La hija del adelantado - José Milla - E-Book

La hija del adelantado E-Book

José Milla

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Beschreibung

La hija del Adelantado hace parte, junto con El visitador y Los nazarenos, de la trilogía de novelas históricas escritas por José Milla sobre el pasado colonial guatemalteco. Publicada en 1886, esta obra nos regresa en el tiempo al 15 de septiembre de 1539, día en que Pedro de Alvarado, el Adelantado, regresa triunfante al Valle de Almolonga, en compañía de su segunda esposa, Beatriz de la Cueva, y de su hija, Leonor, nacida en Utatlán y fruto de su relación con la princesa tlaxcalteca Luisa de Xicotencatl. Esta fascinante figura, resultado del encuentro y confrontación entre dos mundos en pugna, será la protagonista del hilo conductor del relato: la historia de amor entre la descendiente del conquistador y el soldado español Pedro de Portocarrero, un romance ensombrecido por los intereses ocultos de un régimen de castas, las conspiraciones, los fantasmas del pasado y las catástrofes naturales. Milla construye un alucinante, fresco, entre pintoresco y perturbador, relato sobre la estructura y los orígenes de la sociedad colonial. Más allá de la rigurosidad histórica, el autor se concede el derecho de la fabulación y la invención. Es esta libertad de la imaginación, aunada a su extraordinaria fuerza narrativa, lo que hace de esta novela un clásico atemporal de la literatura nacional. Luis Aceituno

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Seitenzahl: 327

Veröffentlichungsjahr: 2023

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La hija del adelantado

José Milla

(Salomé Jil)

Segunda edición 2022

ISBN: 978-9929-562-97-4

Colección José Milla

Director de colección

Luis Aceituno

Cuidado de la edición

Luisa Fernanda Bran Alegría

Ilustración de portada

Oscar Soacha

Diseño de interiores

Humberto Maravilla

Coordinación de diseño

Manolo E. Recinos

Gerente de producción editorial

Daniel Caciá

Directora

Irene Piedrasanta

© 2022 Editorial Piedrasanta

Gare de Creación, S. A.

5.ª calle 7-55 zona 1 Guatemala Ciudad.

PBX: (502) 2422-7676

5966-1372

www.piedrasanta.com

Prohibida la reproducción parcial o total de este libro por cualquier método digital, fotográfico y fotomecánico sin la autorización de Editorial Piedrasanta.

PrólogoFrancisco Albizúrez PalmaActualización a cargo de Mónica Albizúrez Gil

Empecemos por decir que la novela La Hija del Adelantado podría ser hoy una serie televisiva, cuyos capítulos se basan en misterios no resueltos que despiertan la curiosidad del espectador. El texto fue escrito en el siglo XIX, lo que podría implicar alguna dificultad para acercarnos a una lengua poco familiar. Pero la estructura audaz de la novela compensa esta dificultad. Este prólogo breve tiene como objetivo proporcionar a los estudiantes y profesores, así como al público en general, informaciones que nos parecen necesarias para entender mejor esta novela en la historia literaria hispanoamericana y centroamericana.

Sobre la novela histórica y el Romanticismo

Para llegar al sitio de importancia que hoy ocupa, la novela debió recorrer mucho camino: a partir de El Quijote y la picaresca (siglo XVI), hasta que se consolidó con autores como Víctor Hugo, Balzac, Dostoievsky y Zola (siglo XIX). La imprenta y la prensa contribuyeron a su consolidación ya que las novelas comenzaron a publicarse por entregas en los periódicos. En este largo recorrido histórico, la novela fue acogida por el movimiento romántico, que andaba en busca de géneros literarios ajenos a los tradicionales. Así mismo, la novela brindaba ocasión para utilizar, en una misma obra, elementos y recursos provenientes de distintos géneros y subgéneros literarios. Entre ellos los cuadros de costumbres, epístolas, leyendas, tradiciones y/o cuentos. En la novela cabe, en efecto, tanto lo lírico como lo épico y lo dramático.

Así mismo, en la novela podían los románticos representar el mundo de los sentimientos, la valoración de lo popular, el sentido del misterio, el aprecio por la tradición, la valoración de lo nacional, el sentido del pasado y de la historia. En la historia literaria hispanoamericana, la novela cumple un papel importante porque crea una identificación con los proyectos de nación después de los procesos de independencia del XIX. Aunque tradicionalmente los autores de las novelas del siglo XIX fueron hombres, las investigaciones literarias de los últimos años han hecho visibles novelas escritas por mujeres. Este es el caso de la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda o la peruana Clorinda Matto de Turner. En la actualidad, la novela es el tipo de obra literaria más divulgada.

Existe un subgénero de la novela, la llamada novela histórica, que fue muy popular entre los narradores románticos. La novela histórica del siglo XIX busca reconstruir el pasado, un pasado lejano, que no sea el inmediato y cercano al autor. Para elaborar su obra, este debe proveerse de información histórica; dicha información constituye la base sobre la cual construye su relato. Ahora bien, como el autor trabaja con la ficción, puede modificar los datos, otorgarles un orden cronológico distinto de aquel en que acontecieron. Podrá atribuir a un personaje menos o más atributos de los que poseyó en vida. No podrá, sin embargo, alterar sustancialmente el dato histórico. De lo dicho, puede establecerse que la novela histórica es híbrida, porque se sitúa entre la ficción y la historia: de allí su nombre, novela histórica. Trabajar con informaciones verídicas y con lo imaginario es un reto que asume el autor de novelas históricas. También lo experimentan quienes, desde clubes de lectura o ejercicios en la escuela, se animan a escribir sus propias novelas históricas. Amado Alonso resalta el esfuerzo “erudito y arqueologista” del autor de novelas históricas, que trabaja con archivos y lecturas sobre historia para poder reconstruir ambientes materiales, pensamientos y usos de una época lejana en el tiempo.

Por último, para leer novelas históricas del siglo XIX, es necesario comprender el contexto histórico cuando fueron escritas y también la época de la historia que trabaja el novelista. La línea de tiempo que se incluye en este libro puede facilitar esta comprensión. Con esta información, se pueden analizar con eficacia los elementos narratológicos de todo relato: los personajes, el espacio, el tiempo y el tipo de narrador.

José Milla y La hija del Adelantado

Nacido en 1822 y fallecido en 1882, Milla vivió cabalmente el período cuando inició la novela histórica en Hispanoamérica. En realidad, él fue quien primero escribió novelas en Centroamérica y —como buen hijo de su tiempo— son novelas históricas. Para elaborar cada una de ellas, Milla se nutrió en la historia de la colonia, de la cual fue un estudioso de valía. Ante los hechos de aquel período histórico nuestro autor adopta actitudes en consonancia con su ideología conservadora. Así, es benévolo con el conquistador, al tiempo que defiende la religión católica e ignora casi totalmente la vida, las costumbres y el dolor del indígena. Para Milla, el sistema colonial español aparece correcto; cierto que había desviaciones y errores, pero estos podía corregirlos el sistema mismo.

Las novelas de Milla se publicaban en periódicos, por entregas semanales (un capítulo cada vez), lo cual determinó la estructura de la obra. Así, cada capítulo debía constituir una unidad cerrada, capaz de irse agregando, sin mayor dificultad, a los demás capítulos. El estilo, por su parte, es directo y sencillo, eficaz tanto para narrar como para describir. El habla de los personajes, en cambio, es artificioso. No falta lo lúgubre, lo misterioso, lo nocturno, lo inesperado y casual (recursos melodramáticos, propios del romanticismo).

Los personajes, a su vez, se revisten de la índole romántica, que tiende a caracterizarlos en buenos y malos, sin los matices de la condición humana. En cuanto a los ámbitos y a las acciones, dominan las referencias a lo guatemalteco, si bien limitado por la ideología del autor. Entiéndase, claro está, que hablamos de una sociedad colonial con fuertes jerarquías sociales y étnicas. En cuanto al idioma asoma el español de sello americano, aunque restringidamente.

La hija del Adelantado

Esta primera novela de Milla se publicó como libro en 1866. Los sucesos narrados abarcan un lapso de tres años: 1539-1541. Comprenden desde el retorno de Pedro de Alvarado, hasta la destrucción de la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, entonces situada en el valle de Almolonga. Alvarado retornaba del viaje a España que debió hacer para defenderse de los cargos lanzados contra él. Entre uno y otro hecho histórico, ocurre la muerte trágica de Alvarado (México, 1541) y el célebre duelo funerario guardado por su viuda, quien —según la tradición— llegó al extremo de pintar de negro su palacio. Como se aprecia, la estructura narrativa se desarrolla con el esquema: retorno - muerte - destrucción. Pero como la destrucción significó también la muerte de la naciente ciudad, el esquema comprende: retorno - muerte individual - muerte colectiva.

Este encadenamiento de muertes se corrobora al percibir cómo del capítulo donde se narra la muerte del Adelantado (XVIII) al último (XXII), donde se cuenta la destrucción de la ciudad, transcurren apenas tres capítulos intermedios. En ellos, el autor acelera el desarrollo de la novela y acentúa las notas fúnebres. Estas se amplían en el capítulo XXI cuando llega a la población la noticia del fallecimiento de Alvarado y se desatan las ambiciones por el poder.

La muerte, pues, genera el desenlace, como las luchas en torno al poder llevadas a cabo por los personajes Francisco de la Cueva, el tesorero Castellanos, el secretario Robledo y doña Beatriz. A lo largo del relato, se había advertido la ambición, intereses económicos y habilidad negociadora de doña Beatriz. En su avidez, ella aspiraba a ejercer funciones reservadas a los hombres: “(…) Si yo gobernara, don Francisco, júroos por quien soy que haría respetar mi voluntad” (cap. II). Por otro lado, Doña Beatriz transige finalmente con de la Cueva en que este funja como teniente de ella. A cambio, se reserva las decisiones relativas a lo que Milla llama “principal atribución” del gobernador: nada menos que los repartimientos de indígenas, fuente de poder económico y político. En tal sentido, la novela también puede propiciar una discusión sobre la opresión indígena que fundó una sociedad colonialista que se prolonga hasta el siglo XX.

Doña Leonor, es hija que de Pedro de Alvarado (el Adelantado) y de la princesa Xicotencatl, por lo que representa el naciente mestizaje. Es de ella de quien obtiene su nombre la novela. Su actuación se integra en el cuadro de la sociedad colonial y asume por sobre todo el papel de la mujer entregada a un amor imposible, el de Pedro de Portocarrero. Ahora bien, este amor imposible puede interpretarse como el deseo de relacionarse con sectores sociales diferentes. Esto lo ha sugerido Doris Sommers para las novelas románticas hispanoamericanas: la pasión erótica sirve para imaginar y desear la posibilidad de relaciones entre sectores sociales desiguales. Doña Leonor indica que “no necesita de alianzas para elevarse” (cap v.). Es decir, su matrimonio pactado con Francisco de la Cueva (hermano político de Alvarado) limita no solo el amor sino también la posibilidad de ampliar las relaciones sociales más allá de rígidos orígenes.

Evidentemente, quienes quedan excluidos de la imaginación de una sociedad más horizontal a partir de la reconstrucción del pasado colonial, son los sujetos indígenas. Carácter singular adquiere la presencia de los caciques Sinacam y Sequechul, quienes evidencian cómo las resistencias al poder colonial existieron. El final de ambos personajes es trágico: acusados de conspiración son ajusticiados. En la narración se resalta la entereza asumida en ese momento: “Sinacam y Seqechul sufrieron la muerte con la misma entereza que habían mostrado desde que se les notificó la sentencia” (cap IX).

El final de la novela está relacionado con gestos heroicos y dotados de amor, que, sin embargo, desembocan en la catástrofe.

Como mencionábamos al principio, esta novela está llena de secretos y movimientos misteriosos que hacen la lectura emocionante como si se tratara de una serie actual: potentes brebajes, alianzas y traiciones, revelaciones inesperadas, traiciones, encuentros y desencuentros de los personajes. La hija del Adelantado representa una oportunidad de acercarse al pasado colonial centroamericano, llenar vacíos de la historia y, a la vez, experimentar el gozo por un relato bien construido.

Referencias bibliográficas

Estas Referencias pueden servir a los lectores para ampliar conocimientos sobre la novela, la novela histórica y la narrativa de José Milla:

• Albizurez Palma, F. (1982). Vida y obra de José Milla. José de Pineda Ibarra.

• Alonso, A. (1942). Ensayo sobre la novela histórica. Instituto de filología.

• Lukács, G. (1966). La novela histórica (1.a ed.). Ediciones Era S.A. https://www.academia.edu/36187758/Georg_Lukacs_-_La_novela_hist%C3%B3rica.pdf

• Menton, S. (1993). La nueva novela histórica de la América Latina, 1979–1992. FCE.

• Sommer, D. (2009). Ficciones fundacionales: las novelas naciones de América Latina. FCE.

• Spang, K., Arellano, I., & Mata, C. (1995). La novela histórica. Teoría y comentarios (1.a ed.). Ediciones Universidad de Navarra S.A. (EUNSA). https://dadun.unav.edu/bitstream/10171/23642/1/1995_Mata_RetrospectivaEvolucionNovelaHistorica.pdf

Advertencia1

Al escribir esta novelita, ha sido mi objeto principal dar a conocer algunos personajes y ciertos acontecimientos históricos, de los cuales no tiene sino muy escasa noticia la generalidad de los lectores a quienes están destinadas estas líneas. Me he sujetado a la verdad, hasta donde lo ha permitido la necesidad de dar algún interés dramático a la novela; procurando conciliar los hechos que efectivamente tuvieron lugar, con los que he debido añadir para adornar una obra de imaginación.

En nuestras antiguas crónicas apenas se encuentran delineados los caracteres de los personajes y referidos los acontecimientos más someros. Respetando unos y otros cuanto ha sido posible, he dejado correr la pluma libremente en todo aquello que no podía envolver anacronismos (que considero imperdonables, aun en obras de esta clase), y en lo que no fuese directamente opuesto a la verdad histórica. Así, los personajes que figuran en esta relación existieron todos realmente; pero el carácter y los hechos que se atribuyen a algunos de ellos, corresponden a la parte novelesca de la obra. Las fechas están citadas con la posible escrupulosidad. Por no hacer demasiado difuso el escrito, o distraer la atención del lector con notas, no he citado los pasajes de nuestras antiguas crónicas impresas o inéditas, que podrían servir para probar la exactitud de muchos de los sucesos referidos.

Si estas desaliñadas páginas sirvieren para llamar la atención de los lectores hacia los documentos en que puede estudiarse con provecho la historia del país, en la época interesante que siguió a la conquista, y si ellas son aceptadas con la misma benévola indulgencia con que lo han sido otras producciones literarias del autor anteriormente publicadas, quedarán satisfechas sus aspiraciones.

––Salomé Jil

Capítulo IAnuncio de la llegada del Adelantado y su familia a la capital del Reino de Guatemala

Inusitada animación y extraordinario movimiento se advertían, al caer la tarde del día 15 de septiembre del año de gracia 1539, en la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala. Personas de todas clases y condiciones iban y venían por calles y plazas, reuníanse en corrillos y agolpábanse, en mayor número, delante de un edificio grande, de dos pisos y de buena apariencia, que se levantaba en el extremo de la población más inmediato a la falda del volcán de Agua, a cuyo pie estaba situada la primitiva capital del reino, en el mismo sitio en que hoy vemos el pobre y miserable villorrio llamado Ciudad Vieja. Ese edificio, cuyas ruinas se conservaban aun a fines del siglo XVII, según leemos en la obra inédita del cronista Fuentes y Guzmán, era el palacio del Adelantado, gobernador, capitán general de estas provincias y fundador de la ciudad, don Pedro de Alvarado. Abríanse las puertas y las ventanas de las habitaciones, limpiábanse tapices, alfombras y muebles; mayordomos, maestresalas y pajes daban apresuradamente la última mano al arreglo de aquella espléndida morada, que por algunos años había permanecido al cuidado poco diligente de criados subalternos. El pueblo seguía con interés y curiosidad aquellos preparativos, que confirmaban plenamente el rumor, esparcido pocos días antes de la próxima llegada del Adelantado.

Y era así, en efecto. Don Pedro había anunciado al ayuntamiento su arribo a puerto Caballos, en carta de 4 de abril de aquel año, participando además a los magníficos señores del Consejo, su nuevo matrimonio.

—Sabréis —dice— que vengo casado, y doña Beatriz está muy buena y trae veinte doncellas, muy gentiles mujeres, hijas de caballeros y de muy buenos linajes. Bien creo que es mercadería que no me quedará en la tienda nada, pagándomelo bien, que de otra manera excusado es hablar de ello.

El Adelantado había venido de España con una escolta de trescientos arcabuceros y otra mucha gente, en tres navíos grandes de su propiedad. Con todo aquel aparato de damas de honor, caballeros y soldados, se encaminaba a la ciudad que había fundado quince años antes, y que, merced al oro y la plata arrancados a los naturales, aparecía ya por aquel tiempo, si no muy abundante en población, aventajada en el lujo, hijo legítimo de la riqueza fácilmente adquirida.

En sesión celebrada por el Concejo en 25 de mayo, se había leído otra carta del Adelantado, en la que proponía fuesen a avistarse con él un alcalde y dos regidores, para haber de mostrarles los reales despachos que traía de la corte y arreglar algunos puntos conducentes al buen gobierno de la tierra. El cabildo, dividido en dos bandos, favorable el uno y contrario el otro a don Pedro, decidió no acceder a aquella indicación, contestando al Adelantado no estar en obligación de salir al recibimiento; pero que manifestándose las reales provisiones, se conformaría con todo aquello que su majestad mandase. Los principales promotores de esa discordia eran el veedor Gonzalo Ronquillo, el tesorero Francisco de Castellanos, el comendador Francisco de Zorrilla, Gonzalo de Ovalle y otros caballeros que, a fuerza de intrigas, habían logrado crear cierta emulación y mala voluntad contra don Pedro, infundiendo en el ánimo pacífico y naturalmente bueno del juez de residencia, Alonso de Maldonado, aspiraciones que no debían verse satisfechas. Los partidarios del Adelantado y el pueblo, que lo amaba por su denuedo, munificencia y porte noble y caballeresco, recibieron con júbilo la noticia inesperada de su aproximación a la capital, con el ostentoso séquito que antes hemos mencionado.

Preparábanse, pues, a recibirlo con el honor y aplauso que merecía quien había sido recientemente colmado por el rey, por su secretario Cobos y otros personajes de la corte, de favores y distinciones, justa recompensa de sus grandes y señalados servicios.

Pregoneros de los favores dispensados a su señor, de la gentileza de su esposa, del garbo de las damas que la acompañaban y del aparato con que se acercaba el Adelantado, habían sido ciertos mensajeros que don Pedro envió desde puerto Caballos, conductores de las cartas que escribía al cabildo. Excitada así la pública curiosidad, no menos que la envidia de los émulos, poníanse en juego las intrigas para lograr que no se diese posesión del gobierno a Alvarado, cohonestando la desobediencia con la ambigüedad de la real cédula de nombramiento, que había circulado en copia. Los amigos del Adelantado, sin hacer cuenta de aquellos manejos, y como quien tuviese seguridad de que todo saldría a medida de su deseo, apresuraban, según hemos dicho, los preparativos del recibimiento. El pueblo adornaba espontáneamente las calles de la entrada, y reunido en corrillos, discurría sobre el grave acontecimiento que iba a verificarse. En un grupo que formaban varios caballeros delante de la puerta del palacio, un criado de Alvarado, llamado Pedro Rodríguez, el viejo, uno de los que había despachado el gobernador desde la costa de Honduras con sus mensajes, respondía a diversas preguntas que le dirigían los curiosos.

—Sí señores —decía—; doña Beatriz excede en gentileza, ingenio y garbo a su hermana doña Francisca, que santa gloria haya, la primera esposa de nuestro valiente Adelantado.

—Y ¿cómo ha podido casarse —dijo uno de los del grupo— con su cuñada? Ese parentesco no lo dispensa nuestra santa madre Iglesia con facilidad.

—Ciertamente que no —replicó Rodríguez— y en el presente caso, no lo había dispensado su santidad a no haberse interpuesto nada menos que nuestro invictísimo emperador, así por hacer merced al Adelantado, como por mostrar buena voluntad al señor duque de Alburquerque, tío carnal de ambas señoras, doña Francisca y doña Beatriz.

—Alto ha trepado don Pedro —dijo otro.

—No tanto como él merece —contestó el viejo—; que los servicios hechos a su majestad por nuestro capitán, lo hacían acreedor a la mano de tan principal señora, no menos que al título de Almirante de la Mar del Sur y a la Cruz de Comendador de Santiago con que lo ha recompensado el César.

—¡Comendador de Santiago! —dijo entonces un viejecillo jorobado, de cara entre osada y burlona, que estaba en el corrillo—. ¡Comendador de Santiago! Ya no se lo llamarán de burlas, como en México, cuando vestía por las Pascuas un sayo viejo de terciopelo de su padre, el comendador de Lobón, en el cual había quedado estampada la señal de la cruz. ¡Ja, ja, ja, ja! —Y rompió a reír con una risa casi diabólica.

Nadie contestó a aquella burla impertinente, no obstante la expresión de disgusto que se pintó en los semblantes de todos los demás caballeros.

—Habláis —continuó el burlón— de los méritos y servicios de don Pedro, y a fe que lleváis razón en vuestros encomios. El Adelantado es denodado cual ninguno en el campo de batalla; y cualquiera lo sería como él, si poseyese un amuleto que lo preserva contra todo riesgo.

—¿De qué amuleto habláis? —preguntó uno de los caballeros.

—¡Toma! de ese joyel que lleva siempre al cuello pendiente de una cadenilla de oro, y en que están trazados ciertos signos, caracteres arábigos, o no sé lo que son, que nadie hasta ahora ha podido descifrar.

—Y que algo hubierais dado vos por poseer en la batalla de Quezaltenango, señor veedor Gonzalo Ronquillo —dijo a la sazón un caballero de noble porte y elevada estatura, embozado en una capa de paño oscuro, cubierta la cabeza con una gorra con pluma blanca, y que sin ser percibido de los del corrillo, se había acercado y puesto la mano derecha en el hombro del contrahecho viejecillo.

Al escuchar aquellas palabras, el burlón mudó de color, y visiblemente azorado, notando la satisfacción con que el nuevo interlocutor había sido escuchado, dijo:

—Os agradezco el recuerdo, señor don Pedro de Portocarrero; no podía ser más oportuno. No he olvidado que en aquella sangrienta refriega debí la vida a vuestro valor, y que sin el oportuno golpe de lanza con que atravesasteis por los pechos a aquel perro cacique Ros Vatit, yo no estaría hoy aquí, como lo estoy, pronto a serviros.

—No lo digo por tanto, don Gonzalo —replicó Portocarrero—. Cualquiera habría hecho lo que yo hice en aquella jornada; únicamente he querido advertiros que el que ha huido cobardemente delante del enemigo, no es el mejor juez de los hechos militares de un capitán como Alvarado.

—No olvidaré la lección, don Pedro —contestó Ronquillo— y será un favor más que pondré en la cuenta que os llevo desde lo de Quezaltenango.

Y dio la vuelta lanzando una mirada amenazadora al caballero, que permaneció imperturbable y sereno.

—¡Miserable envidioso! —dijo uno de los presentes; y dirigiéndose a Portocarrero, agregó—: Guardaos, don Pedro de su saña. Ese hombre es implacable; su odio ha causado ya graves disgustos al Adelantado, por las relaciones que mantiene con Gonzalo Mejía, sujeto poderoso en la corte.

—El que ni teme ni espera —contestó Portocarrero con cierta firmeza en la que había algo de profundamente melancólico— no tiene por qué guardarse. Cumplo mi deber, como cristiano y como caballero, defendiendo al compañero de armas y al amigo ausente; sigo el recto sendero y no curo de las serpientes que pueden atravesarse en mi camino.

En aquel momento cuatro indios tamemes salieron del palacio, conduciendo una litera pintada exteriormente y cuya parte interior se veía ricamente tapizada con tafetán de la China.

—Una litera —dijo uno de los presentes—; ¿si será para la señora Adelantada?

—No —contestó el viejo Rodríguez—; debe ser para doña Leonor, que viene mala.

Portocarrero se inmutó al oír aquella respuesta; pero dominando su emoción cuanto le fue posible, preguntó con fingida indiferencia:

—¿Y es grave, por ventura, la enfermedad de doña Leonor?

—Creo que no —dijo el viejo—; calenturas de la costa, fatiga del camino y un poco de melancolía.

—Cosas que pasarán —replicó un caballero— tan luego como la noble hija de la princesa Jicotencal se aviste con su prometido el licenciado don Francisco de la Cueva, hermano político de su padre.

—¿Pero es cierto que se casan? —dijo otro.

—¡Toma! Tan cierto como que se lo he oído al alcalde Juan Pérez Dardon; sujeto, como sabéis caballeros, tan verídico como el que más.

—Así es —dijo el otro—; pero ¿qué tenéis don Pedro? —añadió, volviéndose a Portocarrero—; estáis pálido como la muerte. ¿Os sentís malo?

—Sí —contestó Portocarrero, procurando recobrar su serenidad—; sabéis que desde la última expedición que hicimos en tierras de guerra, mi salud ha quedado alterada. El sol se ha puesto ya y tal vez el viento frío que comienza a soplar me haya causado algún ligero pasmo. Buenas noches.

Diciendo esto, se retiró con la cabeza inclinada sobre el pecho, como quien se halla dominado por alguna grave preocupación.

—¡Cómo ha cambiado! —dijo uno de los del grupo, cuando hubo desaparecido Portocarrero—. Ya no es aquel gallardo y altivo mancebo, tan pronto para los juegos y para el galanteo, como para la batalla.

—Es que no olvida a Agustina —dijo otro— que lo tiene como hechizado.

—Os engañáis; la ha olvidado mucho tiempo ha, aunque según se dice, ella lo ama cada día más y lo persigue con sus exigentes solicitudes.

—Así me persiguiera a mí, que por cierto no fuera yo de mármol a sus ruegos —dijo otro—. Agustina Córdoba es una moza hechicera.

—¿En qué sentido lo decís? —preguntó uno de tantos—. Eso de hechicerías tratándose de Agustina, admite dos interpretaciones. Hay quien pretende haberla visto cabalgar por los aires montada en un mango de escoba.

—¡Ave María purísima! —interrumpió Rodríguez santiguándose—. Si es así, bien pudiera tomar cartas en ello la Santa Inquisición de México. Yo creía que solo los indios paganos de estas tierras eran dados a hechicerías y sortilegios.

—Aun los indios que han recibido las aguas del santo bautismo —dijo uno de los caballeros— suelen mantener relaciones con el espíritu maligno; y algunos españoles, contaminados con el trato de estos malos cristianos, tienen comercio con el demonio. Si no, oid lo que yo mismo vi trece años hace, cuando combatimos a los sublevados de Sacatepéquez.

—Decid, decid, que ya os escuchamos.

—Una noche, estábamos acampados frente a unos peñoles en que se habían hecho fuertes los indios rebeldes. Andaba yo de ronda, y habiéndome acercado a uno de los puestos avanzados más próximos al enemigo, en cuyo punto estaba un centinela, fui a reconocer al soldado que montaba la guardia. Media hora antes había sido colocado en aquel puesto un Juan Gómez, de la compañía del capitán Luis Marín, a quien sus compañeros acusaban de tener trato con el demonio. A la luz de las fogatas encendidas en el real, vi por mis propios ojos al supuesto centinela, cuyo rostro tenía un no sé qué de horroroso y siniestro, que no acertaré a describiros. Dirigíle la palabra, y guardó silencio; puse mano a la espada, y permaneció inmóvil. Enderecé la punta del acero hacia su pecho y lo atravesé con él de parte a parte, sin encontrar resistencia, como si fuese un fantasma impalpable. Entonces, eché mano disimuladamente a la cruz de mi rosario, y mostrándola de improviso al fingido soldado, se oyó un espantoso bramido; una densa oscuridad nos envolvió instantáneamente y cuando la tiniebla fue disipándose y haciéndose lugar de nuevo el tenue resplandor de las hogueras, encontramos a nuestros pies un arcabuz y una armadura, cuyo desagradable olor a azufre manifestaba claramente haberse servido de aquellos arreos el común enemigo de las almas. Esa misma noche, casi a la propia hora, otros de nuestros soldados aseguraron haber visto atravesar el real, en un punto muy distante, a Juan Gómez, acompañado de una mala mujer a quien solía visitar. Al siguiente día fue puesto en estrecha prisión, en que permaneció dos meses, sin querer confesar su delito. Una noche, ayudado sin duda del espíritu familiar que lo asistía, quebró la prisión y se huyó, sin que se haya vuelto a saber de él.

Con atención, aunque sin asombro, oyeron las demás personas que formaban el corrillo, la extraña aventura del soldado que encargó al diablo le hiciese el cuarto de centinela; y como advirtiesen que la noche se les había entrado ya, embebidos en aquellas pláticas, se despidieron unos de otros, apalabrándose para el siguiente día con el objeto de presenciar la entrada del Adelantado y de su ilustre comitiva. La luna, en su cuarto creciente, alumbraba débilmente la ciudad, entregada al reposo y al silencio, y el volcán se alzaba majestuoso, escondiendo su descarnada cúspide bajo un cendal de espesas y blanquizcas nubes, más imponente aún a la dudosa claridad del astro de la noche, que cuando se ostenta en toda su grandeza, bañado por los rayos del sol del mediodía.

Capítulo IIDe cómo el Adelantado toma posesión de la gobernación de Santiago

Sereno y despejado amaneció el siguiente día de 16 de septiembre, como si el tiempo quisiese contribuir por su parte a hacer más regocijada y festiva la recepción del Adelantado y su séquito. Súpose desde muy temprano que se hallaba en las inmediaciones de la ciudad, y muchos de los caballeros salieron a su encuentro. El ayuntamiento, con el juez de residencia, Maldonado, se reunió en las casas consistoriales aguardando aquel grave congreso la presentación de las reales provisiones.

A eso de las nueve de la mañana hizo su entrada la ilustre comitiva, en medio de la población alborozada, que vitoreaba a su fundador. Don Pedro de Alvarado tenía en aquella época cuarenta años de edad; era de mediana estatura; su aspecto noble y sus facciones fuertemente acentuadas revelaban el ánimo varonil, la resolución incontrastable y aquella combinación extraña de valentía generosa, crueldad, astucia y franqueza que formaban el fondo del carácter del conquistador de Guatemala. Su rostro, un poco tostado por el sol del trópico, conservaba aún el color rojizo, como también la barba y el cabello rubio que había dado ocasión a que lo indios mexicanos designasen al valeroso teniente de Cortés, con el poético sobrenombre de “el Sol” (Tonatiuh). Montaba con gallardía un fogoso corcel andaluz, y vestía una reluciente armadura de acero, ostentando sobre el pecho la roja cruz de Santiago. Cubríale la cabeza la celada, ondeando al viento la garzota de plumas, blancas y encarnadas, que coronaban el yelmo. Pintábase en su rostro la emoción del ánimo por las muestras de afecto con que lo acogía su bienamada Guatemala.

A su lado derecho se veía a doña Beatriz, que tendría unos veintiocho años, y cuyas facciones, perfectamente delineadas, revelaban desde luego todo lo que había de altivo y desdeñoso en el carácter de la noble dama, por cuyas venas corría la sangre de una de las más ilustres familias de España, la de los duques de Alburquerque. Doña Beatriz era hija de don Pedro de la Cueva, comendador mayor de Alcántara y almirante de Santo Domingo, hermano legítimo del duque. En grupo animado y bullicioso seguían las veinte señoras principales que traía don Pedro para las casar, como dicen candorosamente nuestras viejas crónicas; siendo la más notable entre ellas, así por su linaje, como por su ingenio y gentileza, una cuyo nombre han conservado las historias, doña Juana de Artiaga. Con los caballeros de la ciudad, iba confundida la numerosa servidumbre del Adelantado y de su esposa; en seguida marchaban más de doscientos indios tlamemes, o cargadores, que conducían los equipajes, y cerraban la comitiva los trescientos arcabuceros de don Pedro. Al lado izquierdo del capitán general veíase a don Pedro de Portocarrero, armado de todas armas y montando el magnífico caballo de que se apeó en la batalla de Quetzaltenango para pelear cuerpo a cuerpo con Ros Vatit, en cuyo encuentro hizo maravillas con la lanza, según el manuscrito quiché citado por el cronista Fuentes.

Conversaban familiarmente los dos ilustres capitanes, respondiendo Portocarrero a las preguntas que el Adelantado le dirigía sobre la situación de las cosas. Llegados a la plaza mayor, y habiendo pasado delante de la casa del ayuntamiento, sobre la cual ondeaba el estandarte de Castilla, los caballeros y las damas se detuvieron a la puerta de la Catedral, en donde los recibió el venerable obispo don Francisco Marroquín, que abrazó al Adelantado con el afecto profundo y sincero que siempre le profesó, y de que dio pruebas aun después de la vida del caudillo. Acompañaban al prelado, el deán don Juan Godínez, el arcediano don Francisco Guitiérrez de Peralta y el canónigo don Pedro Rodríguez, con los cuales se había organizado el primer cabildo eclesiástico en 1537.

Después de la misa, que celebró el deán Godínez, como lo había hecho quince años antes, siendo capellán del ejército, el día de la fundación de la ciudad, se retiraron el Adelantado y su comitiva, y luego que don Pedro hubo cambiado de traje, vistiendo un jubón acuchillado y de terciopelo de color cereza, gorguera de encaje de Malinas, gregüescos, espada y estoque con empuñadura de brillantes, capa de igual tela y color del jubón, y sombrero adornado con plumas blancas, entró en la sala capitular y tomó asiento a la derecha del juez de residencia, Alonso de Maldonado.

Larga y acalorada fue la discusión sobre la inteligencia de la real cédula de 9 de agosto de 1538, que presentó don Pedro. El juez, apoyado con tesón por el tesorero Castellanos, el veedor Ronquillo, el comendador Zorilla, el regidor Ovalle y otros, insistían en que, con arreglo al texto de la provisión, no se debía dar posesión del gobierno al Adelantado, en tanto estuviese pendiente la residencia de su anterior gobierno; y en efecto, debe convenirse en que a lo que estos sostenían, no les faltaba razón, visto el contenido del despacho real. El astuto don Pedro prolongó intencionadamente la discusión, para que sus enemigos se declarasen y poderlos conocer mejor. Así vio todo el rencor y miserable emulación que se encerraba en aquellos corazones, y logrando su objeto, sacó un pliego que guardaba en el seno, cerrado y sellado con las armas reales. Era una sobrecédula expedida en 22 de octubre de 1538, en la que el rey prevenía a Maldonado pusiese inmediatamente en posesión del gobierno a don Pedro. Un rayo habría hecho menos efecto que la lectura de aquella carta, que pasó de mano en mano de unos a otros de los presentes, que examinaron el sello real, la firma de su majestad y la del secretario, Juan de Samano. Cediendo a la evidencia de la voluntad soberana, Maldonado recibió juramento a don Pedro y puso en sus manos la vara mayor, símbolo de la autoridad. Numeroso concurso de pueblo, agolpado en las galerías del edificio y en la plaza, aguardaba impaciente el resultado de la sesión. Proclamose por el pregonero del cabildo, y la multitud rompió en aclamaciones entusiastas. Los cañones, situados en la plaza, y los arcabuceros de Alvarado hicieron repetidas salvas, y las campanas de las tres o cuatro iglesias que tenía la ciudad saldaron con estrepitosos repiques el plausible suceso. Los enemigos del gobernador corridos y amilanados, procuraban ocultar su vergüenza, manteniéndose aparte en un extremo del salón, en tanto que un lucido concurso de caballeros rodeaba y felicitaba al capitán general. Las miradas del Adelantado se dirigieron al grupo de los descontentos; y después de haberse fijado en ellos un momento, acercóseles con grave y digno continente, y dijo:

—Vuesas mercedes han cumplido como buenos y leales vasallos, interpretando conforme a su conciencia y obedeciendo con pronta prestación las órdenes de su majestad. Depositario de la confianza de mi rey para gobernar estos pueblos en justicia, procuraré, como antes, proveer al bien común y recompensar en nombre de nuestro augusto César, los servicios de todos y principalmente los de aquellos que, como vuesas mercedes, han derramado su sangre en la alta empresa de ganar estos reinos.

Dichas estas palabras, el Adelantado abrió los brazos a sus enemigos y estrechó uno en pos de otro a Maldonado, Castellanos, Ovalle, Zorrilla y aun al envidioso e implacable Ronquillo. Resonó el salón con las más entusiastas aclamaciones, y don Pedro se retiró a su palacio, llevando consigo el amor y la admiración de nobles y plebeyos. La ciudad se ocupó desde aquel momento en disponer los festejos con que debía celebrar el plausible acontecimiento, encargando de preparar las fiestas al alcalde Dardón y a uno de los regidores. Proviniéronse diversos regocijos públicos: cañas, encamisada, fuegos artificiales, estafermo, saraos y un torneo para el último día.

Mientras tenía lugar aquella escena en las casas del ayuntamiento, doña Beatriz, rodeada de sus damas, recibía en su palacio los homenajes de las señoras principales de la ciudad, con atención cortesana, aunque con semblante visiblemente inquieto y alterado. Próxima a la gobernadora, estaba una joven como de dieciocho años, de mediana estatura y en cuyas facciones se combinaban los rasgos distintivos de las dos razas que por aquellos tiempos se encontraban en pugna en estos países: la española y la indígena. Su rostro era moreno y su cabello poblado y negro. Había en aquella frente serena, aunque no espaciosa, en aquellos ojos grandes y animados, en la nariz exactamente modelada, en la boca pequeña y ligeramente desdeñosa, en el conjunto todo de las facciones, un sello de majestad tranquila y un tanto melancólico que arrebataba y al mismo tiempo imponía cierto respeto a cuantos la miraban. Tenía el perfil de aquella joven algo del tipo correcto y severo de las antiguas estatuas griegas, unido al ideal y sobrehumano de la virgen con que, algunos años después, debía asombrar al mundo Bartolomé Murillo. Tal era doña Leonor de Alvarado, hija de don Pedro y de doña Luisa Jicotencal Tecubalzin, hija del rey de Tlaxcala y Zempoala2.

Ojerosa y pálida, doña Leonor, que parecía sufrir física y moralmente, se apoyaba en el hombro de su fiel amiga doña Juana de Artiaga. Las otras damas que habían venido en compañía de doña Beatriz conversaban en corrillos alegremente, comunicándose las observaciones que les ocurrían sobre la ciudad que acababan de atravesar. Aprovechando la oportunidad que les ofrecía la conversación de las otras señoras, doña Leonor y doña Juana hablaban de manera que sus palabras no pudiesen ser escuchadas por las personas que se hallaban en el salón.

—¿Y pudiste verlo? —preguntaba doña Leonor.

—Perfectamente —contestó doña Juana—. Pedí a un caballero que cabalgaba junto a mí, que me lo mostrase; venía al lado del gobernador, tu padre, y pude conocerlo. Es apuesto y bizarro como su primo el conde de Medellín. Parece gozar de toda la confianza y amistad del Adelantado.

—Y nadie más acreedor que él a esa distinción, amiga mía —dijo doña Leonor—. Pocos, si acaso alguno, le igualarán en lo ilustre del linaje, en lo despejado del ingenio, en el valor y en los servicios hechos al rey.

—Con esas prendas que todos le reconocen, no sé por qué tu padre, que te quiere bien, habría de rehusar...

—No, Juana —interrumpió doña Leonor—; jamás saldrá de mis labios una palabra que pueda desagradar a doña Beatriz, que protege decididamente las pretensiones de su hermano don Francisco. He dicho ya a mi padre que mi único anhelo es volver a España y encerrarme para siempre en el retiro de mi claustro.

Una lágrima rodó por la descolorida mejilla de la joven hija de la princesa Jicotencal; y cuando doña Juana se preparaba a dirigirle algunas palabras de consuelo, llegó a sus oídos el estampido de los cañones y el eco de las aclamaciones del pueblo, que saludaban con entusiasmo la proclamación hecha por el pregonero del cabildo en la galería superior de las casas consistoriales que daba a la plaza.

Inmediatamente entró en el salón un caballero que representaba unos cincuenta años, de noble y distinguido porte, vestido de terciopelo negro, y acercándose a doña Beatriz, estrechola en sus brazos, diciéndole:

—Albricias, hermana mía, albricias. Todo ha concluido felizmente. El Adelantado, tu esposo, ha vuelto a tomar la vara de la gobernación, quedando confundidos sus envidiosos adversarios.

—Supongo, don Francisco —contestó la orgullosa señora— que don Pedro pondrá, una vez por todas, coto a los desmanes de sus enemigos, y que un severo castigo caerá sobre los que han querido dar tan pernicioso ejemplo de desobediencia a la augusta voluntad del soberano.

—No, doña Beatriz —dijo don Francisco de la Cueva—, el Adelantado ha perdonado como cristiano y se ha vengado cual cumple a un caballero. En presencia de todos, ha tendido la mano a sus émulos y estrechado entre sus brazos a los mismos que un momento antes pretendían enfrentarlo.

—Así sois los hombres —replicó la gobernadora—; siempre indulgentes cuando más justicieros debiérades de mostraros. Si yo gobernara, don Francisco, júroos por quien soy, que haría respetar mi autoridad y que esos miserables expiarían su crimen en la más dura prisión.

—Habláis como quien no conoce lo que se llama razón de Estado.

—Hablo como quien está acostumbrada, desde sus tiernos años, a ver que a los vasallos corresponde únicamente callar y obedecer.

—Sois altiva como una reina.

—Y vos argumentador como buen letrado.

—Dejemos esto —dijo don Francisco— que no hay para qué hablar más en ello.

Y volviéndose de improviso a doña Leonor, con blando y amoroso acento, le dijo:

—¿Cómo estáis doña Leonor? En vano he aguardado por ver si descubría la litera en que veníais.

—Hemos tardado en llegar, don Francisco —respondió la joven—; me sentía fatigada y fue preciso caminar despacio.

—Espero que os recobraréis pronto.

—Sí, a Dios gracias, ningún mal es eterno.

—A no ser aquellos que no quiere curar el que tiene el remedio en sus manos —dijo con tristeza el caballero.

Doña Leonor guardó silencio, excusándole una respuesta que habría sido embarazosa, la llegada de su padre con numeroso séquito de caballeros, entre los cuales descollaba por su apostura y garbo don Pedro de Portocarrero.

Después de estrechar en sus brazos a su esposa y a su hija, cuyas pálidas mejillas se habían cubierto de un ligero tinte de púrpura, el Adelantado tomó parte en la conversación de las damas, mostrándose ingenioso, festivo y decidor, como lo tenía de costumbre. Después de un rato de animada plática, despidiéronse los caballeros y las damas, y quedaron solos el Adelantado y su familia.

Capítulo IIICelebraciones de bienvenida y juego del estafermo

Los encargados de disponer las fiestas con que la ciudad había de obsequiar a sus gobernadores, apresuráronse a cumplir la comisión, esforzándose en quedar airosos. Ocho días debían durar los regocijos en los cuales alternarían el volador, la encamisada (juegos y representaciones que hemos alcanzado harto degenerados), los saraos, el estafermo, etcétera. Algunos de los principales caciques indios sometidos a los españoles tomaron parte en aquellas diversiones, contribuyendo así al solaz de sus dominadores.