La mujer de su enemigo - Boda por chantaje - Lucy Monroe - E-Book

La mujer de su enemigo - Boda por chantaje E-Book

Lucy Monroe

0,0

Beschreibung

En cuanto vio a la impresionante modelo Tara Peters, Angelo Gordon supo que acabaría en la cama con ella. Su inocente belleza no era lo único que le atraía de ella… también quería vengarse.Pero Tara no era una conquista tan fácil. Cuando ella lo rechazó, Angelo se dio cuenta de que para conseguir tenerla tendría que cambiar de plan… ¿Y qué mejor estrategia que el matrimonio?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 321

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0



Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2005 Lucy Monroe. Todos los derechos reservados.

LA MUJER DE SU ENEMIGO, Nº 123 - febrero 2012

Título original: Wedding Vow of Revenge

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres

© 2005 Lucy Monroe. Todos los derechos reservados.

BODA POR CHANTAJE, Nº 123 - febrero 2012

Título original: Blackmailed into Marriage

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres

Publicados en español en 2002

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-9010-533-7

Editor responsable: Luis Pugni

Imagen de cubierta: CZALEWSKY/DREAMSTIME.COM

ePub: Publidisa

Lucy Monroe

La mujer de su enemigo

Capítulo 1

LOS OJOS azules de Angelo Gordon se entrecerraron con interés.

–¿Estás seguro de esa información, amigo? –preguntó con aquel acento suyo de Sicilia.

Hawk asintió.

–Baron Randall lleva vigilando dos años a Tara Peters, desde que terminó su relación.

–¿Cómo te has enterado?

–El propietario de la agencia de detectives que Randall tiene contratada habla más de la cuenta con dos copas en el cuerpo –contestó Hawk.

Él no caía en aquel tipo de errores, pero tampoco tenía reparo en aprovecharse de la situación cuando otro lo hacía.

–Mejor para nosotros –comentó Angelo.

–Efectivamente.

–Muy bien. Quiero saberlo todo.

Hawk dejó encima de la mesa de Angelo un sobre con la información requerida y esperó a que Angelo lo abriera.

Lo primero que le enseñó fueron unas fotografías del enemigo de su cliente agarrado a una bella jovencita.

–Randall y la señorita Peters se conocieron hace cuatro años en un desfile de moda en Nueva York. Él llegó con otra modelo, pero se fue con la señorita Peters. Parece ser que la encandiló con su dinero y se la llevó directamente a la cama. Ella dejó la pasarela y comenzó a estudiar en la universidad. Estuvieron juntos un año y medio y la relación se terminó cuando Randall se comprometió con la que es actualmente su mujer. Se rumorea que le pidió a la señorita Peters que siguiera con él en calidad de amante.

–Y ella se negó.

–Sí.

–Es más fuerte que mi madre –comentó Angelo–. ¿Por qué hace que la vigilen?

–Según mi informador, la sigue deseando. Ha dado instrucciones de que se frustre cualquier conato de relación con otro hombre. Hasta ahora, mi colega no ha tenido necesidad de hacerlo.

Angelo se levantó y se giró para mirar por la ventana que había detrás de su mesa y desde la que se veía Manhattan. Al hacerlo, sus casi dos metros de estatura bloquearon la luz que llegaba hasta Hawk.

–Lo que quiero saber es qué demonios espera conseguir.

–Obviamente, quiere volver con ella.

Angelo se giró hacia el detective con el ceño fruncido.

–Eso no tiene sentido. Ella ha dicho que no y, por lo visto, lo ha dicho en serio.

–Sí, es cierto. Para empezar, hace que uno se plantee cuánto tiempo tenía Randall calculado que iba a durar su matrimonio. Cuando se casó, al padre de su esposa le acababan de diagnosticar una lesión de corazón imposible de operar.

–Sí, pero llevando una dieta sana y haciendo ejercicio parece que ha enderezado esa situación y está muy bien.

Hawk sonrió con cinismo.

–Para disgusto de Randall –asintió–. El suyo nunca ha sido un matrimonio bien avenido.

En eso, había tenido mucho que ver Angelo.

Tara no era la única mujer a la que Randall le había propuesto ser su amante. Otras habían aceptado y gracias a las investigaciones de Hawk la señora Randall siempre se había enterado.

–Según tengo entendido, va a pedir el divorcio este mes.

Angelo asintió aunque la información no lo sorprendió.

–¿Crees que, cuando sea libre, querrá retomar la relación que tenía con Tara Peters?

–No se me ocurre otra explicación para justificar su comportamiento. La señorita Peters es la única relación duradera que ha tenido Baron en los últimos diez años y que no haya sido por conveniencia económica. Solamente la engañaba cuando estaban separados, lo que para un devorador de mujeres como él es mucho.

Angelo miró a su detective con las cejas enarcadas.

–¿Crees que la quiere?

–Por supuesto que no –contestó el detective–. Más bien, está obsesionado con ella. Por lo que me han dicho, es una mujer única. Aunque sólo fuera por cómo apartó a Randall de su vida, ya habría que darle un premio. En cualquier caso, mi instinto me dice que hubo algo más. A ella le encantaba su carrera de modelo y Randall fue su primer novio serio.

–¿Crees que era virgen? –se sorprendió Angelo–. ¿Cuántos años tiene?

–Tiene veinticuatro años y sí, creo que solamente se ha acostado con él.

–Claro, eso la convierte en una mujer única. Sobre todo, en el mundo caótico en el que se mueve Randall.

–Hay más.

–¿De qué se trata?

–No se lo va a creer –comentó Hawk–. Es perfecto.

–¿Me lo vas a contar?

–Tara Peters terminó sus estudios de empresariales hace seis meses y lleva los últimos cuatro en el programa de prácticas de Primo Tech.

Angelo había comprado aquella empresa situada en Portland, Oregón, hacía tres años. Como todas las compañías que adquiría, estaba subiendo como la espuma, pero no era aquello lo que le hizo sonreír en aquellos momentos.

Ahora, lo más interesante era que Tara Peters trabajara en ella.

–El destino.

Hawk sonrió con escepticismo.

–Si usted lo dice…

Una vez a solas, Angelo se sentó y observó el contenido del sobre con la información sobre Tara Peters.

Hawk había incluido varias fotografías de sus pases de modelo. En ella se veía a una mujer de una belleza exquisita, llena de inocencia y que vestía una ropa que hubiera sido toda una tentación incluso para un santo.

En aquel cuerpo alto y delgado que, sin embargo, tenía curvas en todos los lugares adecuados, aquellas ropas más que una tentación eran una provocación.

Aquellos ojos marrones y aquel rostro de óvalo perfecto enmarcado por una cascada de pelo sedoso color castaño lo intrigaban… a pesar de que hubiera estado con Baron Randall.

Angelo miró una y otra vez las fotografías hasta que llegó a los artículos de la prensa sensacionalista que se había hecho eco de su ruptura con Randall.

La diferencia entre las fotografías hizo que a Angelo se le removiera algo por dentro.

Aquellos mismos ojos color chocolate reflejaban en aquellas fotografías el dolor de la traición y de la inocencia perdida.

Exactamente igual que le había ocurrido a su madre.

Angelo necesitaba asimilar aquella información y decidir cómo debía actuar a partir de ella.

No tenía mucho tiempo.

Por lo que le había dicho Hawk, todo indicaba que Baron Randall iría en busca de Tara Peters en cuanto se hubiera divorciado.

Eso quería decir que Angelo tenía un mes, quizás menos, para actuar teniendo en cuenta aquel inesperado punto débil de su enemigo.

El hombre que le había robado su empresa y había destruido a su madre merecía ser destrozado a todos los niveles, y Angelo se iba a asegurar de que así fuera.

Tara Peters no se podía creer que sus compañeras estuvieran tan emocionadas por la llegada de Angelo Gordon.

Cualquiera hubiera dicho que era una estrella de rock.

–¿Ni siquiera te vas a pintar los labios? –le preguntó Danette Michaels guardando su barra y su espejo en el bolso–. Por lo visto, se va a pasar por esta planta en el transcurso del día de hoy.

–No –contestó Tara.

Ya había pasado muchos años maquillándose y vistiéndose de manera determinada, de la manera adecuada para ser top model a los veinte años.

Aquella misma manera de maquillarse y de vestirse había llamado la atención de Baron Randall y por esa precisa razón había decidido que jamás volvería a arreglarse y que siempre vestiría ropa conservadora de trabajo.

Aquello no se volvería a repetir.

–Lo único que me interesa es impresionar al señor Gordon con mi trabajo y para eso no necesito pintalabios.

Danette puso los ojos en blanco.

–Lo único que haces es trabajar. ¿Nunca te han dicho que eso resulta aburrido y que te puede provocar una úlcera antes de cumplir los treinta?

–Te aseguro que a mis veinticuatro años tengo el estómago perfectamente, gracias –contestó Tara–. Además, prefiero resultar aburrida que dejar que me pisoteen.

–No todos los hombres son como ese canalla de Baron Randall.

Obviamente, su compañera de trabajo había leí do la prensa y sabía perfectamente que Baron la había dejado para casarse con una rica heredera del petróleo.

Sin embargo, su amiga no tenía una imagen distorsionada de Tara como los demás y no dejaba que la información aparecida en los tabloides le impidiera pensar que Randall era un cerdo de primera y que su amiga estaba mucho mejor sin él.

Tara estaba de acuerdo.

Ahora.

Sin embargo, dos años atrás, había creído morir de dolor y humillación.

–Ya lo sé –contestó para evitar que Danette le volviera a decir, como en tantas otras ocasiones, que debía volver a acercarse a los caballos para que no se olvidara de montar.

Entre su amiga y su madre ya lo había oído miles de veces.

–Sin embargo, ahora mismo no me interesa ningún hombre. No tengo tiempo para ellos y, sinceramente, no me explico cómo tú lo puedes tener.

Danette se encogió de hombros.

–Soy una mujer capaz de hacer muchas cosas a la vez –sonrió–. En cualquier caso, aunque solamente te interese tu trabajo, deberías querer dar una buena impresión a Angelo Gordon, porque es el dueño de esta empresa y de muchas más.

–Quiero impresionarlo con mi currículum.

–Ya está impresionado, Tara.

Tara se giró y se encontró con su director. ¿Qué hacía allí el señor Curtis?

–El señor Gordon quiere hablar contigo en privado.

Tara sintió una enorme tensión en la espalda al recordar una conversación muy parecida mantenida unos años atrás con su agente. Entonces, la mujer le había dicho que Baron Randall quería conocerla y ella, como una idiota ingenua, se había sentido halagada e impresionada.

–¿Por qué a solas?

–Le ha gustado mucho el informe que has presentado sobre productividad en el lugar de trabajo y quiere hablar contigo –contestó su director.

Tara se relajó y sonrió. Iba a ser una conversación de trabajo. Sólo trabajo, nada parecido con aquella otra ocasión en la que una reunión de trabajo había sido el preámbulo de la seducción.

–Tara, me han dicho que ese hombre es un genio. Si te tiene por una mujer inteligente, no tienes nada que temer –le dijo Danette.

–¿Me quiere ver ahora mismo?

Por supuesto, se sentía halagada porque el dueño de la empresa apreciara su trabajo.

–En realidad, te quería ver hace ya cinco minutos –contestó su director, consultando el reloj–. Me han entretenido con una llamada mientras venía a avisarte.

Tara Peters entró en el despacho temporal de Angelo con la espalda recta y aparentemente muy segura de sí misma.

Lo único que denotaba el nerviosismo que se había apoderado de ella porque el propietario de la empresa la hubiera hecho llamar era que tenía los puños apretados a ambos lados del cuerpo.

Tenía una estructura ósea delicada para una mujer de su altura, lo que sin duda explicaba su éxito como modelo de pasarela.

Aun así, estaba muy diferente, no parecía la misma mujer de las fotografías que Hawk le había dado, ni la de los pases de modelos ni la de los tabloides.

En todas ellas, era una mujer espectacular que sabía sacar partido de su belleza, pero era comprensible que hubiera decidido no hacerlo si lo que quería era tener un trabajo más normal.

Ahora, llevaba el pelo recogido en una trenza, no llevaba maquillaje, ni siquiera las uñas pintadas, y lucía un traje de chaqueta azul marino que disimulaba su increíble cuerpo.

Angelo no sabía muy bien con lo que se iba a encontrar, pero desde luego su atuendo aburrido y casi andrógino encajaba con lo que Hawk le había contado sobre su comportamiento, ahora que Baron Randall se había casado con otra mujer.

Por lo visto, Tara no salía con hombres y no parecía en absoluto interesada en atraerlos.

¿Sería porque seguía enamorada de aquel monstruo?

–Buenos días, señor Gordon.

Aquella mujer tenía una voz segura y fuerte, lo que gustó a Angelo, que no consentía debilidades de ningún tipo entre sus empleados porque tenían unos efectos nefastos en el conjunto de la empresa.

–Buenos días, señorita Peters. Siéntese, por favor.

Tara cruzó la habitación andando con elegancia y se sentó en una silla frente a su mesa.

Entonces, Angelo cambió de opinión sobre el traje de chaqueta. Viéndolo de cerca, se fijó en que tenía un corte de lo más femenino y en que no ocultaba por completo el maravilloso cuerpo que había debajo.

Enseguida, sintió unos terribles deseos de ver aquel cuerpo con sus propios ojos. Por supuesto, el hecho de recordar las fotografías que había visto de aquella mujer en biquini ayudó a ello.

El deseo se apoderó de él con una urgencia sorprendente. No había tenido una reacción física tan intensa con sólo ver a una mujer desde la adolescencia.

–He leído su informe sobre productividad en el lugar de trabajo y me ha parecido que ha llegado usted a conclusiones muy interesantes. También me interesan las sugerencias que ha hecho.

Tara sonrió encantada.

–Sí, lo cierto es que hay muchos datos de estudios recientes que podríamos analizar e interpretar. La mayoría han sido completamente ignorados por la teoría de gestión actual.

Angelo asintió.

–Me interesan particularmente sus sugerencias sobre las vacaciones.

–Varios estudios ponen de manifiesto que los empleados que no hacen horas extras, se toman sus vacaciones todos los años y no se quedan trabajando durante la hora de la comida son más productivos que sus compañeros que trabajan toda la jornada y nunca se toman tiempo libre –contestó Tara, sonriendo–. Además, tienen mejor salud, sufren menos infartos y no tienen bajas por depresión.

–Desde luego, veo que se ha tomado usted la confección del informe muy en serio –comentó Angelo viendo que Tara se sonrojaba–. Muchas de las sugerencias que usted hace chocan de frente con las políticas de la mayoría de las empresas.

Tara se echó hacia delante.

–Esas políticas de gestión están obsoletas, ya no funcionan hoy en día porque la vida ha cambiado y los intereses de los empleados también.

–¿Por qué eligió usted un trabajo en una empresa de alta tecnología? Por lo que dice su currículum, usted siempre se ha movido en un entorno más bien artístico.

Tara lo miró desconcertada.

–Me gusta el ambiente en el que me muevo hoy en día. En este tipo de trabajos, las cosas están continuamente cambiando, no sólo el trabajo, sino también la gente. Y, sobre todo, quería trabajar en un lugar donde mi trabajo resultara útil.

–¿Y usted cree que aquí va a ser así?

–Sí.

–Desde luego, si este informe es prueba de ello, no se ha equivocado usted –comentó Angelo.

–Me alegro mucho de que opine usted así –contestó Tara, encantada.

En aquel momento, sonó el teléfono y Angelo sonrió para sus adentros. Su secretaria estaba cumpliendo sus instrucciones a la perfección.

–Gordon –contestó.

–Señor, lo llamo tal y como me dijo.

–Gracias. ¿Y lo demás?

–Tiene una mesa reservada para cenar esta noche a las siete y media en el restaurante de su hotel.

–Muy bien, un momento, por favor –dijo como si se tratara de otra conversación–. Lo siento mucho, señorita Peters, pero tengo que atender esta llamada.

–Muy bien –contestó Tara, levantándose y yendo hacia la puerta.

–Señorita Peters… –la llamó Angelo.

–¿Sí?

–Me gustaría seguir hablando de su informe… ¿Le viene bien que cenemos esta noche en mi hotel?

–¿Cenar? –contestó Tara con desconfianza.

–Sí –contestó Angelo–. ¿Algún problema? –añadió, recordándole con su tono de voz que era su jefe.

Tara tomó aire y echó los hombros hacia atrás.

–No –contestó con determinación–. ¿En qué hotel está hospedado y a qué hora quiere que cenemos?

Tras decírselo, Angelo se quedó admirando su trasero mientras Tara salía de su despacho.

Aquel aspecto de su venganza estaba resultando mucho más placentero de lo que suponía.

Seducir a Tara Peters no iba a ser ningún sacrificio.

Tara se vistió para la cena más nerviosa que nunca.

¿Por qué?

Porque en el momento que había visto a aquel hombre su cuerpo había reaccionado y Tara no se lo podía creer, y estaba muy disgustada consigo misma.

Lo peor era que se había dado cuenta de que la atracción había sido mutua. Su experiencia con hombres no era muy dilatada, pero sabía perfectamente cuándo le gustaba a uno y había aprendido a evitarlo.

La única vez que no lo había conseguido, el fracaso había sido espectacular y devastador.

No se había pasado los dos últimos años evitando a canallas como Baron Randall para caer ahora en brazos de otro hombre de negocios sin escrúpulos.

Por supuesto que no.

«No debo olvidarlo».

Sin embargo, sentía la necesidad de maquillarse, de ponerse un vestido algo más femenino y de soltarse el pelo.

¡Por favor!

«No seas estúpida», murmuró determinada a no deshacerse el moño mientras se miraba al espejo.

Se había puesto una falda negra, una chaqueta del mismo color y una blusa blanca, y pensaba llevarlo todo bien atado hasta arriba.

Su apariencia recordaba a Jackie Kennedy y, por supuesto, no necesitaba maquillaje ni joyas.

Perfecta.

Era imposible que su jefe creyera que su intención era seducirlo.

Sentirse atraída por él hacía que se muriera de miedo, porque sabía que el deseo hacía que una mujer inteligente tomara decisiones estúpidas.

¿No había tenido suficiente con ver a su madre pasar de una relación destructiva a otra? Ella nunca había comprendido por qué los hombres la dejaban, no había entendido que aquel tipo de hombres, poderosos y carismáticos hacían lo que fuera necesario para conseguir lo que querían, que no era ni más ni menos que acostarse con una mujer guapa.

Ninguno de ellos había sido capaz de darle a su madre lo que ella necesitaba… amor.

El círculo vicioso en el que se había visto metida su progenitora se rompió cuando, como un milagro, uno de aquellos hombres fuertes y sensuales había resultado tener además corazón.

La influencia de Darren Colby había sido lo que le había hecho pensar a Tara que aquel tipo de hombres no eran siempre malos.

Ahora, comprendía que el marido de su madre era una anomalía de la especie, un macho alfa que tenía corazón, y tenía muy claro que aquellas anomalías no se producían muy a menudo.

Por eso, decidió centrarse en su trabajo y no en el deseo que producía en ella Angelo Gordon.

Tara llegó al restaurante intentando parecer tranquila, aunque por dentro estaba realmente nerviosa, pues se sentía débil.

Mientras cruzaba el comedor en dirección a la mesa donde Angelo la esperaba, se dijo que no debía dejarse engañar, que aquel hombre no era más que un tiburón de negocios.

Cuando llegó junto a la mesa, Angelo la saludó poniéndose en pie.

–Buenas noches, señor Gordon.

–Por favor, llámame Angelo –contestó él, sirviéndole vino.

Tara asintió y se sentó.

–¿Es un nombre italiano?

–Sí, mi madre era siciliana –contestó Angelo.

–Bueno, ¿quieres que hablemos de mi informe?

–Primero, me gustaría saber un poco más sobre ti.

–Tienes toda la información que necesitas en mi currículum.

–Prefiero oírla de tu boca.

–Creía que esta cena iba a ser una cena de trabajo –comentó Tara sin querer ofender a su jefe, pero con tono serio.

Angelo la miró fijamente y Tara no pudo evitar estremecerse.

–Mis mejores amigos han sido primero emplea dos míos –le dijo.

–No tienes aspecto de tener muchos amigos –comentó Tara.

–Pareces una mujer muy intuitiva –contestó Angelo en tono desafiante–. Eso no quiere decir que tú y yo no pudiéramos llegar a ser grandes amigos.

–Veo que dices las cosas a las claras.

–De no ser así, jamás habría llegado a donde he llegado. En esta vida, hay que saber pedir lo que se quiere.

–Si quieres mis consejos laborales, no hay ningún problema –contestó Tara–. Si lo que me estás proponiendo es una relación personal, mi respuesta es no –concluyó.

Angelo asintió.

No parecía en absoluto ofendido.

–Respeto tu decisión –comentó–. Claro que eso no quiere decir que no vaya a intentar que cambies de opinión.

–Preferiría que no lo hicieras.

–Y yo preferiría que no me trataras como a un paria por el mero hecho de ser propietario de la empresa para la que trabajas.

–Querer hablar de trabajo no es tratarte como a un marginado.

–Pero negarme la posibilidad de una amistad…

–Tú no necesitas mi amistad para nada.

–En eso, te equivocas –contestó Angelo con sinceridad.

–No tengo ningún interés en convertirme en la amiguita de un hombre de negocios.

Capítulo 2

TE CREES que todos los hombres somos como Baron Randall?

A Tara no debería haberle sorprendido que su jefe estuviera al tanto de su pasado sentimental.

Por supuesto, su carrera como modelo le había enseñado que el hecho de que los demás quisieran saber cosas sobre ella no significaba que ella se sintiera obligada a contestar a sus preguntas.

–Eso no es asunto suyo, señor Gordon.

–Angelo.

Tara puso los ojos en blanco.

–Angelo –aceptó–. Trabajo para ti, sí, pero eso no quiere decir que tenga que aceptar mantener una relación personal contigo.

Angelo la miró divertido y Tara deseó que aquella mirada no le hiciera sentir como se sentía en aquellos momentos.

–Veo que, además de directa, estás muy segura de ti misma.

–Así es.

A ver si así le quedaba claro que él no era el único ser humano que tenía las cosas claras y que iba a por lo que quería.

Tara tenía muy claro, más bien, lo que no quería. No quería repetir una relación desastrosa con un hombre de negocios sin escrúpulos.

A pesar de que Angelo hizo un esfuerzo para que la conversación durante la cena se centrara en el trabajo, Tara se encontró sintiéndose atraída por él.

Aquel hombre era intenso, dinámico e inteligente. Además, sabía escuchar y no era prepotente, aceptaba sus sugerencias y sus opiniones con naturalidad, y aquello era algo que Tara agradecía sobremanera porque ponía de manifiesto que la respetaba.

Eso nunca lo había tenido en su relación con Baron.

Angelo había reaccionado con profesionalidad y madurez a su negativa de mantener una relación personal con él y aquello hizo que Tara se relajara y no le importara que, de vez en cuando, su conversación se desviara a asuntos que poco tenían que ver con la gestión de Recursos Humanos.

–¿Los señores van a tomar postre? –les preguntó un camarero.

–Me han dicho que las natillas con arándanos de este restaurante son maravillosas –sonrió Angelo.

–Las natillas son mi postre preferido –murmuró Tara.

Cuando tuvo ante sí el plato, no pudo evitar sonreír como una niña pequeña, y poco le faltó para relamerse.

–Por la cara que pones, es como si te hubieran puesto delante un plato de ambrosía –comentó Angelo en tono divertido.

–Más o menos –admitió Tara–. Después de tantos años sin consumir azúcar y vigilando muy estrictamente mi dieta porque vivía de mi cuerpo…

–Supongo que te seguirás cuidando, porque sigues teniendo un cuerpo precioso –comentó Angelo sinceramente.

A pesar de que le habían dicho cosas parecidas muchas veces, Tara no pudo evitar sonrojarse, pues Angelo le hacía sentirse muy femenina.

–No hace tanto tiempo que dejé las pasarelas –contestó, encogiéndose de hombros.

–Yo creía que cuando habías empezado a trabajar en mi empresa venías directamente de la universidad…

–Así es.

–¿Te pagaba él la universidad?

Normalmente, a Tara no le gustaba que le hicieran aquel tipo de preguntas, pero se sentía cómoda contestándoselas a Angelo.

–Quería que estuviéramos juntos todo el tiempo que fuera posible, así que, cuando me lo pidió, dejé las pasarelas y me dediqué a estudiar, pero insistí en pagarme yo los estudios. Tenía dinero ahorrado y podía hacerlo…

–¿Y no te pidió también que dejaras los estudios?

–Sí, pero me negué en redondo.

Angelo asintió con aprobación.

–Así que dejaste tu carrera como modelo por él…

Lejos de ofenderle su curiosidad, Tara se descubrió deseosa de hablar de un tema que llevaba dos años guardando en su interior.

–Siempre había pensado que dejaría la carrera de modelo lo suficientemente joven como para ir a la universidad y labrarme un futuro profesional en otro sector –contestó–. Cuando Randall me dijo que quería ser el único hombre de mi vida, decidí dejarlo unos años antes de lo que inicialmente había pensado. La verdad es que me sentía halagada porque estuviera tan seguro de nuestra relación.

–¿Te arrepientes de la decisión?

–Arrepentirse no sirve de nada –contestó Tara–. Cuando tuve que volver a trabajar para poder vivir, me costó mucho volver a conseguir buenos contratos, pero sobreviví y aprendí mucho.

–Así que, a pesar de que volviste a la pasarela, no abandonaste tus estudios –comentó Angelo–. Por lo que me han dicho, ser modelo requiere mucha dedicación.

–Desde luego, no habría podido hacer desfiles e ir a la universidad a la vez, así que decidí dedicarme a la pasarela durante el verano y ahorrar para el curso escolar –le explicó Tara.

–Eres una mujer muy fuerte.

–Tú también pareces un hombre muy fuerte.

–Sí, lo soy –contestó Angelo–. Prueba las natillas –añadió.

Tara así lo hizo y estuvo a punto de suspirar de placer al probar el delicioso postre, pero consiguió contenerse.

Sin embargo, no pudo evitar cerrar los ojos. Entonces, recordó que otra modelo le había dicho en una ocasión que comer chocolate podía llegar a resultar erótico.

Sin duda, eso era exactamente lo que le estaba pasando a ella con las natillas. Sentir el caramelo en la lengua hizo que se le humedeciera la entrepierna y…

De pronto, se dio cuenta de que Angelo debía de estar mirándola alucinado y abrió los ojos.

–Perdón, me he dejado llevar…

–Tranquila, no te voy a saltar a la yugular –contestó Angelo.

–¿De verdad?

Tara no era tonta y sabía que su reacción no había sido solamente por el postre. Obviamente, Angelo también se habría dado cuenta de que, a pesar de sus palabras, se sentía atraída por él.

–Me has dejado perfectamente claro que no quieres nada conmigo –le recordó–. No estoy tan desesperado como para creer que porque estuvieras disfrutando de tus natillas me estabas haciendo una proposición de otro tipo.

–Gracias.

Sí, debería estarle agradecida.

–De nada –sonrió Angelo.

Le acababa de dejar claro que nada iba a ocurrir entre ellos. Entonces, ¿por qué se sentía más atrapada en su red que nunca?

–¿Qué tal la cena? –le preguntó Danette mientras Tara y ella preparaban una presentación que su jefe debía entregar a Angelo y al consejo de administración al día siguiente.

Tara miró a su alrededor y agradeció que no hubiera nadie cerca, pues, aunque la cena de la noche anterior había sido de trabajo, no estaba segura de que los demás compañeros de trabajo la interpretaran así.

–Calla, no quiero hablar de eso ahora.

–Eso quiere decir que no fue una cena sólo de trabajo –apuntó Danette.

–No –contestó Tara–. Quiero decir sí –se corrigió al darse cuenta de lo que había dicho–. Fue trabajo y sólo trabajo.

Sin contar el postre orgásmico, claro.

–¿Me estás diciendo que no intentó ligar contigo?

Tara no supo qué contestar.

–Así que le gustas –sentenció su amiga.

Tara sabía que así era, así que no se molestó en mentir.

–¿Te importaría que dejáramos de hablar de eso? Tenemos mucho trabajo.

–Por supuesto que no, pero me gustaría que contestaras a una pregunta. Si lo de anoche no fue más que una cena de trabajo, ¿por qué te has sonrojado de pies a cabeza?

Para cuando su amiga salió de la oficina, a Tara todavía no se le había ocurrido una respuesta a su pregunta.

Llevaba todo el día pensando en Angelo, así que decidió concentrarse en el trabajo y se concentró tanto que, cuando uno de los guardias de seguridad fue a avisarla de que habían cerrado todas las puertas menos la principal, se dio cuenta de que eran más de las siete de la tarde.

Debería haberse ido hacía más de dos horas, le dolía todo el cuerpo de estar tanto tiempo sentada y tenía mucha hambre, pero se dijo que en una hora tendría terminado el informe.

–¿Qué haces todavía aquí?

Al oír la voz de Angelo, Tara dio un respingo.

–Estaba trabajando en un proyecto y se me ha ido el santo al cielo –contestó Tara, preguntándose por qué aquel hombre tenía que ser tan endiabladamente guapo.

–¿Qué pasa con el informe de productividad en el lugar de trabajo que pretendes venderle a la dirección? ¿Acaso uno de los puntos del mismo no es irse a casa cuando termina la jornada laboral?

Tara se encogió de hombros.

–A veces, poner la teoría en práctica no es fácil.

Aquello hizo sonreír a Angelo.

–Tienes toda la razón, pero, si quieres convencer a mi equipo de dirección de tus teorías, vas a tener que dar ejemplo.

–Tienes razón –suspiró Tara–. ¿Tú también te has entretenido?

Angelo la miró con frialdad y Tara no entendió por qué.

–Sí, estaba ultimando los detalles de una nueva adquisición.

–¿Vas a comprar otra empresa?

Angelo no pudo ocultar su satisfacción.

–Sí.

–Enhorabuena.

–Gracias –contestó Angelo, pasándose los dedos por el pelo–. ¿Has cenado?

–No –contestó Tara, poniéndose en pie–. Supongo que pararé en algún sitio de camino a casa.

Mientras se ponía la chaqueta, se dio cuenta de que la blusa blanca que había elegido era demasiado transparente y se le veían los pezones, que se habían endurecido ante la llegada de su jefe.

Seguro que él también se había dado cuenta.

–¿Quieres cenar conmigo? –le preguntó Angelo.

Tara sintió un escalofrío de pies a cabeza y se apresuró a ponerse la chaqueta. Muerta de miedo ante la tentadora invitación, decidió poner la primera excusa que se le pasó por la cabeza.

–La verdad es que no tengo mucha hambre.

En aquel momento, su estómago decidió traicionarla y Tara tuvo que hacer un gran esfuerzo para no morirse de vergüenza.

–¿Seguro? –bromeó Angelo.

–Eh…

–Mira, Tara, lo único que quiero es cenar con alguien. No me gusta cenar solo, ya lo he hecho muchas veces. Te aseguro que no me voy a tirar sobre ti.

Ya era la segunda vez que Angelo le aseguraba que no lo iba a hacer, y Tara comenzó a plantearse que no era de él de quien tenía miedo, sino de sí misma.

–Seguro que no te costaría nada hacer un par de llamadas y conseguir que una mujer te acompañara a cenar –comentó Tara con cinismo.

–Te aseguro que cenar con una mujer que te mira como si fueras un montón de dólares no es muy agradable.

–No creo que las mujeres te miren así solamente por tu dinero.

–¿Eso es un cumplido?

–Sí –contestó Tara sinceramente.

–Si me encuentras atractivo, ¿por qué no quieres cenar conmigo?

–Porque tú eres quién eres y yo soy quién soy.

–¿Quieres decir que yo soy multimillonario y tú trabajas para mí?

–Más o menos.

–¿Y por qué no hacemos como que yo no soy más que un hombre sin compromiso que quiere cenar con una mujer a la que admira mucho?

¿Aquel hombre la admiraba? Desde luego, aquello no tenía nada que ver con Baron, que sólo se fijaba en su belleza y su sensualidad inocente sin dar más mínimo crédito a su inteligencia.

–Está bien –aceptó Tara–, pero que sea algo sencillo, porque es tarde.

–¿Alguna sugerencia?

Tara propuso ir a un restaurante famoso por su servicio amistoso y su buena comida. El lugar no era un local de cinco tenedores, pero a Angelo no parecía importarle.

–Estos restaurantes le encantaban a mi padre.

–¿Te criaste por aquí, en la costa Oeste?

–Sí, en Seattle.

–Vaya, yo creía que todos los multimillonarios eran de Nueva York.

–Si te sirve de consuelo, tengo una casa allí –sonrió Angelo.

–¿Es tu hogar?

–Yo no tengo hogar, viajo demasiado.

–Ah…

–Supongo que lo más parecido es mi casa de Palermo.

–¿Hablas italiano?

–Sí, cuando era pequeño solíamos ir mucho a Sicilia a ver a la familia de mi madre, e incluso pasamos largas temporadas allí.

–Ayer me dijiste que tu madre era siciliana… lo dijiste en pasado… ¿acaso ha muerto?

–Sí, mi padre y ella murieron con dos años de diferencia.

–Dijiste que hay gente que no puede soportar la pérdida de su pareja –murmuró Tara.

Al mirar a Angelo, le pareció que su rostro reflejaba cierto dolor.

–Se querían mucho.

–Supongo que sería horrible perderlos a los dos.

–He sobrevivido.

Tara sabía que tenía ante sí a un hombre muy fuerte, pero no pudo evitar preguntarse cuál había sido el coste de sobreponerse a la muerte de sus padres con tanta compostura.

–Mi padre nos abandonó cuando yo tenía dos años –le explicó Tara tras una pausa.

–¿Y tu madre se volvió a casar?

–Sí, primero salió con varios hombres que siempre la abandonaron y, por fin, llegó a su vida Darren Colby, mi padrastro.

–Por lo que dices, no parece que hayas tenido una infancia muy allá.

–Ni muy allá ni muy acá –rió Tara, sorprendida por haberle contado aquello a un hombre al que apenas conocía.

La noche anterior le había ocurrido lo mismo, era como si las barreras que existían ante el resto del mundo y ella no existieran con Angelo.

Menos mal que había ido a Portland para una visita de trabajo y no tardaría mucho en irse.

–Por lo que dices, supongo que tu madre se sentía atraída por hombres que no la convenían en absoluto.

–Bueno, le gustaban los hombres dinámicos y poderosos, hombres que se parecían mucho a ti, la verdad.

–Ella también debía de tener sus atractivos cuando tuvo tantos hombres en su vida.

–Sí… es muy guapa.

–Lo dices como si fuera una maldición.

–Lo digo así porque ninguno de aquellos hombres se habría fijado en ella si hubiera sido fea.

–Y, tal vez, Baron Randall no se habría fijado en ti si no fueras tan guapa.

–Preferiría no hablar de él.

–Pero, precisamente por su culpa, te muestras tan reticente a ser mi amiga.

–Yo nunca he dicho eso.

–¿Lo niegas?

–No.

–Y ese tal Colby, el hombre con el que se casó tu madre, ¿también se sintió atraído por su belleza?

–Darren se habría enamorado de mi madre aunque hubiera sido gorda y hubiera tenido una verruga en la nariz.

–Y eso lo convierte en un hombre maravilloso, pero seguro que, a primera vista, se fijó en su belleza.

–Supongo.

–Eso demuestra que la belleza no es siempre una maldición.

–No, pero no hay muchos hombres en el mundo como Darren.

–A lo mejor hay más de los que tú crees.

¿Acaso Angelo pretendía que creyera que él era uno de ellos? La posibilidad le daba pánico.

Durante los siguientes días, Tara se encontró convenciéndose a sí misma de que así era.

En contra de su voluntad, se sentía cada vez más atraída por aquel hombre de negocios que admiraba su inteligencia y nunca criticaba que quisiera disimular su belleza.

Angelo Gordon se mostraba encantador con todo el mundo y, cuando aceptó ir a una barbacoa informal que Danette iba a organizar el jueves por la noche en su casa, la amiga de Tara creyó que se iba a desmayar.

–¡Ni se te ocurra decirle que no vas a venir ahora que sabes que el sí va a ir! –le reprendió a Tara.

–Ya te he dicho varias veces, Danette, que no quiero terminar con otro hombre como Baron Randall.

–¡Por favor, Tara! ¿Estás ciega o qué te pasa? Además de que Angelo es diez años más joven que ese cerdo, son muy diferentes.

–¿Ah, sí?

–Para empezar, todo el mundo sabe que Baron Randall construyó su imperio utilizando a otras personas.

Sí, ojalá Tara lo hubiera sabido antes de conocerlo.

–Angelo compra y salva empresas que tienen problemas y ha llegado a donde ha llegado con el sudor de su frente.

–Por favor.

–Ya sabes a lo que me refiero. Cuando compra una empresa, trabaja a fondo hasta que logra sacarla a flote. Eso hizo con ésta. Además, no colecciona mujeres.

–¿Ah, no?

–No –contestó Danette muy segura de sí misma–. Ray ha investigado en los archivos de su periódico y me ha dicho que Angelo no ha tenido novia desde hace más de dos años y que no se acuesta con las mujeres de otros hombres.

–Es imposible que Ray sepa eso.

–Angelo es lo suficientemente famoso como para que la prensa lo persiga y, si tuviera una relación estable con una mujer, te aseguro que el periódico en el que trabaja Ray lo publicaría.

–¿No te das cuenta de que, cuando uno tiene tanto dinero, puede comprar a los periodistas?

–Ése es el estilo de Baron Randall.

–Puede que tengas razón… –concedió Tara.

–A ver si le das un respiro al pobre hombre.

–¿Ray va a ir a la barbacoa? –preguntó Tara, cambiando de tema.

–Claro –contestó Danette–. Le he dicho que se traiga la cámara de fotos, porque no todos los días tiene una a un hombre tan guapo y tan rico comiendo carne en su jardín –bromeó.

Aquello hizo reír a Tara.

–Eres incorregible.

–Por eso te ríes tanto conmigo.

–¿Y qué tal con Ray? ¿Vais en serio?

–Yo, sí –contestó Danette, mordiéndose el labio inferior–. No me ha dicho en ningún momento que me quiera, pero pasa conmigo todo el tiempo libre que tiene.

–Eso es buena señal.

–Eso espero.

Tara se preguntó qué querría decir eso en su caso, porque, aunque no salía con Angelo, lo veía muy a menudo.

El jueves amaneció un día brillante y claro en Oregón y Tara decidió ir al trabajo dando un paseo.

Se sentía de maravilla, pletórica de vida y feliz.

Justo cuando iba a entrar en la empresa, alguien le dio un toque en el hombro y, al volverse, se encontró con Angelo.

–Pareces encantada de la vida.

–Sí, me encanta el sol –sonrió Tara.

–Hace un día maravilloso para la barbacoa.

–Sí, Danette estará encantada.

–Por cierto, ¿quieres que te pasa a buscar?

–No…

–Me sentiría más cómodo si no llego solo.

–No pareces precisamente un hombre tímido.

–No lo soy, pero aun así me gustaría ir contigo.

–De acuerdo –contestó Tara.

Al fin y al cabo, ya se había montado en un par de ocasiones en el coche con él y no había pasado nada.

Angelo subió la mano desde su hombro hasta su nuca, y Tara sintió un escalofrío de pies a cabeza.

–Maravilloso.

Tara se quedó mirándolo mientras se alejaba y se preguntó si no sería una locura volver a salir con un hombre de negocios.