La obra maestra - Daniel Silva - E-Book

La obra maestra E-Book

Daniel Silva

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Beschreibung

A veces, la única forma de recuperar una obra maestra robada es volver a robarla... Gabriel Allon es el elegido para restaurar uno de los cuadros más emblemáticos de Venecia, pero, tras descubrir el cadáver de una mujer flotando en las aguas de la laguna veneciana, se lanza a una carrera frenética por recuperar una obra desconocida de Leonardo da Vinci. El cuadro, un retrato de una hermosa joven, se hallaba oculto bajo una pintura de escaso valor atribuida a un artista desconocido, y llevaba más de un siglo olvidado en un almacén de los Museos Vaticanos. Como nadie sabe que el Leonardo está allí, nadie sabe que ha desaparecido. Nadie, salvo los criminales que están detrás del robo y la misteriosa mujer cuyo cadáver ha descubierto Gabriel en las aguas de Venecia. Una mujer sin nombre. Una mujer sin rostro. Con este sofisticado y elegante viaje por el lado más oscuro del mundo del arte, Daniel Silva demuestra de nuevo que es el gran maestro actual del suspense y la intriga internacional. «Gabriel Allon es el James Bond del siglo XXI». Daily Mail «Daniel Silva sabe tejer historias mejor que ningún otro escritor actual y yo agradecí el poder zambullirme en un gran libro, aunque solo fuera por una noche (cuando empiezo un libro de Silva, no puedo parar)». Todd Wilkins, Best Thriller Books

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Seitenzahl: 479

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harpercollinsiberica.com

 

Título original: An Inside Job

© 2025 Daniel Silva

© De la traducción del inglés, Victoria Horrillo Ledesma

© De esta edición, HarperCollins Ibérica, S. A., 2026

Esta edición ha sido publicada con autorización de HarperCollins Publishers, 195 Broadway, New York, NY 10007

 

Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales, hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor, editor y colaboradores de esta publicación, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta publicación para entrenar tecnologías de inteligencia artificial (IA).

HarperCollins Ibérica S. A. puede ejercer sus derechos bajo el Artículo 4 (3) de la Directiva (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor en el mercado único digital y prohíbe expresamente el uso de esta publicación para actividades de minería de textos y datos.

 

Diseño de cubierta: MilanBožić/HarperCollinsPublishersLtd

Imagen de cubierta: Adobe Stock

 

ISBN: 9788410645684

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Dedicaroria

Cita

Lista de personajes

Prefacio

Primera parte. Sfumato

1. San Polo

2. Dorsoduro

3. San Zaccaria

4. Terraferma

5. Rialto

6. Bar Dogale

7. Portobello Road

8. Londres-Roma

9. Arco de las Campanas

10. Casa de Santa Marta

11. Pinacoteca

12. Pinacoteca

13. Pinacoteca

14. Villa Marchese

15. Musei Vaticani

16. Ostiense

17. Ostiense

18. Osteria Lucrezia

19. Galleria degli Uffizi

20. Hotel Hassler

Segunda parte. Contrapposto

21. Dorsoduro

22. Harry’s Bar

23. Galería Van de Velde

24. Wiltons

25. Lago Lemán

26. Kandestederne

27. Kandestederne

28. Piazza della Riforma

29. Hotel Danieli

30. San Tomà

31. San Tomà

32. Queen’s Gate Terrace

33. Mason’s Yard

34. Londres-Zúrich-Venecia

35. Hotel Splendide

36. Lugano-Niza

37. Aeropuerto Côte d’Azur

38. Antibes

39. Antibes-Lugano

Tercera parte. Sprezzatura

40. Ventimiglia

41. Casa de Santa Marta

42. Villa Marchese

43. Hotel Hassler

44. Osteria Lucrezia

45. Casa de Santa Marta

46. Ristorante Pipero

47. Ristorante Pipero

48. Casa de Santa Marta

49. Palazzo San Carlo

50. Caffè Roma

51. Puerta de Santa Ana

52. Lampedusa

53. Palermo

54. Casa de Santa Marta

55. Plaza de San Pedro

Cuarta parte. Non finito

56. El Hospital Gemelli

57. Ciudad del Vaticano

58. Harry’s Bar

59. Musei Vaticani

Nota del autor

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

Dedicaroria

 

 

 

 

 

Como siempre, para mi mujer, Jamie, y mis hijos, Lily y Nicholas

Cita

 

 

 

 

 

«La belleza fenece en la vida, pero en el arte es inmortal».

 

 

LEONARDO DA VINCI

Lista de personajes

 

 

 

 

 

GABRIEL ALLON: Restaurador de arte, espía retirado

CHIARA ZOLLI: Compañía de Restauración Tiepolo

IRENE Y RAPHAEL ALLON: Hijos de Gabriel Allon y Chiara Zolli

ELENORA SAVIANO: Directora de la Scuola Primaria Bernardo Canal

CESARE FERRARI: Comandante de la Brigada Arte

LUCA ROSSETTI: Agente de la Brigada Arte

CORONEL BAGGIO: Oficial de los Carabinieri de Venecia

CORONEL MANZINI: Oficial de los Carabinieri de Florencia

MASSIMO RAVELLO: Médico forense, Venecia

LUIGI DONATI: Sumo pontífice de la Iglesia católica

PADRE MARK KEEGAN: Secretario privado del papa

ALOIS METZLER: Comandante de la Guardia Suiza Pontificia

CARDENAL MATTEO

BERTOLI: Sostituto, secretario de Estado del Vaticano

ANTONIO CALVESI: Conservador jefe de los Museos Vaticanos

PENELOPE RADCLIFF: Conservadora en prácticas de los Museos Vaticanos

DONATELLA RICCI: Conservadora de los Museos Vaticanos

ALESSIO TOMASSINI: Jefe de seguridad de los Museos Vaticanos

OTTAVIO POZZI: Guardia de seguridad de los Museos Vaticanos

ESTEBAN RODRÍGUEZ: Director de la oficina de prensa del Vaticano

VERONICA MARCHESE: Directora del Museo Nacional Etrusco

GIORGIO MONTEFIORE: Experto en Leonardo, Galería de los Uffizi

MARTIN LANDESMANN: Financiero suizo

INGRID JOHANSEN: Ladrona profesional y hacker

AMELIA MARCH: Revista ARTnews

JULIAN ISHERWOOD: Marchante de arte londinense

SARAH BANCROFT: Marchante de arte londinense, exagente de la CIA

CHRISTOPHER KELLER: Agente del Servicio Secreto de Inteligencia

OLIVER DIMBLEBY: Marchante de arte londinense

NICHOLAS LOVEGROVE: Consultor de arte británico

NILES DUNHAM: Comisario de la National Gallery

JEREMY CRABBE: Bonhams, Londres

SIMON MENDENHALL: Christie’s, Londres

GEOFFREY HOLLAND: Director de la Galería Courtauld

PETER VAN DE VELDE: Marchante de arte holandés

STÉPHANE TREMBLAY: Consultor de arte francés

JACQUES MÉNARD: Inspector de policía francés, experto en delitos artísticos

FRANCO TEDESCHI: SBL PrivatBank, Lugano

NICO AMBROSI: Piedmont Global Capital, Milán

MARKUS VOGEL: Executive Jet Services, Zúrich

ALEXANDER PROKHOROV: Oligarca ruso, coleccionista de arte

TERESSA SIMONETTI: Aristócrata florentina

SALVATORE ALVARO: Sicario de la Camorra

Prefacio

 

 

 

 

 

Luigi Donati apareció por primera vez en El confesor, el tercer libro de la serie de Gabriel Allon. Era entonces secretario privado de Pietro Lucchesi, quien eligió para sí el nombre pontifical de Pablo VII. Donati fue elegido papa en el turbulento cónclave que siguió al fallecimiento de Lucchesi. En mi recreación ficticia del Vaticano, los papados de Joseph Ratzinger y Jorge Mario Bergoglio, los sumos pontífices Benedicto XVI y Francisco, no han tenido lugar.

Primera parte Sfumato

1. San Polo

 

 

 

 

 

Las sillas de madera de respaldo recto de la sala de espera de la dottoressa Saviano eran instrumentos de tortura. Por más que lo intentaba, Chiara no conseguía colocar sus miembros en una postura que le proporcionara ni un momento de comodidad. Tiesa como una bailarina, tenía las manos cruzadas sobre las rodillas y los pies juntos sobre el rayado suelo de madera. La secretaria de la dottoressa había lanzado varias miradas de admiración a sus elegantes zapatos, y también a su elegante marido. Chiara estaba acostumbrada a que las mujeres miraran a Gabriel, que seguía siendo asombrosamente guapo. Era, además, uno de los mejores restauradores de pintura del mundo, lo que, muy a su pesar, le había hecho famoso en la ciudad. Chiara dirigía la empresa de restauración en la que trabajaba. Por suerte o por desgracia, eran una de las parejas más conocidas de Venecia.

Sus gemelos, un niño llamado Raphael —por el pintor— y una niña llamada Irene, iban a una scuola primaria pública situada a escasos minutos a pie del piso con vistas al Gran Canal en el que vivían. La dottoressa Elenora Saviano, directora del colegio, había pedido a Chiara que se pasara por su despacho a las dos de la tarde para tratar un asunto de la máxima urgencia, cuya naturaleza se negó a revelar por el telefonino. La dottoressa había insistido, además, en que Gabriel estuviera también presente, sin decirle por qué. Todo indicaba que el misterioso problema era grave. Y Chiara creía saber quién era el culpable.

La secretaria lanzó otra mirada a Gabriel, que fingió no darse cuenta. Estaba echando un vistazo a los titulares de prensa en su iPhone nuevo, que había sustituido al que se le rompió durante una visita reciente al oeste de Inglaterra. Su silla era idéntica a la de Chiara y, sin embargo, él parecía la viva imagen de la satisfacción.

—¿Cuál es tu secreto? —le preguntó Chiara.

—Me paso todo el día de pie delante de un cuadro. Agradezco el cambio de postura.

—¿Y tu espalda?

—Me he tomado un par de pastillitas verdes antes de salir de casa.

Chiara volvió la cabeza hacia la única ventana de la antesala. Daba al patio central del colegio, que estaba desierto y en sombra. Había un aparato para trepar y un espacio reservado para jugar a la pelota, pero, por lo demás, los alumnos podían moverse con libertad durante el recreo. Así era la vida de los niños en Venecia. Jugaban en la calle o en el campo[1]y después iban a la pasticceria a por un bollo. A Chiara, veneciana de nacimiento, nunca se le había ocurrido que los niños pudieran vivir de otra manera. De pequeña, adoraba su ciudad encantada, llena de canales y puentes y de iglesias antiguas repletas de arte. De vez en cuando iba a los giardini pubblici para tener un poco de paz y tranquilidad, pero la mayor parte del tiempo la única flora que veía eran los seis árboles de Campo di Ghetto Nuovo, la espaciosa plaza de Cannaregio donde sus antepasados habían vivido durante siglos.

Activó su teléfono y miró discretamente la hora. Aun así, la secretaria, atenta a todo, se dio cuenta.

—Seguro que ya no tarda mucho, signora Zolli.

—Nos dijeron…

El teléfono de la secretaria sonó antes de que le diera tiempo a acabar la frase. Al parecer, la dottoressa iba a recibirlos por fin. Y solo quince minutos más tarde de lo prometido.

Los recibió con la solemnidad de un dux, sentada detrás de su escritorio. Era una mujer baja, de unos cincuenta años, con la figura de un barril de vino. Llevaba el pelo peinado hacia atrás con severidad. Unas gafas de gran tamaño agrandaban sus ojos, que no pestañeaban.

Aquellos ojos se posaron primero en Gabriel.

—¿Es cierto, signore Allon?

—Si es cierto ¿qué, dottoressa Saviano?

—Que le han encargado restaurar el Tiziano de Santa Maria della Salute.

El cuadro, El descenso del Espíritu Santo, colgaba en una de las capillas de la basílica. La Compañía de Restauración Tiepolo, encabezada por la muy diligente Chiara, había ganado la licitación para llevar a cabo la limpieza del lienzo, pospuesta desde hacía mucho tiempo, a condición de que se encargara de la restauración el afamado director del departamento de pintura de la empresa. La semana anterior se había publicado la noticia en Il Gazzettino. Pues claro que era cierto, pensó Chiara. Todo el mundo en Venecia sabía que era cierto.

La respuesta de Gabriel fue más diplomática.

—De hecho, empecé a trabajar en el cuadro ayer.

—¿Es su primer Tiziano?

Chiara contó despacio hasta diez mientras su marido, con paciencia admirable, explicaba a la dottoressa que había restaurado numerosos cuadros de Tiziano y de su taller. Podría haber añadido que había restaurado también los retablos de Bellini en San Zaccaria y San Giovanni Crisostomo, el Veronés de San Sebastiano y un Tintoretto de Dell’Orto. Y luego, claro, estaba la magistral Deposición de Cristo de Caravaggio, uno de los lienzos que había limpiado en secreto para los Museos Vaticanos. Daba la casualidad de que un viejo amigo suyo era ahora el sumo pontífice de Roma. Pero, como era de esperar, Gabriel tampoco aludió a ello.

—¿Podría pedirle un pequeño favor? —preguntó la dottoressa.

—¿Cómo de pequeño?

—Quería preguntarle si estaría usted dispuesto a enseñarles a los niños cómo se restaura un cuadro. No nos quedaríamos mucho tiempo. Una hora o dos, quizá.

Gabriel, con una mirada, pidió socorro a Chiara.

—Lo lamento, dottoressa Saviano, pero mi marido no permite que nadie lo observe mientras trabaja.

—¿Y eso por qué, signore Allon?

De nuevo, fue Chiara quien respondió.

—Cree que los grandes artistas del Renacimiento veneciano merecen que sus obras se exhiban en estado óptimo. Se opone a que se expongan al público cuadros en mal estado.

—¿No quiere estropear la ilusión?

Chiara frunció el ceño.

—Imagino que no es por eso por lo que quería vernos.

—Ojalá lo fuera.

La dottoressa Saviano tenía encima de la mesa el expediente de los niños. Apartó el de Raphael —el niño era un prodigio de las matemáticas, que ahora estudiaba con un tutor de la universidad— y abrió el de Irene. Chiara se preparó para lo peor.

—Su hija es una niña extraordinaria, signora Zolli. Estoy muy impresionada por su rendimiento académico, eso por no hablar de la rapidez con que se ha adaptado.

Chiara levantó una ceja.

—Solo quería señalar que Irene es de alguna manera nueva en Venecia.

—Pero su madre no. La familia Zolli vive aquí desde el siglo XV.

—Pero sus hijos nacieron en el extranjero.

—Son tan italianos como sus compañeros de clase.

La dottoressa suspiró. Habían llegado a un punto muerto.

—Quizá deberíamos empezar otra vez.

—Sí, eso es. Díganos cuál es el problema.

—Irene es una líder nata. Hasta los alumnos mayores la admiran. Pero me temo que tiene opiniones políticas bastante radicales para ser tan pequeña.

—¿Desde cuándo es un problema tener opiniones?

La dottoressa Saviano abrió el expediente de Irene y sacó una hoja.

—Hace tres días aparecieron copias de esto por todo el colegio. Tenemos motivos para creer que fue Irene.

—¿Qué es?

—Échenle un vistazo —dijo la dottoressa Saviano, y les entregó el documento.

Era un panfleto llamando a los estudiantes a celebrar una jornada de huelga para protestar contra la inacción del Gobierno italiano en materia de cambio climático.

—Tengo que reconocer que está sumamente bien escrito para una niña de su edad. O quizá la ayudó usted a redactarlo.

—Yo no.

—¿Irene tiene ordenador en casa?

—Sí, claro.

—Quizá deberían vigilarlo más de cerca.

Chiara le pasó el documento a Gabriel. Él sonrió mientras lo leía.

—¿Le parece divertido, signore Allon?

—Bastante, sí.

—A mí no. Ni lo más mínimo. Evidentemente, su hija ha conseguido convencer a casi todo el alumnado de que boicotee las clases el próximo miércoles. Se proponen hacer una marcha por los seis sestieri y organizar una manifestación en la Piazza San Marco.

—¿Y qué tiene eso de malo? De hecho, puede ser beneficioso. Los jóvenes tienen derecho a preocuparse por su futuro.

—El Gobierno actual no lo ve así. El ministro de Educación opina que el calentamiento global es un montaje orquestado por la izquierda.

—Eso dicen por ahí.

—Si la huelga sigue adelante, habrá graves consecuencias.

—¿Para quién?

—Para su hija, para empezar.

Gabriel le devolvió el papel.

—¿Y si encontramos una solución elegante al problema?

—¿Se le ocurre alguna?

—Prefiero no negociar conmigo mismo.

—Ahí es donde usted y yo diferimos.

—¿En qué sentido?

La dottoressa sonrió.

—Yo nunca negocio.

 

 

La propuesta inicial de Gabriel era que la marcha se celebrara un sábado en vez de un día lectivo, que no se interrumpieran las clases ni se volvieran a colocar carteles en el recinto del colegio y que ninguno de los participantes, incluida la organizadora, fuera sancionado en modo alguno. A cambio, el padre de la organizadora aceptaría que una pequeña delegación de alumnos lo observara trabajar mientras llevaba a cabo una de las restauraciones más importantes que se acometían en Venecia desde hacía muchos años.

—La delegación —replicó la dottoressa Saviano— estará formada por toda la scuola primaria.

—Ni hablar.

—Y la visita durará dos horas. Así tendrá tiempo de darles una charla sobre el Renacimiento veneciano antes de comenzar su demostración.

Gabriel suspiró.

—De acuerdo.

—No del todo.

—¿Qué más?

—Varios de nuestros alumnos han demostrado tener talento artístico. Creo que con la orientación adecuada…

Chiara hizo amago de protestar, pero Gabriel le puso una mano en el brazo.

—Nada me gustaría más. ¿Cuándo podemos empezar?

—Eso lo dejo a su criterio, signore Allon. —La dottoressa volvió a guardar el panfleto en la carpeta del expediente académico de Irene y, tras pensárselo mejor, lo tiró a la papelera—. Sé que está muy ocupado.

Chiara logró esbozar una sonrisa mientras le daba las buenas tardes a la dottoressa, pero su ira se desbordó en la planta baja, cuando salió a la calle con Gabriel.

—¡Qué cara más dura tiene esa mujer!

—Debo admitir que es una adversaria formidable.

—Es una chantajista. Y tú, por alguna razón inexplicable, te has rendido sin luchar.

—Mi locura tenía un método.

—¿Intentabas proteger a tu hija?

—Supongo que sí.

—Hablando de locura… —murmuró Chiara.

—Tiene mucho temperamento, que es distinto.

Como quedaba media hora para que acabara la jornada escolar, fueron andando hasta el bar Dogale, en Campo dei Frari, y pidieron dos cafés. El camarero sirvió el de Gabriel con un’ombra, un vasito de vino blanco. Chiara pidió uno también.

—¿Qué vamos a hacer con ella? —preguntó.

—¿Con la dottoressa?

—Con tu hija.

—Disfrutar de cada minuto que pasemos con ella.

—Para ti es fácil decirlo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Quiero decir que, por razones comprensibles, Irene hace contigo lo que quiere. Por eso, a pesar de lo mal que se porta, no la has castigado ni una sola vez.

—¿Por qué iba a castigarla?

—Dime una cosa, Gabriel, ¿crees que tu hija es una niña normal?

—Claro que no. Pero tampoco lo es su hermano.

—Ni su padre, ya que estamos —añadió Chiara en voz baja.

—Esperemos que la dottoressa Saviano no se entere. Si no, quizá se replantee lo de reclutarme como profesor de arte a tiempo parcial.

—¿Es que te has vuelto loco?

—Es algo que quería hacer desde hace mucho tiempo.

—¿Dar clases?

Gabriel asintió con un gesto.

—¿Y por qué no las das en la universidad?

—Porque no me aceptarían. A diferencia de ti, yo no tengo ningún título de una prestigiosa institución de enseñanza superior.

Gabriel, en efecto, no tenía ningún título; había abandonado sus estudios formales de pintura para emprender una misión de represalia por orden de los servicios secretos de su país. Chiara, tras completar sus estudios de posgrado en la Universidad de Padua, había trabajado para el mismo organismo.

—Quizá debería hacerme llamar dottoressa Zolli —dijo.

—Suena bien.

—Pero ¿cómo te llamarán a ti tus alumnos?

—Signore Allon, supongo.

—¿Qué tal «maestro Allon»?

—¿Te imaginas?

—La verdad es que sí. Cada día te pareces más a un maestro antiguo. —Chiara pasó la punta de su dedo índice por el cabello de color platino de Gabriel. Luego se volvió hacia el camarero y le preguntó—: ¿No te parece, Paolo?

—Desde luego que sí, dottoressa Zolli. A partir de hoy, lo llamaré siempre así. —El camarero le guiñó un ojo a Gabriel—. ¿Otro vino, maestro?

—Qué gran idea. Y otro para la dottoressa Zolli, de paso.

—No, no, yo no puedo más —protestó ella.

—He de obedecer al maestro —dijo el camarero, y puso otros dos vasitos de vino sobre la barra.

Chiara le acercó el suyo a Gabriel.

—¿Has pensado ya qué vas a decirle a tu hija?

—Pensaba dejar eso en tus eficacísimas manos.

—Esta vez no, cariño. Te toca a ti.

—¿Le leo la cartilla?

—Le explicas que lo que ha hecho está mal. Y luego le sugieres que se busque otro hobby. Salvar el mundo del apocalipsis climático que se avecina es agotador para su madre.

Gabriel miró al camarero.

—¿Tú qué opinas, Paolo? ¿Crees que debería castigar a mi hija por intentar organizar una marcha por el cambio climático?

—No, por favor, maestro Allon. Irene es una niña perfecta. Puede que sea la niña más perfecta de todo el sestiere de San Polo.

—Arreglado, entonces.

Gabriel dejó dos billetes sobre la barra y acompañó a Chiara de vuelta al colegio. Cuando llegaron, los primeros niños estaban saliendo en tropel por la puerta. Irene y Raphael salieron al mismo tiempo, como siempre. Se llevaron una sorpresa al ver a su padre y a su madre esperándolos en la calle. Irene, que era una niña extremadamente perspicaz, tuvo el impulso de agarrar la mano de Gabriel en vez de la de su madre.

—¿Sabes por qué hemos venido? —le preguntó él mientras iban por la calle dei Saoneri.

La niña asintió en silencio y empezó a hacer pucheros. Gabriel miró a Chiara con impotencia. Ella, haciendo un gesto circular con la mano, le imploró que aprovechara la ventaja que se le ofrecía.

—¿Cómo se te ocurrió? —le preguntó Gabriel.

—Me pareció que era lo correcto.

—Eso está muy bien, pero lo has hecho de manera totalmente equivocada.

—¿Por qué?

—El panfleto, para empezar. Fue un terrible error. —Gabriel secó las lágrimas de la cara de su hija—. Nunca debes permitir que tu adversario sepa lo que estás pensando.

[1]  En el original se emplean muchas palabras en italiano que se escriben igual en castellano (calle, campo, laguna), en la traducción se consignarán en redonda. (N. del E.)

2. Dorsoduro

 

 

 

 

 

Llegó en el verano de 1630, tras avanzar hacia el este desde Milán, que había intentado en vano frenar su propagación. La República, con su puerto populoso y su aire húmedo, demostró ser una anfitriona generosa, como lo había sido ya varias veces en el pasado. Las pulgas mataron primero a las ratas y luego a los seres humanos. Solo entre septiembre y diciembre perecieron casi veintiuna mil personas. Cuando terminó por fin, había muerto un tercio de la población. Aunque el dux y el Consejo de los Diez lo ignoraran entonces, Venecia nunca volvería a ser la misma.

Mientras la peste campaba aún a sus anchas, el Senado veneciano decretó que se construyera una nueva basílica dedicada a la Virgen María en la Punta della Dogana, en Dorsoduro, y que una vez al año, el día que se celebraba su presentación en el Templo de Jerusalén, los senadores y el dux se reunieran allí tras cruzar en procesión el Gran Canal por un puente de barcas. Gabriel llegó a la basílica a primera hora del día siguiente de una manera mucho menos llamativa: a bordo del vaporetto número 1. Cruzó el muelle desierto hasta llegar a una entrada lateral que rara vez se usaba, rematada por un león veneciano de piedra. Dos golpes en la maciza puerta de madera hicieron aparecer a un cura entrado en años, vestido con sotana negra.

—Buongiorno, signore Allon. ¿Qué tal está hoy?

—No muy bien, me temo.

—¿Se encuentra mal?

—No, padre Giovanni. Pero parece que mi esposa se ha enfadado conmigo.

—¿Otra vez? —El sacerdote soltó un suspiro de resignación—. ¿Qué ha hecho usted ahora, hijo mío?

—A estas alturas, un montón de cosas, padre. Así que no tengo ninguna esperanza de que me perdone.

—Quizá yo pueda hablar con ella.

—Yo que usted no lo haría. Es probable que solo consiga empeorar las cosas.

El viejo cura se adentró con él en la penumbra de la basílica. Seis capillas radiales rodeaban la altísima nave octogonal. Un andamio cubierto con una lona impedía la entrada a una de ellas.

—Le dejo con su trabajo —dijo el sacerdote, y desapareció en la penumbra.

Gabriel se metió por una abertura de la lona y trepó por el andamio hasta su plataforma de trabajo. De momento, su instrumental se limitaba a un frasco de disolvente cuidadosamente medido, un paquete de varillas de madera y cuatro bolsas de algodón, que esperaba que le bastaran para retirar el barniz sucio de casi la mitad del enorme lienzo. Tres meses era el plazo aproximado que había dado a las autoridades culturales venecianas, más otros tres para hacer los retoques necesarios. Podría haber terminado en menos tiempo de no ser porque la basílica, que era una de las principales atracciones turísticas de Venecia, permanecía abierta al público durante los trabajos de restauración. Aquel no era, por muchos motivos, el método de trabajo predilecto de Gabriel.

Encendió un par de lámparas halógenas que proyectaron una luz blanca y desabrida sobre la superficie del cuadro y acto seguido enrolló un trozo de algodón en el extremo de una varilla. Tenía la costumbre de escuchar ópera o música clásica mientras trabajaba, en un viejo reproductor de CD portátil que había sido su fiel compañero durante innumerables sesiones de restauración, pero las presentes circunstancias lo impedían. Mojó el primer hisopo de algodón en disolvente y lo pasó suavemente, girándolo, por el ala de la radiante paloma blanca situada cerca del extremo superior del lienzo. El barniz sucio se disolvió de inmediato, dejando a la vista la pincelada magistral de Tiziano.

—Buongiorno, signore Vecellio —murmuró—. ¿Cómo se encuentra en esta hermosa mañana? ¿No muy bien? Cuánto lo lamento. ¿Es su esposa quien le está dando quebraderos de cabeza, o acaso su hija ha incurrido en la ira del dux al intentar organizar una marcha para protestar contra la quema de combustibles fósiles? ¿Que qué son los combustibles fósiles, pregunta usted? Quizá se lo explique en otra ocasión, mi viejo amigo. Es largo de contar.

Desechó el trozo de algodón sucio y preparó otro hisopo. Adoptó el ritmo habitual de su oficio —mojar, girar, desechar…, mojar, girar, desechar— y a las nueve de la mañana, cuando la basílica abrió sus puertas, había conseguido limpiar un rectángulo de lienzo de unos veinte centímetros por treinta. Poco después oyó chirridos de zapatos y arrastrar de pies sobre el suelo de mármol, y a las diez se oía ya una insistente algarabía de conversaciones en múltiples idiomas. Perseveró hasta las diez y media, cuando apagó las lámparas y bajó del andamio. Al salir de detrás de la lona, una mujer que hablaba inglés con acento británico intentó entablar conversación con él. Fingió no hablar su idioma y, sonriendo con aire de disculpa, se alejó por la nave central.

Fuera, se paró en la escalinata de la basílica y aspiró el primer soplo de aire fresco y seco de la temporada. Al otro lado del Gran Canal, escondida entre las lujosas tiendas que bordeaban la calle Larga XXII Marzo, se encontraba la oficina de la Compañía de Restauración Tiepolo. Llamó por teléfono a la directora de la empresa y le preguntó si tenía tiempo de tomar un café.

—Lo siento, cariño, no estoy disponible.

—¿Por cuánto tiempo?

—En el futuro próximo.

—¿Y si te lo suplico?

—Quizás acceda a tomar algo contigo más tarde.

Gabriel cruzó el puente de madera que atraviesa Rio della Salute y se dirigió al Caffè Poggi, un bar pequeño y coqueto cerca de la Accademia. Era la segunda vez que visitaba el local, pero el dueño lo saludó como si llevara años yendo cada mañana. Charlaron de esto y aquello e intercambiaron trivialidades sobre la situación mundial mientras Gabriel se tomaba dos cafés y devoraba un cornetto relleno de crema de almendras dulces.

—¿Qué tal va el Tiziano? —preguntó de pronto el dueño.

—¿Cómo lo sabe?

El hombre señaló los periódicos italianos que había a la vista.

—Lo he leído en Il Gazzettino,signore Allon.

—El Tiziano va bastante bien.

—¿Le veré mañana?

—Imagino que sí —contestó Gabriel, y salió a la calle.

Volvió a la basílica dando un paseo y, al llegar, se encontró con una fila de turistas que se alargaba desde la puerta. Era la hora punta de la mañana, el momento más ajetreado del día. Por suerte, las puertas se cerraban a mediodía y así seguían tres benditas horas, durante las cuales Gabriel tenía la iglesia para él solo. Era preferible retrasar la vuelta unos minutos, se dijo, que tener que soportar tanto alboroto.

Así pues, siguió andando por la fondamenta hasta el mirador de la Punta della Dogana. Medio kilómetro más al este, al otro lado de una extensión de agua centelleante, se alzaba la espléndida iglesia de San Giorgio Maggiore. Ni siquiera Gabriel, un lugareño hastiado ya de Venecia, se cansaba de aquellas vistas.

Durante unos minutos pudo disfrutarlas en soledad. Al cabo de un rato aparecieron dos turistas —estadounidenses recién casados, al parecer— y le pidieron que les hiciera una foto. Les hizo posar con Maggiore al fondo e hizo la foto. La chica estaba a la izquierda de la imagen; su marido, a la derecha. Gabriel juzgó que la foto había quedado bastante bien, aunque la estropeaba un poco una masa oscura que flotaba en la superficie del agua, cerca del hombro del chico.

Volvió a encuadrar la imagen, pulsó el icono de la cámara y les devolvió el teléfono. Los estadounidenses se quedaron un minuto más y luego se marcharon. Al encontrarse solo de nuevo, Gabriel buscó en las aguas orladas de blanco de la lagunael objeto que había visto un momento antes, pero aquella masa oscura flotante, fuera lo que fuese, había desaparecido.

 

 

Había un taxi acuático parado junto al muelle, delante de la basílica. Gabriel le contó al piloto lo que había visto en la laguna y el piloto, que pasaba catorce horas diarias navegando por las aguas de Venecia, le dijo que seguramente no sería nada.

Gabriel le dio cien euros.

—¿Qué le parece si echamos un vistazo, solo para asegurarnos?

—Si quiere, signore. Es su dinero.

Gabriel se situó junto al piloto cuando se apartaron del muelle y pusieron rumbo a Maggiore.

—Aquí —dijo al cabo de un momento—. Aquí es donde lo he visto.

—Aquí no hay nada, signore.

—Ponga el motor en punto muerto, haga el favor.

El piloto frunció el ceño, pero hizo lo que le pedía Gabriel y la elegante lancha de madera se detuvo. El piloto escudriñó el agua a babor; Gabriel, a estribor. Como no vio ni rastro del objeto, se metió en la cabina de pasajeros y se acercó a la popa.

—¡Ahí! —gritó—. Ahí está.

Había vuelto a emerger a unos treinta metros de la popa del taxi. Gabriel se reunió con el piloto, que encendió los motores intraborda y dio lentamente la vuelta, pero el objeto, visible un momento antes, había vuelto a desaparecer.

—Seguro que no es más que una bolsa de basura, signore. La laguna está llena de ellas.

—¿Tiene un bichero a mano?

Era un modelo retráctil, de cuatro metros de largo cuando estaba extendido del todo, con un gancho de plástico resistente a los arañazos. Gabriel sondeó el agua a estribor de la lancha hasta dar con algo pesado. Tras varios intentos fallidos, consiguió enganchar el objeto y subirlo despacio a la superficie. El piloto agarró atropelladamente la radio al ver aparecer un cadáver humano, hinchado y medio descompuesto.

—No —dijo Gabriel mientras se sacaba el teléfono del bolsillo—. Ya me encargo yo.

3. San Zaccaria

 

 

 

 

 

La sede regional del Arma dei Carabinieri, uno de los dos cuerpos nacionales de policía de Italia, se hallaba en Campo San Zaccaria. El capitano Luca Rossetti estaba adscrito a la División para la Defensa del Patrimonio Cultural, más conocida como Brigada Arte. Gabriel, que de tanto en tanto actuaba como consultor de la unidad, había colaborado con Rossetti en la investigación de un sonado caso internacional de falsificación. A pesar de un lamentable incidente de confusión de identidad en un oscuro corte de San Polo —que dejó a Rossetti con la mandíbula rota y a Gabriel con varios huesos de la mano derecha fracturados—, seguían siendo muy buenos amigos.

—¿Dónde? —preguntó el policía italiano.

—Cruza el sotoportego. No tiene pérdida.

Rossetti bajó corriendo las escaleras, salió al campo y, con el teléfono en la mano, cruzó a toda prisa el pasadizo que llevaba a la Riva degli Schiavoni, el monumental paseo marítimo que bordea el Gran Canal. Estaban los turistas y los vendedores habituales, pero Rossetti no vio ni rastro de un cadáver.

—Lo siento, pero no te veo.

—Estoy en un taxi acuático, a unos cien metros al oeste de Maggiore.

Rossetti divisó enseguida la embarcación. Gabriel estaba inclinado sobre el lado de estribor, con el teléfono en una mano y un bichero en la otra.

—Por lo que más quieras —dijo Rossetti—, que no se te escape.

Como aquello era Venecia, los Carabinieri contaban con una importante flotilla de embarcaciones, la primera de las cuales llegó apenas tres minutos después de que Gabriel diera el aviso. Al poco rato aparecieron cinco lanchas más, junto con varias unidades acuáticas de la Polizia di Stato, la Guardia di Finanza y hasta la Guardia Costera. Aquella armada cercó rápido el lugar de los hechos, interrumpiendo un tiempo el tráfico en el Gran Canal y el Canal de la Giudecca. Gabriel siguió sujetando adustamente el cadáver unos minutos más antes de dejarlo en manos de dos técnicos forenses de los Carabinieri. Cuando sacaron el cuerpo a un pontón, el piloto del taxi acuático se giró y vomitó violentamente por encima de la borda de babor.

—¿Quiere que conduzca yo de vuelta a la basílica? —preguntó Gabriel.

—Va contra el reglamento.

—Creo que en este caso puede hacerse una excepción.

Gabriel arrancó los motores del taxi y avanzó despacio, atravesando el cerco entre dos lanchas policiales. El tráfico en el Gran Canal estaba detenido. Fue sorteando barcazas y vaporetti parados y atracó en un hueco libre junto al muelle.

—¿Se encuentra mejor? —le preguntó al piloto.

—Un poco. Pero no sé si se me olvidará alguna vez lo que he visto esta mañana.

Gabriel tampoco lo sabía. Una vez había encontrado el cadáver de un famoso saqueador de tumbas italiano metido en una cuba de ácido. Esto era peor.

Bajó al muelle y subió la escalinata de la basílica. La nave estaba llena de turistas que no parecían haberse percatado del jaleo que había fuera. Gabriel se alegró de su compañía. Trepó por el andamio hasta su plataforma de trabajo y encendió las lámparas halógenas, bañando el Tiziano con una luz blanca deslumbrante.

—Disculpe el retraso, signore Vecellio —dijo en voz baja mientras preparaba el primer hisopo—. Pero seguro que no adivina lo que acabo de descubrir en el Canal Grande.

 

 

Las puertas de la basílica se cerraron puntualmente a las doce del mediodía y un profundo silencio se extendió por la nave. Gabriel trabajó de seguido hasta la una y media, cuando recibió una llamada de Luca Rossetti.

—Necesitamos que hagas una declaración.

—¿Sobre qué en concreto?

—El hallazgo de esta mañana. El inspector que lleva el caso quiere que te pases por la stazione.

—Seguro que sí, pero me pillas bastante ocupado.

—Entonces, iremos nosotros.

Llegaron veinte minutos después y, conforme a las instrucciones de Gabriel, llamaron a la puerta lateral. El inspector era un hombre alto y flaco apellidado Baggio, que lucía en los hombros las tres estrellas plateadas del rango de colonnello. Gabriel le explicó que había visto algo flotando en la superficie de la laguna sobre las once de la mañana, que había tomado un taxi acuático para investigar el asunto y que, tal y como se temía, el objeto que había en el agua resultó ser un cadáver humano. Su avanzado estado de descomposición impedía saber con certeza si la persona fallecida era un hombre o una mujer, pero Gabriel se inclinaba más por esto último.

—Así es, en efecto —respondió Baggio.

—Parecía llevar bastante tiempo en el agua.

—Puede ser, signore Allon, pero sé por experiencia que la laguna trata muy mal a los muertos.

—¿Algún indicio de traumatismo?

—La investigación acaba de empezar. Pero no se preocupe por esas cuestiones. A partir de este momento, su papel en este desafortunado incidente ha terminado de manera oficial.

—Les agradecería que no le mencionen mi nombre a la prensa.

El coronel Baggio se encogió de hombros con gesto ambiguo.

—Siempre hay filtraciones, signore Allon, pero le aseguro que la prensa no se enterará por mí.

Gabriel acompañó a los dos carabinieri a la puerta y siguió trabajando en el Tiziano. Los turistas regresaron a las tres y se quedaron hasta las cinco, cuando los ordenanzas los hicieron salir. Gabriel esperó a que la nave estuviera vacía para apagar las lámparas y bajar del andamio.

Al salir, cruzó el muelle hasta la parada del vaporetto. Un número 1 se acercaba por el Gran Canal en diagonal desde San Marco. Subió a bordo un momento después y entró en la cabina de pasajeros. Chiara estaba sentada en la primera fila, con los ojos fijos en el móvil.

Gabriel se sentó a su lado.

—Me prometiste una copa.

—¿Un día duro en la oficina?

—Movidito.

—Ya me he enterado —dijo Chiara, y le pasó el teléfono.

La noticia de cabecera de Il Gazzettino hablaba de un macabro hallazgo efectuado en la laguna, cerca de la iglesia de San Giorgio Maggiore. El artículo iba acompañado de una fotografía en la que se veía a un hombre con el pelo de color platino inclinado sobre la borda de un taxi acuático, sosteniendo una pértiga retráctil. El objeto que sujetaba contra el costado de la lancha solo se veía borrosamente.

—¿Te importaría explicármelo?

—Te invité a tomar un café. Y tú, claro, te negaste. —Gabriel le devolvió el teléfono—. ¿Lo saben los niños?

—Ha sido Irene quien me lo ha contado.

Gabriel suspiró.

—En serio, hay que limitar el tiempo que pasa delante del ordenador.

 

 

El palazzo se alzaba en la orilla norte del Gran Canal, no muy lejos de la parada de vaporetto de San Tomà. Desde la ancha galería de su piano nobile se divisaba el puente de Rialto, al este. El mobiliario de los espaciosos salones contiguos era moderno y confortable, y las paredes estaban decoradas con una ecléctica colección de cuadros, entre los que había varias obras de la madre y del abuelo de Gabriel, un destacado expresionista alemán, discípulo de Max Beckmann. En el dormitorio principal había un par de desnudos de Modigliani que Gabriel había pintado respondiendo a una especie de reto. Apoyado en el caballete de su estudio había un lienzo de Sebastiano Florigerio, un favor que le estaba haciendo gratis al director de la Galería Courtauld de Londres.

Se suponía que debía trabajar en el cuadro cuando pudiera, en sus ratos libres, pero esa noche no tenía fuerzas, así que se sentó en un taburete junto a la encimera de la cocina y se bebió una copa grande de Brunello mientras Chiara preparaba la cena. El menú, a petición de Gabriel, era vegetariano. Nada con huesos ni carne, ni nada salido del mar.

Su teléfono yacía boca abajo delante de él. Le dio la vuelta y volvió a mirar la fotografía que aparecía en la pantalla. Según Il Gazzettino, la había hecho un pasajero de un vaporetto que iba a Maggiore. No estaba claro cómo se las había arreglado el periódico para identificar al hombre que sostenía el bichero, aunque lo detallado de la noticia permitía suponer que había habido una filtración de una fuente oficial bien situada. Probablemente, el coronel Baggio, de los Carabinieri. Gabriel le contó sus sospechas a su esposa, pero no recibió respuesta. Chiara estaba tecleando en el móvil.

—¿Quién es ahora?

—Bianca Locatelli, de La Repubblica.

—Por favor, dale la misma respuesta que a los periodistas de Il Gazzettino y el Corriere della Sera.

—Deberíamos emitir un comunicado, al menos.

—¿Por qué?

—Aunque solo sea porque podría venirnos bien para el negocio.

—Solo si nuestro negocio consistiera en pescar cadáveres. Además, esto no tiene nada que ver conmigo.

Chiara colocó una plato de antipasti variados sobre la mesa del comedor y llamó a Irene y a Raphael. Gabriel tenía de pronto un hambre de lobo, pero perdió el apetito cuando los niños empezaron a preguntarle por los horribles acontecimientos de esa mañana. El relato que les hizo era casi idéntico al que le había hecho al coronel Baggio, aunque omitió los detalles sobre el estado del cadáver.

—¿Dónde está ahora? —preguntó Irene.

—En la morgue, imagino.

—¿Qué es una morgue? —preguntó Raphael.

—Es un sitio donde tienen a los muertos hasta que los entierran. Un especialista llamado patólogo forense intentará descubrir qué le ha ocurrido a esa mujer.

—¿Quién era?

—La policía aún no lo sabe.

—¿La han matado? —preguntó Irene.

—Tampoco lo saben. Es muy posible que simplemente tuviera un accidente.

También cabía la posibilidad de que se hubiera quitado la vida, pero Gabriel no tenía ganas de estropear aún más la comida hablando de suicidio. Chiara, que notaba su incomodidad, cambió hábilmente de tema y se puso a hablar de la marcha de protesta del sábado. Había sido una idea brillante de Gabriel, pero él había tenido la sensatez de dejar la organización en manos de su esposa. La marcha comenzaría, explicó Chiara, en Campo Santi Giovanni e Paolo, en el barrio de Castello, y terminaría —tres horas más tarde, siempre y cuando los niños mantuvieran un ritmo constante— en la Piazza San Marco. Ocho padres más habían aceptado echar una mano supervisando el evento. El protocolo social veneciano dictaba que la ardua caminata fuera seguida de una comida para celebrarlo. Chiara aún no había decidido el lugar.

—¿Cuántos manifestantes esperas que haya?

—Podrían ser hasta cien.

—En ese caso, habrá que comer al aire libre.

—A no ser que hagamos la comida aquí.

—¿Dónde? —preguntó Gabriel.

—En nuestro piso, cariño. Tenemos espacio más que suficiente y estoy segura de que las otras madres me ayudarán a preparar la comida. Al fin y al cabo, estamos en Venecia. Es lo normal.

Chiara entró en la cocina y volvió unos minutos después con una cazuela humeante de risotto alla milanese. Gabriel devoró dos raciones del arroz azafranado mientras Irene y Raphael discutían animadamente los pormenores de la organización de una comida para cien compañeros de colegio. El sonido de sus voces ahuyentó de su mente la visión espantosa del cadáver, que volvió a asaltarlo más tarde, esa noche, mientras estaba junto a la balaustrada de la galería, observando a un taxi acuático que subía por el Gran Canal. La laguna, en efecto, había tratado muy mal a aquella mujer, que ahora yacía en una mesa de frío acero, en la morgue municipal de Venecia, sola en la oscuridad. Una mujer sin nombre. Una mujer sin rostro.

4. Terraferma

 

 

 

 

 

Durante los dos días siguientes, la vida en Venecia prosiguió más o menos a su ritmo habitual. Los turistas deambulaban de acá para allá, los puestos del mercado de Rialto se llenaban y vaciaban y las mareas subían y bajaban sin dejar nuevos horrores a su paso. El jueves por la mañana, Il Gazzettino publicó en la portada de su edición impresa un extenso artículo sobre el macabro descubrimiento en la laguna, pero el viernes la noticia ya había quedado relegada a la sección local. La policía partía de la hipótesis de que había algo delictivo en el asunto, aunque la identidad de la fallecida estaba aún por determinar. La solicitud de cooperación ciudadana no había dado resultado, de momento.

Gabriel pasó esos dos días otoñales, por lo demás tranquilos, subido a su andamio en la basílica de Santa Maria della Salute. El Tiziano y los ruidosos turistas que atestaban la nave cinco horas al día le sirvieron de agradable distracción. Como no tenía ganas de hablar sobre sus dudosas hazañas con el camarero del Caffè Poggi, cada mañana se llevaba un termo con café y se saltaba su habitual descanso de mediodía. El jueves se quedó trabajando hasta última hora, pero el viernes por la tarde tomó algo con Chiara en la terraza del Monaco. Ella le informó de que el número de manifestantes para la marcha climática del día siguiente había aumentado a ciento veinticinco.

—¿Cómo vamos a darles de comer?

—No te preocupes, cariño. Los del cáterin se encargan de todo.

—¿Los del cáterin?

Llegaron a las ocho de la mañana siguiente y empezaron a montar mesas redondas por todo el piso. Gabriel, tras cerrar con llave la puerta de su estudio, acompañó a Chiara y a los niños a Campo Santi Giovanni e Paolo, donde ya se habían congregado no menos de ochenta escolares. A las nueve, hora prevista para el inicio de la marcha, eran ya ciento cincuenta. Irene se las arregló para organizarlos en dos columnas ordenadas. Se oyeron entonces fuertes vítores y emprendieron la marcha.

Doce padres vigilaban a los manifestantes, con Chiara al frente de la ruidosa procesión y Gabriel, que sabía un par de cosas sobre técnicas de vigilancia y protección, en la retaguardia. Su itinerario los llevó hacia el oeste por la concurrida Strada Nova, donde, quitando un pequeño rifirrafe con un comerciante partidario de los Fratelli, fueron bien recibidos. Pararon un momento en Campo Santa Fosca para volver a contar a los participantes, por si acaso, y enfilaron a continuación Rio Terà San Leonardo en dirección a Santa Lucia. Llegaron solo quince minutos después de la hora prevista. Gabriel hizo otro recuento rápido y confirmó que no habían sufrido pérdidas.

Cruzaron después el Ponte degli Scalzi y callejearon hasta llegar a la Accademia, donde corearon un eslogan delante de la entrada del museo antes de cruzar el Gran Canal por segunda vez. Tras un último recuento, desfilaron por delante de las lujosas boutiques que bordeaban la calle Larga XXII Marzo y entraron en la Piazza San Marco en el momento en que la gigantesca campana de la torre daba las doce del mediodía.

Confiando en haber salvado al planeta del apocalipsis climático, viajaron en varios vaporetti sucesivos de San Marco a San Tomà. La comida, al igual que la marcha, transcurrió sin incidentes y a las cuatro de la tarde los niños y los del cáterin se habían marchado, y un silencio profundo y sólido se extendió de nuevo por las habitaciones del piano nobile de la familia Allon. Todos estuvieron de acuerdo en que, a pesar de las desafortunadas circunstancias que la habían motivado, la marcha había sido un éxito rotundo.

Gabriel pasó el resto de la tarde trabajando en el Florigerio y, a la mañana siguiente, tras consultar el pronóstico del tiempo, convenció a Chiara y a los niños para montar en su velero Bavaria 42 y pasar el día navegando por el Adriático. Regresaron al puerto deportivo al atardecer por la misma ruta que habían tomado a la ida: a través de la concurrida ensenada del Lido. Si el cadáver de la mujer había llegado a Venecia con la marea de la mañana, habría seguido esa misma ruta. Mientras observaba su entorno, Gabriel pensó que era poco probable. La mujer había tenido una muerte veneciana, se dijo, seguramente dentro de los seis sestieri históricos de la ciudad.

El lunes por la mañana había desaparecido de las páginas del diario local de Venecia, pero la imagen pavorosa de su cadáver sin rostro seguía grabada en la memoria de Gabriel. Así pues, no le molestó en absoluto que la dottoressa Saviano propusiera que los niños se pasaran por la Salute el jueves para la demostración y la charla que les había prometido. Gabriel lo organizó todo para que la visita comenzara a mediodía, cuando la basílica estaba cerrada a los visitantes. Su público permaneció atento durante toda la charla, pero a Gabriel lo distrajo la vibración insistente de su teléfono. Esperó a que los niños se marcharan para devolver la llamada.

—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Luca Rossetti.

—Estaba liado. ¿A qué vienen tantas prisas?

—El Arma dei Carabinieri necesita tu ayuda.

—Me encantaría ayudaros, Luca, pero no puedo.

—Estupendo. El coronel Baggio y yo te recogemos delante de la Salute dentro de veinte minutos —dijo Rossetti antes de cortar la llamada.

 

 

La lancha policial tenía el aspecto típico de un taxi acuático veneciano: era baja y elegante, con el timón al descubierto en la proa y la cabina en la popa. Gabriel se sentó junto a Rossetti en uno de los bancos tapizados, con el coronel Baggio enfrente. Tras zarpar de la Salute, la embarcación rodeó la Punta della Dogana y tomó el Canal de la Giudecca. Iban rumbo al oeste, cruzando la laguna hacia tierra firme.

—¿Alguien podría decirme adónde vamos? —preguntó Gabriel.

—A Terraferma —respondió Baggio.

—Eso ya lo veo. Pero ¿por qué?

—Tengo entendido que el capitano Rossetti le ha explicado la situación.

—Ha dicho que necesitaban mi ayuda.

—Eso es —dijo Baggio.

Atracaron en una pequeña rada cerca del aeropuerto y subieron a un Alfa Romeo sin distintivos que atravesó a toda velocidad Mestre, el mayor de los cuatro barrios de Venecia situados en tierra firme. Al cabo de un rato, el coche los dejó junto a un lúgubre edificio administrativo sobre el que colgaba una lacia bandera italiana. Dentro, Gabriel siguió a Rossetti y Baggio hasta una pequeña sala de reuniones. Poco después se les unió un hombre vestido con un uniforme de hospital azul claro. Llevaba un portafolios y olía a muerte. Baggio lo presentó como el dottore Massimo Ravello, el forense más importante del Véneto.

El patólogo abrió el portafolios y se dirigió a Gabriel con formalidad judicial.

—La mujer que encontró usted en la lagunatenía probablemente veintitantos años, treinta a lo sumo. Medía un metro setenta y calzaba un treinta y ocho. En algún momento de su breve vida, sufrió una fractura en la muñeca izquierda. La forma del cráneo indica un origen étnico del norte de Europa.

—¿Causa de la muerte?

—Determinar la causa de la muerte siempre es difícil cuando el cuerpo se encuentra en el agua, pero, en mi opinión, murió ahogada.

—¿Cuándo?

—Hace una semana, diría yo. Puede que uno o dos días antes.

—¿Fue un accidente?

—Es poco probable. —Ravello sacó una fotografía del portafolios y la puso delante de Gabriel. Mostraba la parte inferior de la pierna derecha de la mujer, o lo que quedaba de ella—. Parece que le ataron una cuerda al tobillo. No puedo aventurar si fue antes o después de su muerte. Pero es indudable que la cuerda estaba atada a un peso.

Gabriel le devolvió la fotografía.

—¿Qué pinto yo en todo esto?

El forense cedió la palabra al coronel Baggio.

—Como probablemente sabe ya, signore Allon, no hemos podido identificar a la fallecida, en parte porque nadie parece haberla echado en falta. Confiábamos en que accediera usted a ayudarnos a descubrir quién es y por qué la mataron.

—¿Cómo?

—Dándole un rostro.

—¿Un retrato robot? —Gabriel negó con la cabeza—. Lo siento, coronel Baggio, pero no tengo experiencia en ese campo. Busquen a un profesional.

—Tenemos una en plantilla. Introduce las medidas exactas del cráneo en un programa informático y el programa genera bocetos digitales. Ninguno de ellos —añadió Baggio con énfasis— ha servido nunca para identificar un cadáver.

—¿Qué le hace pensar que yo lo haría mejor?

Baggio cruzó una mirada con Rossetti antes de responder.

—Mi colega asegura que es usted un pintor de talento excepcional, sobre todo en lo relativo a la anatomía humana.

—Puede que eso explique por qué me han contratado para restaurar el Tiziano.

—Según me han dicho, podría usted pintar una copia de ese Tiziano y nadie notaría la diferencia. —Baggio lanzó otra mirada a Rossetti—. ¿No es así, capitano?

Rossetti dijo mirando a Gabriel:

—¿Podrías intentarlo, al menos?

Gabriel miró a Ravello y preguntó:

—¿Puedo ver las radiografías del cráneo?

El patólogo sacó tres imágenes del expediente —una frontal y dos laterales— y se las entregó. Gabriel las examinó detenidamente. De joven, cuando estudiaba arte, había pasado horas sin fin dibujando esqueletos humanos. Después aprendió a dibujar esqueletos dentro de sus desnudos o, al revés, desnudos alrededor desus esqueletos. Estaba seguro de que era capaz de producir un retrato que guardara al menos algún parecido con la mujer originaria del norte de Europa a la que había encontrado en las aguas de Dorsoduro. Eso, no obstante, le obligaría a pasar un rato con su modelo.

—Ha dicho algo de una muñeca rota.

El dottore Ravello le pasó otra radiografía. Se distinguía claramente la fractura del radio izquierdo.

—¿Qué edad tenía cuando ocurrió?

—Ocho o nueve años, diría yo.

La misma edad que Irene.

—¿Puede decirme algo más sobre ella?

—No llevaba ninguna joya, salvo un colgante.

—¿De qué tipo?

—Está en el laboratorio de patología —dijo Ravello—. Quizá deberíamos echarle un vistazo.

 

 

Gabriel siguió al forense por el tramo de escaleras que bajaba al sótano del edificio. El laboratorio estaba situado detrás de dos puertas cerradas con llave. Solo una de las tres mesas de acero inoxidable estaba ocupada. Una sábana blanca cubría el cadáver.

Ravello la retiró con cuidado, dejando al descubierto la cabeza y los hombros de la mujer. Gabriel tardó en bajar la mirada. Se fijó primero en el importante hueco que tenía entre los dos dientes frontales. Sonreiría, pensó, sin separar los labios. El cabello que le quedaba le llegaba hasta los hombros y tenía el color del lino. Gabriel dedujo que sus ojos habían sido de un azul pálido.

—Ha examinado el interior de los pulmones, imagino.

—Me temo que los carroñeros del mar no me han dejado mucho con lo que trabajar.

—¿Era fumadora?

—Yo diría que no.

—¿Estaba embarazada?

—No.

—¿Problemas de salud? ¿Malas costumbres?

—¿Drogas o alcohol, quiere decir? —Ravello negó con la cabeza—. El tejido restante del hígado parecía normal. Era una buena chica. No se merecía acabar así.

Nadie se lo merecía, pensó Gabriel, y menos aún la joven que yacía ante él.

—¿Puedo ver el colgante?

Estaba metido en una bolsa de plástico para pruebas: era una medalla redonda, chapada en oro, que representaba una mano de hombre tendida hacia un dedo estirado. Gabriel lo reconoció de inmediato. Era la famosa imagen del fresco del techo de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, el instante en que Dios otorgaba a Adán la chispa de la vida. El grabado del dorso indicaba que la medalla procedía de una tienda de regalos de los Museos Vaticanos.

Gabriel fotografió ambos lados del colgante antes de devolvérselo a Ravello.

—Necesito tocarla.

El patólogo abrió un armario y sacó un par de guantes de necropsia de color carne. Gabriel se los puso y dijo:

—Salga, por favor, dottore.

—Este cadáver es una prueba de una investigación criminal. Debo permanecer con usted en todo momento.

—Cinco minutos —dijo Gabriel.

El patólogo soltó un suspiro de resignación y se dirigió hacia la puerta.

—¿Dottore Ravello?

Se detuvo.

—Apague las luces al salir.

Los fluorescentes del techo se apagaron con un chasquido del interruptor. Luego se cerró la puerta y la oscuridad fue completa. Ahora estaban solos, ellos dos. Disponían de apenas cinco minutos. Gabriel no necesitaba más.

Se inclinó y posó la mano enguantada sobre la parte del hueso expuesto y los ligamentos donde tendría que haber estado la cara. Los examinó con delicada minuciosidad, como si su modelo pudiera sentir cada movimiento de sus manos. Los huesos de la frente y la nariz, los huesos orbitales de los ojos, los huesos cigomáticos de los pómulos, el mandibular de la quijada inferior. Ella se le apareció de inmediato, con claridad fotográfica: una chica sencilla y pálida de veintitantos años, con el pelo rubio hasta los hombros, los ojos azules un poco hundidos, la nariz respingona y un hoyuelo bien visible en la barbilla. Estaba sentada, sola, en una cafetería de Venecia, con una medalla dorada colgada del cuello. La cafetería era el bar Dogale, en Campo dei Frari. Gabriel y los niños estaban sentados en la mesa de al lado.

5. Rialto

 

 

 

 

 

Durante el viaje de vuelta desde tierra firme, Gabriel logró convencerse de que estaba equivocado. Sí, había una joven en el bar Dogale esa tarde en cuestión —una tarde de hacía aproximadamente dos semanas— y, sí, los niños y él estaban sentados en una mesa contigua. Eran las tres y media y hacía un calor bochornoso. Irene y Raphael estaban merendando tramezzini y hablando de lo que les había pasado ese día en el colegio. La joven, que había llegado antes que ellos, estaba tomando un capuchino. Vestía vaqueros, un jersey de algodón sin mangas y zapatillas de lona. Sus ojos azul claro recorrían el campo como si esperara a alguien. Parecía inquieta, como si no estuviera disfrutando en absoluto de su visita a Venecia. Miró varias veces el teléfono, que sostenía con la mano derecha, de largos dedos.

Gabriel no mencionó a la mujer del bar Dogale durante el trayecto por la laguna. De hecho, no dijo ni una palabra. El coronel Baggio le preguntó por fin cuánto tiempo tardaría en tener listo el boceto. Gabriel respondió ambiguamente que necesitaba una semana, como mínimo.

—Cuanto antes, mejor.

—Haré todo lo posible.

Lo dejaron en la parada del vaporetto en San Tomà y se fue derecho al palazzo. Arriba, encontró el piso desierto. Se acordó entonces de que era jueves, el día en que Raphael tenía clase con su tutor en la universidad. Tenía la casa para él solo casi hasta las seis.

Entró en su estudio y cerró la puerta. El patólogo le había permitido quedarse con las tres radiografías del cráneo y con una fotografía de la cabeza y los hombros del cadáver. Las examinó solo un instante antes de coger un bloc Strathmore Serie 300 y un lápiz Faber-Castell. Su método era rudimentario: un simple óvalo dividido por tenues líneas horizontales para los ojos y la boca. A pesar de lo que le había dicho al coronel Baggio, solo le llevó unos minutos acabar el boceto.

Era la chica del bar Dogale.