La leyenda de Cudlestate Vol. 1 - Naoki Morishita - E-Book

La leyenda de Cudlestate Vol. 1 E-Book

Naoki Morishita

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Beschreibung

Cada invierno, dos jóvenes llamados Dane y Carta abandonan su aldea, situada en el corazón de las montañas, para dirigirse a la gran ciudad en busca de algún dinero que llevar de vuelta a casa. Sin embargo, este año, debido a la inminente guerra, todas las oportunidades de empleo decentes han desaparecido con rapidez. Tan solo quedan numerosos reclutadores en busca de mercenarios dispuestos a unirse a ellos. Es así que, al toparse con un anuncio que busca nuevos reclutas para una banda de ladrones con tintes "caballerescos", los dos no pueden evitar pensar que, a pesar de todo, puedan aprovechar el invierno.



Al unirse a esta banda peculiar, reciben un entrenamiento especial diseñado para prepararlos ante la inminente guerra. Mientras tanto, en medio de una trama de confabulaciones y conspiraciones, estalla la largamente esperada guerra entre el Imperio y la Unión.



Este primer volumen de la novela ligera "La leyenda de Cudlestate" narra los eventos que llevan a Dane, el protagonista, a emprender su viaje.

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Seitenzahl: 377

Veröffentlichungsjahr: 2024

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NAOKI MORISHITA

Ilustraciones: Kazuki Uchiyama

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Notas finales

Prólogo

En lo alto de una colina de suave pendiente, acariciada por las brisas de la primavera, se erigía una mansión tan imponente que podría confundirse con un palacio real. Los vastos terrenos que rodeaban la propiedad se asemejaban más a un extenso parque o a los jardines de un palacio que a los de la residencia de una familia noble. Su patio, ubicado justo frente a la mansión, lucía un pavimento impecable, con losas tan perfectas que parecían obra de un experimentado maestro artesano; y su amplitud era tal que, tras alinear diez carruajes de un extremo a otro, todavía quedaba espacio para acomodar muchos más. En el corazón del jardín, una majestuosa fuente lanzaba al aire arcos de agua que evocaban la imagen de flores líquidas en plena efervescencia. Sin embargo, lo verdaderamente asombroso era cómo el agua generaba majestuosos puentes que se desplegaban en los siete vibrantes colores del arcoíris con un toque de los cálidos rayos solares.

Ese patio se caracterizaba por su diseño elegante y práctico. En su centro, la fuente imponía su presencia mientras un camino circular permitía el paso de los carruajes al conectar la entrada con la salida principal. Este camino, que rodeaba por completo la fuente, se bifurcaba hacia el oeste para adentrarse en extensos terrenos. Desde allí, la vista se perdía en unas colinas ondulantes que se difuminaban en el horizonte hasta dejar toda la propiedad envuelta en misterio.

Siguiendo este sendero a través de los dominios de la mansión, se encontraba una ancha vía principal que la recorría de norte a sur serpenteando entre valles y colinas hasta adentrarse en un frondoso bosque que se extendía aún más hacia el sur. Más allá de la arboleda, emergían numerosas torres dispuestas de tal manera que unos ojos inexpertos dirían que parecerían colocadas al azar.

Tras cruzar bajo estas torres, el camino abandonaba el bosque y proseguía su ruta hacia el sur hasta alcanzar una ciudad bulliciosa y llena de vida. Si en ese instante uno se giraba hacia el norte en lugar de continuar hacia el sur, podría admirar un imponente castillo de piedra, robusto y majestuoso, erigido en la cumbre de una colina.

Aquel era el castillo real, en el que residía la familia real del Reino de Khasheet.

La imponente mansión, situada entre el majestuoso castillo del rey y el frondoso bosque al noroeste de la ciudad de Castanz, era el hogar de Germina Blanagno, un distinguido noble líder de la prestigiosa Orden Caballeresca de Blanagno que se encargaba de defender el Reino de Khasheet desde tiempos inmemoriales. La familia Blanagno, de alta alcurnia, había servido durante generaciones como comandante de la Orden Caballeresca de Blanagno, es decir, el ejercito oficial del reino. Lord Germina, como actual cabeza de la familia, no solo poseía una vasta fortuna, sino que también ejercía una influencia considerable sobre la aristocracia local.

—¡Señorita! ¿¡Señorita!? —exclamó un hombre de mediana edad, regordete y con un aire algo rígido, irrumpiendo en el espléndido jardín de la mansión.

Aquel individuo desentonaba notablemente entre los meticulosos macizos de flores, lo que hacía que pareciese un pez fuera del agua. Hablando con voz elevada y secándose el sudor de la frente, daba la impresión de estar buscando a alguien. Sin embargo, su llamado no encontró respuesta.

—¿Señorita? ¿Dónde esta? —continuó mientras su mirada se movía frenéticamente de un lado a otro.

Ese hombre era Leonard, quien había dedicado su juventud y parte de su madurez a servir lealmente a la familia Blanagno. Con paso apresurado pero determinado, recorría el jardín que se extendía frente a la mansión en una búsqueda frenética, aunque esta se veía interrumpida momentáneamente por la necesidad de detenerse para recuperar el aliento. En esos momentos, se agachaba y apoyaba las manos en las rodillas a la espera de que su respiración se estabilizara. Una vez recobrado el aliento, retomaba su misión sin siquiera considerar la posibilidad de abandonar su incansable búsqueda.

—¿Leonard? ¿Ocurre algo? ¿Por qué estás tan exaltado? —preguntó una voz joven, provocando que este se detuviera en seco. La muchacha que lo había llamado tenía una melena rubia que caía en una cascada cortada con precisión, una piel tan pálida que rozaba la transparencia y unos brillantes y grandes ojos azules que realzaban su asombroso parecido con una delicada muñeca. Inmóvil, la muchacha se ocultaba bajo la sombra de un árbol cerca del cenador en una esquina del jardín.

—Así que aquí estaba, señorita. Me preocupaba que alguien con malas intenciones le hubiera secuestrado —expresó Leonard, aliviado.

Aunque no tenía más de doce años, Lifrea vestía con elegancia y mantenía una postura impecablemente erguida. Al oír las palabras del sirviente, realizó una reverencia lenta y elegante.

—No necesita ser tan formal conmigo, señorita, tan solo soy su humilde sirviente. ¿Ha habido algún problema en la clase de esgrima? ¿O tal vez esta nerviosa por lo de mañana? —preguntó Leonard en un susurro, sonriendo ampliamente y agachándose para mirarla a los ojos.

En ese momento, una suave brisa primaveral recorrió el jardín y movió delicadamente los largos mechones dorados de Lifrea. Con los ojos llenos de lágrimas, esta dio unos pasos vacilantes hacia Leonard y luego se lanzó a sus brazos para comenzar a sollozar en silencio mientras intentaba contener su voz. El sirviente, por su parte, la sostuvo con cuidado, como si fuera de cristal, y le dio suaves palmaditas en la cabeza.

—Señorita, recuerde siempre que ni lord Germina ni el señor Sol son estrictos contigo porque le odien —dijo Leonard suavemente mientras Lifrea, que aún sollozaba en silencio, asentía sutilmente con la cabeza anidada en su pecho—. Si no se siente preparada para lo de mañana, puedo hablar con lord Germina en su nombre y declinar… De hecho, eso sería lo mejor —sugirió con preocupación.

Al oír esto, Lifrea negó rápidamente con la cabeza.

—No, Leonard, no hace falta que hagas algo así. Me uniré a la Iglesia de Leidd y completaré mi formación en el convento. Si no lo hiciera, no tendría sentido seguir aquí. Cumpliré con las expectativas de mi padre —afirmó con una determinación sorprendente para su corta edad.

El sirviente asintió en silencio y, con un gesto paternal, levantó a la joven por las axilas para elevarla en el aire y balancearla como lo haría un padre jugando con su hija.

—¡Señorita! ¿Cómo se siente al estar tan arriba?

—¡Aaah! ¡Leonard! Por favor, para, me da un poco de miedo —protestó Lifrea al principio, pero poco a poco se fue relajando y comenzó a disfrutar del juego mientras soltaba carcajadas infantiles—. ¡Je, je, je! ¡Ja, ja, ja! —rio, y sus carcajadas resonaron con inocencia y alegría.

Leonard, conmovido, pensó en cómo de haber nacido en una familia normal y amorosa Lifrea hubiera podido reír libremente. Sus circunstancias, sin embargo, le negaban esa libertad cotidiana. El sirviente deseaba con todo su corazón que ella pudiera vivir, aunque fuera un instante, la felicidad que tantos niños de su edad daban por sentada. Si sus padres hubieran sido diferentes, seguramente jugarían con ella como él lo estaba haciendo. Pero la rigidez de su padre hacía que esto fuera imposible, lo que dejaba a Leonard como la única fuente de esos momentos de despreocupación infantil y alegría.

Consciente de la pesada carga que recaía sobre los hombros de la pequeña Lifrea, el sirviente se sintió abrumado por la tristeza. Al día siguiente, la joven ingresaría en el convento de la Iglesia de Leidd, con lo que daría inicio a una vida de riguroso entrenamiento comparable a ascender por un camino lleno de espinas y cardos. Ese camino exigiría la perfección para superarlo, ya que solo aquellos capaces de soportar tal riguroso entrenamiento obtendrían el honor de ser nombrados santos paladines, caballeros entre caballeros bendecidos con las sagradas bendiciones de la Iglesia. Los santos paladines, considerados la élite, portaban un título que reflejaba su excelencia y eran envidiados por otros caballeros y venerados por el pueblo.

Cada año, numerosos jóvenes, ya fueran de familias nobles o contasen con recursos económicos, soñaban con convertirse en paladines y acudían a la Iglesia de Leidd. Sin embargo, gran parte de ellos fracasaba ante el extenuante entrenamiento, la falta de talento o diversas indisposiciones y abandonaba su camino hacia el título de paladín.

Para convertirse en uno de estos caballeros no bastaba con tener habilidades superiores: se requería resistencia, astucia, voluntad férrea, destrezas avanzadas en esgrima y una profunda devoción religiosa; además de una integridad inquebrantable para ser el conducto de la voluntad divina. Estas cualidades, unidas a un vínculo profundo con la propia humanidad, eran indispensables.

Era natural que surgieran dudas y temores en aquellos que se preparaban para tal entrenamiento. Esto era lo que experimentaba Lifrea, una niña aún lejos de la adolescencia consciente de la necesidad de madurar rápidamente. Aunque sentía la empatía de Leonard, su conciencia solo reforzaba su determinación de no rehuir ante el deber al que estaba irrevocablemente comprometida.

El sol irradiaba un cálido resplandor y la brisa primaveral soplaba delicadamente, acariciando las hojas y flores del jardín. En ese entorno tranquilo y acogedor, la risa inocente y alegre de Lifrea, resonaba y llenaba el aire de una paz efímera. Ese breve momento de serenidad era un lujo en su vida constantemente ocupada por las exigencias de su educación como única hija de la familia Blanagno.

Su formación se había planeado meticulosamente para abarcar un amplio espectro de conocimientos y habilidades. Desde la sabiduría general hasta el estudio de oscuros textos clásicos, Lifrea había sido instruida en cada aspecto necesario para su rol. Al margen de sus estudios académicos, recibía intensas lecciones de esgrima del señor Sol, practicaba equitación y aprendía la etiqueta propia de la nobleza. Esa misma tarde, después de concluir su rigurosa agenda diaria, debía empezar los preparativos para su partida hacia Leidd y el inicio de su entrenamiento.

A Leonard le afectaban profundamente las circunstancias de la joven y deseaba con todo su corazón que pudiera experimentar algún día la felicidad y la despreocupación de las que otras niñas de su edad disfrutaban. Es por ello que rezaba expectante a la espera de ese día.

Capítulo 1

1

Las luces de la ciudad resplandecían con tal intensidad que casi lograban eclipsar el brillo de las estrellas en el cielo nocturno. En este escenario, las melodías de los bardos, que acariciaban sus instrumentos con maestría, se entrelazaban con las líricas voces de las muchachas que las interpretaban. Estos sonidos eran, sin embargo, engullidos por el bullicio de la multitud. Solo prestando atención podías sumergirte en esa melodía y disfrutar de su belleza. Al mismo tiempo, el aire estaba impregnado con el aroma de una variedad de comidas deliciosas que te hacían cosquillas en la nariz antes de mezclarse con el olor de la cerveza y el humo del tabaco. Esta combinación le confería a las calles un olor único y característico.

La imponente Ciudad-Estado de Leidd, una de las mayores urbes de Falfadera, disfrutaba del singular privilegio de autogobernarse como si de un Estado independiente se tratase. En un rincón del distrito central de esta Ciudad-Estado, se erigía una gran posada cuya planta baja albergaba una taberna. Al contrario de lo que pudiera parecer, esta taberna daba la bienvenida no solo a los huéspedes que alquilaban una habitación en ella, sino también a cualquier cliente que deseara disfrutar de sus servicios.

Dane, quien había crecido en la tranquilidad del campo, sentía una aversión innata hacia los lugares repletos de gente. Por ello, siempre que visitaba la taberna, optaba por un asiento discreto en una mesa escondida en un rincón que se encontraba parcialmente oculta por una columna. A pesar de mantener la cabeza baja, sus ojos no perdían de vista la entrada. Vestía ropas en tonos apagados de negro, marrón y gris, desprovistas de cualquier atisbo de vistosidad y notablemente desgastadas. A simple vista, podría haberse confundido con un vagabundo de edad avanzada, pero la tersura de su piel, su cabello negro como el azabache y, especialmente, el brillo penetrante de sus ojos, revelaban su verdadera juventud. Tras su asiento, su equipaje se apilaba contra la pared, entre el cual destacaba un objeto largo y delgado meticulosamente envuelto en cuero negro.

Mientras Dane observaba con atención la puerta de la taberna, sus ojos captaron un ruidoso grupo de personas que entraban a la posada de forma ostentosa. En el momento en que logró ver al grupo al completo, uno de sus miembros irrumpió con un grito repentino:

—¡Escuchad, valientes guerreros reunidos aquí esta noche! —exclamó con fervor—. Nuestra valerosa compañía mercenaria, conocida como la Doble Lanza Penetrante, está buscando nuevos miembros para unirse a la noble causa de liberar Lidness. Aquellos que se sientan capaces y valientes, ¡únanse a nuestra lucha! Bajo el estandarte de la libertad, seremos los héroes que liberen Lidness de las garras de la tiranía y restableceremos al legítimo rey.

Al escuchar aquellas palabras, varios de los hombres más fornidos de la taberna se levantaron de sus asientos e hicieron ademán de apuntarse a la causa que proclamaba aquel hombre. Sin embargo, al contrario que ellos, Dane simplemente se limitó a suspirar antes de apartar la mirada de aquella escena. Su reacción era más que normal, dado que llevaba allí todo el día sentado y ya estaba cansado de ver y escuchar a todo tipo de mercenarios soltar aquel estúpido discurso una y otra vez. Según había podido escuchar, el trabajo como soldado de alquiler estaba muy bien pagado, aunque, claro, eso siempre dependía de que pudieras regresar a casa de una sola pieza. Sin embargo, en aquel momento Dane buscaba un trabajo bien remunerado, seguro y, sobre todo, que fuera más honesto que el de mercenario.

—Dane, ¿cómo te va? Aunque, viendo esa expresión, parece que las cosas no están yendo muy bien, ¿me equivoco?

Al oír una voz familiar justo detrás de él, Dane dio un pequeño salto. Sin embargo, la sorpresa se desvaneció en seguida al reconocer a la persona que había hablado. Con un suspiro cargado de alivio, respondió en voz baja:

—Por favor, no me des estos sustos, Carta.

Su reacción era lógica. Hasta ese momento, Dane habíaestado mirando constantemente hacia la puerta de la tabernaesperando la llegada de Carta, si alguna vez le había quitado ojo, era para echar un vistazo a sus pertenencias, entre las que destacaba un gigantesco arco con el que costaba trabajo creer que pudiera cargar. Sin embargo, no había logrado percatarse del momento exacto en el que este había entrado. Probablemente se había mezclado con un grupo de mercenarios para abrirse paso entre la multitud y llegar hasta la mesa de Dane, ubicada en una esquina del local, pero este no se había dado cuenta de nada hasta escuchar la voz del recién llegado detrás de él.

—Lo siento, ha sido mi culpa. No tenía la intención de asustarte ni mucho menos. Simplemente perdí la oportunidad de llamar tu atención porque estabas distraído con aquellos mercenarios —explicó Carta, sacando la lengua en un gesto juguetón y sonriendo ampliamente en claro contraste con la expresión inmutable de Dane.

Su estatura reducida, su voz juvenil, su comportamiento infantil y su manera de hablar lo hacían parecer una niña inocente.

—Este no es un buen sitio. Por aquí solo pasan reclutadores de mercenarios —comentó Dane, negando con la cabeza.

Ante estas palabras, la sonrisa de Carta se desvaneció y su rostro pasó a mostrar una clara decepción.

—Ya veo. A mí tampoco me ha ido bien. ¿Recuerdas al maestro carpintero que nos contrató el año pasado? Fui a verlo, pero me ha dicho que nadie quiere construir casas ahora. Los combates están demasiado cerca estos años. Sería absurdo construir algo que la guerra probablemente destruirá —respondió, levantando las manos en un gesto de exasperación. Luego se dejó caer sobre la mesa, frente a Dane, y comenzó a balancear las piernas de un lado a otro como lo haría una niña frustrada.

—Maldición, no podemos regresar a la aldea con las manos vacías —murmuró Dane, llevándose las manos a la cabeza con decepción.

Ambos habían partido de su aldea natal, Leaf, ubicada en las montañas del Reino de Zantaagrl, para llegar a la Ciudad-Estado de Leidd en busca de empleo. En Leaf, la mayoría de los habitantes subsistían gracias a la agricultura y la caza; actividades que se reducían drásticamente una vez finalizada la temporada de cosecha y con los animales salvajes en hibernación. La supervivencia basada únicamente en lo que la tierra y la caza ofrecían era dura, con lo que sumía a la aldea en la pobreza. Por eso, tanto Dane como Carta habían viajado a la ciudad con la esperanza de encontrar trabajos remunerados que les permitieran llevar dinero a casa.

Sin embargo, la situación había cambiado drásticamente. La guerra por la liberación de Lidness había estallado a principios del otoño pasado y esto había afectado gravemente a las oportunidades laborales. En un año normal, la ciudad estaría llena de empleos de todo tipo, desde repartidor de comida en los mercados hasta vendedor de mercancías en tiendas, pasando por podador de los árboles que decoraban las calles, transportista de diversos productos, constructor de casas, reparador de carreteras y vías fluviales y ayudante de los aristócratas a la hora de mudarse a sus nuevas mansiones.

Ese año, sin embargo, la situación era radicalmente distinta. Los reclutadores de mercenarios, una profesión que hasta el año anterior había pasado prácticamente inadvertida, ahora se multiplicaban por las calles de la ciudad en busca de voluntarios dispuestos a alistarse. Estos ejércitos privados, financiados por ingentes cantidades de dinero provenientes de nobles y élites acaudaladas, solían ser ignorados por la población. No obstante, tras la incursión de las tropas de la Unión de Flenias en el territorio de Ligratto el año pasado, la demanda de mercenarios se disparó de manera abrupta. Esta urgencia solo crecía conforme se aproximaba el día en que la capital de Lidness se viera envuelta en la guerra.

En épocas de contienda, las compañías mercenarias jugaban un papel crucial, pues se convertían en una fuente vital de fuerza militar para las naciones que las contrataban. Estas compañías, seleccionadas oficialmente por su país anfitrión, recibían una parte del presupuesto nacional basada en su tamaño. El dinero se destinaba, como era habitual, a pagar los salarios de sus mercenarios. No obstante, a aquellas compañías que destacaban por su excepcional desempeño en el campo de batalla se les recompensaba con una prima especial, lo que significaba mayores ingresos para sus combatientes y el reconocimiento de su destacada habilidad militar. Conscientes de que la superioridad numérica era clave para el éxito en combate, numerosos países se mostraban ansiosos por integrar una gran cantidad de estas compañías mercenarias en sus filas sin dejar de lado, eso sí, el hecho de fortalecer sus ejércitos regulares.

No obstante, Dane y Carta no albergaban el menor interés en enrolarse en las filas de ninguna compañía mercenaria. Ambos eran conscientes de la importancia de estos soldados en tiempos de guerra, pero eso no implicaba que compartieran la visión de tratar el conflicto bélico como si fuera un mero negocio. Además, aunque el salario pudiera ser tentador, el riesgo mortal que conllevaba tal empleo era una sombra omnipresente. En contraste con otras ocupaciones más honradas, los peligros asociados a la vida del mercenario eran desproporcionadamente altos. Incluso si uno lograba sobrevivir, se vería obligado a probar su valía constantemente en combate para alcanzar cierto prestigio. Dicho de otro modo: la eficacia en este oficio se medía en la cantidad de vidas enemigas que se conseguían arrebatar. Dane no era ningún cobarde, pero su juventud le hacía sentir un rechazo visceral a la idea de jugarse la vida y sus miembros, o, peor aún, arrebatar vidas ajenas, únicamente por dinero.

—Bueno, en realidad hay una oferta de trabajo que me ha llamado la atención… Aunque, eso sí, no es precisamente lo que la gente consideraría un empleo respetable —comento Carta en voz baja, acercándose al oído de Dane.

—¿Y bien? ¿De qué tipo de trabajo estamos hablando? —respondió él, animando a Carta a seguir hablando.

—Mmm… bueno, digamos que buscan ladrones a sueldo.

Al oír eso, Dane soltó un suspiro. Un empleo tan turbio como ese, desde luego, no era respetable. Además, si llevaban consigo el dinero obtenido a través del robo, no podrían contárselo a nadie en el pueblo. Si el anciano Bern se enterase, quién sabe cómo reaccionaría.

—Olvídalo. No podemos meternos en algo así.

—Pero, en serio, aparte de esa oferta, lo único que hay en la ciudad son trabajos de mercenarios. Además, lo que más me llamó la atención de ella es que la gente que lleva a cabo estos trabajos es algo distinta a los ladrones comunes que encuentras por las calles. ¿Podrías al menos escucharme?

Dane estaba algo sorprendido por lo inusualmente insistente que se estaba mostrando Carta. Este era como un hermano menor para él, y casi siempre estaba de acuerdo con sus decisiones. Así que, si seguía insistiendo en un plan que él ya había rechazado una vez, debía significar que había algo importante en juego.

—Según tú, ¿en qué se diferencian estas personas de los ladrones comunes y corrientes?

Tan pronto como Dane formuló esta pregunta, Carta saltó de la mesa donde había estado sentado y metió la mano derecha en su bolsillo para palpar el interior en busca de algo. Al encontrar el objeto deseado, lo extrajo y lo desplegó lo justo para que solo Dane pudiera verlo. Era un pequeño panfleto escrito en un papel tosco, bastante arrugado y desgarrado por varios sitios. A primera vista, resultaba difícil saber si había adquirido ese aspecto lamentable por haber estado en el bolsillo de Carta o si ya estaba así antes de que lo recogiera.

—¿La banda de las Garras del Gato Negro?

—Así es. Mira esto: su forma de actuar se desmarca ligeramente de la típica incursión en domicilios para cometer hurtos. ¿Podríamos considerarlos, quizá, como ladrones de guante blanco? Se han especializado en irrumpir en aquellos pueblos que se hallan a punto de ser arrasados por los conflictos bélicos. Los aristócratas y los más acaudalados tienden a priorizar su bienestar, por lo que son los primeros en evacuar antes de que el lugar se transforme en un escenario de guerra, ¿no es así? Pues bien, estos ladrones parecen enfocarse en ese margen temporal que transcurre desde que la élite abandona sus hogares hasta que estalla la guerra. Es entonces cuando penetran en las mansiones y los palacetes deshabitados de los nobles para apoderarse de todo lo valioso que encuentran.

—Comprendo. Tengo que admitir que resulta, cuando menos, curioso —contestó Dane con un gesto de asentimiento.

No cabía duda de que no era una labor que se pudiera calificar de honorable, pero él tampoco escondía una opinión especialmente respetable sobre los nobles y sus ricos compatriotas. Esa clase de personas no solían destacar por su fuerza o habilidades y, sin embargo, trataban de imponer con insolencia su voluntad sobre los demás amparándose en el poder económico heredado de generaciones pasadas. A Dane le repugnaban. Criados en la humilde aldea de Leaf, tanto él como Carta contemplaban a la realeza, la nobleza y cualquier forma de autoridad, poder o a la sociedad misma como entidades dignas de ser desafiadas. Colaborar con las Garras del Gato Negro quizá no le reportaría elogios a Dane, pero sin duda alguna avivaba esa llama rebelde tan propia de la juventud que ardía en su interior y parecía prometerle una satisfacción personal. Era evidente que Carta había puesto ese folleto ante sus ojos pensando precisamente en ese rasgo distintivo del carácter de su hermano adoptivo.

—Estoy seguro de que te resulta atractiva la idea, ¿me equivoco?

—No es que me guste per se, pero… —comenzó a decir Dane, sintiéndose como si Carta hubiera adivinado sus pensamientos, y, casi sin quererlo, se encontró refutando sus palabras. A pesar de todo, su respuesta no distó mucho de lo que el otro había anticipado.

Dane odiaba profundamente la sensación de ser manipulado, incluso cuando quien tiraba de los hilos era el chico que siempre había considerado como un hermano menor.

—Es muy probable que no sea el tipo de empleo que nos vaya a granjear reconocimiento alguno, pero al menos no implica entrar en combate —concluyó finalmente.

Ante su réplica, la sonrisa de Carta se ensanchó aún más.

—Pues bien, parece que ya está decidido. Será mejor que madruguemos y nos dirijamos al punto de encuentro para conocer los pormenores del trabajo.

Dane asintió y se bebió de un sorbo el resto del agua que quedaba en la jarra sobre la mesa. Acto seguido, tomó la larga bolsa de cuero negro que había apoyado en la pared y se la colgó al hombro mientras se ponía en pie. Carta hizo lo propio, recogiendo sus pertenencias y preparándose para abandonar la taberna. En cuanto dejaron libres sus asientos, varios hombres se precipitaron a ocuparlos como si hubieran estado aguardando ese momento.

La noche aún era joven y las tabernas bullían de actividad. Con una mirada cargada de desdén hacia los adultos que reían ruidosamente mientras vaciaban sus copas, Dane se apresuró a subir las escaleras y desapareció por el corredor del piso superior del establecimiento.

2

Al despuntar el día, la ciudad se sumió en una calma que contrastaba con el bullicio vivido la noche anterior, como si todo aquello no hubiera sido más que un efímero ensueño. El suave trinar de las aves marcaba el inicio del alba y resonaba con pureza en la frescura matinal mientras los primeros rayos del sol bañaban con su fulgor cegador las calles y plazas de la Ciudad-Estado de Leidd, tiñéndolo todo de un blanco resplandeciente. La muchedumbre que había poblado la urbe hasta altas horas de la madrugada se había esfumado para dejar tras de sí un silencio tan profundo que, al caminar por sus calles, tenías la sensación de que aquella ciudad estaba completamente desierta.

—¿No te parece que las mañanas en este lugar son demasiado frías? —comentó Carta, quien, a pesar de ir bien abrigado con un grueso abrigo y guantes, no podía evitar que los hombros le temblaran sin cesar. Mientras pronunciaba estas palabras, dirigía su mirada expectante hacia Dane en busca de un gesto que le hiciera saber que él también estaba de acuerdo.

Ambos habían crecido en las montañas, pero el aire marino de Leidd los calaba con un frío distinto y penetrante. Dane soltó un suspiro y su aliento se materializó en una nube blanca que se dispersó lentamente, como si intentara comunicarle su asentimiento a Carta sin necesidad de palabras. Sin embargo, este no captó el matiz, lo cual provocó que al final no recibiera ninguna confirmación por parte del otro.

Dane, por su parte, también estaba vestido con una indumentaria invernal y sobre sus hombros descansaba una bolsa de cuero negro y fino. A ojos de cualquier transeúnte madrugador, parecería que llevaba poca ropa para la crudeza del invierno en el que se hallaban, pero no era ni mucho menos su primer año enfrentándose al invierno de Leidd. El trabajo anual en la ciudad les había enseñado a soportar el frío, aunque el gélido amanecer seguía siendo duro y les robaba el tacto en manos y pies con su mordaz bienvenida.

—Supongo que es este callejón, ¿verdad? —dijo Carta mientras desplegaba con las manos entumecidas por el frío el folleto que había llevado consigo la noche anterior. Tras hacerlo, lo sostuvo para que Dane también pudiera comprobar que, efectivamente, estaban en el lugar adecuado.

Carta estaba a punto de adentrarse en un callejón a las afueras del distrito céntrico de Leidd, donde esperaban los miembros de la banda de ladrones conocida como las Garras del Gato Negro. A un mundo de distancia del deslumbrante distrito comercial, el ambiente que desprendía el pasadizo parecía mucho más apropiado para el tipo de trabajo que había venido a buscar. Los edificios circundantes mostraban un mosaico de reparaciones chapuceras, carteles que anunciaban tiendas claramente desaparecidas y gatos salvajes hurgando entre montones de basura acumulada. Todo ello contribuía a crear un curioso contraste entre la luminosidad del distrito central de Leidd y la oscuridad de aquel callejón, cuyas profundidades ni siquiera llegaban a iluminarse con el intenso sol matutino.

Dane simplemente observó el callejón con atención y luego, como si hubiera tomado una decisión, empezó a avanzar.

—Espera, Dane —pidió Carta, observándolo desde atrás.

Su hermano adoptivo no respondió con palabras, pero se giró para mirarle directamente.

—Creo que sería mejor que esperases un poco -insistió Carta.

—Pero esto podría ser peligroso, ¿no te parece? —replicó Dane de inmediato. Carta simplemente lo miró y le regaló una sonrisa tranquilizadora.

—Exacto, estoy seguro de que este lugar no es precisamente seguro. Así que más vale que vengas a rescatarme si pasa algo —comentó, asestándole un puñetazo amistoso en la larga bolsa de cuero negro que Dane llevaba en la espalda antes de adelantarse y entrar en el callejón.

—Entendido —asintió este, observando cómo el otro desaparecía por el callejón. Luego se recostó en la escalera del edificio situado en la esquina de la calle y comenzó a desatar el cordón de su bolsa de cuero.

Al adentrarse en el callejón trasero, Carta se encontró con un anciano desaliñado sentado a su derecha y lo observó cautelosamente.

El hombre vestía ropas sucias y en su cabeza calva solo quedaba un mechón de pelo desordenado, lo que contribuía a su aspecto deplorable. Su estatura parecía similar a la de Carta, aunque era difícil de determinar, dado que se encontraba agachado. La forma en que bebía de la botella de vino que sostenía y los sonidos que emitía no dejaban duda de que se trataba de un borracho sin más.

Antes de que el anciano tuviera oportunidad de gritar o enfrentarse a él, Carta se apresuró a pasar por su lado y continuó su camino por el callejón. Tras caminar un poco, encontró una serie de escalones de piedra escondidos entre montones de basura y cajas abandonadas y, una vez los bajó, se detuvo frente a la entrada de un semisótano. Allí, se encontró con tres hombres de aspecto imponente y rostros amenazadores.

Carta examinó el panfleto en su mano y luego observó al trío mientras intentaba comprender la situación. Por su aspecto, no parecían ser habitantes comunes de Leidd. Vestían armaduras de cuero en tonos ocres y grises, y cada uno de ellos portaba no una, sino dos espadas cortas o dagas en sus cinturones. Uno incluso tenía un escudo atado a la espalda. Estaba claro que estaban armados hasta los dientes: sin duda, estos hombres debían ser miembros de la banda de ladrones.

Con esta certeza, Carta adoptó la sonrisa más amistosa que pudo encontrar y se acercó para llamarlos, asegurándose de transmitir en todo momento que no tenía intenciones hostiles.

—Mmm… Perdonad, ¿podríais concederme un momento de vuestro tiempo? —preguntó, intentando mantener la compostura.

—¿Qué pasa, chico? ¿Te has perdido? Este no es un lugar para críos como tú —replicó uno de los ladrones con tono burlón.

Aunque las miradas amenazantes de los ladrones infundían miedo en Carta, este logró mantener su amable sonrisa sin mostrar el pánico que crecía en su interior.

—No, no me he perdido —respondió con firmeza.

—Entonces, ¿qué haces aquí? No pienses ni por un momento que nos dará reparo atracarte y robarte todo lo que traes, así que será mejor que te vayas a casa —amenazó otro ladrón.

—Es verdad. Si te quedas más tiempo en un lugar como este, acabarás siendo una presa fácil. En concreto, te devorará una manada de tres lobos feroces —añadió el tercer hombre mientras los tres estallaban en una carcajada áspera y fuerte.

Carta sentía cómo le temblaban las piernas y empezaba a darse cuenta de que no era solo por el frío invernal. No obstante, ahora no podía retroceder. Era consciente de que Dane le estaba observando desde la distancia, listo para intervenir y protegerlo si la situación se tornaba peligrosa.

—A decir verdad, estoy aquí por este folleto que encontré. Sois miembros de la banda de ladrones conocida como las Garras del Gato Negro, ¿no es así? Os lo ruego, ¿podría unirme a vosotros este invierno? —preguntó, mostrándoles el papel a los tres ladrones e inclinando respetuosamente la cabeza.

—¿Qué has dicho?

En cuanto Carta formuló su petición, la expresión de los tres hombres cambió por completo. Era evidente que el ambiente distendido de hacía unos momentos se había esfumado. Sin comprender qué estaba sucediendo, el joven empezó a inquietarse.

—Veréis, lo que quiero decir es que… me gustaría trabajar junto a los integrantes de las Garras del Gato Negro. Eso es todo —tartamudeó, comenzando a retroceder lentamente al presentir que se encontraba en serios apuros. Mientras se alejaba, los tres hombres avanzaban hacia él con cautela echando mano de las espadas cortas que pendían de sus cinturas.

—Ya veo, chico, que tienes agallas.

—¡Deberías dejar de soltar esas tonterías!

—Parece que al final te devorarán esos tres lobos.

Aún sin entender completamente la situación, Carta intentó retroceder otro paso cuando uno de los ladrones desenfundó rápidamente su espada y se lanzó hacia él.

—¡¡Aaah!!

El joven se echó hacia atrás y, en su desesperación por esquivar el ataque, derribó accidentalmente un montón de basura. Al mirar a los otros dos, vio que ellos también estaban preparando sus armas. Uno sostenía una daga y un escudo, mientras que el otro blandía una espada corta en cada mano y ambas estaban apuntadas hacia él.

—¡Esperad! ¡Esperad un momento! ¡Escuchadme!

El rostro de Carta aún mostraba su habitual sonrisa carismática, pero sus ojos reflejaban claramente la desesperación que sentía en ese instante. Pese al frío viento que le cortaba la piel, su frente estaba empapada de sudor. El grupo de ladrones había desenvainado sus armas y mostraba una hostilidad abierta hacia él. En resumen: se encontraba en una situación a vida o muerte.

El estruendo del chillido de Carta de hacía unos momentos había resonado hasta la entrada del callejón donde Dane aguardaba. Había permanecido allí observando con atención la oscuridad del pasaje todo el tiempo, pero poco después de que su hermano adoptivo pareciese haberse topado con alguien, tuvo la sospecha de que algo no iba bien y comenzó a prepararse. Ante la sensación de que se avecinaban auténticos problemas, trató de avanzar a toda velocidad. En la mano sujetaba un objeto que se asemejaba a una vara larga y torcida, quizá un tipo de bastón. Mirándolo más detenidamente, se apreciaba que el palo de madera estaba adornado con un delicado diseño de celosía, aunque en esos tiempos eran pocos los que podrían discernir su verdadero significado. Precisamente por ello, Dane lo consideraba su arma más valiosa y, aunque no le gustaba la idea de emplearla contra otra persona, la situación crítica de Carta no le dejaba otra opción más que actuar.

Los tres bandidos se abalanzaron sobre Carta con todo su ímpetu blandiendo sus espadas para asestarle golpes consecutivos. Sin embargo, gracias a sus reflejos, este logró esquivar cada embestida con agilidad, lo que solo incrementó la ira de sus asaltantes.

—¡Maldito mocoso!

Carta, aguzando el oído, percibió el ruido de alguien ascendiendo con rapidez las escaleras y, de inmediato, supo que era Dane.

—Confío en ti, hermano mayor —susurró mientras agarraba varias botellas de vidrio vacías de un montón de basura cercano y las arrojaba contra sus agresores.

Rápidamente, derribó una pila de cajas para bloquear su paso y empezó a correr hacia el fondo del callejón. Una de las botellas impactó de lleno en la cabeza del hombre armado con espadas gemelas, estallando y derribándolo al instante. Sin embargo, otro de los hombres, armado con una daga, logró desviar uno de los frascos con su escudo. Mientras se abría paso entre los escombros de vidrio esparcidos, el tercer asaltante desenvainó su espada corta y avanzó hacia Carta. El hombre del escudo, a su vez, cambió su daga por un cuchillo arrojadizo y se preparó para lanzarlo.

Probablemente el rápido ataque de la espada del ladrón habría atravesado una persona común al instante, pero Carta, agachando su delgado cuerpo y haciéndose aún más pequeño, logró agarrar las piernas del asaltante con la espada y esquivar por poco la hoja. El ladrón, sorprendido por su maniobra, perdió el equilibrio y cayó hacia adelante, arrastrándolos a ambos en una caída llena de golpes. El que empuñaba el cuchillo, al ver la situación, se detuvo en cuanto se dio cuenta de que, si intentaba atacar a Carta mientras luchaban, podría herir accidentalmente a su compañero. Este era visiblemente más grande y fuerte que el joven, y cada segundo que pasaba la situación del chico se tornaba más desesperada. Finalmente, el ladrón logró inmovilizar a Carta sujetándole los brazos a la espalda y dejándolo completamente incapacitado.

—Eres un mocoso bastante escurridizo, ¿verdad? ¡Venga! ¡Apuñálalo con uno de tus cuchillos ahora que lo tengo inmovilizado!

El ladrón que retenía a Carta se giró, con lo que el joven quedó de espaldas a él, y le ordenó a su compinche que le arrojara el cuchillo.

Pero justo en ese instante…

Un sonido sordo y a la vez penetrante invadió sus oídos y el ladrón que sujetaba a Carta tardó unos segundos en procesar lo que acababa de suceder ante sus ojos.

Cuando su colega estaba a punto de lanzar el cuchillo, una larga vara que había surgido de la nada le atravesó la parte superior de la cabeza. Sin tiempo para lanzar su arma o incluso para emitir un sonido, había caído muerto al instante.

En el momento en que su captor aflojó el agarre, Carta aprovechó la oportunidad. Primero se giró para librarse con destreza de los brazos del ladrón y luego, con un ágil movimiento hacia delante, se alejó de él y empezó a correr velozmente hacia la calle principal. El ladrón lo vio escapar e intentó perseguirlo de nuevo, pero justo cuando dio un paso adelante, otro sonido sordo retumbó en el callejón.

—¡Aaah! —gritó.

Una segunda vara larga no solo le había atravesado el muslo derecho, sino que lo había desgarrado por completo. Incapaz de usar una pierna, el ladrón cayó de espaldas al suelo y comenzó a gritar y a retorcerse con un dolor insoportable. Entonces vislumbró algo que incrementó su desesperación.

Tumbado de espaldas mirando al cielo vio claramente a Dane en la azotea del edificio de enfrente tensando la cuerda de su arco mientras se preparaba para disparar otra flecha. Pero no era un arco común: con la punta inferior clavada en el suelo, el joven se erguía y apuntaba la flecha hacia su objetivo doblando un largo arco que superaba su propia altura. La flecha encajada en la cuerda era también desmesuradamente grande, pues parecía más una lanza que una saeta. Consciente de su situación crítica, el ladrón intentó articular palabra, quizá para suplicar por su vida, pero antes de que pudiera pronunciar una sola sílaba resonó el ya familiar ruido sordo pero penetrante y, al instante siguiente, el hombre no era más que un cuerpo inerte.

—Guau… —logró decir Carta antes de exhalar un suspiro de alivio.

Aunque Dane le había salvado en el último momento, había sido por poco. Todavía con un sudor frío recorriéndole la espalda, miró hacia donde se encontraba su hermano adoptivo y le hizo un gesto con la mano, señalando que estaba bien. Pero justo cuando se dirigía a la salida del callejón hacia la calle, ocurrió algo inesperado…

—¡Eh! Espera un momento. Lo que acabas de hacer ha sido realmente interesante —dijo una voz masculina ronca y profunda desde detrás de él, poniéndolo en alerta al instante—. Perfecto. Habéis superado la prueba. Desde ahora sois oficialmente miembros de la banda de ladrones las Garras del Gato Negro.

La voz pertenecía al hombre calvo y borracho que estaba sentado a la entrada del callejón, el mismo que Carta había tratado de esquivar solo minutos antes.

3

Dane, Carta y el hombre calvo avanzaban juntos hacia el norte por la arteria principal que conducía al bullicioso distrito comercial de Leidd. El sol del mediodía se alzaba ya en su cenit, desde donde mitigaba ligeramente la fresca brisa marina característica del invierno. A esa hora, la calle principal bullía con una multitud compacta de transeúntes y la ciudad empezaba a vibrar con un renovado espíritu de actividad.

El hombre calvo, que había observado de principio a fin su encuentro con los tres ladrones en el callejón, les reveló que se llamaba Zak. No era un simple vagabundo, sino el líder de las Garras del Gato Negro. Según explicó, había atraído deliberadamente a aquellos que aspiraban a unirse a su banda de ladrones a un callejón sabiendo que los hombres al servicio de la Luna de las Tinieblas, una banda rival enemistada con ellos, solían merodear por allí tras concluir sus actividades nocturnas. Zak evaluaba a los candidatos enfrentándolos a estos ladrones y observando de cerca su desempeño. De este modo, determinaba si los aspirantes poseían el talento y la habilidad necesarios para ser admitidos en las Garras del Gato Negro.

Después de escuchar esa explicación, Dane y Carta seguían sin tener claro si debían confiar o no en las palabras de Zak. Además, si lo que contaba era cierto, significaría que había arriesgado sus vidas como parte de su estrategia. Y no solo eso, sino que, aunque los hombres con los que se habían enfrentado hubieran sido miembros de una banda de ladrones rival, Dane no estaba nada satisfecho de que le hubieran forzado a participar en sus asesinatos.

Cuando criticó los métodos de Zak, este simplemente se rio antes de responder:

—Está bien. Ahora que habéis decidido trabajar para una banda de mangantes, lo mejor será que no confiéis del todo en lo que diga nadie. Ya sabéis, ese es el código de los ladrones. Y en cuanto a preocuparse por matar a un saqueador o dos… Bueno, sería problemático si hubierais asesinado a un ciudadano corriente, pero esos tipos son ladrones hasta la médula; criminales involucrados con el mundo del hampa. Si os juzgaran por sospecha de asesinato, solo tendríais que decir que ellos iniciaron el incidente y seguramente os creerían antes que a ellos, pues vosotros sois ciudadanos honrados. Porque lo sois, ¿verdad? Podríais alegar que todo fue en defensa propia.

Dane entendía las palabras de Zak, pero le parecía una justificación vacía. Aún insatisfecho, volvió a hablar:

—Una de las razones por las que decidí unirme a una banda de ladrones en lugar de a una compañía de mercenarios es que no me gusta matar, pero al final me he visto forzado a asesinar. Y me da igual si esos hombres eran criminales o no —replicó mirando a Zak, que simplemente se encogió de hombros.

—Que yo sepa, nunca te he ordenado que cometas un asesinato ni nada por el estilo. Y si realmente pensabas que esa era la única forma de salir de aquella situación, entonces puede que estes muy mal de la cabeza.

—¿Qué has dicho…?

Dane se lanzó contra Zak, pero este simplemente lo ignoró y continuó hablando.

—Lo que has hecho no es más que encontrar una salida utilizando lo que mejor sabes hacer, ¿no es así? Para algunas personas, eso podría ser hablar con rapidez o emplear el arte de negociar; o, si se tratase de una mujer, podría usar su astucia femenina para sacar ventaja en esa situación. Si tienes dinero, puedes ofrecer un soborno y seguir adelante. Básicamente, debes usar cualquier habilidad que poseas y que los demás no tengan: puede ser tu inteligencia, tu bolsillo, tu fuerza física… No importa qué sea siempre y cuando tengas algo en lo que destacar.

Zak tenía razón: a Dane ni siquiera se le había pasado por la cabeza intentar negociar con los ladrones o hablar para salir de allí. Era cierto que al final había acabado matando a aquellos hombres, pero irónicamente su asesinato había sido en parte lo que les había permitido a Dane y Carta demostrar el valor de sus habilidades con el arco y la destreza física y superar así la prueba de acceso, o lo que fuese, para la banda de ladrones de Zak. Sin embargo, había algo que seguía inquietándole.

—Si hubiera parecido que íbamos a acabar como esos ladrones, ¿qué habrías hecho? ¿Nos habrías salvado?

Dane le lanzó directamente a Zak la pregunta que le rondaba la cabeza. ¿Qué habría pasado si alguien sin ninguna de las «habilidades» que mencionaba hubiera afrontado la prueba de acceso? Ese pensamiento le había empezado a preocupar de repente. Aunque Dane y Carta habían logrado sobrevivir por poco al enfrentamiento, ¿qué habría pasado si hubieran fracasado en la prueba? Quizá los habrían dado por muertos.

—Te obsesionas con cosas de lo más extrañas, muchacho. Bueno, ¿sabes qué? Si eso hubiera pasado, Zak, el gran defensor de la justicia, habría irrumpido en la escena y aplastado a todos esos malvados. ¡Así que no tenías nada que temer! ¿Qué? ¿Estás satisfecho ahora? —respondió jocosamente el ladrón mientras soltaba una risita.

Cuanto más se burlaba de Dane, peor se ponía el humor de este. Mientras tanto, desde atrás, Carta intentaba calmarle. La realidad era que ya habían superado la prueba de acceso, así que si se unían oficialmente a la banda de ladrones, podrían recibir una remuneración bastante sustanciosa.