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Las verdaderas cicatrices estaban ocultas… La misteriosa pianiste constituía la nueva atracción del Club de la Máscara, capaz de cautivar a los clientes con su inolvidable música. ¿Cuál era la verdadera identidad de la dama que se ocultaba detrás de la máscara? Solamente Xavier Campion, el nuevo gerente del club, reconoció a Phillipa Westleigh, la dama con la que en otras circunstancias había bailado. Preocupado por su seguridad, Xavier la acompañaba cada noche a su casa. ¡Pero cuando sus paseos a la luz de la luna fueron descubiertos, la única protección que pudo ofrecerle Xavier fue el matrimonio!
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Seitenzahl: 381
Veröffentlichungsjahr: 2014
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2014 Diane Perkins
© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.
La joven enmascarada, n.º 566 - diciembre 2014
Título original: A Marriage of Notoriety
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Internacional y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-4903-7
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
A mi nueva nuera, Beth
Hermosa por dentro y por fuera
Y una maravillosa incorporación a nuestra familia
El argumento intemporal del cuento de La bella y la bestia a menudo ha reaparecido en las novelas románticas, así como en las películas El fantasma de la ópera, King Kong y muchas más. ¿Nos cansaremos alguna vez de esta historia? Yo la he tratado antes en otros libros. Me atrevo a decir que volveré a tratarla.
Parte del atractivo del argumento de La bella y la bestia consiste en su mensaje: la genuina belleza es lo que una es por dentro, y no por fuera. ¿Cuántas de nosotras nos miramos en el espejo y nos olvidamos de esta verdad mientras nos detenemos en cada defecto? ¿Con cuánta frecuencia miramos a las modelos de las revistas o a las famosas de la alfombra roja y nos sentimos como gnomos de jardín en comparación? ¿Y con qué ansia queremos todas ser amadas por lo que somos, y no por lo que aparentamos?
Yo he disfrutado explorando este tema una vez más y ofreciendo a mis protagonistas la oportunidad de descubrir que la belleza no es algo superficial.
Londres, primavera de 1814
—El señor Xavier Campion —anunció el mayordomo de lady Devine con su voz de barítono.
—¡Ha llegado Adonis! —exclamó una de las jóvenes damas que se hallaban de pie junto a Phillipa Westleigh. Las otras intercambiaron furtivas sonrisas.
Phillipa sabía muy bien a quién verían sus amigas cuando clavaran sus miradas en el umbral. Un joven alto y bellamente formado, de anchos hombros, estrecha cintura y miembros musculosos. Su cabello era tan oscuro como las teclas de ébano de un pianoforte y más largo de lo que dictaba la moda, un excelente marco para su rostro delgado, de fuerte ceño y boca sensual.
Las jóvenes damas llevaban toda la tarde en vilo por su culpa, preguntándose si asistiría o no al baile y si conseguirían que alguien se lo presentara. Había constituido el principal tema de conversación desde que lo descubrieron en la ópera la noche anterior.
—¡Es un verdadero Adonis! —había proclamado una. El nombre le cuadraba a la perfección.
Phillipa no había asistido a la ópera aquella noche, pero había sabido antes que todas ellas de su llegada a la capital. En ese momento, ella también clavó la mirada en el umbral.
Ataviado con la preceptiva casaca roja de la infantería de East Essex, Xavier Campion ofrecía un aspecto realmente magnífico de uniforme.
Sus brillantes ojos azules barrieron la sala hasta que se detuvieron en Phillipa. Sus labios dibujaron una sonrisa e inclinó la cabeza antes de girarse para saludar a lord y a lady Devine.
—¡Nos ha sonreído! —gritó una de las amigas de Phillipa.
No. Le había sonreído a ella.
Phillipa se ruborizó.
¿Se acordaba de ella? Habían sido amigos de infancia en Brighton durante los veranos, sobre todo el verano en que ella se cayó y se hirió en la cara.
La mano de Phillipa voló a su mejilla, allí donde la quebrada cicatriz le desfiguraba el rostro. Ni siquiera la ingeniosa pluma que su madre había insistido en añadir a su diadema podía esconderla.
Por supuesto que se acordaba de ella. ¿A cuántas muchachas desfiguradas por una cicatriz conocería el apuesto Xavier Campion?
Se giró hacia otro lado mientras las otras jóvenes reían y cuchicheaban entre sí. Oía sus voces, pero no habría sido capaz de repetir una sola palabra de lo que decían. Solo podía pensar en lo diferentes que habrían podido ser las cosas si su mejilla derecha no hubiera estado marcada por aquella roja cicatriz. Cómo deseaba que su cutis hubiera sido tan perfecto como el de sus amigas… En ese caso, solamente habría lucido una bonita cinta trenzada en el pelo en lugar de aquella estúpida diadema con su llamativa pluma. Ojalá, aunque solo fuera por una vez, pudiera mirarla Xavier Campion y juzgarla tan bella como bello era él.
De repente sus compañeras se quedaron calladas y oyó una voz masculina:
—¿Phillipa?
Se volvió.
Xavier estaba ante ella.
—Sabía que eras tú.
Quería decir que se había fijado en la cicatriz.
—¿Qué tal estás? Hacía años que no te veía.
Las otras jóvenes se la quedaron mirando con incrédula estupefacción.
—Hola Xavier —logró pronunciar, con la mirada baja—. Pero tú has estado en la guerra. Has estado fuera —se atrevió por fin a levantar los ojos hasta su rostro.
Su sonrisa hizo que le diera un vuelco el corazón.
—Es bueno estar de vuelta en Inglaterra.
Una de sus amigas se aclaró la garganta. Phillipa se llevó una mano a la mejilla.
—Oh —desvió la mirada a las hermosas jóvenes que la rodeaban. De repente resultó obvio el motivo por el cual se le había acercado—. Permíteme que te presente…
Una vez terminadas las presentaciones, las demás jóvenes lo rodearon para hacerle inteligentes preguntas sobre la guerra, dónde había estado y en qué batallas había intervenido.
Phillipa se retrajo. Había servido a su propósito. Al presentarlo, a partir de aquel momento Xavier podía pedir un baile a cualquiera de ellas. Se imaginó sus mentes trabajando, calculando… Xavier no era más que el hijo menor de un conde, pero su aspecto compensaba la pobreza de su título. Y tenía reputación de contar con buenos ingresos.
Sus amigas estaban sólidamente instaladas en el mercado matrimonial. Todas ellas esperaban conseguir el compromiso perfecto para el final de su primera Temporada en Londres. Las esperanzas de Phillipa eran mucho más modestas y ciertamente no incluían cazar al caballero más guapo y excitante del salón. Ni siquiera los caballeros normales y corrientes le prestaban la menor atención. ¿Por qué debería hacerlo Xavier Campion?
En Brighton, cuando no había sido más que una chiquilla alocada, había sido su compañero de juegos. Aunque algunos años mayor, Xavier había jugado con ella. Había llenado cubos de arena en la playa con ella y construido castillos. Se habían perseguido por el jardín del Pabellón y habían apretado sus caras contra los cristales, admirando la grandiosidad de su interior. A veces, en mitad de algún juego, se habían detenido para quedárselo mirando fijamente, extasiados ante su belleza. Muchas veces se había quedado dormida soñando con el día en que, cuando fuera mayor, Xavier aparecería montado en un corcel como un príncipe para llevársela a un romántico castillo.
Bueno, ella ya era adulta y la realidad era que ningún hombre querría a una joven dama con una cicatriz en la cara. Tenía dieciocho años y había llegado el momento de desterrar aquellas fantasías infantiles.
—¿Phillipa?
Su voz otra vez. Se volvió.
Xavier le tendía la mano.
—¿Me harías el honor de este baile?
Asintió incapaz de hablar, incapaz de dar crédito a sus oídos.
Sus amigas gimieron decepcionadas.
Xavier le tomó la mano y la llevó al salón de baile mientras la orquesta atacaba los primeros acordes de una melodía que Phillipa identificó fácilmente, al igual que reconocía todas las de los bailes a los que asistía.
—El Sin Par.
Muy adecuado. Xavier era efectivamente un hombre sin igual, sin par.
Empezó el baile.
Como si formaran parte de la música, sus pies fueron formando las figuras. De hecho, su paso era ligero como el aire; su corazón estaba rebosante de alegría.
Xavier le sonreía. La miraba. Directamente a los ojos.
—¿Qué has hecho desde la última vez que estuvimos jugando en la playa? —le preguntó él en un momento en que el baile los acercó.
Se separaron y ella tuvo que esperar a que el baile volviera a juntarlos para responder.
—He ido a la escuela.
La escuela había sido su experiencia más placentera. Habían sido muchas las compañeras que habían sido buenas y amables con ella y algunas se habían convertido en grandes amigas. Otras, sin embargo, se habían regodeado en su crueldad. Las hirientes palabras que le habían dirigido seguían grabadas en su memoria.
—Y has crecido —le sonrió.
—Eso no he podido evitarlo —maldijo para sus adentros. ¿No podía encontrar nada inteligente que decir?
Él se echó a reír.
—Ya lo he notado.
El baile volvió a separarlos, pero él no dejaba de mirarla. La música los conectaba: la alegría de la flauta, el canto del violín, la vibrante pasión del contrabajo. Phillipa sabía que no olvidaría una sola nota. Habría sido capaz de tocar la melodía al pianoforte de memoria, sin tener delante la partitura.
La música era felicidad. La felicidad de haber recuperado a su amigo de la infancia.
Recordaba con ternura al muchacho que había sido y se alegraba de ver al hombre que ahora era. Cada vez que su mano tocaba la suya, la música parecía elevarse y aquella antigua fantasía infantil sonaba como un insistente estribillo.
Pero al fin los músicos tocaron la última nota y Phillipa parpadeó como si hubiera despertado de un maravilloso sueño.
Él la acompañó de vuelta a donde habían estado hablando.
—¿Puedo traerte una copa de vino? —le ofreció.
Ya era hora de que se separara de ella, pero estaba sedienta después del baile.
—Gracias, pero solo si no es mucha molestia…
Un brillo divertido asomó a sus ojos.
—Tus deseos son un placer para mí.
Temblaba por dentro mientras lo veía alejarse.
Volvió rápidamente y le entregó la copa.
—Gracias —murmuró ella.
No mostrando inclinación alguna por alejarse, le dirigió corteses preguntas sobre la salud de sus padres y las actividades de sus hermanos, Ned y Hugh. Él le comentó que había coincidido con Hugh en España y ella le informó de que su hermano también había regresado sano y salvo de la guerra.
Mientras conversaban, una parte de ella se retrajo como para observarlo… y juzgarlo. Sus propias respuestas no exhibían el ingenio y el encanto en los que tanto destacaban sus amigas, pero eso a él no parecía importarle.
No supo durante cuánto tiempo estuvieron charlando. Habrían podido ser diez minutos o media hora, pero todo terminó en el momento en que la madre de Xavier se acercó a ellos.
—¿Cómo estás, Phillipa? —le preguntó lady Piermont.
—Muy bien, madame —Phillipa intercambió unas frases corteses con ella, pero la dama parecía impaciente.
Se volvió hacia su hijo:
—Tengo que requerir tu ayuda, Xavier. Hay alguien que desea hablar contigo.
Xavier lanzó a Phillipa una mirada de disculpa.
—Me temo que debo dejarte.
Le hizo una reverencia. Ella le respondió con otra.
Y se marchó.
No bien se hubo alejado Xavier, cuando su amiga Felicia se acercó corriendo a ella.
—¡Oh, Phillipa! ¡Qué excitante! Ha bailado contigo.
No pudo menos de sonreír. El placer de haber compartido aquel baile con él persistía como una canción que sonara una y otra vez en su cabeza. Temía perderlo hablando de ello.
—¡Quiero que me cuentes hasta el último detalle! —exclamó Felicia.
Pero justo en ese momento apareció su prometido para sacarla a bailar y ella se alejó sin volver a mirar siquiera a su amiga.
Otra de las antiguas compañeras de colegio de Phillipa se le acercó. Era una de las jóvenes damas que había presentado a Xavier.
—Qué amable ha sido el señor Campion al bailar contigo, ¿no te parece?
—Ciertamente —convino Phillipa, todavía en perfecta armonía con el mundo, pese a que aquella muchacha nunca había sido precisamente una amiga.
—Tu madre y lady Piermont concertaron ese baile —añadió, acercándosele—. Una jugada muy inteligente por su parte. Porque ahora quizá otros caballeros bailen contigo también.
—¿Mi madre? —Phillipa apretaba con fuerza el tallo de su copa.
—Eso es lo que he oído yo —la muchacha esbozó una sonrisa—. Las dos estuvieron hablando de ello mientras tú bailabas con él.
Phillipa oyó algo parecido a un estrépito de címbalos y se quedó de repente sin aire, tal y como le había ocurrido cuando se cayó en Brighton.
Servirse de los contactos familiares para arreglar un baile era precisamente el tipo de cosas que solía hacer su madre.
Casi podía escuchar su voz: «Baila con ella, Xavier, querido. Si bailas con ella, los demás caballeros también la sacarán».
—El señor Campion es un viejo amigo —logró responder a su antigua compañera de colegio.
—Ojalá tuviera yo ese tipo de amistades —la muchacha le hizo una reverencia y se alejó.
Phillipa se quedó donde estaba y se obligó a seguir bebiendo su vino con naturalidad. Cuando lo terminó, se dirigió a una mesa que había contra la pared y dejó allí la copa vacía.
Partió luego en busca de su madre, a la que encontró momentáneamente sola.
Le costaba mantener la compostura.
—Mamá, me ha entrado dolor de cabeza. Me marcho a casa.
—¡Phillipa! No —su madre parecía consternada—. No te vayas ahora, precisamente cuando el baile estaba marchando tan bien para ti…
«Gracias a tus ardides», pensó Phillipa.
—No puedo quedarme —tragó saliva, esforzándose desesperadamente por no llorar.
—No te hagas esto a ti misma —le recriminó su madre con los dientes apretados—. Quédate. Esta es una buena oportunidad para ti.
—Me marcho —Phillipa se giró para empezar a abrirse paso entre la multitud de gente.
Pero su madre la alcanzó en el vestíbulo y la agarró del brazo.
—¡Phillipa! No puedes marcharte sola y ni tu padre ni yo pensamos retirarnos cuando apenas está empezando la velada.
—Nuestra casa está a tres puertas de aquí. No me pasará nada porque regrese andando —se liberó del brazo de su madre. Recogió luego su capa de manos del criado que atendía el vestíbulo y no tardó en encontrarse en la calle, allí donde nadie podía verla.
Las lágrimas brotaron de golpe.
¡Qué humillante haberse convertido en una causa benéfica de Xavier Campion…! Había bailado con ella movido únicamente por la compasión. Había sido extremadamente estúpida por haber imaginado que podía tratarse de otra cosa.
Alzó la barbilla, que le temblaba, con gesto resuelto. No habría más bailes. Se habían acabado las esperanzas de atraer a un pretendiente. Estaba harta. La verdad de su situación estaba más que clara, por mucho que su madre se negara a verla.
Ningún caballero cortejaría a una dama con la cara marcada por una cicatriz.
Ciertamente no un Adonis.
Ciertamente no Xavier Campion.
Londres, agosto de 1819
—¡Basta! —Phillipa golpeó con la palma de la mano la mesa lateral de caoba.
La última vez que había experimentado una resolución tan feroz fue la noche en que, hacía ya cinco años, salió corriendo del baile de lady Devine y abandonó para siempre el mercado matrimonial.
Y pensar que había vuelto a dejarse enredar para bailar con Xavier Campion apenas unas semanas atrás, en el baile que había dado su madre. Una vez más, había vuelto a apiadarse de ella.
Sin duda que su madre había arreglado aquel segundo baile, al igual que el primero. Mayor razón para estar furiosa con ella.
Pero eso no importaba ahora. El asunto que tenía en ese momento en sus manos era la negativa de su madre a responder a sus preguntas. En vez de contestarlas, acababa de abandonar el salón toda enfurruñada.
Phillipa había exigido a su madre que le dijera a dónde habían ido sus hermanos y su padre. Los tres llevaban ya una semana entera ausentes de casa. Su madre había prohibido a los sirvientes que hablaran del asunto con ella, y ella misma se negaba a revelarle nada.
Ned y Hugh habían tenido una ruidosa discusión con su padre. Había tenido lugar a altas horas de la noche y había sido tan escandalosa que hasta había despertado a Phillipa.
—No tienes nada de qué preocuparte —había insistido su madre. Y no le había dicho nada más.
Pero si realmente no tenía nada de qué preocuparse… ¿por qué entonces no se lo contaba?
Ciertamente, aquellos últimos días los había pasado Phillipa encerrada con su pianoforte, absorbida por su última composición. La posibilidad de verter sus sentimientos en la música había sido como un regalo del cielo. La música le daba estímulo. Proporcionaba un significado a su vida.
Como conseguir la frase musical exacta de su última sonatina. Tan concentrada había estado en ella que no había dedicado a sus padres o a sus hermanos ni un solo pensamiento. A veces trabajaba con tanta fruición en su música que no los veía durante días seguidos. Hasta que finalmente un día se dio cuenta de que no estaban en casa. Eso en sí mismo no era tan inusual, pero la negativa de su madre a explicarle el motivo de su ausencia sí que lo era. ¿Dónde estarían? ¿Por qué su padre se había marchado de Londres cuando el parlamento seguía sesionando? ¿Por qué sus hermanos se habían ido con él?
Su madre se había limitado a decirle:
—Se han marchado por un negocio.
Un negocio, ciertamente. Un negocio muy extraño.
Toda aquella Temporada había sido muy extraña. Primero, tanto su madre como su hermano Ned habían insistido en que bajara a la capital, cuando ella habría preferido quedarse en el campo. Y luego la sorpresa que se había llevado en el baile que dio su madre…
Cuando volvió a ver a Xavier.
El propósito de aquel baile había constituido una sorpresa aún mayor. Se había celebrado en honor de una persona que ni siquiera había sabido que existía.
Quizá aquella persona pudiera explicárselo todo. Su aparición, el baile, la desaparición de su padre y de sus hermanos… todo aquello debía de estar relacionado de algún modo.
Le preguntaría a John Rhysdale.
No. Le exigiría a Rhysdale que le explicara lo que estaba pasando con su familia y qué papel estaba jugando él en todo ello… como hermanastro suyo e hijo ilegítimo que era de su padre.
Su parentesco con Rhysdale era otra cosa que su familia le había ocultado. Sus hermanos habían sabido de su existencia, aparentemente, pero nadie le había hablado de él ni explicado el motivo por el cual su madre había celebrado el baile. O la razón por la que sus padres lo habían presentado de repente en sociedad como miembro de la familia Westleigh.
Su madre le había encargado la tarea de redactar las invitaciones al baile, así que sabía dónde residía Rhysdale. Abandonó apresuradamente el salón, recogió guantes y sombrero y estuvo fuera en cuestión de segundos, caminando a paso decidido hacia Saint James Street.
Había conocido a Rhysdale la misma noche del baile. Imaginaba que sería de la edad de Ned, unos treinta. Se parecía también a sus hermanos, moreno y de ojos oscuros. Y a ella también, suponía, salvo en la cicatriz que le cruzaba la cara.
Honraba ciertamente a Rhysdale que no hubiera dedicado más que una fugaz mirada a esa cicatriz antes de mirarla directamente a los ojos. Había sido amable y caballeroso con ella. Nada había tenido Phillipa que objetar a su comportamiento, salvo las circunstancias de su origen.
Y su criterio a la hora de elegir a sus amigos.
¿Por qué Xavier Campion tenía que ser su amigo? Xavier, el hombre al que Phillipa pretendía evitar sobre todos los demás.
Se obligó a expulsar de su mente todo pensamiento sobre Xavier Campion para concentrarse en la furia que sentía contra su madre. ¿Cómo podía negarse a confiar en ella?
Phillipa arrastraba un exceso de sobreprotección maternal. Bien podía soportar un baile sin necesidad de bailar con nadie. O sobrellevar cualesquiera misteriosos asuntos que hubiesen provocado el extraño comportamiento de su familia. El simple hecho que luciera una fea cicatriz en el rostro no significaba que siguiera siendo una niña.
No era débil. Y se negaba a serlo.
Phillipa fue consciente de las miradas de los viandantes y se bajó el velo de redecilla que colgaba de su sombrero. Su madre insistía en prender velos como aquel en todos sus sombreros para así oscurecer su rostro y protegerla de aquellas miradas.
Abandonó Saint James Street para enfilar la calle en la que vivía Rhysdale. Cuando encontró la casa, dudó solo un instante antes de hacer sonar la aldaba.
Transcurrieron varios segundos. Iba a llamar de nuevo cuando se abrió la puerta. Un hombretón de gesto inexpresivo la miró de pies a cabeza y enarcó las cejas.
—Lady Phillipa desea ver al señor Rhysdale —dijo ella.
El hombre se hizo a un lado para dejarla entrar. Alzó luego un dedo, en señal de que aguardara, y desapareció escaleras arriba.
Las puertas que confluían en el vestíbulo estaban todas cerradas, y el vestíbulo mismo estaba tan desnudo de decoración que ofrecía un aspecto impersonal. Quizá fueran esos los gustos de un caballero soltero. Ella no podía saberlo: no tenía ni tendría nunca la experiencia suficiente para ello…
—Phillipa —pronunció una voz masculina desde lo alto de la escalera.
Alzó la mirada.
Pero no fue Rhysdale quien bajó la escalera. Fue Xavier.
Se acercó rápidamente a ella.
—¿Qué estás haciendo aquí, Phillipa? ¿Ha pasado algo malo?
Se obligó a no retroceder.
—Yo… yo he venido a hablar con Rhysdale.
—No está —miró a su alrededor—. ¿Estás sola?
Por supuesto que estaba sola. ¿Quién habría podido acompañarla? Su madre no. Su madre nunca habría hecho una visita social al hijo ilegítimo de su marido.
—Le esperaré, entonces. Se trata de un asunto de cierta importancia.
Él le señaló las escaleras.
—Vamos. Sentémonos en el salón.
Subieron a la primera planta, que se abría a una sala en la que supuso estaría el salón. Vio allí numerosas mesas y sillas.
—¿Qué es esto?
Xavier pareció un tanto consternado.
—Ya te lo explicaré después —y le indicó que subiera otro tramo de escalera, hasta el piso siguiente.
La hizo entrar en un salón cómodamente amueblado y señaló un sofá tapizado con una tela rojo brillante.
—Sentémonos. Pediré que nos traigan té.
Antes de que ella pudiera protestar, abandonó la habitación. El corazón le latía a tanta velocidad que le temblaban las manos cuando se quitó los guantes.
Aquello era ridículo. Se negaba a dejarse incomodar por él. Xavier no significaba nada para ella. Simplemente había sido un muchacho con el que había jugado de niña. Con gesto retador, se subió el velo sobre el ala del sombrero. Que viera su rostro.
Xavier regresó a la habitación.
—En seguida tomaremos el té —le dijo, sentándose en una silla cercana e inclinándose hacia ella—. No sé si Rhys volverá pronto. En realidad, ni siquiera sé si lo hará.
—¡No me digas que también ha desaparecido! —una vez más se preguntó por lo que estaba sucediendo.
Él le tocó una mano en un gesto reconfortante.
—No ha desaparecido. Eso te lo puedo asegurar.
—¿Dónde está? —exigió saber, retirando la mano.
—Pasa la mayor parte de los días con lady Gale —respondió.
—¿Lady Gale? —¿qué tenía que ver lady Gale con nada?
Lady Gale era la madrastra de Adele Gale, la jovencita de cabeza hueca con la que estaba comprometido su hermano Ned. Tanto Adele como lady Gale habían asistido como invitadas al baile que había dado su madre, con lo que Rhysdale podía haberlas conocido allí, pero… ¿acaso compartían una conexión más profunda?
Xavier frunció el ceño.
—¿No sabes lo de Rhysdale y lady Gale?
Phillipa alzó una mano en un gesto de frustración.
—¡Yo no sé nada! Es por eso por lo que estoy aquí. Mi padre y mis hermanos han desaparecido, mientras que mi madre no quiere decirme a dónde han ido ni por qué. He venido a preguntarle a Rhysdale dónde están, pero, según parece, he sido excluida de todo asunto familiar.
Llamaron a la puerta y entró un sirviente portando la bandeja del té. Mientras la dejaba sobre una mesita lateral, el hombre lanzó a Phillipa una mirada de curiosidad.
Por causa de la cicatriz, sin duda.
—Gracias, MacEvoy —le dijo Xavier.
El hombre hizo una reverencia y se retiró, pero no antes de lanzar a Phillipa otra mirada. Xavier levantó la tetera.
—¿Cómo tomas el té, Phillipa? ¿Todavía con mucho azúcar?
¿Se acordaba de eso? De niña había sido muy golosa. Pero eso había sido hacía mucho tiempo.
Se levantó.
—No quiero tomar té. He venido aquí en busca de respuestas. Estoy cansada, Xavier. No sé por qué todo el mundo me lo oculta todo. ¿Doy acaso la impresión de no soportar la adversidad? —se tocó la cicatriz—. De adversidades sé mucho. Pero mi padre… mi familia entera, según parece… no piensa lo mismo —lo miró—. Algo importante le ha pasado a mi familia… algo más aparte de la aparición de Rhysdale… ¿y nadie piensa decirme nada? ¡No puedo soportarlo! —se llevó las manos a las sientes por un momento, como recuperándose. Luego señaló la puerta—. ¿Qué lugar es este, Xavier? ¿Cómo es que mi hermano tiene una sala llena de mesas en el lugar donde debería estar el salón, y un salón en la planta de los dormitorios?
Xavier se quedó mirando fijamente a Phillipa mientras pensaba en lo que iba a decirle.
Prefería esa versión de Phillipa a aquella con la que tan recientemente se había encontrado en el baile de su madre. Aquella otra Phillipa apenas lo había mirado, apenas había hablado con él, y eso que había bailado dos veces con ella. Se había comportado como si él fuera un aborrecible forastero.
Su actual estado de agitación también lo inquietaba, sin embargo. Ya desde que eran niños, había detestado verla triste o preocupada. Le recordaba aquel verano en Brighton, cuando la preciosa chiquilla que había sido se había despertado de una caída para descubrir el largo corte que le cruzaba el rostro.
Admiraba a Phillipa por no cubrirse la cicatriz en aquel momento, por no mostrar vergüenza alguna por ella ni preocuparse por el aspecto que ofrecía a los demás. Además, su cutis estaba subido de color, de una manera muy atractiva, y su agitación excitaba su compasión.
Comprendía su malestar. A él le habría desagradado sobremanera que lo hubiesen dejado al margen de asuntos familiares de tanta envergadura.
Pero seguro que tenía que estar al tanto del arreglo al que había llegado Rhys con sus hermanos…
—¿No conoces este lugar? —barrió con un brazo la habitación.
—¿Es que no lo entiendes? —le brillaban los ojos—. Yo no sé nada.
—Esto es una casa de juego —toda la sociedad estaba al tanto de ello. ¿Por qué no Phillipa?—. El término correcto es «club de juego», para respetar la legalidad. ¿No has oído hablar del Club de la Máscara?
—No —su voz tenía un matiz indignado.
—Pues esto el es Club de la Máscara. Rhys es su propietario. Los clientes pueden entrar enmascarados para ocultar así sus identidades… siempre y cuando paguen sus deudas de juego, esto es. Si necesitan firmar pagarés, tienen que descubrirse. En cualquier caso, se trata de un establecimiento destinado a que tanto damas como caballeros puedan jugar a los naipes o a otros juegos. La reputación de las damas está a salvo, como puedes ver.
Phillipa miró a su alrededor con expresión incrédula.
—¿Esto es una casa de juego?
—Esta planta no. Estos son los aposentos privados de Rhys, pero últimamente no viene por aquí muy a menudo.
—Porque está con lady Gale —se llevó una mano a la frente.
Xavier asintió.
La conexión de Rhys con lady Gale debió haber sido comentada con detalle en la residencia Westleigh. Eso sí que podía contárselo.
—Siéntate, Phillipa. Tómate el té. Te lo explicaré todo.
Volvió a levantar la tetera, pero ella lo detuvo con un ligero toque de su mano.
—Yo lo serviré —tomó una taza y enarcó las cejas con gesto interrogante.
—Con un poco de leche. Y una cucharada de azúcar —dijo él.
Ella sirvió la taza y se la entregó.
—Explícate, Xavier. Por favor.
—Sobre lady Gale y Rhys… —empezó—. Al comienzo de la Temporada, lady Gale empezó a acudir enmascarada a este establecimiento…
—¿Es jugadora? —levantó su taza—. Nunca lo habría imaginado.
—Por necesidad —se encogió de hombros—. Necesitaba dinero. Acudía con tanta frecuencia que Rhys terminó haciendo amistad con ella. Al saber de sus apuros económicos, le ofreció pagarle por jugar.
—¿Pagarle? —inquirió con la taza en el aire, antes de que llegara a tocar sus labios.
Xavier esbozó una media sonrisa.
—Se enamoró de ella. No sabía su nombre, sin embargo. Ni ella sabía la relación que tenía él con tu familia.
La miraba expectante.
—¿Y?
—Se convirtieron en amantes —suspiró—. Y ahora ella está encinta. Se casarán tan pronto como hayan tramitado la licencia… y arreglado otros asuntos.
—Otros asuntos —frunció el ceño—. ¿El cortejo de Ned a la hijastra de lady Gale, quieres decir?
Xavier asintió.
—Y más cosas.
La noticia de la casa de juego de Rhys y su aventura con lady Gale apenas le había hecho pestañear. Seguro que estaba hecha de material lo suficientemente duro como para escuchar la historia entera.
Ella lo miró directamente a los ojos.
—¿Qué más cosas?
—¿Estás enterada del arreglo al que llegaron Ned y Hugh con Rhys?
Sacudió la cabeza.
—Dependo de que me lo cuentes tú todo, Xavier. Todo.
¿Cómo podía resistirse a su exigencia?
Desde que se hizo aquella herida, nunca había podido resistirse a nada que tuviera relación con Phillipa.
Se preguntó qué años habría tenido él cuando ella se hirió. ¿Doce? Ella unos siete. Jamás había olvidado aquel verano.
Cómo le había dolido ver a la pequeña tan herida, tan desgraciada…
Ojalá hubiera podido evitarlo.
Se había sentido en la obligación de alegrarla. Aquel verano había descubierto que uno debía siempre actuar, si podía. Y no retraerse.
Así que la había tomado bajo su responsabilidad y se había esforzado por alegrarla. Por animarla.
No era a él a quien correspondía informarle sobre los asuntos de su familia, pero… Apretó la mandíbula.
—El pasado mes de abril, Ned y Hugh fueron a ver a Rhys para pedirle que abriera una casa de juego. Se rascaron los bolsillos para financiarla, pero necesitaban que la dirigiera él.
—¿Le pidieron a Rhysdale que dirigiera una casa de juego en su nombre? —preguntó, incrédula.
Xavier bebió un sorbo de té.
—Por pura desesperación. Tu familia se encontraba en una situación económica muy apurada. ¿Lo sabías?
Phillipa negó con la cabeza.
A esas alturas, bien podía contárselo todo.
—La afición de tu padre al juego y… a las francachelas colocó a tu familia al borde de la ruina. Tú, tu madre, todos aquellos que dependían del patrimonio Westleigh para vivir habrían sufrido terriblemente si no se hubiera hecho nada.
Phillipa abrió mucho los ojos.
—No tenía ni idea.
—Por eso concibieron Ned y Hugh el proyecto de una casa de juego. Rhys aceptó regentarla, aunque tu padre no le había dado motivo alguno para que sintiera un mínimo de lealtad a la familia. Además de exigir la mitad de los beneficios, Rhys planteó como condición que tu padre lo reconociera públicamente como hijo natural.
—De ahí el baile que dio mi madre…
—Efectivamente —aquel baile había formado parte del pago de Rhys—. El plan funcionó perfectamente. El éxito del Club de la Máscara rebasó todas las expectativas. Tu familia se salvó de la ruina.
Phillipa lo miró con desconfianza.
—Pero si todo fue tan bien… ¿dónde están mi padre y mis hermanos?
—Se marcharon a Europa. A Bruselas —se preguntó si debería contarle aquella última parte—. Phillipa, ¿tú estás muy encariñada con tu padre?
Se echó a reír.
—Yo diría que no —desvió la mirada, con expresión triste—. Cada vez que me cruzo con él, es como si no me viera. O no quisiera verme.
A Xavier se le desgarró el corazón.
—Tu padre le causó problemas a Rhys, me temo. Detestaba que Rhys se hubiera convertido en el salvador de la familia —pensó que no necesitaba conocer los detalles—. Basta con que te diga que tu padre lo desafió a duelo…
—¡A duelo! —exclamó consternada.
—Un duelo que no llegó a tener lugar —le aseguró él—. Tus hermanos hicieron causa común con Rhys y obligaron a tu padre a renunciar al control del dinero y las propiedades de la familia a favor de Ned —o eso o lo avergonzaban públicamente—. Le ofrecieron una generosa pensión, pero a condición de que se trasladara a Europa. Tus hermanos viajaron con él para asegurarse de que llegara a su destino y cumpliera su palabra. Está previsto que se quede allí. Ya no volverá.
—¿Se ha ido? ¿Para siempre? —se quedó pálida, lo que hizo aún más visible la cicatriz de su mejilla—. No tenía la menor noción de nada de esto…
Temió que se desmayara y se levantó de la silla para sentarse a su lado en el sofá, pasándole un brazo por los hombros.
—Sé que esto es un verdadero golpe para ti.
Recordó las veces que la había abrazado de pequeña, cuando se ponía a llorar diciendo que era fea. A él nunca le había parecido fea. Y ciertamente tampoco se lo parecía en aquel momento, aunque la vista de su rostro a medias bello y a medias desfigurado seguía provocándole un doloroso nudo en las entrañas.
Recuperándose rápidamente, Phillipa se apartó de él.
—¿Cómo he podido ser tan ingenua? ¿Cómo es que no llegué a sospechar nada?
—No es culpa tuya, Phillipa. Estoy seguro de que querían protegerte.
—¡Yo no necesito su protección! —le espetó. Lo miraba como si fuera él el objeto de su furia—. No necesito que me compadezcan.
Admiró sus esfuerzos por permanecer fuerte. Vio que recogía sus guantes y se levantaba.
—Debo marcharme.
Él también se levantó.
Lo fulminó con la mirada.
—Soy perfectamente capaz de caminar sola unas cuantas calles.
—Yo solo pretendía… —no sabía cómo ayudarla.
Finalmente Phillipa soltó un suspiro y se disculpó:
—Perdóname, Xavier. Es injusto por mi parte que me enfurezca contigo cuando has sido tú quien me ha puesto al tanto de lo sucedido con mi familia —se puso los guantes—. Pero de verdad que no hay necesidad de que me acompañes a casa. No soy una damisela necesitada de carabina.
—Si ese es tu deseo… —le abrió la puerta y empezó a bajar con ella las escaleras.
Phillipa se detuvo en el rellano del primer piso y señaló una puerta medio cerrada.
—¿Es ese el salón de juego?
—Sí —abrió la puerta del todo—. Allá puedes ver las mesas de naipes y las de faro, azar y rouge et noir.
Se asomó, pero no hizo comentario alguno. Mientras continuaban bajando las escaleras, le preguntó:
—¿Cómo es que estás tú aquí, Xavier?
—Ayudo a Rhys —se encogió de hombros—. Como amigo mío que es.
Era útil a Rhys. Gracias a su atractivo físico, los hombres lo desdeñaban y las mujeres se dejaban distraer por él. Eso le permitía ver más que cualquiera de los dos sexos imaginaba que veía y, a cambio de eso, Rhys le pagaba una parte de los beneficios.
—¿Tú también tienes el hábito del juego? —le preguntó ella.
—No —respondió, aunque antaño había tenido que probarse a sí mismo en la mesa de naipes—. Últimamente juego menos y observo más.
Llegaron al vestíbulo y Xavier la acompañó hasta la puerta. Cuando descorrió el cerrojo y la abrió, ella se bajó el velo de redecilla para volver a cubrirse la cara.
El gesto le desgarró el corazón. Abrió la boca para ofrecerse de nuevo a acompañarla.
Pero ella alzó una mano.
—Prefiero estar sola, Xavier. Por favor, respeta eso.
Xavier asintió.
—Que tengas un buen día —se despidió ella con tono formal y se marchó.
Xavier fue a buscar su sombrero y permaneció acechando en la puerta, a la espera de verla doblar la esquina de la calle. Cuando lo hizo, salió con la intención de seguirla a cierta distancia, solo en caso de que requiriera ayuda de algún tipo. No la perdió de vista hasta que entró sana y salva en su casa.
Era una costumbre que tenía, la de cuidarla. Una costumbre que había practicado una y otra vez durante aquel lejano verano en Brighton, cuando empezó por primera vez a sentirse responsable de ella.
Phillipa caminó a paso enérgico de regreso a casa de su familia. La cabeza le hervía de pensamientos caóticos. La casa de juego de Rhysdale. El vergonzoso comportamiento de su padre.
Xavier.
No había esperado ver a Xavier. El rostro le ardía de vergüenza solo de pensar que había sido él quien le había puesto al tanto de los problemas de su familia.
De la vergüenza de su familia, más bien. ¿Cómo podía tener un padre así? ¿Qué pensaría Xavier de él? ¿O de ellos?
¿O de ella?
Apretó el paso. ¿Cómo había podido ser tan insensible? Su familia había estado al borde de la ruina y ella no había tenido la menor idea. Debió haber sospechado que algo marchaba mal. Debió haberse dado cuenta de lo extraño que había sido que su padre diera un baile en honor de alguien, y más tratándose de un hijo natural.
Ver a Xavier allí la había distraído.
Pero no, era injusto culpar a Xavier. O a su familia, incluso.
La culpable era ella. Se había aislado deliberadamente de todo, sumergiéndose en su música para no pensar que estaba en Londres, para no pensar en aquella primera Temporada, en aquel primer baile con Xavier, ni en que había vuelto a bailar con él años después…
En lugar de ello, se había concentrado únicamente en su nueva composición. Con aquella música, había intentado recrear su juvenil sentimiento de alegría y el desesperado choque con la realidad. Y había reflejado en la melodía un sentimiento agridulce: el que había experimentado cuando volvió a bailar con él.
Su mente había estado absolutamente distraída con Xavier, tanto que no había dedicado un solo pensamiento a su familia. De hecho, se había molestado cada vez que su madre había insistido en que recibiera visitas matutinas, incluidas las de lady Gale y su hijastra. Le sorprendía incluso haber prestado la suficiente atención como para enterarse del compromiso de Ned con la ingenua Adele. La muchacha le recordaba a sus amigas de colegio y aquella primera Temporada en la que todas habían sido tan ilusas e inocentes…
Phillipa no había prestado atención alguna a su padre, aunque tampoco él se la había prestado a ella. Hacía mucho tiempo que había aprendido a despreocuparse de lo que hacía o pensaba su padre, pero… ¿cómo había podido ser tan egoísta como para jugarse el dinero de la familia? No lo echaría de menos. Sería un alivio no tener que soportar sus desplantes.
Phillipa entró en la casa y subió las escaleras hasta su sala de música. Se quitó sombrero y guantes y se sentó ante el pianoforte. Sus dedos presionaron las teclas de marfil, buscando la expresión exacta de los sentimientos que vibraban en su interior. Pero lo que produjo fue un sonido discordante, un caos desagradable a los oídos. Se levantó de nuevo y se acercó a la ventana para quedarse mirando el pequeño jardín que se extendía detrás de la casa. Un gato atigrado y amarillo caminaba por la cornisa del muro, perfectamente seguro sobre sus patas, sin ningún temor.
Sus poco armoniosas notas resonaron en sus oídos. Al contrario que el gato, ella no se sentía segura. Tenía miedo.
Durante años se había estado engañando a sí misma, diciéndose que la vida era para ella el estudio de la música. Tocar el pianoforte y componer melodías proporcionaba sentido a su vida y la mantenía ocupada. Aunque anhelaba tocar su música en público o verla publicada para que la tocaran otros, ¿qué esperanza podía tener de conseguir eso? Ninguna dama querría dar una velada musical con una pianista desfigurada. Y ningún editor de música tendría por una compositora seria a la hija de un conde.
Y había una verdad todavía más brutal. Ella se escondía detrás de su música. Y lo hacía con tanta fruición que a veces hasta había echado de menos los dramas de su familia. La vida se desarrollaba al otro lado de las paredes de su sala de música y ella se empeñaba en ignorarla.
Necesita reincorporarse a la vida.
Giró sobre sus talones y abandonó apresurada la habitación, asustando a una de las doncellas al pasar corriendo a su lado. ¿Cómo se llamaba la muchacha? ¿En qué momento había dejado de ver incluso a la gente que la rodeaba?
—Perdón, señorita —la chica se esforzó por hacerle una reverencia, pese a que estaba cargando una montaña de ropa.
—No me pidas perdón —repuso Phillipa—. Soy yo la que te he asustado —se disponía a pasar de largo cuando se volvió de nuevo—. Disculpa, pero no sé tu nombre.
La muchacha pareció sobresaltarse aún más.
—Ivey, señorita. Sally Ivey.
—Ivey —repitió Phillipa—. Lo recordaré.
La doncella volvió a hacerle una reverencia y se alejó apresurada por el pasillo.
Phillipa llegó a las escaleras y las subió con rapidez. Pasó de largo por la planta de las doncellas y continuó hasta el ático, donde un ventanuco dejaba pasar algo de luz. Abrió uno de los baúles y rebuscó en vano en su interior. En el tercero, sin embargo, encontró lo que buscaba. Una máscara femenina, la misma que le había hecho su madre para que asistiera a la mascarada de los jardines Vauxhall, durante su primera Temporada. Había sido especialmente diseñada para ocultar su cicatriz.
Nunca la había llevado.
Hasta ahora.
Porque había decidido que su primer paso en su proceso de abrazar la vida y superar sus miedos era hacer lo mismo que había hecho lady Gale. Esperaría a la noche. Saldría entonces y pondría rumbo a Saint James Street.
Acudiría al Club de la Máscara. Si lady Gale considerada aceptable visitarlo, ella también. Se pondría la máscara y entraría en el salón de juego. Jugaría a los naipes, al azar y al faro, y vería con sus propios ojos qué tipo de inversión habían hecho Ned y Hugh en las capacidades de Rhysdale.
Él estaría allí, por supuesto, pero eso no tendría ninguna consecuencia. Porque no llegaría a reconocerla.
No la reconocería nadie.
Aquella noche Phillipa subió los escalones del portal de la casa de Rhysdale. Ninguna algarabía de juerga se oía desde la calle y no había señal alguna de los jugadores que estaban dentro, y, sin embargo, percibió inmediatamente un aroma, un clima distinto al que había reinado en aquel mismo edificio apenas unas horas antes.
Hizo sonar la aldaba y el mismo taciturno sirviente le abrió la puerta.
—Buenas noches, señor —entró en el vestíbulo y se quitó su capa con capucha. Esa vez no necesitó esconderse la cara con el velo: su máscara servía a ese propósito.
El criado no mostró indicio alguno de reconocerla, con lo que Phillipa disimuló un suspiro de alivio. La máscara estaba funcionando.
Le entregó la capa.
—¿Qué debo hacer ahora? Es la primera vez que vengo.
—Esperad aquí un momento. Os llevaré a donde está el cajero.
La aldaba resonó justo en el momento en que se retiraba, pero volvió rápidamente para abrir la puerta. Entraron dos caballeros que lo saludaron con efusión.
—¡Buenas noches, Cummings! Espero se encuentre usted bien.
Cummings se hizo cargo de sus guantes y sombreros e hizo un gesto a Phillipa.
—Seguidlos, por favor, madame.
Los caballeros la miraron y enarcaron las cejas con interés. Toda una novedad. Sin la máscara, la mayoría de los hombres se apresuraban a apartar la mirada.
—¿Es esta vuestra primera vez, madame? —le preguntó uno de ellos con tono cortés.
—Así es —se obligó a sonreír.
El otro caballero le ofreció su brazo.
—Entonces será un placer escoltaros hasta el cajero.
Pensó que era así como la tratarían si no estuviera desfigurada. Con placer, no con compasión.
Resultó otra novedad, también, el gesto de aceptar el brazo de un desconocido cuando había sido educada en tratar a los caballeros solamente después de la preceptiva presentación. ¿Pensarían de ella que era una casquivana? ¿O acaso ese gesto no tendría ninguna importancia? Porque aquel caballero nunca la reconocería.
Ya había desafiado las convenciones de la buena sociedad saliendo a caminar sola por las calles de noche. Se había subido la capucha de la capa y había caminado a paso ligero, ignorando a los demás viandantes. Las farolas de gas le habían iluminado el camino y las calles habían estado todavía lo suficientemente frecuentadas como para que se sintiera a salvo.
Después de haber hecho aquello, aceptar el brazo de un desconocido le parecía una nadería.
Los dos caballeros la escoltaron hasta una de las habitaciones que aquel mismo día, algunas horas antes, habían quedado ocultas detrás de las puertas cerradas. Se hallaba en la parte trasera de la casa y, a juzgar por las estanterías que cubrían una de las paredes, debía de haber sido la biblioteca. Aparte de unos cuantos libros en los estantes, la habitación estaba tan escasamente decorada como el vestíbulo. Un gran escritorio la dominaba. Y detrás se hallaba sentado el mismo hombre que antes le había servido el té.
—MacEvoy —dijo unos de los caballeros—. Le traemos una dama nueva. Es su primera vez.
MacEvoy la miró directamente a los ojos.
—Buenas noches, madame. ¿Me permitís que os explique cómo funciona el Club de la Máscara?