La mano de Dios al timón - Enoch de Oliveira - E-Book

La mano de Dios al timón E-Book

Enoch de Oliveira

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Beschreibung

La iglesia fue pequeña en su nacimiento, y surgió de los escombros de un gran chasco. Desde su comienzo hubo quienes preveían, y aun deseaban, su fracaso. Todavía los hay actualmente. Pero también hubo quienes creyeron en su triunfo y trabajaron para lograrlo. Confiados en la dirección divina, hombres y mujeres invirtieron todo lo que tenían en esta causa: tiempo, bienes y hasta la vida misma. Si en algún momento la nave adventista pareció vacilar en el mar de la incertidumbre que asolaba al mundo, por otro lado alentaba en todos la certeza de que una Mano poderosa estaba al timón, conduciéndola con rumbo seguro. La iglesia crece y se agiganta. Pero no debemos ignorar sus orígenes, su historia. Vale la pena conocer las peripecias que afrontó en el pasado y extraer lecciones en cuanto a su futuro, con la certeza de que la mano de Dios continúa al timón.

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Seitenzahl: 548

Veröffentlichungsjahr: 2020

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La mano de Dios al timón

Enoch de Oliveira

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido
Tapa
Prefacio
Introducción
PRIMERA PARTE
1 - Y la tierra ayudó a la mujer
2 - Amargó mi vientre
3 - Lo débil para confundir lo fuerte
4 - Nacerá tu luz como el alba
5 - Decentemente y con orden
6 - Para que tengan vida
7 - Hermosos... los pies... del que anuncia
8 - El justo por la fe vivirá
9 - Una espada de fuego sobre Battle Creek
10 - Las puertas del infierno no prevalecerán
SEGUNDA PARTE
11 - Todos estos murieron en la fe
TERCERA PARTE
12 - Estos naufragaron en la fe
13 - Varón conforme a mi corazón
Conclusión
APÉNDICE
Cristo en el Santuario celestial
Elena de White y las cuestiones doctrinales

La mano de Dios al timón

Enoch de Oliveira

Título del original: A Máo de Deus au Lame, Casa Publicadora Brasileira, Rodovia SP 127, Km 106, Tatuí, Brasil, 1985.

Dirección: Edeltraut Steger de Pepe

Colaboración: Eugenio Di Dionisio

Traducción: Roberto Gullón

Diseño: Nancy Reinhardt

Propiedad de las ilustraciones: (Tapa) Shutterstock (banco de imágenes) / (Interior) General Conference Archives, Ellen G. / White Estate Inc., Archivo ACES

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXX

Es propiedad. © 1985 Casa Publicadora Brasileira. © 1986, 2013, 2020 ACES. Edición en castellano.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-240-4

Oliveira, Enoch de

La mano de Dios al timón / Enoch de Oliveira / Contribuciones de Eugenio Di Dionisio; Dirigido por Edeltraut Steger de Pepe. - 1ª ed. - Florida: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo digital: Online

Traducción de: Roberto Gullón.

ISBN 978-987-798-240-4

1. Iglesia Adventista. 2. Religiones. I. Di Dionisio, Eugenio, colab. II. Steger de Pepe, Edeltraut, dir. III. Gullón, Roberto, trad. IV. Título.

CDD 286.7

Publicado el 10 de agosto de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: [email protected]

Web site: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Dedicatoria

A mi padre, Saturnino de Oliveira, colportor pionero en el Brasil, que murió fiel a los ideales de la “bienaventurada esperanza”.

A mi madre, Jerónima, por su sacrificio e idealismo, que me inspiraron a ser un heraldo al servicio de la causa adventista.

A mi esposa, Lygia, cuya dedicación y amor sólo son sobrepujados por mi gratitud.

A mis hijos, Lutero, María Ilma, Vera Lucía y Ailton Renato, para que ellos y los jóvenes de su generación conozcan la fascinante his­toria de la Iglesia Adventista.

A mis nietos, Bruno y Carolina Oliveira, y Denison y Luciene Dörl, representantes de una generación que surge, para que en este libro encuentren inspiración para emular la fe de sus mayores.

Enoch de Oliveira, pág. 52.

Peligros temibles se hallan delante de aquellos que llevan responsabilidades en la causa de Dios; peligros que el solo pensar en ellos me hace temblar. Pero nos viene este mensaje: “Mi mano está sobre el timón, y no permitiré que los hombres controlen mi obra en estos últimos días. Mi mano maneja el timón, y mi providencia continuará cumpliendo los planes divinos, pese a las invenciones humanas...”

En la gran obra final nos encontraremos con perplejidades con las cuales no sabremos cómo tratar, pero no olvidemos que los tres grandes poderes del cielo están trabajando, que una mano divina está sobre el timón y que Dios hará que se realicen sus propósitos.

El evangelismo, pág. 52.

Prefacio

Una definición corriente enseña que la historia es la narración de los acontecimientos ocurridos. Obviamente, solo los acontecimientos que tienen significado en relación con la vida y la existencia de la humanidad hacen historia.

Este es un libro de historia, pero esta historia no es meramente el relato de los hechos humanos, porque la historia de la Iglesia Adventista del Séptimo Día es la historia de cómo Dios se relaciona con el pueblo que ha de cumplir su propósito en relación con los últimos eventos que sucederán en este mundo.

En el contexto de la Revelación, la historia siempre sirvió de fundamento y apoyo para los llamamientos divinos, en el sentido de que el pueblo debería ejercer completa confianza en Dios.

Una significativa porción de las Sagradas Escrituras se compone de relatos históricos que tenían la función para con el Israel literal, y la tienen para con el Israel espiritual, de servir como recordatorio de que el Dios que intervino en los acontecimientos pasados es poderoso y capaz de ayudar y conducir los destinos de la presente generación.

Una filosofía cristiana de la historia llevará forzosamente al investigador sincero a encontrarse con Dios, que en última instancia es el verdadero Arquitecto de la historia de la humanidad.

“En los anales de la historia humana, el crecimiento de las naciones, el levantamiento y la caída de los imperios, parecen depender de la voluntad y las proezas del hombre. Los sucesos parecen ser determinados, en gran parte, por su poder, su ambición o su capricho. Pero en la Palabra de Dios se descorre el velo, y contemplamos detrás, encima, y entre la trama y urdimbre de los intereses, las pasiones y el poder de los hombres, los agentes del Ser misericordioso, que ejecutan silenciosa y pacientemente los consejos de la voluntad de Dios” (La educación, pág. 173).

Infeliz del pueblo que pierde la memoria de sus orígenes. Por eso la Iglesia Adventista no puede olvidar su historia. Al mirar hacia el pasado, la iglesia del presente renueva su confianza en la certeza de que el Movimiento Adventista no es un movimiento de hechura humana, sino que fue suscitado por la acción de Dios en irrefutable cumplimiento de las profecías de los libros de Daniel y Apocalipsis.

En el año 1915, poco antes de su muerte, Elena de White escribió este testimonio de fe: “Al recapacitar en nuestra historia pasada, habiendo recorrido cada paso de su progreso hasta nuestra situación actual, puedo decir: ‘¡Alabemos a Dios!’ Mientras contemplo lo que el Señor ha hecho, me siento llena de asombro y confianza en Cristo como nuestro caudillo. No tenemos nada que temer en lo futuro, excepto que olvidemos la manera en que el Señor nos ha conducido y sus enseñanzas en nuestra historia pasada” (Joyas de los testimonios, t. 3, pág. 443).

La historia de las organizaciones religiosas enseña que la tercera generación de miembros debilita la estructura del movimiento, porque pierde contacto con los fundamentos creídos y defendidos por los padres fundadores.

Algunos de los movimientos liberales que se han desarrollado entre los adventistas en nuestros días, revelan que muchos están perdiendo contacto con las razones y los fundamentos de nuestra fe, y eso en los diversos campos de acción de la iglesia: educación, administración, doctrinas e incluso la misma misión del adventismo. Esta actividad ha destruido la confianza de muchos en la actuación presente de Dios en relación con su iglesia, llevándolos a ver un futuro incierto y especulativo.

Este libro que la Iglesia Adventista acaba de recibir de la pluma erudita de uno de sus más nobles pensadores, viene como de molde a establecer la confianza sin reservas en la autenticidad divina del Movimiento Adventista.

El Dr. Enoch de Oliveira, hijo de uno de los pioneros de la página impresa en el Brasil, busca en el pasado el argumento de la historia para iluminar la senda de las realizaciones presentes de la iglesia. Por lo tanto, el libro que usted tiene en sus manos es un libro de fe.

En el momento cuando muchos prefieren recorrer la senda de la duda, apoyándose en la teología del “Si” y en su racionalismo especulativo, el autor, en un estilo rico y exuberante, prodiga certidumbre y lealtad, fe y confianza en los hitos inamovibles de las verdades adventistas.

La iglesia de Dios no está en crisis. En crisis están algunos que silenciosa y audiblemente, velada o públicamente, por razones personales, prefieren distanciarse de la estabilidad confortadora que la iglesia les ofrece. Abandonan la seguridad del arca de Dios para aventurarse en las inciertas teologías del océano de las especulaciones humanas.

Comenzando con los primeros fulgores del amanecer millerita, el autor lleva el pensamiento del lector a lo largo de todo el proceso histórico de la formulación doctrinal y organizativa de la Iglesia Adventista; desaparece la generación de los pioneros y surgen nuevos líderes; enemigos profetizan el aborto del embrión adventista; movimientos disidentes prometen destruir la unidad de la fe por la influencia de hombres poderosos en el arte de argumentar; libros y revistas surgen como esponjas impregnadas del veneno de la incredulidad y la amargura; pero todos esos eventos tan sólo sirven para dar a la Iglesia de Dios la madurez plena y para que el árbol del adventismo profundice más sus raíces en el suelo del estudio de la Palabra de Dios.

El autor demuestra que la historia de las realizaciones de los pioneros, de los movimientos opositores, de la reestructuración organizativa, de la acción resuelta de los líderes del pasado y del presente, levanta ante el mundo la incuestionable certeza de que “la mano de Dios está haciendo girar el timón”.

Quiera Dios que cada lector, al repasar en estas páginas el testimonio de la historia, pueda oír, más allá del elegante estilo y de los nombres y hechos mencionados, la voz de Dios afirmándole una vez más: “Mi mano está al timón”.

Joel Sarli

NOTAS DE LOS EDITORES

* Esta versión revisada y ampliada le debe al Pr. Eugenio Di Dionisio (docente, historiador, administrador) el cierre del ministerio del Pr. Neal Wilson y las biografías de los pastores Roberto Folkenberg, Jan Paulsen y Ted Wilson. Nuestro gran reconocimiento y agradecimiento al Pr. Di Dionisio por su noble contribución a esta magna obra.

* Como la 1ª edición de este libro salió a la luz en 1986, esta 2ª edición incorpora actualizaciones estadísticas, en cifras y demás datos denominacionales, al 31 de diciembre de 2012.

Introducción

En medio de las densas selvas que cubren el territorio oriental peruano, se oye el murmullo de un arroyuelo, serpenteando sin pretensiones en la inmensa floresta. Aquel riacho, en su tímido esfuerzo, abriéndose camino en medio de una exuberante vegetación tropical, parece a veces pronto a desaparecer absorbido por la tierra sedienta. Pero contorneando sucesivos obstáculos, el arroyuelo avanza aumentando gradualmente el ímpetu de su corriente. Alimentado a lo largo de su curso por pequeños tributarios, se transforma progresivamente en caudaloso río, conocido por el nombre de Marañón. Cruzando la línea divisoria que separa el Brasil del Perú, el Marañón sigue su curso natural, profundizando su lecho, ensanchando sus márgenes y ampliando su caudal. Al recibir las aguas de un considerable número de afluentes, el Marañón se transforma en el exuberante Amazonas, uno de los mayores ríos del mundo.

Del crecimiento del arroyuelo en las selvas peruanas y su sorprendente transformación en el caudaloso Amazonas, podemos derivar una analogía relacionada con la historia del adventismo. En sus orígenes, el adventismo se reducía a un irrelevante puñado de piadosos estudiantes de las profecías, sobrevivientes del naufragio millerita. En sus años formativos parecía demasiado frágil, próximo a veces a desaparecer, víctima del escarnio, la burla y el desdén de sus adversarios. Pero bajo la poderosa conducción del Espíritu Santo, aquellos hombres y mujeres de fe lograron transformar un tímido y vacilante comienzo en un caudaloso movimiento profético.

En este libro analizaremos el sorprendente crecimiento y la organización de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Veremos cómo este movimiento, así como las aguas susurrantes de un arroyo en sus comienzos, guiado por la mano divina, se transformó en poderoso complejo eclesiástico internacional. Lo veremos, página tras página, avanzar triunfante, a pesar de los sucesivos e innumerables obstáculos que se levantaron en su camino.

El lector no encontrará en sus páginas un panegírico emotivo de la iglesia, o una ardiente apología de sus doctrinas, pero sí un análisis contextual del ambiente en que surgió el adventismo en el siglo XIX, y una apreciación de las razones históricas y proféticas que justificaron sus orígenes, desenvolvimiento y consolidación.

Aunque procurando mantener entera imparcialidad y justicia en la apreciación de los acontecimientos y en el análisis de la contribución dada al movimiento por sus fundadores, el autor admite la posibilidad de haber exaltado con demasiado entusiasmo la obra realizada por los pioneros. El lector sabrá, sin embargo, comprender con espíritu indulgente, que el libro fue escrito por alguien que, educado dentro de la filosofía adventista, jamás conseguiría divorciarse de sus raíces para producir una obra absolutamente imparcial.

La idea de la publicación de este libro surgió en la mente de mi esposa y contó con su dedicada cooperación y su análisis crítico. Le cupo no solamente la tarea monótona y cansadora de mecanografiar los originales y verificar las notas bibliográficas, sino también de ocuparse en el esfuerzo por simplificar el lenguaje, tornándolo menos técnico y más accesible a los lectores no acostumbrados a la terminología propia del lenguaje teológico.

Ojalá el Señor llene de bendiciones el corazón de todos cuantos lean este libro, llevándolos a una clara comprensión del origen y la misión de la Iglesia Adventista, e infundiéndoles fe y confianza en su mensaje y destino.

El autor

LA MANO DE DIOS AL TIMÓN

PRIMERA PARTE

Después de una tormentosa aventura marítima, los padres peregrinos llegaron a las playas de América del Norte, donde establecieron “una Iglesia sin papa y un Estado sin rey”.

1

Y la tierra ayudó a la mujer

“Pero la tierra ayudó a la mujer, pues la tierra abrió su boca y tragó el río que el dragón había echado de su boca”. Apocalipsis 12:16.

Sucedió el 14 de febrero de 1556. La catedral de Oxford, en Inglaterra, bullía de sacerdotes y prelados. Entre ellos se destacaba la serena figura de Tomás Cranmer, respetado arzobispo de Canterbury, primado de Inglaterra, pronto a ser degradado de su elevada investidura eclesiástica.

Una nerviosa expectativa dominaba a los religiosos reunidos en aquel histórico encuentro. La insólita ceremonia se inició cuando los representantes papales vistieron al arzobispo con una réplica barata de los hábitos episcopales, con sus coloridos ornamentos y dignidades eclesiásticas. El ritual fue solemne e impresionante. Las insignias y los símbolos le fueron arrancados uno tras otro en una ceremonia cargada de dramatismo y emoción. También le quitaron la vestidura talar y el manto litúrgico. Su cabeza, aunque pronunciadamente calva, fue afeitada. El óleo de la unción fue simbólicamente retirado de sus manos. Y cuando finalmente quedó destituido de todas las dignidades inherentes a su elevado oficio, se oyó una voz grave y solemne que repercutía entre las arcadas de la gran iglesia. Era el obispo Bonner anunciando el fin del humillante ritual. Cranmer había sido degradado. Todos los vestigios de su autoridad eclesiástica le habían sido quitados.

Con todo, este desusado melodrama fue apenas el preludio de un episodio más intenso, ocurrido un mes más tarde. Sometido autoritariamente a una cruel tortura mental, Cranmer firmó sin convicción un documento en el cual “confesaba” sus herejías y se retractaba de sus “desvíos teológicos”.

Llevado después a otra ceremonia especial en la Iglesia de Santa María, a fin de confesar públicamente su “extravío espiritual” y exhortar a los “herejes” a abandonar sus “malos caminos”, sorprendió a todos cuando anunció su firme determinación de no violar jamás su conciencia, renunciando a convicciones cristalizadas.

“Esta mano que firmó el documento que contiene mi confesión deberá ser la primera en ser consumida en las llamas del fuego inquisidor –declaró solemnemente. Y añadió–: Rechazo al papa por ser enemigo de Cristo... Lo rechazo por sus falsos dogmas. En lo que atañe a los sacramentos...”1

Su discurso fue abruptamente interrumpido y su voz sofocada por otras voces que se unieron en una protesta histérica y satánica. Arrastrado por la multitud fuera del santuario, después fue condenado por los tribunales de la iglesia. Con un heroísmo reconocido por los mismos verdugos, sucumbió en medio de las llamas crepitantes de otra de las criminales hogueras encendidas por la intolerancia medieval.

Aquella mano, en realidad, no merecía ser destruida por el fuego, ya que había sido responsable de la redacción de Book of Common Prayer [Libro de la oración común], uno de los clásicos de la literatura cristiana, usado por la iglesia en Inglaterra en sus servicios litúrgicos.

Cranmer fue un mártir más entre los millones inmolados en el altar de la intolerancia religiosa, víctimas de la coerción y del autoritarismo. Pereció porque osó levantar la voz contra la dominante degeneración de la fe cristiana.

El cristianismo vivía entonces un período sombrío de su historia. El evangelio predicado por Cristo y sus apóstoles se había contaminado en las fuentes corrompidas del paganismo. Aunque profesando aceptar a Jesús como el Hijo de Dios y creer en su muerte y resurrección, la mayoría de los cristianos perdieron de vista la malignidad del pecado y no sentían ya necesidad de la gracia redentora del evangelio. El germen de la idolatría producía su obra funesta. Dogmas, ritos supersticiosos y ceremonias de origen pagano se introdujeron en el seno de la iglesia, incorporándose a la fe de los profesos seguidores de Cristo.

La pluma inspirada, con notable vehemencia, describe las condiciones espirituales de aquellos días, diciendo:

Prevalecían el fraude, la avaricia y la lascivia. No había crimen que no se cometiera para obtener riquezas o escalar posiciones. Los palacios de los papas y los prelados eran escenarios del libertinaje más degradante. Algunos de los pontífices reinantes cometieron crímenes tan repugnantes que los gobernantes seculares trataron de deponer a esos dignatarios de la iglesia como monstruos demasiado viles para ser tolerados sobre el trono. Por siglos no progresaron la ciencia, las artes ni la civilización. Una parálisis moral e intelectual se apoderó de la cristiandad.2

Sobre la iglesia apóstata flameaba el negro estandarte de Satanás. Grupos minoritarios protestaban en vano contra los desvíos de la iglesia, reclamando reformas vigorosas tendientes a la restauración de la “fe que ha sido una vez dada a los santos”. Empero, sus voces eran siempre reducidas al silencio por la mayoría inconversa, apoyada en la aplastante fuerza de los números.

Uniéndose al Estado en un matrimonio adulterino, Roma pasó a emplear el brazo secular en el manejo de las armas temporales, con el objeto de silenciar a los fieles portaestandartes del evangelio apostólico. Entonces se desencadenó una persecución brutal, obstinada y sin cuartel contra los fieles disconformes con las aberraciones paganas introducidas en el seno del cristianismo.

Este despotismo religioso se inspiró en el pensamiento de Tomás de Aquino (1225-1274), teólogo medieval, llamado también Doctor Angélico, quien con argumentos discutibles había defendido la pena de muerte para los “herejes”, los “corruptores de la fe cristiana”.3

Inocencio III (1198-1216), cuyo pontificado se destacó por la vileza del carácter, instituyó desde las entrañas de su absolutismo el execrable tribunal de la “Santa Inquisición”, y proclamó la sangrienta extirpación de las minorías disidentes, insatisfechas con los desvíos y las corrupciones de la iglesia.

Al percibir las intenciones sanguinarias de Roma, millares buscaron refugio en los valles, en las cavernas de las montañas, en los lugares desiertos y solitarios. Se cumplía así el vaticinio inspirado: “La mujer [iglesia] huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios, para que allí la sustenten por mil doscientos sesenta días”.4

Traduciendo la determinación de aquellos fieles exiliados Elena de White escribió:

Determinaron mantenerse leales a Dios y conservar la pureza y sencillez de su fe. Se efectuó una separación. Los que permanecieron firmes en la antigua fe se retiraron; algunos abandonaron sus Alpes natales y alzaron el pendón de la verdad en países extraños; otros se refugiaron en los valles solitarios y en los baluartes peñascosos de las montañas, y allí preservaron su libertad para adorar a Dios.5

Procurando mantener la “unidad de la fe”, Inocencio III decretó el exterminio de los albigenses, que insistían en un culto espiritual, sin el uso de crucifijos. Como resultado fueron destruidas, en el sur de Francia, ciudades enteras y sus habitantes pasados a espada. Siguiendo instrucciones de Roma, fueron también perpetradas atrocidades innombrables por el Duque de Alba con las minorías cristianas de los Países Bajos. El número de los que fueron ejecutados, según Gibbon, durante un corto reinado del terror, excedió en mucho al número de mártires habido en el espacio de tres siglos en el Imperio Romano.

Las barbaridades cometidas entre el saqueo y las ruinas de las ciudades hambrientas y abrasadas, casi va más allá de lo que se puede creer; las criaturas eran arrancadas de los vientres de los cuerpos vivos de las madres; mujeres y niños eran violados por miles, y poblaciones enteras eran quemadas y arrasadas por los soldados, por todos los medios que podía imaginar la crueldad en su ingenio diabólico.6

En los anales de la crueldad humana, ocupa un lugar destacado la despiadada tempestad de sangre que se abatió sobre Francia en la noche del 24 de agosto de 1572, la trágica noche de San Bartolomé. Millares de cristianos fueron despertados de su tranquilo sueño, arrastrados a la calle y brutalmente asesinados. Nobles y campesinos, ancianos, mujeres indefensas y hasta criaturas fueron juntamente torturados y exterminados a sangre fría. Las víctimas han sido variablemente calculadas entre diez mil y cien mil. El violento ataque, consumado con inconcebible furia, suscitó una onda de horror, espanto e indignación. La jerarquía religiosa, sin embargo, celebró el salvaje genocidio con aclamaciones festivas.

Cuando la noticia de la matanza llegó a Roma, el regocijo del clero no tuvo límites. El cardenal de Lorena premió al mensajero con mil duros; el cañón de San Ángelo tronó en alegres salvas; se oyeron las campanas de todas las torres; innumerables fogatas convirtieron la noche en día; y Gregorio XIII, acompañado de los cardenales y otros dignatarios eclesiásticos, se encaminó en larga procesión hacia la iglesia de San Luis, donde el cardenal de Lorena cantó el Te Deum...7

En efecto, Roma se mostraba embriagada “de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús”.8 El tribunal del Santo Oficio, creado por Inocencio III por decisión del Concilio de Tolosa, además de haber instigado cruelísimas persecuciones, sentenció a muerte a Henrique Voes, Wishart, Hamilton, Latimer, Cranmer, Hus, Jerónimo, Savonarola y muchos otros piadosos líderes religiosos. Los “autos de fe” ahogaron en un océano de sangre todos los intentos de preservar la pureza y sencillez de la fe que caracterizaron a la iglesia cristiana primitiva.

Indiferente a los crímenes repugnantes cometidos contra los derechos humanos, Roma parecía empeñarse con redoblado vigor en su saña perseguidora. “Y la serpiente [Satanás] arrojó de su boca, tras la mujer [iglesia], agua como un río, para que fuese arrastrada por el río”.9 Satanás intensificó su furor asesino por intermedio del despotismo eclesiástico, lanzando poderosas cruzadas (aguas como un río) que, con violencia y atrocidades sin cuento, pretendían extirpar las “herejías”. Y miles, “de los cuales el mundo no es digno”, sucumbieron regocijándose por ser tenidos por dignos de sufrir por la causa de la verdad.

“Si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo”,10 dice el Señor en su sermón profético. A pesar de la “gran tribulación”, la iglesia de Cristo permaneció imbatible. El calabozo, la tortura, el patíbulo, la fuerza y la hoguera fueron insuficientes para disuadirlos de su lealtad para con Dios y para con su conciencia. Aunque ultrajados, cubiertos de infamia, estigmatizados como la escoria del mundo, permanecieron firmes “como viendo al Invisible”.11 No obstante, Dios, en su misericordia para con su pueblo, abrevió el tiempo de su terrible prueba.

“Pero la tierra ayudó a la mujer [iglesia], pues la tierra abrió su boca y tragó el río que el dragón había echado de su boca”.12 Con los triunfos de la Reforma del siglo XVI, las cruzadas promovidas contra los elegidos de Dios perdieron su ímpetu original. Se multiplicaron los defensores de la verdadera fe. Con el triunfo protestante logrado en Alemania, Suiza, Holanda, Noruega y Suecia, el poder perseguidor de Roma quedó circunscripto dentro de una jurisdicción más limitada. Y las multitudes, víctimas de la intolerancia, la opresión y el despotismo, buscaron refugio en las tierras conquistadas por la Reforma, donde fueron recibidas afectuosamente y tratadas con dignidad y ternura.

La revolución religiosa, en marcha en aquel entonces, proporcionó a Inglaterra las condiciones indispensables para la implantación de una religión nacional. La supremacía papal fue rechazada y en su lugar el rey se entronizó como cabeza de la iglesia. Sin embargo, muchas costumbres y ceremonias de origen romano permanecieron incorporadas a su culto. Gradualmente, el derecho de cada ciudadano a adorar a Dios según los dictámenes de su propia conciencia, pasó a ser ignorado. El monarca llegó a exigir que todos los ciudadanos aceptasen los dogmas y la liturgia formulados por la iglesia oficial.

Se le prohibió a la gente, so pena de fuertes multas, prisión y destierro, que asistiera a cualesquiera reuniones religiosas que no fueran las sancionadas por la iglesia. Las almas fieles que no podían dejar de reunirse para adorar a Dios tuvieron que hacerlo en callejones oscuros, buhardillas sombrías y, en estaciones propicias, en los bosques a medianoche... muchos sufrieron por su fe. Las cárceles rebosaban. Las familias eran divididas... Sin embargo, Dios estaba con su pueblo y la persecución no podía prevalecer para acallar su testimonio.13

Durante el reinado de Jacobo I (1603-1635), muchos líderes religiosos disidentes fueron perseguidos, lanzados en sombrías mazmorras y finalmente ejecutados. Juan Greenwood, dirigente de un grupo llamado “Padres Peregrinos”, pagó con sangre su inconformidad con los restos de idolatría existentes en el culto oficial. Sus seguidores decidieron entonces que “Inglaterra había dejado de ser lugar habitable”.14 Con sorprendente arrogancia el rey declaró su disposición de hacer que los disidentes “se conformaran o de lo contrario... que fueran expulsados del país, o tratados todavía peor”.15

La amenaza era seria. Urgía tomar medidas de resguardo. Vislumbrando días sombríos, los “Padres Peregrinos” decidieron con su pastor, Juan Robinson, cruzar el Canal de la Mancha y establecerse en las tierras libres de Holanda, territorio conquistado por la Reforma.

Posteriormente planearon cruzar las aguas del Atlántico, teniendo en vista alcanzar las playas de la América del Norte, donde soñaban establecer “una iglesia sin papa y un Estado sin rey”.

Simultáneamente con los movimientos de la Reforma en Europa, los navegantes ibéricos, recorriendo “mares nunca antes navegados”, descubrieron el Nuevo Mundo. Dios, en sus insondables designios, estaba preparando otro lugar de refugio para la “mujer”, su iglesia, entonces afligida por la espada inclemente al servicio del autoritarismo.

Después de tres años de planificación, los peregrinos parecían estar preparados para iniciar el gran viaje a través del Atlántico. Comenzaron la heroica aventura en una vieja embarcación llamada Speedwell, el 22 de julio de 1620. Cuando el viento hinchó las velas, expresaron entre lágrimas, oraciones y cantos de loor a Dios su determinación de seguir rumbo al Occidente, con el propósito de encender en el Nuevo Mundo la llama de la libertad.

No tardaron, empero, en llegar a la conclusión de que el viejo barco en que habían iniciado el viaje no ofrecía seguridad suficiente para la travesía marítima. Decidieron por tanto, en Plymouth, Inglaterra, tomar otro barco, el Mayflower, con el cual continuaron la gran epopeya en dirección a lo desconocido. Eran en total 102 los pasajeros que iniciaron, el 6 de septiembre de 1620, la segunda etapa del extenso itinerario. Dos pasajeros adicionales fueron añadidos posteriormente al grupo –bebés que nacieron durante el viaje.

Después de una tormentosa aventura que duró 67 días, el Mayflower ancló junto al litoral del nuevo continente, en un día invernal de noviembre. Antes de desembarcar con sus biblias, himnarios, ropas y los pocos objetos de uso personal, firmaron un documento histórico: el Pacto del Mayflower, reconocido posteriormente como auténtica Carta Magna de la libertad, una extraordinaria declaración de principios que preparó el camino para la implantación de los ideales democráticos, basados en la separación del Estado y la Iglesia.

El desembarco ocurrió en el inicio de un riguroso invierno, con sus inclementes tempestades de nieve. El largo período vivido a bordo de una pequeña embarcación los dejó, durante la estación invernal, físicamente debilitados y susceptibles a la neumonía, tan común en aquellos días. Como resultado, de los 104 peregrinos, 54 murieron durante el primer año. Las mujeres fueron las que más sufrieron. Solamente cinco, entre las dieciocho esposas, lograron sobrevivir. Hubo momentos en que apenas siete colonos mostraron estar físicamente en condiciones de cuidar de los demás enfermos.

Con el advenimiento de la primavera, las perspectivas se tornaron más brillantes. Pudieron entonces dedicarse a la caza, la pesca y la recolección de frutas silvestres. La plantación de maíz produjo buenos resultados. La construcción de casas fue acelerada y las relaciones con los indios, que al principio se caracterizaron por la hostilidad, se tornaron cordiales y pacíficas.

Guillermo Bradford, describiendo las impresiones vividas durante aquella transición de estaciones, se expresó así:

Pasado el invierno, todas las cosas se nos presentaban con el aspecto de haber sido azotadas por las tormentas. El país entero, lleno de bosques y matorrales, ofrecía un panorama salvaje. Si mirábamos hacia atrás, estaba el rugiente océano que habíamos atravesado y que ahora significaba una barrera y un abismo que nos separaba del mundo civilizado... ¿Qué podría ahora sostenernos sino el Espíritu de Dios y su gracia016

A pesar de las enormes y conmovedoras pérdidas sufridas, aquellos bravos peregrinos celebraron al finalizar el primer año en las tierras libres de América, un culto de acción de gracias a Dios por el privilegio de adorarlo según los dictámenes de su conciencia, sin aprensiones ni temores. Aquella celebración fue el embrión de una festividad que pasó a integrar la tradición norteamericana al conmemorar oficialmente cada año, el último jueves de noviembre, el Día de Acción de Gracias a la fuente de “toda buena dádiva y todo don perfecto”.17

Al finalizar el primer año, los animosos peregrinos celebraron un culto de acción de gracias a Dios por el privilegio de adorarlo sin aprensiones ni temores.

Ocho años más tarde los “puritanos”, acosados también por las persecuciones religiosas en el Viejo Mundo, y a semejanza de los peregrinos, emigraron hacia América.

Por millares salieron los cuáqueros de Inglaterra, donde centenares de ellos habían sido encarcelados y muchos habían sufrido el martirio. En Nueva Jersey, Delaware y Pensilvania fundaron ciudades prósperas en medio de las feraces tierras a cuyo cultivo se dedicaron, bajo las garantías de una libertad que no habían conocido en su patria. Como otorgaban esta libertad a otros, ello atrajo a muchos inmigrantes; luteranos, menonitas, moravos, etc. Llegaron también hugonotes de Francia, especialmente después de la revocación del edicto de Nantes por Luis XIV, en 1685.18

En efecto, una vez más “la tierra ayudó a la mujer” (iglesia) proporcionándole refugio y seguridad en momentos de angustia y tribulación.

Cuando los peregrinos partieron de Holanda rumbo a las playas de América, Juan Robinson, su pastor, impedido de acompañarlos, se expresó así en un memorable discurso de despedida:

Hermanos, dentro de muy poco tiempo vamos a separarnos y sólo el Señor sabe si viviré para volver a ver sus rostros. Pero sea cual fuere lo que el Señor disponga, los exhorto ante Dios y sus santos ángeles a que me sigan no más allá de lo que yo he seguido a Cristo. Si Dios quiere revelarles algo por medio de algún instrumento suyo, estén listos a recibirlo como lo estuvieron para recibir alguna verdad por medio de mi ministerio; pues estoy seguro de que el Señor tiene más verdades y luces que sacar de su Santa Palabra.19

Juan Robinson parecía intuir los grandes planes de Dios para su iglesia.

Después de la densa noche medieval, surgió la Reforma inaugurando un esplendoroso amanecer. “La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto”.20 Dios habría de iluminar a su iglesia con todo su fulgor, restaurando las verdades que la apostasía medieval ocultó entre las sombras de su sistema religioso. La luz del Cielo habría de incidir sobre la iglesia en forma gradual y constante “hasta que el día [fuese] perfecto”. Sí, Robinson se expresó correctamente cuando declaró que “el Señor tiene más verdades y más luces que sacar de su Santa Palabra”.

Una nueva nación se estaba gestando por medio de un pueblo heterogéneo, procedente de muchas nacionalidades. Aunque representando diferentes lenguas y culturas, los inspiraba un sentimiento común: el amor a la libertad. La Biblia era para ellos “el fundamento de la fe, la fuente de la sabiduría y la carta magna de la libertad. Sus principios se enseñaban diligentemente en los hogares, las escuelas y las iglesias, y sus frutos se hicieron manifiestos en prosperidad, inteligencia, pureza y temperancia”.21

Emergía en el mundo occidental una nueva sociedad saturada de fe e impregnada de fervor religioso. El futuro de una gran nación estaba siendo moldeado con aptitud e ingenio. Una Providencia vigilante preparaba la cuna para el nacimiento de un movimiento profético.

Transcurrieron varias décadas, y entre los descendientes de los colonizadores de América, forjadores de una nueva nacionalidad, ocurrió un extraordinario reavivamiento de interés en torno de las profecías de Daniel y Apocalipsis. El estudio de estos dos libros reencendió la llama de la fe en el segundo advenimiento de Cristo. Como resultado del estudio directo de las profecías, centenares de clérigos y millares de fieles fueron sacudidos por la convicción de que Cristo estaba pronto a manifestarse en poder y gran gloria.

Y mientras proseguían escudriñando las profecías, vieron sus conclusiones confirmadas en un evento insólito que, para ellos, significó el inequívoco cumplimiento de las palabras de Jesús en su sermón profético: “E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor”.22

Fue el 19 de mayo de 1780, cuando, entre las diez y las once de la mañana, el sol perdió gradualmente su fulgor natural, suscitando justificadas aprensiones y temores. Refiriéndose a aquel extraño fenómeno, R. M. Devens escribió:

Tal vez el fenómeno más misterioso e inexplicado de su especie en la vasta sucesión de acontecimientos de la naturaleza, durante el último siglo, ha sido el día oscuro del 19 de mayo de 1780... que provocó intensa alarma y pánico en millares de mentes, y confusión en las mismas criaturas brutas, habiendo huido las gallinas desorientadas a sus gallineros, los pájaros a sus nidos y los animales a sus dependencias. En efecto, millares de personas de aquel tiempo se convencieron de que había llegado el fin de todas las cosas terrestres.23

Otro gran y sorprendente acontecimiento ocurrió el 13 de noviembre de 1833, cuando un deslumbrante espectáculo de “fuegos de artificio” siderales fue presenciado por millares de personas, principalmente en la costa este de Estados Unidos. Los piadosos estudiantes de las profecías identificaron en la “lluvia de estrellas fugaces” las palabras proféticas de Jesús: “...y las estrellas caerán del cielo”.24

Con espanto y reverente temor, miles de personas contemplaron el espectáculo meteórico anunciado por la profecía.

Durante algunas horas, el firmamento de todo Estados Unidos estuvo en ígnea conmoción. Ningún fenómeno celeste ocurrió jamás en este país desde su inicio que haya sido contemplado con tan intensa admiración por cierta clase de personas o con tanto temor y pánico por otras... Durante sus tres horas de duración, se pensaba que el día del juicio estaba apenas aguardando la salida del sol.25

Con profundo y reverente temor, asociaron aquella “lluvia meteórica” con la exhortación del Señor: “Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca”.26 Así se cristalizaba el ideal de la esperanza adventista.

Y esta “tierra” libre que, en cumplimiento de los oráculos divinos, ofreció a la “mujer” protección y abrigo, pasó a ver y atestiguar la marcha triunfal de una caravana de heraldos de la “bienaventurada esperanza”, fieles precursores de la proclamación mundial del triple mensaje angélico.

1 Frederick A. Norwood, Great Moments in Church History [Grandes momentos en la historia de la iglesia], pág. 87.

2 Elena de White, La historia de la redención, pág. 351.

3 Tomás de Aquino, Summa Theologica Secunda Secundae [Suma teológica, parte II], QUOEST X, Art. 11; y XI, Art. 3.

4 Apocalipsis 12:6.

5 White, El conflicto de los siglos, pág. 69.

6 Motley, Rise of the Dutch Republic II [El surgimiento de la República Holandesa II], pág. 504. Citado en: E. C. Pereira, ProblemaReligioso de América Latina, pág. 92.

7 Henry White, La Masacre de San Bartolomé. Citado en: Elena de White, El conflicto de los siglos, pág. 316.

8 Apocalipsis 17:6.

9 Apocalipsis 12:15.

10 Mateo 24:22.

11 Hebreos 11:27.

12 Apocalipsis 12:16.

13 Elena de White, El conflicto de los siglos, pág. 294.

14 J. G. Palfrey, Historia de Nueva Inglaterra. Citado en: White, ibíd., pág. 334.

15 George Bancroft, Historia de Estados Unidos de América. Citado en: White, ibíd.

16La historia de nuestra iglesia, editado por el Departamento de Educación de la Asociación General, pág. 111.

17 Santiago 1:17.

18 Marcelo I. Fayard, En defensa de la libertad religiosa, págs. 96, 97.

19 White, El conflicto de los siglos, págs. 335, 336.

20 Proverbios 4:18.

21 White, ibíd, pág. 341.

22 Mateo 24:29.

23 R. M. Devens, Our First Century [Nuestro primer siglo], págs. 89, 90. Citado en: Uriah Smith, As Profecías do Apocalipse [Las profecías del Apocalipsis], pág. 100.

24 Mateo 24:29.

25 Devens, ibíd., pág. 329. Citado en: Smith, ibíd., pág. 103.

26 Lucas 21:28.

2

Amargó mi vientre

“Entonces tomé el librito de la mano del ángel, y lo comí; y era dulce en mi boca como la miel, pero cuando lo hube comido, amargó mi vientre”. Apocalipsis 10:10.

El profeta Isaías pinta, con pinceladas magistrales, un cuadro marcado por el contraste entre la supremacía de Jehová y la inutilidad de los dioses adorados por el paganismo. Mientras el Dios de Israel conduce a su pueblo con demostraciones de poder, los impotentes dioses de las naciones vecinas son conducidos por sus adoradores. El profeta no esconde un sentimiento de sorpresa y pesar al describir la fragilidad de esos dioses, llevados como objetos de arte en el lomo de animales cansados.

Sus imágenes fueron puestas sobre bestias, sobre animales de carga; esas cosas que vosotros solíais llevar son alzadas cual carga, sobre las bestias cansadas.

Alquilan un platero para hacer un dios de ello; se postran y adoran. Se lo echan sobre los hombros, lo llevan, y lo colocan en su lugar; allí se está, y no se mueve de su sitio. Le gritan, y tampoco responde, ni libra de la tribulación.27

Pero, en contraste con los dioses del paganismo, cuyos brazos permanecen inertes hasta ser destruidos por la acción devastadora del tiempo, Jehová se manifiesta como “Dios vivo” que con “mano fuerte y poderosa” dirige a su pueblo en consonancia con sus insondables propósitos y soberanos designios.

Oídme, oh casa de Jacob... los que sois traídos por mí desde el vientre... yo llevaré, yo soportaré y guardaré.28

Con su “brazo fuerte” Dios liberó al pueblo de Israel del yugo faraónico y lo guió a través del desierto hasta la Tierra Prometida; suscitó a Juan el Bautista para conducir en Judea una obra precursora, anunciando el advenimiento del Mesías; iluminó la mente de los reformadores que precipitaron la revolución religiosa del siglo XVI; y a través de los tiempos, preparó el escenario para el surgimiento del movimiento adventista.

Este y otros importantes acontecimientos anunciados por los antiguos videntes, revelan de manera elocuente una “Presencia invisible” ejecutando sus planes en la Historia.

En efecto, por medio de la revelación Dios proyectó liberar a su pueblo de la tiranía egipcia. Conforme al relato, después de “cuatrocientos treinta años, en el mismo día todas las huestes de Jehová salieron de la tierra de Egipto” (la cursiva es nuestra).29

En los agitados tiempos herodianos, cuando Judea no pasaba de una simple provincia sujeta a Roma, cuando Israel aparecía humillado, sin rey y sin esperanzas, la mano de Dios en la historia se hizo evidente en la obra realizada por Juan el Bautista, con su vibrante y poderosa proclamación: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”.30

Interpelado por la inquieta multitud con un “¿Tú, quién eres?”, respondió con las palabras proféticas:

Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor...

Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado.31

El ministerio de Juan el Bautista fue el cumplimiento de una obra anunciada por los oráculos divinos, y sabemos que él entendió la naturaleza de su misión y el origen divino de su llamado.

La Reforma conducida con ardor y valor por Lutero y sus asociados, en el amanecer del siglo XVI, fue también un movimiento de origen profético. La mano invisible que conduce el timón de la historia, movió el brazo de Lutero cuando clavó en la puerta de la iglesia de Wittenberg las 95 tesis que precipitaron la reforma religiosa que cambiaría la corriente de la Historia.

Jesús, refiriéndose al espíritu de intolerancia que habría de estremecer al mundo durante el sombrío período medieval, profetizó que “si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo”.32

La tiranía de Roma fue atenuada con los triunfos de la Reforma. Los predicadores de la justificación por la fe lograron éxito en su obra y los fundamentos de la estructura escolástico-medieval fueron sacudidos. Como consecuencia de los avances de la Reforma, la intolerancia religiosa quedó circunscripta dentro de un territorio más limitado.

El movimiento adventista que nació en el siglo pasado, fue también un movimiento profético. Guiado por la mano de la Providencia, surgió a fin de restaurar el fervor adventista que se había eclipsado como resultado de las especulaciones de los utopistas que, adoptando ideas posmilenialistas, anunciaron el triunfo de la civilización cristiana sobre los poderes confederados de la impiedad.

Aunque las profecías de Daniel relacionadas con la historia, que van desde la Edad de Oro de Babilonia hasta el colapso del Imperio Romano, fueron interpretadas sin mayores dificultades por los investigadores del Libro Sagrado, había una cortina que ocultaba entre sus pliegues el significado de los acontecimientos que habrían de ocurrir entre el cuarto imperio y la vuelta de Cristo. Hablando sobre este nebuloso período profético, dijo el ángel al vidente:

Pero tú, Daniel, guarda estas cosas en secreto y sella el libro hasta que llegue el momento final. Mucha gente andará de acá para allá, buscando aumentar sus conocimientos.33

Y los siglos fueron arrastrándose en la irreversible sucesión de días y noches. Amaneció la era cristiana. Sobre la Tierra descendió la negra noche medieval. Surgió exuberante la Reforma. Pero, a pesar de todo, permanecían oscuras importantes predicciones de Daniel, desafiando la agudeza de los exégetas a través de los siglos.

En el Apocalipsis, donde están registradas las profecías concomitantes y complementarias al libro de Daniel, encontramos una significativa visión concedida al vidente de Patmos. Entre la sexta y la séptima trompeta, Juan vio un cuadro expresivo y lleno de significado: “Vi descender del cielo a otro ángel... Tenía en su mano un librito abierto”.34

En efecto, el libro de Daniel, sellado durante siglos, comenzó a ser gradualmente abierto por piadosos investigadores de la Palabra. A fines del siglo XVIII surgieron en muchos lugares calificados estudiosos de las Escrituras, que se esforzaban por disipar los misterios de la profecía que habían permanecido velados a la iglesia durante tantos siglos.

D. M. Ludlum destaca el énfasis que caracterizó a este período, diciendo:

En su afán por entender los actos de la voluntad divina, hombres piadosos se volvieron hacia las Escrituras; en los libros de Daniel y Apocalipsis encontraron no sólo una explicación satisfactoria para la impiedad prevaleciente, sino también un fundamento ideológico para combatir los males entonces existentes.

A fines del siglo muchos tomos dedicados a la exégesis bíblica, procedentes de las editoras de Nueva Inglaterra (costa este de Estados Unidos), recibieron amplia divulgación. Aunque divergían en pequeños detalles, todos coincidían en la interpretación de que “los tiempos proféticos” habían llegado, y que la situación presente representaba el Reino de la Incredulidad anunciado por la profecía, y que la segunda venida de Cristo y el comienzo del milenio eran inminentes.35

En Europa y en América Latina surgieron también extraordinarios pensadores que, investigando las profecías de Daniel, llegaron a conclusiones notablemente coincidentes. Se cumplía así, en forma inequívoca, el vaticinio que anunciaba para “el tiempo del fin” la apertura del libro sellado.

Los que se dedicaron al estudio de las profecías relacionadas con la segunda venida de Cristo, aunque conscientes de la advertencia divina de que “del día y la hora nadie sabe”,36 estimaron que no había inconveniente en calcular el año de su retorno.

En consonancia con este parecer, los estudiosos tanto del Viejo Mundo como los del Nuevo Mundo llegaron a la conclusión de que la profecía de los 2.300 años, cuyo término habría de ocurrir en la primera parte del siglo XIX, marcaría la intervención de Cristo en los destinos del mundo. La expectativa de tal acontecimiento motivó en muchos países la publicación de un diluvio de manuscritos e inspiró la creación de un apreciable número de sociedades para el estudio de las profecías.

El fervor adventista de aquellos días aparece apropiadamente sintetizado en las palabras de P. A. Damsteegt:

Primeramente, el énfasis sobre la escatología... ocurrió en Europa; más tarde llegó a América. Muchos de los que participaron en estos estudios se convencieron de que la vuelta de Cristo y el día del juicio eran inminentes e inaugurarían el milenio, una concepción teológica conocida como premilenialismo.37

Al escribir sobre este despertar adventista que se inspiró en el estudio de las profecías de Daniel, Francis D. Nichol se expresó así:

En ninguna parte fue aquel despertar más precioso, más definidamente organizado o más dramáticamente llevado a un clímax que en América [Estados Unidos]. En este país el predicador más preeminente fue Guillermo Miller, y por eso el movimiento del advenimiento en el hemisferio occidental es generalmente conocido como millerismo.38

Después de haber dedicado dos años al estudio intensivo de las Escrituras, leyendo y comparando las visiones de Daniel y Apocalipsis, Miller llegó a la siguiente conclusión:

En 1818, al término de mis dos años de estudio de las Escrituras, llegué a la solemne conclusión de que, en aproximadamente 25 años a partir de ese entonces, todos los asuntos relacionados con el presente cesarían.39

Analizando la declaración profética “hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado”,40 y comparando diferentes textos, llegó a la conclusión de que la “purificación” mencionada habría de ocurrir en cualquier momento en 1843, y que entonces la Tierra sería purificada por la presencia divina.

En las propias palabras de Miller encontramos una descripción del efecto que tal interpretación produjo en su alma.

No es preciso hablar de la alegría que inundó mi corazón en vista de la feliz perspectiva, o de la ardiente ansiedad de mi alma por la participación en las alegrías de los redimidos. La Biblia era ahora un nuevo libro para mí. Realmente fue un festival de buen sentido; todo lo que se me aparecía nebuloso, místico u oscuro en sus enseñanzas, fue disipado en mi mente ante la clara luz que ahora brotaba de sus páginas sagradas; y, ¡oh, cuán brillante y gloriosa se manifestaba la verdad!... Mis conclusiones se consolidaron y comencé a esperar, velar y orar por la venida de mi Salvador.41

Miller transmitió a millares la esperanza que iluminó su corazón. Por todas partes multitudes se alegraron con la consoladora certeza de que en breve los justos serían galardonados y las aflicciones del “siglo presente” habrían de desaparecer para siempre.

Al principio, la predicación de una fecha definida para la segunda venida de Cristo sufrió una gran oposición. Empero, con el transcurso del tiempo, la tendencia a establecer una fecha específica se fue cristalizando y finalmente llegó a ser aceptada por casi todos.

Al aproximarse el año 1843, Miller y algunos fieles colaboradores revisaron los cálculos y notaron que el “año judaico de 1843” finalizaba el 21 de marzo de 1844. Utilizando el calendario caraíta y la cronología de William Hales, concluyeron que los 2.300 años finalizarían el 21 de marzo de 1844. Posteriormente estos cálculos fueron revisados por Samuel Sheffield Snow. Tomando en cuenta que el decreto para “restaurar y edificar a Jerusalem”42 fue promulgado en la última parte del año 457 a.C., Snow llegó a la conclusión de que los 2.300 días proféticos terminarían en el otoño de 1844. En una carta dirigida a Southard se expresó así:

Si las 69 semanas terminaron en el otoño del año 27 d.C., ¿cuándo podemos esperar el fin de los 2.300 días? La respuesta es clara. Al restar 483 de 2.300, el resultado es 1.817. En el otoño del año 27 d.C., quedaban todavía esos años por cumplirse. Entonces, sumando a esa fecha estos 1.817 años, concluimos que esto nos lleva al otoño de 1844.43

A medida que se aproximaba el mes de octubre de 1844, crecía el fervor en la proclamación de la “bienaventurada esperanza”. Tal mensaje producía por todas partes intenso júbilo y piadosa expectativa. Viviendo profundas e indescriptibles emociones, los milleritas aguardaron en el día determinado el aparecimiento triunfal y glorioso de Jesús. Pero el sol se puso aquella tarde y él no vino. Esperaron hasta la medianoche y la esperanza no se cristalizó.

En efecto, el libro cuyo mensaje era “dulce... como la miel”44 se tornó demasiado amargo para los fieles de aquellos días. “Nuestras más caras esperanzas y expectativas fueron aplastadas –escribió posteriormente Hiram Edson–. Y nos sobrevino un espíritu tal de llanto como no habíamos experimentado nunca antes... Lloramos y lloramos hasta el amanecer”.45

La prueba de fe y paciencia había sido devastadora. Con ansiosa expectativa aguardaban la gloriosa manifestación de Cristo. Pero el tiempo anunciado pasó y el Salvador no vino. Millares, vencidos por el escarnio, renunciaron a la “bienaventurada esperanza”. No obstante, los fieles y sinceros tomaron el Libro de Dios y, al examinarlo, cobraron ánimo y renovaron la esperanza al leer las palabras del profeta:

Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará.46

Miles de los que participaron de la amarga experiencia de 1844, desalentados, volvieron a sus iglesias de origen. Sin embargo, un grupo de piadosos investigadores de la Biblia encontró en la Inspiración palabras de estímulo y perseverancia en la fe adventista:

No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Más el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.47

En un espíritu de súplica y fervorosa investigación de las profecías, surgió victorioso el movimiento adventista.

En éste y en otros textos, el remanente de los adventistas encontró el consuelo necesario para soportar las críticas y las burlas de un mundo irreverente y escarnecedor. ¡Con qué fervor escudriñaron el Libro divino! “A menudo –escribió la Sra. de White– permanecíamos reunidos hasta tarde en la noche, y a veces pasábamos la noche entera orando en busca de luz y estudiando la Palabra”.48

En este espíritu de súplica y piadosa investigación de las Escrituras, emergió triunfante el movimiento adventista. Dios extendió su mano con redoblada gracia y poder. Como divino Alfarero, después del amargo chasco, Dios juntó los fragmentos, remodeló el cuerpo de su iglesia, la renovó con nuevas revelaciones de su voluntad y la levantó con la fuerza de su brazo, para guiarla en la proclamación del “evangelio eterno”, “a toda nación, tribu, lengua y pueblo”.49

Los pioneros adventistas no comenzaron un movimiento religioso animados por el simple propósito de introducir una nueva disidencia en el seno del cristianismo. No se inspiraron en la orientación teológica o carismática de un hombre. Se sintieron parte integrante de un movimiento profético suscitado por la mano de Dios para proclamar dentro del contexto del “evangelio eterno” la llegada de “la hora de su juicio”.50

En la historia del cristianismo encontramos el registro de la obra de fe conducida por hombres inflamados por una consumidora pasión por las almas.

San Gregorio (257-331 d.C.) llevó la llama sagrada de la fe cristiana a la antigua Armenia. San Frumencio (300-360 d.C.), con notable espíritu de renuncia, llevó las luces del evangelio a Etiopía. San Patricio (siglo VI) proclamó en Escocia el poder redentor del evangelio. Francisco Javier (1506-1552) se ocupó en la evangelización del Oriente. Lutero (1483-1546), Calvino (1509-1564) y otros reformadores en Europa proclamaron con valor y audacia la doctrina de la justificación por la fe [sola fide]. Guillermo Carey (1761-1834) se dedicó por completo a la predicación del evangelio en la India. Adoniram Hudson (1788-1856) consagró la vida a la proclamación de la fe en Birmania. Hudson Taylor (1832-1905) llevó a China el evangelio de la cruz. Podríamos añadir muchos nombres más a esta lista de héroes de la fe, proclamadores de las buenas nuevas del evangelio.

Con todo, ninguno de ellos predicó jamás que la hora del juicio había llegado. Para ellos el juicio divino era un acontecimiento futuro. Pero cuando, al fin de los 2.300 años, el reloj profético anunció que la hora del juicio había llegado, Dios suscitó mensajeros extraordinarios para iniciar esta poderosa proclamación, y con ellos surgió el movimiento adventista “victorioso y para vencer”.

Aplicándose al estudio de las Escrituras en busca de la verdad, los próceres del adventismo descubrieron que el cristianismo se había apartado de “la fe que ha sido una vez dada a los santos”. Esta conclusión los llevó a la restauración del “evangelio eterno” y a la proclamación de la fe apostólica en su prístina pureza.

Cuando el Dr. J. E. Brown, presidente de la “Brown University” y de la “International Christian Fellowship”, publicó la primera edición de su obra acerca de las “sectas”, le preguntaron por qué no había incluido a los adventistas. En otra edición de esa misma obra dio la siguiente respuesta:

En todas las doctrinas cardinales de la Biblia –la concepción milagrosa, el nacimiento virginal, la crucifixión, la resurrección, la ascensión, la divinidad de Cristo, la expiación, la segunda venida, la personalidad del Espíritu Santo y la infalibilidad de la Biblia– los adventistas del séptimo día permanecen firmes como el acero.51

Ahora, conscientes de su misión profética,52 los adventistas conducen un vibrante y victorioso programa internacional, invitando a hombres y a mujeres de todas las naciones a repudiar todo cuanto es falso y espurio en creencias y prácticas religiosas. Una voz con expresión de gozo, dirigiéndose a los que responden favorablemente al mensaje adventista, declara: “Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”.53 Cuando esta obra haya sido concluida, el mundo contemplará la vuelta del Hijo del Hombre con una hoz aguda para segar la Tierra.54

Hace unos años tuve el privilegio de viajar durante cinco días en una lancha destinada al servicio del programa médico-misionero en el río Amazonas. Contemplando el caudaloso río, viéndolo arrastrar en su impetuosa corriente árboles gigantescos y enormes islas flotantes, no pude contener mi admiración al reflexionar sobre la potencia del motor que impulsaba a la embarcación contra el avasallador ímpetu de la corriente.

Y mientras observaba la marcha de la pequeña nave que remontaba el gigantesco río, comencé a meditar en el dinamismo de un movimiento que, en el primer siglo de nuestra era, avanzó contra la fuerza de la corriente y triunfó. En efecto, de entre las aguas turbulentas que caracterizaban al mundo greco-romano, surgió la Iglesia Cristiana y, guiada por la Providencia, venció a la corriente de una cultura moldeada por la filosofía politeísta. Podemos percibir el gozo resultante de este triunfo sobre las corrientes de aquella época en las palabras inspiradas: “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”.55 En efecto, el cristianismo apareció trayendo una fe salvadora a una civilización decadente.

Cuando en el gran cronómetro divino sonó la hora anunciada por la profecía, emergió el movimiento adventista abriéndose paso en la corriente del tiempo. Al principio era una frágil embarcación lanzada contra el impetuoso océano de la historia. A pesar de ser agitada y sacudida por fuerzas adversas, la nave adventista, guiada por la mano divina, venció la corriente de la duda, la intolerancia y la burla, atravesó el Atlántico en dirección a Europa y, posteriormente, cruzando todos los mares, llevó a todas partes la bandera del “evangelio eterno”.

G. J. Paxton, ministro anglicano, en su libro El zarandeo del adventismo, después de analizar algunos aspectos históricos relacionados con la teología adventista, en una mezcla de exhortación y censura, subraya el espíritu triunfalista casi siempre presente en el púlpito y en las publicaciones adventistas.56

Empero, este vigoroso sentido de destino que Paxton califica como espíritu triunfalista, no se inspira en “fábulas artificiosas” sino que tiene como fundamento inamovible la “palabra profética más segura”.57

Al interpretar los antiguos oráculos, dentro de una perspectiva historicista, descubrimos inconfundiblemente que el Dios que dirige el curso de la historia suscitó el movimiento adventista para proclamar “en el fin del tiempo” el triple mensaje angélico.58

Y así fue como la proclamación millerita, que en su tiempo fue “dulce como la miel” pero que con el gran chasco produjo una “amarga” decepción, fue el inicio del movimiento adventista y de su extraordinaria obra profética, proclamando “otra vez” ante “muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”,59 la gloriosa esperanza sintetizada en la promesa del Señor: “Vendré otra vez”.60

27 Isaías 46:1, 6, 7.

28 Isaías 46:3, 4.

29 Éxodo 12:41.

30 Mateo 3:2.

31 Juan 1:23, 27.

32 Mateo 24:22.

33 Daniel 12:4, versión Dios habla hoy.

34 Apocalipsis 10:1, 2.

35 D. M. Ludlum, Social Ferment in Vermont,1791-1850 [Fermento social en Vermont, 1791-1850], pág. 38. Citado en: L. E. Froom, Prophetic Faith of Our Fathers [La fe profética de nuestros padres], t. 4, págs. 56, 57.

36 Mateo 24:36.

37 P. G. Damsteegt, Foundations of the Seventh Day Adventist Message andMission [Fundamentos del mensaje y la misión adventistas del séptimo día], pág. 13.

38 F. D. Nichol, The Midnight Cry [El clamor de medianoche], pág. 9.

39 Guillermo Miller, Apology and Defence [Apología y defensa], págs. 11, 12. Citado en: F. D. Nichol, ibíd., edición popular, pág. 35.

40 Daniel 8:14.

41 Miller, ibíd., pág. 14. Citado en: Nichol, ibíd.

42 Daniel 9:25.

43Carta de Snow a Southard, 2433. Citado en: Damsteegt, ibíd., págs. 90, 91.

44 Apocalipsis 10:10.

45 G. Mervyn Maxwell, Historia do Adventismo [Historia del adventismo], pág. 49.

46 Habacuc 2:3.

47 Hebreos 10:35-39.

48 A. L. White, Elena de White, mensajera de la iglesia remanente, pág. 61 (ed. mimeografiada, 1956).

49 Apocalipsis 14:6.

50 Apocalipsis 14:7.

51 J. E. Brown, In the Cult Kingdom [En el reino de las sectas], págs. 4, 5.

52 Apocalipsis 10:11.

53 Apocalipsis 14:12.

54 Apocalipsis 14:14-16.

55 Hechos 2:47.

56 G. J. Paxton, El zarandeo del adventismo, pág. 157.

57 2 Pedro 1:16, 19.

58 Apocalipsis 14:6-20.

59 Apocalipsis 10:10, 11.

60 Juan 14:1-3.