La hija de su rival - Dulce rendición - ¿Solo negocios? - Charlene Sands - E-Book

La hija de su rival - Dulce rendición - ¿Solo negocios? E-Book

Charlene Sands

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Beschreibung

La hija de su rival Charlene Sands La apasionada noche que Tagg Worth había pasado con Callie Sullivan fue una locura. Su recuerdo no dejaba de asaltarlo, pero el adinerado ranchero se había jurado no volver a cometer el error de acostarse con ella. La hija de Hawk Sullivan le estaba vedada; sobre todo, porque el principal objetivo de Hawk era acabar con él en el mundo de los negocios. Dulce rendición Kate Carlisle ¿Casarse y tener hijos? Cameron Duke no tenía el menor interés en ninguna de las dos cosas. Pero una aventura con Julia Parrish lo cambió todo. Al descubrir que la preciosa repostera había tenido un hijo suyo, sus prioridades cambiaron. Se casaría con ella y reconocería a su hijo, pero mantendría su corazón a buen recaudo. Julia nunca se había planteado un matrimonio de conveniencia y supo que quería mucho más de su marido: quería su amor. ¿Solo negocios? Cat Schield Emma Montgomery no permitiría que su padre le concertara un matrimonio como parte de un trato de negocios… aunque le negara el acceso a su fondo fiduciario. Desafortunadamente, el inconformista hombre de negocios Nathan Case, un antiguo amor y su supuesto prometido, se lo estaba poniendo difícil. Cada vez que la tocaba estaba a punto de traicionarse a sí misma. Resistirse a Nathan y recuperar su dinero eran los objetivos del juego… ¡pero tratar con ese millonario podría llevarla directamente a sus brazos!

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 401 - marzo 2019

 

© 2011 Charlene Swink

La hija de su rival

Título original: Carrying the Rancher’s Heir

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

 

© 2010 Kathleen Beaver

Dulce rendición

Título original: Sweet Surrender, Baby Surprise

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

 

© 2011 Catherine Schield

¿Solo negocios?

Título original: Meddling with a Millionaire

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2011

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situacionesson producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientosde negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcasregistradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y susfiliales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® estánregistradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otrospaíses.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin EnterprisesLimited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1307-935-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

La hija de su rival

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Dulce rendición

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

¿Solo negocios?

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

 

 

 

 

El sonido de los cascos y los relinchos de los caballos, normalmente, hacían sonreír a Taggart Worth.

Pero no ese día.

Ese día, apoyado en la valla del corral bebiendo café mientras contemplaba sus premiadas yeguas trotando en el círculo de arena, sentía un nudo en el estómago. De nuevo, había competido con el rancho Big Hawk por un valioso trato de ganado vacuno y lo había perdido. Hawkins Sullivan les había superado en la oferta y había ganado.

Sullivan.

Era su vecino y una pesadilla. Aunque el rancho Worth podía competir con el rancho Big Hawk, a él no le gustaba perder. Además, le habían hecho creer que lo tenía en el bolsillo.

Tagg bebió un sorbo de café. El fuerte líquido estaba tan frío y tan amargo como sus sentimientos. Tiró el resto del café al suelo y dejó la taza vacía en el poste superior de la valla del corral. Sus pensamientos se desviaron a la noche que había pasado con la hija de Sullivan, Callie, hacía un mes en Reno. Hacía semanas que no dejaba de pensar en ella y eso no le convenía al director financiero de Worth Enterprises.

Todo el tiempo que debiera haber estado pensando en cómo ganarle la partida a El Halcón, como se conocía a Sullivan en el negocio de la ganadería aludiendo a su nombre de pila, Tagg había estado ocupado pensando en la hija de éste. Incluso había llegado a sospechar que Hawkins la había enviado a ese rodeo en Reno con el fin de distraerle. Sin embargo, aunque Sullivan tenía fama de despiadado en el mundo de los negocios, jamás recurriría a semejantes artimañas. No, no sacrificaría a su hija a cambio de un trato. Además, Callie no le parecía la clase de mujer que se dejara manipular… Aunque no sería la primera vez que se equivocaba respecto a las mujeres.

Conocía a Callie desde pequeña. Sus ranchos eran vecinos. Pero cuando Callie le obligó a levantarse del taburete del bar Cheatin Heart para arrastrarle a la pista de baile, hacía años que no la veía.

Había sido una noche desaforada.

–Baila conmigo, vaquero. Demuéstrame que sabes moverte –le había dicho ella al tiempo que le rodeaba el cuello con sus delgados brazos y se apretaba contra él, con la ondulada melena cayéndole por la espalda.

–¿Crees que podrás aguantar mis movimientos? –le había puesto las manos en las caderas y se la había pegado al cuerpo, deleitándose en su calor.

–Sí, claro que sí, Tagg. Puedo aguantar lo que tú quieras –con la respiración entrecortada, los labios de Callie casi le habían rozado los suyos.

Se le había insinuado con la mirada. «Tómame», le había dicho con los ojos, mermando su fuerza de voluntad.

Fue entonces cuando había perdido la razón. Llevaba meses sin estar con una mujer, y Callie parecía querer lo mismo que él: una noche loca de sexo.

Tagg le había agarrado una mano y se la había llevado a su hotel. Apenas habían cruzado la puerta cuando se desnudaron el uno al otro con frenesí.

–Es una joven muy bonita.

Tagg se volvió y encontró a su hermano mayor a tres metros de él. Sus dos hermanos y él eran los propietarios de treinta mil hectáreas de terreno para criar ganado en Red Ridge County, un terreno que llevaba varias generaciones en propiedad de su familia. Clay vivía en la casa principal; Jackson pasaba la mayor parte del tiempo en el ático; él, por su parte, se había construido una casa en lo que originalmente fue el hogar de la familia, una cabaña en las colinas.

–¿Te refieres a Trick? –Tagg asintió mirando a la más joven de las yeguas–. Sí, lo es. Las otras no han tenido problemas en aceptarla.

Se quedaron observando a los animales mientras éstos se dirigían al fondo del corral, con las dos yeguas más mayores flanqueando a Trick, protegiéndola.

–Hace mucho que no vienes a mi casa –Clay se echó el sombrero hacia atrás para mirarle directamente a los ojos–. Parecías muy pensativo… ¿te preocupa algo?

Tagg no era extrovertido. Se sentía culpable por no haberse despedido de Callie aquella mañana, por haberse marchado sigilosamente del hotel y haberle dejado una nota en la cama a modo de despedida. Pero no iba a hablar de ello con Clay ni tampoco iba a contarle que Sullivan le había ganado un contrato.

Era su problema y él se encargaría de ello.

A Tagg le gustaba estar solo y, gracias a los adelantos tecnológicos como ordenadores, Internet y teléfonos móviles, no tenía que moverse mucho para llevar el negocio. Clay se encargaba de los asuntos relacionados con los empleados del rancho, y Jackson estaba al frente de los otros intereses económicos de la familia en Phoenix. Y a ninguno de los tres les molestaba ensuciarse las manos y realizar trabajos manuales en el rancho.

–No, nada. Sólo que llevo tiempo con mucho papeleo. ¿Y tú, qué tal?

–Ocupado con Penny’s Song. El edificio está casi acabado. Los primeros jóvenes van a venir dentro de unas pocas semanas.

–Estupendo. Ya sabes que, en el momento en que lo necesites, no tienes más que decírmelo y os echaré una mano.

La idea de construir Penny’s Song había sido de Clay y su esposa, para conmemorar la muerte de una niña de diez años de la zona que había fallecido de una grave enfermedad. La familia Worth había construido un centro, un kilómetro y medio dentro de la propiedad, destinado al cuidado de niños en proceso de recuperación de enfermedades graves. La idea era ayudarles a recuperarse en el rancho, a base de vida sana.

–Contamos con tu ayuda.

–Me pasaré luego a ver cómo va.

Clay asintió y dio un paso en dirección a su camioneta; pero entonces, se volvió y miró a su hermano durante unos instantes.

Tagg arqueó las cejas y lanzó una curiosa mirada a Clay.

–¿Qué pasa?

–Hace ya cuatro años, Tagg.

Tagg respiró hondo. Contuvo las ganas de dar una mala contestación a su hermano debido a que sabía que sólo estaba preocupado por él.

–Sé cuánto tiempo hace, así que no hace falta que me lo recuerdes.

–Me parece que es hora de que te des un respiro.

Clay se dio media vuelta, se subió a la camioneta y se marchó, dejándole a solas con los recuerdos.

Justo lo que él quería. Como tenía que ser. Había perdido a su esposa, Heather, hacía cuatro años, y nada podría arreglarlo. No necesitaba un respiro.

Jamás.

 

 

Callie Sullivan estaba bajo la sombra de las montañas Red Ridge, a unos pasos de la puerta de la casa de Tagg. Le tembló el cuerpo entero. Estaba deseando verle otra vez, a pesar de que sabía que Tagg no se alegraría de verla. A pesar de que sabía que Tagg no le había llamado, no había tratado de ponerse en contacto con ella después de aquella noche juntos.

Subió los escalones del porche y se sacó del bolsillo de los vaqueros la nota que él le había dejado en el hotel. La había sacado del bolsillo y la había leído tantas veces que el papel estaba completamente desgastado. Pensó en cómo se había sentido al despertar a la mañana siguiente y descubrir que, en vez de Tagg, sólo había una nota a su lado en la cama. Se sabía de memoria las palabras de aquel papel, no necesitaba leerlas.

 

Callie:

Ha sido estupendo. Tengo que volver a casa. No quería despertarte.

Tagg.

 

No decía gran cosa. Tagg no era un hombre de muchas palabras; pero, en la cama, suplía con creces su falta de desenvoltura en lo relativo a las relaciones sociales. Ella no se arrepentía de lo ocurrido aquella noche. Se había sentido inquieta, frustrada y triste durante el viaje a Reno… hasta ver a Tagg en el taburete de la barra de aquel bar, solo. Algo, no sabía qué, le había hecho ir a por lo que quería. Y siempre había deseado a Tagg.

«Callie, ésta es tu oportunidad», se había dicho a sí misma.

Se había arriesgado y sus sueños se habían hecho realidad.

Llamó a la puerta después de meterse la nota en el bolsillo de los pantalones.

Silencio.

Volvió a llamar con los nudillos.

Nada.

Salió del porche y, haciéndose visera con una mano sobre los ojos para protegerse del sol, buscó con la mirada alguna indicación de que él estuviera allí.

La casa era de un solo piso y estaba asentada en lo alto de una colina con una vista panorámica a las montañas Red Ridge. El pintoresco paisaje le recordó por qué le gustaba tanto aquella parte de Arizona. A más de una hora en coche de la agitada ciudad de Phoenix, con su parte histórica, centros deportivos y tiendas de modas, la casa de campo de Tagg distaba mucho del tipo de vida de esa ciudad.

Así era como a él le gustaba, pensó Callie. Todo el mundo se sabía la historia de Tagg: el campeón de rodeos casado con la reina del rodeo. Un matrimonio perfecto. Un final de cuento de hadas.

«Y vivieron felices…».

Pero no había sido así. Porque Heather Benton Worth había muerto en un accidente de avioneta, en la pista de aterrizaje del rancho Worth, y eso a Tagg le había dejado destrozado. No se conocían muy bien los detalles del accidente, nadie hablaba de ello. Había sido el trágico final de una hermosa vida.

Y Tagg parecía haber muerto también en ese accidente. Había dejado el rodeo, a los amigos y su carrera, y se había construido una modesta casa en las colinas.

El padre de ella había llegado a decir que Clayton Worth había hecho a Tagg director financiero de la empresa con el fin de procurarle una distracción, y así había comenzado su solitaria vida en el rancho.

En la distancia, Callie divisó a un jinete. Se le aceleraron los latidos del corazón. Hacía cinco semanas que no veía a Tagg. Demasiado tiempo. Su corazón albergaba un secreto. Un secreto que aún no estaba dispuesta a compartir con él.

Además de ser un ejecutivo, Tagg era un auténtico vaquero, con sus chaparreras de cuero, camisa azul y gafas de sol. El corazón le dio un vuelco y el pulso se le aceleró mientras le veía acercándose sobre la yegua por el camino de tierra que conducía al establo.

Tagg no mostró sorpresa al verla cuando llegó hasta ella y se bajó del hermoso animal.

–Eres una chica preciosa –le dijo Callie a la yegua al tiempo que le ponía una mano sobre el sudoroso lomo.

Le encantaban los animales; sobre todo, los caballos. Y montaba muy bien.

Tagg la sobrepasaba en altura y Callie tuvo que alzar el rostro para ver el de él.

–Podría decir lo mismo de ti –dijo Tagg al tiempo que se cruzaba de brazos.

Callie no podía verle los ojos, pero estaba casi segura de que le había hecho un cumplido.

–Hola, Tagg.

–Hola, Callie –con los ojos escondidos detrás de los cristales de las gafas, Tagg la miró de arriba abajo, haciéndola arrepentirse de no haberse puesto ropa más femenina–. ¿Querías verme?

–Sí.

Tagg se frotó la nuca y dejó escapar un suspiro.

–Me alegro de que hayas venido…

–¿Que te alegras? –preguntó Callie sin poder disimular su sorpresa. Había temido que Tagg no quisiera volver a verla.

Tagg se quitó las gafas de sol y entrecerró los ojos azul grisáceos. Esos mismos ojos, mostrando admiración y deseo, la habían visto desnuda. Y ella jamás olvidaría el ardoroso brillo que habían adquirido y lo mucho que le había impactado.

De joven, su padre le había prohibido salir con ninguno de los chicos de la familia Worth. Al parecer, un Worth no tenía la clase suficiente para un Sullivan. Para su padre, nadie la merecía. Pero Tagg y ella habían ido al colegio juntos, después, le había visto por la ciudad y, con el tiempo, le había visto montar potros salvajes en los rodeos.

En realidad, Taggart Worth, el vecino de pronunciada mandíbula y oscuros cabellos con el que no le estaba permitido hablar, había sido el dueño de sus sueños durante la adolescencia.

Hacía seis meses que había vuelto de Boston para cuidar de su padre, que había sufrido un infarto. Y nada había cambiado, excepto que ya no era una niña sino una mujer y ahora su padre no podía prohibirle nada.

–Sí. He estado pensando en ti.

Callie, esperanzada, contuvo la respiración.

–¿En serio?

–Yo… siento lo que pasó en Reno. No debería haber ocurrido.

Callie se desinfló con la misma rapidez que un globo. Se le hizo un nudo en el estómago.

Había sido atrevida con Tagg y no se arrepentía de haber tomado lo que quería y de haberle dado a Tagg todo lo que tenía. Había entregado algo más que su cuerpo en Reno. Y ahora… ¿Tagg se estaba disculpando? ¿Le estaba diciendo que no debería haber ocurrido?

La desilusión dio paso a un enfado lleno de orgullo.

–No tengo por costumbre marcharme así, sin despedirme.

¿Con cuántas mujeres había pasado sólo una noche? Le habría gustado que se hubieran despertado abrazados y se hubiesen declarado amor eterno. Pero no era tan tonta como para creer que eso podría llegar a ocurrir.

–Dejaste una nota –le recordó ella, con un tono de voz que a Tagg le provocó una mueca.

Se sintió sobrecogida al ver la expresión de pesar de él. Tagg parecía arrepentirse de lo ocurrido, mientras que ella se aferraba al maravilloso recuerdo.

–Debería haberme quedado y haberte dado una explicación.

–No hay nada que explicar, Tagg. Los dos hicimos lo que quisimos.

Tagg sacudió la cabeza. No opinaba lo mismo.

Incapaz de soportar la situación un segundo más, Callie apartó la mirada y clavó los ojos en la yegua.

–¿No vas a cepillarla? Está respirando trabajosamente.

Antes de que él pudiera contestar, Callie agarró las riendas de la yegua y la llevó al establo.

Tagg la siguió.

Callie nunca se había sentido tan angustiada. Sin embargo, había ido allí para decirle a Tagg una cosa y no se marcharía hasta haberlo hecho.

Le quitó las riendas a la yegua mientras Tagg le quitaba la silla de montar.

–No es necesario que hagas eso –le espetó él.

Le había hecho enfadar. Mejor.

–Es algo natural en mí. Yo también me crié en un rancho –dijo, dedicándole una sonrisa.

–Es difícil olvidar a la competencia.

Callie dejó las riendas colgando de un gancho y agarró un cepillo.

–¿Te resulta un problema que yo sea la hija de El Halcón?

Tagg hizo una mueca.

–No.

Ella le dio el cepillo y sus dedos se rozaron. Brevemente. Durante una milésima de segundo. Una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo. Vio un repentino brillo en los ojos de Tagg, un brillo que desapareció al instante para, de nuevo, dar paso a una expresión indescifrable.

–No esperaba flores ni bombones –dijo ella con voz queda.

–Recibiste menos de lo que te merecías –Tagg comenzó a cepillar a la yegua.

–Sabía lo que hacía, Tagg. Fue… increíble. ¿O es que vas a negarlo?

Tagg dejó de cepillar al animal, volvió el rostro para mirarla y lo hijo con expresión dura.

–No, no voy a negarlo. Pero no volverá a ocurrir jamás.

–Ni yo lo quiero –respondió ella rápidamente–. En fin, será mejor que te diga lo que he venido a decirte. Pensé que preferirías que te lo dijera yo a enterarte por tu hermano. Bueno, resulta que vas a verme con frecuencia por el rancho Worth de ahora en adelante. Me he ofrecido voluntaria para trabajar en el proyecto Penny’s Song. El proyecto me parece extraordinario y estoy deseando empezar a trabajar con los niños.

–¿Tú?

Tagg lanzó una maldición en silencio. Callie Sullivan era la última persona en el mundo a quien quería ver a diario en la propiedad Worth. Le costaba trabajo creer que hubiera ido a verle ese día. Llevaba semanas pensando en la noche en Reno, recordando lo maravilloso que había sido.

–Sí, yo.

–¿Por qué?

–Ya te lo he dicho, quiero trabajar con niños. Soy licenciada en psicología y sé que puedo ser de ayuda en el proyecto. A Clay le ha parecido fantástico, teniendo en cuenta que, además, se me dan bien los caballos.

¿Clay? Iba a tener que hablar con su hermano.

Tagg continuó cepillando la yegua. Clay no sabía que se había acostado con Callie en Reno y no pensaba decírselo. De enterarse, la familia entera trataría de emparejarlos. No sería la primera vez. Pero él no quería tener relaciones con nadie y lo había dejado muy claro.

–Bueno, gracias por decírmelo.

–Es una obra benéfica extraordinaria. Tu hermano es un buen hombre.

–Sí.

–Le dijo que, mientras estoy en vuestro rancho, olvidara que soy la hija de El Halcón. Mi único objetivo es ayudar a poner en marcha Penny’s Song.

–Estoy seguro de que te lo agradece.

Tagg acarició el lomo de la yegua y luego se volvió para llenar un cubo con cebada.

Antes de que le diera tiempo a dejar el cubo con la yegua, Callie se adelantó y le rozó el cuerpo. Al oler su perfume, los recuerdos acudieron a su memoria: un sensual baile en el bar, el largo y negro cabello de ella suelto, el sabor a sal de la piel de Callie cuando la besó en el bar…

–Apuesto a que le gusta más esto –Callie se metió una mano en el bolsillo del pantalón y sacó media docena de terrones de azúcar. Abrió la palma de la mano delante de la yegua y ésta sacó su rosada lengua para arrebatárselos. Entonces, Callie le acarició el testuz–. Somos amigas, ¿verdad, chica? Sí, claro que sí.

Entonces, se volvió a Tagg y le preguntó:

–¿Cómo se llama?

Tagg dejó el cubo delante del animal y se acercó a la pared para colgar el cepillo, alejándose de Callie y de su tentador aroma.

–Russet.

Callie sonrió y Tagg la dejó que continuara acariciando a la yegua. Callie llevaba vaqueros y una camisa de algodón, nada insinuante. Lo malo era que él sabía lo que se escondía debajo: una suave y cremosa piel, unas caderas pronunciadas y unos pechos perfectos.

Callie sabía de caballos. Sabía cómo hablarles y cómo tratarles. Lo que no le sorprendía y sí le agradaba. Se apoyó en la pared y se quedó observando, hasta que Callie se dio cuenta de lo que él estaba haciendo.

Callie arqueó las cejas con expresión interrogante.

–¿Por qué lo hiciste, Callie? Apenas nos conocemos. ¿Por qué yo?

Callie, pensativa, se lo quedó mirando. Y él se preguntó si le respondería con sinceridad. Tras unos instantes, Callie ladeó la cabeza ligeramente.

–Cuando te vi sentado en el taburete… la cara que tenías me pareció que era igual al modo como yo me sentía: solo, decepcionado, con ganas de que tu vida fuera distinta. Me pareció que nos necesitábamos, que quizá pudiéramos ayudarnos el uno al otro.

Tagg no había esperado una respuesta tan honesta. Callie se había dado cuenta de lo que había sentido. Él jamás hablaba de Heather con nadie, era como si no pronunciar las palabras en voz alta hiciera que no fueran verdad. Como si así sufriera menos. Pero ahora, con Callie, sentía la necesidad de explicarse, aunque sólo fuera por una vez.

–Era el aniversario de la muerte de mi esposa. Heather lo era todo para mí. Dije que tenía que ir a Reno por asunto de negocios, pero fue para olvidar.

Callie le miró a los ojos comprensiva.

–Lo siento.

–No tanto como yo –Tagg desvió la mirada al otro lado de las puertas del establo, a las tierras propiedad de la familia Worth pasadas de padres a hijos, y no vio nada. Hizo un esfuerzo por no revivir las imágenes de aquella avioneta partida en dos en la pista de aterrizaje. Entonces, volvió el rostro hacia Callie y la miró fijamente a los ojos–. Hablaba en serio al decir que lo de Reno no debiera haber ocurrido. No va a pasar nada, Callie. Lo mejor será que lo olvidemos.

–Estoy de acuerdo –respondió ella al instante, los ojos fijos en los de él–. Yo sólo he venido aquí para romper el hielo, por si nos vemos en Penny’s Worth. No me gustan las situaciones incómodas.

Tagg sonrió.

–A mí tampoco. No me desenvuelvo bien a nivel social.

Callie rió y asintió, mostrando su acuerdo. Y a él casi le sentó mal; pero entonces, Callie sonrió y dijo con voz suave:

–Lo compensas con otras cosas.

–¿En serio? –siempre era agradable recibir el halago de una compañera de cama.

Recordó a la hermosa morena de ojos castaños gimiendo su nombre mientras la poseía. ¡Cielos! Se zafó de esos pensamientos antes de que Callie pudiera darse cuenta de lo que estaba pasándole por la cabeza.

Tagg se preguntó qué había tratado de olvidar ella aquella noche. ¿Por qué se había sentido sola y triste? Pero no, no quería meterse en líos. No quería saberlo. No quería relaciones con Callie Sullivan por bonita que fuera.

Callie apretó los labios y asintió.

Se miraron el uno al otro en silencio.

–Debería marcharme.

–Sí, puede ser.

–Bien. Entonces, me voy –Callie se dirigió a la puerta del establo y él la siguió.

Pero entonces, Callie se volvió de repente y él casi se la tragó. Sus cuerpos se chocaron, el pecho de él casi la echó hacia atrás. Impulsivamente, Tagg la agarró para evitar que se cayera.

–Maldita sea. Avisa.

Y ahí estaba él, con la bonita Callie Sullivan en los brazos.

Callie parpadeó y le miró a los ojos.

–Gracias.

–¿Por qué te has parado tan bruscamente?

–Quería decirte una cosa.

–Pues dila.

El aroma a flores de Callie le embriagó y, una vez más, le hizo recordar la noche que habían pasado juntos. La soltó tras asegurarse de que había recuperado el equilibrio. Callie se llevó las manos a las caderas, al lugar exacto en el que él había tenido las manos hacía un momento. Callie no lo había hecho intencionadamente, pero el gesto le llegó al frío corazón.

–No tengo por costumbre ir de bares para conseguir un hombre con el que acostarme –declaró ella, desafiándole con la mirada a dudar de sus palabras.

Tagg arqueó las cejas.

Ella enrojeció.

–Lo que he querido decir es que ha sido la primera vez que me he acostado con un hombre por una noche. No es mi…

–Entendido –Tagg no quería seguir hablado de aquella noche, no quería recordarla.

–¿En serio? ¿Me crees?

–Da igual que te crea o no, pero sí, te creo.

–A mí no me da igual. Me alegro de que me creas. Sobre todo, ahora que vamos a vernos de vez en cuando. Me importa lo que puedas pensar.

No debería importarle, pero no se lo dijo.

En ese momento, sonó su teléfono móvil y se alegró de la interrupción.

–Perdona, pero tengo que contestar la llamada –dijo Tagg.

Callie sonrió débilmente y asintió.

Tagg la observó mientras caminaba hacia el coche y se metía en él. Una vez que Callie encendió el motor y puso en marcha el coche, respondió la llamada de Clay:

–¿En qué demonios estabas pensando cuando contrataste a la hija de Sullivan?

 

 

–No sabes cuánto me alegro de que hayas llamado, Sammie. Necesitaba hablar contigo –Callie, en su cama, apoyó la cabeza en la almohada para hablar con su mejor amiga y, en el pasado, compañera de habitación en la residencia universitaria.

Su dormitorio en el rancho Big Hawk no había cambiado, estaba igual que cuando era pequeña. El alegre papel de las paredes, amarillo pálido y azul, contrastaba con su estado de ánimo. Había dejado Boston y había vuelto a casa porque su trabajo en aquella ciudad había llegado a su fin casi al mismo tiempo que la salud de su padre había empeorado. Le había parecido el momento. Había echado de menos Arizona, el rancho. Pero al regresar, había visto que, mientras las vidas de los demás habían evolucionado, la suya estaba estancada. Su dormitorio, decorado por su madre cuando era pequeña, era un ejemplo perfecto. El Halcón se había negado a que la habitación cambiara y ella lo había consentido.

–Sí, no pareces muy contenta esta mañana. Noto que algo no va bien. ¿Qué te pasa? –le preguntó su amiga.

–Yo… te echo de menos.

–Y yo a ti –contestó Sammie–. ¿Por qué no vuelves a Boston? Allí no hay nada que te retenga. Tengo una habitación de sobra en mi piso y, cuando quieras, sabes que es tuya. No obstante, sé que no estás así sólo porque me echas de menos. Vamos, dime, ¿qué es lo que pasa?

–Lo de siempre. Mi padre.

–¿El Halcón? ¿Qué ha hecho ahora?

–Es bastante complicado de explicar.

Callie aún no se sentía con ánimo de compartirlo todo con Sammie; sobre todo, su secreto y lo culpable que esto la hacía sentirse. No obstante, sí podía hablarle de un problema subyacente a todo: había llegado al límite de la paciencia con su padre el mes anterior. Erróneamente, había pensado que tener una licenciatura, haber vivido varios años lejos del rancho y haber cumplido veintiséis años harían que su padre la tratara de otra manera. Pero pronto se había dado cuenta de que su padre nunca cambiaría. Sí, claro que le quería. En muchos sentidos, era un buen padre; pero su tendencia a controlarle la vida era insoportable.

–Sabes que estaba saliendo con un tipo llamado Troy, ¿verdad? –dijo Callie.

–Sí, un carpintero alto y rubio.

Troy había ido al rancho a construir una piscina nueva y habían entablado amistad casi al instante.

–Creía que aún salías con él –comentó Sammie–. La última vez que hablamos no me dijiste que lo habíais dejado.

–No te dije lo que El Halcón le hizo porque estaba demasiado furiosa para hablar de ello, necesitaba tranquilizarme. Mi padre no entiende que tengo edad de tomar decisiones por mí misma. No reconoce que es un manipulador. Cree que cuidar de mí es su deber como padre.

–Supongo que trata de compensar el hecho de que no tengas madre, creo que intenta ser tanto tu padre como tu madre.

–Sí, y, en eso, le comprendo. Pero hace ya once años que mi madre murió y, desde entonces, está encima de mí todo el tiempo. Estoy harta.

–Lo siento, Callie. Creía que ahora se había tranquilizado un poco.

–No, todo lo contrario. Cuando volví aquí, quiso convencerme de que trabajara para él. Incluso jugó la carta de la culpabilidad; ya sabes, eso de que el legado Sullivan llegaría a su fin si no me hacía con las riendas del rancho. Sí, según él, todo acabaría en ruinas. Al final, me di por vencida. Trabajé para mi padre unos meses. Te lo juro, Sammie, hice lo que pude. Pero El Halcón y yo no conseguimos entendernos.

En realidad, había ocurrido que su padre era despiadado en los negocios, algo que ella no podía soportar. Su padre no comprendía su ética profesional.

–Por fin, lo dejé. Quiero trabajar en lo mío, en lo que me interesa, en algo relacionado con lo que he estudiado durante cuatro años –Callie lanzó un suspiro y añadió–: Y pareció comprenderlo y nuestra relación mejoró… hasta lo de Troy.

–¿Qué hizo?

–Troy es un tipo estupendo. Me gustaba mucho, aunque no me volvía loca.

Nada que pudiera compararse con lo que sentía por Tagg Worth. Sobre todo ahora, aunque debía contener sus sentimientos. Estaba engañando a Tagg por omisión, pero no podía evitarse.

Inquieta, Callie se levantó de la cama, se acercó a la ventana y sonrió al ver a Freedom, su caballo, recorriendo el perímetro del corral.

–Llevaba saliendo un mes con él. Mi padre no dejaba de hacer preguntas sobre Troy y de insinuar que no era digno de mí… por cómo se ganaba la vida. Al parecer, un hombre que trabaja con las manos es poco para una chica criada en un rancho –comentó ella en tono sarcástico–. Estaba empezando a gustarme ese hombre, pero dejó de llamarme de repente. Le llamé varias veces y, al ver que no contestaba mis llamadas, un día me pasé por el sitio donde trabajaba y le pregunté que qué pasaba. ¿Y sabes qué fue?

Sammie suspiró.

–¿Que tu padre le amenazó?

Callie se apartó de la ventana y controló la oleada de ira que le produjo pensar en lo que había hecho su padre.

–No, nada tan obvio. Le ofreció a Troy un trabajo muy lucrativo: la remodelación del rancho de un amigo en Glagstaff. Un trabajo de seis meses como poco. La única condición era que rompiera todo contacto conmigo –Callie lanzó una carcajada carente de humor–. Y aunque Troy rechazó la oferta de mi padre, rompió su relación conmigo. Y todo por mi padre.

–Oh, Callie, lo siento.

Tras esa humillante experiencia, Callie había hecho las maletas y había ido a Reno para desfogarse. Su prima, Deanna, vivía allí y le había invitado a pasar una temporada con ella. Durante los primeros cinco días, se había desahogado con su prima, que se había mostrado sumamente comprensiva. Iba de vuelta al rancho cuando se detuvo en el bar Cheatin Heart y vio a Tagg sentado en la barra.

El hombre de sus sueños.

Y una pesadilla para su padre.

Sin embargo, por mucho que le había deseado, jamás habría imaginado cómo acabaría aquella noche.

Porque no había sido su intención enamorarse.

Ni concebir y llevar en el vientre al hijo de Tagg.

Sin embargo, ambas cosas habían ocurrido.

Callie se despidió de Sammie y colgó el teléfono. Entonces, se llevó una mano al vientre y, maravillada por la nueva vida desarrollándose dentro de ella, se preguntó si sería niño o niña. También se preguntó si el bebé tendría los ojos castaños, como ella, o azul grisáceos, como Tagg. ¿Tendría el bebé la piel bronceada como el padre, o blanca como ella?

Sólo cuando soñaba despierta se atrevía a pensar en un futuro con Taggart Worth. Jamás utilizaría al bebé como cebo para obligar a Tagg a casarse con ella. Sí, Tagg tenía derecho a saber que iba a tener un hijo, pero todavía no. Necesitaba tiempo. Se había enamorado de Tagg y quería que él también se enamorara de ella… antes de decirle lo del niño.

Ya había puesto en marcha su plan de acción. Al día siguiente iba a empezar a trabajar en la propiedad Worth, en el proyecto Penny’s Song.

Capítulo Dos

 

 

 

 

 

Tagg estaba casi bizco de mirar tantos números en la pantalla del ordenador. Había pasado casi toda la mañana haciendo un inventario de los bienes del rancho Worth.

La oficina de Tagg, un anexo de su casa, contaba con cinco estancias. Una de ella, en la que trabajaba, la había decorado él mismo; tenía travesaños de madera que cruzaban el techo, paredes recubiertas de estanterías de madera de castaño sobre un mobiliario que recorría el perímetro de la habitación, y un amplio escritorio. Las otras dos habitaciones eran más pequeñas y las paredes estaban pintadas en dorado. Una de ellas era una especie de cuarto de estar con bar, frigorífico y un sofá de cuero color chocolate; en la otra tenía muebles archivadores y equipamiento obsoleto. En la actualidad, y por insistencia de Jackson, contaban con lo más avanzado en cuanto a equipo electrónico se refería.

–Ya está bien –murmuró él apagando el ordenador.

Tagg se frotó los ojos. Con treinta y un años de edad, era demasiado joven para estar tan cansado antes del mediodía.

–Trabajas demasiado –declaró su hermano Jackson entrando en el despacho–. ¿Por qué no contratas a alguien para que te ayude? Una secretaria, por ejemplo. Ya sabes, una persona que se encargue de las llamadas telefónicas, que archive los papeles, que revise los números…

–¿Cuándo demonios has venido? –preguntó Tagg sorprendido. Había estado tan sumido en el trabajo que no había oído llegar a su hermano.

–No cambies de tema. Sabes que tengo razón.

Tagg le lanzó una furiosa mirada. Su hermano era dos años mayor que él y mucho más sofisticado: calzaba botas de piel de serpiente de seiscientos dólares y vestía como un modelo de la revista Cowboys & Indians. Estaba al frente de las oficinas Worth en el centro de Phoenix.

–Sí, yo también lo he pensado –admitió él a pesar suyo.

Sus hermanos no hacían más que insistir en que contratara a alguien. El problema era que a él le gustaba estar solo en el rancho. Le gustaba llevar su horario sin tener que contar con nadie. Le gustaba estar a solas con sus pensamientos. Un empleado sería un estorbo.

Cuando era más joven, solía pasar noches enteras sin dormir y bebiendo whisky en compañía de la gente de los rodeos. Pero los ojos no le picaban como ahora, después de pasar horas delante del monitor del ordenador.

Tagg sonrió al recordar los locos tiempos del rodeo y los amigos que había dejado atrás. Al instante, otros recuerdos, más tenebrosos, le asaltaron y le hicieron pensar en el porqué había dejado el rodeo.

–Bueno, me alegro de que lo estés pensando –comentó Jackson–. Puedo pedirle a Betty Sue que eche un vistazo a los currículum que tenemos en la oficina. Esa mujer es fantástica para contratar personal para la empresa.

–No te lo discuto. Pero todavía no.

Jackson utilizó una sonrisa para insistir.

–Vamos, no hay mejor momento que el presente.

Tagg se levantó del asiento y lanzó una significativa mirada a su hermano.

–He dicho que lo pensaré, no insistas.

Jackson se encogió de hombros.

–Como quieras. Bueno, ¿vas a ir a echar una mano hoy en el proyecto de Clay?

–Sí, iré. Quiere que elija los caballos para los niños que van a venir al rancho. ¿Tú también vas a ir? –preguntó mirando de arriba abajo a su impecablemente vestido su hermano.

–Hoy no. Tengo que volver a Phoenix por una reunión.

–¿Importante?

–Es posible. He pensado que los Worth podíamos meternos en el negocio de los restaurantes.

Tagg sacudió la cabeza.

–¿Qué?

–Podría ser un buen negocio. Al final, podríamos vender la franquicia.

Tagg volvió a sacudir la cabeza. Jackson era el negociante de la familia y había tenido mucho éxito en los negocios que había hecho al margen de Worth Enterprises. Tenía una habilidad especial para ganar dinero.

–Eso no tiene nada que ver con lo que hacemos, ¿no?

–Creo que es hora de que ampliemos nuestro campo de acción.

–Ganado, negocio inmobiliario, y ahora… ¿restaurantes? Me parece que te sobra mucho tiempo, Jack.

–Nada de eso. Estoy más ocupado que nunca.

–En ese caso, puede que necesites otras diversiones al margen del trabajo.

–¡Quién fue a hablar! –exclamó Jackson con una sonrisa traviesa–. Lo dices precisamente tú, que jamás pones un pie fuera de nuestra propiedad.

–Claro que salgo.

La última vez que había salido, había ido a Reno y había pasado una noche de sexo apasionado con una sensual morena.

–Vale, lo que tú digas. ¿Tienes tiempo de darme de comer antes de ir a Penny’s Song?

–Sí, supongo que podré apañar algo para los dos.

 

 

Una hora más tarde, Tagg se subió a su Jeep Cherokee y se dirigió a Penny’s Song.

Tenía que reconocer el mérito de su hermano. Clayton Worth, una estrella de la canción country, había dejado su carrera de cantante a los treinta y siete años con el fin de llevar una vida sencilla en el rancho. Se le había ocurrido la idea de Penny’s Song y ahora la estaba haciendo realidad. Los tres hermanos habían invertido trabajo y dinero en el proyecto, pero él tenía sus propios motivos para ello.

Se bajó del vehículo y miró a su alrededor. Había, por lo menos, doce especialistas de la construcción trabajando, aunque ya faltaba poco para terminar. Unos clavaban clavos, otros colgaban puertas de madera y la pintura se secaba en dos nuevos edificios que formaban las calles de un pueblo al estilo del viejo Oeste; uno de ellos era la oficina del sheriff, el otro era la tienda de ultramarinos. El Red Ridge Saloon tenía una cocina en la que se prepararían las comidas. Unos voluntarios vigilarían los barracones en los que dormirían los niños.

–Ya falta menos –dijo Clay acercándosele al tiempo que se echaba el sombrero hacia atrás.

–Está quedando mejor de lo que imaginaba. A los niños les va a encantar.

–Eso es lo que queremos.

–Así que… ¿no estás molesto por lo del otro día? –preguntó Tagg.

–¿Te refieres a los gritos que me pegaste por no haber rechazado la ayuda de la hija de El Halcón? No, claro que no estoy molesto. Yo nunca he culpado a Callie de lo que hace su padre. Además, está más que cualificada para este trabajo.

Tagg no dijo nada y Clay continuó:

–La verdad es que se le ha ocurrido una gran idea para la tienda de ultramarinos. Verás, cada vez que un niño complete una tarea, recibirá un vale que podrá cambiar por algo que quiera en la tienda de ultramarinos. Callie va a donar pequeños objetos, regalos, para la tienda.

–¿Ah, sí? –Tagg tuvo que reconocer que era una buena idea. ¿Qué niño no se sentiría orgulloso por recibir un pequeño premio a cambio de un trabajo bien hecho? Su propio padre les había inculcado a sus hermanos y a él la idea de que trabajar duro tenía sus compensaciones–. Eso se te debería haber ocurrido a ti.

A Clay le brillaron los ojos.

–Puede ser, pero fui lo suficientemente listo como para contratar a una chica bonita que sabe de psicología infantil. Y de eso sí estoy orgulloso.

Antes de que Tagg pudiera responder, oyó unas carcajadas a sus espaldas. Al volverse, vio a Callie Sullivan entre un grupo de trabajadores delante del establo. Los hombres, mirándola, se reían también.

Algo se le agarró al vientre. Verla de nuevo, sonriente y contenta entre los trabajadores, le puso de mal humor. Con pantalones vaqueros viejos, camisa de cuadros y cabello recogido en una cola de caballo estaba guapísima. No necesitaba ropas finas para excitarle. No tenía que soltarse el pelo para hacerle recordar lo suave que era.

Callie volvió la cabeza, le sorprendió mirándola, sonrió ampliamente y agitó una mano a modo de saludo.

–Ahí está –dijo Clay. Al momento, le hizo un gesto para que se acercara a ellos–. Me llevé una sorpresa cuando apareció en mi casa para preguntarme sobre Penny’s Song. Hacía años que no la veía –Clay achinó los ojos y lanzó una mirada a su hermano–. Pero también pasó por tu casa, ¿verdad?

Como Callie se estaba acercando, Tagg no respondió.

–Hola, chicos.

Callie le sonrió y luego miró a Clay. Tenía un trozo de paja enredado en el pelo y Tagg sintió un fuerte deseo de quitárselo, pero se contuvo.

–Estoy orgullosa de formar parte de este proyecto, Clay. Y no lo olvides, también puedo ayudar a conseguir dinero. Se me han ocurrido algunas cosas para hacer que la comunidad se interese en el proyecto.

–Eso es estupendo, Callie –Clay alzó una mano y le quitó el trozo de paja del pelo.

Tagg apretó los dientes al ver a Callie tocarse el pelo y sonreír a Clay como si acabara de solucionar el problema del hambre en el mundo.

–Gracias, Clay.

Clay asintió y continuó:

–De momento, dependemos de la ayuda de voluntarios. Pero si todo marcha bien, necesitaremos más recursos económicos y tendremos que contratar a gente.

–No te olvides de mí.

Clay sonrió.

–Por supuesto que no –entonces, se volvió a su hermano–. La verdad es que me alegro de que ambos estéis aquí. Tengo un trabajo para los dos.

Callie lanzó una rápida mirada a Tagg y luego se dirigió de nuevo a Clay.

–De acuerdo, cuenta conmigo para lo que sea.

–Tenemos que decidir cuáles son los mejores caballos para los niños. Los chicos tienen entre seis y trece años. Necesitamos los caballos más mansos y más pacientes.

Tagg sabía que podía hacer eso él solo y con los ojos cerrados. No había necesidad de involucrar a Callie.

–Estupendo. Me encantan los caballos –declaró Callie inmediatamente.

–Puedo hacerlo yo solo, Clay –dijo Tagg–. Podrías poner a Callie a hacer otra cosa.

Clay sacudió la cabeza.

–Prefiero que lo hagáis los dos juntos. Los dos sabéis de caballos, pero Callie ha trabajado con niños. Y como ni Jackson ni ninguno de los dos hemos tratado mucho con niños, creo que juntos formaríais un buen equipo.

Tagg se encogió de hombros, dándose por vencido. Al fin y al cabo, no se iba a tirar a ella sólo por estar a su lado un rato.

–Está bien. Elegiremos unas cuantas yeguas tranquilas.

Clay se miró el reloj e hizo una mueca.

–Vaya, me he retrasado. Tendrás que encargarte tú de controlar el trabajo hoy, yo tengo una cita en la ciudad. Tagg, por favor, no dejes de vigilar a esos chicos, todos parecen embobados con Callie.

Clay le guiñó un ojo a Callie. Ella lanzó una suave y gutural carcajada y Tagg casi perdió los estribos.

–Me parece que Callie sabe cuidar de sí misma.

Tras unos segundos de silencio, Callie dijo:

–Vamos, no te preocupes por mí. Esos chicos me están tratando muy bien.

–Me alegra oírte decir eso –declaró Clay lanzando una curiosa mirada a ella y a Tagg.

Tagg apretó la mandíbula, a la espera de que su hermano se marchara.

–Bueno, llamaré para ver cómo va todo –dijo Clay por fin, y se marchó.

Tagg se quedó a solas con Callie delante de la tienda de ultramarinos. Se miraron durante unos incómodos segundos, que Callie interrumpió.

–Bueno, me alegro de haberme pasado por tu casa el otro día y haber roto el hielo. De lo contrario, habría sido bastante horrible este encuentro.

Tagg se relajó y sonrió.

–¿Siempre dices lo que piensas?

–La mayor parte del tiempo –respondió ella con otra sonrisa.

–¿Y cuando no lo haces? ¿Qué pasa entonces?

Callie pareció pensativa antes de responder:

–Nada. Cuando me contengo, suele ser por no enfrentarme a mi padre.

–El Halcón –soltó Tagg.

–Mi padre.

–¿Le tienes miedo?

–No, claro que no. Digamos que me resulta más fácil tratarle sin histeria.

–Así que te contienes, ¿eh?

–Le trato a mi manera y, la mayoría de las veces, consigo expresar mi punto de vista. ¿Y tú, Tagg, tienes por costumbre contenerte, no expresar tus… sentimientos?

A Tagg no le gustaba hablar de sentimientos. ¿A qué hombre le gustaba eso?

–¿A qué sentimientos te refieres?

–Al miedo. Como dejar una nota a una chica en un hotel para evitar enfrentarse a ella.

Tagg no estaba dispuesto a hablar de eso. Decidió ignorar el comentario de Callie. Era lo mejor para los dos. Le puso una mano en la espalda y la empujó con suavidad.

–Vamos a echar un ojo a los caballos. Iremos en mi coche.

Cuando llegaron al vehículo, Tagg le abrió la puerta y esperó a que se acomodara para rodear la parte delantera del todoterreno y sentarse al volante. Encendió el motor, pero no metió la marcha. Su mirada se perdió en el horizonte…

Tagg se había dado cuenta de que tenía que dar una explicación. Fundamentalmente, era un tipo directo. Le gustaban las cosas claras.

–Callie, no tenía miedo de nada. Tenía que marcharme y no quise despertarte. Ésa es la verdad.

–¿Toda la verdad? –preguntó ella.

Con un suspiro, Tagg apoyó un brazo en el volante y volvió la cabeza para mirarla a los ojos.

–Escucha, no quiero que te lo tomes a mal, pero los sentimientos no tuvieron nada que ver en lo que pasó aquella noche.

–Eso es mentira.

–Está bien, los sentimientos tuvieron que ver algo, pero no lo que yo sentía por ti.

–Lo sé. Te sentías mal.

–Sí, me sentía mal y tú estabas allí. Fácil. Sin complicaciones. Guapa.

Callie agrandó los ojos con expresión de sorpresa; después, los cerró con fuerza.

–Ah.

Tagg lanzó un quedo juramento.

Callie pareció apretar aún más los párpados, como si así pudiera contener el dolor que él le había causado. Cuando volvió a abrirlos, asintió rápidamente.

–Entendido.

–Creo que no me he expresado bien –dijo Tagg, que odiaba todos y cada uno de los segundos de esa conversación.

–Nada de eso, lo has dejado todo perfectamente claro.

Callie se quedó con la espalda muy rígida en el asiento. Él puso en marcha el todoterreno y empezó a conducir en dirección a los establos. A los cinco minutos de haber iniciado el trayecto, Callie le sorprendió al decir:

–Sabes que estuve cuatro años en la universidad de Boston. Sólo venía de vacaciones y en verano.

–Sí, lo sé.

–¿Lo sabías?

Tagg se encogió de hombros.

–En una ciudad tan pequeña, todo se sabe. Todos pensábamos que la única hija de El Halcón estaba deseando salir corriendo y alejarse lo más posible de él.

–Mi padre no es tan terrible, Tagg. Me quiere mucho. Y yo también a él. Pero me gustaba vivir mi vida sin que nadie se entrometiera en ella.

–No creo que pudiera entrometerse mucho estando a unos tres mil kilómetros de distancia.

–Consiguió meterse algo en mi vida; pero, en general, mi estancia en Boston fue maravillosa. Es una ciudad estupenda.

–En ese caso, ¿por qué has vuelto?

–Echaba de menos Arizona. Echaba de menos el rancho. Resulta que no soy una chica de ciudad. Además, mi padre tuvo un problema de salud y… es la única familia que tengo. Bueno, por parte de madre, tengo una tía y una prima que viven en Reno.

Tagg continuó conduciendo y negándose a admitir lo mucho que le gustaba Callie Sullivan.

Capítulo Tres

 

 

 

 

 

Callie saltó del vehículo de Tagg manteniendo el ánimo. Las palabras de él le habían hecho daño, pero no se iba a deprimir por ello. No podía esperar que Tagg se enamorase de ella perdidamente; sobre todo, teniendo en cuenta que llevaba años llorando la pérdida de su esposa.

La noche juntos en Reno había sido maravillosa desde el punto de vista sexual, pero también sabía que no había sido sólo sexo. Tagg se había mostrado tierno y cariñoso, y le había hecho confidencias.

No había sido su intención concebir aquella noche, pero jamás consideraría al bebé una equivocación. Quería ese hijo, ahora más que nunca.

Estaban delante de los establos, al lado de la casa principal, y Callie se acercó al corral para echar un vistazo a la media docena de caballos que había allí.

–No, ésos, no –le dijo Tagg–. Son muy nerviosos.

Callie ya lo había notado. Parecían listos para dar una coz en cualquier momento. Asintió.

–Sí, se les ve con nervio y energía.

–Aquellos de allí son los mejores para los concursos en los que se separa a un ternero del resto de la manada –dijo Tagg asintiendo en dirección a otro corral detrás del establo.

Callie le siguió hasta un tercer corral. Allí, Tagg abrió la puerta de la valla y entró; después, sostuvo la puerta para dejarla pasar antes de cerrarla. Había seis caballos pastando.

–Creo que hemos encontrado a nuestros caballos, ¿verdad? –dijo Callie acercándose a una yegua cuya piel brillaba bajo los rayos del sol.

El animal se veía sano y no se puso nervioso. Ella se le acercó despacio, como sabía que había que hacer ya que la yegua no la conocía.

–Hola, chica –dijo Callie–. ¿Cómo te llamas?

Tagg se le acercó.

–Ésta es Sunflower. Lleva ya mucho tiempo aquí.

Callie se quedó contemplando al animal. Tenía unos ojos muy tiernos.

–¿Qué edad tiene? ¿Diez, once años?

–Once –respondió Tagg asintiendo.

Callie acarició a la yegua.

–Creo que sería buena para lo que queremos. No es demasiado grande y tiene buena edad. Me gustaría montarla para ver cómo se comporta.

–Buena idea –Tagg asintió y entonces se acercó a un caballo negro de pezuñas blancas y con una franja blanca en la testuz–. Éste es Tux. Ya tiene doce años. Yo solía montarlo cuando volvía a casa después de los rodeos. Aún le queda mucha vida por delante.

Callie se acercó a Tux con expresión de admiración.

–¿Te fías de él?

Tagg miró al caballo y asintió.

–Tanto como me fío de cualquier otra cosa, lo que no es mucho. Me gustaría dar un paseo con él para ver cómo se comporta ahora.

–¿Hoy?

–No, hoy no. Será mejor que vuelva a Penny’s Song, ya que Clay me ha dejado a cargo del trabajo. Tendremos que salir con los caballos otro día.

–De acuerdo.

Callie echó un vistazo al resto de los caballos en el corral y unos le parecieron demasiado viejos y cansados, mientras que otros le resultaron excesivamente nerviosos.

Tagg se mostró de acuerdo con ella.

–Vamos al establo un momento a ver qué caballos hay allí –sugirió Tagg–. Ya que estamos aquí, mejor verlos todos.

Callie le siguió y se arrepintió de no haberle tomado la delantera… porque la vista desde atrás era demasiado tentadora. El cabello oscuro de Tagg le sobresalía del sombrero y se le ondulaba en el cuello, haciéndola desear acariciárselo. Anchas espaldas, estrechas caderas y unas nalgas perfectas completaban la vista. A Taggart Worth le sentaban los pantalones vaqueros como a nadie.

Respirando con dificultad, Callie suspiró al pasar de la luz del sol a la semioscuridad de los establos. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, vio a Tagg dentro de un establo al lado de una vieja yegua. El animal parecía cansado.

–Ésta es Sadie. Era… mía.

Tagg miró a la yegua con admiración y devoción. Callie se enterneció. Jamás había visto a Tagg tan emocionado. El amor brillaba en sus ojos mientras le hablaba y acariciaba a la yegua. Ella, por su parte, mantuvo la distancia para dejarles a solas en su reencuentro.

Después de unos momentos, Tagg dijo:

–Creo que sería buena para los niños. Le gustaría que le prestaran algo de atención y creo que los niños la querrían mucho.

«Igual que la quieres tú», quiso decir ella.

–No creo que le quede mucho de vida –añadió él, y la yegua le dio en la nuca con el testuz, juguetonamente.

–Te ha oído. Te va a demostrar que te equivocas.

Tagg volvió la cabeza y miró al animal.

–Puede ser. La probaremos para ver si aguanta.

Callie se acercó a él.

–La yegua con la que me crié murió. La echo de menos.

–¿Sí?

–Tenía ocho años cuando la yegua nació; es más, la vi nacer –dijo ella en tono suave–. La adoraba.

Tagg también se le acercó. Vio un brillo especial en los ojos de él; esta vez, el brillo se debía a ella. Sadie retrocedió como si no quisiera interrumpirles. La intensidad en la mirada de Tagg no disminuyó.

–Sigue hablándome de ello.

–Se llamaba Jasmine. Le puse ese nombre por la princesa de los cuentos. Soñaba despierta con irme con mi yegua en una alfombra mágica.

Tagg sonrió.

–También podían haberle salido alas a tu yegua.

–Con los sueños de los niños no se juega –comentó Callie deleitándose en la sonrisa de él.

Tagg era tan guapo… Seguía siendo el hombre de sus sueños.

Estaban muy cerca, casi pegados el uno al otro.

–Supongo que tú no sueñas despierto –dijo ella.

Tagg la miró con deseo en los ojos y arqueó una ceja.

–Lo estoy haciendo en este momento.

Callie miró la boca de Tagg con anhelo. Le deseaba. Siempre le había deseado.

–Y yo, Tagg –dijo ella casi sin respiración.

Tagg la abrazó y la besó. Al instante, ella le rodeó el cuello con los brazos. El beso contenía semanas de anhelo, deseo e incertidumbre. Un profundo gemido escapó de la garganta de él, inflamando la pasión compartida.

Tagg profundizó el beso abriendo la boca y mojándole los labios a ella con la lengua. Callie abrió la boca al instante para permitir la entrada de su lengua. Y, conteniendo la respiración, se preparó para el asalto.

Tagg la agarró por las caderas y tiró de ella hacia sí. La palpitante erección, entre sus cuerpos, sólida y fuerte.

–Ah… –gimió ella, casi sin poder respirar.

Callie se entregó al poder de ese beso. Le temblaban las rodillas y lo único que la mantenía en pie era la fuerza de los brazos de Tagg.

Tagg le rodeó la cintura y, con un rápido movimiento, le deshizo la cola de caballo. El cabello le cayó por los hombros y él se lo acarició.

Callie le quitó el sombrero y lo tiró al suelo, haciéndole reír. Pero, al instante, Tagg volvió a besarla mientras ella pasaba los dedos por aquellas ondas negras de pelo.

En ese momento, se oyeron las voces de unos empleados del rancho aproximándose a los establos y Tagg, con expresión de pesar, se separó de ella, se agachó, agarró el sombrero y se lo puso.

La silueta del encargado del rancho se dibujó en la puerta del establo y Tagg, aclarándose la garganta, dijo en voz baja:

–Será mejor que salgamos.

Salieron juntos del establo y se dirigieron al todoterreno. Tagg se despidió de los empleados que se habían acercado al establo agitando la mano, pero sin pararse a hablar con ellos.

Realizaron el trayecto de vuelta a Penny’s Song en silencio y Callie se alegró de que, al menos, Tagg no le estaba diciendo que sentía lo ocurrido. Al menos, Tagg no estaba negando su atracción por ella.

 

 

Había sido un momento de debilidad, pensó Tagg al llegar a Penny’s Song. Al ver a Sadie, se había puesto sentimental. No había nada peor que el hecho de que una mujer le pillara a uno en un momento vulnerable.

La había besado y no iba a disculparse por ello. Tampoco iba a negar que le había gustado. Pero era peligroso estar con Callie, se había jurado a sí mismo no tener una relación con ella. No podía olvidar quién era ella ni quién era él. Ya había estado enamorado y había sido un desastre.

Se bajó del vehículo y lo rodeó para abrirle la puerta a Callie, pero ella ya había salido. Se miraron el uno al otro. Tagg decidió ser el primero en hablar para evitar que Callie dijera algo que él no quisiera oír.

–Será mejor que vaya a ver cómo va el trabajo. ¿Te vas a quedar por aquí?

–Sí, un rato. Quiero terminar unas cosas.

–Está bien, te dejo para que hagas tus cosas. Hasta luego.

Sólo se había alejado unos pasos cuando Callie le llamó.

–Tagg…

Se volvió con aprensión. No le gustaba analizarlo todo, como solían hacer las mujeres. La había besado y había sido estupendo, punto. Dudaba que volviera a ocurrir.

–¿Sí?

–Creo que hemos hecho un buen trabajo con los caballos que hemos elegido.

–Sí, yo también lo creo.

–Sin embargo, sigo con la idea de querer montar a Sunflower. Le preguntaré a Clay si no le importa que la saque a pasear mañana.

Tagg se frotó la mandíbula.

–Me parece que yo no puedo venir mañana.

Callie frunció el ceño y sacudió la cabeza.

–No te preocupes, no te estoy pidiendo que me invites a cenar. Puedo ir yo sola con la yegua y tomar una decisión por mí misma.

Callie acababa de ponerle en su sitio, pensó él.

–De acuerdo. Cuanto antes elijamos los caballos, mejor.

–A eso me refería.

Con el cabello revuelto, después de ser besada y con las mejillas encendidas, le miraba a unos metros de distancia. Había sido él quien había puesto esa expresión en el rostro de Callie. Se quedó allí durante unos minutos, después de que ella girara sobre sus talones y se alejara.

Jed Barlow, montado en su caballo, se acercó y desmontó.

–Hola, Tagg. Me alegro de encontrarte aquí. Clay me ha dicho que creía que podrías estar libre para el partido de esta noche. Juegan los Diamondbacks. Después, vamos a echar una partida de póker y nos falta uno; la hija de Brett Williamson se va a casar, así que esta semana no podemos contar con él.

Béisbol y póker eran justo lo que necesitaba para no pensar en Callie.

–Muy bien, contad conmigo.

–En ese caso, hasta las siete –Jed llevó el caballo hacia el establo; pero después de dar unos pasos, se volvió–. Oye, ¿la chica con la que estabas hablando era Callie Sullivan?

–Sí, era Callie.

–No imaginaba verla por aquí.

Jed había ido al mismo colegio que sus hermanos y él. El padre de Jed tenía un pequeño rancho a unos quince kilómetros del rancho Worth. Después de años de mucho trabajo y sin poder competir con los ranchos más grandes de la región, Kent Barlow dejó el negocio de la ganadería. La familia Worth siempre se había llevado bien con la familia Barlow, y Clay contrató a Jed inmediatamente. Jed conocía bien el negocio. Llevaba trabajando con ellos cinco años.

–Lo mismo digo –respondió Tagg.

–Desde luego, es bonita.

Tagg asintió. No quería que se lo recordaran.

–Cuando estábamos en el colegio, me caía muy bien. Callie era buena estudiante y a mí se me daba mal el inglés, no dejaba de traer suspensos. Debía tener unos dieciséis años. Un día, se ofreció para ayudarme con los deberes y fui al rancho Big Hawk –Jed, sonriendo, sacudió la cabeza–. Debía estar loco para ir allí. Nada más poner el pie en el porche, su padre apareció a mis espaldas con una escopeta y me dijo que Callie no recibía visitas aquella tarde. Me dijo que, si sabía lo que me convenía, me marcharía de allí inmediatamente.

–Te asustó, ¿eh?

–Ya lo creo. Ese hombre es de cuidado.

–A mí nunca me ha asustado.

–¿Has intentado salir con su hija?

Tagg negó con la cabeza.

–No. Callie era más joven que yo y apenas me trataba con ella en el colegio.

–Mejor para ti. A El Halcón no le gustan ni los Barlow ni los Worth. En una ocasión, Callie me dijo que no le estaba permitido hablar con ninguno de vosotros. Al parecer, las cosas han cambiado.

–Se ha ofrecido para trabajar voluntaria aquí, con los niños. Me parece que su padre ya no le puede dar órdenes –explicó Tagg.

–¿Está casada?

–No.

–En ese caso, puede que intente recuperar nuestra amistad –comentó Jed con una amplia sonrisa.

Tagg le vio entrar en los establos y se dijo a sí