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EL SEGUNDO TÍTULO DE LA SERIE SOBRE UNA EXTRAÑA PAREJA DESTINADA A CONVERTIRSE EN UN CLÁSICO. Vuelven las aventuras de Tejón y su amigo Mofeto. En esta ocasión, ambos emprenden un viaje para encontrar un ágata en el lugar favorito de Tejón, el Lago Sin Fin. Pero cuando acampan cerca del lago, el astuto Pescador aparece de forma inesperada con planes malvados. Luego se presenta una gallina que tiene la intención de quedarse… ¡Algo está pasando! Les esperan secretos, traiciones, mentiras…, pero también un resplandeciente premio del Jurásico.
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Seitenzahl: 151
Veröffentlichungsjahr: 2022
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LA GEMAES UNA YEMA
UNA AVENTURA DE MOFETO Y TEJÓN
Para Phil
Publicado por primera vez por Algonquin Young Readers,
un sello de Algonquin Books of Chapel Hill
Post Office Box 2225, Chapel Hill, North Carolina 27515-2225
una división de Workman Publishing
225 Varick Street, New York, New York 10014
Texto © Amy Timberlake, 2021
Ilustraciones © Jon Klassen, 2021
Diseño de Carla Weise
De esta edición © Editorial Flamboyant, S. L., 2022
Gran Via de les Corts Catalanes, 669 bis, 4.º 2.ª Barcelona (08013)
www.editorialflamboyant.com
Todos los derechos reservados
Traducción del inglés © Patricia Antón de Vez, 2022
Corrección de textos: Raúl Alonso Alemany
Lettering: Sergi Puyol
Primera edición: septiembre de 2022
Primera edición digital: septiembre de 2022
ISBN: 978-84-19401-20-5Producción del ePub: booqlab
Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte
Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU
@flamboyanteditorial
edflamboyant
@EdFlamboyant
LA GEMAES UNA YEMA
UNA AVENTURA DE MOFETO Y TEJÓN
AMY TIMBERLAKE
Ilustraciones de
JON KLASSEN
Traducción de
PATRICIA ANTÓN DE VEZ
TOC-TOC. TOC-TOC-TOC. ALGUIEN LLAMABA A LA PUERTA del desván, la puerta del nuevo taller de petrólogo de Tejón.
Era su compañero de casa, Mofeto. Tejón decidió ignorarlo. «Ya se irá —pensó—. Tú concéntrate en tu “importante labor petrológica”…, concéntrate, concéntrate». Hizo rechinar los dientes y se inclinó en su taburete de petrólogo. Ajustó la lámpara especial que usaba para trabajar y levantó el ejemplar sin identificar sobre su mesa de petrólogo. Echó un vistazo a la lista en su cuaderno de «importante labor petrológica»:
– ¿ígnea?
– matriz granulada – verdosa
– fenocristales rojos MUY BRILLANTES
Observó el ejemplar. Volvió a examinar la lista. Resiguió con una garra un fenocristal del ejemplar y pensó: «Llegó el momento».
Sí, había llegado el momento de plantear la primera cuestión: ¿era roca o mineral? ¿Mineral o roca? Los minerales estaban hechos de un único material básico: un elemento o «compuesto elemental», como decían los científicos petrólogos. Un mineral tendía a la uniformidad. Una roca, sin embargo, era una combinación de minerales, o bien de rocas y minerales. ¿Dos minerales juntos? Eso sería una roca. ¿Una mezcla de cinco minerales juntos y una roca entre ellos? También sería una roca.
Era mejor hacer esa pregunta, si era roca o mineral, en voz bien alta. Acto seguido, debía lanzarse al aire el ejemplar. Cuando Tejón atrapara el ejemplar al caer, gritaría la respuesta con voz atronadora.
Las orejas de Tejón giraron en dirección a la puerta. No se oía nada. Así que abrió la boca, inspiró profundamente y…
Toc-toc-toc.
Llamaban con insistencia, como siempre.
Tejón exhaló y esperó lo que sabía que estaba a punto de pasar.
Y pasó:
—¿Tejón?
¿Tejón? ¿Estás ahí dentro? ¿Tejón?
Toc-toc. Toc.
Tejón apoyó la cabeza sobre la mesa. Había creído que trasladar su taller de petrólogo de la sala de estar a un sitio que no fuera de paso, como el desván, sería de ayuda. «¡Un movimiento estratégico!», había pensado en su momento. En aquel entonces, un tirón de la cadena de la única bombilla desnuda del desván revelaba un batiburrillo de cajas de cartón, maletas rotas, una serie de muebles desparejados, un acuario, un montón de cuadros al óleo y una bañera con patas de garra llena de sombreros.
Tejón giró la cabeza hacia un lado para echar un vistazo a la bañera. No había habido forma de moverla, de modo que había dejado esa tercera parte del desván, la que ocupaba la bañera, llena de trastos y había declarado esa zona como almacén útil, con el beneficio añadido de que amortiguaba el ruido de su pulidora de piedras. Y luego despejó los dos tercios restantes para instalar allí su taller de petrólogo.
Del batiburrillo de objetos habían salido una silla y una lámpara de lectura. La mesa de billar funcionaba de maravilla para desplegar mapas geológicos, y el paragüero, para guardarlos. Tejón había hecho buen uso de los armarios existentes en el desván: forró cajones con suave terciopelo para sus lupas de diversos tamaños y el cúter de bolsillo, para punzones y espátulas y su soplador de polvo. Había dispuesto ganchos para martillos y cinceles. Solo cuando todo eso hubo quedado en su sitio, Tejón cargó con las cajas de rocas y minerales, la mesa, el taburete y la lámpara de trabajo por los dos tramos de escaleras que subían hasta el desván.
—Fueron semanas de trabajo —gruñó.
¡Toc-toc-toc! ¡Toc!
—¿Tejón? ¿Estás ahí dentro? ¿Tejón?
Tejón hizo caso omiso y dejó que su mirada recorriera lo que antaño había sido una pared larga y sin ventanas. Había llenado esa pared de estanterías. Había instalado una luz diminuta tras otra. Había rellenado a mano las tarjetitas y había encontrado un pie adecuado para cada ejemplar.
Levantó la cabeza y se apartó de la mesa de un empujón. Las ruedas del taburete traquetearon sobre los tablones irregulares del suelo.
—Tejón, ¿eres tú?
Tejón se levantó, y al hacerlo zarandeó el taburete.
¡Toc-toc!
Tejón fue hasta la pared y accionó el interruptor de la luz.
¡Contemplad la Pared de Rocas de Tejón! Bajo cada lucecita, brillaba un espécimen: uno excepcional, único en su clase, raro e inigualable. El cobre resplandecía. La mica lanzaba destellos. En la labradorita, el color parecía latir, como si fuera algún pez traslúcido de aguas profundas.
—Sí —susurró Tejón.
Su mirada se posó entonces en el pie vacío al principio de su Pared de Rocas, y sintió una punzada de dolor desgarrador. Apartó la vista rápidamente.
Le llegaron unos murmullos del otro lado de la puerta.
—Por el ruido, parece que esté ahí dentro. En su habitación no está, y en la planta baja tampoco. Y en la cocina, donde anda siempre, seguro que tampoco.
Tejón frunció el entrecejo. «Yo no estoy siempre en la cocina». Plantó una zarpa en el pomo de la puerta y la abrió de par en par.
—¿Sí?
Mofeto, que tenía su propia zarpa en el pomo del otro lado, salió por los aires hacia el interior de la habitación, junto con una espátula, que voló por su cuenta, y un batidor que pasó silbando junto a la oreja de Tejón.
Mofeto se recompuso con una sonrisa.
—Conque estás aquí. ¡Lo sabía! Qué gracia, cómo he salido volando. ¡Ja!
Tejón observó el delantal lleno de manchas y salpicaduras de Mofeto y la tortuosa raya que le recorría el cuerpo. Y dijo con mucho énfasis:
—Esta puerta estaba cerrada. —Indicó con un amplio gesto de zarpa su mesa de trabajo (con varias herramientas, el cuaderno a un lado y un ejemplar sin identificar en un círculo de luz)—. Mi «importante labor petrológica», ¿eh?
Mofeto soltó un gemido.
—¿Ya estamos otra vez con eso? Te parece que una puerta cerrada es algo que se entiende fácilmente. Pero, como ya te he explicado otras veces, la puerta de tu taller cerrada sugiere distintas posibilidades. Posibilidad número uno: estás trabajando en tu importante labor petrológica. En la posibilidad número uno, no hay que llamar a las puertas ni abrirlas de forma inesperada, ni siquiera cuando el almuerzo esté servido en los platos y enfriándose rápidamente. Luego tenemos la posibilidad número dos: has salido en busca de una empanada del Veg & Ovo. No estás aquí, pero la puerta de tu taller de petrólogo está cerrada. —Mofeto cruzó los brazos—. Tejón, distinguir entre la posibilidad número uno y la posibilidad número dos no es nada fácil. Si no te gusta que llamen a tu puerta, deberías aclarar esta situación.
Tejón se movió, inquieto. «¿El almuerzo? ¿Servido y enfriándose?».
Pero otra cosa había captado la atención de Mofeto.
—¡Vaya, mira esas piedras! —Se dirigió dando brincos a la pared sin ventanas. Acercó la cabeza a un estante y alzó la vista entornando los ojos—. Una luz y una piedra…, una luz y una piedra…, una luz y una piedra… —Miró a Tejón y asintió—. Muy listo: por eso todas las piedras resplandecen.
El propio Tejón estaba resplandeciente.
Mofeto leyó las tarjetitas.
—Neptunita…, obsidiana…, pirita… —Mofeto retrocedió un paso y se dio golpecitos con un dedo en la barbilla—. ¡Alfabético! Has colocado las piedras por orden alfabético.
Tejón asintió, más que contento.
—Las rocas dispuestas por orden alfabético producen mucha satisfacción. Yo lo llamo… —hizo una pausa, para causar mayor efecto— mi Pared de Rocas.
—¡Pared de Rocas, qué bonito! A las gallinas va a gustarles tu Pared de Rocas —comentó Mofeto.
Tejón parpadeó.
—¿Gallinas en mi taller de petrólogo? ¿Otra vez?
Recordaba con espanto la última ocasión en que las gallinas habían irrumpido en su taller de petrólogo. ¡Un golpe de Estado de gallinas! Pero entonces pensó en la gallinita naranja que no era mayor que un bote para lápices. Mmm. A lo mejor podía enseñarle a la gallinita naranja su Pared de Rocas.
Mofeto señaló el pie vacío.
—¿Dónde está la A?
«Ay, no, no», pensó Tejón. Apartó la mirada a propósito.
Mofeto se acercó varios pasos a la Pared de Rocas y volvió a señalar.
—¿No lo ves, Tejón? Aquí mismo te falta la piedra de la letra A. Me parece estupendo que ordenes las piedras alfabéticamente, pero ¿dónde está la A?
Tejón no tuvo más remedio que mirar. Ver aquel pie vacío le encogió el corazón. Se aclaró la garganta.
—Oh, ya veo. Sí. Ese sitio es para el ágata. Y…, estooo…, me la quitaron.
Tejón tragó saliva al recordarla. ¡Con sus ondas y sus ojos! ¡Sus oscuras y ocultas profundidades! ¡Tan grande como una garra cerrada! Rememoró su frescor al sostenerla en la zarpa. Solía observarla e imaginar el nacimiento del planeta Tierra. Miró a Mofeto.
—Yo la llamaba «mi ágata Ojo de Araña».
Mofeto frunció el entrecejo.
—¿Estás diciendo que la piedra de la letra A ha desaparecido?
—Fue robada, birlada, sustraída… Sí —susurró Tejón.
—Pues qué pena —respondió Mofeto. Hizo una pausa y luego se inclinó hacia Tejón y lo miró muy serio—. Tejón, limítate a poner un ágata ahí arriba. Los principios son importantes. No puedes dejar un vacío en el inicio de tu Pared de Rocas.
Tejón tragó saliva.
—¿Y sustituir mi ágata Ojo de Araña?
Los ojos de Mofeto se abrieron como platos.
—¿Existe una sola piedra posible de la letra A?
Tejón asintió brevemente.
Mofeto se quedó boquiabierto, y luego torció el morro.
—Pues claro que debe de existir más de una piedra de la letra A, al igual que existe más de una forma de asar una coliflor. ¿Por qué hay tantos libros de cocina mandones que te dicen cuál es la forma adecuada de cocinar?
Tejón dejó de escuchar: por mucho que le gustara comer (y comer un montón), no tenía el más mínimo interés en saber cómo llegaba la comida hasta su plato. Y al distraerse lo asaltó el recuerdo de cómo había perdido su ágata Ojo de Araña: fue en la casa grande de la tía Lula, en la reunión de la familia mustélida. El ágata Ojo de Araña desapareció de su mesita de noche. «¿Dónde está? ¿Dónde está?». Lo revolvieron todo (apartaron muebles, agitaron cosas y no pararon de remover y registrar). Y entonces Tejón oyó aquella voz:
—¿Buscabas esto?
Al darse la vuelta, había visto a su primo, una marta pescadora macho, de pie en el umbral. Pescador (así lo llamaban) sostenía el ágata Ojo de Araña de Tejón en la palma de la zarpa. Como quien no quiere la cosa, lanzó la piedra al aire… y volvió a cogerla. El ágata le cayó en la zarpa con un chasquido. Hop, chas. Hop, chas. Tejón sentía que el corazón le daba un vuelco cada vez que (hop) la lanzaba y mucho alivio cada vez que (chas) la cogía.
—Devuélvemela, por favor —dijo con toda la calma de que fue capaz. Tendió la zarpa.
Hop, chas. Pescador sonrió, dejó caer la piedra en el bolsillo de su blazer del colegio y arqueó una ceja.
—Quien la encuentra se la queda —declaró.
La tía Lula, que era la tía favorita de Tejón, no había entendido que él tuviera que abandonar tan pronto la reunión de la familia mustélida.
—¿Te-vas-por-una-simple-piedra? ¿Y-qué-pasa-con-tu-familia?
—¡Pescador! —pensó ahora Tejón.
(O le pareció que lo pensaba).
—¿Qué has dicho? —preguntó Mofeto.
¿Lo había pronunciado en voz alta?
—Nada, nada —repuso Tejón.
Mofeto entornó los ojos.
—He creído oír «pescado». Y yo nunca me comería un pescado, al igual que no te comería a ti.
A Tejón le dio vueltas la cabeza, y pensó: «Pues yo igual sí que me comería un pescado».
Mofeto aguardaba.
Tejón tuvo la leve sospecha de que quizá se esperaba de él que se disculpara ante los peces. Cambió de tema.
—Has llamado a la puerta, ¿no? ¿Querías algo?
—¡Ay, sí! ¡Casi se me olvida! Quería financiación…, necesito pasta: monedas, billetes… —Mofeto miró a Tejón con expectación—. Los yaks no aceptan magdalenas, ya lo he intentado.
—¿Quieres dinero para yaks?
—No, para yaks no. Para una suscripción al New Yak Times del domingo. La situación se ha vuelto intolerable. —Mofeto asintió con la cabeza, como si la cuestión ya estuviera decidida.
Tejón abrió la boca para protestar, pero Mofeto se le adelantó.
—Todos los domingos voy a la Librería de las Gallinas en busca del New Yak Times, ¡y he tenido ciertos problemas! En una ocasión, el periódico del domingo se había agotado en la Librería de las Gallinas. En otra, conseguí hacerme con un ejemplar, pero ¿qué ha sido del suplemento de libros? ¡No está entre sus páginas! ¡Le arranco una sección tras otra, buscándolo, porque, vamos a ver, ¿qué sentido tiene el New Yak Times del domingo sin el suplemento de libros? ¡Si el suplemento de libros es la mejor parte del New Yak Times! —Mofeto miró a Tejón mientras daba rápidos golpecitos en el suelo con una garra—. No queda otra opción. Debemos suscribirnos. —Hizo una pausa, y luego farfulló—: No entiendo por qué los yaks no aceptan magdalenas. El mejor pago es siempre uno delicioso; todo el mundo lo sabe.
Tejón soltó un suspiro y miró con añoranza el ejemplar sobre su mesa de trabajo. Los fenocristales rojos lanzaban tentadores destellos. ¡La primera cuestión, la de si era roca o mineral, seguía sin plantearse! Decidió ir al grano.
—¿Cuánto necesitas?
Mofeto se lo dijo.
Tejón se mostró de acuerdo.
—Me alegro de que lo hayamos arreglado —zanjó Mofeto. Miró a Tejón con una sonrisa de oreja a oreja—. A ti también te gustará el suplemento de libros del New Yak Times. Los yaks son los mejores cuando se trata de escribir reseñas. ¿Será por ese flequillo greñudo que tienen, que los ayuda a concentrarse? ¿O por la joroba de nutrientes, que les permite leer muchos libros sin necesidad de comer? Es todo un misterio.
Y entonces, con un par de brincos, Mofeto se plantó en la puerta. Recogió del suelo el batidor y luego la espátula.
—Fina y flexible, más útil de lo que cabría esperar —comentó doblando la espátula. Se metió ambas cosas en el bolsillo del delantal—. Tengo que irme a regar la Patata Cohete. ¿Te he mencionado ya cuánto disfruta con su maceta en el porche trasero?
(La Patata Cohete era una pequeña patata que tiempo atrás había salido volando de un cuenco. Mofeto y Tejón la habían plantado). Mofeto no esperó respuesta. Miró a Tejón.
—El almuerzo será a las doce, a las doce en punto. —Sin decir una palabra más, salió de un salto.
A Tejón le rugía el estómago. Según el reloj, eran las 11.08: faltaban cincuenta y dos minutos para el almuerzo.
«¡Mi importante labor petrológica!», pensó con viveza. Fue hasta la mesa de trabajo y cogió el ejemplar sin identificar.
—¿Roca o mineral?
Le dio vueltas entre las zarpas y levantó la voz:
—¿Mineral o roca? ¿Roca? ¿Mineral?
Y arrojó el ejemplar al aire.
Este subió y subió hacia el techo.
Y volvió a bajar.
Le aterrizó en la zarpa.
—¡ROCA! —gritó Tejón.
¿EL ALMUERZO? TEJÓN TITUBEÓ ANTE LA PUERTA y luego asomó la cabeza al interior.
Mofeto estaba plantado ante la cocina, con un montón de sobres embutidos en el bolsillo del delantal. La campana extractora zumbaba a toda potencia. En los fogones, dos sartenes chisporroteaban y algo hervía a borbotones en un cazo. Por lo visto, Mofeto estaba preparando el almuerzo y revisando las cartas de Correos del Pelícano al mismo tiempo. Tejón observó cómo sacaba un sobre del bolsillo del delantal con una zarpa mientras agitaba una sartén de nueces con la otra. Chuaga. Chuaga-chuaga. Y luego cómo leía lo que ponía en el sobre.
—Basura —murmuró, y, al estilo frisbi, lanzó el sobre sin abrir sobre la encimera.
—¡Clo!
Tejón vio entonces una gallina ko-shamo que miraba el sobre sin abrir (ojo izquierdo, ladeo de cabeza, ojo derecho). Dos gallinas más (una sedosa y una orloff) se echaban un sueñecito allí cerca, con el pico bajo el ala. La ko-shamo le dio un rápido picotazo al sobre, y luego ahuecó las plumas y se arrebujó. Tejón paseó la vista por la cocina. No había rastro de la gallinita naranja.
Mofeto hizo una mueca mirando a la ko-shamo («¡Perdona, no estaba prestando atención!») y agitó la sartén de nueces. Chuaga-chuaga-chuaga. En la llama azul del fogón brotaron chispas amarillas, rojas y naranjas. En otra sartén se doraban unos pegotones de mantequilla. Del cazo se elevaba vapor. Un aroma a manzana caliente, miel y cardamomo pasó flotando ante el hocico de Tejón, que carraspeó.
—¿Falta mucho?
Mofeto alzó la vista. Echó una ojeada al reloj de la pared y luego miró a Tejón con severidad.
—Diez minutos.
Cuando Tejón no se movió, Mofeto cogió una postal del montón de correo sobre la encimera y se la puso en las narices.
—Toma. Lee esto. —Le señaló su sitio en la mesa de la cocina—. Siéntate.
«¿Diez minutos?». A Tejón se le doblaban las rodillas y le daba vueltas la cabeza. Pero declarar que uno tenía hambre no hacía que la comida apareciera más deprisa. (Ya lo había intentado). De modo que asintió levemente, se sentó en su sitio habitual a la mesa de la cocina y cogió la postal. Era de la tía Lula, y decía así:
