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EL PRIMER TÍTULO DE LA SERIE SOBRE UNA EXTRAÑA PAREJA DESTINADA A CONVERTIRSE EN UN CLÁSICO. Nadie quiere una mofeta. No se abre la puerta a una mofeta. No se la invita a pasar. Especialmente, si en la casa se desarrolla una "importante labor petrológica". Y, por supuesto, jamás se debería permitir que se mudara allí. Pero Mofeto ha llegado a casa de Tejón para quedarse, y no hay nada que él pueda hacer al respecto. Aunque su mundo se ponga patas arriba.
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Seitenzahl: 122
Veröffentlichungsjahr: 2021
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MOFETOY TEJÓN
Para Phil
Publicado por primera vez por Algonquin Young Readers,
un sello de Algonquin Books of Chapel Hill
Post Office Box 2225, Chapel Hill, North Carolina 27515-2225
una división de Workman Publishing
225 Varick Street, New York, New York 10014
Texto © Amy Timberlake, 2020
Ilustrationes © Jon Klassen, 2020
Diseño de Carla Weise
De esta edición © Editorial Flamboyant S. L., 2021
Bailén, 180, planta baja, local 2, 08037 Barcelona
www.editorialflamboyant.com
Todos los derechos reservados
Traducción del inglés © Patricia Antón de Vez, 2021
Corrección de textos: Raúl Alonso Alemany
Lettering: Sergi Puyol
Primera edición: septiembre de 2021
Primera edición digital : septiembre de 2021
ISBN: 978-84-18304-49-1
Producción del ebook: booqlab.com
@flamboyanteditorial
edflamboyant
@EdFlamboyant
AMY TIMBERLAKE
Ilustraciones de
JON KLASSEN
Traducción de
PATRICIA ANTÓN DE VEZ
La primera vez que Tejón vio a Mofeto, pensó: «Menudo canijo», y le cerró la puerta en las narices.
Tejón no solía cerrarles la puerta en las narices a los animales, pero aquel le pareció muy relamido, con esas rayas y esa cola como un plumero. Y tampoco le gustó su sonrisa, ni la forma en que le había tendido la zarpa, como si llevara mucho mucho tiempo deseando conocerlo.
Tejón sabía de qué iba aquello. Cerró la puerta antes de que a aquel bicho se le pasara algo más por la cabeza.
—¡No quiero comprar nada! —exclamó a través del ojo de la cerradura.
Cuando el bicho siguió llamando, añadió:
—¡Nunca!
Y entonces echó el cerrojo.
Y puso la cadena.
«¡Qué peñazo!», pensó con furia mientras volvía a su taller de petrólogo.
Al principio, la casa pareada de ladrillo de la tía Lula no tenía un taller de petrólogo. Tejón había hecho algunas reformas. Había sacado a rastras el sofá y las cómodas butacas, había metido en cajas los libros y los juegos de mesa, y había cerrado el tiro de la chimenea. Luego había llevado al taller su mesa de petrólogo y su taburete, y había instalado la lámpara que usaba para trabajar. Sobre la chimenea, había colgado los martillos, las mazas y las sierras. Su pulidora de piedras encajaba bien en la repisa de la ventana. Las estanterías de libros habían resultado un buen lugar para poner cajas de rocas y minerales. Los había colocado allí por orden alfabético, con los ejemplares más delicados envueltos en papel de seda. En la chimenea, Tejón había formado una pirámide de geodas («¡Muy artística!»). Finalmente, había abierto de par en par las puertas correderas para crear una ruta hasta la cocina, donde poder echar la zarpa a un buen puñado de cereales, y con eso dio por finalizado su taller de petrólogo.
Tejón acercó el taburete a la mesa de petrólogo y ajustó su lámpara de trabajo. Cogió una lupa con una zarpa y la cuarcita con la otra.
Toc-toc. Toc-toc-toc.
El ruido procedía de la puerta principal. Tejón se interrumpió. Era aquel bicho otra vez.
Dejó la lupa y la cuarcita, y abrió la agenda. No tenía citas ni esperaba a ningún animal chapucillas. La Oveja del Corral acudía los sábados a pastar en el césped. De hecho, el cuadrado de ese día en la agenda contenía una X. Y una X significaba «IMPORTANTE LABOR PETROLÓGICA».
Por supuesto, como esa era la casa de la tía Lula, ella podía pasar por allí en cualquier momento. Pero ella no llamaría, pues tenía llave.
Tejón recordaba cuánto lo había ayudado la tía Lula: tres años atrás, él había sido un científico petrólogo sin trabajo fijo ni una guarida decente. La situación fue a peor hasta que la tía Lula le ofreció a Tejón su casa de ladrillo para que tuviera un sitio donde vivir.
—Hasta-que-te-vayan-mejor-las-cosas —dijo la tía Lula, que era una marta y hablaba muy deprisa.
La tía Lula le ofreció su casa gratis.
—¡Eres-de-la-familia! ¡Mi-sobrino!
«¡Financiación para mi ciencia! ¡Una residencia a largo plazo! ¡Una concesión de tiempo y espacio!», había pensado Tejón.
En cualquier caso, la tía Lula casi nunca acudía a visitarlo. Prefería escribirle cartas. A Tejón le vino a la cabeza una imagen de la lata del correo que tenía sobre el escritorio en su habitación. Contenía dos cartas sin abrir, o tres, de la tía Lula.
«Debería leerlas», se dijo.
Toc-toc-toc. Toc.
Tejón frunció el ceño. Aquel bicho no iba a seguir llamando, ¿no?
Toc. Toc. Toc.
Decidió ignorar aquellos golpes. Al bicho no le quedaría otra que marcharse. Hizo girar la cuarcita, sostuvo la lupa sobre un cristal prometedor y se inclinó sobre él.
—¿Tejón? —llamó una voz a través del ojo de la cerradura.
Tejón se quedó helado.
—¿Tejón? ¿Estás ahí dentro? —preguntó la voz.
A Tejón se le escurrió la cuarcita de las garras. La cuarcita se hizo pedazos.
—¡Por todos los pedruscos!
—¿Tejón?
Toc-toc-toc.
Se quedó mirando los fragmentos de cuarcita. Luego miró hacia la puerta de entrada. Y entonces dejó la lupa, se levantó y fue hacia la pulidora de piedras. Le dio al botón de encendido. El agua de la pulidora se agitó y la arenilla empezó a rechinar. Las rocas comenzaron a frotarse, cris-cris-cras, y el motor gimió cuando el bombo de la pulidora se puso a dar vueltas y más vueltas con un fuerte brrruuum-brrruuum.
Tejón soltó un suspiro y relajó los hombros. Apartó los pedazos de cuarcita y seleccionó otra roca. Se sentó a su mesa de trabajo, cogió la lupa y la sostuvo sobre la roca.
«Concéntrate», se dijo cuando captó movimiento en las ventanas a sus espaldas.
Tejón se concentró durante un segundo (o mil), dos segundos (o dos mil), tres segundos (o tres mil), y luego pensó: «¿Cómo sabe mi nombre?». En la placa sobre el buzón solo ponía: «LULA P. MARTA».
Y entonces pensó: «¿Y si es alguien importante?».
Tejón cruzó corriendo el pasillo hasta el recibidor y descorrió los cerrojos, quitó la cadena y abrió la puerta.
Allí no había nadie.
—¿Hola? ¿Hay alguien? —llamó.
Cantó un pájaro. Una brisa pasó dando tumbos. El buzón y la maceta estaban vacíos. Tampoco encontró nada pegado en la puerta. Tejón frunció el entrecejo. «Alguien importante habría dejado una nota».
Más abajo, en la acera, se detuvo una gallina pinta blanca y negra, que miró a Tejón primero con el ojo izquierdo y luego con el derecho.
¿Una gallina? ¿En North Twist? Tejón nunca veía gallinas por allí.
—Clo-clo —dijo la gallina.
Estaba ahí plantada, con el cuello estirado, y lo miraba de derecha a izquierda y de izquierda a derecha.
Tejón tuvo la extraña sensación de que debía decir algo, pero ¿a una gallina?
—¿Clo? —insistió la gallina.
—¡Tsss! ¡Tsss!
Cuando la gallina no se movió, Tejón agitó las zarpas.
—¡Fuera de aquí, lárgate!
—¡Clo!
La gallina se alejó aleteando. Al hacerlo, pasó junto a una pequeña maleta roja cerrada con cordel.
La maleta estaba ante los peldaños de entrada de Tejón.
Tejón soltó un gemido. «Rápido, adentro».
Pero entonces el bicho de antes apareció rodeando la esquina, cogió la maleta y subió corriendo los escalones. Antes de que Tejón se diera cuenta, le estaba dando un vigoroso apretón de zarpa.
—¡Tejón, me llamo Mofeto! He oído hablar mucho de ti. ¡Qué bueno que nos conozcamos por fin!
Lucía una sonrisa tan amplia y le estrechaba la zarpa con tanta energía que Tejón sintió un calorcito en la tripa.
—¡Oh! —exclamó, sonrojándose un poco.
Y Mofeto aprovechó el momento para pasar junto a él y colarse en la casa de ladrillo.
«¡Así, por las buenas!», pensó Tejón.
Mientras cerraba la puerta, Tejón comprendió que no habría forma de poner freno a la estrategia de Mofeto. Abriría aquella maleta roja suya para revelar algo que vendría a cambiarlo todo, garantizado. Seguiría el típico rollo, el discursito del vendedor, el pago en cómodos plazos. «¡Esto es revolucionario, supone un antes y un después!», le diría aquel bicho. Y la cháchara seguiría sin parar.
Encontró a Mofeto en su taller de petrólogo. («¡En mi taller!»). Andaba curioseando y tocó con un dedo el montón de geodas en la chimenea.
—Un sitio estupendo, y qué bonita cocina —comentó Mofeto, haciendo un gesto apreciativo con la cabeza.
Con la zarpa derecha, cogió una de las mazas de Tejón y la hizo girar.
Tejón se la quitó.
—Las mazas de petrólogo no son juguetes.
Mofeto negó con la cabeza.
—¡Desde luego que no! Aunque vendría muy bien para hacer puré de patatas.
Tejón volvió a dejar la maza, haciendo hincapié en el gesto, y se fijó en la maleta roja sujeta con cordel. La maleta estaba en el centro de la habitación, y Tejón la miró con gesto insinuante.
Mofeto siguió la mirada de Tejón hasta la maleta roja y luego volvió a mirar a Tejón con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Ya estoy aquí!
—Pues sí —contestó Tejón.
Hubo una pausa.
Seguida por otra pausa.
Mofeto señaló la pulidora de piedras.
—La he apagado. Esa máquina mete mucho ruido, parece que esté batiendo piedras. ¡Ja!
—Es que resulta que las está batiendo —contestó Tejón—, porque es una pulidora de piedras.
—¡Oh! —exclamó Mofeto—. ¿Puedo ver una piedra pulida?
—No.
—Oh —Mofeto parpadeó, soltó un suspiro y se sentó.
«¡En mi taburete de petrólogo!», pensó Tejón. Miró fijamente a Mofeto, sentado en su taburete.
Mofeto lo miró a su vez, y luego apoyó la barbilla en una zarpa y empezó a girar un poco de aquí para allá sobre el taburete de petrólogo.
—Ejem —carraspeó Tejón.
Mofeto levantó la vista.
Tejón miraba la maleta con insistencia.
Mofeto también miró la maleta, y luego a Tejón con el ceño fruncido, y dijo:
—Este es un buen taburete, porque da vueltas. Supongo que te gusta dar vueltas. A mí también me gusta. ¡Mira!
Mofeto se agarró a los bordes del taburete y empezó a girar.
—¡Para de hacer eso! —le ordenó Tejón.
Mofeto se detuvo, derrapando un poco.
¡Y no dijo nada!
Tejón empezó a pasearse de aquí para allá.
—Vamos a ver, no creo que haya diez pasos que vayan a mejorar mi vida. Ya sé cómo organizar mi tiempo. No me gasto el dinero en rifas ni en boletos de la lotería. No tengo agujeros en los calcetines. No creo en las gafas con visión de rayos X ni en polvos de hongos. Los anillos con diamantes falsos no me impresionan. No necesito una licuadora, y tampoco necesito un tiovivo de juguete, desde luego. A menos que hayas venido con dinero para financiar a un científico petrólogo que está haciendo una «importante labor petrológica» (algo que, debo añadir, hago sin parar, incansablemente y con mucho afán), no hay nada que puedas ofrecerme. No me interesa, muchas gracias. —Tejón se plantó delante de Mofeto—. Bueno, ¿podemos seguir ya cada uno con nuestra vida?
Se acercó a la puerta.
Mofeto se sentó más tieso en el taburete.
—Pues tener un tiovivo es una cosa bastante buena. Mucho mejor que tener un tiomuerto.
Tejón se echó a reír.
—¡Jua, jua! ¡Pues es verdad! Mejor que un tiomuerto.
Pero Tejón comprendió entonces que aquello era una maniobra de distracción. Cruzó los brazos.
—Basta ya de bromas. ¿Llevas piedras en esa maleta? Porque eso sí que me interesa.
Mofeto lo miró raro.
—¿Por qué iba a llevar piedras en la maleta? Todo el mundo sabe que las piedras pesan mucho. —Paseó la vista por la habitación—. A ti te gustan las piedras, desde luego. En este sitio hay montones de ellas.
Tejón soltó un gemido, exasperado.
—Bueno, ¿y qué llevas en la maleta entonces?
Mofeto parpadeó.
—Mi libro de cuentos, un silbato para gallinas, un pijama… —Sonrió de oreja a oreja—. ¡Ya caigo! ¿Hay una contraseña secreta? La tía Lula se olvidó de decirme cuál era la contraseña secreta.
Tejón se tambaleó un poco.
—¿La tía Lula?
—Sí, la tía Lula me dijo que me darías una habitación y una llave. —Mofeto se bajó de un salto del taburete—. ¡Soy tu nuevo compañero de piso, Mofeto! —Ladeó la cabeza—. ¿Has creído que era un vendedor que va de puerta en puerta? Qué divertido. ¡Ja!
—¡Jua, jua! — Tejón se rio educadamente, mientras se le encogían las entrañas.
«¿Un compañero de piso? ¡No! ¡No puede ser!». La tía Lula se lo habría dicho.
Tejón se acordó, otra vez, de las dos cartas de la tía Lula (¿quizá tres?) que tenía sin leer en el fondo de su lata del correo.
Pero entonces acudió a su cabeza cierta información, algo que había leído. Le dio unas palmaditas a Mofeto y negó con la cabeza.
—¿La tía Lula? ¿Cómo que «tía»? Tú eres una mofeta, y yo soy un tejón: no somos familia. ¡Está científicamente comprobado!
Mofeto se echó a reír.
—¡Sí, ya lo sé! Pero la tía Lula insistió en que la llamara «tía», y me pareció que era mejor no llevarle la contraria. ¿Has salido vencedor alguna vez en una discusión con ella? Las martas hablan rapidísimo. —Mofeto se encogió de hombros y añadió—: La tía Lula conocía a mi madre.
—¿Y no tienes tu propia casa? —soltó Tejón.
Mofeto se encogió un poco y retrocedió un paso.
—¿Y bien? —se oyó decir Tejón.
Mofeto lo miró y se frotó la raya con una zarpa.
—Tenía una casa, sí.
Tejón arqueó una ceja.
Mofeto apartó la vista, jugueteó un poco con su cola, y luego pareció desinflarse. Miró a Tejón a los ojos y susurró:
—No todo el mundo quiere tener cerca una mofeta.
En cuanto hubo pronunciado esas palabras, Mofeto se puso tieso. Con un brinco, cogió su maleta roja del suelo.
—Lo siento. Esto me da mucha mucha mucha vergüenza. La tía Lula me dijo que te había escrito para contártelo. ¿Se le habrá olvidado? No me gusta pensar que se le haya podido olvidar, pero quizá fue así. Las martas lo hacen todo muy deprisa. A veces me pregunto cómo se acuerdan de hacer lo que dicen que van a hacer, teniendo en cuenta lo rápido que dicen las cosas. La tía Lula me dijo esto: «Mofeto-tienes-que-ir-a-vivir-con-Tejón-en-mi-casa-de-ladrillo-en-North-Twist. Te-caerá-bien. Os-haréis-muy-muy-muy-buenos-amigos. ¡Voy-a-escribirle-ahora-mismo!».
Tejón tuvo que admitir que era más o menos así como hablaría la tía Lula.
Y también que no había leído las últimas cartas.
Y también que la dueña de la casa de ladrillo era la tía Lula.
Por tanto, no había nada que hacer.
Sin embargo, Mofeto ya se encaminaba hacia la puerta.
—Encontraré otro sitio donde alojarme. Tú ni sabías que iba a venir.
Tejón corrió a plantarse delante de Mofeto y dijo lo que había que decir:
—¡Ah, conque eres ese Mofeto! Pasa, pasa. ¡Me alegro de conocerte por fin!
