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Siempre es posible llegar a un acuerdo, solo es cuestión de proponérselo. En el aula de Jorge se organiza un barullo por la proximidad de las elecciones a representante de la clase. La clase se divide entre chicos y chicas, y ambos grupos van a jugar sucio para intentar que gane su candidato. Entre medias estarán Jorge y Cecilia, que ponen su amistad en juego solo por conseguir el voto del otro.
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Seitenzahl: 80
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Son Goku se acercaba volando hacia mí, pero no en su nube. Tapó por completo mi visión y lo último que distinguí antes de que me golpeara fue el destello naranja de una bola de dragón.
Sentí un pinchazo en el ojo derecho y un raspón doloroso en la frente. Me agaché y me cubrí la cara con las manos. Oí cómo caía al suelo el estuche de Dragon Ball que me había lanzado con fuerza alguna chica desde el otro lado de la clase.
—¡Sangre! —gritó mi amigo Luisfe, con su voz de pito.
La gran bronca entre los dos bandos se detuvo por esa única palabra. Los insultos se quedaron dentro de las bocas, los gestos de burla se descompusieron y los objetos que estaban a punto de ser lanzados permanecieron en las manos.
La clase se asustó.
Yo, más aún.
Separé las manos de la cara. Una pequeña gota roja cayó desde la frente hasta la palma de mi mano izquierda. Justo en la línea del corazón. No me desangraba, estaba claro, pero tampoco había sido un ligero roce.
Mis amigos Luisfe, Tomás y Mareque eran los que más cerca estaban de mí. Me giraron la cabeza hacia la ventana para poder ver bien la herida. Con lo que decían, me iba enterando del diagnóstico.
—Jorge, la herida está sobre la ceja.
—Es una raya roja.
—No parece muy profunda.
Mientras, el resto de chicos de clase se arremolinaban detrás de mis amigos y me señalaban.
A mí no me dolía la frente. En realidad no me dolía nada. Solo me escocía el ojo. Me tiré del párpado inferior izquierdo hacia abajo y pregunté:
—¿Tengo algo?
Vi cómo los ojos de todos se abrían más. Pero no era por imitarme, sino de asombro.
—Un punto rojo.
—En lo blanco del ojo.
—La bandera de Japón.
—Una vez, mi hermano me clavó en el ojo, sin querer, un lápiz al que acababa de sacar punta y me salió lo mismo.
—Te lo ha debido de hacer el pinchito ese que tiene la cremallera.
Me empecé a poner nervioso. Una herida, un punto de sangre en el ojo…
—¿Ves bien, Jorge? —me preguntó Mareque.
Yo levanté la cabeza. Vi a los chicos rodeándome. Miré más allá. La ventana, la pizarra, los pupitres y, en la otra esquina de la clase, el enemigo: las chicas. Seguían con el gesto de odio profundo hacia nosotros, que no era más que el espejo del nuestro.
—Sí, veo bien —contesté.
Cecilia, con su pelo rubio ceniza, parecía preocupada. Se abrió paso entre María y Alba y dio unos pasos hacia nuestro grupo.
Al instante, Pablo la detuvo como si fuese un policía de tráfico.
—¿Dónde vas? ¿A ver la herida que tú misma le has hecho? —dijo en voz bien alta, para que se enterasen ella y el resto de la clase.
María salió corriendo, agarró a Cecilia del brazo y la llevó de vuelta a su grupo.
—Tampoco se va a morir —le dijo.
En los últimos días, se habían repetido peleas y discusiones, pero aquella, en el descanso entre las clases de Lengua y de Matemáticas, había sido la más brutal. Todos los chicos y todas las chicas enfrentados.
El estuche que impactó contra mi cara no había sido el primero en volar de un grupo a otro. Ni el primer objeto. Con anterioridad, nos habíamos lanzado libros, bolígrafos y gomas de borrar, una manzana envuelta en papel de plata, incluso alguna mochila que por suerte estaba casi vacía. Los insultos también habían llenado el aire de la clase. De esquina a esquina. Hasta quienes somos más tranquilos nos vimos envueltos en ese torbellino de furia.
En los cuentos es muy fácil explicar cuándo empieza una historia: en la primera línea, claro. «Había una vez…» y de ahí en adelante. Pero en la vida hay situaciones que no se sabe muy bien dónde empiezan o que no tienen solo un comienzo, sino muchos.
Lo fácil sería decir que la batalla campal se inició una semana antes, cuando Mayte, nuestra tutora de 6.º, dijo:
—El miércoles que viene, elección de representante.
Era como llamaban en el colegio desde hacía unos años al delegado. Yo estaba en proceso de acostumbrarme a la palabra y algunas veces se me olvidaba y usaba la antigua. Ese momento fue clave, pero lo cierto es que antes y después ocurrieron muchas otras cosas que llevaron a lo mismo.
Hubo muchos principios para ese final.
Nuestra clase llevaba junta desde 5.º (algunos incluso antes) y nos conocíamos bien. Demasiado bien.
En un proceso del que no nos habíamos dado cuenta, a lo largo del curso anterior, los chicos y las chicas nos habíamos ido distanciando. Antes, nos mezclábamos en los juegos, en las críticas a los adultos, en las trastadas, en los deportes, incluso en las peleas. Pero poco a poco, sin planearlo, ellas y nosotros íbamos creando nuestros grupos, en los que no podían entrar los otros. Clubes privados.
Nos ignorábamos y, por momentos, también nos despreciábamos. Competíamos sin saber por qué. Quien conseguía que regañasen o castigasen a alguien del otro grupo tenía medalla.
En septiembre comenzamos el curso. Luisfe volvía a ser mi mejor amigo, después del paréntesis del año pasado (puñetazo incluido). Los primeros días de clase fueron tranquilos. Después de los meses de verano, el enfrentamiento con las chicas parecía olvidado.
O eso creía…
Porque las ganas de guerra no habían desaparecido, sino que estaban dormidas. La alarma que las despertó fue el anuncio de la elección de representante de 6.º. En cuanto Mayte lo comunicó, dos voces pronunciaron al unísono la misma palabra:
—¡Yo!
Una fue María y el otro, Pablo.
María.
Hacía tres años, la primera vez que coincidí con ella en clase, nos mandaron buscar el origen de nuestro nombre. «María significa “la elegida de los dioses”», nos dijo llena de orgullo. Lo malo era que se lo creía y actuaba como si estuviese por encima del resto de los mortales. Lo peor, que su gente la veneraba como a una diosa.
Cuando el grupo no se ponía de acuerdo en algo, ella levantaba la voz y ya no se hablaba más. Tenía ese poder extraño que muchas personas ceden a otras por no sé qué razones.
Pablo.
«Pablo significa “persona humilde”», recuerdo que dijo él con voz de santo. Risas en clase. Era la prueba más evidente de que el significado del nombre no tenía nada que ver con la realidad. El mío, por ejemplo, significaba «agricultor, labrador…» y yo soy más de ciudad que los rascacielos.
Pablo tenía una forma de ser arrolladora. Nos convencía fácilmente de que sus planes eran los mejores, aunque fuesen una basura. Era su manera de hablar, de gesticular… No sé, algo que los demás no poseíamos.
Pablo y María eran dos líderes natos.
Cuando Pablo y María coincidieron al pronunciar su palabra favorita: «yo», se miraron en silencio durante unos segundos. Parecía ese momento de la película en el que se encuentran dos rivales y la cámara empieza a enfocar a uno, luego al otro, al uno, al otro…, y nadie dice nada, y la inquietante música de fondo hace que los espectadores se pongan cada vez más nerviosos.
Hasta que María rompió la tensión:
—Vosotros sois doce y nosotras, trece. —Encogió los hombros—. Lo siento, no tenéis nada que hacer.
Pablo entrecerró los ojos y apretó la boca. Se le tensaron los músculos de la mandíbula. A continuación, movió los labios hasta formar algo similar a una sonrisa. No lo entendí. Los dos rivales parecían contentos.
Mayte nos explicó que se podían presentar quienes quisieran y que la votación sería secreta. Después, debió de recordar algo y puso un gesto extraño: levantó las cejas y torció ligeramente la cabeza. En realidad podría haber sido uno de los miles de gestos incontrolados que hacemos las personas, pero no. Mayte tenía una información que nosotros desconocíamos.
Dos tardes, cuando salíamos de la última clase, nos cruzamos por las escaleras con los padres de nuestra compañera Claudia. En ese momento no le dimos ninguna importancia.
Un día después del anuncio de la elección de representante, Claudia no apareció por clase. Estaría enferma, tendría dentista o se habría ido de viaje con su familia. Nadie sospechó nada, hasta que Mayte anunció:
—El colegio ha aceptado el cambio de clase de Claudia.
Varios murmullos flotaron en el ambiente y fueron ganando intensidad. Toda la clase sabía lo que eso significaba.
—Empate a doce —dijo Érik, dirigiéndose a María.
Érik era el más fiel seguidor de Pablo. Su cuerpo aparentaba dos años más y su mente, dos años menos. Con Pablo, se mostraba obediente y sumiso. Con quienes no eran Pablo, tirano y dictador.
María miraba a un lado y al otro, como buscando explicaciones por las paredes de la clase.
—Quien siembra vientos, recoge tempestades —lanzó Pablo.
De nuevo, su actitud no se correspondía con lo esperado. No se le veía tan seguro como el día anterior.
María maldijo entre dientes. No sabíamos a quién dirigía sus palabras, si a Érik, a Pablo, a Claudia, al mundo…
No nos fue difícil sacar conclusiones.
En realidad, aunque el anuncio de Mayte nos pilló por sorpresa, en el fondo a nadie le extrañó.
En el curso pasado, Claudia había tenido problemas con María. Y tener problemas con María era tener muchos problemas. Aunque a veces nos costaba reconocerlo, lo cierto es que la acosó. Con la ayuda de unas y el silencio de otros. Burla, intimidación, desprecio, insultos ingeniosos… Tuvo que intervenir hasta el departamento de Orientación con castigos y reuniones con los padres, con las implicadas y con toda la clase.
La maquinaria, esta vez, funcionó.
