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Cuadros de costumbres es una de las obras cumbre de la literatura y el periodismo nacionales, en donde el oficio narrativo de José Milla y Vidaurre se muestra en todo su esplendor. Lejos de observar la realidad detrás de la ventana, el escritor sale a confrontar la vida misma por las calles y las plazas de una ciudad de Guatemala aún en proceso de construcción. Observa, escucha, platica y se mezcla con gente de todo oficio y condición, para rescatar sus historias, sus rituales cotidianos, su habla, sus celebraciones, sus maneras de vivir y de concebir el mundo que los rodea. En esta colección de relatos breves —que sientan las bases de la excelsa tradición cuentística nacional— Milla se acoge a la máxima de don Ramón Mesonero Romanos de construir "pinturas filosóficas, festivas o satíricas de las costumbres populares", escritas en un lenguaje que hable para todos. Artículos periodísticos, pequeños ensayos, cuentos, estampas que recogen, con refrescante y delicioso sentido del humor, parte de la esencia del guatemalteco urbano del siglo XIX, cuyas formas de sentir y de habitar la ciudad llegan hasta nuestros días. Luis Aceituno
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Seitenzahl: 575
Veröffentlichungsjahr: 2024
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José Milla
Cuadros de costumbres
Obra íntegra
Licda. Silvia Ciudad Real de Buratti
A partir del Romanticismo surge un gran interés por dar a conocer las costumbres de su nación. Así nacen los artículos de costumbres que tienen como principal objetivo enseñar lo cotidiano de la vida, es decir, se presenta la vida tal cual es, en su sentido más sencillo.
Los artículos de costumbres promueven el interés por la observación directa de los hechos de una sociedad determinada, técnica que más adelante será esencial en el Realismo.
El cuadro de costumbre tiene su origen a fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX en Inglaterra y Francia con escritores como Richard Steal y Joseph Etienne Jouy, respectivamente.
En España, este género alcanza su máximo desarrollo en la primera mitad del siglo XIX y su mayor representante fue Mariano José de Larra. Luego, llega a Hispanoamérica en donde alcanza un gran desarrollo.
Las primeras apariciones de los artículos de costumbres tienen lugar en el periódico. Este es el mejor medio de difusión entre el pueblo y, por lo tanto, el mejor vehículo para dejar impresas las formas de vida tan diversas y peculiares de las diferentes sociedades. Sin embargo, a cada artículo le daban poco espacio por lo que debían presentarlos en una forma muy breve. Es por eso que los crean como un retrato o una pintura en donde se muestran con cierto humor, y en pocas líneas, las diversas costumbres y tipos humanos.
A José Milla y Vidaurre (1822-1882) se le conoce como el “padre de la novela guatemalteca”. Ha sido de los literatos guatemaltecos más importantes. Sus novelas todavía le siguen gustando a los “chapines”, porque en ellas encuentran un referente a la historia de su país, a pesar del paso del tiempo. Los lectores se logran identificar con los ambientes, personajes y costumbres que muestra en sus obras.
Él firmaba sus obras con el anagrama, Salomé Jil, y fue de los primeros autores de Hispanoamérica que cultivaron la novela histórica. Entre sus obras se encuentran: La hija del adelantado, Los nazarenos y El visitador.
Vivió en una época un tanto complicada, porque se había dado la Independencia del Reino en 1821, por lo que le tocó crecer en la transición de la época de la colonia hacia la transformación de CENTROAMÉRICA en PAISES más MODERNOS. Y este paso, que influyó en la sociedad del momento, lo plasmó Milla en las diferentes situaciones y personajes que presentó en sus obras literarias. En ellas se observan conspiraciones, hipocresías, apariencias, orgullo por su país, entre otros aspectos que se siguen dando, en forma parecida, en nuestros días, lo que hace de este libro, un documento de mucha actualidad.
Además del valor literario de sus obras, estas tienen un gran valor histórico por la cantidad de datos que brinda acerca de las épocas en las que desarrolla cada una de sus obras. La influencia del Romanticismo recae en ellas, porque José Milla se preocupó por realzar la historia de su país, darle un valor nacional.
Los “cuadros de Pepe Milla”, como le solían decir, aparecen entre 1861 y 1871 en varios periódicos de la época como La Semana. Estos aparecen en tres series; sin embargo, Brañas señala que los de la tercera serie llegan a ser, ante todo, artículos o ensayos breves. De cualquier forma, sus cuadros son una clara muestra de la Guatemala de fines del siglo XIX. Y me atrevería a señalar que, a pesar de ello, muchos se mantienen vigentes en nuestros días.
Cada cuadro, Milla lo inicia con una breve explicación o introducción en donde define y da las razones por las que describe determinado aspecto. Inmediatamente después, presenta una serie de acciones o diálogos que retratan diferentes tipos y costumbres. Para terminar, usa una enseñanza moral que coloca con gran sutileza.
Milla logra mantener la comunicación con el lector a lo largo de su obra. Esto hace posible que los hechos presentados se vean como “verosímiles” o creíbles.
[…] ¿Quién no lleva un paraguas cuando está lloviendo? ¿Hay cosa más ridícula que mojarse francamente? El desventurado que carece de ese adminículo, si se encuentra sorprendido en la calle por un aguacero, apresura el paso, busca el abrigo de un alero y excita la compasión de los transeúntes. ¡Mojándose y sin paraguas! ¡Qué desgracia! El que lo lleva puede saturarse impunemente. Va por el medio de la calle, recibe torrentes de lluvia, el agua regularmente se cuela por el tejido del tafetán, chorrea por los extremos de las varillas, el paraguas se doblega y está a punto de romperse con el viento, va Ud. Calado hasta los huesos; pero ¿qué importa? ¿lleva Ud. un paraguas? Pues ha salvado el sombrero y el honor (XVI, El paraguas).
Como característica de los cuadros, es importante señalar la importancia del uso de palabras propias de la región como: patojos, tocayo, cachivache, entre otros. Este uso también ayuda al lector a visualizar mejor el entorno de los diferentes cuadros presentados y crear en su mente una imagen real de las acciones.
Los personajes de cada cuadro tienen nombres relacionados con sus actitudes, logrando cierto tono de humor que puede llegar a ser cruel en algunos casos: Cándido Tapalcate (El chapín), Don Perfecto Cumplido (Un hombre feliz), Don Prudencio Corriente (Saber vivir), Pascual Pacaya (Nunca más nacimiento).
Las figuras literarias más empleadas por el autor son: la descripción y, para lograr el matiz caricaturesco, la hipérbole, entre otras:
Figuraos mi sorpresa, al ver que don Cándido marchaba para Londres con un catre y su correspondiente colchón; con toda su ropa, en cuenta los fraques y las levitas de penúltima moda que aquí solía llevar; con un sombrero dentro de su respectiva caja; con un servicio de mesa de manteles hasta salero... (VI, El chapín).
Francisco Albizúrez Palma y Catalina Barrios y Barrios (1986) sintetizan las características principales de los cuadros de Milla en su libro Historia de la literatura guatemalteca, tomo I:
Los protagonistas lucen nombres en donde el humorismo se deforma en crueldad y extravagancia: Cándido Tapalcate, Canuto Delgado, Judas Malaobra.Se emplea la continuada exageración, a fin de resaltar las notas ridículas.El manejo del idioma resulta fresco, claro y ameno.El autor se entrega a frecuentes juegos lingüísticos y recurre abundantemente a modismos propios del hablar chapín.Las costumbres y personajes de Milla se refieren casi totalmente al ámbito urbano.El humorismo es benigno, divertido, ocurrente y sin rencor.Para provocar la risa, Milla recurre a la comicidad de la palabra, a lo rígido y mecánico de la actuación de los personajes, a las situaciones confusas, a la caracterización de personajes.Definitivamente, Milla se caracterizó por haber sido un gran observador de actitudes humanas y, ante todo, por haber logrado abstraerlas y plasmarlas por escrito. Con esto, no solo logra pintar ciertos rasgos, sino que llega a generalizar y a universalizar. Es por eso que en otras obras continuará integrando cuadros de costumbres.
Cuadros de costumbres es una obra de gran valor en la que Milla conjuga el ingenio y la gracia para presentar los rasgos peculiares de nuestra sociedad durante la segunda mitad del siglo XIX. En ella, la burguesía aparece caricaturizada, no con un tono pesimista y negativo, sino con un tono sencillo, inofensivo y de buen humor. Sus descripciones, exageraciones y ambientes nunca están de más, al contrario, son claras, precisas y adecuadas para cada situación. Con los cuadros de costumbres, José Milla obsequió a la sociedad un pilar más para sostenernos como nación y poder identificarnos con ella. Y, a pesar del paso del tiempo, cuando leemos los cuadros, todavía nos seguimos identificando con ellos, pues nuestra esencia permanece reflejada en cada imagen que presenta con gran ingenio don José Milla. Por ejemplo, el día del fiambre, la elaboración de los nacimientos, la búsqueda de parecidos o semejanzas, entre otros.
Los invito a disfrutar de esta gran obra y a buscar “parecidos” de la sociedad de antaño con nuestra sociedad actual.
A continuación, se presentan algunas referencias bibliográficas que le pueden servir a los lectores para ampliar sus conocimientos sobre la obra de José Milla.
Albizúrez Palma, Francisco y Catalina Barrios y Barrios. (1986) Historia de la literatura guatemalteca. Guatemala: Editorial Universitaria: Colección Historia Nuestra, Vol. No. 1. pp. 505Aroche, Karin. (4 de agosto de 2021) Biografía de José Milla y Vidaurre, escritor guatemalteco. https://aprende.guatemala.com/historia/personajes/biografia-de-jose-milla-y-vidaurre/Instituto Cervantes. (2022) José Milla y Vidaurre. https://cvc.cervantes.es/artes/ciudades_patrimonio/antigua/personalidades/milla.htmMenton, Seymour. (1985) Historia crítica de la novela guatemalteca. Guatemala: Editorial Universitaria: Colección Editorial Universitaria, Vol. No.2. pp. 416La indulgencia con que recibió el público los Cuadros de costumbres que salieron a luz en la Hoja de avisos, en 1862 y 1863, y los que posteriormente se han dado en la Semana, en 1865 y 1866, ha decidido al editor de ambos periódicos a emprender la colección de esos artículos en una publicación separada que formará un volumen.
El autor de esos ensayos literarios ha tenido que luchar no solo con las dificultades generales inherentes a ese género de escritos, sino también con las muy peculiares que debía presentar una sociedad reducida y no acostumbrada a ver puestos en tela de juicio su organización y los detalles de su vida íntima. Era necesario que sus tipos, sin dejar de ser verosímiles, no fuesen tan verdaderos que pudiese señalarse con el dedo a los originales. Para que las peripecias fuesen realmente cómicas, era preciso recargar un poco el colorido de los Cuadros y exagerar un tanto los caracteres de los personajes. Deber imprescindible era también respetar escrupulosamente la moral y la decencia, hasta en sus últimos ápices en escritos destinados a andar en manos de toda clase de lectores. Si el autor ha conseguido o no, hasta donde ha sido dable, vencer esas dificultades y hacer una obra de alguna utilidad y tal cual entretenimiento, corresponde únicamente al público el decidirlo.
Si estos pequeños Cuadros pueden, en lo futuro, servir para dar alguna idea de la sociedad guatemalteca en la época en que se escribieron, tomando siempre en cuenta la exageración indispensable en esta clase de obras, y para alentar a mejores ingenios a emprender y llevar a cabo trabajos más perfectos en el mismo género, no será temerario en el autor esperar que ellos serán siempre juzgados con la misma benévola indulgencia con que se les ha recibido al tiempo de su publicación.
El autor.
Uno de los usos que sin el debido examen de su utilidad y conveniencia de su aplicación, hemos tomado nosotros de los extranjeros, es el de las presentaciones, o lasintroducciones. Lo que en otras partes es necesario y conveniente, viene a ser una forma pueril y hasta ridícula, en un país pequeño, en donde todas las gentes son más o menos conocidas. Desea un joven frecuentar una casa; busca un padrino de su misma edad que lo presente a la señora (o a las señoritas, que ese suele ser el quid del negocio); y un domingo, a eso de las doce (día y hora de rigor para recepciones semioficiales), presentante y presentado, de frac negro y guantes, color de caña,[1] hacen su entrada solemne en el salón. El padrino pronuncia enfáticamente el nombre y apellido del ahijado, como si las personas de la casa no supiesen muy bien quién es él, quiénes son sus padres, cómo vive y cuanto puede saberse de un prematuro escolar, que manosea todavía el Álvarez y las Partidas. Preguntad a ese presentador complaciente si sabe que el que toma a su cargo introducir a una sociedad a un nuevo visitante, contrae una verdadera responsabilidad y se constituye garante de la conducta de aquel de quien se ha hecho introductor, y encontraréis que ni ha pensado en eso el aturdido mancebo. Decidle que culpa suya será si el introducido perturba la tranquilidad doméstica, revela los secretos que se le confíen, traiciona la confianza que de él se haga y acaso se reirá de lo que llama vuestro quijotismo.
La imprudencia sube de punto cuando el introducido no es, como sucede con frecuencia, una persona del país y de la cual se tiene algún conocimiento, sino una de tantas aves de paso que suelen anidar con increíble facilidad en nuestros francos y benévolos círculos sociales. ¿Con qué valor se presenta a un hombre a quien apenas se conoce, solamente porque va bien vestido y porque lleva un apellido inglés, ruso o polaco?
En cuanto a los ahijados, no es poco frecuente que incurran en la misma falta de escrupulosidad respecto a sus padrinos. Olvidando el adagio castellano dime con quién andas, hay jóvenes que no vacilan en presentarse en una sociedad decente, bajo el patrocinio de alguna persona de poca consideración y a quien se recibe únicamente tal vez por compromiso. Claro es que el que, bajo tan desfavorables auspicios se presenta, tiene que ser mal recibido, aun cuando la urbanidad encubra el desagrado bajo las apariencias del afecto.
Sentados estos preliminares, diré que las presentaciones pueden, a mi juicio, clasificarse, como los homicidios, en casuales, necesarias y premeditadas, teniendo algunas veces estas últimas las circunstancias agravantes de seguras y alevosas.
Presentaciones casuales. Son aquellas que se hacen por incidente; en la calle, en el teatro, en el paseo. No acarrean responsabilidad ni imprimen carácter de ninguna especie. Son puras fórmulas que se observan especialmente cuando uno o más de los interlocutores son extranjeros.
Presentaciones necesarias, o mejor dicho forzadas. Son las que uno suele hacer contra su voluntad, ya personalmente, ya por medio de una carta de introducción, obligado a ello por ciertas consideraciones y sin tener plena confianza del sujeto introducido. En esos casos algunos hacen lo que los casuistas llaman restricción mental, o bien advierten sotto voce, de las desconfianzas que les inspiran aquellos que los han puesto en el compromiso. Esta táctica arguye debilidad de carácter; lo mejor en ese caso es negarse al padrinazgo, pues “vale más ponerse una vez colorado que ciento descolorido”.
Presentaciones premeditadas. Llamo yo así a las que se hacen deliberadamente y con pleno conocimiento de la persona. La alevosía y la seguridad, lo mismo que el abuso de confianza, concurren cuando se hace la presentación con algún fin poco honesto. El artículo 19,599 del Código Penal de la Urbanidad, castiga esos delitos con la expulsión del criminal y el cómplice con la pena de palos y otras corporis aflictivas, según la malicia del caso y al arbitrio del juez.
No pocas veces me ha hecho reír la imitación servil de fórmulas exóticas en los actos de las presentaciones. “Permita Ud., señora, decía hace poco Enriquito, joven extranjerizado, a la sencilla y respetable doña Lugarda, le introduzca a Monsieur Pointu, íntimo amigo mío (acababa de conocerlo), que viene de arribar de Europa”. La matrona retrocedió espantada de que se quisiese introducirle aquel Monsieur, como si se tratase de un hierro agudo en una operación quirúrgica. ¡A cuántas equivocaciones como esa puede dar origen el uso de una inadecuada y extraña fraseología!
Por mi parte, cansado de los chascos que en el curso, ya bastante largo, de mi vida, me han dado los presentantes y los presentados, y habiendo llegado a esa edad feliz en que puede uno emanciparse impunemente de la tiranía de la moda, he acordado renunciar a las presentaciones por interpósita persona, y hacerlas por mí mismo, cuando se me ofrezca, diciendo de plano mi nombre y apellido, lo que deseo y lo que me propongo. Conforme a ese sistema (para el cual pienso pedir patente de invención, con privilegio exclusivo por veinte años), me introduzco hoy al conocimiento del lector benévolo, que sabrá quién soy, si tiene la paciencia de llegar hasta el fin de este artículo, en donde encontrará mi nombre y apellido con todas sus letras. Para salvar mi conciencia, debo, sí, advertir que aun cuando por mi nombre de bautismo pueda parecer que pertenezco al sexo encantador, la verdad es que correspondo al encantado; y si bien me llamo Salomé, nada tengo de común ni con la madre de los hijos del Zebedeo, ni con la hermana de Herodes el Grande ni con la bailarina hija del otro Herodes que pidió y obtuvo la cabeza del Bautista, cuyas tres damas eran mis tocayas. En cuanto a lo demás, como poco o nada pueden interesar los incidentes de mi trabalhosa e trabalhada vida, como dice J. B. Garrete, escritor portugués, me contentaré con decir que aunque cursé las aulas, allá en mi juventud, años después vínome la tentación de probar las dulzuras de la vida del campo, de la cual había leído maravillas en Teócrito y en Virgilio, esos grandes bucólicos de la antigüedad. Dejé los estudios y me metí no a predicador como fray Gerundio, sino a nopalero, como tantos otros que nada tienen de frailes, aunque sí pueden tener mucho de Gerundios. Compré un terreno plantado de esos cactos punzantes, cuya monótona uniformidad es poco poética por cierto, y pronto se convirtieron en humo mis ilusiones sobre la vida rural, los pastores y las zagalas. Compensó la pérdida de mis delirios el buen precio de mis tercios de grana; y realizado un capitalino muy decente, fui bastante feliz para encontrar, dos años hace, quién me comprase mi nopal, librándome así, providencialmente, de la bolita, del susto del Gagenta y de encontrarme hoy, al fin de cuenta, o esperando o quebrando, que casi casi viene a ser todo uno. Heme aquí, pues, viviendo de mis rentas y habiendo alcanzado en esta vida ese Summum bonum quo tendimus omnes, de que habla Lucrecio. En esta situación, ¿qué hacer? ¿Cómo emplear útilmente mi tiempo? Esto me he estado preguntando a mí mismo desde algunos meses. Ya se me ponía la tentación de solicitar una plaza de agente de policía y vivir descansadamente; ya la de aumentar el número infinito de los abogados sin pleitos; ya la de hacerme médico o boticario, (que deseché por no ser suficientemente enemigo de la humanidad); ya la de convertirme en empresario de ópera (de la cual desistí por no morir de inacción); ya, en fin, otras igualmente diabólicas, cuando he aquí que anoche tuve una subitánea inspiración, y en vez de darme al demonio, como estaba ya a punto de hacerlo, resolví darme al público que, bien considerado, es una misma cosa. Vacilé largo rato antes de decidirme por el género a que me dedicaría. Escribir de política, es muy fácil ciertamente, pues, según he oído decir esas son materias que todo el mundo entiende, sin necesidad de haberlas estudiado; pero me detuvo cierto... (no sé cómo llamarlo), miramiento... eso es, miramiento, considerando lo resbaladizo y peligrosillo del asunto. Por poeta me da muy poco el naipe; pues aunque no soy tan tonto que no haya hecho alguna vez una copla, tampoco soy tan majadero como para ponerme, a hacer dos, como dijo no sé quién. En fin, deseando echarme por una senda poco trillada entre nosotros, determiné escribir sobre costumbres, aunque sin ocultárseme la dificultad del género, ni los inconvenientes con que tienen que luchar los que lo cultivan. De esos inconvenientes no estuvieron libres ni Adisson, ni Steele, ni Jouy, ni Larra, ni Mesonero Romanos; y, ¿habré de estarlo yo, ¡pobre de mí! que no tengo ni la imaginación brillante, ni la observación profunda, ni la sal ática, ni la instrucción variada de aquellos maestros del arte? Mas como mi objeto no sea el de alcanzar renombre, sino el de contribuir, siquiera en mínima parte, a la mejora de nuestras costumbres y matar el tiempo, cosa que en otras partes vale mucho y de la cual por acá no sabemos cómo deshacernos, me decido a aceptar, por primera vez, la bondadosa hospitalidad que la “Hoja de avisos” ofrece a mis pobres trabajos literarios, y por lo pronto me ensayaré en unos cuantos cuadros de costumbres. Omito dar mi programa porque los de nuestro teatro y los que nos vienen de los gobiernos de la otra América, cada vez que hay ropa limpia (y allá se mudan con frecuencia), me tienen reñido con esa clase de documentos. Vaya el presente artículo por vía de introducción, y dispensándome el público escasa presentación exabrupto, permítame le ofrezca mis respetos, como ahora se dice, que deseándoles felices pascuas, me despida de él hasta otro número.
[1] No debe olvidarse que esto se escribía hace más de ciento cincuenta años, ya que los primeros cuadros fueron escritos en el año 1862 (N. de la E.).
Guatemala, diciembre 30 de 1861
Querido Simón,
Ya veo que tú y yo “no nos hemos de entender jamás”, como decía Mr. Dupin al difunto Rey Luis Felipe. Tu carta, que recibí por el correo ordinario del miércoles, ha venido a quitarme la última ilusión que aún me halagaba de poder convenir contigo sobre alguna cosa. El pequeño retardo del correo extraordinario y violento que salió de esa el 14 con la correspondencia del desventurado “Columbus”, te irrita y te enfurece, ni más ni menos que si fueras un poeta a quien un crítico da algún arañazo, un artista de la ópera que no se encuentra suficientemente magnificado en los artículos de teatro, o un municipal a quien un periódico ha echado alguna indirectilla. Ven acá, hombre del demonio, y dime: ¿ignoras, por ventura, que desde Sonsonate hasta Guatemala hay, por la vía más corta, la respetabilísima distancia de 46 leguas, a menos que mientan nuestros derroteros, lo cual no puede ni aun imaginarse? ¿Sabes, acaso, que 46 leguas son 230,000 varas castellanas, como quien no dice nada, y quieres que un pobre correo emplee menos de quince o veinte días para andarlas? Ya te pusiera yo a ti, malévolo descontentadizo, a pie descalzo, cargado con una enorme valija, amén de las encomiendas, a ver si hacías ese camino en menos de seis meses. Te devanas los sesos, según me dices, pensando qué puede haber sucedido al correo; y, ante todo, debo darte la enhorabuena por la feliz noticia que en esa frase me das sin quererlo. Yo siempre había creído que tú no tenías sesos; pero ahora vengo a caer de mi burro, y veo que, si debes de tenerlos, puesto que te los devanas; aunque sospecho que los tienes no solo devanados, sino hasta tronzados, tal es el embolismo y tergiversación de tus ideas. Mira, Simón, muchas cosas pueden haber sucedido al tal correo; y para que no te canses, como si estuvieras leyendo la Relación de los trabajos del Tribunal, en alguna Gaceta, me limitaré a escoger, entre mil, tres accidentes que han podido originar aquel retardo. 1.°: Puede haber sucedido (y eso ya lo han dicho otros antes que yo) que el infeliz correo se haya ahogado en el rio de Paz, lo cual no es imposible, aunque probaría que tus paisanos se ahogan en poca agua, ya que por este tiempo es tan escasa la que lleva el tal rio, que el pobrecito podría envidiar a algunos de los charcos (muy pocos ya por fortuna) de nuestra Capital. 2.°: No ignoras que ese terreno, accidentado de volcanes, es tan propenso a temblores, como las mujeres a la murmuración y los hombres a buscar a las mujeres. ¿Quién quita, pues, que haya habido un terremoto, y que, abriéndose la tierra, se haya tragado al posta y la valija y a las encomiendas? 3.°: Y esta suposición es la que me parece más verosímil, como que casi juraría yo que eso y no otra cosa es lo que ha sucedido. Puede haber habido en este negocio intervención de encantamento. Quizá el mal genio que persigue a los Administradores andantes quiso hacer de las suyas con el de tu tierra, y tomando la figura de un rústico patán, le birló la correspondencia, que ¿quién sabe si a la hora esta se hallará navegando por los aires con dirección a la China, conducida por el mágico correo?
Por lo demás, yo no veo en todo esto motivo serio para tanta alharaca como la que por acá se ha armado sobre tan insignificante asunto. Recibir una miserable correspondencia un mes antes o un mes después, ¿qué viene a ser, comparado con otras mil desgracias que nos acontecen todos los días, y menos aún con aquellas de que nos libramos por la infinita misericordia del Creador? ¿Qué significa eso, comparado con la guerra, con la peste, con las elecciones, con las mozas que nos engañan, con las viejas que dan en querernos, con los malos poetas que nos hacen leer sus versos, con los tontos que nos favorecen con sus visitas, con los espiritualistas que hacen corcovear las mesas y con los articulistas de costumbres, raza de entrometidos y de parlanchines? ¡Ay, Simón de mi alma, que animal tan raro es el hombre! ¡Dar tanta importancia a unos pedazos de papel con garabatos en castellano, inglés o francés, que tal vez no entienden las siete octavas partes de los que los leen, y considerar su pérdida como una calamidad, es cuanto cabe de extravagancia y de capricho! Pues Señor, si la correspondencia no llegó, hay más que escribir a los corresponsales de Europa y los Estados Unidos, y decirles, “repitan UU. lo que en tal fecha me dijeron”, y en tres o cuatro meses está el negocio arreglado y como si nada hubiera sucedido. O si tanta es la urgencia de recibir las tales cartas, no podrían los interesados poner en letras gordas, en la cuarta plana de los periódicos, un aviso concebido, poco más o menos, en estos términos: “Del 14 al 30 del corriente, se ha perdido, entre Sonsonate y Guatemala, un correo, (animal en dos pies y sin plumas), con su correspondiente valija. Al que lo entregare en esta imprenta, se le darán diez pesos (que es el máximum de su valor) de gratificación”. Las orejas te doy, Simón, si los tres días de publicado ese anuncio, no presentan en las oficinas de las imprentas, no digo ya al correo perdido, sino a todos los del gremio, en cambio de los diez pesos, y todavía así harían un buen negocio. Pero, desengáñate, Simón; esa grita es hija del oscurantismo, del fanatismo, del ultramontanismo, del servilismo, y si me apuras mucho te diré de una vez, del clericismo de que por acá estamos contaminados. No veo las horas de que se reciban noticias positivas de lo que sucedió al correo, y entonces, ¡zas! la relación a la Gaceta, al Noticioso y a la Hoja, y verás cómo tapo la boca a los calumniadores y a los embusteros. Entre tanto, y bajo toda reserva, te daré un consejo. Si tienes amistad con ese Sr. Administrador, a quien yo no tengo el honor de conocer, dile que, a toda la charla de los chapines, haga orejas de empleado público (ya las de los mercaderes se han quedado muy atrás), y que si alguno de nosotros le dice que quiere saber cuándo le mandan su correspondencia, le conteste como lo hizo Telleyrand a uno de sus acreedores una vez que le dijo deseaba saber cuándo le pagaría: “Señor mio, es U. muy curioso”; y no hable más del asunto.
Te recomiendo mucho no enseñes esta carta a nadie; porque como no me gusta me tengan por adulador, no quiero que en la Administración de correos de Sonsonate pase por tal tu afectísimo amigo.
Salomé Jil.
P. D. Me olvidaba del encargo del fluido vacuno. Siento infinito que en algunos de esos pueblos esté haciendo la viruela tantos estragos como me dices. Con el extraordinario violento que trae la correspondencia del “Columbus” y debo regresar a esa, te remitiré el fluido; pues así lo recibirás con la prontitud que deseas.
Vale, S. J.
[2] Dirán algunos tal vez que esta carta no corresponde rigurosamente a lo que puede llamarse cuadros de costumbres. Error evidentísimo. No es una costumbre, y mala costumbre, por cierto, la que tienen algunos correos de no llegar a su debido tiempo. ¿No es igualmente una costumbre, y costumbre muy necia, cuando menos, la del público de enfadarse por esas faltas? Si esto es así, ya se comprenderá que esta carta está tan en su lugar entre los cuadros, como el ave en los aires, el pez en las aguas, y los errores de lógica y de gramática en los artículos de muchos de nuestros escritores. —S. J.
Todos los hombres tienen sus flaquezas; y yo que en punto a ellas (hablo de las morales), podría apostármelas con el más entelerido[3] de mis prójimos, cuento como una de mis imperdonables debilidades, el acendrado amor que tengo a este pícaro país donde me tocó salir a la luz pública... digo, nacer (la malvada costumbre de andar en cosas de papeles impresos, me ha familiarizado de tal modo con la jerigonza periodística, que se me escapan ciertas expresiones sin quererlo). Y es lo peor del caso que, a fuer de enamorado, considero yo en el objeto de mi pasión como las gracias principales, aquellas que para otros tal vez son defectos insufribles. Así, cuando oigo a los extranjeros quejarse de que aquí no hay buenos caminos, de que aquí no hay puertos, de que aquí no hay reuniones, de que aquí no hay paseos, de que aquí... quisiera yo cerrar esa interminable letanía de “aquí no hay”, con un “aquí no hay ya paciencia para aguantarlos a ustedes, y déjennos en paz, que todo eso que ustedes echan de menos, maldita la falta que nos hace”. Y si no, les diría yo, “vengan ustedes acá, gringos de Barrabás, y respóndanme: ¿se necesitan caminos en donde nadie viaja, los que pueden porque no quieren, y los que quieren porque no pueden? ¿Hay necesidad de puertos en donde nada entra y nada sale? ¿Ha de haber reuniones si no hay quién se reúna, ni en dónde reunirse, ni de qué hablar? ¿Se han de hacer paseos para que nadie vaya a ellos, como lo tiene acreditado la experiencia, y lo gritarían, si pudieran, los solitarios naranjos y las abandonadas banquetas de la Plaza Vieja? Pues si todo eso es así, ni ustedes ni yo lo hemos de remediar, márchense enhorabuena a Londres o a París, y dense la vueltecita por acá de aquí a cien años, que yo les respondo con mi cabeza que entonces encontrarán todo eso que ahora falta y mucho más”.
Entretanto, y mientras se van llenando esos vacíos y abriéndose otros nuevos, pues en esa abridera y cerradera andan y andarán entretenidas hasta el día del juicio las naciones que han dado en la extraña manía de civilizarse, yo estoy muy contento con lo que tenemos, no me mantengo amalhayando[4] lo que por allí dicen nos falta, y me encuentro tan bien avenido con nuestras costumbres, como nuestros hermanos del sur con la divertida ocupación de matarse los unos a los otros, y como nuestros vecinos los mexicanos con la no menos jocosa de pronunciarse cinco o seis veces al mes.
Pero en ninguna época del año me siento yo tan complacido en Guatemala, como en esta de la Pascua que vamos ahora atravesando (hoy es de rigor atravesar uno algo. Se atraviesan crisis, se atraviesan tiempos, se atraviesan revoluciones: ¿por qué no he de poder atravesar yo Pascuas? ). Desde el 24 de diciembre, comienzo a experimentar la benéfica influencia de estos días, que quizá por lo mismo que son tan agradables, son pocos y vienen ya al despedirse el año, como para enseñarme que lo bueno llega siempre tarde y pasa brevemente. La misa del gallo; los tamales[5] de la madrugada; las corridas de toros, los nacimientos, con ese peculiar y agradable olor de las frutas de la estación y de las flores, y las novenas, con sus pitos de agua y sus chinchines, forman un conjunto sui generis y nacional, cuya falta nada alcanzaría a suplir. Una sola vez en mi vida (y no hace mucho tiempo), me ha tocado pasar esta época del año lejos de mi país, en una de esas grandes ciudades, centros del comercio, del movimiento y de la actividad de un pueblo rico, próspero y poderoso. Pues bien; ni los espectáculos públicos, ni la novedad de las costumbres; ni el bullicioso trajín de una población de 800,000 almas; ni los animados círculos sociales reunidos en derredor del vistoso Christmas tree: nada podía consolarme de la ausencia de tantos objetos ligados a los más gratos recuerdos de mi vida. En uno de esos palacios de cristal destinados a conservar, por medio de un calor ficticio, las plantas de las más opuestas latitudes, acerté a encontrar, en medio de un gran grupo de árboles tropicales, el de la flor de pascua, pobre arbusto que parecía esforzarse, en aquel clima extraño y glacial, por ostentar sus espléndidas flores, como si se empeñara en dejar bien puesto el honor de nuestro pabellón. Confieso que la vista de aquel árbol querido que, como yo, echaba de menos su suelo natal, estuvo a punto de hacerme saltar las lágrimas; lo cual me habría sucedido, a no haber acudido en mi auxilio la razón, que me recordó ser de mal tono el ceder uno a los impulsos del sentimiento. Pero dejemos estas reminiscencias que, demasiado personales, a nadie sino a mí pueden interesar, y vamos al objeto del presente artículo.
Han de saber mis lectores que yo tengo, entre otras cargas concejiles, la de un compadre, que es uno de los entes más originales que pueden encontrarse en este país bendito, en donde abundan las originalidades. Y no lo llamo carga porque me coma medio lado, que para muchos es la única manera en que puede decirse, figuradamente, que un prójimo carga sobre otro. No; mi compadre, el maestro Pascual Pacaya, honradísimo zapatero de segundo o tercer orden, gana con su oficio lo suficiente para proveer a sus escasas necesidades y a las de su hijo Pastor, mi ahijado. Carga sobre mí, en cuanto me visita con más frecuencia de lo que yo quisiera y me hace oír siempre ciertas interminables variaciones sobre el mismo tema, a saber: la injusticia del gobierno de permitir la introducción de zapatos ingleses (mi compadre no conoce más extranjeros que los hijos de Albión, y para él la expresión inglés, es genérica, y significa, persona o cosa que no es de Guatemala); por lo cual, dice no corre el oficio y todo anda perdido. Mi compadre ha tenido el raro capricho de no poner a Pastorcito en los estudios, y le ha hecho aprender su mismo oficio, por lo cual lo tengo declarado el más extraño de los zapateros de la América.
Pero, ¡ved las debilidades de las almas grandes! Mi compadre, a quien considero, bajo muchos respectos, como un hombre verdaderamente superior, tiene también su lado flaco. Trabaja todo el año como un blanco, y no teniendo vicio alguno, ni aun el del cigarro, los pequeños ahorros que a fuerza de economía logra reunir, se emplean irremisiblemente en este tiempo, ¿en qué diréis? en construir uno de los más curiosos nacimientos que pueden verse en la ciudad. Hasta aquí no encontraréis quizá nada de extraño en el destino que da a sus ahorros mi compadre. Pero lo increíble es que después de trabajar un mes o más en el nacimiento, como dice que no tendría gracia si no se meneara, el pobre Pascual, desde la Nochebuena, se mete como un hurón debajo del tablado y se entretiene todo el día y parte de la noche en mover la maquinaria para que el meneo ande listo y los ociosos se diviertan. Allí come, allí duerme, allí está sepultado desde el 24 de diciembre hasta el 6 de enero siguiente, ese modelo de abnegación y de civismo. ¡Y luego hay quien tenga valor de hablar de sacrificios en favor del público! Mientras tata está agazapado tirando de las cuerdas. Pastor cuida de que les amateurs no se lleven la fruta o a sus tocayos de barro o de madera que adornan el nacimiento; pues, para vergüenza de la especie humana, es necesario confesar su propensión a devolver mal por bien y a corresponder con ingratitud a los que se prestan a servirla con desinterés.
Tres días hace, me hallaba yo muy ocupado, cuando sin previo anuncio, entró en mi cuarto el hijo de mi compadre, que por la cuarta vez me traía el más expresivo mensaje de su progenitor, suplicándome fuese a ver el nacimiento. No pude negarme a las instancias del respetable artesano, y acompañado de aquel a quien saqué de pila y a quien me ha tocado después sacar de otras partes (del cuartel en cuenta), me dirigí a su casa, situada en uno de los barrios más populosos de la ciudad. No fue poco el trabajo que nos costó penetrar por entre la masa compacta de gente que sitia- ba la puerta del zapatero, esperando que los que ya habían visto, dejasen libre la entrada a los que rabiaban por ver. “Con la cuarta parte de esta concurrencia que acudiese a la ópera —decía yo entre mí—, se salvaba la empresa”. Pastor me precedía; y apartando a este, empujando a aquel, y pidiendo tantita licencia al de más allá, al fin logramos introducirnos en el patio, donde estaba armado el nacimiento. Imaginaos un polígono irregular, levantado como una vara del suelo, y sobre el cual están figurados, por medio de tablas y trozos de madera, cubiertos de papel pintado, llanuras, montes, volcanes, barrancos, y todo esto adornado con árboles y flores artificiales, con casitas, con figuras de trapo, de barro, de madera, y con otra multitud de objetos cuya descripción exacta exigiría acaso tanto tiempo como el que se ha necesitado para armar todo aquello. Veréis allí confundidos los terrenos primarios, con los secundarios y los terciarios; la lujosa vegetación del trópico, al lado de las plantas raquíticas de la zona frígida; hombres y mujeres más altos que las casas, vestidos con trajes de todas las épocas y ocupados en oficios harto diferentes de aquellos a que se dedicaban los sencillos pastores que fueron a rendir homenaje al Salvador recién nacido. Ya se ve, ¿qué puede saber mi pobre compadre de Geología, de Historia natural, de Nuevo Testamento ni de nada? Y aun cuando fuera una enciclopedia ambulante, si había de hacer un nacimiento que agradase al público, por fuerza debía contener todas aquellas anomalías.
El maestro Pascual había tenido este año la ocurrencia, que puedo llamar desventurada, de poner el tablado que contenía el nacimiento, encima de una pila de muy regulares dimensiones que en su patio tiene; aprovechando su abundante chorro de agua para formar una cascadita, un arroyo y una laguna, todo ello al natural y bien dispuesto. En una tabla, que atravesaba la pila, se colocaba mi compadre a menear los cordeles de sus muñecos. La tarde en que, por mi desgracia, fui llamado y rogado a ver el dicho nacimiento, la concurrencia era, como tengo dicho, inmensa; tanto que, no pudiendo una parte de ella alcanzar a ver con comodidad, ocurriósele a unos tres o cuatro muchachos amigos de Pastor, trepar a un espléndido naranjo que hay en el patio, y una de cuyas ramas se balanceaba precisamente sobre el nacimiento. A poco de haber yo entrado, comenzó el meneo. La Plaza de Toros, el volador, los títeres, Peruchillo, que se tomaba con el público ciertas licencias poco respetuosas (ni más ni menos que si fuera un verdadero actor), carruajes en movimiento, molinos en ejercicio, gente que va y viene, tal era el aspecto que presentaba aquel animado panorama, en medio del júbilo y admiración de los espectadores, cuando oímos un chirrido penetrante, como el de una rama que se desgaja, e instantáneamente, los cuatro escolares que cabalgaban sobre la del naranjo (que era en efecto la que se desprendía), caen a plomo sobre el nacimiento. La tarima, que estaba sentada sobre unos trozos de madera, colocados en el borde de la pila, se conmueve con el cimbreo y con el peso, se bambolea y viene abajo, haciendo caer al fondo del agua a mi compadre que, echando espuma de rabia, logra, no sin dificultad, desembarazarse del pesado maderamen, y rasgando el papel pintado, asoma primero la cabeza y después el cuerpo (mojado completamente), por el hueco que había formado la laguna en el despedazado nacimiento. Allí fue la grita, la rechifla y la burla de toda aquella gente maligna y desagradecida, hasta que el desgraciado zapatero logró abrirse paso y fue a meterse en la cama, abrumado de dolor y de vergüenza.
Al siguiente día fui a hacer una visita a mi infeliz compadre. La casa estaba desierta, por supuesto, como la Plaza de Toros en un Miércoles de Ceniza, y en el patio se conservaban todavía las señales del cataclismo de la tarde anterior. Todo era confusión y desorden; montañas, casas, árboles y animales, estaban allí hacinados y maltrechos, como me figuro yo quedaría la Tierra después del diluvio; y en cuanto a los pastores, vi que los de barro habían caído al fondo de la pila, mientras que los de trapo sobrenadaban en la superficie del agua.
Apparent rari nantes in gurgite vasto. Es, precisamente, dije para mí, lo contrario de lo que sucede en las grandes catástrofes sociales; pues en ellas las gentes menudas y de poco valer se van al fondo, y las de peso o de pesos, se salvan y sobrenadan. Mi compadre estaba sentado sobre los escombros de su nacimiento, como Mario sobre las ruinas de Cartago. Quise dirigirle algunas palabras de consuelo; pero todo fue en vano; el desdichado lloraba la pérdida de lo único que le halagaba en esta vida, y repetía, en voz ahogada y compungida:
—NUNCA MÁS NACIMIENTO.
Me pareció prudente respetar su dolor y me retiré a mi casa a hacer esta descolorida descripción de aquella escena patética y conmovedora.
[3] Provincialismo. Flaco, desmedrado.
[4] Provincialismo. Amalhayar, expresar un deseo vehemente de alguna cosa.
[5] Bollos de masa de maíz con carne.
Desde que, por mi negra fortuna, cedí a la tentación de convertirme en escritor o descriptor (mejor dicho) de costumbres, que es, como quien dice, sentar una plaza de fiscal general, aunque sin honores y sin sueldo, son tantos los asuntos en que se me ocurre poder ejercitar últimamente el oficio, que lo único que suele embarazarme, es la dificultad de la elección. Hay entre nosotros tanto que criticar, que la murmuración sale de la boca por sí sola, natural, espontánea, como el canto de la garganta del pájaro y como la mentira de la pluma del periodista. Tan común es por eso en nuestro país el hábito de la murmuración, que ya debería cambiarse la fórmula usual y harto gastada con que nos saludamos; y en vez de preguntar, por ejemplo, ¿qué hace usted, fulano? ¿Qué dice usted zutano? sería más propio y verdadero decir: ¿de quién murmura usted fulano? ¿A quién desuella usted zutano? Ese nuevo sistema de saludo tendría por lo menos el mérito de la sinceridad.
Después de haber repasado hoy una en pos de otra las diferentes manías de los prójimos que podrían prestarse a un artículo de costumbres, poco a poco, y llevado por mi imaginación, tan variable casi como nuestro clima, fui dando entrada a pensamientos y consideraciones de un orden más elevado que aquel al que pertenecen ordinariamente mis ideas. Sin saber bien por qué especie de ilación extraña hubieron de pasar mis raciocinios hasta venir a parar en asuntos de índole tan severa, he aquí que me encuentro comenzando nada menos que un estudio de Economía Política, y que me voy a entrar de rondón por las cuestiones más arduas de esa ciencia, como Pedro por su casa; y como tantos otros que no son Pedro por las ajenas.
Este no es, pues, artículo de costumbres; es artículo de Economía Política; prevención que hago al lector benévolo, para que deje a un lado la hoja si es que no gusta de esas materias, como podría suceder. ¡Ah! si todos los que escriben para el público tuvieran la precaución que yo ahora empleo, ¡cuántos chascos ahorrarían a sus cándidos lectores! Debo, sí, advertir que no voy a tratar de los monopolistas de los aguardientes; ni de las chichas; ni del monopolio del tabaco; ni a proponer el estanco de la sal, y menos aún el de los naipes; pues no quiero indisponerme con el numeroso gremio de los jugadores. De otros monopolistas voy a hablar; y como soy aficionado a las clasificaciones, por lo cual creo que debí haberme dedicado a la Botánica, se me permitirá haga cuatro secciones de aquellos que van a ser el objeto del presente estudio. Yo divido a mis monopolistas de la manera siguiente: 1.° El monopolista cortejo. 2.° El monopolista danzante. 3.° El monopolista gastrónomo. 4.° El monopolista hablador.
El monopolista cortejo no es siempre un hombre joven, como podría creerse. Los hay de diferentes edades y condiciones, a escoger, como uno los quiera; y algunos he visto yo que pudieran pasar por tatas de los tatas de las monopolizadas. Por lo demás, viejo o mozo, el monopolista cortejo es siempre la ruina de las tertulias y la desesperación de aquellas a quienes no queda más arbitrio que dedicarse al peligroso oficio de clandestinista. El monopolista cortejo se apodera de la joven más bonita y amable de la casa; la explota, la estanca, y desgraciado de aquel que quiera poner en libertad el artículo, pues irremisiblemente es tratado como contrabandista. Él solo habla con ella, él solo tiene derecho a prestarle cualquiera de esos pequeños servicios que la cortesía o un legítimo deseo de agradar sugieren a los demás. Monopolio odioso, que al fin acaba por ser intolerable y hace que vayan desertando aquellos que no tienen parte en la empresa, quedando por último los asentistas como dueños únicos del campo.
El monopolista danzante sí es siempre joven, y tan parecido al otro, que se creería que forman uno solo. En los bailes se apodera de la muchacha más lista en el arte de Terpsícore (estilo clásico) y la baila, como él dice, toda la noche, sin que haya modo ni manera de hacérsela soltar. Entretanto, las que danzan con menos perfección, pero que también quisieran que las bailaran, pues a nadie le pesa haber nacido, se dan al diablo con esos monopolios; siendo no menor la rabia del común de mártires varones a quienes se dejan únicamente las viejas, las feas, las cojas o las muy torpes para el bailoteo.
El monopolista gastrónomo es un personaje de muy diferente género del de los anteriores. Frisa por lo regular en los cincuenta años y le importan un comino todas las buenas mozas y las bailarinas de este mundo. ¿Quién no conoce a don Zenón Tragabalas, aquel señor alto, grueso, como un abdomen excesivamente desarrollado; el primero en los banquetes y que de seguro brilla por su ausencia en las reuniones en donde no se come? Este tiene por su cuenta el monopolio de los víveres y de los caldos ultramarinos y donde él está, es necesario lasciare ogni speranza de probar bocado. En los bailes cena con las señoras, cena con los caballeros, cena con los músicos, cena con los criados y cenaría con Lucifer, si ese personaje fuera admitido en los soirés, al menos sin disfraz, pues lo que es de incógnito es bien sabido que jamás deja de concurrir.
Nunca podré olvidar la última noche en que me tocó encontrarme en un ambigú al lado del omnívoro don Zenón. ¿Habéis visto un campo de batalla después de una derrota? ¿Habéis pasado por una sementera cuando se ha sentado en ella una manga de chapulín[6]? Tal quedó la mesa en el espacio de cuatro varas cuadradas al cual alcanzó la influencia de aquel famélico. Los platos desaparecían uno tras otro velozmente; y como el hambre aguza el ingenio, don Zenón aprovechó la doble nomenclatura de los manjares para duplicar la comida. Así, pidió primero pavo, y después dijo que le sirviesen chompipe; otro tanto hizo con las arvejas, que engulló una vez con aquel nombre, otra con el de los chícharos, y no contento con eso el infatigable gastrónomo, les arremetió después pidiendo a un francés que tenía cerca un poco de petits pois. Cuando hubo comido hasta reventar, la maligna doña Tomasa, que estaba a su lado, le dijo con la mayor cachaza de este mundo:
—Muchas gracias, señor don Zenón.
—¿Gracias de qué, amable Tomasita? —contestó él, acariciándose con complacencia el abultado vientre.
—¿Cómo de qué? De que no me ha tragado Ud. —dijo la picarona y se levantó, dejando al gastrónomo entre risueño y enfadado.
El monopolista hablador come poco por lo regular, trabaja con la boca como el anterior, pero con la diferencia de que aquel se dedica a la importación y este a la exportación; siendo las mercancías que introducen o expiden, respectivamente, de muy diferente naturaleza. Este habla en todas partes; en la calle, en el teatro, en el paseo, al sol, a la sombra, con calor, con frío, de noche, de día, despierto, dormido, con cuantos quieren oírle, y cuando no hay quién quiera, apela al recurso ordinario del monólogo. Un tipo de monopolista de este género, es mi amigo don Facundo Lenguaraz que, en comenzando a hablar, sigue y sigue con tan inagotable afluencia, que sería necesario o matarle o resignarse a oírle. Entrad a la tertulia; él tiene de seguro la palabra, porque si no se la dan, la arrebata considerándola como de su indispensable propiedad. Si vais a la iglesia y escucháis un ligero zumbido como el de un ronrón, no creáis que es una devota que reza; es don Facundo que ejercita su oficio con aquellos a quienes tiene más cercanos. En el teatro distrae al público mientras los artistas cantan, pues habla con cuantos puede y de cuanto le ocurre. En fin, es tal la costumbre que tiene mi amigo de hablar, que creo no se callaría aun cuando fuese diputado y se tratase de ciertos asuntos, que es cuanto hay que decir. Promueve cuestiones, por solo el gusto de charlar, y jamás le veréis en un sermón, porque le incomoda tanto que hable otro, que sería capaz de arrebatar la palabra al predicador y tomar el púlpito por asalto. El peor enemigo de don Facundo, con excepción de otro hablador, es el sordo; y ya le he oído alguna vez opinar que los que padecen de ese mal, debieran ser desterrados como seres perniciosos a la sociedad. Don Facundo es una máquina de hablar con una fuerza de 500 caballos. Una vez puesta en movimiento esa locomotora, arrebata cuanto encuentra y destruye cuanto se le pone por delante.
En el mes de marzo del año pasado, fue mi amigo Facundo a hacer una temporada al pueblecito de Chinautla; y por supuesto me hizo convenir en que iría a hacerle una visita, con eso charlaríamos un poco (usaba del plural únicamente por decencia, pues ya se sabía que él había de charlar solo). Fui, en efecto, una mañana, a eso de las siete con el ánimo firme de almorzar con Facundo y volver a la ciudad a mis quehaceres ordinarios. Pero el hombre pone y el hablador dispone, y yo no contaba con la huésped; es decir, con la lengua de mi amigo. Desde que me vio, me arrojó una granizada de palabras. Preguntas, respuestas, chistes, donaires, observaciones serias, murmuraciones, todo comenzó a salir por aquella boca sin intermisión ni descanso, y sin que me fuese dado meter baza una vez sola. Concluido el almuerzo, anuncié la idea de venirme.
—¡Imposible! aquí comes hoy —me dijo—. Tenemos todavía mucho que platicar.
Hube de resignarme y comí con él. Después siguió el café; y el hablador, que no había parado durante la comida, tampoco me dio respiro de sobremesa. En esas y las otras, entró la noche, y cuando quise venirme era ya tarde.
—No te vas —me dijo—, te expondrías a romperte la crisma en esa cuesta. Quédate a dormir, que un ratito de conversación no te hará daño. Tenía yo hambre de platicar contigo.
“Pues bien te has saciado, antropófago del demonio”, dije yo para mí, y me resigné a pasar allí la noche.
Vi el reloj, eran las doce, y Facundo hablaba; la una, y la conversación seguía. Hizo que armasen un catre junto a su cama para tenerme cerca y que le oyera bon gré, mal gré, y siguió la tarabilla, hasta que ya a eso de las tres de la madrugada, tomé el partido de fingir que dormía. Pero ni por esas, el asesino continuó hablando solo, hasta que vencido en realidad por la fatiga y por el sueño, me quedé dormido. No lo estaba, sin embargo, de tal modo que no oyese una especie de rumor lejano, que tomé por el murmullo del río; pero como a las seis desperté, salí de mi error. Aquel rumor lo causaba Facundo, que hablaba todavía. Me levanté sin decir palabra; hice ensillar mi caballo y me despedí del hablador, que me acompañó hasta la salida del pueblo.
—Supongo que volverás —me dijo.
Yo estuve a punto de contestarle: “Que vuelva tu abuela, charlatán insufrible”; pero temiendo darle pretexto para una nueva detención:
—Sí volveré —le contesté. Y arranqué cuesta arriba como un espiritado. Habría andado una cuadra, y todavía me llegaban algunas palabras que, por no quedarse con ellas, me arrojaba Facundo como esos tiros sueltos que se disparan a un enemigo que huye. Llegué a mi casa azurumbado, y di orden de que nadie me hablase en tres días, hasta que me hubiese restablecido de aquella horrorosa indigestión de palabras.
Suele suceder, y esa sí que es una verdadera calamidad, que en una sola mano se reúnen diversos departamentos... digo diferentes ramos de los estancos. Así no es extraño que el monopolista cortejo, sea monopolista danzante y el gastrónomo hablador; y entonces las dificultades son más graves. Y como se advierte que los abusos van subiendo de punto con la falta de un reglamento a que se sujeten esos monopolios, ¿no sería posible, ya que han de existir, pues son de esos que llaman males necesarios, sacar al menos algún provecho de ellos? Esto es lo que yo he pensado algunas veces, ocurriéndome que podrían ponerse a pública licitación aquellos diversos ramos. El que quiera enamorar solo, bailar solo, hablar solo y comer solo, que compre siquiera el privilegio y no lo disfrute de gorra, como en la actualidad. Así al menos sabríamos a qué atenernos, y respetando debidamente los derechos adquiridos, ni enamoraríamos, ni bailaríamos, ni comeríamos, ni hablaríamos, a menos que nos lo permitieran los asentistas, y eso en calidad de subarrendatarios. Propongo, pues, la idea a la consideración de quien corresponda; y comunico, por puro patriotismo, ese luminoso PROYECTO PARA LA CREACIÓN DE UNA NUEVA RENTA.
6 Langosta.
Siempre he creído que nosotros los guatemaltecos tenemos en nuestra organización algo de monos, visto que somos esencialmente imitadores. Todo el trabajo está en que uno o dos hagan cualquiera cosa, que ya los demás dan en hacer lo mismo, sin otra razón que la de que otros lo han hecho. Mil ejemplos pudieran aducirse para probar la exactitud de esta observación. Aquí las modas llegan tarde, pero se generalizan al momento, por más que sean extravagantes o inadecuadas al clima y a las costumbres del país. Las han adoptado dos o tres, eso basta para que las adopten tres o cuatrocientos, sin examen. Viene un quídam cualquiera que hace raya por algún motivo y tiene pretensiones, más o menos fundadas, a pasar por una notabilidad; a los tres días, es seguro encontrar cinco o seis copias del original; y si, como suele suceder, este es cojo, o manco, o bizco, las copias se acojan, se amanean y se abizcande propósito, para que la imitación sea mejor y más perfecta. Por esa manía de que voy hablando, las gentes se casan aquí por tiempos, se divierten por tiempos, quiebran por tiempos y hasta se suicidan por tiempos, pues en todo y por todo hemos de ser imitadores. Si dos o tres dan en hacer versos, puede contarse con que la poeticomanía ha de apoderarse hasta de los agrimensores, que son, por razón de oficio, los seres más prosaicos que conozco. (¡Y a pesar, de eso, a dicha profesión pertenecía el mejor de nuestros poetas!). El día menos pensado se le va a poner en la cabeza a un agente de policía cumplir con sus obligaciones, y veréis cómo ya no hay bolos[7] por las calles, ni pendencias, ni charcos sucios, ni agujeros en los empedrados, ni paredes tiznadas, ni perros que muerdan a las gentes; pues de seguro los demás miembros del cuerpo han de hacer lo mismo que hizo el colega. Espero en Dios que no me he de morir con el antojo de ver cundir ese saludable espíritu de imitación entre los señores de la policía.
