Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El detective Mascarell y Ayla vuelven a verse envueltos en los negocios más turbios de Frankfurt Ayla lo tiene todo en contra. Tiene dieciséis años, es inmigrante, se gana la vida boxeando y, por si fuera poco, debe cuidar a su padre enfermo de alzhéimer. La irrupción de alguien de su pasado la obligará a tomar parte en un peligroso juego de favores, deudas y engaños. Además, propiciará el reencuentro con Mascarell, un desastroso detective embarcado en un encargo de lo más peculiar. Mientras tanto, se desarrolla una lucha de poder por manejar los hilos del lado más oscuro de Frankfurt que acabará salpicando todo de sangre. Benito Olmo regresa con una novela negra de muchos kilates que pone el foco en el negocio de las peleas clandestinas y en las redes de explotación de mendigos.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 332
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
A Fernando
Estimado lector:
Siempre he pensado en la lectura como un juego y un desafío a la imaginación. Partiendo de esta premisa, me gustaría proponerle un pequeño experimento.
Esta novela puede leerse de la manera tradicional, esto es, empezando por la página 1 y terminando en la 289. Sin embargo, he alternado entre los capítulos un interrogatorio dividido en cuatro partes que vertebra y da sentido a la trama.
Un modo de lectura alternativa sería leer en primer lugar el interrogatorio al completo. De esa forma, dispondrá de información privilegiada que le colocará en un plano de conocimiento superior a la hora de encarar el resto de la historia. Después podrá leer la novela desde el principio, saltándose cada pieza del interrogatorio.
Dejo la decisión en sus manos. Sea cual sea la opción que elija, espero que disfrute la lectura.
Propuesta de lectura alternativa:
1:Interrogatorio (1)
2:Interrogatorio (2)
3:Interrogatorio (3)
4:Interrogatorio (4)
5: De «Nielsen» hasta el final
¿Queréis saber cómo murió Junior?
Junior se pasó de listo. Tomó una de las peores decisiones de su vida en base a la absurda certeza que movía cada uno de sus actos: todo el mundo era idiota menos él.
Creerse más listo que la inmensa mayoría tuvo consecuencias fatales para el pobre Junior. Podría decir que no se merecía lo que le pasó, pero no quiero engañarles: el muy capullo hizo méritos de sobra para ganarse ese final.
Todo comenzó la noche que llevó a su padre a ver a la vieja Baobab.
Elijo ese día como podría escoger cualquier otro, ya que la insensatez de nuestro querido Junior viene de mucho antes, pero no creo que sea necesario resumir su vida y obra para que se hagan una idea de por qué terminó en aquella fosa con un agujero en el estómago del tamaño de una impresora barata.
De acuerdo, me ceñiré a los hechos.
Como decía, esa noche Junior llevó al señor Nielsen a ver a la vieja Baobab. Eso no formaba parte de sus funciones, pero el tipo que conducía de forma habitual no fue a trabajar ese día y le encargaron sustituirlo. ¿Qué podía hacer, si no? Tampoco es que haya un sindicato de matones al que hubiera podido quejarse, precisamente. Aunque existiera algo así, Junior no era de los que protestaban. Su mentalidad de soldado fiel no le dejaba mucho margen de maniobra y tomar sus propias decisiones no se le daba demasiado bien. De hecho, ya saben cómo le fue la última vez que lo hizo.
Por eso, cuando le dijeron que tenía que hacer de chófer durante unas horas, se puso al volante sin protestar. En el fondo, se sentía afortunado por tener la oportunidad de conducir aquel inmenso Jaguar, aunque jamás lo habría reconocido abiertamente.
Junior apenas llevaba unas semanas en Frankfurt. Había regresado después de una infructuosa etapa de dos años en Holanda. Durante ese tiempo no hizo otra cosa que colocarse y delinquir de las formas más variadas e imaginativas posibles. Por eso, el señor Nielsen decidió traerlo de vuelta antes de que llamase la atención de las autoridades holandesas. Lo último que quería era que su hijo terminase detenido o encarcelado cuando aún no había cumplido los veinte.
Ordenó que Junior empezara desde abajo y lo puso a cargo de su seguridad, como un gorila más. De esa forma, se dijo, lo tendría controlado y lo vigilaría para que no cometiera ninguna estupidez.
Con el señor Nielsen acomodado en el asiento trasero del Jaguar, Junior arrancó y se dispuso a seguir al pie de la letra las indicaciones del GPS. Como de costumbre, su padre lo ignoró y dejó que su mirada se perdiera en el exterior, súbitamente interesado en cualquier cosa que pudiera haber al otro lado de la ventanilla. Junior se había habituado a volverse invisible cuando se encontraba en su presencia, pero ese día, al observarlo a través del retrovisor, tuvo la impresión de que algo no iba como debía. La frente arrugada y los labios apretados del señor Nielsen certificaban que estaba preocupado por algo. También le pareció que respiraba de forma pesada e incluso se permitía algún suspiro ocasional.
Más le valía estar en guardia, concluyó; por lo que pudiera pasar.
Cuando tomaron la carretera que salía de Offenbach, Junior tuvo que comprobar el navegador para asegurarse de que seguían en la dirección correcta. Las elegantes ruedas del Jaguar no habían sido concebidas para adentrarse en aquellos carriles polvorientos y llenos de baches, aunque la suspensión se comportó con bastante dignidad. Observó de nuevo a su padre, por si acaso la visión de aquella carretera angosta lo perturbaba, pero este ni siquiera parecía darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor.
—Haz el favor de mirar a la carretera —dijo el señor Nielsen.
¿Qué pasa? ¿Es que no quieren saber lo que sucedió? Entonces déjenme que lo cuente a mi manera. Me importa una mierda si les gusta o no. Pueden creer cada palabra. No gano nada con mentir a estas alturas.
—Disculpe, señor Nielsen.
Lo dijo con sorna, haciendo énfasis en ese «señor Nielsen» para sacar a su padre de quicio, pero este no pareció darse cuenta y siguió ignorándole sin piedad.
Junior volvió a mirar al frente, enfurecido por su propia torpeza, y resolvió poner todos sus sentidos en la carretera. Reconoció el sendero que conducía a Los Días Felices, el desguace regentado por el clan de los Popescu. Nada le interesaba menos que encontrarse con esa gentuza, cuya fama de pendencieros era legendaria. Había oído que en Los Días Felices se celebraban casi a diario veladas multitudinarias que incluían peleas de perros, de personas y de prácticamente cualquier cosa que pudiera mantenerse en pie el tiempo suficiente como para ofrecer un buen espectáculo. Normalmente, los Popescu no causaban problemas si no te acercabas a su territorio, pero eso era precisamente lo que estaban haciendo, así que Junior obligó al Jaguar a acelerar para salir de allí cuanto antes.
Una vez rebasado aquel recodo, la voz monocorde del GPS avisó de que se encontraban a cien metros de su destino.
—Aparca ahí —ordenó Nielsen.
Junior obedeció y estacionó frente a un chalet rodeado de una herrumbrosa valla metálica. El jardín estaba repleto de malas hierbas y se veían algunos trastos tirados aquí y allá, a un nivel de dejadez que le hizo pensar que se trataba de un caserón abandonado.
El señor Nielsen descendió del vehículo y se adentró en la parcela sin mediar palabra. Junior bajó con rapidez y estuvo a punto de preguntarle si quería que lo acompañara, pero se contuvo a tiempo. De haber querido compañía se lo habría dicho. Además, habría tenido que ser imbécil para dejar el Jaguar allí sin vigilancia. Por eso guardó silencio y se apoyó en el capó, dispuesto a esperar el tiempo que hiciera falta.
Echó una ojeada en torno. El lugar se encontraba desierto, pero la cercanía de los dominios de los Popescu era un motivo más que suficiente para no relajarse, de modo que se abrió la chaqueta y apoyó la mano en la culata de su pistola como por descuido. Esperó que eso bastara para disuadir a cualquier posible asaltante de intentar algo contra él, contra su padre o contra el maldito coche.
El señor Nielsen llegó hasta el caserón y llamó con los nudillos. Tras varios segundos, la puerta se abrió y dejó salir un débil resplandor de color violeta que se reflejó en su rostro con pereza, como si lo lamiera.
Y allí, recortada en el marco de la puerta, Junior vio por primera vez la silueta de la vieja Baobab.
El interrogatorio continúa AQUÍ.
Baobab estaba como siempre. Nielsen tenía la impresión de que un día envejeció de golpe y se quedó así, tan arrugada y ajada que los años resbalaban sobre ella sin encontrar un lugar en el que agarrarse. Hizo un esfuerzo para no quedarse mirando su peculiar barbita de chivo, compuesta por una docena de pelos blancos y gruesos como cables que asomaban de su barbilla como si fueran la parte visible de un entramado mayor.
—Hola, Arthur.
Poca gente se tomaba la libertad de llamarle por su nombre de pila, pero había confianza. Invitó a Nielsen a pasar al caserón, que en realidad era poco más que una cabaña pobremente iluminada por una lámpara de lava que hería la estancia de una penumbra de color violeta.
Baobab rodeó la mesa con pasos cortos y perezosos y ocupó su lugar habitual. Nielsen tomó asiento frente a ella. Se midieron en silencio unos instantes antes de que la anciana tomara la palabra.
—Ha pasado mucho tiempo.
—No tanto, en realidad.
—¿Cómo va todo?
Antes de responder, Nielsen echó una ojeada en torno. Todo estaba tal y como lo recordaba, como si no hiciera ya algunos meses desde la última vez que estuvo allí. Reconoció los cuadros antiguos, las vitrinas repletas de objetos polvorientos y, en un rincón, el perro disecado en aquella pose absurda, con el hocico tan estirado que resultaba imposible saber si estaba sonriendo o implorando que acabaran de una vez con su sufrimiento. Los ojos de cristal no ayudaban a suavizar esa impresión, ni mucho menos. Nielsen se había preguntado alguna vez si aquella mueca terrorífica era intencionada o un error del artesano, pero tanto daba. Quien hubiera convertido el cadáver de aquel pobre animal en esa monstruosidad se merecía un tiro en las rodillas.
—Me vendría bien tu opinión.
Era una bonita manera de acometer de una vez los motivos que lo habían llevado hasta allí. Baobab se permitió saborear el momento antes de sacar de algún lugar bajo la mesa un mazo de cartas.
—¿Algo en concreto?
Nielsen llevaba varios días pensando en la mejor forma de presentar aquel asunto sin desvelar detalles que pudieran comprometerle, aunque tampoco es que importase demasiado. Baobab no necesitaba saberlo absolutamente todo para cumplir con su parte.
A priori, la decisión no era tan difícil. Dejar entrar a los nigerianos en el negocio era una decisión obvia, casi una consecuencia lógica. Había tantas ventajas implícitas en una relación con ellos que habría tenido que ser idiota para no verlo. La más importante sería abrir al fin el corredor africano, que tan buenos resultados había dado en el pasado. Todo indicaba que el futuro apuntaba hacia aquel continente y que una relación fluida con Ngoye y los suyos facilitaría mucho las cosas.
Si todavía no había tomado una decisión era por un motivo obvio: dejar entrar a esa gentuza implicaría ceder parte de su poder.
Nielsen había disfrutado de autonomía y libertad durante demasiado tiempo como para sentirse cómodo ante la posibilidad de rendir pleitesía a unos nuevos socios, que sin duda traerían consigo una serie de restricciones y exigencias que amenazarían su hegemonía.
Por eso estaba allí.
—Las cosas están cambiando —dijo.
—¿Para mejor?
—Tanto da. Sospecho que esos cambios me vienen impuestos y no hay nada que pueda hacer para evitarlos.
—Siempre tenemos opción, Arthur. No necesito decirte cómo funciona el mundo, ¿verdad?
Nielsen observó de nuevo al perro disecado. Sus ojos de vidrio le devolvieron una mirada plana, pero se permitió perderse en ella mientras pensaba en los acontecimientos de las últimas semanas. El sonido del mazo de cartas barajándose rasgó el ambiente y se obligó a contener el suspiro que había comenzado a ascender por su garganta.
—¿Qué debo hacer, Baobab?
Era la consigna. No necesitaba decir mucho más. La anciana dispuso una serie de cartas sobre la mesa y las observó con atención, sin dejar de acariciarse los pelos de la barbilla.
—¿Cuánto lo deseas?
¿Qué podía responder a algo así? No tenía ni idea y Baobab se hizo cargo de sus dudas con un cabeceo.
—Veo peligro.
Esa vez, alzó la vista y lo miró directamente, con el semblante serio y los ojos entrecerrados. Nielsen notó como varias gotas de sudor traicioneras brotaban de la nada y se deslizaban en el interior de su camisa. Trató de sobreponerse para que su voz sonara clara, a pesar de todo.
—¿Qué peligro?
—Veo el final de algo. Bien podría ser el tuyo.
Señaló una de las cartas. Nielsen tuvo que leer del revés para saber qué diablos simbolizaba aquella figura.
«La Luna».
No tenía ni idea de por qué esa carta en concreto era tan importante, sobre todo cuando a su lado estaba aquella otra, tan reconocible, ilustrada con un esqueleto sobre una inscripción tan temible como familiar: «La Muerte».
—¿Mi final?
Baobab no varió su expresión, invitándole a escoger él mismo la respuesta. A Nielsen le pareció que la decisión era obvia: a tomar por culo los nigerianos. Si tenía que haber un final, no iba a permitir que fuera el suyo. Obviamente, era más fácil decirlo que hacerlo, pero empezó a pensar en la mejor manera de plantearle aquel asunto a De la Fuente.
Sin embargo, como si hubiera intuido lo que estaba pensando, Baobab negó, muy despacio.
—En algo tienes razón, Arthur: no hay mucho que puedas hacer.
Señaló otra carta: «El Loco». Su rostro adquirió la gravedad de las malas noticias, como si la presencia de aquella figura implicase algo más allá de su entendimiento.
—¿Entonces no tengo ninguna posibilidad?
La anciana se encogió de hombros, «Eso no es cosa mía», y Nielsen sacó sus propias conclusiones: la alianza con los nigerianos se produciría, quisiera él o no. Oponerse solo serviría para acelerar el fin de su reinado.
—Tiene que haber una manera.
Fue consciente de que sonaba desesperado, pero no le importó. No pensaba rendirse. Solo un necio aceptaría un destino tan funesto sin pelear.
—¿Qué puedo hacer, Baobab?
La bruja hizo un gesto para darle a entender que aquello estaba fuera de sus competencias, pero Nielsen siguió fusilándola con una mirada implorante.
—Eres un gran guerrero, Arthur. Siempre has sido más fuerte de lo que crees.
—¿Pero?
—Ya no eres joven. Has perdido el ímpetu y el hambre. Tus rivales lo saben y piensan aprovecharse de ello.
Nielsen apretó los puños. Si cualquier otro se hubiera atrevido a dirigirse a él en aquellos términos, lo habría mandado ejecutar en el acto, pero a Baobab se lo permitía todo. O casi.
«No pienso caer sin pelear», estuvo a punto de responder, pero ignoraba si le dejarían intentarlo siquiera. Para ello, tendría que plantar cara a los nigerianos y a la mismísima De la Fuente, que no dudaría en ordenar su eliminación si echaba a perder el trato con los africanos. Se encontraba entre la espada y la pared, o más bien entre la espada y el resto del mundo, que venía a ser lo mismo.
Baobab extrajo de algún otro lugar de debajo de la mesa un paquete de tabaco y un cenicero. Se colocó un cigarrillo en los labios y lo encendió sin mirar a Nielsen, como si de esa manera resolviera darle algo de espacio para que rumiara sus preocupaciones.
—Ayúdame, Baobab.
Ni siquiera se molestó en no sonar abrumado, consciente de lo que estaba en juego. No pensaba marcharse de allí sin una respuesta. Necesitaba saber cómo enfrentarse a su destino y al más que posible ocaso de su carrera.
Baobab lo observó con detenimiento, como si le sorprendiera su determinación, pero Nielsen creyó ver algo más. Tuvo la impresión de que se estaba planteando si valía la pena ayudarle. Tras unos segundos, la anciana dio una larga calada y dejó el cigarrillo en el cenicero con un gesto de resignación. Como si hubiera decidido que, tal y como estaban las cosas, no perdería nada por intentarlo.
—Incluso un gran guerrero necesita algo de ayuda, de vez en cuando.
Dejó el mensaje en el aire y se puso en pie con lentitud, el peso de los años lastrando cada uno de sus movimientos. Se dirigió al aparador en el que se encontraba el perro disecado. Rebuscó en los cajones, uno tras otro, mientras negaba para sí misma.
Nielsen la observó sin disimular su excitación. Si había una posibilidad de superar aquel escollo, por mínima que fuera, estaba dispuesto a probarla. ¿Qué tenía que perder?
—Ajá.
Aquella única palabra lo alborotó. La anciana regresó a la mesa portando una hoja de papel que había sido doblada varias veces, como si hubieran querido reducir su tamaño al mínimo.
—Hay una manera.
Nielsen asintió, «Sí, lo que quieras», sin perder de vista el trozo de papel ni dejar de imaginar lo que iba a encontrar en su interior. ¿Tal vez un amuleto? ¿Una pócima que le devolvería el vigor y la confianza? ¿Una receta contra el mal de ojo?
Baobab desplegó con cuidado el documento ante ella. La desilusión hizo que Nielsen soltara de golpe todo el aire que estaba conteniendo.
—¿Qué diablos es esto, Baobab?
La hoja parecía haber sido arrancada de una revista. En el centro de la página había una fotografía de una hermosa pistola modelo Luger. Más abajo, una breve descripción incluía algunos datos técnicos, como el tamaño, el peso y el calibre, y la catalogaba como una antigüedad fechada en 1923. Una antigualla que, a primera vista, no resultaba especialmente bonita. Más bien parecía un armatoste que podría llegar a estallar si alguien trataba de hacerlo funcionar.
—Esto, Arthur, es un arma muy poderosa.
Nielsen buscó alguna señal de que estuviera bromeando, pero el rostro de la anciana había adquirido una trascendencia que antes no estaba allí. También el tono había cambiado y se había vuelto solemne. Reverencial. Como si hubiera tratado de imprimirle la importancia que el momento merecía. Tuvieron que pasar varios segundos antes de que empezara a considerar la posibilidad de que aquella maldita pistola fuera de verdad tan importante.
—¿Qué… qué tengo que hacer con esto?
Extendió la mano hacia la página y la dejó allí, sin llegar a tocarla.
—Perteneció a un militar muy valiente —explicó Baobab—. Con ella ganó batallas y obtuvo victorias donde otros habrían fracasado sin remedio.
Nielsen asintió, sin tenerlas todas consigo. La anciana continuó, ajena a su desconfianza.
—Obviamente, no se trata de un arma hecha para cualquiera. Necesita una mano poderosa que la sostenga. Si no, no es más que un trozo de chatarra.
Los ojos de Baobab brillaron de forma extraña al pronunciar esas palabras. Nielsen comprendió adónde quería llegar y notó un hormigueo nervioso en la punta de los dedos.
—¿Yo podría empuñar esa pistola?
En lugar de responder, la bruja colocó la mano sobre la hoja, justo encima de la fotografía del arma. Puso los ojos en blanco y murmuró una letanía. Nielsen apenas podía oírla desde su posición, pero algunos sonidos aislados le hicieron pensar que hablaba en un idioma desconocido, probablemente alguna lengua muerta que empleaba para sus hechizos, así que no se atrevió a interrumpirla.
La letanía se fue apagando de forma gradual. Baobab abrió los ojos y observó de nuevo a Nielsen. Algo había cambiado en su rostro, como si esos segundos de meditación hubieran bastado para abrir su mente a nuevas cotas de conocimiento.
—Arthur, esta arma te pertenece.
Lo dijo como si no pudiera dar crédito a sus propias palabras. Nielsen apenas pudo disimular la explosión de júbilo que se produjo en su pecho. Era el mejor veredicto posible. Si Baobab estaba en lo cierto, esa pistola le ayudaría a enfrentarse a los nigerianos y a imponerse sobre sus rivales y sobre la propia De la Fuente.
Y tenía que estarlo, maldita sea. La había visto acertar demasiadas veces como para pensar que le estaba tomando el pelo.
—Dámela.
La anciana suspiró y fue como si el aire huyese de su cuerpo, espantado por lo que hubiera encontrado allí dentro.
—Me temo que no la tengo, Arthur.
Nielsen palideció. ¿Cómo diablos podía decirle que necesitaba aquella arma y posteriormente que no la tenía consigo? Estuvo a punto de exigirle una explicación a gritos, pero se le adelantó.
—Como te he dicho antes, esta arma te pertenece. Diría que todo lo que has hecho a lo largo de tu vida te ha conducido hasta ella. Era vuestro destino encontraros. Fíjate: fue fabricada en 1923. ¿Crees que es casualidad que sea justo ahora cuando os encontráis?
El tono lo reconfortó. Baobab hablaba de aquella pistola como si de un ente se tratase y Nielsen la observó de nuevo. Esta vez se fijó en todos los detalles que había en un segundo plano y que había pasado por alto en un primer momento. En una esquina figuraba el número de página junto con el nombre de la casa de subastas que debía de haber editado aquella publicación. Supuso que no le costaría dar con ella ni, en el caso de que el arma ya hubiera sido subastada, disuadir al dueño para que se la vendiese. Por eso tomó la hoja, la dobló en cuatro y se la guardó al tiempo que se ponía en pie.
—Gracias, Baobab.
Extrajo un sobre del bolsillo interior de la chaqueta y lo dejó sobre la mesa. Baobab observó el pago con desgana, como si estuviera por encima de tales consideraciones. Tal era la impresión que esa mujer causaba en Nielsen: los dioses la habían puesto en su camino para que le ayudara. El dinero era una forma como cualquier otra de sellar el pacto, ya que la anciana debía alimentar a su numerosa familia, compuesta por tantos tíos, hermanos y primos que casi podrían conquistar Frankfurt si se lo propusieran.
—Consigue esa pistola, Arthur. Cuando la tengas en tu poder, nada ni nadie podrá detenerte.
Hablaba sin emoción, como si se limitara a señalar un hecho incontestable. Rubricó la sentencia con una calada que dejó ante ella una neblina grisácea con ínfulas de aura mística. Si en aquel momento se hubiera puesto a levitar, a Nielsen tampoco le habría sorprendido.
No esperó a ver si sucedía. Simplemente, le dio la espalda y salió de la cabaña sin despedirse. La congoja que llevaba varias semanas robándole el sueño y la tranquilidad se resistía a disiparse, pero al fin veía una salida, lo que no dejaba de ser reconfortante.
«Solo tengo que hacerme con esa maldita pistola», pensó.
La chica es morena, lleva ropa interior de encaje y baila sobre unos tacones que añaden unos buenos ocho o diez centímetros extra a su estatura. La danza es sensual, diseñada para doblegar la voluntad más férrea.
Intento que parezca que estoy disfrutando, pero no resulta nada fácil. No puedo dejar de pensar en que este mugriento sofá ha debido de dar cobijo a varios cientos de pajilleros antes que a mí. Me pregunto cuándo fue la última vez que le pasaron un trapo. La intimidad del reservado solo está garantizada a medias por una cortina que separa la estancia del resto del club. A la joven no parece afectarle en absoluto la miseria que nos rodea e insiste en un baile que la lleva a agacharse tanto que casi puede tocar el suelo con la pelvis.
—¿Te gusta, papi?
Se dirige a mí en español porque yo también le hablé antes en ese idioma. Lo hice para ganarme su confianza y diferenciarme de las docenas de clientes que cada día recurren a sus servicios, aunque creo que en realidad le da lo mismo.
—Me encanta.
No sé si he sonado demasiado sarcástico, pero a la chica parece darle igual, concentrada en seguir el ritmo de la música.
—Todo para ti, papi.
Finge un delicioso acento caribeño que alguien debe de haberle dicho que vuelve locos a sus clientes. Le sale bastante bien, pero no consigue enmascarar del todo su deje ibérico. Ha dicho que se llama Cielo y que es de Santo Domingo. En realidad se llama Antonia y es de Pozuelos, pero no vale la pena desenmascararla. No estoy aquí para eso.
—Dámelo todo, papito.
Las frases parecen sacadas de una mala película porno. Me obligo a sonreír, por más repulsa que me provoque este lugar. Trato de no moverme demasiado para no alborotar a los ácaros que intuyo agazapados en el sofá, cuyo tapizado me recuerda al de algunos autobuses urbanos. No me explico que alguien pueda llegar a excitarse en un sitio así. El baile y la propia muchacha están tan fuera de lugar como un vegano en un matadero.
—¿Te gusta, miamol?
Asiento como un idiota, pero no parece satisfecha con esa respuesta. Creo que se ha dado cuenta de que tengo la cabeza en otra parte. Por eso, reprimo las náuseas e insisto.
—Mucho, Cielo.
Esas dos palabras bastan para acabar con sus sospechas. Redobla sus esfuerzos y acerca tanto su trasero a mi rostro que puedo aspirar el aroma del suavizante que emplea para lavar su ropa interior. Se agacha en una demostración de flexibilidad que me hace envidiar por un segundo su juventud y energía. De repente, da un traspiés, pero no llega a caer y se recompone con rapidez sin dejar de sonreír, como si formara parte del show.
—Toma.
Me agarra las manos y las lleva hasta sus pechos. Tengo que contenerme para no rechazar el contacto. Por fortuna, lo único que hace es dejarlas allí, sobre la tela de encaje, y sigue bailando sin dejar de mirarme a los ojos. Le sostengo la mirada y me pregunto cuánto tiempo queda para que acabe esta mamarrachada. No veo el momento de salir de este reservado hediondo.
El baile no termina hasta diez minutos más tarde. Me despido y salgo a toda prisa, ansioso por hacerme con un buen cargamento de oxígeno con el que renovar el viciado contenido de mis pulmones.
Una vez fuera del club, tomo asiento en un portal cercano y saco el móvil. La batería está a punto de morir, pero ha resistido el asalto. Abro la galería y busco el vídeo que he grabado ahí dentro.
No se ve nada.
Contengo una maldición mientras paso el vídeo adelante y atrás sin éxito. El reservado estaba tan oscuro que el baile de Antonia ha quedado reducido a una sombra que se mueve de un lado a otro, negro sobre negro. El sonido tampoco es bueno. Habría sido diferente si en lugar de tener el teléfono en el bolsillo lo hubiera dejado en el sofá a mi lado, pero eso habría levantado sospechas.
Medito mis próximos movimientos mientras guardo la microcámara que llevaba camuflada en un botón de la chaqueta. Cuando la adquirí en La Tienda del Espía la última vez que estuve en Barcelona, el vendedor me advirtió que, si quería grabar algo mínimamente decente, debía asegurarme de que el lugar estaba bien iluminado. Por desgracia, uno no siempre puede elegir las condiciones en las que hace su trabajo. Tampoco podía pedirle a esa chica que encendiera la luz del reservado para verla mejor sin despertar sus recelos. Si hubieran llegado a descubrir que me había colado ahí dentro con una cámara, me habrían sacado con los pies por delante.
Lo que más me duele son los cien euros que he desperdiciado en ese estúpido baile privado.
Engullo un omeprazol. Enciendo un cigarrillo para facilitar la digestión y pienso en un nuevo plan. Tres minutos más tarde me pongo en pie, me sacudo la parte trasera de los pantalones y regreso al club. Sobre la entrada, en unas grotescas luces de neón, se puede leer el nombre del local, Die Goldenen Mädchen, que significa algo así como ‘Las chicas de oro’, aunque lo que hay dentro no tiene mucho que ver con aquella popular serie americana.
Nada más entrar, detecto a Cielo a un lado de la barra. Recupera fuerzas con la ayuda de un Nestea. Ha vuelto a colocarse la camisa y la falda que llevaba antes de despelotarse para mí. Me pregunto cuántas veces más llegará a desvestirse y vestirse en lo que queda de noche. Ignoro a las chicas que me salen al paso y voy directamente hacia ella.
—Hola de nuevo.
Arruga la frente y me mira de arriba a abajo. Tarda unos segundos en reconocerme como el tipo que acaba de estar con ella en el reservado. Me apresuro a explicarme antes de que alerte a los de seguridad.
—¿Puedo invitarte?
El ofrecimiento tiene la virtud de cambiarle el gesto desconfiado por una sonrisa luminosa, espoleada por la posibilidad de ganarse algunos pavos extra. No es ningún secreto que las chicas se llevan una comisión cada vez que alguien accede a invitarles a una ronda. También sé que me van a cobrar el Nestea a precio de champán, pero no veo otra salida, así que llamo la atención de la chica que atiende tras la barra y le indico por señas que le sirva un nuevo refresco a mi amiga.
—Gracias, papi.
Sigue empeñada en emplear ese adorable tono caribeño, así que me obligo a sonreír, por más que hoy no me esté saliendo nada bien. La camarera me cobra veinte euros por el puñetero Nestea, pero intento no pensar en ello.
—¿Sabes una cosa? No entiendo cómo nadie puede excitarse ahí dentro.
Señalo el reservado. Cielo, o Antonia, o como diablos quiera hacerse llamar, mira hacia allí con desgana y da un trago. No tiene el menor interés en nada que salga de mis labios.
—Con lo bien que bailas, deberías trabajar en un club de alto standing en lugar de en este tugurio.
Esto lo digo en un tono más bajo, por temor a que me oiga la camarera o cualquiera de las otras chicas que pululan por allí. En el hilo musical suena ahora una canción de Enrique Iglesias y algunas de las jóvenes se lanzan a bailar entre ellas, como si estuvieran encantadas de la vida, bajo las miradas ávidas de varios tipos que parecen cadáveres camino del paraíso.
—Esto está bien, papi.
Ni ella misma se lo cree, pero no le importa que se le note.
—¿Me harías un baile privado? En mi casa, un día de estos…
Empieza a negar antes incluso de que termine la frase. Debe de estar acostumbrada a que sus clientes intenten convencerla para ir a un lugar más íntimo.
—Los bailes los hago aquí, papi. Si buscas algo más, te equivocas de chica y de club.
Lo dice sin dejar de sonreír. Comprende mis intenciones e incluso las respeta, dice ese gesto. Es la respuesta tipo que estas chicas deben de dar a cada baboso que, como yo, insiste en conseguir de ellas algo más que un baile. Tengo que desmarcarme como sea. No conozco a esta muchacha y lo único que sé de ella es que el dinero la hace tremendamente feliz. Si no, no estaría aquí.
—Solo un baile, te lo prometo. Te pagaré bien.
Vuelve a negar, pero esta vez se le escapa un breve titubeo. La mención de la pasta es demasiado suculenta como para pasarla por alto, así que aprieto un poco más.
—Cien euros. Es un buen trato.
—¿A qué viene tanto interés, papi? Pensé que te había gustado.
Es una protesta tibia. Se resiste porque tiene que hacerlo, pero en realidad está tanteándome. Si respondo que estoy enamorado de ella, que la quiero para mí sola o alguna memez por el estilo, me mandará a tomar viento. Tengo que ser más sutil.
—Ese reservado es una mierda. Estaba más pendiente de que no se abrieran las cortinas que del baile. Apenas he podido disfrutar.
—Es una pena.
No la apena en absoluto. Da un sorbo a su Nestea y mira para otro lado. Su lenguaje corporal deja claro que no tiene la menor intención de aceptar mi oferta y que mi presencia empieza a ser un incordio. Si sigo insistiendo, llamará a los de seguridad. Decido jugármela.
—Ciento cincuenta. Solo un baile.
La cifra le hace dar un respingo casi inapreciable. Si no hubiera estado pendiente, me lo habría perdido. Intento poner cara de buen chico, aunque no sé si me termina de salir. Debe de funcionar, ya que mira a un lado y a otro y se acerca un poco más para hablarme directamente al oído.
—Trescientos.
Me asalta un sentimiento agridulce: por un lado, estoy entusiasmado por la posibilidad de que acepte la oferta, que es mucho más de lo que esperaba conseguir; por otro, la cifra que ha soltado es un disparate. Estoy a punto de regatear, pero su expresión me disuade de intentarlo siquiera.
—Trato hecho, Cielo. ¿Te parece bien en un par de días?
Necesito ese tiempo para conseguir la pasta. Por suerte, ella me da una opción aún mejor.
—Si te parece, nos vemos el jueves que viene, miamol. Es mi día libre.
Eso me da una semana, lo que no está nada mal. Le digo que sí, que trato hecho. Agarro una servilleta y anoto en ella la dirección de mi piso. Ya me las arreglaré para justificar la visita de esta estríper a Frau Maud, la mujer que me alquila la habitación en la que resido.
—Te espero sobre las seis, si te parece bien.
—¿De la mañana o de la noche?
Respondo que mejor por la tarde, que no me gusta madrugar. Se encoge de hombros y se guarda la servilleta con mi dirección. No tenemos mucho más que decirnos, de modo que se olvida de mí y otea la sala en busca de una nueva presa.
Formulo una despedida que ignora con todas sus fuerzas y abandono el local por segunda vez.
—Eso es mucho dinero, Mascarell.
El hombre que está al otro lado del teléfono tiene razón. Le estoy pidiendo mucha pasta sin ni siquiera una prueba de mis avances en la investigación. No obstante, necesito hacerle entender que sin ese dinero voy a ser incapaz de satisfacer el encargo.
—Le aseguro que valdrá la pena, señor Redondo.
—¿Y para qué necesita trescientos euros más, si puede saberse?
No puedo decírselo, claro. Si le digo que con ese dinero pretendo pagarle a su hija a cambio de un baile privado en mi domicilio, que me niegue la pasta puede ser el menor de mis problemas. Tal vez se decida a coger el próximo vuelo a Frankfurt para venir a patearme el trasero. Ojalá dispusiera de suficiente efectivo como para hacer frente a este dispendio, que después podría cargar en los gastos derivados de la investigación, pero mi maltrecha cuenta corriente está más vacía que el cerebro de un terraplanista.
—Es mejor que no lo sepa.
El señor Redondo contactó conmigo a través de un amigo común que le aseguró que era de fiar. El motivo, su hija: la joven se había mudado a Frankfurt hacía unos meses con la intención de hacer una pausa en sus estudios durante un año, buscar un empleo en alguna cafetería y aprender el idioma.
No es que ese hombre desconfíe de su hija, pero algunos detalles han despertado sus sospechas. El teléfono de casi mil euros del que Antonia presumió durante su última videollamada, por ejemplo, o el hecho de que dejase el piso que compartía con otras dos jóvenes y haya alquilado un apartamento para ella sola en pleno centro de la ciudad. Lleva un tren de vida demasiado alto para una simple camarera. Para colmo, el señor Redondo descubrió hace poco gracias a un episodio de Españoles por el mundo que en Frankfurt hay un formidable barrio rojo donde chicas de toda edad, raza y condición son prostituidas cada día.
Eso lo llevó a barruntar algo terrible. ¿Estaba su hija prostituyéndose para pagar todos esos caprichos? ¿O tal vez había sido captada por una red de trata de personas que la obligaban a dedicarse a ello? Le pareció una locura e incluso llegó a sentirse mal por pensarlo siquiera, pero sus sospechas se acrecentaron cuando, en el transcurso de una videollamada, la vio recién salida de la ducha y constató, no sin incredulidad, que su niña, su Antoñita, ya era toda una mujer.
Es el momento que todo padre teme: el descubrimiento de que la niña de sus ojos se ha convertido en una belleza que tira de espaldas y por la que algunos de sus amigos y conocidos fácilmente podrían perder la cabeza. Hablo sin saber, claro, ya que no soy padre y a estas alturas de la película dudo que llegue a serlo algún día.
No me costó dar con ella. Para alivio del señor Redondo, puedo afirmar con bastante seguridad que Antonia no se prostituye, sino que se limita a hacer bailes privados en elDie Goldenen Mädchen. La joven ha encontrado una manera rápida y más o menos fácil de engrosar su cuenta corriente sin tener que depender de un trabajo extenuante en el que probablemente ganaría menos de la mitad de lo que le dan por bailar en ese club.
—Me sentiría más cómodo si supiera que la investigación está progresando, Mascarell.
Lo que quiere es alguna prueba, pero no tengo ninguna que vaya a satisfacerle. El vídeo que grabé en el reservado es de tan mala calidad que dudo que vaya a reconocer a su hija. El audio tampoco servirá, debido a que Antonia enmascara su voz con ese acento caribeño que le sale tan bien.
—Confíe en mí, señor Redondo. Le aseguro que en una semana podré darle pruebas de sobra.
—Entonces, ¿la ha encontrado?
—Claro, fui a la dirección que usted me dio y la vi. Por cierto, el apartamento de su hija está en Westend, una de las zonas más exclusivas de la ciudad. El alquiler debe de costarle una pasta.
La pulla cumple su cometido. El silencio del señor Redondo basta para que salga a flote la crispación que acabo de provocarle. Es una jugada sucia, pero necesito estimular su curiosidad sobre la vida que lleva su hija. Podría avanzarle algo, decirle que no es ninguna prostituta y acabar de una vez con su sufrimiento, pero es pronto para eso.
—Está bien, Mascarell. Le haré una transferencia.
Tengo que contener la llamarada de júbilo que me provoca esa respuesta para que no se me note al otro lado de la línea.
—No se arrepentirá, señor Redondo.
—Ya lo estoy haciendo.
Cuelgo antes de que caiga en la tentación de dar marcha atrás. A pesar del fiasco de la grabación en el club, convencer al señor Redondo de que me adelante algo más de pasta es un éxito que no quiero pasar por alto. Gracias a eso podré conseguir pruebas que me permitirán dar por finiquitada la investigación.
Empiezo a pensar en un lugar en el que celebrar este pequeño triunfo con una buena cerveza. Me la he ganado.
Ayla se cubrió como pudo, pero los golpes parecían venir de todas partes. Si bajaba la guardia, sus pómulos y su barbilla se convertían en el objetivo de los puños rabiosos de su adversaria; si la subía más de la cuenta, le castigaba el estómago y las costillas. Eso la obligaba a no dejar de moverse y a mantener una guardia dinámica al tiempo que lanzaba algunas combinaciones que la mayoría de las veces se estrellaban contra los guantes de su contrincante sin mayores consecuencias.
A esas alturas, Ayla ya se había dado cuenta de que aquella chica era más fuerte, más rápida y tenía mucha más experiencia que ella en combate.
Las gradas rugían con cada golpe. Los gritos de Momo conseguían imponerse a duras penas a los alaridos del público, que alentaba a ambas luchadoras a despedazarse. Ayla recibió una serie de golpes a los que respondió con un directo que se perdió en el aire.
Nada más hacerlo supo que estaba perdida.
Su rival aprovechó aquel error para lanzarle un gancho que esquivó por los pelos. De haberla alcanzado, la habría descabezado. Le siguieron algunos puñetazos más que hicieron temblar su guardia y la obligaron a retroceder. Pronto se vio acorralada en la esquina bajo una lluvia de golpes que arreció en cuanto su adversaria intuyó lo cerca que estaba de la victoria.
