La ley del corazón - Ana R. Vivó - E-Book

La ley del corazón E-Book

Ana R. Vivo

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Beschreibung

Una cautivadora novela repleta de amor, pasión, oscuros secretos y venganza que te atrapará sin remedio. Gonzalo Cruz lleva más de media vida en Los Ángeles. Es un hombre atractivo, poderoso y de fama implacable. Tiene todo cuanto se puede desear y parece que su vida ha sido un camino de rosas, pero nada más lejos de la realidad. Su familia siempre ha formado parte de una estirpe maldita. La sangre que corre por sus venas hierve de rabia al reencontrarse con un pasado que nunca murió y que el destino trae de nuevo a su vida como una cruel jugarreta. Lara Martí es una abogada española que viaja a Los Ángeles para concretar temas jurídicos con la familia Cruz. Nunca habría imaginado que caería rendida ante el enigmático Gonzalo, un hombre poderoso que la envuelve en sus redes como un torbellino. Alertada de su fama de hombre peligroso, trata de mantenerse alejada de él, sobre todo cuando el terrible pasado de ambos regresa a sus vidas y juntos tienen que superar una peligrosa amenaza que solo conseguirá unirlos más. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 284

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2016 Ana Ruiz Vivo

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La ley del corazón, n.º 142 - diciembre 2016

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Fotolia.

I.S.B.N.: 978-84-687-9003-9

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

—¡Lanza la pelota! —gritó Toni como si le fuera la vida en ello.

Le hablaba en español, como siempre lo hacían cuando estaban en familia.

Gonzalo sonrió al ver cómo aquel diablillo se movía con la rapidez de una anguila, a pesar de que apenas levantaba un metro del suelo. Estaba a punto de cumplir seis años, pero era capaz de agotar a tres hombre como él, que ya rozaba los cuarenta.

Al ver que el niño se impacientaba ante su falta de respuesta, pateó con fuerza el balón y sonrió al observar incredulidad en sus ojos oscuros; seguramente impresionado al comprobar que su tío no estaba tan oxidado como pensaba.

—¡Qué mal juegas, Gonzalo! —se burló el condenado chiquillo.

No parecía dispuesto a dar su brazo a torcer.

—¡Te vas a enterar, renacuajo!

Se alisó el pelo, tan negro con el de su sobrino, aunque en las sienes ya pintaba alguna que otra cana caprichosa, que según Eleonora le conferían cierto aire señorial. Se colocó la gorra con la visera hacia atrás, del mismo modo que la llevaba el niño, igual que los raperos a los que le gustaba observar en las calles cuando se dirigía a los juzgados, y flexionó las piernas, apoyando las manos en las rodillas.

—¡Dispara! —gritó con voz grave.

Tony chutó con fuerza. La pelota dibujó un arco perfecto mientras se aproximaba a él como si fuera un cometa.

«Joder, con el pequeñajo», se dijo, elevando los brazos sin siquiera rozarla. Corrió por la arena para capturarla y, exhausto, se tumbó de espaldas, con los brazos en cruz, como si acabara de recibir un disparo mortal.

A lo lejos, el rumor del mar parecía burlarse.

Afortunadamente aquel trozo de playa era privado y se encontraban a solas. De otra manera no se atrevería a comportarse como un muchacho despreocupado, que era lo que estaba haciendo ahora.

—¡Qué malo eres, abuelito! ¡No paras ni una! —Toni se burlaba mientras daba palmadas de alegría al ver que la pelota estaba demasiado lejos como para arrastrarse hacia ella.

Él se tomó su tiempo para recuperar el aliento de la carrera. Estaba en buena forma, hacía ejercicio habitualmente, pero aquel demonio mermaba toda su energía.

—Has hecho trampa. —Simuló enfadarse como si también tuviera seis años—. ¿Ahora qué? ¿Pretendes que me bañe vestido? —Señaló el balón, que se mecía en la orilla de la playa, donde a cada nueva ola, se adentraba un poco más en el océano.

Al ver que el pequeño no parecía dispuesto a sacrificarse por «el abuelito», se puso en pie, sacudió la arena que le rebozaba la ropa y echó a andar con gesto cansino hacia el agua.

Menos mal que había sido previsor. Se había puesto la camiseta más vieja que conservaba y un pantalón de deporte que parecía a punto de caerse a pedazos. Ambas prendas de color negro, que ya habían sido rescatadas de la basura media docena de veces, según decía él, porque tenían un valor sentimental. Según Eleonora, porque parecía tener un radar que le avisaba cada vez que tiraba cualquier ropa agujereada y gastada que él guardaba como si fueran trozos de su pasado.

—¿Sabes una cosa, Toni? —Se giró para hablar con el niño, que se mondaba de risa al verlo caminar de espaldas hacia la pelota—. Estoy pensando que ya que soy tan viejo, la próxima vez que lances como si fuera un misil, podrías ir tú a…

Se chocó con algo, por lo que se giró con rapidez. Juraría que segundos antes no había nada entre el agua y él… salvo el balón.

—Disculpe, señor. —Escuchó una voz agradable que le hablaba en inglés, agradable y femenina, por lo que se giró con brusquedad.

Se topó con unos ojos claros y una sonrisa preciosa que le impresionó hasta el punto de dejarlo mudo. Llevaba la pelota en las manos, de modo que sus generosos senos y él no habían chocado gracias al balón que se interponían entre los dos.

—¿Disculpas? —repitió él sin comprender, en el mismo idioma.

No sabía de dónde había salido aquella mujer medio desnuda, cuya visión con algo tan rotundo como su balón pegado a sus pechos le hacía sentirse como un tonto.

—Sí, creo que cuando comenzó a caminar de espaldas, debí avisarle de mi presencia.

El sol incidía directamente en sus ojos, de modo que lo único que percibía era la esbelta silueta de una sirena de larga melena castaña. Afortunadamente, al colocarse la mano como visera, comprendió que no iba desnuda, sino que llevaba un pareo de color rojo anudado en las caderas encima de un biquini, y pensó que «afortunadamente», porque Toni seguía allí, muy pendiente de ellos dos, sin perder palabra de la conversación y hubiera sido complicado tener que explicarle determinados aspectos de la anatomía de aquella intrusa. Una estupenda anatomía que fulguraba por las gotitas de agua salada que la cubrían.

—No se preocupe. Disculpas aceptadas. —Consciente de que era un mal educado, se quitó la gorra y se la colocó de forma correcta sobre el pelo revuelto.

—Gracias.

Ahora ya podía verla mucho mejor. Se separó de ella para concederle un poco de espacio y le tendió la mano. Al descubrir que la llevaba manchada de arena, la limpió con un par de golpes sobre la pernera del pantalón corto y volvió a ofrecérsela.

—Mi nombre es Gonzalo, y la culpa ha sido mía por no mirar por donde ando.

Ella sonrió otra vez, al tiempo que le estrechaba la mano con otra mucho más pequeña y limpia. Y por la forma de mirarlo supo que estaba intentando adivinar de dónde provenía su acento latino, que apenas conseguía suavizar la inflexión de su voz grave. El mismo tono autoritario que día a día esgrimía en el estrado, para regocijo de unos cuantos y temor de muchos otros.

—Yo soy Lara, encanta de conocerle, Gonzalo.

Él estaba acostumbrado a que lo miraran de aquella manera, entre curiosa e indagadora. Sentía una sensación similar a la de miles de alfileres clavándose en su piel, como cuando un acusado esperaba a que se pronunciara. Aunque esta vez, los alfileres parecían estar por todo el cuerpo, por lo que cayó en la cuenta de que no vestía uno de sus mejores trajes, precisamente. Ni la toga que era algo así como un uniforme militar en plena campaña.

—Lo mismo digo. Y usted es española. —Adivinó por su acento extranjero, igual que el de él.

Al darse cuenta de que todavía sostenía su mano, la soltó con rapidez.

Lara asintió con una sonrisa preciosa, su melena castaña ondeó sobre sus hombros y el aire pareció impregnarse de un sutil aroma de flores.

—Y usted debe ser mejicano.

Sonrió de nuevo, dando a entender que la respuesta era más que obvia.

Le entregó la pelota.

—Llevo más de media vida en California, pero sí, nací en México. —Cambió el inglés por el español y ella se lo agradeció en el mismo idioma. Cansado de tener el sol de frente, la sujetó por los hombros y la giró hasta quedar igualados para observarse el uno al otro—. Perdone, pero me gusta ver la cara de las personas cuando hablo con ellas. Digamos que es deformación profesional.

Lara hizo un gesto como si estuviera de acuerdo con él y volvió a sonreírle. Aquella mujer tenía una sonrisa que anulaba las entendederas. Sus ojos eran desconcertantes. Espléndidos. Eran los más verdes que había visto nunca. Además, su nariz respingona le daba cierto aire infantil, aunque de niña no tenía nada. En realidad, era una de las mujeres más bonitas que había visto en mucho tiempo. Apreció su boca jugosa, con el labio inferior terriblemente tentador y, sin saber por qué, se lamió los suyos, ligeramente salados por la brisa del mar.

—¿Y bien? —Se llevó las manos a las caderas en pose impaciente—. ¿Qué tal la rueda de reconocimiento?

Él la miró extrañado, por lo que ella rompió en suaves carcajadas.

Unos graciosos hoyuelos se le dibujaron en las mejillas, haciéndola más deliciosa.

Gonzalo sintió que un molesto rubor teñía sus facciones morenas, aunque bien podía justificarse por las altas temperaturas que asolaban la costa en los últimos días. Afortunadamente, ella le indicó con una mano a su espalda, por lo que se ahorró tener que responder a su pregunta.

—Al parecer tu hijo se ha aburrido de esperarte.

Él se giró a tiempo de ver a Toni alejándose hacia la magnífica construcción que se divisaba al fondo.

—Toni, espera —lo llamó en voz alta. El niño obedeció en el acto—. ¡Ah! No es mi hijo —le aclaró al tiempo que echaba a andar de espaldas, sin dejar de mirarla.

Era como si desde que la había conocido, pensara y actuara como un cangrejo. Jamás le había ocurrido nada similar.

Ella puso de cara de «eso dicen todos», pero fue mucho más delicada y se despidió con un simple adiós mientras alzaba una mano en el aire.

—Mejor digamos: hasta otra. Adiós suena demasiado… formal. —«¡Por Dios, estaba tratando de ligar!», se dijo extrañado de sí mismo.

—No creo que volvamos a coincidir. —Ella se puso muy seria—. Hemos tenido suerte de que no haya guardias por aquí. ¿No sabe que estamos en una playa privada?

—Sí, claro que lo sé. —Procuró esconder la sonrisa que asomaba a sus labios.

—Pues no tentemos a la suerte. Ya sabemos cómo se las gasta el señor Cruz.

—¿Y eso?

—¡Me aburro, Gonzalo! —lo llamó Toni desde el otro extremo de la arena.

Él le hizo un gesto con la mano para que guardara en silencio y regresó su mirada oscura a ella.

—¿Qué quiere decir con ese comentario?

—Pues que no creo que al dueño de esta propiedad le hiciera mucha gracia saber que su playa está siendo invadida por gente como nosotros.

—¿No? ¿Y por qué?

—Usted debería saberlo, si es que vive cerca. ¿O ha venido, como yo, en coche?

—Vivo cerca… —Al escuchar la voz del niño que volvía a llamarlo, repitió con la mano el gesto de que esperara—. Perdone que insista, pero no he escuchado nada llamativo sobre ese hombre, el propietario de la playa. Al menos, no he oído nada que me haga temer por mi vida ni por la de mi sobrino.

Como lo dijo tan serio, ella pareció a punto de creérselo, pero volvió a sonreír, demostrándole que no estaba de acuerdo con él.

—No lo conozco personalmente, pero puedo asegurarle que tiene muy malas pulgas. Dicen que es mejor tenerlo de su lado, ya sabe…

—No. No lo sé. —Ya iba a marcharse cuando él la hizo volverse al preguntarle en un tono que sonó demasiado autoritario—: ¿Y qué tipo de gente somos nosotros, para no agradarle a ese hombre?

Ella echó un vistazo a su ropa demasiado usada y fingió que no pensaba lo mismo que él, al ver que se alisaba la camiseta polvorienta.

—Adiós, Gonzalo, ha sido un placer charlar contigo. Pero tengo de prisa.

La observó mientras se alejaba hacia una duna que indicaba el término de la playa y los ojos se le fueron directamente a las caderas, que se contoneaban con suavidad al caminar descalza por la arena blanca. Cuando llegó a la valla que delimitaba el terreno con un letrero de «prohibida la entrada», se giró, como si supiera que seguía mirándola, y alzó un brazo en el aire para despedirse.

«Malas pulgas» repitió él al recordar sus palabras. Le habían dicho muchas cosas, pero era la primera vez que alguien le decía en su cara que tenía malas pulgas.

Al comprobar que Toni había desaparecido de su campo de visión, aligeró el paso y frunció el ceño, no se relajó hasta que vislumbró su cuerpecito en la entrada al jardín. Entonces, botó el balón un par de veces, tomó aire como si necesitara liberar algo y echó a andar hacia la casa.

—¿Por qué me has desobedecido? —Su voz sonó brusca. Sin opción a ignorarla.

—Lo siento. —Apenas fue un murmullo.

Toni escondió la mirada, cruzó las manos en la espalda y se mordió los labios como si estuviera a punto de llorar.

—¡Ey, ey, renacuajo! —Él se puso en cuclillas para quedar a su altura y suavizó el tono para seguir hablándole—. No pasa nada, ¿vale? No te asustes, no pasa nada.

A veces olvidaba la verdadera situación de aquel pequeño al que trataba desde hacía un año como a su propio hijo. Por eso le exigía en exceso, porque lo consideraba suyo y porque, como había dicho «la intrusa de la playa», tenía malas pulgas. Pero Toni no tenía la culpa de nada, y el pobrecillo ya había sufrido bastante en su corta vida.

—Es que tardabas mucho, Gonzalo, y esa mujer no paraba de hablar y hablar… —El niño intentaba buscar una respuesta que lo complaciera.

Él le tendió la mano y echaron a andar al interior.

—Lo siento, de verdad. Perdóname por haberte gritado, pero no vuelvas a desaparecer sin avisarme antes. Ya sabes que no nos gusta que te alejes.

—Vale —aceptó con otro murmullo.

—Vale —repitió él en tono animoso—. ¿Quieres un helado? —Al verlo afirmar con la cabeza, añadió—: Pues vamos a que nos lo dé Eleonora.

Toni alzó su carita morena y le sonrió, dándole a entender que ya había dejado atrás el incidente.

— ¿Quién era esa mujer, tío Gonzalo?

—Una amiga.

—Es muy guapa tu amiga. Me gusta.

—Sí.

—¿Sí, es muy guapa, o sí, te gusta? —inquirió Toni al llegar al vestíbulo.

—Es guapa —reconoció él.

—¿Y no te gusta?

—¿Tú qué crees? —sonrió ante su insistencia.

El niño rompió en alegres carcajadas.

—¡Que también te gusta!

Él también se echó a reír.

—¡Qué diablillo eres!

Capítulo 2

Lara se vistió con rapidez. Estaba junto al coche y por nada del mundo le gustaría que volvieran a sorprenderla en una playa privada sin permiso.

Había dejado la ropa bajo dos palmeras con forma de V, junto a la cerca que delimitaba la playa, y sabía que se estaba comportando como una niña malcriada, saltando tapias que prohibían la entrada, bañándose en un recinto privado y desobedeciendo innumerables normas que otras veces había esgrimido con fogosidad ante un jurado pero… se sentía tan bien.

Hacía mucho tiempo que el aire no le parecía tan puro, ni el cielo tan azul, ni el mar tan brillante, todo tenía un matiz diferente y, aunque resultaba doloroso, reconocía que solo se debía a una palabra: libertad.

Estaba cepillándose la melena cuando sonó el teléfono móvil. Durante unos largos segundos sintió la tentación de no contestar, estaba segura de que sería Mario, y la sensación de libertad se evaporaría como por arte de magia. Se quedó mirando la mochila como si fuera un artefacto infernal. Si había viajado miles de kilómetros para hacerse cargo de aquel caso tan peliagudo que le había cedido su socio era precisamente para alejarse de Madrid y los problemas, no tenía sentido atender a esos problemas, aunque fuera telefónicamente.

Se colgó el bolso al hombro y ascendió la duna para salir a la carretera, la incesante melodía del móvil no dejaba de sonar y, cuando se agotaba la canción, volvía a comenzar de un modo casi sádico, como recordándole que un día juró lealtad y fidelidad a su profesión y a la primera de cambio le daba la patada por un paseo por la playa.

Finalmente, para no sentirse mal, sacó el teléfono, miró el visor y contestó al ver que no era Mario, sino su secretaria, con la que le unía una gran amistad.

—¿Joana? ¿Cómo estás? —Subió al coche de alquiler y se acomodó frente al volante, aunque no encendió el contacto—. Claro, yo también me alegro de hablar contigo… En la playa ¿Dónde voy a estar? —Otra pausa—. No… El hotel no tiene playa… es una privada que encontré… ¿Una ilegalidad? Bueno, un día es un día. ¿Que qué he estado haciendo? —se rio—, pues no te lo vasa creer, pero he estado haciendo amigos. —Volvió a reír—. Por supuesto que es verdad, he conocido a un hombre que desde luego no te dejaría indiferente. Aunque por la pinta que llevaba, creo que él también se ha colado en la playa, y con un niño que pretendía hacerme creer que era su sobrino. ¡Vamos, un caradura ilegal en toda regla! —Otra pausa—. No, lo siento. No creo que esté libre para enviártelo con una lazo, ¡graciosa! Además iba vestido un poco raro. —Una pausa—. Más bien parecía un indigente, sí… Pues no sé, rondando los cuarenta. Puede que treinta y ocho. —Volvió a soltar una suave carcajada—. Es que yo también voy siendo mayorcita. Te recuerdo que en Navidad cumpliré treinta y dos… Sí, Gonzalo, se llama Gonzalo. —Dio sl contacto del coche y encendió el aire acondicionado. Estaba sudando y hacia un calor insoportable—. Pero bueno, dejemos de hablar de alguien a quien probablemente no vuelva a ver nunca más. —Nueva pausa—. No, por supuesto que no es el típico californiano rubio. Al contrario, es moreno, de ojos negros, profundos, voz sensual, grave pero con ese tono… especial. ¡Ya sabes! Como recién levantado después de una tórrida noche de pasión. Y su pelo es tan oscuro, tan brillante, un poco largo por la nuca y con unas ligeras canas en las sienes que le dan un toque especial, como de hombre interesante, a pesar de ir vestido como un vagabundo. —Una pausa mucho más larga en la que ella afirmaba con interjecciones—. Claro, es más alto que yo, por supuesto. De hombros anchos, piernas esbeltas, tórax amplio… ¡Hija, yo qué sé! Estábamos en la playa, no en la cama. —Soltó una carcajada, se arrellanó en el asiento del coche y entornó los ojos, recordando. Aquella absurda conversación no llevaba a ningún sitio, pero se estaba divirtiendo con su amiga mientras fantaseaba con el desconocido de la playa—. Su mandíbula es cuadrada, la nariz recta, los labios finos, pómulos marcados… ¿De qué te ríes? No me he quedado prendada, ya sabes que en mi profesión es importante fijarse en los detalles. Pero bueno, Joana —cambió el tono de voz a otro más formal—, tengo que conducir; te dejo. ¿Cómo que olvidé las copias firmadas? ¿Estás segura? Juraría que las metí en el maletín antes de salir del despacho. En fin, escanéalas, las envías por correo y las imprimiré mañana. —Una nueva pausa, en la que no pudo evitar una mueca de disgusto—. ¿Cómo que las traerá Sánchez? Creía que si venía yo sola a Estados Unidos era precisamente por… Bueno, déjalo, ya lo hablaré con él. No te preocupes. —Hizo otro mohín—. Sí, claro, a él nunca se le olvida nada. Ya te llamaré… ¡Por supuesto que lo pasaré en grande en la fiesta! —añadió antes de colgar.

La noticia de que Mario había cogido un vuelo hacia Los Ángeles acababa de agriarle sus pequeñas vacaciones. Solo llevaba dos días en la ciudad y ya se sentía una mujer nueva, diferente. No era una persona de costumbres, se adaptaba con facilidad a todo cuanto viniese, y sabía aceptar los altibajos con optimismo. Por eso, la mayoría de los objetivos que se había planteado al terminar la carrera de derecho se habían cumplido. Unos bien, otros no tan bien.

Daba por hecho que el éxito había que ganarlo en cualquier acción que se emprendiera, le había costado mucho esfuerzo llegar donde estaba: una muchacha sola en el mundo, huérfana muy pronto y criada por una tía medio loca que en cuanto había podido la había echado de casa para que se buscara la vida. Afortunadamente, era buena estudiante y consiguió terminar la carrera al tiempo que trabajaba en un prestigioso despacho de abogados, Sánchez y Fernández. Una vez tuvo su licencia, Mario, uno de los letrados que regentaban el despacho, le ofreció unirse a él y a su socio, Augusto. Años después, el socio pasó ser el magistrado Fernández y el bufete a llamarse Sánchez y Martí Asociados. Ella era de derecho penal y Mario de derecho civil. Desde siempre se habían posicionado en lados opuestos, incluso cuando confundieron sus sentimientos e iniciaron una relación, obligados por las circunstancias y por el infierno que vivieron esos días. Él la ayudó mucho, pero meses después, a pesar de la horrible situación personal que ella estaba atravesando, y a la presión mediática, comprendió que no funcionaban como pareja. Aunque Mario siempre decía que volverían a estar juntos, que aquella interrupción se trataba de una pequeña pausa.

Enfiló hacia el hotel y decidió no seguir pensando en el traumático pasado que la acosaba día y noche, jamás podría librarse de él, aunque hubiera volado a miles de kilómetros; sin embargo, prefirió centrarse en el caso Cruz, Mario y ella llevaban un tiempo trabajando en él, codo con codo. Ahora, una vez que todo se había resuelto favorablemente, habían aceptado la invitación del juez Cruz, el mayor de los tres hermanos y un hombre cuya fama traspasaba fronteras, para pasar unos días en California y asistir a una fiesta en su gran mansión junto a la playa Carbon Beach, en Malibú. Así se lo dijo Antonio Márquez, el padre de la reciente señora Laura Cruz, cuñada del juez. El hombre también había viajado desde España para pasar unos días con la familia de su hija, y esa noche prometía ser inolvidable. Además, según le había contado Mario, las fiestas de los Cruz eran célebres y muy consideradas por la alta sociedad californiana. Habían decidido que viajaría sola a Estados Unidos, que esos días servirían para que pudiera resarcirse de los últimos meses, en los que no había tenido tregua entre acusaciones y cuchicheos entre sus propios compañeros.

Al llegar a la habitación del hotel, miró el reloj y abrió los grifos de la ducha, después se desnudó, dejando que el vapor de agua llenara el cuarto de baño y le aflojara los músculos. No supo por qué, pero al mirarse en el espejo y verse desnuda se acordó del hombre de la playa, de su mirada oscura que luchaba con el sol para intentar verla a contraluz.

«La verdad es que era guapo», se dijo mientras comenzaba a enjabonarse.

—Todo está preparado, juez Cruz —le dijo Eleonora, su eficiente ama de llaves al más puro estilo inglés.

Aunque eso era un decir, porque se trataba de una mejicana regordeta, morena y de pequeña estatura que iba vestida con un chándal de color morado y unas zapatillas amarillas de deporte. Nadie conocía su verdadera edad, por lo que todos tomaban como referencia que cuando él nació, hacía treinta y nueve años, ya estaba al servicio de su madre, en el estado de Sonora. Cuando él y David se marcharon para siempre del rancho Cruz, ella se fue con ellos, y hasta hoy. De modo que no solo era una trabajadora de fidelidad indiscutible, sino que todos la trataban como una más de la familia, a pesar de que la mujer siempre mantenía las distancias protocolarias que ella misma exigía, aunque solo fuera en público.

«Como una verdadera ama de llaves inglesa», le decía siempre él, bromeando, aunque Eleonora se lo tomaba muy en serio, incluso se sentía orgullosa de querer parecerlo.

—¿Laura y David han llegado a casa? —preguntó él cruzando el enorme salón, que ya estaba dispuesto para recibir a los primeros invitados, y echando un vistazo alrededor con gesto adusto.

Ella soltó un bufido al verlo tan tranquilo a menos de un par de horas para la recepción y vestido de aquella guisa, con la vieja y polvorienta camiseta, el pelo enmarañado bajo la gorra y las zapatillas de deporte que habían conocido días mejores.

—Sí, señor, ya están en casa. Solo falta que usted se adecente, pero si se empeña en supervisar todo lo que yo superviso, no vamos a terminar nunca. Los invitados a punto de llegar y usted y yo aquí, perdiendo el tiempo —refunfuñó la mujer.

—No superviso, Eleonora. —Movió la cabeza con censura—. Pero tienes razón, no voy a perder el tiempo cuando sé que todo está perfecto.

Esperó a que ella replicara, y supo que no tardaría mucho en hacerlo. Sus pequeños ojos oscuros fijos en lo de él, el pelo gris recogido en un moño tirante y los labios prietos, como si temiera decir algo que no debiera.

—Le he preparado el traje negro, juez —le advirtió en tono chillón.

—¿El negro? Eleonora, todo el día voy vestido de negro. ¡Vale, vale! —Alzó los brazos al ver que le recorría la camiseta oscura con una mirada afilada—. ¡Qué carácter tienes, mujer, no me extraña que no te hayas casado nunca.

Se dirigió hacia las escaleras que conducían a los dormitorios.

—O Tal vez, ha sido porque he estado toda mi vida teniendo que cuidar de los Cruz, que vais a quitarme la vida entre todos —replicó ella en tono ofendido y echando a andar tras él—. Menos mal que David ya tiene quien le cuide, pero usted, juez… — Cabeceó con censura.

—¿Qué pretendes decirme? —inquirió, tomándola del brazo para ascender a su lado y sin poder ocultar la sonrisa.

—No pretendo, lo digo. No sé si existirá mujer en el mundo que pueda soportarle.

—¿Para qué quiero yo una mujer que me soporte, si te tengo a ti?

—¡Ya! ¡Y un cuerno!

La cena fue servida en el salón principal y en el jardín. Debido a la gran cantidad de invitados, se había contratado un bufé con un extenso surtido de manjares pensados para satisfacer los paladares más exigentes. Las mesas estaban distribuidas para que los asistentes pudieran moverse con libertad sin tener que prescindir de una buena conversación, o de alternar unos y otros. Los comensales eran de lo más variopinto, no era fácil reunir a empresarios, abogados, políticos y periodistas en un mismo lugar y pretender que las conversaciones fluyeran con agilidad y buen ritmo, incluso con privacidad.

La reunión estaba resultando un éxito. Al joven matrimonio Cruz se le veía feliz. Ella, preciosa, menuda, rubísima y con aquellos ojos azules, como los de Toni. Él, alto, atractivo, robusto y de piel morena. Era un Cruz, sangre india corría por sus venas. Su gesto arrogante y el porte orgulloso, altivo, eran un sello indiscutible de su estirpe.

Los primeros acordes de la música comenzaban a sonar, lo que significaba que en pocos minutos las parejas llenarían la pista que se había improvisado en el centro del jardín, bajo las acacias y junto a la gran fuente de mármol, donde una sirena dejaba correr el agua por su cuerpo sensual.

Gonzalo divisó a lo lejos a Antonio Márquez, el padre de Laura. Estaba charlando con un joven de pelo rubio, recogido en una cola. Se alegró de que aquel hombre por fin pudiera vivir en paz, y siguió paseando entre sus invitados al tiempo que tomaba una copa de vino de la bandeja que le ofrecía un camarero. Se la llevó a los labios y frenó el movimiento cuando escuchó una risa cantarina a su espalda, una risa que había escuchado antes, riéndose de él.

Frunció el ceño y agudizó el oído al tiempo que bebía despacio para paladear el vino e identificar aquellas suaves carcajadas. Entonces escuchó también su melodiosa voz. Su entonación española resultaba inconfundible, a pesar de que hablaba inglés a la perfección. No se podía negar que hablaba como alguien acostumbrado a hacerlo en público.

Gonzalo se giró lentamente y fijó la mirada en un reducido grupo de personas. Apenas estaban a tres metros de distancia, pero enseguida sintió sus preciosos ojos verdes clavados en los suyos.

Entonces se dio cuenta de que había guardado silencio, ya no se reía ni hablaba. Ambos se quedaron quietos durante unos segundos, como si sus miradas se hubieran quedado enganchadas. De repente, ella musitó una disculpa a los otros invitados y caminó hacia él, que aprovechó para terminar su copa de vino mientras la veía acercarse. Estaba tan guapa con aquel vestido negro, tan escotado que podría demandarla por desacato, y tan provocadora que era imposible dejar de mirarla.

—Buenas noches, juez Cruz. —Le tendió la mano y él la estrechó en la suya.

No pudo evitar recordarla en biquini, con gotitas de agua salda por su cuerpo esbelto, un pareo de seda atado a las caderas y el sol a su espalda, confiriéndole un halo brillante de belleza inigualable. Y con el balón de futbol contra los senos.

—Bueno, ¿fin de la rueda de reconocimiento? —Lo sorprendió igual que hiciera en la playa, pero además con una sonrisa imposible de pasar por alto.

—¿Cómo dice? —Y al comprender la broma negó con la cabeza y añadió con suavidad—. Lo siento, Lara, discúlpeme.

No era la primera vez que le pasaba aquello. Se quedaba pensando tonterías delante de ella, hasta que era demasiado evidente que estaba pensando tonterías.

Lara le quitó importancia con un gesto, aprovechó para recuperar su mano y trató de quitarle hierro al asunto. Estaba nerviosa, aunque por nada del mundo lo iba a demostrar.

—Disculpas aceptadas, aunque yo también debería pedirle perdón.

No podía evitar sentirse como una tonta desde que lo había reconocido entre los invitados. Alguien le dijo que era el juez Cruz, nada más ni nada menos que su anfitrión, y ella lo había confundido con un hombre desaliñado que además estaba casado e intentaba ligar.

—Quedará todo olvidado cuando no me encuentre en desventaja, Lara.

A ella le agradó que recordara su nombre.

—¿A qué se refiere?

—Bueno, usted ya sabe todo de mí, sin embargo, yo solo sé que se llama Lara y que es española. Aunque deduzco que…

—Sí, en efecto, soy la abogada de Antonio Márquez y de su hija.

Él afirmo en silencio. Sus ojos tan negros, clavados en ella, esperando.

«¿Esperando qué?».

—Bienvenida a mi casa, Lara Martí —dijo por fin.

Ella tragó saliva, sabía qué era lo que esperaba.

—Le ruego que me disculpe por haberme colado en su playa —al ver que no se inmutaba, añadió—: y también lo que dije de usted…

—¿Me lo recuerda, por favor?

—¿Para qué? —La pregunta surgió precipitada.

—Me gustaría volver a escucharlo.

A pesar de que era alta, medía casi ciento ochenta centímetros y llevaba tacón alto, tenía que alzar la cara para mirarlo.

—Bueno, no lo decía en serio. —Al verlo arquear una ceja, añadió—: En realidad todo se basa en rumores, ya sabe… la gente…

Él pareció ablandarse, aunque si intentaba recopilar toda la información que tenía sobre aquel hombre, era mejor no fiarse mucho de sus deshielos, porque podían preceder a un tsunami.

—Detrás de un rumor siempre hay una fuente con intereses concretos, crear desprestigio, discordia. ¿No está de acuerdo conmigo?

—Totalmente, sí, señor.

—Eso pensaba yo.

O una de dos, o era verdaderamente así de implacable, o se estaba riendo de ella. Aprovechó que llevaba una copa en la mano, levantó la bebida y dio un trago como si la tensión en el aire no fuera lo bastante espesa como para estrangularlos a los dos.

Lo vio ajustarse el nudo de la elegante corbata de color granate y le sonrió. Gonzalo Cruz no dejaba de sondearla con aquella mirada que debía ser lo más parecido al infierno después de arder.

Lara se estaba comenzando a poner nerviosa, y eso que solía gestionar bastante bien las emociones. Se mordió el labio mientras él no le quitaba la vista de encima y buscó algo rápido de lo que hablar para terminar aquella situación tan tensa. Había algo demasiado frío, demasiado duro en él. Lo que le habían referido, aquellos rumores que tanto le molestaban no desmentían la realidad, si acaso se quedaban cortos, porque daba la sensación de que bajo la capa de hielo que lo recubría se escondía un volcán en ebullición. La duda de saber en qué consistía aquel volcán la impulsó a ser imprudente una vez más en pocos días.

—¿Le apetece bailar? —lo invitó, indicando con la cabeza a la orquesta, que comenzaba una balada muy conocida.

—Será un placer.

Cuando la tomó suavemente por la cintura para conducirla a la pista en el jardín, Lara sintió algo parecido a una descarga eléctrica.

Sus dedos le quemaban a través de la seda negra del vestido, y como echó a andar a su lado, trató de buscar las palabras adecuadas para no meter de nuevo la pata.

—Me gustaría volver a comenzar esta conversación, señor Cruz, y pedirle disculpas por lo que le dije esta tarde.

—¡Oh, íbamos muy bien, Lara! —replicó en voz baja, inclinándose para hablarle y acercándola más a él—. Disfrute de la fiesta.

—Realmente es magnífica —reconoció, aceptando su consejo.

Al llegar a un extremo de la pista de baile, Gonzalo la tomó en sus brazos y comenzó a moverse muy despacio, como si solo la estuviera abrazando y la brisa del océano los meciera al compás de la música.

Tenía que reconocer que era un estupendo bailarín. Lentamente se fue relajando entre sus brazos, olvidándose de quién era el hombre con el que bailaba, de la gente que los observaba con curiosidad, incluso del verdadero motivo que la había hecho viajar a Estados Unidos. La música los envolvía, cientos de flores exóticas inundaban de olores indescriptibles el jardín, los farolillos colgados en las altas ramas de los árboles y el calor de sus manos moviéndose por su espalda, donde terminaba el pronunciado escote, aventurándose a acariciar zonas de piel desnuda que se erizaba por su contacto suave, casi como roces involuntarios.