La maniobra de la tortuga - Benito Olmo - E-Book

La maniobra de la tortuga E-Book

Benito Olmo

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Beschreibung

UNA IMPECABLE TRAMA CRIMINAL AMBIENTADA EN CÁDIZ Tras un desafortunado incidente, el inspector Bianquetti se ve obligado a aceptar un traslado a Cádiz, un destino presumiblemente tranquilo en el que sus superiores creen que no podrá causar problemas, lo que, dado su historial violento e imprevisible, es algo difícil de asegurar. El asesinato de una joven colombiana de dieciséis años lo hará salir de su letargo. Bianquetti se lanzará a la búsqueda del culpable e iniciará una investigación en solitario en la que tendrá que echar mano de todos sus recursos para dar con el asesino. A medida que pasan las páginas, la trama se volverá más oscura y absorbente, dejando al descubierto una peligrosa red de corrupción, violencia e impunidad.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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A Paula. Todo.

Prólogo

Adrenalina pura para el corazón

Todavía no me había recuperado del fracaso cosechado en el asunto de la rubia platino cuando aquel caso me estalló en la cara como lo hace en el paladar el sabor a madera vieja del buen bourbon.

Siguiendo los pasos de un escurridizo asesino en serie que se había llevado por delante a unos cuantos desafortunados en mi ciudad natal, Valladolid, me desplacé hasta Valencia a principios del mes de mayo del 2013.

Allí fue la primera vez que oí hablar de él.

El día acompañaba. Lucía el sol, la temperatura era buena y daba la impresión de que ese sábado los valencianos se habían tirado a la calle como si el mundo se fuera a terminar con las últimas luces del día. Recuerdo que tuve que dejar mi gabardina en el coche antes de acudir a la cita fijada con Ramón Palomar y Alicia Giménez Bartlett, dos confidentes que habrían de soltarme la información que andaba buscando para continuar avanzando en aquel encargo que me ardía entre las manos. Algo más tarde, tratando de indagar en el perfil de aquel sociópata narcisista, me vi interrogando a libreros de caseta en caseta, flotando sin rumbo como una cometa, y sin hilo, a merced de la primera corriente que me encontrara en el camino.

Pero siempre hay ráfagas favorables, solo hay que saber distinguirlas, y la mía llegó a modo de sugerencia.

—Tienes que hablar con Benito Olmo, ese tipo sabe más de lo que aparenta —me susurró alguien.

Nunca había oído hablar de él, pero, según pude averiguar, atesoraba más experiencia que yo —lo cual no era difícil, pues no era más que un recién llegado en el mundo de la investigación privada— y estaba tratando de ampliar su área de influencia desde Cádiz.

«Cojones tiene», pensé.

Y no me equivocaba, porque resultó que cojones tenía.

Un tipo de buena talla, ojos fisgones y noble sonrisa me esperaba con la mano tendida y muchas palabras que pronunciar. Me relató cómo acababa de dar carpetazo a un complicado caso de un escritor refugiado en sí mismo que cae en el pozo de las sombras de un escabroso pasado antes de verse deslumbrado por las luces de un amor poco menos que imposible. Aquella historia aconteció en Granada y, según me confirmaron otros, había logrado resolverlo con mucha más pericia que reconocimiento. Aquel primer encuentro duró más bien poco, pero lo suficiente para que me dejara un poso indeleble, una conclusión, una certeza: yo era un calvo con suerte, un privilegiado.

Poco después, naufragando en la espuma de la cerveza que tenía delante, empecé a considerar de otra forma el hecho de haber contado desde el principio con un revólver cargado con la munición del sello editorial al que yo representaba. Unas balas que sin duda facilitan el desempeño de mi profesión a la hora de enfrentarme a las dificultades del día a día. Aquel gaditano, en cambio, tenía que desgastar las suelas de sus zapatos para encontrar clientes y casos en los que trabajar.

Tenía que saber más sobre Benito Olmo.

Así, me propuse escarbar en sus antecedentes a través de un informe que él mismo me facilitó del caso Mil cosas que no te dije antes de perderte. Solo me hizo falta leer las primeras páginas para cerciorarme de que sabía perfectamente lo que hacía. Cuando lo terminé leí mis notas: trama de muchos quilates, bien equilibrada y estructurada con gran acierto; uso de un léxico variado y enriquecedor; personajes bien dibujados y perfectamente interpretados. Pero, sobre todo, subrayé varias veces el uso honesto de la prosa.

Un investigador de la vieja escuela, ese era Benito Olmo.

Pasaron algunos meses hasta que volví a coincidir con él. Esta vez el escenario fue el madrileño Parque del Retiro. Yo continuaba persiguiendo a mi escurridizo asesino en serie mientras él andaba metido en asuntos varios a la espera de recibir noticias que allanaran su futuro. Se le notaba esperanzado, con ganas renovadas de seguir peleando por hacerse un sitio en aquel complicado negocio y, sin poder evitarlo, me dejé contagiar por aquellas emociones para afrontar la última etapa de mi viaje.

A partir de entonces estrechamos los lazos de la amistad y atravesamos esa invisible barrera que separa la profesionalidad de la confidencialidad; fuimos algo más que colegas compartiendo un mismo oficio.

Sin embargo, no fue hasta el último encuentro que tuve con Benito cuando comprendí por fin las razones que alimentaban su entusiasmo. Fue en Sevilla, pero no vino solo.

Porque él también escondía un as en la manga. Adrenalina pura para el corazón.

Porque contar con el apoyo absoluto de la persona con la que compartes a diario tus sueños vale mucho más que trabajar en el mejor de los sellos editoriales.

Y sé muy bien de lo que hablo, créanme.

Paula, sirvan estas últimas líneas como agradecimiento de parte de todos los que ya somos lectores de Benito. Y de todos los que llegarán.

Benito, ya eras un gran investigador antes de que te concedieran la licencia, ahora solo tienes que demostrarlo.

Aquí nos tienes.

César Pérez Gellida, un amigo

Capítulo 0

Club Dimas, Jerez de la FronteraSábado, 22:05 horas

Las putas se contoneaban de un lado para otro, en biquini o ropa interior, tratando de llamar la atención de la docena de hombres que las devoraban con la mirada desde la barra. Pese a ser sábado, el local no estaba demasiado concurrido y Manuel escogió una mesa situada en un rincón alejado de la entrada desde donde podía contemplar cómo, uno tras otro, los clientes caían en las provocaciones de las chicas y consentían en invitarlas a una ronda. Estas, conocedoras de su cometido, pedían copas de champán que después les cobrarían a precio de oro.

Manuel decidió que no le disgustaba aquel sitio. A pesar de la decoración sesentera y recargada, con neones rojos, taburetes cromados y anticuados sofás de piel, resultaba agradable fumar y beber en la penumbra que proporcionaba la escasa iluminación del local. Las chicas no tenían mala pinta, aunque eso era lo de menos. Un par de ellas se le habían acercado nada más llegar esgrimiendo sonrisas que pretendían ser provocativas, pero enseguida se dieron cuenta de que no había ido en busca de compañía, sino más bien todo lo contrario.

Llamó la atención de una de las camareras sosteniendo el tercio de cerveza vacío en alto y esta se acercó a su mesa y se lo cambió por uno lleno al instante. «Esto es eficiencia», pensó. Antes de que pudiera darle el primer sorbo, las puertas del local se abrieron y entró un grupo de cuatro hombres que se acodaron en la barra y comenzaron a pedir de forma desordenada. Manuel se fijó en uno de ellos en particular y, cuando sus miradas se encontraron, supo que algo iba mal.

Un destello de reconocimiento brilló en las facciones del individuo, que apartó la mirada de inmediato, y Manuel dio un largo trago directamente del gollete sin quitarle los ojos de encima. Le observó dar un leve codazo a uno de sus acompañantes y decirle algo al oído. Ninguno se volvió para mirarle, pero tampoco hizo falta que lo hicieran.

Manuel no creía en las casualidades. No lo había hecho nunca, lo que le había salvado el pellejo en más de una ocasión. Por eso, en cuanto reconoció a aquel tipo supo que tendría suerte si acababa la noche de una pieza. Era el mismo al que había detectado siguiéndole aquella misma tarde al volante de un Fiat de color azul eléctrico y al que creía haber despistado sin demasiadas complicaciones.

Que coincidiera con aquel individuo dos veces en un mismo día no podía ser casualidad, y que encima apareciera en compañía de otros tres amigotes no resultaba nada tranquilizador. Todos tenían el mismo aspecto patibulario, maleantes de medio pelo con colgantes y anillos de oro y ropa poco discreta, y Manuel intuyó que por separado no debían de ser demasiado peligrosos. Sin embargo, cuatro contra uno era una apuesta perdida de antemano. Una desventaja insalvable a la que no podría hacer frente con las manos vacías. Dio un nuevo trago a la cerveza mientras su cerebro carburaba a toda velocidad. La salida estaba en el lado opuesto del local y para llegar hasta allí tendría que pasar a la fuerza junto a aquel grupo. ¿Irían armados? Se preguntó si le asaltarían allí mismo o si tenían planeado dejarle salir para después atacarle en el aparcamiento. Había dejado su revólver en el coche, pero dudaba que fueran a dejarle llegar hasta él y masculló una maldición mientras calculaba riesgos y probabilidades de éxito. Por más vueltas que le daba no veía la manera de salir bien parado de aquel embrollo y comenzó a asumir que tenía que actuar cuanto antes. No podía dejar que aquellos tipos tomaran la iniciativa.

¿Quién les habría enviado? Aunque en aquel momento su principal preocupación era salir indemne de allí, sabía que tendría que plantearse aquella cuestión antes o después. De lo que estaba seguro era de que debía de haber cabreado mucho a alguien. Eso justificaría que se tomasen tantas molestias para quitarle de la circulación.

Los cuatro individuos le dirigían miradas nerviosas cada pocos segundos y Manuel intuyó que no las tenían todas consigo. A pesar de la ventaja numérica, su envergadura debía de hacerles presagiar que no iba a ser nada fácil someterle. Parecían aterrorizados. No sería la primera vez que ganaba una pelea sin lanzar un solo puñetazo, ya que muchos matones recapacitaban en cuanto tenían delante sus más de dos metros de altura y capitulaban antes siquiera de empezar a soltar golpes. «Mejor no contar con que se rindan», pensó mientras dejaba el tercio vacío sobre la mesa y tomaba una decisión. Se puso en pie de forma lenta, lo suficientemente despacio para acentuar su tamaño y que pareciera que no terminaba de levantarse nunca. Trastabilló un poco, fingiendo estar borracho, y vio de reojo cómo los maleantes cruzaban miradas extasiadas, tal que si acabasen de ver multiplicadas sus posibilidades de éxito. Más valía que le creyesen ebrio y torpe a que supieran que hacía un rato que había reparado en ellos.

Caminó hasta la barra tambaleándose y constató que los cuatro rufianes se alborotaban. Uno de ellos dijo algo en voz baja y los demás rieron la ocurrencia, nerviosos. Manuel sacó un billete arrugado y se lo dio a la camarera, que lo hizo desaparecer en algún lugar bajo la barra y se alejó sin devolverle el cambio. «Va a resultar que soy mejor actor de lo que creía», pensó.

—Qué feo es el hijoputa —oyó decir.

De nuevo apreció risas nerviosas, contenidas, provenientes del grupo de matones. Ya no se molestaban en disimular, no creían tener que hacerlo. Manuel siguió mirando al frente, como si continuase esperando a que la camarera regresara con su cambio, mientras medía mentalmente la distancia que le separaba del grupo y calculaba sus posibilidades.

«A tomar por culo», pensó. Si aquellos tipos creían que iba a dejarles machacarle sin más estaban muy equivocados. Se volvió hacia ellos y los miró uno por uno. Identificó al gracioso que había soltado aquel chascarrillo sobre su aspecto y le dedicó una sonrisa lobuna, logrando que se le congelaran las facciones en una mueca de espanto. Sus rostros evidenciaron que estaban llegando por sí solos a las mismas conclusiones, una tras otra: en primer lugar, algo como «Se ha dado cuenta, sabe que venimos a por él y no está dispuesto a ponérnoslo fácil». Un instante más tarde llegaba la segunda conclusión: «No está borracho en absoluto. Ha fingido estar ebrio para que nos confiemos y bajemos la guardia».

Antes de que pudieran extraer una tercera conclusión, Manuel cogió el taburete que tenía al lado y lo levantó sobre su cabeza. Debía de pesar unos veinte kilos, pero lo enarboló como si fuera un maldito mondadientes, algo que tampoco les pasó desapercibido. Sin tiempo para reaccionar, los maleantes le vieron lanzar el taburete contra ellos y derribar a los dos que tenía más cerca.

Algunas chicas comenzaron a chillar ante la trifulca que se avecinaba y, sin darles tiempo a recomponerse, Manuel se desplazó hasta el grupo con una rapidez que nunca habrían atribuido a alguien de su tamaño. Se plantó ante el más gracioso de los cuatro y le soltó un manotazo en la mejilla que sonó como si una corriente de aire hubiera cerrado de golpe las puertas del infierno.

Blam.

Le vio poner los ojos en blanco y caer desmadejado, igual que un títere al que hubieran cortado los hilos. «Uno menos del que preocuparse», pensó mientras se revolvía y salía a la carrera del club.

Una vez fuera se colocó junto a la puerta y armó el brazo. No pensaba cometer el error de echar a correr hacia su coche y dar la espalda a aquellos matones, consciente de que aprovecharían la oportunidad para echársele encima. Dado que no iba a poder llegar hasta su arma, la única opción viable era un ataque directo, por lo que en cuanto vio asomar la cabeza a otro de aquellos tipos le encajó un manotazo en pleno rostro que lo mandó a hacer compañía a su compinche al país de los sueños. Blam.

Detrás de aquel individuo venían los dos a los que había derribado al lanzarles el taburete, ya recompuestos y preparados para la batalla y, antes de que pudiera armar el brazo de nuevo, se le echaron encima arrojándole una lluvia de puñetazos en el rostro que le hicieron retroceder.

Manuel acertó a devolver un par de golpes, pero sabía que ya era demasiado tarde y no tardó en trastabillar y tropezar con algo que le hizo caer de culo sobre el suelo de grava del aparcamiento con un estrépito similar al que habría provocado un árbol recién talado. Los matones supieron que no iban a tener otra oportunidad como aquella y, tras saltarle encima, redoblaron sus esfuerzos y le machacaron sin piedad con puñetazos de los que Manuel trató de cubrirse colocando ambas manos frente a su rostro mientras rezaba por no desmayarse. «Como lo haga, soy hombre muerto.»

En un momento de lucidez, en plena lluvia de golpes con dos indeseables sentados sobre él, alcanzó a recordar las circunstancias que le habían llevado a acabar en el aparcamiento de un burdel perdido de la mano de Dios recibiendo la paliza de su vida.

Todo había comenzado con la muerte de una chica. No tenía claros los motivos que hicieron que emprendiera aquella cruzada solitaria para desenmascarar a su asesino, aunque puede que tuviesen algo que ver con el hecho de que sus compañeros y superiores le hubieran repetido una y otra vez que se mantuviera al margen.

El sabor metálico de la sangre le sacó de sus ensoñaciones, enfureciéndole, y entre los dedos alcanzó a ver los rostros jadeantes y sudorosos de sus asaltantes. Si bien los golpes eran demoledores, lo que demostraba que se trataba de individuos experimentados en tales lances, sabía que no tardarían en cansarse y que sus puñetazos se volverían más lentos y menos certeros. Nadie podría mantener aquella cadencia de golpes durante mucho tiempo, «ni siquiera el puto Mohamed Ali», se dijo y resolvió esperar su oportunidad. A pesar de todo, una parte de su cerebro no paraba de repetirle que aquello no era del todo malo y que si alguien se había molestado en mandar a esos cuatro para que le dieran un escarmiento era porque estaba en el camino correcto.

Estaba más cerca de atrapar al asesino de Clara Vidal.

«Si salgo de esta, claro», pensó.

Todo empezó con la muerte de una chica

Capítulo 1

Comisaría Provincial, CádizViernes, 6:57 horas

El día anterior, el inspector Manuel Bianquetti comenzó su jornada de la forma habitual. Llegó a comisaría unos minutos antes de las siete de la mañana, fichó y fue directamente al parque móvil. Cada mañana, los inspectores y subinspectores adscritos a la Comisaría Provincial de Cádiz se reunían a esa hora para organizar el servicio y repartir los asuntos pendientes y las tareas a realizar durante el día. Manuel no estaba invitado a las reuniones, ya que sus funciones en aquellas dependencias apenas requerían planificación, y prefería largarse a desayunar antes que compartir un solo minuto con los inútiles que tenía por compañeros.

En el parque móvil había varios vehículos a disposición de los agentes de paisano, entre ellos el desvencijado Opel Kadett que siempre escogía. La tapicería llena de quemaduras de cigarrillo y el olor a sudor y tabaco encastrado en el habitáculo, fruto de las innumerables noches de vigilancia en las que había servido, eran motivos más que suficientes para que nadie quisiera utilizarlo y resultaba incomprensible que todavía no lo hubieran mandado al desguace. Manuel estaba convencido de que aquella tartana y él tenían algo en común: nadie esperaba nada de ellos.

Encajado en el habitáculo del Kadett, que su corpulencia llenaba casi por completo, condujo hasta el Paseo Marítimo y se puso a la cola de la caravana de madrugadores que acudían a sus lugares de trabajo. El sol todavía no había hecho acto de presencia y el cielo estaba tan oscuro que bien podría haber sido noche cerrada. El viento de levante que llevaba varios días azotando la ciudad parecía haberse calmado al fin, aunque por todas partes se podían ver rescoldos de su furia: vallas publicitarias rotas, contenedores volcados, algunos ciclomotores derribados… Aquel molesto ventarrón, que cada pocas semanas asolaba la ciudad como si de un ciclón se tratase, era una de las cosas que más odiaba de Cádiz.

Llevaba menos de un año en aquella ciudad, pero no echaba de menos Madrid. Durante los primeros meses le pareció que Cádiz se le quedaba pequeño, con sus avenidas estrechas y aquella asfixiante disposición, rodeada de mar por todas partes. Sin embargo, con el tiempo la sensación de angustia había sido sustituida por una extraña resignación ante el modo de vida de aquel pequeño rincón olvidado al sur del sur, más pueblo que ciudad, que parecía regirse según sus propias normas.

Cuando llegó al final del Paseo Marítimo, casi en las afueras, aparcó en doble fila y entró en una tasca llamada El Candil. Había varias cafeterías en las inmediaciones de la comisaría, pero prefería acudir a aquel tugurio para evitar encontrarse con alguno de sus compañeros.

Nada más entrar saludó al camarero, se acodó en un extremo de la barra y pidió un cortado. Mientras esperaba, el aroma a café recién molido se introdujo en sus fosas nasales sin pedir permiso, un olor que a cualquiera le habría parecido de lo más agradable, pero que a Manuel le hizo arrugar la nariz merced a lo que tiempo atrás un médico calificó como olfato selectivo. Un defecto que provocaba que algunos olores le molestasen profundamente, mientras la mayoría pasaban por su pituitaria sin pena ni alegría.

Para combatir el olor encendió un cigarrillo y exhaló el humo hacia el techo. En aquel momento era el único cliente, por lo que no creyó que el camarero fuera a recriminarle que fumase. Además, llevaba acudiendo a aquel antro el tiempo suficiente como para que supiera que era policía y que se pasaba por el forro aquella absurda ley antitabaco.

—Como vengan los municipales y te vean fumando me va a caer una buena —dijo aquel mientras colocaba el café sobre la barra de madera llena de muescas y marcas de cigarrillos.

—No me vengas con esas —respondió Manuel, poco dado a reírle las gracias a nadie antes del primer café— o te mando una inspección para que cierre este nido de cucarachas.

El camarero esbozó una sonrisa incierta, sin saber si tomarse en serio o no la amenaza. Finalmente negó con la cabeza y le dio la espalda, dispuesto a olvidar el tema y seguir con su trabajo. Manuel probó el cortado y se concentró en el televisor grasiento que daba las noticias desde una esquina del establecimiento.

Aquella fue su primera toma de contacto con el asesinato de Clara Vidal. En la pantalla apareció una reportera frente a un cordón policial custodiado por un agente que trataba de contener a los periodistas que se amontonaban frente a él. Manuel intuyó que había pasado algo gordo, por lo que se acercó al televisor y, sin pedir permiso, utilizó uno de sus gigantescos dedos para pulsar el botón que controlaba el volumen del aparato. A su espalda el camarero alzó las cejas en un gesto ambiguo: por una parte, molesto porque aquel cliente se comportase como si estuviera en su casa; por otra, estupefacto ante la facilidad con la que era capaz de pulsar un botón al que él solo llegaba poniéndose de puntillas desde lo alto de una silla.

—… Ha sido hallada muerta esta mañana, dentro de un contenedor de basura —decía la periodista—. La joven ha sido identificada como Clara Vidal, de nacionalidad colombiana y dieciséis años de edad. Todavía se ignoran las causas de su muerte, aunque la policía está interrogando a los amigos y al novio de la víctima para tratar de esclarecer las circunstancias en las que se produjo.

La reportera dio paso a las declaraciones del novio de la chica, un joven sudamericano de aspecto despistado que hablaba de forma atropellada, aún en estado de shock.

—Anoche salimos a bailar, pero Clara se separó de nosotros —dijo, el labio inferior temblando entre palabra y palabra—. La llamamos más de mil veces, pero no cogió el teléfono. No sabemos adónde fue ni con quién…

Manuel apenas oyó las vagas explicaciones del muchacho mientras examinaba sus rasgos latinos con ojo clínico. La estadística jugaba en su contra y dedujo que el próximo paso que darían los investigadores encargados del caso sería detenerle y someterle a un interrogatorio más exhaustivo.

El recuerdo de Sol, su hija, y de las circunstancias que le habían hecho recalar en Cádiz se le presentó de forma abrupta. Ella también tenía dieciséis años cuando cayó en las garras de un degenerado, y trató de ahuyentar aquellos pensamientos apurando el café de un trago.

La reportera dio paso a otra noticia y Manuel volvió a la barra, pensativo. Cádiz no era Madrid y un homicidio no era algo con lo que estuvieran precisamente acostumbrados a lidiar en comisaría. Se preguntó cómo pensarían sus superiores manejar el asunto. ¿Se ocuparían ellos mismos de la investigación o esperarían a que mandaran a alguien desde la central de Sevilla para que se hiciera cargo?

De cualquier manera, decidió que no quería perdérselo. Normalmente no aparecía por comisaría antes de la hora de volver a fichar, pero para una vez que pasaba algo interesante quería ser testigo de primera fila de cómo se manejaban aquellos fenómenos que tenía por compañeros. Dejó unas monedas sobre la barra y salió del local mientras notaba la mirada del camarero clavada en su espalda, maldiciéndole entre dientes mientras rodeaba la barra y acercaba una silla al televisor para volver a ajustar el volumen.

«Quién sabe —pensó mientras montaba de nuevo en el Kadett—, tal vez me pidan que les eche una mano. Entonces sí que me voy a reír.»

Capítulo 2

Comisaría Provincial, CádizViernes, 7:50 horas

Volvió a dejar el Kadett en el parque móvil y anduvo hasta la escalinata que daba acceso a la comisaría. Una vez allí se acodó en la barandilla y esperó. Algunos periodistas ya estaban por la zona, apenas dos o tres, olfateando la carnaza. Veteranos que, como él, habían intuido la jugada y habían decidido adelantarse a sus compañeros y cubrir las primeras detenciones desde la propia comisaría.

Al cabo de media hora aparecieron tres zetas con los prioritarios encendidos y se detuvieron frente a la escalinata. En ese mismo momento, demostrando una sincronización perfecta, varios agentes salieron del edificio y formaron un pasillo desde la entrada hasta los patrulleros, entorpeciendo la labor de la prensa. Uno de ellos estuvo a punto de pedir a Manuel que se apartara de las escaleras, pero este le dirigió una mirada lo suficientemente convincente como para que se lo pensase mejor y decidiera no decirle nada.

Dos agentes salieron de uno de los patrulleros, abrieron el portón trasero y sacaron a un muchacho al que reconoció como el novio de la chica asesinada. Iba esposado y, por la forma en que miraba a su alrededor, parecía no saber cómo había llegado hasta allí. Echó a andar de forma dócil entre los policías que lo custodiaban acompañado de los chasquidos de las cámaras de los periodistas, que tomaban una foto tras otra.

Manuel trató de descifrar el rostro del chico. Vio temor, aunque también tristeza, el pesar de quien ha perdido a alguien pero todavía no ha sido capaz de asimilarlo. Era delgado y muy bajito, impresión que se acrecentaba al verle entre los fornidos agentes que le sujetaban por ambos brazos, y llevaba una camisa a cuadros y un anticuado peinado con la raya al lado. A lo largo de su carrera Manuel había conocido a asesinos de todas las razas y tamaños. Ricos y pobres, listos y tontos, nerviosos y tranquilos… Su experiencia le decía que cualquier persona, sometida al estímulo adecuado, es capaz de matar a otra y que no existe un perfil definido que permita reconocer y detener a un asesino sin el menor asomo de duda. Pese a ello, la primera impresión que le dio aquel joven no fue ni mucho menos la de un malhechor. En todo caso, debía de tratarse de un pobre diablo que en un arrebato de rabia y frustración había acabado con la vida de su pareja. Se lo decía su mirada huidiza, su manera de arrastrar los pies con resignación, los hombros ligeramente encorvados, como si tuviera la certeza de que alguien iba a golpearle de un momento a otro y se estuviera preparando para encajar el golpe.

Cuando comenzó a subir las escaleras sus miradas se encontraron y, a pesar de que estaban a un par de metros de distancia, Manuel vio en sus ojos mucho más de lo que habría deseado. Además de la impresión que solía causar en quienes le veían por primera vez, poco acostumbrados a su altura y su aspecto desproporcionado, creyó apreciar también desesperación, impotencia, una urgencia que interpretó como una señal de auxilio. Algo se removió en su interior, incapaz de asimilar lo que estaba viendo. Puede que fuera la sacudida del viejo instinto desperezándose, la parte de su ser que siempre le hacía cuestionar lo que todos daban por sentado. En cualquier caso tuvo la impresión de que aquella imagen estaba mal y de que había algo que no encajaba. Aquel chico podía ser muchas cosas, pero no era un asesino.

Se quedó donde estaba mientras veía al detenido desaparecer en el interior de la comisaría y, después de algunos minutos de indecisión, se alejó en dirección a la parte trasera del edificio, que daba a la playa Santa María del Mar. El sol acababa de salir y bañaba la ciudad con la calidez engañosa de los amaneceres de invierno, y la marea vacía impregnaba el ambiente de un olor a mar y a salitre tan intenso que casi podía saborearlo, pero, mientras contemplaba la pequeña playa en forma de media luna, no podía quitarse de la cabeza la imagen de aquel muchacho enclenque.

No tenía ningún motivo real para creer en su inocencia, solo aquella corazonada. A decir verdad, ni siquiera conocía más detalles del crimen que los que había escuchado en las noticias, así que decidió concentrarse en lo poco que sabía y tomarlo como punto de partida.

El hecho de que el cuerpo de la joven hubiera aparecido dentro de un contenedor resultaba bastante significativo, ya que decía mucho de la forma de pensar de quien lo había puesto allí. Si hubiera pretendido que nadie lo encontrase, no lo habría arrojado allí, donde lo descubrirían en cuanto pasase el camión de la basura. Manuel se inclinaba a creer que para el asesino aquella muchacha no significaba nada, motivo por el que se había deshecho de ella como se desharía de cualquier otra cosa que ya hubiera dejado de servirle: tirándola a la basura. No creía que el novio de la chica, con su aspecto triste y abatido, fuera capaz de hacer algo así. Además, dada su complexión y su escasa musculatura, veía difícil que hubiera podido levantar el cuerpo de su novia en volandas para tirarlo dentro de un contenedor sin ayuda, «aunque cosas más raras se han visto», pensó.

Decidió aferrarse a eso y comenzó a darle vueltas mientras notaba cómo el viejo instinto se desentumecía y pedía paso a gritos. No tenía ningún motivo para meterse en aquella investigación e incluso dudaba que en comisaría vieran su intervención con buenos ojos. Sin embargo, el inspector de homicidios que había sido antes de su caída se resistía a olvidarlo sin más y supo que tenía que hacer algo antes de que fuese demasiado tarde.

Antes siquiera de tomar una decisión estaba de nuevo en comisaría.

Capítulo 3

Comisaría Provincial, CádizViernes, 9:00 horas

Miguel Morgado le dirigió una mirada extrañada, poco acostumbrado a verle aparecer por allí tan temprano.

—Buenos días, Bianquetti. ¿Ha sucedido algo?

Manuel ignoró la pregunta y puso sobre su mesa el café que acababa de sacar de la máquina que había en la sala de descanso. Un brebaje infame que a Morgado, sin embargo, le gustaba tanto que al final de su jornada la papelera del despacho solía estar repleta de aquellos vasitos de cartón. Este agradeció la invitación ladeando levemente la cabeza.

—¿Has oído lo de esa chica que han encontrado muerta? —preguntó Manuel.

Morgado respondió con una sonrisa de suficiencia. Su labor como encargado del archivo era más bien escasa, por no decir prácticamente inexistente, motivo por el que solía estar enterado de todo lo que se cocía en comisaría. Muestra de ello era su mesa ordenada y limpia de documentos pendientes, presidida por un ordenador en cuya pantalla aparecía la portada del Marca que había estado leyendo hasta el momento de su visita. Cuando no estaba navegando por internet se distraía enfrascado en la pantalla de su teléfono móvil, un Samsung de última generación al que dedicaba tanta atención que a lo largo de la jornada tenía que cargar al menos un par de veces la batería.

Sin embargo, Morgado no llevaba nada mal aquella inactividad y, tras más de treinta años pateándose las calles, consideraba que colgar el uniforme y dedicarse a la custodia del archivo era lo mínimo que se merecía después de pasar toda una vida detrás de una placa. En cierta manera, a Manuel le recordaba a un elefante que se retira a morir consciente de que poco más puede aportar a su manada, pero con la satisfacción del deber cumplido.

—Han detenido al novio —anunció el veterano tras dar un sorbo a su bebida—. Ya sabes cómo va esto: el asesino siempre es el novio de la chica o un aspirante a serlo.

—Eso dicen.

—¿A qué viene tanta curiosidad?

Manuel se encogió de hombros y dejó vagar su vista por el archivo. Un buen número de armarios atestaban la estancia, repletos de documentación de todos los casos que habían pasado por aquella comisaría antes de la era informática. Ahora bastaba un ordenador para acumular todos aquellos legajos que guardaban sin otro propósito que su disponibilidad por si algún agente quería consultarlos, algo que no sucedía nunca.

Por eso, cuando un año antes le comunicaron que su función en aquellas dependencias iba a ser ayudar a Morgado en la custodia de los archivos, Manuel supo que estaba acabado. Aquella era una buena manera de mantenerle ocupado y obligarle a pasar desapercibido, ya que nadie le pedía cuentas sobre lo que hacía o dejaba de hacer.

—¿Lo están interrogando ya? —quiso saber.

—No, de momento lo han dejado en el horno para que se le vayan ablandando las ideas.

Manuel interpretó que habrían dejado al sospechoso en una sala de interrogatorios a la espera de que un abogado de oficio designado por el Colegio de Abogados hiciera acto de presencia. Si no se tenían los contactos adecuados, aquel trámite podía durar horas y, mientras esperaba, el detenido tenía tiempo más que de sobra para pensar en lo que iba a contar y en hasta dónde iba a estar dispuesto a cooperar. Ese era uno de los motivos por los que las salas de interrogatorios también eran conocidas como «hornos», ya que en ellas se cocinaba a los detenidos a fuego lento hasta que estuvieran a punto para confesar cualquier cosa.

Sin decir nada más salió del archivo y puso rumbo a la planta baja, dejando a Morgado dando sorbos a su café mientras se preguntaba a qué demonios venían aquellas preguntas. Pese a sus diferencias, aquel veterano era lo más parecido a un amigo que Manuel tenía en comisaría, ya que era el único con quien cruzaba más de dos frases a la semana. A pesar de que nunca habían llegado a intimar percibía en él un respeto que no terminaba de comprender, pero que le permitía ausentarse cada vez que le venía en gana con la tranquilidad de saber que nunca se lo echaría en cara, como si lo considerase una reacción natural al ninguneo al que lo habían sometido sus superiores y supiera que, en el fondo, él en su situación habría hecho lo mismo.

* * *

No le resultó difícil adivinar en qué sala se encontraba el sospechoso, debido a que solo en la puerta de una de ellas había un agente uniformado montando guardia, a quien Manuel examinó mientras caminaba en su dirección. Se trataba de un joven de poco más de veinte años, posiblemente recién salido de la academia, ya que únicamente a estos les encomendaban tareas tan tediosas e insípidas como vigilar las salas de interrogatorios, y decidió que entraría sin más, ya que no creía que aquel novato se atreviera a ponerle impedimentos.

Lo saludó con una inclinación de cabeza, abrió la puerta del horno y entró. Le pareció que el agente iba a decir algo, pero en el último momento debió de pensárselo mejor y permaneció en silencio, dando por sentado que tenía autorización y rango más que suficiente para estar allí.

Cerró la puerta a su espalda y contempló al muchacho sentado al otro lado de la mesa. Este frunció el ceño, puede que al reconocerle como el tipo con el que se había cruzado en la entrada del edificio.

—Ya he dicho que no voy a decir nada si no es en presencia de un abogado —anunció, y su acento latino impregnó la frase con un deje meloso que le pareció sacado de una telenovela.

Manuel caminó hasta el centro de la habitación y se detuvo, observando al sospechoso, pero también dejándose observar. Era consciente del malestar que solía causar su presencia, con sus más de dos metros de altura, las ojeras que adornaban su rostro de forma perenne y las manazas que balanceaba a un lado y a otro del cuerpo, a la manera de un orangután. Su extrema palidez y el abrigo de un innegociable color negro completaban un atuendo tenebroso que le había valido varios apodos a lo largo de su vida. Sus favoritos eran el Cuervo, el Enterrador o el Chupacabras, aunque todos se cuidaban de no usar ninguno de ellos en su presencia.

No se le escapó la forma en la que el detenido le observó de arriba abajo, impresionado. Cuando estuvo seguro de que no iba a intentar nada se acercó a él y, tratando de ignorar el intenso olor a sudor que emanaba de sus ropas, usó su propio juego de llaves para retirarle las esposas. Aquello contravenía por completo la normativa europea de custodia de detenidos, pero no creía que nadie fuera a darle importancia. Después tomó asiento al otro lado de la mesa y le dedicó una ojeada curiosa.

—Ves demasiadas películas —replicó— y se te está acabando el tiempo.

Dejó que la respuesta hiciera mella en el joven, que le miró sin comprender mientras se frotaba las muñecas. Pese a estar sentado, Manuel todavía le sacaba dos palmos de altura y colocó las manos sobre la mesa con intención. Junto a ellas, las del detenido parecían las de un muñeco de Playmobil.

—Ya he contado lo que sé varias veces —afirmó este sin demasiada convicción.

—Y las que te quedan —respondió Manuel, acompañando la sentencia con una risita entre dientes—. Empieza diciéndome cómo te llamas.

El muchacho titubeó. Nada de lo que dijera en aquella sala tendría validez sin la presencia de un abogado, pero Manuel no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad de escuchar de primera mano lo que tuviera que decir.

—Me llamo Fredy Guzmán —dijo al fin—. Clara y yo llevábamos juntos más de dos años. Íbamos a casarnos.

Manuel asintió tratando de aparentar tranquilidad, mientras se preguntaba cuánto tiempo tendría antes de que alguien fuera a sacarle de allí.

—¿Qué pasó anoche, Fredy?

El joven negó con la cabeza, incapaz todavía de asimilar lo sucedido, pero Manuel creyó ver en su rostro un poso de esperanza, la ilusión de que el gigantón que tenía delante pudiera de algún modo ayudarle a demostrar que todo aquello no era más que un tremendo error.

—Anoche estuvimos en una discoteca llamada Imagina, bailando y bebiendo. A la una de la madrugada, aproximadamente, Clara se enfadó y se fue.

—¿Cómo que se fue? ¿Sola?

—Sí. Se enojó conmigo y se marchó. Yo me quedé un poco más, pero al cabo de un rato fui a buscarla.

—¿Quién estaba con vosotros, Fredy?

—Dos amigos. Se llaman Rosa y Edmundo.

Manuel retuvo aquellos nombres en su memoria. Creyó recordar que el Imagina era uno de los bares de La Punta de San Felipe, una de las zonas de ocio nocturno más populares de la ciudad.

—¿Y dejaste que tu novia se marchara sola?

Fredy bajó la cabeza, avergonzado. A Manuel le pareció que se sentía culpable, y con razón. De no haber dejado que se fuera sola en plena noche, tal vez su chica siguiera viva.

—Discutimos, ¿vale? —confesó, y cuando volvió a alzar el rostro parecía a punto de echarse a llorar—. Pero fue por una tontería…

Volvió a titubear, pero al cabo de unos segundos suspiró y siguió hablando, como si creyera necesario explicarse.

—Edmundo y yo fuimos a por bebidas, pero, cuando regresamos al lugar donde estaban las chicas, las encontramos bailando mientras un montón de tipos las miraban. Como si… Provocándolos, ¿sabe?

Fredy mostró las palmas de las manos y negó con energía, como si todavía no se lo terminase de creer. Parecía buscar la complicidad de Manuel, seguro de que en su situación habría pensado lo mismo, aunque lo único que consiguió con aquel movimiento fue que el olor a sudor de sus ropas se desplazara y el policía arrugara la nariz de nuevo.

—¿Tu amigo también se peleó con su novia? —se interesó.

—No, pero yo no soy como él —trató de justificarse—. A mí me molesta que un puñado de huevones piense que mi novia es una fulana, así que se lo dije.

El chico parecía convencido de lo que decía, como si fuera lo más normal del mundo. Daba la sensación de que el hecho de que su novia se divirtiera bailando con una amiga fuera algo terrible y Manuel se preguntó si habría algo que no le estaba contando.

—Entonces Clara se enfadó y se marchó del bar —continuó—. Yo iba a ir tras ella, pero mis amigos me dijeron que me quedase y le diera tiempo para tranquilizarse. Traté de hacerles caso, pero no pude dejar de pensar en ella y unos veinte minutos más tarde decidí ir a buscarla.

—¿Dónde la buscaste, Fredy? ¿Fuiste a otros locales de La Punta de San Felipe?

—No, ella no iba a ir a otro bar sin mí.

Manuel asintió, mientras se preguntaba si aquel chico había nacido ya así de tonto o se había vuelto más lerdo con el paso de los años.

—La llamé al móvil varias veces —prosiguió—, pero no contestó. Al principio pensé que era porque estaba enfadada y no quería hablar conmigo, pero después me preocupé. Estuve dando vueltas durante un rato por los lugares donde solíamos parar, haciendo tiempo.

—¿Qué lugares son esos?

—Plaza de España, catedral, plaza de Mina…, qué sé yo. A veces vamos allí con nuestros amigos a sentarnos y pasar el rato.

—¿Y encontraste a algún amigo que la hubiera visto? —«Alguien que te sirva de coartada», estuvo a punto de añadir.

—No, no encontré a nadie. Estaban todos durmiendo o de fiesta. Telefoneé a algunos amigos y conocidos, pero ninguno la había visto.

—¿Y qué hiciste entonces? —preguntó mientras pensaba en ello. Sabía que las horas muertas que el chico había pasado buscando a su novia suponían un problema, ya que no tenía ninguna coartada sólida que le respaldase. Había tenido tiempo suficiente para acabar con la vida de su novia y deshacerse del cuerpo.

—Como no la encontré por ninguna parte, decidí ir a buscarla a su casa.

—A lo mejor deberías haber ido a buscarla allí en primer lugar —insinuó.

—No quería despertar a sus papás, señor —explicó, algo avergonzado—. No les caigo muy bien… —Manuel sacudió la cabeza, como si le comprendiera. «Ahora sí que debes de caerles bien», pensó—. Llegué y llamé al interfono, pero nadie contestaba. Tuve que insistir un buen rato hasta que al fin respondió su papá, y cuando le dije quién era se puso hecho una furia. Le conté lo que había sucedido, pero me dijo que Clara no había vuelto a casa todavía.

—¿A qué hora fue eso?

—Debían de ser las tres de la madrugada, más o menos.

«Tiene que ser la hostia que el novio de tu hija te despierte a las tantas de la madrugada para decirte que ella ha desaparecido», se dijo Manuel. Según sus cálculos, aquello suponía un par de horas de margen desde que había salido del bar a buscar a la chica hasta que alguien había vuelto a verle preguntando por ella, lo que le dejaba en una situación muy delicada. Se preguntó si aquel muchacho era consciente de lo difícil que lo iba a tener para demostrar su inocencia e intuyó que su única esperanza sería que la hora de la muerte no coincidiera con las que decía haber estado dando vueltas por el casco antiguo de la ciudad.

—El papá de Clara me ordenó ir a buscarla y no volver a aparecer por allí si no era con ella. Al cabo de un rato me llamó por teléfono y, cuando le dije que aún no la había encontrado, dijo que quería ayudarme a buscarla.

—Y fuisteis juntos, entonces.

No era una pregunta, pero Fredy asintió de todas formas.

—Sí, señor. Dimos vueltas y más vueltas, pero no había ni rastro de ella. A las seis de la mañana nos avisaron de que la habían encontrado… muerta.

En aquel punto se le llenaron los ojos de lágrimas, pero Manuel no se detuvo a pensar si eran sinceras o no.

—¿Sabes de alguien que quisiera hacer daño a Clara?

—No, señor —dijo, sorbiendo de forma ruidosa por la nariz—. Ella era muy buena con todos…

Manuel soltó un manotazo en la mesa que retumbó en las paredes del horno e hizo que Fredy diera un respingo y dejase de llorar en el acto.

—¡Deja de pensar en lo buena que era y concéntrate, joder! ¿Tenía algún amigo íntimo? ¿Algún exnovio?

—No, señor, solo estuvo conmigo. Yo fui su primer y único amor, y ella el mío.

A Manuel aquellas cursiladas comenzaban a sacarle de sus casillas y decidió dejarse de rodeos.

—¿Te puso los cuernos alguna vez?

Fredy negó con la cabeza, pero, cuando estaba a punto de decir algo más, la puerta de la sala de interrogatorios se abrió de golpe. Manuel comprobó por el rabillo del ojo que se trataba del inspector Silva.

—Bianquetti, ¿puedes salir un momento?

—Ahora voy —respondió sin mirarle.

—¿Prefieres que venga el comisario a pedírtelo?

Manuel le dedicó una mirada furiosa. Roberto Silva era un inspector de poco más de treinta años, con un porte atlético y una barbita perfectamente recortada que le hacían parecer más un modelo que un policía. Sus vaqueros desgastados, su camisa de firma y la funda sobaquera en la que llevaba el arma reforzaban aquella sensación. Manuel se puso en pie y abandonó el horno bajo la mirada alucinada de Fredy Guzmán, que parecía no entender lo que estaba sucediendo. Silva salió detrás de él y, una vez en el pasillo, cerró la puerta a su espalda.

—Pero ¿qué coño te has creído? —gritó—. ¿Que puedes entrar aquí e interrogar a un sospechoso como si nada?

—Eso parece —respondió Manuel.

Junto a Silva estaba el policía novato que le había dejado pasar, con el rostro presa de la rabia y la vergüenza de haber quedado en entredicho por su culpa, y supo que se había ganado un nuevo enemigo. «Otro más.»

Silva señaló la puerta que daba a la habitación contigua, desde la que se observaban los interrogatorios tras un cristal de espejo estratégicamente situado. En aquella sala, además, se controlaba el sistema de vídeo que grababa lo que sucedía en el interior del horno.

—Está todo grabado —sentenció—. No sé cómo se te ha podido ocurrir. Ahora sí que la has cagado.

—Vete a la mierda, Silva.

Le dio la espalda y se encaminó hacia las escaleras mientras oía los improperios de su compañero.

—Pienso hablar con el comisario, ¿te enteras? —Al no obtener respuesta, perdió los estribos y volvió a gritar—: ¡Eres un gilipollas!

Manuel ignoró a su compañero, que siguió insultándole a pesar de que ya casi no podía oírle, y fue directamente a por el Kadett mientras decidía que no tenía tiempo para entretenerse en disputas con aquel guaperas. Había asuntos más importantes de los que ocuparse.

Capítulo 4

Instituto de Medicina Legal, junto al paseo de Canalejas, CádizViernes, 10:15 horas

Apenas tardó unos minutos en llegar al Instituto de Medicina Legal de Cádiz. Nada más entrar en el edificio se identificó ante el joven que montaba guardia tras el mostrador de recepción y pidió hablar con el médico que había practicado la autopsia a Clara Vidal. Le hicieron pasar a una sala de espera aséptica, pero a los diez minutos se cansó de esperar y avisó al chico del mostrador de que estaría fuera, fumando.

Al poco de encender el primer cigarrillo el recepcionista salió a decirle que el doctor le estaba esperando, por lo que lo apagó contra la pared del edificio y se lo guardó en un bolsillo para fumárselo más tarde.

El médico le aguardaba en la sala de autopsias, una gran estancia atravesada por tres mesas alargadas de acero inoxidable localizada en el tercer piso del edificio. En la del centro, el cuerpo sin vida de Clara Vidal reposaba en un silencio intranquilo, impregnando la sala de una atmósfera mustia y pesimista, como si de alguna manera su muerte se hiciera extensible a todo lo que la rodeaba.

La chica le pareció todavía más bajita que Fredy Guzmán, por lo que debían de haber hecho una peculiar pareja, y sus rasgos indianos y su pelo oscuro y rizado contrastaban con la extrema palidez de su piel sin vida. En su desnudez resaltaban las heridas y arañazos de la noche anterior. Tenía el sexo rasurado y, cuando Manuel rodeó la camilla para observarlo, vio en él la confirmación de sus sospechas: había laceraciones alrededor de la vulva, además de varias heridas que debían de haber sangrado abundantemente, y uno de los labios estaba plegado de forma exagerada. No había duda de que la habían violado antes de matarla.