muchas cosas —y digo «era» porque lleva muerta cuatro años—, pero no una secuestradora de niños. Bastaba con pasar un minuto con ella para saber que era incapaz de tener un secreto, y mucho menos si ese secreto era el secuestro internacional de una niña.
James Finn se equivocaba respecto a mí y estaba bastante segura de que nunca encontraría a esa niñita, pero me había recordado una verdad incómoda: que el control es una ilusión. Los padres de Sammy Went lo habían aprendido por las malas, con la pérdida de una hija. Yo también, con la muerte de mi madre. Se fue, hasta cierto punto, de repente: yo tenía veinticuatro cuando le diagnosticaron un cáncer y veintiséis cuando la mató.
Tal y como yo lo veo, las personas que pasan por algo así salen diciendo una de estas dos cosas: «Todo ocurre por una razón» o «Vivimos en un mundo caótico». Hay variantes, claro: «Los caminos del Señor son inescrutables» y «La vida es una mierda». Yo era de los que piensan esto último. Mi madre ni fumaba ni se pasó la vida trabajando en una fábrica textil. Se alimentaba bien, hacía ejercicio y, al final, nada de eso contó.
Así que el control es una ilusión.
Cuando me di cuenta de que me había pasado las presentaciones de porfolios soñando despierta, me terminé el café, ya frío, e intenté concentrarme.
Le tocaba a Simon Daumier-Smith enseñar su trabajo. Simon era un chico tímido, callado, de veintipocos años, que casi siempre se estaba mirando los pies. Cuando levantaba la vista, un ojo vago nadaba detrás de sus gafas igual que un pez.
Estuvo unos minutos colocando con torpeza una serie de fotografías de veinte por veinticinco en los caballetes expositores que había en la parte delantera del aula. Los alumnos empezaban a impacientarse, así que le pedí a Simon que nos hablara de la serie mientras la preparaba.
—Eh… sí, claro… Vale. —dijo peleándose con una de las fotografías. Se le escapó de la mano y la persiguió por el suelo—. Pues sabía que teníamos que buscar… esto… yuxtaposiciones y… no estoy completamente seguro de… bueno, de haber comprendido lo que es eso. —Colocó la última fotografía en el caballete y dio un paso atrás para que el resto de clase pudiera ver su trabajo—. Supongo que puede decirse que esta serie es una yuxtaposición de fealdad y belleza.
Para mi total y absoluta sorpresa, la serie de fotografías de Simon Daumier-Smith era… extraordinaria.
Había seis en total, todas con enfoque idéntico. Debía de haber sujetado la cámara con un trípode y sacado una fotografía cada pocas horas. La composición era desnuda y sencilla: una cama, una mujer y su hijo. La mujer tenía la edad de Simon, y una cara picada pero bonita. El niño tendría unos tres años, mejillas artificialmente sonrosadas y el ceño enfermo y fruncido.
—Las hice todas la misma noche —explicó Simon—. Son mi mujer, Joanie, y nuestra hija, Simone. No la llamamos así por mí, por cierto. Mucha gente cree que le pusimos mi nombre, pero la abuela de Joanie se llamaba Simone.
—Cuéntanos más cosas de la serie, Simon —dije.
—Vale, pues… Simone no durmió en toda la noche por la tos ferina y… bueno, estaba muy agitada, así que Joanie la metió en la cama.
La primera fotografía mostraba a la madre acostada con la niña acurrucada contra su cuerpo. En la segunda, la niña estaba despierta y llorando, intentando apartarse de su madre. En la tercera daba la impresión de que la mujer de Simon se estaba hartando de que le sacaran fotos. Las fotos siguientes daban la misma impresión hasta llegar a la sexta, que mostraba a madre e hija durmiendo a pierna suelta.
—¿Dónde está la fealdad? —pregunté.
—Bueno… en esta, la pequeña Simone, esto… la niña retratada, babea. Y por supuesto en la foto no se ve, pero en esta mi mujer roncaba muchísimo.
—No veo fealdad —dije—. Veo algo… corriente. Pero hermoso.
Simon Daumier-Smith no llegaría a ser fotógrafo profesional, de eso estaba casi segura. Pero con esa serie de fotografías que llevaban el sencillo título de Niña enferma había creado algo genuino y real.
—¿Se encuentra usted bien, señora Leamy? —preguntó.
—Llámame Kim —le recordé—. Y estoy perfectamente. ¿Por qué lo preguntas?
—Bueno, porque… está llorando.
Pasaban las diez cuando volví a casa en coche por el paisaje gris de Coburg. La lluvia caía en una cortina gruesa y torrencial sobre el techo del Subaru. Diez minutos después estaba en casa. Aparqué y corrí bajo la lluvia hacia el edificio donde estaba mi apartamento, con el bolso encima de la cabeza a modo de paraguas.
En el rellano del tercer piso había un intenso a olor a ajo y a especias; el aroma extrañamente reconfortante de vecinos a los que nunca había visto. Mientras me dirigía hacia mi puerta, Georgia Evvie, mi vecina de enfrente, asomó la cabeza.
—Kimberly, me imaginaba que serías tú. —Era una mujer gruesa de sesenta y pocos años, con ojos cansados e inyectados en sangre. Georgia la Gorda, había oído llamarla a un vecino a sus espaldas—. He oído el ascensor, he mirado la hora y pensado: ¿quién más llega a casa casi a medianoche?
Eran las diez y media.
—Lo siento, señora Evvie. ¿La he despertado?
—Uy, qué va, soy un búho. Claro que Bill se acuesta a las nueve, así que es posible que sí te haya oído, pero no se ha quejado. —Agitó una mano como quitándole importancia—. Y si se hubiera quejado le habría recordado que eres joven. Los jóvenes hoy en día trasnochan mucho, al parecer incluso entre semana.
—Ya....
Nadie había visto nunca al marido de Georgia y había pocas pruebas de su existencia. Claro que podía estar sepultado bajo la porquería que acumulaba su mujer. Por las veces que lo había entrevisto cuando Georgia salía a la puerta, sabía que el 3º E estaba atestado de torres inclinadas de basura: libros, facturas y cajas llenas hasta arriba. La única ventana que veía desde el descansillo estaba tapada con periódicos y, aunque no los había visto, estaba convencida de que flotando en aquel caos había uno o dos gorros de papel de aluminio.
—Pues, visto que estás despierta… —empezó a decir. Georgia estaba a punto de invitarse a mi casa a tomar una copa. Yo lo único que quería era subir la calefacción, tumbarme en el sofá con Stephen King y escuchar los sonidos reconfortantes, predecibles de mi apartamento: el ronroneo de la nevera, el susurro de los conductos de climatización, el suave zumbido del cargador de mi portátil…—. ¿Y si nos tomamos una copa?
Con un suspiro dije:
—Claro.
Desde la muerte de mi madre me resulta casi imposible decir no a una mujer solitaria.
Mi apartamento de un dormitorio estaba poco amueblado, lo que lo hacía parecer gigantesco. Incluso Georgia la Gorda parecía pequeña sentada en la butaca verde junto a la ventana manchada de lluvia del cuarto de estar, quitándose hebras de su pantalón de chándal y dejándolas caer en mi suelo de madera.
Cogí una botella de vino de la cocina y nos serví una copa a cada una. Lo bueno de tener a Georgia en casa es que no tenía que beber sola.
—¿Qué crees tú que se cuece ahí arriba, Kim?
—¿Dónde?
—¿Dónde va a ser? En el 3º C. Los oigo hablar todo el día en iraqués, o lo que sea.
—Ah. Los del 3º C. Huele a algún plato con curri.
Me rugió el estómago. Había buscado algo de comer en la cocina y encontrado solo condimentos. Tendría que contentarme con el vino.
—No hablo de cocina. —Georgia bajó la voz hasta que fue un susurro—. Hablo de lo que planean.
Georgia estaba convencida de que los inquilinos del 3º C eran terroristas basándose en dos cosas: eran de Oriente Medio y en su buzón figuraba el nombre de Mohamed. Le había explicado varias veces que no todas las personas de piel morena eran terroristas, pero que, en todo caso, dudaba de que Coburg, Australia, fuera un objetivo interesante para un posible atentado. Pero Georgia se limitaba a negar con la cabeza con expresión seria y a decir: «Ya lo verás».
—¿Cómo es que vuelves tan tarde, Kim? Supongo que has estado de fiesta.
—Trabajo por las noches, señora Evvie. Lo sabe.
Sorbió su vino y el sabor le hizo arrugar el ceño.
—No sé cómo podéis aguantar ese ritmo los jóvenes. Por ahí a todas horas haciendo Dios sabe qué.
Me apresuré a terminarme el vino y a servirme otra copa, diciéndome que esta vez daría sorbos más espaciados y contemplativos. Quería cogerme una borrachera leve, brumosa, que me ayudara a dormir.
—Hoy me ha pasado una cosa muy rara, señora Evvie —dije—. Se me acercó un hombre en el trabajo.
—Menos mal —dijo, sirviéndose más vino—. Ya era hora, Kim. Las mujeres tenemos solo unos años para cazar a un hombre. Entre los quince y los veinticinco. Luego se acabó. Yo tenía diecisiete cuando conocí a Bill y dieciocho cuando me casé con él.
Encontró un mando a distancia encajado entre los cojines verdes de la butaca y encendió la televisión. Con todas sus manías persecutorias y su racismo ocasional, lo que en realidad buscaba era compañía.
Me acurruqué en el sofá vecino y abrí el portátil mientras ella pasaba de un canal a otro a todo volumen.
Mi intención había sido navegar un rato por internet, quizá espiar a un amigo del instituto o hacer limpieza de correos electrónicos, pero me pudo la curiosidad. Cuando abrí una pestaña nueva y busqué «Sammy Went + Manson», fue como si mis dedos actuaran por su cuenta. Me recordó a la manera en que había manipulado James Finn aquella carpeta marrón.
El primer vínculo me llevó a un artículo de periódico del 7 de abril de 1990. El artículo había sido escaneado con arrugas y borrones de tinta incluidos. Las palabras se empastaban unas con otras, haciéndome sentir como un investigador a la antigua usanza revisando material microfilmado.
LA POLICÍA BUSCA A UNA NIÑA DESAPARECIDA
La búsqueda de una niña de dos años desaparecida en las inmediaciones de Manson continuó el viernes con voluntarios y agentes del orden.
Sammy Went, de Manson, desapareció de su casa el martes por la tarde y su búsqueda en la ciudad y los alrededores no ha dado ningún resultado.
«Confiamos en encontrar a Sammy y devolverla a su casa sana y salva», declaró el sheriff Chester Ellis. «En este momento trabajamos sobre el supuesto de que se trata de una operación de rescate.»
La policía no cree que la desaparición de la niña sea resultado de una acción delictiva, pero no quiso descartar ninguna hipótesis.
Cientos de habitantes de Manson peinaron el viernes la extensa zona boscosa que rodea la casa de los Went.
La voluntaria Karen Peady, residente en Manson desde hace muchos años, expresó así sus temores: «Las noches son frías y por esta zona hay muchos animales salvajes, pero lo que más miedo me da es que haya podido llevársela un hombre. Es tentador pensar que los males de la América moderna no han llegado todavía aquí a Manson, pero hay mucho enfermo por ahí suelto, incluso en una ciudad pequeña como esta».
La última vez que se vio a Sammy llevaba camiseta amarilla de manga larga y un pantalón corto de pijama color azul. La policía agradece cualquier información que sea de ayuda para la investigación.
El artículo iba acompañado de la misma fotografía que me había enseñado James Finn, solo que en blanco y negro. Los ojos azul intenso de Sammy eran aquí oscuros y su cara con exceso de luz era muy blanca y casi sin facciones.
Una nueva búsqueda me condujo a una fotografía de Jack y Molly Went, los padres de Sammy. Se había hecho en los días inmediatamente siguientes a la desaparición y los mostraba en los escalones de entrada a la comisaría de Manson.
Parecían desesperadamente cansados, con las caras tensas y el miedo grabado en los ojos. En concreto Molly Went parecía víctima de un daño irreparable, como si su alma hubiera abandonado su cuerpo y este funcionara en modo piloto automático. Tenía la boca torcida con una mueca tan rígida que le daba aspecto de trastornada.
Estudié sus facciones en la pantalla y las comparé con las mías. Teníamos la misma nariz larga y angulosa y los mismos párpados caídos. Parecía mucho más baja que yo; en cambio Jack Went debía de medir más de un metro ochenta. Cuanto más los miraba, más me veía en ambos: en las orejas pequeñas y pálidas de Jack Went, en la postura de Molly Went, en las anchas espaldas de Jack, en el mentón afilado de Molly. Un poco de ADN de la columna A y otro poco de la B.
Por supuesto, eso no significaba nada. Sentía lo mismo cuando leía el horóscopo; los horóscopos están pensados para que el lector lea lo que quiere leer.
¿Quiero verme en Jack y Molly Went?, me pregunté. La pregunta me sorprendió y pronto me bulleron otras en la cabeza. ¿Acaso los ojos de Sammy no eran del mismo azul intenso que los míos? ¿No podían esas piernas gordezuelas haberse transformado en los largos palillos que tenía yo? Y si Sammy estuviera viva, ¿no tendría más o menos mi edad?
¿Seguían Jack y Molly Went esperando respuestas? Cada llamada de teléfono, cada golpe en la puerta ¿los llenaría de esperanza, de miedo o de una mezcla de ambas cosas? ¿Verían la cara de Sammy en cada mujer con la que se cruzaban por la calle o habían encontrado la manera de seguir adelante con sus vidas?
La mayor pregunta de todas atravesó mis pensamientos como una esquirla de cristal: ¿De verdad podía Carol Leamy, una mujer que se había formado como trabajadora social y pasado casi toda su vida laboral como responsable de recursos humanos en una empresa que vendía y fabricaba alcayatas, ser capaz de…?
Me abstuve de ir más allá. Las implicaciones eran demasiado graves y, a decir verdad, demasiado absurdas.
Unos fuertes ronquidos me arrancaron del ordenador. Georgia se había quedado dormida en la butaca verde con la copa de vino en precario equilibrio entre los dedos pulgar e índice. Le quité el vino, apagué el televisor y le tapé las piernas con una manta roja esponjosa. Si ocurría lo que otras veces, seguiría dormida unas cuantas horas. Alrededor de las tres de la mañana se despertaría e iría al baño, antes de volver a su casa dando traspiés.
La dejé donde estaba, me fui al dormitorio y me metí en la cama. Cuando me dormí, soñé con un hombre alto hecho por completo de sombras. El hombre de sombras aparecía en la ventana de mi habitación y me cogía con unos brazos imposiblemente largos. Me llevaba por un camino de tierra largo y estrecho flanqueado por altos árboles.
El martes 3 de abril de 1990 Jack Went vació la vejiga en el cuarto de baño del piso de arriba. Su mujer estaba en la ducha, a unos metros de él. Verla a través del cristal opaco le resultó extrañamente oportuno. La forma imprecisa de la mujer que había conocido en otro tiempo. Sí, eso debía ser.
Molly cerró el grifo, pero siguió detrás de la mampara.
—¿Has terminado, Jack?
—Ahora mismo. —Se lavó las manos—. No entiendo por qué te escondes. No tienes nada que no haya visto ya antes.
—Da igual. Espero. —Molly se quedó detrás de la mampara con los hombros encorvados. Su postura le recordó a Jack a algo de sus libros sobre la Segunda Guerra Mundial: un superviviente del Holocausto con el ánimo quebrantado, o una muchacha aldeana en un prado cubierto de cadáveres.
Las ropas que iba a ponerse aquel día estaban colgadas detrás de la puerta del baño: un suéter rosa pastel de manga larga y una gruesa falda vaquera que terminaba unos centímetros por encima del tobillo. Estilo chic pentecostal.
Hubo un tiempo, antes de que naciera Sammy, en que Molly había sido cálida y tangible, pero en los últimos tiempos parecía haberse diluido. Más que habitar la casa, daba la impresión de deambular por ella. En ese sentido era una mujer fuera de lo corriente: a pesar de que la farmacia familiar marchaba lo bastante bien para que no necesitara trabajar, a pesar de tener tres hijos preciosos y el consuelo de su fe, siempre conseguía encontrar motivos para estar triste.
Molly abrió dos centímetros la mampara de la ducha para asomarse. Tenía la carne de los hombros de gallina.
—Venga, cariño, me estoy quedando helada.
—Ya voy, ya voy —dijo Jack. Después salió al pasillo y cerró la puerta detrás de él.
Encontró a dos de sus hijos en el piso de abajo, delante del televisor, absortos en un episodio de Las tortugas ninja. Ninguno le dio los buenos días. Stu, un niño regordete de nueve años, se estaba recuperando de un resfriado. Estaba sentado con una manta de lana y una caja de pañuelos de papel mirando la pantalla con los ojos como platos y la boca floja.
—¿Te encuentras mejor, campeón? —preguntó Jack mientras le ponía el dorso de la mano en la frente. Stu no contestó. Las tortugas lo tenían embelesado.
Sammy, la niñita angelical de dos años, también estaba viendo la televisión, pero no parecía tan interesada como su hermano mayor. Sus ojos iban de los dibujos animados a la cara de Stu. Cuando Michelangelo tuvo una ocurrencia y Stu rio, le imitó como un loro, no solo en el volumen de la risa, también en el ritmo. Cuando Shredder puso en marcha un plan malvado y Stu dio un respingo, Sammy lo dio con él.
No queriendo interrumpir la escena de felicidad doméstica con la que se había encontrado, Jack salió despacio de la habitación.
Su hija mayor, Emma, estaba comiendo copos de maíz en la mesa de la cocina, con un brazo rodeando el cuenco, como supuso Jack que debían de comer los reclusos de una cárcel.
¿Es así como ve esta casa?, se preguntó. ¿Como una condena que hay que cumplir? A veces también Jack se sentía así.
—Buenos días, tesoro… —dijo, y se puso a hacer café—. El entrenador Harris pasó ayer por la farmacia. Dice que no pudiste hacer gimnasia porque tenías otra vez dolor menstrual. ¿Quieres que te traiga naproxeno?
Emma gruñó:
—No entiendo por qué a los hombres adultos les parece normal hablar de mi periodo.
—¿Eso de usar la regla para librarse de hacer gimnasia no es un cliché?
—No es un cliché, papá. Es un clásico. Además, el entrenador Harris es un pervertido. Nos hace trepar por las cuerdas para «mirarnos». Lo que me recuerda que tienes que firmar esto.
Buscó en las profundidades de su mochila, sacó una hoja de autorización y se la dio a Jack.
—¿«Autorización para participar en el estudio de la ciencia y la evolución»? —leyó este—. ¿Necesitas permiso de tus padres para dar una asignatura?
—Cuando la mitad de los alumnos son unos putos fundamentalistas, sí.
Jack bajó la voz.
—¿Ha visto esto tu madre?
—No.
Se sacó un bolígrafo del bolsillo de la camisa y firmó deprisa el papel de la autorización.
—Mejor así. Y que no te oiga decir esa palabra.
—¿Cuál? ¿Putos?
—Fundamentalistas.
Emma dobló el papel y se lo guardó en la mochila.
Aunque tanto Jack como Molly eran técnicamente miembros de la Iglesia de la Luz Interior —Molly después de haberse convertido, Jack de nacimiento—, Molly se lo tomaba mucho más en serio. Asistía a tres servicios religiosos por semana. Era algo corriente en personas que habían llegado tarde a la fe, por lo general tenían un agujero que necesitaban llenar.
Jack había empezado a alejarse de la Luz Interior de adolescente y dejado de ir a la iglesia cuando nació Emma. Se justificaba diciendo que era por razones de seguridad; como muchos otros fundamentalistas pentecostales, la Luz Interior manipulaba serpientes venenosas e ingería distintos tipos de veneno como parte de su culto, un entorno nada seguro para niños. De manera que Jack se quedaba en casa cuidando a sus hijos y dejaba que Molly fuera sola. Seguía llamándose a sí mismo miembro de la Luz Interior para evitar que Molly lo dejara y que sus padres lo repudiaran —aunque en ocasiones ninguna de esas posibilidades le desagradara demasiado—, pero en realidad hacía tiempo que había perdido la fe.
Molly bajó poniéndose su suéter rosa pastel.
—Buenos días, Em.
Emma gruñó a modo de respuesta.
—El entrenador Harris le ha dicho a tu padre que estás usando el periodo de excusa para no hacer gimnasia. ¿Es verdad eso?
—Papá ya me ha dado la charla, así que relájate.
—Bueno, espero que te haya dicho que mentir es pecado y que tus estudios son ahora mismo lo más importante en tu vida.
—Ya empezamos.
—Em. —Molly dio golpecitos con el puño en la mesa de la cocina—. «Cada árbol por su fruto se conoce. Porque de la abundancia del corazón habla la boca. Quien pronuncia su nombre en vano…»
—«… deshonra la fe» —terminó Emma con voz hastiada y monótona. «Las palabras atestiguan tu devoción a Dios y dicen la verdad de quién somos.» Entendido. Gracias. —Dejó el cuenco en el fregadero—. Tengo que irme, he quedado con Shelley.
Cogió la mochila, cruzó a zancadas la cocina con sus sucias deportivas Chuck Taylor y desapareció por la puerta.
—Habría estado bien que me apoyaras —le dijo Molly a Jack.
—Me ha parecido que no necesitabas ayuda. —Jack le pasó un brazo por los hombros y trató de hacer como que no notaba que el contacto físico la volvía rígida.
—Me preocupo por ella, Jack.
—No es un alma descarriada todavía —dijo este—. Solo anda un poco perdida. ¿No te acuerdas de cómo éramos nosotros a su edad? Además, no creo que su predilección por mí dure demasiado. He leído en alguna parte que cuando las niñas llegan a la pubertad algo se libera dentro de su cerebro, que se reprograma para odiar el olor de su padre. Dicen que es algo evolutivo. Para prevenir el incesto.
Molly puso cara de desagrado.
—Una razón más para no creer en la evolución.
Sammy dio un tirón a una las perneras del pantalón de Jack. Había caminado hasta la cocina arrastrando un gorila de peluche.
—Papá —dijo—. ¿Incesto?
Molly rio. Era agradable oír su risa.
—A ver cómo sales de esa. Voy a ver cómo está Stu.
Cuando Molly salió de la cocina, Jack cogió en brazos a su hijita y se la acercó mucho a la cara. El bigote y el aliento cálido hicieron reír y revolverse a la niña. Olía a polvos de talco recién puestos.
—¿Incesto? —repitió Sammy.
—Insectos —dijo Jack—. Hormigas, escarabajos y esas cosas.
Went Drugs, el negocio familiar, estaba en la esquina de las calles Main y Barkly, en el corazón del barrio comercial de Manson. La farmacia también proporcionaba un atajo entre un gran aparcamiento y la calle principal de la ciudad, por lo que el tráfico peatonal era intenso. Las personas no dejaban de enfermar y el negocio siempre iba bien.
Cuando Jack llegó, Deborah Shoshlefski estaba embolsando el pedido de un cliente en el mostrador principal. Deborah era la más joven y seria de los ayudantes de Jack, una muchacha desaliñada con unos ojos muy grandes que siempre la hacían parecer sorprendida.
—Buenos días, jefe. Hay un montón de recetas para despachar. Se las he dejado en su pincho.
—Gracias, Debbie.
Esta puso los ojos en blanco, riendo, y le dijo a la cliente:
—Sabe que odio que me llamen Debbie, así que me lo llama siempre que puede.
Jack sonrió con educación a la mujer antes de meterse detrás del mostrador. Casi no le había dado tiempo a ponerse la bata blanca cuando una mano esquelética le sujetó el brazo por encima del mostrador.
—Me duelen muchísimo las articulaciones, Jack —jadeó una voz de persona mayor. Graham Kasey vivía en Manson desde siempre y ya de niño a Jack le había parecido viejo. Hablaba a través de una dentadura postiza mal encajada con ese estertor de persona anciana que había adoptado el padre de Jack en sus últimos años—. Es como si los huesos me estuvieran castigando por algo que no consigo recordar. Nada de lo que vendéis sin receta me hace efecto, Jack. Dame algo más fuerte que esta mariconada. —Enseñó una caja vacía de Pain-Away, una crema de efecto calor extrafuerte pensada para calmar el dolor superficial.
—¿Le ha visto un médico, Graham?
—¿Pretendes que conduzca hasta Coleman para que el doctor Arter me mande de vuelta aquí con un trozo de papel? Venga, Jack. Sabes lo que necesito.
—No soy un camello. Y además, ¿quién dice que tenga que ir hasta Coleman? Tenemos a la doctora Redmond aquí en Manson.
—Redmond y yo no nos entendemos.
Jack guiñó con disimulo el ojo a Deborah, que ahogó una carcajada. Graham Kasey era una de esas personas capaces de conducir más de treinta kilómetros en un viejo Statesman que devoraba gasolina antes que pedir una receta a una mujer doctora y negra.
—Lo siento, Graham. Yo no hago recetas, solo las despacho.
Graham no había soltado el brazo de Jack. Tenía unos dedos fríos y huesudos que le recordaban a gusanos blancos muertos.
—¿Y qué pasa con el respeto a los mayores?
—Es ilegal.
—Ilegal y unas narices. Puedes darme cualquiera de los medicamentos que tienes ahí detrás del mostrador y que parezca un despiste. Se pierden cosas todos los días. Desaparecen, se las comen las ratas o caducan.
—¿Y cómo sabe usted eso?
—Bueno, digamos que Sally no gestionaba esto de una manera tan rígida.
Al oír el nombre de su madre, Jack notó calor que le subía por la nuca. Went Drugs había abierto dos años antes de que él naciera, tal y como le recordaba a diario el letrero que había encima de la puerta: WENT DRUGS. DESDE1949. Jack había comprado su participación con todas las de la ley cuatro años después de terminar la universidad, pero nunca lo había sentido completamente suyo.
No ayudaba el hecho de que su madre, farmacéutica también y en teoría jubilada, se presentara allí una semana sí y otra no con la excusa de coger un frasco de aspirina o un paquete gigante de papel higiénico para luego dedicarse a pasear entre estantes y decir cosas del tipo: «Ay, pero ¿por qué has puesto aquí los antihistamínicos?». En una ocasión, hasta pasó el dedo índice por el estante del fondo para comprobar si tenía polvo, igual que una niñera inglesa estirada.
Graham debió de ver demasiado fuego en la mirada de Jack, porque se tranquilizó y le soltó el brazo. Sus dedos habían dejado marcas pálidas en la piel.
—Al cuerno. Dame otra caja de la mariconada esta.
Jack sonrió y le dio una palmada en el hombro a Graham. Habría jurado que de la americana del anciano subía una nube de polvo.
—Ya le has oído, Debbie —dijo—. Una caja de mariconada para el señor Kasey. Pónsela en una bolsa.
—Ahora mismo, jefe.
Jack se fue a la rebotica a despachar recetas, pero no conseguía relajarse. Graham Kasey había metido el dedo en una vieja herida y ahora se sentía irritado.
Un hombre hecho y derecho que tiene problemas con su mamá, pensó. Menudo cliché.
De cliché nada, oyó decir a su hija. Es un clásico.
Intentó concentrarse en su trabajo, pero cuando sacó la primera receta del pincho estuvo a punto de rasgarla en dos. Por suerte las partes importantes seguían siendo legibles: «Andrea Albee, fluoxetina, dosis de mantenimiento».
Cogió un frasco pequeño de plástico, paseó entre altas estanterías llenas de pastillas en la rebotica y luego volvió a su mesa con el Prozac para Andrea Albee y encendió el gran ordenador. El aparató zumbó y empezó a arrancar con esfuerzo. Unos minutos más tarde apareció una pantalla en negro con un directorio en verde. Encontró «fluoxetina» en la base de datos y le dio al botón IMPRIMIR EFECTOS SECUNDARIOS para el lateral del frasco.
La impresora tembló y chilló mientras surgía la lista. «Urticaria, agitación, escalofríos, somnolencia, disminución del ritmo cardiaco, convulsiones, piel seca, boca seca.» ¿Cómo de triste estaría la tal Andrea Albee? ¿Anestesiar así su cerebro —porque eso era exactamente lo que estaba haciendo, ya que, en contra de la opinión extendida, el Prozac no te hacía sentir ni feliz ni bien— compensaba los efectos secundarios?
Deborah asomó la cabeza.
—Tiene una llamada, jefe. ¿Quiere que se la pase aquí?
—Sí, gracias, Deborah.
Los ojos de esta se abrieron más de lo normal.
—¡No me ha llamado Debbie!
Jack le dirigió la misma sonrisa que a Graham Kasey y Deborah le pasó la llamada al teléfono de su mesa.
—Aquí Jack Went.
—Hola, Jack. —Reconoció la voz de inmediato—. ¿Comemos?
A las dos de la tarde Jack entró en el aparcamiento del lado este del lago Merri y esperó recostado contra su Buick Reatta rojo descapotable, un coche al que Emma se refería con cariño como su bólido de la crisis de la mediana edad. Medio kilómetro de espesos matorrales impedía ver el aparcamiento desde la autopista. Estaba casi vacío incluso en aquella época del año, en que el tiempo primaveral comenzaba de nuevo a atraer a la gente al lago.
Travis Eckles llegó diez minutos después en su furgoneta de servicio de limpiezas. Bajó vestido con un mono blanco y se arregló el pelo despeinado por el viento en el reflejo del parabrisas. Tenía un ojo a la funerala de aspecto feo.
—¡Pero bueno! ¿Qué te ha pasado? —preguntó Jack.
Travis se palpó la magulladura e hizo un gesto de dolor.
—Es menos de lo que parece.
Jack sujetó la cabeza de Travis con ambas manos y examinó la herida. Le hinchaba la cara, dándole un aspecto de matón que recordaba a su hermano mayor.
—¿Te duele mucho? ¿Quieres Advil?
Travis se encogió de hombros.
—No, no hace falta.
—¿Te lo ha hecho Ava?
Travis le ignoró, lo que equivalía a contestar de forma afirmativa.
Ava Eckles era la madre de Travis, una borracha a la que, de cuando en cuando, gustaba expresarse con los puños. Y si eran ciertos los rumores, también se había acostado con la mitad de los hombres de Manson.
El padre de Travis había pertenecido a las fuerzas aéreas y se encontraba en el interior de un helicóptero CH-53 Sea Stallion cuando se estrelló durante unas maniobras cerca de la costa de Carolina del Norte en 1983. Todos los que iban a bordo murieron.
Travis también tenía un hermano mayor, Patrick, pero en aquel momento cumplía condena en el centro penitenciario Greenwood por asalto con agravante. Luego estaban sus primos, una colección de estudiantes fracasados, camellos y delincuentes.
Menuda familia, pensó Jack. Pero Travis era un buen chico. A sus veintidós años, aún estaba a tiempo de salir de Manson, y aunque ser limpiador no era el trabajo ideal de nadie, al menos era un empleo estable con un salario fijo. Travis era a veces grosero y áspero, pero también divertido, a su manera. Había pocas personas que vieran ese lado suyo.
Travis deslizó la puerta de la furgoneta. Las palabras «LIMPIEZA SANITARIA» rotuladas en un lateral en grandes letras rojas se habían convertido en «LIM AR». Se hizo a un lado.
—Tú primero.
Jack dirigió la vista hacia el lago. Los árboles de hoja perenne del lado de Coleman cambiaron cuando una fuerte brisa los agitó, pero el agua estaba quieta y vacía. Estaban solos. Se subió a la parte trasera de la furgoneta y Travis lo siguió y cerró la puerta. Dentro hacía calor. Travis se bajó el mono hasta la cintura y Jack se desabotonó los pantalones.
La casa adosada de mi hermana estaba en un laberinto de viviendas de aspecto idéntico en Caroline Springs. Había ido al menos una docena de veces, pero no estuve segura de estar en la correcta hasta que Amy salió corriendo a mi encuentro.
—¿Qué? —gritó—. ¿Qué ha pasado? ¡Dime!
—¿De qué hablas? No ha pasado nada. ¿Quién ha dicho que pasara algo?
Se dobló por la cintura y se apoyó en las rodillas, jadeando exageradamente de alivio.
—Cuando te he visto en la puerta he… No sabía que venías y… Perdona. Supongo que tengo la costumbre de esperar siempre lo peor.
—Pues sí. ¿Qué pasa? ¿No puede una chica visitar a su hermana?
—No cuando la chica eres tú, Kim. No eres de visitas sorpresa.
Exageré poniendo los ojos en blanco porque no quería darle la razón… aunque por supuesto la tenía. Soy solitaria por naturaleza, me siento mucho más cómoda sola, en casa leyendo un libro o paseando por los pasillos de un supermercado durante una hora buscando la marca perfecta de linguini.
Amy tenía cinco años menos que yo, cara redonda y amable y un cuerpo lleno de curvas. «Con bultos en los lugares adecuados», solía decir mi madre. Era como si los genes de mi hermana se hubieran definido en oposición a los míos. En el instituto nadie la paraba para decirle: «Perdona, pero me parece que las tetas te están creciendo hacia dentro».
Técnicamente, Amy y yo éramos solo medio hermanas. Su padre (mi padrastro) conoció a mi madre cuando yo tenía dos años y tuvieron a Amy cuando yo tenía cinco. Pero aparte de la sangre y el ADN, no teníamos nada más que fuera a medias. Amy era mi hermana, para lo bueno y para lo malo.
Dean había estado en mi vida el tiempo suficiente para ganarse el puesto de padre oficial, auténtico. Claro que, al no haber conocido a mi padre biológico, no tenía con quién compararlo.
—¡Tía Kim! —Lisa, mi sobrina de tres años, había salido corriendo por la puerta abierta al césped, con dos dedos dentro de la boca. La hierba estaba húmeda y enseguida se empapó los calcetines, pero eso no la detuvo. Cruzó el césped lo más deprisa que pudo. La cogí por las axilas, la levanté y la puse cabeza abajo. Gritó de placer y rio hasta que empezaron a caerle mocos de la nariz.
La deposité en el peldaño de entrada y entró en casa; sus calcetines mojados dejaron huellas diminutas en los suelos de madera. Como de costumbre, la casa estaba manga por hombro. Había una torre de platos sucios en el fregadero y juguetes de Lisa desperdigados por el pasillo; el sofá del salón estaba cubierto de pintadas de ceras de colores y de sus pliegues asomaban trozos de tiza y migas olvidadas.
El televisor, un modelo nuevo de cincuenta y dos pulgadas, estaba encendido y a todo volumen. Lisa caminó hacia él igual que un zombi. Se detuvo a menos de treinta centímetros de la pantalla, con la boca abierta, como si los personajes estuvieran susurrándole los secretos del universo.
En el centro del cuarto de estar había una caja de Ikea rasgada por la mitad que dejaba ver un revoltijo de madera barata y escuadras de plástico.
Si yo tuviera que ser Amy por un día, me explotaría la cabeza de sobrecarga sensorial, pero ella parecía a sus anchas en ese caos.
—Es un condenado mueble para guardar juguetes para la habitación de Lisa —dijo, cogiendo un soporte en forma de L y dándole vueltas, como si fuera un artefacto arqueológico misterioso—. O por lo menos lo será… algún día. En un futuro muy remoto.
—¿Quieres que te ayude a montarlo?
—No, que lo haga Wade. Y no pienso siquiera comentar lo que dice eso de mí como mujer. ¿Quieres un café?
—Claro.
Amy estuvo hablando del mueble de cajones durante cinco minutos enteros mientras preparaba café en la cocina contigua. Gritando para hacerse oír por encima del ruido de la cafetera eléctrica, me explicó cuánto había costado, en qué sección de Ikea lo había encontrado, qué aspecto tendría cuando estuviera montado y la compleja serie de decisiones que habían conducido a su adquisición. Todo esto me lo contó sin pausa, mientras yo esperaba en el cuarto de estar. Podría haberme marchado, ido al cuarto de baño y vuelto y no se habría dado cuenta. Pero dediqué ese tiempo a examinar sus estanterías buscando álbumes de fotos.
En concreto buscaba una gruesa carpeta rosa con las palabras «PRIMEROS RECUERDOS» escritas en letras moradas mayúsculas en la tapa. El álbum había sido de nuestra madre, y en realidad debería haber estado en casa de Dean, pero cuando murió mamá, Amy se obsesionó un poco con las fotografías.
Las fotografías eran la razón de que yo estuviera allí. La noche anterior me había medio convencido de que podía ser la niña de la fotografía de James Finn, y necesitaba quitarme la idea de la cabeza.
La estantería estaba repleta de deuvedés, revistas, un molde de escayola enmarcado con dos huellas diminutas y la descripción «Lisa, seis meses», pero no había un solo álbum.
—¿Qué buscas? —Amy estaba a mi espalda. Me dio una taza con café solo—. Se nos ha terminado la leche.
—Da igual. Y no busco nada, estaba mirando.
—Mentirosa.
Mierda, pensé. Desde que éramos niñas Amy siempre sabía cuándo estaba ocultando algo. Tenía un talento para ello que bordeaba lo sobrenatural. La mañana siguiente a perder mi virginidad con Rowan Kipling les dije a mis padres que había dormido en casa de mi amiga Charlotte. Amy, con solo once años de edad, me miró por encima del cuenco de cereales y dijo:
—Está mintiendo.
Dando por hecho que Amy sabía algo que ellos desconocían, mamá y Dean empezaron a interrogarme hasta que la dichosa historia salió a la luz. No es que yo no supiera mentir; es que Amy era un detector de mentiras fuera de lo corriente.
Suspirando, confesé.
—Estoy buscando el álbum con las fotografías de cuando éramos pequeñas.
Amy chasqueó la lengua, una técnica para pensar que usaba desde niña. El húmedo clic-clic me transportó por un instante a mi dormitorio en el número catorce de Greenlaw Street. El recuerdo era borroso y fragmentado, le faltaba contexto, como a un sueño que se desdibuja. Pero veía con claridad a Amy, con cuatro o cinco años, vestida con un pijama verde y rosa de rayas. Se subía a mi cama y apartaba las mantas para meterse.
Cuando el recuerdo se desvaneció, me dejó una intensa tristeza.
—Lo más seguro es que todas las fotos estén en el garaje —dijo Amy—. No te lo vas a creer, pero aún no hemos terminado de abrir esas cajas. Y han pasado ya seis meses. Lo tiene que hacer Wayne, pero cada vez que saco el tema me sale con ese suspiro suyo. Ese que suena como un neumático desinflado, ¿lo conoces? Como si le estuvieras pidiendo que te donara un riñón.
—Entonces, ¿tienes el álbum?
—¿Para qué lo quieres?
—Te va a sonar raro, pero es un secreto.
Amy sorbió su café y me escudriñó la cara en busca de una pista o una señal escondidas con las que solía pillarme. Entonces se le iluminó la mirada.
—¿Tiene que ver con mi cumpleaños? ¿Te ha hablado Wayne de los collages de fotografías que vimos en el centro comercial? Olvídalo, no me lo cuentes. Quiero que sea una sorpresa. Sígueme.
El garaje olía a pintura vieja y a alcohol metílico. Amy encontró un interruptor de cadena en la oscuridad y una luz fluorescente parpadeó sobre nuestras cabezas dejando ver una habitación atestada con suelo de cemento y techo bajo.
El espacio entre la pared del fondo y el Honda Jazz rojo de Amy estaba ocupado por varias hileras de cajas de embalar. Dedicamos los cuarenta minutos siguientes a transportar cada una de ellas a un pequeño trozo de suelo sin ocupar y a revisar su contenido.
La mayoría contenía morralla variada: facturas de la luz de un año de antigüedad, un librillo de cupones caducados, un delantal raído, un cenicero de cerámica descascarillado con un penique inglés solitario dando vueltas en su interior, una bolsa de la compra llena de imanes que Amy me quitó encantada de las manos diciendo: «Llevo años buscándolos».
Una de las cajas estaba llena con mis trabajos de fotografía, muchos de ellos vergonzosamente similares a los que mis alumnos habían presentado la noche anterior. Encontré mi serie de primer año de universidad, titulada Cicatrices: físicas y emocionales. Amy había organizado la colección dentro de una carpeta. La hojeé, horrorizada; parecía más un trabajo del instituto que un porfolio de universidad.
Una de las fotografías era de un cortecito que me había hecho en el dedo pequeño del pie saliendo de la piscina de una amiga un verano; otra el oscuro tajo que recorrió el muslo de Amy después de caerse de su bicicleta de diez marchas. Una quemadura fea en la mano de mi madre y la cicatriz borrosa del labio leporino de una antigua compañera de piso. A continuación había varias fotografías de individuos con aspecto triste, marginal o enfadado. Era un proyecto pretencioso y de lo menos original pensado para obligar al espectador a pensar en las cicatrices que llevamos por dentro además de por fuera.
—Oye, ¿qué tal con Frank? —preguntó Amy mientras hojeaba un boletín de notas del instituto.
—¿Eh?
—¿Cómo que «eh»?
—Ya no nos vemos.
—¿Por qué? —dijo Amy con voz aguda, lastimera.
—Por nada en especial. Es que… bueno… No estábamos enamorados.
—Eres demasiado exigente, Kim. Lo sabes. Y se te acaba el tiempo para tener hijos.
Amy era agresivamente maternal. La reproducción era su único propósito en la vida. Ella y su prometido, Wayne, tuvieron a Lisa en cuanto pudieron y ya estaban planeando el segundo. Yo, en cambio, nunca había sentido el impulso de procrear.
Por fin encontramos los álbumes familiares, en la novena o décima caja, y nos sentamos a lo indio en el suelo para verlos. Cada uno llevaba un título en grandes letras mayúsculas, escrito en colores que hacían juego con el tema de las fotografías que contenía. «VACACIONES DEL 93 EN PERTH» era negro y amarillo, como el emblema de la bandera del estado. «CASA NUEVA», que ilustraba la mudanza de mamá y Dean de su vieja casa en la avenida Osbourne a una más pequeña pero mucho más moderna en la calle Benjamin, estaba escrito en azul y verde: el azul hacía juego con los escalones del porche de la casa de la avenida Osbourne; el verde, con las paredes de los dormitorios de las de la calle Benjamin. Las letras del cómico título de «NUESTRA PRIMERA BODA» eran color naranja intenso, el mismo que vistió mi madre el gran día.
Se podría suponer que había sido mi madre quien dispuso meticulosamente los colores y etiquetó cada fotografía, pero había sido Dean. Ya antes de morir nuestra madre se había dedicado de manera obsesiva a fotografiar, categorizar y dejar constancia de cada recuerdo para la posteridad.
Amy cogió el álbum de la boda en cuanto lo vio. Fue pasando las páginas con una sonrisa triste y recorriendo con el dedo los contornos de la cara de nuestra madre.
En el fondo de la caja encontré el grueso álbum rosa con «PRIMEROS RECUERDOS» escrito en el mismo tono de malva del cabecero de mi cama de infancia. Dentro había fotografías de fiestas de cumpleaños, vacaciones, Navidades; todas de un tiempo que nunca volvería. Había una fotografía mía en el apartamento en que vivimos antes de que naciera Amy; con una sonrisa de oreja a oreja y, de fondo, el feo papel amarillo que recubría todas y cada una de las paredes de la casa. Otra era de mi primer día en el jardín de infancia, con mi madre cogiéndome la mano y sonriendo.
Cuando llevaba dos tercios del álbum me encontré una niñita alegre y regordeta que me sonreía a través del plástico adhesivo. Estaba en la parte poco profunda de una piscina de motel, vestida con un bañador amarillo que le quedaba grande. Su aspecto tenía algo de contemplativo y sabio. En la parte inferior de la fotografía decía, en pulcras letras negras, «Kim, dos años». Conservaba un vago recuerdo de aquel día de piscina, subida a hombros de Dean en la parte que más cubría.
Las páginas restantes estaban en blanco. No había fotografías mías de recién nacida y nada anterior a los tres años. Tampoco lo había esperado. Mi padre biológico no era un «hombre agradable», así lo había expresado mi madre en una de las pocas ocasiones en que hablamos de él. Cuando lo abandonó, lo hizo a toda prisa, con una niña pequeña en un brazo y una bolsa de fin de semana colgada del otro, sin tiempo ni sitio para fotografías. Aquella explicación se me antojaba ahora preocupantemente socorrida.
—¿Estás bien? —preguntó Amy—. Tienes cara de haber visto un fantasma.
En cierto modo así había sido. De pronto el fantasma de Sammy Went acechaba todas y cada una de las fotografías de infancia. Incluso antes de buscar su imagen en mi teléfono ya sabía que el parecido no era superficial. Los ojos azul intenso, el pelo oscuro, la sonrisa de labios apretados, las orejas pequeñas y pálidas. Era algo más que inquietante; o bien Sammy era mi doble, o bien estaba viendo fotografías de la misma niña.
¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¿Era porque no recordaba mi aspecto de pequeña o porque no había estado preparada para algo así? ¿Lo estaba ahora?
—Por Dios, Kim. ¿Qué pasa?
—Amy, he venido porque quería comparar fotografías mías de cuando era pequeña con la de una niñita estadounidense que desapareció en los noventa.
—Espera un momento. Entonces, ¿no estás preparando un collage para mi cumpleaños?
Cerré los ojos, inspiré hondo y empecé desde el principio. Sentada a lo indio en el suelo del garaje, rodeada de cajas y del olor a pintura vieja y a alcohol metílico, abrí la puerta de Sammy Went e invité a Amy a entrar.
