La manzana en la oscuridad - Clarice Lispector - E-Book

La manzana en la oscuridad E-Book

Clarice Lispector

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Beschreibung

La manzana en la oscuridad, cuarta novela de Clarice Lispector, es la crónica, casi como experiencia mística, de la reconstrucción de un yo destruido. Martim está convencido de que ha asesinado a su esposa. En un delirio de culpa y pena, en mitad de la noche comienza una huida que lo llevará al desierto más árido de Brasil, donde las piedras son sus únicas interlocutoras. Llegará a una hacienda aislada a cargo de Vitória, una solterona con miedo de vivir, y de su obsesiva prima Ermelinda, que tiene pánico a la muerte. En el asfixiante verano brasileño, estos tres personajes tan distintos, pero igualmente dominantes, irán tomando conciencia de su propio aislamiento.

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Índice

Cubierta

Portadilla

Primera parte. Cómo se hace un hombre

Segunda parte. Nacimiento del héroe

Tercera parte. La manzana en la oscuridad

Créditos

Al crear todas las cosas, él entró en todo. Al entrar en todas las cosas, se convirtió en lo que tiene forma y en lo que es informe; se convirtió en lo que puede ser definido y en lo que no puede ser definido; se convirtió en lo que tiene apoyo y en lo que no tiene apoyo; se convirtió en lo que es burdo y en lo que es sutil. Se convirtió en todo tipo de cosas: por eso los sabios lo llaman lo Real.

Vedas (Upanishad)

Primera parte

Cómo se hace un hombre

1

Esta historia comienza en una noche de marzo tan oscura como lo es la noche mientras dormimos. Tranquilo, el tiempo transcurría como la luna altísima atravesando el cielo. Hasta que más profundamente tarde también la luna desapareció.

Nada diferenciaba ahora el sueño de Martim del lento jardín sin luna: cuando un hombre duerme tan insondablemente, pasa a no ser más que aquel árbol en pie o el salto de un sapo en la oscuridad.

Algunos árboles habían crecido allí con enraizada calma hasta alcanzar lo más alto de sus propias copas y el límite de su destino. Otros ya habían salido de la tierra como bruscos matorrales. Los parterres tenían un orden que buscaba concentradamente servir a una simetría. Si bien esta era perceptible desde lo alto del balcón del gran hotel, una persona que estuviera al nivel de los parterres no descubriría ese orden; entre los parterres el camino se detallaba en pequeños guijarros.

En una de las alamedas el Ford estaba parado desde hacía tanto tiempo que ya formaba parte del gran jardín entrelazado y de su silencio.

Sin embargo de día el paisaje era otro, y los grillos que vibraban huecos y duros dejaban la extensión enteramente abierta, sin una sombra. Mientras, el olor era el seco olor de piedra exasperada que el día tiene en el campo. Ese mismo día Martim había permanecido de pie en el balcón intentando, todavía, con inútil obediencia, no perderse nada de lo que sucedía. Pero lo que sucedía no era mucho: en primer lugar la carretera que se perdía en suspensa polvareda de sol, solo el jardín apenas observable, comprensible y simétrico desde lo alto del balcón, enmarañado cuando se formaba parte de él, y este recuerdo el hombre lo guardaba en sus pies desde hacía dos semanas con cuidadosa aplicación, conservándolo para un uso eventual. Pero, por más atención que pusiera, el día era imposible de escalar; y como un punto dibujado sobre el mismo punto, la voz del grillo era el propio cuerpo del grillo, y no informaba sobre nada. La única ventaja del día era que bajo la luz extrema el coche se convertía en un pequeño escarabajo que fácilmente podría alcanzar la carretera.

Pero mientras el hombre dormía el coche se volvía enorme como se vuelve gigantesca una máquina parada. Y de noche el jardín era ocupado por la secreta urdimbre que sostiene la oscuridad, con un trabajo cuya existencia las luciérnagas inesperadamente traicionan; cierta humedad también denunciaba la labor. Y la noche era un elemento en el que la vida, porque se había vuelto extraña, era reconocible.

Esa noche, alcanzando el hotel vacío y adormilado, el motor del coche empezó a vibrar. Lentamente la oscuridad se había puesto en movimiento.

En vez de despertar y oír directamente, Martim pasó al otro lado de la realidad a través de un sueño más profundo y oyó el ruido que hicieron las ruedas escupiendo arena seca. Después su nombre fue pronunciado, destacado y limpio, en cierto modo agradable de oír. Fue el alemán quien habló. En el sueño Martim disfrutó del sonido de su propio nombre. En seguida el arrebatado grito de un ave, cuyas alas habían sido espantadas en su inmovilidad, como el espanto se parece a la gran alegría.

Cuando volvió a hacerse el silencio dentro del silencio, Martim se durmió aún más lejos. Aunque en el fondo de su sueño algo lanzaba un difícil eco, intentando organizarse. Hasta que, sin ningún sentido y libre de la incomodidad de necesitar ser comprendido, el ruido del coche se recompuso en su memoria con los detalles más agudamente discriminados. La idea del coche despertó una alerta suave que de momento no entendió, pero que ya había esparcido por el mundo una vaga alarma, cuyo centro irradiador era el propio hombre: «Así, pues, yo», pensó su cuerpo conmoviéndose. Continuó echado, gozando remotamente.

Hacía dos semanas aquel hombre había llegado al hotel, que encontró en medio de la noche casi sin sorpresa, porque la fatiga lo hacía todo posible. Era un hotel vacío, solo con el alemán y el criado, si es que era un criado. Y durante dos semanas, mientras Martim recuperaba las fuerzas en un sueño casi ininterrumpido, el coche permaneció parado en una de las alamedas, con las ruedas enterradas en la arena. Y tan inmóvil, tan resistente al hábito de incredulidad del hombre y a su cuidado de no dejarse engañar, que Martim había terminado por considerarlo a su disposición.

Pero la verdad es que ya aquella noche de los pies vacilantes, cuando por fin se dejó caer medio muerto en una cama verdadera con verdaderas sábanas, ya en aquel instante el coche había representado la garantía de una nueva fuga, en caso de que los dos hombres se mostraran más curiosos por la identidad del huésped. Y este había caído confiado en el sueño como si nadie jamás pudiese conseguir separar de su firme garra, que solo prendía la sábana, la rueda imaginaria de un volante.

El alemán, sin embargo, no le había preguntado nada, y el criado, si es que lo era, apenas lo miró. La desgana con que lo habían aceptado no procedía de la desconfianza sino del hecho de que ya no era un hotel desde hacía mucho tiempo, tanto tiempo como llevaba inútilmente en venta, le había explicado el alemán, y, para no tener un aspecto sospechoso, Martim había meneado la cabeza sonriendo. Antes de la construcción de la carretera nueva, los coches pasaban por allí y el caserón aislado no podía estar mejor situado como posada forzosa para pernoctar. Cuando se trazó y se asfaltó la nueva carretera a cincuenta kilómetros de allí, desviando lejos el curso de paso, todo el lugar murió y ya no había motivos para que nadie necesitase un hotel en la zona entregada ahora al viento. Pero a pesar de la indiferencia aparente de los dos hombres, la obstinada busca de seguridad de Martim se había anclado en aquel coche sobre el cual también las arañas, tranquilizadas por la inmovilidad barnizada, habían ejecutado su aéreo trabajo ideal.

Era ese coche el que en plena noche se había desarraigado roncamente.

En el silencio de nuevo intacto el hombre miraba ahora estúpidamente el techo invisible que en la oscuridad era tan alto como el cielo. Tendido de espaldas en la cama, intentó reconstruir el ruido de las ruedas con un esfuerzo de placer gratuito, porque mientras no sentía dolor lo que sentía de manera general era placer. Desde la cama no veía el jardín. Un poco de bruma entraba por las persianas venecianas abiertas, el hombre lo notó por el olor a algodón húmedo y por un cierto anhelo físico de felicidad que la niebla brinda. Entonces, había sido solo un sueño. Escéptico, sin embargo, se levantó.

En las tinieblas no vio nada desde el balcón y ni siquiera adivinó la simetría de los parterres. Algunas manchas más negras que la propia negrura indicaban el probable lugar de los árboles. El jardín no era todavía más que un esfuerzo de su memoria, y el hombre miró quieto, adormilado. Alguna que otra luciérnaga hacía más vasta la oscuridad.

Olvidado del sueño que lo había guiado hasta el balcón, al cuerpo del hombre le agradó sentirse saludablemente en pie; el aire suspendido apenas alteraba la oscura posición de las hojas. Allí permaneció aturdido, con la sucesión de cuartos desocupados tras de sí. Sin emoción aquellos cuartos vacíos lo repetían y lo repetían hasta borrarse donde el hombre ya no se veía. Martim suspiró en su amplio sueño despierto. Sin insistir demasiado, intentó alcanzar la noción de los últimos cuartos como si él mismo se hubiese vuelto demasiado grande y disgregado, y, por algún motivo que ya había olvidado, necesitase oscuramente recogerse, tal vez para pensar o sentir. Pero no lo consiguió, y estaba muy tranquilo. Así se quedó con el aire cortés de un hombre que ha recibido un golpe en la cabeza. Hasta que, como un reloj que deja de funcionar y solo entonces nos advierte de que antes funcionaba, Martim percibió el silencio y dentro del silencio su propia presencia. Ahora, a través de una incomprensión muy familiar, el hombre empezó por fin a ser indistintamente él mismo.

Entonces las cosas pasaron a reorganizarse a partir de él: las tinieblas se fueron deshaciendo, las ramas comenzaron a formarse lentamente bajo el balcón, las sombras se dividieron en flores todavía irresolutas; con los límites ocultos por la lozanía inmóvil de las plantas, los parterres se delinearon plenos, suaves. El hombre gruñó aprobador: con cierta dificultad acababa de reconocer el jardín que en esas dos semanas de sueño había constituido a intervalos su irreductible visión.

En ese momento una luna desfallecida atravesó una nube con un gran silencio y en silencio se derramó sobre las piedras tranquilas, desapareciendo en silencio en la oscuridad. La cara del hombre, bañada por la luna, se dirigió entonces hacia la alameda donde el Ford estaba inmóvil.

Pero el coche había desaparecido.

El cuerpo entero del hombre despertó súbitamente. De un vistazo astuto sus ojos recorrieron toda la oscuridad del jardín y, sin un gesto de aviso, se volvió al cuarto con un leve salto de mono.

Nada se movía en el hueco del aposento que de puro oscuro se había vuelto enorme. El hombre se quedó jadeando, atento e inútilmente feroz, con las manos tendidas, como una avanzadilla para el ataque. Pero el silencio del hotel era el mismo de la noche. Y sin límites visibles, el cuarto prolongaba como una emanación la oscuridad del jardín. Para despertarse el hombre se frotó varias veces los ojos con el dorso de una de sus manos mientras dejaba la otra libre para la defensa. Fue inútil su nueva sensibilidad: en las tinieblas los ojos totalmente abiertos no vieron ni siquiera las paredes.

Era como si le hubiesen depositado solo en un campo y al final despertase de un largo sueño del cual habían formado parte un hotel desahuciado en un terreno vacío y un coche solo imaginado por su deseo, y sobre todo como si hubiesen desaparecido los motivos para que un hombre permaneciese expectante en un lugar que también era solo expectativa.

De lo real solo le quedó la sagacidad que le había hecho dar un salto para defenderse confusamente. La misma que lo llevaba ahora a razonar con inesperada lucidez que si el alemán había ido a denunciarlo tardaría algún tiempo en ir y en volver con la policía.

Lo que le dejaba aún temporalmente libre, a menos que el criado estuviese encargado de vigilarlo. Y en ese caso el criado, si lo era, estaría en ese mismo momento en la puerta de aquel cuarto con el oído atento al menor movimiento del huésped.

Así pensó. Y acabado el razonamiento, al que había llegado con la maleabilidad con que un invertebrado se encoge para deslizarse, Martim se sumergió de nuevo en la misma ausencia anterior de razones y en la misma obtusa imparcialidad, como si nada tuviese que ver consigo mismo, y la especie se encargase de él. Sin una mirada atrás, guiado por una escurridiza destreza de movimientos, empezó a bajar por el balcón apoyando los pies inesperadamente flexibles en los ladrillos salientes. En su atenta lejanía el hombre sentía cerca de su cara el olor malévolo de las hiedras rotas como si ya nunca lo fuese a olvidar. Su alma, ahora solo alerta, no distinguía lo que era o no importante, y dio a toda la operación la misma consideración escrupulosa.

Con un salto ágil, que obligó al jardín a retener un suspiro, se encontró en pleno centro de un parterre, que se estremeció y luego se cerró. Con el cuerpo en alerta, el hombre esperó a que el mensaje de su salto fuese transmitido de secreto en secreto eco hasta transformarse en un lejano silencio; su vibración acabó estrellándose en las laderas de alguna montaña. Nadie había enseñado al hombre esa complicidad con lo que sucede de noche, pero el cuerpo sabe.

Esperó un poco más. Hasta que no sucedió nada. Solo entonces palpó con cuidado las gafas en su bolsillo: estaban intactas. Suspiró con cuidado y finalmente miró a su alrededor. La noche era de una delicadeza grande y oscura.

2

Aquel hombre anduvo leguas, dejando el caserón cada vez más atrás. Procuraba andar en línea recta y a veces se inmovilizaba un segundo agarrando con cautela el aire. Como andaba en las tinieblas no podía ni siquiera adivinar en qué dirección había dejado el hotel. Solo su propia intención de andar en línea recta lo guiaba en la oscuridad. El hombre bien podría ser negro, de tan poco le servía la claridad de su propia piel, y solo sabía quién era por la sensación de los movimientos que hacía.

Con la mansedumbre de un esclavo, huía. Cierta dulzura se había apoderado de él, pero vigilaba su propia sumisión y de alguna forma la dirigía. Ningún pensamiento perturbaba su marcha constante, ya insensible, excepto, de vez en cuando, la idea poco clara de que quizás estuviese andando en círculos, con la desconcertante posibilidad de encontrarse de nuevo ante las paredes del hotel.

Siempre, además del suelo que sus pasos tocaban, estaba la oscuridad. Ya había caminado horas, pudo calcularlo por sus pies hinchados de cansancio. Solo descubriría dónde se delineaba el horizonte cuando amaneciese y el día disolviese las brumas. Como la oscuridad todavía se mantenía tan pegada a los ojos inútilmente abiertos, acabó por concluir que había escapado del hotel no de madrugada sino en plena noche. Teniendo ante sí el gran espacio vacío de un ciego, avanzaba.

Puesto que no necesitaba los ojos, intentó andar con los ojos cerrados, porque por precaución general ahorraba todo lo que podía. Con los ojos cerrados le pareció que daba vueltas alrededor de sí mismo con un vértigo no del todo desagradable.

A medida que caminaba, el hombre sentía en las narices aquella aguda falta de olor que es propia de un aire muy puro y que es diferente de cualquier otra fragancia que se pueda sentir, y eso le guiaba como si su único destino fuese encontrarse con lo más sutil del fondo del aire. Pero sus pies tenían la desconfianza milenaria de poder pisar algo que se mueva, los pies palpaban la blandura sospechosa de aquello que aprovecha la oscuridad para existir. Por los pies entró en contacto con ese modo de ceder y de ser moldeado que es por donde se entra en lo peor de la noche: en su consentimiento. No sabía dónde pisaba, aunque a través de los zapatos, que se habían convertido en un medio de comunicación, sentía la duda de la tierra.

El hombre no podía hacer nada más que esperar que la primera luz le revelase un camino. Mientras tanto podría dormir en el suelo, que, distanciado por las tinieblas, le pareció inalcanzable. Al no ser ya azuzada por el peligro había desaparecido la astucia, que ahora solo le resultaría un freno. Y de nuevo un torpor suave lo dominaba. El suelo estaba tan lejos que, al soltar el cuerpo, este por un instante experimentó la caída en el vacío. Pero apenas tocó la tierra que se había vuelto esquiva a los pies, cuando esta instantáneamente se desencantó para transformarse en algo resistente, cuyas duras arrugas estables parecían las del paladar de un caballo. El hombre estiró las piernas e inclinó la cabeza. Ahora que se había parado el aire se afilaba y dolía extremadamente limpio. El hombre no tenía sueño pero en la oscuridad no sabría qué hacer despierto. Además no tenía nada mejor que hacer.

Para entonces ya se había acostumbrado a la música extraña que se oye de noche y que está hecha de la posibilidad de que algo cante y de la fricción delicada del silencio contra el silencio. Era un lamento sin tristeza. El hombre estaba en el corazón del Brasil. Y el silencio disfrutaba de sí mismo. Pero si la suavidad era la manera de oír en la noche, para la noche la suavidad era su propia espada, y en la suavidad se contenía toda la noche. El hombre no se dejó hechizar por las delicias que sentía en esa suavidad; adivinaba que leguas más allá la oscuridad sabía que él estaba allí. Se mantuvo, pues, al acecho, manteniendo bajo un estricto control los medios de comunicación de la noche.

Varias veces intentó ponerse en una posición más confortable. Tenía para consigo un cuidado impersonal, como si fuese un paquete. Pero debajo estaba el suelo definitivo, encima la única estrella, y el hombre se sentía desvelado por las dos cosas en vela en la oscuridad. A cada movimiento suyo, el rostro o las manos encontraban algo enérgico que después de empujado se revolvía con un leve golpe contra él. Palpó con dedos sabios: era una rama.

Un instante más y bruscamente el sueño lo asaltó en la posición más inesperada: con una de las manos protegiéndose los ojos y la otra apartando el follaje áspero.

El hombre durmió atentamente durante horas. Exactamente las horas que duró la formación de un pensamiento, cualquiera que fuese, porque ya no podía encontrarse más que a través de la sagacidad del sueño. Desde el momento en que cerró los ojos la vasta idea inarticulable empezó a formarse, y todo funcionó tan perfectamente que llenó, sin pausa y sin necesidad de retroceder una sola vez para corregirse, el sueño que él necesitaba para pensar. Mientras dormía no gastaba nada de lo poco en que se había convertido, pero extraía algo de su raza de hombre, y esto le resultaba confuso y satisfactorio. A través de esa cosa hecha de ruido él conseguía mucho: su boca estaba llena de buena y nutritiva saliva. Así, cuando el último paso de su futuro se completó, Martim se agitó en el duro suelo. Todavía no había abierto los ojos pero al sentir su propio entumecimiento se reconoció, y de mala gana supo que estaba despierto.

En realidad sobre los finos párpados ya había sentido con dolor el gran peso del día.

Pero, con una desconfianza sin motivo inteligible, le pareció más prudente comunicarse con la situación a través del tacto: con los ojos cerrados deslizó los dedos graduales sobre la tierra que, ahora, como una señal prometedora que él no entendió pero aprobó, le pareció menos fría y menos compacta. Con esta garantía primaria, abrió por fin los ojos.

Y una claridad brutal le cegó como si hubiese recibido en la cara una ola salada de mar.

Aturdido, con la boca abierta, aquel hombre estaba infantilmente sentado en medio de una extensión desierta que se perdía de vista en todas direcciones. Era una luz estúpida y seca. Y él estaba sentado como un muñeco impuesto en el centro de aquella cosa que se imponía.

El lugar donde se encontraba estaba lejos de ser confuso como en la oscuridad sus pies habían imaginado. Inquieto, su cuerpo no supo si debía sentir o no placer por ese descubrimiento. Con cautela constató los pocos árboles dispersos en la distancia. El infinito suelo era seco y rojizo. No se trataba de un bosque como él había calculado por la rama que le había golpeado el rostro. Se había quedado dormido por casualidad cerca de uno de los raros arbustos del desierto.

Mientras tanto, sentado, miraba en guardia: es que el silencio forma parte natural de la oscuridad, pero él no había contado con la vehemente mudez del sol. Su experiencia del sol siempre había sido con voces. Se mantuvo, pues, inmóvil para no asustar a lo que fuese. Era un silencio como si estuviese a punto de suceder algo que no se comprende, pero los pocos árboles se balanceaban y los animales ya habían desaparecido.

Teniendo sabiamente en cuenta sus propias limitaciones, que lo hacían más indefenso que un conejo, esperó con la cabeza erguida como si una actitud de repliegue pudiese hacerlo invisible. Eso tampoco se lo había enseñado nadie. Pero en dos semanas había aprendido cómo un ser puede no pensar y no moverse y sin embargo estar completo. Después, con la minuciosidad de la prudencia, empezó a mirar casi sin mover la cabeza, solo inclinándola imperceptiblemente hacia atrás para ampliar su campo de visión.

Y lo que Martim vio fue una extensa planicie vagamente en cuesta. Mucho más allá empezaba un declive suave que, por la gracia de sus líneas, prometía deslizarse hacia un valle aún invisible. Y al final del silencio del sol, estaba aquella elevación dulcificada por el oro, poco discernible entre brumas o nubes bajas, o tal vez por el hecho de que el hombre no se había atrevido a ponerse las gafas. No sabía si era una montaña o solo niebla iluminada.

Tranquilizado entonces por la inmensidad de la distancia que alejaba cualquier inminencia, el hombre fue poco a poco extendiendo su mirada hacia lo que le rodeaba de un modo más personal.

En la extensión tranquila, algún que otro arbusto disecado por la inmovilidad final del sol. Dispersos, algunos árboles rígidos. Algún que otro peñasco mayor se erguía perpetuo.

Entonces el hombre relajó la tensión del cuerpo: no había peligro. Se trataba de una extensión tranquila y leal, que no ocultaba nada bajo su superficie, y sin ninguna trampa más que la corta y dura sombra que se hincaba junto a cada cosa que allí había sido puesta. Pero no había peligro. En realidad no era imaginable que aquel lugar tuviese un nombre o que fuese siquiera conocido por alguien. Era solo el gran espacio vacío e inexpresivo donde, por su propia cuenta, se erguían piedras y piedras. Y aquella claridad enérgica que lo había alarmado no pasaba de ser otra cara del silencio. Incluso así, con una extrema verdad, tanto la claridad como el silencio miraban con la cara expuesta al cielo.

El silencio del sol era tan total que su oído, ahora inútil, intentó dividirlo en etapas imaginarias como sobre un mapa para poder abarcarlo gradualmente. Pero ya después de la primera etapa el hombre empezó a girar en el infinito, lo que le sobresaltó como una alarma. El oído, volviéndose más modesto, intentó al menos calcular en qué terminaría el silencio; ¿en una casa?, ¿en algún bosque? ¿Y qué sería la mancha a lo lejos?, ¿una montaña o solo el oscurecimiento causado por la acumulación de distancias? Su cuerpo le dolía.

Pero poniéndose en pie el hombre recuperó inesperadamente toda la estatura de su propio cuerpo. Esto le dio automáticamente cierta empatía, como si, al levantarse, hubiese inaugurado el desierto. Y a pesar de sus hombros inclinados, sintió que dominaba la extensión y que estaba dispuesto a seguirla, aunque estuviese ciego por la luz. Allí ninguno de sus sentidos le servía, y aquella claridad lo desorientaba más que la oscuridad de la noche. Cualquier dirección era la misma ruta vacía e iluminada, y él no sabía qué camino significaría avanzar y cuál retroceder. En realidad, cualquier lugar donde el hombre intentaba ponerse en pie se convertía en el centro del gran círculo y en el principio arbitrario de un camino.

Pero, desde que hacía dos semanas aquel hombre había probado el poder de un acto, parecía que hubiera pasado también a admitir la estúpida libertad en la que se encontraba. Sin un pensamiento de respuesta, pues, soportó inmóvil el hecho de ser él mismo el único punto de partida.

Entonces, como si contemplase por última vez antes de partir el lugar donde su casa había sido incendiada, Martim miró el gran vacío perforado por el sol. Lo vio claramente. Y ver era lo único que podía hacer. Lo hizo con un cierto orgullo, con la cabeza erguida. En dos semanas había recuperado un cierto orgullo natural y, como una persona que no piensa, se había vuelto autosuficiente.

Poco después sus pasos pausados y repetidos formaron una marcha monótona. Miles de pasos rítmicos, que lo aturdieron y lo llevaron por sí mismos hacia delante, entumecido, agigantado por el cansancio, avanzando ahora con aire de idiota contento. Hasta el punto de que, si llegase a parar, se caería. Pero avanzaba cada vez más poderoso. A medida que el tiempo pasaba el sol se volvía más redondo.

Aquel hombre había pretendido ir en dirección al mar, incluso antes de haber encontrado por feliz casualidad el hotel. Pero –sin mapa, conocimiento o brújula– se había internado tierra adentro. Ya sea porque cualquier camino fuese a terminar fatalmente en la costa abierta, lo que era verdad, pero difícil de ser alcanzada por los pies; ya sea como si en realidad él no tuviese la menor intención de ir a ningún lugar determinado. Después, con la continuidad aplastante de las noches y de los días –y aliarse a la continuidad, pegando a esta el cuerpo entero, se había convertido en su secreto objetivo desde que había huido–, con la continuidad de las noches y de los días, el hombre había terminado por olvidar el motivo por el que había querido encontrar el mar. Quién sabe, quizás no fuese por ningún motivo de tipo práctico. Quizás fuese solo para que, al llegar finalmente al mar, en un instante de oscura belleza, allí hubiese llegado.

Pero, cualquiera que hubiese sido el motivo, ya lo había olvidado. Y andando sin parar, el hombre se rascó violentamente la cabeza con los duros dedos: tenía la maléfica satisfacción de haber olvidado. Lo que no impedía que incluso ahora –si en la semivigilia de los pasos cerraba los ojos cuya humedad la luz ya había secado–, incluso ahora, la visión del antiguo deseo se concretizase. Cuando cerró los ojos vio de pronto agua verde que estallaba contra las rocas y le cubría de sal el rostro ardiente. Entonces se pasó la mano por el rostro y sonrió misteriosamente al sentir la barba dura que asomaba, eso también era prometedor y satisfactorio; sonrió con una mueca de falsa modestia, y aceleró aún más el paso. Lo guiaba la agilidad de las bestias, la misma que hace que un animal ande con gracia.

A veces, sin embargo, a aquel cuerpo que los pasos habían hecho mecánico y leve, un mar desierto ya nada le decía. Y, buscando en sí mismo, solo Dios sabe para qué, el contacto con un deseo más intenso, consiguió ver el mar lleno de la extrema altura, de los mástiles y del estertor de las gaviotas, gaviotas cuyas entrañas gritaban su aliento de sal; el alborozado mar de los que parten, la marea que lleva hacia delante. Te amo, dijo su mirada a una piedra, porque el súbito mar de gritos perturbaba profundamente sus propias entrañas, y de esa manera miró la piedra.

Un kilómetro más allá, sin embargo, el hombre ya había olvidado esa forma de mar, cuyo esfuerzo de invención lo había dejado verdaderamente exhausto. Y, tropezando apresurado en los pedruscos, extendió los brazos en una gran llamada hacia el deseo de un mar nocturno, cuyo rumor desenrrollaría por fin la espesura que existe en el silencio. Sus oídos vacíos tenían sed, y el rumor primario del mar sería lo que menos comprometería la manera cautelosa en que se había transformado únicamente en un hombre que caminaba. Porque había extendido los brazos, perdió el equilibrio y casi se cayó; su corazón saltó de espanto varias veces. Toda su vida aquel hombre había temido caerse un día en una ocasión solemne. Tenía que ser precisamente en aquel momento cuando, perdiendo la garantía con que un hombre se sostiene sobre sus dos pies, se arriesgase a la penosa acrobacia de volar sin elegancia. Boquiabierto, miró a su alrededor, porque ciertos gestos resultan terroríficos en la soledad, con un valor final en ellos mismos. Cuando un hombre se cae solo en un campo no sabe a quién ofrendar su caída.

Por primera vez desde que se había puesto a caminar se paró. Ya no sabía ni siquiera hacia qué había extendido los brazos. En el corazón sentía la miseria que hay en caerse.

Entonces volvió a empezar a andar. Cojear daba una dignidad a su sufrimiento.

Pero con la interrupción había perdido la velocidad esencial que intentó compensar sustituyéndola por una especie de violencia íntima. Y como necesitaba tener delante algo que lo esperase, de nuevo el mar estalló en furia contra una roca.

Llegar un día al mar era, no obstante, algo de lo que él solo usaba la parte que era sueño. No pensaba ni por un instante en actuar para que la visión feliz se hiciese realidad. Ni siquiera si supiese qué pasos lo llevarían al mar los daría ahora, de tal manera había ido descartando poco a poco con sabiduría instintiva todo lo que pudiese mantenerlo frenado por un futuro, porque el futuro es un cuchillo de dos filos, y el futuro moldea el presente. Con el transcurrir de los días también había dejado atrás gradualmente otras ideas, como si, a medida que el tiempo, al no definir el peligro, lo hiciese mayor, el hombre se fuese despojando de lo que pesa. Y sobre todo de lo que aún podía mantenerle preso en el mundo anterior.

Hasta que ahora –sin ningún deseo, cada vez más leve, como si también el hambre y la sed fuesen un despojamiento voluntario del que poco a poco estaba empezando a enorgullecerse–, hasta que ahora él avanzaba enorme por el campo, mirando a su alrededor con una independencia que se le subió como un placer grosero a la cabeza, y empezó a embriagarlo de felicidad. «Hoy debe de ser domingo», llegó incluso a pensar con cierta gloria, y domingo sería la gran coronación de su neutralidad. ¡Hoy debe de ser domingo!, pensó con súbita altivez, como si lo hubiesen ofendido en su honor.

Se trataba de su primer pensamiento claro desde que dejó el hotel. En realidad, desde que había huido, era el primer pensamiento que no tenía una mera utilidad defensiva. Al principio, además, Martim no supo qué hacer con él. Solo se inquietó ante la novedad, y se rascó voraz sin parar de andar. Entonces, aprobándose con ferocidad y acompañando el pensamiento con unos aplausos roncos, repitió: hoy debe de ser domingo.

Aparentemente debía de ser más una constatación indirecta de sí mismo que un día de la semana, ya que, sin parar un segundo de andar, completó su radiante y seca mirada a lo que acababa de llamar «domingo» con una exploración torpe de los bolsillos. Sin ninguna razón, más que la de su propio cansancio, estaba andando cada vez más deprisa. En realidad casi no conseguía seguirse. Y excitado por esa competición con sus propios pasos, miró a su alrededor con inocente deslumbramiento, la cabeza hirviendo de sol.

Sin haber contado los días pasados no había motivo para pensar que fuese domingo. Martim entonces se paró, un poco incómodo por la necesidad de ser comprendido, de la que aún no se había librado.

Pero la verdad es que el desierto tenía una existencia limpia y extranjera. Cada cosa estaba en su lugar. Como un hombre que cierra la puerta y sale, y es domingo. Además, el domingo era el primer día del hombre. Ni la mujer había sido creada. El domingo era el desierto del hombre. Y la sed, al liberarle, le daba un poder de elección que le embriagó: ¡hoy es domingo!, determinó categórico.

Entonces se sentó en una piedra y muy erguido se quedó mirando. Su mirada no tropezó con ningún obstáculo y vagó en un mediodía intenso y tranquilo. Nada le impedía transformar la fuga en un gran viaje, y estaba dispuesto a disfrutarlo. Miraba.

Pero hay algo en una extensión de campo que hace que un hombre solo se sienta solo. Sentado en una piedra, el hecho final e irreductible era que él estaba allí. Entonces, con súbito celo, sacudió cariñosamente el polvo de su chaqueta. De un modo oscuro y perfecto él mismo era lo primero puesto en el domingo. Esto lo convertía en algo precioso como una semilla, sacó un hilo de su chaqueta. En el suelo su sombra negra y definida marcaba sin error favorable los límites de sí mismo. Él era su primer marco.

Además de intentar limpiarse por una mera cuestión de decencia, el hombre no parecía tener la menor intención de hacer algo con el hecho de existir. Estaba sentado en la piedra. Tampoco pretendía tener ningún pensamiento sobre el sol.

Era este, pues, el resultado de la libertad. Su cuerpo gruñó con placer; el traje de lana le daba picores con el calor. La ilimitada libertad lo había dejado vacío, cada gesto suyo repercutía como los aplausos en la distancia: cuando se rascó, ese gesto rodó directamente hacia Dios. La cosa más desapasionadamente individual sucedía cuando uno tenía libertad. Al principio uno es un hombre estúpido en la mayor soledad. Después es un hombre que ha recibido una bofetada en la cara y que sin embargo sonríe con beatitud porque al mismo tiempo la bofetada le ha regalado una cara que él no imaginaba. Después, poco a poco, uno empieza calladamente a ponerse cómodo y a tomarse las primeras intimidades impúdicas con la libertad: si no se vuela es solo porque no se quiere, y cuando uno se sienta en una piedra es porque en vez de volar se ha sentado. ¿Y después?

Después, como ahora, lo que Martim, sentado, experimentaba era una orgía muda en la que había un virginal deseo de envilecer todo lo que era susceptible de ser envilecido; y todo era susceptible de ser envilecido, y ese envilecimiento era una manera de amar. Estar contento era una manera de amar; sentado, Martim estaba muy contento.

¿Y después? Bueno, solo lo que pasara después podría decir lo que pasaría después. Mientras tanto el hombre huido se quedó sentado en la piedra porque si quisiese podría no sentarse en la piedra. Esto le daba la eternidad de un pájaro posado.

Después de lo cual, Martim se levantó. Y sin cuestionar lo que hacía, se arrodilló ante un árbol seco para examinar su tronco: no parecía necesitar razonar para decidir, ya se había librado de eso también. Arrancó, pues, un pedazo de corteza medio suelta, la hizo trizas entre los dedos con una atención un poco afectada, como si actuase ante un público. Y habiendo sido este su estudio de la manera peculiar que tiene de organizarse lo que desconocemos, Martim se levantó como atendiendo a una orden y continuó la marcha.

Más allá se paró ante el primer pájaro.

Siluetado en la gran luz había un pájaro. Como Martim era libre, esa fue la cuestión: en la luz el pájaro. Con el celo minucioso a que ya se estaba acostumbrando, se puso a trabajar golosamente sobre ese hecho.

El pájaro negro estaba posado en una rama baja, a la altura de sus ojos. E, incapacitado para volar por la mirada brutal del hombre, se movía cada vez más a disgusto, intentando no enfrentarse a lo que estaba a punto de sucederle, alternando nerviosamente el apoyo del cuerpo en una o en la otra pata. Así los dos se quedaron frente a frente. Hasta que con una mano pesada y potente el hombre lo cogió sin lastimarlo, con la bondad física que tiene una mano pesada.

El pájaro temblaba en la mano cerrada sin atreverse a piar. El hombre miró con una curiosidad grosera e indiscreta aquella cosa en su mano como si hubiese capturado un montón de alas vivas. Lentamente el pequeño cuerpo dominado dejó de temblar y sus ojos menudos se cerraron con una dulzura de hembra. Ahora, solo el latido diminuto y acelerado del corazón contra los dedos extremadamente auditivos del hombre le indicó que el ave no había muerto y que el amparo la había resignado por fin a descansar.

Maravillado por la perfección automática de lo que le estaba sucediendo, el hombre gruñó mirando al pequeño animal; la satisfacción le hizo reír, a carcajadas, con la cabeza inclinada hacia atrás, lo que provocó que su cara se enfrentara al gran sol. Después dejó de reír como si eso fuese una herejía. Y, compenetrado con su tarea, la mano semicerrada que dejaba fuera solo la cabeza dura y aguda del ave, el hombre se puso de nuevo a andar con fuerza ocupándose de su compañero. La única cosa en la que pensaba era en el ruido de sus propios zapatos resonando en su cabeza, que el sol ahora tranquilamente incendiaba.

Y poco después, con la secuencia de los pasos, otra vez el gusto físico de estar andando empezó a apoderarse de él, y también un placer mal discernido, como si hubiese tomado una droga afrodisiaca que le hiciese desear no una mujer sino responder al temblor del sol. Nunca había estado tan cerca del sol, y andaba cada vez más deprisa sujetando frente a sí el ave como si tuviese que llevarla antes de que cerrara correos. La vaga misión lo embriagaba. La levedad que le daba la sed de repente lo arrebató en un éxtasis:

–¡Sí, es! –dijo alto y sin sentido, y parecía cada vez más glorioso, como si fuese a caer muerto.

Miró a su alrededor hacia el círculo perfecto que, en un horizonte aterrorizado, el cielo de luces creaba al unirse a una tierra cada vez más llana, cada vez más llana, cada vez más llana... Esa llanura incomodó al hombre con la molestia de una cosquilla, «¡sí, es!», y él libre, liberado por sus propias manos, porque de repente le pareció que eso era lo que había sucedido hacía dos semanas.

Entonces repitió con inesperada seguridad: «¡sí, es!». Cada vez que decía estas palabras estaba convencido de que aludía a algo. Incluso hizo un amplio gesto de generosidad con la mano que sujetaba al pájaro, y magnánimo pensó: «Ellos no saben a qué me refiero».

Después –como si pensar se hubiese reducido a ver, y la confusión de la luz hubiese temblado en él como en el agua– se le ocurrió con una refracción confusa que él mismo había olvidado aquello a lo que aludía. Pero estaba tan obstinadamente convencido de que se trataba de algo de la máxima importancia, aunque tan vasto que ya no era discernible, que respetó con altivez su propia ignorancia y se aprobó feroz: «¡sí, es!».

–¡¿Es que ya no sabes hablar?!

El hombre se paró boquiabierto. Como si hubiese sido empujado hacia delante, volvió a ver el rostro impaciente de mujer que una vez le gritó así solo porque él no le había respondido. La primera vez la frase sonó como una frase más entre las otras, mientras los tranvías se arrastraban y la radio ininterrumpida sonaba y la mujer sin cesar escuchaba la radio con buen humor y esperanza, y él un día rompió la radio mientras los tranvías se arrastraban, y sin embargo la radio y la mujer nada tenían que ver con la minuciosa rabia de un hombre que probablemente ya llevaba en sí el hecho de que un día tendría que empezar por el exacto principio; él, que ahora empezaba por el domingo.

Pero esta vez la simple frase irritada, al sonar en el rojo silencio del desierto, lo hizo parar con tal perplejidad que el pájaro se despertó moviendo las alas afligidas en su mano. Aturdido, Martim lo miró, sorprendido de tener un pájaro en la mano. La embriaguez del sol se había cortado súbitamente.

Sobrio, miró con modestia aquella cosa en su mano. Después miró el desierto dominical con sus piedras silenciosas. Había estado durmiendo profundamente mientras andaba y por primera vez despertaba. Y como si una nueva ola del mar estallase contra las rocas, la claridad se impuso.

El hombre miró dócil al pájaro. Sin autonomía propia, sus dedos ahora inocentes y curiosos obedecieron a los movimientos extremadamente vivos del ave, y se abrieron inertes: el pájaro voló en una centella de oro como si el hombre lo hubiese lanzado. Y se posó inquieto en la piedra más alta. Desde allí miraba al hombre, piando sin cesar.

Paralizado por un momento, Martim lo miró y miró sus propias manos que, vacías, lo miraban atónitas. Recuperándose, sin embargo, corrió furioso hacia el pájaro, y lo persiguió un rato, el corazón latiendo de cólera, los zapatos impacientes tropezando en las piedras, arañándose la mano en una caída que hizo volar una piedra con varios saltos secos hasta enmudecer.

La quietud que siguió fue tan vacía que el hombre intentó oír todavía el último golpe de la piedra para calcular la profundidad del silencio al que la había lanzado.

Hasta que una oleada de fuerte luz deshizo la tensión de la expectativa, y Martim pudo mirarse la mano. Esta ardía y la sangre brotaba sutilmente. Olvidándose de la persecución, ahora muy atento, sus labios secos chuparon el arañazo con la avidez de cariño de una persona que está sola. Al mismo tiempo que le despertó la sed, la sangre en la boca le provocó una actitud guerrera que se le pasó en seguida.

Cuando el hombre al fin levantó los ojos, el pájaro inquieto lo esperaba como si solo hubiese luchado porque pretendía ceder. Martim extendió la mano herida y lo cogió con una firmeza sin esfuerzo. Esta vez el ave se agitó menos y, reconociendo el antiguo abrigo, se acomodó para dormir. Cargando con el leve peso, el hombre continuó su marcha entre las piedras.

–Ya no sé hablar –dijo entonces al pájaro, evitando mirarlo por una cierta delicadeza pudorosa.

Solo después pareció entender lo que había dicho, y entonces miró cara a cara al sol. «He perdido el lenguaje de los otros», repitió lentamente, como si las palabras fuesen más oscuras de lo que eran, y de alguna manera muy lisonjeras. Estaba serenamente orgulloso, con los ojos claros y satisfechos.

Entonces el hombre se sentó en una piedra, erguido, solemne, vacío, sujetando oficialmente el pájaro en la mano. Porque alguna cosa le estaba sucediendo. Y era alguna cosa con un significado.

Aunque no hubiese un sinónimo para esa cosa que estaba sucediendo.

Un hombre estaba sentado. Y no había sinónimo para nada, y entonces el hombre estaba sentado. Así era. Lo bueno es que era indiscutible. E irreversible.

Es cierto que aquella cosa que estaba sucediendo tenía un peso que era preciso soportar, reconoció el peso familiar. Era como su propio peso. Aunque fuese algo singular: aquel hombre parecía no tener nada equivalente para poner en el otro plato de la balanza. Vagamente lo sabía. En su antiguo apartamento a veces había tenido esa sensación incómoda, mezclada con placer y atención, que siempre había acabado en alguna decisión que no tenía nada que ver con el sentimiento perturbador. Nunca lo había sentido, es cierto, con esa nitidez final de desierto. Le ayudaba su propia sombra que lo delimitaba sin equívocos en el suelo.

Aquello que estaba sintiendo debía de ser, en última instancia, solo él mismo. Eso tenía el sabor que la lengua tiene en la propia boca. Y la misma falta de nombre, como le falta nombre al sabor que la lengua tiene en la boca. No era, pues, más que eso.

Pero uno prestaba atención a eso, y prestar atención a eso, era ser. Así pues, en su primer domingo, él era. Todo eso empezó a resultarle un poco intenso. El hombre entonces se removió incómodo en la piedra, respondiendo físicamente a la inmaterialidad de la propia tensión, como hace alguien que se siente molesto. Y lo hizo así porque, aunque no se conociese, se resultaba familiar a sí mismo hasta el punto de saber cómo responder. Pero eso no bastó. Miró entonces a su alrededor, como quien busca el contrapunto de una mujer. Pero no había ni un sinónimo siquiera para un hombre que está sentado con un pájaro en la mano.

Entonces, paciente y digno, esperó que la cosa sucediese sin que él la tocase.

Es que aquel hombre siempre había tenido una tendencia a caer, lo que un día podría llevarlo a un abismo: por eso sabiamente tomó la precaución de abstenerse. Su contención, en la corteza frágil de la profundidad, le dio el placer de la contención. Siempre había sido un equilibrio difícil el suyo, el de no caer en la voracidad de las olas y olas que lo esperaban. Todo un pasado estaba solo a un paso de la extrema cautela con que aquel hombre intentaba tan solo mantenerse vivo y nada más, así como al animal le brillan solo los ojos y mantiene tras de sí la vasta alma intocada de un animal. Entonces, sin tocarla, se dispuso a esperar impasible a que la cosa sucediese.

Antes de que sucediese, él involuntariamente la reconoció. Aquello... aquello era un hombre que piensa... Entonces con infinito desagrado, físicamente aturdido, recordó en su cuerpo cómo es un hombre que piensa. Un hombre que piensa es aquel que, al ver algo amarillo, dice con un esfuerzo deslumbrado: eso que no es azul. No es que Martim hubiese llegado exactamente a pensar, pero lo había reconocido como se reconoce en la forma de las piernas inmóviles el posible movimiento. Y reconoció más que eso: esa cosa en realidad había estado con él durante toda su fuga. Por un descuido suyo ahora casi la había dejado derramarse.

Entonces, sobresaltado, como si en su alarma hubiese reconocido el regreso insidioso de un vicio, sintió una tal repugnancia por el hecho de haber casi pensado, que apretó los dientes con una dolorosa mueca de hambre y desamparo, y se volvió inquieto hacia todos los lados del desierto buscando entre las piedras un medio de recuperar su potente estupidez anterior, que para él se había convertido en una fuente de orgullo y de dominio.

Pero el hombre estaba alterado: ¿no era capaz, pues, de dar dos pasos libres sin caer en el mismo error fatal?, el viejo sistema de pensar inútilmente, e incluso de complacerse en pensar, había intentado volver: sentado en la piedra con el pájaro en la mano, por descuido hasta había sentido placer. Y si se descuidase un minuto más, recuperaría a borbotones su existencia anterior: cuando pensar era la acción inútil y el placer solo vergonzoso. Desamparado, se removió en la piedra caliente: parecía buscar un argumento que lo protegiese. Necesitaba defender lo que, con enorme coraje, había conquistado dos semanas atrás. Con enorme coraje aquel hombre había dejado por fin de ser inteligente.

¿Acaso lo había sido alguna vez?, la duda feliz le hizo parpadear con gran astucia, porque si pudiese probarse a sí mismo que nunca había sido inteligente, entonces se revelaría también que su propio pasado había sido otro, y se revelaría que algo en su interior siempre había sido entero y sólido.

«En realidad», pensó entonces probando con cuidado ese truco de defensa, «en realidad solo he imitado la inteligencia, igual que podría nadar como un pez sin serlo». El hombre se removió contento: «¿la he imitado?, ¡claro que sí! ¡Imitando lo que sería ganar el primer premio del concurso de estadística, había ganado el primer premio del concurso de estadística!». En realidad, concluyó muy interesado, solo había imitado la inteligencia, con aquella falta esencial de respeto que hace que uno imite. Y con él, los millones de hombres que copiaban con enorme esfuerzo la idea que se tenía de un hombre, junto a los millares de mujeres que copiaban atentas la idea que se tenía de una mujer y millares de personas de buena voluntad que copiaban con esfuerzo sobrehumano su propia cara y la idea de existir; por no hablar de la concentración angustiada con que se imitaban actos de bondad o de maldad, con una cautela diaria para no resbalar hacia un acto verdadero, y por lo tanto incomparable, y por lo tanto inimitable, y por lo tanto desconcertante. Y mientras tanto, hay alguna cosa vieja y podrida en algún lugar inidentificable de la casa, que nos hace dormir inquietos, y la incomodidad es la única advertencia de que estamos copiando, y nos escuchamos atentos bajo las sábanas. Pero tan distanciados estamos por la imitación, que aquello que oímos nos llega tan sin sonido como si se tratase de una visión invisible, como si estuviese en una tiniebla tan compacta que las manos serían inútiles. Porque incluso la comprensión imitan las personas. La comprensión que nunca había sido más que lenguaje ajeno y palabras.

Pero quedaba la desobediencia.

Entonces –a través del gran salto de un crimen– hacía dos semanas se había arriesgado a no tener ninguna garantía y había pasado a no comprender.

Y bajo el sol amarillo, sentado en una piedra, sin la menor garantía, el hombre ahora disfrutaba como si no comprender fuese una creación. Ese cuidado que uno pone en transformar la cosa en algo comparable y por lo tanto abordable, y, solo a partir de ese momento de seguridad, mira y se permite ver, porque afortunadamente ya será demasiado tarde para no comprender, esa precaución Martim la había perdido. Y no comprender le estaba ofreciendo de repente el mundo entero.

Que estaba completamente vacío, a decir verdad. Aquel hombre había rechazado el lenguaje de los otros y no tenía ni siquiera un principio de lenguaje propio. Y, sin embargo, vacío, mudo, disfrutaba. La cosa era buena.

Entonces, como inicio de conversación, uno se sentaba en la piedra un domingo.

Y así, con perverso placer, el hombre ahora se sentía tan lejos del lenguaje de los otros que, con el atrevimiento que le dio la confianza, intentó usarlo de nuevo. Y le pareció extraño, como un hombre que se lava los dientes sobrio no reconoce al borracho de la noche anterior. Así, al rebuscar ahora con fascinación todavía cautelosa en el lenguaje muerto, intentó por pura experiencia dar el título antiguamente tan familiar de «crimen» a esa cosa tan sin nombre que le había sucedido.

Pero ¿«crimen»?. La palabra resonó vacía en el desierto, y tampoco la voz de la palabra era suya. Entonces, finalmente convencido de que no sería capturado por el lenguaje antiguo, intentó ir un poco más lejos: ¿sentía acaso horror después de su crimen? El hombre tanteó con detalle su memoria. ¿Horror? Y sin embargo era lo que el lenguaje esperaría de él.

Pero también «horror» se había convertido en palabra de antes del gran salto ciego que él había dado con su crimen. El salto había sido dado. Y el salto había sido tan grande que había acabado por convertirse en el único acontecimiento con el que quería tratar. E incluso los motivos del crimen habían perdido su importancia.

En realidad el hombre había abolido los motivos con sabiduría. Y había abolido el mismo crimen. Al tener ya cierta práctica en la culpa sabía vivir con ella sin ser molestado. Ya había cometido anteriormente los crímenes no previstos por la ley, de modo que probablemente consideraba solo mala suerte haber ejecutado exactamente hacía dos semanas uno que sí estaba previsto. Una buena educación cívica y un largo entrenamiento vital lo habían adiestrado para ser culpable sin traicionarse; no sería una tortura sin importancia la que haría que su alma se confesase culpable, y es necesario mucho para que un héroe finalmente llore. Y cuando esto sucede es un espectáculo deprimente y repugnante que no soportamos sin sentirnos traicionados y ofendidos: quien nos representa es imperdonable. Sucede que, en circunstancias especiales, en dos semanas, aquel hombre se había convertido en un héroe: él se representaba a sí mismo. La culpa ya no lo alcanzaba.

¿«Crimen»? No, «el gran salto»; estas sí parecían sus palabras, oscuras como el nudo de un sueño. Su crimen había sido un movimiento vital involuntario como el reflejo de la rodilla ante un golpe: todo el organismo se había reunido para que la pierna, de repente indómita, diese la patada. Y él no había sentido horror después del crimen. ¿Qué había sentido entonces? Una asombrada victoria.

Eso es: había sentido una victoria. Con deslumbramiento vio que la cosa inesperadamente funcionaba: que un acto aún tenía el valor de un acto. Y además con un solo acto él había conseguido los enemigos que siempre había querido tener: los otros. Y más aún: que él mismo ya era incapaz de ser el hombre antiguo, porque, si volviese a serlo, estaría obligado a ser su propio enemigo, ya que en el lenguaje en el que había vivido hasta entonces no podría ser amigo de un criminal. Así, con un solo gesto, ya no era un colaborador de los otros y con un solo gesto había dejado de colaborar consigo mismo. Por primera vez Martim era incapaz de imitar.

Sí. En aquel momento de asombrada victoria el hombre de repente había descubierto la potencia de un gesto. Lo bueno de un acto es que nos sobrepasa. En un minuto Martim había sido transfigurado por su propio acto. Porque después de dos semanas de silencio he aquí que naturalmente había pasado a llamar «acto» a su crimen.

Es cierto que la sensación de victoria solo le duró una fracción de segundo. Después ya no tuvo más tiempo: con un ritmo extraordinariamente perfecto y lubrificado llegó el profundo sopor que había necesitado para que naciese su inteligencia actual. Que era grosera y astuta como la de un ratón. Solo eso. Pero por primera vez una herramienta. Por primera vez su inteligencia tenía consecuencias inmediatas. Y de tal manera se había convertido en su posesión, que había podido especializarla en protegerlo y en proteger su vida. Tanto que inmediatamente había empezado a saber cómo huir, como si todo lo que hubiese hecho hasta entonces en la vida diaria no hubiese sido más que un confuso ensayo para la acción. Y entonces aquel hombre se volvió finalmente real, un verdadero ratón, y cualquier pensamiento en esa inteligencia nueva era un acto, aunque ronco como una voz nunca usada. Era poco lo que él era ahora: un ratón. Pero como ratón nada en él era inútil. La cosa era buena y profunda. Dentro de la dimensión de un ratón aquel hombre cabía entero.

Sí; todo eso había venido después del crimen con tal perfección que Martim no había tenido tiempo ni siquiera de pensar en lo que había hecho. Pero antes –durante una fracción de segundo–, antes la victoria. Porque un hombre un día debía tener la gran cólera.

Él la había tenido. Y por primera vez, con candor, se había admirado a sí mismo como un niño que se descubre desnudo en un espejo. Aparentemente, con la acumulación de ideas de bondad sin la acción de la bondad, con la idea del amor sin el acto del amor, con el heroísmo sin el heroísmo, por no hablar de cierta creciente imprecisión de existir que acabó convirtiéndose en el imposible sueño de existir, aparentemente aquel hombre había acabado por olvidar que una persona puede actuar. Y haber descubierto que en realidad involuntariamente ya había actuado le dio de repente un mundo tan libre que sintió el vértigo de la victoria.

Aquel hombre no se cuestionó siquiera si había quien podía actuar sin que fuese por medio de un crimen. Lo único que tercamente sabía es que un hombre debía tener un día la gran cólera.

–Yo era como cualquiera de vosotros –dijo entonces repentinamente a las piedras, porque estas parecían hombres sentados.

Dicho esto, Martim se sumergió de nuevo en un silencio total de meditación. Estaba rodeado de piedras. El viento que soplaba ardiente lo traspasaba como al desierto. Vacío y tranquilo miró la luz vacía y tranquila. El mundo era tan grande que él estaba sentado. Por dentro tenía el vacío resonante de una catedral.

–Imaginad –volvió a empezar inesperadamente cuando estaba seguro de que no tenía nada más que decirles–, imaginad a una persona que haya necesitado un acto de cólera –dijo a una piedra pequeña que lo miraba con el rostro tranquilo de un niño–. Esta persona iba viviendo, viviendo; y los demás también imitaban con aplicación. Hasta que todo se fue haciendo muy confuso, sin la independencia con que cada piedra está en su lugar. Y no había siquiera cómo huir de sí mismo porque los otros determinaban, con insistencia impasible, la propia imagen de esa persona: cada cara que esa persona miraba repetía como una pesadilla tranquila el mismo desvío. Cómo explicaros a vosotras, que tenéis la calma de no tener futuro, que cada cara había fallado, y que ese fracaso llevaba en sí una perversión como si un hombre durmiese con otro hombre y los hijos no nacieran. «La sociedad es tan aburrida», como dijo mi mujer –se acordó el hombre sonriendo con mucha curiosidad–. Había un error y no se sabía dónde estaba. Una vez yo estaba comiendo en un restaurante –contó el hombre, animándose de repente–. No, no, ¡estoy cambiando de tema! –descubrió sorprendido, porque su padre siempre tuvo cierta tendencia a cambiar de tema e incluso en la hora de su muerte había vuelto la cara hacia el otro lado.

–Imaginad a una persona –continuó– que no tenía valor para rechazarse; y entonces necesitó de un acto que hiciera que los otros la rechazasen, y que ella ya no pudiese vivir más consigo misma.

El hombre se rio con los labios resecos al usar el truco de esconderse bajo el título de otra persona, algo que en ese momento le pareció muy bien como golpe de astucia; entonces se quedó satisfecho como siempre que conseguía engañar a alguien. Tal vez tuviese una vaga consciencia de que estaba representando y vanagloriándose, pero fingir era una nueva puerta que, en el primer derroche de sí mismo, podía darse el lujo de abrir o cerrar.

–Imaginad a una persona que era pequeña y no tenía fuerza. Ella en realidad sabía muy bien que toda su fuerza reunida, céntimo a céntimo, solo sería suficiente para comprar un único acto de cólera. Y en realidad también sabía que ese acto tendría que ser muy rápido, antes de que el valor se acabase, y que tendría incluso que ser histérico. Esa persona, entonces, cuando menos lo esperaba, ejecutó ese acto; e invirtió en él toda su pequeña fortuna.

Bastante asombrado con lo que acababa de pensar, el hombre se interrumpió con curiosidad: «¿Entonces eso fue lo que sucedió?». Era la primera vez que se le ocurría.

Es cierto que hasta ahora no había tenido tiempo ni siquiera para pensar en su crimen. Pero al abordarlo por fin en ese instante lo había abordado de una manera que haría que ningún tribunal lo reconociese. ¿Estaría describiendo su crimen como un hombre que pinta en un cuadro una mesa y nadie la reconoce porque el pintor la ha pintado desde el punto de vista de quien está debajo de la mesa?

¿En qué había convertido aquel hombre su crimen en solo dos semanas?

Se preguntó todavía con algunos restos de escrúpulo: «¿Fue exactamente eso lo que me sucedió?». Pero un segundo después ya era demasiado tarde: si eso no era verdad pasaría a serlo. El hombre sintió con gravedad que ese momento era muy serio: de ahora en adelante solo iba a lidiar con esa verdad.

Lo que se le escapó es si había explicado de esa manera su crimen porque había sucedido realmente así o porque todo en él estaba preparado para ese tipo de realidad. O, incluso, si estaría dando falsas razones por la mera astucia de un fugitivo que se defiende. Pero un largo pasado de embotamiento tendencioso no le permitía saber todavía en qué lugar de sí mismo sus dedos sentirían que la vena respondía como responde cuando se toca la verdad del sueño. Y mientras tanto él era aún alguien muy reciente, de modo que todo lo que dijo no solo le pareció magnífico, sino que se caía, deslumbrado por el hecho de haber conseguido andar solo.

En realidad en ese momento, su único vínculo directo con el crimen concreto fue un pensamiento de extrema curiosidad: «¿Cómo ha podido sucederme eso a mí?». Se sentía inferior a los acontecimientos que él había creado con el crimen. Porque había estallado su forma de vida, desgracia que solo suele sucederle a los otros. Y de repente no eran solo palabras lo que le había sucedido. Martim estaba sinceramente asombrado por el hecho de que la desgracia también le hubiese alcanzado y –aún más que esto– de que él estuviese, por decirlo así, a su altura. Sentía una cierta vanidad de que por fin le hubiese sucedido el crimen que hasta entonces era solo de los otros.

El hombre continuó mirando la mesa de abajo arriba, y lo que importaba era que la reconocía. Es verdad que el hambre también hacía muy penoso cualquier esfuerzo; las piedras, sin embargo, esperaban intransigentes la continuación. Entonces, para hacerle descansar, su cabeza sabiamente se obnubiló un poco.

Después Martim volvió a empezar más lentamente y procuró pensar con mucho cuidado, pues la verdad sería diferente si la dijese con palabras equivocadas. Pero si se dice con las palabras adecuadas, cualquiera sabrá que aquella es la mesa sobre la que comemos. De cualquier forma, ahora que Martim había perdido el lenguaje, como si hubiese perdido el dinero, se vería obligado a manufacturar aquello que quisiera poseer. Se acordó de su hijo que le había dicho: yo sé por qué Dios ha creado el rinoceronte, es porque Él no veía el rinoceronte y entonces creó el rinoceronte para poder verlo. Martim estaba creando la verdad para poder verla.

Oh, es muy posible que estuviese mintiendo a las piedras. Su única inocencia, junto a la costumbre tendenciosa de mentir, residía en que él ignoraba en qué punto exacto estaba su mentira. Entonces, ante esa ambigüedad, su cabeza, como defensa, se obnubiló aún más. Y, con un pequeño truco que había traído desde antes del gran salto, se convirtió en un ingenuo.