La luz de la esperanza - Eusebio Gómez Navarro - E-Book

La luz de la esperanza E-Book

Eusebio Gómez Navarro

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Beschreibung

La esperanza es el sentimiento más humano. A ella nos aferramos durante la vida e incluso en el umbral de la eternidad. Pero la esperanza sin confianza no es nada y el fundamento de esa confianza es Dios, que nos ama, nos guía y nos acompaña por su sendero luminoso. Solo caminando por este sendero de la esperanza, la fe y el amor podremos llegar a la serenidad, la paz y la alegría necesarias para salvarnos y construir un mundo mejor. La luz de la esperanza completa, junto a «Solo la fe nos alumbra» y «La grandeza del amor», la trilogía del autor sobre las virtudes teologales.

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Seitenzahl: 249

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Índice

Portada

Portadilla

Créditos

Introducción

1. El poder de la esperanza

2. Caminos de esperanza

3. Cree, espera y ama

4. La esperanza cristiana

5. Las virtudes, hijas de la esperanza

6. Una ayuda en tiempos difíciles

7. Éxitos y fracasos

8. Esperanza y compromiso

Conclusión

Biografía autor

© SAN PABLO 2019 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es

© Eusebio Gómez Navarro, 2019

Distribución: SAN PABLO. División Comercial

Resina, 1. 28021 Madrid

Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050

E-mail: [email protected]

ISBN: 9788428561877

Depósito legal: M. 25.098-2019

Composición digital: Newcomlab S.L.L.

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).

«Dicen que la gran enfermedad de este mundo es la falta de fe o, dicho de otro modo, la crisis moral por la que atravesamos. Yo no lo creo. Me temo que lo que está agonizante es la esperanza, el redescubrimiento de las infinitas zonas luminosas que hay en las gentes y cosas que nos rodean».

J. L. Martín Descalzo

Introducción

Con este libro completo la tríada sobre la fe, el amor y la esperanza. De las dos primeras me he ocupado en sendos libros. Ahora tocaba tratar de la esperanza, tema ya estudiado por autores tan importantes como Bloch, González de Cardedal, Teilhard de Chardin, Gustavo Gutiérrez, Laín Entralgo, Julián Marías, etc. A pesar de todo, y dada la situación angustiosa de nuestro mundo en el que la esperanza parece haber sido enterrada, creo que siempre es bienvenida una palabra de aliento que reavive la llama de la Esperanza.

Y pese a que todo hombre y mujer que viene a este mundo trae consigo el soplo de la esperanza, aquí nos vamos a referir a la esperanza teologal, esa que tiene por objeto a Dios mismo, a sus promesas, conocidas por el hombre gracias a su Palabra.

Y aunque la Fe y el Amor no pueden caminar y progresar sin la luz de la esperanza, nos detendremos especialmente, de modo directo o indirecto, en todas las realidades que orbitan alrededor de la bella esperanza, vestida según san Juan de la Cruz de color verde.

En verdad ella, la esperanza, es la que nos sitúa ante Dios, avivando sin cesar la ilusión de la espera. Nos da alas al cansancio existencial, cuando la fe ya no alumbra y el amor languidece. A ella nos agarramos como lapas, como si en ello nos fuera la vida, hasta el último aliento. Y quizá lo más sorprendente, que la muerte de los santos atestigua, sea ese chispazo de asombro de quien vislumbra el futuro haciéndose ya presente. La esperanza es capaz de dibujar el gesto de la paz y la alegría en los que mueren confiando en el Señor. Ella nos acompaña hasta el umbral de la eternidad y, allí como buena nodriza, nos deja junto con la fe en las manos tiernas del Amor, única realidad que traspasa con nosotros los umbrales de la muerte para abrirnos de par en par las puertas de la Vida.

El fundamento de esta esperanza es Dios, que no puede engañarse ni engañarnos. En Él confiamos y por eso esperamos. La esperanza sin confianza no es nada. Esperamos en y a Dios. No cualquier otra cosa, por buena y saludable que esta sea. Nuestro corazón inquieto busca desesperado, a través de todo lo que le rodea, ese rostro insondable de Dios que le seduce aun cuando no le ve. Y el contenido de la esperanza son las promesas de ese Dios que nos ha hablado con nuestro lenguaje humano, prometiéndonos algo tan asombroso como participar de su divinidad y vivir una vida feliz y eterna.

No estamos solos. Incluso cuando lo parezca. En algún lugar recóndito de nuestra vida sentiremos que Él nos acompaña. Nos ha dado la capacidad de creer en Él y su amor para enamorarnos. La esperanza no es sino la motivación que una y otra vez nos recuerda a quién esperamos y por qué. Y en ese recuerdo nos moviliza a actuar, a recrear con nuestra vida un mundo más humano y mejor, donde los problemas tengan solución y donde nadie se pueda sentir marginado o solo.

Dios es nuestra esperanza en Cristo. Esperamos porque él es la prenda de la fidelidad de Dios, la certeza de que no nos abandona y de que estamos salvados.

En este tiempo nuestro, entrado ya el siglo XXI, cuando el concilio Vaticano II da frutos abundantes y la confrontación ideologizada deja paso a la esperanza, el testimonio de los cristianos comprometidos se agiganta. Decía Chesterton que «cada época es salvada por un puñado de hombres y mujeres que tienen el coraje de ser inactuales». Quizá lo inactual sea esperar en medio de un mundo donde tantas cosas van mal y nos desaniman a creer y amar. Nos salvamos cuando somos capaces de esperar mínimamente, de creer y amar. Entre los muchos testigos de la Esperanza uno puedes ser tú, amigo lector. Y desde estas páginas te animo a seguir esperando pues, como escribió el gran místico Juan de la Cruz, «la esperanza tanto alcanza cuanto espera». Seamos ricos y abundosos en creer que lo que Dios nos ha prometido se cumplirá.

1

El poder de la esperanza

Es común decir que nuestro mundo anda mal. Miles de personas mueren de hambre, nos rodea la violencia y la muerte, existe el racismo y la división entre los seres humanos. Una parte de la humanidad vive encerrada en su egoísmo, ignorando que la inmensa mayoría de la población mundial carece de los más elementales recursos para sobrevivir. La poesía de León Felipe («¡Qué pena que este camino fuera de muchísimas leguas...!») parece dar la razón al pesimismo.

El ser humano tiene la capacidad de escoger el amor o el odio, la muerte o la vida. Desgraciadamente muchas personas han optado por la muerte. Además de la cultura de la fuerza existe la «cultura de la reivindicación violenta», que se opone a la misericordia. Es preciso, afirman algunos, defender la justicia, aunque sea con medios violentos, para que el ser humano no sea explotado y esclavizado.

El sufrimiento del ser humano, especialmente del inocente, es un gran escándalo para el no creyente. El escándalo de nuestra historia de sufrimientos, en sus justas dimensiones, aunque de una manera complicada pero realista, ha sido objeto de estudio siempre. El problema de fondo, en todo sufrimiento, es la incompatibilidad de dos atributos de Dios: el de la bondad y el de la omnipotencia.

Ante esta realidad de violencia, muerte y racismo, se nos invita a ser agentes de unión y de paz. Este reto no es una obra de un día, necesita tiempo y coraje. Por eso la esperanza tiene un papel especial para alcanzar las metas deseadas. La esperanza puede ayudarnos a derribar muros, a optar por la vida, a construir la paz. Este es el poder de la esperanza, su potencial: ser creativa, frente a un mundo en decadencia.

Un gran peligro

Cada día nos llegan noticias de guerras, robos, violencia, muerte, paro, corrupciones constantes por ansia de dinero o de poder, etc. Los ancianos son internados en geriátricos y los niños crecen huérfanos. Arden los bosques, se seca la tierra, no hay pan ni agua para todos. Se orquesta la mentira, hay pérdida de valores, se brindan nuevas esclavitudes. Aumentan la increencia, el ateísmo, la indiferencia religiosa. El pansexualismo y el capitalismo se han adueñado de muchos corazones.

Los tiempos que vivimos son desconcertantes. Constatamos que, de una manera alarmante, crece la adicción, la violencia doméstica, la pobreza, la promiscuidad sexual, las explotaciones de todo tipo. La gente se siente desorientada, insegura y sin esperanza. Por una parte vemos los avances de la ciencia y la tecnología; por otra, experimentamos la imposibilidad de luchar contra un sistema que nos domina y que produce injusticias, guerras, desigualdades y pobreza. El egocentrismo encierra a las personas y los grupos en sí mismos, reaparecen conflictos étnicos y actitudes racistas y xenófobas, y se acrecienta la competitividad en el trabajo. Este desánimo genera miedo a afrontar el futuro e impide tomar decisiones definitivas de por vida.

Tenemos motivos para la queja, porque deseamos mucho y con impaciencia. Pero son precisamente los momentos difíciles los que nos pueden ayudar a esperar y a confiar.

Tenemos que descubrir que la vida tiene mucho de búsqueda e implica afrontar encrucijadas, saltar al vacío, pero también es una fiesta, es ver todo lo que hay de hermoso y bello en ella, y poder celebrarlo con ojos limpios y corazón sano.

Vivimos en un mundo cambiante. Constatamos que valores de otros tiempos, instituciones y pertenencias que se mostraban seguros, hoy ya no sirven. Todo cambia con rapidez. No podemos acercarnos a una época de cambios profundos con la mentalidad de otros tiempos. No nos sirven los esquemas de antaño. La realidad fluye bajo nuestros pies. Puede invadirnos una sensación de vértigo, confusión y miedo; como los discípulos en medio de la noche del lago de Galilea, vemos nuestra pequeña barca amenazada por las olas. No hay que temer. Cuando descubrimos a Jesús caminando sobre las aguas, y él sube a nuestra barca, entonces podemos navegar hacia la tierra firme, donde se construye el reino de Dios. Solo tendremos que remar al unísono.

Puede ser que no estemos mejor o peor que en otros tiempos, sino que no somos capaces de distanciarnos de las cosas. El mal nos toca, nos llega de cerca. No podemos aislarnos, los medios de comunicación han invadido nuestra vida y nos obligan a respirar un aire viciado.

Hemos perdido el sentido de Dios y de lo sagrado. Nuestra sociedad ha vuelto la espalda a Dios y, en consecuencia, vive sin sentido de lo sagrado. No vemos modelos de bien hacer en ninguna esfera de la vida social. La familia está recibiendo ataques en sus valores y se habla de que los jóvenes, en general, han perdido los valores.

Pero es precisamente aquí, en esta nuestra pobre y trágica realidad, donde tiene un gran papel la esperanza. Vivir sin ella es un gran peligro. Es el peligro mayor, el de sujetarnos solo a la inmediatez de las cosas, tan caducas, tan leves, tan inconsistentes.

El hambre

Entonces Jesús levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: «“¿Con qué compraremos panes para que coman estos?”. Lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer» ( Jn 6,1-15).

También hoy Jesús quiere que nosotros busquemos soluciones al problema del hambre. Sabemos que este no es problema de carestía ni de falta de alimentos. El gran problema es de ojos que no ven a los hambrientos y corazones insensibles a los sufrimientos ajenos.

Existe un gran desequilibrio económico, social y cultural y este desequilibrio nos divide en lo que llamamos «Primer mundo», «Tercer mundo» e incluso «Cuarto mundo». Los países ricos crean, para consumir, necesidades superfluas. Los pobres no logran matar el hambre. Mientras los dueños del mundo juegan a hacer de la tierra una «tecnópolis», otros caminan a ciegas por el camino tortuoso del desequilibrio ecológico y contemplan angustiados las grandes masas de parias en su geografía de origen.

«El mundo es un carro de heno del que cada uno toma lo que puede», reza un proverbio flamenco. El Bosco pintó hacia 1516 un tríptico, que hoy podemos admirar en el Museo del Prado, en cuya tabla central aparece una escena cargada de violencia, con hombres y mujeres de diversas clases sociales luchando entre sí para apoderarse de una parte del heno transportado en un enorme carro, mientras algunos caen aplastados bajo sus ruedas. Así es la triste realidad de nuestro mundo. No obstante, conviene hacer un tratamiento «científico» de la pobreza y la exclusión con el método propio de las ciencias sociales, aun cuando provoque menos pasión que la contemplación del cuadro de El Bosco; y este, a su vez, menos que la experiencia personal de quienes viven o trabajan en el Cuarto mundo. Todo lo cual tiene su importancia, porque, como decía Merleau-Ponty, «uno no se convierte en revolucionario por la ciencia, sino por la indignación. La ciencia viene luego a llenar y precisar esa protesta vacía».

Hay muchas clases de pobrezas, las hay pobrezas absolutas y pobrezas relativas. Pero cuando hablamos de pobres, nos referimos a los que sufren las carencias materiales que, normalmente, suelen ir asociadas a otras deficiencias sanitarias, educacionales, familiares y sociales.

El 24 de junio de 2014 publicaba Ramón Lobo un reportaje, en Tinta Libre, titulado «Sur Sudán: el fracaso de una esperanza». Sudán del Sur, el país más joven del mundo, nacido hace apenas tres años, tiene de todo: petróleo, agua abundante, una tierra fértil, minerales por descubrir y el apoyo de las iglesias cristianas de EE.UU. que lo protegían frente al Norte, el Sudán musulmán. La esperanza saltó por los aires el 15 de diciembre de 2013 por una disputa de poder entre los jefes de las dos principales etnias: el presidente (dinka) Salva Kiir y su exvicepresidente (nuer) Riek Machar. Como consecuencia quedó un gigantesco campo de desplazados, miles de chozas techadas con plásticos blancos de las agencias de ayuda de Naciones Unidas. Huele a miseria, a hambre, a basura, a tristeza. No hay agua, no hay luz, no hay trabajo.

Cada cuatro segundos muere una persona de hambre en el mundo. Cinco millones de niños mueren de hambre al año. Al año son ocho millones según la FAO, cinco de los cuales son niños. Más de mil millones de personas pasan hambre a diario, según los últimos datos publicados por la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en Roma. El incremento es consecuencia de la crisis económica mundial, que provoca una disminución de los ingresos y un incremento del paro. De este modo, se ha reducido el acceso de los pobres a los alimentos, señala la FAO.

No podemos olvidar que tras las cifras se ocultan muchos dramas personales. Como dijo Lenin en cierta ocasión: «Una muerte es una tragedia; un millón de muertes es una estadística». Yo diría, mejor, que un millón de muertes son diez millones de tragedias. Todos los derechos humanos son importantes y lo es el de la libertad; pero «la libertad sin pan es una flor sobre un cadáver» (P. Casaldáliga).

Nuestro mundo está dividido en «inhumanos unos, e infrahumanos los otros» (san Juan Crisóstomo). Atahualpa Yupanki cantaba: «Hay cosas en este mundo / más importantes que Dios / que un hombre no escupa sangre / que otros vivan mejor...». Gentes como vosotros, creyentes de ese Dios de luz, sois un ejército de bondad que tinta el mundo con la pintura del amor. No podemos permitir que la creación de riqueza se haga a costa del crecimiento humano. Este mundo tendrá que ser construido por nosotros mismos, mujeres y hombres, a favor de los más desposeídos.

Librar a la humanidad del hambre y la malnutrición requiere no solo habilidades técnicas, «sino sobre todo un genuino espíritu de cooperación que una a todos los hombres y mujeres de buena voluntad», exhortaba Benedicto XVI. El Papa constató los obstáculos para acabar con el flagelo del hambre: «conflictos armados, enfermedades, calamidades atmosféricas, condiciones ambientales y desplazamiento forzoso masivo de población». No se terminará el hambre en el mundo ni habrá paz mientras no haya una mayor justicia social. Necesitamos la paz, cierto, pero esta solo arraiga en la justicia.

Cultura de muerte

«Mira, yo pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Si escuchas los mandamientos de Dios [...] vivirás y te multiplicarás» (Dt 30,15-17). Hay muchas personas que, desgraciadamente, han optado por la cultura de la muerte. A diario vemos cómo se arranca la vida en el seno materno, se deja que millones de niños mueran de hambre y se abandona al anciano a su suerte. La violencia se ha adueñado de los corazones y campa en los medios de comunicación, en los hogares, en el trabajo, en la calle. Vivimos divididos. Hemos levantado muros para alejar al que nos molesta, bien sea por su color, lengua, religión. Hacemos acepción de personas, no seguimos el ejemplo de Jesús.

Existe una pasión por la muerte que debiera ser transformada en pasión por la vida. Nos falta por descubrir la fuerza de la no violencia, del amor, el valor de la vida, de la paz. Debemos educarnos para la paz, para la convivencia, para optar por la búsqueda de un mundo más humano y justo. Somos, de algún modo, hijos del pecado, de la injusticia, de la violencia; estamos heridos de muerte, y es por ello que todos necesitamos perdonar y ser perdonados.

Muchos aman la cultura de la muerte y nosotros, sin buscarlo ni quererlo, nos movemos y vivimos inmersos en este mundo del desprecio a la vida. A veces, constatamos que, en casi todos los ambientes, triunfa la fuerza. Y esta cultura de la fuerza es competitiva, no compasiva, es contraria a la misericordia. Esta sociedad engendra hombres violentos. Para esta corriente cultural de la fuerza, la misericordia no es solo signo de debilidad, sino generadora de pasividad. Para ellos las personas se convierten en seres pasivos y dependientes, incapaces de tomar decisiones propias y de asumir su propio destino. La misericordia, dicen, crea «mendigos crónicos». Una humanidad evolucionada está reclamando competición, no compasión. La compasión acarrea debilidad. En el fondo de esta posición resuena el aforismo de Nietzsche: «¿Dónde reside tu mayor peligro? En la compasión».

Por el contrario, todo cristiano tiene la obligación de amar y defender la vida. No solo ha de gritar ¡viva la vida!, sino que ha de cuidarla y protegerla. El creyente tiene que dedicarse con amor a la criatura humana, cuidarla y amarla, dar todo su tiempo con gozo y alegría, atender al enfermo incurable, acompañar con amor y con paciencia al anciano, a los más infelices y despreciados. Si cuidásemos con amor a los enfermos y ancianos, si estos se sintieran de verdad atendidos, valorados y queridos, si fueran tratados con cariño, ninguno de ellos pediría una inyección para terminar la vida.

En 1964 se corrió la noticia de que Vietnam del Norte había atacado a dos destructores norteamericanos. En los diez años siguientes morían dos millones de vietnamitas y 58.000 soldados estadounidenses.

En ese mismo año de 1964, J. Vanier fundó «El Arca», una institución en la que personas con discapacidades intelectuales y quienes les ayudan comparten sus vidas, forjando una red internacional de comunidades repartidas por los cinco continentes. J. Vanier es también cofundador de «Fe y Luz», movimiento que agrupa a personas discapacitadas, a sus familiares y a sus amigos en mil quinientas comunidades en todo el mundo. El papa Juan Pablo II lo definió como «un gran portavoz de la cultura de la solidaridad y la civilización del amor».

J. Vanier, que ha dedicado toda su vida a los pobres, confiesa que son los pobres y los débiles los que nos sanan; ellos nos llaman a construir una comunidad. En nuestro mundo que sufre de dolor y violencia, «El Arca» constituye un signo de esperanza.

Es necesario cambiar este mundo con amor; es urgente la paz. Si pudiéramos amar a nuestros enemigos y siguiéramos las enseñanzas de Jesús, cambiaría la historia del mundo, recuerda J. Vanier.

Y, por supuesto, se puede cambiar la cultura de la muerte en vida si tenemos corazón y lo queremos. Cuentan que un anciano subió a las cumbres del Himalaya. Todos se extrañaban del prodigio. Alguien apuntó la respuesta verdadera: «Subió con sus pies a las cumbres porque su corazón subió primero».

«No» a la violencia

Es muy difícil restaurar la confianza en una mente invadida por el miedo, que es una de las peores, si no la peor, de las emociones. Pero Dios, que es amor, es más poderoso que nuestro miedo y ha sentido en su corazón humano las emociones de sus criaturas. Finalmente, y después de florecer y hacerse fuertes, los Estados que se sirven del terror para mantener y controlar el poder, léase el terrorismo, terminan por sucumbir ellos mismos a la violencia. Porque la violencia engendra violencia y esta va siempre acompañada del resto de vicios capitales, como la envidia, la soberbia, la ira y la ceguera de la mente.

Hay una gran fuerza en la no violencia. Gandhi descubrió su poder. En África conoció de cerca el sufrimiento y el dolor de aquellas personas que eran rechazadas por unos prejuicios sociales. Es entonces cuando empieza su método de la no violencia o, como gustaba llamarlo, de la «fuerza de la verdad».

En 1948 inicia su último ayuno para terminar con la lucha fratricida entre hindúes, musulmanes y otros grupos. Él creía en Dios, en el ser humano y en los medios pacíficos para conseguir la paz y la felicidad en la tierra. Tenía una convicción profundamente arraigada: que solo la no violencia puede salvar a la humanidad. La no violencia es el mensaje central de la Biblia, tal como yo entiendo ese «dichosos los pacíficos», dicho por Cristo en el Sermón de la Montaña.

Tenía una fe absoluta en que el amor es el arma más grande que existe a disposición de la humanidad. Creía que la fuerza que nace de la verdad puede reemplazar la violencia y la guerra.

La globalización puede ser un movimiento que despierta violencias inusitadas. Entre los aspectos negativos hay que señalar los cambios rápidos producidos, que crean en las personas confusión y dispersión; el influjo negativo de los medios de comunicación; la búsqueda de placer con gratificación inmediata; la pérdida, en muchas ocasiones, de la «pertenencia» a lo propio, a lo autóctono.

En lo positivo podemos destacar una mayor comunicación entre los pueblos, más oportunidades para los avances del mundo, más sensibilidad para con los otros y mejores formas de compartir.

Ante esta realidad tenemos que descubrir, en todo momento, lo que vivimos y comprometernos en la construcción del Reino de Dios. El Reino de Dios tiene rostros humanos concretos: el del enfermo, el del pobre, el del explotado, el de la víctima, el de tantas personas que se encuentra lejos de tener los derechos humanos más elementales.

A lo largo de la historia, muchas personas con buena voluntad han muerto para emancipar a los pobres y oprimidos. En muchas ocasiones, desgraciadamente, solo se consiguió sustituir un régimen de opresión por otro. Esto ha pasado con todas las revoluciones que prometían el paraíso, el arreglo de todos los problemas; solo han servido, en muchas ocasiones, de plataforma para que algunos pocos puedan subir al poder y enriquecerse.

«El infierno son los otros»: esta conocida frase de Sartre resume a la perfección el vacío y el nihilismo modernos. En 1968, en la época en que el autor francés desarrolló su obra, un joven teólogo alemán J. Ratzinger pronunciaba en Múnich una conferencia en la que defendía lo contrario: el infierno es estar solo.

Dios calla

¿Cuál es el origen de los males y por qué Dios no los elimina? Es una pregunta que todos los seres humanos se hacen con frecuencia.

Voltaire se preguntó lo mismo tras el terremoto que destruyó Lisboa en 1755. ¿Dónde está Dios cuando el hombre sufre? La pregunta está en boca de todos y en todos los tiempos. El poeta peruano César Vallejo, pensando en todos los atropellados del mundo, exclamó: «Yo nací un día que Dios estaba enfermo y grave». M. Horkheimer afirmaba: «Frente al dolor del mundo o la injusticia, es imposible creer en el dogma de la existencia de un Dios omnipotente y sumamente bueno».

Dios calla, aparentemente, y no ofrece ninguna respuesta a quienes buscamos razones o explicaciones, principalmente del sufrimiento del ser humano. Ante las grandes catástrofes y males de nuestra sociedad seguimos preguntándonos: ¿Dónde estarán las manos de Dios?

Dios no tiene la culpa de nuestros males aunque, según nosotros, deje morir a los niños, o permita que se cometan abusos, o no responda a nuestros ruegos. Es cierto que Dios dirige nuestra vida, pero respeta nuestra libertad. Con frecuencia solemos prescindir de Dios llevados por este tipo de reflexiones. Y este es nuestro mayor error. Porque necesitamos urgentemente perdonar a Dios pero, sobre todo, perdonarnos a nosotros mismos. En el fondo es el amor incondicional por nosotros mismos lo que buscamos desesperadamente, las más de las veces a través de sucedáneos. Se empieza a caminar perdonándonos. Porque lo queramos o no, Dios está presente especialmente en los que sufren. No se ha ido de nuestras vidas ni nos ha abandonado; por el contrario, ha tomado partido por el ser humano. Él es amigo de la vida, no del sufrimiento ni de la muerte.

Es necesario recordar los gritos y lamentos de tantos rostros sufrientes y desfigurados que, desde el olvido y el maltrato, piden justicia y amor. Y, en esta situación, nos preguntamos: ¿Cómo anunciar al Dios de la vida a personas que sufren una muerte prematura e injusta? ¿Cómo reconocer el don gratuito de su amor y su justicia a partir del sufrimiento del inocente?

Sabemos que no podemos comprender el misterio del dolor, pero mucho menos en el caso del inocente. Solo en Cristo, Dios y hombre, podemos mirar toda nuestra debilidad y nuestra miseria; en Dios, que es nuestra esperanza. Dios se encarna en Cristo, pero también se encarna en los cristianos. Lo curioso es que en muchas naciones cristianas no se ve palpable el amor de Dios porque reina la injusticia, el hambre y la guerra. Será la Iglesia la que tendrá que hacer presente a Dios, a Cristo, por su testimonio de vida.

Dios está presente, no se ha ido de nuestras vidas. En los momentos más trágicos, ahí está Él, sin poder hacer nada, porque nosotros le hemos atado las manos. Entonces no hay que preguntar dónde está Dios, sino dónde estamos nosotros. Dios está presente, sigue vivo allí donde los seres humanos le dejan actuar. Dios no nos abandona. Dios no ha muerto, afirman los creyentes, y está donde un hombre trabaja y un corazón le responde.

Era el 1 de diciembre de 1955, cuando Rosa Parks estaba sentada en el autobús, extenuada por su larga jornada de trabajo y, sobre todo, por las leyes injustas de Alabama que imponían que los negros debían sentarse en la parte posterior de los transportes públicos, o permanecer de pie si no había sitio detrás. En aquella tarde Rosa ocupó un asiento que no le correspondía y se negó el cedérselo a un blanco. Estaba cansada de inclinar siempre la cabeza ante las leyes que habían creado los blancos, etiquetando a los negros como ciudadanos de segunda categoría. Su rebelión le costó un arresto, pero Rosa no sabía que su gesto marcaría un punto sin retorno en la historia de la segregación racial.

Otra página vergonzosa de la historia de la violencia es el racismo, la segregación racial institucionalizada legalmente, tal como se vivió en Estados Unidos y en Sudáfrica. Formando parte de la herencia de la dominación británica, Estados Unidos recibió la esclavitud. Se esperaba que fuera desapareciendo poco a poco, pero en los Estados del Sur ocurrió lo contrario: los 750.000 esclavos existentes cuando el Tratado de París reconoció la independencia (1783) habían aumentado a dos millones en 1830, y a cuatro millones en 1860.

En 1991 quedó abolido el régimen del apartheid en Sudáfrica, gracias al liderazgo de Nelson Mandela. Sin embargo, aunque ha desaparecido en Sudáfrica el apartheid legal, sigue vivo el apartheid psicológico, y cada día mueren más de 50 negros.

El racismo se adquiere, normalmente, a través de la cultura y se manifiesta en el conjunto de prejuicios, mitos y actitudes colectivas de los grupos. El racismo existe en casi todos los pueblos, aunque ellos no se consideren así. Hace años, cuando en España todos los niños de un colegio eran García, Sánchez, Gómez, decíamos que no éramos racistas. Y, por supuesto, ni nos planteábamos que pudiéramos serlo. La llegada de inmigrantes ha puesto a prueba nuestra tolerancia. Un estudio realizado por «SOS Racismo» en la Comunidad de Aragón refleja crudamente el sentir de buena parte de la sociedad española. Según aparecía en un periódico, «el 20 por ciento de los profesores de Secundaria y el 30 por ciento de los alumnos aragoneses ven a los inmigrantes como un foco de problemas, no se sienten cómodos con ellos y creen que ha sido negativa la creciente afluencia de extranjeros a su región». Y quien dice Aragón, dice cualquier otra comunidad autónoma.

Todos, a nivel de ideas, admitimos que el negro (la gente de color como llaman otros), es un ser humano, pero cuando llega el momento de tratar con negros en el trabajo, en la calle, es frecuente reaccionar como aquel personaje de F. Dostoievski que decía: «Cuanto más amo a la Humanidad en general, tanto menos amo a los hombres en particular [...]. Me vuelvo enemigo de la gente en cuanto la tengo cerca».

El 15 de febrero de 2015, el historiador J. Álvarez Junco ofrecía un artículo en El País titulado «Religión y violencia». Lo escribió a raíz del atentado de Charlie Hebdo. Hoy es insostenible el racismo clásico; sin embargo, ha surgido un nuevo racismo basado no en las diferencias biológicas, sino en las diferencias culturales y religiosas. Así existe la xenofobia. Se tiene miedo del extranjero, se le aparta, y surgen los ataques hacia los mismos, fruto, quizá, de nuestro inconsciente colectivo.

Cristo derribó el muro de odio que separaba a los pueblos (Ef 2,14). «Ya no hay distinción entre judíos y no judíos», afirma con rotundidad Pablo (Gál 3,28). El Evangelio es fuerza de Dios para que se salve todo el que cree, tanto si es judío como si no lo es (Rom 1,16). Todos somos hijos del mismo Padre. Dios creó, de un solo principio, todo el linaje humano (He 17,26).

Cuando Juan Pablo II visitó Isla Mauricio, una sociedad multirracial, recordó, como Jesús, que es importante tener «un ojo sano» (Mt 6,22). Tener «un ojo sano» significa estar convencido de la igual dignidad de toda raza, ya que el Creador ha creado a todos los hombres a su imagen, y de que prójimo es todo hombre al que encuentro en mi camino.

Arquitectos del Reino

El 10 de noviembre de 1989 se celebraba la caída del muro de Berlín. Fue la reconciliación de las dos Alemanias un ejemplo a seguir; fue como una bocanada de aire puro, de confianza que corría por nuestras venas.