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Tras la muerte de Jesús, el episodio fue reelaborado, ampliado y nuevamente enfocado. Surgieron relatos y testimonios, pero se atribuyó un nuevo significado a todo cuanto el Maestro había dicho o hecho: la derrota de su muerte se transformó en victoria, y los seguidores corrigieron todo lo que ellos no comprendían o no aceptaban. El resultado fue que, poco a poco, las nuevas interpretaciones ocultaron y transformaron lo que había sucedido. Los autores de este libro llevan a cabo una investigación seria y de carácter interdisciplinar que nos ayudará a entender qué ocurrió realmente en Jerusalén tras la muerte de Jesús y a reflexionar sobre la determinante influencia que ese hecho ha tenido en nuestra historia y en nuestra cultura.
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Seitenzahl: 580
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Introducción
I. Jesús: una historia que comienza al final
1. Jerusalén, primavera. Días de la fiesta de la Pascua
2. En la Tierra de Israel. Un hombre que viene de Galilea
3. ¿Qué distinguía a Jesús?
4. Ser un líder: suscitar consenso
5. La cultura judaica de Jesús y el mundo romano
6. El renacimiento del pueblo de Israel
7. Los tiempos de la liberación
8. Las muchedumbres, la gente común
II. Cosecha y pesca abundante. Y el «céntuplo» en el Reino
1. ¿Otoño previo? Primeros encuentros en la orilla del lago o a la sombra de los árboles. Los seguidores se ponen en camino
2. Las historias de los seguidores quedan en la sombra
3. La elección de los Doce. ¿Una etapa nueva?
4. Los destinatarios del misterio del Reino
5. Un núcleo pequeñísimo de tres discípulos
6. Surgen grandes expectativas entre los seguidores
7. ¿Qué se espera de Jesús?
8. ¿Hasta qué punto conocían los seguidores a Jesús?
9. Jesús percibe las dudas de los seguidores
10. La llegada a Jerusalén: un momento glorioso
III. El mensaje: inversión radical del mundo y la hostilidad que suscitaba
1. Largos meses, quizá años, a pie entre Galilea y Jerusalén
2. Los juicios de Jesús y las reacciones que provocaban
3. La contradicción introducida por Jesús
4. ¿Un peligro para las autoridades?
5. Contra los ricos y los satisfechos
6. Invitación a arrepentirse
7. Una telaraña de acusaciones y contraacusaciones
8. ¿Se sentía Jesús rechazado?
IV. Las previsiones de la muerte
1. Una voz, días y más días de anuncios. La gente acude, las suposiciones se multiplican
2. La política del prefecto romano
3. ¿Corría realmente riesgos Jesús?
4. El imaginario judaico del final
5. ¿Previó Jesús su muerte?
6. La autenticidad de las predicciones
7. Alguna alusión enigmática de Jesús
8. El mensaje excluye la muerte
9. La última cena
10. Las metáforas explican el drama
11. Episodios que desmienten que Jesús quería morir
12. No se sabe qué sucederá después
13. ¿Temía Jesús ser ejecutado, como Juan?
14. Jesús no planifica el futuro
V. En manos de los enemigos
1. Cincuenta años después se escribe sobre los enemigos de Jesús: ¿eran los romanos, los judeos o ambos?
2. ¿Cuál es el punto de vista de los enemigos?
3. ¿Los evangelios estaban informados?
4. Representaciones y experiencias
5. Los enemigos, «en escena»
6. El estereotipo de los «judeos» en Juan
7. La mirada retrospectiva
8. Los responsables de la condena y de la crucifixión
9. ¿Qué función tienen los romanos?
10. Los poderes del Imperio
11. Los efectos esperados de la ejecución de Jesús
VI. El entierro: ¿quién se ocupó del cuerpo muerto de Jesús?
1. Sobre una colina, el apresamiento durante la noche: del jardín del monte de los Olivos al Gólgota
2. Enterrar un cadáver
3. ¿Cómo es narrado?
4. ¿Quién es el responsable del cuerpo de Jesús?
5. Muchos detalles discordantes
6. ¿Quién asiste a la sepultura?
7. José de Arimatea
8. Una figura sorprendente
9. La función de la autoridad judaica
10. La función de Nicodemo
11. Romanos y judeos implicados en la crucifixión
12. Otros personajes más o menos fugaces... y las mujeres
13. ¿Puede existir una historia de Jesús sin José de Arimatea?
14. Los círculos de los seguidores y los relatos
15. Enterrar a un condenado en una ciudad del siglo I
VII. La muerte violenta del líder
1. De repente, sin guía. La noticia de la muerte se extiende. El largo replanteamiento
2. Repasar el pasado
3. Un líder muerto debe ser celebrado
4. Muerte natural, violenta o gloriosa
5. ¿Cómo se difunde la noticia?
6. La reacción de la población
7. ¿Condicionó la muerte violenta los recuerdos de los seguidores?
8. Noticias inconciliables
9. La ampliación del relato
10. Las narraciones sobre el líder ejecutado
11. Hacia un rescate. Rehabilitarse
VIII. La interrupción de la gran esperanza. Las nuevas expectativas
1. La experiencia pasada ha terminado; comienza el futuro: ¿cómo proceder?
2. Se perfila otro drama
3. La separación del lado de Jesús: sorpresa y decepción
4. Huellas indelebles: un ambiente de incredulidad
5. ¿Quiénes fueron los primeros que reformularon el mensaje de Jesús?
6. Las mujeres: ¿protagonistas del giro?
7. ¿Cómo se reaccionó en los pueblos?
8. ¿Volverá Jesús a la tierra?
9. La visión de Pablo: la salvación es obra de la resurrección
10. Hechos y evangelios: la fuerza del espíritu y el «renacimiento»
IX. Lugares y grupos
1. El mensaje se irradia. Los mil flujos de la predicación
2. Cambios inevitables
3. Los grupos locales de los seguidores en la Tierra de Israel
4. Las formas sociales posjesuanas. ¿Cambia la praxis de vida?
5. Las casas cambian
6. Modelos agregativos de un movimiento naciente
7. La itinerancia por grupos
8. ¿Dieron origen los seguidores a comunidades?
9. El «nosotros» y las redes de relaciones
10. El problema de la sucesión
11. ¿Qué sucede con los Doce?
12. Las represiones
X. La investigación de la razón de la muerte
1. Más de cincuenta años de interrogantes y de explicaciones. Los relatos escritos trazan nuevos horizontes
2. Proseguir el camino
3. Primera explicación: todo acontece «desde el inicio»
4. Segunda explicación: un plan divino contenido en las Escrituras
5. Tercera explicación: Jesús fue rechazado por la ceguera de los adversarios
6. Cuarta explicación: el estado marginal de Jesús
7. Otro esquema interpretativo: la degradación física sufrida por Jesús
8. Sin culpa. Convergencia de las visiones
Conclusión
Apéndice: Las informaciones que los evangelios tenían sobre Jesús (hipótesis)
Bibliografía
Créditos
Jesús es apresado en medio de la noche por un grupo de personas armadas y a la mañana siguiente se encuentra ya en la cruz. Permanece clavado durante unas horas antes de morir ante los soldados romanos y unas pocas mujeres, tal vez ante alguien más.
A su muerte no le siguen alborotos, no se produce el caos. Días de silencio envuelven a quienes han estado a su lado. Sorprendidos por la fulminante intervención de los romanos, sus seguidores huyen desolados. Deben explicarse lo ocurrido, pero están inmersos en una tormenta de pensamientos y su espacio vital se ha restringido. Su mundo se ha derrumbado en solo una noche: el sentimiento de pérdida es enorme. Dos cuestiones les atormentan: ¿por qué la vida de su líder ha terminado en una derrota?, ¿por qué no ha llegado el Reino de Dios que él había anunciado?
La ejecución de Jesús es un hecho históricamente indudable, pero las circunstancias que la rodean no están nada claras. Se trata de un acontecimiento complejo que está cubierto de oscuridad. Nuestra investigación surge de los siguientes interrogantes: ¿qué impacto tuvo sobre sus seguidores la ejecución de Jesús?, ¿qué respuestas se dieron ante su muerte?
Son muchos los libros que se ocupan de la condena de Jesús y de quiénes fueron los responsables de su muerte, pero no es este el objetivo principal de nuestro estudio. La perspectiva antropológica nos ayuda a centrarnos en una cuestión fundamental que a menudo se pasa por alto: ¿qué sucede cuando se rompe el vínculo que une a un grupo de seguidores con su líder? Solo si se percibe la importancia de ese vínculo puede entenderse por qué los relatos sobre Jesús están condicionados por el trauma provocado por su muerte.
Es verdad que, en general, toda historia parte del final. Y esto es aún más cierto en el caso de Jesús. Su vida siempre es narrada a partir de la cruz. Sus seguidores no esperaban que muriese, así que su muerte les resulta algo inexplicable. Precisamente de este desconcierto surgen los primeros relatos y las primeras interpretaciones. Algunos pensaban que Jesús no podía desconocer lo que ocurriría, otros se preguntaban si habría previsto su muerte. Las preguntas se multiplicaban. ¿Quería Jesús morir realmente?
Nosotros creemos que en los relatos evangélicos han quedado huellas, no borradas, que nos permiten entrever en ciertos casos lo que ocurrió. Las huellas son señales seguras de lo que aconteció en el pasado. Algo así como cuando se retira la marea y la arena que queda al descubierto aparece llena de marcas más o menos nítidas de vidas que ya no están allí pero que sí estaban antes.
Nuestro trabajo se fundamenta en la búsqueda de las huellas que están debajo y dentro de las afirmaciones explícitas de los textos. Por eso cuando intentamos reconstruir un evento de la vida de Jesús partimos siempre de las divergencias entre los diversos relatos. Solo cuando llega a ser claro que los eventos no pueden haberse desarrollado simultáneamente de modos diferentes, nos preguntamos qué sucedió en realidad y cómo podemos saberlo.
En este punto tenemos que hacer un elogio del «detalle». La atención minuciosa a los detalles, instrumentos elocuentes, es el medio fundamental para poner de relieve las contradicciones y para encontrar un paso, una fisura, aunque sea minúscula, que nos permita una mirada al pasado, a lo que sucedió mucho antes de que se escribieran los evangelios.
Los textos sobre la muerte de Jesús fueron escritos por personas que no le habían conocido y que no hablaban su lengua. Los anacronismos y el conocimiento impreciso de tiempos y lugares de los eventos narrados son hechos innegables que obligan a preguntarse si es posible reconstruir de modo fidedigno la vida y la obra de Jesús. Nosotros pensamos que sí, porque consideramos que los evangelios, como muchos otros escritos de los dos primeros siglos, contienen y conservan lo que aconteció con mayor o menor claridad.
La confrontación antropológica e histórica de las noticias puede siempre evitar la confianza ingenua en los textos o, en el extremo opuesto, el escepticismo absoluto, la negación de su fiabilidad. Así pues, nuestra investigación no se basa solo en un único evangelio: la confrontación exige que se examinen todos los textos disponibles.
El reconocimiento de las divergencias y contradicciones que existen entre los evangelios nos lleva a una gran conquista. Las informaciones orales y escritas transmitidas durante décadas por grupos de seguidores, que probablemente usaron los autores de los textos evangélicos, proceden de diversas zonas de Israel y de ciudades del Mediterráneo, y nos permiten remontarnos a lo que se sabía de Jesús mucho antes de que se compusieran los evangelios.
Hay quien tiene en alta estima el evangelio de Marcos porque supone que es el más antiguo. Pero nosotros pensamos que para nuestra investigación se trata de una convicción insuficiente o incluso, tal vez, de un verdadero error. Cada evangelio a su modo, en efecto, se basa en noticias específicas y parciales que debemos tomar en serio: Marcos dispone de un antiguo relato de la muerte y de pequeñas colecciones de debates y de palabras de Jesús; Lucas y Mateo, en cambio, tienen a su disposición una colección muy amplia. Todos los autores se han procurado y han recogido informaciones específicamente suyas. Juan se basa en una cantidad extraordinaria de noticias que desconocen los otros. También las cartas de Pablo, escritas como mínimo veinte años antes que los evangelios, contienen noticias importantes y antiguas. Otras llegaron a entrar en el Evangelio de Tomás, en el Evangelio de Pedro, en la Ascensión de Isaías, en los denominados evangelios judeocristianos y en muchos otros textos.
Ante las divergencias y las contradicciones, algunos especialistas intentan encontrar a toda costa una solución. Pero de este modo se ignora un hecho fundamental: los autores difieren entre sí precisamente porque no tenían informaciones seguras sobre ciertas circunstancias. El ocultamiento de las incertidumbres con soluciones consoladoras y armonizadas no es propio de una investigación seria: ser conscientes de lo que se desconoce es de capital importancia para entender mejor lo que sabemos con seguridad.
Comenzamos cada capítulo presentando un «escenario», un marco descriptivo en el que nos imaginamos algunos aspectos del ambiente en el que se desarrollaron los acontecimientos. No tratamos de describir hechos históricos, sino, más bien, suscitar la conciencia de la existencia de contextos complejos en los que vivieron y lucharon los seguidores.
No obstante, los elementos históricos y culturales de estos escenarios son históricamente ciertos. Los evangelios de Marcos, de Lucas y de Mateo, por ejemplo, relatan las instrucciones dadas por Jesús para la preparación de la cena pascual, pero no hacen referencia al sacrificio de los corderos y a lo que la celebración de la Pascua suponía para centenares de miles de peregrinos. En el primer capítulo hablamos sobre los fuegos nocturnos después de la cena pascual. No es pura fantasía: en el tratado Pesajim de la Misná se dice, en efecto, que es necesario quemar todas las sobras de la comida ritual.
Toda producción cultural de la antigüedad puede sintetizarse en la metáfora del texto gastado o de la imagen que ha perdido sus colores originales. Conceptos como «mesías» o «Reino de Dios» nos parecen desvaídos, opacos. Y, sin embargo, su color era vívido y nítido en el mundo al que pertenecían. Hoy día necesitan explicarse, a veces sustituirse con otras actuales, si bien una sustitución sistemática excluiría la comprensión del pasado. Por esta razón, hemos intentado releerlas en sus confines culturales originales, en los contextos reales en los que constituían un vehículo inmediato de significado. Jesús hablaba en arameo, pero sus palabras se nos han transmitido en una lengua diferente: para captar su significado, tenemos que sumergirnos en la historia y en los ambientes en que surgieron.
Este libro es el fruto de una investigación antropológica, histórica y literaria que ha durado varios años, durante los que hemos discutido con muchos especialistas sobre los puntos de vista y los resultados. La reflexión sobre la muerte de Jesús ha tenido y tiene una enorme repercusiones sobre nuestra cultura. Hemos tratado de comprender aquel evento con los instrumentos de la investigación, convencidos de que para los lectores son más interesantes los resultados científicos que los sensacionalismos y las exageraciones noveladas. La comprensión exige instrumentos y tiempos, confrontaciones e hipótesis justificadas.
A. D. y M. P.
Bolonia, 8 de marzo de 2014
División política de Israel en tiempos de Jesús
Jerusalén en el siglo I
La salida de la luna marcaba el inicio de un nuevo día de la semana. Era sábado, el tiempo del reposo absoluto, un momento de santidad y de satisfacción.
No sabemos si aquel año caía la Pascua precisamente en sábado o bien el día anterior, el sexto de la semana, si la solemne cena pascual estaba a punto de comenzar o si ya se había realizado la noche anterior. En el primer caso, los peregrinos, centenares de miles, estarían reunidos en numerosísimos grupos y comerían juntos. Las muchedumbres que habían subido a Jerusalén desde todas las partes de la Tierra de Israel y de la diáspora judaica se encontrarían preparadas para comer los corderos sacrificados pocas horas antes. La zona del templo estaba impregnada de los aromas del incienso y del olor de la sangre de los animales inmolados. La ciudad no estaba en alerta. Al final de la noche brillaban tal vez en la oscuridad muchas pequeñas hogueras en las que se quemaban las sobras de la comida. La gente disfrutaba de la tranquilidad y la alegría del sábado.
El rey de Galilea, Herodes Antipas, que pasaba siempre la Pascua en Jerusalén, estaba en el palacio con su séquito. La ciudad se encontraba controlada por las tropas que el prefecto romano Poncio Pilato había desplazado desde Cesarea unos días antes. Los sacerdotes, que vivían en la parte alta de la ciudad, repetían el antiguo rito de la cena pascual, memorial de la liberación de la esclavitud egipcia.
Sin embargo, también es posible que la comida ritual se hubiera realizado ya el día anterior. En este caso, al inicio de la noche no se oirían los cánticos de la cena. La ciudad estaría más tranquila y silenciosa. Los peregrinos habrían permanecido aún en Jerusalén durante unos días más y regresarían a casa al final del descanso semanal. Muchos llevarían consigo recuerdos y noticias, buenas y malas, de aquella ciudad única. Un rito solemne, un dominio extranjero.
El día previo al sábado, al anochecer, algunos condenados habían sido crucificados. Los peregrinos lo sabían, como también sabían que las tropas romanas vigilaban las calles por temor a que se produjeran hechos sediciosos. Sin embargo, no había ambiente de revuelta.
Este escenario contiene la historia de una ejecución, la de Jesús. Pero su muerte no es el final de su aventura. Es el inicio de todo. En todo tiempo, quien quiera hablar de él tendrá que comenzar a partir de su drama final. No sabemos con certeza qué año era, el 30 o el 33 del siglo I1.
Jesús está inmerso en su tiempo. Su existencia dramática presenta en primer plano un nudo de problemas políticos y existenciales. Pero su respuesta fue personal, original.
Cuando inició su actividad, la Tierra de Israel estaba bajo el yugo de la mayor potencia extranjera del Mediterráneo. Unos sesenta años antes de su nacimiento, Pompeyo había puesto fin a la independencia del país y a la dinastía judía de los asmoneos (142-63 a. C.). A partir de aquel momento, era Roma quien nombraba a los sumos sacerdotes. Todo el sistema religioso judío estaba sometido al control romano. Pompeyo había realizado un acto de extraordinaria impiedad para los judeos2, al violar la parte más sagrada del templo de Jerusalén, el «santo de los santos». Es evidente que los romanos, después de esta violación, aparecían no solo como extranjeros, sino también como irrespetuosos con aquello que era más venerado. En los años posteriores, los acontecimientos políticos de la Tierra de Israel y de las comunidades judaicas del Mediterráneo estuvieron determinados también por las luchas internas en el ámbito del poder romano3.
Sin embargo, la hostilidad hacia Roma no era compartida por todos. Las clases altas, sacerdotales y políticas, eran filorromanas y colaboraban con el Imperio. La intervención de Pompeyo, por lo demás, había sido provocada también por la lucha entre facciones de la clase dirigente judaica que se apoyaban en los romanos para prevalecer sobre sus rivales. Una de las consecuencias de la progresiva e inevitable romanización fue el surgimiento de una profunda escisión en la población local entre los filorromanos (a través de los cuales Roma ejercía su poder) y los antirromanos. En todo caso, era la clase política la que estaba dividida. Si los herodianos eran grandes aliados de los romanos, los nostálgicos de la dinastía asmonea perseguían una política exterior opuesta4.
A la muerte de Herodes el Grande, en el año 4 a. C., se produjeron violentos movimientos de rebelión que fueron sofocados por las tropas imperiales. Su hijo Arquelao llevó a cabo una cruel represión contra una muchedumbre que se había sublevado en nombre de los líderes religiosos Judas y Matías5. Durante la fiesta de la Pascua, en la que enormes masas de gente convergían en Jerusalén, arremetió con la caballería y mató a unas tres mil personas. Los desórdenes y las rebeliones sangrientas duraron largo tiempo en diversas zonas del país6. Al final, los romanos decidieron convertir Judea en una provincia del Imperio7. Un prefecto estaría a cargo del gobierno, que en tiempos de Jesús era Poncio Pilato8. Galilea y Perea fueron a manos de Herodes Antipas, bajo cuyo reinado vivieron Juan el Bautista y Jesús. Filipo recibió el territorio situado al este de Galilea.
Por entonces Jesús era un niño. No sabemos qué influencia tendrían estos sucesos en sus decisiones futuras. Lo que más concierne a su existencia, a su actitud hacia el pueblo, son las condiciones de vida y las dificultades provocadas por la llegada de los romanos.
Herodes el Grande, en efecto, había llevado a cabo una suntuosa política urbanística y había construido grandes ciudades cosmopolitas de tipo helenístico, como Sebasté, en Samaria, y Cesarea, en la costa mediterránea. Había reconstruido en parte la misma Jerusalén, un hecho de extraordinaria importancia. Los nombres dados a las ciudades en honor a la autoridad imperial son todo un síntoma de la profunda romanización, que se tradujo en la construcción de teatros, termas y caminos. Los hijos de Herodes, Antipas y Filipo, continuaron esta misma política, reconstruyendo como ciudades helenísticas Séforis, Tiberíades, Betsaida (con el nombre de Julia) y Cesarea de Filipo.
La construcción de este tipo de ciudades demuestra la voluntad de crear centros de poder en el territorio y de centralizar en ellos las funciones del gobierno. Se creó así una red de sedes urbanas importantes que se situaban a un nivel diferente del de los asentamientos judaicos dispersos, más o menos pequeños o marginales, y, por consiguiente, dependientes en gran medida de las ciudades. Los romanos, por otra parte, tenían un número limitado de funcionarios para gobernar las regiones del Imperio. Dominaban sin una presencia masiva en el país, casi sin estar presentes. A través de las élites de las ciudades, ejercían su influencia en los territorios circunstantes.
En Galilea, la tierra de Jesús, no había presencia de soldados ni de estructuras administrativas imperiales. Bastaba con el gobierno de Herodes Antipas. En la práctica, Jesús no se encontraba directamente con los romanos, sino con aquellos que ejercían el poder en su puesto o conjuntamente. Era uno más de cuantos llevaban sobre sí los signos de la dominación romana.
Jesús inició su actividad siendo ya un hombre adulto, maduro. Había crecido en aldeas y no aspiraba a un ascenso social o a una buena inserción en el Imperio. En un determinado momento fue acogido por Juan el Bautista entre sus seguidores. Después, decidió anunciar la voluntad de Dios a su pueblo. Lo que no sabemos es cómo llegó a sus propias convicciones.
Su vida pública fue breve, pero supo atraer en torno a él a un gran número de personas. La muchedumbre es a menudo la protagonista de sus acciones. En cualquier parte, a su paso, hombres y mujeres se llenaban de grandes esperanzas y de admiración. Supo excitar los ánimos con la promesa de un mundo nuevo. Las aspiraciones de los campesinos y de la gente de los pueblos eran obviamente muy diferentes a las de las clases dominantes.
Jesús vivió toda su vida bajo el dominio de los romanos. Se cruzó con ellos tal vez durante sus idas y venidas por la Tierra de Israel y, posteriormente, se encontró cara a cara con ellos cuando le apresaron y le mataron deprisa y corriendo.
Él abandonó el trabajo, la casa y la familia para trasladarse de un pueblo a otro. Se desprendió de todo bienestar para encontrarse con las gentes del campo, a quienes les pedía hospitalidad. Se movía lejos de las ciudades, como también había hecho el Bautista, su maestro durante cierto período de tiempo. Todo esto era un signo de su diferencia con respecto al estilo de vida, a las aspiraciones y a las estrategias de la aristocracia judaica. Jesús hablaba evocativamente a la gente del Reino de Dios, que era el centro de su mensaje. Muchos de sus discursos muestran que era consciente de la situación y de los problemas de las personas. Quien se encontraba con él se hallaba ante un maestro que le hablaba de la vida usando su mismo lenguaje y mediante imágenes cotidianas de la familia, del trabajo en el campo y de la pesca. Actuando así, Jesús explicaba su misma actividad de renovación:
Un sembrador salió a sembrar. Al lanzar la semilla, una parte cayó al borde del camino, y llegaron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó entre las piedras, donde había poca tierra, y, como la tierra no era profunda, la semilla brotó muy pronto, pero, en cuanto salió el sol, se agostó y, al no tener raíz, se secó. Otra parte de la semilla cayó entre cardos, y los cardos crecieron y la ahogaron sin dejarle que diera fruto. Otra parte, en fin, cayó en tierra fértil, y germinó y creció y dio fruto: unas espigas dieron grano al treinta, otras al sesenta, y otras al ciento por uno (Mc 4,3-8).
El sembrador es Dios, pero Jesús sabía que tenía en su mano la semilla de la palabra y del ejemplo. Tenía ante sí a personas que cultivaban la tierra, que conocían el valor de la siembra y de la cosecha, que habían experimentado la catástrofe que suponía la pérdida de una siembra. Quien seguía a Jesús entreveía las posibilidades de la abundancia. Percibía cuál podría ser el fruto generado por la soberanía divina. Recibía una enseñanza que no se servía de fórmulas, de explicaciones doctrinales y de aprendizajes teóricos. También los pescadores se identificaban con ella: a ellos les decía Jesús que se convertirían en «pescadores de hombres» (Mc 1,17).
En otras ocasiones, en cambio, son las acciones más que las palabras las que revelan el ambiente en el que se movía Jesús. La curación de la suegra de Simón, por ejemplo, corresponde al tipo de vida que la gente compartía con él. Una vez curada, en efecto, la mujer se puso a «servirles», porque es esto lo que había que hacer en ese momento. Quiere servir a Jesús, cuidar a los huéspedes, estar preparada y disponible (Mc 1,30). En cambio, en el episodio en el que las dos hermanas, Marta y María, lo hospedan en su casa, Jesús reprende a Marta porque se obsesiona con el servicio doméstico (Lc 10,38-42).
Las propuestas de Jesús eran claras y sus oyentes comprendían totalmente el sentido profundo de sus palabras, ya que nunca hablaba en abstracto.
La última vez que subió a Jerusalén, con ocasión de la Pascua, era ya considerado un líder. Estaba rodeado de muchos seguidores que le habían aceptado y querían compartir su experiencia, contando con la capacidad que tenía para relacionarse con el mundo y para trazar el sendero que debía evitarse.
En los escritos más antiguos y sobre todo en los evangelios9, Jesús es definido de muchos modos. Las categorías judaicas usadas para presentarlo son: maestro, rabí, señor, mesías, profeta, hijo de Dios, hijo del hombre, hijo de David, rey de Israel, rey de los judeos, y otras más10. Resulta difícil decir cuántas de estas afirmaciones reflejan las aspiraciones de la gente cuando Jesús estaba vivo y cuántas, en cambio, son el fruto de las reinterpretaciones realizadas en las décadas posteriores a su muerte. Las investigaciones contemporáneas han debatido extensamente sobre la posibilidad de clasificar a Jesús con las categorías de la historia de las religiones o de las ciencias sociales: líder carismático, héroe, mago, sanador, chamán, profeta, predicador cínico itinerante, campesino, mediador, persona inspirada, marginal...11 En suma, para comprender la figura de Jesús puede partirse del punto de vista de los textos antiguos o de las definiciones de los especialistas actuales.
Entre las numerosas connotaciones atribuidas a Jesús, algunas subrayan su dimensión más solitaria, pasando por alto la relación esencial que tenía con sus discípulos. El héroe, por ejemplo, lucha solo poniendo en peligro su propia vida para después tener un reconocimiento por parte de la autoridad o de los miembros de su grupo. Después de la muerte, según las antiguas leyendas, es divinizado12. Pero Jesús no era un hombre aislado, desancorado de la realidad. Sus seguidores tenían con él una relación cotidiana y un vínculo indisoluble. Jesús dialogaba con ellos, les ayudaba, les enseñaba.
La capacidad de dirección sobre el propio grupo es un criterio muy importante para enmarcar a un personaje tan complejo. Jesús era un líder con autoridad, que no solo enseñaba, sino que era capaz también de cambiar profundamente un modo de vida. De esto surgía para el seguidor la convicción de poder realizar sus aspiraciones más altas: él absorbía la energía de su jefe y sentía cercano el cumplimiento de sus propias esperanzas.
En la cultura judaica de entonces, algunos podían seguir a un líder si reconocían en él alguna forma de fuerza sobrenatural. En el caso de Jesús, este reconocimiento se expresa, por ejemplo, con títulos como «Hijo de Dios» (es decir, un hombre que hace la voluntad de Dios y es aprobado por él) o «hijo del hombre» (a quien Dios mismo le confiere una función, según la imagen del libro de Daniel), «mesías» (que conduce al pueblo a la instauración del Reino de Israel) o profeta (con revelaciones que comunica). De los textos evangélicos emerge, en suma, que –más allá de estas definiciones– los seguidores reconocían la guía indiscutible de Jesús, percibida en cada caso de modo diverso. Ninguna de las definiciones que se le atribuyen, si es tomada aisladamente, puede iluminar la complejidad de sus propósitos y de sus acciones. Incluso la de «predicador» es ambigua, porque es verdad que en ciertas ocasiones dirige a la muchedumbre heterogénea largos discursos, pero a menudo habla con la gente de modo directo, más personal. Por otra parte, Jesús no solamente hablaba. Su estilo de vida, su actividad taumatúrgica, su llamada a los discípulos y el hecho de vivir con ellos, como también el hecho de alojarse en casa de los demás, son elementos que no encajan bien en la definición de «predicador».
En cambio, con el término «líder» se expresa la intención y la capacidad de un individuo de movilizar a personas hacia objetivos fijados por él y en los que ellos se reconocen. Pero no solo se trata de esto. El líder es también capaz de defender a los miembros de su grupo, de reforzar su identidad, de definir su destino colectivo. Estas son las condiciones de toda forma de liderazgo13.
Este vínculo –indisoluble y personal– explica cómo reaccionaron sus seguidores ante su muerte violenta: una reacción que tuvo una gran importancia para los eventos posteriores.
En un líder es esencial la capacidad de suscitar consenso y de motivar a las personas que están en torno a él14. De igual modo, es necesario que posea un patrimonio simbólico para compartirlo con ellos: el de Jesús estaba constituido de sabiduría y de determinación. Él era capaz de identificarse con el imaginario de quienes le apoyaban, de comprender sus aspiraciones más profundas y de convencerles de que serían satisfechas sus necesidades. Hacía emerger lo no dicho o incluso lo «no pensado»15, los deseos ocultos, depositados en la cultura judaica. La influencia que tenía en muchos de quienes confiaban en sus enseñanzas era determinante.
Sin embargo, esto no basta para explicar la fuerza de atracción de Jesús. Era su existencia concreta, su modo extraordinario de vivir, lo que ponía en movimiento a las personas. Su diferencia era una alternativa radical. Jesús se exigía a sí mismo y exigía a los suyos una clara separación –del trabajo, de la casa y de la riqueza–, y, a cambio, ofrecía la liberación de los condicionamientos sociales y una verdadera apertura al cambio.
El proyecto de autoexpoliación de Jesús tenía costos muy altos: implicaba incertidumbre y el abandono de todo lo que daba seguridad, y se desarrollaba en un ambiente de debilidad y de precariedad; se vivía de hechos contingentes e imprevistos. Este presupuesto trasparece en una de sus exhortaciones que tiene connotaciones de dolor y de urgencia:
No andéis preocupados pensando qué vais a comer para poder vivir o con qué ropa vais a cubrir vuestro cuerpo. Porque la vida vale más que la comida, y el cuerpo, más que la ropa. Fijaos en los cuervos: no siembran ni cosechan, ni tienen despensas ni almacenes, y, sin embargo, Dios los alimenta. Pues ¡cuánto más valéis vosotros que esas aves! Por lo demás, ¿quién de vosotros, por mucho que se preocupe, podrá añadir una sola hora a su vida? Pues si sois incapaces de influir en las cosas más pequeñas, ¿para qué preocuparos por las demás? Fijaos en cómo crecen los lirios: no se fatigan ni hilan, y, sin embargo, os digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, llegó a vestirse como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy está verde y mañana será quemada en el horno, ¡cuánto más hará por vosotros! ¡Qué débil es vuestra fe! (Lc 12,22-28).
Probablemente, la razón principal de su fuerza se hallaba en el hecho de que quien aspiraba a cambiar la vida y buscaba la justicia, tenía junto a así la posibilidad de hacerlo. El líder despierta siempre en sus compañeros exigencias y deseos que no saben que tienen o que perciben confusamente.
Los evangelios no solo presentan el éxito de Jesús, sino también su incapacidad para evitar el drama final de su muerte, lo que le hizo humanamente ser el perdedor y le quitó toda credibilidad ante una parte de su ambiente. Jesús emerge de los evangelios como un gran líder que fue derrotado por sus adversarios. Por eso sus seguidores tuvieron que soportar las peores consecuencias de la derrota.
En todo caso, una comprensión total de Jesús, como de cualquier persona, es imposible. La afirmación de su liderazgo estaba siempre amenazada, porque procedía de abajo. Quien le aceptaba lo convertía en el líder de un grupo16. La base del acuerdo, por consiguiente, podía oscilar, pero constituía el elemento primario del grupo y permitía la función de Jesús como cima de la pirámide.
Su autoridad no procedía de un encargo oficial: no era escriba, ni sacerdote, ni un funcionario de la sinagoga, y mucho menos un juez; no formaba parte de un consejo local o del Sanedrín de Jerusalén. El consenso que recibía como jefe no dependía de un tejido familiar ni tampoco de un ambiente laboral (asociaciones comerciales, de pesca o de agricultura). Jesús, que había roto sus vínculos familiares y laborales, era un hombre autónomo e independiente17.
Tal vez podría definirse esta forma de liderazgo como una realidad institucionalmente marginal, pero el término es inadecuado si por él se entiende algo irrelevante para la sociedad en su conjunto. Jesús aspira, de hecho, a una transformación de toda la sociedad judaica de su tiempo: sus ambiciones no eran en absoluto marginales18.
Era una persona dotada de esa «cualidad considerada extraordinaria» que Max Weber llamaba «carisma»19. Su autoridad se fundamentaba en dotes personales, no en funciones burocráticas o tradicionales reconocidas20. Es más, esta autoridad tendía a entrar en conflicto con la autoridad institucional, creando un polo de agregación que no se reconocía en las estructuras y en las corrientes de la sociedad.
Desde otro punto de vista, Jesús era un líder que no tenía sus raíces en los cultos domésticos ni en el ámbito de los templos, que son los centros culturales de una sociedad: se situaba –como ha sugerido Jonathan Z. Smith– en cualquier lugar21. Mantenía una relación dialéctica o de oposición con la religiosidad doméstica y con la vinculada al templo.
La religiosidad no vinculada a lugares específicos, la marginalidad y la autoridad carismática son factores que ayudan a comprender, cada uno con sus propios límites, el liderazgo de Jesús. El conflicto con las instituciones judaicas, que veían debilitarse su posición sobre la población, era inevitable. El mensaje que Jesús dirigía a toda la sociedad y que era capaz de fascinar a las grandes masas era desestabilizador: su influencia constituía una amenaza insoportable para quien tenía el poder político.
Su posición era, sin duda alguna, de autoridad, pero esto no excluye que hubiera sabido atraer hacia él a figuras de relieve, a personalidades carismáticas22. Esto explicaría también el hecho de que, después de su muerte, los compañeros reinterpretaran su mensaje de modo personal23. Como veremos, ateniéndonos a las narraciones evangélicas, entre sus seguidores también había algunas autoridades24. Dicho con otras palabras, Jesús como líder reunía en torno a sí a personas socialmente bien situadas, no solo a marginados o necesitados. Se dirigía a la población judaica en su conjunto, quería combatir su debilidad y degradación, buscaba a las «ovejas perdidas de la casa de Israel».
Jesús se movía entre dos mundos, entre dos estructuras institucionales: la judaica y la romana. La primera dependía de su origen familiar, de su ubicación territorial y de su participación convencida en la tradición, que pretendía comprender a fondo y dirigirla hacia objetivos más altos. Con respecto al Imperio romano –del que formaba parte integrante Judea como provincia–, Jesús era un peregrinus, pues no poseía la ciudadanía. Su dignidad había sido menoscabada y humillada, como la de buena parte de la población, y vivía en una condición de inferioridad en su propia tierra. Pero no pretendía una concesión de derechos por parte del poder romano: no cuestionaba ni negaba su posición. No trataba de convertirse en un ciudadano del Imperio y su objetivo no era integrarse, como sí lo era el de gran parte de la élite judaica. Nunca incitó a la rebelión y no se opuso al dominio romano25.
Apelando al centro de su cultura, Jesús invitaba a los judeos a arrepentirse para entrar en el Reino que Dios iba a instaurar inminentemente, no a rebelarse contra el Imperio. Al hablar del Reino de Dios, no hacía referencia alguna a qué pasaría con los romanos en el momento de su instauración.
Si para la cultura judaica Jesús era un líder que apelaba al Dios de Israel sin tener una autorización institucional, para el Imperio su acción podía parecer condenable si hubiera organizado movimientos de protesta o si hubiera puesto en duda la legitimidad del poder del emperador. Esta acusación fue formulada solo durante el acto final por parte de Pilato, que hizo escribir sobre la cruz la imputación «rey de los judeos». El anuncio del Reino de Dios podía aludir indirectamente a un derrocamiento del poder romano: el pueblo de Israel habría recuperado su libertad y ejercería un dominio universal gobernando sobre los demás pueblos. Todo esto no podía dejar de incidir en las aspiraciones de los seguidores de Jesús, al menos en las de los más íntimos, pues también ellos, como Jesús, estaban sometidos a una doble estructura institucional, la judaica y la romana.
Cuando una gran potencia extranjera ejerce su dominio político y cultural sobre una vasta región, el impacto provoca el aturdimiento de las realidades locales. Sin embargo, las personas no permanecen pasivas, sino que a menudo reaccionan26. A veces, las élites se identifican con el poder globalizador y se alían con él; otros sujetos se remiten a los propios valores e intentan rebelarse. También en la Tierra de Israel las reacciones fueron de diferentes tipos.
Durante los dos siglos previos al nacimiento de Jesús, existieron grupos judaicos hostiles a las dominaciones extranjeras, cuyas posiciones conocemos bien gracias a numerosos escritos de ese período, que están llenos de sueños de un renacimiento del pueblo judaico. Encontramos en ellos escenarios grandiosos e impresionantes del final, cuando el Dios de Israel tendría ya el poder de dominar sobre toda la Tierra y sobre toda nación; cuando habría acabado el mundo injusto y los judeos habrían sido finalmente salvados. Ciertamente, Israel no tenía fuerza para derrocar a las potencias extranjeras, pero sería Dios mismo quien instauraría su dominio: a «este mundo», se decía, le sucederá otro «que vendrá», trayendo felicidad y abundancia para todos.
Se pensaba que una serie de acontecimientos extraordinarios marcaría el paso al Reino de Dios. Pero resultaba difícil determinar cuándo llegaría ese momento. Para saberlo se buscaban revelaciones y señales premonitorias, y se hacían cálculos complicados, o bien se hacía todo a la vez27. Algunos fragmentos bíblicos (por ejemplo, algunos pasajes del libro de Jeremías y los capítulos 2, 7 y 9 del libro de Daniel)28 fueron reinterpretados varias veces para averiguar el inicio de cierta forma de redención del pueblo de Israel, de Jerusalén y de su templo, pero también del dominio de Dios sobre la historia, que habría presenciado el triunfo final de Israel. Esto es lo que aparece escrito en el libro de Daniel:
El año primero de Darío... yo, Daniel, estuve investigando en las Escrituras sobre los setenta años que tenía que permanecer Jerusalén en ruinas, según la palabra dirigida por el Señor al profeta Jeremías (Dn 9,1-2).
Se pensaba también en personajes humanos o sobrehumanos que conducirían al pueblo en las luchas del paso crucial hacia la liberación.
El imaginario colectivo de un pueblo no adquiere forma predominantemente en los ambientes eruditos, sino que tiene múltiples orígenes. Las imágenes elaboradas por los filósofos y por los grandes pensadores no coinciden casi nunca con las de los estratos sociales más humildes. Sin embargo, aun sin darse unos intercambios realmente equilibrados entre la élite y la gente común, a menudo se mezclan las diversas concepciones e imágenes.
En tiempos de Jesús estaba muy difundida la idea de que el inicio del «mundo que vendrá» sería inaugurado por el juicio universal de Dios. Los malvados serían condenados y los justos habrían heredado el Reino. Pero con anterioridad se librarían batallas entre las fuerzas del bien y las del mal, se producirían trastornos políticos (guerras), geológicos (terremotos) e incluso cósmicos (caída de los planetas, de la luna y del sol). Para entrar en el mundo futuro o en la «palingénesis» (término usado para referirse a la salvación y al bienestar del final) era necesario prepararse mediante una conversión moral y una purificación corporal.
Además, entre los judeos de los dos siglos previos a la era común era una opinión generalizada que la historia estaba organizada según una sucesión de períodos de cincuenta años o múltiplos de cincuenta, llamados a veces «jubileos». Para algunos, el quincuagésimo año del último jubileo marcaría el final de este mundo. La entrada en el año final estaría garantizada por una extraordinaria celebración de reconciliación y conversión de todo el pueblo. Es lo que se dice, por ejemplo, en un escrito encontrado en la cueva 11 de Qumrán, el 11QMelquisedec29: el final «llegará en el primer septenio del jubileo que sigue a los nueve jubileos». Tendrá lugar entonces el juicio universal, en el que los malvados serán condenados y los justos, finalmente liberados y exaltados, podrán entrar en el Reino futuro.
En muchos otros escritos es diferente la sucesión de los acontecimientos que indican el paso al mundo futuro, y también cambian a menudo los personajes enviados por Dios para liberar a Israel: profetas, mesías, seres humanos o sobrehumanos, protagonistas más o menos legendarios de la antigua historia religiosa judaica que vuelven a la tierra (como Elías).
En un libro encontrado en la cueva 4 de Qumrán, el 4Q246, se describe un escenario que debía estar muy difundido, porque reelaboraba las visiones contenidas en el libro de Daniel, punto de referencia para todos estos relatos. Se trata, por consiguiente, de una reflexión procedente de ambientes eruditos. Según este escrito, la historia está marcada por una sucesión de imperios que serán sustituidos al final por el dominio eterno de Dios y de su pueblo. Lo instaurará una persona –llamada hijo de Dios o hijo del Altísimo– que primero tendrá que combatir grandes batallas. «Dios vendrá en su ayuda guerreando por él: pondrá a los pueblos en su poder y los arrojará ante él». El Reino de Dios que vendrá «será un Reino eterno» y universal: «todos abandonarán la espada» y «todos harán la paz»30.
Estos textos31, obras de alto nivel desde el punto de vista conceptual y literario, nos ponen en contacto con las élites religiosas de la época. Esta exigua minoría influyó ciertamente –aunque quizá menos de lo que podría pensarse– en el resto de la población, que era analfabeta y vivía una religiosidad a menudo lejana de los patrones de las élites, una religiosidad más concreta y vinculada a la realidad de la vida.
La voz de la gente común en tiempos normales es flébil, con frecuencia debilitada o asfixiada por otras voces, pero se hace amenazadora en los momentos de inestabilidad y de lucha. La historia de las aldeas y de las ideas de quienes viven en ellas no es contada casi nunca o no es contada de veras. En los textos del siglo I se habla a veces de muchedumbre, de personas en movimiento, de grandes números. Los campesinos, los pescadores y los artesanos son simplemente incluidos en narraciones que informan de otros mundos. Se dan pocos detalles sobre la vida concreta de la gente que permanece en los márgenes del relato, fuera de él. Y, sin embargo, esta gente, que es a la que habla Jesús, no es totalmente áfona y ni siquiera carece del deseo de hacerse entender.
Jesús tuvo un fuerte impacto en la gente común. Las esperanzas puestas en él por sus seguidores se encontraban muy alejadas de los escenarios y de las ideas abstractas de los libros religiosos. Ciertamente, sus seguidores estaban impregnados de muchas creencias que alimentaban las aspiraciones judaicas de revancha y liberación, pero era sobre todo su situación concreta la que nutría las expectativas más profundas.
Jesús no era un teólogo con la finalidad principal de inventar teorías, divulgarlas y darlas a conocer a otros teólogos. Era un hombre de acción que quería cambiar la vida de las personas, la realidad concreta de los campesinos y de los habitantes de las aldeas. Ciertamente, conocía las Sagradas Escrituras y las diversas tendencias religiosas de la época, pero su originalidad y su verdadero objetivo no era la elaboración teórica de un pensamiento. No es mera casualidad que no escribiera nada y que, sin embargo, hablara y se encontrara con muchas personas.
Sería un error enmarcar a Jesús en una de las corrientes judaicas que existían por entonces. Era una personalidad que estaba claramente inserta en un ambiente cultural preciso, pero había creado algo nuevo.
Solo podemos reconstruir parcialmente el mundo de Jesús. Flavio Josefo habla de esenios, fariseos, saduceos y también de una «cuarta filosofía» de carácter revolucionario creada por Judas el Galileo32. Si Judas creó una nueva corriente, también Juan el Bautista, antes, y Jesús, después, crearon movimientos originales que no pueden verse simplemente como dependientes de otras experiencias. Además, cuando Josefo menciona a Juan y a Jesús no habla de ellos como si fueran fariseos, esenios, saduceos o zelotas. Reconoce la peculiaridad de los dos, pero nos los relaciona entre sí.
La actividad de Jesús acabó durante el crepúsculo de un día de primavera en la ciudad más especial para todo judeo. De aquel momento surgieron todos los relatos sobre su persona y su mensaje, todos los debates y los interminables conflictos. De ahí parte también nuestra lectura.
1 Sobre la fecha de la muerte, el estudio más reciente y exhaustivo es el de H. K. Bond, 2013, que propone una fecha entre el año 29 y el 34. Cf. también A. R. Brown, 2007, 1527-1560; S. C. Mimouni, 2006, 62-63.
2 Usamos en todo el libro los términos judeo/judaico (y no judío) para respetar la terminología de los mismos judeos del siglo I (en griego, «judeo» se dice ioudaîos).
3 En el enfrentamiento de César contra Pompeyo, la mayoría de los judeos se pusieron de parte de César, que en el año 47 a. C. les concedió muchos derechos en las ciudades de la diáspora. Un acontecimiento importante para los judeos de la Tierra de Israel fue la batalla de Filipos, en el año 42 a. C. La derrota de Casio dejó a todo el Oriente en manos de Marco Antonio, quien aseguró a Herodes (que antes había apoyado a Casio) el domino real sobre el territorio judaico. Su función regia fue confirmada por Octaviano en el año 30 a. C., después de su victoria sobre Antonio. Los hijos de Herodes, Alejandro, Aristóbulo y Herodes Antipas, fueron educados en Roma, lo cual es un síntoma del indisoluble vínculo existente entre la élite judaica y la cúpula romana.
4 Durante la invasión del año 40 a. C., los aliados de este partido de los nostálgicos, los partos, pusieron en el trono de Jerusalén, como rey vasallo, a Antígono, él último hijo de Aristóbulo II (dinastía asmonea). Los romanos, en cambio, confirmaron como rey a Herodes, que, con su apoyo, reconquistó el territorio.
5 Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, XVII, 213-219 (= Antigüedades).
6 Esta versión de Flavio Josefo en Antigüedades de los judíos está parcialmente en contradicción con la que nos ofrece en La guerra de los judíos, II, 8-13 (= Guerra).
7 El vínculo de los herodianos con los romanos había llevado a algunos parientes de Herodes el Grande a urgir a los romanos a que asumieran directamente el gobierno de Judea –como ocurrió efectivamente después– y a que no se lo entregaran al hijo de Herodes, Arquelao, «porque deseando un poco de libertad, preferían estar bajo un gobernador romano» (Antigüedades, XVII, 227). Salomé, la hermana de Herodes el Grande, dejó al morir, en herencia a Julia, hija de Augusto, tres propiedades suyas que se encontraban en Judea.
8 El descubrimiento de la inscripción con su nombre en Cesarea corrobora que Poncio Pilato ostentó el cargo de prefecto: A. Frova, 1961, 419-434; J.-P. Lémonon, 2007. Sobre Pilato, cf. Flavio Josefo, Antigüedades, XVIII, 55-64; 85-89; Guerra, II,167-177; H. Bond, 1998.
9 Los escritos de los seguidores de Jesús de los dos primeros siglos se agrupan a menudo en diversas categorías: Nuevo Testamento, Padres apostólicos, Apócrifos, Escritos gnósticos y Apologetas. Estas categorías son objeto de crítica porque constituyen el resultado de clasificaciones realizadas en épocas también muy diferentes. El Nuevo Testamento no existe antes del siglo III, la expresión «Padres apostólicos» se remonta incluso al siglo XVII (H. G. de Jonge, 1978, 503-505), y la categoría «Escritos gnósticos» es reciente. Estas clasificaciones separan artificialmente obras que, en cambio, deben aproximarse, porque a menudo son fruto de ambientes semejantes, como, por ejemplo, el Evangelio de Tomás y el evangelio de Juan (que, sin embargo, son a menudo alejados y colocados en categorías diferentes). Por otra parte, las clasificaciones unifican textos que tienen pocos contenidos comunes. Mientras que las expresiones «Nuevo Testamento» y «Padres apostólicos» confieren una aura de positividad y autoridad a los escritos que se han unificado en ellas, las categorías «Apócrifos» y «Escritos gnósticos» asignan impropiamente un carácter de marginalidad, insignificancia histórica o heterodoxia a estos escritos, que, sin embargo, fueron significativos en su tiempo –es más, a veces muy importantes– y ampliamente aceptados en diversos ambientes. Sobre las recientes opiniones relativas al uso de material no canónico para la reconstrucción del Jesús histórico, véase el «nuevo paradigma» sugerido por E. Norelli, 2008, 19-67. Sobre el uso del material no canónico en el Jesus Seminar, véase J. D. Crossan, 1992, 427-466.
10 Sobre los varios títulos atribuidos a Jesús en los escritos de sus seguidores recogidos en el siglo III en la colección canónica del Nuevo Testamento, véanse los detallados análisis de R. Penna, 1999, y S. C. Mimouni, 2006, 52-57.
11 G. Vermes, 1981; M. Smith, 1978, 2005; G. Theissen – A. Merz, 2003, 239-242; B. J. Malina, 1984, 55-62; H. Moxnes 2007; B. J. Malina, 1996, 143-174; J. H. Neyrey, 1991, 271-291; S. Guijarro, 2010, 313-340; P. F. Craffert, 2008; B. J. Malina, 1997, 83-98; Sanders, 1985; B. Mack, 1993; J. P. Meyer, 2006-2009; S. L. Davies, 1995; J. D. Crossan, 1992; P. Bilde, 2013, 180-250.
12M. Hadas – M. Smith, 1965; D. A. Smith, 2010, 166-167.
13 La atención prestada a Jesús como «líder de un grupo o de un movimiento» más que como «personalidad única», ha permitido a la sociología y a la antropología social «jugar un papel importante» (H. Moxnes, 2007, 187-200).
14 R. Brown, 1988. Desde el punto de vista de la psicología social, el líder tiene la función de guiar a un grupo hacia el logro de unos objetivos, pero también de influir en las relaciones de los miembros del grupo entre sí, de promover la cohesión social y el reforzamiento de la identidad. En el centro se encuentra la interacción entre líder y grupo.
15 Ch. Bollas, 1989.
16 Aunque, obviamente, era Jesús quien invitaba a las personas a seguirle o aceptaba a quien deseaba estar con él.
17 Cf. A. Destro – M. Pesce, 2008, 129-147.
18 El término «marginalidad», usado por la sociología y aplicado a individuos o grupos que están fuera del sistema o cercanos a sus límites, pero en contacto con él, no indica una posición baja en la estratificación social o una condición de pobreza económica. Cuando hablamos de «marginalidad social» queremos decir que la autoridad de Jesús no procedía de instituciones y cúpulas políticas y religiosas, ni de funciones directivas, laborales o productivas.
19 M. Weber 1995, 238-251; L. Cavalli, 1982.
20 «El poder carismático, en cuanto extraordinario, se contrapone claramente tanto al racional, sobre todo de tipo burocrático, cuanto al tradicional, en particular al de tipo patriarcal y patrimonial o de clase» (M. Weber, 1995, 240). Véase también B. J. Malina, 1984, 55-62.
21Anywhere es el término usado por J. Z. Smith, 2004.
22M. A. Beavis, 2006, 81-82; H. Moxnes, 2007, 187-200.
23 A. Destro – M. Pesce, 2008, 136-143.
24 Lc 14,1; 18,18; Mt 9,18; Jn 3,1; 12,42.
25 D. E. Oakman, 2012.
26 A. Destro, 2006.
27 R. T. Bechwith, 2011, 217-275.
28 Por ejemplo, Jr 25,11-2; 29,10; Dn 2,28-45; 7,1-14; 9,2-3.24-27. La bibliografía es enorme; véase J. J. Collins – G. McGinn – S. Stein, 1998-2000. Sobre una espera de la figura del hijo del hombre en Daniel, cf. L. Arcari, 2012, 21-94.
29 Una interpretación del libro del Levítico daba por seguro que el jubileo tenía que ser precedido por el gran rito de la cancelación de los pecados, el rito del Yom haKippurim (Lv 25,1-17). El año jubilar es la reconstitución del orden perfecto. El inicio del pasaje bíblico de Lv 25 («Cuando entréis en el país que yo os doy») podía interpretarse como una referencia al final de los tiempos. Sobre este texto y 11QMelquisedec, cf. M. Pesce, 2011, 77-78.
30 C. Martone, 2003, 251. Para un comentario, cf. J. J. Collins, 1999, 403-430; L. Arcari, 2012, 39-44.
31 Estas noticias se encuentran en muchas obras, como, por ejemplo, el libro de Daniel, el libro de los Jubileos, 1 Henoc, el Rollo de la Guerra, los Salmos de Salomón. Esta última obra se escribió probablemente entre los años 50 y 40 a. C. Los salmos 2 y 8 reaccionan contra la conquista realizada por Pompeyo. No sabemos si los escritos que contienen estos sueños de sublevación se quedaron solamente en aspiraciones. Por cuanto concierne al siglo I, nos encontramos, en cambio, en la situación opuesta. Flavio Josefo nos cuenta diversos casos de individuos que –antes o después de la actividad de Jesús– trataron de oponerse con las armas a la dominación romana con anterioridad a la primera gran insurrección de los años 66-70. Sin embargo, Josefo nos informa poco sobre sus ideas y sobre su imaginario religioso. Los últimos cuatro libros de Antigüedades de los judíos nos introducen en el variopinto escenario de las expectativas de renacimiento de los judeos de la Tierra de Israel en los dos siglos precedentes al nacimiento de Jesús. Véase G. Boccaccini, 2006, 9-26; íd.,Beyond the Essene Hypothesis – The Parting of the Ways between Qumran and Enochic Judaism, Eerdmans, Grand Rapids 1998; íd., 2007;D. C. Allison, 1985, 5-25.
32Antigüedades, XVIII, 23-24.
Un día, Jesús camina solo por la orilla del lago de Galilea. Entre los hombres que se encuentran en los embarcaderos y sobre las barcas, algunos llaman su atención: Simón y Andrés están echando las redes al agua. Son hermanos, esperan tener una pesca abundante. Están en el momento de mayor esfuerzo del día. Jesús los entiende al instante y les dirige la propuesta de unirse a él.
Casi inmediatamente, un poco más allá, Jesús ve a otros dos hombres, Santiago y Juan, también hermanos, que están arreglando las redes (Mc 1,16-20). Es un trabajo meticuloso, que lleva horas. Los dos escuchan la invitación de Jesús y le siguen, aunque lo que están haciendo no habría que dejarlo a medias.
Todo parece suceder sin demasiados preparativos, casi por azar. El encuentro, en las dos ocasiones, resulta más bien algo imprevisto. Tal vez no lo es. Algo insólito ha ocurrido: Jesús ha reclutado a pescadores para una empresa que se desconoce. Es el inicio sorprendente de un vínculo y de un movimiento: un momento fundacional.
Se producen otros encuentros y se intercambian otras miradas en el campo, bajo los árboles. Cuando Jesús ve a Natanael, le dice: «Yo te vi cuando estabas bajo la higuera» (Jn 1,48). En otras ocasiones, Jesús invita a personas que encuentra en la puerta de la casa o a lo largo del camino: «Mientras salía para ponerse en camino, un hombre corrió a su encuentro» (Mc 10,17); «Mientras iban por el camino, uno le dijo: “Te seguiré a donde vayas”» (Lc 9,57-58). Estos encuentros cambian a los hombres, que ya no serán nunca más puros seres gregarios, aunque se comporten así en ciertas ocasiones.
Tenemos que admitir que los relatos evangélicos están construidos según los modelos de las llamadas de los grandes profetas (Elías y Eliseo, por ejemplo) o de los discípulos de las escuelas filosóficas helenísticas1, y que entre un relato y otro existen divergencias muy pronunciadas: Marcos dice que los discípulos son elegidos a lo largo de la orilla del lago, mientras que Juan los sitúa en Judea en los lugares del Bautista. En su conjunto, no obstante, los relatos nos presentan el ambiente en el que se movía Jesús: el lago, los campos, las casas y los caminos. Sabemos poco del lugar de procedencia de los primeros seguidores. Solo Juan nos dice que Felipe, Andrés y Simón eran de Betsaida, un pueblo que en aquellos años había transformado en ciudad helenística Herodes Filipo2. Es curioso que tengan nombres griegos y que Felipe se llame como el rey (Felipe/Filipo). Según Marcos, Andrés y Simón viven en Cafarnaún. Una discípula, María, procede de Magdala, ciudad situada en la costa noroccidental del lago de Galilea3. De los demás no tenemos informaciones significativas.
Los grandes sabios de la antigüedad eran capaces de conocer el interior de las personas a partir de sus gestos, de sus movimientos, de sus actitudes y de las expresiones del rostro: penetraban en el corazón de sus interlocutores. No sorprende por eso –más allá de la fiabilidad histórica del relato– la rapidez con la que Jesús se dirige y se une a aquel con quien se encuentra: «Entonces Jesús, mirándole, le amó y le dijo: “Una cosa te falta: ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme”» (Mc 10,21). Para algunos, es una elección demasiado dura y por eso uno, después de haber escuchado a Jesús, se entristece y se aleja. No pudiendo soportar palabras de este peso, otros renuncian a la empresa (Mc 10,22). Se excluyen de recibir, en el Reino, el céntuplo de aquello a lo que han renunciado (Mc 10,29-30).
En los evangelios no se encuentran las historias de la vida de los compañeros de Jesús. Sus orígenes y sus proyectos permanecen, en general, en la sombra. Algún claro se abre, es verdad, pero en conexión con las decisiones y las experiencias del líder.
Poco a poco, en la medida en que crecía el éxito de Jesús, aumentaba el consenso de sus seguidores más cercanos. No obstante, esto no ocurría de forma homogénea, como tampoco sin perplejidades e incertidumbres. Algunos estaban más unidos al líder que otros, y alguno, en cambio, perdía el entusiasmo con el tiempo o por las dificultades surgidas en torno al movimiento. Los relatos muestran que hay quienes no resisten y terminan abandonándolo.
